CAPÍTULO IV

EL CLUB DEL «PINO SOLITARIO»

A la mañana siguiente, mientras tomaban el desayuno, la señora Morton indicó a sus hijos:

—Lo primero que tenéis que hacer hoy es ir a buscar la leche a la granja de Ingles. Luego, David llenará el tanque y a continuación habrá que traer leña. No quiero que os alejéis mucho de casa, porque aún os dura el cansancio de la caminata que hicisteis ayer… y no conviene que Mary se duerma a la hora de la comida. ¿De acuerdo?

—Conforme, mamá —convino David—; pero ten en cuenta que Peter vendrá a visitarnos esta mañana. Por eso, creo que conviene hacer el trabajo cuanto antes.

Así, pues, al terminar sus desayunos, los mellizos fueron a buscar la leche, mientras su hermano hacía funcionar la bomba. Una vez concluida su parte de labor, el muchacho fue hasta la cancela y trepó a la barra superior de la misma, sentándose allí, para pensar si le convendría dibujar un plano aquélla misma tarde, o si sería preferible esperar un día de lluvia, en que no pudiesen disfrutar del aire libre.

Al cabo de un rato, oyó el eco de unas voces en el camino de Onnybrook, acompañadas por un rumor de cascos. Súbitamente, «Macbeth» empezó a ladrar; y a poco, Peter apareció en la curva del arroyo, montada en la pequeña «Sally».

—¡Hola! —saludó la chica al llegar a pocos pasos de la verja—. No he querido aguardar a los gemelos.

Y tirando de las riendas, desmontó de un salto y se acercó a David, el cual había bajado ya de la cancela, para preguntarle:

—¿Te regañó tu mamá? Papá ni siquiera se dio cuenta de la hora que era cuando llegué a casa. Y es que la señora Thurston se empeñó en llevarme por el camino de Hatchholt, hasta que el coche no pudo seguir más adelante. ¡Menuda prisa tenía esa señora! ¿No te parece?

En tanto charlaban, la recién llegada ató las riendas de «Sally» a una barra de la cancela, descargando luego de la montura la mochila y los otros bultos, antes de seguir a su amigo al interior de la casa. Y tal vez fuera porque aquélla no tenía madre, o porque a la señora Morton le gustaban los niños, lo cierto es que ambas simpatizaron inmediatamente.

Luego, cuando los gemelos llegaron con la jarra de la leche, su madre sugirió que fueran a explorar el valle de Witchend, y les encargó que a la hora del almuerzo invitasen a Peter.

—Voy a tratarla como si fuera de la familia —dijo—. Al fin y al cabo… siempre he deseado tener dos chicos y dos chicas.

El valle de Witchend era menos extenso que el de Hatchholt y que la Cañada Oscura. Y sin embargo, pasado el bosque de alerces, su aspecto cambiaba notablemente, haciéndose cada vez más salvaje, cubierto por alto e intrincado matorral, y sin que hubiera senderos claramente definidos junto al arroyo que corría por su fondo.

—No había estado nunca en este valle —dijo Peter—; aunque sí conozco su parte más elevada, cerca de la cumbre. Casi nadie lo utiliza como lugar de paso. Por eso podéis considerarlo como de vuestra entera propiedad.

Asintió David en silencio, antes de manifestar:

—Estaba pensando que podríamos establecer por aquí un campamento secreto. Tenemos agua en el arroyo… y toda la leña que necesitemos. ¿Qué opinas tú, Peter?

—Que es lo que siempre he estado deseando. Busquemos un lugar apropiado para esconder a «Sally», y luego te daré unas lecciones de equitación. De esa forma, es posible que tu papá se decida a comprarte un caballo «pony», para que puedas…

—Tal vez sea éste un buen sitio —indicó David—. Si trajésemos aquí una tienda de campaña, uno de nosotros podría quedarse vigilando…

—Tú y Peter estáis haciendo planes, ¿no es eso? —le espetó Richard.

—Y no queréis comunicárnoslos —agregó su hermana—. ¿Es que no merecemos vuestra confianza? Prácticamente, somos tan mayores como vosotros. Y también somos bastante listos.

Miró entonces David a Peter, la cual asintió mudamente. Y antes de que los gemelos sospecharan lo que iba a sucederles, se vieron empujados y derribados sobre los matorrales. Los pequeños lucharon como gatos rabiosos, sorprendiéndose Richard al comprobar que su amiga tenía tanta fuerza como su hermano, pero hasta que no hubieron suplicado clemencia no se les permitió volver a levantarse. Sólo entonces se dignó David participarles su idea, la cual provocó en Mary una exclamación de gozo, seguida por este comentario:

—Eso era lo que Richard y yo íbamos a proyectar uno de estos días.

—Por supuesto que sí —convino el pequeño—. Es la mejor idea que se nos ha ocurrido… a uno de los cuatro. Busquemos por los alrededores. Mary y yo exploraremos el otro lado del arroyo, mientras vosotros dos…

—De acuerdo —accedió Peter—; pero recordad que el campamento deberá estar bien oculto, y no muy alejado de Witchend. Además, como necesitaremos agua, conviene que se encuentre cerca del arroyo, y que tenga alguna cubierta para resguardarnos de la lluvia, y… ¿Qué más hará falta, David?

—No lo sé —repuso éste—. Tú has pensado en todo lo necesario; pero yo diría que también nos conviene estar cerca del bosque… y quizás no estaría de más poseer una atalaya; un puesto de vigía. Por otra parte, habremos de disponer de un sitio seguro para encender fuego.

Tras breve discusión, los gemelos consintieron en separarse, cruzando las dos chicas el arroyo, para internarse en el bosque, mientras David y Richard examinaban los terrenos de la orilla opuesta. Minutos después y cuando los exploradores empezaban a descorazonarse, a cuenta de su infructuosa búsqueda, fue Mary la que descubrió el «sitio ideal», al ver un alto y aislado pino que crecía a unos cien metros del torrente.

—Vayamos hasta allí —le dijo a su compañera—. Parece que está rodeado de zarzos y aulagas. Y no quiero que Richard encuentre un buen lugar antes que yo.

