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POR LA ALTA ALEMANIA

Dejando de lado ese atisbo de raíles de tranvía y aguanieve, las brumas de la Nibelungenlied podrían haberse alzado del Rin y envuelto la ciudad. Y no solo Maguncia, sino que las espirales de los mismos vapores de olvido habían subido río arriba, envolviendo en su trayecto a Oppenheim, Worms y Mannheim. Pasé una noche en cada una de esas ciudades, de las que no recuerdo más que unos pocos fragmentos dispersos: una o dos torres, una hilera de gárgolas, algunos puentes, pináculos, contrafuertes y la perspectiva de una arcada que menguaba en las sombras. Hay una estatua de Lutero que solo puede pertenecer a Worms, pero también hay claustros y las páginas impresas de una Biblia de Gutenberg, un cuadro de san Bonifacio y una rotonda de columnas jesuíticas. La luz de unas lámparas brilla a través de paneles de vidrio de color carmesí decoradas con medias lunas doradas perfiladas en plomo, pero el arco que los enmarcaba ha desaparecido. Y hay rostros perdidos: un deshollinador de chimeneas, un mostacho de morsa, el largo cabello rubio de una niña bajo una gorra escocesa. Es como reconstruir un brontosaurio a partir de media órbita ocular y un cesto lleno de huesos. La nube se dispersa por fin en medio del puente de Ludwigshafen-Mannheim.

Tras haber seguido el curso del Rin desde que desembarqué, y de una manera irregular, ahora me disponía a abandonarlo definitivamente. Después de Bingen el valle se había ensanchado y abierto a la campiña nevada de Hesse. Las montañas seguían manteniéndose a distancia mientras el río serpenteaba hacia el sur y se perdía de vista. Pero el mapa del Rin que desplegué sobre la barandilla indicaba su trayectoria corriente arriba a lo largo de centenares de kilómetros desde donde me hallaba. Después de Spires y Estrasburgo, la Selva Negra miraba ceñuda, desde el otro lado del río, a la línea azulada de los Vosgos. Me habían dicho que, en inviernos duros como aquel, los lobos bajaban desde los bosques de coníferas y trotaban por las calles. Friburgo era la siguiente ciudad, luego vendrían la frontera Suiza y las cataratas de Schaffhausen, donde se vertía el río desde el lago Constanza. Más allá, el mapa terminaba en un definitivo y continuo caos blanco de glaciares.

Llegué al extremo del puente y abandoné el Rin para seguir su afluente, y tras varios kilómetros de camino a lo largo del Neckar, vi las luces elevadas de Heidelberg. Había oscurecido cuando recorrí la calle principal y pronto los cristales de colores suavemente iluminados, bajo la muestra colgante de un Buey Rojo, me atrajeron al interior del local. Con las mejillas heladas y el cabello apelmazado por la nieve, entré en un refugio encantador de vigas de roble, tallas en la madera, huecos en las paredes y distintos niveles en el suelo. Una jungla de objetos recubría el interior, jarras, botellas, copas y cornamentas de ciervo (la inocente acumulación durante años, no los accesorios teatrales propios de una sociabilidad forzada), y todo el local tenía una pátina añeja. Era más bien como una sala de un castillo y, con excepción de un gato dormido ante la estufa, estaba vacía.

Ese era el momento que ansiaba a diario. Acomodado ante una mesa de madera maciza en una hostería, mientras el frío que había aterido mi cuerpo desaparecía, sustituido por un grato cosquilleo, con vino, pan y queso a mano y rodeado por mis papeles, mis libros y el diario. Anotaba los hechos de la jornada, buscaba palabras en el diccionario, dibujaba, me esforzaba por versificar o simplemente me sumía en un trance vacío y satisfecho mientras la nieve endurecida se desprendía de mis botas. Una señora mayor bajó la escalera y se sentó a coser al lado de la estufa. Al ver mi bastón, la mochila y el charco de nieve fundida, me dijo sonriente: «Wer reitet so spät durch Nacht und Wind?» («¿Quién cabalga tan tarde a través de la noche y el viento?»). Mis conocimientos de alemán, iniciados quince días atrás, bastaron para que entendiera: «¿Quién viaja tan tarde, de noche y bajo el viento?» Pero la palabra reitet me eludía. (¿Cómo iba a saber que se trataba de la primera línea del famoso Erlkönig de Goethe, cuya fama aumentó todavía más gracias a la música de Schubert?) «¿Qué, un extranjero?» Yo sabía cómo responder al llegar a ese punto, y lo hice como si recitara un papel: «Englisher Student… zu Fuss nach Konstantinopel…» («Estudiante inglés… a pie hacia Constantinopla»). Por entonces lo decía de carrerilla. «Konstantinopel? —dijo ella—. Oh Weh!» («¡Caramba!»). «¡Ay, Jesús! ¡Tan lejos!» Y, además, en pleno invierno. Me preguntó dónde estaría al día siguiente, el de Nochevieja, y respondí que en camino, por la carretera. «¡No puedes vagar por la nieve en la Sylvesterabend! —exclamó—. ¿Y dónde vas a pasar esta noche, eh?» Aún no había pensado en ello. Su marido había entrado un poco antes y acertó a oír nuestra conversación. «Quédate con nosotros —me dijo—. Debes ser nuestro invitado.»

Eran el propietario del local y su señora, y se llamaban Herr y Frau Spengel. Una vez en la habitación que me asignaron, y siguiendo las órdenes de mi anfitriona, saqué prendas para lavar (mi primera colada desde que salí de Londres) y se las di a la doncella, preguntándome, al hacerlo, qué tal le iría en Oxford a un alemán que se presentara en The Mitre una noche nevada de diciembre.

Uno de los escudos heráldicos que adornaban los vitrales presentaba el zigzag en diagonal de Franken. Esa antigua plaza fuerte de los francos salios hoy forma parte de la Baviera septentrional, y la hostería El Buey Rojo era el cuartel general de la liga estudiantil de Franconia. Todas las viejas hosterías de Heidelberg contaban con esas asociaciones regionales, y la más exaltada de ellas, la Saxo-Borussia, era la Bullingdon de Heidelberg, y sus miembros los más altivos de Prusia y Sajonia. Celebraban sus sesiones al lado de Seppl’s, cuyas paredes estaban llenas de daguerrotipos desvaídos, imágenes de vástagos de la Hochjunkertum, con prendas de vestir acuchilladas e incipientes patillas, en actitud desafiante, calzados con botas altas y provistos de fajas tricolor. Sus guanteletes aferraban sables que tenían empuñadura con taza. Colocados oblicuamente en las cabezas desvaídas, unos sombreros de pequeño tamaño, como quepis caídos, estaban ladeados para mostrar la inicial del cuerpo bordada en la copa, un retorcido monograma gótico y un signo de admiración, todo ello resaltado con hilo de oro. Importuné a Fritz Spengel, el hijo de mis anfitriones, haciéndole una pregunta tras otra sobre la vida estudiantil: canciones, ritual de la bebida y, sobre todo, el duelo, que no consistía en tal duelo, por supuesto, sino en una escarificación tribal. Esas vistosas cicatrices constituían unos vínculos escolares que no se podría borrar jamás, el emblema y el sello del cultivo de las humanidades durante diez años.[9] Fritz descolgó un sable de la pared para mostrarme la postura y la forma de sujetarlo. Me describió cómo iban equipados los participantes, con guanteletes, gola y gafas protectoras, de modo que cada vena y arteria vulnerables, cada centímetro de tejido insustituible, estaba acolchado para no sufrir daño. Se medía la distancia y se cruzaban los sables en el extremo de los brazos extendidos. Solo se movían las muñecas; echarse atrás era un oprobio, y las hojas entrechocaban de una manera mecánica, hasta que las puntas afiladas como navajas de afeitar hacían cortes en los que restregaban sal, y que eran lo bastante profundos para que las cicatrices durasen toda la vida.

Yo había observado esos estigmas académicos en los semblantes provistos de gafas de médicos y abogados. La frente, la mejilla o el mentón, y a veces esas tres partes del cuerpo, presentaban las señales de una cirujía tan azarosa, unas líneas fruncidas o brillantes que desentonaban de una manera curiosa con las arrugas que la edad mediana había inscrito allí. Creo que Fritz, un muchacho benévolo, considerado y civilizado, algunos años mayor que yo, despreciaba esa antigua costumbre, y respondió a mi pregunta con una amistosa conmiseración. Conocía muy bien el oscuro atractivo que el Mensur, el duelo entre estudiantes, ejercía en los extranjeros.

El encanto más bien triste de una universidad en vacaciones imperaba en la hermosa ciudad. Exploramos los edificios académicos, las bibliotecas y los museos, y recorrimos las iglesias. En el pasado, Heidelberg fue una plaza fuerte de la Reforma, y ahora alberga a los credos rivales en apacible yuxtaposición. Los domingos, el canto gregoriano llano se filtra a través de las puertas de una iglesia y los acordes luteranos de Ein’ feste Burg lo hacen a través de la siguiente.

Aquella tarde, con Fritz y un amigo, subí a través del bosque para ver las ruinas del palacio que se alza por encima de la ciudad: un enorme complejo de piedra rojo oscuro que se vuelve rosa, bermejo o violeta según los caprichos de la luz y la hora. La parte más antigua es medieval, pero el estilo renacentista surge una y otra vez en portales, patios y galerías, y se expande en la delicada talla del siglo XVI. Una tropa de estatuas asumen posturas en sus nichos festoneados. El asedio y las explosiones lo destruyeron en parte cuando los franceses asolaron la región. ¿Cuándo? En la Guerra de los Treinta Años; debería haberlo supuesto… Pero ¿quién lo erigió? ¿No lo sabía? Die Kurfürsten von der Pfalz! Los electores palatinos… Estábamos en la antigua capital del Palatinado…

Unas campanas lejanas, cuyo sonido llegaba desde remotas aulas inglesas, intentaban transmitir un mensaje olvidado, pero no servía de nada.

—¡Adivina cómo se llama este portal! —me dijo Fritz, al tiempo que daba una palmada a una columna roja—. ¡La puerta Isabel, o Inglesa! Es el nombre de la princesa inglesa.

¡Naturalmente! ¡Por fin me encontraba allí! ¡La Reina del Invierno! ¡Isabel, la animosa hija de Jacobo I, electora palatina y, durante un año, reina de Bohemia! Mis compañeros me dijeron que llegó allí para casarse a los diecisiete años, y durante los cinco años de su reinado hubo una sucesión de mascaradas, jaranas y bailes como no se había visto jamás en Heidelberg. Pero pronto, cuando se perdieron el Palatinado y Bohemia, decapitaron a su hermano y la Commonwealth la redujo al exilio y la pobreza, fue exaltada como la Reina de Corazones por una galaxia de paladines. Su sobrina nieta, la reina Ana, puso fin al reinado de la línea de los Estuardo, y el nieto de Isabel, Jorge I, subió al trono, donde todavía se sienta su descendiente. Mis compañeros sabían mucho más que yo de todo esto.[10]

A pesar de la belleza del parque, en aquel momento su ambiente era frío y gris. El invierno había sorprendido a los desolados rosales sin que hubieran tomado con ellos las necesarias precauciones, y sobresalían de la capa de nieve que cubría los bancales. En estos no había más huellas que las de nuestras pisadas y las minúsculas en forma de flecha de un petirrojo. Debajo de la última balaustrada se arracimaban los tejados de la ciudad, y más allá fluía el Neckar, luego el Rin, y se alzaban las montañas Haardt. La fronda del bosque palatino murmuraba más lejos todavía. El sol, como un enorme globo carmesí, estaba a punto de hundirse en el pálido paisaje. Me evocaba, y aún sigue haciéndolo, la primera vez que vi ese portento invernal. Vestía un trajecito de marinero, con el letrero H. M. S. Indomitable en la cinta de la gorra, y, a través de Regent’s Park, me apresuraban hacia casa para tomar el té, mientras los guardianes avisaban al público que era hora de cerrar. Vivíamos tan cerca del zoo que de noche oíamos rugir a los leones.

