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EL DANUBIO: APROXIMACIÓN A LA KAISERSTADT
A la mañana siguiente, tras una excursión a Ybbs en barca de remos, y ya de regreso, nos sentamos en la soleada sala de la hostería y conversamos fluidamente hasta la hora de comer. El sol ya estaba muy bajo en el cielo cuando me puse en marcha, y al anochecer me encontré en una especie de taberna de cazadores, un tanto espuria, en un valle que solo se encontraba ocho kilómetros más adelante. Había una estufa y de las paredes colgaban armas, cuchillos de caza, cuernos, trampas para cazar animales, tejones, pollas de agua, comadrejas, faisanes y ciervos. Todo era de madera, cuero o cuerno, y la araña de luces estaba hecha con astas de ciervos entrelazadas. Entre los parroquianos, gentes de Krems que pasaban la noche fuera, había incluso algunos guardias forestales. Un infatigable acordeonista acompañaba las canciones y a través de la neblina alcohólica cada vez más densa, incluso las canciones más empalagosas parecían encantadoras. Sag beim Abschied leise «Servus», Adieu, mein kleiner Gardeoffizier e In einer kleinen Konditorei. Siguieron canciones de la White Horse Inn y marchas militares que no tenían nada de marcial, como la Deutschmeistermarsch («Wir sind rom K.u.K. Infanterieregiment»), las marchas de Kaiserjäger y Radetzky y la Erzherzog-Johann-Lied. Desde el punto de vista musical, Londres nunca hace vibrar las fibras del corazón. Pero París, de Villon a Maurice Chevalier y Josephine Baker, nunca deja de hacerlo, como tampoco Nápoles ni, sobre todo, Viena: Buenas noches, Viena, Ich möcht mal wieder in Grinzing sein, Wien, Wien, nur du allein! se sucedieron sin solución de continuidad, y los ojos de los cantores estaban cada vez más empañados por la nostalgia. Entonces pasamos a la tierra soñada rival de Estiria y el Tirol: picos, valles, bosques, arroyos, esquilas, flautas pastoriles, gamuzas y águilas: Zillertal, du bist mein Freud!, Fern vom Tirolerland, Hoch vom Dachstein an… Todo se difuminaba y volvía dorado. La que me gustó más fue la Andreas-Hofer-Lied, un lamento conmovedor por el gran dirigente montañés de los tiroleses contra los ejércitos de Napoleón, ejecutado en Mantua y llorado desde entonces. En compañía de dos nuevos amigos, todavía la cantábamos de madrugada mientras descendíamos por el valle. Pasamos ante la visión luminosa de un molino de agua fosilizado en hielo y nieve. Cuando llegamos al río, subimos a una barca y remamos hasta un bastión circular y un alto campanario que brillaban con luz tenue entre los árboles de la otra orilla. Cuando subíamos los escalones en el pueblo de Pöchlarn, bajo las estrellas, se abrió una ventana y alguien nos dijo que dejáramos de hacer tanto ruido.
¡Estábamos invadiendo uno de los hitos danubianos más importantes del Nibelungenlied! El erudito había dicho que era el único lugar de toda la saga donde no se produjo ninguna matanza. El margrave Rüdiger agasajó a los nibelungos y burgundios en aquel mismo castillo, les dio un banquete en tiendas de colores alzadas en los prados. Celebraban los desposorios con baile y canciones acompañadas por una viola. Entonces el gran ejército cabalgó hacia Hungría y su perdición. «Y ninguno de ellos —dice el poeta—, jamás regresó vivo de Pöchlarn.»
Una vez más, las montañas habían dejado de constreñir al río, y las pequeñas poblaciones se sucedían a intervalos más cortos. Las que estaban al otro lado de la corriente aparecían serenamente alzadas por encima de sus reflejos, con una solemnidad bidimensional y teatral. Las fachadas coloreadas y con gabletes, entrelazadas con herrajes y postigos simétricos, se unían en una línea de decorado a lo largo de cada muelle. Unos pocos arcos horadaban este telón de fondo. Cúpulas bermejas o amarillo azufre se alzaban por encima de los tejados. Siempre había un castillo, más alto todavía, y había arroyos que descendían por valles cubiertos de oscuros árboles, así como las redes y anclas a lo largo de la orilla podrían haber pertenecido a pequeños puertos marítimos.
En rigor, el bosque de Bohemia había finalizado en algún lugar río arriba. El antiguo reino de Bohemia, que había pertenecido al emperador durante los tres últimos siglos, desapareció en 1919, cuando pasó a formar parte de Checoslovaquia. Siempre había estado cercado por los Estados circundantes. ¿Cómo era posible que la famosa indicación escénica —«la costa de Bohemia»— se hubiera deslizado de la pluma de Shakespeare? Cuando la introdujo en Cuento de invierno, Bohemia no era el país mítico a medias, como Iliria en Noche de Reyes. Su situación geográfica y su carácter eran tan bien conocidos como Navarra en Trabajos de amor perdidos o Escocia en Macbeth. De hecho, era especialmente famosa en la época como una importante plaza fuerte de los protestantes. El elector palatino, paladín protestante de Europa, estaba casado con la princesa Isabel, y tres años después de la muerte de Shakespeare fue elegido para ocupar el trono de Bohemia. (¡De nuevo la Reina del Invierno! Shakespeare debía de haberla conocido bien y, según algunos, escribió la mascarada nupcial que aparece en La tempestad para sus desposorios.) ¿Cómo podía haber creído Shakespeare que su reino estaba junto al mar?
Mientras avanzaba río abajo, me visitó la inspiración. ¡Costa debía de haber significado inicialmente «lado» o «borde», sin una relación necesaria con mar en absoluto! Tal vez aquel mismo camino era la costa de Bohemia, en cualquier caso, la costa del bosque: ¡bastante cerca![34]
Avancemos con rapidez hacia la parte de la obra que nos interesa ahora. El rey de Sicilia está injustamente convencido de que Perdita, su hija de meses, es el vástago bastardo de su esposa, la reina Hermione, y su antiguo amigo e invitado, el rey de Bohemia. Antígono, viejo y fiel cortesano decidido a salvar a Perdita de la ira de su padre, huye de la corte con el bebé bajo el manto y embarca hacia Bohemia. ¿Qué ruta sigue? Shakespeare no lo dice. Difícilmente habría ido por el mar Negro. Le vi zarpar de Palermo, desembarcar en Trieste, viajar por tierra y entonces embarcar en Viena, en un buque que navegaría río arriba. Una terrible tormenta sorprende al barco, probablemente entre los remolinos de Grein, y se va a pique. Antígono el viejo cortesano, logra nadar hasta la orilla (¡tal vez bajo el castillo de Werfenstein!) y entonces, entre truenos y relámpagos, apenas ha tenido tiempo de dejar a Perdita, enfajada, en un lugar seguro, cuando la segunda de las más famosas indicaciones escénicas de Shakespeare («sale perseguido por un oso») entra en vigor. (Los osos se han extinguido en las montañas austríacas, pero los había en gran cantidad.) Mientras la fiera en cuestión devora a Antígono entre bastidores, aparece un viejo pastor, el cual ve a Perdita y se lleva el pequeño fardo a casa, y finalmente la cría como si fuese su hija. Dieciséis años después llega la maravillosa fiesta de la esquila de las ovejas, con su promesa de reconocimiento, un final feliz y sus mágicos discursos. Probablemente se celebró en una de esas granjas de las tierras altas…
Me apresuré por las riberas para llegar a Viena un día antes de lo previsto: «Señor: tal vez pueda verter una nueva luz sobre un asunto que ha desconcertado a generaciones de estudiosos». La mecha de falsa modestia que dispararía el obús empezó a formarse y adquirir nueva forma…
¿Quién citó por primera vez y lanzó la frase «la costa de Bohemia»? La indicación escénica correcta, como descubrí mi primera mañana en Viena, dice: «Bohemia: un país desierto cerca del mar».
Fue un derrumbe total.
Por la noche las estrellas brillaban en un vacío sin nubes. Tan solo una bruma temprana y breve empañaba el pálido cielo matinal, y en ambos extremos del día la nieve de las cimas estaba coloreada con un rubor casi demasiado intenso. Me sentía libre entre una profusión de maravillas, una idea todavía más estimulante por la ilusión de intimidad. Aquel paisaje podría haber sido un parque enorme e interminable, con bosques, templos y pabellones dispersos, pues a menudo las únicas huellas de pisadas en la nieve eran las mías.
A través del último prado fluvial, antes de que las montañas ciñeran de nuevo al río, me aproximé a uno de esos hitos. En lo alto de un risco de piedra caliza, bajo dos torres barrocas y una cúpula central más alta, hileras de innumerables ventanas se remontaban hacia el cielo. Era Melk, por fin, un largo palacio conventual que navegaba por encima de tejados y árboles, una quinquerreme entre las abadías.
