CAPÍTULO VII

MARTES POR LA NOCHE: TRADER’S PASSAGE

—Era el rostro de «miss» Ballinger —repitió Jon en voz baja—. Una faz desprovista de cuerpo… Desde luego, eso no tiene sentido. ¡No puede ser!

—No, Jon, no estamos equivocados…

David, aún en el pequeño descansillo, interrumpió la conversación.

—¿De qué habláis? ¿Vamos a entrar o no? ¿No hay una sola luz aquí?

A espaldas de David oyeron un comentario formulado en tono de queja.

—Además de estar a oscuras hace frío aquí fuera. Y no vemos absolutamente nada porque andáis vosotros por en medio…

Jon dio un paso adelante, iluminando todavía el muro. Tras esto cogió una caja de cerillas de encima de la repisa de la chimenea.

—¡Adentro en seguida! Ahora, David, toma tú la linterna y cierra con llave la puerta. Pronto tendré la lámpara encendida. ¡Penny! Por ahí tiene que haber alguna leña seca. Haz un buen fuego. Yo estoy helado y hemos de ponernos un poco cómodos si es que queremos hablar.

Mientras decía esto Jon encendió la lámpara, que esparció por el cuarto una agradable claridad. Penny comenzó a moverse atareada por los alrededores de la chimenea. Agradecía a su primo que le hubiera encargado aquel trabajo. Los dientes le castañeteaban todavía a consecuencia de la fuerte impresión recibida minutos atrás y no quería que sus amigos advirtieran su nerviosismo. Al volverse poco después se encontró con que los gemelos se habían sentado encima de la mesa y permanecían con las piernas colgando, balanceándolas despreocupadamente. David se hallaba con Jon, de pie frente al sitio en que se había producido la aparición.

—Vais a revelarnos vuestro secreto, ¿verdad? —empezó diciendo Mary.

—Este sitio me gusta —manifestó Dickie—. ¿Os pertenece a los dos?

Jon hizo un gesto afirmativo, pero antes de que pudiera contestar, David le interrumpió, Penny no pudo evitar un pensamiento: el muchacho sabía ciertamente cómo gobernar ciertas cosas.

—No creo que los chiquillos lo vieran —dijo él—. Yo sí. ¡No te preocupes, Penny! Estoy convencido de que fue algo real —miró a los gemelos—. ¿Visteis alguno de los dos un rostro de mujer con grandes gafas en esa pared de ahí cuando el foco de la linterna iluminó la habitación?

Dickie y Mary se miraron significativamente.

—Ya dije antes —declaró aquél— que en el descansillo nos encontrábamos a oscuras…

—Aparte de que vosotros nos tapabais el paso —añadió Mary.

—Y, de todos modos, ¿cómo iba a haber ahí un rostro de mujer? No digas tonterías, David. Yo no veo ningún espejo, ni cuadro. Vamos, estaríais soñando, como de costumbre.

—Sin embargo, hermano, Penny tiene el aspecto de la persona que ha visto algo horrible —opinó Mary—. ¿Es verdad que viste un rostro de mujer, Penny? Si tú lo dices te creeremos, aunque parezca cosa de magia.

La chica, que ya tenía el fuego encendido, se puso en pie. Se sentía mejor ahora.

—Sí —respondió—. Y era el rostro de «miss» Ballinger. Aquella pintora con quien os enfrentasteis vosotros hoy. Lo vi. Igual le ocurrió a Jon. Y a David… Me imagino que será una treta para asustarnos. Quizá se tratara de una máscara.

—No. Era algo real —dijo Jon. Sus ojos parpadearon—. Tiene que haberse escondido en alguna parte de la habitación —susurró David—. Pero aquí no hay otra cosa qué nuestra preciosa caja de cinc, la mesa y las sillas —replicó Penny.

—Si vosotros visteis ese rostro en la pared nosotros teníamos que haberlo visto también —se quejó Dickie.

—Nos perdemos algunas cosas siempre por el egoísmo de los demás —dijo Mary—. Pero voy a comunicaros algo y apuesto lo que queráis a que no ando equivocada…

—No estamos equivocados, hermana —aseguró Dickie—. Los dos hemos pensado en eso. Yo sé que es cierto… ¡Adelante!

