17

La arcángel apareció ante sus ojos segundos después. Sus alas cobrizas contrastaban con el cielo, que cambiaba lentamente del gris a la luz. Rafael aguardó hasta que ella se acercó flotando hasta él.

—¿El niño? —preguntó Michaela, con una expresión de agonía que habría despertado la lástima y la compasión de Elena.

Él era mayor, más duro. Había visto cómo Michaela mataba a la gente por capricho, cómo jugaba con los hombres y los ángeles como si fueran piezas de ajedrez.

Sin embargo, en eso... se había ganado el derecho a saber.

—Se curará.

Un estremecimiento sacudió su cuerpo, un cuerpo tan hermoso que había convertido a los reyes en peleles y había conducido a la muerte a al menos un arcángel. Tal vez Neha fuera la Reina de las Serpientes, pero Rafael tenía la certeza de que había sido Michaela quien había empujado a Uram hasta un punto sin retorno aguijoneándolo con el más venenoso de los susurros.

—Tu cazadora... —dijo Michaela, que no hizo el menor esfuerzo por ocultar su desagrado—, ¿fue capaz de percibir el rastro?

—Bajo la nieve, no. Todos los indicios hacen pensar que el vampiro recibió la ayuda de un ángel. —Y si la gente llegaba a enterarse, el poco equilibrio que quedaba en el Refugio se vendría abajo—. Tienes que investigar a tu gente.

El rostro femenino se convirtió en una máscara de piedra. Sus huesos eran como hojas de acero contra la piel.

—Descuida, lo haré. —Una pausa. Sus ojos resultaban penetrantes incluso en la oscuridad—. Crees que mi gente no me guarda lealtad.

—Lo que yo crea carece de importancia. —Lo que él creía era que el miedo, moldeado por un látigo caprichoso, jamás generaría lealtad—. Tengo que irme. Elena intentará rastrear la esencia una vez más cuando despierte.

—Sigue tan débil como una mortal.

—Adiós, Michaela. —Si creía que Elena era débil, el problema era suyo.

Aterrizó junto a la Galena con un movimiento silencioso conseguido gracias a la experiencia de más de un millón de aterrizajes similares, y la nieve apenas se agitó a su alrededor. El edificio estaba tranquilo, vacío, aunque sabía que tanto los ángeles como los vampiros regresarían con la salida del sol para asegurarse de que Sam seguía con vida, de que su corazón aún latía.

Hasta entonces, Rafael cuidaría de él.

Elena despertó sabiendo que se encontraba en brazos de un arcángel. El sol ya había metido sus tentáculos dorados en la habitación.

—¿Qué hora es?

—Solo has dormido unas horas —le dijo Rafael, cuyo aliento era como una caricia íntima sobre su cuello—. ¿Te sientes lo bastante fuerte como para continuar el rastreo?

—Oh, ese asunto del rastreo —dijo mientras se tomaba un momento para saborear la calidez salvaje que desprendía su cuerpo—. Todo depende de lo rápido que pueda moverme. —Respiró hondo y se arrastró fuera de la cama con las alas pegadas a la espalda. Una vez que estuvo de pie junto al colchón, descubrió que Rafael la observaba con esos increíbles ojos azules mientras el sol bañaba su pecho desnudo.

—Elena... —Una reprimenda de lo más sutil.

Sonrojada, Elena notó un repentino aunque comprensible acaloramiento.

—No tengo ninguna contracción dolorosa. —Sus ojos regresaron a ese magnífico cuerpo que él no le permitía tocar—. Aunque tal vez necesite un masaje al final del día.

—Puede que eso sea una tentación demasiado fuerte.

Los recuerdos acariciaron su mente. Recuerdos de esos dedos llevándola al éxtasis mientras su voz grave le contaba todas las perversidades que pensaba hacerle. Al sentir que su cuerpo se ruborizaba, se dio la vuelta para ocultarse de esa mirada que podría llevar al pecado incluso a una cazadora.

Se dirigió al baño. Después de una ducha rápida, se sintió un poco más humana.

Humana.

No, ya no era humana. Pero tampoco era un vampiro. Se preguntó si su padre la encontraría más aceptable ahora o si la consideraría más abominable que nunca.

«Entonces lárgate, ve a revolearte en el fango. Y no te molestes en volver.»

Ese rechazo aún le dolía, y también la expresión de los ojos de su padre tras la fina montura metálica de las gafas. Después de la muerte de su madre, se había esforzado muchísimo por ser lo que Jeffrey Deveraux esperaba de su hija, de la mayor de sus herederas. Su vida había sido una cuerda floja, un balanceo continuo bajo sus aterrados pies. Jamás se había sentido cómoda en el Caserón, la casa que su padre había comprado después de la sangre, de la muerte, de los gritos. Pero lo había intentado. Hasta el día en que la cuerda floja se rompió.

«Plaf.

Plaf.

Plaf.

—Tu hambre hace cantar a la mía, cazadora.»

Elena se tensó a causa de la repulsión.

—No.

