CAPÍTULO VIII
«INGLES» Y «APPLEDORE»
Cuando David se marchó con Peter por el camino de Witchend, Tom los siguió con la vista, sintiéndose más solo que nunca. Le habría agradado acompañar a sus amigos; pero tenía que ayudar a su tío, sobre todo, en vista de que su tía Betty se hallaba momentáneamente imposibilitada, a causa de su caída en el establo. Recordaba el chico su vida anterior, en aquel barrio de Londres… Y entornando los ojos, evocó la familiar imagen de la casa en que vivía, los autobuses azules… ¡Cuánto echaba de menos el bullicio ciudadano, los cines, el establecimiento de Woolworths, y tantas otras cosas! Su padre había marchado al frente. Su madre y su hermano menor se encontraban en casa de unos parientes, de Somerset, en calidad de refugiados. Y él… en esa granja de sus tíos, en los alrededores de Onnybrook.
Exhalando un suspiro, reanudó su interrumpido trabajo. Y así continuó durante toda la tarde, hasta que al oír el rumor de la moto de su tío, corrió a abrir la puerta de entrada a la finca. Venía sentado el médico en el sidecar. Y por lo visto, mister Ingles había estado hablándole a gritos en el curso del trayecto, para hacerse oír sobre el ruido del motor; pues lo cierto fue que al pararse éste, el granjero siguió vociferando:
—¡POR AQUÍ, DOCTOR! Espero que Betty no se haya movido de la silla en donde la dejé. ¡EH! ¿ESTAS AHÍ, TOM? ¿HAS SACADO LAS VACAS? De acuerdo. ¡BETTY! ¡YA ESTAMOS AQUÍ!
Y el aturdido facultativo entró encogidamente en el vestíbulo, cerrándose la puerta a continuación. Veinte minutos después volvió a oírse el vozarrón de mister Ingles, el cual acompañó al médico hasta el sitio en que había dejado la moto. Cuando ambos se hubieron marchado, Tom fue a ver a su tía y se interesó por el estado de su pie, deshaciéndose ella en alabanzas al encomiar la habilidad del doctor Griffiths, y aconsejando luego a su sobrino la conveniencia de continuar con su labor, antes de que regresara su tío. Volvió Tom al huerto, echando a andar por un sendero. De pronto se detuvo, atraída su atención por un destello que había partido del camino que llevaba a Witchend. Y dispuesto a averiguar la causa de tal fenómeno, se encaminó hasta allí… y encontró al borde del mismo un dorado tubito metálico de unos ocho centímetros de longitud. Comprendió entonces que se trataba de un lápiz de labios. Y a punto de volverse al huerto, he aquí que su mirada tropezó con otro objeto, inusitado también, en aquel paraje: un estuche de maquillaje. Y poco más allá, un paquete de cigarrillos, una moneda de un florín inglés, un lápiz y un trozo de papel con extraños dibujos, y en cuyo ángulo superior izquierdo podía verse la figura de un búho. Intrigado, el chico observó aquellos dibujos, algunos de los cuales eran simples figuras geométricas, como por ejemplo, las sinuosas líneas de puntos que atravesaban el papel de lado a lado; el triángulo marcado con una crucecita roja…
—¡Canastos! —exclamó para sí—. Conviene que vaya a buscar a los otros miembros del Club. Creo que he realizado un importante descubrimiento; pero tal vez deba entregar todo esto a la policía de Onnybrook. A lo mejor… a lo mejor han ofrecido un premio al que encuentre estas cosas… y podríamos compartirlo todos. Sin embargo, me gustaría enseñárselas a mis camaradas antes de ir a entregarlas.
Con un sobresalto, recordó entonces la cómica escena de la tarde anterior. E inmediatamente comprendió quién era la dueña de aquellos objetos. Ese lápiz de labios… y el estuche de maquillaje…
—¡Qué barbaridad! —murmuró el chico—. Ahora… ahora no podremos llevarle a la señora Thurston todo esto… y pedirle una gratificación, así, descaradamente; pero el caso es que estas cosas son suyas. ¿Y el papel con los dibujos?… Tal vez se le haya caído a otra persona.
Tornó a concentrar Tom su atención en la referida hoja, no tardando en colegir que se trataba de un burdo plano. Y efectivamente: las líneas de puntos representaban caminos, senderos… Pero no logró explicarse el significado de aquel triángulo… ni el de la mancha oscura en la que confluían todos los trazos.
Minutos después, al regresar a la granja, su tío, que acababa de ordeñar a las vacas, le recibió con campechana sonrisa y le dijo:
—Verá usted —repuso el chico—: quiero mostrarle lo que he encontrado en el camino. Creo saber a quién pertenece…
Examinó mister Ingles los distintos objetos. Y al mirar al citado papel, unas arrugas aparecieron en su entrecejo, al tiempo que inquiría:
—¿Quién ha hecho esto? Supongo que habrán sido esos dos gemelos. ¡Seguro que sí! No hay más que ver ese dibujo: ¡Un búho!
