CAPÍTULO VIII
MIÉRCOLES: EL «BUNGALOW»
Penny avanzaba alocadamente por el oscuro túnel. Sus pies tropezaban en el accidentado piso. Tenía las manos arañadas a consecuencia de los bruscos roces con las paredes. Divisaba a lo lejos un puntito luminoso. Sabía que de alcanzarlo se vería libre para siempre de «Mequetrefe», que corría tras sus pasos…
¡Si al menos Jon hubiera acudido en su auxilio! Grandon seguía acercándose… Sus piernas ya no obedecían a su voluntad y la luminosa meta daba la impresión de ir alejándose. ¡Jon! ¡Jon!, quiso gritar. Entonces Penny despertó.
Notaba el corazón oprimido. La muchacha, desconcertada, se dio cuenta en aquel momento de que se hallaba casi por entero fuera de la cama y con la cabeza colgando. Una mano se había posado sobre un hombro. Una voz conocida y amada le estaba diciendo:
—¡Penny! ¿Qué te pasa, querida? ¿Por qué llamabas a Jon?
—Lo siento, tía —dijo—. ¿Gritaba yo llamando a Jon? No se lo dirás, ¿verdad? Prométeme que no… ¡Oh! Fue terrible, tía. Sufrí una pesadilla… Me perseguía a lo largo de un pasillo. «Meque…». Bueno. El caso es que me perseguían. Tú sabes qué sensaciones tan horribles se experimentan en estos casos…
La señora Warrender tomó asiento en el borde del lecho y después de ordenar un poco los cabellos de su sobrina la miró gravemente a los ojos.
—No hay motivo para que sufras esa clase de pesadillas —dijo—. ¿Seguro que te encuentras bien? Pareces fatigada. ¿Sabes qué hora es? Son las nueve, casi, y también me he visto obligada a despertar a tu primo. ¿Qué habéis estado haciendo últimamente? —inquirió la buena señora con un gesto de desconfianza.
—Nada, tía. Bueno. Nada que podamos contarte aún… No me hagas preguntas todavía… Siento mucho que se me haya hecho tarde. Yo me sentía cansada ayer, pero ignoro por qué Jon…
—¿Que no puedes contármelo? —preguntó la señora Warrender serenamente—. ¡Qué extraño! Creo que habré de hablar con Jon otra vez. Apresúrate. He procurado que no se te enfriara el desayuno.
Penny, en cuanto se hubo levantado, puso la cabeza debajo del grifo del lavabo. Sin embargo, mientras se vestía bostezó varias veces. A la hora de bajar a desayunar se movía aún con torpes movimientos. Confiaba en que Jon se hallara ya sentado a la mesa. No se sentía con fuerzas para sostener otra conversación a solas con su tía, que parecía desconfiar de ellos. Habían obrado torpemente al no levantarse a tiempo. Si seguían incurriendo en semejantes errores acabarían estropeándolo todo.
Luego se acordó de la amenaza de Grandon. ¿Habría puesto éste al corriente de lo sucedido la noche anterior a los señores Morton y a su tía? Tal vez si… Esa entonces sería la causa de la desconfiada actitud de la madre de Jon. Por otro lado no parecía probable que «Mequetrefe» se arriesgara a dar aquel paso y menos sabiendo que Jon hablaría si se veía forzado a hacerlo. A continuación se acordó de David y de los desconcertantes gemelos. ¿Se habrían quedado dormidos también? Recordó igualmente que aquellas dos criaturas se habían portado de un modo admirable la noche anterior, lejos de ser una molestia para ellos.
Antes de penetrar en la salita se detuvo a escuchar. Jon se encontraba allí dentro. Pero advirtió una nota inquietante en su voz. Si ella no intervenía hábilmente en la conversación su primo lo echaría todo a rodar.
Su tía la obsequió al verla con una sonrisa, a manera de bienvenida. Jon, en cambio, no llegó ni a levantar su cabeza, limitándose a decir:
—Hola, Penny.
—¿Qué te ha ocurrido esta mañana? —inquirió la chica con viveza—. ¿Te has quedado dormido también?
