EN EL PARAÍSO

T es varón caucásico, complexión atlética, cabello y ojos oscuros, cuarenta y tres años. Entra en el self-service coreano de la Séptima con la 37. En la cola de la báscula, un blanco demasiado bajito para ser anglosajón se niega a pagar los ocho dólares que le pide el viejo con largas hebras de barba que pesa la comida. Fu Man Chu en la Balanza. Ambos argumentan a volumen creciente hasta que a una señal del viejo se acerca otro empleado oriental y le arrebata la bandeja al blanco bajito. El movimiento seco hace que se derrame parte de los fideos chinos por el suelo y el blanco empieza a gritar reclamando a la policía: Help me, Police. La policía debe de estar ocupada en otros asuntos y los que llegan son otros dos empleados vestidos con el uniforme del local; agarran al blanco bajito y se lo llevan a la calle en volandas. T es el siguiente en la cola de la báscula. Fu Man Chu pesa su bandeja y dice nine fifteen. T paga sin rechistar procurando no pisar fideos; sube al comedor con la bandeja y se sienta cerca del ventanal con vistas a las bolsas de basura apiladas en la avenida. En la mesa contigua, a la izquierda, dos ancianos negros vestidos de jazzmen; a la derecha, cuatro jóvenes catalanes charlando en su idioma. La conversación de los negros, lánguida y llena de silencios; la de los catalanes, jocosa y atropellada. T come su popurrí de vegetales rebozados, sus alitas de pollo especiadas, y sus trocitos de costilla caramelizados en una gelatina roja que roe con gran placer. Al terminar vacía los restos de la bandeja en el contenedor y vuelve a la calle esquivando a un negro desastrado que insulta atrozmente a todo el que sale del local. Diógenes Cabreado.

T enciende un cigarrillo y se incorpora a la corriente de transeúntes tras un blanco cincuentón, gordezuelo, con traje y corbata, convencional en todo excepto en el contoneo de caderas y el bolso transparente ribeteado en fucsia que le cuelga en bandolera. En el cruce con la 35 un taxi gira sin detenerse en el paso de peatones; el gordo maldice a gritos y le sacude un bolsazo en el maletero. T se rezaga para distanciarse de él; aun así el cigarrillo anda mediado cuando llega bajo la marquesina del hotel Pennsylvania.

Termina el cigarrillo apoyado en la fachada. El mozo con guardapolvo y gorra que detiene taxis para los clientes ofrece espectáculo gratuito a los fumadores congregados: dos metros de estatura, contorno equivalente al de cuatro hombres corrientes, sin reparos para invadir la calzada gesticulando, gritando órdenes, tocando el silbato. Goliat Mangoneando el Tráfico.

T pisa la colilla y accede a la recepción por la gran puerta central. Ambiente de estación, gente entrando, saliendo, esperando ante el mostrador en colas delimitadas por cintas rojas. También hay cola en los teléfonos públicos, y T decide no hacer más colas antes de la siesta. El guardia de seguridad le pide que enseñe la tarjeta en el paso hacia los ascensores. Negro musculoso, traje oscuro de seis botones, corbata naranja, patillas rasuradas. Cuando T está ya sacando la cartera el guardia le da paso: OK, I remember you.

Se escapa por poco un ascensor muy lleno. En el inmediato sube de los sótanos una anciana blanca cargada con bolsas de plástico y un carrito destartalado. Despeinada, labios mal pintados, un paraguas con pequeñas Tour Eiffel estampadas asomando entre su impedimenta. El televisor de TFT sobre la botonera del ascensor emite un noticiario local; la anciana hace una parodia del parloteo del presentador y se queja con voz cazallosa del acento de la ciudad. T, incapaz de discriminar acentos locales, sólo sonríe. La anciana espera algo más y llegados a su piso se despide con un See you later, Alligator a todas luces impertinente. T baja en la planta 15 y recorre con precisión ensayada la maraña de pasillos mal iluminados. Mientras abre su puerta le llegan desde algún lugar cercano las voces de dos empleadas de la limpieza hablando en español. De fondo, el resuello del aspirador industrial que las sigue como un sátiro. Las Doncellas y el Minotauro.

