UN ANTROPÓLOGO EN MARTE

Era julio, y yo acababa de regresar a casa tras pasar unos días con Stephen Wiltshire. Había ido en coche hasta Massachusetts para visitar a otro artista autista, Jessy Park (cuya madre la describe en una hermosa e inteligente narración personal, «El asedio»), y había visto sus dibujos intensamente coloreados y salpicados de estrellas (muy distintos de los de Stephen), y parte de su mundo mágico y laberíntico de correlaciones (entre números, colores, ética y fenómenos atmosféricos). Había efectuado visitas rápidas a varias escuelas para niños autistas y había pasado una semana extraordinaria en Camp Winston, un campamento para niños autistas en Ontario. Allí trabajaba como ayudante un amigo mío, Shane, que padece el síndrome de Tourette, quien, con sus embestidas y toques, sus extensiones de brazo y golpes con la cabeza, su enorme vitalidad e impulsividad, parecía capaz de penetrar la corteza de los niños más profundamente autistas de una manera que al resto de nosotros nos está vedada. Desviándome hacia el este, había visitado a toda una familia autista de California: el padre y la madre, extraordinariamente dotados, y sus dos hijos; los cuatro eran aficionados (para relajarse de los asuntos serios de la vida) a saltar en una cama elástica, aletear con las manos y gritar. Y ahora, por fin, iba camino de Fort Collins, Colorado, para ver a Temple Grandin, una de los autistas más extraordinarias: a pesar de su autismo, es licenciada en zoología, enseña en la Colorado State University y lleva su propio negocio.

El autismo fue descrito casi simultáneamente por Leo Kanner y Hans Asperger en la década de los cuarenta, aunque Kanner parecía verlo como un desastre tremendo, mientras que Asperger le encontraba ciertos rasgos positivos o compensatorios: una «particular originalidad de pensamiento y experiencia que bien podría conducir a logros excepcionales en fases posteriores de la vida».

Ya en esos primeros testimonios queda claro que en el autismo existe una amplia variedad de síntomas y fenómenos, y aún pueden añadirse muchos más a los que Kanner y Asperger enumeraron. La mayoría de los niños descritos por Kanner son retrasados, a menudo mucho; un porcentaje importante sufre ataques epilépticos y puede presentar «leves» síntomas neurológicos: toda una gama de movimientos repetitivos y automáticos, como espasmos, tics, balanceo, rotación, jugar con los dedos o dar palmadas; problemas de coordinación y equilibrio; extrañas dificultades, a veces, al iniciar los movimientos, parecidas a las que se observan en pacientes con la enfermedad de Parkinson. También puede haber, de manera muy prominente, una gran variedad de respuestas sensoriales anormales (y a menudo «paradójicas»), en las que algunas sensaciones se agudizan y se vuelven casi intolerables, mientras que otras (entre las que puede incluirse la percepción del dolor) se amortiguan o parecen desaparecer. Caso de que se desarrolle el lenguaje, éste puede sufrir extraños y complejos trastornos: tendencia a la verbosidad, cháchara hueca, y un discurso estereotipado y lleno de frases hechas; la psicóloga Doris Allen describe este aspecto del autismo como un «déficit semántico-pragmático». Por contra, los niños descritos por Asperger a menudo son de una inteligencia normal (y a veces muy superior), y generalmente tienen muy pocos problemas neurológicos.

Kanner y Asperger enfocaron el autismo clínicamente, y nos proporcionaron descripciones tan completas y exactas que incluso ahora, cincuenta años más tarde, apenas pueden mejorarse. Pero hubo que esperar a la década de los setenta para que Beate Hermelin, Neil O’Connor y sus colegas de Londres, formados en la nueva disciplina de la psicología cognitiva, se centraran en la estructura mental del autismo de una manera más sistemática. Su trabajo (y el de Loma Wing, en concreto) sugiere que en todos los individuos autistas hay un problema central, una coherente tríada de deterioros: deterioro de la interacción social con los demás, deterioro de la comunicación verbal y no verbal y deterioro de la actividad lúdica e imaginativa. La aparición de estos tres factores, opinan, no es fortuita; son todos expresión de un único y fundamental trastorno en el desarrollo. Sugieren que los autistas no poseen verdadera noción de las mentes de los demás ni sensibilidad hacia ellas, y a veces incluso ni siquiera hacia la suya propia; en la jerga de la psicología cognitiva, no tienen ninguna «teoría de la mente». Sin embargo, ésta es sólo una hipótesis entre otras muchas; ninguna teoría, hasta hoy, ha conseguido abarcar toda la gama de fenómenos que se observan en el autismo. Kanner y Asperger, en la década de los setenta, todavía reflexionaban sobre los síndromes que habían esbozado más de treinta años antes, y los estudiosos más destacados de hoy en día se han pasado veinte años meditando sobre ello. El autismo es un tema que roza las cuestiones más profundas de la ontología, pues comporta un desvío radical en el desarrollo del cerebro y la mente. Cada vez sabemos más del autismo, aunque avancemos con una lentitud exasperante. La comprensión definitiva del autismo puede que exija avances técnicos y conceptuales que superan cualquier cosa que podamos soñar.

La imagen del «autismo clásico infantil» es desalentadora. Casi todas las personas (y de hecho casi todos los médicos), si se les pregunta por el autismo, conciben la imagen de un niño profundamente discapacitado, con movimientos estereotipados, que quizá da golpes con la cabeza, se expresa con un lenguaje rudimentario y es casi inaccesible: una criatura a la que le aguarda muy poco futuro.

De hecho, y extrañamente, casi todo el mundo habla siempre de niños autistas, y nunca de adultos autistas, como si al dejar de ser niños se desvanecieran de la faz de la tierra. Pero aunque puede que, ciertamente, la imagen a los tres años sea terrible, algunos jóvenes autistas, contrariamente a lo esperado, pueden alcanzar un desarrollo aceptable en el lenguaje, módico en sus relaciones sociales, e incluso elevado en el aspecto intelectual; pueden convertirse en seres humanos autónomos, capaces de llevar una vida al menos aparentemente plena y normal, aun cuando, detrás de todo ello, persista una permanente e incluso profunda singularidad autista. Asperger tenía una idea más clara que Kanner en cuanto a esta posibilidad; de ahí que ahora, al hablar de autistas «altamente funcionales», digamos que padecen el síndrome de Asperger. La diferencia fundamental quizá es ésta: quienes sufren el síndrome de Asperger pueden hablamos de sus experiencias, de sus sentimientos y su estado interior, mientras que los que padecen el autismo clásico no pueden. En el autismo clásico no hay ventanas, y sólo podemos inferir. En el síndrome de Asperger hay conciencia de uno mismo y al menos cierta capacidad de introspección y comunicación.

Si el síndrome de Asperger es radicalmente distinto del autismo clásico infantil (en un niño de tres años, todas las formas de autismo pueden parecer la misma) o si es un eslabón más de esa cadena que va de los casos más graves de autismo infantil (acompañado, quizá, de retraso y diversos problemas neurológicos) hasta los de autistas más dotados, individuos «altamente funcionales», es una cuestión controvertida. (Isabelle Rapin, una neuróloga especializada en el autismo, remarca que ambos estados pueden ser distintos a nivel biológico, aunque sean a veces parecidos en el campo del comportamiento.)

La causa del autismo también ha sido controvertida. Su incidencia es de uno entre mil, y ocurre en todo el mundo, con unos rasgos extraordinariamente constantes incluso en culturas enormemente distintas. A menudo no se reconoce en el primer año de vida, pero suele ser obvio en el segundo o tercero. Aunque Aspergen lo consideraba un trastorno congénito del contacto afectivo —innato, intrínseco, análogo a un defecto físico o intelectual—, Kanner lo veía más bien como un trastorno psicogénico, un reflejo de malos cuidados por parte de los padres, y muy especialmente de una madre gélidamente distante, a menudo entregada a su vida profesional: la «madre frigorífico». En esta fase, el autismo se consideraba a menudo de naturaleza «defensiva», o se confundía con la esquizofrenia infantil. Ello hizo que toda una generación de padres —y en concreto de madres— se sintiera culpable del autismo de sus hijos. Sólo en la década de los sesenta esta tendencia comenzó a invertirse, y la naturaleza orgánica del autismo fue totalmente aceptada. (El texto de Bernard Rimland Infantile Autism, publicado en 1964, desempeñó en esto un importante papel.)

Nadie pone en duda ya que la predisposición al autismo es biológica, ni la evidencia cada vez más aceptada de que, en algunos casos, es genético. Es mucho más común en los varones. La forma genética puede asociarse, en el individuo o la familia afectados, con otros trastornos genéticos, tales como la dislexia, el trastorno de déficit de atención, el trastorno obsesivo-compulsivo o el síndrome de Tourette. Pero el autismo también puede ser adquirido. Esto se descubrió en la década de los sesenta, con la epidemia de rubeola, cuando un gran número de bebés expuestos a la enfermedad antes de nacer desarrollaron autismo. No está claro si estas formas de autismo denominadas regresivas —con, en ocasiones, abruptas pérdidas de lenguaje y de comportamiento social en niños de dos a cuatro años que anteriormente se habían desarrollado con relativa normalidad— tienen una causa genética o ambiental. El autismo puede ser consecuencia de problemas metabólicos (tales como la fenilcetonuria) o mecánicos (como la hidrocefalia).[107] El autismo, o los síndromes parecidos al autismo, pueden desarrollarse incluso en la vida adulta, especialmente tras ciertas formas de encefalitis, aunque no es frecuente. (Algunos de mis pacientes de Despertares, creo, también presentaban elementos de autismo.)

Y, sin embargo, los padres de un niño autista, que se encuentran con que su hijo retrocede ante ellos, se vuelve distante, inaccesible, insensible, todavía pueden sentir la tentación de echarse la culpa. Pueden embarcarse en una lucha para relacionarse y amar a un niño que, aparentemente, no corresponde a su amor. Puede que hagan esfuerzos sobrehumanos por llegar a comunicarse con él, por aferrarse a un niño que habita un mundo ajeno e inimaginable; y no obstante todos sus esfuerzos pueden parecer vanos.

La historia del autismo, de hecho, ha sido una búsqueda desesperada de diversos tipos de «conquistas». El padre de un muchacho autista me lo expresó con cierta amargura: «Cada cuatro años aparecen con un nuevo “milagro”: primero fueron las dietas por eliminación, luego el magnesio y la vitamina B6, más tarde la sujeción forzada, el condicionamiento operante y la modificación del comportamiento, y ahora todo este entusiasmo por la desensibilización auditiva y la comunicación facilitada». Este muchacho, a los doce años, todavía estaba irremediablemente mudo y ausente, y su estado desafiaba todas las formas de terapia intentadas, de ahí el pesimismo de su padre y su condena general. Las reacciones parecen ser en extremo variadas: algunos individuos pueden responder espectacularmente a algunos de estos métodos, mientras que en otros prácticamente no hay respuesta.[108]

No hay dos autistas iguales; su peculiar estilo o expresión es diferente en cada caso. Además, puede existir una interacción más intrincada (y potencialmente creativa) entre los rasgos autistas y las demás cualidades del individuo. Así, mientras una rápida ojeada puede bastar para el diagnóstico clínico, si deseamos comprender al autista como individuo precisamos ni más ni menos que una biografía total.

Mi primera experiencia con los autistas tuvo lugar en el sórdido pabellón de un hospital estatal a mediados de los sesenta. Muchos de aquellos pacientes, quizá una mayoría, eran también retrasados; muchos tenían ataques epilépticos; otros mostraban un comportamiento violento contra sí mismos, como dar golpes con la cabeza; muchos otros tenían problemas neurológicos. Los pacientes en peor estado, además de su autismo, mostraban múltiples discapacidades (y varios estaban traumatizados por los malos tratos). Y sin embargo, incluso dentro de esta población, había a veces «islas de talento», un talento esporádicamente espectacular, que brillaba a través de la devastación, precisamente tal como Kanner y Asperger habían descrito: por ejemplo, extraordinarias capacidades gráficas o numéricas. Eran estos talentos especiales, aparentemente aislados del resto de la mente y la personalidad, y mantenidos mediante una fijación o motivación apasionada e intensamente concentrada —estos síndromes de savants—, los que llamaron mi especial atención y estudié y exploré más profundamente en esa época. Incluso entre la población de los aparentemente desesperados había algunos que respondían a la atención individual. Un joven paciente no verbal respondía a la música y a la danza; otro, después de algunas semanas, comenzó a jugar al billar americano conmigo, y más tarde, en el jardín botánico, dijo sus primeras palabras: «diente de león». A muchos de estos pacientes, nacidos en los años cuarenta y cincuenta, ni siquiera se les había diagnosticado autismo de pequeños, sino que los habían agrupado indiscriminadamente con los retrasados y los psicóticos para almacenarlos en mastodónticas instituciones desde su tierna infancia. Asi es como, probablemente, los autistas más graves han sido tratados durante siglos. Sólo en las dos últimas décadas la imagen de tales muchachos ha cambiado decisivamente: médicos y educadores han adquirido una conciencia cada vez mayor de sus problemas y potenciales específicos y se ha estudiado la introducción de escuelas especiales y campamentos para niños autistas.[109]

Cuando en agosto visité algunos de estos campamentos vi una gran variedad de niños, algunos inteligentes, otros levemente retrasados, algunos sociables, otros tímidos, cada uno con su propia personalidad. En una de estas escuelas, mientras me acercaba, vi algunos niños en el patio, columpiándose o jugando a la pelota. Qué normal, pensé… sólo que cuando me acerqué vi a un niño columpiándose obsesivamente en aterradores semicírculos, tan alto como le permitía el columpio; otro lanzándose la pelota monótonamente de una mano a la otra; otro dando vueltas sin parar en un tiovivo; otro que en lugar de utilizar los ladrillos para construir algo los alineaba infinitamente, en meticulosas y monótonas hileras. Todos estaban inmersos en actividades solitarias y repetitivas; ninguno jugaba realmente, ni tampoco jugaba con los demás. Algunos de los niños que había dentro, cuando no estaban en clase, se balanceaban adelante y atrás; algunos daban palmas o farfullaban de manera ininteligible. De vez en cuando, me dijo uno de los profesores, había niños que sufrían súbitos arrebatos de pánico o de rabia y gritaban o daban golpes incontrolablemente. Algunos repetían cualquier palabra que se les dijera. Había un niño que al parecer se sabía todo un programa de televisión de memoria y lo «reproducía» todo el día, con todas sus voces y gestos, incluidos los aplausos. En Camp Winston, a un niño de seis años bastante guapo le habían dado unas tijeras y estaba recortando diminutas «haches» de papel, de poco más de un centímetro cada una, todas ellas perfectas. Casi todos los niños parecían físicamente normales; lo extraño era lo distantes e inaccesibles que parecían.

