CAPÍTULO IV
DOMINGO: EL MOLINO
Jon se despertó al día siguiente al oír sonar las campanas de la iglesia. Percibió también rumores de pasos en la calle. Apoyando el codo en la almohada miró por la pequeña ventana, en dirección al mar. El sol brillaba en lo alto y aspiraba un aire salino característico, cuyo recuerdo, años más tarde, le haría evocar los emocionantes días pasados en Rye.
«El desayuno a las nueve», le había dicho su madre la noche anterior. Y a todo esto, Penny, que raras veces se encontraba durmiendo más allá de las siete y frecuentemente no hacía más que molestar a tan tempranas horas, no había propuesto ninguna otra más acorde con sus gustos, si bien esto no quería decir que no estuviese husmeando por algún lado.
Jon introdujo la mano debajo de la almohada, tocando la gran llave de hierro de la habitación superior, y esto le recordó los sucesos de veinticuatro horas antes. Luego se tendió boca arriba, con las manos en la nuca, contemplando pensativo el techo del cuarto.
Lejos de Penny, a la luz de otro día, no le parecía probable la existencia de un tesoro… No lograba imaginarse al señor Grandon espiándoles… Tales cosas no se dan en la realidad. Y no obstante… Penny había afirmado que con todo lo ocurrido podía componerse una historia semejante a las que aparecen en los libros. Cierto era que ella había oído una intrigante conferencia telefónica y que el señor Grandon resultaba un hombre muy especial. Cuanto más pensaba Jon en él menos le agradaba. Era evidente, por otro lado, que a su madre también le disgustaba aquel individuo.
De lo que no se podía dudar era de la carta de tío Charles. Constituía una realidad tangible. ¿Y qué decir del trozo de pergamino que habían acertado a descifrar? Jon, no obstante, suspiró inquieto al pensar en los «recipientes de barro». Lo más seguro era que tuviesen que examinar todos los libros y cartas contenidas en la caja de cinc, por si había en ésta algo que les fuera de utilidad en sus investigaciones.
Le obsesionaba la preocupada mirada de su madre al hablar del misterioso tesoro, de lo bien que le iría un hallazgo como aquél. En la primera oportunidad que se le presentara trataría con ella de este asunto, por si lograba saber algo más. ¿No estaría más apurada de lo que en un principio él y Penny se habían figurado?
En cuanto al trozo de pergamino… No podía arriesgarse a perderlo. Estaba seguro de haberlo puesto en su cartera, pero no recordaba si le había echado un vistazo antes de acostarse. Se levantó, acercándose a la mesita que hacía en su cuarto las veces de pupitre. La cartera se encontraba sobre éste y en el interior de la misma halló lo que buscaba. Decidió que en lo sucesivo no se separaría jamás de la valiosa pista, sonriendo al recordar que Penny se le había ofrecido para coser el papel a su camisa. Luego se dijo que tendría que proceder como los detectives, anotando en su agenda los hechos, conforme se iban produciendo. Fue entonces cuando advirtió un rectángulo de papel en la alfombra, junto a la puerta. Constituía un gesto muy natural en Jon poner la carta al lado de la llave, bajo la almohada, antes de agacharse para coger el sobre. En el anverso de éste no había escrito nombre ni dirección alguna… Pero en un extremo se leía: «Muy Reservado». Jon creyó reconocer la letra. Se echó la bata encima y se sentó en el borde del lecho, dispuesto para la lectura.
«Jon: He estado reflexionando, habiendo llegado a la conclusión de que todo esto es “muy serio”. “Mequetrefe” deberá ser vigilado, especialmente hoy, cuando se dispone a ir a ver a “miss” Ballinger al molino viejo. Recuerda que él le dijo que le llevaría los papeles. Sigue en tu poder el pergamino, ¿verdad? Me consta que estarás roncando a la hora del desayuno pero te sentó tan mal ayer que te despertara que prefiero escribirte estas líneas. Ten en cuenta con todo que hoy, sin el menor fallo, hemos de averiguar cuanto hace “Mequetrefe”.
Ahora mismo me dispongo a bajar… Le daré conversación hasta que aparezcas tú o hasta la hora del desayuno,
PENNY».
—¡Santo Dios! —musitó Jon rompiendo la nota en pequeños pedazos, que arrojó o continuación a la papelera—. ¡Santo Dios! ¿Qué irá a hacer Penny? Ésa es capaz de colocarse ante la puerta de su dormitorio, esperando a que salga.
El muchacho se lavó y vistió con la mayor rapidez posible, bajando las escaleras apresuradamente. No habiendo visto a Penny ni a Fred, salió al patio. Entró de nuevo en la casa y al ir a poner la mano en la puerta del vestíbulo ésta se abrió lentamente, oyendo decir a Penny dulcemente:
—Buenos días, señor Grandon. Pasaba por aquí precisamente cuando me pareció oírle. La mañana es preciosa, ¿verdad? Me alegro…
—No seas tonta, Penny. Soy yo.
—¡Jon! —exclamó la chica—. Creí que eras «Mequetrefe»…
—Supón que hubiera sido así. ¿Qué hubieras hecho?
—Entablar conversación con él —respondió fríamente Penny—. Y, ¿puedo preguntarte qué haces tú aquí?
—Encontré tu estúpida nota y salí derechito en tu busca…
—¿A qué nota te refieres?
Jon se sentó en las escaleras del vestíbulo, tirando del brazo de Penny para que se acomodara a su lado.
—¿No eres tú la que escribió una nota esta mañana la cual echaste por debajo de la puerta de mi habitación? ¿No me decías en ella que pretendías hacerte la encontradiza con «Mequetrefe» para pegar la hebra con éste? ¿Escribiste esa nota o no?
Penny asintió.
—¡Pues claro que si, Jon! Se me había olvidado por un momento. Oye, primo. ¿Querrás creer que no sé dónde para ese tipo? En un sitio u otro de la casa tendrá su habitación. Aquí hay muchas puertas cerradas y éstas me imponen. Me da miedo abrir cualquiera de ellas. Supongo que pensaba obsesionadamente en «Mequetrefe» cuando oí tus pasos… Tal vez sea lo mejor quedarnos sentados en estas escaleras y mantenernos a la escucha. En cuanto oiga una puerta abrirse por algún lado seré capaz de dar con él.