Jon la dirigió una mirada tan fiera que su madre no pudo evitar un gesto de sorpresa.
—No sé qué os pasa a los dos, pero parecéis muy fatigados —dijo la señora Warrender—. Anoche debisteis pasar demasiado tiempo en vuestro cuarto. Últimamente me he preguntado si procedí bien al poner en vuestras manos esos viejos papeles. Supongo que no os habéis metido en ningún lío por culpa de ellos. De no ser así tendréis que decírmelo.
—Nada de eso, tía —comenzó a decir Penny.
Pero antes de que pudiera añadir una palabra más Jon dejó su tenedor en el plato que tenía delante, declarando:
—Yo creo, mamá, que debiéramos poner en conocimiento tuyo…
Dos cosas sucedieron simultáneamente. Penny estiró una pierna con objeto de alcanzar a su primo en la espinilla más próxima al tiempo que se oían unos golpes en la puerta. Entró el señor Grandon. Aquella mañana su rostro era más sombrío que nunca. Sus ojos se posaron alternativamente en los dos jóvenes mientras decía serenamente a la señora Warrender:
—Dispénseme: la llaman al teléfono. Quieren hablar con usted urgentemente… Lo siento. Ignoraba que estuvieran desayunando todavía.
Grandon abrió la puerta, volviéndose entonces desde ella hacia los chicos para llevarse un dedo a los labios.
Tan pronto como hubo salido, Penny fue a decir algo, pero Jon se lo impidió.
—Cállate ahora. Podría estar escuchando.
Penny se acercó de puntillas a la puerta y aplicando los labios a la cerradura sopló con fuerza.
—De encontrarse ahí, seguro que no tardará en tener un buen dolor de oídos —anunció muy satisfecha al volverse como una fiera hacia su primo—. ¿Qué ibas a hacer, Jon? —agregó—. Estoy convencida de que «Mequetrefe» nos escuchaba tras la puerta e inventó la excusa del teléfono para interrumpir la conversación. Eso no es proceder bien. Tú prometiste callar. Si «Mequetrefe» tiene tanto interés en que calles es que se encuentra atemorizado y que no dirá nada de lo de anoche… Ello nos permite disponer de otra oportunidad excelente, ¿no entiendes?
—Todo eso está muy bien, Penny, pero sigo pensando en que este asunto toma un giro demasiado serio, por lo que es necesario que mamá sepa que ese tipo, Grandon, es un cómplice de «miss» Ballinger. Hay detalles que prueban la existencia del tesoro…
—Recuerda que prometiste que trabajaríamos juntos, sin la colaboración de los mayores. Contamos, además, en la actualidad con los Morton… Daremos con el tesoro sin que nos ayuden aquéllos. Lo sé muy bien.
Jon, obstinado, denegó con un movimiento de cabeza.
—¡Tienes miedo! —exclamó Penny—. Eso es lo que te pasa: ¡que tienes miedo! Verás, verás lo que voy a hacer. Iré a buscar a David para decirle que por haberte echado tú atrás estoy a su lado, con el ánimo de ayudarle a encontrar el tesoro, hagan lo que hagan los demás con tu colaboración… No conduce a nada que te pongas rabioso ni que empieces a despotricar. Sé que David sabrá estar al frente del grupo por nosotros formado. No es de los chicos que ante cualquier contrariedad recurren invariablemente a la gente de más edad… Yo creí también como él hasta este momento.
Jon estaba verdaderamente enojado. No había oído nunca en boca de su prima unas palabras como aquéllas. Buscaba una réplica adecuada a las mismas cuando regresó la señora Warrender.
—¡Qué cosa más rara! —exclamó su madre—. Al coger el receptor la otra persona había colgado ya. ¿Qué te pasa, Jon? Tienes tas mejillas encendidas. No importa. No me digas nada. A propósito, tengo un recado que darte.
—¿A mí también? —inquirió Penny.
—No, tú no fuiste mencionada, Penny. Se trata tan sólo de Jon. Vi al señor Morton en el vestíbulo, quien me dijo que ya conocías a los suyos.
