CAPÍTULO II

LA CAÑADA OSCURA

A la mañana siguiente, David se despertó más tarde de lo acostumbrado. No había oído entrar a Mary en el cuarto, para sacar de la cama a su hermanito Richard. Y aunque sí notó que «Macbeth» le lamía la cara, antes de marcharse con los dos gemelos, prefirió seguir durmiendo un rato más; pero a los pocos minutos se presentó allí su madre, la cual, tras informarle que eran ya las ocho y media, empezó a darle bromas, a propósito de su pereza. Entonces recordó el incidente de la noche anterior. Y al enterarse de lo ocurrido, comentó la señora Morton:

—Obraste cuerdamente, David. Yo también oí ese extraño ladrido. Y creo que debe de haber sido una zorra. Dice la señora Braid que hay muchas por los alrededores; y que si queremos tener pollos, tendremos que encerrarlos con los suyos en el gallinero, al atardecer. Vístete ahora, y ve a lavarte. Te esperaremos abajo con el desayuno.

Al asomarse a la ventana, comprobó David que hacía un tiempo magnífico. Una leve brisa mecía suavemente el follaje de los alerces, oyéndose su leve susurro, así como el murmullo del arroyuelo que pasaba junto a la casa, aparte lo cual, ningún otro ruido alteraba la placidez de aquella radiante mañana. Sentado al borde de un pequeño estanque, «Macbeth» estaba observando reflejada su imagen con evidente desconfianza, escena que hizo sonreír a David, el cual se dijo que tanto él como su madre y sus hermanos podían considerarse muy afortunados al hallarse en un sitio como Witchend, lejos de Londres y de los constantes bombardeos. Luego, en tanto se vestía, el chico empezó a imaginarse lo que podrían hacer aquel día; el primero que pasaban en el campo…

Decididamente: él y los gemelos establecerían un campamento en algún lugar ignoto de uno de esos misteriosos valles; pero antes tendrían que ascender hasta la misma cumbre del Mynd. Y como ninguno de los tres había subido nunca a la cima de una montaña, podrían considerarse, por tanto, verdaderos exploradores. Más tarde, cuando llegaran sus bicicletas con el resto del equipaje, tal vez se les ofreciera la ocasión de explorar los Stiperstones, de los que Bill Ward les había hablado en el tren. Además, no había por qué temer ningún peligro, pues allí estaría Bill, para indicarles la mejor oportunidad de llevar a cabo esa exploración. También se había referido el marinero a un depósito de agua, escondido en las colinas…

De pronto, y mientras estaba poniéndose su jersey, llegó a sus oídos el rumor de unos apresurados pasos. E inmediatamente se abrió la puerta del cuarto, para dar paso a los dos mellizos, los cuales vestían idénticas ropas, jersey azul y pantaloncitos cortos de franela gris, mostrando asimismo similar actitud belicosa. Y no es que siempre fueran vestidos de igual forma; pero había días en que, sin ponerse previamente de acuerdo, se les ocurría a los dos la misma idea, por lo tocante a su atuendo. En esas ocasiones resultaban francamente insoportables, pues deseaban hacer las mismas cosas, ir juntos a todas partes, y no separarse el uno de la otra ni un solo minuto. Sin contar con que parecían deleitarse en provocar a su hermano mayor. Esta vez, fue Richard el primero en romper el fuego, al declarar:

—David, anoche estuviste roncando.

Nada repuso el acusado, prosiguiendo entonces Mary:

—¡Sí que roncaste! Y me tuviste despierta toda la noche. ¡Horas y más horas sin dormir, por culpa tuya! Sin dormir… ni yo ni Richard. Y eso no debe…

Con una imprecación, David avanzó hacia sus dos hermanitos; pero éstos se hallaban preparados para esquivarle y salieron corriendo de la habitación.

En la cocina, que a la luz del día ofrecía más acogedor aspecto que en la noche anterior, Agnes Braid estaba recogiendo los platos y tazas que habían servido para el desayuno de la señora Morton y de los gemelos. Al entrar allí David, dirigióle la mujer una mirada de reojo, no carente de cierto aire de reconvención; pero al oír las frases de disculpa del muchacho, el cual se excusó por su tardanza, su expresión se alegró con una comprensiva sonrisa.

David se sentó a la mesa, empezando a tomar su té con pastel de pasas. Y a punto de terminar, entró allí su madre, acompañada de los dos pequeños, y le hizo saber:

—He estado hablando con Agnes, y quiero que os percatéis de que el vivir en el campo es muy divertido, pero también exige considerables esfuerzos. Debéis comprender que hay aquí muchos quehaceres, y que todos tenemos que aportar nuestro granito de arena. ¿Recordáis lo que os dijo papá, antes de marcharse? Pues bien: he pensado que el trabajo a realizar en esta casa resultaría mucho más descansado si todos colaborásemos con buena voluntad. Por tanto, conviene que nos comprometamos a efectuar todos los días nuestra parte de labor. Al fin y al cabo, eso es lo que hacen los verdaderos exploradores, ¿no es así?

Asintió David. Y su madre sonrió, al seguir diciendo:

—Perfectamente. Habéis de saber que entre las más importantes necesidades de la vida campestre se encuentran dos cosas que allá en Londres teníamos aseguradas: el agua y el combustible. Y cito al agua en primer lugar, porque toda la que usemos en esta casa habrá de ser sacada a fuerza de brazo. Cerca de aquí hay una fuente que nace de la roca viva; pero es preciso impulsar el agua con una bomba, para llenar el tanque que se encuentra en el tejado. Creo que tú, David, podrías encargarte de esa misión, ¿no te parece? Por otra parte, no debemos derrochar el agua; y además, tendréis que prometerme que no la beberéis del arroyo que pasa por aquí, sin haberla hervido previamente, ¿de acuerdo?

Prometiéronselo sus hijos solemnemente, continuando ella:

—También deberéis hervirla durante las excursiones que realicéis. Ahora le toca el turno al combustible. Me ha dicho Agnes que el carbonero pasa por aquí una vez al año, y que ella tiene suficiente carbón para el invierno, siempre que no lo malgastemos. Por eso estamos quemando leña; y seguiremos utilizándola mientras dure el buen tiempo. Se nos permite recoger toda la leña seca que encontremos en el bosque; pero tendremos que hacer acopio de troncos, para el invierno, y de ramas y leña menuda para encender el fuego todos los días. Los mellizos atenderán a esta cuestión, de modo que Agnes disponga todas las tardes de una buena pila de encendaja. Y también ayudarán a David a traer del bosque las ramas y troncos necesarios para el invierno. Yo os ayudaré a serrarlos; será un entretenimiento para todos, ¿verdad? Como buenos exploradores. ¡Ah! Recordad que deberéis aprender a tratar a los árboles convenientemente, como si fueran vuestros amigos. Para ello, ayudadlos a crecer, despojándolos de sus ramas secas, ¿entendido?, solamente de sus ramas secas, y no de las que os parezcan más fáciles de arrancar. Esas ramas, y los que encontréis por el suelo, serán suficientes para mantener nuestra lumbre.