—Y…, ¿qué preguntas especiales te disponías a hacerle?
—Ah, no sé. Ya se me habrían ocurrido… Pero estarás de acuerdo conmigo en que no hemos de perder de vista a ese individuo, ¿no?
—Procuremos de momento que no nos coja sentados aquí —dijo Jon—. Siempre tropieza con nosotros cuando damos la impresión de estar haciendo tonterías… Salgamos a dar un paseo por la calle para tratar de esto. No ganaríamos nada logrando que nos mirara con desconfianza. Sin embargo me gustaría saber si usa zapatos con suelas de goma.
—Supongo que eso podría preguntárselo yo a Fred —declaró Penny en el momento de ponerse en pie los dos—. Lo que si sé —añadió la chica, insistente, es que no quisiera perder de vista a ese tipo un instante.
La primera persona que vieron al salir al patio fue el señor Grandon hablando con Fred a la puerta del pequeño refugio de éste. Los dos hombres sonrieron al advertir la presencia de la pareja.
—Penny musitó:
—¿Ves, Jon? Se ha escapado por uno de esos misteriosos pasillos. Es escurridizo como una anguila. Siempre se encuentra donde uno no espera verlo… ¡Oh, señor Grandon! —exclamó inesperadamente—. ¿Qué ha pisado usted? ¿No habrá puesto uno de sus pies sobre algún ratoncito o cualquier cosa por el estilo?
El señor Grandon la miró sorprendido, posando luego la vista en sus brillantes zapatos negros. Pero ni siquiera levantó un pie, limitándose a contestar:
—¿Sobre qué, Penny? ¿Qué piensas? ¿Que descubrí algún ratón? Una sombra, quizá… Tienes que tener cuidado, pequeña, y no ver demasiadas cosas en tu nuevo hogar. Por supuesto, me refiero a aquellas que no existen.
Penny se puso muy encarnada, musitando unas palabras al seguir a su primo, en dirección a la calle.
—¡Qué lista! —comentó Jon después—. Ese hombre tiene que estar convencido ahora de que no andamos bien de la cabeza. Mira, Penny: tienes que prometerme una cosa. Hacer lo que yo te diga y evitar estupideces como la última. Sólo así sacaremos algo en limpio de este acertijo.
—No veo la estupidez por ninguna parte. Lo más lógico era que levantase un pie al decir yo aquello, con lo cual hubiera visto si las suelas de sus zapatos eran de goma.
—¡Oh, señor Grandon! —exclamó Jon burlonamente—. Al parecer acaba usted de pisar un bichito. Por favor, levante el pie para que pueda ver si es verdad.
A pesar de su irritación Penny no tuvo más remedio que reírse y reconocer que había obrado estúpidamente.
—Lo siento, Jon. Haré lo que tú digas. Sé que eres mucho más inteligente que yo. En realidad lo que yo intentaba esta mañana era averiguar algo por mi cuenta, con el solo fin de sorprenderte.
Durante el desayuno la señora Warrender les preguntó:
—¿Puedo contar con vosotros para las once menos cuarto?
—¿Que si puedes contar…? —inquirió Penny inocentemente—. ¿Para qué? Con nosotros puedes contar a cualquier hora, tía.
—Tenemos que ir a la iglesia. Pero esas ropas no son las más adecuadas…
Penny la miró extrañada.
—No me obligarás a ponerme un sombrero, ¿verdad? Nunca los uso. Y, en todo caso, ni siquiera sé si seré capaz de dar con uno entre mis cosas.
Jon dejó oír una risita pero se calló inmediatamente al volverse su madre hacia él.
—Y tú me harás el favor de ponerte tu traje azul después de cambiarte el cuello de la camisa. Con respecto a la cuestión de los sombreros, Penny, te ruego que no digas tonterías. ¿Cómo vas entonces en el colegio? Para ir a la iglesia tienes que ponerte alguno. Será mejor que te cambies de falda. ¡Ah! Y no olvides tus guantes. Tienes que ofrecer un aspecto respetable, aunque no sea más que por espacio de una hora en el transcurso de la semana.
A juzgar por su gesto, la chica se encontraba muy preocupada.
—Pero… querida tía, no creo que podamos asistir los dos a los servicios religiosos. ¿Te importaría mucho que uno de nosotros se quedara en casa, de guardia? El otro podría ir a la función de la tarde…
—¿De guardia…? ¿Qué quieres decir?
—Se trata de un juego, mamá. No te preocupes. Los dos estaremos listos a la hora que has dicho.
Cuando se encontraron solos de nuevo Penny, olvidando sus anteriores promesas de colaboración, se volvió furiosa hacia Jon.
—¿Por qué no has apoyado mi petición? De haber dicho que tenías algo que hacer aquí y que pensabas ir a la iglesia por la tarde te hubieras quedado fácilmente en la casa.
—¿Y qué? —inquirió Jon pacientemente—. En primer lugar tenemos que asistir los dos a los servicios religiosos porque mamá quiere que sea así. Y luego, ¿no era esta noche cuando nos proponíamos echar un vistazo a esos molinos de viento?
Penny se dio una palmada en la frente.
—¡Oh, qué tonta soy! Y tú, Jonathan Warrender, ¡qué listo eres!… Bueno. Y yo tengo que ponerme un sombrero. ¿Qué te parece? Jon: acabo de tener un sobresalto. ¿Conservas el trozo de pergamino? Quiero decir: ¿está bien guardado?
Jon sacó su cartera.
—Sí. Aquí lo tienes. Vayamos ahora al cuarto para echar otro vistazo al mapa. Disponemos todavía de tiempo suficiente para hacerlo.
El muchacho se tentó los bolsillos de la chaqueta.
—¡La llave! —exclamó—. No la llevo encima… La dejé debajo de la almohada.
Subieron las escaleras corriendo. La llave se encontraba donde Jon la dejara en el momento de ver el sobre que Penny le había echado por debajo de la puerta.
—Es tan grande —explicó el muchacho a Penny mientras subían las escaleras que conducían a la habitación de ésta—, que no puedo llevármela conmigo a todas partes. Sin embargo, al final no tendré más remedio que hacerlo, por mucho que me molesté.