Cortó el agua, salió de la ducha y se apretó la toalla contra la cara. ¿Ese susurro había sido real? Debía de haberlo sido. Jamás olvidaría esa voz grave y sinuosa, ese rostro apuesto que ocultaba el alma de un asesino. Sin embargo, había olvidado esas palabras, las había enterrado. Las palabras... y lo que ocurrió después.

Elena.

Limpieza, frescura, el mar y el viento. Elena se aferró a eso.

Hola, saldré dentro de un momento.

Puedo sentir tu miedo.

No supo cómo responder a eso, así que no lo hizo. La esencia del mar y la caricia fría del viento no desaparecieron. Una parte de ella se preguntó si Rafael le estaba robando sus secretos, pero otra parte se alegraba de que no la hubiera dejado sola en esa casa que se había convertido en una carnicería.

¿Rafael?

El arcángel apareció en la entrada. Ese ser al que había disparado una vez, presa del pánico. Ese ser que ahora tenía el alma de una cazadora en sus manos.

—¿Me necesitas?

—¿Cuánto sabes? —le preguntó—. ¿Cuánto sabes sobre mi familia?

—Conozco los hechos. Hice que te investigaran a fondo cuando la Cátedra se planteó contratarte.

Eso lo sabía, pero en esos momentos enfrentó la mirada masculina y levantó un muro alrededor de su vulnerable corazón. Ese ser podía hacerle mucho daño.

—¿Has conseguido de mí algo más que los hechos?

—¿Tú qué crees?

—Creo que estás acostumbrado a apoderarte de todo lo que deseas.

—Así es. —Un breve gesto de asentimiento.

El corazón de Elena amenazó con romperse.

—Pero... —añadió Rafael—, estoy aprendiendo a comprender el valor de lo que se entrega libremente. —Atravesó la estancia y acarició con la palma de la mano el arco sensible de su ala.

Elena se estremeció, atrapada por el magnetismo de un arcángel que jamás había sido nada parecido a un mortal. Y cuando Rafael habló, sus ojos adquirieron ese azul infinito que solo existe en la parte más profunda de los océanos, eterno y puro, sin descripción posible.

—No te he robado tus secretos, Elena.

Todo se vino abajo, y las emociones amenazaron con aplastarla.

—Esa no es la respuesta que esperaba.

Rafael cogió una toalla y se colocó detrás de ella para empezar a secarle las alas con movimientos lentos y suaves. Elena comprendió demasiado tarde que, aunque mantenía una toalla por delante de su cuerpo, toda su espalda estaba desnuda ante los ojos masculinos.

—Tienes la espalda llena de cardenales. —Le colocó el pelo sobre un hombro antes de depositar un beso sobre su nuca.

Elena se echó a temblar e intentó levantar las alas a fin de poder enrollarse la toalla alrededor del cuerpo.

—No. —El arcángel deslizó la mano por la curva de su espalda hasta las nalgas antes de volver a ascender.

La cazadora descubrió que se había puesto de puntillas en un intento por escapar de aquel delicioso tormento.

—Rafael...

—¿Me contarás tus secretos?

Volvió a apoyar los pies sobre el suelo, abrumada por una marea de miedo y dolor. Se relajó contra él y dejó que su cabeza descansara sobre el pecho masculino.

—Algunos secretos duelen demasiado.

Rafael volvió a deslizar la mano sobre su ala, aunque en esa ocasión la sensación fue más parecida al alivio.

—Tenemos toda una eternidad por delante —dijo él mientras le rodeaba el cuello con un brazo.

Elena sintió un vuelco en el corazón al percibir la certeza de su voz.

—¿Y tú me contarás tus secretos en esa eternidad?

—No he compartido mis secretos desde hace más amaneceres de los que puedas imaginar. —La abrazó con más fuerza—. Pero hasta que te conocí, tampoco había reclamado nunca a una cazadora.

Hubo algo extraño en el rastreo de esencias a lo largo del Refugio. Y no se trataba solo de que hubiera desarrollado la capacidad de rastrear a los ángeles (esa habilidad iba y venía, y las nuevas esencias permanecían en un rincón de su mente); no, era algo que podía ver con sus propios ojos con cada paso que daba.

—Cualquiera diría que no habían visto a un cazador en toda su vida —murmuró entre dientes.

Illium, que caminaba a su lado con un vivido interés, se tomó sus palabras como una pregunta.

—Muchos de ellos no lo habían hecho.

—Supongo que no. —Elena frunció el ceño cuando percibió el vestigio de una esencia que despertó sus instintos, pero se desvaneció tan rápido que no pudo identificar los elementos que la componían—. Tal vez solo quieran verte a ti. —Con el torso desnudo y los músculos propios de quien sabía muy bien cómo utilizar su cuerpo, el ángel era «un bocadito delicioso», como lo habría descrito Sara.

Illium esbozó una sonrisa maliciosa.

—Tus alas están dejando un surco en la nieve.

Elena echó un vistazo a su espalda y descubrió que las puntas blancas de sus alas estaban llenas de hielo.

