24
Todo su cuerpo brillaba, incandescente, cuando extendió las alas sobre ella. Eso la deslumbró, abrumó sus sentidos. Sin embargo, Elena no podía, no quería cerrar los ojos, ya que se sentía fascinada por la impresionante belleza del arcángel.
Peligroso. Era muy peligroso. Pero era suyo.
Alzó las manos y las apoyó contra su pecho.
Una descarga de adrenalina pura.
Los ojos de Rafael se clavaron en los suyos. El azul del iris eclipsaba todo el blanco. Debería haber sentido miedo, pero estaba demasiado necesitada como para notar algo parecido.
—Rafael... —Era un ruego y una exigencia al mismo tiempo. Su cuerpo se estremeció en una sinuosa bienvenida.
El arcángel se inclinó hacia delante y apretó los labios contra los suyos para besarla por fin. Fue un beso intenso y lánguido, y Elena se aferró a sus hombros para intentar acercarlo más. Sin embargo, Rafael se mantuvo por encima de ella, y le apretó el labio inferior entre los dientes cuando ella insistió.
El poder contenido que ocultaba ese cuerpo de acero era asombroso, una tormenta que podía saborear en el ardor del beso. La necesidad se retorció en sus entrañas, como un hambre desgarradora y voraz. La cazadora se sujetó a sus hombros y pasó la pierna por encima de la suya... antes de deslizar la mano con lentitud sobre el arco de su ala.
El brillo de su poder empezó a resplandecer con tal intensidad que Elena ya no pudo mantener los ojos abiertos. La besó de nuevo un instante después, y esa vez no hubo nada de contención. El arcángel se había dado rienda suelta. Cuando se tendió sobre ella, la erección comenzó a presionar con exigencia contra su vientre.
Elena se retorció en un intento por situarlo entre sus muslos. Sin embargo, Rafael tenía otra cosa en mente. Apartó los labios de su boca, la inmovilizó contra el colchón y empezó a dejar un reguero descendente de besos a lo largo de su cuerpo. La cazadora sintió que su corazón se detenía unos segundos antes de empezar a latir a un ritmo frenético.
Te prometí que te lamería aquí.
—¡No! —Lanzó una patada con el fin de alejarse del placer que sabía que la desgarraría, que la dejaría fragmentada en un millar de esquirlas brillantes.
Sí. Ahora estás lo bastante fuerte.
Elena extendió el brazo para intentar sujetarlo, pero el cabello de Rafael se le escurrió entre los dedos, como si fuese un líquido negro que se deslizara cual seda fresca y suave sobre su piel. Se aferró a las sábanas y clavó los talones en la cama. De cualquier forma, nada podría haberla preparado para la sensación que le causó la lengua masculina sobre el tejido casi transparente de sus bragas, para la forma en que las manos del arcángel separaban sus muslos mientras la saboreaba. Fue una agonía de éxtasis, una descarga líquida contenida en el interior de un cuerpo que, de repente, parecía demasiado pequeño, demasiado frágil para lo que se le exigía soportar.
Como si supiera que la había presionado demasiado, Rafael se apartó un poco para besarle el ombligo.
Eres mía, cazadora.
Abrumada por el afecto que teñía la pasión sexual, Elena estiró la mano para acariciarle los labios con los dedos. Su arcángel no sonreía (la fuerza de las emociones que los embargaban era demasiado intensa, demasiado potente para las risas), pero no impidió esa exploración. Cuando movió la mano hacia su cadera, ella se estremeció.
Sintió un ligero tirón y, con él, la última barrera que separaba la boca de Rafael de su zona más íntima desapareció. De pronto, sus labios estaban sobre ella, firmes, decididos, implacables en sus exigencias.
Mía. Eres mía.
El beso de Rafael fue tan terrenal como sus palabras, lleno de posesión masculina, de un hambre salvaje e inexorable. El cuerpo de Elena se vio inundado por una oleada de placer que recorrió sus venas, atravesó sus poros y la acarició por completo. Sintió algo que no había sentido nunca mientras él la empujaba hacia el abismo.
El orgasmo llegó lentamente, y remitió con un centelleo desgarrador. Los colores estallaron en violentas oleadas, pero Elena no se desintegró. Se dejó llevar por la marea hasta el hogar situado entre los brazos de Rafael.
