Sucia Estrella de Rock

El impulso por el amor, llevado hasta su límite, es el impulso por la muerte.

-Marqués de Sade.

El lugar es Fort Lauderdale, Florida. La fecha es Julio 4 de 1990. El objeto sobre la palma de la mano estirada frente a mí es una tableta de ácido, y dentro de un momento esa tableta borrará todos estos hechos.

Teresa, mi novia, ha tomado ácido antes. Nancy, la sicótica, también lo ha hecho. Yo aún no. La dejo reposar en mi boca hasta que me

molesta, después la trago y regreso a empacar los restos del primer concierto de Marilyn Manson and the Spooky Kids al aire libre, confiando que mi fuerza de voluntad es más fuerte que cualquier cosa que este pequeño cuadro de papel tenga preparada para mí. Andrew y Suzie, la

pareja que me dio la tableta, me sonríen en complicidad. Yo les hago un guiño, sin saber exactamente lo que tratan de comunicarme.

Los minutos pasan y nada sucede. Me recuesto en el piso y me concentro en averiguar si el ácido está trabajando –si mi cuerpo perece

diferente, si mi percepción ha cambiado, si mis pensamientos se tuercen. “¿Ya sientes algo?” llega una voz, respirando enferma y

húmedamente en mi oído. Abro mis ojos para ver la sonrisa masoquista de Nancy a través de su cabello negro.

“No, todavía no,” digo rápidamente, tratando de deshacerme de ella, especialmente porque mi novia anda por ahí.

“Necesito hablar contigo,” ella insiste.

“Bien.”

“Es sólo que comienzo a darme cuenta de algunas cosas. Sobre nosotros. Quiero decir, Teresa es mi amiga y Carl, ya no me importa Carl.

Pero debemos decirles lo que sentimos el uno por el otro. Porque yo te amo. Y se que tú me amas, aunque no lo sepas. No tiene que ser para

siempre. Se como eres con esas cosas. No quiero que esto nos cause problemas con nuestra banda” –nuestra banda- “y con la química que

tenemos en el escenario. Pero podemos intentarlo. Quiero decir, amor....”

En cuanto dice amor esa última vez, su cara aparece iluminada contra el fondo verde, como un anuncio luminoso que anuncia autoengaño. La

palabra amor parece colgar suspendida en el aire por un momento, opacando al resto de la oración. Todo es muy sutil. Pero me doy cuenta de

que estoy a punto de tener un viaje y ya no hay marcha atrás.

“¿Sentiste eso –esa diferencia?” Pregunto confundido.

“Sí, por supuesto,” dice ella con entusiasmo, como si estuviéramos en la misma frecuencia. Y yo de hecho necesito a alguien que esté en la

misma frecuencia que yo porque pienso que estoy a punto de perder la cordura. Pero no quiero que sea ella. Oh, dios, no quiero que sea ella.

Me pongo de pie y comienzo a buscar a Teresa, caminando por la casa ligeramente desorientado. Todos están en las esquinas hablando en

pequeños grupos, cada concentración de gente sonriéndome e invitándome a unirme a ellos. Sigo caminando. La casa parece no tener fin.

Reviso cerca de cien cuartos, sin estar seguro si son el mismo o no, antes de rendirme, teniendo la seguridad de que mi novia la está pasando bien en algún lugar en el que yo no estoy. Regreso al patio. Pero no es el mismo patio. Está oscuro, está vacío y algo parece estar mal. No estoy seguro de cuanto tiempo pasé adentro.

Camino hacia fuera y doy una vuelta. Diseños intrincados, como dibujos a lápiz, aparecen en el aire, tan solo para ser borrados momentos

después. Me concentro en ellos por un momento antes de darme cuenta de que está lloviendo. No importa en realidad. Me siento tan ligero e

incorpóreo que la lluvia parece caer a través de mí, penetrando las capas de luz que mi cuerpo emana. Nancy se acerca a mí y trata de

tocarme y comprender. Ahora definitivamente estoy perdiendo la cordura.

Con Nancy guiándome, llenando el aire con su esencia de flores muertas, camino colina abajo hasta un pequeño arrollo hecho por el hombre.

Por todas partes hay sapos de piel gris, saltando sobre las rocas y sobre el pasto. A cada paso que doy, aplasto a muchos de ellos, haciendo brotar su sangre azul grisáceo. Sus entrañas se pegan en mis zapatos, descoloridas, muertas y amarillentas como cuchillas de pasto

atrapadas bajo los rieles metálicos de la podadora de césped. Me vuelvo loco tratando de no matar estas cosas, quienes tienen hijos y padres que los esperan en casa. Nancy trata de decirme algo y yo trato de fingir que le pongo atención. Pero todo en lo que puedo pensar son los

sapos muertos. Tengo la seguridad de que así es como se siente un mal viaje, porque si este es un buen viaje, entonces Timothy Leary tiene

mucho que explicar.

Me siento en una roca y trato de recobrar la cordura, de decirme que tan sólo es una droga pensando por mí, que el Marilyn Manson verdadero regresará dentro de un momento. ¿O es este el Marilyn Manson verdadero y el otro es tan sólo una representación hueca?

Mi mente gira como la rueda de una máquina tragamonedas alrededor de mi conciencia. Reconozco algunas de las imágenes -las temibles

escaleras de mi viejo cuarto en el sótano, Nancy fingiendo estar muerta dentro de una jaula, las tarjetas de Ms. Price- un sonriente oficial de policía con una gorra de la iglesia bautista, fotografías de una vagina cubierta de sangre, una mujer cubierta de costras atada dolorosamente.

Un montón de chicos desgarrando una bandera americana. De repente la rueda se detiene en una imagen. Se balancea hacia arriba y hacia

abajo en mi mente antes de que pueda distinguirla. Es un rostro, largo e inexpresivo. Su piel es pálida y amarillenta, como si hubiera padecido hepatitis. Sus labios están completamente negros, y alrededor de cada ojo una gruesa figura de color negro, como una runa, ha sido dibujada.

Lentamente, me doy cuenta de que ese rostro es el mío.

Mi rostro yace sobre una mesa cerca de la cama. Me acerco a tocarla y noto que mis brazos están cubiertos con los tatuajes que había estado pensando en hacerme. Mi rostro es papel, está en la portada de una gran e importante revista, y es por eso que el teléfono suena. Descuelgo, y noto que no estoy en ningún lugar que reconozca. Alguien que se identifica como Traci trata de decirme que vio la revista con mi rostro y que eso la excita. Se supone que yo conozco a esta persona, por que se está disculpando por no haberme llamado en mucho tiempo. Quiere

verme actuar esta noche en un gran auditorio sobre el cual nunca he oído. Le digo que me encargaré de eso porque estoy contento de que

quiera venir pero decepcionado de que sea sólo porque vio mi rostro de papel. Entonces me doy la vuelta en la cama que no es mía y me echo

a dormir.