Algunos, en la adolescencia, comenzaban a salir de ese estado: hablaban con fluidez, aprendían relaciones sociales (mucho más difíciles para esos niños que cualquier enseñanza académica), para crearse una faz social que poder presentar al mundo.

Sin una educación especial —educación que para muchos de ellos había comenzado en la guardería o en casa—, estos jóvenes autistas, a pesar de su inteligencia y del ambiente social de procedencia, podrían haber permanecido profundamente aislados y discapacitados. Muchos de ellos ciertamente habían aprendido a «funcionar» hasta cierto punto, a mostrar al menos una percepción externa o formal de las convenciones sociales, y sin embargo esa misma apariencia externa o formal de su comportamiento resultaba en sí misma desconcertante. Tuve esta sensación, sobre todo, en una escuela que visité donde los niños te tendían una rígida mano y decían en voz alta y sin modular: «Buenos días mi nombre es Peter… estoy muy bien gracias cómo está usted», sin puntuación ni entonación, sentimiento o tono, en una especie de letanía. ¿Alcanzaría alguna vez uno de ellos, me pregunté, verdadera autonomía? ¿Utilizarían sus automatismos sociales de una manera práctica, como un modo de funcionar en el mundo; y, por encima de todo esto, alcanzarían una auténtica vida interior, quizá profundamente distinta, una vida interior típicamente autista, conocida o revelada a unos pocos?

Uta Frith ha escrito en su libro Autism: Explaining the Enigma: «El autismo … no desaparece … Sin embargo, los autistas pueden, en cierto modo lo hacen, compensar su discapacidad hasta un grado extraordinario. [Pero] subsiste un déficit permanente … algo que no puede corregirse ni sustituirse.» También da a entender, como especulación, que puede haber un reverso a este «algo», una especie dé intensidad o pureza moral o intelectual, tan apartada de lo normal como para parecer noble, ridícula o temible al resto de nosotros. Se pregunta, en este sentido, por los iurodivyi [mendigos benditos] de la vieja Rusia, sobre el ingenuo hermano Junípero, uno de los primeros seguidores de San Francisco de Asís, y, de manera muy interesante, por Sherlock Holmes, con sus rarezas, sus peculiares fijaciones, su «pequeña monografía sobre las cenizas de 140 variedades de tabaco de pipa, cigarro y cigarrillo», y las extremas originalidades que se permite a la hora de solventar casos que la policía, de pensamiento más convencional, es inca— paz de resolver. El propio Asperger habló de la «inteligencia autista» y la consideró una especie de inteligencia apenas afectada por la tradición y la cultura: nada convencional, ni ortodoxa, extrañamente «pura» y original, parecida a la inteligencia de la verdadera creatividad.

La doctora Frith, cuando nos conocimos en Londres, desarrolló estos temas y dijo que debía visitar a una de las autistas más extraordinarias que conocía, que la viera trabajando y en su casa, que pasara tiempo con ella. «Vaya a ver a Temple», me dijo la doctora Frith cuando abandoné su despacho.

Naturalmente, yo había oído hablar de Temple Grandin —todo el que se haya interesado por el autismo ha oído hablar de ella— y había leído su autobiografía, Emergence: Labeled Autistic, cuando apareció, en 1986. La primera vez que leí el libro no pude evitar cierta suspicacia: en aquella época se suponía que la mente autista era incapaz de comprenderse a sí misma y a los demás, y por tanto tampoco podía realizar una auténtica introspección y retrospección. ¿Cómo podía una persona autista escribir una autobiografía? Parecía una contradicción. Cuando observé que el libro había sido escrito en colaboración con una periodista, me pregunté si parte de sus admirables e inesperadas cualidades —su coherencia, su sentimiento, su tono a menudo «normal»— podían deberse a ella. Se han seguido expresando suspicacias de ese tipo en relación con el libro de Grandin y con las autobiografías de autistas en general, pero cuando leí los documentos de Temple (y sus muchos artículos autobiográficos), encontré una coherencia y unos detalles, una franqueza, que me hicieron cambiar de opinión.[110]

Leyendo su autobiografía y sus artículos, se percibe lo extraña y lo distinta que era de niña, lo lejos que estaba de ser normal.[111] A los seis meses comenzó a ponerse rígida en los brazos de su madre, a los diez meses a arañarla «como un animal atrapado». El contacto normal era casi imposible en esas circunstancias. Temple describe su mundo como hecho de sensaciones agudizadas, a veces hasta un grado torturante (e inhibidas, a veces hasta casi la aniquilación): Temple habla de sus orejas, a la edad de dos o tres años, como de confusos micrófonos que le transmitían todo, fuera o no relevante, a todo volumen hasta agobiarla; y había la misma falta de modulación en todos los sentidos. Mostraba un intenso interés por los olores y un extraordinario sentido del olfato. Estaba sujeta a impulsos repentinos, y cuando éstos se frustraban le sobrevenía una violenta cólera. No comprendía ninguna de las reglas y códigos usuales de las relaciones humanas. Vivía, a veces furiosa, inconcebiblemente desorganizada, en un mundo de caos desbocado. A los tres años se volvió destructiva y violenta:

Los niños normales utilizan arcilla para modelar; yo utilizaba mis heces y a continuación esparcía mis creaciones por toda la habitación. Masticaba las piezas de los puzzles y escupía la pasta de cartón en el suelo. Tenía un temperamento violento, y cuando alguien frustraba mis deseos, lanzaba todo lo que tenía a mano: un jarrón de gran valor o las heces sobrantes. Gritaba continuamente…

Y sin embargo, como muchos niños autistas, pronto desarrolló un inmenso poder de concentración, una atención selectiva tan intensa que fue capaz de crear un mundo propio, un lugar de calma y orden en el caos y el tumulto: «Podía sentarme durante horas en la playa jugando con la arena entre los dedos e imaginando montañas en miniatura», escribe. «Cada grano de arena me intrigaba como si fuera un científico mirando a través de un microscopio. Otras veces escrutaba cada línea de mi dedo, siguiéndolas como si fueran una carretera en un mapa.» O daba vueltas sobre sí misma, o hacía girar una moneda, tan ensimismada que no veía ni oía nada más. «La gente que estaba a mi alrededor era transparente … Ni siquiera un sonido fuerte y repentino me sacaba de mi mundo.» (No está claro si esa atención hiperconcentrada —una atención tan restringida como intensa— es un fenómeno primario del autismo o si representa una reacción o una adaptación al bombardeo sensorial, inexorable e incontrolado a que están expuestos estos individuos. Una hiperconcentración similar puede darse a veces en el síndrome de Tourette.)

A los tres años llevaron a Temple a un neurólogo y le diagnosticaron autismo; se insinuó que probablemente debería pasar toda su vida en una institución. La ausencia total de habla a esa edad parecía especialmente ominosa.

¿Cómo es posible, tuve que preguntarme, que tras esa infancia casi ininteligible, con su caos, sus fijaciones, su inaccesibilidad, su violencia —ese estado feroz y desesperado que casi la había llevado a que la internaran a los tres años— hubiera llegado a ser la bióloga e ingeniera de éxito que yo iba a conocer?

Telefoneé a Temple desde el aeropuerto de Denver para volver a confirmar nuestro encuentro: pensé que quizá fuera una mujer rápida con respecto a las citas, de modo que la hora y el lugar debían fijarse lo más concretamente posible. Había una hora y cuarto en coche hasta Fort Collins, dijo Temple, y me proporcionó detalladas indicaciones de cómo llegar a su despacho de la Colorado State University, donde era profesora adjunta en el Departamento de Zoología. En cierto momento se me pasó un detalle, y le pedí a Temple que me lo repitiera, y me sorprendió que repitiera toda la letanía de indicaciones —de varios minutos de duración— prácticamente con las mismas palabras. Parecía que tuviera que darme las indicaciones en una secuencia rápida, siguiendo un programa fijo, y que no pudieran separarse en sus componentes. Sin embargo, había que modificar una instrucción. Al principio me había dicho que debía girar a la derecha en College Street, en un cruce concreto señalado por el restaurante Taco Bell. En la segunda serie de indicaciones, Temple añadió un aparte, dijo que al Taco Bell le habían rehecho la fachada y lo habían encajado dentro de uña falsa casa de campo, y que ya no parecía en absoluto «bellish» [campanudo]. Me sorprendió el encantador y caprichoso adjetivo «bellish», pues a menudo se califica a los autistas de personas sin humor ni imaginación, y «bellish» era seguramente un hallazgo original, una imagen espontánea y deliciosa.

Recorrí el camino hasta el campus de la universidad y encontré el edificio del Departamento de Zoología, donde Temple me estaba esperando para recibirme. Es una mujer alta y robusta en la mitad de su cuarentena; llevaba vaqueros, una camisa de punto y botas camperas, su atuendo habitual. Su ropa, su aspecto, sus modales, eran sencillos, francos y directos; me produjo la impresión de una ganadera decidida y seria, indiferente a las convenciones sociales, las apariencias, la ceremonia, con una ausencia de afectación, una absoluta espontaneidad en sus modales y su mentalidad. Cuando levantó el brazo para saludarme, el brazo fue demasiado arriba, pareció quedar atrapado por un momento en una especie de espasmo o postura rígida: un atisbo, un eco, de los estereotipos que una vez había tenido. A continuación me dio un fuerte apretón de manos y me llevó a su despacho. (Sus andares me parecieron ligeramente torpes o desgarbados, como ocurre a menudo en el caso de adultos autistas. Temple lo atribuye a una simple ataxia asociada con un desarrollo defectuoso del sistema vestibular y de parte del cerebelo. Posteriormente le practiqué un breve examen neurológico, centrado en la función cerebelar y el equilibrio; encontré un poco de ataxia, pero insuficiente, pensé, para explicar sus extraños andares.)

Me hizo sentar con poca ceremonia, sin preliminares, sin convenciones, sin cháchara hueca acerca de mi viaje ni de si me había gustado Colorado. Su despacho, abarrotado de papeles, de trabajo hecho y por hacer, podría haber sido el de cualquier profesor universitario, con las paredes tapizadas de fotografías de sus proyectos y figuras de animales que había recogido en sus viajes. Sin más preámbulos comenzó a hablar de su trabajo, de su precoz interés por la psicología y el comportamiento animal, de cómo se relacionaban con la autoobservación y con la idea de sus propias necesidades como persona autista, y de cómo eso se había unido a la parte de visualización e ingeniería de su mente para orientarla hacia el campo al que finalmente se había dedicado: a proyectar granjas, comederos, corrales, mataderos: sistemas de todo tipo para el manejo de animales.

Me entregó un libro que contenía algunos de los proyectos que había desarrollado a lo largo de los años —el libro se titulaba Comportamientos, manejo y proyección de instalaciones para el ganado vacuno— y yo admiré los complejos y hermosos proyectos que contenía, y la presentación lógica del libro, que comenzaba con diagramas del comportamiento del ganado vacuno, lanar y porcino, y a continuación mostraba proyectos de corrales, pasando a ranchos y comederos cada vez más complejos.

Hablaba bien y con claridad, pero con cierta rapidez y un ímpetu imparable. Una vez empezada una frase o un párrafo, tenía que acabarlos; nada quedaba implícito en el aire.

Plano concebido por Temple con rampa de acceso.