Avanzaron las dos chicas hacia el mencionado sitio, para llegar al cual hubieron de pasar por entre intrincado matorral. Al fin, y con no pocos rasguños, lograron acercarse hasta unos veinte metros del pino, advirtiendo entonces que él mismo se hallaba en un punto que parecía inaccesible, a causa de la densa maleza que lo rodeaba. Al cabo de varios intentos, Peter descubrió un agujero que atravesaba aquel natural seto de aulagas, y cuya anchura no permitía el paso. Introdújose entonces Mary por el mismo, al tiempo que murmuraba complacida:

—Soy el primer ser humano de raza blanca que se aventura por este túnel. Y soy tan valerosa, que los indígenas no sabrán qué honores tendrán que rendirme. Espero que me coronen Reina… o mejor dicho: Rey, puesto que Richard no viene conmigo.

Apoyada en el suelo sobre codos y rodillas, observaba Peter a la esforzada exploradora, la cual, tras denodados esfuerzos, consiguió llegar al otro extremo del angosto pasaje, poniéndose en pie. Hubo entonces una breve pausa, interrumpida tan sólo por el trinar de algunos pájaros. Luego volvió a oírse la voz de Mary, al inquirir ésta:

—¿Estás ahí, Peter? Me siento… emocionada. ¡Éste es el mejor sitio que podíamos encontrar! ¡No hay otro campamento igual que éste en todo el mundo! Ven en seguida y lo verás.

—No puedo, Mary —repuso Peter—. Soy demasiado grande para pasar por ahí.

—En ese caso, aguárdame un momento. Voy a ver si encuentro otro paso.

Oyó la chica el rumor de unas ramas, y a continuación, profundo silencio, lo cual parecía indicar que la pequeña se había alejado hacia el lado opuesto del claro circundado por el denso matorral. Volviéndose de espaldas, se quedó contemplando el follaje de los pinos, en tanto pensaba en lo afortunada que había sido, al conocer a aquellos chicos tan simpáticos. Seguro que a partir de entonces, sus vacaciones serían mucho más divertidas. Y en cuanto a los dos mellizos en particular, no podían ser más graciosos. Aún le parecía escuchar el grave acento con que Mary había afirmado el día anterior que los caballeros andantes irían a visitarla al castillo de Ludlow. Y David… también era muy agradable. Un chico serio, eso sí; pero prestaría considerable ayuda a la instalación del campamento. De pronto, la voz de Mary sonó en un lugar situado a más alto nivel. Y al volver hacia allí la vista, Peter distinguió a la niña encima de una pequeña elevación.

—¡No te muevas de ahí! —le gritó—. ¡Ahora mismo voy!

Al llegar a aquel punto advirtió Peter que Mary tenía los ojos brillantes a causa de la excitación que la dominaba, así como que se había lastimado manos y rodillas; pero antes de que hubiera podido dirigirle una sola pregunta, oyóla anunciar en tono embelesado:

—¡Verás qué rincón más maravilloso, Peter! Vamos a echarle un vistazo las dos solas, antes de llamar a los chicos.

Después de atravesar una zona cubierta por densa maleza, llegaron las dos a un claro, cuyo suelo aparecía alfombrado con verde y suave césped, y en el centro del cual, a modo de impávido centinela, elevábase verticalmente el tronco de un pino de considerable altura. Nadie podría descubrirles en aquel sitio, como no fuera desde la copa de otros árboles. Peter murmuró entusiasmada, :

—Es magnífico, Mary. Nos has batido a todos. Toda la gloria te corresponde a ti. Tú descubriste el pino… y fuiste la primera en introducirte aquí. Subamos ahora a las ramas bajas y comprobemos si se trata de un verdadero puesto de observación.

Segundos después, y habiendo trepado ágilmente por el tronco del pino, Mary profería una ahogada exclamación:

—¡Oh!… ¡Qué… qué portentoso! Parezco el vigía de un barco pirata. ¡Puedo verlo todo! ¡Fíjate, Peter! ¡Estoy viendo a mamá! ¡Está allí, en el jardín de la casa!… ¡Y también veo a esos dos holgazanes de mis hermanos junto al arroyo! Sube, Peter, y obsérvalos. Mira lo que están haciendo: ¡chapoteando en el agua en lugar de buscar un campamento!

Izóse entonces Peter hasta las primeras ramas, y al divisar a David y a Richard, les gritó:

—¡Eh!… ¡Mirad aquí!

Vieron las chicas que Richard echaba una ojeada en torno suyo antes de acercarse a su hermano, el cual empezó a mirar hacia todas partes menos en la dirección adecuada.

—Parecen tontos —comentó entonces Mary—. ¿Por qué no mirarán hacia aquí? ¿Oyes, Peter? Es «Mackie». Me ha oído y está ladrando.

—Bajemos, Mary —decidió Peter, deslizándose hasta el suelo. Y una vez que la pequeña la hubo imitado, le encargó:

—Creo que podemos empezar a actuar. Deslízate otra vez por el túnel de la maleza, y llégate hasta ellos. Explícales lo que hemos descubierto, y diles que vayan a Witchend en busca de cerillas y de todo lo que podamos necesitar. Es posible que tu mamá nos deje preparar aquí una merienda para inaugurar nuestro campamento. Luego, quédate allí, junto al torrente, esperándolos para enseñarles el camino… o acompáñales hasta tu casa para ayudarles a traer las cosas. Entre tanto, yo iré preparando lo necesario para encender el fuego. ¿De acuerdo?

Sin detenerse a contestarle, la pequeña Mary echó a correr hacia la estrecha abertura y desapareció por ella, andando a gatas. A continuación, Peter se apartó del pino y buscó un sitio apropiado para encender lumbre sin peligro de incendio, poniendo en el suelo una piedra blanca, y adosando a los lados de la misma otras dos, de canto, de modo que sirvieran de soporte a las vasijas que fueran a emplear. Luego marchó a los más apartados matorrales del claro para recoger ramas secas y hojarasca, a los que llevó junto al improvisado fogón. Y acto seguido volvió a alejarse, regresando a poco con cuatro palos bastante derechos, a los que plantó en el blando suelo del claro, antes de colocar sobre ellos y a su alrededor unas cuantas ramas, formando así un rústico y bien disimulado cobertizo, en cuyo interior guardó la leña que poco antes había recogido.

