EN EL INFIERNO

P es varón caucásico, complexión atlética, cabello y ojos oscuros, cuarenta y cuatro años. Es el único pasajero del autocar en los últimos quince kilómetros de curvas ascendentes. Acaba de oscurecer, llueve un agua mansa y tenaz, las ventanillas empañadas transparentan el negro de un bosque profundo. El motor reduce al aproximarse a un indicador de carretera emborronado con pintadas: San Juan del Horlá. Los faros iluminan las fachadas de piedra mojada, embocan una larga calleja en cuesta, giran, se detienen; suena un resoplido de calderines. El conductor habla en voz alta para P en su asiento: «¿Seguro que no quiere volverse conmigo?». El Cochero en Transilvania. P contesta poniéndose en pie: «Gracias: traigo una ristra de ajos…». El conductor ríe; se oye el chasquido hidráulico de apertura de la puerta y P baja al asfalto con su bolsa de mano.

Luz de luna nublada; lluvia fina; huele a leña; hace frío. El autocar maniobra el cambio de sentido y P rota sobre sí mismo para situarse. Alrededor, la silueta oscura de las montañas, un circo angosto que lo abraza todo. En primer plano la iglesia, con el campanario iluminado por focos azulones, tan chato que parece retraído bajo la lluvia. No hay nadie en la calle; luz en tres ventanas. El motor del autocar se aleja por donde ha venido y queda el silencio; la lluvia, tan fina, no hace ruido al caer. A la izquierda se estrecha el asfalto y se pierde hacia las afueras; a la derecha una fila de soportales aloja las mesas exteriores de un bar. El cartel que anuncia cerveza está encendido. Al acercarse, P advierte que hay un hombre sentado a una de las mesas de la terraza, medio oculto en la oscuridad. Cuarentón flaco, con gorra de béisbol, pantalones cortos y botas militares. Bebe cerveza y mira la lluvia caer. Cuando P está cerca le da las buenas noches. El tipo no contesta, sólo lo sigue con la mirada. En el último momento, antes de que P traspase la puerta del bar, parece que se ríe. «Bienvenido», dice, pero no suena a saludo auténtico.

Hay que abrir dos puertas sucesivas para entrar en el local; son de cristal, pero los afiches pegados con cinta adhesiva no dejan ver bien el interior. Al atravesar la segunda se experimenta un fuerte contraste con el exterior: luz, humo de tabaco, sonsonete de fútbol televisado, voces de acento local. Treinta pares de ojos se desvían hacia P y vuelven de inmediato al resplandor verde de la pantalla. P pronuncia un «Buenas noches» dirigido a quien quiera leerlo en sus labios, pero la única mirada que lo sigue es la de una mujer de edad que permanece de pie tras la barra. P se hace un hueco entre dos parroquianos y se encara a ella: sesenta y tantos, cabello cuidado, corte actual, ojos color brandy, párpados caídos, discreto maquillaje. La Dama de la Taberna.

P pide un cortado con la leche caliente. La mujer no dice nada, lentamente da media vuelta y se acerca a la cafetera. Mientras P espera, sorprende la mirada de alguno de los parroquianos más jóvenes, que de inmediato vuelve al televisor. La imagen en pantalla es muy mala: nieve, interferencias; juega el equipo depositario del orgullo patrio, marcador 0 a 0, minuto 34 de la primera parte. Hay dos únicas muchachas sentadas a las mesas del fondo, junto a la chimenea de piedra encendida; no disimulan su aburrimiento, parecen cumplir un débito conyugal con los chicos sentados junto a ellas. El resto de la galera está formada por hombres, los jóvenes al fondo, los más viejos en primera línea del televisor; los viejos visten jerséis y chaquetas oscuras de punto; los jóvenes parecen punkis, con el pelo teñido de colores vivos: rojo, naranja, azul. La excepción es un anciano de bigotes sentado mucho más atrás de lo que le tocaría por generación. Su camisa es blanca, como el bigote y el cabello que peina hacia atrás; mantiene sobre la mesa un pequeño bolso de mano ligado a la muñeca por su correa de cuero. Einstein con Mariconera. Algo ocurre de pronto en el televisor, la mitad menos anquilosada de la concurrencia salta de su asiento y de la suma hiriente de alaridos se descuelgan juramentos, golpes en las mesas y entrechoque de botellería. Pasado el climax, los más jóvenes reclaman bebidas en tono destemplado; la Dama de la Taberna, inmutable, sirve primero el cortado que le ha pedido P. «Perdone», le dice él, «¿encontraré alojamiento no demasiado caro para esta noche?». La mujer parece no haberlo oído y, con marcada lentitud, retira de la barra una botella de cerveza vacía. Los jóvenes siguen reclamando sus pedidos; la llaman «Susi» y la tutean pese a la abismal diferencia de edad. Ella, sin perder el aplomo, mira a P y señala hacia el exterior: «Siguiendo esta calle por la derecha verás el hostal, es el único que hay»; su voz es muy débil, casi inaudible.