—Así lo haremos —prometió David.

Y la señora Morton alzó una mano, advirtiendo:

—A propósito de lumbre: tened mucho cuidado al encender fuegos en el bosque, pues hay peligro de que el mismo se comunique a la maleza. Elegid para ello los claros donde no haya hojarasca o matorrales. Aunque supongo que David se preocupará por esta cuestión, ¿verdad? En cuanto a los gemelos… es preferible que no lleven cerillas ni que enciendan lumbres, a menos que David se lo indique ¿de acuerdo, pequeños?

—Descuida, mamá —respondió Mary.

Añadió Richard:

—Te lo prometemos.

Acaricióles su madre la cabeza, a la par que seguía informando sobre las distintas obligaciones a distribuir:

—Aparte de lo que os he dicho, hay que traer la leche todos los días desde la granja de Ingles. Podéis organizar un turno, pues creo que los mellizos no querrán andar siempre juntos. Luego, los jueves habrá que ir a buscar comestibles a esa granja, porque los dueños no pueden traerlos diariamente hasta aquí, a causa de la escasez de gasolina. Y los viernes tendréis que hacer una visita a la tienda de Onnybrook, para lo que os servirán las bicicletas. Por lo demás, preferiría que no os alejaseis demasiado de aquí hasta que hayamos arreglado todas nuestras cosas. Hoy, por ejemplo, al ir a buscar la leche, podéis entablar amistad con la familia Ingles. Cuando regreséis, os quedará tiempo suficiente para efectuar vuestra primera excursión en el interior de esa selva impenetrable. Y ahora, marchad a la finca de Ingles y divertíos cuanto podáis.

Después de pedirle a la señora Braid la jarra de la leche, los tres hermanos salieron de la casa y empezaron a buscar a «Macbeth», aunque infructuosamente; pues el perro no aparecía por ningún sitio, en vista de lo cual, opinó David, dirigiéndose a los gemelos:

—Creo que debemos tomar otra responsabilidad. Uno de vosotros dos podría encargarse de cuidar a «Mac» hasta que adquiera un poco de sentido común. Es posible que se entusiasme con cualquier cosa y se pierda por ahí. ¿Quién se va a encargar de él?

—Tú eres el más indicado, David —repuso Mary.

—Desde luego —le apoyó Richard—. Nosotros somos todavía muy pequeños.

—Y además —añadió aquélla— siempre te ha preferido a ti, ¿verdad Richard?

—Por supuesto que sí. Y tú puedes silbar con los dedos en la boca, David. En cambio, Mary yo no sabemos …

Costóle a David un buen rato hacer sentir el peso de su autoridad de hermano mayor. Al fin, y una vez que Mary hubo accedido a cuidar del perrito, los tres echaron a andar por el camino de Onnybrook.

No era muy grande la granja de Ingles. La vivienda se hallaba situada a pocos metros del camino, y entre un huerto de regular extensión y un corral rodeado por una cerca de troncos. Al llegar allí, los chicos vieron a un hombre de jovial aspecto, ocupado en enganchar un caballo a un carro. Tenía el citado un cigarrillo tras una oreja, y estaba silbando con bastante desacierto una canción muy en boga titulada «Siempre existirá Inglaterra». Subiéronse los dos mellizos por los troncos del cercado, asomándose por la parte superior, para cantar a coro.

—¡«Soemure “existiráin” Glaterra!…»

Y el caballo reculó vivamente, enderezando las orejas, al tiempo que el sorprendido granjero giraba sobre sus talones, para quedarse mirando a los pequeños con aire de neta estupefacción, antes de exclamar, broncamente:

—¡Diantres coronados! ¿Quiénes… quiénes sois vosotros?

—Buenos días —le saludó la niña—. Yo soy Mary Morton, y éste es mi hermano Richard.

—Suponemos que es usted «mister» Ingles —dijo el nombrado—. Nosotros pensamos correr muchas aventuras en Wicthend. Y David nos acompañará también.

—Esperamos que la señora Ingles se encuentre bien —añadió Mary.

—Hemos venido a buscar la leche —aclaró Richard.

Y el hombre se echó su gorra hacia la nuca, en tanto sonreía ampliamente. Luego dijo con fuerte vozarrón:

—¡Ahora mismo os la serviré! Pero… ¡menudo respingo nos habéis dado a mí y al caballo, poniéndoos a cantar ahí arriba! ¡Ya le dije yo a mi mujer que si no veníais aquí esta mañana tendríamos que ir nosotros a Witchend, para enterarnos de lo que pudierais necesitar! ¡Bajad! ¡Bajad y acercaos un poco, para que yo vea si puedo distinguiros, pues sois tan parecidos…! Y tú también, jovencito. Venid conmigo.

Echó a andar «mister» Ingles hacia el local destinado al ordeño de las vacas, al paso que rugía:

—¡Eh, Betty!… ¿No me oyes?… ¡BETTY! ¡BETTY!

—¿Qué ocurre? —repuso una alarmada mujer, asomándose a la puerta.

—¡Que tienes visitantes!

Muy amable y afectuosa se mostró la señora Ingles con los chicos, aunque a David, particularmente, le molestó que les llamase a los tres «palomos míos». Tras los primeros comentarios suscitados por las semejantes facciones de los dos gemelos, barbotó el granjero:

—¡Dónde porras se habrá metido Tom! ¿Eh? ¿Dónde está? ¿Y qué es lo que le encargué que hiciera esta mañana? ¿Sabes tú adónde se ha ido, Betty de mi alma?

—No, no lo sé —repuso la interrogada—, pero creo que se alegrará al saber que hay otros chicos en Witchend.

Y volviéndose hacia David, le explicó:

—Tom es un sobrino mío de Londres que ha venido a pasar con nosotros una temporada. Hace dos meses que está aquí; y se siente tan aburrido, que a veces desea volverse a lo que él llama «la guerra relámpago»; pero es imposible. Su hogar ha quedado destruido. Su madre buscó refugio con su hijo pequeño en casa de otros parientes. Su padre se marchó a la guerra, y Alf, mi marido, dice que piensa hacer de él un buen granjero; pero yo dudo que pueda… Ve a buscarle, muchacho. Debe de andar por los alrededores. Estoy segura de que seréis buenos e inseparables amigos.