Aquel sol palatino fue el pabilo moribundo de 1933, el último vestigio de ese resto sin dueño de las estaciones que se extiende desde el solsticio de invierno al Año Nuevo. «Es la medianoche del año… la vitalidad del mundo se ha debilitado.» En el camino de regreso pasamos ante un grupo de jóvenes que estaban sentados en un muro bajo y entrechocaban los tacones mientras silbaban la Horst Wessel Lied entre dientes. «Me parece haber oído antes esa tonada…», dijo Fritz.

Aquella noche, en la hostería, vi que un joven cuyo cabello parecía de lino y que fijaba en mí sus ojos de mirada glacial. Con excepción de los ojos azul claro, tan separados que parecían los de una liebre, podría haber sido albino. Se levantó de improviso y se me acercó tambaleándose.

—So? Ein Engländer? («¿Cómo? ¿Un inglés?») —me dijo con una sonrisa sardónica—. Wunderbar! («¡Extraordinario!»).

Entonces su semblante sufrió un cambio, se transformó en una máscara de odio. ¿Por qué habíamos robado las colonias de Alemania? ¿Por qué Alemania no debía tener una flota y un ejército apropiados? ¿Creía yo que Alemania iba a obedecer las órdenes de un país gobernado por los judíos? Siguió un catálogo de acusaciones, que no expresó en voz demasiado alta, pero sí con claridad y vehemencia. Su cara estaba muy cerca de la mía, y el aliento le olía a schnapps.

—Adolf Hitler cambiará todo eso —concluyó—. ¿Has oído por casualidad ese nombre?

Fritz cerró los ojos, emitió un gruñido de hastío y murmuró: «Um Gottes willen!» («¡Si Dios quiere!»). Entonces le tomó del codo, diciéndole: «Komm, Franzi!» («¡Ven, Fran!»), y, de una manera bastante sorprendente, mi acusador se dejó conducir a la puerta. Fritz volvió a sentarse y me dijo: «Lo siento, ya ves cómo están las cosas». Por suerte, ninguno de los clientes sentados a las otras mesas se había dado cuenta de nada, y el detestable momento fue pronto sustituido por el jolgorio, la conversación, el vino y, más tarde, por canciones anunciadoras de la vigilia de san Silvestre. Cuando las primeras campanadas de 1934 sonaban en el exterior, todo se había mezclado en una luminosa confusión de música, brindis y felicitaciones.

Frau Spengel insistió en que era absurdo que me pusiera en marcha el día de Año Nuevo, y por ello me pasé otras veinticuatro horas deambulando por la ciudad y el castillo, leyendo, escribiendo y conversando con aquella familia amable y civilizada. (Mi estancia en El Buey Rojo, constituiría uno de mis recuerdos mejor arraigados, que se mantendría incólume a pesar de que los posteriores acontecimientos bélicos desalojarían tantas cosas de mi memoria. Con frecuencia pensaba en aquellos días.)

—No te olvides de tu treuer Wanderstab («fiel cayado») —me dijo Frau Spengel el 2 de enero, tendiéndome mi reluciente bastón mientras me preparaba para partir.

Fritz me acompañó hasta el límite del pueblo. Mi mochila contenía ropa interior limpia y planchada, así como un gran paquete de Gebäck, unas tortas parecidas al shortbread inglés,[11] y fui mordisqueando una de ellas mientras avanzaba por la nieve. Todas las perspectivas eran brillantes, pues ya había decidido de antemano el próximo lugar donde pararía (Bruchsal, a considerable distancia). Antes de salir de Londres, un amigo que había estado allí el verano anterior y navegado por el Neckar en Faltboot con uno de los hijos de la familia, me había dado una carta de presentación para el alcalde. Fritz había telefoneado, y al anochecer estaba sentado con el doctor Arnold y sus familiares, tomando té perfumado con coñac en una de las enormes salas barrocas del Schloss Bruchsal. No me cansaba de contemplar el magnífico entorno. Bruchsal es uno de los palacios barrocos más hermosos de toda Alemania. Lo construyeron en el siglo XVIII los príncipes obispos de Spires, y no recuerdo cuándo dejaron de ocuparlo sus sucesores, tal vez cuando se disolvió su soberanía secular. Pero durante muchas décadas fue la morada de los burgomaestres de Bruchsal. Me alojé allí dos noches y dormí en la habitación de un hijo ausente. Tras darme un baño prolongado, exploré su colección de ediciones de Tauchnitz, encontré exactamente lo que deseaba leer en la cama, Dejádselo a Psmith, y poco después ya no estaba en un castillo alemán, sino en un asiento de un vagón de primera clase en el tren de las 3.45 que iba de Paddington a Market Blandings, con destino a un castillo diferente.

Era la primera vez que veía semejante arquitectura. Me pasé todo el día siguiente deambulando por el edificio. Titubeaba tras subir la mitad de unas escaleras bajas, cuyas barandillas formaban magníficos diseños ramificados de hierro forjado. Cruzaba puertas dobles que comunicaban una majestuosa sala con otra no menos majestuosa, y mi inculta mirada recorría las perspectivas cruzadas por los rayos inclinados, y cada vez más reducidos, del sol invernal. Unas escenas pastorales en alegres colores se desplegaban en los techos rodeados por una alcorza cuidadosamente asimétrica de volutas y haces; conchas, guirnaldas, follaje y cintas mostraban unos mitos lo bastante extravagantes para detener en sus pasos al observador desprevenido. La sensación de espacio interior invernal pero radiante, la frescura de las níveas circunvoluciones, las curvaturas del follaje metálico y el dorado de los arabescos eran todavía más vigorosos gracias a los reflejos de la nieve que yacía virgen en el exterior, unos reflejos que penetraban a través de los cristales y difundían una luminosidad serena y amortiguada. Años después pensé que era una variante nórdica de la titilación reflejada que los canales venecianos, a la hora de la siesta, envían de un lado a otro de las apoteosis transportadas por las nubes y los raptos que cubren los techos. Solo las estatuas y los árboles esqueléticos interrumpían la blancura exterior, ellos y una colonia de grajos.

En Inglaterra, el burgomaestre, canoso y con mostacho, el porte erecto y vestido de tweed gris, podría haber sido coronel de un buen regimiento. Después de cenar, insertó el extremo de un cigarro en una boquilla hecha con un cono de cartón y una pluma de ave, se cambió de gafas y, tras buscar entre un rimero de partituras que estaban sobre el piano, se sentó y atacó la sonata de Waldstein con destreza y brío. Al placer de la música se sumaba el gozo evidente que experimentaba el intérprete por su capacidad para dominar la pieza. Su expresión de deleite mientras miraba las notas a través de la humareda de su cigarro y la ceniza que se desprendía, estaba reñida con la seriedad de la música. Fue una sorpresa, tan diferente era de una velada pasada con su supuesto equivalente inglés. Y cuando sonó el último acorde, se levantó del taburete con una sonrisa de goce juvenil, casi extasiado, entre los festivos aplausos de sus familiares. Siguió un torrente de valoraciones y una acalorada discusión sobre las posibles interpretaciones alternativas. Al día siguiente pensé que era indudable: me había equivocado de ruta. En vez de llegar a Pforzheim hacia la puesta de sol, estaba caminando por campos abiertos, nevaba y la noche se aproximaba con rapidez. Mi nuevo objetivo era una luz que pronto resultó ser la ventana de una granja en el lindero de un bosque. Un perro había empezado a ladrar. Cuando llegué a la puerta, apareció la silueta de un hombre en el umbral, ordenó al perro que guardara silencio y gritó: «Wer ist da?» («¿Quién está ahí?»). Llegó a la conclusión de que yo era inofensivo y me franqueó la entrada.

Una docena de rostros me miraron sorprendidos, las cucharas detenidas en el aire, y sus facciones, iluminadas desde abajo por un farol que estaba sobre la mesa, eran tan nudosas y veteadas como la misma superficie de madera. Ocultaban sus zuecos bajo la mesa, y el resto de la estancia, excepto el crucifijo que colgaba de la pared, estaba sumido en la penumbra. Lo inesperado de la irrupción rompió el hechizo. ¡Un forastero de Ausland! La hospitalidad de aquellas gentes tímidas y sorprendidas sustituyó sus temores previos, y pronto estuve sentado entre ellos en el banco y provisto también de una cuchara.

Mis progresos en la comprensión y el habla del alemán habían sufrido un retroceso en los últimos días, debido a otro cambio en el acento y el dialecto. Aquellas frases campesinas estaban casi por completo fuera de mi alcance, pero allí había alguna otra cosa que me resultaba enigmáticamente familiar. Los nudillos despellejados de unas manos enormes, todavía semicerradas después de haber aferrado arados, palas y podaderas, yacían entre las cebollas cortadas, las jarras desportilladas y una hogaza de pan moreno partida. El humo había ennegrecido la sopera de barro y la luz incidía en su asa de peltre y hacía resaltar los rostros curtidos y las mejillas rojizas de los jóvenes gigantes de cabello rubio pajizo… Una anciana menuda que se tocaba con una cofia plisada estaba sentada a la cabecera de la mesa, los ojos brillantes y timoratos en las profundas cuencas, y un solo pabilo encendido ponía en relieve desde debajo todas aquellas facciones. ¿La cena en Emaús o Betania? ¿Y pintada por quién?

Muertos de cansancio tras el trabajo en los campos, en cuanto terminaron de cenar los miembros de la familia se estiraron, se levantaron de la mesa y fueron a sus habitaciones arrastrando los zuecos. Un nieto se disculpó porque no había ningún cuarto disponible, se echó una almohada y dos mantas al hombro, tomó el farol y me condujo al patio. En el establo que se encontraba en el otro lado vislumbré rastras, rejas de arado, guadañas y cedazos, y más allá, atados a un pesebre que ocupaba toda la longitud del establo, cuernos, frentes desgreñadas y ojos líquidos brillaban a la luz del farol. La cabeza de un caballo de tiro, de crines y cola claras y con las orejas erguidas al percibir nuestra llegada, casi tocaba las vigas.