No había portero. Un joven benedictino, que me encontró haraganeando en la caseta junto a la entrada, me pidió que le siguiera, y cuando cruzábamos el primero de los grandes patios supe que estaba de suerte, pues el monje hablaba muy bien el francés; era culto, divertido, el cicerone ideal para lo que me esperaba.
Las etapas de nuestro avance quedaron grabadas en mi memoria en confusos términos musicales, y así es como resuenan todavía. Oberturas y preludios se sucedieron mientras un patio daba a otro. Las escaleras se extendían hacia arriba tan jactanciosas como pavanas. Los claustros se desarrollaban con la complejidad de fugas dobles, triples y cuádruples. Las suites de los majestuosos apartamentos se concatenaban con la variedad, el talante y la escenografía de los movimientos sinfónicos. Entre los innumerables volúmenes con dorados de la biblioteca, los reflejos de las superficies pulimentadas, las galerías, los globos terrestres y celestes iluminados por la luz que se filtraba a través de las ventanas, una vez más la música parecía intervenir. Una polifonía magnífica y rítmica se deslizaba en el oído. Al principio se acompañaba de instrumentos de viento, y luego, a intervalos cada vez más breves, de violines, violas y violonchelos, seguidos por contrabajos, mientras una repentina ornamentación con volutas a base de flautas se desplegaba en el aire, y al final se le unía una fanfarria en sordina procedente del techo, hasta que todo vibraba con un esplendor sereno y omnipresente. Más allá, en la iglesia, una cúpula coronaba el vacío. La luz se extendía por las oquedades pintadas y se unía al brillo indirecto de los óvalos, las lunetas y las ventanas de la rotonda. Galerías, baldaquines festoneados y cornisas en hilera se alzaban a su encuentro, y la suave luz, que incidía en las pilastras acanaladas y los círculos de rayos dorados, y en los obeliscos enguirnaldados con sus nubes esculpidas, llenaba las capillas laterales semejantes a panales y entonces se unificaba en una refulgencia universal. La música podría haber enmudecido, a menos que hubiera estado a punto de comenzar. En la imaginación los instrumentos se congregaban: címbalos invisibles apenas entreabiertos que entrechocaban con una resonancia no más estridente que un susurro; tambores un par de centímetros por debajo de las puntas amortiguadas de los palillos y las palmas preparadas para amortiguarlos; los oboes al sesgo, sus lengüetas calladas un momento más; el metal y el viento a la espera; los dedos extendidos, inmóviles, sobre las cuerdas de un arpa y cincuenta arcos invisibles detenidos en el aire por encima de cincuenta juegos de cuerdas invisibles.
Para mí, los edificios famosos eran la cima de una cadena montañosa de descubrimiento que había comenzado en Bruchsal y que se prolongó durante mucho tiempo. Una y otra vez, durante aquellas semanas, divagaría entre grandes concavidades iluminadas por los reflejos de la nieve. La luz del sol incidía en los dinteles y los frontones rotos, penetraba a raudales por encima de los alféizares cubiertos de nieve, tan cerca de los techos que daban un último impulso a las Ascensiones, Transfiguraciones y Asunciones en trompe l’æil al verterse sobre ellas, y avivaba las coronas blancas y cremosas de estuco que las mantenían en alto: guirnaldas doblemente etéreas debido a la radiación reverberada de los copos de nieve, y compuestas por todo lo que son capaces de inspirar el junco, la hoja de palma, el zarcillo, el festón, la concha y las espículas del múrice.
En este estilo barroco superior, detenido en un punto de la frontera del rococó donde está totalmente implícita la magia extravagante de las décadas posteriores, ¡con qué facilidad el mismo talante estético se desliza de la iglesia al palacio, de este a la sala de baile, de la sala de baile al monasterio hasta que regresa a la iglesia! Las nubes van a la deriva, los querubines vuelan, y enjambres de angelotes, tomados de la antología griega y bautizados en vuelo, están a sus anchas por encima de las tumbas. Se prueban mitras y sombreros de cardenales, se tambalean bajo el peso de cortinas y báculos mientras pétreos apóstoles y doctores de la Iglesia, que en realidad son enciclopedistas disfrazados, les miran con indulgencia. Las santas exhiben los instrumentos de su martirio con tanta despreocupación como si fuesen cubiletes de dados y abanicos. Son favoritas de soberanos, landgravinas vestidas de náyades, y los cortesanos andróginos que representan santos y que desde sus peanas se comen con los ojos los techos recargados, podrían estar actuando en una charada. Lo sagrado y lo profano se cambia de atuendo y los penitentes, vestidos con traje de dominó, presentan la ambigüedad de un baile de máscaras.
A partir de Melk, y durante medio siglo, el rococó florece en una escenografía milagrosamente imaginativa y convincente. Un brillante conjunto de habilidades, que lo abarca todo, desde la columnata hasta la curvatura de una aldabilla, vincula los detalles más frágiles y en apariencia más efímeros con el botín de mayor magnificencia y duración obtenido en bosques y canteras. Un genio versátil lanza una andanada tras otra de fantásticas ideas tardías a través de las grandes estructuras vitruvianas y palladianas. Lo cóncavo y lo convexo se desenrollan y persiguen mutuamente de un lado a otro de las columnas con arabescos filicíneos, ondean los caprichos líquidos, cascadas plateadas y azules caen en dinteles y penden ahí inmóviles, convertidas en cortinas de carámbanos artificiales. Ciertas ideas se ramifican en forma de falsas fuentes y se alejan flotando a través de las columnatas en procesiones de cúmulos y cirros. La luz se distribuye al estilo operístico y los cielos se abren en un nuevo cambio de gravedad que ha elevado a ángeles sin alas y evangelistas en ambiciosos viajes hacia tridimensionales broches en forma de sol, y los ha dejado levitando ahí, flotando entre cornisas, tímpanos de arco, hojas de acanto y cintas arquitectónicas todavía arrugadas tras haber permanecido mucho tiempo dobladas en sombrereras. Hay pastorales bíblicas pintadas en las paredes de los majestuosos interiores. Templos y santuarios cilíndricos invaden el paisaje de la Biblia. Pagodas chinas, palmeras africanas, pirámides del Nilo, y luego un volcán mexicano y las coníferas y tiendas de los pieles rojas se alzan en Arcadia. Unos muros espejeantes reflejan esas escenas, erizados de baluartes, sinuosos límites dorados y plateados formados por ramas entrelazadas y los símbolos amontonados de la cosecha, la caza y la guerra enmascaran las junturas y las grandes láminas de vidrio se responden mutuamente de un lado a otro de los anchos suelos e intercambian sus reflejos hacia el infinito. El mercurio desvaído, que difunde una penumbra submarina, alcanza momentáneamente la invención y la delicia de este mundo espejeante con un toque de involuntaria tristeza.
Pero uno siempre alza la vista hacia el lugar donde esas animadas escenas en grisalla, pastel o policromado, desplegándose elípticamente en fajas asimétricas pero equilibradas de cornisa nevada, cierran una sala tras otra con sus tapas lustrosas. Multitudes bíblicas pisan el aire entre las riberas de vapor y las perspectivas vencidas delante de las balaustradas. Alegorías de las estaciones y églogas de estilo chinesco están en movimiento. La Aurora persigue por el cielo a la Reina de la Noche y unos tríos a lo Watteau, que afinan laúdes y violines, se deslizan sobre nubes entre ruinas, obeliscos y gavillas desatadas. Un sol poniente sobre una laguna veneciana toca los bordes de esas nubes y vela los rostros que cantan y las cuerdas tañidas con una tenue melancolía. Ironía y conmiseración flotan en la atmósfera y en la mente del espectador, pues queda poco tiempo y suena una última nota en todos estos festivales rococó.
Ceremonioso y alegre, Melk es un punto culminante. Una gloria meridiana nos rodeaba mientras un reloj de la ciudad daba las doce. La luz del mediodía se vertía sobre los bosques, un meandro amarillo del Danubio y un prado fluvial lleno de patinadores, todos escorzados mientras daban vueltas y se deslizaban bajo la línea centelleante de las ventanas. Estábamos en el centro de un ancho suelo, alzando la vista para contemplar un último episodio pintado en el techo de columnas y nubes precipitadas donde las figuras giraban bajo un alba de revelación todavía más excelsa, una escena como una galopada desenfrenada en una sala de baile. Los cortinajes, al girar, hacían que subieran en espiral las espinillas bíblicas, y flexibles y rosados empeines hollaban el cielo. Era como si mirásemos a través de una pista de baile de vidrio, y mi acompañante, tocándome el codo, hizo que me apartara un par de pasos y la escena se tambaleó por un instante con la inseguridad de Jericó, como les ocurre a los techos en trompe l’œil cuando una variación del punto central produce al espectador un huidizo espasmo de vértigo. Él se echó a reír y me dijo:
—On se sent un peu gris, vous ne trouvez pas? («Uno se siente un poco achispado, ¿no le parece?»).