“¡La policía esta aquí!”

Alguien me está gritando, y abro mis ojos. Espero que sea de día y que todo haya acabado, pero aún estoy sentado sobre una roca rodeado

de sapos muertos, Nancy y un tipo gritando que la policía terminó la fiesta. No puedo decidir cual de todas estas cosas es peor.

Siempre he sido paranoico con la policía, porque aún cuando no estoy haciendo nada ilegal siempre estoy pensando en hacer algo ilegal. Así

que siempre que estoy cerca de un oficial, me pongo incómodo y nervioso, preocupado de que diré algo malo o de que me veré tan culpable

que me arrestarán de todas formas. El estar completamente fuera de mí a causa de las drogas no ayuda a mejorar la situación.

Comenzamos a correr. La lluvia ha parado y todo está húmedo y suave bajo mis pies, así que siento que me hundo en el piso en vez de correr.

Con gran ayuda del ácido, la situación crece a proporciones enormes dentro de mi mente, y siento que estoy corriendo por mi vida. Todo mi

futuro depende de no ser capturado. Llegamos y nos paramos en seco frente a un Chevrolet cubierto totalmente de sangre fresca. Ya estoy

demasiado profundo.

“¿Qué diablos está pasando?” Le pregunto a todos a mi alrededor. “¿Qué es esto? ¿Qué pasa? ¡Alguien!”

Nancy me agarra, y yo la empujo y busco a Teresa. Ella me introduce en su auto –oscuro, con olor a fábrica y claustrofóbico- y trata de

acariciarme, diciéndome que el otro auto sólo está pintado de rojo, y que se ve como sangre por la lluvia. Pero yo estoy completamente

paranoico: sapos muertos, policías, un auto sangrante. Veo la relación. Todos están en mi contra. Puedo oírme gritar, pero no sé lo que estoy diciendo. Trato de salir del auto. Doy un puñetazo al parabrisas, atravesando con mi puño el vidrio supuestamente a prueba de rupturas. Las cuarteaduras en el vidrio forman una telaraña alrededor de mi mano, y mis nudillos sangrantes parecen una fila de alcantarillas abiertas

emanando suciedad.

Entonces nos sentamos, y Teresa susurra cosas en mi oído y me dice que ella sabe lo que estoy sintiendo. Le creo, y pienso que ella también cree lo que está diciendo. Ambos entramos en ese estado inducido por el ácido en el cual no tenemos que hablar más para saber lo que el otro está pensando, y comienzo a calmarme.

Regresamos a la fiesta. Aún hay gente ahí, aunque hay menos, y no hay ninguna evidencia de que la policía hay estado ahí. Justo cuando

estoy comenzando a cruzar la frontera entre una mala experiencia con drogas a una tolerable, alguien, sin darse cuenta de que estoy a la

mitad de un viaje, trata de lanzarme a la alberca como una broma. No se necesita ser un maestro de matemáticas para saber que ácido más

alberca es igual a una muerte segura. Así que entro en pánico y comienzo a agitarme. Pronto estamos enfrascados en una pelea a puñetazos,

y trato de destrozarlo como si fuera una muñeca. Lo golpeo en la cara con mis nudillos sin piel y ni siquiera siento el dolor.

Cuando se aleja, me doy cuenta de que todos me están mirando cono la boca abierta. “Escuchen, mejor vamos a mi casa,” le digo a la gente

que me rodea. Nos acomodamos dentro del auto, somos yo, mi novia, Nancy y su novio, los cuatro ingredientes necesarios en una receta de

miseria personal. Una vez en la casa de campo de mis padres, nos dirigimos hacia mi cuarto, donde encontramos a Stephen, mi tecladista sin

teclado, yaciendo en mi cama como gasolina en espera de un cerillo. Trata de interesarnos en el video que está viendo, Slaughterhouse FIve, precisamente el tipo de película extraña en la cual no quieres pensar cuando estás bajo el efecto del ácido.

Carl es instantáneamente absorbido por la película, y el brillo de la televisión juega sobre su quijada babeante. Sin decir una palabra, Nancy se pone de pie rápidamente –fastidiosamente- y se va al baño. Yo estoy sentado en la cama con mi novia, mi mente flashea en la misma forma

en que la televisión parpadea sobre Carl. Stephen balbucea sobre como fueron hechos los efectos especiales. Desde el baño, oigo un sonido

convulsivo de rasguños, como las garras de cientos de ratas rascando en la bañera. En un extraño momento de lucidez, me doy cuenta de que

el sonido es el de un lápiz escribiendo furiosamente sobre papel. El sonido se hace más y más fuerte, ahogando a la televisión, a Stephen y a todo lo demás que hay en el cuarto, y se que Nancy está escribiendo algo que me va a hacer completamente miserable y que va a arruinar mi

vida. Mientras más fuerte se hace el sonido, más locas y extrañas me imagino las palabras que escribe.

Nancy emerge del baño y me da la nota. Nadie mas parece darse cuenta. Esto es entre nosotros. Miro hacia la televisión para reunir mi fuerza.

La veo con tanta fuerza que ya ni siquiera me puedo concentrar en la película. De hecho, ni siquiera se ve como una televisión. Parece una luz estroboscópica. Vuelvo la vista para ver a Nancy. Pero ya no veo a Nancy. Veo a una hermosa mujer de cabello largo y rubio y con una

playera de Alien Sex Fiend escondiendo sus curvas. Debe ser la mujer del teléfono....Traci.

En lugar de los rasguños del lápiz, escucho a David Bowie: “I. I will be king. And you. You will be queen.”

Tengo los dedos de Traci en una mano y una botella de Jack Daniel"s en la otra. Estamos de pie en un balcón en una fiesta, la cual parece ser en mi honor. “No sabia que eras así,” ronronea, disculpándose por algo en el pasado que yo desconozco. “Creí que eras diferente.”

Hay luces y flashes, Bowie está cantando, “We could be heros just for one day,” y todos nos sonríen aduladoramente. Ella parece ser tan

famosa como aparentemente soy yo.

“Yo solía masturbarme viendo a esa perra,” un roadie –¿mío?- me dice riendo.

“¿Quién?,” pregunto.

“Esa.”

“¿Quién es esa?”

“Traci Lords, bastardo con suerte.”

En el piso debajo de nosotros hay un hombre alto y jorobado de largo cabello negro y el rostro pintado de blanco. Está usando botas de

plataforma, medias de red rotas, pantaloncillos de cuero y una playera negra hecha pedazos. Se ve igual que yo, o como una parodia de mí.

Me pregunto si él es yo.

Una chica gorda con la mitad de la cara cubierta de aretes y la otra mitad pintada con lápiz labial se da cuenta de que observo al hombre alto.

Sube por las escaleras, empuja a un guardaespaldas -¿mío?- y, al mismo tiempo que su cara parpadea grotescamente, me dice, “¿Quieres

saber quien es ese tipo? Nadie sabe su nombre. No tiene hogar. Gana dinero prostituyéndose, y después lo gasta todo tratando de parecerse

a ti. Siempre viene aquí y baila con tus discos.”

