8
Elena se despertó sola, pero había una taza de café sobre la mesilla... justo al lado de la Rosa del Destino. Rafael le había entregado ese tesoro de valor incalculable (una escultura imposible tallada en un diamante de una sola pieza) poco después de conocerla. Elena siempre intentaba devolvérsela, pero volvía a encontrarla sobre su mesilla a la mañana siguiente.
Con los ojos puestos en el regalo, que era de lo más romántico, se incorporó hasta sentarse e inhaló la embriagadora esencia del café recién hecho. No obstante, apenas había tomado un sorbo cuando lo sintió..., cuando sintió la fría caricia del satén mezclada con la promesa de un dolor maravilloso.
—Dmitri... —dijo con voz ronca antes de dejar la copa y subir las sábanas para cubrirse los pechos.
Y lo hizo justo a tiempo.
El vampiro se adentró en la habitación tras darle un toquecito de aviso a la puerta.
—Llegas tarde al entrenamiento.
Elena observó el sobre que llevaba en la mano.
—¿Qué es eso?
—Es de tu padre. —Le entregó la carta—. Quiero que estés abajo dentro de media hora.
Elena apenas lo oyó, ya que estaba concentrada en el sobre. ¿Qué querría ahora Jeffrey Deveraux?
—Allí estaré. —Unas palabras que tuvieron que atravesar el muro de rocas de su garganta.
Dmitri la dejó con un beso de diamantes y crema, una pulla sensual que la hizo contener el aliento y apretar los muslos en una reacción involuntaria. Sin embargo, la distracción solo fue momentánea. Un segundo después se quedó a solas, y miró el sobre como si tuviera colmillos y pudiera morderla.
—No seas cobarde, Ellie —se dijo antes de abrirlo. Había sido enviado a su dirección del Gremio.
Frunció los labios. Seguro que Jeffrey había odiado tener que enviárselo allí, tener que recurrir al trabajo asqueroso e inhumano de su hija para poder acceder a ella.
«Abominación.» Eso fue lo que la llamó la última noche que Elena pasó bajo su techo. Nunca lo había olvidado, y no lo olvidaría jamás.
Sus dedos se cerraron sobre el sobre, tanto que estuvo a punto de desgarrar la carta al sacarla. Por un instante no comprendió lo que veía, pero en cuanto lo hizo, las emociones la sacudieron en una violenta oleada.
No era una carta de su padre. La carta procedía de los abogados de la familia Deveraux: una nota para informar de que la empresa de su padre, en su enorme cortesía, había pagado los costes de la unidad de almacenamiento a pesar de que los objetos que había en dicho almacén solo le pertenecían a ella.
Arrugó el papel dentro del puño. Casi lo había olvidado... No, eso no era cierto. Se había obligado a sacarlo de su memoria. La herencia que había recibido de su madre, comprendió. Marguerite Deveraux le había dejado a Elena la mitad de sus bienes personales, y a Beth la otra mitad.
Sin embargo, las cosas que había en ese almacén... pertenecían a la infancia de Elena.
Plaf.
Plaf.
Plaf.
—Ven aquí, pequeña cazadora. Pruébala.
Apartó las mantas con unas manos que no funcionaban del todo bien y salió de la cama, dejando la carta abandonada sobre las sábanas. Caminó con cierta dificultad hasta el baño e intentó poner en marcha la ducha. Sus dedos resbalaron sobre el grifo. Elena se mordió los labios con tanta fuerza que se hizo sangre, y luego volvió a intentarlo. Al final, por suerte, el agua empezó a caer, una lluvia cálida y suave. La ducha la liberó del sueño, pero no sirvió para borrar los recuerdos que habían aflorado.
Ariel había sido la mejor hermana mayor que una niña podría desear. Jamás le había dicho que la dejara en paz, aunque Elena sabía que era una pesada con su constante necesidad por averiguar lo que iba a pasar en la vida adolescente de su hermana. Mirabelle, la mayor de todas, había sido más propensa a los gruñidos, pero le había enseñado a Elena a jugar al béisbol, y se había pasado muchísimas horas diciéndole cómo debía lanzar la bola y cómo había que atraparla.
Yin y Yang, llamaba su madre a sus dos hijas mayores. Ari era el azúcar; y Belle, la pimienta.
—Belle, ¿adónde crees que vas vestida de esa forma?
—Ay, venga, mamá... Es el último grito en moda.
—Puede que sea el último grito, mon ange, pero estarás castigada un mes si tu padre ve que tu trasero asoma por debajo de esos pantalones cortos.
—¡Mamá!
Elena lo recordaba sentada junto a la mesa de la cocina, riéndose mientras su hermana quinceañera de piernas largas subía furiosa las escaleras para cambiarse. Al otro lado de la mesa, Beth, que a sus cinco años era demasiado pequeña para entender la situación, se había reído con ella.
—Y vosotras dos, pequeños monstruos, comeos la fruta de una vez.
Se le encogió el corazón al recordar el acento único de su madre, y se llevó los dedos a la mejilla, como si buscara el eco del beso de Marguerite.
