CAPÍTULO VI
MARTES: ALIADOS
—Doce días más y a la escuela otra vez —dijo Penny al día siguiente, durante el desayuno—. Y a todo esto aún nos queda un puñado de cosas por hacer. Espero, tía, que no te importará vernos algo atareados.
—No. Disfrutad de este buen tiempo todo lo que podáis. ¿Adónde pensáis ir hoy?
—Al castillo de Camber. Queremos verlo detenidamente. En algunos de nuestros viejos libros he tenido ocasión de leer bastantes cosas acerca de esa construcción.
—¿Vuestros viejos libros?
—Sí, los que encontramos en la caja de cinc.
La señora Warrender sonrió.
—Observaréis que he sido discreta. Ni una sola vez os he preguntado por vuestros hallazgos. ¿Ha habido alguno de interés?
—Aún no, tía —se apresuró a replicar Penny—. Desde luego, te tendremos al corriente de cualquier descubrimiento interesante que se produzca… ¿Vas a ver ahora a la cocinera? Puedes decirle que encontramos los pasteles de carne de ayer superiores. A base de tres por cabeza daremos hoy buena cuenta de ellos, con seguridad… Bueno, ¿y qué tal son los huéspedes? Me refiero a esas personas que no nos has autorizado a ver ni mucho menos, a tratar…
—Creo que es una gente excelente. Hay varios chiquillos entre ellos y un perrito.
—Conocimos a éste anoche. Es muy bonito… He de decirte que cuando se acerquen las Navidades y andes preocupado, sin saber qué regalarme, con una cosa así quedarás cumplido. Deseo poseer un perro exactamente igual a ese… ¿Me escuchas, Jon?
—¡Oh, sí! Te estaba escuchando. Lo contrario es imposible cuando hablas tú. No le hagas caso, mamá. La semana que viene habrá variado de opinión, apeteciéndole una armónica. Me acuerdo de aquella vez en que se le antojó un carrito de lechero con su correspondiente caballo… No pienses ahora en eso, pequeña. Aguarda a la mañana de Navidad. Ya verás entonces qué es lo que te encuentras en tus calcetines.
La señora Warrender sonrió, dejando caer su mano cariñosamente un instante sobre la de su sobrina.
—Eso tiene fácil remedio, Penny. Avísame a tiempo si cambias de opinión con respecto a lo del perrito… Bien. Divertiros cuanto podáis y que no se os haga tarde para la cena.
Dos horas más tarde Penny y Jon dejaban la carretera de Winchelsea junto a la puerta de una granja, encaminándose a la grisácea masa del castillo de Camber, que se elevaba ante ellos como una rocosa isla rodeada por un verde mar de hierba.
—Tengo el presentimiento —dijo la chica—, de que nos va a suceder algo hoy. No sé por qué me parece que vamos a descubrir algún detalle de trascendental importancia en Camber.
—Hasta ahora todos los días hemos ido aprendiendo cosas nuevas —repuso Jon—. Tengo mucho interés en explorar este lugar… En el mapa se ven cuatro trazos que conducen a él. Se me ha ocurrido, Penny, que en unas ruinas tan antiguas como esas cabe la posibilidad de que demos con galerías secretas…
—Una mazmorra, tal vez.
—Anoche estuve leyendo en la cama un libro que se ocupaba del castillo —prosiguió diciendo Jon—. Ha sido escenario de no pocos hechos de carácter bélico. Construido al lado del mar, en otra época fue casi una isla. Tengo que confesar una cosa, Penny. Durante el desayuno he estado a punto de contárselo todo a mamá. Yo no es que piense volverme atrás refiriéndome a lo que convinimos, pero es que dudo de que consigamos localizar el tesoro y, además, no me gusta nada la intervención en este asunto de «miss» Ballinger, Grandon y esa muchacha que intentó sobornarme.
—Te quedaste mirándola, como un tonto —contestó rápidamente Penny.
—¿Qué quieres dar a entender? Me sorprendió enormemente que me ofreciera un velomotor.
—Nunca he visto una expresión semejante en el rostro de nadie, ni me la hubiera podido imaginar, aún en el caso de una oferta semejante. Pero eso no importa ahora. Lo que sí importa, en cambio, es que tú prometiste formalmente no decir una sola palabra a tu madre. No es corriente que tú quebrantes tus promesas. Quizá sea verdad que tropezamos con dificultades pero estoy segura de que pronto hallaremos algo interesante. Acuérdate, por otro lado, de lo que escribió tío Charles en la carta: tenías que evitar a toda costa el incrementar las preocupaciones de tu madre. Debemos esperar unos días más, Jon.
—No es que no quiera que llevemos adelante esta aventura los dos solos, Penny. Es que todo me parece más serio que al principio. Y luego… Si nosotros no somos capaces de descifrar esa frase —la de los «recipientes de barro»—, antes que esas personas, nos reprocharán nuestro silencio de ahora, especialmente si en realidad existe ese tesoro de que tantas veces hemos hablado. ¿Qué arriesgamos confesando a mamá nuestras averiguaciones?
Penny no contestó inmediatamente a estas palabras y Jon miró sorprendido a su prima. Le chocaba la extraordinaria seriedad de su rostro.
—Sé que no debemos correr ningún riesgo que implique la posible pérdida del tesoro. Ahora bien, yo te he oído decir a ti que llevábamos todavía alguna ventaja a «miss» Ballinger y sus asociados. Además, que me he hecho a la idea desde el comienzo de esto de no contar con los mayores. La ventaja de ampliar nuestro grupo radicaría en que podríamos vigilar de cerca a «Mequetrefe» y a «miss» B. Esto nos permitiría averiguar Dios sabe qué cosas.
Jon contempló con ojos de admiración a su prima.
—¿Quieres decir que debiéramos sugerirles disimuladamente algo para que llevaran a cabo tal tarea?
Penny asintió, aunque tenía que reconocer que no había ido tan lejos.