—No había pensado en eso —admitió Tom—; pero me apuesto cualquier cosa a que todo lo demás pertenece a la señora Thurston, la que vive en Appledore. Ayer tarde pasó por aquí como un cohete, perseguida por el perro de los Morton. Y es posible que se le abriera el bolso. En cuanto al dibujo… tal vez lo hayan hecho los gemelos; pero estaba al lado de los demás objetos.
Su tío le dedicó una mirada escrutadora, preguntándole entre dientes:
—¿Y cómo estás tú tan seguro de que la señora Thurston pasó ayer por aquí?
—¡Porque la vi! —exclamó el chico, algo molesto por su desconfianza—. Estaba observándola, porque me divertía ver al perrito, saltando a su alrededor, y ladrándole sin parar. Si le parece bien, llevaré este papel a Witchend, para preguntarle a los gemelos si han sido ellos los que hicieron el dibujo. Y en caso contrario…
—Un momentito —lo detuvo su tío—. No tan rápido. Déjame echar otro vistazo a ese papel. Me parece… creo haber visto algo parecido en cierta ocasión… algo que no sé lo que es… porque ahora no me viene a la memoria… Y sin embargo, juraría que esto lo han dibujado esos pequeños. Eso es lo que… ¡NO! ¡AHORA LO RECUERDO! ¡ES UN PLANO, TOM! ¡ESTOY, SEGURO! Fíjate, ¿ves? Ésta es la cumbre de la montaña. Y este triángulo es… supongo que será… ¡SÍ QUE LO ES!, ¡EL EMBALSE DE HATCHHOLT!
No había estado nunca el chico en la cumbre del monte pero sí recordaba lo que sus amigos le habían contado, acerca de sus aventuras por esos lugares, así como sobre su visita a la finca de Appledore, donde residía la señora Thurston. Movido por un impulso de lealtad a su tío, decidió referirle toda la historia, aun a riesgo de incurrir en la desaprobación de sus camaradas de club, por quebrantar el secreto del Pino Solitario. Y terminó diciendo:
—Luego, cuando llegaron a la entrada del camino de Witchend, David bajó del coche y lo encontró a usted allí. Y usted se fue en el coche hasta Onnybrook, con Peter y la señora Thurston.
—Y por cierto que tenía mucha prisa esa señora —comentó mister Ingles—; pero apenas si cambiamos algunas palabras… En fin: veo que vamos a tener niebla. Fíjate: ya no se ve la cima del Mynd.
Miró el chico hacia el sitio que su tío le indicaba, advirtiendo la blanquecina masa de nubes que descendía lentamente por la ladera del monte.
—Vayamos adentro —dijo entonces mister Ingles—. Encenderemos la luz, y echaré otro vistazo a este plano.
Pocas veces había visto Tom a su tío con tan concentrada expresión. Sentado ante la mesa de la casa, el granjero estudiaba detenidamente las líneas trazadas sobre aquella hoja de papel, mientras su esposa, apoyada en un bastón, iba y venía de la cocina al comedor, preparando lo necesario para la cena. Al cabo de unos minutos, levantóse de su silla y anunció con aire preocupado:
—Voy a telefonear al oficial de la Guardia Territorial. Creo que has encontrado algo muy importante, Tom. Desde luego que es un plano del Mynd. Y parece que todas las líneas de puntos conducen al embalse de Hatchholt; pero lo que más me intriga son los números que aparecen bajo la figura del búho. ¿Sabes lo que indican? ¡La fecha de mañana!
¡BETTY! No te preocupes si tardo un poco. Cena con Tom y ten cuidado con ese pie.
Ayudó Tom a su tío a ponerse el impermeable de campaña. Y al abrir la puerta del patio, para que pasara con su moto, oyóle decir unas palabras; pero no entendió su significado, limitándose, por tanto, a despedirle con un ademán, antes de regresar al comedor de la casa. Una vez allí, encendió el fuego de la chimenea y corrió las cortinas de las ventanas, cumpliendo con esto último lo prescrito en la orden de obscurecimiento. Y cuando se disponía a sentarse a la mesa para escribir una carta a su padre, su tía Betty, que estaba sentada en su butaca, leyendo un libro, alzó la vista y murmuró:
—Creo que se acerca alguien, Tom. Y viene corriendo por el camino. Asómate y mira quién es.
Abrió el chico la puerta y salió de la casa, cerrando cuidadosamente tras de sí. De pie, en las tinieblas de la noche, incrementadas por una densa niebla, podía oír el rumor de unos pasos que iban aproximándose a la entrada de la granja. Segundos después, al llegar a dicho punto, cesó bruscamente dicho rumor, oyéndose una voz de alterado acento:
—¡Tom!… ¡Tom! ¿Estás ahí?