Al quedarme a solas me tendí en un lecho de heno segado, como un cruzado en su tumba, cómodamente arropado en un gabán y las mantas, con las piernas cruzadas, enfundadas todavía en las polainas y los zapatos bastos. Los sonidos de dos búhos llegaban a mis oídos. La mezcla de olores, a nieve, madera, polvo, telarañas, remolacha forrajera, raíz de remolacha, pienso, estiércol y la respiración de las vacas, se mezclaba con el acre aroma amoniacal de los orines que de vez en cuando caían al suelo con un chapoteo y rompían el ritmo de la rumia y el ruido ligero de los cuernos al rozar las maderas. Se oía el rechinar ocasional de los ronzales a través de las argollas de hierro, un mugido de vez en cuando o una herradura enorme que rozaba o golpeaba los adoquines. ¡No se podía pedir más!

A la mañana siguiente vi que de los aleros pendían carámbanos. Todos habían ido al trabajo, y en la cocina solo estaba la anciana de la cofia, la cual me ofreció un tazón de café con leche hirviente en el que había desmenuzado un trozo de pan moreno. Me pregunté si metería la pata al preguntar cuánto debía, y al final, vacilante, propuse el pago. La mujer no se ofendió, pero rechazó de plano la oferta: «Nee, nee!» («¡No, no!»), exclamó, dándome unas palmaditas con su mano casi translúcida. Su sonrisa, que revelaba unas encías totalmente desprovistas de dientes, tenía la inocencia de la de una criatura. «Gar nix!» («¡Ná, de ná!») Cuando ya nos habíamos despedido, me llamó con un grito agudo y me puso en la mano una enorme rebanada de pan negro untado con mantequilla. Fui comiendo el gigantesco y delicioso Butterbrot mientras caminaba, y al cabo de un trecho vi a los demás. Me saludaron agitando los brazos y me gritaron: «Gute Reise!» («¡Buen viaje!») Estaban golpeando con zapapicos la hierba congelada, cavando en un campo que, por su aspecto y los sonidos de los instrumentos al golpear el suelo, parecía duro como el hierro.

El fetichismo de las plaquitas fijadas al bastón me llevó a Mühlacker, desviándome tres kilómetros de mi ruta, a fin de conseguir el Stocknagel local, el número diecisiete. Eso se estaba convirtiendo para mí en una obsesión.

De la ciudad de Pforzheim, donde pasé la noche siguiente, no recuerdo nada. Pero a la noche que siguió a esta me encontraba en el centro de Stuttgart, a la hora en que encendían las farolas, único cliente en un café situado frente a la masa cubista del hotel Graf Zeppelin. Solo unos pocos transeúntes apresurados y dos muchachos que agitaban tenazmente sus cajas de colecta se aventuraban a caminar bajo la nieve, la cellisca y el viento cortante. Ahora los chicos también habían desaparecido, y el dueño del café y yo éramos las únicas personas visibles en toda la capital de Württemberg. Estaba anotando las andanzas de la jornada, preguntándome vagamente dónde me alojaría, cuando entraron dos muchachas alegres y, con toda evidencia, bien educadas, las cuales empezaron a comprar artículos en el mostrador. Vestían de una manera graciosa, con capuchas de esquimal, botas lanudas y manoplas que parecían zarpas de oso gris, y daban palmadas para disipar el frío. Cuánto me habría gustado conocerlas… La cellisca, convertida en granizo, golpeaba la ventana como metralla. Una de las chicas, que llevaba gafas con montura de carey, al ver mi diccionario de alemán-inglés, dijo atrevidamente: «How do you do, Mister Brown?» («¿Qué tal, Señor Brown?»). (Esta era la única frase de una canción estúpida y hoy piadosamente olvidada, repetida ad infinítum, como Lloyd George Knew my Father; se había difundido por todo el mundo un par de años atrás.) Entonces la muchacha se echó a reír, confusa por su audacia, bajo la mirada un tanto reprobadora de su compañera. Me puse en pie y les imploré que tomaran un café o cualquier otra cosa… ellas se volvieron de repente más reservadas: «Nein, nein, besten Dank, aber wir müssen weg!» («¡No, no muchísimas gracias pero debemos marcharnos!»). Sin duda les parecí alicaído, y después de preguntarse una a otra «Warum nicht?» («¡¿Por qué no?!»), consintieron en quedarse cinco minutos, pero rechazaron el café.

La frase de la canción casi compendiaba todos sus conocimientos de inglés. Mi primera interlocutora, quien se había quitado las gafas, me preguntó mi edad. «Diecinueve», respondí, aunque faltaba un mes y una semana para mi cumpleaños. «¡Nosotras también! —dijeron—. ¿Y a qué te dedicas?». «Soy estudiante.» «¡Nosotras también! Wunderbar!» Se llamaban Elizabeth-Charlotte, abreviado a Liselotte o Lise, y Annie. Lise era de Donaueschingen, donde nace el Danubio, en la Selva Negra, pero vivía en casa de los padres de Annie en Stuttgart, y estudiaba música. Ambas eran bonitas. Lise tenía el cabello castaño, indócil, y en su rostro, vivaz y cautivador, la sonrisa nunca estaba ausente demasiado rato. Sin las gafas se desenfocaba la mirada de sus grandes ojos, que reflejaban confianza. Annie llevaba recogido el cabello rubio en unas trenzas redondas que parecían auriculares, una moda que siempre he detestado, pero armonizaban con su palidez y el largo cuello, y le daban el aspecto de una efigie gótica en el portal de una abadía. Me dijeron que habían comprado comestibles y bebidas para una reunión de jóvenes que celebrarían la Dreikönigsfest («Fiesta de los Tres Reyes»). Era la Epifanía, el 6 de enero, festividad de los Reyes Magos. Tras una confabulación susurrada, decidieron apiadarse de mí y llevarme con ellas. La emprendedora Lise sugirió que podíamos inventar un vínculo con su familia: «Falls sie fragen, wo wir Sie aufgegabelt haben» («Por si preguntan de dónde te hemos sacado»). Pronto, en el cómodo cuarto de baño de los padres ausentes de Annie (él era gerente de un banco y ambos habían ido a Basilea en viaje de negocios), traté de acicalarme hasta parecer lo más presentable posible: me peiné y me puse la camisa limpia y los pantalones de franela que había sacado de la mochila antes de pedirle al dueño del café que me la guardara. Cuando me reuní con ellas, comentamos que aún no había resuelto dónde iba a pasar la noche. Ellas dijeron que no era ortodoxo y sería incómodo, pero ¿me gustaría dormir en el sofá? «¡No, no, no!», exclamé, era una molestia excesiva para ellas, después de lo amables que habían sido conmigo… pero no insistí demasiado. «¡No digas que te alojas aquí! —me pidió Annie—. Ya sabes lo tonta que es la gente.» Todo esto tenía un aire de secreto y connivencia, como hacer planes para una fiesta en plena noche. Su propia temeridad emocionaba a las chicas. Yo no estaba menos emocionado.

La connivencia pareció fracasar cuando llegamos a la fiesta.

—¿Puedo presentarle a…? —empezó a decir Annie—. Darf ich Ihnen vorstellen… —Frunció el ceño, alarmada, pues no habíamos intercambiado los apellidos.

—El señor Brown, un amigo de la familia —se apresuró a intervenir Lise.

Podría haber sido un capitán de húsares, cambiando la suerte de una batalla por medio de una brillante acometida. Más tarde cortaron ceremoniosamente una tarta y pusieron a una muchacha una corona de cartón dorada. Entonaron canciones en honor de la Epifanía y los Magos, unas al unísono y otras en solitario. Me preguntaron si había canciones inglesas similares (como había esperado que lo hicieran, para demostrar a Lise y Annie que no era un bárbaro impío), y canté We Three Kings of Orient Are. Una armonía compleja caracterizó a la siguiente canción de los jóvenes alemanes, que alababa el valle del Neckar y Suabia. No recuerdo la letra en su totalidad, pero la primera parte permanece desde entonces en mi memoria. La incluyo aquí, pues nunca he encontrado a nadie que la conozca.

(«¿Conoce las tierras que hay en las marcas alemanas,

Kennt Ihr das Land in deutschen Gauen,

Das schönste dort am Neckarstrand?

Die grünen Rebenhügel schauen

Ins Tal von hoher Felsenwand.

Es ist das Land, das mich gebar,

Wo meiner Väter Wiege stand.

Drum sing ich heut’ und immerdar:

Das schöne Schwaben ist mein Heimatland!

(«¿Conoce las tierras que hay en las marcas alemanas,

el lugar más hermoso en Neckarstrand?

Las vidas de las colinas resplandecen

hasta el valle desde la alta ladera del risco.

Es la tierra en que vi la luz,

donde se encuentra la cuna de un padre

Por eso canto ahora y siempre:

¡la bella Suabia es mi patria!»)

Entonces alguien puso Couchés dans le foin en el gramófono, y Sentimental Journey, y todos nos pusimos a bailar.

Estuvimos levantados hasta altas horas de la noche, charlando y tomando el vino del padre de Annie, y cuando me desperté, bastante tarde, en el sofá no tenía idea de dónde me encontraba, un fenómeno frecuente durante este viaje. Pero cuando observé mis manos embozadas como las de un Pierrot en las mangas de seda escarlata del pijama del padre de Annie, lo recordé todo. Aquel hombre debía de ser un gigante (así lo confirmaba una fotografía que estaba sobre el piano, de un trío bien parecido, con botas de esquí, en la nieve: mi anfitrión con los brazos alrededor de su esposa e hija). Las cortinas estaban todavía corridas, y las dos muchachas, en camisa de dormir, se movían de puntillas en la penumbra. Cuando se dieron cuenta de que por fin me había despertado, intercambiamos saludos y descorrieron las cortinas. La habitación apenas se iluminó un poco. «¡Mira! —me dijo Lise—. ¡No es un día para caminar!» Era cierto: el aguacero azotaba implacable el panorama de tejados. Hacía un tiempo de perros. «Armer Kerl! (“¡Pobre chico!”) —añadió—, tendrás que ser nuestro prisionero hasta mañana». Puso otro leño en el fuego y Annie entró con café. Estábamos en medio del desayuno, cuando las campanas rompieron el silencio de la mañana dominical, desafiándose entre ellas de un campanario a otro. Era como si estuviéramos en un submarino entre catedrales sumergidas. «O Weh! —exclamó Lise—. ¡Debería estar en la iglesia!», y mirando los cristales por los que se deslizaban riachuelos de lluvia, añadió: «Ya es demasiado tarde». «Zum Beichten, quizá» («Para confesarse»), dijo Annie. (Beichten significa «confesión».) «¿Por qué?» «Por recoger a desconocidos.» (Lise era católica y Annie protestante, y ambas solían chancearse de sus confesiones respectivas.) Les dije que los dos credos hacían hincapié en la necesidad de dar cobijo al necesitado, vestir al desnudo (la ondulación de una manga carmesí subrayó mis palabras) y dar de comer al hambriento. Por encima del estrépito de las campanas se alzó la música maravillosa de un carillón, que constituye uno de los elementos más famosos de Stuttgart. Prestamos atención hasta que finalizaron las complicadas notas.