Un poco achispado… era muy cierto. Habíamos conversado acerca de la interacción rococó de lo espiritual y lo temporal, y durante unos instantes, tras decir esas últimas palabras, mi acompañante también sufrió una transformación: hábito, escapulario, capucha y tonsura desaparecieron y una cola empolvada se desovilló por su espalda enfundada en brocado desde un pasador de muaré. Era un cortesano mozartiano. Prosiguió su discurso en un tono despreocupado, mientras se erguía, la mano izquierda sobre la espuñadura de la espada y en la derecha un bastón veteado con el que fue señalando las imágenes del techo mientras desentrañaba las estratagemas del pintor; y cuando, para equilibrar la inclinación del torso hacia atrás, adelantó una pierna, en una postura piranésica, no pude dejar de oír el golpeteo de un tacón rojo contra el suelo de baldosas negras y blancas.
Una de las campanas de la abadía empezó a repicar con más insistencia y, tras recibir excusas de mi mentor, quien estaba de regreso sano y salvo en su siglo, apresuramos el paso. Al cabo de unos minutos me encontraba a varios campos de distancia, muy por encima del Danubio, con el cimborrio y las cúpulas más pequeñas perdiéndose ya de vista bajo un grupo de árboles. Les siguieron las cruces doradas gemelas y, finalmente, la cruz del cimborrio. No quedó nada en aquellas colinas que indicara la presencia de la abadía. Los pináculos desaparecidos podrían haber sido el palomar de una granja.
Un peu gris. Era un término demasiado suave.
El sendero a lo largo de la orilla meridional me conducía al corazón de la Wachau, una región del Danubio tan famosa como aquellas extensiones del Rin por las que había viajado en Navidad o del Loira en Turena. Melk era el umbral de aquel valle de inefable belleza. Como ya hemos visto, innumerables castillos se alzaban a lo largo del río. Allí estaban encaramados en espolones más vertiginosos, presentaban un deterioro más espectacular y las telarañas de unas fábulas más misteriosas. Las paredes de los altos promontorios eran verticales, los arcos líquidos fluían a su alrededor en semicírculos. Desde las ruinas más alejadas de la orilla el terreno descendía con una inclinación más suave, los viñedos y huertos se sucedían en capas hasta llegar a las orillas donde se reflejaban los árboles. El río discurría junto a islotes boscosos, y cuando miraba a uno u otro lado, la aparente escalera acuática ascendía a lo lejos. Sus asociaciones con el Nibelungenlied son estrechas, pero le ronda una mitología más tardía. Ningún paisaje más apropiado que este como lugar de encuentro de la aventura caballeresca y los cuentos de hadas. La corriente serpentea hacia parajes en los que podrían hallarse Camelot o Avalon, los bosques parecen contener una fauna mítica, las canciones de los Minnesinger y el sonido de las trompas de caza están al alcance del oído.
Me senté bajo un abedul para bosquejar el Schloss Schönbühel. Reluciente como si estuviera hecho de marfil tallado, surgía de un espigón rocoso, rodeado casi completamente por el río, y terminaba en una sola y altísima torre coronada por una cúpula roja en forma de cebolla. «Es el castillo de los condes de Seilern», me informó un cartero que pasaba por allí. Salía humo de una esbelta chimenea: debían de estar preparando la comida. Imaginé a los condes sentados a una larga mesa, expectantes, hambrientos pero corteses, las manos cruzadas con elegancia entre cuchillos y tenedores.
Un halcón que aleteaba por encima de una garza desprevenida, a medio camino de aquel meandro septentrional, debía de abarcar la misma panorámica del río que yo. Había subido a las ruinas de Aggstein (un trayecto innecesariamente empinado, pues me había desviado de la senda marcada), deteniéndome entre las almenas de la torre del homenaje para recobrar el aliento. Esa fortaleza de los Künringers, con el aspecto de boca sin todos los dientes que le da el almenaje, es un hervidero de relatos horribles, pero yo había trepado hasta allí por una razón distinta. La charla sostenida con el erudito dos noches atrás me había despertado el deseo de contemplar aquel trecho concreto.
No hay nada más absorbente que los mapas de peregrinaciones tribales. ¡De qué manera tan vaga y lenta fluctúan las naciones! Solitarias como nubes, superponiéndose y cambiando de lugar, se mueven como bailando un vals y retroceden unas alrededor de las otras, con un ritmo tan lento que están casi inmóviles, o bien recorren su camino en expansión a través del mapa de una manera tan imperceptible como la humedad o el moho. ¡Qué alivio cuando algún acontecimiento externo, acompañado de una fecha real, sacude el complejo osmótico que se arrastra perezosamente y lo pone en acción!
He mencionado antes que habíamos hablado (o más bien quien habló fue el erudito) acerca de los marcomanos y los cuados, quienes vivieron al norte del río. El hábitat de los marcomanos se encontraba un poco más al oeste, mientras que los cuados moraban exactamente donde nosotros estábamos sentados. «Sí —me había dicho—, las cosas estuvieron más o menos estáticas durante algún tiempo…» Ilustró sus palabras con un cabo de lápiz en el dorso del Neue Freie Presse. Un largo trazo representaba el Danubio; una hilera de círculos indicaba las razas que se habían establecido a lo largo de las orillas. Entonces dibujó los límites de Europa oriental. «… ¡Y de repente, por fin sucede algo!», exclamó. Una enorme flecha penetró en el esquema por la derecha y se abatió sobre los círculos de la ribera. «¡Llegan los hunos! ¡Todo empieza a cambiar de sitio a velocidad vertiginosa!» El lápiz se puso febrilmente en acción. De los círculos partieron sus propias flechas migratorias y empezaron a enroscarse en distintos lugares del papel hasta que Mitteleuropa y los Balcanes estuvieron llenos de colas de demonio. «¡El caos! Los visigodos se refugian al sur del Danubio inferior y derrotan al emperador Valente en Adrianópolis, aquí! —retorció la mina sobre el papel—, en el año 476. Entonces, en solo un par de décadas —un gran círculo a lápiz rodeó el extremo del Adriático y descendió por una Italia rápidamente bosquejada—, ¡llega Alarico! ¡Capturan Roma! El imperio se divide en dos… —el ritmo de su explicación me recordaba el de un comentarista deportivo—, y Occidente sigue avanzando, tambaleante, durante unos cincuenta años. Pero los visigodos se dirigen al oeste —una flecha se curvó a la izquierda y se expandió para formar velozmente a Francia, seguida de la península Ibérica—. ¡Ve al oeste, joven godo! —murmuró mientras el lápiz improvisaba reinos visigodos en Francia y España a un ritmo vertiginoso—. ¡Aquí estamos!», exclamó; y entonces, como una ocurrencia tardía, dibujó distraídamente un óvalo que abarcaba el norte de Portugal y Galicia, y le pregunté qué era aquello. «Los suevos, como los suabos, más o menos: forman parte del movimiento en su conjunto, pero ahora —siguió diciendo—, ¡aquí tenemos a los vándalos!» Unas pocas y vagas líneas de lo que parecía Eslovaquia y Hungría se unieron y avanzaron hacia el oeste en una ancha franja que remontó el Danubio y penetró en Alemania. «Cruzan el Rin en 406, y entonces recorren la Galia —en este punto la rapidez con que manejaba el lápiz produjo un desgarrón en el papel—, atraviesan los Pirineos tres años después —¡aquí están!— bajan a Andalucía, que toma de ellos su nombre, y ¡hale! —el lápiz se saltó el imaginario estrecho de Gibraltar y empezó a ondular de nuevo hacia el este—, a lo largo de la costa norteafricana hasta… —improvisó la costa a medida que avanzaba, y entonces se detuvo con un grueso glóbulo negro—, ¡Cartago! ¡Y todo ello en treinta y tres años desde el comienzo hasta el fin!» El lápiz volvió a ponerse en movimiento, y le pregunté qué significaban las líneas de puntos que había empezado a trazar desde Cartago, internándolas en el Mediterráneo. «Estas son las flotas de Genserico, una verdadera molestia. ¡Ahí lo tenemos, saqueando Roma en el 455! Por entonces había una gran actividad marítima.» Subió a la parte superior de la hoja y trazó una costa, una desembocadura de río y una península: «Esto es el Elba, aquí está Jutlandia». Entonces, en el ángulo a mano izquierda, apareció un ángulo agudo y, por encima de él, una curva como una amplia grupa. El erudito me dijo que eran Kent y East Anglia. Al cabo de un instante, desde la desembocadura del Elba, aguaceros de puntos se curvaron hacia esas regiones, «… y ahí van tus antepasados, los primeros anglos y sajones, penetrando en Gran Bretaña solo un par de años antes de que Genserico saqueara Roma». Cerca de la costa sajona insertó dos figuras en forma de renacuajo entre los puntos invasores: ¿qué eran? «Hengist y Horsa», respondió, y llenó de nuevo los vasos.