Apenas había terminado Peter su trabajo, llegó a sus oídos un lejano rumor de voces. Volvió a trepar entonces a las más bajas ramas del pino, y miró hacia el arroyo, por cuya margen se acercaban los tres hermanos Morton, precedidos por su inseparable «Macbeth».

Llevaba David su mochila a cuestas, al paso que los dos gemelos cargaban con sendos sacos de mano. Observándoles más detenidamente, advirtió la chica que el primero también portaba un cubo, y que de la espalda de Richard pendía una marmita. Luego, dispuesta a recibirles, bajó del árbol y se dirigió a la orilla del torrente, donde David la saludó con alegre sonrisa, diciéndole:

—¡Hola Peter! De manera que nos habéis vencido, ¿eh? Mary me ha contado lo relativo a ese portentoso descubrimiento; pero está tan excitada que no puedo creer que sea verdad. ¿Es tan bonito como ella, dice?

—Así lo creo —repuso la chica—. ¿Habéis traído todo? ¿Cerillas y…? Perfectamente, Ahora mismo encenderé la lumbre. ¿Y cuerdas? Necesitaremos unas cuantas para asegurar el cobertizo… Veo que también habéis traído un cubo. Es una buena idea, pues el arroyo queda un poco retirado y tendríamos que hacer varios viajes con la marmita para llenar la olla.

Entonces David se detuvo para quedarse mirando al arroyo y murmuró con aire pensativo:

—No sé… no sé si nos convendría construir aquí un pequeño embalse. Ahora no tenemos tiempo para eso; pero…

—¡Yo te ayudaré! —le prometió Richard, en tono vehemente—. ¡Mary y yo somos especialistas en pantanos! Hagámoslo en seguida. Cuando lo hayamos terminado, podremos comer aquí, y…

Tras no pocos argumentos, David y Peter lograron disuadir al fin a Richard de su propósito, no obstante lo cual, el pequeño siguió manifestando la conveniencia de construir el embalse con anterioridad a la instalación del campamento. Luego, cuando hubieron entrado los cuatro en el escondido calvero, los chicos se quedaron francamente maravillados, hasta el punto de que ninguno de los dos fue capaz de articular palabra por unos segundos, siendo Richard el primero que salió de su asombro, para indicar:

—Nunca habría soñado que pudiera haber por aquí un lugar tan estupendo. ¿Sabéis cómo lo vamos a llamar? El Campamento del Pino Solitario. ¡Y nosotros seremos los fundadores del Club del Pino Solitario!

—Apruebo la propuesta —declaró Peter—, y voto porque David sea el jefe del club, pues fue a él a quien se le ocurrió la idea de organizar un campamento secreto. Por mi parte, estoy dispuesta a ser la cocinera, siempre que no tengáis ningún inconveniente.

—Concedido —dijo David—; pero como todos vosotros tendréis que obedecer mis órdenes, preparemos cuanto antes la comida, y luego redactaremos el reglamento.

—Espero que no le habréis dicho nada a vuestra madre —dijo Peter—. Este asunto debe ser mantenido en el más estricto secreto. Y en especial, tenemos que procurar que no se enteren las personas mayores, que por muy buenas que sean siempre acostumbran a estropear las cosas.

Con aire ofendido, Richard le replicó:

—¿Crees que somos tan tontos?

Añadiendo su hermana:

—¡Por supuesto que no hemos dicho nada!

Y proponiendo aquél:

—Vale más que juremos el secreto solemnemente.

—¡Y lo firmaremos con sangre! —agregó Mary.

Poco después, y en cuanto hubo encendido un buen fuego, Peter ayudó a desempaquetar los enseres, mientras los dos gemelos iban a buscar más leña. El metódico David había tenido en cuenta las eventualidades que podrían presentárseles en aquel aislado lugar, como lo demostraban los diversos objetos que había llevado, aparte los alimentos necesarios para preparar una opípara merienda. Después de poner en el suelo una brújula, dos linternas eléctricas, un rollo de cuerda, dos ovillos de hilo y un cuchillo de monte; el muchacho mostró a su amiga una paleta de albañil, una libreta y un lápiz. Y sacando luego de un bolsillo una lupa de regular tamaño, anunció:

—Fíjate: esto nos servirá para encender el fuego cuando no tengamos cerillas.

—Buena idea —aprobó Peter—; pero… ¿y en los días nublados? ¿Cómo vamos a arreglarnos entonces?

—Muy sencillo; utilizaremos la lupa cuando haga sol… y reservaremos las cerillas para los días nublados.

Una vez que hubo asado las patatas sobre los rescoldos, Peter añadió más leña a la lumbre, para hervir los huevos en la marmita; pero cuando fue a retirarlos, advirtió que David se había olvidado de traer cucharas, así como también una tetera, por lo que tuvo que vaciar la marmita para llenarla nuevamente con agua para el té. Al cabo de un rato, salvados varios inconvenientes menores, los cuatro chicos se sentáron en torno al fuego, vertiendo Peter el humeante té en los jarritos de estaño, y repartiendo las recién asadas patatas. Por su parte, «Macbeth» bebió agua del cubo y optó por entrar en el cobertizo, para echarse allí a dormir.

Al terminar aquella apetitosa merienda, todos se sentían plenamente satisfechos. Y hasta el protestón Richard tuvo unas palabras de encomio para Peter, en lo que concordó su hermanita, al decir:

—Creo que es la mejor cocinera de todos estos contornos.

—¿Mejor incluso que «Patas de Gorrión»?

—Desde luego que… ¡Richard! Recuerda que prometimos no volver a llamarla de esa forma. Ahora se porta muy amablemente con nosotros.

—Por supuesto que es muy amable. Nos ha dado toda esta comida para que Peter la preparase a las mil maravillas. Me siento soñoliento, Mary.

—Y yo también.