—Nosotros creemos que hay un pasadizo secreto detrás de la chimenea y que esa señora «como se llame» intentaba escabullirse por aquél en el instante en que Jon abrió la puerta. Me imagino que pretendía averiguar quiénes éramos cuando el foco de la linterna la sorprendió…

—… y luego ajustó el panel que oculta esa salida, desvaneciéndose como si fuera una bruja —terminó triunfalmente Dickie.

—¡Por supuesto que tenéis razón! —exclamó Jon—. ¿No piensas tú igual, Penny? Eso lo explica todo, ¿verdad?

—Si, Jon. Eso explicaría la entrada en este cuarto de «Mequetrefe» el domingo, cuando nos robó el pergamino.

—Y también la huella de aquel zapato en el polvo. Eres una chica inteligente, Mary. Lo mismo digo de Dickie, desde luego. Nosotros, Penny, nos hemos quedado un poco atrás, por no haber reparado en algo tan evidente. Ahora veamos si entre todos somos capaces de localizar esa puerta secreta. Un segundo. Penny y yo miraremos desde la puerta para ver si ése es el sitio exacto. Sí. Ése es. No hay duda alguna.

—En tal caso —manifestó David—, tiene que haber por este lado algún botón o tirador. De no ser así no se hubiera podido retirar…

—A menos que dejara la puerta abierta —dijo Penny, que había empezado a recorrer con sus dedos los paneles del zócalo.

Los gemelos se arrodillaron para iniciar una inspección semejante más abajo.

—Es extraordinario —dijo Dickie—. Dondequiera que vayamos las aventuras nos salen al paso, ¿verdad, hermana?

—Sí. Pero a mí me gustaría saber qué hay detrás de todo esto. Pensé en el pasadizo secreto por el aspecto general de la casa. Sin embargo, yo lo que quisiera averiguar es el por qué…

—Si no te explicas mejor…

—¿Por qué hacemos todo esto, Dickie? Sería mejor que nos lo contaras todo, Jon. Dinos a qué se debe el interés de esa pintora por penetrar en esta habitación.

Jon, David y Penny seguían buscando febrilmente, tratando de encontrar algún saliente o hendedura que viniese a ser la llave de la puerta secreta. Mientras se hallaban ocupados en tal labor Jon les puso al corriente de la existencia del trozo de pergamino, citando la misteriosa frase, la de los «recipientes de barro»… También dijo que estaba seguro de que «miss» Ballinger no había conseguido descifrarla.

—Hemos de apresurarnos —manifestó David—. De existir ese pasadizo la mujer habrá dispuesto de unos minutos para ponerse a salvo. Quizá no logremos alcanzarla nunca… Una cosa he de deciros, Jon. Habéis sido muy amables al permitirnos participar en esta aventura. Estad tranquilos. No se nos escapará una sola palabra. Queremos ayudaros sin que los mayores se enteren de lo que hacemos. Por estos dos chiquillos no os preocupéis. Os prometo que se pondrán a la altura de las circunstancias…

—¡Y tanto que nos pondremos! —exclamó Mary incorporándose con gesto de triunfo—. ¡Ya lo tengo! Fijaos en mí… Fijaos en nosotros he querido decir.

Los otros vieron cómo la niña apoyaba la yema de un dedo en la hendedura redonda existente en el cruce de dos tableros. Mary se mordió la punta de la lengua, un gesto característico en ella cuando concentraba su atención en algo. Al hacer una fuerte presión en aquel punto se oyó un ahogado ¡clic! y el panel situado al lado de la chimenea giró hacia dentro de la habitación, mostrando la abertura de una negra cavidad. Nada más abrirse azotó sus fauces una ráfaga de aire frío impregnado de humedad.

—Dadnos una linterna —pidió Mary, nerviosa—. Tenemos que alumbrarnos… Ahí hay unos peldaños… ¿Quién nos va a acompañar?

Dickie había trepado tras su hermana. David les obligó a retroceder.

—Tened presente que vosotros no sois aquí los jefes del grupo y que podéis echarlo a perder todo con vuestra incesante charla. Supongamos que hay ahí abajo alguien escuchándoos.