Escucho la música de nuevo. El DJ ha puesto Sweet Dreams de Eurythmics. Pero suena más lenta, más oscura, más ruda. Y la voz que canta

es la mía. Necesito escapar de esta escena irreal, de toda esta gente que me trata como si yo fuera una estrella de la cual pueden obtener un poco de brillo. Traci toma mi mano y me lleva hacia fuera, moviéndonos como mercurio a través de las adulantes ruinas. Caminamos detrás de

una cortina blanca y entramos a un cuarto privado lleno de sándwiches intactos y nos sentamos. Hay algo en mi mano.... un pedazo de papel.

Trato de concentrarme en las gruesas y borrosas líneas. “Amado Brian,” comienza. “Quiero echar a mi novio, y quiero que tu te mudes

conmigo. Dijiste que no estabas feliz con la forma en que iban las cosas con Teresa” –diablos, es de Nancy- “Yo te haré tan feliz. Sé que

puedo. Nadie te cuidará como yo lo haré. Nadie te cogerá como yo lo haré. Tengo tantas cosas que darte.”

La dejo. No puedo lidiar con eso ahora, no mientras estoy en este viaje. ¿Alguna vez terminará este viaje? Nancy está de pie en la puerta del baño mirándome, su vientre desnudo ligeramente inflamado bajo su ajustada camisa marinera. Su pulgar está metido dentro de la cintura de

su pantalón y se está mordiendo el labio inferior. No se ve sexy. Se ve extraña y fuera de lugar, como una fotografía de Joel-Peter Witkin. Me pongo de pie y camino hacia ella. Teresa y Carl están sentados en mi cama viendo la película, completamente ajenos a nosotros y a la extraña charla de Stephen.

La brisa entra fresca y lógica a través de la ventana de mi baño, la cual está pintada de negro. Aunque las luces en mi cabeza aún parpadean.

Busco a tientas el borde de porcelana de la bañera y me siento, tratando de aquietar mi cabeza y de recordar lo que iba a decirle a Nancy.

Puedo escuchar la música ahora, demasiado grande y ruidosa para mi baño. Siento que me voy a desmayar y lucho por evitarlo.

La música se hace más ruidosa dentro de mi cabeza. “This is not my beautiful house! This is not my beautiful wife!”

La música ya no sólo está dentro de mi cabeza. Son los Talking Heads, Once in a Lifetime, y está completamente sobre mí, vibrando contra mi espalda. Estoy tendido en el piso, parpadeando y tratando de estar conciente.

“And you may ask yourself, „Well, how did I get here?"”

Ella –Traci- se inclina sobre mí, jalando mi playera sobre laceraciones que no sabía que tenía. Su otra mano trabaja en los botones de mi

pantalón. Su boca es cálida y dulce, y puedo saborear cigarrillos y Jack Daniel"s. Comienza a hacer cosas con esa boca y con esas pequeñas

manos y uñas color rojo que millones de hombres han visto en videos por años –películas en las cuales nunca estuve interesado, a pesar de

mi fascinación por su vida. Me baja los pantalones y, con los brazos perfectamente cruzados, se quita la blusa. Se levanta la falda, no para quitársela sino para mostrarme que no lleva ropa interior. Estoy petrificado. No se ve sucia, como si estuviera interpretando un papel en una película porno, aunque me está dando sexo oral. Es delicada, protectora y angelical, una pluma suspendida en el aire sobre un infierno de

degradación y carnalidad. Estoy borracho, y por ese medio segundo, también estoy enamorado. A través de la delgada cortina que separa

nuestro nudo de lengua, uñas y carne del resto del club, puedo ver la silueta del guardaespaldas contra la luz estroboscópica, cuidando la

entrada como San Pedro.

“Once in a lifetime...”

Ahora la estoy penetrando, y ella grita. La jalo del cabello, pero en lugar de largos mechones amarillos, agarro algo corto, enredado y rígido que se deshace en mi mano. Mis brazos están libres de tatuajes, y los gemidos, ahogados por mi mano, reverberan entre el silencio. Mierda,

estoy cogiendo a Nancy. ¿Qué estoy haciendo? Este no es la clase de error del cual te puedes librar. Coger a una sicótica es igual que

matarla. Hay consecuencias, repercusiones, precios que pagar. En flashasos, veo el rostro de Nancy mirándome sentada en la bañera, sus

piernas abriendo y apretando, espumando como las fauces de un perro rabioso. Con cada flash, su cara se vuelve más y más distorsionada,

más retorcida, más inhumana, más.... demoníaca. Esa es la palabra correcta. Mi cuerpo sigue moviéndose, cogiéndola con fuerza, pero mi

mente me grita que me detenga.

Es el fin. Estoy acabado. Estoy cogiendo al diablo. He vendido mi alma.

círculo siete: Los Violentos – Contra Dios

“And you may ask yourself, „Where does that highway go?"”

Alguien muerde el cartílago de mi oreja. Creo que es Traci, porque me gusta. Me toma por el cuello de la camisa y jala mi cabeza hacia la de ella. Su aliento, cálido y húmedo en mi oído, susurra: “Quiero que te vengas dentro de mí.”

La música para, los flashes paran y me vengo dentro de Nancy como un ramo de lirios blancos explotando dentro de una fosa fúnebre. Su

rostro está muerto e inexpresivo. Sus ojos son como focos fundidos. ¿Es de ahí de donde venían los flashes?

“And you may ask yourself, „Am I right? Am I wrong?" And you may tell yourself, „My God! What have I done?"”

Para Toda la Gente que No Murió

Maldodor fue virtuoso durante sus primeros años, virtuoso y feliz. Después se dio cuenta de que había nacido con maldad.

¡Extraña fatalidad! Escondió su carácter lo mejor que pudo por muchos años; pero al final, como tal concentración era

inusual para él, todos los días la sangre se le subía a la cabeza hasta que la tensión alcanzó un punto en que ya no pudo

soportar vivir esa vida y se rindió a una carrera de maldad... ¡Que dulce atmósfera! Quien se habría dado cuenta de que

cuando abrazaba a un niño pequeño de mejillas rosadas deseaba cortar esas mejillas con una navaja, y de que lo había

hecho muchas veces de no haber sido contenido por el pensamiento de la justicia con su larga procesión fúnebre de castigos.

-Conde de Lautréamont, Maldodor

Por varias semanas después del viaje, estuve deprimido y aterrorizado, fui acechado y exitosamente atrapado por Nancy. La dejé tomar

decisiones creativas para la banda y, aún peor, teníamos sexo todo el tiempo a espaldas de Teresa. El sexo era bueno, pero yo no lo quería.