Rafael abrazó a su cazadora mientras el ritmo de su corazón se regularizaba. La piel femenina estaba cubierta por una fina capa de sudor. El corazón primitivo que latía en su pecho, esa parte de sí mismo que deseaba apoderarse de todo lo de Elena, incluso de su alma, ronroneó con silenciosa satisfacción.
Era suya. Y jamás sería de nadie más.
Mientras le acariciaba el cuerpo con la mano, disfrutó del subir y bajar de su pecho, de los graves gemidos que escapaban de su garganta en respuesta al roce de los dedos. Cuando Elena alzó la mano para cubrirle la mejilla, él se frotó contra su palma y trazó con la yema de los dedos la sonrisa apasionada que curvaba sus labios.
La cazadora lo miró con ojos soñolientos teñidos de deseo.
—Creo que has acabado conmigo, arcángel.
—Solo acabo de empezar, cazadora. —Se apartó de ella y bajó las piernas por el costado de la cama—. Es hora de darse un baño.
Elena soltó un gemido.
—Me estás torturando... —Sus ojos volaron hasta la enorme erección que se apretaba contra el tejido negro de sus pantalones, que quedó delante de su rostro cuando él se puso en pie—. Y a ti también.
Verla así, tendida y deliciosamente desaliñada sobre su cama, hizo que su cuerpo se endureciera hasta un punto rayano en lo imposible.
—He aprendido a disfrutar de mis placeres, y tengo la intención de deleitarme contigo... una y otra vez.
Sus pechos se sonrojaron cuando se estremeció.
—Me encanta cómo hablas en la cama. —Palabras roncas pronunciadas mientras se incorporaba. Se puso de rodillas cerca del borde del colchón—. Ven aquí. —Una orden de lo más sensual.
Rafael había vivido más de un milenio y había desarrollado un control férreo sobre la parte más primitiva de su naturaleza. Sin embargo, no podría haber resistido la lujuriosa invitación que se apreciaba en los ojos de la cazadora, del mismo modo que habría sido incapaz de renunciar a la habilidad de volar.
—¿Qué quieres hacerme, Elena?
Ella extendió el brazo para desabrocharle el botón de los pantalones. Sus manos resultaban de lo más femeninas contra el tejido negro.
—Cosas muy, muy perversas. —Recorrió en una caricia lenta la longitud de su erección.
Rafael soltó un siseo y enterró las manos en el cabello femenino. Sin embargo, no la detuvo. Esa mujer que jugaba con su cuerpo... confiaba en él.
—Sé amable.
Elena le dirigió una mirada sorprendida. Luego sonrió de una forma lánguida y satisfecha.
—Yo no muerdo... como otras personas. —Apretó un poco más su carne excitada mientras lo sujetaba en la palma de su mano.
El abdomen de Rafael se puso tenso.
—Me estás dando ideas. —Aún podía paladear su salvaje esencia almizclada en la lengua, suntuosa y terrenal—. La próxima vez, tal vez use los dientes en una zona mucho más delicada.
Estremecida, Elena desabrochó los dos botones siguientes... antes de inclinarse hacia delante para besar con sensualidad la parte inferior de su ombligo. Las caderas de Rafael dieron una sacudida, y la mano que estaba enterrada en su cabello se apretó en un puño.
—Yo —dijo con voz ronca— no tengo tanto control. —La soltó y dio un paso atrás.
—Eso no es... —La cazadora dejó de hablar cuando él se quitó el resto de la ropa para poder sentir el contacto directo de sus caricias.
Elena se quedó sin aliento. Verlo así era algo... indescriptible.
Un instante después, Rafael se acercó de nuevo a ella. Su erección era una tentación irresistible. Lo rodeó con los dedos, consciente de que había vuelto a enterrar la mano en su cabello y de que aferraba los mechones con fuerza.
—Basta de provocaciones. —Un tironcillo suave—. Cumple tu promesa.
Elena sintió la piel cálida y tensa al escuchar el tono exigente de sus palabras, pero le dirigió una sonrisa picara.
—¿Vas a darme órdenes en la cama?
Elena.
Al percibir el matiz cortante de su ruego, recordó de pronto lo mucho que su arcángel había esperado por ella... y saber que la amaba fue como una flecha en el corazón. Agachó la cabeza y recorrió con la lengua la vena que palpitaba a lo largo de la gruesa erección. Rafael dejó escapar un sonido inarticulado, mezcla de placer y dolor, y tironeó ligeramente de su cabello. Incapaz de resistirse ahora que lo había saboreado, Elena apretó los muslos, lamió el trayecto a la inversa y se metió su pene en la boca.
