7
VIENA
Al despertarme, vi en la cama vecina a un hombre de aspecto imponente. Vestía un pijama a rayas azules y estaba sentado y leyendo. Su perfil tenía cierto aire quijotesco, que habría sido más acusado de tener el mostacho más recio, pero las guías le caían a los lados en vez de proyectarse. El rostro era estrecho y el cabello sedoso, castaño claro, retrocedía desde la frente y le clareaba prematuramente en lo alto de la cabeza. En sus ojos azul claro anidaba una mansedumbre casi vacuna. Entre la suave curvatura del bigote y el mentón bien formado pero huidizo, el labio inferior le colgaba un poco, revelando dos grandes incisivos, y la cabeza, sobre un largo cuello con la nuez de Adán prominente, era el remate de un cuerpo alto y delgaducho. Ninguna estampa habría coincidido más con las caricaturas que hacen en el extranjero de cierta clase de inglés; pero en vez de la clásica complacencia tontorrona (Un anglais à Mabille), mi vecino se caracterizaba por una benevolencia bastante distinguida. Cuando vio que estaba despierto me dijo: «Confío en que hayas tenido un sopor apacible y acompañado de sueños serenos». Su acento, aunque inequívocamente extranjero, era bueno, pero el giro de la frase me dejó perplejo. No había ningún asomo de guasa en su expresión de sincero y amable interés.
Se llamaba Konrad, y era hijo de un pastor protestante de las islas Frisias. Yo no había leído El enigma de las arenas y no sabía dónde estaban esas islas, pero no tardé en enterarme de que seguían las costas de Holanda, Alemania y Dinamarca, formando un largo archipiélago desde el Zuider Zee hasta la ensenada de Heligolandia, donde giran al norte y finalizan frente a la costa de Jutlandia. Ahusadas a causa del oleaje y los vientos, con arrecifes intercalados entre ellas, en perpetuo proceso de desmoronamiento y cambio de forma, salpicadas de naufragios, rodeadas de pueblos sumergidos, cubiertas por nubes de aves marinas y algunas de ellas muy invadidas por los bañistas en verano, las islas apenas se alzan por encima del nivel del mar. Konrad procedía del tramo central alemán. Había aprendido inglés en la escuela y proseguido sus estudios, durante el tiempo libre que le dejaba una multiplicidad de empleos, casi exclusivamente leyendo a Shakespeare, lo cual a veces daba a sus frases un aire incongruente e incluso arcaico. Tenía casi cuarenta años, y no recuerdo que contratiempos le habían conducido a semejante estado de decadencia, algo, por otra parte, en lo que él no profundizó. No tenía una personalidad dinámica. Su buen humor comedido, su ecuanimidad y su porte, de una dignidad apacible pero inequívoca, contrastaban vivamente con el irreflexivo alboroto matinal que reinaba en la enorme sala. Alzó en el aire un volumen que se estaba desencuadernando por momentos y me dijo que estaba releyendo Tito Andrónico. Cuando me di cuenta de que el libro contenía las obras completas de Shakespeare, le pedí que me lo prestara y busqué, muy emocionado, Cuento de invierno. Conocemos los resultados. Él se mostró muy comprensivo acerca de mis apresuradas esperanzas.
Nos sentamos ante una de las mesas restregadas, en el centro de la sala, él me dio parte de su pan y queso, y mientras comíamos me informó de que sus sentimientos hacia la lengua inglesa e Inglaterra en general surgían de una teoría acerca de su archipiélago natal. Antes de que los empujaran hacia las islas, los frisios habían sido un pueblo continental poderoso e importante, y parece ser que su idioma era más afín a lo que acabó consolidándose como inglés que cualquiera de las otras tribus germánicas que invadieron Gran Bretaña. Estaba convencido de que Hengist y Horsa eran frisios. (¿Dónde estaba el erudito? Mientras Konrad hablaba, empecé a ver a los dos invasores bajo una nueva luz: en lugar de unos gigantes fornidos, pecosos, con el cabello de estopa, que irrumpían violentamente en Kent, ahora veía a dos personajes bastante calvos y un tanto equinos, parecidos a Konrad, que llegaban a la orilla vadeando y tosiendo con timidez.) Me citó una nueva prueba de la íntima relación existente entre ambas naciones: un par de siglos después de Hengist, cuando san Wilfredo de York, que había naufragado, empezó a predicar a los frisios todavía paganos, no fue necesario un intérprete. Lo mismo sucedió cuando san Willibrord llegó desde Northumbria. Le pedí que dijera algo en el dialecto frisio. No entendí lo que me dijo, pero las palabras breves y las vocales llanas sonaban como debe de sonarle el inglés a alguien que desconoce el idioma.
Le dibujé mientras me hablaba, y el dibujo me salió bien… ¡no podría haber sido de otra manera con semejante físico! Él examinó el resultado con meditabunda aprobación y se ofreció a acompañarme al consulado británico, donde yo confiaba en encontrar la salvación. Dejamos nuestros efectos, como él llamaba a los bártulos, en la oficina.
—Debemos ser precavidos —me advirtió—. Entre los buenos e infortunados no faltan los viles, salteadores de caminos y bellacos que nunca se abstendrán de hurtar. A algunos les encanta la ratería.
Alto, huesudo, con un abrigo largo y raído y un sombrero de ala bastante ancha, su aspecto era serio e imponente, aunque algo en su porte y en la mirada tierna de sus anchos ojos le aportaba un toque ridículo. Su elegante y bien cepillado sombrero se caía a pedazos. Con una desenvoltura inesperada, me mostró la etiqueta del fabricante en el interior: «Habig —me dijo—, uno de los sombrereros más renombrados de Viena».
Los alrededores eran todavía más deprimentes a la luz del día. El hostal[37] se hallaba en la Kolonitzgasse, en el distrito tercero, entre los muelles de carga de la aduana y los sucios arcos de un viaducto y una vía de ferrocarril elevado, ahora en silencio, como el resto de aquel barrio abandonado. Todo parecía estar cubierto de basura. Nuestros pasos nos llevaron al puente Radetzky y el canal del Danubio, a través de un deprimente escenario de edificios sombríos y nieve sucia bajo el cielo encapotado. Doblamos por la Rotenturmstrasse y, a medida que nos adentrábamos en el interior de la ciudad, las cosas empezaron a cambiar. Pasamos ante la catedral de San Esteban con su única aguja gótica. Seguían allí los bloqueos y las barreras policiales del día anterior, pero dejaban pasar y, de momento, no se oían disparos a lo lejos. La ciudad parecía haber vuelto a la normalidad. Comenzaron a aparecer los palacios, se alzaron las fuentes y los monumentos con sus fantásticos detalles ornamentales. Cruzamos el Graben hasta la Am-Hof-Platz: al pasar ante una alta columna con una imagen de la Virgen, nos dirigimos a una calle que estaba en el otro lado, donde un asta de bandera y un óvalo con el león y el unicornio indicaban que allí se encontraba el consulado británico. Entramos y un empleado examinó todas las casillas en busca de una carta certificada para mí. No había ninguna.
Si antes Viena me había parecido sombría y encapotada, me lo parecía doblemente cuando me reuní con Konrad en la Wallnerstrasse. Habían empezado a caer gotas de aguanieve.
—No estés mohíno, mi querido joven —dijo Konrad al verme—. Necesitamos consejo.
Nos encaminamos al Kohlmarkt. En el otro extremo una gran arcada daba al patio del Hofburg y unas cúpulas verde zinc se sucedían sobre las hileras de ventanas. Doblamos a la izquierda y entramos en la Michaelerkirche. El interior estaba a oscuras y, tras el entorno clásico, era inesperadamente gótico y estaba vacío, con excepción de un pertiguero que encendía las velas para la misa inminente. Nos sentamos en un banco y, tras unas oraciones superficiales, mientras el pertiguero andaba por allí, Konrad me dijo:
—¡Atiende, Michael! No todo está perdido. He estado madurando un plan. ¿Tienes aquí el cuaderno de dibujo?
Di unos golpecitos en el bolsillo del abrigo y él me expuso su plan, que consistía en ofrecerme como dibujante profesional de puerta en puerta. Me sentí consternado, primero por timidez y luego a causa de una modestia bien fundada. Protesté diciendo que el dibujo que le había hecho era una excepción afortunada y que normalmente mi obra era muy de aficionado. Llevar a la práctica su sugerencia sería casi como pedir dinero con falsos pretextos. Konrad se apresuró a rechazar esas objeciones. ¡Solo tenía que pensar en los artistas ambulantes de las ferias! ¿Dónde estaba mi espíritu de empresa? Su asedio fue suave pero firme.
Cedí y pronto empecé a sentirme bastante estimulado. Antes de salir, pensé en encender un cirio para que nos diera suerte, pero ni mi compañero ni yo teníamos una sola moneda. Nos dirigimos al barrio Mariahilf.
—Empezaremos por los pequeños buggers («maricones») —me dijo, cosa que me sorprendió, pues hasta entonces había hablado de una manera muy recatada.
Le pregunté de qué pequeños maricones me hablaba y él se detuvo en seco y el rubor empezó a extenderse por su rostro hasta cubrirlo del todo.
—¡Ah, mi querido joven! —exclamó—. ¡Disculpa! Ich meinte, wir würden mit Kleinbürgern anfangen… ¡por los pequeños burgueses, quería decir! Los ricos y nobles de aquí —abarcó con un gesto de la mano la ciudad antigua— siempre tienen lacayos, muchos y orgullosos, y a veces no condescienden…
Mientras caminábamos me iba adiestrando sobre lo que debía decir. A él le parecía que debería pedir cinco Schillinge por dibujo, y repliqué que eso era demasiado. Pediría dos, es decir, poco más de un chelín inglés. ¿Y por qué no me acompañaba las primeras veces?
—¡Ah, mi querido joven! —respondió—. ¡Ya cuento con muchos años a mis espaldas! ¡Siempre les asustaría! ¡Tú, en cambio, eres tan tierno que ablandarás sus corazones!
Me explicó que en las puertas de las casas vienesas había mirillas al nivel de los ojos, a través de las cuales los habitantes siempre examinaban a los candidatos a visitantes antes de abrir la puerta.
—No mires nunca por ahí —me aconsejó—. Llama y entonces alza la vista hacia el Eterno con inocencia y sentimiento.