La noche presentaba un problema por anticipado. Las muchachas se habían comprometido a asistir a la cena que daba un conocido del padre de Annie, y si bien aquel hombre de negocios no les hacía ni pizca de gracia, no tenían ninguna posibilidad de eludir la invitación. Pero ¿qué iba a ser de mí? Finalmente, haciendo acopio de valor, Annie telefoneó y habló con la esposa: ¿podían llevar a un joven amigo inglés de la familia de Lise… vestido de manera informal, porque estaba haciendo un viaje de invierno, a pie, por Europa? (La excusa parecía bastante endeble.) Se oyó un gorjeo de asentimiento en el otro extremo de la línea, y la muchacha colgó con una expresión de triunfo en el semblante. La esposa parecía muy amable, y él era un industrial steinreich, es decir, forrado de dinero.

—¡Podrás comer y beber todo cuanto quieras!

Annie dijo que el hombre era un gran admirador de Lise.

—¡No, no! —exclamó Lise—. ¡De Annie!

—¡Es terrible! ¡Ya lo verás! Tendrás que defendernos a las dos.

Estaríamos a salvo hasta las diez de la mañana siguiente, cuando regresara la doncella que había ido a su pueblo de Suabia para celebrar la Dreikönigsfest. Corrimos las cortinas, de modo que no viéramos el diluvio, y encendimos las luces (era mejor imaginar que al otro lado de las ventanas no estaba aquel deprimente escenario sino la noche), y nos pasamos la mañana en bata, charlando delante de la chimenea. Puse discos, St. Louis Blues, Stormy Weather, Night and Day, mientras las chicas rehusaban ocuparse de los vestidos que se pondrían para la cena y la mañana submarina avanzaba con rapidez, hasta que Annie y yo tuvimos que enfrentarnos al mal tiempo, ella porque tenía que comer en casa de unos parientes, una obligación semanal, y yo para recoger mis cosas y comprar unos huevos con los que hacer una tortilla. En el exterior, y a pesar de alguna pausa momentánea, la lluvia era intensa y hostil, y el viento todavía peor. Cuando Annie regresó, alrededor de las cinco, yo estaba haciendo un boceto de Lise. Entonces intenté hacer el de Annie, y finalmente les enseñé un juego infantil inglés en el que intervenían la cabeza, el cuerpo y las piernas. Ellas pusieron en el juego un interés febril y lo practicamos hasta que el repique de las campanas nos recordó lo tarde que era. Por mi parte, había hecho todo lo que se puede conseguir con una plancha, un cepillo y un peine, pero las chicas salieron de sus habitaciones como dos cisnes espléndidos. Sonó el timbre de la puerta, la primera señal del mundo exterior desde mi invasión, y un tanto amenazante.

—¡Es el coche! Siempre lo envía. ¡Todo a lo grande!

En la calle, un chófer con polainas mantenía la gorra alzada mientras abría la portezuela de un largo Mercedes. Una vez acomodados en los asientos, nos envolvió con una piel de oso de cintura para abajo.

—¿Lo ves? —dijeron las chicas—. ¡El gran mundo!

Cruzamos la ciudad azotada por la lluvia, subimos por las boscosas colinas y nos detuvimos ante una gran finca de cemento armado y vidrio cilindrado. Nuestro anfitrión era un hombre rubio y corpulento, con los ojos inyectados en sangre y una cicatriz en la frente. Saludó a mis compañeras galantemente, mientras conmigo mostraba una actitud mucho más reservada. Vestía de esmoquin, lo cual hizo que me sintiera como un pelagatos. (Esas cuestiones de la apariencia me preocupaban mucho, pero el hecho de que me llamaran Michael Brown,[12] un nombre que ahora debíamos mantener, me producía una consoladora sensación de incorporeidad.) Tal vez para explicar mi humilde indumentaria entre aquellos personajes enjoyados, me presentó a las damas como «el trotamundos inglés», cosa que no me hizo mucha gracia. Los invitados que no se conocían circulaban por la sala a la manera alemana, estrechando manos y anunciando recíprocamente sus apellidos. Yo hice lo mismo: «¡Muller!» «¡Brown!» «¡Ströbel!» «¡Brown!» «¡Tschudi!» «¡Brown!» «¡Röder!» «¡Brown!» «¡Altmeier!» «¡Brown!» «¡Von Schröder!» «¡Brown!»… Un anciano, creo que profesor de Tubinga, con gafas de gruesa montura y barba, estaba hablando con Lise. Nos dimos la mano, diciendo «¡Braun!» y «¡Brown!» simultáneamente. ¡Vaya por Dios! Evité las miradas de las chicas.

Excepto por el panorama de las luces de Stuttgart que se filtraba a través del vidrio cilindrado, la casa era horrenda: flamante, próspera, reluciente y deprimente. Maderas claras y plásticos se mezclaban con un gusto rancio y pretencioso, y las sillas parecían guantes de boxeo satinados y tuberías de níquel. Todas las botellas del bar ovalado tenían tapones en forma de enanos de nariz roja, y bailarinas de vidrio hacían piruetas en los ceniceros de ágata con pies de cromo colocados sobre las alfombras beige. Había pinturas, o fotografías coloreadas, de los Alpes cuando se pone el sol y de bebés desnudos a horcajadas de mastines daneses. Sin embargo, tras haber tomado un par de Damas Blancas, de la bandeja que sujetaba un mayordomo con guantes blancos, me pareció que todo tenía mejor aspecto. Fumé cigarrillos procedentes de un volumen de Dante encuadernado en vitela, con las páginas pegadas y ahuecadas, el único libro a la vista. A lo largo de la mesa, al lado de las servilletas que eran mitad mitras y mitad turbantes de Rajput, relucía un prometedor arsenal de copas, y cuando las hubimos utilizado varias veces la escena parecía deliciosamente difuminada. Durante la cena, de vez en cuando interceptaba el escrutinio de sabueso intrigado a que me sometía el anfitrión desde la cabecera de la mesa. Era evidente que para él constituía un interrogante; tal vez le parecía un tanto canalla, alguien que no se proponía nada bueno. «Apuesto a que es un nazi de tomo y lomo», me dije. Luego se lo pregunté a las chicas, y ambas exclamaron: «Und wie!» («¡Cómo se te ocurre!»). Creo que le parecía sospechoso que sus renuentes favoritas y yo nos tratáramos de Du, mientras que él aún se veía reducido al Sie. (Nos habíamos ofrecido el tú bebiendo por partida triple en típica Brüderschaft, y la noche anterior nos habíamos abrazado al estilo de Colonia.) Cuando regresamos al salón, los hombres provistos de cigarros gruesos como porras y haciendo girar el coñac en copas que parecían balones de fútbol transparentes, la reunión empezó a perder coherencia. El anfitrión intentó animarla con una risa discordante, incluso más estrepitosa que la música incesante del gramófono, y trató de maniobrar para llevarse primero a Lise y luego a Annie a una ventana salediza, pero cada una se libró de él como joviales ninfas de Arcadia que rechazaran el acoso de Pan. Yo las observaba mientras mi tocayo, el doctor Braun, un vejestorio culto y encantador, me hablaba de los suevos, los alemanes, los Hohenstaufen y Eberhardt el Barbudo. Cuando finalizó la velada y Lise y Annie estuvieron de regreso en el coche, nuestro anfitrión se apoyó en la parte superior de la portezuela y les dijo la idiotez de que parecían dos Gracias. Me agaché para pasar por debajo de su brazo y me senté entre las dos chicas. «¡Ahora somos las tres!», dijo Lise. El hombre me miró con desaprobación.

—¡Ah! ¿Y dónde le digo al chófer que le deje, junger Mann?

—En el Graf Zeppelin, por favor.

Noté un temblor de admiración a cada uno de mis lados: ni siquiera Lise podría haberlo hecho mejor.

Ach so? —La opinión que tenía de mí había mejorado—. ¿Y qué le parece nuestro mejor hotel?

—Es limpio, cómodo y tranquilo.

—Si tiene alguna queja, dígaselo al gerente. Es un buen amigo mío.

—¡Así lo haré! Y muchísimas gracias.

Como el chófer se enteraba de todo, debíamos tener cuidado con lo que decíamos. Al cabo de unos minutos, el hombre abrió la portezuela, haciendo un gesto ceremonioso con la gorra en la que lucía una escarapela, ante la entrada del hotel, y, tras una falsa despedida, crucé el vestíbulo del Graf Zeppelin para dar una última calada al enorme cigarro. Cuando me cercioré de que no había moros en la costa, corrí por las calles, entré en el ascensor y subí al piso. Las muchachas me esperaban con la puerta abierta, y nos pusimos a bailar.

Nos despedimos a las nueve y media de la mañana siguiente. Por la calle circulaba el denso tráfico del día laborable. Volvía la cabeza una y otra vez, miraba arriba y alzaba mi bastón reluciente, chocando con atareados transeúntes, hasta que perdí de vista a las chicas que se habían ido empequeñeciendo al tiempo que me saludaban agitando frenéticamente los brazos desde la ventana de un séptimo piso. Me sentía como debió de sentirse Ulises, mirando a popa mientras una isla donde su estancia había sido feliz desaparecía bajo el horizonte.

Seguí las riberas del Neckar, lo crucé, y al final lo abandoné definitivamente. De repente, cuando era demasiado tarde, recordé el museo del Kitsch de Stuttgart, es decir, un museo de mal gusto alemán e internacional que, según las chicas, no debía perderme. (La decoración de la noche anterior, pues al hablar de eso había salido a relucir el tema, podría haber sido incorporada tal como estaba a ese museo.) Pernocté en Göppingen, y con la ayuda del diccionario intenté escribir tres cartas en alemán, a Heidelberg, Bruchsal y Stuttgart. Más adelante recibí una divertida respuesta conjunta de Lise y Annie. Cuando regresaron los padres de Annie hubo jaleo, no porque yo me hubiera alojado en el piso, pues eso permaneció en secreto, pero resultó que las botellas que habíamos vaciado con tanta imprudencia eran las últimas de una cosecha exquisita y muy difícil de obtener, y el padre de Annie aguardaba ilusionado la ocasión de tomar aquel vino. Solo Dios sabe qué Spätlese («cosecha añeja») de las riberas del Mosela superior conservado como un tesoro, un néctar incomparable. Las chicas habían tenido la prudencia de culparme de la elección. Finalmente la indignación se había mitigado, reduciéndose a las palabras: «Bueno, tu sediento amigo debe de entender mucho de vinos». (Totalmente falso.) «Espero que lo haya disfrutado.» (Sí, en efecto.) Pasarían años antes de que comprendiera la verdadera enormidad de nuestro saqueo.

Ahora la ruta se extendía en dirección sursudeste a través de Suabia. Aparecieron coníferas dispersas, y a veces los bosques sombreaban la carretera a lo largo de centenares de metros. Eran puestos de avanzada que surgían de improviso, separados por leguas de pastos y tierras de labor de la gran masa oscura que era la Selva Negra, hacia el sudoeste. Más allá el terreno se ondulaba en dirección a los Alpes.