—Pues de ser así, por ahora, creo que sea quien sea esa persona debemos haberla asustado. Lo único que nos proponíamos, David, era colaborar en la forma que tú ya anunciaste.

Jon cerró el panel suavemente, aunque no del todo, haciendo una seña a sus amigos para que se le unieran en el centro de la habitación.

—Decidamos sobre cuál es la medida más conveniente en estos instantes —dijo bajando la voz—. Podríamos irnos a la cama y explorar por la mañana tranquilamente ese pasadizo. Podemos explorarlo ahora, pero si lo hacemos necesitaremos dos linternas más… Luego está la cuestión del calzado. Ese lugar parece muy húmedo. Gracias a Mary… y a Dickie hemos averiguado cómo entraron aquí «Mequetrefe» y «miss» Ballinger. Yo opino que la hora es muy avanzada para que estas dos criaturas anden de un sitio para otro. ¿No os parece más sensato dejar la exploración para mañana, después del desayuno?

—En un aspecto será más sensato y en otro más estúpido —contestó David—. En este instante se nos ofrece la posibilidad, tal vez de poder seguir a esa vieja por haber dejado una pista, ¡por lo que sea!, cosa que quizá mañana no ocurra. Ocupémonos de eso ahora, cuando el último episodio, el de la aparición, es todavía reciente. Será mucho mejor. ¿No estás de acuerdo conmigo, Penny? En cuanto a los gemelos, Jon, eres muy amable al preocuparte por ellos, pero no tienes más que mirar sus caras para convencerte de que has dicho algo que no es muy de su agrado.

—Yo sólo diré que si hacéis lo más mínimo por apartarnos a nosotros de esto comenzaré a dar gritos. No pienso parar hasta que haya obligado a levantarse hasta el último sirviente de la casa —manifestó Mary indignada.

—Yo diré algo más —corroboró Dickie. Si no os acompañamos en la exploración de este pasillo voy a… Bueno, me lo callaré. Ya lo sabréis en el momento preciso. Pero con toda seguridad que lo sentiréis.

Jon parecía hallarse enojado. No acababa de acostumbrarse del todo a aquellas criaturas. Intervino Penny.

—David tiene razón. Exploremos el pasillo ahora. ¡Santo Dios! ¡Qué latidos me da el corazón! Chicos, estoy emocionada. ¿Y tus dientes, Dickie? ¿Han comenzado a castañetear?

—No. Los tengo bien apretados. ¡De rabia!

—Necesitamos otra linterna —dijo Jon—. La pila de ésta se halla casi agotada.

—Nosotros tenemos una —informó Mary—. Lamento que se me haya olvidado. Bajaré por ella.

—Yo te acompañaré —dijo Dickie—. Habrá que apretar el paso.

Jon, que deseaba cambiar su bata por un jersey, bajó con ellos. Durante su ausencia, Penny pegó el oído al panel secreto y David se puso a pasear de un lado para otro del cuarto.

—No oigo nada, pero yo creo, David, que esa idea tuya de llevar a cabo la exploración esta noche es acertada. No hubiera podido pegar un ojo si la dejamos para mañana… Quería decirte otra cosa. Me gustaría oírte contar, cuando hubiera ocasión, más historias relativas a vuestra sociedad… Siempre he deseado pertenecer a alguna. Tal vez pudiéramos fundar la nuestra en Rye. ¿Tú qué piensas de esto?

David sonrió.

—No hay inconveniente en que vosotros os unáis a nuestro grupo… Jon y los gemelos vuelven.

—Queríamos ponernos antifaces —susurró Mary al entrar—, pero Jon se ha opuesto, alegando que si nos ve alguien nos reconocerá de todos modos. —Los dientes de Dickie comenzaron a castañetear—. ¡Ay! ¡Qué lata, hermano!

Jon estaba cerrando con llave la puerta cuando David dijo:

—¿Tú crees que debemos hacer eso? Imagínate que nos deslizamos por el pasadizo y luego no podemos regresar aquí por el mismo camino, por cualquier razón… Mañana nos encontraríamos con la vía normal de acceso obstaculizada.