Yo me sentía un tanto agotado, hambriento y sediento —había viajado todo el día y no había almorzado—, y tenía la esperanza de que Temple se diera cuenta y me ofreciera un poco de café. No lo hizo, de modo que, después de una hora, casi desmayándome ante el bombardeo de su conversación incesante, y la necesidad de atender a varias cosas a la vez (no sólo a lo que estaba diciendo, que a menudo me resultaba complejo y ajeno, sino también a sus procesos mentales, al tipo de persona que era), finalmente le pedí un poco de café. No dijo «Lo siento, debería habérselo ofrecido antes», no hubo intermedio ni pausa social. Por contra, inmediatamente me llevó a una cafetera que estaba en secretaría, en el piso de arriba. Me presentó a las secretarias de una manera un tanto brusca, dándome la sensación de alguien que hubiera aprendido a grandes rasgos «cómo comportarse» en tales situaciones sin comprender muy bien cómo se sentían los demás, ni los matices y sutilezas sociales implícitos.

—Hora de cenar algo —anunció Temple de pronto tras haber pasado otra hora en su despacho—. En el Oeste cenamos pronto. —Fuimos a un restaurante cercano, de puertas de batiente y con pistolas y cuernos de ganado en las paredes —ya estaba abarrotado, tal como había dicho Temple, a las cinco de la tarde— y pedimos una comida clásica del Oeste: chuletas y cerveza. Comimos con apetito y hablamos de los aspectos técnicos del trabajo de Temple y de la manera en que ella concibe cada proyecto, cada problema, en su mente. Cuando salimos del restaurante le sugerí dar un paseo, y Temple me llevó a una pradera cerca de la cual discurría una vieja línea de ferrocarril. Refrescaba rápidamente —estábamos a mil quinientos metros de altura— y a la luz de la larga noche los mosquitos zurcían el aire y los grillos cantaban a nuestro alrededor. Encontré cola de caballo (una de mis plantas favoritas) en la zona fangosa donde habían estado los rieles, y eso me entusiasmó. Temple la miró, dijo: «Equisetum», pero no pareció emocionarse con ella, como había hecho yo.

En el avión a Denver yo había estado leyendo un texto extraordinario escrito por una niña normal de nueve años, | de enorme talento: un cuento de hadas que ella había inventado, con una maravillosa concepción mitológica, todo | un mundo de magia, animismo y cosmogonías. Y mientras caminábamos a través de las colas de caballo me pregunté cuál sería la cosmogonía de Temple. ¿Cómo respondería a los mitos, al teatro? ¿Hasta qué punto tenían sentido para ella? Dijo que había leído muchos mitos de pequeña, y que le venía a la mente el de Ícaro en particular: cómo había volado demasiado cerca del sol y cómo sus alas se habían derretido, muriendo tras caer en picado. «Entiendo los mitos de Némesis e Hibris», dijo. Pero los amoríos de los dioses, averigüé, la dejaban indiferente… y perpleja. Lo mismo le pasaba con las obras de Shakespeare. Romeo y Julieta, dijo, la desconcertaban («Jamás he entendido qué pretendían») y con Hamlet se perdía en las idas y venidas de la obra. Aunque ella achacaba esos problemas a «dificultades para establecer las secuencias», parecían surgir de su incapacidad para sentir empatía por los personajes, para seguir el intrincado juego de motivos e intenciones. Dijo que podía comprender las emociones «simples, fuertes y universales», pero que le confundían las emociones más complejas y los juegos que practica la gente. «Casi siempre», dijo, «me siento como un antropólogo en Marte.»

Se esforzaba por hacer que su vida fuera sencilla, dijo, y para que todo resultara claro y explícito. Había acumulado una inmensa biblioteca de experiencias a lo largo de los años, prosiguió. Era como una biblioteca de cintas de vídeo que podía reproducir en su mente y visionar en cualquier momento: una serie de documentos del modo de comportarse de la gente en distintas circunstancias. Los reproducía una y otra vez y aprendía, poco a poco, a relacionar lo que veía, a fin de poder predecir cómo actuaría la gente en circunstancias similares. Había complementado su experiencia leyendo constantemente, incluidas revistas de contenido general y el Wall Street Journal, todo lo cual incrementaba su conocimiento de la especie. «Se trata estrictamente de un proceso lógico», explicó.

Me contó que en una de las plantas que había proyectado se habían dado repetidas averías de la maquinaria, pero éstas ocurrían solamente cuando un hombre concreto, John, estaba en la sala. Ella «relacionaba» esos incidentes e infería que John debía de estar saboteando el equipo. «Tuve que aprender a ser suspicaz, y tuve que aprenderlo cognitivamente. Fui capaz de sumar dos y dos, pero era incapaz de ver en su cara la expresión de rencor.» Tales incidentes no han sido infrecuentes en su vida: «Hay gente a quien saca de quicio la idea de que yo, una persona autista y anormal, llegue de pronto y proyecte todo el equipo. Ellos quieren el equipamiento, eso sí, pero les molesta no poder construirlo ellos mientras que Tom —un colega ingeniero— y yo podemos hacerlo, y tenemos en la mente ordenadores de cientos de miles de dólares.» Su ingenuidad y credulidad han hecho que al principio Temple fuera objeto de todo tipo de bromas y abusos; este tipo de inocencia o candor, que no surge de la virtud moral, sino de la incapacidad para comprender la simulación y el fingimiento («los innobles mecanismos del mundo», en palabras de Traherne), es casi universal entre los autistas. Pero a lo largo de los años Temple ha aprendido, a su manera indirecta, o sea utilizando su «videoteca», algunos de los cauces por donde discurre este mundo. De hecho ha sido capaz de crear su propia hacienda y de trabajar como asesora freelance e ingeniera de instalaciones para animales en todo el mundo. Según un criterio estrictamente profesional, es una triunfadora, aunque es incapaz de «llegar» a otras interacciones humanas —las sociales y sexuales por ejemplo—, «Mi trabajo es mi vida», me dijo varias veces. «No hay mucho más.»

En su voz me pareció detectar dolor, renuncia, decisión y aceptación, todo junto, y éstos eran los sentimientos que resonaban en sus textos. En un artículo escribe:

Yo no encajo en la vida social de mi ciudad o de mi universidad. Casi todos mis contactos sociales son con gente del ramo de la ganadería o con gente interesada en el autismo. Paso casi todas las noches del viernes y el sábado escribiendo artículos y dibujando. Mis intereses son concretos, y mis lecturas recreativas consisten en su mayor parte en publicaciones científicas y ganaderas. Me interesan poco las novelas y sus complicadas relaciones interpersonales, pues soy incapaz de recordar la secuencias de los acontecimientos. Las detalladas descripciones de las nuevas tecnologías de la ciencia ficción o las descripciones de lugares exóticos son mucho más interesantes. Mi vida sería horrible si no tuviera el estímulo de mi carrera.

A primera hora de la mañana siguiente, un sábado, Temple me recogió en el resistente cuatro por cuatro que conduce por todo el Oeste para visitar granjas, ranchos, corrales y plantas de producción de carne. Mientras nos encaminábamos a su casa, la interrogué por el trabajo que había hecho para su doctorado: su tesis trataba sobre el efecto un ambiente más o menos rico en el desarrollo de los cerebros de los cerdos. Me habló de las grandes diferencias que se creaban entre los dos grupos: los sociables y encantadores que se criaban en un ambiente «enriquecido», los hiperexcitables y agresivos (y casi «autistas») que eran por contraste los que se criaban en un ambiente «empobrecido», (Se preguntaba si el empobrecimiento de la experiencia, no sería un factor concomitante en la ilustración del autismo humano.) «Llegué a amar a mis cerdos sociables», dijo. «Les tenía mucho apego. Tanto que me sentía incapaz de matarlos.» Los animales tenían que ser sacrificados al final del experimento para así examinar sus cerebros. Me contó que los cerdos confiaban tanto en ella que le permitieron guiarlos en su último paseo, y que ella los calmó, acariciándolos y hablando con ellos mientras los mataban. Aquellas muertes le dolieron mucho: «Lloré, lloré mucho.»

No bien acabó el relato llegamos a su casa: una casa pequeña de dos plantas, a cierta distancia del campus. El piso de abajo era confortable, con las comodidades usuales —sofá, televisión, cuadros en las paredes—, pero tuve la sensación de que rara vez se utilizaba. Había una inmensa foto color sepia de la granja de su padre en Grandin, Dakota del Norte, tomada en 1880; su otro abuelo, me dijo, había inventado el piloto automático para los aviones. Ella cree que debe su talento en el campo de la agricultura y la ingeniería a esos dos progenitores. En el piso de arriba estaba su estudio, con su máquina de escribir (pero nada de ordenador), absolutamente abarrotado de manuscritos y libros: libros por todas partes, derramándose desde el estudio a cada habitación de la casa. (Mi propia casa fue descrita en una ocasión como «una máquina para trabajar», y yo me formé una impresión un tanto parecida de la de Temple.) En una pared había una gran piel de vaca con una inmensa colección de distintivos y chapas de identidad, de los cientos de congresos en que había participado. Me divirtió ver, una al lado de la otra, una identificación del Instituto Americano de la Carne y otra de la Asociación Americana de Psiquiatría. Temple ha publicado más de cien ensayos, que podemos dividir entre los que tratan del comportamiento animal y control de instalaciones y los que se refieren al tema del autismo. La íntima mezcla de ambos temas quedaba simbolizada por aquellas dos chapas colocadas una al lado de la otra.

Finalmente, sin timidez ni azoro (emociones que desconocía), Temple me enseñó su dormitorio, una austera habitación de paredes blancas con una cama individual, junto a la cual se hallaba un objeto muy grande y de extraño aspecto.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Mi máquina de estrujar —replicó Temple—. Algunas personas la llaman mi máquina de abrazar.

El dispositivo tenía dos lados de madera pesados y oblicuos, quizá de metro por metro veinte, agradablemente forrados de un acolchado grueso y suave. Unos goznes los unían a un tablero inferior largo y estrecho para crear una artesa del tamaño del cuerpo y en forma de V. Había una compleja caja de control a un lado, con tubos para grandes cargas conectados a otro dispositivo, en un armario. Temple también me lo enseñó.

—Es un compresor industrial —dijo—, de los que se utilizan para hinchar neumáticos.

—¿Y qué hace?

—Ejerce una fírme pero cómoda presión en el cuerpo, de los hombros a las rodillas —dijo Temple—. Puede ser una presión constante, variable o pulsátil, como se desee —añadió—. Hay que entrar a cuatro patas (le enseñaré) y poner en marcha el compresor. Tiene todos los controles en la mano, aquí, delante de usted.

Cuando le pregunté por qué iba uno a querer someterse a tal presión, me lo contó. De niña, dijo, anhelaba que la abrazaran, pero al mismo tiempo tenía terror a todo contacto. Cuando la abrazaban, especialmente su tía favorita (aunque enorme), se sentía agobiada, abrumada por la sensación; sentía paz y placer, pero también terror, como si sé la tragaran. Comenzó a soñar con —sólo tenía cinco años— una máquina mágica que podía estrujarla poderosa pero suavemente, como en un abrazo, de una manera que ella dominara y controlara por completo. Años después, siendo adolescente, vio la foto de una rampa de sujeción ideada para sujetar o encerrar becerros y comprendió que era aquello lo que había estado buscando: con una pequeña modificación para el uso humano, podría ser la máquina de sus sueños. Había considerado otros artefactos —por ejemplo trajes inflables, que podían ejercer una presión homogénea en todo el cuerpo—, pero la rampa de sujeción, en su simplicidad, era totalmente irresistible.

Con su mentalidad práctica, pronto convirtió su fantasía en realidad. Los primeros modelos eran rudimentarios y tenían algunos fallos, aunque acabaron evolucionando hacia un sistema cómodo y predecible, capaz de administrar un «abrazo» con los parámetros que ella deseara. Su máquina de estrujar funcionaba exactamente como había esperado, proporcionándole esa sensación de serenidad y placer con que había soñado desde niña. No hubiera sido capaz de soportar los agitados días de universidad sin su máquina de estrujar, dijo. No podía buscar solaz y consuelo en los seres humanos, pero siempre podía buscarlo en la máquina. En la universidad, la máquina, que ella ni exhibía ni ocultaba, guardándola abiertamente en su habitación, provocaba mofa y suspicacia, y los psiquiatras la consideraban una «regresión» o «fijación», algo que había que psicoanalizar y resolver. Con su característica obstinación, tenacidad, resolución y coraje —junto con una completa ausencia de inhibición o vacilación—, Temple hizo caso omiso de todos los comentarios y reacciones y decidió encontrar una «validación» científica de sus sentimientos.

Pero, antes y después de redactar su tesis doctoral, realizó una sistemática investigación de los efectos de una presión fuerte en los autistas, los estudiantes universitarios y los animales, y hace poco publicó un ensayo sobre el tema en el Journal of Child and Adolescent Psychopharmacology. Hoy en día, su máquina de estrujar, modificada de diversas maneras, se está experimentando en el ámbito de la investigación clínica. Temple también se ha convertido en una de las principales proyectistas de pasillos de sujeción para ganado del mundo, y ha publicado, en la literatura veterinaria y de la industria cárnica, muchos artículos teóricos y prácticos sobre la técnica para construir rampas de elevación para animales según criterios de reducción del sufrimiento.