—Ya te indicaré luego lo que tenemos que hacer —manifestó Jon—. En cuanto nos hayamos comido los bocadillos, quizá. De momento, en cuanto pueda escribiré en mi agenda cuanto hemos observado hasta este instante. Después examinaremos con la mayor sensatez cada uno de los puntos del relato, a ver si damos con algo nuevo… así trabajan los detectives.
Estaban ya tan cerca del castillo que veían perfectamente sus muros en no muy mal estado por la parte exterior. La edificación era mayor de lo que habían imaginado. La parte central, cuadrada, no se elevaba mucho sobre los muros circundantes. Lo más impresionante de aquella ruina era la impresión de descarnada soledad que proporcionaba. Plantada sobre la herbosa llanura, parecía, con la pacífica visión de las ovejas, pastando aquí y acullá, no haber servido jamás para nada.
Al acercarse a la abertura que en otro tiempo fuera la entrada de la fortaleza vieron la torre central claramente. Las ovejas pastaban en los mismos sitios en que los soldados de Enrique VIII debían haberse sentado en más de una ocasión para comer. De las paredes que habían servido de parapetos a los centinelas colgaban musgos y flores silvestres que el viento hacían oscilar constantemente.
Permanecieron quietos por unos instantes. No percibían más rumor que el de la fuerte brisa, salpicado de balidos.
—No me gustaría que me sorprendiera la noche aquí —declaró Penny—. No, en absoluto. Con el sol esto tiene pase todavía; puesto éste más vale hallarse lejos de un lugar así.
—No repitas las cosas, Penny. Nadie te va a pedir que hagas una visita al castillo a altas horas de la noche… a menos que te veas forzada a vigilar a alguien. ¿No has sugerido tú misma esa nueva tarea? Seamos juiciosos. En el mapa se veían cuatro senderos que confluían aquí, uno de ellos el que hemos seguido. Éste es un sitio espléndido desde el punto de vista de un contrabandista ansioso de desprenderse de un tesoro rápidamente. Un lugar así también ofrece posibilidades para el que intenta defenderse de un ataque. No puedo sustraerme a la idea, Penny, de que la frase que nos intriga significa que el tesoro —consistiera en una cosa u otra— éste fue enterrado. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la pista descubierta sugiere…
Penny miró a su primo con irónica solemnidad.
—¡Oh, Jon! No sabes cuánto te admiro cuando te expresas en esos términos…
—¿A qué te refieres? —inquirió él, receloso.
—Pues a… «Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la pista descubierta sugiere…».
Penny echó a correr en el mismo instante en que soltaba la carcajada.
En el transcurso de la hora siguiente exploraron los muros por la parte de fuera. Querían ver si alguno de los grandes bloques hallábase desprendido del conjunto o mostraba extrañas marcas o signos. Miraron también al pie de aquéllos y en una ocasión Jon se agachó, apartando con las manos la arena que cubría una piedra plana, con la esperanza de encontrar la puerta correspondiente a algún subterráneo.
—Seguro que no te vas a cansar, Penny —dijo Jon al incorporarse—. ¿De qué me sirve que me sigas a un lado y a otro mientras yo realizo el trabajo más pesado?
Penny parecía afligida.
—Yo creo que ya es hora de que hagamos un alto para comer. Te veo cansado y de mal humor… Y no eres justo. Me he roto las uñas tanteando esos bloques de piedra y te he facilitado buenas ideas «a puñados».
Jon se echó a reír.
—Tienes siempre una respuesta para todo. Yo también estoy cansado. Busquemos, pues, un sitio donde comer. ¿Cuál será el mejor método para averiguar si estos muros están huecos? Es posible que esta construcción haya contado, o cuente, con pasillos secretos cuya entrada fue cerrada posteriormente.
—Examinemos entonces los muros desde dentro, a ver si localizamos una piedra más nueva que las que haya en sus proximidades.
—Supongamos que sea así.
—Habremos de buscar un «bulldozer» para derribar las paredes. Claro que nos costará trabajo mantener en secreto esta operación… No te preocupes, Jon. Sigo con el mismo presentimiento de antes. Te sentirás más optimista después de comerte alguno de esos pasteles de carne.
Encontraron un sitio ideal para su propósito. Disfrutaban en él del mismo panorama que los centinelas de siglos atrás debieron contemplar durante sus guardias.
—¡Es estupendo! —exclamó Penny como embelesada.
—¿Qué es lo que te parece estupendo? —inquirió el muchacho, en aquel instante abriendo la mochila—. ¿Es que ya hueles el pastel de carne?
—No pensaba en eso. Me refería a todo lo demás. Me gusta el olor del mar, de la marisma, del ganado… Me gusta estar aquí, al sol, escuchando los cantos de los pájaros. Me gusta el «Dolphin» también… Hoy es uno de esos días en que rechazo con horror la idea de tener que regresar al colegio.
—Será mejor que comas algo. Tan pronto como hayamos terminado haré lo que te dije: poner por escrito cuanto sabemos acerca de la Ballinger y «Mequetrefe».
Un cuarto de hora más tarde Jon sacó su agenda y el lápiz, iniciando su labor. Penny le ayudó bien poco en ésta, ya que se quedó un tanto amodorrada. De todos modos, como Jon estaba pensando en voz alta, no se le presentaron muchas ocasiones de intervenir.
—Sólo pienso anotar aquello de que estoy seguro. Esto no puede quedar sembrado de preguntas ni de suposiciones… Sabemos en primer lugar que tanto «Mequetrefe» como «miss» Ballinger y esa joven están convencidos de que existe un tesoro en el «Dolphin» o en sus proximidades. Sabemos asimismo que poseen el trozo de pergamino que el tío Charles puso en mis manos. Ignoramos si lo han descifrado. Otra cosa de la que estamos seguros es de que ansían poseer el mapa en particular, ya que hacen lo que pueden por conseguirlo.
—¡Y tanto! —exclamó Penny—. Hasta el punto de que enviaron esa emisaria que te dejó helado.