Siguiendo la sugerencia, salió David a la parte anterior de la casa y se dirigió a los vecinos graneros. Oyó a poco un silbido sorprendentemente melodioso. Y al acercarse a un pajar, vio a un chico algo más delgado que él y de su misma estatura, aproximadamente, que estaba apoyado de espaldas en la piara, silbando una de esas canciones que transmiten por la radio, y a las que todos conocen, pero muy pocos son capaces de recordar con acierto.

—Hola —saludóle David.

Se sobresaltó el silbador, exclamando:

—¡Caramba! ¿De dónde has salido tú?

—De Londres.

—¿Eh? ¡Yo también soy de allí! ¡Vaya! No sabes cuánto me alegro de verte. ¿Vives por aquí?

Antes de que David hubiera podido contestarle, el locuaz Tom empezó a narrarle las circunstancias en que se hallaba, confesándole que no le agradaba demasiado vivir en aquella granja, y que aunque las montañas le recordaban y le hacían añorar un poco el cine, poca era la atracción que sobre él ejercía el contacto directo con la Naturaleza. En esto, los dos gemelos, que andaban buscando a su hermano, aparecieron por un lado del pajar. Y Tom, interrumpiéndose bruscamente, se frotó los ojos mientras balbuceaba:

—No puede ser verdad. ¡No! ¡No puede ser!

—Pues si que lo somos —le aseguró Mary—. Pregúntaselo a David; él te lo dirá.

—Nosotros sabemos quién eres tú —le dijo Richard.

Continuando su hermana:

—Tú eres el sobrinito de la señora Ingles. Y has venido de Londres.

—Sí —dijo Richard—. Y vas a ser granjero, para no estar en la «guerra relámpago».

—Y todavía no tienes práctica en el oficio.

—Y no sirves para trabajar en el campo…

—¡Y yo estoy harto de escuchar majaderías! —exclamó Tom, de mal talante.

Y volviéndose hacia David, inquirió:

—¿Quiénes son estos dos?

En tono de disculpa, David se lo dijo; pero el sobrino de los Ingles siguió mirando a los mellizos con aire de prevención, hasta que al fin, convencido a medias por las muestras de amistad que los tres hermanos le ofrecían, accedió a enseñarles las distintas dependencias de la granja. Al cabo de un rato, y después de haberles mostrado las vacas, las gallinas, un toro gigantesco y un potro de pocos días, Tom llevó a los visitantes a un granero, donde los cuatro iniciaron la caza de una rata, operación que interrumpió la señora Ingles, al recordar a los Morton que debían regresar a su casa con la leche.

—Hoy no vamos a ir muy lejos —díjole a Tom—; pero cuando empecemos las exploraciones en serio, es posible que quieras acompañarnos, ¿verdad?

—Por mi parte —repuso Tom—, de buena gana. ¿Y los mellizos? ¿Van siempre contigo a todas partes?

—Por supuesto que sí. O mejor dicho: casi siempre.

—En ese caso… de acuerdo; os acompañaré. No creo que a mi tío le importe mucho que me aleje de aquí. Al menos, no creo que le importe demasiado.

Durante el resto de aquel día, los tres hermanos ayudaron a su madre en las faenas de su nuevo hogar. Richard y Mary hicieron recados y desempaquetaron algunas cosas, mientras David llenaba el tanque de agua con auxilio de la bomba. Por fin, a última hora de la tarde apareció «Macbeth» por un sendero del bosque, jadeando intensamente y con excitada actitud, lo que indujo a Mary a regañarle, prohibiéndole nuevas escapatorias, y encerrándole en el patio de la casa, donde el animal no tardó en quedarse dormido.

Después de la merienda, la señora Morton les preguntó:

—¿Y la expedición que pensáis emprender mañana? ¿Por qué no exploráis un poco el terreno? Con tal de que regreséis alrededor de las siete…

Aceptaron los chicos la propuesta, marchando seguidamente hacia el lado occidental del valle, donde la ladera del monte empezaba a cubrirse de vegetación. Seguían los gemelos a su hermano mayor, en tanto que «Macbeth» saltaba alegremente en torno a ellos. Al cabo de un rato, al llegar junto a una balsa formada por un arroyuelo, dijo Richard:

—Si excavásemos un poco el fondo, podríamos hacer aquí una buena piscina, ¿no os parece que sería cosa muy fácil?

—Tal vez —repuso David—. Tom y yo intentaremos hacerla. Además, la charca es bastante profunda y…

—Desde luego que lo es —asintió Mary.

Y cogiendo en brazos a «Macbeth», lo arrojó al agua.

Lanzó el perrito un chillido de sorpresa, comenzando a nadar hacia la orilla opuesta, desde donde envió a la niña una mirada de reproche. Y Richard exhaló un suspiro, antes de anunciar:

—Voy a atravesar a nado esta charca. Bueno… no precisamente a nado, porque no es suficientemente honda; pero sí prácticamente. Quiero decir, vadeando el tumultuoso torrente.

Los dos pequeños se sentaron en el suelo para quitarse las sandalias, mientras David cruzaba de un salto el arroyo, a la par que comentaba:

—Así es más fácil. No quiero esperaros.

Pero los mellizos no iban a desanimarse por tan despectivo proceder. Estaban dispuestos a correr una aventura, y no habrían de desaprovechar la oportunidad de dar rienda suelta a su imaginación. Y así, al hallarse en mitad de la corriente, con el agua por encima de las rodillas, murmuró Mary con solemne acento:

—A pesar de su cansancio, los dos bravos exploradores continuaban su marcha a través de la selva…

—Y «sir» Richard —añadió su hermano—, que era el jefe de la expedición, se sentía debilitado, a causa de sus heridas; pero tuvo suficiente coraje como para espantar y mantener a distancia a cuatro feroces cocodrilos.

—Los rayos del sol abrasaban sin piedad sus descubiertas cabezas…

—Pero veían ante ellos la acogedora sombra que les brindaban unos árboles, en la orilla de enfrente…

—Donde un guía nativo les esperaba, para conducirlos a presencia de la reina de aquella selvática comarca.

—Una reina, no, tonta. En todo caso sería un rey.

Antes de que hubieran tenido tiempo de enzarzarse en una acalorada discusión, los dos intrépidos exploradores llegaron a la orilla opuesta, donde «Macbeth» los roció profusamente, al sacudirse ante ellos.

—Sigamos andando —les díjo David—. El guía nativo os estaba esperando.

Avanzaban los chicos sobre una mullida alfombra de agujas de pino; pero la densa maleza les obligaba a caminar lentamente, en contraste con «Macbeth», el cual, desoyendo las llamadas de sus amos, echó a correr por entre los matorrales, no tardando en perderse de vista.

—Buen sitio para acampar —dijo David al cabo de unos minutos.

—¿Te refieres a este claro? —le preguntó Mary—. ¡Oh! A mí me gustaría mucho más una casita en los árboles, como la de Wendy.