Jon dio otra vez la vuelta a la llave en sentido inverso.

—Gracias. Sí. Eso es lo más sensato. Bajaré un poco la luz de la lámpara. ¿Quién irá delante?

—Tú —respondió David rápidamente—. Penny te seguirá con la otra linterna. A continuación avanzarán los dos pequeños. Yo iré detrás, vigilando a éstos, también con mi linterna.

Éste parecía ser el mejor plan de acción. Jon abrió el panel, introduciéndose en la abertura. Ante él distinguió unos estrechos peldaños que conducían directamente a la parte posterior de la chimenea. Penny, inmediatamente a sus espaldas, le cogió la mano izquierda. La muchacha tenía los dedos muy fríos. Después David susurró:

—Ya hemos salido todos. ¿Qué hacemos con el panel? Yo me inclino por dejarlo abierto. ¡Oh! ¡Se ha cerrado por sí mismo! ¿Habré tocado algo que haya hecho funcionar un mecanismo? No logro encontrar la hendedura que Mary vio desde dentro. ¿Cómo vamos a poder volver por aquí ahora?

—Quizá no podamos salir jamás de aquí —murmuró la niña—. Es posible que nos quedemos sepultados en este lugar para siempre.

—Ya lo estuvimos en una ocasión —manifestó Dickie—. Lo de la mina fue peor. Esto no es nada. Adelante, Jon. Si nos ponemos en marcha mis dientes dejarán de castañetear.

Jon volvió la cabeza.

—De acuerdo. Cuidado con resbalar. Estas escaleras son tan estrechas como empinadas. «Miss» Ballinger tiene que haber pasado un mal rato por aquí.

Las escaleras en cuestión se orientaban hacia la derecha bruscamente. Jon se detuvo, apagando la linterna. Penny tropezó con su primo y David secundó la iniciativa de aquél apagando igualmente la suya. Los gemelos se quedaron quietos, guardando silencio. Reinaba una oscuridad total.

Jon dijo con voz apenas perceptible:

—Callaros. Oigo a alguien hablar. Pon atención, Penny.

La chica obedeció, pero no acertó a percibir otra cosa que los fuertes latidos de su corazón. Al cabo de unos segundos Jon descendió tres peldaños más, quedándose inmovilizado de nuevo.

—Toca la pared que tienes a la derecha —susurró—. Es de madera. El otro muro es de piedra, pero con la cara interior de aquel material. Me figuro que nos hallamos en la parte opuesta de una habitación de altos zócalos… ¿No oyes voces ahora? —Jon apretó los dedos de Penny con tanta fuerza que ella estuvo a punto de lanzar un grito de dolor.

Otra parada más y esta vez Penny oyó un murmullo.

Dickie declaró de repente:

—Ésa es la voz de papá. Sin ninguna duda. ¿Le oyes, Mary?

—Sí.

—Jon tiene razón. Estamos al otro lado del dormitorio de nuestros padres. ¿No se acaban las escaleras aún, Jon?

—Ahora parece ser que tuercen para descender nuevamente. David: enfoca con tu linterna el piso por si descubrimos alguna huella.

—Podría haberlas en las paredes también —consideró Penny—. En este pasadizo hay mil escondites adecuados para guardar un tesoro.

—Confío en que la Ballinger no habrá encontrado el nuestro —replicó Jon—, pero supongo que no tardaremos en poseer una completa certeza sobre esto. Adelante, Penny. Probemos en el siguiente piso.

Unos peldaños más tras otro cambio de dirección y Jon se detuvo.

Esta vez todos oyeron voces, agrupándose en torno a él al aplicar el chico uno de sus oídos al muro.

—Escuchad —dijo con la reparación entrecortada—. Se trata de «miss» Ballinger y «Mequetrefe». Se encuentran al otro lado de esta pared.

—Le digo a usted que es peligroso —estaba diciendo el señor Grandon—. Ya desconfían y quizás hayan puesto sus descubrimientos en manos de la señora Warrender.

Penny se volvió hacia sus amigos.

—Hemos hecho bien en venir. Me parece que ésta es la habitación de «Mequetrefe». Estoy segura de ello. ¡Escuchad! Ahora habla «miss» Ballinger.