En los tramos rectos, donde el cambio de escenario era lento, cantar me ayudaba con frecuencia a superar la monotonía, y cuando se me terminaba mi repertorio de canciones recurría a la poesía. En casa, en mis diversas escuelas y entre las personas que me acogieron tras mis fracasos escolares, siempre se había leído mucho en voz alta. (Mi madre estaba muy bien dotada para esa fatigosa habilidad, y en la elección de los textos se mostraba imaginativa y muy abierta; también solíamos cantar con acompañamiento del piano.) En la escuela aprender ciertos textos de memoria era obligatorio, aunque no tedioso. Pero a menudo este aprendizaje se revelaba insuficiente, como les sucede siempre a quienes necesitan la poesía, y lo completaba una antología particular, tanto de los autores absorbidos de una manera automática como de poemas elegidos ex profeso y memorizados como si uno hiciera acopio de material para sobrevivir en una isla desierta o para un período de confinamiento en solitario. (Estaba en la edad en que la memoria para la poesía o los idiomas, para cualquier cosa, en realidad, recibe las impresiones como si fuese de cera y, hasta cierto punto, dura como el mármol.)

La gama es bastante predecible y muy reveladora del alcance, los entusiasmos y las limitaciones, examinados en el hito de los dieciocho años, de una clase determinada de educación. Había muchos fragmentos de Shakespeare, numerosos discursos, la mayor parte de los coros de Enrique V, largas citas de El sueño de una noche de verano (absorbidas de manera inconsciente y solo entendidas a medias, porque había actuado como Starveling, el papel más breve de la obra, a los seis años); varios sonetos, muchos fragmentos separados, y, en general, una familiaridad bastante amplia. Seguían varios discursos de Marlowe y trozos de Prothalamion y Epithalamion de Spenser; la mayor parte de las odas de Keats, las piezas habituales de Tennyson, Browning y Coleridge, muy poco Shelley y nada de Byron. (Hoy me resulta asombroso que apenas le considerase poeta.) Nada del siglo XVIII excepto la Elegía de Gray y parte de The Rape of the Lock de Pope; algo de Blake; The Burial of sir John Moore; trozos de The Scholar Gipsy; algo de Scott, fragmentos de Swinburne, casi todo Rossetti, quien me inspiró una larga pasión no del todo desvanecida; algo de Francis Thompson y de Dowson; un soneto de Wordsworth, algo de Hopkins y, como todos los ingleses con algún vínculo irlandés, la traducción que hizo Rolleston de The Dead at Clonmacnoise; mucho Kipling y algunos versos de Hassan. Pasemos ahora a las adquisiciones recientes: pasajes de Donne, Herrick y Quarles, un poema de Raleigh, otro de sir Thomas Wyatt, uno de Herbert, dos de Marvell, unas pocas baladas de Border; A. E. Housman en abundancia, algunos trozos inapropiados de Chaucer (dominados sobre todo para adquirir popularidad en la escuela); mucho Carroll y Lear. Ni Chesterton ni Belloc, salvo fragmentos de Cautionary Tales. De hecho, aparte de los mencionados, muy poco del siglo XX. Nada de Yeats posterior a la paráfrasis de Ronsard, Innisfree y Down by the Salley Gardens; pero esto era más cantable que recitativo; ni una palabra de Pound o Eliot, ni aprendida ni leída; y de poetas más jóvenes, hoy venerables, nada. Si alguien me hubiera preguntado a quemarropa quiénes eran mis poetas contemporáneos preferidos, habría respondido que Sacheverell, Edith y Osbert Sitwell, por ese orden. (Dr. Donne and Gargantua y The Hundred and One Harlequins habían aparecido cuando estaba en la escuela, y tras leerlos tuve la sensación de haber entrado en un nuevo y deslumbrante territorio.) Los autores en prosa habrían sido Aldous Huxley, Norman Douglas y Evelyn Waugh. Este es el final de la sección breve; pero si la carretera se extendía hasta el punto de parecer interminable, saldrían a la superficie piezas más largas: todo Horacio y gran parte de Lake Regillus, robustos supervivientes de un capricho anterior; Grantchester y el Rubaiyat de Omar Khayyam, entonces intactos y ahora un montón de fragmentos que sería difícil reunir de nuevo. A partir de aquí, las obras de autoridad reconocida caen en picado: mientras avanzaba pesadamente, quintillas jocosas cubrían el planeta, desde Siberia hasta el cabo de Hornos, de actos indecorosos e imaginativos, y cuando terminaban, unos temas similares florecían en una variedad de metros distintos. Es un campo en el que Inglaterra puede enfrentarse a cuantos quieran desafiarla.

Mi cabeza de puente en poesía francesa no llegaba muy lejos: unos pocos poemas infantiles, un poema de Theodore de Banville, dos de Baudelaire, parte de uno de Verlaine, el original del soneto de Ronsard que conocía en la versión de Yeats y otro de Du Bellay. Por último, más que todo el resto junto, una gran cantidad de poemas de Villon (era un descubrimiento muy reciente y una pasión. Yo había traducido al verso inglés varias baladas y letrillas del Grand Testament, y el resultado había sido más respetable que cualesquiera de mis restantes intentos similares). La mayor parte de la aportación latina es tan predecible como el resto: sobre todo pasajes de Virgilio, pero no en exclusiva, asimilados gracias a la escritura de versos en la escuela: la tarea era más rápida si uno se sabía el texto de memoria. Como a nadie parecía importarle quién los había escrito mientras fuesen hexámetros, durante cierto tiempo utilicé la Farsalia de Lucano, pues sus versos parecían tener la facundia que yo necesitaba; pero pronto volvía a Virgilio, convencido con razón de que sus versos serían más duraderos: buscaba sobre todo en los libros II y VI de la Eneida, y hacía incursiones en las Geórgicas y las Églogas. Los otros autores romanos principales eran Catulo y Horacio. Del primero una docena de poemas breves y fragmentos del Atis, porque los jóvenes tienden (por lo menos a mí me ocurría) a identificarse con él cuando se sentían enojados, solos, mal comprendidos, embrutecidos, malhadados o víctimas de un desengaño amoroso. En mi caso, probablemente adoraba a Horacio por la razón contraria, y así aprendí varias odas y traduje algunas de ellas en torpes versos ingleses sáficos y alcaicos. Aparte de sus demás encantos, eran infalibles para cambiar el estado de ánimo. (Uno de ellos —oda I, IX Ad Thaliarchum— acudiría en mi ayuda al cabo de unos años en extrañas circunstancias. Los azares de la guerra me depositaron entre los riscos de la Creta ocupada con una partida de guerrilleros cretenses y un general alemán cautivo al que habíamos detenido y llevado a las montañas tres días atrás. La guarnición alemana de la isla nos perseguía, pero por suerte de momento seguían una ruta equivocada. Era aquella una época de inquietud y peligro, y para nuestro prisionero de penalidades y congoja. Durante un intervalo en la persecución, nos despertamos entre las rocas cuando se iniciaba un amanecer brillante por encima del monte Ida. Lo habíamos coronado con dificultad, hollando la nieve y luego bajo la lluvia durante los dos últimos días. Al mirar por encima del valle el pico montañoso destellante, el general musitó:

Vides ut alta stet nive candidum

Soracte…

«Ya ves cómo la alta nieve blanquea

el Soracte…»

¡Era uno de los poemas que yo conocía! Seguí desde el punto en que él se había interrumpido:

«Ya ves cómo la alta nieve blanquea

nec jam sustineant onus

Silvae laborantes, geluque

Flumina constiterint acuto,

«y soportan el peso

los cansados bosques y el hielo

áspero constriñe los ríos»

Y así sucesivamente, todas las estrofas restantes hasta el final. Los ojos azules del general se habían apartado de la cima del monte para fijarse en los míos, y cuando terminé, tras un largo silencio, dijo: «Ach so, Herr Major!» («¡Ah!, señor comandante»). Fue algo muy extraño, como si, durante un largo momento, la guerra hubiera dejado de existir. Ambos habíamos bebido en las mismas fuentes mucho tiempo atrás, y durante el resto del tiempo que permanecimos juntos las cosas fueron distintas entre nosotros.

Inmediatamente después de Horacio estaban los versos de Adriano a su alma (el The Oxford Book of Latin Verse era casi la única recompensa que obtuve en la escuela) y, para contrarrestarlos, los diez versos de Petronio, que giraban en torno al maravilloso: «sed sic, sic, sine fine feriati» («pero así, así, festejad sin fin»); luego algunos pasajes del Pervigilium Veneris. A continuación, con un cambio de tono, uno o dos himnos y cánticos latinos tempranos, seguidos por el Dies Irae y el Stabat Mater. (De los poetas latinos en los dos siglos entre los clásicos y el cristianismo, apenas conocía siquiera los nombres; era una región que invadiría y exploraría a solas, y mucho más tarde, con gran placer.) Por último, tenía unas nociones superficiales de la lírica latina medieval profana, procedente en gran parte del monasterio de Benediktbeuern.[13] En la breve coda griega a todo esto, el sonido chirriante se hace más intenso. Comienza con el movimiento inicial de la Odisea, como le sucede a cualquiera que se haya ocupado superficialmente de la lengua, seguido por fragmentos de la huida de Ulises de la caverna de Polifemo; la falta de Heráclito es inesperada; no hay nada de los autores de tragedias (demasiado difíciles); trozos de Aristófanes, unos pocos epitafios de Simónides, dos poemas a la luna de Safo, y luego silencio.

Una colección reveladora. Cubre el período de trece años entre los cinco y los dieciocho, pues en los meses anteriores a mi partida el ritmo de vida que llevaba, las noches sin dormir y los días dedicados necesariamente al descanso, habían ido reduciendo mis lecturas hasta interrumpirlas por completo. Gran parte de esas lecturas procede de los estrechos límites de Oxford Books, y es una mezcla de romanticismo bastante manoseado, con hechos heroicos y violencia, así como rastros de obsesión religiosa, temporalmente en suspenso, languidez prerrafaelita y medievalismo de Wardour Street, ligeramente corregidos, o, en cualquier caso, alterados, por una veta de tosquedad y una propensión a los bajos fondos. En definitiva, un retrato bastante preciso de mi bagaje intelectual: dirigido al pasado, azaroso, poco erudito y, sobre todo en griego, marcado con el baldón de haberlo abandonado prematuramente. (Desde entonces he intentado ponerme al día, con unos resultados irregulares.) Pero hay uno o dos rayos de esperanza, y me siento obligado a decir en legítima defensa que Shakespeare, tanto en cantidad como en adicción, eclipsaba el resto de ese material de acarreo. Mucho es lo que se ha herrumbrado por falta de uso, y algo queda. Hay algunas adiciones, pero escasas, por la triste razón de que la capacidad de aprender de memoria disminuye. La cera se endurece y el estilo raspa en vano.

Vuelvo a la carretera de Suabia.