—En ese caso, el Rey y la Reina se retirarán a su real pabellón…

—… para descansar de los ardorosos rayos del sol del mediodía…

—El Rey y la Reina no harán nada de eso —terció entonces David—, pues tendrán que ayudar a fregar la vajilla, antes de ir a buscar más leña. Yo subiré ahora al pino para echar un vistazo a los alrededores, y luego nos reuniremos todos aquí y estableceremos las reglas del club.

Por espacio de unos segundos, pareció que Richard iba a expresar una protesta; pero Mary se anticipó a sus palabras y le indicó:

—Tenemos que obedecer. Vete tú a buscar unas ramas mientras yo limpio las cosas de la cocina.

Trepó David al pino y ató una cuerda a la rama más baja para facilitar así la subida al mismo, informando luego que podía ver a su madre, la cual se hallaba sentada en el jardín de Witchend, y que todos los alrededores estaban en calma, a excepción de los puntos por donde iba andando Richard, en busca de leña seca.

Al fin, y cuando todos se hubieron reunido a la sombra del cobertizo, o del «Real Pabellón», como lo llamaban los gemelos, David apoyó la libreta en sus rodillas y escribió lo siguiente:

Secreto y Confidencial

CLUB DEL PINO SOLITARIO

Jefe: David John Morton.

Subjefe y cocinera: Petronella Sterling.

Miembros: Richard Morton.

Mary Morton.

(Estos dos son gemelos)

Al llegar a este punto, levantó la vista del papel y miró a Peter, haciendo notar:

—Antes de escribir las reglas, creo que deberíamos discutir lo referente al ingreso de un nuevo miembro. Me refiero a Tom Ingles. Es un buen muchacho… y nuestro club no tiene aún muchos socios. Y aunque no creo que pueda venir a todas nuestras reuniones, a causa de su trabajo en la granja, supongo que podríamos…

—¡Oh, sí, David! —interrumpióle Mary en tono suplicante—. ¡Que venga Tom! Es un niñito simpatiquísimo.

—Por mi parte —dijo Peter—, no tengo inconveniente. La verdad es que ni siquiera lo conozco, pero si vosotros creéis que obedecerá y respetará nuestros estatutos… podríamos traerle aquí esta noche, con los ojos vendados para que prestara juramento. De acuerdo, pues. Admitámosle.

En consecuencia, David escribió bajo los nombres de los mellizos:

Thomas Ingles Lugar de Reunión: El Campamento Secreto del Pino Solitario, en las cercanías de Witchend.

Interesada, preguntó Peter:

—¿Qué piensas hacer con ese papel?

—Guardarlo en la lata de sardinas, y enterrarlo por aquí —repuso David.

Proponiendo entonces Richard:

—¡Yo sé dónde podemos enterrarlo! Donde la sombra del pino caiga al mediodía. Así es como se hace siempre. Mary y yo entendemos mucho de estas cosas. Hemos tenido más aventuras de lo que podáis suponer.

—Y también —añadió Mary—, debes poner los nombres de los animales que vayan a ser miembros del club. ¡Desde luego que tienes que ponerlos, David!, inscribe a «Makie», que siempre viene con nosotros. Y supongo que «Sally» habrá de formar parte también de nuestra asociación.

—«Sally» será la bestia de carga —sugirió Richard.

Discutieron por un rato los dos gemelos a propósito de los nombres con que habría de designarse a los dos nuevos «socios». Mary se indignó cuando su hermanito le hizo ver lo ridículo que resultaría inscribir a «Macbeth» con el título de «Cazador de Osos». Y Richard se empeñó en llamar a «Sally» con el pomposo nombre de «Corcel del Club». Por último, David zanjó la cuestión, no inscribiendo a ninguno de los dos animales.

—Y ahora, Peter —dijo luego David—, teniendo en cuenta que la idea de fundar el club fue tuya en mayor parte, deberás ayudarnos a redactar su reglamento.

A los dos pequeños les aburría lo referente a la redacción de normas; pero su hermano hizo prevalecer su autoridad, y les obligó a escuchar lo que él y Peter trataban, quedando al fin estatuido el reglamento del club en la siguiente forma:

Regla 1.ª El nombre del club es el que arriba se indica.

Regla 2.ª Lo mismo, con respecto a los de sus miembros.

Regla 3.ª El Club y el Campamento serán tan secretos, que todos los miembros juran solemnemente no revelar jamás su situación.

Regla 4.ª Todos los socios prometen ser cariñosos con los animales.

Regla 5.ª El principal propósito del Club consiste en realizar exploraciones, observar a los pájaros y otros animales, y rastrear a los extraños.

Regla 6.ª Y también, ejercitar a sus miembros en el arte de acampar.

Regla 7.ª Todos los componentes del Club obedecerán a su Jefe (cuyo nombre figura más arriba); y en caso de ausencia a la Subjefe (también reseñado).

A continuación, y tras haber desechado una propuesta de Peter relativa a los castigos a infligir a quienes quebrantasen el secreto establecido, David añadió la siguiente norma:

«Todos los miembros del Club del Pino Solitario prometen observar estrictamente las reglas de la sociedad y comportarse lealmente los unos con los otros, suceda lo que suceda.

Firmas…………».

—Ya no estoy cansada —dijo entonces Mary poniéndose en pie—. Y como veo que «Macbeth» se está volviendo muy perezoso, voy a despertarlo para que me acompañe al arroyo, a buscar agua.

—Yo iré contigo —díjole Richard—. Cuando volvamos, preparemos otra merienda.

Festejó David con una carcajada la ocurrencia de su hermano. Y una vez que éste y Mary se hubieron marchado hacia el torrente, precedidos por el soñoliento «Macbeth», miró a Peter y le preguntó:

—¿Cómo vamos a traer aquí a Tom? No podemos arriesgarnos a que descubra este lugar, sin tener la seguridad de que aceptará la propuesta.