De alguna forma, en cualquier dirección que volteara, ella estaba ahí. Y cada vez que estaba ahí, quería desnudarse. Estaba completamente

poseído. Ella me hacía hacer cosas que sabía que no debía hacer, como tomar ácido de nuevo. Esta vez fue antes de un show.

Recibí una llamada de Bob Slade, un DJ punk-rock de Miami que tenía un corte de hongo al estilo de los Monkees. No teníamos manager en

ese entonces, por lo tanto yo hacía un desorden con nuestros negocios.

“Mira,” dijo con su nasal voz radiofónica. “Los necesitamos para que abran para Nine Inch Nails en el Club Nu.” El Club Nu era un bar de Miami el cual todos odiábamos.

Aunque sólo teníamos siete canciones, Brad aún estaba aprendiendo a tocar el bajo y Stephen aún no se había comprado su teclado, acepté.

Era una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar tan sólo porque apestábamos. Antes del show, Nancy me dio una tableta de ácido.

Como si el cuatro de Julio sólo hubiera sido un mal sueño que no tuvo nada que ver con drogas, la puse debajo de mi lengua sin pensarlo dos veces –hasta después.

En el escenario, usé un vestido corto color naranja y arrastré a Nancy con su correa usual. Por alguna razón, no perdí la cordura con al ácido: Nancy sí lo hizo. Lloró y gritó durante todo el show, rogándome que la golpeara más y más fuerte, hasta que le salieron ampollas en su

anémica y pálida espalda. Yo estaba asustado por lo que me vi hacer, pero también emocionado, principalmente porque la multitud parecía

disfrutar mucho nuestro drama sicodélico sadomasoquista.

Después del show, el cual no creo que Trent Reznor haya visto, me lo encontré detrás del escenario.

“¿Me recuerdas?” Pregunté, tratando de fingir que no estaba drogado, aunque mis ojos ultradilatados probablemente me delataron. “Yo te

entrevisté para 25th Parallel.”

Él educadamente fingió recordarme, y yo le di una cinta y me fui rápidamente antes de poder decir algo demasiado estúpido. Fuera de mí a

cause de las drogas y aún bajo el hechizo de Nancy, me tambaleé hasta el área de descanso –lo más probable es que fuera el vestidor de

Nine Inch Nails- donde la encontré esperándome. Tuvimos sexo, y vi al diablo en sus ojos de nuevo. Pero no tenía miedo. Ya nos conocíamos

bastante bien para ese entonces.

Cuando terminamos bajamos nuestros vestidos y fuimos hacia el pasillo, donde nos encontramos al novio de Nancy, Carl, y a mi novia Teresa.

Era un extraño momento de reconocimiento que pareció congelado en el tiempo. Los miramos y nos parecieron culpables. Ellos nos miraron y

les parecimos culpables. Nadie dijo nada. Todos sabíamos, o creíamos que sabíamos.

De todos modos algo sobre Teresa había estado molestándome. Desde el comienzo de nuestra relación, hubo un elemento de misterio, como

si tuviera un esqueleto encerrado en el oscuro armario de su mente. Vivía en una pequeña casa con su madre, quien dormía en un sofá en la

sala, y su hermano, era una contradicción andante. Era un camionero borracho y racista a quien le gustaba el hip-hop. Teóricamente, esto

significaba que debía darse una paliza el mismo.

Nunca fue muy divertido dormir en casa de Teresa, porque su hermano solía ponerse violento y hacer hoyos en la puerta a puñetazos, y su

perro tenía pulgas así que me pasaba la mitad de la noche rascándome. Aunque habría sido mejor para ambos si tan sólo hubiéramos

terminado, yo era demasiado inseguro y estaba demasiado asustado de pararme por mí mismo sin usarla como muleta. No se trataba de sexo,

se trataba de apoyo –ella pagaba por todo, me daba consejos, me trataba como un niño y toleraba mi abuso mental. Ella era dulce, simple y

maternal, que era lo que yo estaba buscando después de mi experiencia con Rachelle, quien era fría, hermosa y manipuladora.

Pero cuando visité a Teresa en su casa el día de las madres, sus ojos, los cuales usualmente estaban rodeados de oscuridad, se veían más

negros y más nublados de lo usual. Le pregunté que andaba mal, y, después de intentar de evitar la pregunta, admitió que había quedado

embarazada en preparatoria, que había tenido al niño y después lo había dado en adopción. Después de que me dijo esto, comencé a verla de

forma diferente, notando las marcas que tenía en sus caderas y la forma maternal en que trataba a todo mundo. Sentía que estaba cogiendo a

mi propia madre cuando me acostaba con ella. Aunque yo la estaba engañando con Nancy, no pude evitar ser hipócrita y sentir rencor por la

forma en que, como cada mujer que había salido hasta ese momento –desde la pretenciosa Asia hasta la infiel Rachelle- Teresa me había

mentido y me había traicionado. Hasta el día de hoy tengo el complejo de que cada mujer que conozco tiene un hijo o va a tratar de tener un hijo conmigo. Usualmente tengo razón.

También comencé a notar que Teresa y Nancy estaban conectadas por algún tipo de balance que mantenía su peso colectivo en equilibrio.

Mientras Teresa engordaba, Nancy se volvía más delgada. Una de las razones por las que caí bajo la influencia del hechizo de Nancy fue que

ella vio los agujeros que se formaban en mi armadura y se metió por ahí como el óxido corrosivo que era.

Cuando desapareció el efecto del ácido esa mañana después del show de Nine Inch Nails, también terminó el efecto del hechizo de Nancy.

Fue como si hubiera estado en un largo viaje desde el cuatro de Julio. Me fui a la cama molesto y confundido, tratando de averiguar que había estado mal conmigo los meses anteriores. Me llamó esa tarde –justo después de que había despertado con el coro de la peor canción que

escribiría, „She"s not my girlfriend/ I"m not who you think I am,” en mi cabeza- y me dio su habitual discurso sobre echar a Carl y mudarme con ella. Pero esta vez no lo creí.

“No, de ninguna manera,” exploté. “Sabes que son pendejadas. En primer lugar, todo esto de la banda no va a funcionar. Te quiero fuera.”

“Pero es mi banda también,” ella insistió.

“No, es mi banda. Nunca fue tu banda. Ni siquiera estás en la banda. Eres un extra, un mueble, y aprecio lo que has hecho por nosotros en el escenario, pero es hora de que avancemos.”

“¿Peor que hay de nosotros? Digo, nosotros aún....”

“No, eso también terminó. Cualquier cosa que hayamos tenido, todo fue un error y quiero que termine ahora mismo. Teresa aún es mi novia.

Lo siento si sueno como un patán, sólo trato de ser terminante con esto.”

Ahí fue cuando se volvió loca, peor que cuando estaba drogada la noche anterior. Gritó y lloró hasta quedarse ronca, amenazándome con todo

lo que tenía. La conversación terminó conmigo tratando de convencerla de que no le dijera a Teresa o a Carl sobre nosotros. Ella accedió.