En Alemania se canta mucho, y oírme cantar no molestaba a nadie. Las canciones que entonaba durante la marcha (Shuffle off to Buffalo; Bye, Bye, Blackbird; Shenandoah o The Raggle Taggle Gypsies) no provocaban más que sonrisas tolerantes. Pero con los poemas era distinto. Murmurar en la carretera hacía que la gente enarcara las cejas y me dirigieran miradas de inquieta conmiseración. Régulo apartando al populacho dilatorio cuando se encaminaba hacia el verdugo cartaginés, como si se dirigiera al Tarento lacedemonio o a los campos venafrianos, requería una retórica bastante suave; pero apremiar al grupo de asalto en Harfleur para que cerrase la muralla con los muertos ingleses exigía, de manera automática, una elevación del tono de voz y un mayor brío de los gestos, lo cual duplicaba mi embarazo si alguien me sorprendía. En tales casos procuraba disimular tosiendo o envolvía las palabras en un tarareo desentonado y reducía todos los gestos a fingir que me arreglaba el cabello. Pero algunos pasajes exigen antes de soltarse un camino intransitado hasta donde alcanza la vista. El terrible combate de boxeo, por ejemplo, en los juegos fúnebres de Anquises, cuando Estellus hace que Dares se tambalee y escupa sangre y dientes en la orilla siciliana («ore ejectantem mixtosque in sanguine dentes»; «escupiendo por la boca dientes mezclados con sangre»), y entonces, con el puño envuelto en tirillas de cuero, golpea a un ciervo entre los cuernos y esparce los sesos… eso requiere tomar precauciones. En cuanto a la estocada en la cabeza de puente que arroja al gran señor de Luna entre los augures como un roble del monte Alvernus… nunca hay que reproducir los gritos, los bastonazos, la andadura tambaleante y la agitación de brazos si hay alguien en kilómetros a la redonda. Para un espectador ocasional, quien se comporta así está borracho o es un lunático.

Así me sucedió aquel día. Me hallaba en ese mismo momento de crescendo y culminación, cuando una anciana salió con paso vacilante de un bosquecillo donde había estado recogiendo leña. Al verme, dejó caer su carga y puso pies en polvorosa. Hubiera querido que la tierra me tragara, o que me llevaran a las nubes en volandas.

Herrick habría sido más seguro; Valéry, si yo le hubiera conocido, perfecto: Calme

La lluvia había derretido a medias la nieve y luego el viento procedente de las montañas la había congelado. El hielo que cubría la carretera estaba lleno de hoyos y surcos. Los copos de nieve dispersos acarreados por el viento habían sido un aviso, y ahora volvía a nevar intensamente. Los copos ocultaban el paisaje y se acumulaban en un costado del viajero, formando una costra blanca en su cabeza y enmarañando sus pestañas con pegajosas escamas. La carretera seguía la ondulación de un cerro escarpado, donde no había refugio alguno, y tan pronto parecía que el viento me ponía su mano en el pecho, impidiéndome avanzar, como cambiaba súbitamente de dirección y hacía que me tambaleara y diese tumbos. No había ningún pueblo a la vista, incluso después de esta acometida. Apenas pasaba algún coche. Desdeñaba el autoestop, y tenía una clara actitud al respecto: evitarlo rigurosamente hasta que fuera intolerable seguir andando, y entonces no viajar más lejos de la distancia que cubriría un día de marcha. (Me atenía a esta norma.) Pero ahora no se acercaba un vehículo, no había más que nieve y viento… hasta que por fin apareció una forma oscura que emitía un sonido metálico y que, cuando llegó a mi lado, se detuvo con un chirrido. Resultó ser un pesado camión diésel con cadenas en las ruedas y una carga de vigas. El conductor abrió la portezuela y extendió el brazo para ayudarme al tiempo que decía: «Spring hinein!» («¡Salta adentro!»). Cuando estuve a su lado en la vaporosa cabina, exclamó: «Du bist ein Schneemann!» («Eres un muñeco de nieve»), un muñeco de nieve. Y así era. Nos pusimos en marcha con estrépito. El conductor señaló los copos de nieve que se adherían al parabrisas con tanta rapidez como los eliminaba el limpiaparabrisas, y comentó: «Schlimm, niet?» («Qué mal, ¿verdad?»). Me ofreció una botella de schnapps y tomé un largo trago. ¡La alegría del viajero! «Wohin gehst Du?» («¿Adónde te diriges?»), le pregunté. (Creo que fue más o menos en ese momento del viaje cuando empecé a darme cuenta del cambio en esa pregunta: «¿Adónde vas?». En el norte, en la Baja Alemania, todo el mundo había dicho: «Wohin laufen Sie?» y «Warum laufen Sie zu Fuss?» [«¿Por qué vas a pie?»]. Recientemente el verbo había cambiado a gehen, pues laufen, en el sur, significa «correr», y probablemente procede de la misma raíz que el verbo inglés lope. También el acento se había alterado con rapidez. En Suabia, el cambio más notable era la sustitución de -le al final de un sustantivo, como diminutivo, en vez de -chen; Häusle y Hundle, en lugar de Häuschen y Hündchen, «casita» y «perrito», respectivamente. Tuve la sensación de que estaba adelantando, tanto en el aspecto lingüístico como el geográfico, sumiéndome cada vez más en el corazón de la Alta Alemania… El Du del conductor era una señal de compañerismo entre la clase trabajadora con la que me había encontrado varias veces. Significaba una aceptación amistosa y camaradería.)

Cuando el camionero me dejó en los gélidos adoquines de Ulm, supe que había llegado a un hito importante en mi viaje. Pues allí, al socaire de las almenas, oscuras bajo los copos de nieve y ya descolorido por el légamo, fluía el Danubio.

Fue un encuentro trascendental. Un gran puente se extendía sobre el río, y el hielo avanzaba desde cada orilla y acababa por reunirse en medio de la corriente. Desde la muralla paralela al río se extendía una maraña de tejados demasiado empinados para que la nieve cuajara en ellos. Los copos se amontonaban, resbalaban y caían a los callejones con un ruido silbante. En el corazón de aquella madriguera se alzaba la catedral de Ulm, ceñida por un octágono de casas que se encumbraba en el extremo occidental de la enorme nave, con la torre más alta del mundo, cuya aguja transparente desaparecía en un deshilachado edredón de nubes.

Finalizaba un día de mercado. Estaban quitando la nieve de los toldos alquitranados y formando columnas con los cestos encajados unos en otros. Habían cargado los restos de verduras en las carretas, muchos de cuyos caballos tenían aquellas hermosas crines y colas muy rubias, y los carreteros maldecían mientras los hacían retroceder entre las lanzas de las carretas. Mujeres de mejillas coloreadas, procedentes de una veintena de pueblos, llevaban cofias almidonadas y provistas de cintas negras que debían de haber sido terribles receptáculos de nieve. Se congregaban en torno a los braseros y pisoteaban el suelo con unas botas extraordinarias como no las había visto antes ni las he vuelto a ver desde entonces: unos cilindros inmensos, anchos como el calzado de los postillones del siglo XVII, forradas de fieltro y rellenas de paja. Incomprensibles gritos dialectales se mezclaban con los bufidos y relinchos. Las aves de corral estaban agitadas, los cerdos chillaban, los ganaderos azuzaban a las reses para que salieran de los corrales medio desmontados a medida que colocaban las vallas. Aldeanos con sombreros de ala ancha, chalecos rojos y látigos en las manos charlaban en las columnatas y en el tramo de escalones bajos. Un estridente y jocoso murmullo de confabulación se mezclaba con el humo entre las macizas columnas, y las bóvedas que sostenían aquellas columnas eran los suelos de edificios medievales tan grandes y macizos como antiguos tithe barns ingleses.

La famosa ciudad tenía una atmósfera medieval tardía. La vigorosa interpretación teutónica del Renacimiento se plasmaba en los voladizos y los parteluces de las ventanas sobresalientes, y proliferaban los umbrales redondeados. En el extremo de cada alto edificio público había un zigzag de triángulos isósceles, y buhardillas y gabletes planos alzaban sus agallas a lo largo de los tejados enormes cuyas tejas parecían escamas de pangolín. De las paredes sobresalían escudos tallados en altorrelieve, y muchos de ellos presentaban el águila bicéfala. Esa ave era emblemática de la categoría de la plaza como ciudad imperial: significaba que Ulm, al contrario que las poblaciones y provincias vecinas, que habían sido feudos de soberanos menos importantes, solo estaba sometida al emperador. Era una Reichstadt.

Un tramo de escaleras conducía a la parte inferior de la ciudad. Allí los pisos se proyectaban y casi se tocaban, y en uno de los callejones más anchos había numerosas carpinterías, talabarterías, herrerías y talleres cavernosos. Hacia el centro, visible a través de algunas aberturas, se extendía un río, cubierto por un caparazón de hielo sobre el que había una colcha de nieve, que pasaba bajo una sucesión de puentes estrechos, y se bifurcaba alrededor de una isla donde un sauce llorón extendía sus ramas hasta los aleros de los que pendían carámbanos, y entonces la corriente se unía de nuevo junto a un molino de agua, tan obturado por el hielo que parecía como si nunca fuese a moler de nuevo, y proseguía veloz su curso para verterse en el Danubio.

Aquella parte de la ciudad no contenía nada posterior a la Edad Media, o así lo parecía. Una amable anciana, que estaba ante el taller de un guarnicionero, me vio mirar a través de un agujero en el hielo. «¡Está lleno de Forellen!», me dijo. ¿Truchas? «Ja, Forellen! Voll, voll davon» («Sí, truchas. Repleto, allá abajo»). ¿Cómo se las arreglaban bajo aquella gruesa capa de hielo? ¿Se cernían suspendidas en la oscuridad? ¿O nadaban veloces como el rayo, siguiendo sus trayectorias schubertianas, ocultas y temerarias? ¿Estaban en temporada? De ser así, decidí arruinarme y tomar una para cenar junto con una botella de vino de Franconia. Entretanto, oscurecía con rapidez. Desde alguna torre, bajo la nevada, una campana empezó a repicar lentamente. Funera plango («¡Doblo a muerto!»), una nota profunda y solemne. Fulgura frango! («¡Estallo en relámpagos!») Era como si doblara por la muerte de un emperador, por la guerra, el asedio, la revuelta, la peste, la excomunión, un decreto de interdicción o el fin del mundo: Excito lentis! Dissipo ventos! Paco cruentos! («¡Pongo en marcha a los lentos! ¡Disperso los vientos! ¡Subyugo a los crueles!»).

En cuanto abrieron la catedral, subí con dificultad, el corazón latiéndome con fuerza, los escalones del campanario por encima del lugar donde estaban ubicadas las campanas. Vistos a través de los vértices de un tresbolillo y el aleteo de las cornejas y uno o dos grajos a los que mi ascensión había desalojado, los tejados escorzados de la ciudad formaban un laberinto rastrero. Ulm es el punto navegable más alto del Danubio, e hileras de gabarras estaban ancladas en sus aguas. Si el hielo hubiera avanzado durante la noche, ¿adónde habría arrastrado las gabarras? El agua es el único elemento que se expande al congelarse en vez de contraerse, y un descenso súbito de la temperatura aplasta a las embarcaciones desprevenidas como si fuesen cáscaras de huevo. Al sur del río, la campiña era una inmensa extensión blanca que se curvaba hacia el Jura suabo. El borde oriental de la Selva Negra difuminaba los montes, que luego se alzaban y fusionaban con las estribaciones de los Alpes, y en algún lugar entre ellos, invisible en una depresión, estaba el lago Constanza, al que fluía el Rin desde el sur para emerger de nuevo por el norte. Claramente discernible, y elevándose en una cima tras otra, el cataclismo telúrico de Suiza brillaba bajo el pálido sol.