Sonó por encima de los tres el grave arrullo de una tórtola, llegando luego hasta ellos los excitados chillidos de «Macbeth», el cual debía de haber descubierto el rastro de un conejo. Continuaron ascendiendo los chicos por la penumbrosa ladera del monte, y tras una media hora de marcha, desembocaron en un claro bastante espacioso, en el centro del cual se elevaban dos grandes pinos.

—Hagamos aquí un alto —propuso David, quien se sentía algo molesto por haberse olvidado de su brújula—. Recoged toda la leña seca que podáis, y apiladla bajo esos pinos. Luego buscaremos la bajada más corta, para llegar a Witchend.

Alejáronse los dos mellizos, sin dejar de expresar sus respectivas opiniones acerca de lo que podría ocurrirle al esforzado y valeroso «sir Richard» y a sus compañeros de infortunio. David se quedó en el calvero, silbando una canción, para demostrarse a sí mismo que no le preocupaba encontrarse solo en el bosque. Minutos después, al oír el rumor producido por las ramas que arrastraban sus hermanitos, gritó el muchacho:

—¡Eh, Richard! ¡Estoy aquí!

Luego, y una vez que hubieron atado convenientemente los haces de leña seca, emprendieron los tres el camino de vuelta hacia la casa, donde la señora Morton se mostró muy complacida por el trabajo que habían realizado sus hijos, si bien les hizo saber que se habían olvidado de ir a buscar la leche de la tarde, y que Tom la había traído hasta allí.

—Parece muy buen chico —dijo la señora Morton—. Dijo que mañana estaría muy ocupado con las tareas de la granja, pero que espera veros pronto, para realizar una excursión.

Intranquila se hallaba Mary, a causa de «Macbeth», el cual no les había acompañado en el camino de regreso, habiéndose perdido, al parecer, en la intrincada espesura. No obstante, al sentarse a la mesa para tomar su taza de chocolate, antes de irse a la cama, la pequeña sacó fuerzas de flaqueza y se sobrepuso a su inquietud, para contarle a su madre:

—¿Sabes, mamá? Cuando más fatigados nos sentíamos en nuestra búsqueda del árbol del pan…

—Sí —la atajó Richard—: precisamente cuando íbamos a caer desmayados a consecuencia de la pérdida de sangre y de la… de la «tenuación», oímos un rugido pavoroso. ¿Y qué te figuras que era eso, Agnes?

—¡Oh, Dios mío! —exclamó la señora Braid—. ¿Cómo voy a saberlo yo? ¡Pobrecitos míos! Extraviados en esa selva tan terrible… ¡Vaya, vaya! Sois tan parecidos como dos guisantes. ¡Y de la misma mata!

Dormidos se hallaban los tres hermanos a las once de la noche. Por eso, cuando a esa hora empezó a raspar «Macbeth» la puerta de la cocina, hubo de ser la señora Morton quien le facilitó la entrada.

Y en verdad que pocas veces se había mostrado el perrito tan extremadamente sumiso y avergonzado.

A la mañana siguiente, Mary fue a la granja de los Ingles en busca de la leche. Y al regresar, sorprendióse al ver que Richard le hacía señas con el brazo desde la cancela de entrada a la finca.

—¡Ya lo sé! —le gritó la niña, antes de llegar a su lado—. ¡Que vamos a pasar todo el día fuera de casa! Mamá nos autoriza a realizar una gran excursión, ¿verdad? ¡Nuestra primera aventura!

Y así era, en efecto. Encima de la mesa de la cocina, una pila de bocadillos suponía suficiente indicio de lo que habría de ser prometedora expedición. Y por si ello fuera poco, bastaba ver el aire de mando que David exhibía, para percatarse de la importancia de dicha aventura.

—¡De prisa! —apremió el muchacho a los gemelos—. No perdáis el tiempo charlando inútilmente. Tú, Richard, serás responsable del buen uso y conservación de la brújula; aquí la tienes. Recuerda que todos nosotros podríamos perecer en la espesura, en caso de que se extraviara. Yo te enseñaré su manejo mientras vayamos andando. ¡Mary! ¿Has encontrado la correa de «Mac»? Creo que nos convendrá llevarlo con nosotros.

—¡Por supuesto que lo llevaremos! —exclamó la niña, con acento vehemente—. Mantendrá apartadas a las fieras sanguinarias, y no…

Pero se interrumpió al oír decir a su madre:

—Muy bien. Podéis marchar ahora mismo adónde queráis; pero no olvidéis lo que os recomendé ayer, acerca de las lumbres que se encienden en el bosque. No os alejéis demasiado, para que no os cueste encontrar el camino de vuelta. Y si llegáis a la cumbre, tened cuidado con esos pozos de barro.

Al ver la mochila que se hallaba sobre una silla, «Macbeth» empezó a dar tales muestras de excitación, que Mary se apresuró a ponerle la correa para llevarle bien sujeto. Luego, cargados cada uno de los tres hermanos con sus correspondientes bultos, David tomó la delantera, deteniéndose al llegar a la cancela, para indicarle autoritario a Richard:

—Vuélvete a buscar mi libreta de apuntes. Quiero hacer un plano de la región que vamos a recorrer, para que sirva de guía a los demás exploradores que se atrevan a seguir nuestros pasos…

E inmediatamente apretó las labios, molesto por haber hablado igual que sus dos hermanitos, los cuales estaban soñando aventuras constantemente. Aunque, por otra parte, la verdad era que resultaba difícil convivir con ellos y no adoptar algunas de sus costumbres.

—¿Pasaremos por nuestro valle? —quiso saber Mary—. ¿Por el que descubrimos ayer?

—No; ya lo conocemos… Y además, podemos ir allí siempre que lo deseemos. Hoy vamos a recorrer otra zona más distante. Y si logramos alcanzar la cumbre, volveremos a Witchend por el camino más corto.

Regresó al punto Richard con la libreta y un lápiz, emprendiéndose la marcha a continuación. Al pasar frente a la granja de Ingles, la señora Betty saludó a los expedicionarios y les informó que Tom había ido con su tío a una finca vecina. Luego les preguntó adónde se dirigían.

—Querríamos decírselo —empezó Mary.

Continuando Richard:

—Pero no podemos, porque no lo sabemos.

—Vamos hacia lo desconocido…

—… a través de selvas y desiertos…

—Pero llevamos suficiente comida, y por eso no moriremos de hambre.

—Tenemos intención de llegar a la cima del Mynd —dijo entonces David—. ¿Hay algún camino, más allá de estos campos de labor?

Miróle la granjera con expresión dubitativa, antes de preguntar:

—¿Pensáis ir allá arriba? Pero… hay mucha distancia. ¿Lo sabe vuestra madre?