—Yo también les conozco, tía. Esos chiquillos son muy agradables y creo que haremos buenas migas.
—Ya sabíais los dos que yo no quería que sucediese eso. Ahora, me ha parecido advertir que sienten mucha simpatía por vosotros… El señor Morton me preguntó si tú, Jon, querrías ir al campo de golf esta mañana… Le acompañará su hijo David, además. Piensan quedarse allí a comer. Los señores Morton son muy aficionados al golf y seguramente desean que vosotros les sirváis de «caddies». Yo, en tu puesto, iría… Es decir, siempre que no te sientas demasiado cansado.
—¿Demasiado cansado?
—Si, Jon. Pareces cansado y lo estás. De todos modos respondí que te gustaría unirte a la partida. Dentro de media hora te esperan en el vestíbulo.
—¿Y yo qué? —inquirió Penny, quejosa—. No hay derecho a que Jon se dedique a pasarlo lo mejor posible, deshaciéndose de mí. ¿A qué me dedicaré yo entonces?
—Procuraré buscarte alguna ocupación que te agrade… —dijo la señora Warrender.
—La verdad es que no me interesa corretear por el campo de golf con un saco lleno de palos a la espalda. ¡Qué te diviertas, Jon! ¡Ya nos veremos esta tarde! A menos que sea yo quien decida a qué voy a dedicar estas horas libres…
La señora Warrender no tardó en dejarles solos. Tan pronto se hubo cerrado la puerta Penny y Jon comenzaron a hablar a un tiempo.
—¿Tú crees, Penny, que «Mequetrefe» estaría escuchando ahí fuera lo que hablábamos? Quizá tengas razón, en ciertos aspectos… Bueno. Tú mantén los ojos bien abiertos aquí. Vigila a «Mequetrefe» especialmente. Entretanto David y yo hablaremos de lo de anoche, a ver si se nos ocurren algunas ideas. Mira lo que hacen los gemelos y no les dejes subir al cuarto hasta que nos encontramos todos reunidos. ¿Parezco yo de verdad tan cansado? Tú tienes un aspecto terrible.
—Pues sí… No es de extrañar que tu madre se muestre desconfiada. Creo que un poco de aire fresco te hará bien.
Más tarde, al salir Jon al vestíbulo, los gemelos le presentaron a su padre.
—Has sido muy amable al aceptar mi invitación —dijo el señor Morton al estrechar su mano—. ¿Conocías ya a estos bribonzuelos, eh?
—Buenos días, Jonathan —murmuró Mary con la mayor dulzura—. Supongo que habrás dormido bien.
—Nosotros oímos algunos ruidos durante la noche. Nos desvelamos y tuvieron que despertarnos ya tarde —aclaró Dickie.
—Debe ser la casa. Es muy antigua, ¿verdad? —quiso saber Mary.
—Durante vuestra ausencia nos entretendremos formulando preguntas al administrador, el señor Grandon, un hombre muy afable y simpático.
El señor Morton miró a sus hijos de reojo.
—Nada de travesuras, ¿eh, pequeños? —les advirtió—. Me agrada mucho la señora Warrender y estoy a gusto en el «Dolphin». No empezar pues con vuestras jugarretas si no queréis que la dirección nos ruegue que abandonemos el hotel. Aquí viene mamá, por fin. Te presento a Jonathan. Ya le he dado las gracias por haber accedido a acompañarnos. David está ayudando a sacar el coche.
Jon simpatizó con el señor Morton en seguida. Cuando todos estuvieron fuera el chico se dijo que iban a pasar un día magnífico. Pero no tenía idea de hasta qué punto le resultaría emocionante.
David, con Vasson al lado, enfilaba la calle con el coche. Penny se encontraba sentada en el muro, con las piernas colgando. La señora Morton se acercó a ella.
—Tú debes ser Penny —le dijo—. He oído contar muchas cosas de ti ya. Pronto haremos una excursión en la que participarás, en unión de Jonathan. Si hoy no tienes nada mejor que hacer te ruego que eches un vistazo a mis mellizos. ¿Lo harás? —le preguntó con una sonrisa—. ¡Está bien! ¡Ya voy! Gracias, Vasson. ¡Qué día tan magnífico!