Penny dijo estas palabras con los ojos cerrados, recostada tranquilamente contra el muro.
Jon continuó hablando, como si no hubiera oído su última observación.
—Otra cosa que podemos afirmar como cierta es que «Mequetrefe» posee un duplicado de la llave de nuestro cuarto. Mientras no cambiemos la cerradura Grandon podrá entrar y salir libremente de la habitación, husmeando lo que le parezca siempre que nos hallemos fuera.
—No se atreverá a romper la cerradura de la caja, creo yo.
—Encargará otra llave… Quizá fuera lo más conveniente guardar la caja en mi cuarto.
—A mi juicio hay que vigilar estrechamente a esa gente. Antes o después pensarán en algo que a nosotros se nos haya escapado. Entonces nos adelantaremos a ellos, apoderándonos del tesoro.
—¡Hombre, qué práctico! —exclamó Jon—. Muchas gracias Penny. He aquí otra cuestión. Nosotros encontramos la carta y la pista simultáneamente, dentro de la Biblia, y eso nos puso en movimiento pero no creo que ellos avancen con igual impulso.
—Eso es una suposición —repuso Penny con viveza—. Y no puedes anotarlo porque no es cierto. Yo opino que es muy probable que ellos adivinen que «nt» significa Nuevo Testamento. Por descontado que cabe que tales letras posean otros significados… ¡Cállate un momento, Jon, y escucha! Percibo un murmullo, lo mismo que si estuviéramos en una desierta campiña, en pleno verano. Es algo mágico… Pon atención.
Dando un suspiro, Jon dejó su agenda en el suelo, a su lado, se tendió de espaldas y cerró los ojos. Tal vez tuviera razón Penny. ¿Por qué no disfrutar de unos minutos de esparcimiento?
—¿Lo oyes, Jon? Es el rumor del mar a distancia, mezclado con los balidos de las ovejas, el fragor del viento, los zumbidos de las abejas y de otros insectos… Recuerdo el sonido característico del interior de una caracola…
Penny siguió susurrando:
—Desde luego, es una tontería, algo infantil, pero alguien me dijo en una ocasión que sólo aquellos que son capaces de ver a las hadas llegan a oír esta música.
Jon no supo qué contestar a estas últimas palabras. Sentía un suave calorcillo, se encontraba allí a gusto. El mundo dejó de existir para él al cerrar los ojos.
Penny se había dormido ya.
Durmieron por espacio de una hora y durante ese tiempo sucedieron varias cosas. Situados en lo alto de los muros no podían ser vistos más que desde dentro por alguien que dio la vuelta al castillo, levantando entonces la mirada hasta ellos.
Penny se despertó antes que Jon. El sol continuaba acariciándole el rostro. Pero no abrió en seguida los ojos. Luego oyó una voz vagamente familiar, irguiéndose sobresaltada. A unos dos metros de distancia, enfrente de ella vio un chico de unos dieciséis años que se estaba riendo.
—Siento haberte despertado —dijo aquél—. No me di cuenta de que estabais aquí hasta el momento de subir. ¿Te importa? Quería ver lo que pasaba ahí abajo sin ser visto… Si deseas divertirte un poco asómate conmigo…
Penny examinó al recién llegado con interés. Era un muchacho muy atractivo: cabellos castaños, ojos oscuros, dientes muy blancos, tez bronceada por el sol… Al igual que Jon, que en aquel momento parecía roncar, vestía unos pantalones cortos de pana. Sobre su camisa, de corte deportivo, llevaba una cámara fotográfica.
La voz que a la chica se le había antojado familiar se oía todavía a alguna distancia. Pero antes de que Penny se subiese al parapeto con la intención de asomarse Jon se incorporó, frotándose los ojos. Puso una cara tal de asombro que ella se echó a reír, volviendo a tumbarle de un empujón.
—No hables —siseó acercando los labios a su oído—. Limítate a hacer lo que nosotros. Ahí abajo pasa algo y creo que «miss» Ballinger está presente… He percibido su voz.
Jon pulió los cristales de sus gafas presa de un gran nerviosismo.
—¿Quién es este chico? —susurró—. ¿Cómo ha llegado hasta aquí?
—Por el mismo camino que nosotros, supongo. Ya nos lo dirá luego… ¡Vamos! —dijo apremiante Penny haciendo una señal al otro.
—Siento molestaros —declaró éste dirigiéndose a Jon—. Pero quizá disfrutéis con la broma…
Cautelosamente los tres treparon hasta el borde del muro. Casi a sus pies descubrieron a «miss» Ballinger acomodada en su banqueta, vuelta de espaldas al castillo. En la mano derecha tenía un pincel, que agitaba al hablar con alguna rudeza a un niño y una niña que se habían colocado a uno y otro lado de ella.
—No me gustan los chicos demasiado curiosos, por lo que os agradecería que os marcharais cuanto antes. ¡Ah! Y llevaros a ese chucho impertinente con vosotros.

Al decir esto tendió la mano con que sostenía el pincel en dirección al animal, un perrito negro que Penny estaba segura, había visto antes.
Tal gesto fue un error por parte de «miss» Ballinger ya que el perro, que evidentemente, no sentía mucha simpatía por la voluminosa mujer, inclinó la cabeza dando un gruñido, para saltar inmediatamente sobre el pincel, que logró coger entre sus colmillos, emprendiendo entonces una veloz carrera. A los diez segundos el mango del pincel era un menudo montón de astillas, en tanto que el extremo salía lanzado por los aires.
—¡Llevaros a ese bicho! —rugió «miss» Ballinger, levantándose de la banqueta, avanzando con gesto amenazador hacia el animal, quien comenzó a dar vueltas a su alrededor, ladrando ruidosamente—. ¡Vamos, llamadle! ¡Es peligroso! ¡Llevároslo! ¡Iros de una vez!