—El próximo curso, cuando esté en Handwork, te haré una bolsita. ¿Quieres que borde en ella tus iniciales?
Jon se encogió de hombros en el momento de introducir la llave en la cerradura y tirar de la pesada puerta.
En cuanto hubo abierto la caja de cinc sacó el mapa, extendiéndolo sobre la mesa. Tras unos minutos de silencio, Jon declaró:
—Hasta la noche, Penny, no podemos hacer nada, prácticamente. Tu idea de vigilar a «Mequetrefe» estrechamente no es del todo buena. Ignoramos dónde está su habitación. Sabemos, si, que se encuentra a este lado de la casa. No es posible, por otra parte, permanecer sentados frente a ella o seguirle de un lado para otro. Tenemos que limitarnos a ir al molino esta noche, cosa que habremos de hacer separadamente, escondiéndonos con objeto de escuchar la conversación que sostenga con la persona que acuda a la cita. No pensemos más en este mapa, ni en los papeles, hasta saber qué pretende ese individuo. Él no tiene la más ligera idea sobre lo que nosotros hemos logrado averiguar. «Mequetrefe» no podrá ver el pergamino en tanto yo lo guarde en mi cartera. Suponiendo que lo que se haya propuesto es la localización del tesoro hay que reconocer que le llevamos alguna ventaja. ¿Me comprendes, Penny?
Ésta asintió.
—Creo que sí. Lo que yo temo es que se nos escape cualquier detalle importante si le perdemos de vista.
—Si, tienes razón. Pero tampoco yo ando equivocado. Nos hemos adelantado a él y no lo sabe. A mí lo que más me preocupa son esos «recipientes de barro». Habremos de pensar detenidamente en esto, Penny. Quizá se halle la contestación que buscamos en esta caja. Nada más despertar me dije que tendríamos que examinar papel por papel y, probablemente, leernos todos los libros.
Antes de que la chica tuviera tiempo de responder a las últimas palabras de su primo oyeron unos golpes en la puerta. Jon bajó la tapa de la caja.
—¿Quién está ahí? —inquirió.
Le contestó la voz de su madre.
—No quería entrar, Jon. Deseaba tan sólo asegurarme de que os hallabais aquí. No tenéis más de un cuarto de hora para vestiros…
La señora Warrender comenzó a bajar las escaleras. Los dos jóvenes volvieron a depositar en el interior de la caja los efectos que habían sacado, a toda prisa. Jon cerró luego aquélla cuidadosamente, procediendo de igual manera con la puerta de la habitación.
La primera en presentarse ante la señora Warrender fue Penny, a quien aquélla envió de nuevo a su cuarto, para que se cambiara de zapatos y cogiera los guantes.
—No eres una niña ya, Penny. Tú sabes perfectamente cuál es el atuendo obligado para visitar la iglesia. Date prisa, por favor.
En las escaleras tropezó con Jon, que bajaba.
—Un momento, primo, que voy a enderezarte la corbata. En este momento la llevas casi debajo de la oreja. Corrijámoslo ahora. De lo contrario te expones a estar de vuelta dentro de unos minutos. Espérame. Tengo que ponerme otros zapatos. ¡Oh! ¿Te has mirado bien los tuyos? ¡Están sucios! Mejor será que vuelvas a tu cuarto para ponerte otros.
Por suerte el «Gay Dolphin» se hallaba bastante cerca de la iglesia. Un silencioso y apresurado trío se adentraba en ésta cuando sonaba la primera campanada de las once en el reloj de la torre. Jon se tiró disimuladamente del cuello de la camisa, intentando ensancharlo. Penny tenía el rostro encarnado como una cereza.
La primera cosa que Jon advirtió cuando hubo limpiado sus lentes, algo empañados por el sudor, fue un enorme péndulo que oscilaba muy cerca del púlpito. Esto resultaba para él extraordinariamente interesante y durante los Salmos comenzó a resolver diversos problemas matemáticos sugeridos por aquel movimiento, olvidándose momentáneamente del tesoro y del señor Grandon. No le ocurría lo mismo a Penny, situada al otro lado de la señora Warrender, ocupada afanosamente en hallar en su libro de oraciones alguna alusión a los «recipientes de barro».
En el instante del sermón Jon deslizó la mano en uno de sus bolsillos, palpando el frío hierro de la llave. Pensó que había estado acertado al llevársela. Y también guardaba encima el pergamino. ¿Seguro? Jon se tanteó el bolsillo de la chaqueta, apreciando el bulto de costumbre a la altura del pecho producido por la cartera. Lanzó un suspiro de alivio e irguió el cuerpo al observar una mirada de reproche en los ojos de su madre.
Luego se esforzó por seguir el hilo del discurso del predicador. Pero, involuntariamente, tornaba a mirar el péndulo que antes acaparara su atención. Cuanto más se fijaba en él más adormecido se sentía. Dentro de la iglesia, aunque ésta era grande, hacía calor. Además, se había despertado muy temprano aquella mañana. Sus pensamientos acabaron concentrándose por fin en el trozo de pergamino y la enigmática frase… ¿Quién podría ayudarle a descifrarlo? A continuación le sorprendió otra idea. Había tentado el bolsillo de su chaqueta, desde luego, pero sin llegar a mirar si su pergamino se hallaba dentro. ¿Lo había sacado? ¡No se acordaba! Se agitó molesto en su asiento, deslizando la mano en el bolsillo. Más bien que ver sintió la mirada de su madre, de manera que se quedó inmovilizado, hasta que pudo retirar la cartera. Lentamente, abrió ésta, convencido de que un segundo después habría recuperado la tranquilidad. ¡Pero el trozo de papel no se encontraba en el departamento de costumbre!
Presa de pánico comenzó a vaciar el contenido de la cartera sobre el banco, a su lado, sin hacer caso de los nerviosos susurros de su madre. Le pareció entrever que Penny le miraba, interrogándole en silencio, pero estaba demasiado preocupado para acertar a hacer algo más que mover la cabeza denegando a medida que avanzaba en el examen de la cartera. No había duda. ¡Había perdido el preciado papel! Palpó febrilmente los otros bolsillos, sin el menor éxito. Después cayó en la cuenta de que aún existía una probabilidad de que lo que echaba de menos se encontrara en la ropa que se había quitado. El nerviosismo, no obstante no le abandonó ni al final del servicio religioso. Cuando avanzaba por el pasillo, Penny logró acercarse a su primo.