Tomó mi bastón de paseo y me aconsejó que llevara el abrigo colgado del brazo y sostuviera el cuaderno de dibujo y el lápiz con la otra mano. Mi indumentaria parecía un poco rara, pero estaba limpia y arreglada: botas, polainas, calzones de pana inglesa, chaquetón de cuero, camisa gris y corbata tejida a mano de color azul claro, bastante artística. Me peiné mirándome en la luna de un escaparate, y cuando más nos acercábamos a nuestro campo de acción, tanto más debíamos parecernos a Fagin y el Tunante.[38] Nos dimos un fuerte apretón de manos en el vestíbulo de un anticuado edificio de pisos, subí y toqué el primer timbre del entresuelo.
La mirilla de latón brilló ciclópeamente. Fingí no darme cuenta de que un ojo había sustituido a la tapa en el otro lado, y permanecí con la mirada perdida. Cuando se abrió la puerta y una sirvienta menuda me preguntó qué quería, respondí como si me hubiera dado pie para interpretar mi papel:
—Darf ich mit der Gnä’ Frau sprechen, bitte? («Por favor, ¿puedo hablar con la amable señora de la casa?»)
Ella me dejó en el vano de la puerta abierta y aguardé, aprestándome ansiosamente para decir la frase siguiente, que sería: «Guten Tag, Gnä’ Frau! Ich bin ein englischer Student, der zu Fuss nach Konstantinopel wandert, und ich möchte so gern eine Skizze von Ihnen machen!».[39] Pero no llegué a pronunciarla, pues la embajada que la sirvienta llevó al salón obtuvo, casi antes de que hubiera podido abrir la boca, unos resultados que ni Konrad ni yo podríamos haber previsto. Una aguda voz de hombre gritó: «Ach nein! Es ist nicht mehr zu leiden! (“¡No, esto ya no se puede aguantar más!”). ¡Esto es inaguantable! ¡He de ponerle fin!». Y apenas habían finalizado estas palabras cuando un hombrecillo calvo, enfundado en una bata de franela roja, llegó corriendo por el pasillo a la velocidad de una bala de cañón. Desviaba la cabeza, tenía los ojos fuertemente cerrados, como si quisiera evitar alguna visión abominable, y extendía las palmas con un gesto de repelencia. «Aber nein, Helmut! —exclamó—. Nein, nein, nein! (“¡Otra vez no, Helmut!”) Weg! Weg! Weg! Weg! (“¡Largo, largo, largo!”).» Ahora tenía las manos sobre mi pecho y me empujaba. Me arrastró como si fuese nieve delante de una máquina quitanieves y ambos, uno avanzando y el otro retrocediendo, cruzamos la puerta y recorrimos el descansillo de una manera confusa y vacilante. Entretanto, la menuda criada gritaba: «Herr Direktor! ¡No es Herr Helmut!». El hombre se detuvo de repente; abrió los ojos y parecieron salírsele de las órbitas.
—¡Mi querido muchacho! —exclamó horrorizado—. ¡Le pido mil veces disculpas! ¡Creía que era mi cuñado! ¡Pase, pase! —Entonces gritó hacia la habitación de la que acababa de salir—. ¡Anna! ¡No es Helmut!
Y una mujer en bata se acercó en seguida y secundó con una expresión angustiada a su marido.
—¡Entre, por favor, mi querido señor! —siguió diciendo él, y me llevaron al salón—. ¡Gretl! ¡Trae un vaso de vino y un trozo de tarta! ¡Tenga la bondad de sentarse! ¿Un cigarro?
Acabé sentado en un sillón, frente al hombre y su esposa, ambos sonrientes. Él tenía el rostro sonrosado, y lo adornaba uno de esos bigotes encerados y rizados que se mantienen en posición durante la noche gracias a una venda de gasa. Los ojos le brillaban y sus dedos tamborileaban arpegios a paso ligero sobre las rodillas mientras hablaba. Su mujer murmuró algo y él dijo: «¡Ah, sí! ¿Quién es usted?». Entonces pasé a mi segunda fase: «estudiante», «Constantinopla», «boceto», etc. Él me escuchó atentamente, y apenas había terminado de hablar cuando se dirigió raudo a su dormitorio. Salió al cabo de dos minutos, con cuello alto, una pajarita moteada y una chaqueta de terciopelo adornada con trencilla. Se había retorcido las guías del mostacho y dispuesto cuidadosamente un par de hebras sobre el cuero cabelludo. Sentado en el borde de la silla, enlazó las manos sobre las rodillas juntas, haciendo sobresalir los codos con gesto desafiante, y mirando noblemente a media distancia al tiempo que una punta del zapato golpeaba el suelo a toda velocidad, se mantuvo inmóvil como un busto. Me puse a trabajar, y su esposa me sirvió otro vaso de vino. El boceto no me pareció muy bueno, pero cuando terminé mi modelo se mostró encantado. Se puso en pie y, con el dibujo en el extremo del brazo extendido, fue de un lado a otro de la habitación, dando enérgicos pasos, y juntó el pulgar y el índice de la otra mano, como un experto.
—Ein chef d’oeuvre! —exclamó—. Ein wirkliches Meisterstück!
Ambos se mostraron sorprendidos por la baja tarifa que pedí. También acepté de buena gana un puñado de cigarros, e hice un boceto de su esposa. Mientras la mujer permanecía sentada, él insistió en usar el moño que lucía en lo alto de la cabeza como eje para girarle la cabeza de modo que presentara unos ángulos más expresivos. Y cuando hube terminado, me acompañaron a través del descansillo al piso de enfrente, donde vivía una cantante jubilada, quien a su vez me presentó a la esposa de un editor de música. ¡Estaba lanzado! Cuando fui al encuentro de Konrad, este pasaba el tiempo fantaseando pacientemente en la acera. Me acerqué a él como si acabara de matar al Jabberwock, y él me felicitó como era debido. Al cabo de unos minutos estábamos en una acogedora Gastzimmer, comiscando Krenwurst y pidiendo delicioso Jungfernbraten, patatas geröstete y vino. Gracias a Trudi, el comandante Brock y, aquella mañana, Konrad y mi reciente modelo, había podido comer lo suficiente para mantenerme en pie. Pero ahora tenía ante mí la primera comida de verdad desde la cena en el castillo dos días atrás, un tiempo que me parecía muy largo. Y creo que para Konrad era la primera comilona en mucho más tiempo. Un poco aturdido al principio, me confesó que detestaba toda aquella extravagancia. Mi actitud se podía expresar con una frase de Cuento de invierno que habíamos examinado antes: «Es oro ficticio, muchacho, y se revelará así», y, mientras brindábamos, mi júbilo le afectó. «¿Te das cuenta, querido joven, de cómo la audacia siempre prospera?» Después de este festín, volví al trabajo, dejando a Konrad en un café, enfrascado en la lectura de Venus y Adonis.
Esos dibujos no eran mejores ni peores que los resultantes de una pericia practicada a medias. En ocasiones, cuando tenía que reproducir unos rasgos muy marcados, o que eran por sí mismos caricaturas naturales, conseguía un parecido con pocas líneas, pero en general necesitaba un cuarto de hora como mínimo y a veces bastante más. Era un proceso laborioso, durante el que borraba mucho y cuyas deficiencias suplía mediante el sombreado que extendía sigilosamente con la yema de un dedo. Pero mis modelos no eran exigentes; a muchas personas les encanta que las dibujen, y es maravilloso lo que pueden conseguir «artistas» incluso peores que yo. No se me ocultaba que mi racha de suerte se debía al carácter bondadoso de los vieneses, y aunque experimenté una sensación pasajera de culpabilidad, no bastó para desterrar la idea embriagadora de que, en caso de emergencia, podía ganar algo de dinero de una manera más o menos honesta. Por otro lado, esas zambullidas repentinas en lo desconocido me habían absorbido por completo, y el descaro no tardó en sustituir a mi timidez inicial.
Una tarjeta con marco metálico bajo el timbre de la puerta solía revelar la identidad del habitante de la casa. La elevada proporción de nombres extranjeros mostraba la herencia del imperio de los Habsburgo en el apogeo de su expansión.[40] Muchos súbditos de otras naciones, cuyas capitales les parecían escenarios demasiado estrechos para ellos, acudían en tropel a la deslumbrante Kaiserstadt: checos, eslovacos, húngaros, rumanos, polacos, italianos, judíos procedentes de toda Europa central y oriental, así como todas las variedades de eslavos meridionales. En un piso incluso vivía un afable caballero bosnio, probablemente de ascendencia bogomil islamizada, el doctor Murad Aslanovic Bey, el cual, a pesar de lo sucedido en Sarajevo, había conservado su firme austrofilia. De la pared pendía una pequeña bandera enmarcada con una combinación del águila bicéfala austríaca y la media luna, y sobre su escritorio tenía un pisapapeles en forma de estatuilla de bronce de un soldado que cargaba con la bayoneta calada y la borla del fez ondeante, un recuerdo del Primer Regimiento K.u.K. de Infantería bosnio. (Esas aguerridas tropas de montaña habían causado estragos a lo largo del frente italiano desde los Dolomitas hasta el Isonzo.) Mucho tiempo atrás el doctor Murad había trocado el fez por un sombrero de cazador gris adornado con una pluma de la cola de un gallo lira, y me dio a entender que no observaba el ramadán de una manera estricta. Su barba blanca en forma de pala le convertía en un modelo fácil. En muchas viviendas, un emblema solitario producía una nota tan clara como la de un diapasón: Francisco José, el archiduque Otto con traje de magnate húngaro adornado con algún pelaje, un crucifijo, una oleografía piadosa, una imagen, una fotografía de Pío X con tiara y las llaves cruzadas, una estrella de David que encerraba la inefable Tetragrammaton. Debido a la frecuencia con que aparecía en los libros de magia, los triángulos entrelazados y los símbolos hebreos siempre parecían misteriosos y arcanos. Había blasones desvaídos, citas enmarcadas, medallas, diplomas y los chacós estudiantiles en forma de concertinas plegadas, con monogramas bordados en la copa, fajas tricolores y guantes de esgrima; fotografías de Marx y Lenin, una estrella, un martillo y una o dos hoces. Si no recuerdo haber visto cruces gamadas o instantáneas de Hitler, no es por falta de nazis, pues estos eran numerosos, pero creo que en aquellas fechas la exhibición de tales emblemas era un delito punible. Había máscaras mortuorias de Beethoven y bustos de yeso, pintados de manera que parecieran de marfil antiguo, de Mozart y Haydn. Esta iconología dispersa era paralela a otra, en la que la Garbo, la Dietrich, Lilian Harvey, Brigitte Helm, Ronald Colman, Conrad Veidt, Leslie Howard y Gary Cooper afirmaban una vez más su influencia universal.
