CAPÍTULO X

EL EMBALSE DE HATCHHOLT

Era aquella una luminosa mañana. Y Peter se sentía feliz, en tanto avanzaba por el sendero de Witchend, al cómodo trote de su montura. La animába el pensar que al cabo de pocos minutos se hallaría en compañía de sus amigos, así como de la amable señora Morton. Y excitada ante tan grata perspectiva, se puso a cantar alegremente.

Al pasar por el sitio en que había despedido a David, la tarde anterior, se cruzó con otros dos uniformados miembros del Ejército Territorial, los cuales ascendían trabajosamente hacia Hatchholt, montados en sendas bicicletas. Y al fin, al aproximarse a la granja de Ingles, distinguió la figura de uno de los socios del Club del Pino Solitario: Tom Ingles.

—Hola, Peter —saludóla éste—. ¿Cómo vienes tan temprano? ¿Has tenido alguna aventura? ¡Seguro que no habrá sido tan emocionante como la que David y yo tuvimos anoche!

—Con que no, ¿eh? —repuso la chica, mirándole de soslayo—. ¡Espera a que te cuente lo que ha sucedido en Hatchholt! Pero dime antes lo que hicisteis. ¿Es verdad que los gemelos se encuentran a salvo?

—Efectivamente. ¡Nosotros los rescatamos!

—¿Y quiénes fuisteis vosotros?

—Yo, como es natural. Y David. Y también, nos ayudó un poco mi tío.

Tras haber tomado el desayuno en compañía de Tom, mientras la señora le explicaba que su esposo había marchado a Appledore con otros miembros del Ejército Territorial, Peter volvió junto a «Sally» y se preparó para montar; pero al ver que el chico se disponía a ir con ella hasta Witchend, optó por llevar a la yegua de la brida y realizar el trayecto a pie, charlando con su amigo.

—No sabes cuánto me habría gustado acompañar a mi tío a Appledore —dijo éste, en tanto avanzaban por el soleado camino—. Y lo que daría por saber lo que está ocurriendo allí. Creo que deberíamos reunirnos esta mañana en nuestro campamento para cambiar impresiones, porque la verdad es que todavía no sabemos lo que les sucedió ayer a los gemelos. Tenían demasiado sueño y no pudieron contárnoslo.

Al llegar a Witchend, Peter ató las riendas a una barra de la cancela y echó una ojeada en torno suyo, descubriendo una negra y pequeña figura acurrucada sobre el verde césped. La llamó por su nombre; pero la negra figura se limitó a mover su colita perezosamente. Oíanse unas voces procedentes del interior de la casa, la de la señora Morton, en tono de incredulidad:

—¡No es posible!

Y la de Mary, con firme acento:

—Pues es la verdad, mamá. ¿Y sabes lo que hizo…?

Pero la interrumpió la de Richard, al pedir éste:

—¿Puedes hacerme otro huevo, querida Agnes? Ésa es la clase de comida que necesita el que ha estado prisionero.

Riéronse Tom y Peter, y acto seguido el primero frunció los labios y emitió un prolongado silbido a imitación del avefría. Tras breve espacio de silencio, asomóse David a la puerta para exclamar, alborozado:

—¡Peter y Tom, mamá! ¡Venid! ¡Pasad! ¡Hemos salvado a los gemelos!

—Hola, querida —dijo la señora Morton, abrazando cariñosamente a la chica—. ¿Tú también has tenido alguna aventura? Te lo pregunto porque parece que a todo el mundo, menos a Agnes y a mí les ocurren cosas raras. La señora Ingles se torció el tobillo. Luego, los mellizos se extraviaron en el monte. Y desde que se han levantado no paran de comer y de charlar. ¡Me tienen aturdida!

—Es que estábamos diciendo que sentíamos no haberle dicho a Agnes adónde íbamos a ir —explicó Richard—. Y como había que contar…

—Muchas cosas había que contar —le interrumpió su hermana—. Por ejemplo, que ayudamos a ese aviador inglés que estaba en… en… en el sitio en que nosotros estábamos.

—Y lo contentos que nos sentimos al estar otra vez en casa, mamá…

—¡Y esa bruja malvada le pegó a Richard!

—¡Sí! ¡Cuando yo iba a luchar con el brujo Jacob!

—¡Y eso que le prometimos que no íbamos a chillar!

—¡Porque nosotros…!