—¿Qué ha pasado, Jon? ¿Qué has perdido?
—El pergamino… ¿Lo cogiste tú de encima de la mesa cuando mamá llamó a la puerta?
—Tal vez se encuentre en un bolsillo de mi chaqueta vieja, la que yo llevaba esta mañana. Vamos a echarle un vistazo.
Ya en la calle, la señora Warrender le dijo a su hijo todo lo que pensaba acerca de su comportamiento.
—Lo siento, mamá. Es que he perdido algo importante. Eso es lo que creo, al menos.
Penny intervino bruscamente.
—No está bien que le riñas, tía. No es nada justo. Tú no tienes idea de la importancia que tiene para Jon asegurarse de que… Ni aún yo lo sé. ¿Y qué importa lo que pueda pensar la otra gente que había en la iglesia? Quiero decir… Supongo, por ejemplo, que no tendrán las preocupaciones que tenemos nosotros.
La señora Warrender se detuvo bajo el rótulo del «Dolphin».
—¿De qué demonios estás hablando, Penélope? Dices cosas disparatadas, a veces… Que no se os haga tarde para la comida.
Tras esta recomendación, la madre de Jon entró en el hotel, dejando a los dos jóvenes bajo el pórtico, bastante molestos.
—Lamento esta salida mía —dijo Penny—. Creo que me he expresado con demasiada rudeza. ¿No le oíste llamarme Penélope? Las cosas no marchan bien hoy. ¡Subamos, Jon! Vamos a tu cuarto, a ver si lo que buscamos se encuentra en la otra chaqueta.
Pero aunque registraron todos los bolsillos de la misma, volviendo al revés incluso los de los otros pantalones, no hallaron el menor vestigio de aquel papel. Jon se sentó sobre el lecho, pasándose una mano por la cabeza.
—Esto es terrible, Penny —dijo—. Por más que me esfuerzo no consigo recordar. Vamos a mirar arriba. Quizá dejara eso dentro de la caja al salir de la habitación con cierta prisa.
Subieron las escaleras corriendo, advirtiendo con gran alivio que la puerta del cuarto se encontraba todavía cerrada. Dentro todo ofrecía el mismo aspecto que dos horas antes. Jon abrió la caja, que continuaba encima de la mesa. Pero el precioso trozo de pergamino no apareció.
Penny cruzó el cuarto, deteniéndose de pronto, como si husmeara.
—¿No hueles nada? —susurró.
—No.
—No te muevas, Jon: estoy convencida de que alguien ha estado aquí durante nuestra, ausencia.
—No seas tonta. ¿Quién podía haber entrado en esta habitación? ¿Es que no recuerdas que la puerta se hallaba cerrada con llave? Lo primero que debemos hacer es registrar concienzudamente esta caja. El pergamino pudo habérseme caído en ella, mezclándose con los otros papeles.
Pero Penny continuaba inmóvil junto a la chimenea, con la naricilla más empinada que de costumbre y un gesto de profunda atención en la faz.
—Con esa pose —le dijo Jon, burlándose de ella—, me recuerdas un anuncio que vi en una revista hace poco… Acércate para ayudarme, prima.
—¡Ya lo sé! —exclamó Penny—. Aquí ha estado una mujer. El olor es muy débil pero no creo equivocarme. ¿No lo notas, Jon?
—No —respondió éste—. Lo siento pero yo sólo huelo a polvo…
De pronto la chica se precipitó sobre él.
—¡Ya está, Jon! ¡No se trata de una mujer! ¡Ha sido él! ¡«Mequetrefe»! Ese individuo ha estado aquí mientras nosotros nos hallábamos en la iglesia. Lo sé… No me equivoco, Jon. ¿No has advertido los grasientos cabellos de ese hombre? Éste es el olor de la pomada que acostumbra usar. Lo había percibido antes, encontrándome en sus proximidades.
—Pero, ¿y cómo podo entrar aquí? Yo cerré la puerta con llave y me llevé ésta a la iglesia. Ni un solo momento la he sacado del bolsillo.
—Se habrá hecho de otra —repuso Penny con acento de triunfo en su voz.
Jon parecía preocupado.
—Tengo que preguntar a mamá si sabe que exista otra llave. Creo recordar que ella nos dijo que no había más que una, la que nosotros tenemos. Registremos ahora una vez más la caja, antes de bajar a comer.
Así lo hicieron, sin ningún resultado positivo.
—Ha desaparecido —confirmó Jon desconsolado—. Ese papel tiene que habérseme caído en alguna parte. Sin embargo, yo lo llevaba encima cuando estuve en mi dormitorio y también a la hora del desayuno.
—Sí, se te habrá caído. Y «Mequetrefe» esperó al momento de nuestra salida hacia la iglesia para subir aquí, y utilizar su llave. No obstante, debo decirte una cosa, Jon: ese hombre no tiene que saber mucho más que nosotros acerca de las Sagradas Escrituras y esos «recipientes de barro» de que hablamos no pueden tener un significado concreto para él.
—De confirmarse nuestras sospechas hay que reconocer que no le llevamos tanta ventaja como nos imaginábamos. Hay que acertar esa adivinanza a toda costa. Lo mejor será que subamos tras la comida y estudiemos estos papeles detenidamente… Vámonos.
—¿Qué tal lo pasáis por arriba? —inquirió la señora Warrender cuando se hubieron unido ya a ella—. ¿Habéis dado con algo interesante?
—Si, mamá. Pero nos permitirás que guardemos el secreto, ¿verdad? Hay un par de cosas que deseábamos preguntarte… ¿Subiste tú por casualidad al cuarto mientras nosotros nos preparábamos para asistir a los servicios religiosos?
—Pues claro que no —repuso la señora Warrender—. Ya os anuncié que no iría por allí si no era previamente invitada. Cuando os llamé fue porque se estaba haciendo tarde y quería evitar que subiera el señor Grandon, Fred o cualquiera de las sirvientas.
—¿Qué nos dices del primero? —inquirió Penny repentinamente—. ¿Crees que se decidirá a ir por allí?