En el primer piso al que llamé aquella tarde no había mucho espacio para moverse. El suelo estaba lleno de baúles, cajas y recipientes de formas diversas y enigmáticas, con las palabras LOS HERMANOS KOSHKA estarcidas en letras escarlata. Unos carteles en varios idiomas mostraban a los hermanos que, con máscara y capucha, recorrían la cuerda floja tendida sobre una garganta, salían disparados de un cañón, como proyectiles humanos, volaban y se asían las manos en una cuadrícula de haces luminosos, se alzaban en forma de precarias pagodas de múltiples capas y atronaban en la cara interna de unos barriles gigantescos por las que daban vueltas en motocicleta. También había hermanas Koschka, antepasados canosos y descendientes que gateaban, y hablaban por los codos entre ellos en checo. Eran unos seres atléticos, sonrientes, bien parecidos, de aspecto un tanto pasmado y casi idénticos, que seguían flexionando las rodillas y palpándose los bíceps mientras hablaban, o hacían girar lenta y alternativamente los omóplatos. Durante varios minutos me sentí perdido entre aquella gente. Finalmente, bastante amilanado, abordé a un musculoso patriarca a quien musité mi invariable proposición de hacerle un boceto. El hombre no hablaba alemán, pero me dio una palmada amistosa y envió a un descendiente a la habitación contigua, de donde regresó con una foto satinada de toda la tribu. Allí estaban los Koshka equilibrados en una vertiginosa gran final, de la que él era el Atlas que constituía la base de apoyo. Firmó la foto, añadiendo un mensaje amistoso y un floreo, y entonces me llevó cortésmente de Koshka en Koshka, y cada uno de ellos, desde el curtido abuelo al más menudo de los pequeños indestructibles añadió su firma con una o dos palabras amables y una orla de signos de admiración. Una vez reunidas todas las firmas, volví a musitar mi ofrecimiento de hacerles un boceto, pero lo hice en voz ahogada, pues hacía rato que había perdido el aplomo. Hubo una pausa, y entonces todos prorrumpieron a coro: «¡No, no, no! ¡Es un regalo! ¡No queremos un solo Groschen por la foto! ¡Ni uno! ¡Es gratis!». Pero se mostraron sinceramente conmovidos ante la idea de mi peregrinaje.
En el piso siguiente alguien había fallecido.
En el tercero, la sirvienta me dijo: «¡Chiss!» mientras me acompañaba a una sala tenuemente iluminada. Al cabo de un momento una chica rubia y bonita salió, andando de puntillas, de un baño rosa, calzada con unas chinelas rosa que tenían adornos de pluma de cisne y atándose ceñidor de una bata turquesa. También ella se llevó un dedo a los labios fruncidos en forma de corazón, imponiéndome silencio, y me susurró: «¡Ahora estoy ocupada, schatzili!», al tiempo que señalaba de una manera significativa la puerta contigua, que estaba cerrada. Sobre la mesa había un chacó, y en el sillón un abrigo y un sable. «¡Vuelve dentro de una hora!» Entonces, con una sonrisa y una amistosa palmadita en la mejilla, se alejó nuevamente de puntillas.
Pero en el cuarto piso vivía un profesor de música que tenía tiempo libre entre una y otra lección, y nos entendimos.
Konrad y yo cenamos alegremente en un local acogedor que estaba en uno de los callejones de la ciudad vieja. Luego fuimos al cine y finalmente entramos en un bar a tomar una última copa. Hablamos de Shakespeare, Inglaterra y las islas Frisias mientras nos fumábamos otros dos cigarros del Herr Direktor (¿de qué sería director?, nos preguntamos), como dos corredores de apuestas tras un día afortunado en las carreras.
Regresamos por el Graben y la Kärtnerstrasse. Más o menos a la hora en que encendían las farolas, observé un grupo de chicas decorativas que iban de un lado a otro y dirigían inequívocas miradas de invitación a los paseantes. Konrad sacudió la cabeza.
—Debes tener cuidado, amigo mío —me advirtió en tono solemne—. Estas mujeres son meretrices siempre en busca de lucro. Son licenciosas, tal es su hábito.
A la mañana siguiente fuimos al consulado y una vez más obtuvimos resultados nulos, pero ahora eso no parecía tener importancia. Envalentonado por los resultados del día anterior, Konrad pensó que podríamos asediar un barrio más ambicioso, más próximo al centro de la ciudad, pero todavía fuera de las zonas temibles donde dominaban los lacayos orgullosos. Los altos edificios no me parecían muy distintos, pero, como una concesión a nuestros posibles modelos más ricos, me dejé persuadir por Konrad para cobrarles tres Schillinge en vez de dos.
En los instantes preliminares, cuando estaba en el vestíbulo ante una veintena de timbres sin llamar y las hileras de misterio alzadas por encima de mi cabeza, en el borde, por así decirlo, de un cobertor todavía sin retirar bajo el que se amontonaban las presas, temblaba de emoción. No se oía más sonido que el de alguien que practicaba con el violín en alguna parte.
Llamé al primer timbre, y abrió la puerta un hombre con barba, bata y corbata Lavallière, el cual me hizo entrar en una sala llena de cuadros, en rimeros o colgados de las paredes. Había cordilleras rosadas bajo el resplandor crepuscular, posadas rurales con espalderas cubiertas de enredaderas, claustros llenos de glicinas, oasis, esfinges, pirámides y caravanas que, al ponerse el sol, arrojaban largas sombras sobre las dunas. La tela, húmeda y a medio hacer, colocada en un caballete que estaba en medio de la sala mostraba un atolón al amanecer, erizado de palmeras. El hombre se acariciaba la barba mientras me llevaba de un cuadro a otro, como si quisiera ayudarme en la elección. Me sentí azorado cuando tuve que explicarle que era una especie de cher confrère. Él pareció más bien irritado, aunque ambos soltamos una risa jovial e insincera; pero el brillo de sus ojos y el rechinar de sus espléndidos dientes se hicieron más intensos, y tuve la sensación de que, si el pasillo que conducía a la salida hubiera sido más largo, podría haberme perseguido para clavarme los dientes en la nuca como si fuese un mollete.
La segunda visita iba a depararme una sorpresa. Me franqueó la entrada una mujer de mirada huraña, una inglesa natural de Swindon, con el cabello gris oscuro muy corto. No quiso que la dibujara, pero habló sin cesar mientras me servía té y galletas que extrajo de una vieja lata de Huntley y Palmers. Había venido a Viena muchos años atrás, como señorita de compañía de una dama. Ambas se convirtieron a la fe católica y, cuando su patrona murió, mi anfitriona heredó el pequeño piso donde ahora daba clases de inglés. Era evidente, por su manera de expresarse, que le dominaba una pasión religiosa aguda y bastante turbadora, centrada sobre todo en la cercana iglesia de los franciscanos. Me acompañó al piso de abajo para que dibujara a una india amiga suya, jacobita siria cristiana de Travancore. Era una mujer voluminosa, vestida con un sari malva con festones dorados, bajo un abrigo de piel negra, y sus carnes rebosaban de una mecedora al lado de una estufa rugiente. De ahí pasé a un piso decorado con ante y pana blancos y numerosos cojines. Allí un barón anglófilo, corpulento y de cabellos dorados, que llevaba un jersey con cuello de cisne, me permitió que le dibujara y luego insistió en que hiciera los retratos de tres alegres y vistosos jóvenes vestidos con jerséis similares pero de distintos colores, mientras ponían discos de Cole Porter y me servían un cóctel Manhattan de una coctelera galvanizada. El barón rememoró encantado Londres, las fiestas y el Baile Artístico de Chelsea. En cuanto al Baile del Personal de lady Malcolm, afirmó que no tenía palabras para describirlo. Reinaba allí una familiar atmósfera londinense, y sentí cierta nostalgia. Tras la puerta cerrada de la habitación contigua tenía lugar una discusión tremenda, y deseé no haber llamado. Un individuo recorrió el pasillo a grandes zancadas, llamando a gritos a alguien que estaba en las profundidades del piso. Abrió bruscamente la puerta, me dirigió una mirada furibunda, de odio y disgusto, cerró de un portazo y reanudó la querella interrumpida.
En el piso siguiente había prendas de etiqueta diseminadas por el suelo: un chaqué, una pajarita blanca, una chistera, unos zapatos dorados de tacón alto que sin duda alguien se había quitado apresuradamente, una camisa negra con lentejuelas centelleantes, serpentinas y una granizada de esas bolitas de cartón piedra que a veces se arrojan en las fiestas. El rostro del joven desgreñado y vestido con pijama que había abierto la puerta presentaba los síntomas familiares de una resaca. La mirada de sus ojos inyectados en sangre era de impotencia y súplica.
—¡Disculpa! —me dijo—. No puedo hablar… —y entonces se señaló la cabeza—: Kopfweh!
Dolor de cabeza… Llegó desde el fondo un lastimoso gemido de mujer, y me escabullí. (Signos similares se daban en muchos rostros y pisos, pues había finalizado el Carnaval que los trastornos políticos no habían logrado deslucir. Faltaban pocos días para el Martes de Carnaval.) En el amplio salón de otro piso, inerte en un sillón como un oso hormiguero o tamanduá gigantesco, moviendo lentamente la cabeza de un lado a otro con la expresión perpleja de un rumiante, se sentaba un hombre de mediana edad que tenía los ojos muy abiertos. Aparte del despacioso gesto negativo con la cabeza, no respondió a las propuestas que, atemorizado, le hacía. De nuevo no me quedó más alternativa que retirarme. Pero los últimos modelos de la mañana fueron un jovial almirante retirado y su esposa, rodeados de un mobiliario de estilos Biedemeier y Sezession. Con la risa jovial que debió de soltar en la toldilla de su barco, afirmó que seguía siendo un almirante activo quien, con la pérdida de Trieste y Fiume, se había retirado de su armada. De una pared pendían una daga de guardiamarina y una espada de ceremonia. Había fotografías ampliadas de las cubiertas de batería de varios buques de guerra en aquellos puertos perdidos. Una de ellas ilustraba una visita de inspección del archiduque Franz Ferdinand, con las patillas muy pobladas y retorcidas hacia arriba bajo el tricornio.
