20
Elena leía un informe sobre acontecimientos recientes en un rincón de la clase mientras los niños hacían regalos para Sam. De pronto, el mar inundó su mente.
Ha ocurrido algo, pensó antes de que Rafael pudiera hablar. Recorrió el aula con una mirada frenética para asegurarse de que todo el mundo estaba presente. ¿No le habría ocurrido algo a otro niño?
Lijuan te ha enviado un regalo.
El alma de Elena se quedó congelada al imaginar lo que un ángel que usaba la muerte como emblema podría considerar un regalo apropiado.
¿Sabes lo que es?
Solo se puede abrir con tu sangre.
La cazadora no pudo reprimir un estremecimiento.
Vamos a visitar a Sam. Me pasaré a verte después. Tenía la sensación de que el regalo no la dejaría en el estado de ánimo adecuado para ver a un niño herido.
Ven a mi despacho. Enviaré a alguien para que te guíe.
A cualquiera menos a Galen.
No tenía nada en contra de sus habilidades con las armas, el cabrón era muy bueno. Pero la antipatía que sentía por ella era sólida como una roca. Y a pesar que se conocían desde hacía muy poco, Elena sabía que no era de esos que cambian de opinión con facilidad. Era mejor evitar contactos innecesarios a fin de evitarles problemas a ambos.
El mar comenzó a retirarse.
Debo irme.
Quería preguntarle qué pasaba, pero decidió guardarse las cuestiones hasta el momento en el que se reunieran para abrir el «regalo». Por ahora se concentraría en los niños, en el nerviosismo contagioso que sentían ante la perspectiva de ver a su amigo... No quería pensar en una arcángel que solo encontraba placer en la muerte.
Rafael voló hasta un lejano rincón del Refugio mientras el roce de la mente de Elena aún seguía fresco en su cerebro. Elijah lo esperaba en un saliente de roca, lejos de los ojos de los curiosos, y su cabello dorado se agitaba al compás de los vientos de la montaña. Rafael aterrizó a su lado en el saliente del precipicio.
—¿Qué has descubierto?
—No solo han cerrado sus fronteras —contestó el otro arcángel—. Titus se está preparando para avanzar contra Charisemnon.
Los arcángeles no intervenían en los asuntos de sus compañeros, ni siquiera cuando esos asuntos tenían como resultado un derramamiento masivo de sangre. Sin embargo, necesitaban estar preparados.
—¿Titus se niega a aceptar que la prueba que está en su poder podría ser falsa?
—No está dispuesto a creer que un simple ángel pueda haber jugado con ellos —dijo Elijah—, que haya iniciado una guerra que los mantiene encerrados en sus propias tierras mientras ese aspirante profana el Refugio.
Rafael clavó la vista en las cumbres nevadas que había al otro lado del cañón mientras reflexionaba sobre la política de no interferencia.
—Morirán miles de personas, aun cuando solo sea una guerra fronteriza. Y, aun así, lo consideramos un precio aceptable para mantener el equilibrio del poder dentro de la Cátedra.
Elijah tardó bastante rato en responder.
—Ese es un comentario muy humano, Rafael.
«En ese caso, ella te matará. Te convertirá en mortal.»
Eso le había dicho Lijuan después de advertirle que debía acabar con la vida de Elena.
La más antigua de los arcángeles estaba en lo cierto: Elena había cambiado algo en su interior. Sangraba con más facilidad y tardaba más en curarse. No obstante, también había recibido el más inesperado de los dones.
—Quizá eso me mantenga cuerdo cuando llegue a la edad de Lijuan.
—Así que al menos uno de nosotros es lo bastante valiente como para decirlo en voz alta. —Elijah asintió con la cabeza—. Ella no está loca en el sentido más aceptado.
—Su mente no está rota —convino Rafael—, pero las cosas para las que utiliza dicha mente no son las que habría hecho si pensara con claridad. —Lijuan se había convertido en algo completamente desconocido, pero siempre había sabido manejar los jueguecitos políticos.
—¿Estás seguro? —Elijah se inclinó para coger un guijarro que de algún modo había acabado sobre aquel yermo saliente—. Ninguno de nosotros la conoció en su juventud, pero se rumorea que ya por aquel entonces se sentía fascinada por la muerte. Algunos dicen... No, no puedo calumniarla sin pruebas.