Pero horas después, Teresa llamó.

“Escucha esto,” dijo, poniendo el teléfono junto a su máquina contestadora. Había un mensaje de Nancy, pero gritaba tan frenéticamente que

era difícil entender todo lo que decía. Decía algo como: “Maldita perra.... que diablos.... te lo dije.... nunca.... voy matarte.... si te veo.... coja....

voy a regar.... tu horrible.... sangre sobre las paredes (clic).”

En ese momento el infierno se desató. Nancy llamó a los clubs y canceló los shows de Marilyn Manson and the Spooky Kids; iba a nuestros

conciertos, amenazaba a la gente del público, y hasta se subió al escenario y atacó a la chica que la remplazó, Missi. Llamó a cada persona que me conocía y les decía la clase de idiota que yo era, y comenzó a dejarme mensajes obscenos y paquetes. Una mañana encontré un

collar que le había prestado yaciendo frente a mi puerta. Pero había sido cortado en pedacitos, cubierto con algo que parecía sangre y sellado ritualmente en un jarrón estilo masón con algún tipo de cabello. Era el tipo de maldición que el hermano de John Crowell habría hecho.

Nunca nadie en mi vida me había hecho enojar tan violentamente. Arruinaba mi vida cuando nos acostábamos juntos, y ahora que ya no lo

hacíamos, la estaba destruyendo aún más. Cada vez que llegaba a casa había una nueva amenaza de muerte esperándome. Yo ya tenía

muchos sentimientos fuertes por Nancy: repugnancia, miedo, deseo, fastidio, exasperación y el conocimiento de que cualquier chica que guste de mí debe estar loca. Pero ahora todo eso había sido suprimido por profundo, oscuro y amargo odio, el cual palpitaba ardientemente por mis venas cada vez que mencionaban su nombre. Finalmente la llamé y se lo dije claramente: “No sólo no te quiero más en la banda, si no te

largas del pueblo voy a hacer que te maten.” No estaba exagerando. Estaba furioso, no tenía nada que perder y estaba tan envuelto

emocionalmente en la situación que perdí la perspectiva. No era sólo Nancy la que era como John Crowell, era yo, porque estaba perdiendo mi propia identidad en el odio por la gente que yo creía intentaba destruirla.

Mi respeto por la vida humana se había marchitado hacía tiempo. Había notado esto algunas semanas antes cuando iba saliendo del Reunion

Room y presencié un choque de frente mientras cruzaba la calle. Un hombre de mediana edad salió tambaleándose de un auto, un Chevrolet

Celebrity azul, con su mano sobre la frente gritando por ayuda. Dio tumbos por la calle, desorientado y en shock. Y después soltó su frente. El trozo de piel que cubría la parte superior de su cabeza cayó sobre su rostro, y se colapsó en un charco creciente de su propia sangre,

temblando y convulsionándose mientras la muerte se acercaba y finalmente lo puso quieto. Cuando crucé al otro lado de la calle, donde el otro auto se había estrellado, había una mujer cuyo cráneo había sido partido en dos. Claramente sentía dolor, pero estaba calmada y lúcida, como si hubiera aceptado el hecho de que su mundo estaba a punto de terminar. Cuando pasé a su lado, volvió su cabeza hacia mí y me imploró

que la abrazara. “Por favor, alguien abráceme, “ suplicó temblando. “¿Dónde estoy? No le digan a mi hermana.... Alguien por favor abráceme.”

Pude ver la desesperación y la humanidad en sus ojos cafés. Tan sólo quería un poco de contacto físico mientras moría. Pero yo seguí

caminando. Yo no era parte de eso y no quería ser parte de eso. Me sentí desconectado, como si estuviera viendo una película. Sabía que

estaba siendo un idiota, pero me pregunté, ¿se habría ella – o cualquier otro- detenido por mí? ¿O habrían estado demasiado preocupados por ellos mismos –preocupados por que sangrara sobre sus ropas, que los hiciera llegar tarde a una cita o que los infectara de SIDA, hepatitis o algo peor?

Con Nancy, aunque no creyera que fuera correcto tomar una vida humana, tampoco creía que fuera correcto negarme la oportunidad de

causar la muerte de alguien, especialmente alguien cuya existencia significaba tan poco para el mundo y para ella misma. En ese entonces, el tomar la vida de alguien parecía como una experiencia educativa necesaria, como el perder tu virginidad o el tener un hijo. Empecé a pensar en diferentes formas en que podría llevar a cabo mi amenaza con el menor riesgo posible para mí. ¿Habría alguien tan desesperado que la

matara por cincuenta dólares? ¿O podría hacerlo yo mismo, tal vez empujándola a un lago y fingir que había sido un accidente? ¿Tal vez

podría meterme en su departamento y envenenar su comida? Esta era la primera vez que consideraba el asesinato seriamente. No estaba

seguro de que hacer. Así que llamé a la única persona que conocía que sabía que era un experto: Stephen, nuestro tecladista, a quien para

ese entonces habíamos comenzado a llamar Pogo, ya que ni Madonna ni Gacy parecían encajar con su personalidad, y Pogo era el nombre

de payaso de John Wayne Gacy.

Le pregunté a Pogo todo lo que había que saber sobre el asesinato y la disposición de los cadáveres. Yo no iba a aceptar ninguna otra

alternativa. Ella tenía que morir. En mi mente, la convertí en un símbolo, una representación de todas las personas que habían tratado de

poseerme o controlar mi vida, ya fuera a través del sexo o del cristianismo, y yo quería venganza –compensación- para el chico que habían

torcido y destruido. Pogo y yo nos enfrascamos en esta tarea meticulosamente. Planeamos el asesinato perfecto, no sólo sin evidencia de que estábamos involucrados sino también sin evidencia de que hubiera existido un asesinato. La seguimos, vigilamos su casa y descubrimos su

rutina antes de llegar a la solución: incendio.

La noche de ese Martes, Pogo y yo nos vestimos completamente de negro (lo cual no era muy diferente de cómo usualmente nos vestíamos);

llenamos una mochila con keroseno, cerillos y trapos; y bebimos algo de valor en Squeeze. Antes de salir del club, telefoneé a Nancy para

asegurarme de que estuviera en casa. Tan pronto como contestó, colgué. Estábamos en camino.

Ella vivía en un área del pueblo llamada New River, debajo de un puente que albergaba a la mayor parte de la población indigente de Fort

Lauderdale. Cuando Pogo y yo nos acercamos a su casa, un negro indigente nos persiguió. “¿Hey, que es esto? ¿Halloween?” grito al

acercársenos, su fétido aliento señaló su llegada. Llevaba un gran anillo dorado sobre sus nudillos que decía su nombre, Hollywood., y nos

hablaba de las drogas que vendía. El hecho de que se parecía a Frog, el chico que me golpeó en la pista de patinaje, tan sólo sirvió para

aumentar el odio que sentía en ese momento y se sumó a mi determinación de matar a esta chica.