Reconoció el llamado a su amigo David, lo que le indujo a acercarse a la puerta del patio para preguntar desde allí:
—¿Qué ocurre, David?
—¡Gracias a Dios! —exclamó éste—. Pensé que no…
Y Tom advirtió entonces el leve resplandor de una linterna eléctrica, que se movía zigzagueante por el patio anterior de la casa.
—Me alegro de verte —dijo luego, al llegar David a su lado—. ¿Dónde has estado todo el día? ¿Y qué te ocurre ahora?
Pero el interrogado se hallaba jadeante y fatigado por la rápida carrera que acababa de realizar, y no pudo responderle en seguida. En consecuencia, Tom le puso una mano en un hombro y le invitó a pasar al interior de la casa, donde el recién llegado parpadeó, deslumbrado, sin advertir la presencia de la señora Ingles, la cual, pese al estado de su pie, se puso en pie y exclamó más que asombrada:
—¡Dios bendito! ¿Qué le sucede a este chico? Siéntate, David. Siéntate y descansa un rato. Estás más blanco que una sábana.
Cuando hubo recobrado el aliento, David miró a la dueña de la casa y le preguntó:
—¿Dónde… dónde está mister Ingles? Tengo que hablar con él. Los gemelos… los gemelos se han extraviado.
—Tranquilízate, muchacho —díjole la mujer—. Esos chicos son demasiado avispados para perderse, así como así. Alf no está aquí en este momento. Ha marchado a Onnybrook hace unos minutos; pero creo que no tardará en volver. Y tú, Tom; tráele a tu amigo un vaso de leche y un buen trozo de pastel.
Relató David todas las incidencias de aquella tarde; pero luego, tras haber explicado que él y Peter habían supuesto que los gemelos se encontrarían en Witchend, juzgó oportuno recalcar lo referente a la misteriosa actitud de la señora Thurston.
—Vimos que estaba tomando fotografías del embalse; pero mister Sterling cree que sólo fotografiaba a los pájaros del bosque, y que el asunto no tiene importancia. Sin embargo… yo estoy seguro de que sí la tiene. Y como la otra tarde se comportó de forma tan extraña en Appledore… En pocas palabras: creo que conviene informar de todo esto a mister Ingles; pero lo que más me preocupa es la ausencia de mis hermanos. Mamá me ha encargado que busque a mister Ingles y le comunique lo que ha sucedido.
—No te inquietes —tranquilizóle la granjera—; pronto encontraremos a los gemelos. Aunque tengamos que volver del revés a todo el condado. Sal al camino, y echa a andar en dirección a Onnybrook. Si te cruzas con mi marido, cuéntale lo ocurrido, y él te llevará en la moto hasta el pueblo para informar a la policía. Tom te acompañará.
—Pero, tía —objetó el aludido—: yo no puedo dejarte sola. Prometí que me quedaría a cuidarte.
—No te preocupes por eso. Ponte un abrigo y acompaña a David.
Volvió a protestar Tom, aduciendo que su tío confiaba en que él aguardaría su regreso. Y David puso fin a la discusión, al despedirse rápidamente y salir de la casa, antes de que Tom o la señora Ingles pudieran detenerle.
Una vez en el camino que conducía a Onnybrook, el conturbado muchacho apagó la linterna y empezó a caminar apresuradamente, ansioso por encontrar cuanto antes a mister Ingles. Al cabo de unos minutos, llegó a sus oídos el lejano rumor de una moto. Y a poco, la tenue claridad del farol de dicho vehículo apareció al fondo del camino. Encendió entonces su linterna, e hizo señas con ella al conductor, el cual se detuvo inmediatamente para inquirir en tono de extrañeza:
—¿Qué te ocurre, muchacho?… ¡Ah! Eres David Morton. ¿Qué te sucede?
Tras haber relatado nuevamente su historia, David fue invitado a montar en el sidecar. Acto seguido, mister Ingles hizo girar a la moto y emprendió vertiginosa carrera en dirección a Onnybrook, yendo a detenerse ante un aislado edificio de rojos ladrillos, situado en las afueras de la pequeña población. Antes de que el chico pudiera percatarse de lo que estaba ocurriendo, se encontró en una oficina, de una de cuyas paredes pendía un teléfono de manivela. Y el hombre corpulento que había abierto la puerta contempló, ceñudo, a los recién llegados, y preguntó al granjero:
—¿Qué le trae por aquí, mister Ingles?
—George —repuso éste en tono tajante, es preciso actuar sin dilación. Este muchacho vive en la finca de Witchend, sus hermanos menores se han extraviado en la montaña. Tenemos que reunir una partida de salvamento. Y ahora, déjame hablar por teléfono con el capitán Ward.
A continuación, el hombre corpulento hizo sentar a David en una silla, junto a la encendida chimenea, comprendiendo entonces el chico que se hallaba en la oficina de la policía local, al advertir el casco que estaba sobre un viejo aparador. Por lo visto, el llamado George era el representante de la Ley en aquel pueblo, pues inmediatamente procedió a interrogar a David sobre sus hermanos.