Rafael dijo lo que el otro arcángel no había pronunciado.
—Dicen que se lleva a los muertos a su cama.
Una mirada penetrante.
—¿Ya habías oído ese rumor?
—Olvidas, Elijah, que mis padres eran arcángeles.
—¿Caliane y Nadiel conocieron a Lijuan cuando era joven?
—No, pero conocían a gente que la conoció. —Y lo que esa gente le había contado a sus padres había sido susurrado tras el más grueso velo de secreto. Porque, ya en aquella época, Lijuan se había convertido en un ser muy temido.
—Ahora es la única anciana —dijo Elijah con un tono de voz meditabundo—. Nos llaman inmortales, pero al final, también nosotros llegamos a formar parte de las arenas del tiempo.
—Después de milenios —señaló Rafael—. Como diría Elena: ¿no sientes curiosidad por saber lo que nos espera al otro lado?
—Según muchos humanos, somos los mensajeros de los dioses.
Rafael echó un vistazo a su compañero.
—Después de Lijuan, tú eres el más antiguo entre nosotros. En su territorio, ella es considerada una semidiosa. ¿Alguna vez has pensado en erigirte como tal?
—He visto lo que ocurre cuando alguien toma ese camino. —Elijah no miró a Rafael, pero el significado de sus palabras estaba claro—. Y aunque no lo hubiera visto, tengo a Hannah. Lo que siento por ella es demasiado real, demasiado alejado de este mundo.
Rafael pensó en el amor que habían compartido sus padres, un amor poderoso y casi exaltado, y lo comparó con lo que sentía por Elena. No había nada exaltado en la dureza y el dolor que sentía en la polla cuando la tocaba, en la palpitante lascivia de su necesidad.
—Titus y Charisemnon cometerán a centenares de asesinatos —dijo al final—, pero la verdadera amenaza es Lijuan. Mis hombres me han contado que su ejército de renacidos ha doblado su número en los últimos seis meses. —Y había perturbadores rumores que afirmaban que algunos de sus soldados eran muertos recientes, como si hubieran sido sacrificados para alimentar el frío abrazo del poder de Lijuan—. Si suelta sus ejércitos por el mundo, será el augurio de una nueva Era Oscura.
La última Era Oscura había devastado civilizaciones desarrolladas durante miles de años, había destrozado edificios y obras de arte tan maravillosos que la humanidad jamás conocería nada igual. Habían caído millones y millones de humanos: simples daños colaterales de una guerra entre ángeles.
Sin embargo, no se habían enfrentado a ejércitos formados por muertos, a pesadillas vivientes.
Elena se limitó a observar a los niños que entraban con Jessamy en la habitación de Sam. Keir había conseguido que el chico alcanzase un estado de semiconsciencia en el que estaba despierto pero no sentía dolor. Una mezcla de felicidad e ira la inundó por dentro al verlo esbozar una sonrisa radiante cuando sus compañeros de clase le entregaron los regalos que le habían llevado.
¿Cómo podía ser alguien tan perverso como para aplastar semejante inocencia?
«Plaf.
Plaf.
Plaf.
—A ella le gusta, ¿lo ves?»
Sintió un dolor agudo en la mandíbula al regresar al presente, pero no fue suficiente; las horas que pasaba despierta ya no servían para mantener alejadas las largas garras de las pesadillas. Podía ver los ojos de Ari clavados en los suyos, esa mirada turquesa que se volvió vidriosa mientras Slater saciaba su monstruosa sed. Ari le había susurrado que huyera, pero su hermana mayor no había podido escapar. Sus piernas no estaban rotas como las de Belle, no..., a ella se las habían arrancado en una brutal amputación.
Astillas.
Eso era lo que parecían los huesos que sobresalían de sus muslos, llenos de sangre que se había secado al contacto con el aire.
«—No huirá. —Una risilla—. A ella le gusta, ¿lo ves?»
—¿Te gustaría entrar a verlo?
Se dio la vuelta y contempló el rostro sorprendido de Jessamy, aunque su mente seguía atrapada en esa cocina inundada de sufrimiento que la perseguiría durante toda la eternidad.
Jessamy le tomó la mano con vacilación.
—¿Elena?