—No es de extrañar que las sintiera entumecidas. —Tras replegar las alas, se dio cuenta de que habían entrado en una de las avenidas principales. La calle estaba llena de actividad, pero bajo todo ese bullicio se percibía el zumbido de un hambre mortífera—. ¿Todos los vampiros conocen este lugar?

—No, solo los que son de confianza.

Eso convertía el secuestro de Sam en algo aun más vergonzoso. No obstante, todo el mundo sabía que el vampiro solo había sido una herramienta. Era el ángel quien importaba, el ángel que sería sentenciado a la muerte más dolorosa conocida por los inmortales, y ellos habían tenido muchísimo tiempo para idear métodos de tortura.

Cuando captó un leve matiz de cítricos, giró a la izquierda, hacia una zona en la que casi no había ángeles.

—¿Hay algún huerto de naranjos en esta dirección?

—No. Los huertos de naranjos se encuentran en las zonas del Refugio pertenecientes a Astaad y a Favashi.

Chocolate. Naranjas. Olores leves, muy tenues.

Elena se puso de rodillas y apartó la nieve con la mano desnuda, ya que había descubierto que si bien aún sentía el frío, no corría peligro de congelarse.

—Yo podría escarbar por ti —se ofreció Illium, que se agachó a su lado. Su frente estuvo a punto de rozar la de Elena cuando se inclinó hacia delante. Una de sus plumas cayó al suelo: un matiz exótico contra el blanco inmaculado—. ¿Quieres que lo haga?

La cazadora hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Necesito profundizar capa a capa, por si acaso la nieve ha atrapado su... —Sus dedos rozaron algo duro, más frío que la nieve—. Parece un colgante, o una moneda. —Tras deshacerse de los copos blancos que se habían derretido sobre su piel, giró el objeto para contemplarlo a la luz.

Se le congeló el aliento en el pecho.

—Es el símbolo de Lijuan. —La voz de Illium era grave, dura. De pronto, el ángel simpático que la escoltaba se convirtió en el ser despiadado que había amputado las alas de sus enemigos con rigurosa eficiencia.

—Sí. —Jamás olvidaría ese ángel arrodillado de cabeza diabólica mientras viviera—. ¿Qué clase de arcángel utilizaría esto como emblema personal?

Illium no respondió, pero Elena no había esperado que lo hiciera. Luchando contra el impulso de arrojar ese perturbador objeto al agujero más profundo que pudiera encontrar, se acercó el medallón a la nariz e inhaló con fuerza.

Bronce.

Hierro.

Hielo.

Naranjas recubiertas de chocolate.

—El vampiro tocó esto. —Puesto que no deseaba seguir en contacto con ese objeto, lo depositó sobre la palma extendida de Illium—. Vamos.

—¿Tienes la esencia?

—Podría ser. —Sentía la llamada del aroma enterrado bajo la nieve, en peligro de desvanecerse si el sol invernal empezaba a calentar después de uno de esos rápidos cambios climáticos tan frecuentes en ese lugar.

Empezó a caminar en pos de ese rastro tenue.

—¿Qué hay ahí abajo? —Su objetivo era un pasadizo cubierto situado entre dos edificios cerrados a cal y canto. Parecía un agujero negro que no llevara a ninguna parte.

—Un pequeño jardín interior. —Se oyó un susurro metálico cuando Illium sacó su espada de la vaina—. Los ángeles que viven aquí están en Montreal, pero debería haber una farola encendida en la pared.

—Vamos. —Un metro más allá de la entrada del pasaje, la oscuridad se hizo total, pero la luz apareció al otro extremo un poco más adelante. Elena aceleró el paso y salió al brillante paisaje blanco que la aguardaba con un silencioso suspiro de alivio.

Era, tal y como Illium había dicho, un jardín cerrado, un retiro privado del mundo. Seguro que en verano estaba lleno de flores, pero en invierto poseía un encanto especial. La fuente de la parte central estaba apagada, con los dos pilones superiores y el estanque llenos de nieve. La nieve también cubría las estatuas que rodeaban el estanque (algunas por dentro y otras por fuera), todas con poses de movimiento paralizadas.

Al acercarse, Elena sintió una inesperada chispa de deleite en su interior: todas las estatuas eran niños, y sus rostros habían sido esculpidos por una mano afectuosa.

—¡Ese es Sam! —exclamó al ver una versión reducida del niño que tenía un pie en la fuente, las manos apoyadas en el borde y una expresión traviesa en los ojos—. Y también está Issi.

—Aodhan los utilizó como modelos. —Al ver su expresión interrogante, Illium añadió—: Uno de los Siete.

—Tiene talento. —Todas las estatuas estaban llenas de detalles, desde el botón desgarrado de una de las camisas hasta el cordón suelto de un zapato abandonado.

Mientras rodeaba esa obra de arte, la sonrisa de Elena se desvaneció. Se le retorcieron las entrañas al descubrir que alguien había mancillado ese lugar.

Naranjas recubiertas de chocolate.

Y bajo eso... comenzaba a asomar el horrible hedor de la podredumbre.