Mientras desplegábamos y sacudíamos las servilletas, Konrad y yo convinimos en que la mañana había sido espléndida. Él tuvo la prudencia de ponerse la suya sobre el pecho, sujetándola bajo el cuello de la camisa, pues nos habían servido unas deliciosas costillitas de lechal. Konrad declaró que era un cordero inigualable. La cuarta noche, cuando me reuní con él en un café, al finalizar la faena de la tarde, decidimos que había sido otra jornada excelente, pero ambos teníamos la sensación, aunque yo no acababa de ver el motivo, de que tal vez sería la última. Durante la cena, que habíamos encargado previamente (un delicioso pollo asado, el clásico que crepita en los sueños de los vagabundos de tebeo), hablamos de nuestros planes. Le expuse en líneas generales el itinerario que me proponía seguir. Pero ¿qué iba a hacer él? Ya me había informado de su dedicación al vagabundeo, a la espera de algo, no recuerdo qué, con un optimismo como el del personaje dickensiano Micawber, algo que se resistía tenazmente a presentarse.
—Pero tengo entre manos un plan riguroso —me dijo por fin con la mayor seriedad—, un plan para hacerme rico. Me lo divulgó una persona experta y reflexiva, pero necesita capital… —Los dos nos quedamos taciturnos, pues no teníamos la menor esperanza de encontrarlo. Le pregunté por curiosidad cuánto era. Él mencionó la suma y ambos asentimos, entristecidos, mirando el vaso de vino que teníamos en la mano. Entonces reaccioné tardíamente y le pedí que repitiera la cifra—. Veinte Schillinge.
—¿Veinte Schillinge? ¡Pero Konrad, eso es fácil! ¡Probablemente ya los tenemos, y si no, los conseguiremos mañana por la mañana!
Le había dado la mitad de las ganancias, pero Konrad se consideraba mi tutor e insistió en devolvérmelas, envueltas en un pañuelo anudado.
—Toma, muchacho, es la mitad de tus gajes.
Tras pagar la cena, solo nos faltaban dos chelines para completar el capital necesario. Le pregunté en qué clase de empresa había pensado.
—Durante muchas lunas, amigo mío —me dijo, fijando en mí la seria mirada de sus ojos azules—, he anhelado convertirme en contrabandista. ¡Un contrabandista de sacarina, querido muchacho! ¡No, no te lo tomes a risa! —Desde que Checoslovaquia (¿o era tal vez Austria o Hungría?) había empezado a cobrar un impuesto exorbitante por la sacarina, la importación secreta de ese inocente artículo producía grandes beneficios. Todo lo que hacía falta era el desembolso inicial—. Y hay gente, tipos listos, atrevidos y ágiles —siguió diciendo Konrad— que en las noches sin luna se deslizan en barca de remos por el Danubio.
Nunca los detenían. Austríacos, húngaros y checos se dedicaban a ese tráfico: «personas serias, de mentalidad caballerosa». Al fin y al cabo, se trataba de una ley injusta, y en violarla había mucho más motivo de orgullo que en cumplirla.
—Y esa violación de la ley significa ayudar a personas que sufren —me explicó Konrad—. Permite a quienes han adquirido una gran gordura ser de nuevo esbeltos. —Confié en que no se dedicara a cruzar clandestinamente la frontera—. ¡No, no! ¡Seré un enviado, amigo mío, un negociador solemne! Creen que tengo un porte digno —añadió, al tiempo que se enderezaba la corbata y carraspeaba—. ¡Y espero tenerlo, mi querido muchacho, a pesar de todo!
Los ojos se le iluminaban de placer al pensar en sus perspectivas.
La noche anterior habíamos estado contemplando la fotografía de los hermanos Koshka cuando el propietario nos trajo la factura. Era un gran admirador de aquel grupo circense, y la foto le hizo mucho efecto. Se la regalé, y el hombre estuvo tan encantado que nos invitó a dos copas de Himbeergeist. Ahora la fotografía estaba colgada de la pared, y otras dos copas en forma de tulipán habían aparecido al mismo tiempo que el café. Impulsados por la grata sensación del futuro esperanzador, pedimos otros dos vasos y encendimos el último de los cigarros del Direktor. A petición de Konrad, pasamos el resto de la velada leyendo a Shakespeare en voz alta. A medida que tomaba más Himbeergeist, mis recitaciones, envuelto por el humo de batalla de los cigarros blandidos, se volvían más apasionadas y sonoras.
—¡Nobles palabras! —interpolaba Konrad una y otra vez—, ¡nobles palabras, mi querido muchacho!
Cantamos y recitamos durante la larga y penosa caminata de regreso al Heilsarmee. Ambos nos sentíamos un poco culpables por ocupar aquel par de camastros cuando podíamos permitirnos algo mejor, y ese era otro acicate para marcharnos. Estábamos bastante bebidos, y al ver que Konrad tropezaba con una farola y soltaba una risita, comprendí que lo estaba algo más que yo. Ambos subimos la escalera tambaleándonos un poco. Nos inquietaba que alguien hubiera ocupado nuestros lugares, pero allí, en el extremo, estaban los camastros, uno al lado del otro y todavía vacíos.
Era tarde y todo estaba en silencio, con excepción del inquietante e involuntario coro que se extiende entre las guardias nocturna en esa clase de dormitorios. Cuando avanzábamos de puntillas por el largo pasillo entre las camas, Konrad tropezó con el pie de una de ellas, y en la cabecera emergió de entre las mantas un rostro cubierto de pelo negro como el de un erizo, que lanzó una andanada de insultos. Konrad se puso en pie y permaneció allí inmóvil, el sombrero alzado en un cortés gesto de disculpa. El ruido despertó a varios durmientes a cada lado, los cuales se embarcaron en un retumbante crescendo de blasfemias y anatemas contra la indignada víctima de Konrad. Tomándole del codo, le conduje a nuestro rincón, como si tuviera ruedas en los pies, y con el sombrero todavía alzado, mientras la acalorada discusión iba en aumento hasta llegar a un ruidoso apogeo, y entonces, muy lentamente, disminuyó hasta que casi se hizo el silencio. Konrad se sentó en el borde de su camastro y, mientras se desataba las botas, murmuró:
—Estaba irritado por el percance y la ira despegó sus labios.
—Recuperemos nuestros fardeles —me dijo Konrad a la mañana siguiente.
Nos despedimos del personal de la oficina y de unos pocos compañeros con los que nos codeábamos, y me puse la mochila a la espalda. El equipaje de Konrad, una nasa de mimbre colgada en diagonal sobre el torso, mediante un largo tahalí de lona y cuero, le convertía en un larguirucho pescador urbano. Por cuarta vez partimos hacia la Wallnerstrasse, en la mañana brillante y ventosa. Habíamos acertado al ser optimistas, pues en cuanto entramos en el consulado, el empleado me mostró un sobre certificado, cruzado con rayas de tiza azul, y varios más. La buena noticia, que me habría regocijado cuatro días atrás, ahora resultaba más bien un desengaño. Nos dirigimos a un café de la Kärntnerstrasse llamado Fenstergucker. Elegimos una mesa en un rincón, junto a la ventana, cerca de un bosquecillo colgante de periódicos con varillas de madera, pedimos Eier im Glass y luego Brötchen calientes con mantequilla y un café delicioso con nata. Fue una mañana de decisiones, separaciones y partidas, que nos afectaron a los dos. Konrad estaba decidido a emprender la marcha de inmediato y golpear el hierro mientras estaba caliente; su resolución no había sufrido mella alguna y el capital aún estaba intacto. Se le veía ilusionado, con aquel comedimiento que le caracterizaba, y el espíritu de Harfleur aleteaba en el aire; pero me sentía inquieto por él y confiaba en que sus asociados tuvieran una mentalidad tan caballerosa como él creía. Konrad, a su vez, estaba muy preocupado por mí. Era cierto que habíamos gastado alegremente el dinero conseguido, pero él se había formado de mí una imagen de obstinado manirroto que me gustaba bastante.
—Administra con prudencia todo lucro cuando estés en vena derrochadora, querido amigo —me aconsejó.
Le acompañé al cruce de la Kärntnerstrasse y la Ringstrasse, al lado de la Ópera. Él tomaría un tranvía hacia la Donaukai Bahnhof, y luego seguiría al este por ferrocarril, a lo largo del Danubio. En cuanto a los nombres de los lugares, se mostraba bastante reservado. No creo que tuviera la más remota intención de involucrarme en esas actividades ilícitas. Subió al tranvía, se sentó y de inmediato cedió su asiento a una monja entrada en años y casi esférica que llevaba una bolsa de viaje confeccionada con material para alfombras. Mientras el tranvía se alejaba con estrépito, vi la cabeza y los hombros de Konrad que sobresalían por encima de los demás pasajeros, asida la correa con una mano y sujetando el sombrero de Habig entre dos dedos de la otra, sonriente y haciéndolo girar lentamente, en un gesto de despedida, mientras yo agitaba el brazo hasta que el tranvía viró a la izquierda para enfilar la Schubertring y perderse de vista.
Durante el trayecto de regreso al café me sentí muy solo. Me había prometido que me escribiría para decirme cómo le iban las cosas. (Recibí una postal suya en Budapest poco después de Semana Santa, y me decía que el futuro le sonreía. Pero no indicaba ninguna dirección, por lo que no tuve más noticias suyas hasta que llegué a Constantinopla, al cabo de once meses. Allí me esperaba un grueso sobre, franqueado en Norderney, donde radicaba el hogar de Konrad en el archipiélago frisio. Lo primero que saqué del sobre fueron varias enormes hojas de sellos postales alemanes, cuyo valor no solo cubría el del billete de una libra que puse en la mano de Konrad contra su voluntad, uno de los cuatro que había recogido en el consulado, sino también el dinero pagado por mis modelos que le di, y comprobé, mientras contaba las decenas de cabezas de Bismarck, que también en este caso me enviaba más de la mitad de la suma en exceso. Acompañaba a los sellos una carta larga, afectuosa y conmovedora, que leí en un café por encima del Cuerno de Oro. El contrabando, al que se refería cautelosamente como «un comercio arriesgado, amigo mío», era por entonces historia antigua. Todo había salido bien. Él había regresado a las islas, donde enseñaba inglés, y daba a entender tímidamente que existía la posibilidad de que se casara con una profesora… Por lo demás, me alegré mucho de que no hubiera perdido del todo su inglés tan peculiar, el cual tal vez se propagaría entre sus discípulos frisios como las palabras de san Wilfredo.)