Pero Hollywood continuó siguiéndonos, todo el camino hasta la puerta de Nancy. Pogo y yo nos miramos el uno al otro. No habíamos

anticipado la presencia de testigos en esta colonia desierta. La mirada que nos dimos el uno al otro era un signo de interrogación: ¿Lo

matamos también? ¿O abandonamos el plan por esta noche?

Decidimos dar la vuelta a la manzana y fingir que el edificio de Nancy no era nuestro destino. Pero él continuaba siguiéndonos y tratando de hacernos comprar crack. De haber sabido, habría aceptado su oferta.

Cuando nos cercamos a la casa de Nancy por segunda vez, oímos sirenas. Dos carros de bomberos pasaron, seguidos de una patrulla y una

ambulancia. Estábamos tan involucrados que huimos en dirección contraria, dejando a Hollywood, Nancy y New River vivos e intactos.

Siempre me pregunto si Hollywood era algún tipo de mensajero, un portento de las cosas mejores que vendrían. Porque después de esa

noche, me volví demasiado paranoico para matar a Nancy, demasiado asustado de ser atrapado y enviado a prisión. Me di cuenta de que le

había hablado a demasiada gente acerca de mi odio por ella, y que aún el mejor plan que Pogo y yo pudiéramos trazar no era lo

suficientemente bueno para protegernos de eventos fortuitos como el que pasara alguna patrulla. Así que me dispuse a dañar a Nancy en una

forma que no pudiera ser involucrado directamente. En cada momento del día visualizaba su destrucción, su miseria, su desaparición de Fort

Lauderdale y de mi vida. Caminé por las calles envuelto en una nube de odio. Para hacer una maldición, Satanás y el Necronomicón no eran

necesarios; el poder estaba dentro de mí. y la tarde siguiente, después de decirle a Carl (el único amigo que le quedaba) que ella iba a

terminar con él, Nancy desapareció.

En lugar de desquitarse conmigo, Carl comenzó a imitarme. Tal vez esa era su forma de negar el que yo había dormido con su novia. Teresa

me perdonó estúpidamente porque sabía lo loca que estaba Nancy. Habría sido un final feliz, pero comencé a sentirme incomodo porque Carl

y Teresa pasaban mucho tiempo juntos.

Una tarde le mostré a Teresa la portada de un demo que yo había diseñado con un árbol retorcido que parecía sacado del The Wizard of Oz.

Días después, un anuncio de un concierto que Carl dibujó para otra banda apareció pegado por toda la ciudad con exactamente el mismo

árbol.

Estaba furioso con Teresa por haberle dado mi idea a Carl (agravado por el hecho de que en general estaba aburrido de ella), y asqueado por la conducta aduladora de Carl. Me aseguré de que ambos estuvieran en nuestro próximo concierto y tocamos una canción sobre Carl,

Thingmaker, un largo discurso sobre como yo estaba harto de que me robara. Pero el robo no terminó ahí, porque él y teresa pronto

comenzaron a salir juntos, una abominación que continúa hasta el día de hoy. Frustrado y traicionado en mi cumpleaños veintiuno, fui a

hacerme mis primeros tatuajes –una cabeza de chivo en un brazo y, en el otro, el mismo árbol que él me había robado, fue mi forma de

registrarlo.

Aunque había oído rumores acerca de Nancy, no la volví a ver hasta cuatro años después en Squeeze. Al principio, pensé hacer la paz con

ella. Estaba sola, y cada vez que pasaba junto a mí, lanzaba su cuerpo contra el mío sin decir una palabra. Mi celosa novia, quien

probablemente estaba en la escuela elemental cuando pasó lo de Nancy, se enojó. “Voy a patearle el trasero si hace eso de nuevo,” dijo

después de que Nancy me embistió por cuarta vez esa noche.

Cuando Nancy pasó a nuestro lado de nuevo, mi novia le bloqueó el camino y le gritó en el rostro, “¿Cuál es tu maldito problema, perra?”

Nancy tomó una botella y se la rompió en la cabeza. Mi novia debió haber tenido experiencia en esas cosas, porque sin inmutarse me quitó mi anillo de garra y golpeó a Nancy cinco veces en el rostro con él, provocándole tanto daño que me sorprendería que no le hubiera quedado

algún daño permanente. Como para entonces ya tenía algo de poder, los de seguridad sacaron a Nancy del club. El viejo odio surgió de

nuevo, y quería hacerle algo peor y más permanente, pero no pude averiguar donde vivía.

* * *

La sustituto de Nancy, Missi, no sólo llenó el vacío que Nancy había dejado en el escenario, sino también el vacío que Nancy quería llenar en

mi vida. Conocí a Missi a la mitad del psicodrama de Nancy, afuera de un concierto de Amboog-A-Lard en Button South, un palacio del Heavy

Metal donde probablemente aún es cool el que te guste Slaughter o Skid Row. Brad y yo estábamos repartiendo volantes para promover uno

de nuestros shows. Era una buena forma de conocer chicas, porque si les gustabas, ya sabían donde encontrarte. Pero eso no fue lo que pasó

con Missi. Intercambiamos números telefónicos en ese momento, y dos días después estábamos sentados en la playa bebiendo Colt 45. le

hablé sobre mis planes para la banda. Ella escuchó pacientemente, al igual que lo haría en los años siguientes.

Al principio me sentía demasiado inseguro para terminar con Teresa, y Missi y yo nos volvimos amigos. Yo no tenía auto, ni trabajo ni vida, así que ella me recogía en casa e íbamos a ver una película mientras Teresa aún estaba en el restaurante en el que trabajaba.

Cuando nuestra amistad comenzó a convertirse en una relación ese invierno, la pregunté a Missi si quería estar en una de nuestros shows.

Desde nuestros primeros conciertos, habíamos bautizado la parte trasera del escenario como Pogo"s Playhouse y ahí él tenía toda clase de

aparatos caseros e instrumentos de tortura –el más notorio era una jaula para leones que él usaba como base para el teclado que había

aprendido a tocar en menos tiempo del que le había tomado ahorrar para comprarlo. Para el debut de Missi, la pusimos en la jaula y la

llenamos con pollos vivos. Se veía grandiosa: una pálida chica de dieciocho años en pantaletas blancas camuflajeadas por las plumas de

media docena de pollos.

círculo ocho: Los Fraudulentos - Alcahuetes y Seductores

Cuando la gente se dio de cuenta de que Nancy había dejado la banda, fenómenos de todo Florida querían ser parte del acto. así que los

dejamos. A veces los enlistábamos tan sólo para ser parte de un provocativo (y con suerte incómodo) espectáculo, como cuando, inspirados

por la película de John Waters, Pink Flamingos, pusimos a dos chicas gordas acariciándose en un corral. Otras veces nos asegurábamos de

que el espectáculo trajera consigo una idea. Durante un concierto tuvimos a una chica con tubos en la cabeza y una almohada debajo de la

playera para hacerla parecer embarazada. Estaba parada frente a una tabla de planchar y mientras cantábamos ella le quitaba las arrugas a

una bandera Nazi. A medida que el show avanzaba, se sentó con las piernas abiertas sobre la tabla de planchar y fingió practicarse un aborto.