—No se vayan a entretener mucho a la hora del regreso —recomendó Fred al cerrar la portezuela del coche—. Se está levantando viento. El tiempo seguramente cambiará. La noche será de luna llena y la marea la más alta del año.
—Vasson no parece hallarse muy animado. Y sin embargo la mañana se me antoja deliciosa y muy apropiada para hacer una salida —comentó el señor Morton cuando ya avanzaban sobre los guijarros de Traed Street.
Rebasadas las redondas torres de Land Gaf, fueron aproximándose al río. El tono verde de la marisma cobraba intensidad bajo el sol. A lo lejos el faro de Dungeness parecía una diminuta y blanca estrella.
—No habrás venido a disgusto, ¿verdad, Jon? —susurró David al oído de su amigo, en el asiento posterior—. Mis padres me necesitaban y pensé que tendríamos ocasión de charlar mientras recorríamos el campo de golf con ellos. Lo malo es que no le dejan hablar a uno cuando se preparan para golpear las pelotas. Parece una estupidez, pero se muestran extremadamente puntillosos en cuanto a esto. ¿Te quedaste dormido también?
Jon asintió.
—Este paseo nos sentará bien. Aún me encuentro un poco amodorrado. ¿Le habrá dicho «Mequetrefe» algo a tu madre? Con la mía no creo que haya llegado a hablar. Nos hizo una seña a Penny y a mí mientras desayunábamos, por lo que deduzco que va a guardar silencio… Pero tendremos que dar algún paso decisivo en breve, David. A mí me preocupa este asunto sobre todo porque puede afectar a mi madre. Estuve hace una hora a punto de contárselo todo. Lo impidió Penny propinándome un puntapié por debajo de la mesa a tiempo. Si tus padres no nos necesitan esta tarde volveremos los dos al cuarto, a ver si podemos averiguar algo más de lo que sabemos. Tenemos que descubrir el real significado de la frase «recipientes de barro» antes que ellos. Dime, David: ¿te permiten conducir este súper automóvil?
—No me juzgan con edad para hacerlo. Pero conduzco de cuando en cuando… Es más fácil manejar este coche que un caballo. Peter me enseñó…
—¿Quién habla de Peter? —inquirió la señora Morton volviendo la cabeza—. Te agradaría conocerla, Jonathan. La invité a venir, pero se muestra reacia a dejar a su padre. Tenéis que subir, tú y tu prima, a Shropshire alguna vez. Trabaréis amistad con ella y el resto de la pandilla.
El coche se deslizaba en aquel momento por una carretera mal cuidada que conducía al pabellón del club de golf. Al apearse, David susurró:
—He escrito a Peter, hablándole de ti y Penny. Pronto tendremos noticias de ella.
Jon no estaba seguro acerca del significado que tenían estas palabras. Advertía simplemente la cordialidad y llaneza de los Morton, los primeros huéspedes del «Dolphin». Habían tenido suerte en tal aspecto. Mientras seguían a los padres de David, durante el primer «tee», Jon pensó en Penny y en lo que se estaba perdiendo. Se consoló diciéndose que ya andaría probablemente muy divertida con la vigilancia de «Mequetrefe», quien se vería y desearía para librarse de su prima.
David le enseñó la forma de llevar un saco de palos de golf a la espalda confortablemente. No tardó mucho Jon en olvidarse de todo lo relativo al tesoro y a los «recipientes de barro». Poco después el viento se tornaba más fresco y el sol desaparecía tras un grupo de nubes, acumuladas hacia el sudoeste. El mar tomó un color verde oscuro y las olas comenzaron a coronarse de espuma. En el momento en que todos volvían al pabellón del club empezaban a caer las primeras gotas.
—Vasson acertó —dijo el señor Morton—. Parece ser que hemos acabado con el golf hoy. ¡Con qué rapidez cambia el tiempo aquí!