Pero durante mi regreso a la Fenstergucker me inquietaba la idea de que, con solo tres libras para pasar el mes, podría encontrarme en un aprieto, sobre todo cuando debía vivir durante algún tiempo en la ciudad. Desde luego, en vista de la suerte inesperada de los últimos días, podía tener la fundada esperanza de que conseguiría más dinero… No obstante, tras la partida de Konrad, el entusiasmo que puse en aquella tarea también se había desvanecido. Ahora que estaba solo y lo consideraba a sangre fría, lo que me pareció una aventura se había vuelto repulsivo.
Cuando me senté de nuevo a la mesa del café, examiné el resto del correo. La primera carta, con franqueo indio y matasellos de Calcuta, era de mi padre, la primera que recibía desde que partí de Inglaterra, reexpedida desde Múnich. Respondía a una carta mía desde Colonia en la que le había dado la noticia del fait accompli. La abrí con un mal presagio, pero dentro del sobre, pulcramente doblado, ¡había un cheque de cinco libras, un regalo de cumpleaños! Había arrojado mi pan al agua y al cabo de un cuarto de hora regresaba a mí y, por así decirlo, con terrones de azúcar encima.
Durante los días que pasé con Konrad, nuestras preocupaciones personales se impusieron egoístamente a todo lo demás. Los sonidos de la lucha, que retumbaban con intermitencias a lo lejos, como truenos en un escenario, fueron disminuyendo hasta cesar del todo. Los habitantes de los pisos reaccionaban a esos ruidos entre bastidores con desaprobadores chasquidos de la lengua y suspiros fatalistas, pero no durante mucho tiempo, pues la dureza de los tiempos había fomentado una actitud estoica ante los disturbios. Las noticias sobre la revolución desaparecieron de las primeras páginas de la prensa extranjera, y los titulares que la describían en los periódicos del café eran menos sensacionalistas a cada mañana que pasaba. Puesto que todo en la atmósfera de la ciudad conspiraba para reducir la escala de los acontecimientos, era fácil interpretarlos mal, y más adelante lamenté esa valoración errónea: me sentía como el Fabricio de La cartuja de Parma, cuando no tenía la seguridad absoluta de si había estado presente en Waterloo.
Entretanto, fuera del café, me apresuré a mezclarme con la gente que avanzaba en una sola dirección por la Kärntnerstrasse. Todo el mundo se dirigía al Ring y no tardé en verme estrujado por la multitud no lejos del lugar donde me había separado de Konrad. Todas las miradas seguían la misma dirección, y poco después llegó un desfile, organizado para celebrar el final del estado de emergencia. En cabeza, montado en un caballo gris y con el sable al hombro, iba el vicecanciller, el comandante Fey, al mando de las fuerzas gubernamentales: un hombre de aspecto siniestro, de mandíbula prominente y con casco de acero. Le seguía un contingente militar, tras la que marchaba una columna de la Heimwehr a cuyo frente estaba el príncipe Starhemberg, con un quepis que parecía un gorro de esquí y un largo abrigo gris de corte marcial. Saludaba agitando discretamente la mano, su cara y su figura reconocibles de inmediato por las fotografías. Le seguía un grupo de ministros vestidos de negro y encabezados por el canciller en persona. Vestido de chaqué y con chistera, el doctor Dollfuss caminaba a grandes zancadas para no quedarse rezagado. Cuando se aproximó el comandante Fey, la intermitente oleada de aplausos no varió, y Starhemberg provocó un ligero aumento del volumen, pero a Dollfuss le saludaron casi con una ovación. Completaba el desfile otra columna de soldados en la retaguardia.
El canciller tenía un porte jovial y encantador, pero a pesar de las anécdotas que sobre él circulaban, su pequeña estatura era sorprendente. Cuando la multitud se dispersaba, uno de los espectadores con el que había trabado conversación me contó otro chiste sobre él. Durante el asedio reciente, un soldado señaló algo en la calzada y exclamó: «¡Mira! ¡Es fantástico ver una tortuga en las calles de Viena!». «Eso no es una tortuga —replicó su compañero—, es el doctor Dollfuss con su casco de acero.» Y, para un forastero, una broma así era definitiva.
No había llegado a Viena sin ninguna preparación. Vivían allí algunas personas a las que podría recurrir en ocasiones todavía indefinidas. Sin embargo, a fin de mantener alta la moral, incitado por una especie de amor propio de vagabundo, no había querido dirigirme a esas personas cuando estaba totalmente sin blanca. Ahora que el problema se había resuelto, dejé mis cosas en la pensión más barata que pude encontrar y busqué un teléfono. Me parecía que si me invitaban a comer, lo mejor sería que me presentara con las manos vacías, pues la mochila sería demasiado reveladora. Por infundados que hubieran sido mis escrúpulos en el último castillo, lo cierto era que, en contra de mi manera habitual de pensar, me habían convencido de que la aparición en la puerta de un afable vagabundo con todas sus posesiones a la espalda podría ser considerada una molestia. (Me estremezco al pensar en el flagelo que debo de haber sido. La idea de que son siempre bien recibidos es una ilusión protectora que se forman los jóvenes. Me hallaba en ese estado peligroso en el que a uno no le turban las dudas, y me regocijaba de la mudanza de mi fortuna con el entusiasmo de un mendigo árabe vestido y agasajado por el califa o el calderero crapuloso al que recogen mientras ronca y trasladan a un ambiente esplendoroso en la primera escena de La fierecilla domada.)
En Viena, la tarea de atenderme recayó en compatriotas y austríacos casi por igual. Robin Forbes-Robertson Hale, cuñada de un viejo amigo, me alojó en un amplio piso siempre rebosante de invitados. Estaba encaramado en lo alto de una sombría, destartalada y fascinante casa de vecindad, en una calle de la ciudad interior llamada Schreyvogelgasse, o callejón del Pájaro Gritón. La alta y llamativa Robin acababa de regresar, con dos amigas austríacas, de una estancia invernal en Capri: pertenecían a una sociedad bohemia seminativa y semiexpatriada que me pareció perfecta desde el primer momento en que inicié mi relación con ella. Habían finalizado los disturbios políticos, y en los últimos días del Carnaval la gente se entregaba a la música y el baile y a disfrazarse. Participé en aquella rutina de trasnochar y pasar buena parte de la mañana durmiendo, y tras un último baile de disfraces, la fiesta culminante, me desperté en un sillón con un dolor de cabeza lacerante y todavía disfrazado de pirata, con un parche en un ojo y el símbolo de la calavera y las tibias cruzadas. Cuando dieron las primeras campanadas del mediodía en la cercana iglesia de Schotten, en la penumbra creada por los postigos cerrados empezaron a oírse gemidos y un coro de voces carrasposas que pedían Alka-Seltzer. Un Pierrot, una Colombina, un león y una leona dormida, con la cola que perdía pelo sobre el respaldo de un sofá estaban diseminados por el salón como juguetes estropeados pero aún con todas sus piezas.
El recuerdo de los días que siguieron está difuminado por la penitencia a que me sometieron los ataques de la nieve, la lluvia, el aguanieve y el granizo que azotaron la ciudad con todos los rigores de febrero, las carnestolendas y el miércoles de ceniza. Era un invierno muy crudo, pero al rememorar aquellos días los cielos y el viento encolerizados hacen brillar más a los fuegos de las chimeneas y las luces de las lámparas. En los primeros días de marzo, la ferocidad cuaresmal se debilitó un poco. Yo vivía en un estado de exaltación, sin poder creer del todo que me encontraba allí, y como para disipar cualquier duda a menudo me repetía «estoy en Viena» cuando me despertaba en plena noche o deambulaba por las calles.
Una parte de aquella pequeña sociedad vivía en casas antiguas de la llamada ciudad interior, y otra en los fragmentos suavemente decadentes de palacios subdivididos, adornados todavía con espirales de hierro forjado, frondosos arabescos, techos con molduras, postigos y puertas dobles con los tiradores muy adornados. Uno de mis nuevos amigos, Basset Parry-Jones, era profesor, creo que de literatura inglesa, en la Konsularakademie, una especie de extensión para alumnos mayores del Theresianum, la célebre escuela fundada por María Teresa. (Como los alumnos de Saint Cyr y Saumur y la sombría institución que aparece en Las tribulaciones del estudiante Törless, en el pasado los chicos llevaban tricornio y espadín, lo cual los convertía en académicos franceses en miniatura. Era el centro de su clase más famoso del país y solo rivalizado por la fundación jesuita de Kalksburg.) La Konsularakademie adiestraba candidatos para el servicio diplomático de la antigua monarquía dual, y aún arrastraba algunas nubes de esa gloria condensada en la abreviatura K.u.K. Basset, semisardónico, semientusiasta, siempre muy bien vestido, guía constante y compañero de noctambulismo, me prestó libros y me dio permiso para utilizar la biblioteca de la academia. Otra nueva amistad era una muchacha norteamericana llamada Lee, quien se estaba recuperando de alguna dolencia leve bajo el mismo techo. Era guapa, seria y amable, hija del agregado militar de Estados Unidos en una capital vecina. De una manera sorprendente, o a medias inevitable, era una pacifista convencida. Aplaudió mi renuencia a convertirme en soldado profesional, pero cuando le dije que solo era reacio a la vida militar en tiempo de paz, eché por los suelos la excelente impresión que le había causado. Discutíamos con frecuencia, y una o dos veces, a pesar de su convalecencia, hasta bastante después de que hubiera amanecido. Ella estaba tan poco cualificada como yo para tales debates: la emoción y la bondad eran sus guías; las discusiones se iban desdibujando por ambos lados a medida que avanzaban las horas, pero, por largas que fuesen esas discusiones, no eran ásperas, y al terminar, la concordia se había instalado entre nosotros.