—Yo también he estado pensando en eso —declaró la chica—. Y tengo un proyecto. Escribámosle una nota, diciéndole que en caso de que vaya al abedul plateado y siga la cuerda que hallará atada a su tronco, encontrará una sorpresa agradable. Lo único que tenemos que hacer es extender la cuerda hasta su máxima longitud, y acecharle entre las matas. Cuando se acerque, saltaremos sobre él y le vendaremos los ojos, para traerle aquí sin que vea el camino. Luego le haremos jurar el reglamento. Yo llevaré la nota a Ingles en pocos minutos, pues iré montada en «Sally». Entretanto, tú puedes preparar la cuerda que habrá de servir de guía a ese chico. No te costará mucho encontrar el abedul; está en el lindero del bosque, junto al camino de Onnybrook.

Accedió David inmediatamente. Y volviendo a sacar su libreta, escribió un mensaje, encabezado con la palabra «Aviso», y firmado con un dibujo que figuraba un solitario pino.

Los dos chicos se hallaban admirando el anterior dibujo, cuando he aquí que la placidez del ambiente quedó bruscamente interrumpida por los ladridos de «Macbeth». Levantándose de un salto, dijo David:

—No te muevas, Peter. Voy a subir al puesto de vigía. Conozco muy bien a «Mackie», y sé que no está jugando. Es un ladrido de aviso.

En cuanto hubo trepado a las ramas del pino, el muchacho pudo ver desde allí a sus dos hermanos, los cuales estaban en la orilla de la corriente, sujetando al perrito por la correa. Desde abajo, preguntóle Peter algo asustada:

—¿Qué ocurre? Dímelo en seguida, porque no puedo ver nada.

—Debe de estar acercándose alguien —repuso David—. Gracias a Dios que Richard ha sido razonable y ha escondido la olla y el cubo, para no denunciar nuestro escondrijo. Y «Mackie» está muy agitado y no sé qué… ¡Si! Alguien se acerca. Veo que viene bajando por el valle… y me extraña. ¿No dijiste que nadie acostumbraba pasar por aquí?

—Déjame subir, David. Es posible que pueda decirte quién es esa persona. Conozco a todos los vecinos de los alrededores.

—De acuerdo, pero haz lo posible porque no te descubran. Ocúltate tras el tronco.

Segundos después, y una vez acomodada en las primeras ramas, Peter dejaba escapar una exclamación, indicando luego:

—Pero… ¿no la reconoces? Es la señora Thurston. Estoy segura de que es ella.

Y en efecto. Conforme se aproximaba, la citada hizo un ademán de saludo, cosa que sobresaltó a David considerablemente, hasta que comprendió que el mismo iba dirigido a sus dos hermanos. Escondidos entre el follaje, él y Peter la observaron en silencio, viendo que se detenía junto a los pequeños y les ponía las manos en los hombros, al tiempo que se inclinaba un poco para hacerles, al parecer, alguna pregunta. Richard le respondió con cierta animación; y ella echó atrás la cabeza, como si celebrase la respuesta con una carcajada. Acto seguido, los dos gemelos se cogieron de las manos de la dama y la acompañaron corriente abajo, no sin que Richard se hubiera vuelto con disimulo para dirigir una extraña seña hacia el campamento secreto, lo que incitó a Peter a descender rápidamente de su atalaya, al tiempo que anunciaba:

—Voy a seguirlos, David. Quiero averiguar lo que está sucediendo. Sé que Richard quiere comunicarnos algo importante… y es posible que necesiten ayuda. Cuando llegue a Witchend, ensillaré a «Sally» e iré a llevar la nota a Tom Ingles.

—Buena idea —aprobó su amigo, sin dejar de observar a sus hermanos y a la señora Thurston—. Entre tanto, yo atenderé el fuego para preparar el té. Y luego iré hasta ese abedul y colocaré la cuerda. ¡Buena suerte!

Antes de que hubiera pronunciado la última frase, Peter se introdujo en la estrecha abertura que pasaba por entre los matorrales, reapareciendo a la vista más allá de las aulagas, y alzando un brazo en señal de despedida. Bajó entonces David de su puesto de observación, en tanto se preguntaba qué misterio implicaría la inopinada presencia de la señora Thurston por esos lugares. ¿Supondría, tal vez, el comienzo de una nueva aventura… o solo se trataba de una tontería de los gemelos?

Después de arrancar la hoja con el acta de fundación del club, el muchacho cortó un trozo cuadrangular de tierra, junto al tronco del pino, y lo levantó con sumo cuidado, practicando luego una ligera excavación en el hueco, donde depositó la lata de sardinas que habría de servir de urna para dicho documento. Y a continuación, colocó el trozo de tierra con césped en su lugar, de modo que nadie pudiera descubrir ese sitio secreto. Recordó entonces el cubo y la olla que Richard había ocultado en la orilla del arroyo; yendo hasta allí, llenó de agua los dos recipientes y los llevó al campamento, colocando la olla sobre las piedras del fogón, tal como lo había hecho Peter. Luego, y una vez que hubo avivado la lumbre con varias ramas, recogió un ovillo de fina cuerda y echó a andar en dirección al sitio en que crecía el abedul plateado.

Poco le costó encontrar al referido árbol. Desde aquel punto se divisaba un magnífico panorama. Hacia la izquierda, la finca de Witchend; al frente, la estación y el pueblo de Onnybrook, a la derecha de los cuales, y entre las brumas de la lejanía, advertíase una fina y alargada columna de humo, indicio de un tren en marcha. Mirando hacia arriba, el muchacho pudo ver una parda motita que descendía vertiginosamente hasta el suelo, para elevarse en seguida, comprendiendo entonces que se trataba de un halcón. Y al dirigir su vista hacia la finca de Ingles, descubrió otra manchita de color castaño que iba aproximándose a la casa: Peter, montada en su pequeña yegua «pony». Díjose entonces que debía apresurarse a realizar su cometido, ya que Peter no tardaría en regresar al campamento. Y después de atar un extremo de la cuerda al tronco del abedul, volvió sobre sus pasos, en tanto desenrollaba el ovillo sujetando luego la otra punta de la cuerda en una rama de un matorral.

Minutos más tarde, y cuando acababa de entrar en el oculto claro del Pino Solitario, David oyó los pasos de «Sally», percibiendo también el leve canturreo con que Peter iba amenizando su marcha.

—Hola, David —le saludó la chica—. ¿Has colocado la cuerda?