—Seguro que no. Conoce la existencia de ese cuarto por supuesto, pero también sabe que os pertenece, porque así se lo notifiqué antes de vuestra llegada. Él mismo se encargó de informar en tal sentido a la servidumbre. ¿Por qué creéis que podía sentir interés en subir hasta allí?
—¡Oh! No sé… —contestó Penny vagamente—. Ese hombrecillo parece muy activo. Siempre se le ve corriendo de un lado para otro.
La señora Warrender miró a su sobrina desconfiada pero antes de que llegara a formular ningún comentario, intervino Jon para preguntarle si creía que podía existir un duplicado de la llave de la puerta del cuarto.
—Es posible, desde luego. Fred conoce esa habitación. Pregúntale si hay por alguna parte otra llave de repuesto. Me parece que tiempo atrás le consulté yo algo semejante… En vuestro lugar no me preocuparía de tal detalle. ¡Ah! Y no vayáis a pasaros los días enteros metidos en ese cuarto. ¿Vais a salir esta tarde?
Jon sonrió.
—Tenemos muchas cosas que contarte, mamá, pero preferimos callárnoslas de momento, hasta que estemos seguros de lo que hablamos. No te importa, ¿verdad? Saldremos más tarde. ¿Nos permitirás que tomemos el té allí arriba?
—Lo que yo deseo es que no os toméis las cosas demasiado en serio. Quiero que os divirtáis antes de reintegraros al colegio, no que paséis hora tras hora entre polvorientos y viejos papeles. Jamás he llegado a pensar que pudierais dar con algo importante. Me imaginé que la búsqueda, eso si, os divertiría. Nos veremos a la hora de la cena entonces.
Pasaron dos horas arriba. Al final de éstas se hallaban muy fatigados. Jon tiró a la caja el último legajo de papeles, bajando la tapa de aquélla.
—¡Ya estoy harto, Penny! Me duele la cabeza de tanto leer y no he sacado nada en limpio de esas estúpidas cartas. Llena un par de tazas de té si está listo ya. ¿Qué piensas de esos libros?
Penny se acercó a la chimenea, avivando el fuego.
—Son terribles, Jon… No hablan más que de ahorcados, juicios, torturas y cosas así. Me parece que no van a decirnos nada que pueda sernos de utilidad. Nos pondremos al habla con Fred, si queremos saber cosas nuevas. El hombre no acabó de referirnos la batalla de Brookland en su momento porque tú le interrumpiste pero yo he localizado algo sobre el tema en una de esas obras. Se dice en la misma que muchos de los contrabandistas huyeron de las fuerzas legales para ocultar su botín. Se afirma que éste fue desembarcado en ese punto marcado en el mapa… Aquí está, Camber.
Comieron algo mientras examinaban el mapa. Jon declaró luego que había llegado el instante de irse.
—Lamento que tengamos que separarnos, Penny —manifestó el chico—, pero nos conviene proceder así. Yo me pondré en marcha ahora. Tengo que ir a Winchelsea. No sólo está lejos sino que ni siquiera sé si podré acercarme al molino que nos interesa una vez allí. Fred dijo que se encontraba cerca de la iglesia. En este mapa se le sitúa ciertamente a espaldas de la población.
—No me gusta que vayas solo. Quiero acompañarte, Jon. Ese molino que vimos anoche no me convence. No creo que «Mequetrefe» abrigue el propósito de entrevistarse con nadie allí. Vamos a arriesgarnos. Nos iremos los dos a Winchelsea.
Penny no logró hacer desistir a Jon de su plan inicial. El muchacho sostenía que cada uno debía ocuparse de la vigilancia de un molino para que «Mequetrefe» no pudiera escapárseles.
—Procura que no te vean, Penny. Si no consigues acercarte lo suficiente para poder oír la conversación verás al menos quién es la persona que acude a la cita.
—Eso ya lo sabemos, Jon: «miss» Ballinger. ¿Y para qué ir si no voy a poder sorprender su conversación? Bueno, bueno. No te pongas así. ¡Iré! Pero será para volver en cuanto den las seis y media.
—Son muchas las cosas que tendremos ocasión de hacer juntos —añadió Jon sonriendo—. No es necesario que te marches antes de las cinco y cuarto. Suceda lo que suceda no permitas que te sorprendan.
Los dos jóvenes cerraron la caja con llave, apagaron el fuego y abandonaron el cuarto. Jon estuvo a punto de tirar la bandeja que llevaba con el servicio de té al tropezar con su madre en un pasillo.
—¿Os marcháis ya? —preguntó la señora Warrender con una sonrisa—. Os deseo buena suerte en vuestras indagaciones-añadió como si estuviera informada acerca de sus propósitos.
—Ignoro cuál será el camino más corto —declaró Jon cuando estuvieron fuera de la casa—. Creo que por la carretera por donde vinimos con Fred pasan unos autobuses de línea. Pero me inclino a pensar que por la marisma tiene que haber un atajo que conduzca directamente a Winchelsea. Acompáñame un poco, Penny. Tú dispones de tiempo de sobras. Veamos si somos capaces de encontrar un sendero cuando estemos al otro lado del puente. En el mapa no había ninguno, ¿verdad?
—¿Ninguno? ¡Un millón, quizá, diría yo! Allí se veían innumerables líneas punteadas. Lo mismo pueden ser senderos que series de huellas de pájaros en la nieve.
Descendieron utilizando los escalones de «Trader’s Passage», dejando atrás los varaderos en que trabajaban los constructores de embarcaciones. Más allá enfilaron el camino que conducía a Camber y Winchelsea.
—Tiene que haber un atajo —insistió Jon, mirando desde allí hacia la pequeña población—. Si saltara sobre esa valla…
—Te caerías en la zanja que hay al lado. Se ven por todas partes. A mi juicio debieras seguir la carretera. Es más segura y no puedes fallar. ¡No te canses mucho! Adiós. Tengo que volverme ahora. ¿Dónde nos veremos?
—Pase lo que pase no vuelvas a escribir ninguna nota. Ya nos veremos en un sitio u otro.
—¿Por qué no subimos al cuarto después de retirarnos a nuestras habitaciones? Eso sería más divertido…
Penny se echó a reír, al tiempo que lanzaba un beso a su primo, a modo de despedida, antes de dar la vuelta para emprender el camino de regreso a Rye.