Nada más asomarse Penny no pudo contener un leve silbido de asombro y Jon limpió sus gafas nuevamente. El niño y la niña tendrían unos diez años de edad y eran gemelos. Los dos vestían pantalones cortos azules y camisas caquis abiertas por el cuello. La niña sujetaba sus cabellos con una cinta de seda verde. Parecían tener la misma estatura. Habían adoptado idéntica posición: las piernas separadas, las manos cogidas atrás… Las voces eran tan semejantes que era imposible saber quién era el que hablaba. Andando el tiempo, cuando los Warrender conocieran mejor a los gemelos, verían que a juzgar por la precisión con que uno terminaba las frases del otro los dos daban la impresión de adivinarse mutuamente el pensamiento.
Estaba hablando la chiquilla en aquel instante.
—¡Mackie! ¡Ven aquí! ¡En seguida!
El perrito bajó la cola, marchando inmediatamente en busca de su dueña, que después de cogerlo se lo puso debajo del brazo. Mackie levantó la cabeza y le lamió la nariz afectuosamente.
—Tenemos que decirle algo —continuó hablando la chiquilla—, y se lo diremos procurando no ser tan bruscos como usted, señora. ¿Por qué dirigirse a un inofensivo perrito como lo ha hecho usted? ¿Hacía algún daño? Se hallaba echado ahí, sobre la hierba, viendo cómo pintaba usted, como nosotros mismos…
—Y luego usted intentó alcanzarlo con el pincel —medió el hermano.
—Pobrecillo —dijo la chica mirando al perrito, que agitaba furiosamente la cola—. No hizo más que defenderse, ¿verdad? ¿Cómo va a saber para qué sirve un pincel? No hubiera tardado en averiguarlo si usted, señora, llega a dejarle tranquilo y a su lado.
—Eso era lo que nosotros queríamos —añadió el niño—. Es decir, saber cómo trabajaba usted. A todas horas nos dicen que hemos de procurar aprender la mayor cantidad de cosas posibles y jamás se nos había presentado la oportunidad de conocer a un artista…
—Al menos como usted —remató la hermana.
Penny no pudo verlo bien pero le pareció que tras estas palabras la lengua de la pequeña asomó entre sus labios.
«Miss» Ballinger se volvió hacia su banqueta. Tenía el rostro muy encarnado y movía nerviosamente los labios pero de éstos no salía ninguna palabra.
—¡Oh! Está irritada —comentó Penny—. No tardará ni un minuto en explotar. Bueno, ¿y quién son esos chicos? Yo he visto al perrito en alguna parte.
—Es desconcertante pero aún con las gafas puestas veo a esas dos criaturas exactamente iguales —declaró Jon.
—Lo son —contestó su nuevo amigo—. Nosotros mismos nos confundimos a veces. ¡Fijaos! Dickie le sostiene correctamente la banqueta mientras ella se dispone a sentarse. ¿Quién será esa mujer?
—Nosotros estamos en condiciones de explicártelo —repuso Penny—. Pero, ¿quiénes son esos dos gemelos? Resultan graciosos…
—Al principio pasa siempre lo mismo con ellos. La verdad es que a mí me cansan un poco. Soy su hermano… ¡Escuchad! La vieja está despotricando de nuevo.
—Perfectamente —decía «miss» Ballinger—. De manera que ahora me vas a enseñar tú cómo debo dirigirme a un perro. Habéis aparecido aquí por no sé dónde, de repente, para empezar a formular impertinentes preguntas, dando vueltas y más vueltas a mi alrededor con el afán de molestarme… Por si fuera poco lanzáis a ese aborrecido animal sobre mí y a continuación pretendéis aleccionarme. ¡Por última vez! ¿Queréis marcharos y dejarme en paz?
—¡No! —contestó el chiquillo—. No queremos irnos todavía.
—Ése es Dickie —explicó su hermano.
—No, gracias —corroboró la chiquilla—. A usted le extrañará pero queremos ver cómo pinta usted un cuadro.
—Ésa es Mary.
—Es que no sabemos nada de eso —añadió Dickie—. Claro que esto no parece un cuadro todavía, ¿verdad?
—No. Es un montón de manchas, de salpicaduras…
De la boca de «miss» Ballinger salió un rugido ahogado. Entonces se levantó, comenzando a registrar el bolso que Penny y Jon conocían tan bien. Después dijo en un tono de voz completamente distinto al de minutos antes:
—¿Os gustan los helados? Hoy está haciendo mucho calor. Quizás os viniera bien uno de los grandes. Aquí tenéis media corona… Vamos, tomadla.
Los gemelos miraron a «miss» Ballinger con frialdad.
—No, gracias, no nos llaman mucho la atención.
—Por lo menos, hasta el extremo de tentarnos a volver corriendo a Rye —confirmó su hermano.
—Además —prosiguió diciendo Mary—, no nos está permitido tomar dinero de personas extrañas.
—Desde luego —confirmó Dickie—. Si a usted le apetece un helado es posible que nuestro hermano David, que andará por aquí, accederá a ir a Rye para traérselo.
—A David no le interesa el arte como a nosotros —aclaró Mary—, y a veces toma a mal los recados y cosas por el estilo. Es explorador y ahora estará dando una vuelta por el castillo…
«Miss» Ballinger se levantó de la banqueta, llevándose, fuera de sí, las manos a la cabeza.
—¿Queréis iros de una vez?
Mary dejó el perro en el suelo.
—Mackie, querido, no hagas caso. Es que tiene unos modales muy bruscos.
—¡Bruscos! —gritó «miss» Ballinger, derribando involuntariamente la banqueta.
Dickie le ayudó cortésmente a ponerla bien mientras Mary examinaba el lienzo con gesto crítico. «Miss» Ballinger sacó aquél del caballete y lo partió en dos sobre una de sus rodillas, lanzando los trozos a su alrededor. Y el perrito entonces saltó gozosamente, marchando en persecución de los mismos.