—Imposible perder más tiempo, amigo mío. Y no pienso atender ya a sus endebles excusas. Ahora abrigo la convicción de que esos dos chicos poseen la clave del secreto. No sabemos si ellos se han dado cuenta de que esas dos letras, «nt», constituyen una pista. ¿Dice usted que encontró ese papel tirado en el suelo, dentro del cuarto? Quizá lo tiraron creyendo que no tenía valor, cosa en la que tal vez no anden desencaminados… Hice una prueba con ellos, citando esa fecha del mes de abril, pero no reaccionaron como yo esperaba… —Penny miró a Jon encantada—. Escúcheme, Grandon. Esto no es un pasatiempo. Tiene usted que dar con el mapa, que tengo la seguridad que poseen… Si fracasa en su intento me trasladaré aquí permanentemente. Entonces sobrará usted en este sitio. No tardará en desaparecer… No sea tan escrupuloso respecto a los métodos a adoptar. La nobleza no puede tener un precio tan alto. Entérese de hasta dónde llegan los conocimientos de esa juvenil pareja y obtenga en mapa. Éste nos será extraordinariamente útil. Está por aquí, Grandon, o en las proximidades de la casa. También estoy segura que de haber mostrado alguna iniciativa ya me habría procurado esos papeles. Averigüe si hay alguna posibilidad de sobornar a esos chicos. Yo pienso que todo el mundo, de una manera u otra, puede ser sobornado. He ahí una misión de su incumbencia. He de confiar en usted para esto.

—Es muy fácil hablar así. Ya le he dicho que no me agradan nada esos chicos. Nunca he tratado unas criaturas semejantes. ¡Mire que ponerme a mí a vigilarlos!

Penny advirtió que los dos gemelos se estaban riendo.

—Otra cosa —añadió «Mequetrefe»—. Es una imprudencia que venga usted aquí… Alguien podría reconocerla al volver a su casa. No importa que ese alguien ignorara que había estado usted en este lugar… Y ahora que recuerdo, ¿cómo se desarrolló la proyectada reunión?

«Miss» Ballinger pareció vacilar antes de responder.

—Satisfactoriamente. Algo saqué en consecuencia, pero no me creo la persona adecuada para tratar con ellos. No me gustan los chiquillos. Pero usted, aquí, dentro del hotel, dispone de muchas oportunidades y si no puede encontrar el mapa ni hacerse con los papeles contenidos en aquella caja, habrá de procurarse una llave de la misma y registrarla, tiene que intentar conseguir la necesaria información sonsacando a los chicos. Entretanto, yo proseguiré mis indagaciones por los alrededores… Ahora he de irme. Utilizaré el «Trader’s Passage». Recuerde bien cuanto le he dicho. Y he hablado muy en serio.

Jon se volvió, enfocando con su linterna las escaleras.

—Retroceder —susurró apremiante—. Con la mayor rapidez posible, David. Apartaros de esa esquina. Penny, haz que esos chiquillos se apresuren.

Penny no tuvo otro remedio que proceder de acuerdo con sus indicaciones, ya que al mismo tiempo Jon le puso una mano en la espalda, empujándola. David había comprendido rápidamente, encargándose de Mary. Dickie siguió a ésta. La voz de «miss» Ballinger sonaba más cercana en el instante en que Jon apagó la linterna. Los cabellos de Penny le acariciaban las mejillas al preguntar ella, temblorosa:

—¿Qué vamos a hacer si viene en esta dirección?

—Silencio —susurró el chico—. Fíjate en esa luz. El panel se está abriendo.

Los cinco se aplastaron nerviosamente contra la pared al distinguir una línea de amarillenta luz que se iba ensanchando progresivamente, oscureciéndose de pronto al encuadrar la voluminosa figura de «miss» Ballinger, penetrando en el pasillo situado a los pies de ellos.

Dickie se había introducido un dedo en la boca para evitar que sus dientes castañetearan… Mary parecía una estatua. Más tarde confesaría que se había pasado aquel momento rezando.

—Buenas noches —oyeron decir a «miss» Ballinger—. Dos días dije. La comunicación por el medio de costumbre.