La comida fue excelente. Los chicos tenían apetito. A la llegada del café se les cerraban los ojos. Jon cabeceaba cuando de pronto se dio cuenta de que el señor Morton estaba hablando de la marisma.
—… y deberíamos explorarla metódicamente —decía—. Organizaremos algunas expediciones. ¿No has oído hablar, Jon, del antiguo priorato de Bilsongton? Cosa extraña, se afirma que en dicho edificio habita el fantasma de una pobre mujer que fue asesinada por su esposo por haber roto una bandeja de porcelana. No hace tantos años que la gente que reside en esa zona creía a pie juntillas en brujas. Todavía quedan sitios por los que un viejo de la localidad no se atrevería a pasar.
—Nosotros hemos leído muchas historias relativas a los contrabandistas de la región —declaró Jon—. ¿No llegaron los romanos a desembarcar en este distrito? ¿Conoce usted algún relato referente a ellos, señor Morton?
—En la marisma y en este distrito, según tengo entendido, han sido hallados restos romanos. Me han dicho que muchos de estos promontorios de raro aspecto que hay por aquí han sido excavados bajo la dirección de expertos en esos asuntos.
—¿Y qué encontraron? ¿Huesos, acaso? —inquirió el Joven.
—Sí. Huesos, monedas romanas y fragmentos de utensilios domésticos, obra de antiguos alfareros.
¡Fragmentos de utensilios domésticos, probablemente fabricados con arcilla! «¡Recipientes de barro!».
Jon estuvo a punto de caerse de la silla que ocupaba por efecto de la emoción. Volvió la cabeza para comprobar si a David se le había ocurrido la misma idea. Pero su amigo continuaba intentando ahogar sus bostezos… Los señores Morton se entretenían contemplando, a través del humo de sus cigarrillos el batir de la lluvia en los cristales de la vecina ventana.
—¿Podría usted, señor Morton, darme más noticias acerca de los romanos o prestarme algún libro que hablara de ellos? ¿Qué clase de cacharros podría haber en esas antiquísimas tumbas? ¿Cree usted que aquellos hombres se decidirían a llenarlos de oro?
El señor Morton sonrió.
—La verdad es que no entiendo mucho de estas cuestiones, amigo mío, pero me parece que esa gente acostumbraba a enterrar el oro con sus muertos, introduciendo aquél en vasijas. Ese dinero, supongo, tenía un fin: facilitarles el largo viaje. De decidirte a realizar investigaciones para dar con algún tesoro en la marisma habrás de leer, de documentarte un poco. Sé que de esos promontorios han sido extraídas vasijas llenas de monedas de oro, con efigies e inscripciones romanas. Antes de iniciar tus excavaciones habrás de proveerte del correspondiente permiso.
Una repentina ráfaga de viento se estrelló con violencia contra los cristales de la ventana en el momento en que la señora Morton aplastaba en el cenicero la colilla de su cigarrillo.
—Me preocupa ese tiempo… ¿Qué vais a hacer vosotros, muchachos? Nosotros pensamos quedarnos aquí un rato jugando a las cartas. ¿Preferís esperarnos o iros al hotel? Por aquí pasa un autobús…
Jon tocó con el codo a David, diciendo a continuación:
—Creo que mi obligación es regresar al «Dolphin» cuanto antes. Penny está sola y yo quizás tenga que ayudar a mamá.
—Te acompañaré, Jon —declaró David—. Supongo que no querrás dejarme el coche, ¿verdad, papá? Alguien os llevará más tarde, ¿no es eso?
—Estás en lo cierto. Prefiero no dejarte el coche, en efecto. Fuera del pabellón el viento soplaba con tal fuerza que no faltó mucho para que levantara en peso a los dos jóvenes. Había cesado la lluvia, pero a lo lejos percibían el amenazador rugido de la tempestad.
—Trepemos a lo alto de las dunas —propuso David jadeante, luchando contra el empuje del viento—. El espectáculo debe ser grandioso desde allí. Entonces tendrás ocasión de explicarme qué ha pasado. ¿Se te ha ocurrido alguna idea?