Mientras me contaba todo esto, Temple se arrodilló, a continuación se introdujo, boca abajo y en toda su extensión, en la «V», puso en marcha el compresor (el cilindro principal tardó un minuto en llenarse) y giró los controles. Los lados convergieron, aferrándola firmemente, y a continuación, cuando ella hizo un pequeño ajuste, aflojaron el abrazo ligeramente. Era la cosa más curiosa que he visto nunca. A pesar de su rareza, era un espectáculo conmovedor. No había ninguna duda de su efecto. La voz de Temple, sonora y dura, sonaba más suave y amable mientras estaba en la máquina. «Me concentro todo lo que puedo», dijo, y a continuación habló de la necesidad de «entregarse totalmente a ella… ahora me estoy relajando de verdad», añadió en voz baja. «Imagino que los demás consiguen lo mismo relacionándose con otras personas.»

No es sólo placer o relajación lo que Temple obtiene de la máquina, sino que, sostiene, le despierta ciertos sentimientos por los demás. Mientras yace en la máquina, dice, sus pensamientos se vuelven a menudo hacia su madre, su tía favorita, sus profesores. Percibe el amor que sienten por ella, y el suyo hacia ellos. Siente que la máquina abre una puerta a un mundo emocional que de otro modo permanecería cerrado, y le permite, casi le enseña, a sentir empatía por los demás.

Después de unos veinte minutos, salió visiblemente más tranquila, emocionalmente menos rígida (dice que un gato puede percibir fácilmente lo distinta que se siente en tales ocasiones) y me preguntó si me gustaría probar la máquina.

De hecho, sentía curiosidad y me introduje en ella, sintiéndome un poco estúpido y cohibido, aunque menos de lo que podía haberme sentido, pues la propia Temple se mostraba muy desenvuelta. Volvió a poner en marcha el compresor y llenó el cilindro principal, y yo probé cautelosamente los controles. Me llegó una sensación dulce y confortadora, que me recordó mi época de submarinista cuando sentía la presión del agua en el traje como un abrazo en todo el cuerpo.

Una vez hube probado la máquina de estrujar, y estando los dos convenientemente relajados, fuimos en coche hasta la granja experimental de la universidad, donde Temple realiza gran parte de su trabajo de campo. Antes se me había ocurrido que quizá hubiera una separación, quizá un abismo, entre su ámbito personal —y por así decir, privado—, y el ámbito público de su competencia profesional. Pero cada vez me resultaba más claro que apenas estaban separados; para ella, lo personal y lo profesional, lo interior y lo exterior, estaban completamente fusionados.

—El ganado se agita al oír ciertos sonidos, al igual que los autistas: sonidos agudos, el susurro del aire, o ruidos fuertes y repentinos; no pueden adaptarse a ellos —me dijo Temple—. Pero no les molestan los ruidos graves, los ruidos sordos. Les alteran los agudos contrastes visuales, las sombras o los movimientos repentinos. Un leve roce puede hacerlos retroceder, un toque firme los calma. La manera en que yo retrocedo ante la perspectiva de que me toquen es la misma en que retrocede una vaca salvaje; acostumbrarme a que me toquen es muy similar a domar una vaca.

Fue precisamente su intuición de que había una esfera común (en términos de sensaciones y sentimientos básicos) compartida por hombres y animales lo que la hacía ser tan sensible hacia ios animales e insistir con tanta energía para que en toda circunstancia se les reservara un tratamiento misericordioso.

Estaba convencida de que tenía aquella predisposición en parte por la experiencia de su propio autismo, y en parte por proceder de una larga estirpe de granjeros, pues de niña había pasado mucho tiempo en las granjas. Todo su modo de pensar no le permitía huir de esa realidad. «Si se piensa en términos visuales, es más fácil identificarse con animales», dijo mientras nos dirigíamos a la granja. «Si todos tus procesos de pensamiento se realizan lingüísticamente, ¿cómo vas a imaginar la manera de pensar de una vaca? Pero si piensas en imágenes…»

Temple siempre ha sido una gran visualizadora. Se quedó atónita al descubrir que su casi alucinante poder de imaginación visual no era algo universal, que había personas que, al parecer, pensaban de otro modo. Esto es algo que todavía la desconcierta. «¿Cómo piensa usted?», no dejaba de preguntarme. Pero no tuvo ni idea de que era capaz de dibujar, de hacer proyectos, hasta los veintiocho años, cuando conoció a un dibujante y le vio dibujar planos. «Vi cómo lo hacía», me contó. «Fui y compré exactamente los mismos instrumentos y lápices que él utilizaba —un Pentel HB del cero cinco— y comencé a fingir que era él. El dibujo se hizo solo, y cuando lo acabé no podía creer que lo hubiera hecho yo. No tuve que aprender a dibujar ni a proyectar, fingía que era David, me apropié de él, de su manera de dibujar y de todo lo demás.»[112]

Temple constantemente proyecta «simulaciones», como ella las llama, en su cabeza: «Visualizo al animal entrando en la rampa, desde distintos ángulos y diferentes distancias, acercándome a él como si estuviera usando un zoom, incluso hago tomas como desde un helicóptero, o me convierto yo misma en animal, y siento lo que él sentiría entrando en la rampa.»

Pero yo no pude evitar reflexionar que si uno piensa sólo en imágenes podría no comprender cómo es el pensamiento no visual, y se perdería la riqueza y la ambigüedad, los presupuestos culturales, la profundidad del lenguaje. Todos los autistas, había dicho Temple antes, eran pensadores esencialmente visuales, como ella. Si eso era cierto, me pregunté, ¿se trataba de algo más que de una coincidencia? ¿Era la intensa visualización de Temple quizá un indicio de su autismo?

Una granja de vacas, aunque sea grande, es a menudo un lugar tranquilo, pero cuando llegamos oímos un gran tumulto de bramidos. «Esta mañana deben de haber separado los terneros de las vacas», dijo Temple, y en efecto eso era lo que había ocurrido. Vimos una vaca fuera del vallado, caminando sin rumbo, buscando su ternero, y bramando. «No es una vaca feliz», dijo Temple. «Es una vaca triste, infeliz, alterada. Quiere a su hijo. Brama por él, lo busca. Lo olvidará durante un rato, luego volverá a comenzar. Es una especie de duelo, pero no se ha escrito mucho sobre el tema. A la gente no le gusta reconocer que los animales tienen pensamientos y sentimientos. Skinner no se los reconocía.»

Cuando era estudiante en New Hampshire, le escribió a B. F. Skinner, el gran psicólogo conductista, y finalmente le visitó. «Fue como tener audiencia con Dios», dijo. «Resultó una decepción. No era más que un ser humano corriente. Dijo: “No tenemos por qué saber cómo funciona el cerebro: es sólo cuestión de reflejos condicionados.” Pero yo no podía creer que todo se redujera al estímulo-respuesta.» La era Skinner, concluyó Temple, negaba cualquier sentimiento a los animales y los consideraba autómatas; fue una era de excepcional crueldad, tanto en la experimentación con animales como en la gestión de granjas y mataderos. Temple había leído en alguna parte que el conductismo era una ciencia insensible, y eso es lo que ella opinaba ahora. Su propia aspiración era devolver a la ganadería la idea de que había que contar con los sentimientos de los animales.

Ver la vaca que se lamentaba y oír sus bramidos enojó a Temple y la hizo pensar de nuevo en la crueldad de los mataderos. No tenía una especial simpatía por los pollos, pero le parecía odioso el método utilizado para matarlos. «Cuando llega el momento de que se conviertan en pollo frito, los cogen, los cuelgan boca abajo y les cortan el cuello.» Una manera similar de sujetar el ganado, colgándolo boca abajo de modo que la sangre les baje a la cabeza antes de cortarles el cuello, se ve comúnmente en los mataderos kosher, dijo. «A veces los animales se rompen las piernas y gritan de dolor, aterrados.» Por suerte, dichas prácticas están empezando a cambiar. Llevado a cabo adecuadamente, «el sacrificio es más humano que la naturaleza», prosiguió. «Ocho segundos después de cortarle el cuello al animal, se liberan las endorfinas y el animal muere sin dolor. Lo mismo ocurre en la naturaleza cuando un cordero es despedazado por los coyotes. La naturaleza lo hace para aliviar el dolor de un animal que agoniza.» Según ella, lo que es terrible, tanto más porque es evitable, es el dolor y la crueldad, la introducción del miedo y la tensión antes del corte letal; y eso es lo que más le preocupa prevenir. «Quiero reformar la industria cárnica. Los activistas quieren cerrarla», dijo, y añadió: «No me gusta nada radical, ni por la derecha ni por la izquierda. Tengo una radical antipatía por los radicales.»

Lejos de los bramidos de los temeros separados de sus madres, cuya agitación Temple parecía sentir en los huesos, encontramos una zona tranquila y silenciosa de la granja, donde el ganado pastaba plácidamente. Temple se arrodilló y cogió un poco de heno, y una vaca se acercó a ella y se lo cogió, hurgando con su blando hocico. Una expresión feliz y apacible se dibujó en la cara de Temple, «Ahora me siento como en casa», dijo. «Cuando estoy con el ganado, no hay nada cognitivo. Sé lo que siente la vaca.»

El ganado parecía percibirlo, percibía su calma, su confianza, y se acercaba a su mano. No se acercaban a mi, percibiendo, quizá, la incomodidad del urbanita, quien, viviendo en un mundo de convenciones y señas culturales, no sabe cómo comportarse con enormes animales no verbales.

—Con la gente es distinto —prosiguió Temple, repitiendo su anterior comentario en relación con que se sentía como un antropólogo en Marte—. Con la gente me parece que estoy estudiando a los indígenas de un lugar desconocido, que intento comprender lo que tienen dentro. Pero no me siento así con los animales.

Me sorprendió la enorme diferencia, el abismo existente entre el reconocimiento inmediato por parte de Temple de los estados de ánimo y signos de los animales y su extraordinaria dificultad para comprender a los seres humanos, sus códigos y señales, la manera en que se comportan. No se puede decir que Temple carezca de sentimientos, ni que exista una carencia fundamental de simpatía en ella. Por el contrario, su percepción de los estados de ánimo y sentimientos de los animales es tan fuerte que éstos casi toman posesión de ella, abrumándola a veces. Temple cree que puede sentir simpatía por lo que es físico o fisiológico —por el dolor o el terror de un animal—, pero carece de empatía para los estados de ánimos y puntos de vista de la gente.[113] Cuando Temple era más joven, apenas era capaz de interpretar las expresiones más simples de emoción; aprendió a «descodificarlas» más tarde, sin necesidad de sentirlas. (De manera parecida, la doctora Hermelin, de Londres, me había contado una historia acerca de una inteligente niña autista de doce años que se le acercó y le dijo, de otra estudiante: «Joanie está haciendo un ruido raro.» Cuando fue a ver qué pasaba, Hermelin encontró a Joanie llorando amargamente. La niña autista no había comprendido en absoluto lo que significaba el llanto: simplemente lo había registrado como algo físico: «un ruido raro». También me recordó a Jessy Park, que estaba fascinada por el hecho de que las cebollas pudieran hacer llorar, pero era totalmente incapaz de comprender que uno también pudiera llorar de alegría.)[114]

—Puedo adivinar si un ser humano está enfadado —me dijo Temple—, o si está sonriendo.

Al nivel de lo sensomotor, lo concreto, lo inmediato, lo animal. Temple no posee dificultad alguna. ¿Y con los niños?, le pregunté. ¿No eran algo intermedio entre los animales y los adultos? Al contrario, dijo Temple, tenía grandes dificultades con los niños —en intentar hablar con ellos, unirse a sus juegos (ni siquiera era capaz de jugar al cucú con un bebé, dijo, pues nunca conseguía coordinar los movimientos)—, pues siempre había tenido esas dificultades de niña. Según Temple, a la edad de tres o cuatro años los niños ya han avanzado demasiado por un camino del que ella, como autista, sólo ha recorrido un trecho muy corto. Los niños pequeños, dice, ya «comprenden» a los seres humanos de una manera que ella nunca podrá alcanzar.

¿Qué es entonces lo que ocurre entre la gente normal, de lo cual ella se siente excluida? Tiene que ver, inferí, con un conocimiento implícito de las convenciones y códigos sociales, de los presupuestos culturales de todo tipo. Este conocimiento implícito, que toda persona normal acumula y genera durante toda su vida sobre la base de la experiencia y los encuentros con los demás, es algo de lo que Temple parece carecer. Para subsanar esta carencia, tiene que «calcular» las intenciones y estados de ánimo de los demás, intentar convertir en algorítmico y explícito lo que para el resto de los demás es una segunda naturaleza. Ella misma, infiere, puede que jamás haya tenido las experiencias sociales normales a partir de las que se construye un conocimiento social normal.