Percibieron entonces el ¡clic! habitual y todo quedó en sombras hasta que la mujer encendió su linterna. Entonces contuvieron el aliento angustiados… Por fin el rumor de sus pasos se fue perdiendo escaleras abajo.

—Ha sido terrible —comentó Dickie—. Nunca he pasado un rato más malo.

Jon se sentó en un peldaño obligando a Penny a hacer lo mismo a su lado.

—Procura reanimarte, Dickie. Si no puedes resistir esto más vale que te hubieras quedado en la cama —dijo David—. ¿Qué vamos a hacer ahora, Jon?

Pero Mary tenía que responder forzosamente a sus anteriores palabras.

—¿Por qué no permitir a Dickie que se expansione? Ha hablado muy bien, a mi juicio. A todos nos habría pasado lo mismo que a él, aproximadamente. Déjalo en paz de una vez. Te metes con nosotros porque somos los más pequeños del grupo. Lo siento, Jon. ¿Qué haremos ahora?

—Me inclino por que nos vayamos a nuestras respectivas habitaciones, donde se está bien calentito. Ya haremos planes mañana. De todas maneras estos chiquillos debieran estar acostados ya.

—No me iré a la cama por nada del mundo —protestó Dickie—. Voy a seguir a esa mujer para enterarme de a dónde conducen estas escaleras. Otra cosa: no me gusta la insistencia de Jon hablando una y otra vez de meternos en nuestros lechos. ¿No te ocurre a ti igual, Mary?

—No se lo reprocho —replicó ésta—. Es que no nos conoce bien todavía.

Penny se puso en pie.

—Aquí sentada se hiela una. Yo opino que Dickie tiene razón. Averigüemos ahora adónde se dirige y cómo ha entrado aquí. Tal vez no se nos presente jamás una oportunidad semejante. ¿Tú qué dices, David?

—Me gustaría seguir a esa mujer. Vamos. Saquemos el máximo partido de la situación. ¡Ponte en cabeza, Jon!

Pasaron ante la puerta del cuarto de Grandon en fila india. Aún bajaron unos peldaños más. A continuación el pasillo se ensanchaba. Jon paseó el foco de la linterna de derecha a izquierda, fijándolo también en lo alto. La pared de un lado era de piedra; la otra era de ladrillo.

—Creo que estamos en estos momentos por debajo del nivel de los sótanos que hay al otro lado del muro que aquí veis —murmuró Jon—. ¿No oléis nada?

—Huelo a aire viciado y a humedad —repuso Mary husmeando.

—Y a quemado —agregó Penny—. Sigamos. ¡Eh, Jon! ¿Qué es eso? Alumbra con la linterna hacia la izquierda ¡Fíjate! Algo cuelga del techo.

Mary ahogó un chillido.

—No podré soportarlo. Lo siento, pero es superior a mis fuerzas. Cerraré los ojos, Penny. Dime qué es.

Jon fijó el foco de la linterna en el techo y hacia él miraron todos en silencio, hasta que Penny dijo:

—Ésas son las raíces del árbol que crece junto al muro del jardín. Desde la ventana de mi habitación se ve perfectamente. Ya sé donde estamos. Puedes abrir los ojos, Mary. Apresurémonos. Sigo oliendo a quemado.

El pasaje tenía una pendiente muy pronunciada. El piso era accidentado. El techo aparecía reforzado con algunas vigas de trecho en trecho. En ciertos sitios brillaba a causa de la humedad.

—Descendemos, indudablemente —observó Jon—. Esto es lo que ardía: la colilla del cigarro de «miss» Ballinger. Todavía está encendida, de manera que no puede llevarnos mucha ventaja.

Todos volvieron a guardar silencio. El aire era ya más fresco. Y soplaba con alguna fuerza.

—Subimos una pequeña cuesta en estos momentos —manifestó Jon—. Una vuelta a la derecha… ¡Mira, Penny! Aquí hay tres peldaños. ¡Dios mío! ¡Ya estoy fuera!