Esforzadamente, avanzaron en silencio. Detrás de la muralla natural de las dunas pudieron hablar sin tener que dar gritos.
—Por supuesto que sí —replicó Jon—. Ya conozco el significado de la frase «recipientes de barro». Apostaría lo que fuera a que el tesoro está enterrado en una de esas vasijas de barro de que nos habló tu padre. Probablemente a un contrabandista que conocía bien ese pantanal le resultaba fácil localizar una de esas viejas tumbas romanas y sacar de ella un jarrón de loza lleno de monedas de oro… Tendremos que hallar la clave de este acertijo, David, pero me parece que hemos avanzado algo. ¿De veras deseas que subamos a lo alto? Creo que debiéramos regresar a casa. Quiero echar otro vistazo al mapa… Está bien, está bien… Vamos arriba entonces.
Con gran trabajo subieron por la ladera de resbaladiza arena, agarrándose a algunas aisladas matujas, mientras el viento rugía amenazador. Una vez en la cumbre, expuestos por completo a su furia, tuvieron que tenderse en el suelo. Jon levantó la cabeza, mirando hacia el mar. Sentía en las mejillas los pinchazos de la arena, muy fina, proyectada por aquel viento huracanado.
—¡Santo Dios! —exclamó—. Jamás había visto una cosa igual. La arena forma como una cortina de lluvia. Fíjate en el mar, David.
Sobre las playas descargaban su furia unas encrespadas olas. El horizonte era ahora una luminosa línea sobre el oscuro mar. El resto del firmamento se hallaba cubierto de grisáceas nubes. El viento continuaba soplando en todas direcciones. Los muchachos hallábanse inmersos en un mundo en que aquél se había convertido en una cosa viva, tangible. Unas cuantas gaviotas revoloteaban en las alturas desordenadamente y sus agudos chillidos se perdían en el tumulto del temporal.
—Ese hombre, Vasson, sabe predecir el tiempo —opinó David jadeando—. Esto es grandioso, ¿verdad, Jon? ¿Qué te parece que hagamos ahora? ¿Crees que debemos volver ya al «Dolphin»?
—Sí. Examinaremos el mapa de nuevo, fijándonos especialmente en las elevaciones que se ven en él. Hemos de pensar que el castillo de Camber se halla en lo alto de un promontorio y fue allí donde los gemelos vieron a «miss» Ballinger tomando medidas. También los dos molinos ocupan lugares altos. Ambos están marcados en el mapa. Y luego está la horca, en otro sitio destacado. Penny quiere explorarlo… ¡Ya lo tengo! ¡Creo que lo tengo! Hay una menuda colina especialmente marcada en la playa de Winchelsea, junto a esos «bungalows», por donde «miss» Ballinger vive.
—Tal vez hayas descubierto algún detalle de gran interés —convino David—. Unámonos a los otros, a ver si hoy aún podemos hacer algo… Confío en que no vuelva a llover.
—Si llueve subiremos a nuestra habitación, encenderemos un buen fuego y trazaremos un plan, para explorar adecuadamente todos esos promontorios. ¡Vamos! Probemos a coger el autobús.
—¡Qué lástima que no me dejara papá el coche! —exclamó David al subir al viejo vehículo que servía aquella línea—. No se ha portado razonablemente. Si más tarde o más temprano habré de conducirlo, ¿por qué no empezar ya ahora?
Los dos convinieron que los padres eran en muchas ocasiones difíciles de comprender. Jon se acordó de Penny. Tenía que reconocer que la había echado de menos. Su prima, se dijo, habría disfrutado con la subida a las dunas.
Al llegar al «Dolphin» encontraron a Vasson bajo el pórtico, contemplando el mar. El hombre movió la cabeza, correspondiendo al saludo de los jóvenes.
—No se equivocó usted al predecir el tiempo, Vasson —declaró Jon mientras se limpiaba los cristales de las gafas—. Nunca había visto un temporal como éste.
—En realidad se trata de algo poco frecuente —musitó Fred—. Con un tiempo así siempre surge algo desusado. A mí me parece que esta noche será una de esas ocasiones.