¡Elena!
No le cabía. Era demasiado largo, demasiado grueso.
Pero tendré toda una eternidad para refinar mis técnicas.
Ese pensamiento sensual desató un infierno de necesidad en su interior mientras amaba a su arcángel, lamiéndolo, saboreándolo, succionándolo.
Sintió un fuego blanco incandescente contra la piel y supo que Rafael había empezado a brillar. Era un ser letal al que ella se había atrevido a provocar de la más íntima de las formas.
La respuesta del arcángel fue un comentario erótico.
Tu boca es algo así como el paraíso y el infierno a la vez.
Tras soltar un gemido gutural, Elena giró la lengua alrededor del extremo antes de volver a introducir esa carne excitante en su boca. Adoraba su sabor, el contraste entre seda y acero, y también las pequeñas promesas murmuradas que él le hacía.
Bajo sus manos, los músculos del arcángel adquirieron la dureza del granito, y su piel empezó a resplandecer a causa de la pasión.
—Suficiente, Elena. —Una orden.
La cazadora dejó que él notara sus dientes.
Un estallido en su mente, una tormenta salvaje.
La próxima vez, dijo el arcángel, que había perdido ya todo rastro de ser civilizado, te ataré a la cama.
Puesto que sabía que estaba tan cerca del abismo que una caricia más lo habría lanzado al vacío, Rafael deslizó la mano sobre el sensible arco de su ala derecha y aprovechó esa distracción momentánea para escapar de la prisión cálida y dulce de su boca. No obstante, aunque los ojos femeninos mostraban el brillo febril originado por la combinación de la pasión de ambos, Elena no se rindió. Alzó un único dedo provocativo y se lo metió en la boca para succionarlo con sus deliciosos labios.
Eso fue todo el estímulo que su hambre voraz necesitaba. La pasión se extendió a través de sus venas y lo consumió por completo, como una marea de fuego negro. Regresó a la cama, devorado por una sombría oleada de anhelo, y colocó a Elena de espaldas antes de alzarle las piernas y separarle los muslos.
Era la forma más tosca y primitiva de poseer a una mujer, pero su cazadora apoyó los codos y se incorporó un poco para retarlo con una mirada desafiante.
—Estoy esperando —le dijo.
Rafael se introdujo en ella con una única y fuerte embestida. El grito de Elena resonó en las paredes, pero se trataba de un grito que evidenciaba necesidad y exigencia a partes iguales. Aferró sus caderas con fuerza y se retiró casi por completo antes de volver a introducirse en ella hasta el fondo. Ya no había clemencia en él, pero Elena tampoco se la pedía.
Aprende pronto a volar, Elena, le dijo mientras los llevaba a ambos hasta un orgasmo cegador. Cuando lo hagas, danzaremos en el cielo.
Se dieron un baño... pero fue mucho después. Rafael pasó la manopla enjabonada sobre las alas femeninas mientras Elena permanecía apoyada contra el borde de la bañera.
—Es una sensación muy íntima.
—Cierto. —Un beso en el arco hipersensible del ala derecha, allí donde salía de la espalda—. Permitir que alguien acaricie tus alas se considera un acto que lleva la relación mucho más allá del plano sexual.
Elena, que sentía los brazos y las piernas sin fuerza después de la pasión, reflexionó sobre ese comentario.
—¿Puedo lavarte las alas? —Eso le proporcionaría la más deliciosa de las indulgencias, el más exquisito de los placeres.
—Tienes ese derecho desde que nos bañamos juntos por primera vez.
La sinceridad de esas sencillas palabras hizo que Elena sintiera un vuelco en el corazón.
—Sin embargo —continuó el arcángel—, en estos momentos no estás preparada para otra cosa que no sea relajarte.
Elena percibió el orgullo que teñía esas palabras y sintió un estallido de afecto.
—Eres increíblemente bueno en la cama, arcángel.
Tras darle un apretón en los pechos, Rafael situó la mano libre entre sus muslos e introdujo dos dedos en su interior. Elena aspiró con fuerza, sin aliento.
—¿Otra vez? —La pasión se acumulaba en el interior de su vientre.