Cuando T entra en la habitación ve la cama todavía sin hacer. Ya no pasarán a hacerla si él se queda adentro. No es problema la cama, pero el agua de la ducha encharca el cuarto de baño; habrá que andar chapoteando durante el resto del día. Calcetines mojados, huellas húmedas en la moqueta quemada de colillas. Se acerca a la ventana de guillotina que da al profundo patio interior. Sólo son visibles varias docenas de ventanas del propio hotel, algunas con zapatos puestos a ventilar en el antepecho. Rumor de tráfico, sirenas, una impresión de voces mezcladas y sistemas en funcionamiento. La hoja de guillotina de la ventana está bloqueada con un tirante metálico para que no se pueda abrir más de un palmo. T la cierra completamente, manipula los mandos del aparato de aire acondicionado y le da unos golpes para suavizar su traqueteo de avioneta. Se sienta en la cama, toma el teléfono y pulsa el botón de recepción confiando en que quienquiera que se ponga al aparato sabrá hablar español.

Así es: no tiene más que dar a la recepcionista el número preciso y esperar un poco escuchando toda clase de pitidos.

—Sí, diga —dice una voz masculina, nítida, bien reconocible.

—Comisario…

—Hombre, el viajero… Qué tal…

—Bien, llegué anoche…

—Y qué tal, ¿todo bien?

—El vuelo bien. La habitación del hotel un asco, pero casi me caigo de culo cuando me tropecé con el primer rascacielos, los nuestros en comparación parecen de juguete.

—Ya… Y qué ambiente hay…

—El centro está repleto de gente… Anoche estuve de copas hasta las tantas, entre eso y el cansancio del viaje me he despertado pasadas las doce. Ahora son las tres de la tarde.

—Nosotros vamos a cenar…, tortilla de patatas. ¿Así todo bien?…, ¿y el inglés?…

—Pse…, hablan muy deprisa, pero no creo que me muera de hambre…

—¿Has pasado ya por el Instituto?

—No, quiero dejar pasar el fin de semana antes de hacer la solicitud. Para conocer un poco la ciudad…

—Haces bien…, diviértete. De buena te has librado aquí…

—¿El asunto Uni-Pork?

—Sí, hijo, sí…, ando hablando con psiquis…, ¿conoces a Puértolas?…

—No me hable… «Mmmm, ¿verdad?», «Naturalmente»… ¿No le ha mencionado todavía de El Jardín de las Delicias?, tiene una especie de obsesión con eso…

Se oye una risita del comisario:

—Sí…, y un cerdo vestido de monja, y no sé de qué más cosas… Bueno, oye, cuídate y disfruta lo que puedas, que la llamada te va a costar un pico…

—Dele un beso a Mercedes…

—Ahora mismo, de tu parte… Llama de vez en cuando.

Después de colgar, T se desviste, programa su reloj de pulsera para que suene en media hora y se tumba en la cama. No cierra inmediatamente los ojos, se queda mirando las rasgaduras del papel pintado y los cambios de tono en los lugares donde alguna vez ha habido un cuadro. El color original cuando se inauguró el hotel en 1917 fue un azulón casi alegre, se aprecia detrás de las mesillas y en el interior del armario empotrado, pero ochenta y cuatro años después se ha convertido en un verde laguna desigual. Sólo cuelga de él una lámina forrada con plástico transparente: Madonna ante un paisaje, Giovanni Bellini, óleo sobre tabla, 109 34, Pinacoteca de Breda. El pie de foto no se alcanza a leer desde la cama, pero T se lo sabe de memoria.