Un colega de Basset, el barón Von der Heydte, conocido como Einer, era muy amigo de todo el mundo, y no tardó en serlo también mío. Tenía unos veinticinco años y era civilizado, sosegado, atento y divertido. Pertenecía a una familia de terratenientes católicos y soldados de Baviera, pero su estilo y sus modales estaban muy alejados de lo que los extranjeros consideran la tradición militar alemana, y con el movimiento nazi aún tenía menos en común. (Unos años después, me enteré de que había regresado a Alemania. Ya fuese por atavismo familiar, ya para evitar la política y las actividades del partido que estaban engullendo la totalidad de la vida civil alemana, se había convertido en oficial regular de caballería, de manera parecida, según creo, a los franceses del Ancien Régime, que seguían la profesión de las armas a pesar de que odiaban al gobierno.)
El primer día de la batalla de Creta acudieron de nuevo a mi memoria las semanas que pasé en Viena.
Poco después de que se hubiera lanzado la primera oleada de paracaidistas alemanes, un documento del enemigo capturado llegó a nuestro cuartel general, en las rocas que se alzaban en las afueras de Herakleion, donde me encontraba como oficial subalterno. En el documento estaba expuesto el orden de batalla del enemigo y, como me consideraban conocedor de la lengua alemana, me lo dieron para que lo interpretara. Resultó que la punta de lanza del ataque estaba al mando de un capitán Von der Heydte, cuyo batallón había sido lanzado en paracaídas cerca de Galata, en el otro extremo de la isla, entre Canea y el aeródromo de Maleme, cerca del lugar donde yo había estado estacionado hasta pocos días atrás. Un oficial alemán al que hicieron prisionero poco después aclaró cualquier duda. Se trataba de Einer, con toda evidencia. Algún tiempo atrás le habían transferido desde el regimiento de caballería a una unidad paracaidista.
El ruido y la lucha cesaron cuando se puso el sol. La breve noche de mayo estaba iluminada por los aviones destruidos que ardían a intervalos entre los olivos, y durante aquellas horas de respiro no pude apartar de mi mente la extraña coincidencia. Al amanecer estalló de nuevo el caos, y durante el mortal juego de la gallinita ciega que se prolongó ocho días, agradecí a mi buena estrella que estuviéramos sueltos, por así decirlo, en distintas partes del bosque, pues las batallas habían degenerado en el curso de los últimos ochenta y siete años. Ahora no había posibilidad, como les sucedió a Cardigan y Radziwill, que se reconocieron por haber frecuentado los bailes londinenses, de intercambiar breves y ceremoniosos saludos a través del humo de los cañones rusos. Una y otra vez, en aquellos barrancos donde silbaba el viento y resonaba el eco, donde un olor nuevo y desconocido empezaba a usurpar los aromas de la primavera, mis pensamientos regresaban al invierno de 1934, a las tonadas, los chistes y las adivinanzas, la luz de las velas y el aroma de las piñas que ardían cuando por los aires no volaba nada más sólido que los copos de nieve.[41]
En la biblioteca de la academia, rodeado de mapas y atlas, descubrí que, en línea recta, como volaría un cuervo, entre Rotterdam y Constantinopla, me encontraba a poco menos de la mitad del camino. Pero ningún cuervo habría trazado la enorme curva que yo había seguido, y cuando hube determinado la ruta y establecido las etapas que la dividían, el total era mucho más de la mitad. Esto no significaba gran cosa, desde luego, pues sin duda alguna el resto del viaje seguiría una ruta no menos tortuosa. Desconté los kilómetros del viaje en gabarra por el Rin y las distancias recorridas en autoestop cuando hacía mal tiempo, y descubrí que la distancia a pie que había recorrido era de mil doscientos kilómetros. El viaje había durado sesenta y dos días, y una vez separados los altos de más de una noche y dividida la distancia por el tiempo, obtuve una media de diecinueve kilómetros por día. Tuve en cuenta unas pocas marchas desde el alba hasta bastante después de que hubiera oscurecido, pero olvidé convenientemente las ocasiones en que me había limitado a pasear hasta el siguiente pueblo, y me sentí un poco decepcionado. Había imaginado que los kilómetros recorridos eran muchos más. Pero, dejando de lado este aspecto, todo era satisfactorio. Nunca me cansaba de recapitular el viaje. Había cruzado tres paralelos de latitud y once meridianos, y pasado desde el mar del Norte (todavía llamado en los mapas antiguos «el océano alemán») a una línea de un minuto de longitud que iba desde el Báltico al sudeste del Adriático. Incluso contemplada desde la luna —así lo sugerían los globos terrestre y celeste— la distancia cubierta habría sido tan discernible como la Gran Muralla de China.
De regreso entre los mapas, y súbitamente consciente de lo accesible que era el Mediterráneo, mi pensamiento se abrió a unas perspectivas que, por un momento, hicieron peligrar la expedición. Todos los habitantes del norte teutónico, al contemplar el cielo invernal, son presa de un tirón espasmódico y casi irresistible, cuando toda la península italiana, desde Trieste hasta Agrigento, empieza a actuar como una piedra imán. Refuerza el magnetismo un coro invisible, hay trinos de mandolina en el aire, vaharadas de flores de limonero llaman a las víctimas para que se dirijan al sur a través de los pasos alpinos. Es la ley de Goethe, tan ineluctable como las de Newton o Boyle. Yo había experimentado las punzadas de su poder cuando cruzaba el Inn entre Augsburgo y Múnich durante una tormenta de nieve: ¿por qué no sigues río arriba hasta el Brenner, habían parecido decirme unas voces quedas, y bajas a Lombardía? Sentado con tanta inquietud como un godo del siglo V, contemplando los desfiladeros cartográficos que cruzan la página del atlas en dirección a Venecia, lo notaba ahora. Pero no fue por mucho tiempo. Gracias a los cielos, el ataque pasó. Al fin y al cabo, Venecia estaba en el borde de un territorio familiar: Italia podía esperar. Con el tiempo, los meandros del Danubio medio e inferior empezaron a imponerse de nuevo, y los Cárpatos, la gran llanura húngara, las cordilleras balcánicas y todas las regiones misteriosas que se extienden entre los bosques de Viena y el mar Negro aportaron sus magnetismos rivales. ¿Estaba realmente a punto de emprender la larga y difícil caminata a través de aquel territorio casi mítico? ¿Cómo sería en comparación con las tierras que ya había cruzado? Me habría asombrado saber lo tortuoso que sería, y hasta qué punto mucho más lejano de lo que había creído.
Entretanto, allí estaba Viena.
Siempre me habían gustado los museos y las galerías de arte, pero allí estaba firmemente establecido que ningún forastero podía pasar por alto cualquiera de las maravillas de la ciudad («Supongo que habrás visto la colección Harrach, ¿no?» «¿Aún no has visitado las tumbas de los Habsburgo en la Kapuzinerkirche?» «¿Y qué me dices del Belvedere?»). Así pues, me vi inducido a explorar Viena con una minuciosidad desacostumbrada. De vez en cuando encontraba un compañero. Uno de tales encuentros, demasiado breve, fue con una muchacha divertida, extremadamente despistada y de gran belleza, que estudiaba en una de esas escuelas particulares para señoritas de la alta sociedad, y se llamaba Ailsa McIver. Irradiaba alegría, hasta el punto de que hacía volverse y sonreír a todo el mundo. Pero normalmente me encontraba solo.
Pocos placeres podrían compararse con los de aquellos días invernales: la nieve en el exterior, los árboles desnudos contorneados por la escarcha, la luz suave y, bajo techo, las habitaciones sucesivas que contenían los botines, las reliquias de familia y las dotes de una edad dorada. Las galerías de la ciudad invernal retrocedían y se empequeñecían en la distancia, como vistas a través de telescopios rectangulares que amortiguaban la luz. Había oído decir que Viena combinaba el esplendor de una capital con la familiaridad de un pueblo. En la ciudad interior, donde unos callejones tortuosos conducían a plazas en las que se alzaban palacios barrocos con abundancia de oro y mármol, eso era cierto. Y en la Kärntnerstrasse o el Graben, tras haber tropezado con tres nuevos conocidos en menos de un cuarto de hora, aún lo parecía más. Ciertas partes de la ciudad eran todavía más aldeanas. Había placitas tan pequeñas y completas y tan cuidadosamente amuebladas como habitaciones. Fachadas con frontones rotos e hileras de postigos encerraban silenciosos rectángulos adoquinados. La erosión causada por el goteo de los carámbanos abría brechas en la superficie congelada de las fuentes en forma de concha. Había estatuas de archiduques o músicos, de expresión ensimismada e indiferente. Y de improviso, mientras haraganeaba allí, el silencio se hacía añicos cuando la primera campanada de una iglesia ponía en fuga a un centenar de palomas apretujadas en una cornisa palladiana, que esparcían avalanchas de nieve y llenaban de alas el cielo geométrico. Los palacios se sucedían, había arcos cubiertos extendidos de un lado a otro de las calles y columnas que sostenían estatuas. Inmovilizados por el hielo, los tritones parecían indecisos bajo el cielo nuboso, y había docenas de cúpulas acanaladas. La mayor de ellas, la cúpula de la Karlskirche, flotaba con la liviandad de un globo en el hemisferio de nieve que la rodeaba, y los frisos que rodeaban en espiral a los fustes de las dos columnas protectoras, coronadas de estatuas (exentas y tan trabajadas como la de Trajano) aumentaban de repente la sensación de giro al desvanecerse a media altura en un remolino de copos de nieve. Un indicio de quisquillosa agresividad contrarreformadora acompaña a cierto barroco eclesiástico. En Viena hay un toque aquí y allá, y San Esteban, empinada, fusiforme y gótica, se alza sin rival alguno en el centro de la ciudad, como si fuese necesario restablecer el equilibrio. Erizada de pináculos y ceñida por sus gárgolas, la catedral eleva su aguja solitaria y amonestadora que domina cada cimborrio, cúpula y campanario de la urbe. (Los estilos de arquitectura llegan a ser una obsesión en esta ciudad. Representaban un gran papel en el círculo donde me había extraviado. En un juego de analogías, alguien había sugerido una concha de múrice, con sus púas, su asimetría centrífuga y las superficies escamosas y duras, como el epítome del rococó. De manera similar, un violín podría simbolizar las circunvoluciones simétricas y los arabescos equilibradores del barroco. El báculo remeda la espiral de helecho y la exfoliación del estilo flamígero; y el gótico podría ser una mitra, en el caso de una catedral toda una asamblea de mitras amontonadas como una construcción de naipes, que van disminuyendo hasta desaparecer en las sombras del triforio, donde el vacío y lo sólido intercambian sus lugares y se petrifican.) En el exterior de San Esteban, ante la puerta meridional, había una hilera de fiacres. Los cocheros, con sombrero hongo, conversaban en el dialecto vienés mientras alisaban las mantas sobre las ancas de sus caballos y les daban de comer en cubos. Algunos caballos tenían la cabeza tan hirsuta como la de su dueño. Exhalaban vapor y se movían inquietos entre las varas del coche, esparciendo la avena sobre la nieve endurecida y los adoquines, y emitían un agradable aroma a establo que se fusionaba con el del café caliente y el de las pastas recién hechas que surgía de las panaderías. En mi memoria estos aromas se combinan con el frío de la escarcha y me evocan la ciudad en un instante.