Asintió el muchacho, encogiéndose ella de hombros, al tiempo de comentar:

—En ese caso, no creo que haya inconveniente en orientaros. Atravesad esos terrenos de enfrente, y llegaréis a un sendero. Seguid por él, hasta que encontréis un arroyo. Torced entonces hacia la izquierda, y remontad la corriente que va por el fondo de un barranco al que nosotros llamamos la Cañada Oscura. De esa forma llegaréis hasta muy cerca de la cima del Mynd; pero tened mucho cuidado con los pozos de barro que hay allá arriba. Y sobre todo, procurad no apartaros de las sendas, pues es muy fácil perderse en el bosque.

—Y cuando lleguemos a la cumbre —inquirió Richard—, ¿podremos ver la Silla del Diablo?

—Pues… —repuso la mujer con más seria entonación—. En caso de que haga buen tiempo, sí podréis verla, hacia poniente; pero si no la veis, regresad a casa inmediatamente, pues eso querría decir que pronto se desencadenaría una tempestad.

—¡Cielo santo! —exclamó Mary.

Y apretando a «Macbeth» contra su pecho, despidióse de la señora Ingles y siguió a David, oyendo decir entonces a su hermano gemelo:

—Hay tigres por aquí.

—Sí que los hay —coincidió ella—. Y están acechándonos. Debemos tener mucho cuidado y evitar todo peligro.

En cuanto hubieron llegado al indicado arroyo, detuviéronse los tres chicos para examinar los contornos. Y al no advertir Mary ninguna señal de peligro, soltó a «Macbeth», el cual lanzó un ladrido de contento al bajar por la cuesta hasta la orilla de la corriente. Sacó entonces David su libreta de un bolsillo, empezando a trazar su plano; pero pronto comprobó que resultaba muy difícil dibujarlo en una hoja tan pequeña, por lo que decidió ir haciéndolo por zonas, para reunir las distintas partes del mismo cuando hubiese regresado a Witchend.

En aquel lugar, el arroyo parecía más bien un caudaloso río. Y sus claras aguas corrían velozmente en dirección a Onnybrook. Pidió David la brújula a su hermano, indicando, tras haber consultado dicho instrumento:

—Este barranco conduce rectamente hacia el oeste. Por tanto, y siempre que más adelante no cambie de dirección, nos llevará hasta muy cerca de la cumbre. ¿Preparados, camaradas?

—Dispuestos para marchar —asintió Mary—; aunque es probable que no volvamos a ver a mamá nunca más.

—Ni tampoco a «Patas de Gorrión» —añadió Richard; pero rectificó seguidamente—. Quiero decir a Agnes. Es posible que pasemos por sitios que nunca han sido hollados por unos pies humanos.

Por espacio de un cuarto de hora, los tres exploradores recorrieron el sendero que bordeaba el arroyo, y que discurría por entre densos helechales, haciéndose a veces tan estrecho, que les obligaba a caminar en columna de a uno. Al cabo de un rato pasaron ante una casa de campo. Y poco después, al torcer la corriente hacia la izquierda, les pareció que la montaña les salía al encuentro. Volviéronse entonces, para mirar el camino que acaban de recorrer, sorprendiéndose al notar que la casa de campo y los ondulados terrenos que la circundaban habían desaparecido de la vista, reemplazados por una zona extremadamente fragosa. También había variado el aspecto del arroyo, menos ancho que abajo, en el llano, y más rumoroso. Y el sendero, al subir sinuosamente por la empinada ladera del monte, daba a veces grandes rodeos, mas sin apartarse demasiado de la fresca corriente.

Encontrábanse los chicos en la parte más alta de la «Cañada Oscura». Tras varios minutos de trabajosa ascensión, David decidió tomar un corto descanso junto a un árbol achaparrado, cerca del cual se veían los vellones que unas ovejas habían dejado al entrar en los enmarañados zarzales.

—Un alto de unos diez minutos —anunció el muchacho, sentándose sobre una roca iluminada por el sol—. No os quedéis a la sombra.

En tono alegre, propuso Richard:

—¿Qué te parece si comiéramos un poco de chocolate?

—Nos evitaríamos llevar tanto peso —le apoyó su hermana.

Accedió David, comiendo los tres en silencio, sin olvidarse de darle a «Macbeth» la ración que le correspondía. Y al fin, Mary se limpió los labios con el papel que envolvía la pastilla y dijo en tono entusiasmado:

—Ésta sí que es una verdadera aventura, ¿verdad, David que sí?

—La mejor que he disfrutado en mi vida —añadió Richard—; pero aún espero disfrutar mucho más, cuando vea la silla de ese viejo diablo.

—Deberíamos señalar nuestro camino —apuntó David—, para encontrarlo fácilmente a la vuelta. Podríamos ir formando algunos montoncitos de piedras… o doblando algunas ramas, como hacen los gitanos. Por ejemplo: voy a quitarle un poco de corteza a este árbol.

—Creo que no le importará mucho —opinó Mary—. Al contrario: se sentirá orgulloso, al poder ayudar a unos exploradores.

Reanudaron éstos su ascensión. Y al corto trecho, las escarpas del barranco por donde se deslizaba el arroyo empezaron a hacerse más abruptas, a la par que los helechos cedían el puesto a los brezos y arándanos. Iban esta vez los mellizos en primer término, avanzando lentamente, a causa de la pronunciada pendiente. Por su parte, David, a quien comenzaba a incomodarle su mochila, estaba pensando en aligerar el peso de la misma según el método de Mary. Y de pronto, sonó la voz de ésta con excitado acento:

—¡Corre, David! ¡Fíjate en lo que hemos descubierto!

Hallábanse los dos gemelos bajo un enorme saliente de roca. Al llegar a aquel sitio, encontróse David ante un extenso pedregal, rodeado por peladas colinas. Y sus hermanos, que habían avanzado en el ínterin hasta la entrada de otra cañada que se abría a la derecha, señalaron hacia arriba, viendo entonces el muchacho el motivo de su excitación: El nuevo barranco terminaba bruscamente ante una escarpa vertical de unos diez metros de altura, desde cuya parte superior, una pequeña cascada vertía en un estanque situado al pie de la rocosa pared.

—¡Un estanque mágico! —gritó Richard, acercándose allí—. ¡Debe de serlo, porque no tiene salida!

Y así era, ciertamente. La citada olla recogía el caudal de la cascada, pero no desaguaba por ningún punto. Supuso David que en ese lugar se originaría alguna corriente subterránea, en lo que discrepó Mary, al afirmar con rotundo acento:

—No es eso; es que está embrujado. Aquí es donde se reúnen las brujas por la noche, para echar sus encantamientos.

—¿Sí? —dijo Richard—. Pues no quisiera encontrarme aquí a esa hora. ¡Por nada del mundo!