Jon continuó avanzando por la carretera. Las tierras llanas, bajo la dorada luz vespertina, le tentaban. Centenares de ovejas pacían tranquilamente junto a los oscuros diques. Verdaderamente, allí no existían senderos visibles. No había hecho más que llegar a la primera curva de la carretera y estaba pensando en pedir a cualquiera de los coches que pasaban que le llevara el resto del camino cuando hacia su derecha descubrió un pequeño puente, decidiendo que aquél podía ser el atajo que había intentado hallar.
Durante cierto tiempo todo marchó bien. Al contemplar Rye al cabo de un rato le sorprendió ver la población tan alejada de él. Winchelsea parecía igualmente remota. Jon experimentó entonces una impresión extraña de absoluta soledad. Ni siquiera ganado se veía por aquellos alrededores. Soplaba una suave brisa que rizaba la superficie del mar. Desde el punto en que se hallaba no se divisaban las ruinas de Camber.
Poco más allá el camino que seguía parecía desvanecerse. Jon se encontró entonces en una especie de isla, viéndose obligado a retroceder, teniendo que buscar de nuevo la carretera. Ahora se daba cuenta de lo peligroso que era dejar ésta, levantada sobre la zona pantanosa. Al llegar a la colina que conducía a la puerta de Stand, en Winchelsea, se sentía extraordinariamente fatigado. Estaba muy inquieto porque eran más de las cinco y media, hora en que ya hubiera debido localizar el molino viejo, la meta de su viaje.
Los habitantes de Winchelsea paseaban al aire libre, gozando del sol dominguero. Se asomó al mirador que visitaran por primera vez el viernes, fijándose en un reducido grupo que rodeaba a una figura sentada. Jon se preguntaba si procedería correctamente solicitando de cualquiera de los transeúntes que le informara sobre la situación del molino cuando con un sobresalto advirtió que la figura que descubriera le era familiar. Hallábase acomodada ante un caballete de pintor. Se trataba, indudablemente, de «miss» Ballinger. Afortunadamente, ésta no pareció haberle visto. El muchacho apretó el paso, temiendo a cada instante oír pronunciar su nombre a sus espaldas.
Tal hecho se le antojó desconcertante. Tenía que pensar al considerar él mismo que aquélla no era la persona con quien se iba a entrevistar el señor Grandon. A menos, desde luego que el molino quedara muy cerca y le resultase fácil llegar hasta el supuesto lugar de su cita.
Avanzó decidido por la calle, esperando no tropezar con Grandon. En la puerta de una posada preguntó a un hombre si había algún molino viejo por los alrededores.
—Me han dicho que sí —se apresuró a aclarar el joven para que el desconocido interlocutor no se sintiera extrañado—. Pretendo buscar unos nidos de pájaros en él.
El hombre aceptó tan razonable explicación, confirmando que en efecto, a espaldas de la población había un campo y en el centro de éste unas ruinas. Se hallarían las mismas a unos cinco minutos de distancia.
—Apuesto cualquier cosa a que encuentras allí alguna pareja de lechuzas, muchacho.
Jon siguió el camino que le habían indicado, descubriendo que la pequeña ciudad terminaba tan bruscamente hacia el norte como hacia el sur. Sin embargo, por aquel lado las laderas eran menos pronunciadas. Cruzó un pórtico antiguo para adentrarse en un bosquecillo de olmos y después de trepar por una pronunciada pendiente vio una extensión de terreno llano, sobre el cual destacaba un molino en ruinas. Sus aspas estaban desprovistas de lonas y las vigas de la techumbre al descubierto. Dada la disposición del terreno no creía que le resultase fácil apostarse cerca. Se le ocurrió una idea. ¿Y si aquellas dos personas se entrevistaban fuera? Siempre le sería posible ocultarse en un punto del interior desde el que seguir la conversación…
A todo esto el sol se había ocultado tras el horizonte. Desde el mar se acercaban unas oscuras nubes. Ahora el viejo molino parecía particularmente misterioso y solitario. Jon sintió un poco de miedo, el cual creció súbitamente, al ver un sombrero negro que se movía lentamente en dirección al punto en que él concentrara sus observaciones. Instintivamente, Jon se ajustó las gafas. Por supuesto, era un sombrero… Se agachó junto al borde del terreno, reflexionando. Grandon debía estar deslizándose a lo largo de un sendero que no era visible desde donde él se encontraba por caer debajo del llano. Fue en aquel instante cuando al muchacho se le ocurrió una excelente idea. El sombrero negro desapareció a los pocos segundos. Jon se levantó, encaminándose por el hondón lateral hacia el punto en que se había desvanecido.
Al minuto de marcha llegó a un camino hundido y cautelosamente comenzó a acercarse al molino. El camino, evidentemente, había sido utilizado en otro tiempo por los carros portadores de grano y aquellos que se encargaran luego de llevarse la harina. Afortunadamente, aquel camino presentaba muchos recodos. Jon procuraba no hacer el menor ruido. Al rato divisó un brillo en la oscuridad: la brasa de un cigarrillo… Lenta, cuidadosamente, el muchacho trepó hasta el borde de la extensión de terreno llana, agarrándose a unos matorrales, quedándose sorprendido al verse tan cerca del molino y no mucho al descubrir a «Mequetrefe», apoyado en uno de los muros y encendiendo otro cigarrillo. Jon contuvo el aliento. Luego comprendió que si no hacía algo por evitarlo se exponía a tropezar con la persona que Grandon esperaba, la cual tenía que llegar allí de un momento a otro.
El muchacho tenía la certeza de que la entrevista iba a resultar interesante para él. Había que actuar con toda rapidez. Decidió descender. Ya en el fondo de la depresión por la que corría el camino permaneció inmóvil unos instantes, atento. Pero no oyó otra cosa que el rumor del viento, que incrementaba poco a poco su violencia.
En seguida dio con un sendero que supuso era el que había utilizado Grandon para alcanzar finalmente el molino. Ahora apreció Jon que éste se elevaba sobre el suelo, apoyándose el cuerpo de la construcción en unos grandes bloques de piedra. No parecía muy invitador el sitio, pero allí debajo encontraría probablemente un punto donde esconderse. Al correr por aquel espacio de terreno despejado el viento le azotó con fuerza el rostro. Al alcanzar el cobertizo del molino pudo ver, en el lado opuesto a él, a Grandon, cuyos pantalones, agitados por la brisa, daban movilidad a su figura.