Exasperado por lo que consideraba lentitud en los procedimientos, el muchacho preguntó:
—¿Es que no van a hacer ustedes nada? Mi madre se encuentra muy preocupada. Tendríamos que ir a Witchend inmediatamente, para decirle lo que vamos a hacer…
—No te precipites —aconsejóle el policía—. No podemos hacer nada hasta que haya hablado por teléfono con mi jefe. Y ahora está hablando mister Ingles.
Convencido por tal razonamiento, David exhaló un suspiro y esperó a que el granjero hubiera terminado de vocear ante el aparato. Al fin, oyóse un leve tintineo, colgando mister Ingles el receptor, y volviéndose hacia George, para anunciar:
—Voy a ir a la finca de Appledore, para averiguar si esos chicos están allí. No me extrañaría que estuvieran en esa casa. Entretanto, puedes empezar a reunir algunos hombres, por si fuera necesario salir en su búsqueda.
—Yo iré con usted —díjole David—. Y creo que sería preferible pasar antes por Witchend, para que mi madre sepa adónde vamos a ir.
En esto, alguien llamó a la puerta de la calle. Acudió George a la llamada, no tardando en reconocer el chico la voz del visitante, por lo que no demostró ninguna sorpresa al ver entrar en la oficina a Bill Ward, el marinero que tan amigablemente se había comportado con él durante el viaje hacia Onnybrook.
—¡Caramba! —exclamó sonriente el recién llegado—. Pero… ¡si es mi amigo David Morton! ¿Qué estás haciendo aquí? ¿No te parece que es demasiado pronto para que te arresten? ¿Por qué no habéis ido a visitarme todavía? De modo que vengo a charlar un rato con mi viejo amigo George… y te encuentro complicado en un caso de asesinato. ¿Qué es lo que te ocurre?
Mister Ingles le explicó el motivo de la presencia de David en la oficina de la policía. Y Bill dedicó al chico una mirada de reproche, a la par que le decía:
—No habréis cometido imprudencias, ¿verdad? ¿Recuerdas lo que os advertí, a propósito de los peligros que encerraba la montaña? Está bien; no te sonrojes. Supongo que no tendrás la culpa de lo sucedido. Sé que eres un muchacho juicioso; de modo que no debes sentirte avergonzado. No te preocupes. Pronto encontraremos a tus hermanos.
Luego, y en tanto que el policía hablaba por teléfono, bajó la voz para seguir diciendo:
—No tardaré ni media hora en organizar una partida de rescate. La niebla ha aclarado un poco, lo cual nos permitirá ascender a la cumbre del Mynd con relativa facilidad. Además, la Luna saldrá a las doce, y… De todas formas, pasaremos por Hatchholt, por si esos pobres chicos hubieran llegado allí a última hora.
—De acuerdo —convino mister Ingles—. En este caso, y mientras tú haces todo eso, yo iré con David a mi casa para advertir a mi mujer, y luego nos llegaremos a Witchend, a fin de que la señora Morton no se sienta intranquila. A continuación, visitaremos a esa señora Thurston. He recibido instrucciones con respecto a ella… y quiero cumplirlas cuanto antes.
Al salir de la casa los dos hombres y el chico, George decía, hablando con su comunicante:
—… y el joven testigo afirma y asegura que vio a esa mujer…
Pero el marinero cerró la puerta de la calle, quedando así en el misterio lo que «el joven testigo» había visto hacer a «esa mujer».
Minutos más tarde, y tras haberse despedido de su uniformado amigo, David montó en el sidecar de la moto, a la que su dueño condujo con suma pericia entre la neblina, hasta llegar a las puertas de la granja. Una vez allí, el muchacho abrió la cancela de acceso al patio anterior de la casa y propuso:
—Mister Ingles: ¿podría venir Tom con nosotros? Su esposa insistió en que me acompañara, cuando yo llegué aquí al caer la noche; pero él no quiso, porque usted le había encargado que atendiera …
—Conforme —accedió el granjero—. Tom es muy bueno… y creo que mi mujer podrá esperar sola hasta que regresemos.
Entró mister Ingles en la casa. Y poco después, él y los dos chicos montaron en la moto, sentándose David en el sillín, mientras Tom se acomodaba en el sidecar. Se detuviéron por breve rato en la finca de Witchend, donde el granjero habló unas palabras con la señora Morton, la cual le agradeció el interés que demostraba por sus hijos. Y a continuación, reanudaron su viaje por el camino de Onnybrook, torciendo a la derecha al desembocar en la carretera para dirigirse a Appledore.