Acto seguido, comenzó a trepar por un lado de la escarpa, seguido por su hermana. Llamóles David, aunque en tono poco enérgico, decidiéndose al fin a imitarles; pero al poco rato, y en tanto se asía a los salientes y matas que iba encontrando, se reprochó por no haber dejado la mochila al lado del estanque. Sudoroso y jadeante, llegó al final de la subida. Y entonces se congratuló por el esfuerzo realizado, ya que bien valía la pena haber ascendido hasta allí para gozar del magnífico paisaje que se ofrecía a su vista.

Corría allí el arroyo por entre crecidas y verdes matas, viéndose a derecha e izquierda desnudos montículos desgastados por la erosión; pero el sendero había desaparecido. Olvidóse entonces David de las recomendaciones de su madre. Y en lugar de buscar otra senda; sintióse entusiasmado, al igual que sus hermanos, por lo que a partir de entonces prometía ser «una verdadera exploración», y echó a andar decididamente y a toda prisa rumbo a lo desconocido.

Detrás de ellos, el pobre «Macbeth», cuyas cortas patas le impedían mirar por encima de los matorrales, avanzaba dando brincos, como un canguro pequeño. Advirtiendo lo que le ocurría, detúvose Mary y lo alzó en brazos, antes de seguir a sus hermanos, los cuales se habían detenido al borde de una amplia zona descubierta.

—Parece… el desierto —comentó la niña.

Y Richard preguntó:

—¿Dónde está el arroyo?

—A la derecha —le indicó David—. A partir de aquí, el camino será más áspero, pues vamos acercándonos a la cumbre. Seguidme.

A los pocos pasos, el terreno empezó a ceder bajo sus pies, lo que le invitó a dar un rodeo, para dirigirse a la ladera más cercana, donde crecían montoncillos de arbustos. Algo más allá, apareció un espacio cubierto por verde y brillante hierba. Al verlo, Richard profirió un grito de júbilo y echó a correr hacia allí… lanzando una exclamación de alarma al notar que se hundía en un pozo de fango. Aterrados, David y Mary se detuvieron, sin saber qué hacer. Y antes de que hubieran podido adoptar una decisión, oyeron que alguien gritaba desde un punto situado por encima del lugar en que se hallaban:

—¡Quieto! ¡No te muevas!

Miraron entonces hacia el sitio en que había sonado aquella voz, viendo la silueta de una jovencita, montada en un caballo de poca alzada.

—¡No os aproximéis a él! —les advirtió la desconocida—. ¡Decidle que se quede quieto! ¡Ahora mismo voy yo para allí!

Avanzó el «pony» con cautelosos pasos, llegando a la orilla del arroyo. Y a una voz de la chica, saltó limpiamente hasta la otra margen, para encaminarse al trote hacia el punto en que se hallaban los tres hermanos.

Entretanto, Richard, pálido y desencajado, procuraba mantenerse inmóvil, difícil empeño, en verdad, cuanto que sus piernas se habían hundido en el fango hasta las rodillas. En contraste, Mary se balanceaba, impaciente, sobre ambos pies; hasta que al fin, no pudiendo contener su nerviosismo, exclamó en tono angustiado:

—¿Por qué no haces algo, David? ¿No ves que va a desaparecer en ese horrible…?

Pero David, que ya se había despojado de su mochila, empezaba a avanzar lentamente por el peligroso tremedal.

—¡Quítate los zapatos! —le gritó la chica que se acercaba a caballo—. ¡Y también los calcetines! ¡De esa forma no te hundirás tan fácilmente!

El muchacho se detuvo, obedeciendo las instrucciones de la desconocida, la cual desmontó y se puso a su lado, cuando él acababa de descalzarse.

—Ahora —le indicó la joven—, dame la mano y sigue andando con precaución. No apoyes los pies con fuerza contra el suelo. Pronto rescataremos al pobre niñito.

Tanto molestó a Richard que le llamaran de ese modo, que a punto estuvo de perder el equilibrio al volverse, furioso, para advertir:

—¡Eh! ¡Que yo no soy ningún «niñito»!

—¡Tenemos nueve años! —añadió Mary, desde el sitio en que se había quedado—. ¡No somos tan pequeños!

—No te muevas, Richard —dijo entonces David—. Dame las manos; ¡las dos! Y aprieta con fuerza.

A sus espaldas, indicó la chica:

—Cuando yo diga «tira», el pequeño moverá un pie hacia nosotros, y luego el otro; pero con mucho cuidado; ¿entendido?

—De acuerdo —murmuró Richard hoscamente.

—¡TIRA! —gritó la chica, asiéndose a la cintura de David, y estirando hacia atrás con todas sus fuerzas.

Tanto entusiasmo pusieron los dos en la operación, que al cabo de pocos segundos oyóse un sonido semejante al que se produce al descorchar una botella… y Richard fue a parar de bruces sobre el enfangado suelo, a unos dos metros de la traicionera tolla. Al verle con la cara llena de barro, la desconocida no pudo reprimir una carcajada Y exclamó:

—¡Menuda facha! ¡Si pudieras verte!… Y seguro que estarás oliendo… ¡y no a rosas, precisamente!

Irritado, pues no le agradaba que se burlasen de él, Richard se ruborizó hasta la raíz de sus cabellos y desvió la mirada hacia su hermana, la cual salió inmediatamente en su defensa, increpando a la autora de la mofa:

—¡Cállate inmediatamente! ¡Tú también tendrías un aspecto muy divertido, si te cayeras ahí alguna vez! ¡Y además… Richard no huele mal! ¡Y si huele un poco… es lo mismo! ¡A nosotros nos gusta el olor a barro! ¡Y si a ti no te gusta, yo también me tiraré al pozo, y así oleremos los dos!

Atónita ante aquella andanada de palabras, la joven se quedó mirando a Mary con expresión de neta sorpresa, antes de exclamar:

—¡Caramba! Pero… ¡si sois los dos iguales!

Pero al ver que Richard se pasaba por los ojos el dorso de una mano, comprendió su aflicción y dijo a modo de disculpa:

—Bueno… no trataba de burlarme de ti. Y siento haberme reído. Tal vez fuese la excitación del momento… Y también me hizo gracia el verte de esa forma. En fin: la verdad es que te has comportado valerosamente. Y ahora, ¿quieres que seamos amigos?

—De acuerdo —murmuró el pequeño—. Por mi parte… conforme.

Y alargó su mano derecha, para estrechar la que su salvadora le ofrecía, al tiempo que Mary juzgaba oportuno advertir:

—A nosotros no nos importa ser amigos tuyos, siempre que no nos ofendas con burlas.