Se había expresado con tal seriedad que Jon y David le creyeron.
—¿Qué quiere usted decir concretamente? —le preguntó Jon.
—Me estoy refiriendo a la marea, Jon. En tal aspecto esta época del año es crítica. El viento que sopla agravará la situación en el Canal. Las barcas de pesca han ido entrando en el puerto a lo largo del día. Muchos de los tripulantes han sido requeridos para embarcar cuando se les indique en los botes de salvamento. Menos mal que a estas horas queda poca gente en el mar. No es eso lo peor… Fijaos —añadió Vasson señalando en dirección a la playa de Winchelsea—. Aquélla es la zona más baja… Por allí, detrás de la fila de «bungalows»… El trozo más endeble del muro de contención se extiende desde Cliff End a Camber. No sé si el mar lo respetará…
—¿Se ha quebrado alguna vez el muro por ese punto? —preguntó Jon.
—En una ocasión. Pero aquel día los hombres fueron capaces de rellenar el boquete abierto y los daños resultaron escasos. Más tarde visitaré el paraje. Formo parte de un grupo nombrado para hacer frente a esa eventualidad.
—¿No podríamos ir con usted, Vasson? —preguntó David—. Les seríamos útiles.
Vasson denegó moviendo enérgicamente la cabeza.
—Es peligroso.
Jon cogió a David del brazo, penetrando los dos en el «Dolphin».
—Localizaremos a los otros primero. Luego ya me las arreglaré para convencer a mamá y que nos deje… ¡Oh! Claro, tendrás que decírselo a tus padres. Se me había olvidado. Tal vez también quiera ir tu padre y acceda a llevarnos en el coche. ¿Dónde estará Penny?
—Es posible que ante la puerta de vuestra habitación, montando la guardia. No creo que el señor Grandon haya conseguido hoy alejarse mucho de ella. Lo mejor es que tú te vayas en busca de tu madre y yo vea si Penny está aquí abajo o arriba. Me imagino que los gemelos se encontrarán haciéndole compañía.
Jon se detuvo con la mano asida en el tirador de la puerta.
—Tenemos que estudiar el mapa, ¿eh? Haremos eso en nuestro cuarto, donde estaremos a salvo de miradas extrañas. Dentro de cinco minutos se hallarán en el vestíbulo, esperándote. Si los otros se encuentran allí haz lo posible para averiguar el paradero de «Mequetrefe», que yo llevaré a cabo una indagación semejante.
La madre de Jon estaba en el cuarto de estar. Aquélla apagó la radio nada más entrar su hijo.
—Hola, Jon. ¿Te has divertido? ¿Les cogió ese temporal a los Morton en pleno juego? ¿Y David?
Jon dio a su madre las explicaciones pertinentes, preguntando después por Penny.
—¿Penny? ¿No te lo he dicho? Se ha ido a Hastings en el coche con los mellizos y el señor Grandon.
—¿Con el señor Grandon? —inquirió Jon levantando exageradamente la voz.
—Sí. ¿Por qué no? El señor Grandon fue muy amable. No sé si le agradó mucho la idea de que se incorporaran a la expedición los pequeños… El caso es que éstos se empeñaron en ir y me figuré que la señora Morton no tomaría a mal que yo les autorizara a salir. No querían perderse el viaje por nada del mundo.
El muchacho se dejó caer en la silla más próxima a él.
—¿Por qué se habrán ido?
—Vamos, vamos, Jon. Penny vagaba sin rumbo por la casa después de tu marcha y el señor Grandon, advirtiendo que se aburría, me preguntó si yo tenía inconveniente en que ella le acompañara en su desplazamiento. Luego, como Penny había prometido a la señora Morton no perder de vista a los gemelos, ése fue uno de los argumentos que los chicos utilizaron para salirse con la suya, marchándose. Ahora que me acuerdo… Penny, ignoro por qué, me recalcó que te dijera dónde estaban… ¿Estás satisfecho? ¿Por qué ese gesto de preocupación, Jon? No corren ningún peligro donde están, aparte de que de un momento a otro se hallarán entre nosotros. Pensaban comer fuera y volver a la hora del té. ¿A dónde vas, Jon?