P sale del bar después de tomar el café. En la terraza sigue el tipo de las botas militares bebiendo y mirando la lluvia. P le dice adiós y echa a andar de vuelta hacia la parada del autocar. El macizo campanario le queda ahora de frente tras la cortina de lluvia; el reloj tiene el cristal roto y marca una hora absurda, las tres casi en punto. Se hace visible el cartel luminoso del hostal más allá del límite de las farolas y el asfaltado de la calle. Justo delante, en la penumbra, se distingue un coche aparcado. Una sombra esbelta que parece salir del hostal se sube a él; enciende el motor y los faros, arranca con brusquedad produciendo ruido sobre la grava. Pasa junto a T a gran velocidad: es un Porsche negro, con capota de lona clara y llantas doradas.

Cuando T llega a la entrada del hostal suenan tres campanas desde la iglesia; la puerta del hostal al abrirse golpea una cuarta más aguda. En el interior, barra de bar a la izquierda, salita con butacas y televisor a la derecha. Dos ancianos en mangas de camisa siguen el partido. No se han vuelto hacia la puerta al oír la campanilla; el sonido del televisor está anulado; uno de ellos traza signos de sordomudo y el otro se lleva una mano a la cabeza y hace el gesto de chutar a puerta. Al fondo hay un comedor vacío, a oscuras; por allí llega una mujer de mediana edad, escuálida, cabello largo, lacio, muy negro. Morticia Adams en el Hostal. Mira a P de arriba abajo y dice buenas noches; fuerte acento local. P saluda y pregunta cuánto cuesta una habitación individual. Treinta euros con cama grande y baño. P pregunta si no hay nada más barato; la mujer intenta sonreír y niega con la cabeza. Silencio absoluto de fondo; P acepta lo que le ofrecen; la mujer saca el libro de registro que suena sobre el mostrador: plaf. Le pregunta el nombre a P. «Pedro Balmes», contesta él. La mujer también quiere ver su DNI; P lo entrega, ella lo examina por las dos caras y comprueba la foto en una mirada rápida. Se disculpa porque no hay personal para acompañarlo e indica a P el camino. De pronto los sordomudos se remueven audiblemente en sus butacas. En pantalla, un jugador patrio corre por el campo con la camiseta arremangada sobre la cabeza; de fondo, los espectadores se desgañitan en el silencio del televisor sin volumen.

P sube a la segunda planta por una caja de escalera iluminada por la luz de emergencia. Identifica el número 3 en un pasillo oscuro. Abre la puerta con el llavín que le han dado; busca a tientas el interruptor. La cama ocupa casi todo el espacio: flores grises y azules estampadas en la colcha de nailon; huele a humedad, hace más frío que en la calle. P abre el grifo lateral del radiador bajo la ventana; sube la persiana, abre los batientes. A contraluz de la luna nublada se ven casas con huerto trasero y, de fondo, el circo oscuro de montañas. Afuera huele mejor que en la habitación, a leña, y también a tierra mojada.

El interruptor del baño prende un fluorescente renqueante sobre el espejo. Espacio diminuto, sanitarios color rosa, alicatado marrón claro, cortina de ducha con almendros en flor. P abre el grifo del agua caliente y se oye una convulsión de tuberías. El chorro pierde medio caudal por las juntas; P tiende la mano y espera a ver si el agua se calienta. Se calienta. Vuelve al dormitorio, toca el radiador que también parece estar templándose; retira la colcha de la cama, se sienta sobre la manta con la bolsa de viaje al lado. La abre y extrae una lámina cuidadosamente enrollada: Madonna ante un paisaje, Giovanni Bellini, Pinacoteca de Breda. También extrae el neceser, en el que revuelve en busca de sus útiles de aseo. Nota al tacto algo que no espera, algo duro y cúbico. Un instante antes de recordar lo que es, lo saca y queda en su mano un pequeño estuche de joyería. «Jewell Zoo», dicen unas letras grabadas en la tapa de madera encerada.

P arroja el estuche al fondo del neceser y, mirando las paredes estucadas en blanco, se pregunta cuánto tiempo tendrá que quedarse allí.