Y también puede que surjan de ahí sus dificultades con los gestos y el lenguaje, dificultades que resultaron devastadoras cuando era una niña casi sin habla, y también cuando empezó a hablar y confundía todos los pronombres, incapaz de comprender los diferentes significados de «tú» y «yo», según el contexto.

Resulta extraordinario oír hablar a Temple de esa época, o leer acerca de ella en su libro. Cuando tenía tres años, como una remota posibilidad, aunque su familia no creía mucho en esa promesa, fue enviada a una escuela especial para niños perturbados y discapacitados, y se sugirió intentar una logoterapia. De algún modo, la escuela y el logopeda consiguieron llegar hasta Temple, la rescataron (eso es lo que ella sintió más tarde) del abismo, y la ayudaron a salir lentamente. Ella siguió siendo claramente autista, pero las recién adquiridas facultades del lenguaje y la comunicación le dieron un ancla, una habilidad para dominar lo que antes había sido un caos total. Su sistema sensorial, con sus violentas oscilaciones de hipersensibilidad e hiposensibilidad, comenzó a estabilizarse un poco. Hubo muchos períodos de recaída y regresión, pero está claro que a los seis años había adquirido un buen nivel lingüístico, y que con ello había cruzado el Rubicón que divide a las personas como ella, altamente funcionales, de las que jamás alcanzan un nivel de lenguaje ni de autonomía suficientes. Con el acceso al lenguaje, la terrible tríada de carencias —social, comunicativa e imaginativa— comenzó a ceder un tanto. Temple empezó a tener contacto con los demás, especialmente con uno o dos profesores capaces de apreciar su inteligencia, lo especial que era, y que podían tolerar su patología: el que hablara y preguntara sin parar, sus extrañas fijaciones, sus rabias. No menos importante fue la emergencia de una auténtica fijación por el juego y la creatividad: pintar, dibujar, modelar con cartón y hacer esculturas, así como de «maneras únicas y creativas de ser traviesa». A los ocho años, Temple comenzaba a llegar al juego de fingimiento que los niños normales alcanzan al empezar a andar, pero que los niños autistas de bajo rendimiento nunca alcanzan.

Su madre, su tía y varios profesores fueron fundamentales, pero también, en ese viaje hacia la superficie, resultó crucial la lenta evolución que muestran muchos autistas; el autismo, al ser un trastorno del desarrollo, tiende a resultar menos extremo cuando el individuo se hace mayor y puede aprender a arreglárselas mejor.

Temple había anhelado tener amigos en la escuela, y habría sido total y acérrimamente leal a un posible amigo (durante dos o tres años tuvo un amigo imaginario), pero había algo en su manera de hablar, en su manera de actuar, que parecía alejar a los demás, de modo que, al tiempo que admiraban su inteligencia, la rechazaban a la hora de formar parte de su comunidad. «No podía imaginar qué estaba haciendo mal. Tenía una rara falta de conciencia de ser distinta. Nunca llegué a entender por qué no encajaba.» Entre los demás chavales ocurría algo veloz, sutil, que cambiaba constantemente: un intercambio de significados, un compromiso, una velocidad de comprensión tan extraordinaria que a veces se preguntaba si eran telepáticos. Ella ahora es consciente de la existencia de esas señales sociales. Puede inferirlas, dice, pero no percibirlas, no puede participar directamente en esa mágica comunicación, ni concebir los estados de ánimo caleidoscópicos multiformes que hay detrás. Siendo intelectualmente consciente de sus carencias, hace lo que puede para compensarlas, conjugando un inmenso esfuerzo intelectual y una gran capacidad de cálculo a la hora de abordar asuntos que otros comprenden con impensable facilidad. Por ello a menudo se siente excluida, una extraña.

Cuando tenía quince años le ocurrió algo crucial. Vio una rampa de sujeción utilizada para retener al ganado y se sintió fascinada. Un profesor de ciencias se tomó su fijación en serio, en lugar de mofarse, y le sugirió que se construyera una. Partiendo de aquí, y tras consideraciones particulares sobre los animales y la maquinaria de granja, llegó a infundirle un interés general por la biología y la ciencia en general. Y Temple, todavía bastante anormal en su comprensión del lenguaje social ordinario —todavía confundía alusiones, presuposiciones, ironías, metáforas, chistes—, encontró que el lenguaje de la ciencia y la tecnología le proporcionaba un gran alivio. Era mucho más claro, más explícito, mucho menos dependiente de suposiciones implícitas. El lenguaje técnico le resultaba tan fácil como difícil el lenguaje social, y eso le proporcionó un acceso a la ciencia.

Pero aunque solucionó algunas cosas, concentrando gran parte de su energía emocional e intelectual en la ciencia, prosiguieron otras tensiones, otras angustias —incluso sufrimientos—. Con la llegada de la adolescencia, Temple comenzó a enfrentarse a la idea de que jamás podría llevar una vida «normal», ni disfrutar de las satisfacciones «normales» —amor y amistad, diversión y vida social— que llevaba aparejadas. El comprender todo esto puede resultar, en esta fase de la vida, devastador para los jóvenes autistas con talento, y ha sido causa de depresión en algunos e incluso motivo de suicidio en más de uno. Temple se enfrentó a ello en parte con renuncia y dedicación: sería célibe, decidió, y haría de la ciencia toda su vida.

La adolescencia también le enseñó que no sólo el equilibrio de su estado emocional, sino el de todo su ser, mental y físico, era precario y podía romperse fácilmente mediante ciertos estímulos sensoriales, la tensión, el agotamiento o los conflictos.[115] Las turbulencias hormonales de la adolescencia, en particular, sembraron su vida de altibajos. Pero en esa época turbulenta también había pasión, intensidad; y sólo cuando acabó la universidad y comenzó su vida profesional, dijo, consiguió calmarse. De hecho, le pareció que tenía que hacerlo; de otro modo su cuerpo se destruiría a sí mismo. En ese momento comenzó a tomar pequeñas dosis de imipramina, una sustancia que se comercializa como antidepresivo. En su libro, Temple habla de los pros y los contras de ello:

Han desaparecido las búsquedas frenéticas del significado básico de la vida. Ya no tengo fijaciones, puesto que ya nada me impulsa a ello. Durante los últimos cuatro años he escrito muy pocas entradas en mi diario, pues el antidepresivo me ha arrancado gran parte de mi ardor. Con la pasión amortiguada, mi carrera profesional y … mis asuntos van bien. Puesto que estoy más relajada, me llevo mejor con la gente, y los problemas de salud relacionados con el estrés, como la colitis, han desaparecido. Sin embargo, si me hubieran prescrito ese medicamento al principio de la veintena, quizá no habría conseguido todo lo que he logrado. Los «nervios» y las fijaciones me motivaron enormemente, aunque al final acabaron destrozando mi cuerpo con problemas de salud relacionados con el estrés.

Al leer esto me acordé de lo que Robert Lowell me dijo en relación con sus ingestiones de litio para su trastorno maníaco-depresivo: «Me siento mucho “mejor”, en cierto modo, más sereno, más estable… pero mi poesía ha perdido mucha fuerza.» También Temple es muy consciente del coste de estar calmada, pero cree que, en este momento de su vida, vale la pena pagarlo. Sin embargo, a veces echa de menos las emociones, los frenesíes, que antaño experimentó.

La otra cara de un desarrollo muy retrasado puede ser una continua capacidad para desarrollar talentos y percepciones sociales a lo largo de toda la vida, y los últimos veinte años han sido años de continuo desarrollo para Temple. Me contaron que hace diez años, cuando empezó a dar conferencias, parecía no dirigirse a la audiencia —no establecía contacto visual con ellos, y de hecho podía estar mirando en otra dirección—, con lo que no podían hacerle preguntas tras su exposición. Ahora pasa el 90 por ciento de su tiempo de viaje, dando conferencias por todo el mundo, a veces sobre el autismo, otras sobre comportamiento animal. En las conferencias, su estilo se ha vuelto mucho más fluido, tiene más contacto visual con el público, e incluso es capaz de añadir digresiones humorísticas e improvisaciones; ella responde —y si hace falta, elude— las preguntas fácilmente. En su vida social también parece haberse desarrollado, hasta el punto de que en los últimos tiempos, me contó Temple, ha sido capaz de disfrutar pasando el rato con dos o tres amigos. Pero llegar a una verdadera amistad, apreciar a los demás por su otredad, por su propia inteligencia, puede ser lo más difícil de lograr para un autista. Uta Frith, en Autism and Asperger Syndrome, escribe: «Los individuos con el síndrome de Asperger … no parecen poseer facilidad para mantener relaciones personales a dos, mientras que las interacciones sociales de rutina son algo que está perfectamente a su alcance.» Su colega Peter Hobson menciona a un autista incapaz de comprender el significado de «amigo». Y sin embargo, mientras la escuchaba, me parecía que Temple, rebasados ya los cuarenta, había comprendido al menos algo de la naturaleza de la amistad.

Llevábamos dos horas caminando y hablando, y acabamos nuestra visita a la granja de la universidad e hicimos una pausa para almorzar. Me pareció que a Temple la hacía feliz dejar de hablar, dejar de pensar durante un rato; yo la había obligado a realizar un examen de sí misma de una intensidad tremenda (aunque no era distinto del examen de si misma a que se obliga diariamente, luchando como siempre para comprender y vivir el autismo en un mundo no autista). Mientras hablábamos, su «normalidad» se iba revelando cada vez más como una especie de fachada, aunque una fachada espléndida y brillante, tras la cual ella permanecía, en algunos aspectos, «ajena» y distante, tan desconectada como siempre. «Con quien siento verdadera afinidad es con Data», dijo mientras regresábamos a la granja. Temple es una fan de «Star Trek», igual que yo, y su personaje favorito es Data, un androide a quien, a pesar de su falta de emoción, el ser humano despierta una gran curiosidad y cierta melancolía. Observa el comportamiento humano con minuciosidad, y a veces lo imita, pero anhela, sobre todo, ser humano. Existe una sorprendente cantidad de autistas que se identifican con Data, o con su predecesor, Mr. Spock.

Éste fue el caso de los B., la familia autista que visité en California: el hijo mayor, al igual que los padres, padecía el síndrome de Asperger, y el más pequeño un autismo clásico. La primera vez que llegué a su casa, el ambiente era tan «normal» que me pregunté si me habían informado mal, o si quizá me había equivocado de casa, pues no había nada obviamente «autista» en ellos. Sólo después de llevar allí un buen rato observé la desgastada cama elástica, donde a toda la familia le gustaba a veces saltar batiendo los brazos; la enorme biblioteca de ciencia ficción;[116] las extrañas tiras cómicas pegadas en la pared del cuarto de baño; y las instrucciones ridículamente explícitas, pegadas en las paredes de la cocina —para cocinar, poner la mesa, fregar los platos— que sugieren que todo ello debe llevarse a cabo de una manera fija, rutinaria (esto, me enteré más tarde, era una broma privada autista). En cierto momento, la señora B. dijo de sí misma que «bordeaba la normalidad», pero dejó claro lo que significaba ese «bordear»: «Conocemos las reglas y convenciones de lo “normal”, pero no entras verdaderamente en ello: actúas normalmente, aprendes las reglas, las obedeces, pero…»

—Aprendes a imitar el comportamiento humano —intervino su marido—. Todavía no comprendo qué hay detrás de las convenciones sociales. Observas la fachada, pero…

Los B., por tanto, habían conseguido erigir una fachada de normalidad que les resultaba necesaria en su vida profesional, para poder conducir un coche (pues vivían en las afueras), a la hora de llevar a un hijo a una escuela normal, etcétera. Pero no se hacían ilusiones respecto a sí mismos. Reconocían su propio autismo, como en la universidad cada uno de los dos había reconocido el autismo del otro, con una sensación de tal afinidad y alegría que fue inevitable que se casaran. «Fue como si hiciese un millón de años que nos conociéramos», dijo la señora B. Aunque eran muy conscientes de los muchos problemas de su autismo, sentían respeto por su diferencia, incluso experimentaban cierto orgullo. De hecho, en algunos autistas esta idea de una diferencia radical e inerradicable es tan profunda que les lleva a verse a sí mismos, medio en broma, como miembros de otra especie («Nos pusieron juntos en el transportador», les gusta decir a los B.), y a comprender que el autismo, aunque puede ser considerado una condición de interés médico, un síndrome patológico, debe considerarse también toda una manera de ser, una identidad totalmente distinta que necesita ser consciente (y estar orgullosa) de sí misma.

Temple sostiene opiniones parecidas: es muy consciente (no sólo intelectualmente, sino por deducción) de lo que se está perdiendo en esta vida, aunque también es igualmente (y directamente) consciente de sus potenciales: su concentración, su profundidad de pensamiento, su decisión, su tenacidad; su incapacidad para fingir, su franqueza, su honestidad. Temple sospecha —y yo también llegué a sospecharlo cada vez más— que estos potenciales, el aspecto positivo de su autismo, van parejos a los negativos. Y sin embargo hay veces en que ella necesita olvidar que es autista, sentirse en comunión con tos demás, no ajena, no distinta.