Penny levantó la vista, divisando algo semejante a unas ramas, recortadas contra un firmamento cubierto de estrellas. Luego asomó la mano de su primo, que tiró de ella. Una vez al aire libre comprendieron que habían llegado a un tosco sendero situado a espaldas de unas casuchas de pescadores, levantadas sobre la carretera y el río. Las plumosas ramas de los tamarindos oscilaban suavemente. Una gran luna colgaba sobre Rye, empinado detrás de ellos. La mano de David se posó con firmeza en el hombro de Penny.

—Ahí está lo que andábamos buscando —dijo serenamente el chico, señalando hacia el río.

A la clara luz de la luna vieron la inconfundible figura, de «miss» Ballinger, cruzando el viejo puente de madera. El sonido de sus pasos llegó muy debilitado hasta sus oídos. Luego percibieron el ruido de un motor al ponerse en marcha, desvaneciéndose gradualmente en la distancia.

—Así, pues —comentó Penny—, ése es el camino que ella utiliza… Hemos averiguado muchas cosas esta noche, pero no logramos encontrar el tesoro.

—Te habrás dado cuenta de que ése tenía que ser el pasadizo utilizado por los antiguos contrabandistas para entrar en la ciudad —decía Jon—. Por eso el «Dolphin» aparece marcado en el mapa.

—La entrada al mismo está bien disimulada —opinó David—. Hemos de procurar no dejar por aquí huella de nuestro paso. Ahora será mejor que nos volvamos. ¿Por dónde? ¿Por dentro o por fuera?

—Por dentro, desde luego —contestaron los mellizos.

Antes de echar a andar empujaron las ramas del tamarindo sobre la entrada, avanzando rápidamente por el largo pasillo. Cuando llegaban al final de su viaje se acordaron de que el panel que tenían que hacer funcionar se había cerrado a espaldas de David, quien no fuera entonces capaz de abrirlo nuevamente.

—Fue una torpeza mía —admitió el joven—. Lo imperdonable es que se nos olvidara al subir… Alumbradme, a ver si soy capaz de dar con la hendedura.

Inútil. Las pilas de las linternas comenzaron a dar muestras de agotamiento. Se oyó de nuevo el castañeteo de los dientes de Dickie. Penny estaba preocupada.

—Es posible que el mecanismo no funcione más que operando desde el interior —dijo Jon—. Se me ocurre una idea. ¿Lleva alguno de vosotros una navaja encima?

La contestación fue negativa. Jon se sentó desesperado. Luego una de las linternas se apagó definitivamente.

—Esto no me gusta nada —medió Mary—. Lo mejor es que nos volvamos, salgamos al exterior y llamemos a la puerta principal, ¿no os parece? Ya estamos un poco cansados, ¿verdad, hermano?

—No sé qué decidiréis vosotros, muchachos —contestó Dickie con un bostezo—, pero yo voy a despertar a «Mequetrefe». Tendrá que dejarnos pasar por su habitación. Si se niega le pondré en evidencia… Vámonos. Mary y yo estamos fatigados. David tiene la culpa, por no haber sabido dar con la puerta secreta. ¡Ya veréis cómo el otro no falla!

—No seas tonto, Dickie —repuso David—. Tú sabes perfectamente que no podemos despertar a ese hombre. Entonces se descubriría todo el juego. Todo habría terminado para nosotros. ¡Oh! También esta pila se agota. Apagaré la linterna mientras hablamos.

—Tenemos que hacer algo —señaló Penny—. No podemos permanecer aquí toda la noche…

—Podemos elegir entre tres cosas —manifestó Jon—. Esto es: quedarnos aquí, iniciar el regreso y penetrar en el «Dolphin» sin llamar la atención de nadie o proceder de acuerdo con la sugerencia de Dickie… Será la mejor.

El pequeño volvió a bostezar. A sus compañeros de aventura se les abría también la boca.

—Ese hombre no nos puede hacer nada. Somos varios contra él y sabemos demasiado. Vamos. Queremos acostarnos cuanto antes.

Penny suspiró.

—También yo quisiera meterme en la cama. Vamos a llamar a «Mequetrefe». Yo me encargaré de eso si queréis.

—Conforme —respondió David—. Quizá sea la idea mejor… «Mequetrefe» callará. Y si no procede así, la cosa no resultará peor que si nos plantamos frente a la entrada del hotel llamando a esta hora. Adelante. Que actúe Penny.