No tardó en comprender Jon que no podría oír la conversación de «Mequetrefe» con su visitante ni tampoco le sería posible ver a éste. El rumor del viento impediría que las palabras llegasen a su oído con suficiente claridad. Efectivamente, aquél silbaba ya lúgubremente al colarse por entre las piedras y las maderas de la destrozada techumbre. No tenía más remedio que dar la vuelta al molino para aproximarse a ellos cuanto pudiera. En alguna parte del muro habría una puerta, sin duda. Pero no se acordaba de si Grandon se había apostado cerca de ella. Siguió avanzando hasta alcanzar una especie de entrada y descubrió en ésta varios peldaños, o restos de peldaños, que llevaban hasta otra abertura situada por encima de su cabeza. Adivinó que el molino contaba con un «primer piso». Éste tenía que ser para él el mejor de los escondites.
Repentinamente descargó un fuerte chubasco sobre aquella zona. Jon pensó que, desde luego, «Mequetrefe» buscaría un sitio donde guarecerse. Echando un rápido vistazo a los destrozados peldaños, decidió que no se le ofrecía otra opción. Los últimos escalones se habían desmoronado, por lo que tuvo que asirse a una madera que notó bien afirmada, levantándose a sí mismo a pulso. Tuvo buen cuidado en hacer descansar el peso del cuerpo sobre los laterales de los peldaños y no en el centro, probablemente la parte más endeble. Por fin consiguió alcanzar el borde de la abertura. Al arrastrarse oyó un rumor de voces y de pasos apresurados. Había tenido el tiempo justo para lograr su propósito…
Al ponerse de rodillas advirtió que se encontraba en una habitación de forma circular atravesada por una gran pilastra de madera. En las paredes había tantas hendeduras y grietas que casi reinaba dentro la misma claridad que fuera de la construcción. Jon vio un anillo de hierro en el suelo, correspondiente a una puerta de acceso. La examinó detenidamente, pero se hallaba muy bien ajustada y además era grande y bastante pesada. Aplicó el oído al suelo, cubierto de polvo, pero no percibió ningún ruido. Entonces se desplazó hasta la pilastra. Ésta, naturalmente, no podía estar tan bien ajustada al pavimento y, en efecto, había una grieta como de media pulgada que abarcaba todo su contorno. Probó a mirar por ella, pero fue en vano. A continuación se tendió cuan largo era y con la nuca apoyada en el enorme tronco de roble y el oído pegado a la ranura descubrió emocionado que no se le iba a escapar una sola de las palabras que fuesen pronunciadas un poco más abajo de él.
«¡Qué suerte que haya empezado a llover!», se dijo. «De otro modo los dos se hubieran puesto a hablar al aire libre».
En aquel instante percibió el timbre de una voz femenina…
—Bueno… Pasemos el menor tiempo posible en este chocante sitio. ¿Lo tiene?
Sobresaltado, Jon pensó que aquélla, ciertamente, no era la voz de «miss» Ballinger. Resultaba más joven, más atractiva… Estaba seguro de no haberla oído nunca. Hubo una pausa antes de que Grandon replicara:
—Tengo… tengo algo importante, pero ignoro lo que significa.
—Déjeme ver —contestó la voz desconocida rápidamente—. ¡Está bien, está bien! No retenga eso con tanta fuerza… Yo lo que deseaba tan sólo era mirarlo… Tendré que llevárselo a ella de todos modos, así que bien puedo examinarlo… Ya sabe que nadie ha de verle en su compañía, que nadie ha de saber siquiera que la conoce. Lo mejor, pues, será que me dé eso. Si no accede le daré cuenta de su negativa. No ignora lo que vendrá a continuación… Vamos. Déjemelo ver. ¡Pero si esto no tiene pies ni cabeza! «nt 8 April 7»… ¿No vio nada más?
Jon acertó a imaginarse a Grandon en el momento de responder, pasándose un dedo por su negro bigotillo.
—Hay otros papeles. Sé dónde están… Pero ella tiene que ser un poco paciente. Hay que procurar no despertar sospechas. Esto no va a ser tan fácil como pensé en un principio. Compréndame, se lo digo a usted, esto que quede entre los dos… En cuanto al papel que he encontrado… Tiene que querer decir algo porque parece ser muy antiguo.
—¿Dónde lo encontró? Dígamelo rápidamente porque debo regresar a toda prisa para informarla.
—A los chicos, que por cierto no me gustan nada, especialmente la niña, les han cedido la habitación de la buhardilla. Creo que han hallado algo, pero aún no he tenido tiempo de ver de qué se trata… Me parece que guardan los otros papeles en una caja que siempre cierran con llave… Yo me encontraba en el cuarto cuando los dos se fueron…

Jon estaba desconcertado. Creía haber cerrado la puerta de la habitación al marcharse en compañía de Penny.
—… y este trozo de pergamino se hallaba en el suelo. Debió caérsele a uno de los dos… Ha de saber que esos chicos no son tontos. Para mí suponen un estorbo, un peligro incluso. Quizá sepan algo, pero aún no se han dado cuenta de la trascendencia de sus descubrimientos. Tenemos que averiguar qué significa este papel lo antes posible.
—Sí —replicó la otra voz serenamente—. Tiene usted que enterarse del alcance de sus conocimientos, adoptando las medidas que sean necesarias con tal fin. Eso es lo que ella dirá, lo sé muy bien. Ésta es una cuestión de gran importancia.
Jon no llegó a oír la respuesta de Grandon. La pierna se le había dormido. Le dolía casi. Instintivamente dobló aquélla, frotándose la pantorrilla, pero su zapato, al rozar bruscamente el suelo, produjo un ruido.
—¿Qué ha sido eso? —inquirió la mujer, asustada al parecer.
Jon se mordió los labios.
—Alguna rata. Los sitios como éste son auténticos viveros de ellas.
Después se echó a reír al ver que la desconocida se apresuraba a salir del recinto. Grandon la siguió lentamente, pero el muchacho, presa de un agudo calambre, no se atrevió a arrastrarse hasta la abertura. Cuando pudo andar de nuevo los peldaños que utilizara antes se le antojaron difíciles, pero logró descender sin hacerse mucho daño.