Tras pasar toda la mañana entre ganado vacuno, y como teníamos planeado visitar por la tarde un matadero (o «planta productora de carne» en el eufemismo industrial), sentimos cierta aversión por la carne, y tomamos una comida mexicana de arroz y frijoles. Después del almuerzo fuimos al aeropuerto, tomamos un pequeño avión, y al llegar condujimos hasta la fábrica. Temple estaba orgullosa de su proyecto y quería enseñármelo. Esas plantas están cerradas al público y mantienen un alto grado de seguridad. Temple había proyectado las instalaciones un par de años antes y todavía tenía la bata y la chapa de identificación con el distintivo de la planta. Pero yo era un problema: ¿qué iba a hacer conmigo? Temple había pensado en ello por la mañana y había seleccionado de su colección de cascos uno de sanitario de color amarillo fuerte. Me lo entregó diciendo: «Eso servirá. Le está bien. Hace juego con sus pantalones y la camisa caqui. Tiene el mismo aspecto que un técnico sanitario.» (Me sonrojé; nadie me había dicho eso antes.) «Ahora todo lo único que tiene que hacer es comportarse como si lo fuera, pensar como si lo fuera.» Yo me quedé asombrado, pues se suele decir que los autistas no practican juegos de fingimiento, y me encontraba con que Temple, de manera muy deliberada, y sin la menor vacilación, estaba decidida a poner en práctica un subterfugio y a hacerme entrar clandestinamente en la planta.

Entramos sin problemas. Temple condujo hasta la verja de entrada con un sublime aire de seguridad en sí misma, saludó jovialmente al guarda, y la dejaron entrar con la misma jovialidad. «No se quite el casco», me dijo mientras aparcábamos. «Llévelo puesto todo el rato. Ahora es un técnico sanitario.»

Nos detuvimos para asomamos por encima de la valla que encierra al ganado, en el exterior del enorme edificio, y a continuación seguimos el sendero que recorren las reses cuando emprenden su último viaje, subiendo y subiendo una rampa en curva que conduce a la planta principal: «La escalera al cielo», lo llamó Temple. De nuevo me quedé desconcertado. Se dice que los autistas tienen dificultades con la metáfora, y que jamás utilizan la ironía. Pero al observar la expresión seria y sincera de Temple no estuve seguro de si aquello, para ella, era una metáfora o una ironía. Ella había oído la frase, y quizá le pareció literalmente cierta. Cuenta en su autobiografía algo parecido: siendo adolescente, tomó un símbolo al pie de la letra al oír al pastor citar a Juan, 10, 9 —«Yo soy la puerta; si uno entra por mí, se salvará»—, y el pastor añadió: «Ante cada uno de vosotros se abre una puerta al cielo. Abridla y os salvaréis.» Temple escribe:

Al igual que para muchos otros niños autistas, para mí todo era literal. Mi mente se centró en una cosa. La puerta. Una puerta que se abre al cielo … Tenía que encontrar aquella puerta … La puerta del armario, la puerta del cuarto de baño, la puerta principal, la puerta del establo: todo era escudriñado y rechazado en mi búsqueda de la puerta. Entonces, un día … observé que se estaba construyendo un anexo a nuestro dormitorio … Un pequeño andamio sobresalía del edificio y me subí a él. ¡Y ahí estaba la puerta! Era una pequeña puerta de madera que se abría al tejado … Me inundó una sensación de alivio … Una sensación de amor y felicidad … ¡La había encontrado! La puerta a mi cielo.

Más tarde, Temple me contó que ella creía en una especie de existencia después de la muerte (aun cuando sólo fuera «una huella de energía» en el universo). Intensamente consciente de las emociones de los animales, de su «humanidad», tenía que concederles también a ellos una especie de inmortalidad.

Subimos lentamente por un lado de aquella suave curva, una rampa de altos muros donde el ganado caminaba en fila india, felizmente ignorante de lo que le esperaba, hasta el aparato que les disparaba la saeta letal. Temple había sido pionera en la proyección de tales rampas, y en el ramo su nombre iba asociado a la introducción de rampas curvas. Mientras subíamos la pasarela, mirando por encima de las paredes de la rampa, Temple me habló de sus virtudes especiales, de cómo las rampas curvas impedían que los animales vieran lo que había al otro extremo de la rampa hasta que ya casi habían llegado (evitando así cualquier aprensión), y, al mismo tiempo, aprovechaba la tendencia natural de la vaca a andar en círculo. Los altos muros impedían que ninguna distracción le alterara y servían para concentrar al animal en el recorrido.

En lo alto de la rampa, dentro del edificio, los animales se veían desplazados, casi sin darse cuenta, a una cinta transportadora que discurría debajo de su panza. (Esta «sujeción de doble-raíl» era otra innovación de Temple.) Un segundo después, el animal muere instantáneamente por medio de una saeta disparada con aire comprimido directamente al cerebro. Temple me dijo que para los cerdos podría utilizarse un sistema muy similar, aunque actualmente es costumbre que mueran de una descarga eléctrica, no con una saeta. Añadió un comentario interesante: «Una máquina de electroshock» —como las que se utilizan en algunos centros psiquiátricos— «y una máquina para matar cerdos funcionan casi exactamente con los mismos parámetros: más o menos un amperio, y trescientos voltios». Sólo con que los electrodos estén un poco mal colocados, añadió, el paciente muere, como un cerdo. Admitió que cuando se dio cuenta de ello se quedó un tanto escandalizada.

Me hice una idea del horror cuando Temple me enseñó el aparato que disparaba la saeta, pero el ganado, me aseguró, no sospechaba nada, no sentía ninguna aprensión de lo que iba a sucederle; todo el esfuerzo de Temple, de hecho, consistía en eliminar todo aquello que pudiese asustar o poner en tensión a los animales, a fin de que pudieran ir en paz, tranquilos e ignorantes a su muerte. Pero todo ese asunto a mí aún me repugnaba un poco. ¿Cómo se sentía Temple, cómo se sentían los demás, trabajando en lugares como aquél?

Temple ha investigado todo esto y ha escrito un ensayo ya clásico sobre el tema.[117] Algunos empleados del matadero, observa, desarrollan rápidamente una coraza defensiva y comienzan a matar animales de una manera puramente mecánica: «La persona que mata enfoca su trabajo como si estuviera etiquetando cajas en una cinta transportadora. Su acto no le causa ninguna emoción.» Otros, revela Temple, «comienzan a disfrutar matando y … torturan a los animales a propósito». Al hablar de estas actitudes, la mente de Temple encontró una analogía: «Veo una gran relación», dijo, «entre la manera en que son tratados los animales y las personas discapacitadas … Georgia es una pocilga: los tratan [a los discapacitados] peor que a animales … Los estados donde existe la pena de muerte son los estados que dispensan el peor tratamiento tanto a los animales como a los discapacitados».

Todo esto provoca una furia apasionada en Temple, que siente un apasionado interés por la introducción de reformas más humanas: quiere reformar la manera de tratar a los discapacitados, especialmente los autistas, al igual que quiere reformar la manera en que se trata al ganado en la industria cárnica. (El único planteamiento adecuado a la hora de matar animales, el único que muestra respeto por el animal, es el ritual o «sagrado».)

Fue un enorme alivio salir del matadero, lejos del horrible olor que parecía impregnar cada centímetro de él, y que me hacía sujetarme el estómago y contener la respiración en un esfuerzo por no vomitar; fue un enorme alivio, una vez estuvimos fuera, respirar el aire fresco y limpio, no contaminado por el olor de la sangre y los despojos; fue un enorme alivio, desde un punto de vista moral, alejarse de la idea de matar. Le pregunté a Temple por ello mientras nos alejábamos, ya en el coche. «Nadie debería matar animales nunca», dijo, y me contó que había escrito mucho sobre la importancia de que el personal fuera rotatorio, a fin de que no estuviera constantemente dedicado a matar, desangrar o guiar a los animales. Ella también tiene necesidad de cambiar de ambiente y de ocupaciones, y éstos forman una parte más vital y agradable de su vida. En este sentido, aprovecha su renombre internacional en el campo de la psicología y el comportamiento de los animales de rebaño, que no sólo es utilizado por los mataderos americanos, sino también por los esquiladores de ovejas de Nueva Zelanda, así como por los zoos y propietarios de parques de atracciones de todo el mundo. Tuve la sensación de que quizá le gustara pasar una temporada en la sabana africana, como especialista en rebaños de elefantes y animales de presa, como los antílopes y los ñúes. Pero me pregunté si sería capaz de comprender a los monos (que poseen cierta «teoría de la mente»), tan bien como comprendía al ganado. ¿O quizá los encontraría desconcertantes, impenetrables, al igual que a los niños y a otros seres humanos? («En el caso de los animales de granja, llego a sentir su comportamiento», dijo más tarde. «En el caso de los primates, comprendo a nivel intelectual sus interacciones.»)

Los sentimientos más profundos de Temple son para el ganado; siente una ternura, una compasión por ellos, parecida al amor. Habló de ello extensamente mientras nos dirigíamos a nuestro siguiente destino, un comedero: me contó cómo intentaba mantener confiados a los animales con amabilidad, transmitirles su calma, llevarles paz en los últimos momentos de sus vidas. Este cuidar al animal en los últimos momentos de su vida es para ella algo a medio camino entre lo natural y lo sagrado, e intenta enseñarlo continuamente a la gente que trabaja en las rampas de los mataderos. Me habló de un jefe de planta que, a pesar ponerse muy a la defensiva cuando ella le asesoraba, se quedó fascinado por su poder de serenar a los animales excitados, y cómo, sin que ella lo supiera, la espiaba por un agujero del techo mientras ella trabajaba. Esto había ocurrido cuando ella era asesora en un matadero del Sur, y toda la escena, en su contexto, se revivía una y otra vez en su mente: aquella tarde me contó la historia media docena de veces, cada vez extensamente, y prácticamente con las mismas palabras.

Me sorprendió la precisión con que lo evocaba, el recuerdo que tenía de ello —parecía repetirse en su mente con extraordinario detalle—, y lo inmutable de la evocación.[118] Era como si la escena original, su percepción (con todos los sentimientos que la acompañaban), se reprodujera prácticamente sin modificación. Este aspecto de la memoria de Temple (tan parecida a la de Stephen Wiltshire en cierto sentido) me parecía tan prodigioso como patológico: prodigioso en su detalle y patológico en su fijación, más parecida a un archivo de ordenador que a otra cosa. Tales analogías informáticas, de hecho, son expresadas por la propia Temple: «Mi mente es como un CD-ROM en un ordenador, como una cinta de vídeo rebobinándose. Pero una vez llego a la parte que me interesa, tengo que reproducirla toda.» No puede concentrarse, por ejemplo, en los cuidados del animal en sus últimos momentos; tiene que repetir toda la escena de memoria, desde que el animal entra en la rampa, y avanzar a velocidad constante («no es posible hacerla avanzar a velocidad rápida, por lo que tarda unos dos minutos») hasta la muerte del animal y su caída, después de que le han cortado la garganta. «Puedo hacer todo lo que hace el ordenador de Parque Jurásico», prosiguió. «Puedo hacer todo eso en mi cabeza… De hecho tengo esa máquina en mi cabeza. La acciono en mi mente. Hago pasar la cinta… es un método de pensar lento.» Pero una manera de pensar ideal para gran parte de su trabajo. Proyecta en su mente las instalaciones más complicadas visualizando cada componente del sistema, yuxtaponiéndolos de distintas maneras, observándolos desde distintos ángulos, de cerca y de lejos. Una vez completado el proyecto, ella «hace una simulación» en su mente: es decir, imagina toda la planta en funcionamiento. Esta simulación puede mostrarle algún problema inesperado, y cuando esto sucede localiza el problema, modifica el proyecto, hace otra simulación —varias simulaciones, si hace falta— hasta que el proyecto está perfecto. Sólo entonces, cuando todo está claro en su mente, lo pasa al papel. En este punto ya no se necesita prestar atención; el resto es mecánico. «Una vez lo básico está trazado, sólo tengo que ponerlo en papel. Puedo hacerlo escuchando la televisión. No hay emoción en ello. Simplemente pongo en marcha el ordenador de mi cabeza y lo hago.»