Era una visión asombrosa. Pocos lugares de Europa central han sido escenario de tanta historia. ¿Detrás de qué vertiente estaba el puerto de montaña por donde los elefantes de Aníbal se deslizaron cuesta abajo? La frontera del Imperio Romano había empezado a solo unos pocos kilómetros de allí. En la espesura de aquellos bosques míticos que se reflejaban en el río durante muchos días de marcha, las tribus germanas, Némesis de Roma, habían aguardado su hora para atacar. El limes romano seguía la orilla meridional del río hasta el mar Negro. El mismo valle, actuando en sentido contrario, encauzó a la mitad de los bárbaros de Asia hacia Europa central, y justo por debajo del nido de águilas donde me encontraba, río arriba, los hunos penetraron y se marcharon, antes de hacer que sus caballos cruzaran el Rin a nado (o que trotaran sobre el hielo) hasta que, frustrados por milagro, tiraron de las riendas poco antes de llegar a París. Carlomagno acechaba desde el otro lado de aquel rincón de su imperio para destruir a los ávaros en Panonia, y a unas pocas leguas al sudoeste todavía se alzaban las ruinas de Hohenstaufen, sede de la familia que había fomentado venganzas entre emperadores y papas durante siglos. Una y otra vez, ejércitos de mercenarios provistos de máquinas de asedio y escalas pululaban por aquel mapa. La Guerra de los Treinta Años, la peor de todas ellas, se estaba convirtiendo en una obsesión para mí: un conflicto de creencias y dinastías triste, ruinoso, predestinado, inútil e irremediable, con unos principios en mutación constante y unos actores a los que barajaban y repartían una y otra vez. Y es que, aparte de los acontecimientos (las defenestraciones, las batallas campales y los asedios históricos, la carnicería, la hambruna y las epidemias), aleteaban en las sombras ciertos portentos astrológicos y el rumor de canibalismo y brujería. Los capitanes políglotas de las brutales huestes que hablaban diversas lenguas atraen nuestra mirada de buen o mal grado, con las serias expresiones de sus ojos y sus mostachos velazqueños, y pueblan la mitad de las galerías de arte europeas. A lomos de caballos caracoleantes, vestidos con sus mejores galas, contra un fondo de tiendas de campaña y escuadrones que chocan, ¡qué serenidad la suya al señalar con sus bastones de mando o, magnánimamente destocados y de pie en un bosque de lanzas, aceptan las llaves de la rendición o una espada! Los bucles ondean y los encajes o los cuellos almidonados resaltan sobre la armadura negra y las incrustaciones de oro. Miran desde sus marcos con una melancolía altiva y altamente espiritual que resulta inquietante y enigmática: Tilly, Wallenstein, Mansfeld, Bethlen, Brunswick, Spinola, Maximiliano, Gustavo Adolfo, Bernard de Saxe-Weimar, Piccolomini, Arnim, Königsmarck, Wrangel, Pappenheim, el cardenal-infante de los Países Bajos españoles, Le Grand Condé. Los estandartes de la destrucción se mueven por el paisaje como banderas en un mapa de campaña, las águilas dobles aureoladas del emperador, los rombos azules y blancos del Palatinado y Baviera, el león rampante de Bohemia, las franjas negra y dorada de Sajonia, las tres coronas de los Vasa de Suecia, los cuadrados blancos y negros de Brandenburgo, los leones y castillos de Castilla y Aragón, los lirios franceses azules y dorados. Desde aquel entonces, la distribución en forma de rompecabezas de católicos y protestantes se ha mantenido tal como quedó tras la Paz de Westfalia. Cada enclave ensamblado dependía de la fe de su soberano y, en ocasiones, por un capricho de la sucesión, un príncipe de la fe alternativa reinaba tan apaciblemente como el musulmán Nizam sobre sus súbditos hindúes en Hyderabad. Si el paisaje fuese realmente un mapa, estaría salpicado de esas pequeñas espadas cruzadas que indican batallas. El pueblo de Blenheim[14] estaba a un solo día de marcha a lo largo de la misma ribera, y Napoleón derrotó al ejército austríaco en la orilla que se hallaba muy cerca de la barbacana. Los cañones se hundían en los campos inundados mientras que la corriente se llevaba a los artilleros, los avantrenes de cureña y las yuntas de animales que tiraban de ellos. Miré abajo y vi, ondeando en uno de los callejones, una bandera escarlata con la cruz gamada en su disco blanco. Aquella bandera daba a entender que aún habría dificultades en el futuro. Al verla, alguien versado en profecía y el significado de los símbolos podría haber predicho que las tres cuartas partes de la ciudad vieja sería bombardeada y destruida por las llamas pocos años después, y que volvería a alzarse con una geometría de bloques de hormigón cuya altura sería de vértigo.

¡La primera visión del Danubio! Una panorámica impresionante. El Volga es el único río europeo que le supera en longitud. Si uno de los grajos que se agitaban entre los ornamentos en forma de hojas y flores por debajo de donde me hallaba hubiera volado a mi próximo punto de encuentro con el río, habría aterrizado a trescientos kilómetros al este de aquella torre. Las ráfagas de viento silbaban más fuerte a través de la piedra perforada de la aguja y las nubes avanzaban con rapidez.

La nave desierta, a la que tan solo iluminaba la luz maravillosa que se filtraba a través de los vitrales de intensas tonalidades, se hallaba en la penumbra por contraste. Un organista estaba absorto en sus improvisaciones, tocaba los registros y producía unos sonidos retumbantes en su alto nido iluminado por una lámpara, bajo una serie de gigantescas zampoñas. Las columnas arracimadas, que parecían esbeltas en un lugar tan enorme, dividían la nave en cinco pasillos y se alzaban hasta una red de aristas de encuentro, nervaduras y nervios secundarios, que una ligera contracción arquitectónica habría convertido en tracería decorativa de bóveda de abanico. Pero eran las sillas del coro lo que le hacía a uno detenerse. Un audaz arranque humanista tridimensional se había plasmado en los florones de las sillas de coro, que representaban torsos en tamaño natural, en madera oscura, de las sibilas, es decir, unas damas con cofias, tocas y mangas acuchilladas, tocadas con sombreros picudos como el de la duquesa de Alicia en el País de las Maravillas. Estiraban los cuellos, anhelantes, mirando a través del presbiterio hacia Platón y Aristóteles y una academia de filósofos paganos que les respondían, vestidos como burgomaestres y encabezados por un Tolomeo con aspecto de burgrave que sostenía un astrolabio de madera. El hexágono abovedado bajo la aguja se utilizaba como capilla conmemorativa. Los colores en seda y con guirnalda de laurel de los regimientos de Württemberg y Baden de 1914 a 1918 pendían allí en hileras: unos estandartes con cruces negras sobre fondo blanco. Las distinciones en combate inscritas en oro sobre las cintas ondulantes (el Somme, Vimy, Verdún y Passchendaele) eran muy familiares.

La luz de los vitrales coloreados desapareció como fuegos extinguidos. Las nubes habían vuelto a cernerse y el cielo presagiaba nieve.

En aquellos días frecuentaba catedrales. Tan solo unas pocas horas antes había visitado otra, y en uno de los cruceros comí pan con queso y una cebolla. El día de marcha había sido una repetición del anterior: había cruzado el puente sobre el Danubio; unas nubes de mal aspecto me perseguían con intenciones inquietantes, hasta que se abrieron y el viento del este, que volvía a difuminarlo todo con un torbellino de copos de nieve, prácticamente me impidió avanzar. Entonces un benefactor acudió en mi ayuda y, a última hora de la mañana, me dejó en Augsburgo, adonde no había esperado llegar, en el mejor de los casos, hasta después de que hubiera oscurecido.

En aquella sillería del coro de Augsburgo se desenfrenaban unas tallas exentas, muy pulimentadas, que representan escenas bíblicas con derramamiento de sangre. En cuanto a realismo e inmediatez, dejaban muy atrás a las tallas de Ulm. En la primera, Jael, con mangas colgantes y un sombrero de margrave, empuñaba un martillo y clavaba una escarpia de hierro entre los rizos de la dormida Sisera. Judit, vestida igualmente a la lujosa moda de los Plantagenet, sostenía la cabeza cortada de Holofernes mientras con la otra mano le hundía una espada en la espalda. Caín, con un hacha en vez de la tradicional quijada de burro, abría la cabeza de Abel, y David, agachado sobre un Goliat con armadura de acero, casi le había cortado la cabeza. Estos dúos de madera solo eran ligeramente grotescos. Flamencos y borgoñones compiten con los alemanes en la talla de madera, pero no pueden alcanzar ese realismo contundente. En sepulcros y lápidas, los príncipes-obispos y los landgraves mitrados que en el pasado rigieron aquella belicosa sede superaban en número a las figuras de legos de alta cuna, hombres de rostros anchos y duros con armadura completa y el cabello cortado en flequillo. Algunos vestían cota de mallas y otros casulla; y las manos de piedra unidas en oración estaban enfundadas en guanteletes o llevaban guantes episcopales con gemas en forma de rombos para señalar los lugares de los estigmas. Tonsurados y sobre almohadas o con el cabello muy corto en forma de casco, los rostros rectangulares mostraban similares frunces que daban una impresión de dominio, y lanzas y báculos eran intercambiables a sus costados. Bajo un prelado con pesados ornamentos pontificales yacía una efigie de su esqueleto cuando los gusanos habían terminado con él. Más adelante, de una mandíbula colgante bajo la mejilla hundida y las cuencas oculares de un fanático aquilino, era casi audible el estertor agónico.

Severos recordatorios. Pero, a modo de compensación, cuatro escenas cautivadoras de la vida de la Virgen pendían detrás de unos altares laterales. HANS HOLBEIN, decía la placa de latón, pero por la indumentaria y la ambientación eran más propios de Memling, de fecha muy anterior a la de la realeza, los embajadores y magnates que todos conocemos. Resultó que eran del padre y tocayo del Holbein más conocido, patriarca de toda una dinastía de pintores de Augsburgo.

Debo resistir la tentación de extenderme sobre la fascinante ciudad, su abundancia de edificios magníficos, la fachada decorada con frescos de la casa Fugger, los pozos con un dosel de hierro forjado. Mientras masticaba, perseguía una presa más general: nada menos que el ambiente y el carácter globales de las ciudades prebarrocas alemanas. Hemos visto varias de ellas, y habrá más. Una teoría estaba tomando forma, y algunas torpes notas de afinamiento han sonado en páginas precedentes. Creo, pues, que estoy en condiciones de exponerla de una vez.