Por espacio de veinte minutos, David realizó notables y constantes esfuerzos con objeto de no salir despedido del sillín. Había aclarado bastante la niebla. Y en algunos sitios podían distinguirse, incluso, pequeños espacios de cielo estrellado. Al fin, el conductor detuvo la marcha de su veloz vehículo y apagó el farol. Y los chicos advirtieron que se hallaban a la entrada del camino que llevaba a la finca de Appledore. Cogiendo a cada uno de los dos por un brazo, mister Ingles avanzó por entre unos crecidos pinos, a la vez que indicaba en tono bajo:
—Escuchadme con toda atención. No quiero acercarme con la moto hasta la casa. Dentro de unos minutos la empujaremos entre los tres, para esconderla en el pinar. Uno de vosotros deberá quedarse junto a ella, para cuidarla, mientras los otros dos vamos a llamar a la puerta. Creo que deberías quedarte tú, Tom, pues es más lógico que David me acompañe y se interese por sus hermanos. En caso de que adviertas algo fuera de lo normal, toca la bocina, y vendremos a ayudarte. Y tú, David, compórtate naturalmente, y no menciones el asunto de las fotos. Ten en cuenta que esa señora no sabe que estuviste observándola. ¿De acuerdo?
Tras haber llevado a la moto hasta el cercano pinar, el hombre y los dos chicos se prepararon para entrar en acción inmediatamente.
—No os preocupéis por mí. Si oigo que venís de prisa, encenderé el farol. Y si algo me ocurre, tocaré la bocina.
A David le pareció que su amigo añadía en voz baja algo así como «Y arriba el club del Pino Solitario»; pero en ese instante, mister Ingles le asió por un brazo y le condujo por el camino, parándose al fin ante la cancela del jardín, a la que abrió sin hacer el menor ruido. Avanzaron luego sobre el césped, evitando pisar la grava de los caminillos. Al llegar a la puerta, el granjero llamó fuertemente con la aldaba, para comentar seguidamente en tono normal:
—Creo que hay alguien en la casa. He oído unas voces.
Segundos después, sonaron unos pasos en el interior. A continuación, la puerta se entreabrió unos centímetros, oyéndose la voz de Jacob, al inquirir éste:
—¿Quién es?
—Déjeme entrar, por favor —dijo mister Ingles, colocando su pie en la estrecha abertura—. Tengo que hablar urgentemente con la señora Thurston. ¡De prisa! Está infringiendo usted la ley del obscurecimiento.
—No viene usted solo —gruñó el criado—. ¿Quién está con usted?
—¡No es más que un chico! —le respondió el visitante con aspereza—. Abra la puerta y déjenos pasar.
—Pero… ¿qué es lo que desean?
—¡PORRAS! ¡DÉJEME PASAR, Y ENTONCES SE LO EXPLICARÉ! ¡No sea usted tan…!
Se oyó entonces preguntar a la señora Thurston:
—¿Quién es, Jacob? Que pasen y digan lo que desean.
Parpadearon los recién llegados por efectos del fuerte resplandor que despedía un farol colocado sobre la mesa del vestíbulo, lo que permitió a la dueña de la casa observar a sus visitantes, antes de que éstos hubieran acomodado su vista a aquella claridad. Entonces exclamó la mujer:
—¡Qué sorpresa, David! ¿Qué andas haciendo por aquí, tan tarde? Y este caballero… creo que no lo conozco.
—Tal vez no me recuerde usted —dijo el aludido—. Me llamo Ingles; y vivo en la granja vecina a la finca de Witchend. Hace un par de días tuvo usted la amabilidad de llevarme en su coche hasta Onnybrook; pero como tenía usted tanta prisa…
Miróle la señora Thurston con cierto interés, antes de disculparse:
—¡Oh! Por supuesto que lo recuerdo, mister Ingles. Perdone mi descortesía. ¿Quiere tomar asiento y decirme cuál es el motivo de su visita?
—Muchas gracias; pero no podemos entretenernos. Sentimos molestarla a estas horas. Y sólo nos hemos atrevido a llamar a su puerta, porque creímos que los gemelos Morton podían estar aquí.
Con aire de neta extrañeza, repitió ella:
—¿Los gemelos Morton?… ¿Quiere usted decir… los pequeños Richard y Mary Morton? No; no están aquí. ¿Por qué habían de…?
—Se han extraviado —explicóle David—. No sabemos dónde se encuentran desde esta mañana. Supusimos que se habían dirigido hacia aquí, y… ¿Está usted segura de que no los ha visto? Si usted no puede ayudarnos a encontrarlos… no sé lo que vamos a decirle a mamá.
Dirigió la señora Thurston una mirada interrogativa al granjero, el cual asintió con un gesto, en tanto confirmaba:
—Así es. Esperábamos que estuvieran aquí. En vista de que nos hemos equivocado, tendremos que buscarlos por otra parte. Lamento haberla molestado, señora. Vamos, David. Iremos a ayudar a los de la partida de salvamento.