—Mamá... —La palabra fue un susurro, la súplica de una niña.
Más tarde hubo mucha sangre. Elena había resbalado, había aterrizado con fuerza sobre el suelo. Y había oído la respiración moribunda de Belle cuando su hermana intentó decirle que huyera, aunque su voz no era más que el gorgoteo de la sangre que le llenaba la garganta. Sin embargo, Slater Patalis no quería matar a Elena. Tenía otros planes para ella.
—Mi dulce y pequeña cazadora…
Tras cortar el agua, Elena salió de la ducha y se secó con meticulosa concentración. Sacudió las alas como le había visto hacer a Rafael, pero ahogó una exclamación al sentir un dolor agudo en la espalda. Recibió de buen grado las oleadas de dolor, que consiguieron romper la espiral interminable de recuerdos, y se puso la ropa de trabajo: unos pantalones sueltos de algodón negro con rayas blancas a los lados, y una sobria camiseta negra con sujetador integrado.
Al igual que toda la ropa que había encontrado en su armario, esas prendas habían sido diseñadas teniendo en cuenta las alas. La camiseta, por ejemplo, se ceñía con fuerza al cuello y tenía tres piezas en la espalda (una para cada lado de las alas); esas tres piezas acababan convertidas en una correa ancha que se enrollaba alrededor de la cintura y se aseguraba a los lados con hebillas ajustables. La parte del pecho tenía un refuerzo adicional de ballenas.
Satisfecha al ver que su cuerpo no la distraería de lo que debía aprender, se recogió el pelo platino en una trenza de raíz.
Luego, como no estaba acostumbrada a dejar todo hecho un desastre, hizo la cama (aunque antes metió la carta en un cajón) y salió de la habitación. El dormitorio, con sus paredes de cristal, estaba conectado a una amplia sala de estar que ya había utilizado. En el pasillo, frente a la puerta de la sala de estar, descubrió una especie de despacho y una pequeña biblioteca muy bien equipada, ambos con paredes transparentes que permitían que el sol de la montaña se colara en el interior. Los libros llenaban las estanterías inferiores (algunos viejos, otros nuevos), pero también atisbo un ordenador de tecnología punta. La sala estaba situada sobre la parte superior de la fortaleza, encima del altísimo núcleo central. Abajo había muchos más alojamientos, habitaciones para los Siete y para otros ángeles y vampiros. Pero el ala superior era privada, el hogar de Rafael.
El pasillo (que llevaba hasta una escalera que se abría a un lado del núcleo central) era una sinfonía de líneas limpias rotas por cosas inesperadas. Había una cimitarra muy afilada, con runas antiguas grabadas a fuego sobre la hoja, colgada en la pared izquierda. Elena podía imaginarse a Dmitri sujetando esa espada, y se preguntó si habría pertenecido al vampiro en cierta época. Porque Dmitri era muy viejo, uno de los vampiros más antiguos que había conocido en toda su vida.
Unos cuantos pasos más adelante había un tapiz tejido a mano que cubría la mayor parte de la pared derecha. Elena lo había contemplado durante más de media hora el día anterior, fascinada por algo que no lograba entender. En esos momentos, aunque sabía que debía marcharse para combatir el dolor que sentía en las entrañas con ejercicios físicos intensos, sus pies vacilaron y se detuvieron. Había una historia tejida en esas maravillosas hebras de hilo, una historia que se moría por conocer.
El tapiz mostraba la silueta dorada de un ángel de espaldas al sol. Su rostro quedaba en las sombras mientras se dirigía hacia una aldea del bosque envuelta en llamas. Un ángel femenino se inclinaba hacia él, con el largo cabello negro suelto sobre la espalda y las alas más blancas que Elena hubiera visto jamás. Los mechones sacudidos por el viento ocultaban su rostro de tal forma que también ella era una sombra. Sin embargo, las caras de los aldeanos estaban retorcidas en una mueca de agonía... y todas ellas habían sido tejidas con exquisito detalle. Se apreciaba incluso el horror de los ojos de una mujer cuyas faldas se consumían entre las llamas, y las ampollas que habían aparecido en la piel de su brazo.
¿Quiénes eran esos dos ángeles? ¿Intentaban ayudar a los que se quemaban? ¿O eran los culpables de la masacre? Y lo más importante de todo, pensó Elena con un escalofrío, ¿por qué Rafael había colocado esa perturbadora imagen en un lugar donde tendría que verla todos los días?
Rafael contempló al vampiro herido, ahora mucho más consciente de la naturaleza deliberada del insulto, del cuidado con el que habían golpeado a Noel para que su cara se convirtiera en una pulpa sangrienta. Sin embargo, conservaba un ojo sano, un leve atisbo de azul, visible a pesar de la inflamación originada por las demás heridas. El otro era una masa gelatinosa. Su nariz había desaparecido, pero sus labios, ilesos, conservaban su forma intacta.
De cuello para abajo lo habían destrozado. Sus huesos estaban rotos en tantos pedazos que algunas partes habían quedado reducidas a polvo.