—En busca de David —respondió el muchacho en el momento en que se encaminaba hacia la puerta—. Vuelvo en seguida, mamá. No te preocupes. Lo único que me pasa a mí es que estoy sorprendido.
David se había sentado en el vestíbulo. El chico levantó la vista al ver entrar a su amigo. Antes de que pudiera pronunciar una palabra Jon le había puesto al corriente de todo.
—¿Por qué diablos se habrá ido con él? —inquirió finalmente—. ¿Te parece sensato eso?
—¿No le indicaste que debería vigilarlo? Me imagino que Penny tendría sus buenas razones para decidirse a acompañarlo. Tu prima ha obrado bien. Quizá saque algo en limpio. Penny es obstinada, ¿verdad?
—Sí que lo es —afirmó Jon, pensando en la escena del desayuno—. Siempre lo ha sido… Me gustaría que la vieras en ciertas ocasiones.
—¿Viste qué imitación hizo de la Ballinger anoche? —prosiguió diciendo David—. Es una gran chica. Apuesto lo que quieras a que ha puesto a «Mequetrefe» en un nuevo aprieto.
Jon miró a David con alguna extrañeza. Se preguntaba si sería lo más oportuno en aquel momento subir al cuarto para estudiar el mapa cuando empezó a sonar el timbre del teléfono. Vasson estaría, sin duda, fuera, observando el giro que tomaba el temporal, por lo que Jon dio unos pasos para atender la llamada.
—Aquí el «Gay Dolphin» de Rye —dijo el joven.
—Quisiera hablar con el señor Jonathan Warrender, por favor —contestó una voz agradable que al chico se le antojó un tanto familiar.
—Jonathan Warrender está al aparato —replicó el muchacho, sintiendo que sus mejillas estaban enrojeciendo.
—¡Qué suerte! ¿Cómo estás, Jonathan? Confiaba en poder localizarte ahí. Sabes quién te habla, ¿no?
—Eres la sobrina de «miss» Ballinger, ¿verdad? —musitó Jon con alguna dificultad.
—¡Naturalmente! Escucha, Jon. Te hablo, en realidad, en nombre de tu prima, de Penny, y, desde luego, en el de todos, pero especialmente en el de ella. ¿Por qué no vienes para acá con tu amigo a tomar el té con nosotros? Los gemelos están también aquí. Tu prima dice que tienes que venir porque debe comunicarte importantes nuevas… —la muchacha dejó oír en este instante una risa musical—. Aquéllos se refieren a un tesoro o algo por el estilo, una cosa verdaderamente emocionante…
—¿Qué pasa? ¿De qué te están hablando? —quiso saber David.
Jon movió la cabeza, llevándose un dedo a los labios, en elocuente gesto.
La joven hablaba nuevamente:
—Ya sé, Jon, que el día es muy malo, pero, en fin, ha parado de llover… Si venís, como tengo aquí el coche, os saldré al encuentro.
—¿Dónde se encuentra Penny? —inquirió Jon desconfiadamente—. ¿Por qué no me ha llamado ella? Supongo que estará bien, ¿no?
—Claro que está bien. En estos instantes se halla en el «bungalow», ayudando a mi tía a preparar el té. Ella ha sido quien me ha pedido que te telefoneara. «Dile a mi primo que venga en seguida con David Morton. Y que no se olvide de traer consigo los mapas y demás papeles. Dile que es importante…». Tales fueron las palabras que oí de sus labios. ¡Ah! Hay algo más. Un detalle que a mí me pareció una tontería, pero que quizá tú comprenderás… Una fecha… El mes de abril u otro del año… Oye: vendrás, ¿verdad? Me agradaría verte de nuevo…
—De acuerdo —contestó Jon pausadamente—. Muchísimas gracias. Iremos en cuanto nos sea posible. Dentro de diez minutos nos encontraremos en la carretera. Adiós.
Jonathan Warrender se separó del teléfono sumamente preocupado.