Pero este tipo de simulación de imágenes concretas no resulta tan ventajoso cuando tiene que poner en práctica otros tipos de pensamiento: simbólico, conceptual o abstracto. Para comprender el refrán «Piedra que rueda no cría moho», dijo, «tengo que pasar el vídeo de una piedra rodando y sacudiéndose el moho antes de pensar en lo que "significa”.» Tiene que concretar antes de generalizar. En la escuela no comprendió el padrenuestro hasta que lo «vio» en imágenes concretas: «‘‘tu reino" y “tu voluntad" eran cables eléctricos de alta tensión y un sol abrasador; y la expresión “no nos dejes caer en la tentación"… se convertía en un cartel publicitario de la época que rezaba “No caiga en la tentación".»[119]

En su autobiografía, y más concisamente en un artículo publicado un poco antes del libro —«Mis experiencias como niña autista», que apareció en el Journal of Orthomolecular Psychiatry en 1984—, Temple señala cómo, incluso de niña, sacaba la máxima puntuación en los tests visuales y espaciales, pero lo hacía bastante mal en las partes abstractas y secuenciales. (Este tipo de «perfil» es característico de los autistas, quienes tienden a mostrar «dispersión» o una extrema desigualdad en los así llamados tests de inteligencia.) En algunos casos, escribe Temple, las puntuaciones eran engañosas, pues las pruebas que podían haber sido muy difíciles para ella si las hubiera hecho de la manera «normal» eran muy fáciles porque las resolvía de un modo idiosincrásico, visual: de este modo, frases y poemas, o series de números, generaban instantáneamente imágenes visuales, y éstas eran lo que ella recordaba, no las palabras ni los números como tales. Los cálculos complejos, imposibles para ella de la manera normal, entrañaban menos dificultad si los transformaba en imágenes visuales.[120]

El pensamiento visual no es anormal en sí mismo, y Temple rápidamente señaló que conoce a varias personas no autistas —ingenieros, arquitectos— que parecen capaces de «ver» lo que deben proyectar, de hacer proyectos en su mente y ponerlos a prueba mediante simulaciones, al igual que hace ella.[121] De hecho, suele llevarse bien con estas personas, especialmente con su amigo Tom, que, al igual que Temple, es un visualizador poderoso y creativo, y también, de nuevo al igual que Temple, una persona poco convencional, traviesa, y a quien le gustan las bromas, «Estoy en la misma longitud de onda que Tom», dijo Temple, «aunque sea una longitud de onda infantil.» Pero, por encima de todo, disfruta trabajando con Tom: esto también es «infantil», aunque una forma de infantilismo esencialmente creativa. «Tom y yo somos como niños pequeños», dijo. «El cemento es el barro de los adultos, el acero es el cartón de los adultos, la construcción es el jugar a las casitas de los adultos.»

Esta conmovedora analogía entre la creatividad de los adultos y los juegos infantiles me hizo reflexionar: en ella eso había sido un desarrollo de lo más saludable. Y también me conmovió oírla hablar de su relación con Tom. Me pregunté si de hecho ella le amaba y había pensado en tener relaciones sexuales o en casarse con él. Se lo pregunté, le pregunté si alguna vez había tenido relaciones sexuales, o si había salido con alguien, o si se había enamorado.

No, me dijo. Era virgen. Tampoco había salido nunca con nadie. Encontraba esas interacciones completamente desconcertantes y demasiado complejas para poder afrontarlas; nunca estaba segura de lo dicho, lo implícito o lo esperable. En esas circunstancias no entendía las motivaciones de las personas, ni sus pretensiones, presuposiciones o intenciones. Esto era corriente entre autistas, dijo, y una de las razones por las que, aunque tenían impulsos sexuales, rara vez conseguían salir con alguien o tener relaciones sexuales.

Pero el problema no era sólo salir o relacionarse.

—Nunca me he enamorado —me dijo—. No sé lo que es enamorarse perdidamente.

—¿Qué imagina que es “enamorarse”? —pregunté.

—Quizá es como desvanecerse… si no es eso, no sé.

Pensé que a lo mejor no resultaba muy acertado utilizar la expresión «enamorarse perdidamente», pues sugiere sentimientos o arrebatos arrolladores. Cambié mi pregunta por: «¿Qué es “amar”?»

—Preocuparse por alguien… Creo que la amabilidad tiene que ver con ello.

—¿Alguien se ha preocupado alguna vez por usted? —le pregunté.

Vaciló un momento antes de responder.

—Creo que a lo largo de mi vida me he perdido muchas cosas.

—¿Le resulta doloroso?

—Sí… Supongo. —A continuación añadió—: Cuando empecé a interesarme por el ganado, pensé: ¿Qué me está ocurriendo? Me pregunté si aquello era amor… ya no era algo intelectual.

El amor le provoca cierta melancolía, pero lo cierto es que es incapaz de imaginar lo que sería sentir pasión por otra persona.

—Soy incapaz de comprender cómo mi compañera de habitación desfallecía por nuestro profesor de ciencias —recordó—. Estaba abrumada por la emoción. Yo pensaba: Es un hombre agradable, entiendo que le guste. Pero eso era todo lo que yo alcanzaba a comprender.

La capacidad de «desfallecer», de experimentar una respuesta emocional apasionada, parece muy escasa también en otras áreas, no sólo en su relación con los demás. Por ejemplo, después de hablar con su compañera de habitación, Temple dijo inmediatamente: «Algo parecido ocurre con la música… no desfallezco.» Ella tiene un oído perfecto, añadió (esto es muy raro entre las personas normales, pero relativamente común en personas autistas), y una memoria musical precisa y retentiva, aunque, por lo general, la música no la emociona. La encuentra «bonita», pero no evoca nada profundo en ella, sólo asociaciones literales: «Siempre que oigo la música de Fantasía veo esos estúpidos hipopótamos que bailan.» La música no parece «atraerla». Temple no «entiende» la música, no ve qué «sentido» tiene. Podríamos suponer que Temple es simplemente una «persona poco musical», a pesar de su oído perfecto. Pero su incapacidad para responder profunda, emocional y subjetivamente no se limita a la música. Existe una similar pobreza en su respuesta emocional o estética a muchas escenas visuales: puede describirlas con gran exactitud, pero eso no parece corresponder a ningún estado de ánimo profundamente sentido, ni tampoco evocarlo.

La explicación que da de ello la propia Temple es simple y mecánica: «El circuito de la emoción no está conectado…, ése es el fallo.» Por la misma razón, no tiene inconsciente, dice; no reprime los recuerdos y los pensamientos como la gente normal. «En mi memoria no hay archivos que estén reprimidos», afirmó. «Usted tiene archivos que están bloqueados. Yo no tengo ninguno tan doloroso como para que esté bloqueado. No hay secretos, no hay puertas cerradas, nada está oculto. Puedo inferir que hay zonas ocultas en otras personas, por lo que no pueden soportar hablar de ciertas cosas. La amígdala cierra los archivos del hipocampo. En mí, la amígdala no genera suficiente emoción para cerrar los archivos del hipocampo.»

Eso me dejó estupefacto, y dije: «O se equivoca o se trata de una diferencia de estructura física casi inimaginable. La represión es universal en los seres humanos.» Pero tras haberlo dicho ya no me sentí tan seguro. Podía imaginar condiciones orgánicas en las que la represión no consiguiera desarrollarse, o fuera destruida, o aplastada. Éste parece haber sido el caso del mnemonista de Luria, quien, aunque no era autista, tenía recuerdos de tal viveza que eran inextinguibles, aun cuando algunos de ellos fueran tan dolorosos que seguramente habrían sido reprimidos de haber sido eso (fisiológicamente) posible. Tuve un paciente en el que la lesión de los lóbulos frontales del cerebro había «liberado» algunos de sus recuerdos más profundamente reprimidos —recuerdos de un asesinato que había cometido— y se impusieron en su aterrada conciencia.

Tuve otro paciente, un ingeniero, con una importante lesión en el lóbulo frontal producida por una hemorragia, a quien a menudo veía leyendo el Scientific American. Todavía era capaz de comprender casi todos los artículos, pero decía que ya no le producían ningún asombro, un sentimiento que antes era fundamental para la pasión que sentía por la ciencia.

Otro hombre, un antiguo juez descrito en la literatura neurológica, tenía una lesión de lóbulo frontal causada por unos fragmentos de granada en el cerebro, y, en consecuencia, se encontraba totalmente privado de emoción. Podría pensarse que la ausencia de emoción, y de los prejuicios que la acompañan, le haría más imparcial —de hecho, extraordinariamente calificado— como juez. Pero él mismo, con gran perspicacia, dimitió de su cargo, aduciendo que ya no podía penetrar comprensivamente en los motivos de los implicados, y puesto que en la justicia había sentimiento, y no sólo pensamiento, le parecía que esa lesión le descalificaba totalmente.[122]

Tales casos nos muestran cómo toda la base afectiva de la vida puede verse socavada por una lesión neurológica. Pero hay algo mucho más selectivo en relación con los problemas afectivos del autismo; de ninguna manera se da una afabilidad ni una insipidez total, a pesar de los comentarios de Temple en relación con el «circuito de la emoción» o amígdala. Una persona autista puede tener emociones violentas, fijaciones y fascinaciones de enorme carga emocional, o, como Temple, una ternura y preocupación casi arrolladoras respecto a ciertas cosas. En el autismo, no es el afecto en general lo defectuoso, sino el afecto en relación con experiencias humanas complejas, predominantemente las sociales, pero también las que tienen que ver con éstas: estéticas, poéticas, simbólicas. Nadie ejemplifica mejor todo esto que la propia Temple.

Como persona que lucha por comprenderse a sí misma y como científica que investiga el comportamiento animal. Temple se encara constantemente con su autismo, y busca modelos o símiles sin cesar para comprenderlo. Cree que hay algo mecánico en su mente, y a menudo la compara con un ordenador, con muchos elementos en paralelo (un procesador distribuido en paralelo, por utilizar el término técnico), viendo su propio pensamiento como un «proceso informático» y su memoria como archivos de ordenador. Conjetura que su mente carece de parte de la «subjetividad», la interioridad, que otros parecen tener. Ve los elementos de sus pensamientos como imágenes concretas y visuales, que pueden permutarse o asociarse de distintas maneras.[123] Temple cree que las partes visuales de su cerebro y las que se dedican a procesar una gran cantidad de datos simultáneamente están muy desarrolladas, y que las partes verbales y las que rigen los procesos secuenciales están relativamente subdesarrolladas, y eso también es muy común entre los autistas.[124] Es consciente de la «pegajosidad» de su atención, de modo que por una parte hay una gran tenacidad, y por otra falta de agilidad y flexibilidad; ella lo atribuye a un defecto del cerebelo, el hecho de que (tal como demuestra la resonancia magnética) esté por debajo del tamaño normal. Temple cree que tales defectos cerebelares son significativos en el autismo, aunque la opinión científica está dividida en este punto.

Temple opina que generalmente existen determinantes genéticos en el autismo; sospecha que su propio padre, que era una persona distante, pedante y socialmente incapaz, tenía el síndrome de Asperger —o al menos rasgos autistas—, y tales rasgos se dan con significativa frecuencia en los padres y abuelos de niños autistas.[125] Aunque, según ella, el ambiente en los primeros años desempeña un papel fundamental en el desarrollo psíquico (y esto vale también para los cerdos), no sostiene (como hacía Bruno Bettelheim) que el comportamiento de los padres sea el responsable del autismo; ella piensa que es más probable que el propio autismo presente barreras al contacto y la comunicación que los padres no pueden penetrar, de modo que todo el abanico de experiencias sociales y sensoriales (especialmente el coger en brazos y la presión fuerte) queda gravemente empobrecido.

Las formulaciones y explicaciones de Temple generalmente se corresponden con las científicas hoy existentes, excepto que su énfasis en la necesidad de ser abrazado y sometido a una presión fuerte en los primeros años es algo puramente personal, y, naturalmente, ha sido un móvil esencial que ha dirigido sus acciones y pensamientos desde la edad de cinco años. Pero ella cree que se ha puesto demasiado énfasis en los aspectos negativos del autismo y prestado insuficiente atención o consideración a los positivos. Temple cree que si bien algunas partes del cerebro son defectuosas o anormales, otras están enormemente desarrolladas, de una manera espectacular en aquellos que presentan síndromes de savants, pero hasta cierto punto, de maneras distintas, en todos los individuos con autismo. Cree que ella y otros autistas, aunque es incuestionable que sufren graves problemas en ciertos aspectos de la vida, pueden presentar potenciales extraordinarios y socialmente valiosos en otros, siempre y cuando se les permita ser ellos mismos, autistas.

Impulsada por su propia percepción de cuáles son sus dotes y cuáles sus carencias. Temple se inclina por una visión modular del cerebro, por la idea de que éste tiene una multiplicidad de potencias autónomas computacionales o «inteligencias», de manera muy parecida a lo que propone el psicólogo Howard Gardner en su libro Frames of Mind. Según él, mientras que las inteligencias visual, musical y lógica, por ejemplo, pueden estar enormemente desarrolladas en el autismo, las «inteligencias personales», como él las llama —la capacidad de percibir los estados de ánimo propio y de los demás—, quedan muy rezagadas.

Dos impulsos mueven a Temple: la parte teorizadora de sí misma, que la lleva a querer encontrar una explicación general del autismo, una clave que sea aplicable a todos sus fenómenos y a cada caso; y la parte práctica y empírica de sí misma, que constantemente se enfrenta a la variedad y a la irreductible complejidad e imprevisibilidad de su propio trastorno, y también a la gran variedad de fenómenos de otros autistas. Temple se siente fascinada por los aspectos cognitivos y existenciales del autismo y su posible base biológica, aun cuando es profundamente consciente de que son sólo una parte del síndrome. Ella misma se encuentra cada día con enormes variaciones, desde un exceso de respuesta a una falta total de ella en su propio sistema sensorial, que en su opinión no puede explicarse en términos de una «teoría de la mente». Ella ya era asocial a la edad de seis meses, cuando se ponía rígida en los brazos de su madre, y tales reacciones, comunes en el autismo, también le parecen inexplicables en términos de una teoría de la inteligencia. (Nadie concibe que un niño desarrolle una teoría de la mente antes de la edad de tres o cuatro años.) Y sin embargo, expresadas estas reservas, le resultan muy atractivas las teorías de Fríth y otros teóricos de la cognición; de Hobson y otros que ven el autismo, ante todo, como un trastorno del afecto, de la empatía; y de Gardner, con su teoría de las inteligencias múltiples. Quizá, de hecho, todas estas teorías, aunque pongan énfasis en aspectos distintos, den vueltas alrededor del mismo punto.