—¡Basta! —exclamó su madre, tapándose las oídos con las manos—. ¡Basta, por el amor del cielo! Ya lo habéis contado, tres… ¡cuatro veces! Y no quiero oírlo más.

Se acercó entonces Agnes a la mesa, para dejar frente a Richard un plato con un huevo, al tiempo que decía:

—Ahí lo tienes. Debéis de estar desfallecidos, pobrecitos míos. ¡Perdidos en la niebla!

Generalizóse la conversación, acreciendo el bullicio, hasta que la señora Morton perdió la paciencia y echó a los chicos de la casa. Al verlos, «Macbeth» se levantó de su cama vegetal y abrió la boca en un terrible bostezo, temiendo Mary que fuera a volverse al revés.

—Creo que debemos ir al campamento —sugirió Tom—; pero los gemelos deberán quedarse aquí por una vez. ¡Seguro que no saben que Peter estuvo buscándolos anoche, por la montaña!

Ante tan inesperado elogio, la aludida se ruborizó. Y David sonrió levemente al apuntar:

—Desde luego. Es preferible que nos reunamos solamente los mayores…

En tono resentido, protestó Mary:

—David… ¿Serás capaz de tratarnos de esa forma? ¡Si ni siquiera te has enterado de todo, de todo…! ¡No conoces más que una parte muy pequeña de nuestras aventuras!

—¡Déjalos! —murmuró Richard—. Que se vayan solos. Tú y yo nos bastamos para tener las mejores aventuras. Y hasta sería conveniente que fundáramos nuestro propio club. Tal vez el… el Club del Roble Bochornoso…

Resolvió entonces la situación la señora Morton, al asomarse a la puerta para preguntar:

—¡Y bien! ¿Qué pensáis hacer hoy?

—Íbamos a dar un paseo por los alrededores —díjole David, mirándola con intenso cariño, pues sabía que era la más comprensiva de las mamás. Los gemelos han prometido comportarse juiciosamente. Y los demás prometemos no alejarnos demasiado.

—Conforme, pero prometedme también que no subiréis hoy a la cima del monte, ni os acercaréis a Appledore. Comeremos a eso de las dos, porque hemos desayunado tarde, de modo que tenéis bastantes horas para divertiros.

A continuación, los cinco amigos se pusieron en marcha, yendo Peter en cabeza, montada en «Sally», y cubriendo la retaguardia el pequeño «Macbeth». Al llegar al campamento, la chica dejó a su yegua bajo un frondoso árbol y fue a reunirse con sus compañeros a la sombra del Pino Solitario, donde todos ellos hicieron detalladamente sus respectivos relatos, al cabo de los cuales, comentó David con tranquilidad:

—Al parecer, este sitio es ideal para los extraños. He visto aquí más forasteros en menos de una semana… que allá en Londres durante meses enteros.

Luego, cuando Peter se refirió a la inopinada desaparición de Evans, el muchacho no pudo reprimir una exclamación de asombro:

—¡Caramba, Peter! Fuiste muy animosa al atreverte a bajar al comedor, sabiendo que…

—No tuvo importancia —repuso la chica modestamente—. Lo único que tenía que hacer era pasar en silencio ante el sofá, y no despertarle. Y ahora me pregunto a dónde puede haber ido ese hombre. No cabe duda de que cometió una descortesía, al marcharse de esa forma; pero no creo… no creo que tenga ninguna relación con la señora Thurston, ¿qué opinas tú, Tom?

Movió éste la cabeza, al paso que murmuraba como para sí:

—No sé qué pensar. Supongo que sí tendría algo que ver con ella. Y tal como se han puesto las cosas, creo que todos los forasteros de los alrededores son espías o algo por el estilo. Los del Ejército Territorial fueron a la casa para preguntar si habían visto a gente extraña. Y sé que andan registrando todas las casas de la comarca. Sospecho que mi tío ha ido a Appledore para detener a Jacob y a la señora Thurston. Me gustaría presenciar la escena; pero no podremos ir hasta allí, porque hemos prometido que no nos alejaríamos.

—Desde luego —asintió David.

Y volviéndose hacia Peter, le preguntó, súbitamente extrañado:

—Oye… ¿quién te indicó que vinieses a Witchend tan temprano?

—Los del Ejército Territorial —le respondió la chica—. Y por cierto que parecían deseosos de alejarme de Hatchholt esta mañana.