¡Esa era la manera de aprender historia! Por entonces apareció una segunda botella de Langenlois. Su visión panorámica del asunto no le había llevado más de cinco minutos, pero nos habíamos dejado atrás a marcomanos y cuados… El erudito se echó a reír. «¡Estaba tan entusiasmado que me olvidé de ellos! Los marcomanos no presentan ningún problema —añadió—. Cruzaron el río y se convirtieron en bayuvares, que son los bávaros… Tengo una abuela marcomana, pero ¡los cuados! Hay muchas menciones de ellos en la historia romana. Entonces, de repente, ¡ni palabra! Se desvanecieron más o menos por la época en que los vándalos avanzaban hacia el oeste…» Me explicó que probablemente se fueron también con ellos, sumidos en el torbellino… «Toda una nación que se desliza río arriba como angulas, si bien es verdad que en el Danubio no hay anguilas. —Tras este inciso, prosiguió en un tono distinto—: Nativos no, por desgracia: solo visitantes… de repente, los bosques se quedan vacíos. Pero, como la naturaleza detesta el vacío, este no dura mucho. Una nueva oleada ocupa su lugar. ¡Llegan los rugios, nada menos que desde el sur de Suecia!» Ya no quedaba sitio en el Neue Freie Presse, por lo que apartó un vaso y dibujó el extremo de la península escandinava sobre la superficie restregada de la mesa. «Esto es el mar Báltico, y aquí llegan. —Un diagrama que parecía una medusa ilustró su itinerario—. A mediados del siglo V se habían establecido a lo largo de la orilla izquierda del Danubio medio, si establecido es la palabra apropiada… tan inquietos eran todos ellos. —Nunca había oído hablar de los rugios—. Pero supongo que has oído hablar de Odoacro, ¿no? Era rugio.» Ese nombre, pronunciado a la manera alemana, era un tanto sugerente. Las sílabas daban una sensación de crepúsculo histórico, algo trascendente y sombrío… pero ¿qué? Los indicios empezaron a parpadear.
De ahí mi ascensión a aquella ruina, pues perteneció a Odoacro, el primer rey bárbaro tras el eclipse del último emperador romano. («¡Rómulo Augústulo! —había exclamado el erudito—. ¡Qué nombre! Parece ser que el pobre chico era bien parecido, y solo tenía dieciséis años.»)
Detrás de la pequeña población de Aggsbach Markt, en la orilla opuesta, se extendían los bosques en otro tiempo rebosantes de rugios, un oleaje de copas desde aquella altura. Odoacro procedía de un lugar de la orilla norte, a solo dieciséis kilómetros río abajo. Vestía con pieles, pero podría haber sido un cabecilla, incluso el hijo de un rey. Se enroló como legionario y, a los cuarenta y dos años, estaba al frente de la camarilla inmigrante vencedora que dominaba las ruinas del imperio, y finalmente ocupó el trono. Después de los fantasmas imperiales precedentes, los catorce años de su reinado parecen una mejora, lo cual no deja de ser humillante para los romanos. No fue en modo alguno una noche repentina, sino más bien un resplandor crepuscular, de una tonalidad algo más ligera e iluminada por destellos de buen gobierno e incluso de justicia. Cuando Teodorico lo sustituyó (cortándolo por la mitad con su espada de doble filo, desde la clavícula a las ijadas, durante un banquete celebrado en Rávena), eso no significó todavía el fin absoluto de la civilización romana. No del todo, pues el gran ostrogodo fue el protector de Casiodoro y de Boecio, «el último romano a quien Catón o Tulio podrían haber reconocido como compatriota suyo». Pero los asesinó a los dos y luego se murió de remordimiento; y había llegado la Edad Media, sin nada más que velas y canto llano para iluminar las sombras. «De vuelta al comienzo —como había dicho el erudito—, y una pérdida de diez siglos.»
Tristes pensamientos para una mañana radiante.
En Mitter Arnsdorf me alojé bajo el techo de la amistosa Frau Oberpostkommandeurs-Witwe Hübner (es decir, la viuda del administrador principal de Correos Hübner), y estuvimos conversando hasta altas horas.
Tenía entre sesenta y setenta años y era más bien rolliza y jovial, con un vestido cuyos botones le llegaban a lo alto del cuello y el cabello gris en forma de hogaza casera. La fotografía de su marido mostraba a un hombre erguido, con uniforme de numerosos botones, espada, chacó, quevedos y bigotes cuyas puntas formaban dos aros marciales. Me dijo que se alegraba de tener alguien con quien hablar. Normalmente su único compañero en las veladas era su loro Toni, un bello y habilidoso guacamayo que silbaba, respondía vivazmente a las preguntas que le formulaban en dialecto vienés y cantaba fragmentos de canciones populares en voz vibrante que evocaba la de un bebedor de cerveza. Incluso era capaz de entonar los dos primeros versos de Prinz Eugon, der edle Ritter, un homenaje al aliado de Marlborough, el conquistador de Belgrado.
Pero su dueña era una monologadora innata. Cómodamente instalado en el salón donde imperaban la caoba y la felpa, me enteré de cuanto concernía a sus padres, su matrimonio y su marido, quien según ella había sido todo un caballero y siempre iba muy bien vestido («ein Herr durch und durch! Und immer tip-top angezogen»). Uno de sus hijos murió en el frente de Galitzia, otro era administrador de correos en Klagenfurt y un tercero, quien le había regalado el loro, se había establecido en Brasil, una hija estaba casada con un ingeniero civil en Viena, y otra (al mencionarla exhaló un profundo suspiro) con un checo que tenía un cargo muy importante en una manufactura de alfombras en Brno… «pero es un hombre muy decente —se apresuró a añadir—: sehr anständig». Pronto lo supe todo de sus hijos, sus enfermedades, congojas y alegrías.
Aquel monólogo ininterrumpido trataba de las cosas cotidianas, incluso trivialidades, pero la elasticidad y el estilo de la narración la salvaba por completo de la monotonía. Por mi parte, no tenía necesidad de incitarla ni responder, bastaba con un gesto de asentimiento de vez en cuando, unos pocos y modestos chasquidos de la lengua o una sonrisa. En una ocasión, cuando me preguntó retóricamente, con las manos extendidas: «En fin, ¿qué iba a hacer?», intenté responderle, con cierta confusión, como si hubiera perdido el hilo. Pero ella, alzando la voz, ahogó mis palabras: «¡Solo podía hacer una cosa! ¡A la mañana siguiente le di el paraguas al primer extranjero con el que me encontré! No podía quedármelo, después de lo que había ocurrido. Y habría sido una lástima quemarlo…».
Se enfrentaba a los argumentos y los demolía, pronunciaba condenas y advertencias, alzando un dedo índice con un gesto de exhortación. Las experiencias cómicas y absurdas, tal como las recordaba, parecían apoderarse de ella, al principio tratando en vano de ahogar una risita, luego se echaba atrás, riendo, y finalmente se balanceaba adelante con las manos alzadas y se golpeaba las rodillas, presa de una hilaridad total, mientras las lágrimas le brotaban incontenibles. Recuperó la compostura, se dio unos ligeros toques en las mejillas y se alisó el vestido y el cabello, con evidente autocensura. Al cabo de unos minutos, la tragedia empezó a adquirir forma y se le quebró la voz:
«… y a la mañana siguiente los siete ansarinos estaban muertos, colocados en hilera. ¡Los siete! ¡Eran lo único que todavía le interesaba a aquel pobre viejo!». Reprimió los sollozos que le provocaba el recuerdo, hasta que, tras sorber aire por la nariz, darse nuevos toques en las mejillas con el pañuelo y administrarse ella misma los consuelos de la filosofía, se repuso y emprendió una nueva secuencia. En el primero de esos apogeos, el loro interrumpió una pausa significativa con una serie de graznidos, chasquidos y el inicio de una canción cómica. La mujer, enojada, se puso en pie y exclamó: «Schweig, du blöder Trottel!» («¡Cállate, pedazo de idiota!»), cubrió la jaula con un paño verde y silenció al pájaro, tras lo cual reanudó su cháchara en tono melancólico. Pero al cabo de cinco minutos el loro empezó a musitar: «Der arme Toni!» («¡El pobre Toni!»), y ella, ablandándose, alzó el paño. Esto sucedió varias veces. Su soliloquio fluía tan caudaloso como el Danubio bajo su ventana, y lo más notable era el dominio completo y casi hipnótico del oyente por parte de la hablante. La escuchaba arrobado y, con una sinceridad absoluta, reía alegremente, fruncía el ceño, compadecido, y, poco después, en solidaridad con ella, experimentaba un profundo pesar, sin que jamás estuviera seguro de los motivos. Era masilla en sus manos.