Al oír lo anterior, la dueña de la casa demostró súbito interés y preguntó:
—¿Una partida de salvamento? Pero… ¿acaso es necesario? ¡Oh! Perdonen. No creí que fuese tan serio como… ¿Suponen que se hallarán en la montaña?
—Efectivamente —repuso mister Ingles—. Es posible que hayan andado vagando entre la niebla desde hace varias horas.
—¡Pobrecillos! ¿Puedo hacer algo para ayudarles? ¿Cómo han llegado ustedes hasta aquí? ¿Andando?
—No; en mi moto.
—¿Ah, si? Es extraño, porque no los he oído llegar. En fin, si necesitan mi ayuda…
El granjero se aclaró la voz, antes de sugerir:
—Pues… si no tuviera usted inconveniente, ese criado suyo podría explorar el terreno, entre esta casa y el monte. Dentro de una a dos horas se encontraría con las partidas que suben por la otra vertiente; siguiendo los valles de Witchend y Hatchholt.
Por espacio de unos segundos, la señora Thurston pareció considerar la proposición. Luego contestó en tono amable:
—¡No faltaba más! Por supuesto que enviaré a Jacob, para que coopere con ustedes en esta búsqueda. Y no se preocupen por los gemelos, pues tienen que aparecer forzosamente. En caso de que vengan aquí, los alojaré hasta mañana. Que tengan mucha suerte. Y no dejen de avisarme, si necesitan alguna otra cosa. Estoy dispuesta a ayudarles.
Antes de que los visitantes hubieran advertido lo que estaba ocurriendo, se encontraron ante el negro hueco de la abierta puerta, junto a la cual, la señora Thurston les despidió amablemente. Al hallarse entre las sombras del jardín, mister Ingles aconsejó a su joven acompañante:
—No te muevas, hasta que tus ojos se hayan acostumbrado a la oscuridad. Y no hagas ni el menor ruido.
Al cabo de un momento, en el curso del cual no pudieron oír nada más que un lejano portazo, David se quedó extrañado ante la inesperada pregunta que le dirigió el granjero.
—Dime… ¿usa tu hermana alguna cinta en sus cabellos? ¿De color verde, quizás?
—Pues… sí —respondió el chico—. A veces se sujeta el pelo con una cinta vede.
Y mister Ingles exhaló un suspiro, murmurando acerbamente:
—En tal caso… creo que esa mujer es una solemne embustera. Encima de una silla había un trozo de cinta verde. Espero que ella no me haya visto cuando yo lo estaba mirando. En fin: tal vez sepa esa mujer mucho más de lo que ha dado a entender. Vayamos a reunirnos con Tom…
Al llegar junto a la moto, el granjero puso en marcha el motor, mientras David refería a su amigo la infructuosa entrevista celebrada con la señora Thurston. Acto seguido, deslizáronse los tres por la carretera de Onnybrook, hasta que al cabo de un kilómetro, y a petición de su sobrino, el conductor detuvo el vehículo para inquirir:
—¿Qué te ocurre?
—Pero… ¿es que no ha oído usted nada en el momento en que partímos?
—No: absolutamente. Como no fuera el ruido del motor.
—Pues yo creo que oí ladrar al perrito de los Morton. Tal vez esté equivocado, David; pero eso es lo que me pareció, al ponernos en marcha.
En tono decidido, dijo mister Ingles:
—Volvamos a esa casa y echemos otra ojeada.
Poco después, y una vez que hubieron dejado la moto en el mismo lugar en que minutos antes había estado oculta, avanzaron los tres con suma precaución por el pinar, deteniéndose a unos treinta metros de la casa de Appledore, donde el granjero advirtió a sus acompañantes:
—Quedaos aquí un momento. Voy a dar una vuelta por la puerta trasera. No os mováis de este lugar ni hagáis nada por vuestra cuenta hasta que yo vuelva.
Cuando mister Ingles se hubo marchado, susurró David:
—¿Estás seguro de que oíste a «Mac»?
—Eso es lo que me preocupa —repuso Tom en voz muy baja—; que ahora no estoy tan seguro como antes. Yo creí que tú también lo habías oído; aunque… naturalmente: con el ruido de la moto no podías oír nada. Tal vez no sea más que un producto de mi imaginación; pero me pareció escuchar ese ladrido seco y corto de tu perro. Y sonó… como si viniese de muy lejos… o del interior de algún cuarto.
—Escucha… ¿Y si silbaras como el avefría? Tal vez no fuese mala idea.
Accedió Tom a tal pregunta, inspirando profundamente, dispuesto a emitir su silbido; pero David le atajó al ponerle una mano en un brazo, al tiempo que le decía:
—Espera. No conseguiríamos nada. Aunque mis hermanos estuvieran en la casa, no podrían contestarte. Y además, ¿sabes si las avefrías cantan por la noche?
—Supongo que no —repuso Tom—. De todos modos, si las gemelos me oyeran, se sentirían más tranquilos, al saber que estamos aquí.