Asintió él, sonriendo ella, al comentar:

—No hacía falta que te lo preguntara, pues he oído el escándalo que hacías entre las matas. ¡Desde un kilómetro!

En lugar de seguir la broma, David inquirió a su vez seriamente:

—¿Dónde están los gemelos? Quiero saber qué ha venido a hacer por aquí la señora Thurston.

Desmontó entonces Peter; pero ató a «Sally» por la brida a la rama de una mata, antes de decir en tono reservado:

—Escúchame con atención, porque te resultará difícil de creer. ¿Sabes dónde está la señora Thurston en este momento? ¡Tomando el té en tu casa, en compañía de tu madre! ¡Y los gemelos están con la cara lavada… y primorosamente peinados! Parecen rabiosos.

—No me extraña —murmuró David—, pero estoy preguntándome si no intentarán escapar. Saben que esta noche llegará Tom… y sé que harán lo posible por volver aquí cuanto antes.

—Eso es lo que yo creo —concordó la chica—. Bastaba observar su expresión, para comprender sus intenciones.

—¿Entraste en la casa?

—No; pero antes de ensillar a «Sally» atisbé por una ventana y los vi. Luego, al llegar a Ingles, no pude ver a nadie. Me cubrí la cara con un pañuelo y sujeté la nota con la aldaba de la puerta. No sé si estaba allí Tom; pero oí ruidos en el interior de la casa y me marché en seguida. En fin: creo que los dos nos merecemos una taza de café bien calentito.

Después de haber tomado dos tazas de la aromática infusión, los chicos se tendieron de espaldas sobre la hierba, dorada por los rayos del sol poniente, comenzando a narrar Peter algunos detalles de su vida. La chica estudiaba en un internado de Shrewsbury, y pasaba las vacaciones en la casa de Hatchholt, donde su padre desempeñaba las funciones de vigilante del embalse desde hacía unos cinco años. Apenas si recordaba Peter a su madre, fallecida diez años atrás. Y declaraba que prefería la vida campestre a la del colegio, como lo demostraba el interés con que hablaba de sus experiencias en la montaña, donde solía pasar horas enteras, observando las costumbres de los animales silvestres.

Por su parte, David le refirió varios pormenores de su vida en Londres, tan diferente a la de aquellas regiones, hablando a su amiga de sus estudios, de sus ilusiones, y de su padre, movilizado a la sazón. Y así, insensiblemente, fue transcurriendo una hora, al cabo de la cual, los dos chicos empezaron a sentirse un poco impacientes. De pronto, «Sally» enderezó las orejas y se quedó en actitud de escucha. Y a los pocos segundos, la cabeza de Mary apareció por la abertura de las aulagas. Avanzando detrás de su hermanita, Richard se arrastró fuera del túnel de maleza y se puso en pie. Y encarándose con los dos mayores les espetó con colérico acento:

—¡Muy bonito! De modo que os habéis tomado unas tazas de té, ¿verdad? ¡Sin esperarnos a nosotros!

—¡Vaya! —exclamó Peter burlonamente—. ¿Y vosotros? ¿Acaso no habéis disfrutado de una espléndida merienda, allá en vuestra casa? Yo os he visto por la ventana. Y sé que os dieron dos buenas rebanadas de pastel y unos platos de compota de grosella. Y además, os han lavado y peinado como a dos niñitos buenos. ¡Y estáis tan limpitos y tan monos…!

Ante lo que él consideraba tamaño insulto, Richard enrojeció vivamente y apretó los labios, dispuesto a replicar con acritud, pero se contuvo y optó por mascullar con aire despectivo:

—De acuerdo, pues. No nos interesa ser miembros de este club. Mary y yo buscaremos aventuras por nuestra cuenta, sin necesidad de…

Cuando al fin logró David hacerle entrar en razón, el pequeño exhaló un suspiro, accediendo a relatar lo sucedido con la señora Thurston.

—Nos comportamos muy amablemente con ella —dijo.

—Y ella se mostró muy cariñosa con nosotros —le interrumpió su hermana—. Y sólo nos preguntó qué estábamos haciendo. Nosotros le dijimos que habíamos salido a dar una vuelta con «Macbeth»…

—Sí —corroboró Richard—; pero «Mackie» no estaba muy tranquilo. Mary y yo tuvimos que sujetarlo con todas nuestras fuerzas. Y cuando ella intentó acariciarle la cabeza, él se echó hacia atrás y le ladró, enseñándole los dientes. Y no nos atrevimos a soltarlo, por temor a que se viniera corriendo para aquí.

—También nos preguntó por ti, David —indicó Mary.

—¿Y qué le dijisteis?

—Que te habías ido a Onnybrook para recoger tu bicicleta.

Entonces Peter les explicó lo referente a su llegada a la casa, con objeto de ir con «Sally» a la granja de Ingles, así como a la oportunidad que se le ofreció para atisbar por una ventana. Y Mary sonrió amigablemente, confesando:

—Desde luego que nos gustó aquel trozo de pastel; pero eso no quiere decir que no nos hayamos portado como dos bravos exploradores. ¡Bravos y leales! Cuando entramos en casa le advertimos en secreto a mamá que no dijera nada relativo a ti. Y al preguntarle la señora Thurston si tardarías mucho en regresar de Onnybrook, mamá le contestó que no lo sabía, y…

—Y desvió el tema de la conversación —añadió Richard—. Ya lo veis: nosotros estábamos esperando la ocasión para volvernos aquí cuanto antes, y mamá se empeñó en que nos arregláramos y nos lavásemos, para acompañarla a tomar el té. Luego, cuando ella y la señora Thurston terminaron su merienda, se pusieron a charlar de varias cosas. Mamá le habló de nosotros, de papá y de Agnes. Y la señora Thurston se mostró muy interesada en lo que ella le decía. Entonces preguntamos si podíamos salir un rato al camino para encontrarnos contigo cuando volvieras de Onnybrook…

—Y mamá —intercaló Mary—, nos miró de reojo y dijo: «Sí; no nos interrumpáis». Y nosotros…

Entonces David la atajó con un gesto, para preguntarle:

—¿Dónde está «Mackie»? ¿Qué habéis hecho con él?