El sueño empezaba a cercarme. Gradualmente, el rostro de Frau Hübner, la jaula del loro, la lámpara, las sillas acolchadas y los millares de botones de la tapicería empezaron a perder sus contornos y fusionarse. El ascenso y descenso de la retórica de la dama y las provocaciones de Toni se desvanecerían durante unos segundos, o quizá minutos. Finalmente ella se dio cuenta de que cabeceaba y se interrumpió con un grito contrito, acusándose a sí misma. Lo lamenté, pues podría haber seguido escuchándola eternamente.
Cuando crucé el puente en Mautern y vi el territorio bajo que se abría hacia el este, supe que se estaba acercando un gran cambio. No me gustaba nada la idea de abandonar aquel valle. Tras haber comido algo junto a la barbacana de Krems, volví sobre mis pasos para tomar café en Stein, al lado de la estatua de san Juan Nepomuceno, cuyo monumento domina la pequeña población. Me lo había encontrado con frecuencia a lo largo del camino. Este santo bohemio, paladín de la inviolabilidad del confesionario, llegó a ser un gran favorito de los jesuitas. Lo han representado en una postura tan giratoria, con tal revuelo de casulla y estola, que parece como si agitara el aire a su alrededor. Alguien me informó de que, en la época de la cosecha, los viñedos que crecían en la colina de enfrente rendían un millar de cubos. Los riscos están horadados, llenos de cuevas donde se alinean los barriles.
Al cabo de dos o tres kilómetros, de regreso sin contratiempos en la ancha y serpenteante garganta, llegué a Dürnstein, una pequeña ciudad de vinateros y pescadores, encaramada a la ladera desde la orilla del río, acodalada mediante contrafuertes, horadada por arcos, cribada de cavas y adornada con árboles. Allí donde el hielo y la corriente lo permitían, el Danubio reflejaba las curvas de violín de la iglesia, un priorato agustiniano y un Schloss del siglo XVII. Era otro castillo de Starhemberg, la mitad del cual se internaba en el río, mientras la otra mitad estaba empotrada en el tejido de la ciudad.
Desde la barbacana occidental, una larga muralla almenada se extendía cuesta arriba por la ladera de la montaña, hasta la cima de un risco que se proyectaba sobre la ciudad y el río. Obedeciendo al erudito, en esto como en todo lo demás, no tardé en trepar por la ruina de la fortaleza que cubría la cima de aquella montaña baja. Ventanas ojivales horadaban los restos de los muros almenados, había arcos apuntados y una torre del homenaje; pero, con excepción de los fragmentos arracimados de las bóvedas, no quedaba rastro del tejado y abetos y avellanos crecían densos en el recinto en ruinas. Aquellos restos eran la fortaleza donde estuvo encarcelado Ricardo Corazón de León.
No recordaba cómo había llegado a producirse ese resultado de la Tercera Cruzada, y cuando lo escuché, unas noches atrás, junto a la estufa de la hostería, me pareció de lo más extraño. Lo expondré brevemente. Cuando finalizó el asedio de Acre, los soberanos victoriosos entraron en la ciudad e izaron sus estandartes. Ricardo, al ver que la bandera de Leopoldo, duque de Austria, ondeaba, a su parecer, presuntuosamente cerca de la suya, montó en cólera y ordenó que la arriasen y arrojaran al foso. Leopoldo se lo tomó como el peor de los insultos, se marchó de Palestina, abandonó la cruzada y regresó a Austria. Al año siguiente, pidieron a Ricardo que acudiera a Inglaterra, debido al desgobierno del príncipe Juan. Interrumpió su victoriosa campaña contra Saladino y, para esquivar a sus enemigos cristianos (quienes eran comprensiblemente numerosos), partió disfrazado. Al llegar a Corfú, embarcó en una nave pirata a la que las tormentas otoñales desviaron de su ruta e hicieron naufragar a la altura del Adriático. Desde allí, su único itinerario posible era por tierra, a través de Estados hostiles. Lo peor de todo era que debía pasar por el ducado de su enemigo. En una taberna, cerca de Viena, unos hombres de Leopoldo le descubrieron a pesar del disfraz y le hicieron prisionero. Algunos dicen que le traicionó su aspecto imponente; otros, la imprudencia con que lucía unos guantes espléndidos, y le encerraron de incógnito en un calabozo de aquella fortaleza. La manera en que le rescató Blondel, el bardo y trovador que le había acompañado (de quien se dice que le descubrió cantando ante todas las prisiones en las que podría hallarse, hasta que la voz de su amigo le respondió con el segundo verso) siempre ha parecido demasiado buena para que fuese cierta. Pero cuando uno está sobre el terreno, no puede dudarlo.[35]
Mientras deambulaba por la orilla del río, poco antes de que se pusiera el sol, tenía la sensación de que me gustaría instalarme allí y dedicar mucho tiempo a escribir. Un equipo de abades santificados, corroídos por la intemperie, en actitudes de meditar, reprender y bendecir, y con el aire benigno de cantantes de ópera, se sucedían a lo largo de la balaustrada de los Canónigos. De sus coronas pendían carámbanos goteantes, la nieve había llenado las hendiduras de sus mitras y cubierto las espirales de sus báculos pastorales. Llegaba a mis oídos el susurro de la corriente, allá abajo. Cuando me incliné sobre la balaustrada, se transformó en un estrépito. Bajo las ramas desnudas de los castaños, la corriente discurría veloz, agitando los reflejos que las luces de la otra orilla arrojaban sobre el agua. Rebasado el castillo del rey Ricardo, se interrumpían de improviso las tierras altas boscosas de la orilla norte. Había un precipicio de pared vertical, y al pie prados y huertas seguían la corriente río arriba, formando un signo de interrogación que tenía cinco kilómetros de longitud. A medio camino, disolviéndose en el azul crepuscular, una isla se cernía sobre su propia imagen desfigurada.
El risco presenta un punto débil acústico que no he encontrado jamás en ninguna otra parte. Treinta años después, en el mismo lugar, lo recordé al oírlo de nuevo. Un remolcador, con una hilera de gabarras y una bandera inidentificable debido a la escasa luz, avanzaba lentamente río arriba, contra la corriente. Cuando sonó la sirena, tras un retraso de tres segundos se unió al largo sonido un eco del risco que era exactamente una octava más alto y formaba un acorde; y cuando la nota más baja finalizó, la alta siguió sonando en solitario durante otros tres segundos y se extinguió.
Tras cruzar el río en el pequeño transbordador desde Dürnstein, avancé hacia el sur. Al comienzo de la tarde me aproximaba a un enorme edificio blanco en el que me había fijado el día anterior desde las ruinas de Dürnstein. Era la abadía benedictina de Göttweig, un rectángulo majestuoso que se alzaba por encima de colinas y bosques, con una cúpula en cada ángulo. Puesto que me he extendido tanto sobre las maravillas de Melk, no me atrevo a decir mucho acerca de Göttweig: solo que es un rival resplandeciente y digno de su gran abadía hermana en el otro extremo de la Wachau.
Nubes cargadas de nieve se congregaban mientras subía por el sendero cuesta arriba. Di alcance a un muchacho de mi edad, un zapatero instruido llamado Paul, quien había aprendido inglés por sí solo. Era muy amigo de los monjes, y creo que le hubiera gustado hacer los votos monásticos de no haber tenido responsabilidades familiares. La parte más famosa de la abadía es la gran escalera, un tramo ancho, bajo y magnífico donde unos faroles primorosos se alternan con hornacinas monumentales en cada vuelta en ángulo recto de la amplia balaustrada de mármol. Paul me contó que existe la creencia de que Napoleón hizo subir a su caballo por estas escaleras: pasó por aquí, tras cruzar el río cerca de Krems, a fines del otoño de 1805, entre las victorias de Ulm y Austerlitz.
Me condujo a lo largo de un claustro superior para ver a un monje irlandés de edad provecta y gran encanto. No recuerdo nada de lo que me dijo, pero todavía oigo su voz suave del oeste de Irlanda. Con excepción de su larga boquilla que le daba un aire de Edgar Wallace, nuestro anfitrión podría haber posado para un cuadro de san Jerónimo. Envidié su celda ventilada y cómoda, su mesa cargada de libros y la vista que tenía de las montañas y el río. Ahora el Danubio era una lejana cinta resplandeciente, que serpenteaba entre las colinas donde se acumulaban las nubes y la oscuridad iba en aumento.