La chica se colocó al frente del grupo hasta que llegaron a la habitación ocupada por Grandon. Escucharon atentamente, sin percibir el menor sonido.

—No se oye nada. Ese individuo debe estar durmiendo, a mi juicio. Vamos con él… —Penny dio tres golpecitos en el panel, repitiendo la señal dos veces—. Ahora acabo de oír algo. Ha encendido la luz, sin duda. Poned atención, muchachos… —Penny imitó perfectamente la voz de «miss» Ballinger—: ¡Abra! ¡Es urgente! ¡He perdido mi linterna y no acierto a hacer funcionar el panel! ¿Está usted ahí? Abra rápidamente. No me haga esperar.

Oyeron una sobresaltada exclamación al otro lado del tabique.

—¿Por qué ha regresado usted? Váyase. Es una imprudencia.

Penny hizo una profunda inspiración antes de contestar.

—Haga lo que le he dicho —insistió—. Abra. Dejemos las discusiones a un lado.

—Está bien. Pero le ruego que no se entretenga…

Penny se encontró con que alguien la obligaba a retroceder hacia el fondo en unión de los gemelos, en tanto que Jon y David ocupaban su lugar frente al panel, que se había abierto de pronto. Por un momento se sintieron cegados por la luz. A continuación los dos chicos se precipitaron en el interior de la habitación. Grandon, en pijama, cubierto con una elegante bata, les miró atónito, quedándose con la boca abierta. En el instante en que Penny se volvió para ayudar a los gemelos sus ojos lanzaban destellos de rabia.

—Procure no hacer el menor ruido, señor Grandon. Nos hemos perdido ahí fuera y deseábamos reintegrarnos lo antes posible a nuestras camas. Permítanos utilizar su cuarto para pasar. Lamentamos haberle sacado del lecho.

El hombre tragó saliva, llevándose una mano a la garganta. Penny le observó atentamente, contemplando cómo se le hinchaban las venas de la frente.

—¿Qué queréis decir? —inquirió con ahogada voz—. ¿Cómo habéis llegado hasta aquí? ¿Qué hay ahí fuera? ¿Un pasillo? Supongo que todo esto es una broma para despertarme, para hacer que me enfade. Contestadme en seguida: ¿Hay ahí un pasillo?

Nadie contestó. A Penny llegó a inspirarle lástima incluso el señor Grandon. Jon cruzó el cuarto seguido por David.

«Mequetrefe» se pasó nerviosamente varias veces un dedo por su negro bigotillo.

—Ignoro el significado de esta asombrosa invasión, pero tener la seguridad de que mañana por la mañana la señora Warrender será informada debidamente… Y, ni que decir tiene, el señor y la señora Morton.

Había pronunciado estas últimas palabras tras lanzar una rápida mirada a David y los dos gemelos.

Jon le contestó sin el menor titubeo:

—En su lugar, yo, señor Grandon, callaría. Se lo digo con entera sinceridad. Confío en que me creerá. Es mucho mejor que no diga nada a nadie.

Ahora «Mequetrefe» se encontraba entre ellos y la puerta. Le temblaban los labios.

A Penny no le gustó la mirada que sorprendió en sus ojos, desbordantes de odio.

Dickie se creyó obligado a intervenir.

—Si usted no sabía que ahí existía un pasillo, ¿por qué corrió el panel al llamar nosotros?

—Por supuesto que informaré a vuestros padres por la mañana… Y ahora, ¡fuera! ¡Fuera todos de aquí!

Jon levantó la vista, mirándole con frialdad.

—Se lo repito: Yo, en su lugar, no diría nada, señor Grandon. Sería una imprudencia que procediera como ha indicado. Esta noche hemos permanecido largo rato en ese pasillo y oímos muchas cosas de gran valor para nosotros… Buenas noches, señor Grandon. Y muchas gracias.

—Buenos días diría yo —agregó Penny.

Los gemelos se detuvieron junto a la puerta, dejando pasar a los otros. Luego se volvieron, apuntando con sus lenguas al administrador de la señora Warrender.