—Estamos comportándonos tontamente —dijo entonces David, mientras terminaba de calzarse—. Creo que nos conviene alejarnos en seguida de este mal olor… ¡No me refiero a ti, Richard, sino al lugar! Vayamos a algún sitio donde podamos lavarnos y tomar un bocado. Estoy muriéndome de hambre.

Precedióles la jovencita, emprendiendo la marcha a lo largo del arroyo. Minutos después, al llegar a la parte más elevada del monte, desmontó ágilmente de un salto, para quedarse de espaldas a su montura. Y los tres hermanos tuvieron ocasión de observar más detenidamente a su compañera, reparando en sus azules ojos y en sus rubios cabellos, dispuestos en dos largas trenzas. Vestía la chica un conjunto deportivo, compuesto por unos pantalones de montar, ceñidos desde la rodilla hasta el tobillo, y una camisa azul, abierta por el cuello. Sonriendo amablemente, preguntó:

—¿Quiénes sois vosotros? ¿Cómo habéis llegado hasta aquí?

Animados ante la grata perspectiva de la merienda, los mellizos iniciaron su acostumbrado «dúo», pero su hermano los atajó con un gesto, para satisfacer escueta y llanamente la curiosidad de su nueva amiga, la cual exclamó con aire alegre:

—¡Qué interesante! Yo también vivo cerca de aquí: en la finca de Hatchholt, junto al embalse.

—¿Junto al qué? —inquirió David, intrigado.

—¡Al embalse, tonto! —repitió ella con una risita—. Aunque no es extraño que no lo conozcáis, porque sois nuevos en esta región. Papá es el encargado de cuidarle. Y allí vivimos los dos solos… bueno, con mi yegua «Sally». ¿Por qué no me acompañáis? Podréis tomar allí vuestra merienda, mientras papá y yo comemos. Luego os mostraré el embalse, y…

—Lo siento —excusóse David—; pero íbamos a subir a la cima del Mynd. ¿Puedes enseñarnos el camino? Tenemos que encontrarlo hoy mismo.

—Sin excusa ni pretexto —recalcó Mary—. Nos hemos juramentado.

—Y lo hemos firmado con sangre —añadió Richard.

Volvió a sonreír la muchacha, prometiendo:

—De acuerdo. Os llevaré allí esta tarde; pero ahora debemos ir a mi casa. La verdad es que no sé cómo habéis llegado a este lugar. Es un sitio muy feo… y muy peligroso, a causa de esos lodazales. ¿Habéis subido por la cascada?

—Sí —repuso Richard—: por el Niágara.

—Izándonos a fuerza de brazo —agregó Mary—, como los indios de…

Por su parte, David no tuvo reparos en confesar que se había comportado como un imbécil, al perder el camino, declaración que sus dilectos hermanitos corroboraron lealmente; pero a él no pareció agradarle tal muestra de fraternal cariño, puesto que los miró con ceñuda expresión, mientras seguía explicando:

—Estábamos reconociendo el terreno. Y como la cascada nos pareció tan atractiva, se nos ocurrió que podríamos subir hasta aquí, para echar un vistazo. Y a todo esto: tú sabes quiénes somos, pero nosotros no sabemos tu nombre verdadero.

—Me llamo Peter —dijo la chica.

—¿Eh? No puede ser —exclamó Mary.

Y Richard la miró con obvia desconfianza, al tiempo que le preguntaba:

—No serás un chico, ¿eh? Un chico que se ha disfrazado para ocultarse de sus desalmados enemigos.

Soltó la joven una alegre carcajada, antes de decirles:

—Tranquilizaos. Todos los que me conocen me llaman Peter: un diminuto de Petronella. Yo me llamo Petronella Sterling. Pero no nos entretengamos. Tengo que llegar pronto a casa para que papá no se enfade conmigo. Además, luego no tendríamos tiempo para hacer esa excursión.

Colocó Peter la mochila sobre la montura de «Sally», atándola fuertemente, antes de tomar las riendas y empezar a caminar por la cima de una loma, seguida por sus tres amigos. Conforme avanzaban, David iba observando aquella ininterrumpida serie de vaguadas, tan semejantes las unas a las otras, comprendiendo entonces lo fácil que resultaría extraviarse por esos parajes, atravesándolos de noche o con mal tiempo.

Tras varios minutos de camino, empezaron a ascender por la ladera de otra loma, yendo todos en hilera a lo largo de una estrecha senda. Y Peter, que marchaba en cabeza, se volvía de vez en cuando para expresar comentarios acerca de lo que iban a divertirse juntos. Al llegar a la cumbre, la chica se detuvo y señaló hacia la otra vertiente de la colina, indicando:

—Ya estamos cerca. ¿Veis? Allí está la finca de Hatchholt y nuestra piscina. ¿Sabéis nadar?

Asintieron en silencio los jadeantes hermanos Morton, en tanto contemplaban la bella vista que ofrecía un valle mucho más amplio que la Cañada Oscura, y al fondo del cual se veía relucir la superficie de un pequeño pantano. Por medio de una presa, la parte superior de aquel valle había sido convertida en un lago artificial. Y en la ladera opuesta divisábase una pequeña construcción, rodeada por un jardín, en el cual se distinguía la figura de un hombre. Llevándose los dedos a la boca, Peter emitió un estridente silbido. Y «Sally», que estaba ramoneando los arbustos de los alrededores, alzó la cabeza y enderezó las orejas, quedándose completamente inmóvil.

—Aquél es mi papá —dijo la chica—. Agitemos los brazos, para que no se sorprenda al ver llegar a tanta gente.

Pero al no dar muestras mister Sterling de haber notado su presencia, prosiguieron los cuatro su camino, descendiendo en zigzag por la suave ladera. Al cabo de corto trecho, Peter se paró bruscamente y preguntó, dirigiéndose a Richard:

—¿Quieres montar un rato?

Asintió el invitado. Y al advertir David la mirada de interés que apareció en los ojos de su hermana, se apresuró a decirle:

—No, Mary. No montaréis los dos a la vez. Que monte primero Richard, si Peter no tiene inconveniente.

Al ser subido el chico a la silla, «Sally» se movió, inquieta; pero su dueña cogió fuertemente las riendas y le habló con firme acento, reanudándose la marcha seguidamente:

—Soy «Lobo Colorado», el Gran Jefe Indio —dijo Richard, hinchando el pecho.

—Y yo soy «Tiger Lily», su hermosa princesa —le contestó Mary.

—Y estamos recorriendo el largo sendero que atraviesa las praderas…

—… sobre la pista de los rostros pálidos.

Y así, entre charlas y bromas, los cuatro chicos llegaron al valle, preguntando entonces David:

—Pero… ¿dónde está la corriente?

—Baja del monte en cuatro enormes tubos. Pronto los veremos.