Nevaba intensamente cuando, después de que hubiera oscurecido, empezamos a bajar. Pasé la noche bajo el techo de Paul, en el pueblecito de Maidling im Tal, a dos o tres kilómetros valle adentro. Organizamos una fiesta alegre y ruidosa con sus hermanos y hermanas, en una habitación al lado del taller.
Al día siguiente nevaba con redoblado ímpetu. El mágico tiempo del Danubio había quedado atrás. Paul me sugirió que esperase a que el tiempo mejorara, pero tenía que ceñirme al plan que había trazado dos días antes, y me puse en marcha a regañadientes.
Era el 11 de febrero, la mañana en que cumplía diecinueve años. Puesto que aún tenía una idea festiva de los aniversarios, me había propuesto pasar las últimas horas de aquel bajo el techo de unas personas amistosas. Paul lo era, ciertamente, pero antes de partir de Dürnstein había telefoneado a unos amigos del barón Liphart que vivían en Güttweig. Estaba a medio día de camino y la ruta era cómoda. La comunicación telefónica había sido deficiente, y la débil voz de la Gräfin en el otro extremo de la línea parecía un tanto sorprendida, pero logró decirme a través de los caóticos cables que estaban muy deseosos de tener noticias de su viejo amigo muniqués. Me esperaban hacia la hora del té.
Durante todo el camino nevó y sopló el viento. El Schloss, cuando por fin se perfiló a través de los copos arremolinados, era un auténtico castillo, un enorme edificio del siglo XVI con foso y almenas, rodeado por un amplio parque blanco. Sus oscuras torres habrían causado temor reverencial incluso a un joven de noble cuna como Roldán, y parecían estar pidiendo el sonido del cuerno. Avancé penosamente hacia allí y encontré a un hombre que despejaba a paladas un sendero que volvía a cubrirse de nieve tan rápido como él cavaba, y le pregunté, a voz en cuello, dónde estaba la puerta principal, pues nevaba demasiado para poder ver gran cosa en la creciente oscuridad. También a gritos, él me preguntó por el nombre de pila del conde que andaba buscando, porque, al parecer, eran dos o más hermanos: el mío era el Graf Joseph. El hombre me condujo a un patio. Con los copos amontonados en todas las superficies de mi cuerpo en las que podían sustentarse, desde las greñas hasta los pies, parecía un muñeco de nieve, y cuando entré en el vestíbulo un mayordomo vestido de gris y verde me ayudó a sacudirme la nieve, hospitalaria tarea en la que le secundó el Graf Joseph, quien acababa de bajar las escaleras.
Debía de ser lo bastante mayor para haber pilotado un avión al final de la guerra (la hélice estaba en el vestíbulo, a modo de elemento decorativo), pero parecía más joven, y su esposa lo era todavía más, con un aspecto suave y reflexivo y, me pareció, un toque de timidez. (Pertenecía a la interesante comunidad griega de Trieste que se había instalado allí durante siglos y que en otro tiempo dirigía la industria naval y el comercio del Adriático. Hasta hacía muy poco tiempo —1918— la ciudad había formado parte del Imperio Austrohúngaro, y, aunque conservaban la lengua griega, la fe ortodoxa y una patriótica preocupación por los asuntos griegos, eran numerosos los matrimonios mixtos, con austríacos y húngaros.) Ambos hablaban un inglés excelente, y después del tiempo atroz que reinaba en el exterior, parecía un milagro estar sentado en el borde de un sillón en aquel refugio, iluminado por lámparas tenues y las llamas de la chimenea, y tomando whisky con soda en un pesado vaso de cristal tallado. Dos hermosos y esbeltos perros estaban entrelazados, dormidos, sobre una alfombra de piel de oso blanco, y en seguida observé que uno de los retratos que pendían de la pared armonizaba totalmente con mi reciente capricho histórico y esnob. Era un antepasado, famoso en la Guerra de los Treinta Años y participante en el Tratado de Westfalia, de rostro feo, inteligente y cómico, la cabellera hasta los hombros, mostacho y barba a lo Vandyke y la cadena del Toisón de Oro alrededor de los hombros. Vestía totalmente de negro, a la moda española que se había generalizado tras el matrimonio de un Habsburgo con Juana la Loca.
Hasta aquí todo estaba muy bien, pero las expresiones amigables y al mismo tiempo perplejas de mis anfitriones me hicieron comprender que, aparte de mi conversación telefónica casi inaudible, no habían tenido noticia de la visita inminente. Es decir, no habían recibido ninguna carta desde Múnich. Creo que mi llamada les había dado la sensación de que era un inglés que se dirigía en automóvil a Viena y quería aprovechar la oportunidad de tomar el té o una bebida en su casa. En vez de esa imaginaria persona momentáneamente ausente de su ciudad, se las veían con un afable trotamundos con mochilas y botas de suelas claveteadas. Una vez hubimos hablado de nuestros amigos de Múnich durante una hora, siguió un momento de silencio que se prolongó varios segundos y, durante el intervalo en que tuvo lugar el vuelo de aquel ángel, un enjambre de inquietudes, dudas y escrúpulos como no solía experimentar se acumularon en mi mente. De repente tuve el convencimiento de que deseaban estar solos. Tal vez acababan de recibir malas noticias; era posible que esperasen a otros visitantes en cualquier momento, o tal vez, sencillamente, estaban hastiados: ¿por qué no? Sea como fuere, estaba seguro de que la presencia de un desconocido podría ser una maldición demasiado difícil de soportar, y esa pérdida de valor cedió el paso a una idea un tanto alocada: ¿y si me consideraban un ladrón? Cediendo a mis impulsos de huida, me puse en pie y, con la voz ahogada, inventé una excusa para marcharme. Dije que aquella noche tenía que tomar un tren, a fin de reunirme con un amigo que llegaría a Viena en ferrocarril al día siguiente. Era una excusa tan débil, poco convincente y confusa que ellos me miraron sorprendidos, luego perplejos y al cabo preocupados, como si creyeran habérselas con un lunático inofensivo. ¿En qué estación iba a reunirme con mi amigo? Desesperado, dije a la ventura que era la del Oeste… y, por suerte, existía una Westbahnhof. ¿Cuándo nos encontraríamos? Pues… a mediodía. «Entonces no hay más que hablar —me dijeron—. ¡No puedes irte esta noche con semejante tiempo! Te llevaremos a la estación con tiempo suficiente para que puedas llegar puntual a tu cita en Viena.» Debía de ser evidente que todo aquello era un disparate, pero ninguno de nosotros podía decir tal cosa. Probablemente supusieron que me había impulsado la timidez. Mis temores habían sido quiméricos, pero me había comprometido y debía seguir adelante con mi programa mítico. A pesar de todo esto, la cena y la velada fueron cómodas y agradables. Cuando les bosquejé las futuras etapas de mi viaje, me hicieron multitud de sugerencias, mi anfitriona me pidió que anotara los nombres y direcciones de parientes y amigos suyos que vivían a lo largo de mi ruta y que podrían echarme una mano, sobre todo en Hungría, y me prometió que les escribiría. (Así lo hizo, y esa amabilidad me fue de gran utilidad más adelante.) No dije nada acerca de mi cumpleaños. ¿Qué podría haber esperado?
Durante el desayuno, la Gräfin, que estaba abriendo la correspondiencia, lanzó un grito de alegría y agitó una carta por encima de la cabeza. ¡Era la del barón, reexpedida varias veces! La leyó en voz alta y, en virtud de su espléndido contenido, pensé en decirle la verdad acerca de mi improvisación vienesa, pero no me atreví a hacerlo.
El cariz del día era oscuro y amenazante. ¿Por qué no me quedaba un poco más? ¡Cuánto me habría gustado! Pero me había enredado en una ficción que nadie se creía y de la que no me podía librar. Estábamos hablando en la biblioteca, gratamente rodeado de libros, cuando el hombre vestido de verde me anunció que el coche aguardaba. No podía decir que prefería ir caminando a la estación, pues en ese caso habría perdido mi tren inventado y llegado tarde a la cita fantasma… Pero cuando nos despedimos parecían preocupados de veras, como si yendo solo por el mundo no estuviera del todo a salvo.
Me acomodé en la parte trasera del coche, las piernas abrigadas por una manta de piel, y el coche avanzó cortando el aire, bajo un cielo cada vez más oscuro, hasta una pequeña estación rural de la línea entre Sankt Pölten y Viena. Cuando llegamos caían copos de nieve dispersos, como una advertencia, y el chófer bajó del vehículo y cargó con mi mochila y el bastón. Quería ayudarme a sacar el billete, acomodarme en un asiento junto a una ventanilla y despedirme.