«Cuando el virtuoso E.W. y yo estábamos juntos en la corte del emperador, nos dedicamos a aprender equitación con Ion Pietro Pugliano.» Esta era la primera frase de Defensa de la poesía, de sir Philip Sidney. Se refería a Viena en el invierno de 1574, cuando él tenía veinte años y con Edward Wotton había acudido a la corte de Maximiliano II para realizar una misión de poca importancia, que requería poco esfuerzo en nombre de la reina Isabel. Sus deberes les dejaban muchas horas libres para acudir a la escuela de equitación y escuchar las fértiles ingeniosidades italianas de su amigo e instructor. «Dijo que los jinetes eran los soldados más nobles… los maestros de la guerra y ornamentos en tiempo de paz, viajeros veloces y buenos cumplidores, triunfadores tanto en los campamentos como en las cortes; y llegó a decir que ninguna cosa terrena era tan digna de un príncipe como ser un buen jinete. En comparación, la habilidad para el gobierno no era más que pedantería. Entonces añadió varias alabanzas, diciendo que el caballo era un animal sin par, el único cortesano útil carente de adulación, el animal más bello, fiel, valeroso y otras lindezas por el estilo, y de no haber sido por mi firme lógica antes de haberle conocido, creo que me habría persuadido hasta el extremo de desear haber nacido caballo.» Basset Parry-Jones había leído el pasaje en voz alta para demostrar que Viena siempre había sido un templo donde se rendía culto a la equitación. Fue una habilidad italiana importada en la época del Renacimiento, como la esgrima, la composición de sonetos, la construcción de balcones y la técnica del escorzo, pero en los siglos posteriores la pasión se desenfrenó, como un fenómeno autóctono, en todo el imperio, y aún había muchos austríacos con andadura y porte de jinete (y todavía más húngaros, como observaría al cabo de unos meses), a quienes Inglaterra atraía por razones puramente ecuestres. Les parecía que allí se encontraba el santuario central, no de doma y haute école, sino de velocidad, vallas altas y cuellos rotos, y se les velaban los ojos al rememorar antiquísimas temporadas en los shires. Tenaces centauros de ambas partes de la monarquía dual recordaban con justo orgullo que su tío abuelo Kinsky ganó el Gran Nacional de Zoedone en 1883. Entre aquellos expertos fervorosos, la omnisciencia en genealogía equina corría pareja con el dominio del Almanaque de Gotha, y contemplaban con cariño los múltiples vínculos que, en el terreno de los caballos, existían entre ambos países. No había más que ver, afirmó un austríaco, que tres yeguas turcas, parte del botín tras la derrota de la caballería turca que había atacado Viena, fueron enviadas a Inglaterra en 1684, varios años antes de que los famosos sementales fundadores de la raza equina inglesa hubieran puesto sus cascos en el reino. ¿Dónde estaban entonces el Godolphin Barb o el Byerly Turk, y dónde el Darley Arabian? Eso no era nada, protestaría un húngaro de barba gris y cejas prominentes: ¿qué decir del Lister Turk, el semental que el duque de Berwick capturó a los otomanos en el asedio de Buda un par de años después, y que llevó a los establos de Jacobo II?
Nuestra visita a la Escuela Española de Equitación fue lo que dio origen a todo esto. (La hermosa ala del Hofburg fue construida siglo y medio después que el óvalo donde Sidney y Wotton debieron de practicar, pero los establos de Maximiliano ya existían; aún resuenan en ellos los relinchos y el sonido que producen los caballos al ronzar.) Nos habíamos arrellanado en la galería como romanos en los juegos, mientras los virtuosos, con botas de montar relucientes y levitas marrones (el escarlata lo reservaban para los domingos) evolucionaban allá abajo. Llevaban los bicornios ladeados, como Napoleón, y montaban erectos e inmóviles, como jinetes de hojalata, en las sillas de sus Lippizzaner grises. Era tradicional que esos caballos procedieran de las castas española o napolitana más puras, lo cual probablemente significa que eran árabes, como los divinos berberiscos, árabes o turcos de los que hablábamos, y los criaban en Lippizza, en las colinas y robledales eslovenos al noreste de Fiume.[42] Cuando son jóvenes tienen una tonalidad algo más oscura, palidecen al crecer y el moteado juvenil desaparece de su pelaje como las pecas en las mejillas de un niño. Al llegar a su pleno desarrollo son unos animales de gran belleza, fuertes, elegantes, compactos y briosos, de grandes ojos y con crines y colas tan bien peinadas y ondulantes como las trenzas de las doncellas renanas.
Evolucionaban con gracia y precisión por la concavidad glauca de la escuela: caracoleaban en la pista de color canela, rastrillada y amortiguadora de los sonidos, cambiaban de paso rítmicamente, andaban de costado, avanzaban como si tuvieran articulaciones dobles, extendiendo las patas delanteras tan rectas como fósforos de madera, girando por el picadero como si bailaran valses titubeantes y laterales, agitando el aire con las pezuñas mientras retrocedían poco a poco y, finalmente, emprendiendo el vuelo como Pegasos, de modo que parecían allí cernidos durante largos instantes de suspensión y éxtasis. Excepto cuando una hazaña intrincada arrancaba una salva de aplausos, la secuencia se desarrollaba en una atmósfera de silencio y quietud. Hay doctos escritores que remontan el estilo de la escuela clásica al siglo XVII y, en particular, a los principios elaborados en la gran obra del duque de Newcastle. Este la escribió y publicó durante la Commonwealth, cuando era un general realista exiliado en Amberes. Quien contemple las láminas del espléndido infolio, en especial los grabados en los que se ve al autor en acción, percibirá en seguida el parentesco. (Los valles y la singular fachada biselada con juntas rebajadas de Bolsover se extienden en el fondo, y el solitario caballero, con peluca recogida en la nuca, cinta de adorno, plumas y fresco como una lechuga, levita con aristocrática reserva sobre una montura con las crines recogidas en pulcros lazos y que corvetea en el aire con la elasticidad de un delfín. Al ver sus pasos de danza equina, los expertos hidalgos de Castilla con espuelas del tamaño de asteres silvestres harían la señal de la cruz y exclamarían: «¡Milagro!».) Estas posteriores evoluciones vienesas eran tan precisas y complejas, y tan poco apremiantes, como la etiqueta española que, según dicen los supervivientes, constriñó a la corte de los Habsburgo hasta el final. Los rostros impasibles de los jinetes parecen máscaras que simbolizan la misteriosa e introvertida locura que impregna la haute école, y un aura de hechizo, como de zombis cuadrúpedos, reviste a sus corceles neuróticos y cautivadores. Una visión asombrosa e inquietante.
Se hablaba mucho de esta etiqueta española obsoleta. Es dificíl imaginarla cuando uno está rodeado por la placidez y el encanto de las costumbres austríacas actuales, pero los retratos ofrecen numerosos detalles. Es evidente que algo nuevo y extraño se introdujo en el imperio de los Habsburgo con el matrimonio de Felipe el Hermoso y Juana la Loca. Esta aportó Castilla, Aragón, toda España y una serie de nuevos reinos como dote, Sicilia, media Italia, una porción del norte de África y casi toda la América recién descubierta, así como el carácter ceremonioso, las vestimentas negras y la altanera puntillosidad española. En el transcurso de las generaciones, cuando las quijadas largas y delgadas y los labios inferiores colgantes dominaban en ambas capitales e infantas y archiduquesas eran casi intercambiables, las capas oscuras con cruces escarlatas de Santiago y Calatrava empezaron a mezclarse con los vistosos penachos y las prendas acuchilladas de los capitanes lansquenetes. La solemnidad de El Escorial arrojaba las sombras de las posturas rituales sobre las losas del Hofburg, y el Sacro Imperio Romano y el Reino Más Católico estaban fusionados. ¿Fue don Juan un héroe español o austríaco? Por encima de los cavernosos meandros del Tajo, labrada o resaltada con escamas de colores sobre las barbacanas de Toledo, la gran águila bicéfala del imperio abre más sus alas, todavía hoy, que cualquier emblema similar junto al Danubio o en el Tirol. Con las alas heráldicamente extendidas en las velas de las flotas, la misma ave cruzaba el Atlántico, emblemática de la expansión repentina de la asombrosa herencia de Carlos V. Tallada en piedra volcánica y desmoronándose entre las lianas, ese despliegue de plumas pétreas todavía deja perplejos a los mayas, a quienes les recuerda al quetzal. Ahí, junto al lago Titicaca, se han salvado de la ruina a lo largo de cuatro siglos llenos de terremotos. Carlos era el epítome de la doble herencia, un símbolo viviente del compuesto teutónico y latino y de toda la era. Vestido de negro contra un fondo oscuro, fatigado por el gobierno y las campañas, en pie con una mano sobre la cabeza de su perro, ¡cuán reflexiva y sombría es la mirada del gran emperador en el cuadro de Ticiano! Cuando se retiró, tras haber abdicado, fue propio de la dualidad predominante que no se estableciera en Melk ni en Göttweig ni en San Florián ni en ninguna de las famosas abadías austríacas, sino en un pequeño anexo real, fijado como una lapa a los muros del pequeño monasterio jerónimo de Yuste, entre los hayedos y los encinares de Extremadura.