—Así y todo, Tom. Acaba de ocurrírseme otra idea mucho mejor. Ven conmigo. Siguió Tom a su camarada. Al llegar junto a los muros de la casa, se acercaron los dos a una ventana cuya cortina de obscurecimiento estaba mal corrida, a causa de la cual, se filtrába al exterior un poco de luz.
—Me fijé en este detalle cuando tu tío y yo nos marchamos de aquí —dijo David—. Veamos lo que hay dentro.
Segundos después, los dos chicos se quedaban asombrados ante la escena que se ofreció a sus ojos. No se encontraban los gemelos en aquella habitación, donde tampoco estaba la señora Thurston. Los únicos ocupantes de la misma eran tres hombres, en uno de los cuales reconoció David al criado Jacob. Todos ellos se hallaban dedicados a una insólita tarea: la de introducir en varios sacos unas paquetes de forma oblonga, que aparecían apilados encima de una mesa, junto a un montón de extraños objetos cilíndricos. También se veían algunos rollos de cables, así como una amplia hoja de papel, semejante a los fotocalcos utilizados por los ingenieros.
De pronto, al pretender acercarse más a la rendija, Tom perdió el equilibrio… y habría caído contra la ventana, de no haber mediado la oportuna intención de su amigo, el cual le aferró fuertemente, impidiendo una catástrofe. Con el corazón en la boca, los dos chicos se alejaron de puntillas sobre el césped del jardín. Y una vez de vuelta en el sitio en que mister Ingles los había dejado, David se encaró con su amigo y le reprochó:
—¿Cómo es posible que seas tan estúpido? Estuviste a punto de…
—No pude evitarlo, David —se excusó Tom—. Me resbalé y… Pero lo que yo me pregunto es qué estarían haciendo esos hombres. ¿Quiénes son?
Antes de que David pudiera contestarle, la oscura silueta de mister Ingles se acercó a ellos, andando con sorprendente suavidad.
—Sin alzar la voz —les advirtió el recién llegado—, decidme por qué estáis cuchicheando. Yo no he podido encontrar a los pequeños. ¿Y vosotros? ¿Habéis visto algo raro por ahí?
David le explicó lo que acababa de descubrir. Y el granjero le tomó por un brazo, al tiempo que indicaba:
—Espéranos aquí, Tom. David y yo vamos a acercarnos a esa ventana. Quiero ver con mis propios ojos a esos individuos.
Decepcionado, Tom hundió las manos en los bolsillos de su abrigo; e inconscientemente, hizo lo que solía hacer cada vez que se encontraba solo: silbar. Por fortuna, el silbido reflejaba lo que poco antes había estado pensando: el grito del avefría, elegido como llamada de auxilio por los miembros del Club del Pino Solitario. E inmediatamente llegó la respuesta, en forma de apagado ladrido, procedente de un sitio cercano. Advirtiendo lo que acababa de hacer, el muchacho se quedó inmóvil, en tanto se preguntaba si ese perro sería el de los Morton… y si los habitantes de la casa le habrían oído.
En esto, David llegó a su lado y le dijo excitadamente:
—¡Era «Macbeth»! Estoy seguro. Lo conozco aunque ladre desde la Luna.
—Silencio —ordenó entonces mister Ingles, que había ido detrás suyo—. No hables tan alto, David, si no quieres alarmar a esos individuos. Tenemos que regresar en seguida a Onnybrook. No hay ni un minuto que perder. Hemos encontrado aquí algo muy importante, —y debo llevaros a…
—Pero tío —atajóle Tom—: los mellizos están aquí. Yo he oído ladrar al perro.
—¡Pamplinas! Tú estás cansado y tienes mucho sueño.
—No, mister Ingles —terció David—; yo también he oído a «Macbeth». Y sé que mis hermanos están con él, porque Mary no lo abandonaría por nada del mundo. Los gemelos están en algún lugar de la casa, y nosotros debemos sacarlos de aquí. Por favor, mister Ingles…
Éste se rascó la cabeza, demostrando evidente preocupación. Tenía sus propias ideas acerca de lo que estaba sucediendo en aquella casa, y sabía que no debía desperdiciar ni un solo momento. Sin embargo, y en caso de que la situación fuese tan grave como él se figuraba, no podía dejar allí a esos niños; pero por otra parte, su deber le impelía a no malgastar tiempo en una búsqueda que tal vez fuese inútil. Recordó entonces a la señora Morton, la cual se había mostrado tan solícita con su esposa. Y también pensó en la pequeña Mary y en el desparpajo con que le había hablado el primer día que ella y Richard fueron a la granja. Y él… siempre había deseado tener una hijita…
—De prisa, pues —ordenó secamente—. Y tú, Tom: emplea tus sesos. ¿Dónde te parece que sonó ese ladrido?
—Dentro de la casa —repuso el interrogado—; pero no en la parte anterior. ¿Puedo silbar de nuevo? Tal vez ladre otra vez.