La tormenta había pasado y el sol brillaba de nuevo.
Jon avanzaba por el camino de regreso a Winchelsea. Vio a varias personas, pero ninguna de ellas era Grandon. Se preguntaba si existiría otra vía para salir de la población sin pasar por el mirador cuando comprendió que ya daba lo mismo que «miss» Ballinger estuviese allí o no, puesto que no era la persona con quien «Mequetrefe» concertara la cita.
Seguía en el mismo sitio, llamándole inmediatamente al verle pasar.
—Buenas tardes, mi joven amigo. De manera que has logrado dar con Winchelsea, ¿eh? Acércate, dime qué es lo que piensas de esta población… ¿Y la pequeña pelirroja? Penny, creo que la llamas tú… ¡Ah sí! Penélope, indudablemente. Un poco de jaqueca, ¿eh? ¡Lástima, lástima! En un día tan hermoso eso supone una desgracia. Así, pues, ¿estás explorando nuestra ciudad? Acércate más, chico, y dime si reconoces ahí la puerta vieja de la villa. He tratado este mismo tema veinte veces y siempre me ha salido algo distinto. La luz, quizá… No me satisface nunca mi labor. ¿Qué dices? ¿Que ya has visto unas cuantas cosas? ¿Qué, concretamente? ¡Oh! Fíjate la cantidad de polvo que llevas en las rodillas.
Jon escuchó estas últimas palabras horrorizado. Llevaba pantalones cortos y sus morenas rodillas habían adquirido un tono grisáceo con el polvo del molino.
—No sé dónde puedo haberme puesto así, «miss» Ballinger. Bueno… Es que esta mañana me he subido a un árbol para coger un nido… Me agrada mucho su cuadro. Es estupendo, a mi juicio.
«Miss» Ballinger continuó trabajando. Pero mientras pintaba no cesó de formular a Jon todo género de inquisitivas preguntas sobre el «Dolphin» y su madre. También quiso saber qué pensaba de la casa, tan antigua, y si la había explorado ya en su totalidad.
—Las antigüedades —explicó— me interesan, sean del tipo que sean. Por eso me gustaría que me avisases si en tu casa das con papeles viejos o mapas de hace muchos años. En caso afirmativo que no se te ocurra vender esas cosas a cualquier tenducho de Hastings o Rye. Tráemelas. Yo te las compraré.
En aquel instante pasó un autobús de los que cubrían el trayecto que separaba Winchelsea de Rye. Jon se despidió a toda prisa de «miss» Ballinger, echando a correr hacia la parada de la esquina más próxima.
Ella levantó una mano a modo de saludo, diciéndole casi a gritos:
—Pronto nos veremos… Sí. Cualquier día de éstos me verás por Rye. Pero tú y Penny tenéis que venir a mi casa, a tomar el té conmigo. ¡Que no se te olvide! ¡Adiós!
Sentado ya en su butaca dentro del autobús, Jon se pasó la mano por la frente, cubierta de sudor. El muchacho se preguntó si «miss» Ballinger le habría visto pasar camino del molino, decidiendo esperarle allí para hacerle todas aquellas preguntas. Pero ¿qué podía saber la mujer de la intrigante historia del tesoro? A menos que Penny tuviera razón y «miss» Ballinger fuese la misteriosa «ella» mencionada por la persona que había acudido a la cita concertada con Grandon. Eran muchas las cosas que tenía que contarle a Penny esta noche… Jon se apeó del autobús en el puente, utilizando para subir los burdos escalones del Trader’s Passage.
Penny se encontraba arriba. La chica le dirigió una pensativa mirada, hablándole antes de que su primo pudiera abrir la boca.
—No me lo digas. No me lo digas ahora porque no podría soportarlo. Me hago cargo de que lo has pasado maravillosamente bien. Lo sé… Claro. Tú escogiste para ti el molino de Winchelsea. Tú sabías de sobra que me iba a aburrir como una ostra. Háblame antes de que entremos para cenar. ¿Quién fue en su busca?
—No lo sé. No llegué a verla.
—¿Que no llegaste a verla? Recorriste todo ese camino, diste con el sitio, viste a «Mequetrefe»… Supongo que viste a «Mequetrefe»… Pero a ella no, ¿verdad? ¿Y qué necesidad tenías de verla si ya sabías de antemano que se trataba de «miss» Ballinger?
Jon movió la cabeza, denegando enérgicamente.
—No, no era ella. Sin embargo, también la he visto.
—Por favor, Jon… Dejemos esto a un lado, de momento. Me dedicaré a contarte el maravilloso rato que he pasado. Escúchame. Tienes que escucharme. Me sorprendió la lluvia en pleno descampado, viéndome obligada a meterme en la vivienda de una granja. Luego me aproximé a ese horrible molino, donde permanecí como cosa de media hora, hasta que me indicaron que debía marcharme. El resto del tiempo lo he pasado esperando y esperando… ¡Esperándote a ti, querido Jonathan!
Antes de que éste pudiera referir a Penny cuanto había sucedido salió de la casa la señora Warrender, que les buscaba.
Tras la cena, ni uno ni otra estimaron prudente dejar sola a aquélla.
En un momento propicio, amparándose en el ruido de la radio, Penny dijo a su primo:
—Te veré en nuestro cuarto a medianoche.
Jon frunció el ceño.
—Es demasiado tarde. Me caigo de sueño. No obstante, si llamas a la puerta de mi dormitorio a las siete de la mañana me levantaré.
La chica hizo una mueca que traducía su disgusto, asintiendo finalmente para indicarle que aceptaba, pese a todo, su última sugerencia.
Muy pronto, tras las oraciones de la noche, Penny, con gran sorpresa por parte de su tía, subió las escaleras que conducían a su habitación. También ella, al igual que Jon, y no le importaba reconocerlo, se hallaba extraordinariamente fatigada. Cierto era que tenía unas ganas enormes de saber con detalle qué había pasado, pero al día siguiente, ya descansada, a primera hora, podría de todas maneras satisfacer su deseo.
Penny sentía poco después el impulso casi irrefrenable de volverse en busca de Jon… Ya en la escalera tropezó con el señor Grandon que bajaba…