Nunca había comprendido hasta entonces lo cerca que estuvieron los turcos de apoderarse de Viena. Del primer asedio en la época de los Tudor había pocos recuerdos en los museos. Pero las pruebas del segundo, más de un siglo después, cuando la ciudad estuvo en un tris de caer, se exponían de una manera convincente. Había aljabas, arcos, dardos de punta cuadrada, estuches para arcos y arcos tártaros, cimitarras, khanjares, yataganes, lanzas, escudos, tambores, cascos damasquinados con púas y protectores de nariz en forma de flecha, turbantes de jenízaros, una tienda de pachá, cañones, banderas y pendones de bajá con brillantes medias lunas metálicas. Carlos de Lorena y Juan Sobiesky caracoleaban en sus marcos dorados, y el peto de Rüdiger V. Starhemberg, el valiente defensor de la ciudad, brillaba gracias al aceitado y el bruñido de que sin duda era objeto con regularidad. (Cuando Juan Sobiesky de Polonia se reunió con el emperador en los campos, a lomos de caballo, una vez salvada la ciudad, los dos soberanos conversaron en latín, a falta de una lengua común.) También estaba allí la maza de Solimán el Magnífico y el cráneo de Kara Mustafa, el gran visir a quien su descendiente estranguló y decapitó en Belgrado por no haber tomado Viena; y, a su lado, la cuerda de arco de seda del verdugo. El drama tuvo lugar en 1683, dieciocho años después del gran incendio de Londres; pero todos los detalles corroboradores, los montones de mapas antiguos, los grabados y las maquetas de la ciudad lo convertían en un acontecimiento real y reciente.
Una muralla enorme rodeaba los tejados de la ciudad. Estandartes con el águila ondeaban en los gabletes y las almenas, y por encima de ellos se alzaban muchas de las torres y agujas que podía ver al mirar a través de las ventanas. Las trincheras y las minas de los zapadores turcos, todos ellos encaminados a los dos bastiones principales, se contorsionaban en los grabados a media tinta como una maraña de gusanos; los grabadores mostraban ladeados los fosos, glacis, ruinas y revellines, que eran objeto de un ataque encarnizado, como si quisiera ofrecerlos del modo más conveniente a la inspección de un pájaro curioso. Centenares de tiendas de campaña se extendían por los valles. Espahís y jenízaros avanzaban, la caballería salvaje del kan de la Tartaria de Crimea batía los bosques, y los regimientos de lanceros iban de un lado a otro como maizales agitados en sentidos distintos. Atados más allá de las fajinas, los gaviones y los rimeros de barriles de pólvora, una veintena de camellos que habían recorrido a pie la distancia desde Arabia y Bactria contemplaban la escena e intercambiaban miradas, mientras los artilleros enturbantados manejaban con diligencia y simultáneamente los botafuegos y nubes de humo surgían de los cañones. Y he aquí que, mientras miraba los grabados, aquellos mismos cañones, capturados, fundidos y convertidos en campanas cuando expulsaron a los musulmanes río abajo daban apaciblemente la hora desde el campanario de San Esteban.
La ciudad se había salvado por poco. ¿Y si los turcos hubieran tomado Viena, como estuvieron a punto de lograr, y avanzado al oeste? Y supongamos que el sultán, con medio oriente pisándole los talones, hubiera levantado sus tiendas en las afueras de Calais? Pocos años antes, los holandeses habían incendiado una flotilla de buques de guerra en Chatham. ¿Habría sido posible que la catedral de San Pablo, solo reconstruida a medias, hubiera terminado con minaretes en lugar de sus dos campanarios y un emblema diferente destellando en la cúpula? ¿El lamento del almuecín sobre la colina de Ludgate? El instante de derrotismo retrospectivo originó nuevas especulaciones: que la muralla (unas fortificaciones de cuatro kilómetros de longitud y sesenta metros de anchura) había rodeado la ciudad interior con un cinturón de muros y fosos. Como las fortificaciones de París que, en el siglo XIX, dieron lugar a los bulevares exteriores, las derribaron y sustituyeron por la avenida bordeada de árboles del Ring. Como era tan propio de ellos, los vieneses de finales de la década de 1850 giraban y evolucionaban en sus salas de baile al ritmo de la nueva Polca de la demolición de Strauss, compuesta para celebrar el cambio. Pero, durante tanto tiempo como estuvo en pie, aquella maciza muralla de sillería defensiva, dos veces bombardeada por la artillería turca y dos veces defendida por los vieneses desesperados, había sido, a pesar de todas sus adiciones, materialmente la misma gran muralla del siglo XIII, y me enteré, emocionado, de que la construcción fue costeada con el rescate que los ingleses pagaron por Ricardo Corazón de León. ¡Así pues, el furor del rey en las almenas de Acre había sido el primer eslabón de una cadena que, cinco siglos después, ayudaría a salvar al cristianismo de los paganos! Pensar en esa campaña inconsciente, de acción retardada, me procuraba un intenso placer.
Dejando de lado el botín de guerra, la gran contienda había dejado poco rastro. Fue el comienzo de la costumbre de tomar café en Occidente, o así lo aseguran los vieneses, quienes insisten en que las primeras cafeterías estuvieron regidas por algunos de los súbditos griegos y serbios del sultán que habían buscado refugio en Viena. Pero los panecillos que los vieneses sumergían en la nueva bebida tenían por modelo las medias lunas de la bandera del sultán. Esa forma se extendió por todo el mundo, y señala el final del antiguo debate entre el bollo marcado con una cruz de azúcar y el cruasán.
Una mañana, al despertarme, vi que era el 3 de marzo. ¡Me resultaba imposible creer que había permanecido tres semanas en Viena! Los días habían transcurrido con celeridad, se habían condensado hasta formar una vida entera en miniatura, convirtiéndome en un vienés temporal. (Al contrario que las detenciones en verano, las estancias invernales concedían una especie de ciudadanía honoraria.) Hay poco que contar de ese largo intervalo, como no suele haberlo sobre la mayor parte de las ciudades que visité durante este viaje. Conocí a mucha gente y muy diversa, comí en una serie de casas hospitalarias y, por encima de todo, vi muchas cosas. Posteriormente, cuando leí lo que había escrito acerca de ese período pasado en Viena, me sorprendió la melancolía que parece haber impresionado tanto a los escritores, un sentimiento que se debía no tanto a la incertidumbre política predominante como a la mala suerte que había tenido la antigua ciudad imperial. Esos escritores conocían la ciudad mejor que yo, y deben de haber estado en lo cierto. Por mi parte, tuve atisbos momentáneos de esa tristeza, pero mi impresión de un encanto infinito y radiante es probablemente el resultado de una inmersión total en el pasado unido a una alegre disipación. El largo período de mi estancia allí me producía cierto sentimiento de culpa. Había trabado numerosas amistades, y la partida sería un desarraigo. Decidido a marcharme al día siguiente, empecé a reunir mi equipo disperso.
¿Cómo se llamaba el pueblo aquella penúltima mañana y dónde estaba? Al oeste de Viena y, ciertamente, a mayor altura, pero los demás detalles se han desvanecido por completo. Era sábado y todo el mundo disponía de tiempo libre. Fuimos allí en dos coches y nos dimos un festín en una fonda encaramada en el borde de un hayedo. Luego, animados por la ingestión de Glühwein y Himbeergeist, avanzamos con la nieve hasta media pantorrilla por un largo camino de herradura a través del bosque. Nos detuvimos envueltos por las nubes de nuestro propio aliento y miramos al noreste y al otro lado de Viena, hacia Checoslovaquia y la tenue línea de los Pequeños Cárpatos; y precisamente cuando el sol empezaba a ponerse, llegamos a una laguna en un bosque espectral de árboles jóvenes cubiertos de escarcha, tan bidimensionales y de aspecto quebradizo como helechos blancos. El agua estaba congelada, como en una pista de hielo. Arrancamos carámbanos de los árboles y lanzamos los fragmentos, los cuales rebotaron por la superficie y se perdieron en las sombras cada vez más densas con un misterioso sonido gorjeante y un eco que tardaba medio minuto en extinguirse. Había oscurecido cuando emprendimos el regreso, durante el que charlamos y cantamos, con la perspectiva de una alegre última noche por delante. ¡Qué diferente parecía del día de mi llegada, bajo el toldo del camión, en compañía de Trudi! ¿Dónde estaba Konrad? Era como si hubiese transcurrido un año entero. Tal vez impulsado por mis recientes preocupaciones, la conversación giró sobre el abuelo de Carlos V, el primer Maximiliano, a quien llamaban el último caballero, medio lansquenete y, hasta que uno examinaba con mayor atención el retrato de Durero, medio monarca de naipe. Alguien relataba cómo rehuía de vez en cuando las tareas del imperio y se retiraba a un remoto castillo en los bosques tiroleses o estirios. Prescindía de mosquetes y ballestas, y armado tan solo con una larga lanza, se ausentaba durante días para cazar ciervos y jabalíes. Durante uno de esos días de asueto compuso una cuarteta y la inscribió, con tiza o negro de humo, en una pared del sótano del castillo. Quien refería la anécdota aseguró que los versos seguían allí.
¿Quién nos contó todo eso? ¿Einer? ¿Un miembro de la pareja austríaca que nos acompañaba? Probablemente no fueron Robin ni Lee ni Basset… Lo he olvidado, de la misma manera que he olvidado el lugar de donde veníamos y el nombre del castillo. Fuera quien fuese, debí de haberle pedido que lo anotara, pues aquí está, transcrito en la cubierta de un diario que inicié al cabo de quince días (hoy deshilachado y maltrecho), con la vieja caligrafía austríaca, minuciosamente respetada, intacta. Me pareció que esos versos eran como un talismán.
Leb, waiss nit wie lang,
Und stürb, waiss nit wann
Muess fahren, waiss nit wohin
Mich wundert, das ich so frelich bin.[43]
Es posible compararlos con los cinco versos escritos por un césar anterior, sobre todo el último verso, pero los del austríaco tienen un tenor más esperanzado. Prefiero el final de Maximiliano al de Adriano, desolador:
Nec ut soles dabis jocos.
(«Ya no te darás a los juegos como solías.»)