Y la chica alzó los ojos al cielo, al tiempo de responder:

—Eso era lo que queríamos decirte. Ha sucedido algo terrible, David. Y creo que deberíamos agregar otra regla más al reglamento del club.

—Un momento —dijo Richard, levantando una mano.

Pero su hermana no lo dejó continuar, enzarzándose los dos en una enconada disputa acerca de la señora Thurston. Por lo visto, Richard consideraba a la citada como una de las más amables personas mayores que había encontrado en su vida, de lo que discrepaba Mary abiertamente, al hacer notar que si «Macbeth» se mostraba tan temeroso de ella, alguna razón tendría para comportarse de esa forma. Coincidieron luego ambos al indicar que en determinado momento, cuando ellos se encontraban en el piso superior, su madre se había excusado con la visita y había salido de la sala para ir a hablar con Agnes en la cocina. Y entonces, «Macbeth» había entrado en la sala y…

—Deja que lo cuente yo —insistió Mary—. Veréis: al ver allí a la señora Thurston. «Mackie» se quedó un instante sin saber qué hacer, y luego se metió bajo una silla y empezó a gruñir. Y entonces… esa mujer se levantó de su asiento y se acercó a la silla… ¡y le dio un puntapié, David! ¡Le pegó! ¡La muy salvaje!

Ante el asombro de los demás, la pequeña se echó a llorar, tomando la palabra su hermano gemelo, para seguir explicando:

—Ella no nos vio, porque estábamos en lo alto de la escalera. Y cuando «Macbeth» soltó un chillido, mamá volvió corriendo de la cocina… y la señora Thurston le dijo que él la había atacado. Eso no es verdad, porque nosotros presenciamos la escena. ¡Fuimos testigos de lo ocurrido! Pero mamá se enfadó con «Mackie» y lo echó a la cocina. Y cuando nosotros salimos de la casa y fuimos a sacarlo por la puerta, no estaba allí.

—No estaba, no —balbuceó Mary, entre sollozos—. Mamá… mamá le había echado fuera. Y esa mujer… tuvo la culpa; porque él… él no quería morderla. ¿No hemos firmado que debemos ser cariñosos con los animales? ¡Pues bien! ¡Vayamos a buscar a «Mackie»!

—Todo se arreglará, Mary —le díjo David—. Lo que ahora interesa saber es dónde está la señora Thurston. ¿Se quedó en casa, o…?

—No lo sabemos —repuso Richard—. Cuando nos marchamos de Witchend estaba allí; pero yo la oí decir que no pensaba volver a su casa por el camino de la montaña.

Tras haber asegurado nuevamente a Mary que no tenía que preocuparse por el perro, pues éste volvería a la casa antes de mucho tiempo, David decidió preparar la comida que los cuatro habrían de tomar en compañía de Tom; y a continuación, propuso que uno de ellos trepase al pino, con objeto de vigilar los alrededores, en prevención de que a la señora Thurston se le ocurriese cambiar de idea y regresara a Appledore por el valle de Witchend.

—¿Por qué no subes tú? —le dijo a su hermana—. ¿Quieres actuar de vigía e informarnos de lo que veas?

Accedió la pequeña, mas sin dejar de expresar su sentimiento por lo que ella juzgaba «irreparable pérdida de su querido perrito». Y al cabo de pocos minutos, los otros tres chicos la oyeron advertir, en tono de alarma:

—¡Cuidado! No hagáis ruido. Alguien se acerca.

No tardó en trepar David al árbol, al tiempo que ordenaba:

—Procurad que esa lumbre no despida mucho humo.

Y sentándose en una rama, junto a Mary, inquirió:

—¿Qué ocurre?

—Allí —repuso la niña, señalando con un dedo hacia Witchend—. Fíjate.

Miró David en la indicada dirección, viendo que su madre estaba despidiéndose de la señora Thurston en la cancela de la finca.

—No creo que venga hacia este lado —murmuró entonces—. Lo malo será que se tropiece con Tom, y… De todas formas, no es preciso que sigas vigilando, Mary. Bajemos y vayamos a esperar a Tom.

Minutos después, los cuatro chicos se dirigían hacia el abedul plateado, deteniéndose a unos cuantos metros del mismo, con objeto de montar allí una emboscada. Los gemelos se ocultaron entre unas matas, al paso que Peter se subía a un árbol, tras cuyo tronco se ocultó David. Y no pasó mucho tiempo antes de que los acechadores oyeran el rumor de los pasos que señalaban la proximidad de su víctima.

Avanzaba Tom descuidadamente, silbando una alegre melodía. Al llegar al abedul, reparó en la cuerda atada al tronco del mismo… y frunció el entrecejo, a la par que una burlona sonrisa distendía sus labios, no pareciendo sino que considerase la ocurrencia de sus amigos como una inocente niñería. Contuvo Peter el aliento, preparándose para dejarse caer sobre él, cuando pasara bajo el árbol en el que ella se hallaba subida; pero los mellizos estropearon el asunto, al lanzar imprevistamente un fiero aullido de guerra, al tiempo que se arrojaban hacia el recién llegado. Danzando en torno al «cautivo» conminóle Richard:

—Ríndete, rostro pálido. ¡Ríndete o morirás!

Por su parte, Mary imitó a su hermano, en tanto cantaba una melodía, cuya letra era algo así o poco menos:

—¡Pikajámpunkánkumbababú! ¡Pikajámpunkankumba-ba-bú!

Y David, presa de intenso furor, hubo de resignarse a llamar a Peter, la cual se deslizó de la rama, cayendo frente a Tom. Éste la miró, asombrado, preguntando:

—¿Quién eres tú? ¿Y qué es lo que ocurre aquí?

En muda respuesta, los gemelos le aferraron por ambas piernas y dieron con él en el suelo. Se le echaron encima los otros dos, sujetándole fuertemente, hasta que pidió clemencia. Y sólo entonces le permitieron ponerse en pie, para vendarle los ojos y conducirle al campamento secreto. Al llegar junto al pino, David le quitó la venda, paseando el prisionero una mirada en tono suyo, antes de comentar:

—¡Caramba! Igual que en el cine, pero mucho mejor. ¿Quién ha descubierto esto?