Tom y David se mirtaron en silencio, comentando luego el segundo:

—Es posible que vaya a ocurrir algo raro en Hatchholt.

De lo que Peter desintió, al exclamar:

—Pero… ¿qué puede suceder allí? ¿No comprendes que esos hombres no hacían más que preguntar por un desconocido, al que andaban buscando? Además, papá está allí y nada puede ocurrir. ¿Qué quieres decir con eso, David?

—Pues… no puedo responderte con certeza. ¿Qué crees tú, Tom? ¿Quieres que vayamos a echar un vistazo?

No dejó de molestarle a la chica el que sus dos amigos se consultasen a propósito de una decisión, dejándola a ella al margen del asunto. Por eso, cuando Tom expuso su parecer sobre la cuestión, le escuchó en silencio y sin formular comentarios.

—¡Exactamente! —exclamó Tom—. ¡Eso es lo que tenemos que hacer! Tienes razón. Vayamos hacia allí para observar el terreno.

Muchos y razonados argumentos emplearon los tres mayores a continuación, con ánimo de convencer a los gemelos para que no se empeñaran en acompañarles. Ante la inutilidad de sus esfuerzos, pronto renunciaron aquéllos a la acalorada polémica. Y después de llamar a «Macbeth», que andaba huroneando por entre las matas de los alrededores, los miembros del club del Pino Solitario emprendieron la marcha hacia el lejano y espacioso valle de Hatchholt.

Al pasar ante la granja de Ingles, Tom se apartó del grupo y entró en la casa, no tardando en regresar junto a sus compañeros, para informarles que su tío no había regresado todavía de Appledore. En el ínterin Peter había subido a los gemelos sobre la silla de «Sally», a la que llevaba de la brida. Al cabo de un rato, y cuando se hallaban atravesando la Cañada Oscura, David sugirió a su amiga la posibilidad de tomar otra lección de equitación, a lo que se opusieron Richard y Mary; pero la chica les recordó que su hermano era el jefe del club, y que, por tanto, debían obedecer sus órdenes, accediendo entonces los mellizos, aunque con obvia renuencia.

—Quedaos con Tom —les dijo David al poner el pie en el estribo—. Peter y yo nos adelantaremos un poco.

Calentaba el sol la parte baja del valle de Hatchholt, de cuyos bosques llegaba el continuo zumbido de millares de insectos. En tanto avanzaba junto a los dos gemelos, Tom se sentía cada vez más fatigado. Como la gran mayoría de los londinenses no era muy buen andarín. Y estaba considerando la conveniencia de tomar un corto descanso, cuando Mary se le anticipó, al sentarse decididamente a la sombra de un arbusto, declarando:

—Estoy derrengada. No me moveré de aquí hasta que haya recobrado el aliento.

Su hermano y Tom la imitaron, el cual se palpó ambos pies como si dudara de que seguían dentro de sus zapatos.

—No me gusta este valle —dijo entonces Richard—. Es muy cálido… y debe de haber fantasmas. Me desagrada.

—Tampoco me gusta a mí —coincidió su hermana—. No tiene arroyo como el de Witchend: Todos los valles deberían tener una corriente de agua en su parte más honda.

Tom se había tendido de espaldas, con la cabeza apoyada en sus manos cruzadas, y estaba contemplando la cima de la opuesta pendiente. Al oír lo anterior, murmuró en tono apagado:

—Sí que la tiene; pero va en el interior de unas cañerías. ¿No las habéis visto? ¿No os las ha enseñado Peter?

—De todas formas —objetó la niña— yo prefiero que vayan por fuera, y no encerrada en unos tubos. A mí me gusta meter los pies en el agua.

—Eso sí que sería una buena idea —aprobó Richard—. Podríamos ir a nadar en el embalse. ¿No te parece? Vayamos hacia allí. Tenemos que alcanzar a esos dos.

De pronto Tom se incorporó con presteza y señaló a la colina de enfrente, al paso que exclamaba:

—¡Fijaos! Algo se mueve allá arriba, ¿lo veis?

Siguieron los gemelos en dirección de su brazo, pero no vieron nada extraño. Y el muchacho se puso en pie, indicando con aire intranquilo:

—Creo que debemos continuar andando.