—Sí—dijo, obligándose a pronunciar las palabras pese a la enorme carga emocional del recuerdo—. Sí, me gustaría ver a Sam.
—Entonces, adelante. —Los ojos de Jessamy estaban cargados de preocupación, pero la maestra no quiso curiosear—. Yo voy a llevar a los demás chicos de vuelta a la clase.
Elena consiguió esbozar una sonrisa y descartó todo lo demás antes de entrar en la habitación de Sam.
—Vaya —le dijo—, de modo que así es como te has librado de los exámenes de Jessamy.
Un brillo en esa mirada que había temido que se apagara para siempre. Según Keir, Sam no recordaba nada de su secuestro, probablemente a causa de la herida en la cabeza. Había muchas posibilidades de que lo recordara más adelante, pero los sanadores y sus padres tenían la intención de prepararlo para esa eventualidad. Para entonces estaría bastante fuerte, y con un poco de suerte sería capaz de asimilar lo ocurrido esa terrible noche.
—No —dijo Sam con voz ronca—. Me ha dicho que tendré que ponerme al día.
—Muy propio de ella —susurró Elena antes de señalar los regalos con la mano —. Tienes un montón.
—¿Me has traído un regalo?
—¿Cómo no? Incluso les pregunté a tus padres si podía dártelo.
Sam se echó hacia delante, entusiasmado.
—¿Qué es?
—Oye, ten cuidado. —Lo obligó a tumbarse en la cama de nuevo y rebuscó en su bolsillo para sacar una pequeña daga con una intrincada vaina metálica.
Los ojos de Sam se abrieron de par en par cuando Elena se la colocó en las manos.
—Me dieron esta daga cuando completé una misión de caza para un ángel en Shikoku, Japón. Me dijo que tenía mil años de antigüedad. —Acarició el rubí que había en el extremo de la empuñadura—. Según la leyenda, este rubí formó parte en su día del ojo de un dragón.
Los pequeños dedos recorrieron la joya con veneración.
—¿Qué le ocurrió al dragón?
—Era un ser tan antiguo que un día decidió irse a dormir. Después de un rato, se transformó en piedra y dio lugar a la montaña más grande que el mundo ha visto jamás. —Mientras hablaba, no pudo evitar recordar las ocasiones en las que su madre les había contado historias a todas las hermanas, tumbadas en la cama de sus padres.
Incluso Belle, que se creía demasiado guay para todo, se había echado en el suelo fingiendo pintarse las uñas o leer revistas. Sin embargo, nunca había llegado a pasar una página mientras su madre les contaba los cuentos. Elena parpadeó para contener las lágrimas provocadas por esos recuerdos agridulces y continuó con la historia que le había contado un monje budista mientras tomaban té junto a un inmaculado jardín de arena.
—Sus ojos se convirtieron en rubíes; y sus escamas, en diamantes, zafiros y esmeraldas. Solo un guerrero tuvo el valor suficiente para acercarse al dragón dormido.
—¿Y el dragón se despertó?
—Sí. —Se acercó al niño y convirtió su voz en un susurro cómplice—. Y como el guerrero había sido muy valiente, el dragón le dio un trozo de su ojo.
—¿Y el resto?
—Según se dice, el dragón aún duerme, y si alguien es lo bastante inteligente y valeroso para ir a buscarlo, el dragón le entregará el tesoro más grande del mundo.
—Yo voy a encontrar al dragón. —Los ojos de Sam resplandecieron como esas míticas joyas—. Y daré buen uso a tu regalo.
—Sé que lo harás. —Extendió la mano y apartó los negros mechones rizados de ese rostro tan dulce mientras contenía a raya la ira que hacía que sus sentidos de cazadora reclamaran sangre—. Ahora duérmete. Hablaremos más tarde.
Keir se acercó en cuanto Elena se puso en pie. La cazadora observó cómo pasaba esas delicadas manos de pianista sobre Sam para sumir al chico en un sueño profundo.
—Se ha convertido en un tesoro para él, ¿sabes? —dijo el sanador, que colocó la daga con mucho cuidado sobre la mesilla—. Es una de esas cosas que acompañan a un chico hasta la edad adulta.
Elena realizó un breve gesto de asentimiento, casi incapaz de contener la abrumadora avalancha de recuerdos: parecía que su subconsciente había aguardado a que Sam cerrara los ojos para atacar.
¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora?
Ni Ari, ni Belle, ni su madre habían ido jamás al hospital. Solo al depósito de cadáveres.
«—¿Por qué la has traído aquí? —Una voz femenina y estridente—. No es más que una niña.
Una mano grande rodeaba la suya, dándole el coraje necesario para permanecer firme.
—Se merece ver a sus hermanas por última vez.
—¡No tal y como están!
—Beth es demasiado pequeña —dijo el hombre—, pero Ellie no. Sabe lo que ha ocurrido. Por el amor de Dios, ¡lo vio todo!
—Su madre...
—Grita siempre que se pasa el efecto de los fármacos; grita hasta que los médicos le inyectan de nuevo la medicación. —Palabras desgarradas—. No puedo ayudar a Marguerite, pero sí a Ellie. Su mente es un embrollo. No deja de preguntarme si el monstruo convirtió a Arielle y a Mirabelle en seres como él.
—No te permitiré hacer esto.
—Intenta impedírmelo.»
—¿Elena?
Keir empezaba a mirarla con suspicacia, así que Elena murmuró un apresurado adiós y salió de la sala hacia el pasillo. Su mente no dejaba de sobrevolar la verdad que su subconsciente acababa de vomitar: Jeffrey la había llevado a ver a sus hermanas. Había luchado contra su tía, contra el personal del hospital, contra todo el mundo... porque ella necesitaba confirmar que Arielle y Mirabelle se habían ido para siempre, que no formaban parte del perverso mundo de Slater.
«—No pasa nada, Ellie. —Una mano enorme le acarició la cabeza. Había lágrimas en esa voz—. Donde están ahora, ya no existe el dolor.»
Ari y Belle parecían tranquilas a pesar de la forma en que habían puesto fin a sus vidas. Sus ojos estaban cerrados, como si descansaran; sus cuerpos parecían enteros bajo las sábanas blancas. Elena había depositado un beso en sus mejillas frías, les había acariciado el pelo y les había dicho adiós. Se habían quedado junto a los cadáveres alrededor de una hora, hasta que...
«—Vale, papá. —Le dio la mano y alzó la mirada para observar al hombre que siempre había sido el pilar más fuerte del universo para ella—. Ya podemos irnos.
Esos ojos grises que siempre habían sido fuertes y firmes, estaban cargados de lágrimas.
—¿En serio?
—No llores. —Cuando él se agachó, extendió los brazos y le limpió las lágrimas—. Ya no les duele nada.»
Avanzó a trompicones por el pasillo, abrazándose con manos trémulas. Siempre creyó que había perdido a su padre el día que todo acabó bañado en sangre, pero se equivocaba. Todavía era su padre aquella tarde en el hospital, todavía era un hombre dispuesto a luchar por el derecho de su hija a despedirse.
¿Cuándo se habían torcido las cosas? ¿Cuándo había comenzado su padre a tratarla como si fuera una abominación a quien no soportaba mirar? ¿Y cuántos recuerdos más había enterrado?
Se dio la vuelta y se encontró cara a cara con Keir. El sanador tenía una expresión recelosa.
—¿Te gustaría...?
Sin embargo, Elena empezó a negar con la cabeza antes de que terminara de hablar.
—Lo siento, pero tengo que irme. —Salió casi a la carrera de la sala de espera en dirección a las escaleras ocultas que conducían al nivel superior. Sus alas arrastraban por los escalones diseñados para los vampiros, pero siguió subiendo y logró salir al gélido ambiente del exterior sin que nadie más intentara detenerla.
El viento fue como una fría bofetada sobre sus mejillas ardientes, y el aire fresco tuvo un efecto balsámico.
—No quiero recordar. —Un comentario cobarde, pero lo cierto era que no tenía la fuerza necesaria para soportar los recuerdos que se cernían sobre el horizonte. Porque eran malos. Peores que ninguna otra cosa. Y ya le costaba un verdadero esfuerzo sobrevivir a los recuerdos que tenía.
Una tos a su izquierda.
—Te preguntaría si estás contemplando las estrellas, pero como solo son las cinco...
La espalda de Elena se puso rígida. ¿Qué le había dicho a Rafael? A cualquiera menos a Galen.
—Veneno.