Mira al techo y trata de hacer un cálculo de cuánta gente habrá dormido en esta habitación barata, con la ventana bloqueada para que nadie vuelva a arrojarse al patio interior y avisos de que no se abra la puerta a desconocidos. El cálculo da miles de recién llegados en busca de mejor suerte, o quizá huyendo de una suerte peor en cualquier otra parte del mundo. T se pregunta por qué razón podría desear él también quedarse en una ciudad tan sucia, tan vieja, tan repleta de locos malhumorados y vociferantes… Trata de buscar una respuesta sintética y se sorprende de encontrarla enseguida: quiere quedarse en esta ciudad porque esta ciudad está viva. O puede que esté ya muerta y sólo sea el recuerdo de lo que ha sido, pero lo mismo bulle en movimiento constante, igual que un perro muerto bulle en millones de gusanos afanados en sobrevivir sobre el cadáver.

Piensa que seguramente sí será buena idea la de solicitar al Ministerio la beca de residencia. Y poco después se duerme fantaseando ser gusano sobre una materia viscosa, de olor inesperadamente agradable.

* * *

Se ha cumplido una semana desde la llegada de T a la ciudad, es un martes. Toma su primer café en la calle, asociado a un grupo de fumadores parapetados del torrente de oficinistas que remontan la Séptima como salmones al desove. Los fumadores nunca son los mismos, pero se establece entre ellos una complicidad de compatriotas en un país extranjero, o de adolescentes apartados de la fiesta para drogarse. El café americano está empezando a gustarle, al menos el primero de la mañana, cuando el cuerpo agradece unos buenos tragos acaramelados y ricos en cafeína, el mejor combustible para enfrentarse al ajetreo de las calles. A su alrededor, como siempre, todo el mundo parece saber exactamente adonde va y se muestra decidido a llegar cuanto antes. T no lo tiene tan claro, dispone de toda la mañana para hacer la sencilla gestión de acercarse al Instituto e informarse sobre las becas. Pero le gusta tener al menos un objetivo preciso, algo que conseguir en lucha codo a codo con los gusanos del cadáver.

Se sienta a terminar el cigarrillo en las escaleras del Madison Square Garden. A pocos metros de él, sentado ante una mesa de camping montada en plena acera, un cincuentón tremendamente obeso se las tiene con un bocadillo de tres pisos que chorrea mayonesa. Va mal afeitado y peor peinado, y se distingue que no lleva calcetines bajo las zapatillas deportivas sin cordones. Sobre la mesa de camping, además de sus codos elefantíacos, el enorme vaso de Coca-Cola, y los restos de mayonesa y lechuga que se escurren del sándwich, hay una garrafa de plástico transparente, con algunas monedas y billetes enrollados en el fondo. Junto a ella, un cartel caligrafiado en grandes letras a rotulador: HELP FOR THE HOMELESS. Pese a su voracidad para con el indefenso bocadillo, el personaje tiene mucho de beatífico, con sus tobillos roñosos y su pelo revuelto; parece alguna clase de criatura celestial materializada en mitad de la hora punta. En cierto momento se empuja en la boca el último pedazo de pan, apura el bacín de Coca-Cola para ayudarse a tragar, y empieza a gritar con voz rota pero potentísima: A help for the homeless, ladies and gentlemen, a help for the homeless

A T se le ha abierto el apetito ante el espectáculo de ver comer con tan buenas ganas y se le ocurre ir a desayunar algo sólido a algún lugar donde tengan cubiertos metálicos. Apaga su colilla en un escalón y, antes de sumarse al tránsito, introduce un billete de diez dólares en la garrafa de aquel ángel desmesurado. Y el ángel, como un muñeco de feria activado por el óbolo, irrumpe en gritos de agradecimiento: Thank you, sir, God bless you, sir… Después echa a andar hacia el este poniéndose a ritmo. Calle 34, Quinta Avenida, Calle 42. Llega a la Avenida Lexington a velocidad de crucero y se detiene ante una cafetería lo bastante elegante para suponérsele un servicio de cubertería digno. Mesas libres; el camarero mexicano lo atiende en español y sonriendo, los huevos sunny side up casi parecen fritos, hasta la cucharilla de café es de metal auténtico. T deja diez dólares más por la sonrisa y la cucharilla y sale a fumar. Mientras apura la colilla consulta las señas del Instituto que lleva escritas en el reverso de una tarjeta de visita. Queda cerca, en la 42 Este, pero le cuesta un rato identificar el número del edificio entre andamios y anuncios comerciales.