No tardaron en cruzar por un rústico puente de troncos, por debajo del cual pasaba la citada tubería, semioculta entre tupidos helechos. Poco después, cuando se detuvieron ante la casa, «mister» Sterling observó pensativamente a los tres hermanos Morton, mientras su hija le informaba sobre su encuentro con ellos, y luego comentó:

—Muy poblada se está poniendo esta comarca. El otro día me dijeron en Onnybrook que los Ingles habían alojado en su casa a un sobrino suyo. Veo que vas a tener mucha compañía, muchacha.

Pareció reparar entonces «mister» Sterling en los dos mellizos. Y después de mirarlos fijamente, se puso unas gafas y los examinó con suma atención, encogiéndose luego de hombros, al quitarse los lentes, como si no diera crédito a lo que habían visto sus ojos. Por fin, invitados por Peter, los tres hermanos pasaron al interior de la casa, encontrándose en la habitación más pulcramente arreglada que habían visto en su vida. Todo parecía emitir destellos en aquel cuarto: las sillas y las patas de la mesa, cubierta con un albo mantel, sobre el que habían sido dispuestos dos cubiertos, la humeante fuente colocada sobre la estufa, y el reluciente reloj de bronce, que dejó oír la solitaria campanada de la una, al regresar Peter de la cuadra, después de encerrar a «Sally».

Se sentó Peter a la mesa, acompañada por su padre y los dos mellizos debiendo acomodarse David en un lustroso butacón, pues no había sillas para todos. Una vez que hubo sacado de la mochila la merienda de Richard y de Mary, el muchacho vaciló un momento, antes de empezar a comer su bocadillo, temeroso de que unas migas destruyeran la tersura de aquel suelo, que más bien parecía un pulido espejo. Advirtiendo su cortedad, acudió en su ayuda el dueño de la casa, al extender sobre las baldosas varias hojas de periódico, para sentarse nuevamente y seguir comiendo en silencio.

Cuando hubo terminado su merienda, Richard se aclaró la voz y dijo con acento satisfecho:

—Ahora sí que me siento en condiciones para subir a la cumbre de esa vieja montaña; pero antes, si se me permite… ¿puedo hacer una pregunta? No creo que sea una pregunta de… de buena educación; pero es algo que yo querría saber… y estoy impaciente por saberlo.

David y Peter se miraron, intrigados y alarmados. Mary continuó comiendo, imperturbable. Y mister Sterling sonrió afablemente, al tiempo que decía:

—¿De qué se trata, amiguito?

—Pues… ¿por qué le ha puesto usted a su hija ese nombre? ¡Petronella! Jamás había oído una cosa semejante y nada bonita.

—Nunca te lo había preguntado, papá —indicó la muchacha—. Y también me gustaría saberlo.

A lo que su padre repuso, meneando la cabeza:

—Pues es curioso. ¡Curiosísimo!

—¿Por qué?

—Porque ni yo mismo lo sé: ésa es la verdad. Recuerdo que elegí yo ese nombre; y que tu pobre madre, a la que Dios tenga en su gloria, coincidió conmigo en que era bastante singular. Y ahora que estamos en ello… creo que lo vi en la popa de una barca, en la playa de Cromer, durante nuestra luna de miel.

—¿Era un barco pirata? —preguntó Richard con aire esperanzado.

Y su hermanita, con la boca llena de lechuga, sugirió a su vez:

—¿O una «buarca cuontrabanduista»?

Pero mister Sterling no tenía ni la menor idea sobre las características de la referida embarcación. Explicóle entonces su hija que ella y sus nuevos amigos pensaban realizar una excursión a la cima del Mynd, y que se hallarían de vuelta poco antes del anochecer; a lo que aquél accedió, indicando a sus huéspedes:

—Como gustéis; pero antes de marcharos ayudadme a arreglar el comedor. Seréis bienvenidos en esta casa siempre que la mantengáis perfectamente limpia.

Una vez que hubieron barrido el citado aposento, los cuatro chicos ayudaron a mister Sterling a ordenar las piezas de la recién fregada vajilla, y a continuación salieron de la casa y fueron hasta el embalse con ánimo de sentarse a tomar allí el sol antes de iniciar la ascensión a la cumbre. Seguían los tres hermanos a Peter, la cual les precedía por un sendero que pasaba junto a la presa, subiendo luego hasta cerca de una caseta de ladrillo, construida a la orilla del agua.

—Ahí dentro hay unas máquinas —informó la chica, indicando a la caseta—. Sirven para mover las compuertas y para regular el agua que debe entrar en las tuberías.

—¿Y qué profundidad tiene el embalse? —quiso saber David.

—En este sitio, unos tres metros. ¿Sabéis nadar todos vosotros?

Asintió David con seguridad, y sus hermanos con cierta vacilación.

—Yo nado… prácticamente —dijo Richard.

—Y yo sé nadar con estilo «sprawl» —declaró Mary.

Corrigiéndola aquél:

—Querrás decir, «crawl».

Y Peter conjuró la inminente discusión, al anunciar:

—Cerca de aquí tengo un refugio secreto y una maravillosa playa. Venid conmigo; os los mostraré.

Echó a andar la chica por el borde del pantano, llegando a poco a un lugar en que crecía profusión de matorrales y altas hierbas. Había allí un hoyo, tan bien escondido entre las matas, que Mary, distraída como iba, charlando con Richard, perdió pie y desapareció entre el follaje. Por fortuna, la citada depresión tenía poca profundidad. Y al levantarse la asustada niña, los demás festejaron el incidente con un coro de carcajadas. Luego dijo Peter:

—Hay muchos agujeros como éste en toda la montaña. Yo acostumbro ocultarme en ellos para observar a los pájaros. Y algunas noches, papá me permite quedarme un rato fuera de la casa para contemplar las estrellas. A mí me gusta mucho observar el cielo estrellado. ¿Y a ti, David? ¿No has leído el «Bevis»? Es mi libro favorito.

A continuación, la chica enseñó a sus amigos el sendero que bajaba hasta el hoyo, así como los huecos que ella había hecho en el mismo, y que permitían mantenerse en pie y observar los contornos sin ser visto. Brillaba el sol intensamente. Y sus cálidos rayos, unidos a la idílica placidez de los campos, influían para que David se sintiese un poco adormilado. Por eso, cuando su amiga le preguntó si subiría alguna vez a su casa para nadar en el embalse, el muchacho hubo de hacer un esfuerzo para contestarle. Sonrió entonces ella, e hizo un gesto hacia un costado, comentando en voz baja:

—Los bellos durmientes del bosque. Fíjate.

Y efectivamente: tumbados sobre la hierba, los dos gemelos se hallaban entregados a un apacible sueño. Y también dormía «Macbeth», apoyada su negra cabecita sobre el pecho de Mary.