Al cabo de cierto tiempo llegaron los tres a la parte más angosta del valle, cuyos cercanos lados se transformaban allí en dos empinadas escarpas. Cada vez que se acercaban a un recodo, les parecía que habían de ver a Peter y a David; pero fueron trasponiendo uno tras otro sin descubrir a sus adelantados compañeros. No tardó en advertir Mary que «Macbeth» caminaba junto a ella con la lengua fuera. Con unas palabras de consuelo, se detuvo y le cogió en brazos, acción que premió el agradecido animal, lamiéndole delicadamente una mejilla de su ama.

En esto, un lejano estampido quebró la quietud del ambiente, repercutiendo su retumbo al repetirse en mil ecos por las escabrosidades de la montaña. Los tres caminantes se detuvieron bruscamente para oír a continuación un extraño y fragoroso rumor, semejante al que produce la resaca… Y el escamado Tom, que desde hacía un buen rato no se sentía muy tranquilo, cogió de la mano a los niños y se apartó del sendero, ascendiendo por entre la maleza de una de las vertientes del valle. A poca distancia del sitio en que se encontraban, un hombre lanzó un grito amenazador. E inmediatamente se oyó la inconfundible voz de Peter.

—¡Cuidado, Tom! ¡Peligro!

Seguida por la de David:

—¡Subid en seguida al monte! ¡Dondequiera que estéis! ¡Se acerca el agua!

Ni Tom ni los dos mellizos han podido ponerse de acuerdo sobre lo que ocurrió a continuación, pues los acontecimientos se sucedieron precipitadamente; pero los tres coincidieron en que inmediatamente después de los gritos de Peter y David, «Sally» apareció galopando por el sendero con un desconocido sobre su montura. Vestía aquel individuo un traje de mezclilla y llevaba un morral colgado a la espalda. De pronto, cuando los tres chicos estaban observando la escena, alguien gritó detrás de ellos:

—¡De prisa! ¡Subid más arriba!

Y al volverse, reconocieron los mellizos al marinero Bill Ward, a quien seguían varios hombres vestidos de caqui.

—¡Está bien, muchachos! —ordenó Bill a estos últimos—. ¡Dejádmelo a mí!

Y bajó por la cuesta a grandes zancadas, hasta llegar al sendero del valle.

Entretanto, Tom y los dos gemelos habían continuado descendiendo por la ladera del monte. Al mirar hacia un costado, distinguieron la figura de Peter, subida en lo alto de una peña, y vieron que la chica se llevaba una mano a la boca, para emitir un estridente silbido. Al oírlo, «Sally» plantificó sus cuatro patas en el suelo y paró en seco su desenfrenada carrera. Y el jinete salió despedido hacia delante, cayendo de bruces en el sendero. Corrió entonces Bill hacia él y lo aferró por el cuello de su chaqueta, asiendo con la otro mano las riendas de «Sally», para dirigirse sin dilación a la ladera en que aguardaban sus compañeros y los chicos y empezar a todo correr para subir a toda prisa.

—¡Suelta a la yegua! —gritó uno de los hombres—. ¡Ya se las arreglará ella sola!

Unos fuertes brazos colocaron seguidamente a los mellizos sobre unos anchos hombros. Una vigorosa mano cogió a Tom por un brazo y le ayudó a seguir ascendiendo por entre los matorrales. Cuando llegaron junto a la roca en que estaban Peter y David, los tres chicos y sus acompañantes se volvieron a mirar al valle, donde el rumor de resaca había ido arreciando, hasta convertirse en pavoroso estridor.

—¡Cristo bendito! —exclamó Tom, sobrecogido—. ¡Ha reventado el pantano!

Retembló la tierra al aparecer en el barranco una colosal masa de agua que avanzaba, rugiente y arremolinada, hacia el fondo del valle. La primera oleada, parda y espumosa, arrastraba multitud de árboles, matas y tablas. Y Mary se quedó boquiabierta, murmurando luego:

—¡Dios mío…! ¡Igual que los hijos de Israel!

—No —discrepó Richard—. Ya sé lo que quieres decir: ¡el faraón en el Mar Rojo!

La cañada que poco antes habían recorrido, se había convertido en tumultuoso torrente; pero al cabo de unos minutos, el ímpetu de la avenida comenzó a decrecer, descendiendo asimismo el nivel de las aguas.