Después envolvió el feto falso con la bandera y lo ofreció ritualmente a una televisión encendida que estaba frente a ella. Si no volvimos a casa habiendo señalado nuestro punto a cerca del fascismo de la televisión y sobre la forma en que la familia nuclear americana sacrifica sus hijos a esta barata niñera entorpecedora de mentes, al menos nos vimos bien intentándolo.

No todos los shows salieron como habían sido planeados. Para una de nuestras primeras actuaciones en Tampa, compramos una lata gigante

llena de aproximadamente 500 grillos con los que quería cubrirme. Pero cuando abrí la lata, todos ellos habían muerto. La peste era una de las cosas más asquerosas que había olido jamás, y el olor se me adhirió a las manos tan fuertemente como el olor de la vagina de Tina Potts.

Vomité al instante, y en respuesta media docena de personas en el público, incluyendo a nuestro futuro bajista, Jeordie White, vomitaron

también. Aún si había comenzado el concierto sin un mensaje en la cabeza, terminé con uno: el asco es contagioso.

Los activistas de los derechos animales nos persiguieron tan incesantemente como lo hacen ahora, pero, fuera de esa masacre accidental de

grillos, nunca matamos ningún animal –sólo efigies de animales. En uno de nuestros momentos más caricaturescos, pasamos una semana

construyendo una vaca de tamaño natural de papel maché y alambre. En una cruza de Willy Wonka, Apocalypse Now y una de las revistas de

bestialidad de mi abuelo, metí mi puño en el trasero de la vaca y saqué galones de jarabe de chocolate, cubriendo a la audiencia con él

mientras Pogo tocaba un sampleo de Marlon Brando, de The Last Tango in Paris, “Hasta que entras por el culo de la muerte, justo por el ano, es cuando encuentras la matriz del miedo. Y entonces, tal vez....” Para antagonizar aún más a los tipos de derechos animales, comprábamos

gatos y cerdos mecánicos que se movían en respuesta al sonido y colgamos bolsas para basura llenas de intestinos sobre el escenario, para

que una vez que los juguetes comenzaran a moverse convulsivamente en respuesta a la música y las tripas cayeran, los activistas creyeran

que estábamos cometiendo actos de crueldad contra los animales cuando, de hecho, estábamos cometiendo actos de crueldad contra los

mismos activistas. Sólo derechos humanos fueron violados durante nuestros shows –contra nosotros mismos, contra las chicas que

enjaulábamos, y contra los fans- pero a nadie pareció importarle eso.

Cada concierto era una nueva aventura en el arte del performance. Como a los clubs les gustaba contratarnos en días festivos, siempre

tratábamos de hacer algo especial esas noches. Para la primera parte de nuestra presentación en la víspera de año nuevo, use smoking y

sombrero de copa. Para la segunda parte, una chica llamada Terri se disfrazó de mí, usando una peluca negra, smoking, sombrero de copa y

un dildo que parecía real. Cuando entró al escenario, todos creyeron que era yo con mi pene colgando fuera de mis pantalones, lo cual no era nada nuevo para ese entonces. Mientras la banda comenzaba a interpretar Cake and Sodomy, yo me arrastré a su alrededor y le di sexo oral,

para que pareciera que estaba chupando mi propio pene. Tal vez ahí es donde comenzó el rumor de que me había removido las costillas

quirúrgicamente para poder practicarme felación yo mismo.

El 14 de Febrero, Missi y yo tratamos de ser arrestados en un club local para poder pasar el día de San Valentín en la cárcel juntos. El club era de un mafioso que siempre andaba jorobado por el peso de sus cadenas de oro y cuyos empleados tenían antecedentes policiales mucho más

largos que nuestro repertorio. Había policías por todo el club esa noche, así que saqué a Missi topless y con máscara. Esta vez, yo recibí el sexo oral. Provoqué a los policías, retándolos a que me arrestaran, ya que ella estaba violando varias leyes de Florida. Pero no fuimos

arrestados.

Fuera del escenario, Missi continuó siendo la colaboradora perfecta. (Ella se convertiría en la chica que golpeó a Nancy en Squeeze.)

habíamos comenzado a salir en Diciembre, y yo estaba determinado a cambiar y ser fiel por primera vez, especialmente porque, a diferencia

de cualquier otra relación que hubiera tenido hasta ese momento, esta comenzó con una sólida base de amistad. Además, yo era mayor que

ella y me sentía obligado a educarla y moldearla como si fuera mi protegida.

Nuestra relación comenzó por el tiempo de los asesinatos de Gainesville, cuando ocho universitarios fueron apuñalados, así que tomé muchas

fotos de Missi desnuda y cubierta de sangre, como si hubiera sido acuchillada brutalmente. Tomamos fotos de sus senos, su vagina, su boca –

todas rasguñadas y bañadas en sangre. A veces cubría su rostro con una bolsa de plástico para que pareciera que había sido asfixiada, o

tapaba su cabeza con una tela negra y ponía maquillaje sangriento en su cuello para que pareciera decapitada. Dejábamos nuestras fotos en

restaurantes y autobuses donde la gente pudiera encontrarlas y hacer lo que sus conciencias les dictaran.

El único problema es que nunca pudimos ver el resultado de nuestro arduo trabajo. Así que se me ocurrió una nueva broma cuando vi que la

gente ponía nacimientos en sus patios frontales para navidad. A pesar de mi enemistad con la religión organizada, siempre me ha gustado la

navidad, probablemente porque mis padres me criaron en un ambiente muy secular (la cosa más religiosa que jamás hicieron fue enviarme a

la escuela cristiana) y nunca asocié la navidad con el nacimiento de Cristo. Tan sólo significaba colgar basura en un árbol, obtener regalos y ver el caos en las calles con las luces y la decoración. Pero el hecho de que me gustara esa festividad no significaba que dejaría que se

interpusiera en una buena broma.

Varios días antes de navidad, Missi y yo fuimos a la tienda de abarrotes Albertson"s, la cual entre la una y las tres de la mañana era

frecuentada por adolescentes en busca de provisiones para diversas bromas. Aunque podía pagar todo lo que yo quisiera, de todas formas

robaba cosas porque sentía la necesidad de mostrar mi superioridad sobre los pendejos que trabajaban ahí. Además, siempre he creído que el

robar en centros comerciales debería ser castigado con la pena de muerte, porque es tan fácil que si eres tan estúpido como para que te

atrapen, entonces mereces morir.