Entonces experimenté una nueva sensación de pánico. Aun cuando hubiera querido viajar en tren, no tenía suficiente dinero para el billete. Todo esto originó un recrudecimiento de la locura que me acometió la noche anterior: alguien me había dicho (¿quién y dónde?), que en Europa central había que dar propina a los chóferes. Tomé el bastón, me eché la mochila a la espalda, saqué cuatro monedas del bolsillo y se las di al chófer al tiempo que musitaba mi agradecimiento. Era un hombre entrado en años, de cabello blanco, amistoso y jovial, creo que antiguo cochero. Durante el trayecto, me había contado por encima del hombro que, cuando era joven, también a él le había gustado recorrer el mundo. Pareció sorprendido y acongojado por esa prueba de generosidad superflua (no esperaba en modo alguno que intentara mantenerme a la altura de los Liechtenstein), me dijo con toda sinceridad: «O nein, junger Herr!» («¡Oh no, joven señor!»), y casi pareció a punto de devolverme las desdichadas monedas. Le dejé con la gorra enguirnaldada en la mano, rascándose la cabeza y con una expresión de perplejidad y tristeza. Sintiéndome confuso, me apresuré a buscar refugio en la estación y desde allí le observé mientras subía lentamente al coche y se alejaba. El jefe de estación, quien también había intercambiado amistosos saludos con él, se encaminó a la oficina para expenderme el billete, pero le hice un gesto ambiguo con la mano, volví a escabullirme y eché a andar con paso rápido por la carretera de Viena. Al cabo de uno o dos minutos, miré atrás y vi al jefe de estación en el andén, mirándome perplejo mientras me alejaba. Deseé estar muerto.
Tenía otro grave motivo de inquietud. Las monedas con las que había dado aquella propina ridícula habían sido las últimas que me quedaban. Ahora no tenía un solo Groschen. Con suerte, en Viena me esperarían cuatro libras, pero hasta entonces tendría que confiar en granjas y establos de vacas.
El día armonizaba con lo apurado de mi situación. Unas montañas bajas se alzaban a ambos lados de una deprimente carretera. Los copos de nieve empezaron a escasear, se volvieron pegajosos y finalmente cesaron del todo. En el valle soplaba una fuerte ventolera que agitaba las ramas y hacía caer al suelo cascadas de nieve acumulada en ellas. De repente las nubes, que se habían ido oscureciendo, liberaron su carga de lluvia. La nieve, similar por un instante a una cara picada de viruelas, se convirtió en aguanieve y el cielo entero se disolvió en agua y estruendo.
Encontré refugio en un establo antes de que la lluvia me empapara, y examiné con desánimo el triste panorama desde un montón de paja. Truenos y relámpagos se sucedieron sin pausa durante una hora, y entonces la tormenta se redujo a un tenaz aguacero y algunos retumbos intermitentes. El cielo estaba oscuro como en el crepúsculo. En cuanto la lluvia remitió me puse de nuevo en marcha, y cuando se desencadenó el siguiente diluvio aguardé en el interior de una iglesia donde la oscuridad era casi total. En un tramo solitario de carretera, el conductor de un camión, que avanzaba lentamente por temor a resbalar, frenó y me gritó que subiera a la caja.
Allí, bajo un toldo alquitranado y atado con cuerdas, acurrucada entre rimeos de tablones, había una muchacha de mejillas escarlatas con un pañuelo atado bajo el mentón y un cesto de huevos al lado, los brazos alrededor de las rodillas. Me senté junto a ella, mientras las gotas tamborileaban sobre el toldo impermeable. Ella me tendió la mano cortésmente, me preguntó mi nombre y dijo llamarse Trudi. Entonces, sonriendo, añadió jovialmente: «Hübsches Wetter, nicht?», y se echó a reír: «Bonito tiempo, ¿eh?». Me dio un trozo de bollo con semillas de alcaravea que sacó del cesto, y me había comido la mitad cuando oí un fuerte graznido procedente del otro lado. Un ave enorme estaba dentro de un segundo cesto, sujeto con varios cordeles zigzagueantes. «Er ist schön, nicht wahr?» («Es bonito, ¿verdad?»). Llevaba aquel hermoso pato a su abuela, la cual tenía en Viena cinco patas sin macho. Me dijo que sus padres poseían una granja en Sankt Pölten. Ella tenía quince años y era la mayor de seis hermanos. ¿Qué edad tenía yo? Diecinueve, cumplidos ayer. Volvió a estrecharme solemnemente la mano y me deseó «herzliche Glückwünsche zum Geburstag» («los mejores deseos para el cumpleaños»). ¿De dónde era yo, con aquel curioso acento? Cuando se lo dije, chasqueó la lengua. Qué lejos estaba de casa…
La lluvia se había reducido a una llovizna incesante y el camión avanzaba salpicando aguanieve, mientras la chica y yo cantábamos acurrucados. No se veía apenas nada en la oscuridad, pero Trudi me dijo que ya debíamos de estar en el Wienerwald, el bosque vienés de Strauss. Sin embargo, no había luces en el horizonte, donde Viena debería empezar a perfilarse. Cuando el camión se detuvo, oímos voces, y entonces un soldado con casco y fusil con bayoneta en bandolera nos deslumbró con una linterna. Vimos que estábamos en una calle con casas, ya dentro de Viena, pero las linternas eran las únicas luces, y un tenue brillo de velas detrás de las ventanas. Al parecer, se había producido un apagón.
Cuando bajamos del camión, la gente que estaba en la calle no sabía lo que estaba ocurriendo. Se habían producido ciertos desórdenes en Linz. Tomé el cesto de los huevos y Trudi el pato, y me cogió afablemente del brazo. El pato, que se había pasado dormido la mayor parte del viaje, estaba ahora despierto del todo y graznaba con frecuencia. El ambiente de la calle era de lo más deprimente. Se oyeron más truenos, o algo parecido. Cuando habíamos recorrido poco más de un kilómetro y medio, vimos que el paso estaba cortado con barreras de alambre de espino, y un par de soldados con casco y los fusiles con bayoneta en bandolera examinaron los cestos. Uno de ellos se puso a revolver los huevos de un modo bastante torpe, y Trudi le dijo en tono de considerable firmeza que tuviera cuidado con lo que hacía. Por fin nos dejó pasar, y cuando le preguntamos qué ocurría, respondió que un lío de todos los diablos.
Pero ¿qué estaba pasando? ¿Una huelga general, además de un apagón? Se oyó de nuevo el ruido que habíamos tomado por truenos, seguido por varios estampidos más agudos. Trudi, con una sonrisa ancha y esperanzada y los ojos brillantes, exclamó: «¡A lo mejor es la guerra!», no porque estuviera sedienta de sangre, sino porque daría la bienvenida a cualquier cosa que supusiera un cambio. «¡Deben de ser los nazis otra vez! ¡Siempre están disparando contra la gente, lanzando bombas y provocando incendios! Pfui Teufel! (“¡Que asco de diablo!”)». Tenía que ir al norte de la ciudad, y yo me dirigía al centro. En el lugar donde nuestros caminos se separaban, me pidió el pañuelo y me lo devolvió convertido en el envoltorio anudado de una docena de huevos: «¡Toma! —me dijo—. ¡Un regalo de cumpleaños para ti! Ten cuidado, no los golpees». Se colgó el cesto de un brazo doblado, mientras el otro sostenía el cesto del pato, el cual emitió uno o dos graznidos. Cuando ya nos habíamos despedido, la muchacha se volvió tras haber dado unos pocos pasos, y me deseó buena suerte.
La nieve, sucia y acribillada por la lluvia, amontonada a lo largo de las aceras, formaba unas líneas pálidas. Una o dos veces el haz luminoso de un reflector se movía más allá de los tejados. El lejano ruido sordo, mezclado con la crepitación de armas de pequeño calibre y unas pocas explosiones seguidas, era inequívoco. En otra barrera policial le pregunté a un agente si había en Viena un Jugendherberge donde pudiera pasar la noche. El hombre habló con un compañero, y me dijeron que el Heilsarmee era el único lugar. No entendí la palabra (¿algo relacionado con el ejército?) y me embrollé con la dirección que me dieron. Uno de ellos me acompañó un trecho. Conocía Viena tan poco como yo, pues había llegado del campo aquella misma tarde, pero llamaba a algunas ventanas iluminadas para preguntar el camino. Cuando le pregunté si aquello era un Putsch nazi, respondió que no, en esta ocasión no se trataba de eso, sino más bien de lo contrario. Era un conflicto entre el ejército y la Heimwehr, o milicia nacional, por un lado y los manifestantes socialdemócratas por el otro. Desconocía por completo los detalles, y aquel día no había salido ningún periódico. Los disturbios habían comenzado a primera hora de la mañana en Linz, extendiéndose desde allí. Habían proclamado la ley marcial, al tiempo que los trabajadores iban a la huelga, y de ahí la oscuridad y el caos generalizado. Le dije que no me parecía justo emplear armas contra unos manifestantes políticos desarmados. Al oír la palabra «desarmados», él se detuvo y me miró sorprendido. Repitió la palabra, unbewaffnet?, soltó una risa siniestra y replicó: «No pareces saber mucho de cómo están las cosas aquí, muchacho. Tienen millares de armas y las han ocultado durante años. ¡Fusiles, ametralladoras, bombas, de todo! A lo largo y ancho del país. ¡Ahí, en el distrito diecinueve, se libra una batalla armada!».