—Yo —le respondió Mary—. Peter y yo.

—¿Peter?

Extrañado, Tom miró a David, inquiriendo:

—¿Quién es Peter? Estos gemelos me aturden y no…

David le presentó a su amiga. Y ella y Tom se observaron mutuamente, sonriendo en seguida, en señal de que habían simpatizado. A continuación, mostró aquél al invitado todo lo que contenía el campamento, incluida la humeante olla y las patatas que estaban asándose sobre las brasas. Y una vez que los citados manjares estuvieron preparados, se sentáron todos en torno al fuego, mientras el jefe leía el reglamento, para decirle luego a Tom:

—Querríamos que también pertenecieses tú a nuestro club, Tom. Creo que tenemos los mismos gustos. En realidad, deberíamos habértelo pedido antes de revelarte el secreto, pero estoy seguro de que aceptarás, ¿verdad que sí?

—No tendrás más remedio que aceptar —le dijo Mary—. Ahora que lo sabes…

—De lo contrario —le advirtió Richard—, te quedarás aquí hasta que aceptes; porque no podríamos dejar que regresaras a tu país llevándote nuestro secreto.

Sorprendido, Tom se atragantó con un trozo de patata, sufriendo un molesto acceso de tos, y enrojeciendo intensamente. Cuando se hubo calmado, respondió con lágrimas en los ojos:

—Por supuesto que acepto. Y os… ¡ejem! Y os agradezco que me hayáis invitado a unirme a vosotros; pero propongo una nueva regla. No habéis pensado en una señal secreta, y es preciso que la tengamos. De ese modo podremos llamarnos los unos a los otros… o mandarnos algún aviso. ¿Qué os parece esto?

Y después de emitir un melodioso silbido, explicó:

—Yo he oído ese grito por aquí. Le pregunté a mi tío qué pájaro era el que cantaba así, y me dijo que era un avefría.

Admirada ante tan soberbia imitación, Peter, que conocía a dicha ave, no pudo menos que exclamar:

—¡Es maravilloso, Tom! Pero no sé si seremos capaces de silbar igual que tú.

—No os preocupéis —repuso Tom—. Yo os enseñaré.

A continuación, David colocó sobre las brasas la punta de la hoja de su cuchillo de monte, y cuando estuvo al rojo, lo retiró, dejándola enfriar. Acto seguido, cada una de los chicos se practicó una ligera punción en la yema de un dedo, firmando luego con su propia sangre en una hoja de papel.

Había ido oscureciendo entretanto. Y David, después de guardarse en un bolsillo tan importante documento, decidió que era hora de regresar a casa. Después de recoger los utensilios, los cuatro miembros del club salieron del calvero secreto y echaron a andar hacia el arroyo, donde Richard se encargó de esconder el cubo y la olla entre las matas de la orilla. Luego, conforme seguían avanzando, David relató a Tom las incidencias de la excursión del día anterior, comentando el nuevo socio:

—Me gustaría haberos acompañado. Creo que conozco a esa señora Thurston, y estoy seguro de haber visto a ese Jacob; debe de ser uno que pasa casi todos los días en una moto.

Al cabo de un rato y cuando Tom estaba enseñando a silbar a Peter como un avefría, un bulto negro apareció en una curva del sendero y se deslizó velozmente hacia ellos. Con un grito de júbilo, Mary cayó de rodillas, abrazando estrechamente al inquieto «Macbeth», el cual, loco de contento, se zafó de sus brazos y empezó a correr vertiginosamente en torno a sus amigos, describiendo círculo tras círculo, sin parar de ladrar roncamente, pues hasta la voz le fallaba, a causa de su intensa alegría. Llamábanle a gritos Richard y Mary, aunque inútilmente. Y al oír aquel bullicio, la señora Morton abrió la puerta de la casa y preguntó:

—¿Sois vosotros?

—¡Si, mamá! —contestóle David—. Y también vienen Peter y Tom y «Sally».

Poco después, y en cuanto la señora Morton y los mellizos entraron en la casa, Peter montó en su yegua y saludó a David y a Tom, deteniéndola entonces este último, para decir en voz baja:

—Tengo algo que comunicaros. Escuchad: cuando salí de la granja para ir hacia el lugar de la cita; allí, junto al abedul, oí unos ladridos… y supuse que sería Mac… comoquiera que se llame. ¿Sabéis lo que estaba haciendo? ¡Acosando a la señora Thurston! ¡La perseguía por en medio del camino! No podéis imaginaros lo grotesca que resultaba la escena. Ella estaba furiosa; colorada como un tomate, y andando a toda prisa. Y el perro, brincando a su alrededor como una pelota… y ladra que te ladra. Os aseguro que tuve intención de acercarme hasta allí, para intervenir de alguna forma; pero en ese momento, ella empezó a gritar y a tirarle piedras. Y él… él cogió uno de esos pedruscos y se lo llevó a sus pies. En lugar de agradecérselo, la mujer trató de atizarle un puntapié. ¡Dios bendito! ¡Más le habría valido marcharse entonces tranquilamente! Lo último que vi antes de entrar en el bosque, fue la figura de la señora Thurston, corriendo por el camino a más no poder… y al perrito detrás de ella, ladrando como un desaforado. Y así se perdieron de vista al doblar por el recodo de la granja.

Cuando David pudo contener su explosión de hilaridad se enjugó las lágrimas y llamó a «Macbeth», el cual acudió a su lado, por haber entrado en la casa, junto con los gemelos.

—En fin —díjole entonces Tom—. Espero que mañana podré verte otra vez; aunque no te lo aseguro, pues depende del trabajo que tenga que hacer. Me gustaría celebrar otra merienda en el campamento.

—Hasta pronto, David —despidióse Peter—. Hemos pasado un día magnífico.

Los dos se alejaron por el camino, no tardando en desaparecer entre las sombras del anochecer. Y cuando David se disponía a abrir la puerta de su casa, llegó a sus oídos el melancólico canto de un avefría.