—Está terminando —anunció entonces David—. No debe de quedar mucha…

Pero se interrumpió, al notar que Peter estaba haciendo señas a un hombre uniformado que se hallaba entre los árboles de la colina de enfrente. En respuesta, el referido hizo unos ademanes, señalando hacia arriba con los dos pulgares, antes de hacer bocina con las manos… Y a los oídos de todos los presentes llegaron, atenuadas por la distancia, estas confortadoras palabras:

—¡Tu padre está bien!… ¡Lo veo desde aquí!… ¡Está dando brincos en el lugar en que se encontraba la presa!…

Separando su vista del inundado barranco, Tom miró a Bill y le preguntó:

—¿Y las casas que había al fondo del valle, cerca de la carretera…? Toda esta agua ha ido hacia allí.

Sonrió el marinero al contestarle:

—Tranquilízate. Hicimos evacuar esa zona en prevención de lo que pudiera ocurrir. Lo triste es que no hayamos podido salvar el embalse.

Luego se volvió hacia los mellizos, y les dijo:

—Y vosotros, ¿qué tal? Os estáis divirtiendo como dos leones, ¿eh? Ya os advertí yo que estos lugares eran especiales para correr aventuras. He oído decir que habéis sufrido cautiverio… y que sois un par de héroes. ¡En fin! Yo vuelvo a embarcar el domingo que viene. ¡Se acabaron mis vacaciones! ¡Pero creo que estaré más tranquilo! ¡Todo ha terminado!

Desapareció la sonrisa de los labios de Bill, al ver que el prisionero era conducido hacia el fondo del valle entre dos fornidos miembros del Ejército Territorial. Minutos después, los chicos y el marinero se dirigieron en opuesto sentido, no tardando en llegar a la zanja por donde pasaban las tuberías del pantano. Deslizábase junto a las mismas una estrecha corriente, al advertir lo cual, Tom exhaló un suspiro y exclamó en tono apenado:

—¡Eso es todo lo que queda! Ahora no podremos nadar, ni… ¡Qué lástima! En cambio, vosotros, gemelos, ya tenéis lo que deseabais. ¿No os quejabais porque no había un arroyo en el valle?

Pero Mary movió su cabeza con aire de disgusto y siguió con la vista al pequeño «Macbeth», el cual se aproximó a la orilla y olfateó el agua, entrando luego en la corriente para empezar a beber. Luego, al elogiar Bill la intervención de Peter en la captura del saboteador, la chica repuso modestamente:

—Es un truco que enseñé a «Sally» hace tiempo. Y no creáis que no me costó conseguir que lo aprendiera. Ella sabe que al oír ese silbido debe pararse y quedarse quieta. Y también la he adiestrado para que venga adonde yo esté, cuando la llamo de otro modo. Tengo un repertorio de silbidos muy variado. Escucha Billy: ¿reconociste a ese individuo? ¡Era Evans! El hombre que se reunió con nosotros anoche en la cumbre del Mynd. Estaba escondido a un costado del sendero y tenía junto a sus pies una caja de color negro. Yo creo que fue con eso con lo que provocó la explosión, y entonces se oyó el estampido.

—Es posible que le sorprendiésemos —opinó entonces David—; pero él también nos sorprendió a nosotros, cuando nos arrebató a «Sally». De todas formas, la presencia de ánimo de Peter es francamente admirable.

La chica se ruborizó, notando que todos sus amigos la contemplaban en silencio. Y presa de súbita timidez, montó de un salto sobre su yegua, a la par que sugería:

—¿Queréis acompañarme para ver como está papá?

Los cuatro chicos y el marinero la siguieron. Al poco andar, Peter puso a «Sally» al trote, gritando:

—¡Papá!… ¡Papá!… ¡Estamos aquí!

Nada quedaba de lo que hasta poco antes había sido un atractivo lago artificial, de claras y tranquilas aguas. En su lugar, veíase una extensión de fango rodeado por gruesos muros de hormigón. También había desaparecido la caseta que albergaba los mecanismos necesarios para mover las esclusas, por debajo de la cual, y entre una masa de piedras, hierros y cemento, discurría un hilillo de agua. En cuanto a la vivienda, no parecía haber sufrido ningún daño, como lo atestiguaba la nubecilla de humo que brotaba de la chimenea, indicio seguro de que su dueño no se había olvidado de poner al fuego una olla con patatas, tal como era su costumbre inveterada.

Mister Sterling se hallaba junto a la brecha abierta por los explosivos. Al advertir la presencia de la pequeña comitiva, alzó la voz para preguntar:

—¡Eh! ¿Lo habéis atrapado?