Cuando lo encuentra, empuja la pesada puerta giratoria como un hámster en su noria. Aparece en un vestíbulo con mármoles y lámparas de araña deslucidos. El portero de uniforme lo mira pero no lo interpela. Entra en uno de los viejos ascensores de madera y latón y pulsa el botón de la planta 11. Al salir busca la puerta precisa: INSTITUTO DE ESTUDIOS APLICADOS, dice la placa en español. Llama al timbre; la puerta se desbloquea con un sonido metálico y más allá se encuentra con una guapa dama de mediana edad, sentada tras un mostrador de oficina. Diane Keaton Recepcionista. El color del cabello y la piel no parecen corresponder a los de una latina y T teme tener que salir a flote en inglés.

—Good morning… Excuse me, do you speak Spanish?

—Cómo no… En qué puedo ayudarlo —acento americano.

—Gracias…, mi inglés no es muy bueno todavía… Verá: soy un compañero español, inspector… Me informaron en España de que ustedes tramitaban las becas de residencia con el Ministerio.

—Ajá… ¿Tiene usted a mano algún ID y el código?

—Llevo mi carné de identidad y mi placa —T busca en su cartera y lo saca—. Mi identificador es el 245/B/987/400012 —dicta el número con lentitud; Diana Keaton lo introduce en el ordenador; luego toma sólo el carné y examina los datos y la foto.

—Ajá…, es OK. Pero justamente ahora no está la persona encargada. Si pudiera aguardar por un momento… No tardará mucho, salió a tomar breakfast hace como veinte minutos.

Suena el teléfono y la Keaton se disculpa para atenderlo. T considera los sillones previstos para las visitas pero no le apetece sentarse, se entretiene explorando las publicaciones que se exhiben en estantes. Después, el pequeño laberinto de la biblioteca formado por armarios dispuestos en pasillos. Al poco se oye que llaman a la puerta y que la Keaton activa la apertura. T levanta la vista de los estantes para ver quién llega, un simple reflejo ante el sonido. Es una mujer de cabello castaño, quizá remotamente rojizo; se dirige al mostrador y habla con la Keaton en inglés, parece que en tono muy alegre. T no puede verle la cara más que fugazmente, pero le parece distinguir que es muy joven. Traje de cuadro Gales verdoso, blusa blanca, zapatos de aguja marrones, pequeño bolso a juego. T pierde el interés por los libros y la observa aprovechando los huecos entre estanterías. El cabello parece dócil y, sin embargo, denso, se nota en el bucle recogido a lo heroína de Hitchcock. Un peinado (y un traje, y un bolso, y unos zapatos) que las mujeres han dejado de llevar hace cincuenta años. Algunas mujeres, más. Pero esta mujer en concreto, vestida de esta guisa, tiene todas las trazas de estar contándole un chiste a la Keaton, y hasta tuerce un poco las piernas sobre los tacones, y se lleva las manos a las caderas para imitar la pose de un cowboy a punto de desenfundar.

T sale del pasillo de estanterías tratando de enterarse del chiste, o al menos de entender algo de lo que dice la muchacha del traje Gales con esa tremenda imitación de voz viril y cascada. Pero sus pasos al acercarse hacen ruido, y además la vista de la Keaton Recepcionista se desvía un momento hacia él, así que la muchacha del traje Gales, con la espalda encorvada, la rabadilla metida hacia dentro, las piernas torcidas y sin quitarse las manos de las cartucheras imaginarias, gira el torso también hacia él. En un primer momento su mueca se parece a la de Popeye, enarca una ceja y quizá es como si llevara un puro imaginario en la boca torcida. Pero un instante después ya ha relajado el rostro hasta recuperar parte de su expresión normal y, ahora con su propia voz femenina, le dice a T:

—OK, just a minute: it’s just a joke.