—Quitaros de mi vista los dos —dijo la Ballinger con los dientes apretados—. Iros antes de que os ponga las manos encima… O mejor aún, seré yo la que se vaya.
—¿Podemos acompañarla? —inquirió Dickie inocentemente—. Yo quiero ver cómo pinta usted.
—No, Dickie —dijo la chiquilla—. No creo que debamos hacer eso por mucho interés que tengamos en ver cómo trabaja esta señora. Estaría mal porque David nos ha dicho que aguardásemos aquí, hasta que él viniera. Me parece que se disponía a tomar una foto de un pájaro o no sé qué y espero que no tarde en regresar. Me temo que por tal razón no podremos acompañarla. Lo siento…
—Fijaos, fijaos —susurró Jon—. ¿Es espuma eso que le sale por la boca? ¡Vaya escena! ¡No me la habría perdido por nada del mundo!
—Mucha gente se divierte durante la primera representación —murmuró David—. Por eso os desperté. Supongo que no os habréis molestado…
—No —respondió amablemente Penny—. En realidad yo no estaba dormida.
—¡Qué mentirosa eres! —exclamó Jon—. Tú fuiste la que caíste primero… ¡Escuchad! ¿Qué dice esa criatura?
Dickie estaba hablando.
—Siento que se vaya. De veras. Deseaba ver cómo hacía usted ese cuadro después de tomar tantas medidas.
«Miss» Ballinger, de la que en este momento colgaban tantos objetos como suelen verse en las ramas de un árbol de Navidad, se volvió hacia el chiquillo.
—¿Medidas? ¿De qué estás hablando, criatura? —inquirió secamente.
—Es que Mary y yo nos encontrábamos detrás de aquel montículo…
—Jugábamos a los indios… Nadie nos podía ver ni oír…
—Entonces la descubrimos a usted. Tras dejar su trípode sacó una cinta de medir o una cinta y comenzó a deslizarse a lo largo de esos muros, tomando notas en una agenda.
—Si —corroboró Mary—. Eso es verdad. ¿Por qué lo hacía?
Es imposible traducir en palabras el ruido producido por «miss» Ballinger. Todos convinieron más tarde que había sido la suya una risotada, una risotada siniestra. Pero no llegó a contestar a la pregunta que tan directamente le habían formulado. Optó por darles la espalda, coger la banqueta que plegó antes de colocársela bajo el brazo y echar a andar en dirección a Winchelsea.
—Ya está. Ése es el fin de la representación dada por los gemelos —comentó David.
La clara voz de Mary llegó a oídos de los tres espectadores.
David se asomó más sobre el parapeto. En lugar de llamarles por su nombre emitió un claro y dulce silbido, la llamada del ave fría.
—¡Ah! Eres tú, ¿eh? —dijo Mary en tono acusador—. ¿Cuánto tiempo hace que estás subido ahí arriba?
—Siempre andas escondido por alguna parte, espiando.
—Qué mujer tan especial, Dickie. ¡Y qué modales tan bruscos los suyos!
—No obstante, me agradaría saber por qué estaba tomando todas esas medidas, Mary. Me gusta este sitio. Parece un poco misterioso.
—¿Con quién estás ahora? Espero que tus amigos no tengan nada que ver con esa antipática mujer.
—¡Vaya una idea! —exclamó David—. De ser así no tendría más remedio que tirarme de cabeza…
Penny se echó a reír.
—No te preocupes que no hay nada de eso. Sin embargo, conocemos a esa señora. ¿Por qué no les dices a esos chiquillos que suban?
—¡Mary! ¡Dickie! Subid en seguida y conoceréis a nuestros nuevos amigos.
—¿Es que vivís por aquí vosotros? —quiso saber Jon.
Penny intervino antes de que David contestara.
—Ya recuerdo dónde he visto yo a ese perrito. ¿No le reconoces, Jon? En casa, ¡en el «Dolphin»! Oye… —añadió la chica volviéndose hacia David—. ¿Estáis hospedados en el «Gay Dolphin», por casualidad? ¿No seréis vosotros nuestros primeros huéspedes?
—¡Sí! Paramos allí. Llegamos ayer. Nos gustó mucho el «Dolphin» y tenemos la impresión de que nos vamos a divertir mucho por estos alrededores.
Jon se puso en pie.
—¡Estupendo, chico! Nosotros vivimos allí. El hotel, nuestro nuevo hogar, es propiedad de mi madre. Ésta es Penny, mi prima.
—Morton es nuestro apellido. Papá se propone practicar un poco de golf por aquí. Habríamos preferido ir a Shropshire, donde vivimos durante la guerra, pero no nos fue posible en esta época del año… Por otro lado, esta región es absolutamente nueva para nosotros… ¡Eh! Acercaros… ¡Ven aquí, Mackie!
El perrito fue el primero en alcanzar el grupo, echándose a los pies de David, jadeante. Penny se agachó para acariciarle y Mackie no tardó en tumbarse boca arriba, complacido, con las patitas al aire.
—Una carantoña más y se convertirá en amigo tuyo para toda la vida —dijo Mary—. Quítate de en medio, hermano. Procura no pisarme.
—Hay que continuar trepando —manifestó Dickie con la lengua fuera—, a pesar del frío y la nieve, nuestros dos terribles enemigos…
Mary tendió una mano y Penny le ayudó a subir el último tramo. Dickie continuó batallando esforzadamente para conquistar aquella cumbre en miniatura.
—Nos hallamos en el pico más alto de una montaña, ¿verdad? —preguntó aún, con la imaginación fija en otros lugares muy distantes de allí—. ¿Quiénes son estos chicos?
Cuando David le hubo explicado que Penny y Jon vivían también en el «Dolphin», encontrándose de vacaciones, como ellos, Mary dijo:
—Nos uniremos a Jon y Penny, ¿verdad, hermanos? Precisamente estaba pensando yo que en esta región nos íbamos a aburrir enormemente… No obstante, es posible que también aquí nos ocurran cosas divertidas, igual que en ocasiones en otros sitios.