—Otra vez. —Rafael retiró los dedos y la besó en el cuello antes de apretar su erección contra ella.
—Sé amable...
Elena notó que Rafael había esbozado una sonrisa al escuchar las palabras que él mismo había dicho un rato antes.
Por ti, Elena, cualquier cosa.
Se deslizó dentro de ella con una embestida suave, y su cuerpo se dilató para darle cabida.
Esa vez, cuando el arcángel empezó a moverse, lo hizo con movimientos lentos y delicados... con tanta ternura que Elena supo que le habría robado el corazón de no haberlo hecho ya cuando se encontraban sobre las ruinas de Manhattan.
Al día siguiente, Elena tenía los músculos hechos papilla, pero se arrastró hasta la sesión de entrenamiento con Galen de todas formas. Rafael le había dado el masaje prometido antes de que ambos se quedaran dormidos. En realidad no tenía nada roto ni desgarrado, así que tendría que ejercitarse si quería librarse del dolor muscular.
Galen le echó un vistazo y le arrojó lo que parecía un bloque de metal de diez toneladas. Elena contempló el montante (una hoja de doble filo muy pesada) durante un segundo antes de afianzar los pies para levantarlo. Sus bíceps temblaron, pero consiguió mantener la maldita hoja de acero en posición vertical, con la punta dirigida hacia el cielo azul lleno de nubes.
Galen examinó sus hombros, sus brazos.
—Eres más fuerte que un mortal común y corriente.
—Ya no soy mortal —señaló ella, a quien le costaba un enorme esfuerzo mantener erguida la espada.
—Nadie posee información sobre un ángel creado, pero si pueden aplicarse los mismos principios que con los vampiros, tu fuerza no alcanzará los niveles inmortales hasta dentro de bastante tiempo.
Elena encogió los hombros y dejó pasar el tema. El hecho de que los cazadores natos fueran algo más fuertes que los humanos corrientes no era exactamente un secreto, pero tampoco era algo que se anunciara a los cuatro vientos. Y aunque ahora era inmortal, todavía se consideraba una cazadora nata, un miembro del Gremio. Jamás traicionaría esos dos hechos.
—Lánzamelo.
La cazadora entrecerró los ojos y caminó sobre el terreno salpicado de nieve para entregarle la espada.
—¿Qué pasa? ¿Quieres demostrarme lo débil que soy? Pues puedes hacerlo con un puñetazo.
—Si hiciera eso, Rafael me mataría. —Una respuesta de lo más práctica. Cogió el montante y lo giró para recoger algo que había en una pequeña mesa situada en un rincón del área de entrenamiento. Estaba sin camisa una vez más, pero llevaba puesta una pequeña banda en el brazo izquierdo fabricada en un metal de color gris, casi mate. De la parte central del brazalete colgaba una especie de amuleto, pero Elena no pudo identificar su origen.
¿Nórdico? Tal vez.
No le costaba nada imaginarse a ese tipo como parte de una cultura de guerreros sedientos de sangre. Apartó la vista del brazalete y sintió la presión de al menos veinte pares de ojos curiosos.
—Tenemos público otra vez.
Para su sorpresa, Galen frunció el ceño.
—No lo necesitamos. No en las condiciones en las que te encuentras. —Alzó la mano y la bajó en un gesto brusco.
Una bala azul plateada descendió desde los cielos y avanzó hacia el suelo como un relámpago. El aterrizaje de Illium fue todo un espectáculo, un picado rápido y arrollador que lo dejó hincado sobre una rodilla y con las alas extendidas en una arrogante exhibición. Tenía una sonrisa de oreja a oreja.
—Vanidoso...
El ángel se puso en pie.
—No es vanidad, Elena; es lo que hay.
Elena sacudió la cabeza y miró a Galen.
—¿Qué va enseñarme Campanilla?
—Nada. Illium será la mariposa.
Elena no entendió lo que Galen quería decir hasta que el pelirrojo la empujó hacia el interior del inmenso edificio que se erguía al lado de la pista de tierra batida que habían utilizado durante las últimas dos semanas. Era una sala interior de entrenamientos, comprendió mientras Galen cerraba las puertas para evitar las miradas del público.
—Impresionante. —El alto techo le recordaba a un anfiteatro en sus líneas más básicas.
—Voles-tu, mon petit papillon.