T ha entendido, pero no encuentra nada rápido que decir en inglés y sólo sonríe y asiente. La muchacha del traje Gales vuelve entonces a su mueca de Popeye para terminar de contarle el chiste a la Keaton, que de todas maneras está ya a punto de romper a reír. Ahora el supuesto pistolero desenfunda, se coloca el cañón imaginario sobre su propia sien, y suelta una parrafada cazallosa antes de imitar el sonido de la pistola: bang, bang.

T no ha entendido absolutamente nada, pero las dos mujeres prorrumpen en carcajadas de forma tan contagiosa, sobre todo cuando después de los primeros segundos se nota que están tratando de reprimirse, de guardar la compostura ante T, que T no puede evitar que le aflore una sonrisa de oreja a oreja, un poco estúpida seguramente.

—Perdón… Este señor va a pensar que estamos locas… —dice la Keaton Recepcionista, todavía llevándose una mano a los labios para ocultarlos.

—No, no… Debe de ser bueno… —dice T.

—Disculpe… Es que…

Ambas rompen otra vez en carcajadas, esta vez emitiendo ese sonido de risa reprimida que de pronto escapa por la nariz, lo que, naturalmente, agrava la hilaridad de las dos. Con todo, la muchacha del traje Gales ha recobrado la compostura erguida sobre los tacones, y su figura entallada por el traje se revela ahora como el sueño de un costurero: todo está exactamente en el lugar en el que uno espera encontrarlo. Por otra parte, el modelito es como para rodar una escena de aperitivo con Cary Grant, resulta inevitable fijarse en esa indumentaria que tiene algo de caracterización. T se siente de pronto un poco incómodo, en parte por no haber entendido el chiste y no poder reír con ellas, pero también por sus zapatones sin lustrar y su camisa militar de a siete dólares en un tenderete de la 34.

Sólo le queda un consuelo: al menos él no es estrecho de hombros ni cargado de espaldas, como Cary Grant.

—Bueno, ya está bien —dice la Keaton, tratando muy seriamente de hablar con normalidad—. Aaah, Suzanne —le dice a la muchacha, ahora dirigiéndose también a ella en español—, este señor vino a informarse acerca de ayudas de residencia. Es compañero, español, inspector jefe. ¿Puedes atenderlo?

La joven del traje Gales se vuelve ahora francamente hacia T, haciendo gesto de secarse una lágrima:

—Perdóneme un minuto, debe de habérseme corrido todo el rímel… —Señala una mesa de despacho—. ¿Quiere sentarse?, ahora mismo estoy con usted.

A T le parece que el acento es el del español del norte de España, seco y tenso. Pero, sobre todo, en ese momento se da cuenta del extraordinario parecido.

* * *

En la primera conversación en el Instituto de Estudios Aplicados, T averigua unas cuantas cosas personales sobre la joven del traje Gales. La primera y más importante, que se llama Suzanne: Suzanne Ortega («Como Ortega y Caset, el inventor del magnetófono», apostilla ella misma). También que es de padre español y madre irlandesa (hace un movimiento rítmico de cabeza y mueve dos dedos sobre la mesa en representación de una bailarina celta), que lleva tres meses en la ciudad, y que comparte piso con dos muchachas en algún lugar entre Chelsea y el Village, sin especificar. Por último se entera de que a ella tampoco le gusta comer con cubiertos de plástico, extremo que ilustra tratando de pinchar una albóndiga imaginaria que parece huir despavorida por el plato y acaba saltando de la mesa, pling, pling, pling.