Le contestaron todos afirmativamente. Y él se echó hacia atrás su sombrero de paja, al tiempo que encendía su pipa y empezaba a caminar lentamente para salir al encuentro de los que se acercaban. El primero que le saludó, después de su hija, fue el pequeño Richard, para asegurarle comedidamente:

—Muchas gracias por haber ido a buscarnos anoche a la montaña.

—Sí, mister Sterling —añadió Mary—. En realidad, querríamos que hubiera sido usted quien únicamente nos rescatara.

Mister Sterling les miró con aire grave, parpadeando levemente al tiempo de opinar:

—No me parece a mí que vosotros dos podáis quedaros quietos donde se os deje.

Pero antes de que los gemelos hubieran abierto la boca para contestar, Peter asió a su padre por un brazo y le preguntó ansiosamente:

—¿Seguro que no te ha ocurrido nada, papá?

—Nada en absoluto, hija. Me encuentro perfectamente bien; pero debo confesar que soy un viejo tonto. No lo olvides nunca.

Notó Bill Ward la triste expresión que ensombrecía el semblante del encargado del pantano, lo que le incitó a decirle:

—No se inquiete usted por su responsabilidad, mister Sterling. Nadie puede reprocharle nada. No fue culpa suya…

—¿No? Pues siento decirte que estás equivocado. Yo debería haber descubierto esa bomba… esa mina… o lo que fuese. Cierto es que ayudé a los del Ejército Territorial durante toda la mañana, buscando a ese… ese desconsiderado. ¡Dios bendito…! Cuando pienso que le concedí hospitalidad… y que me la pagó de esa forma… ¡dejando las huellas de sus botas sucias por todo el comedor!… ¡Qué necio fui!

Trataron de consolarle su hija y Bill, dándole éste unas palmaditas en un hombro. Y el conturbado vigilante del embalse movió la cabeza y murmuró:

—Está bien, está bien… No me acariciéis tanto, que no soy ningún perro. Sólo soy un viejo tonto.

Comprendiendo el estado de ánimo en que se hallaba aquel hombre, todos los presentes guardaron respetuoso silencio. Y fue Richard quien puso fin a la embarazosa pausa, al preguntar con aire cándido y clara entonación:

—Eh… mister Sterling: ¿tendrá usted en su casa, por casualidad…? ¿tendrá usted un corrusco de pan… aunque sea seco y muy pequeñito?

Ante tan inesperada ocurrencia, todos, a excepción de Mary, estallaron en nerviosas carcajadas. Luego, mister Sterling exhaló un sonoro suspiro y se encaminó a la puerta de su casa, deteniéndose allí para dirigir una horrorizada mirada a las botas y zapatos de los que le seguían. Al advertir su estremecimiento, apresuróse a decirle Peter:

—No te preocupes, papá. Me descalzaré antes de entrar.

Pero él se sentía aturdido ante aquel conjunto de sucios visitantes, de los que destacaba, por su desastrado aspecto, su propia hija.

—Y no te fijes en mi blusa —agregó ésta—. Me la desgarré un poco al subir por entre los matorrales; pero en seguida la coseré.

—¿Y esa sangre?

—Es de un rasguño que me hice en un brazo —repuso la chica, chupándose la herida, y manchándose la cara—; pero no tiene importancia.

—¡Cielo bendito…!

De todos los que allí se encontraban, era Mary la que se había conservado más limpia. Los demás, desde Bill hasta «Macbeth», necesitaban un buen baño cuanto antes. Por fortuna, el marinero resolvió terminar en seguida el incidente y aconsejó a los Morton que se marcharan a su casa para evitar que su madre se sintiese intranquila por su tardanza, al paso que indicaba a Tom que hiciera lo mismo, con objeto de que mister Sterling y su hija pudieran descansar de las recientes emociones.

—Además —añadió—, tengo que hablar con mister Sterling, y no quiero que me interrumpáis.

Entonces los Morton y Tom se despidieron de sus amigos, prometiéndoles Bill que antes de marcharse pasaría a despedirse de todos ellos. Y al iniciar su camino por un borde del enfangado sendero, Mary y Richard dieron comienzo a otro de sus corrientes diálogos:

—Ya no parece esto un desierto —comentó el chico.

—No —concordó su hermana—. Más bien parece el Amazonas… o la cuenca del Limpopo.

—Desde luego que sí. Y también… también huele igual que aquel pozo de barro, en la cumbre del Mynd; ¿no es verdad?