Su tío se opuso a tal idea, dirigiéndose los tres a la parte trasera de la casa, donde Tom sugirió que observasen las ventanas del piso superior, por si alguna de éstas pudiera servirles de acceso. Con un murmullo de aprobación, mister Ingles sacó su linterna y la enfocó sobre la hiedra que cubría el muro, elevando luego el haz, hasta iluminar el borde inferior de una ventana, una de cuyas hojas estaba abierta. Apagó entonces la linterna. Y en la oscuridad, Tom silbó nuevamente, a imitación del avería. Acto seguido, se oyó a través de la citada ventana un sordo gruñido.
—¡Cielo bendito! —bisbiseó David—. Ahora se pondrá a ladrar y… Mister Ingles: súbame sobre sus hombros. Trataré de llegar ahí arriba, para hablarle a «Mac» e impedir que ladre.
—De acuerdo, muchacho —asintió el granjero; pero quítate antes los zapatos.
Poco después, afirmado con una mano en la hiedra, y sosteniendo con la otra su propia linterna. David se asomó cautelosamente a la ventana. Y cuando estaba pensando en el modo más conveniente de llamar la atención a «Macbeth» sin que éste ladrase, llegó a sus oídos una serie de leves y repetidos golpecitos… ¡la colita del perro, dándole la bienvenida! Encendió entonces su linterna, viendo una cama, cubierta con blanca colcha, en la que los dos gemelos se hallaban apaciblemente dormidos. Sentado sobre la cama, brillantes los ojos por efectos del luminoso haz, montaba guardia «Macbeth».
—«Mackie» —díjole el chico—. Despiértalos. Anda. Despierta a Mary y a Richard.
Pero el perrito saltó del lecho y se acercó a la ventana para apoyar sus manos en el antepecho de la misma, en vista de lo cual, su amo, después de dejar la linterna sobre la mesilla, le acarició la cabeza y las dos gachas orejas, al tiempo que le decía:
—Hola, amiguito. Veo que eres muy valiente. Anda. Ve a despertar a Mary…
Se interrumpió de pronto al sentir un pellizco en un tobillo, lo que le indujo a preguntar:
—¿Qué ocurre?
—Que te apresures —urgióle mister Ingles—. No puedo soportarte mucho tiempo. ¿Están ahí?
Preocupado se hallaba el granjero ante la posibilidad de que su regreso a Onnybrook quedara frustrado, incurriendo así en negligencia al no haber cumplido inmediatamente con su deber. Y estaba preguntándose si no convendría marchar en seguida al pueblo para volver a Appledore con otra clase de acompañantes; pero al contestar David afirmativamente a su pregunta, optó por indicar:
—Perfectamente. Entra en el cuarto y bájalos por los brazos para que yo los recoja aquí; pero, apresúrate, por lo que más quieras.
Tornó a encender el chico su linterna, para ver que «Macbeth» había subido otra vez a la cama y estaba lamiendo la cara de Richard. De pronto, Mary se despertó sobresaltada, mirando con expresión de espanto al luminoso foco.
—Soy yo, Mary —le advirtió David—. No te asustes, y no hagas ruido. Despierta a Richard.
Obedeció la pequeña, y poco después, habiéndose deslizado al interior de la habitación, David pasó a sus hermanos a los brazos de mister Ingles, antes de repetir la operación con «Macbeth», todo ello, en el más absoluto silencio.
A punto de alejarse de la casa, se abrió la puerta principal, oyéndose la voz de la señora Thurston:
—Pronto saldrá la luna. Ha parado el viento, y la niebla está disipándose.
Una voz masculina sonó entonces en el vestíbulo Y ella soltó una breve carcajada, antes de decir:
—¡Oh! No te inquietes. Están bien seguros. Yo me ocuparé de ellos. Ven. Tenemos que hacer aún muchas cosas, y el…
Oyeron mister Ingles y los chicos el rumor que hizo la puerta al cerrarse. Acto seguido, el primero colocó sobre sus hombros a la pequeña Mary, iniciándose inmediatamente la marcha hacia la carretera. Y así lograron escapar los gemelos de Appledore.

La niña se mecía, sujeta al cuello del granjero, el cual olía a vacas, y a cuadra, y a… Pero eso no le importaba a ella, dichosa como se sentía al hallarse otra vez entre los suyos. Se había despejado un poco, a causa de la sorpresa y del fresco de la noche. Y sin embargo, cuando mister Ingles se detuvo y la bajó al suelo, no habría podido afirmar si fue él o David quien la acomodó seguidamente sobre el asiento del sidecar, junto a Richard y a «Macbeth». Luego… el ruido del motor, los baches del camino… curvas y más curvas…
Se despertó a medias, notando en su rostro el contacto de la chaqueta de David, que la llevaba en brazos. Y al fin, después de tanto tiempo, la voz que más amaba en el mundo…