Jon miraba a los dos hermanos con una expresión de honda curiosidad.
—¿A qué se refieren? —preguntó—. Por lo visto tienen muchas cosas que decir. No han parado de hablar un momento. ¿Cómo lo pasaron en el colegio? Mal, en este aspecto, supongo. Claro que los colegios de niñas son algo distintos de los nuestros. A esa chiquilla le ocurre lo mismo que a Penny, que siempre está hablando, lo cual a mí me resulta bastante pesado… Bueno, ¿qué hay tras esa alusión a las cosas ocurridas en anteriores ocasiones?
—Todo lo que has dicho es verdad —manifestó David—. No hagas caso… Pues sí, allí, en Shropshire, hemos vivido alguna que otra interesante aventura… Ya os hablaremos sobre esto algún día.
—Yo creo que no debieras contar nada, David, puesto que no se encuentran presentes Peter y los otros. Lo nuestro es secreto. Además, parece ser que a tu amigo no le resultamos muy simpáticos, ¿eh?
—En efecto —convino Dickie—. Por supuesto que hablamos mucho. No vamos a estar callados todo el tiempo, ¿verdad?
David se echó a reír.
—Ahora te estás portando como un descarado, Dickie. Será mejor que os calléis los dos. Tenéis que ser más correctos.
—Un momento, David —medió Mary—. ¿Por qué no les explicas a tus amigos algo acerca de nosotros? —la chiquilla dio la espalda a su hermano para continuar diciendo—: Dickie y yo siempre vamos a una. De esta manera nos hemos divertido mucho, teniendo todo género de aventuras. En lo sucesivo no nos negaremos a compartir éstas con vosotros, con la condición de que no lo echéis a perder todo intentando dominarnos…
Jon, sorprendido, se puso muy encarnado, murmurando:
—Esas palabras suenan a ultimátum.
Al muchacho le parecieron los gemelos singularmente seguros de sí mismos. Admiraba su mutua lealtad, la forma en que se habían unido a la hora de enfrentarse con «miss» Ballinger. Penny les contempló atentamente, advirtiendo su obstinado gesto, algo desafiante también, y pensó que a pesar de su infantil charla daban la impresión de contar más años de los que en realidad tenían.
Hubiera sido una estupidez quebrar la naciente amistad con una escaramuza, sobre todo si consideraba que ellos eran huéspedes de la señora Warrender.
—¿Por qué no nos sentamos aquí, al sol, un rato mientras nos comemos unas pastillas de chocolate? —propuso Penny conciliadora—. En la mochila llevo unas cuantas… A menos que tú, David, no prefieras acercarte a Rye para traer un helado.
—Así, pues oíste eso, ¿eh? —inquirió Mary al tiempo que tomaba asiento junto a Jon, acomodando al perro en su regazo—. ¿Te das cuenta, hermana? La gente se dedica siempre a escucharnos sin que nosotros lo sepamos… Muchísimas gracias. ¿No hay una pastilla para Mackie? El chocolate es una golosina para él.
—Al perrito no le fue simpática esa mujer, ¿verdad?
—Cuando Mackie no quiere a una persona es porque ésta es mala. No se equivoca nunca. Bueno… Casi nunca. A la vieja le disgustó que la sorprendiéramos midiendo los muros de esa construcción. No hemos hecho más que llegar y ya me parece husmear cierto misterio por aquí…
—Habladnos de este castillo —solicitó Mary—. ¿Era en estas edificaciones donde en la antigüedad las pálidas damiselas aguardaban bordando el regreso de sus caballeros?
Jon miró a la chiquilla sorprendido una vez más.
—Me gustan estos castillos —prosiguió Mary, imperturbable—. Y he leído cuantos libros han caído en mis manos que trataran de ellos. En ocasiones, incluso, he fingido ser una de aquellas damas que esperaban el retorno de su caballero, partido para la guerra. El bravo soldado llevaba uno de mis guantes en su casco, a modo de distintivo.
—Bebámonos una taza de té —propuso Dickie—. Es lo que más apetece.
—A mí me ocurre lo mismo —declaró Penny.
—Buena idea —dijo David—, pero yo tengo otra mejor aún. Esta mañana descubrí junto a la iglesia un establecimiento de agradable aspecto. Vámonos todos a la población y tomaremos el té allí. ¿Qué tal?
De común acuerdo, emprendieron el camino de regreso a Rye. Al cruzar uno de los estrechos puentes Penny tocó disimuladamente a Jon en un brazo, rezagándose los dos un poco.
—¿Qué opinas de ellos, Jon? Yo creo que debiéramos pedirles ayuda. Tú sabes muy bien que necesitamos contar con algunos aliados.
—Nada tengo que decir de David pero me parece que los gemelos no son capaces de hacer nada a derechas. Quizá, si prescindiéramos de ellos…
—David no accederá seguramente. Y he de decirte que a mi juicio, estás equivocado con Mary y Dickie. Afirman haber sido protagonistas de algunas aventuras. Hazles preguntas durante el té y luego decidiremos lo más conveniente. Si podemos conseguirlo no desaprovechemos la oportunidad de contar con los hermanos Morton. Ya no disponemos de mucho tiempo y yo quiero localizar ese tesoro.
Jon asintió, apretando el paso para unirse a los otros. Penny suspiró. Algunos días le costaba bastante trabajo entender a su primo.
Dickie fue animándose a medida que se acercaban a la población. Cuando avanzaban ya por la empinada calleja que conducía a la iglesia el chiquillo compuso un menú que incluía tostadas, galletas, mermelada de fresas, pasteles y huevos duros…
—Confío en que llevarás dinero suficiente, David —añadió—. Estoy hambriento. Yo suelo salir caro cuando siento un gran vacío en el estómago…
Ocuparon una de las mesas situadas dentro del establecimiento al lado de una ventana. Los clientes que se hallaban ya allí miraron con curiosidad a los gemelos, Mary, sobre todo, no podía pasar inadvertida. Continuaba hablando por los codos.