Las características a las que me refiero, aunque desde luego desconocía los detalles, se extienden más allá de la Alemania meridional: avanzan por el Danubio, cruzan Austria y penetran en Bohemia, por las montañas del Tirol hasta el borde de Lombardía y a través de los Alpes suizos, por el Rin superior, hasta llegar a Alsacia; y el verdadero secreto de la arquitectura de esas ciudades consiste en que su estructura es medieval y renacentista (o la interpretación teutónica del Renacimiento) solo en detalle. Una gran ola se formó en Lombardía y el Véneto, ascendió, adquirió velocidad y, finalmente, se precipitó hacia el norte, rebasó los puertos de montaña y bajó a la planicie para romper sobre la masa medieval alemana con grandes abanicos de rocío desintegrador. Las curvas como hendiduras del violín empezaron a complicar y suavizar los zigzags de los gabletes y, desde aquella abundancia creciente de salientes escalonados, no tardaron en emerger ornamentados florones y trabajados obeliscos. Desde el ángulo estructural, las nuevas arcadas eran todavía claustros medievales, pero los detalles que proliferaban en ellas las convertían en primorosos pórticos que ofrecían cobijo a un laicado próspero. Los tejados medievales, como los de un establo, se mantuvieron, pero, desde la arcada hasta los aleros, unos miradores saledizos se alzaron en hileras de parteluces y vidrio con motivos heráldicos tan ornados como popas de galeones. Incluso sobresalían en polígonos de forma espiral y cilindros en las esquinas de las calles, su extravagancia ayudada por las marañas de piedra y madera talladas. La misma tendencia exuberante se manifestaba por doquier…

¡Había buscado torpemente un símbolo que pudiera describir con acierto esa idiosincrasia, y de repente lo había encontrado! En el piso de las muchachas en Stuttgart, cuando pasaba las páginas de un libro ilustrado de historia alemana, me detuve ante una lámina en color con tres personajes imponentes. El pie de la ilustración decía: «Lansquenetes en la época del emperador Maximiliano I». Eran tres gigantes rubios. Lucían unos mostachos exuberantes sobre el resalto de las barbas pobladas. Llevaban los sombreros flexibles con una inclinación garbosa y, bajo las plumas de avestruz, las alas segmentadas se extendían tan incongruentes como los pétalos de una vincapervinca. Dos de ellos sostenían picas de hojas trabajadas con esmero, y el tercero iba armado de un mosquete; sus manos en las empuñaduras de las espadas anchas alzaban las vainas a sus espaldas. Los jubones acuchillados aumentaban la anchura de sus hombros y las mangas acolchadas les hinchaban los brazos como zepelines, pero encima de todo ello unas cintas anchas les cubrían los torsos en diagonal, atadas en el otro lado con una hilera de lazos poco apretados, y unas cintas brillantes ondeaban fijadas a sus brazos ya voluminosos con unas espirales igualmente contradictorias, escarlata, bermellón, naranja, amarillo canario, azul de Prusia, verde hierba, violeta y ocre. Desde las nalgas y el alzapón hasta la rodilla, las piernas presentaban una abundancia similar de cintas y, con astuta asimetría, las brillantes cintas estaban dispuestas con un sesgo distinto en cada pierna. Al entrecruzarse formaban jaulas de color, como mayos a punto de desplegarse. Las medias, rayadas y abigarradas, terminaban sumidas en unos zapatos anchos, acuchillados en las puntas, en forma de pico de pato, rayados y abigarrados. Un soldado, con peto sobre sus galas, había prescindido de todas las cintas por debajo de la entrepierna, y se adornaba las piernas con hileras de orlas hasta mediada la pantorrilla, unas trencillas de extremo cuadrado que brotaban como los anillos umbelíferos de follaje de esas plantas de marisma llamadas cola de caballo.

Eran las suyas unas prendas fanfarronas, exuberantes y ridículas, pero sus portadores no tenían nada de fatuos: bajo el aleteo de aquel deslumbrante muestrario de mercería, eran severos soldados teutones, aún medievales. Todas aquellas aberturas, que se enganchaban continuamente, eran un elemento teutón. Comenzaron a fines del siglo XV, cuando cortaron leguas de seda robada para remendar los andrajos de algunos mercenarios afortunados: estos perdieron los estribos entre las balas de tela, y entonces, fuera de sí, empezaron a sacar la tela blanca a través de las aberturas y a inflarla. Una vez lanzada, la moda se extendió a las cortes de los Valois, Tudor y Estuardos, y tuvieron finalmente su máxima floración en el campo del Paño de Oro.[15] Pero los lansquenetes eran objeto de temor. Juraban y se abrían paso a mandobles a través de todas las guerras religiosas y dinásticas del imperio, y, mientras ellos manejaban sus picas, se estaban levantando edificios. En 1519, cuando Carlos V sucedió a Maximiliano, el esplendor meridiano de los lansquenetes coincidió con una generación gloriosa como el Sacro Imperio Romano no había visto desde Carlomagno y jamás volvería a ver. Por medio de la herencia, la conquista, el matrimonio y el descubrimiento, el imperio de Carlos llegó al norte, a los asentamientos de los caballeros teutónicos en el Báltico, al viejo mundo hanseático y a los Países Bajos. Se extendía por el sur hasta incluir el ducado de Milán y engullía los puestos de avanzada que eran los reinos de Nápoles y Sicilia; avanzaba con Turquía por el Danubio medio y se extendía a la Borgoña occidental, y entonces, prescindiendo de Francia, cuyo rey, sin embargo, era prisionero del emperador en Madrid, saltaba el Atlántico desde los Pirineos hasta la costa del Perú en el Pacífico.

¡Una vez me hice con la fórmula de los lansquenetes (solidez medieval adornada con una jungla de detalles renacentistas inorgánicos) ya no hubo manera de detenerme! Adondequiera que dirigiese la mirada, allí estaba: no solo en gabletes, pozos, miradores y arcadas, no solo en los gigantes del bosque pintados al temple que luchaban sobre quince metros de fachada, sino en todo. En la heráldica, elemento constante en todas las ciudades alemanas, era omnipresente. Los escudos de armas incrustados en las paredes de la Alemania meridional eran antes tan sencillos como planchas puestas del revés con cestos invertidos encima: gracias a la nueva fórmula, cada escudo florecía en la mitad inferior de un violonchelo horizontal dividido en dos partes, con vistosas hendiduras para una lanza ladeada, bajo un despliegue repetido veinte veces de cascos con rejilla y un penacho de hojas de fresa, cada yelmo más abultado en la parte superior por los cuernos, las alas o las plumas de avestruz o pavo real, y todos ellos rodeados por un follaje tan tortuoso y agitado como hojas espatuladas en un torbellino. Las alas de las águilas se abrían y mostraban la doble serie de negras plumas, las colas se bifurcaban en múltiples espiguillas, las lenguas surgían de picos y entre colmillos como llamas; en los blasones aparecían nervaduras, estrías, abocinamientos y arabescos embutidos. Todo tenía una suave ondulación. ¿Era el principio de los lansquenetes extendido a la tipografía, que contorsionaba las letras mayúsculas, hacía que los trazos terminales pirueteasen alrededor del texto de letras góticas posgutenbergianas, aquellos floreos negros temerarios, refluentes, interminables, como cintas a las que un mago mantiene en movimiento en las puntas de unas varitas? Tipografía, ex libris, portadas, títulos, grabados en madera, láminas… Durero, encastillado en la Núremberg medieval a su regreso de la Venecia renacentista, lo estimuló. El perfil duro del arte alemán, el amor a la complejidad… ¿Y Holbein? (Cranach no. Por la mañana había examinado sus cuadros en el museo.) Inspirándose, tal vez de una manera inconsciente, en aquellos soldados, albañiles, herreros y ebanistas deben de haber conspirado; cuanto podía bifurcarse, ramificarse, serpentear, ondear, plegarse o abrirse paso a través de sí mismo, entró de repente en acción. Relojes, llaves, goznes, cenefas de puertas, empuñaduras y guardamontes… ¡suave movimiento centrífugo y retroceso! El principio sigue activo.

Hemos inventado una edad dorada medio falsa que nos abriga cuando comemos y bebemos lejos de casa. A juzgar por las tabernas, eso está representado en Inglaterra por el reinado de Isabel, seguido de cerca por la Regencia. El territorio gastronómico soñado de Francia es el Telémaco de Rabelais y el mundo de la cazuela de pollo de Enrique IV; y el paraíso perdido de la Alemania meridional cubre aproximadamente la misma época, un tiempo que en realidad es el de los lansquenetes. Sus ejércitos emprendían marchas y contramarchas, pero aquel no era solamente un tiempo de triunfo militar y territorial. Se oía el estimulante repiqueteo de la Reforma. La Contrarreforma hacía ejercicios de calentamiento para volver por sus fueros. Lutero tronaba contra la Iglesia de Roma, Erasmo, Reuchlin, Melanchthon y Paracelso se encorvaban ante sus escritorios; los pintores más grandes de Alemania estaban atareados en sus estudios; circulaban los libros y las ideas. Entonces estalló la Guerra de los Treinta Años y los años amortiguadores se convirtieron en décadas, todas las construcciones cesaron y artistas y escritores volvieron a eclipsarse. Pronto el imperio se sumiría en la senectud entre las cenizas. La época gloriosa de los lansquenetes había terminado. El penúltimo resplandor de María Teresa fue solo un alivio temporal, y las perversas y cerebrales maravillas del barroco, que florecieron entre los príncipes como una primavera en otoño, se desvanecieron demasiado pronto. (La muerte llegó con la revolución, y la única esperanza de restauración del mundo teutónico se hallaba muy lejos, al norte: era la estrella ascendente de la Marca de Brandenburgo. Pero los alemanes meridionales y los austríacos nunca se interesaron por Prusia.) No es de extrañar por ello que los reinados de Maximiliano y Carlos V siguieran siendo el mundo de ensueño de los países de habla alemana. (No el Valhala ni Asgard, que siempre les hacían descarrilar.) Bodegas, tabernas, cervecerías, cafés… centenares de locales auténticos seguían intactos, y los nuevos los imitaban automáticamente. Así pues, no es el ballestero vomitador de tiempos pasados quien frecuenta tales locales, y todavía menos el borrachín introspectivo tras la Guerra de los Treinta Años. Ese personaje con peluca empolvada y recogida en la nuca aguardaba de mal talante que las pastorales pintorescas se cohesionaran entre los zarcillos de yeso en los techos y a que los cuartetos de cuerda empezaran a afinar.

No. Es el bebedor barbudo con su atuendo de arlequín, reclutado en Suabia, quien se enrosca las guías del bigote y pide a gritos otra botella. Es el epítome ambulante, y su influencia se nota por doquier, en los globos de color ahusados que forman los pies de las copas de vino, en las etiquetas de las botellas verde y ámbar, en los letreros metálicos colgantes que chirrían en montantes de hierro forjado; en el despliegue de ménsulas talladas y el embrollo férreo de las barandillas, en los pliegues de los artesonados y los floreos caligráficos de los lemas murales, en el denso tumulto báquico de la hiedra de madera labrada que se entrelaza con los pámpanos, las hojas y los racimos. Está presente en la perforación de los respaldos de los bancos, en los tirantes de las mesas y en la madera y el encofrado de yeso de los techos; las hileras de remates, los goznes y las asas de las jarras de cerveza de loza, las adujas de plomo que unen el panal de cristales circulares de las ventanas, las baldosas de las estufas saqueadas en el Flandes español, las mismas tapas de las cazoletas de las pipas de porcelana… todo es suyo. Es el detalle corroborador del mundo de ensueño.

Y, durante algún tiempo, también fue un mundo de ensueño para mí. Me sentía cómodo entre esos obstáculos, con serrín bajo los pies y oculto en una nube de humo de cigarro barato, mientras vertía tales ideas en mi diario. ¡La piedra de toque lansquenete! (Supongo que es una noticia añeja, como casi siempre lo son tales descubrimientos.) Pero en el crucero de la catedral la idea se formó de súbito en mi mente, detonó en mi cabeza y salió disparada hasta el triforio, como un signo de interrogación gigantesco en una tira cómica.