Temple ha estudiado a fondo las investigaciones sobre la química y la fisiología del autismo y sobre las técnicas de visualización del cerebro, y la consecuencia que ha sacado de todo ello es que, en estos momentos, son todavía fragmentarias y nada concluyentes. Pero ella se aferra a su idea de que los «circuitos emocionales» del cerebro son defectuosos, e imagina que éstos sirven para enlazar las partes fílogenéticamente primitivas, emocionales, del cerebro —la amígdala y el sistema límbico— con las de evolución más reciente, las partes específicamente humanas de la corteza prefrontal. Tales circuitos, acepta, pueden ser necesarios para permitir una forma de conciencia nueva y «superior», un concepto explícito del yo, de la propia mente, y de la de los demás, precisamente de aquello que es deficitario en el autismo.

En una conferencia reciente, Temple acabó diciendo: «Si pudiera chasquear los dedos y dejar de ser autista, no lo haría, pues entonces no sería yo. El autismo es parte de lo que yo soy.» Y como cree que el autismo puede estar asociado a algo valioso, le alarman las ideas de «erradicarlo». En un artículo de 1990 escribió:

Los adultos conscientes de su autismo y sus padres a menudo se muestran resentidos por la enfermedad. Podrían preguntarse por qué la naturaleza o Dios creó enfermedades tan terribles como el autismo, el síndrome maniaco-depresivo o la esquizofrenia. Sin embargo, si los genes que causan estas enfermedades se eliminaran, quizá acabaríamos pagando un precio terrible. Es posible que las personas con una pizca de estos rasgos sean más creativas, o posiblemente incluso genios… Si la ciencia eliminara estos genes, quizá los contables acabarían adueñándose del mundo.

El domingo por la mañana, Temple pasó a recogerme al hotel exactamente a las ocho de la mañana, y trajo algunos artículos más que había escrito. Yo tenía la sensación de que trabajaba incesantemente, de que aprovechaba todos los momentos disponibles, de que «perdía» muy poco tiempo, de que prácticamente todas las horas que pasaba despierta las dedicaba a trabajar. Parecía no tener diversiones, ocio. Ni siquiera el fin de semana que había «programado» para mí se consideraba en absoluto vida social, sino que se trataba de cuarenta y ocho horas asignadas a un propósito concreto, cuarenta y ocho horas que había dejado aparte para permitir una breve e intensiva inmersión en la vida de un autista, la suya propia. Si a veces se consideraba un antropólogo en Marte, también podía verme a mí como una especie de antropólogo, un antropólogo que investigaba el autismo, un antropólogo que la investigaba a ella. Temple comprendió que yo necesitaba observarla en todos los contextos y situaciones, reunir una serie de datos suficiente para elaborar correlaciones, para llegar a alguna conclusión general. Al principio no se le ocurrió que yo pudiera verla con los ojos comprensivos de un amigo, además de como un antropólogo. De modo que mi visita fue considerada como trabajo, y un trabajo que había que llevar a cabo de manera tan concienzuda y escrupulosa como era normal en ella. Aunque en circunstancias normales invita a gente a su casa, nunca le había enseñado su dormitorio a una visita; mucho menos mostrado e ilustrado cómo funcionaba la máquina de estrujar que hay en su dormitorio, aunque comprendió que eso formaba parte del trabajo.

Y aunque nunca iba a las hermosas cumbres del Parque Nacional de las Montañas Rocosas, a dos horas en coche al sudoeste de Fort Collins, pues no tenía tiempo ni ganas de esparcimiento, se le ocurrió que a mí podría gustarme ir, y que eso me permitiría observarla en un contexto muy diferente, un contexto en el que quizá nos sentiríamos menos programados, más libres.

Apilamos nuestras cosas en el cuatro por cuatro de Temple —con tracción en las cuatro ruedas, era lo más adecuado para el terreno montañoso, especialmente si nos desviábamos de la carretera— y sobre las nueve nos pusimos rumbo al parque nacional. El camino era espectacular: fuimos subiendo cada vez a más altura por una carretera de curvas cerradísimas, terribles, y vimos cumbres que asomaban con sus franjas de roca estratificada, gargantas espumeantes mucho más abajo, y una maravillosa variedad de árboles de hoja perenne, musgos y helechos. Yo sacaba los prismáticos continuamente y lanzaba exclamaciones ante los prodigios que nos esperaban en cada curva.

Cuando entrábamos en el parque, el paisaje se abrió a una inmensa meseta montañosa, de vistas ilimitadas en todas direcciones. Nos detuvimos junto a la carretera y contemplamos las Rocosas: cubiertas de nieve, perfilándose contra el horizonte, luminosamente claras aunque estuvieran a casi ciento cincuenta kilómetros de distancia. Le pregunté a Temple si no sentía una sensación de sublimidad. «Son bonitas, sí. Sublimes, no lo sé.» Cuando le insistí, dijo que tales palabras la dejaban perpleja, y que había pasado mucho tiempo con el diccionario, intentando comprenderlas. Había buscado «sublime», «misterioso», «divino» e «imponente», pero todas parecían remitirse unas a otras.

—Las montañas son bonitas —repitió—, pero no me provocan ningún sentimiento especial, el sentimiento de que usted parece disfrutar. —Después de haber vivido tres años y medio en Fort Collins, dijo, era la segunda vez que iba al parque.

En lo que Temple dijo entonces me pareció percibir un elemento de tristeza o melancolía, incluso de patetismo. Dijo cosas parecidas mientras subíamos al parque, y de hecho durante todo el fin de semana («Usted mira el arroyo, las flores, y veo que eso le proporciona un gran placer. A mí eso se me niega»). La noche antes habíamos visto una espectacular puesta de sol (las puestas de sol eran a menudo particularmente hermosas desde la erupción del Pinatubo), y ella también la encontró «bonita», pero poco más. «Disfruta usted tanto con la puesta de sol», dijo. «Ojalá yo también pudiera. Sé que es hermosa, pero no me “conmueve”.» Su padre, añadió, a menudo expresaba sentimientos parecidos.

Pensé en lo que Temple había dicho el viernes por la noche mientras caminábamos bajo las estrellas. «Cuando levanto la mirada hacia las estrellas, sé que debería tener un sentimiento de “lo divino”, pero no es así. Me gustaría conseguirlo. Puedo comprenderlo intelectualmente. Pienso en el Big Bang, y en el origen del universo, y en por qué estamos aquí: ¿es algo finito o durará siempre?»

—¿Pero consigue hacerse una idea de su grandiosidad? —pregunté.

—Comprendo intelectualmente lo que es la grandiosidad —replicó, y continuó—: ¿Quiénes somos? ¿Es la muerte el final? Deben de existir fuerzas reordenadoras en el universo. ¿Es sólo un agujero negro?

Eran palabras importantes, pensamientos importantes, y yo me encontré mirando a Temple con una idea realzada de su amplitud mental, de su valor. ¿O eran para ella sólo palabras, simples conceptos? ¿Eran puramente mentales, puramente cognitivos o intelectuales, o se correspondían con alguna experiencia real, alguna pasión o sentimiento?

Volvimos a emprender nuestro camino y seguimos subiendo, el aire cada vez más enrarecido, los árboles más pequeños, mientras avanzábamos hacia la cumbre. Había un lago cerca del parque, Grand Lake, en el que me habría encantado nadar (siempre me emociona la perspectiva de nadar en lagos exóticos y remotos: sueño con el Baikal y el Titicaca), pero, por desgracia, puesto que tenía que coger un avión, no teníamos tiempo.

Mientras descendíamos la montaña, detuvimos el coche para un breve paseo geológico de observación de pájaros y plantas —Temple conocía todas las plantas, todos los pájaros, las formaciones geológicas, aun cuando, dijo, no le provocaban ningún «sentimiento especial»—, y a continuación comenzamos el largo descenso. En cierto momento, recién salidos del parque, al ver una enorme e incitante superficie plana de agua, le pedí a Temple que se detuviera, e impetuosamente me lancé hacia ella: me daría una zambullida, aunque no fuese en el Grand Lake.

Sólo cuando Temple gritó «¡Pare!» y señaló con el dedo, me detuve en mi precipitado descenso y miré mejor: mi plana superficie de agua, mi «lago», tan quieto delante de mí, se estaba acelerando a una velocidad aterradora unos cuantos metros a la izquierda, antes de precipitarse hacia una presa hidroeléctrica que estaba a unos cuatrocientos metros de distancia. Lo más probable es que hubiera perdido el control y el agua me hubiera arrastrado, justo contra la presa. Me detuve y volví a subir, mientras Temple suspiraba aliviada. Más tarde, Temple telefoneó a su amiga Rosalie y le dijo que me había salvado la vida.

Durante el camino de vuelta a Fort Collins hablamos de muchas cosas. Temple mencionó a un Compositor autista que conocía («Tomaba fragmentos y piezas musicales que había oído y los adaptaba»), y yo le hablé de Stephen Wiltshire, el artista autista. Nos preguntamos por los novelistas, poetas, científicos y filósofos autistas. Hermelin, que ha estudiado a los savants autistas (poco funcionales) durante muchos años, opina que aunque posean un enorme talento, al carecer de subjetividad e interioridad la creatividad artística de primer orden está fuera de su alcance. Por contra, Christopher Gillberg, uno de los observadores clínicos del autismo más perspicaces, opina que los autistas del tipo Asperger pueden alcanzar una creatividad de primer orden, y se pregunta si de hecho Bartók y Wittgenstein no pudieron haber sido autistas. (A muchos autistas les gusta considerar a Einstein como uno de ellos.)

Temple había hablado antes de que era traviesa, o picara, diciendo que veces gozaba siéndolo, y que había disfrutado introduciéndome de tapadillo en el matadero. Le gusta cometer pequeñas infracciones de vez en cuando —«A veces, en el aeropuerto, ando medio metro fuera de la línea marcada, un pequeño acto de desafío»—, aunque todo eso entra en una categoría totalmente distinta de la «maldad real». Ésta podría tener consecuencias aterradoras, instantáneamente letales. «Tengo la sensación de que si hago algo realmente malo, Dios me castigará, se me estropeará la dirección del coche camino del aeropuerto», dijo mientras regresábamos. Me sorprendió la asociación que hizo entre el castigo divino y el hecho de que se le estropeara la dirección del coche; nunca había pensado en cómo un autista, con una visión totalmente causal o científica del universo y un deficiente sentido de la mediación o la intención, pudiera formular tales asuntos en términos de juicio o voluntad divina.

Temple es una criatura intensamente moral. Posee una apasionada noción del bien y el mal, por ejemplo en relación con el trato a los animales; y la ley, para ella, no es sólo la ley del país, sino, en un sentido mucho más profundo, una ley divina o cósmica, cuya violación puede provocar efectos desastrosos, aparentes alteraciones en el curso de la propia naturaleza.

—Habrá oído hablar de la acción a distancia, o teoría de los quantos —dijo—. Siempre he tenido la sensación de que cuando voy a un matadero debo andarme con cuidado, pues Dios está vigilando. La teoría quántica me atrapará.

Temple comenzó a excitarse.

—Hay algo que quiero decirle antes de que lleguemos al aeropuerto —dijo con una suerte de apremio. Me contó que la habían educado dentro de la religión episcopaliana, pero que desde muy temprano había «renunciado a la fe ortodoxa» (la creencia en una deidad o intención personal) en favor de una idea de Dios más científica—. Creo que en el universo existe una fuerza superior que imparte el bien, no una entidad personal, como Buda o Jesús, quizá algo como el orden a partir del desorden. Me gusta pensar que aunque no haya vida después de la muerte, en el universo queda cierta huella energética… Casi todo el mundo transmite sus genes. Yo puedo transmitir mis pensamientos o lo que escribo… Eso es algo que me preocupa mucho… —Temple, que estaba conduciendo, de pronto vaciló y lloró—. He leído que la inmortalidad reside en las bibliotecas… No quiero que mis pensamientos mueran conmigo… Quiero haber hecho algo… No me interesa el poder, ni amasar montones de dinero. Quiero dejar algo a la posteridad. Quiero realizar una contribución positiva, saber que mi vida ha tenido un sentido. En este mismo momento, estoy hablando de cosas que son la esencia misma de mi existencia.

Me quedé de piedra. Mientras salía del coche para despedirme, dije:

—Voy a darle un abrazo. Espero que no le importe. —La abracé y (creo) ella correspondió a mi abrazo.