—¿Pensáis contarnos algo de vuestras aventuras en Shropshire? —inquirió Jon al cabo de unos minutos—. ¿O bien antes de hablar tenéis que pedir permiso a ese muchacho que mencionasteis antes, a Peter?
—Peter no es un muchacho —dijo Dickie con la boca llena.
—Ella es nuestra amiga y una «especialísima» amistad de David —aclaró Mary con un guiño—. Se llama en realidad Petronella. ¡Cómo nos gustaría que se encontrase entre nosotros!, ¿verdad, David?
David daba la sensación de encontrarse un tanto avergonzado.
—Desde luego —respondió—. Y los demás también… Sé que a Peter no le importará que os contemos algunas cosas… Pero, ¿por qué no esperar unos minutos? En cuanto hayamos terminado de comernos esto os pondré al corriente. No haremos caso de Dickie, que siempre es el último en levantarse de la mesa.
Jon y Penny se dijeron, sin ponerse previamente de acuerdo que los relatos que con tal motivo tuvieron ocasión de oír bien habían valido el tormento de la espera. David les refirió como los tres habían conocido a Peter en las tierras altas de Shropshire y la forma en que contribuyeron a destrozar un plan forjado por las fuerzas enemigas para volarlos depósitos que proveían de agua a las ciudades de la región. Los gemelos interrumpieron a su hermano para explicar cómo habían sido encerrados en la casa de una espía alemana, de donde los rescatara David. Uno de los depósitos había sufrido al fin la voladura proyectada, precipitándose el agua que contenía por un angosto valle. A ésta siguió otra narración correspondiente a unas vacaciones de Pascua en que Peter fue a visitar a un viejo y aterrorizador tío suyo que vivía en una solitaria granja de las montañas, desde donde llamó a sus amigos para que le ayudaran a desentrañar un misterio. En el transcurso de esta aventura los gemelos quedaron aprisionados en el interior de una mina y Peter y otro amigo llamado Tom habían realizado un escalofriante viaje en un transbordador aéreo.
—Prácticamente estábamos muertos de hambre —añadió Dickie alcanzando el último bollo.
—A David se le ha olvidado decir que fuimos rescatados por nuestro perrito —advirtió Mary.
—Hay que ver las cosas que nos han ocurrido a nosotros —prosiguió diciendo David—. Pero ésa es la verdad. No sé si aquí viviremos algún episodio interesante. Todavía es pronto… A menos —agregó mirando atentamente a Jon—, que tú sepas de algo que…
Jon consultó con la mirada a Penny, quien hizo un ligero gesto de asentimiento. El muchacho entonces sonrió.
—Efectivamente, sé de algo y creo que vosotros podréis ayudarnos. Tenéis que prometernos, sin embargo, que no vais a decírselo a vuestros familiares, ni a nadie.
David inclinó la cabeza. Mary esbozó una sonrisa. Dickie respondió:
—Os lo juramos.
—Creemos haber dado con la pista de un tesoro oculto por antiguos contrabandistas en un punto de Winchelsea o Rye, quizá dentro del mismo «Dolphin». Nos consta que esa pintora a la que los gemelos han sacado de sus casillas va en busca de aquél también y cuenta con varios cómplices.
Los ojos de David brillaron a causa de la emoción.
—¡Magnifico! —exclamó—. Sigue. Dínoslo todo. Vuelven los viejos tiempos. ¡Dios mío! ¡Si Peter estuviera aquí!
—Ponle un telegrama —indicó Dickie—. No hagas nada hasta que llegue ella. Con los otros miembros hay que proceder igual. ¡Les necesitamos!
—¿Los otros miembros? ¿Qué miembros? —inquirió Penny cuando David hubo pagado la cuenta, poniéndose en pie para irse.
—Nosotros y nuestros amigos estamos encuadrados en una sociedad secreta. A ella se refería Dickie.
—Nos gustaría pertenecer a la misma —dijo Penny impulsivamente—. Sería un motivo de orgullo para mí.
David miró a la muchacha pensativamente, no llegando a responder porque Jon continuó hablando para informarles sobre la relación existente entre «miss» Ballinger, el señor Grandon y la señorita del impermeable blanco.
Subieron por Trader’s Street formando un compacto grupo y hasta los gemelos guardaron silencio y escucharon con toda atención cuando Jon les habló de los mapas encontrados y de los sucesivos intentos de soborno de que le había hecho objeto «miss» Ballinger.
—¿Podéis enseñarnos todas esas cosas? —preguntó David.
—Sí, por supuesto, cuando tengamos una oportunidad, cuando no podamos llamar la atención de nadie… ¡Oído! ¡Acaba de ocurrírseme una idea! Penny y yo tenemos una habitación secreta cuyo techo es el tejado del «Dolphin». Es de nuestra exclusiva propiedad y nadie puede entrar en ella porque yo llevo la llave conmigo. ¿Por qué no reunirnos hoy allí a medianoche? Entonces os mostraré los mapas y los restantes papeles y haremos planes… Pero, ¿y estos chiquillos? Supongo que no podrán venir.
Pronto se dio cuenta Jon de que tal sugerencia había sido un error por su parte. Cuando hubo dado el correspondiente paso atrás y Penny prometió a los gemelos llamarlos a la hora indicada, Mary dijo:
—Dickie y yo no merecemos que nos hagan una cosa así. Ten presente que los dos hemos participado en esas aventuras que habéis oído contar.
Quedó convenido que Jon llamaría a David, que ocupaba la habitación número 5, a las 11.30. Penny se encargaría de despertar a los gemelos, instalados en la 8.