El propio Rafael le había dado una paliza a un vampiro no hacía mucho, en castigo por su deslealtad. Le había partido todos los huesos a Germaine, cada uno con un único movimiento de la mano. Había sido un castigo brutal, uno que Germaine recordaría durante el resto de su existencia, pero él no había obtenido placer alguno al administrarlo.
Estaba claro que los atacantes de Noel habían disfrutado al propinar la paliza, ya que lo habían destrozado mucho más de lo necesario para dejar un mensaje. La marca a fuego había dejado una repugnante herida en la carne situada sobre el esternón, pero el sanador, Keir, también había encontrado huellas de bota en su espalda y en su rostro. La daga no era lo único que habían dejado en el interior del vampiro. Habían introducido esquirlas de cristal al fondo de sus heridas, donde la carne crecería para cubrirlas. Y también lo habían golpeado de otras formas: habían aporreado su cuerpo con algo que cortaba y desgarraba. Lo único bueno era que, al parecer, eso lo habían hecho cuando ya estaba inconsciente.
A Rafael le hubiera gustado tener la certeza de que él no era capaz de semejante perversidad, pero había una parte sí mismo que no lo tenía claro. Nadiel también había sido considerado en su día el más grandioso de los arcángeles.
Sin embargo, una cosa era segura: no toleraría que se asesinara ni se torturara a su gente.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó.
El ojo sano del vampiro estaba vidrioso. Había sobrevivido, pero no se sabía si su mente volvería a ser la misma.
—No lo sé. —La respuesta fue sorprendentemente clara, tan clara que Rafael se replanteó su opinión sobre las posibilidades de recuperación de Noel—. Una emboscada.
—No eres joven —dijo Rafael, que había recibido el informe de la historia de Noel gracias a Dmitri. Al parecer, el vampiro era un miembro de confianza del equipo que operaba a las órdenes de los Siete, un ser al que Dmitri planeaba ascender por su inteligencia y su lealtad—. No debería ser fácil pillarte desprevenido.
—Más de uno. Alas. Oí alas.
Rafael había ejecutado a un arcángel. No sentiría el menor escrúpulo al arrebatarle la vida a un ángel que intentaba crearse un nombre descuartizando a aquellos que se encontraban bajo su protección.
—¿Marcas?
—No vi nada. —El ojo sano se dirigió hacia Rafael—. Me arrancaron los ojos cuando empezó la paliza.
De pronto, el enturbiamiento de la mirada del vampiro cobró sentido. No era que hubieran dejado ese ojo intacto, sino que en realidad había comenzado a regenerarse antes que el otro.
—¿Percibiste algo especial en tus atacantes?
—Dijeron que yo era un mensaje de Elijah. —Una tos ronca resonó en su pecho.
Rafael no consideraba como un amigo a ninguno de los arcángeles, pero tampoco habría considerado a Elijah un enemigo.
—¿Seres masculinos o femeninos?
—Para entonces me había vuelto casi loco. —Palabras sencillas—. A mí me parecían demonios. Pero al menos a uno de ellos le encantaba el dolor. Mientras me marcaban... uno no dejaba de reír, y reír, y reír...
Elena regresaba a su habitación para ducharse y cambiarse después de la sesión de entrenamiento con Dmitri cuando oyó algo que atravesaba el aire con un silbido escalofriante. Se arrojó al suelo de inmediato. Se golpeó el codo contra el suelo de piedra y se raspó la palma de la mano contraria. Las alas no sufrieron daños, pero solo porque recordó que debía caer de lado. El precio sería un gigantesco cardenal en el costado y un dolor insoportable en el brazo.
Alzó la cabeza con la cautela de una cazadora nata en el mismo instante en que chocó contra el empedrado, a sabiendas de que sería un blanco fácil si no se movía. Puesto que no percibió nada, tomó la decisión de volver a ponerse en pie. Pero no oyó ningún ruido, solo silencio. Esa parte del territorio de Rafael estaba llena de árboles que parecían prosperar bajo el aire frío de la montaña, y no había ninguna residencia angelical en un radio de unos treinta metros.
Preguntándose si se habría dado ese castañazo para nada, empezó a realizar un lento círculo. Ese sonido sibilante que había oído se parecía mucho al de... Clavó los ojos en la empuñadura de una daga que aún vibraba, clavada en el tronco de un árbol situado justo detrás de donde ella se encontraba en el momento del ataque. Se acercó cojeando, ya que se había torcido un poco el tobillo, y olisqueó el cuchillo antes de tocarlo.
Pieles, diamantes y todas las cosas que las chicas buenas no deberían desear.
—Maldito vampiro... —Estaba tan cabreada consigo misma por no haberse dado cuenta de que la seguía que tuvo que realizar dos intentos para quitar el trozo de papel envuelto alrededor de la empuñadura y asegurado con una goma elástica.
El mensaje había sido escrito por una mano fuerte y masculina, y la escritura era oscura y angulosa.
Esto es un Refugio, pero no para ti. Tú eres una presa. No lo olvides.