Toda esa información, naturalmente, llega intercalada en forma de comentarios entre las preguntas que la muchacha va traduciendo del cuestionario y que va rellenando a medida que T responde. ¿Alguna enfermedad infecciosa?, no; ¿peso actual?, ochenta y siete y medio; ¿novedades en su estado civil?, ninguna; ¿hijos desde la última actualización de la ficha?, muy improbable. Durante la mayor parte del tiempo ella hace muecas y gestos, por ejemplo gesto de «enfermedad infecciosa», algo como un fruncimiento general del rostro con especial participación de las aletas nasales y retracción de los dedos de las manos, como quien procura no oler nada y tocar lo menos posible. Resulta divertido, mantiene a T sonriente, respondiendo de buen humor, a veces bromeando. Sin embargo, quisiera poder observar sus verdaderos rasgos durante unos segundos. Tiene ocasión para ello en los instantes de concentración de la muchacha, cada vez que lee en inglés y busca las mejores palabras para traducirle a T la pregunta. Entonces su rostro se mantiene relajado y serio, como en una foto de ficha policial. Es en esos momentos cuando T puede apreciar su belleza y, sobre todo, sopesar el parecido. El asombroso parecido.

T permanece sentado respondiendo al cuestionario unos veinte minutos, y de momento se siente un poco incómodo por el hecho de que ella lo llame de usted pese a que él la ha tuteado desde el principio. Eso crea una distancia, sin duda. Pero por suerte le resulta fácil encontrar excusa para volver otro día y empezar de otra manera. En realidad T ha traído su pasaporte sabiendo que sin duda se le iba a requerir, pero finge haberlo olvidado en el hotel, de modo que tendrá que traerlo otro día:

—¿Estarás tú mañana por la mañana?

Ella hace mueca de vigilar a izquierda y derecha en busca de enemigos ocultos:

—Si no me han echado por payasa, creo que sí.

* * *

Al salir del edificio, T echa a andar de vuelta por la 42 pensativo, demasiado lento para el ritmo de la calle. Le preocupa lo del «usted». ¿Cuántos años puede tener ella? T le echaría más de veinticinco a juzgar por la manera de hablar y desenvolverse. Pero podrían ser sólo veinte atendiendo a la piel perfecta y al blanco de los ojos: un blanco casi azulado, ese color de los ojos nuevos. En cualquier caso tiene que haber terminado sus estudios universitarios para haber sido destinada a esa oficina, y eso indica veintitrés años por lo menos. Eso serían unos dos años antes del retrato, lo cual desde luego encaja…, o encajaría… La cuestión es que sin duda hay una diferencia de edad entre ellos, aunque él no podría ser su padre ni nada parecido…; o quizá sí en lo estrictamente fisiológico, si él hubiera tenido una hija siendo muy joven, pero se siente seguro de no tener aspecto de ser padre de una veinteañera, es algo que no está en su experiencia y por tanto no puede haber condicionado ni su apariencia ni su personalidad. Es posible, sin embargo, que la barba lo envejezca un poco. Desde que ha pedido la excedencia suele llevar barba de días, pero no ha vuelto a afeitarse desde su llegada a la ciudad y el pelo está quizá demasiado crecido, muy canoso en el mentón. Sería mejor recortársela, minimizar esa punta blanca de… ¿druida?

Mientras camina sorteando obstáculos y transeúntes le apetece sentarse a tomar un simple café cortado y pensar en todo ello. Pero la perspectiva de meterse en un Deli y volverse loco tratando de descubrir qué clase de bebida puede tomarse allí y qué pasos hay que dar para procurársela le da pereza. De modo que renuncia al café y sigue caminando en dirección oeste con la vaga idea de entrar en la Public Library y pedir turno para conectarse a Internet.