El señor y la señora Morton aparecieron en un extremo de la calle y Jon sólo tuvo tiempo de decir:
—Hay que procurar que nadie se entere de que todos estamos metidos en el mismo asunto. En realidad creo que hemos hecho una tontería al reunirnos aquí. Ha sido una determinación bastante imprudente ya que «Mequetrefe» puede vernos. Ahora vosotros iros con vuestros padres… Os llamaremos a las once y media o antes si observamos que la casa se halla en silencio y todo el mundo se ha ido a la cama. A la hora de la cena no mencionar para nada la cita ni ningún detalle que pudiera hacer incurrir en sospechas al señor Grandon… Hasta luego. Poneros zapatos de suela de goma.
En cuanto sus nuevos amigos se hubieron marchado, Penny comentó:
—Esto ha estado bien, Jon. Me alegro de que hayas decidido que se unan a nosotros. Ahora tengo la absoluta seguridad de que conseguiremos en breve resultados prácticos. ¿No piensas tú lo mismo?
Jon asintió.
—Es posible. Pero no hay que precipitarse. Déjame que lleve la voz cantante en la reunión de esta noche. Vamos. El tiempo está para cambiar. De esto no podemos esperar más que mayores dificultades.
Penny estuvo espabilada hasta poco después de las once. Para ella suponía un terrible esfuerzo mantener los ojos abiertos a aquella hora de la noche. Con el fin de no fracasar en su propósito llegó a sacar la cabeza por la ventana. Por último el reloj señaló las once y media. Penny no se había desnudado. Así, pues, en cuanto las manecillas de aquél se colocaron en la posición esperada cogió la linterna, abrió la puerta suavemente y salió a la escalera. El silencio, en la casa, era completo. Luego apagó la linterna, puesto que la bombilla del corredor se encontraba encendida. Su desplazamiento escaleras abajo y a lo largo de los alfombrados pasillos le puso los nervios en tensión. No obstante, logró encontrar la habitación número 8 sin dificultad. La puerta, por supuesto, no había sido cerrada con llave. Por consiguiente, Penny hizo girar el tirador y penetró en el cuarto.
Los gemelos dormían. Sus ropas se encontraban en unas sillas, al lado de las camas. Daba lástima tener que despertarlos, pero la chica pensó que no tenía más remedio… Cuando Mary y Dickie recordaron cuál era el motivo de su visita se movieron diligentes, poniéndose sus pantalones y jerseys casi sin pronunciar una palabra.
Avanzaron por el iluminado corredor, quedándose paralizados al percibir el leve sonido de una cerilla al ser frotada en algún punto situado debajo de ellos. Los gemelos se arrimaron asustados a la pared y Penny susurró:
—Quietos. No hacer el menor movimiento.
Luego se oyó el crujido de una tabla en la esquina más próxima. Penny pensó: «¡Todo está perdido!». Se preguntó qué explicación iba a dar. A sus espaldas los ojos de los dos hermanos brillaban con la excitación del momento, pero tanto Mary como Dickie siguieron obedientes su indicación. Por un instante la muchacha examinó la posibilidad de abrir la puerta más cercana e introducirse en el cuarto correspondiente, pero antes de tomar la determinación citada, aparecieron ante ellos dos sombras: ¡Jon y David!
Mary dejó oír una risita. Penny susurró:
—¿A dónde vais por aquí? ¡Hay alguien abajo!
—Debo haberme desorientado —murmuró Jon—. Lo siento. Ahora recuerdo… La primera vuelta a la izquierda conduce a tus escaleras, ¿verdad, Penny?
Ésta asintió.
—¡Aprisa! —dijo apremiante—. ¡Daros prisa!
Jon avanzó seguido por David y la chica marchaba detrás, cogiéndose de las manos de los gemelos. Al llegar a la escalera Jon hizo un alto, volviéndose hacia su prima.
—Déjame la linterna, Penny —dijo—. La mía tiene la pila agotada y tenemos que ver bien para abrir la puerta.
Penny obedeció, distinguiendo una sonrisa en el rostro de David cuando el haz luminoso enfocó a aquél. Mary y Dickie subieron nerviosos las escaleras. Ella cerró la puerta de su habitación al pasar ante la misma, diciéndole después a David:
—Supongo que tendrás cerillas. Las necesitaremos para encender la lámpara.
—En la repisa de la chimenea hay unas cuantas —replicó Jon—. David: deja que Penny pase delante. Así podrá sostener la linterna mientras yo introduzco la llave en la cerradura. Ella sabe moverse por aquí.
Penny hizo lo que se le había indicado. Jon registró los bolsillos de su bata… Se oía ahora un peculiar castañeteo que Mary explicó con su habitual diligencia:
—Son los dientes de Dickie. No es que esté asustado. Un poco excitado si acaso. Date prisa, Jon, que podamos entrar cuanto antes.
El haz luminoso se posó sobre la cerradura. Jon dio una vuelta a la llave. Penny retrocedió para que su primo tirara de la puerta hacia ellos y a continuación proyectó el foco por encima de su hombro, dentro de la habitación. Reinaba en ésta una gran oscuridad, puesto que no era noche de luna. Con el fin de que Jon pudiera moverse con cierta soltura, Penny desvió el foco hacia la chimenea, donde se encontraban las cerillas. En el momento en que aquél alcanzaba el zócalo de la pared opuesta percibieron un extraño ¡clic!, tras lo cual la chica lanzó un grito, cayéndosele la linterna al suelo. Por unos minutos sintió tal pánico que las piernas parecieron negarse a sostenerla, viéndose obligada a apoyarse en la pared. Notó que en la oscuridad Jon se había agachado, rebuscando en el suelo la linterna. Una vez incorporado, el muchacho le pasó un brazo por los hombros, oprimiéndola torpemente.
—¿La viste, Jon? —susurró—. Era su rostro… sobre el fondo oscuro del muro… ¿La viste tú también, Jon…? Di, ¿la viste?
El haz luminoso volvió a recorrer el cuarto. Jon sostuvo la linterna, fijando aquél en un muro junto a la chimenea.
—Ahí no hay nada ahora —contestó estremecido—, pero yo también vi ese rostro, Penny. Era el de «miss» Ballinger.