Illium se echó a reír al escuchar la orden de Galen, que significaba «Vuela, mariposilla», y le hizo un gesto desagradable con el dedo al otro ángel antes de replicar en un idioma que a Elena le pareció griego.
Se quedó estupefacta al ver sonreír a Galen. Aunque esa sonrisa desapareció en el instante en que se volvió hacia ella.
—Bueno, veo que llevas vainas en los brazos. —Se acercó para examinarla con las manos rápidas y cuidadosas de un experto en armas—. Son de una calidad excelente.
—Las mejores de Deacon.
Los ojos verde claro se clavaron en ella.
—¿Conoces a Deacon personalmente?
Elena inclinó la cabeza hacia un lado.
—Está casado con mi mejor amiga.
Illium ahogó una exclamación.
—Ahora tienes a Galen agarrado por las pelotas. Tiene sueños húmedos en los que se introduce en... el almacén de armas de Deacon.
Otro rápido intercambio de palabras en griego y en francés. Galen hablaba el francés tan rápido que Elena no entendía nada. Sin embargo, no necesitaba entenderlo: era obvio que ambos se estaban tomando el pelo. Amigos, pensó Elena de repente. Por alguna razón, Illium, el de las risas y el corazón amable, era amigo de ese ángel de mirada fría que parecía esculpido en piedra.
—Pensé —dijo cuando Galen se volvió hacia ella— que la lucha cuerpo a cuerpo estaba descartada.
—No te acercarás. Illium...
Illium remontó el vuelo y no se detuvo hasta que se encontró en lo más alto de la sala, como un relámpago azul contra el tono oscuro de la madera.
—Atácalo.
Elena retrocedió un paso y negó con la cabeza.
—Estos cuchillos son de verdad.
—Es inmortal. Un cuchillo no le hará daño. Y si puedes apañártelas con un cuchillo, serás invencible con una pistola.
—Puede que sea inmortal, pero siente el dolor. —Illium ya había sentido bastante dolor por su culpa.
—Podré soportarlo, Ellie. —Un grito desde el tejado—. Pero no me darás.
—¿En serio? —Cogió un cuchillo y lo sostuvo sobre la palma de la mano.
—En serio.
Con todo, Elena vaciló.
—¿Estás seguro?
—Te desafío a hacerlo.
Animada por ese comentario juguetón, siguió sus movimientos lánguidos con la vista... y luego lanzó el cuchillo. El ángel había desaparecido antes de que la daga abandonara su mano. Fue entonces cuando Elena entendió por qué Galen lo había llamado «mariposa». Illium podía moverse a una velocidad increíble en un espacio muy reducido; al parecer, no necesitaba espacio ni tiempo para girar, para cambiar de dirección.
Tenía regueros de sudor en la cara cuando se le acabaron las dagas, tanto las suyas como las que le había dado Galen. Illium le lanzó un beso desde su posición sobre una viga.
—Pobre Ellie. ¿Quieres echarte una siestecita?
—Cierra el pico. —Se limpió la cara y miró a Galen antes de hacer un gesto negativo con la cabeza—. ¿Cómo demonios puede moverse así?
—A su madre la llamaban «Colibrí». —Galen cogió el cuchillo que Illium había arrojado desde lo alto, uno de los muchos que se habían incrustado en las distintas partes de la sala—. Posees cierta destreza, así que no será tan difícil lograr que aciertes en el cuello.
Elena se frotó la garganta.
—¿El punto más vulnerable?
Un gesto de asentimiento.
—Pero eso llevará tiempo. Por ahora, bastará con que consigas acertarle a un ángel que se acerca a ti, ya sea con una daga o con un disparo. Con eso lograrás aturdirlo el tiempo suficiente para huir.
Una pausa. Elena se dio cuenta de que esperaba una respuesta.
—El orgullo no me impide huir. Mis piernas me han salvado en más ocasiones de las que te imaginas.
Le pareció apreciar un brillo de aprobación en los gélidos ojos verdes, aunque tal vez fuera cosa de su imaginación.
—Si te ves atrapada en una situación en la que no tengas más remedio que luchar, la buena puntería te dará una ligera ventaja.
—Enfatizando lo de «ligera».
Los bíceps de Galen se tensaron cuando arrancó una daga de la pared.
—Estás jugando con arcángeles. Una «ligera ventaja» supone una gran mejora en comparación con una «muerte segura».