Eso era todo lo que sabía. Transcurrió cierto tiempo hasta que fue posible tener una idea algo más clara de los acontecimientos. Entonces el gobierno calculó en centenares los muertos de ambos bandos, mientras que sus adversarios afirmaban que eran millares. Tras retirarse de las barreras en las calles, los socialdemócratas, algunos de ellos uniformados, tomaron posiciones defensivas en una manzana de pisos de obreros en Heiligenstadt, el Neunzehnte Bezirk (distrito diecinueve). Su principal posición defensiva era el Karl-Marx-Hof, un enorme edificio que medía más de ochocientos metros de longitud, y el ruido que había confundido con truenos era el sonido, amortiguado por la distancia, de una batalla en fase de asedio. Los sitiadores, incapaces de lanzar un ataque frontal en un espacio abierto bajo el fuego de ametralladora procedente del edificio sitiado, habían llevado allí morteros, obuses y cañones de campaña, pero disparaban munición compacta, en lugar de los proyectiles habituales altamente explosivos, mucho más destructores. Más adelante se culpó al mando de las tropas sitiadoras y la Heimwehr por el uso de artillería. Los contrarios a esta medida adujeron que, cortando el suministro de agua y alimentos, finalmente se habría inducido a los sitiados a rendirse con muchas menos bajas. Antes de la rendición, los dirigentes socialdemócratas huyeron a Checoslovaquia, y Viena volvió, más o menos, a la normalidad, excepto por los sentimientos de amargura y recriminación. O más bien, se reanudó la subversión nazi brevemente interrumpida.
Despojadas de su contexto histórico, tales fueron las circunstancias puramente físicas. Cuando sucedieron los hechos, uno solo tenía un atisbo confuso de lo que significaban. Inmediatamente después, los acontecimientos quedaron difuminados, en las conversaciones y los periódicos, por las versiones opuestas, los rumores y las recriminaciones. Y entonces, de un modo muy sorprendente, o por lo menos así se lo parecía a un extranjero en la ciudad, el asunto se desvaneció por completo, como si no hubiera ocurrido nada y, con una celeridad asombrosa, la vida cotidiana siguió su curso.
Era una época desesperada para Austria. Durante todo el año 1933, el país vivió conmocionado por los disturbios que organizaron los nazis y sus simpatizantes austríacos. Durante un levantamiento, habían intentado asesinar al doctor Dollfuss. Poco después de estos disturbios de febrero, se reanudaron unas actividades similares, que culminaron cinco meses después en un coup d’État nazi. Fracasó, pero no sin derramamiento de sangre, una lucha encarnizada y el asesinato del doctor Dollfuss. Luego hubo una calma aparente hasta el desastre final del Anschluss en 1938, cuando Austria desapareció como nación independiente hasta la destrucción del Tercer Reich.
Tenía la sensación de que habíamos recorrido varios kilómetros en aquella oscuridad que hacía de la ciudad un desierto. Por fin, creo que no lejos del canal del Danubio, llegamos a un barrio lleno de desviaderos y almacenes, vías de tranvía tendidas sobre los adoquines, relucientes en medio de la nieve sucia, y cajas rotas y esparcidas alrededor. Al socaire de una rampa empinada, al pie de un gran edificio cuyas ventanas brillaban en la oscuridad, se abría un portal iluminado. El policía se despidió de mí y entré.
Me encontré en una amplia antecámara donde una multitud de vagabundos iban de un lado a otro, cada uno con un hatillo. Sus abrigos aleteaban como los que les ponen a los espantapájaros, y sus harapos y, a veces el calzado, se mantenían unidos por medio de oxidados alfileres y cordeles. Había barbas a lo Guy Fawkes[36] y ojos de mirada enloquecida o errante bajo alas de sombrero desgarradas. Muchos de ellos parecían conocerse desde hacía años. Saludos y chismorreos se combinaban de una manera amable, y un vago impulso los mantenía en constante movimiento, en un flujo y reflujo de pies arrastrados.
Se abrió una puerta y una voz gritó: «Hemden!» («¡camisas!»). Todos corrieron hacia la puerta de la habitación contigua, dándose codazos para irrumpir en ella, quitándose la ropa por el camino. Yo hice lo mismo. Pronto estuvimos todos desnudos de cintura para arriba, mientras un olor penetrante a cuerpo sin lavar se abría como un paraguas por encima de cada torso desnudo. Unas barandillas de madera convergentes conducían a la multitud torpe e insolvente hacia una lámpara circular. Cuando uno llegaba allí, un funcionario tomaba su camisa y ropa interior y, tendiendo las prendas sobre la lámpara, de una brillantez cegadora y un metro de diámetro, las examinaba minuciosamente. A todos los postulantes que tenían parásitos se los llevaban para fumigarlos, y los demás, tras decir nuestros nombres ante una mesa, nos encaminamos a un amplio dormitorio con una hilera de lámparas colgadas del techo muy alto. Mientras me ponía de nuevo la camisa, el hombre que había anotado mi nombre y demás detalles me llevó a un despacho, diciendo que aquella tarde había llegado un paisano mío que respondía al nombre de comandante Brock. Eso parecía bastante raro, pero cuando entramos en el despacho, el misterio se resolvió, así como el significado de la palabra Heilsarmee, pues sobre la mesa descansaba un quepis con cordoncillo y visera de un negro reluciente, así como una fresa rojo oscuro en el centro de la copa. Las palabras «Ejército de Salvación» relucían con letras doradas en una cinta rojo oscuro. En el otro lado de la mesa se sentaba un hombre de aspecto fatigado y cabello gris, gafas de montura metálica y chaqueta de uniforme con alamares, abrochada hasta el cuello, el cual estaba tomando una taza de cacao. Parecía amable, era evidente que procedía del norte (resultó ser de Chesterfield) y los surcos de su frente eran el resultado de una piedad serena y la fatiga. Había hecho una pausa en su viaje de inspección de los hostales que el Ejército de Salvación tenía diseminados por Europa, y creo que acababa de llegar de Italia. Se marchaba al día siguiente, y sabía tan poco de los acontecimientos como yo. Demasiado exhausto para hacer algo más que sonreír amistosamente, me dio un tazón de cacao y una rebanada de pan. Cuando vio la rapidez con que engullía el alimento, me sirvió de nuevo. Le expliqué mi propósito (el viaje a Constantinopla, etc.) y él me dijo que podía quedarme allí uno o dos días. Entonces se echó a reír y comentó que yo debía de estar chalado. Desanudé el pañuelo que contenía los huevos de Trudi y los dispuse sobre su mesa, en un pulcro montón. Él me dijo «Gracias, chico», pero pareció perplejo sobre el destino que iba a darles.
Me tendí en el camastro de campaña vestido del todo. La cálida atmósfera de la sala inducía al sueño, y este no tardó en llegar y los cortornos de mis compañeros empezaron a hacerse borrosos. Iban de un lado a otro, formaban grupos para conversar, desenrollaban alfombras y hurgaban en las latas que contenían colillas. Un hombre se llevaba una y otra vez una bota a la oreja, como si escuchara los sonidos del mar con una caracola, y cada vez que lo hacía se le iluminaba el rostro. El ruido de la cháchara, las disputas y las risas agudas que no tardaban en regresar al susurro general de confabulación, ondeaban en la sala con una curiosa resonancia acuosa. El tamaño y la altura de la enorme estancia reducían la escala de los grupitos, que parecían arracimarse y disolverse como figuras de Doré, pululantes y minúsculas en la nave brillante de una catedral, tan remota, además, que lo mismo podría ser un submarino o el salón de un dirigible. Ningún sonido externo podía atravesar aquellas altas y desnudas paredes. Para quienes estaban dentro de ellas, la vida cotidiana y la lucha oscura de la ciudad al otro lado parecían por igual ajenas y lejanas. Estábamos en el limbo.