Ya en el cruce con la Quinta, sobre el zumbido del tráfico, los pájaros trinan en el jardín de entrada a la biblioteca. Distingue a uno muy vistoso que hincha el pecho colorado en la rama de un arbusto, a pocos metros del ondulante asfalto por el que navegan taxis y limusinas como torpes galeones. Pero nada importa el tráfico ni el cielo aprisionado entre torres de setenta plantas: el pequeño galán de pecho encendido emplea lo mejor de sí mismo en seducir a la hembra, lo mismo allí que en el bosque más remoto del planeta.

T se detiene un momento justo a la entrada del edificio, da media vuelta y vuelve a bajar la escalinata.

En su habitación abre la guía de la ciudad para consultar el índice. «Compras», «Ropa de Rebajas». Marca a bolígrafo varias direcciones: Daffy’s, en Herald Square; Filene’s Basement, en la Sexta con la 18… Después baja otra vez a la calle, se deja engullir por el metro en Penn Station y emerge en Canal Street. Allí le compra a un negro un relojito de cinco dólares, muy aparente en su sencillez de esfera negra, y también se hace con un rasurador eléctrico en un bazar chino.

Después come un pedazo de pizza mientras sube por Broadway con intención de llegar andando hasta la 18, un largo paseo entre la multitud de todos los colores. A la altura del SoHo, un jeep negro sin capota ni parabrisas pasa muy lentamente. Lo ocupan dos gigantescos skin-heads de piel rosada y uniforme de comando militar, negro de arriba abajo. Conduce con una sola mano el más musculoso, se le distinguen los tríceps incluso con el brazo en flexión sobre el volante; el otro es simplemente descomunal, un oso polar con una gruesa lorza de carne en el pescuezo y una esvástica tatuada entre la lustrosa bota y la pernera. Ambos buscan los ojos de los peatones, algo inaudito en la ciudad, sin duda una provocación.

T, que mastica su último bocado de pizza, se detiene y clava la vista en la cara del oso polar, incluso gira con él al paso del coche, mirando y masticando lentamente. El oso, apercibido de la extraña inmovilidad rotatoria de la figura de la acera, pasa la vista sobre ella, enfoca a corta distancia, se detiene una fracción de segundo en los ojos que lo miran y, de inmediato, aparta los suyos hacia más atrás, y luego hacia lo lejos. El conductor de los tríceps, ajeno al juego de miradas, sigue conduciendo lentamente camino de Union Square, y T escupe en una papelera el último bocado que la efusión de adrenalina no le deja tragar a gusto. No puede evitar darle una patada a la papelera, de la que saltan papeles. Algunos transeúntes se desvían un poco al intuir peligro, pero a T le basta dar unos pasos para volver a diluirse en el tráfico general y pasar desapercibido.

Ya en la 18, bastante atemperada su excitación, T entra primero en T.J. Maxx y busca el departamento de camisas. Las encuentra colgadas a centenares, muy baratas, restos de serie de marcas reconocibles incluso para él, que no entiende de marcas. Una de ellas, de rojo oscuro pero muy intenso, le hace pensar en el pajarillo de los jardines de la biblioteca y la añade al carro sin dudarlo. Después elige dos pares de pantalones que no puede probarse porque no hay probadores; un traje gris de buen paño y, por último, una americana Gales a juego con cualquiera de los pantalones. Con eso da por terminadas las compras a falta de encontrar zapatos apropiados en alguna tienda del Garment.

Sale del edificio cargado con dos enormes bolsas de plástico, tan fino que amenaza con romperse en cualquier momento. Pero no le apetece meterse en el metro con semejante impedimenta, y es mala hora para parar un taxi, de modo que camina quince manzanas al norte hasta reconocer la torre negra del Madison Square Garden. En el vestíbulo del hotel, el guardia del turno de tarde le pide la tarjeta. Es igual de grande que el de la mañana, pero blanco y rubio. Esta vez T ni siquiera suelta las bolsas, sólo se queda mirándolo un segundo con las cejas levantadas. El guardia deshincha el pecho bajo el traje: OK, OK, I know