Esa noche robamos un puñado de clips y flashes para cámara fotográfica. En el auto de Missi, dimos vueltas por el vecindario, deteniéndonos en cada casa que tuviera un nacimiento y robábamos dos cosas: el niño Jesús y el Rey Mago negro. Nuestra intención era sabotear tantos

nacimientos en el mismo vecindario para que la gente creyera que era una conspiración. Después planeamos enviar una nota de rescate de

parte de un falso grupo militar negro a cada casa, que decía, “Sentimos que América ha iluminado y plastificado falsamente la sabiduría del hombre de raza negra con su propaganda racista sobre su mentada „blanca navidad"”. La única falla de nuestro plan fue que nadie le prestó

atención. No hubo ni una palabra sobre ello en los periódicos.

La navidad siguiente decidimos hacer algo más blasfemo y compramos varios jamones salados en Albertson"s. Desafortunadamente, eran

demasiado grandes para robarlos, pero yo siempre he estado preparado para pagar el precio por mi arte. Los desenvolvimos y regresamos a

las mismas casas, remplazando al niño Jesús con la carne putrefacta. Resulto en una escena hermosa, especialmente cuando, con nuestros

jamones sobrantes, saboteamos nacimientos en las iglesias locales, y como un simbólico tiro de gracia, dejamos carne de puerco en el

pesebre del recinto de la estación de policía.

Pocas empresas de South Florida se libraron de nuestras bromas, especialmente ligares frecuentados por niños, como Toys R Us y Disney

World. Un día, Missi, Jeordie y yo fuimos a Disney World con unos juguetes nuevos que habíamos comprado en una tienda de magia, un

lanzador de fuego que lanzaba llamas de las palmas de nuestras manos y una navaja pegada a un tubo lleno de sangre para que pudiéramos

crear heridas falsas. Todos habíamos tomado ácido y alucinábamos que toda la gente en el parque de diversiones estaba afiliada al Servicio

Secreto. Todos parecían hablar con sus relojes, reportando cada uno de nuestros movimientos a sus cuarteles generales, aunque en realidad

lo más probable es que estuvieran tratando de alejar a sus hijos de nosotros. Estábamos convencidos de que todos sabían que habíamos

tomado LSD, lo cual fue confirmado (en nuestras mentes) cuando entramos la casa embrujada y, a la mitad, el carrito se detuvo y una voz

anunció, “Por favor asegúrense de que no haya ningún fantasma en su carrito,” una referencia aparente a la canción de Marilyn Manson and

the Spooky Kids, Dune Buggy. Cuando el carrito se sacudió y echo a andar de nuevo, dijeron o nosotros imaginamos que dijeron, “Disfruten el resto de su viaje.” Después, nos detuvimos en el zoológico donde puedes acariciar a los animales y, mientras Jeordie trataba de comunicarse con los pollos, yo observé fascinado por una hora completa la vagina palpitante de una cerda, no muy diferente a la que montaría años mas

tarde en el video de Sweet Dreams.

En uno de los fantásticos mundos plásticos del parque, había una docena de familias sentadas en unas mesas de picnic, felices y satisfechos al tiempo que devoraban piernas gigantes de pavo. Era una celebración barbárica de la carnicería con un toque irónico dado el hecho de que

había pichones y gaviotas volando sobre sus cabezas, ajenas a la masacre perpetrada contra sus parientes. No soy vegetariano, pero ese

espectáculo alegremente brutal me pareció incorrecto y asqueroso. Entonces caminé a donde se encontraban unos gemelos que estaban

vestidos de forma idéntica, y que parecían salidos de Children of the Damned. Mientras estaban ahí sentados desgarrando sus huesos de

pavo, me paré delante de ellos, me levante los lentes oscuros para revelar mis ojos desiguales, les mostré la sonrisa más molesta que pude

hacer en mi estado, y saqué mi navaja y rebané mi brazo. Dejé que la sangre corriera por mi muñeca y que goteara sobre los restos de boletos y palomitas de maíz que estaban en el suelo. Ellos dejaron caer su comida y corrieron gritando mientras yo caminaba contento por mi éxito,

porque no hay nada como el sentimiento de saber que has hecho una diferencia en la vida de alguien más, aún si esa diferencia es una vida

de pesadillas y una fortuna en terapias.

De regreso a Fort Lauderdale el día siguiente, pasamos por el Reunion Room y, en la misma esquina en la que había visto el choque, estaba

un manifestante de Provida, un tipo delgado de cabello gris, con una camisa de manga corta y camiseta debajo de ésta y pantalones azules de trabajo. Todas las tardes marchaba alrededor de la cuadra como un obrero en huelga, pero en lugar de traer una pancarta pidiendo un mejor

plan de salud, la suya estaba decorada con fotos de fetos abortados. Cualquiera que lo escuchara, recibía un largo sermón sobre como nos

vamos a ir al infierno por matar a los nonatos.

Aún llenos de maldad y viéndonos como repugnantes cadáveres pálidos y sucios, nos estacionamos cerca de él y lo llamamos al auto.

Emocionado por haber encontrado a alguien con quien discutir sus opiniones acerca de la condenación, se acercó a nosotros. Cuando estaba

lo suficientemente cerca para ver claramente a través de la ventanilla, saqué mi mano. “Hablé con el Diablo el día de hoy, y me dijo que te dijera hola,” gruñí, disparándole fuego en el rostro. Explotó en su cara, y dejó escapar un grito impío, lanzó su pancarta y corrió. Ya no lo vi mucho en esa esquina después de eso. Pero creo que en realidad le hice un favor ya que probablemente se convirtió en un héroe en su

iglesia; todos saben que, como Job, debes ser muy santo y justo para ameritar la atención del Diablo.

Jeordie y yo ya teníamos una amistad muy cercana para ese entonces, aunque él aún no era miembro de la banda. El lazo que nos unía era la

música, el amor por el caos y una obsesión por los juguetes antiguos para niños, particularmente parafernalia de Star Wars, Charlie"s Angels y Kiss. Ya había hablado algunas veces antes con Jeordie en el centro comercial, pero nos hicimos amigos cuando me encontraba en un

concierto con Pogo. Yo llevaba una de las loncheras metálicas de mi colección, y Jeordie corrió hacia mí y dijo, “Yo conozco a alguien que

tiene más de esas. Si quieres te llevaré con él. Tiene toneladas de loncheras.” Intercambiamos números telefónicos, y el día siguiente me llevó a la tienda de un matón corpulento llamado John Jacobas. Era un paraíso de figuras de Star Wars, muñecos de Muhammad Ali, monos

oxidados con platillos en sus manos, y, en particular, parafernalia Nazi de la Segunda Guerra Mundial, lo cual probablemente era de donde

sacaba mas dinero. Tan sólo te miraba, media el grado de desesperación en tus ojos y te daba el preció más alto que sabía que aceptarías. Él era un profesional, y siempre me hacía regresar a la tienda con la promesa de que traería su tesoro de loncheras, las cuales, como el final de un arco iris, nunca pudo encontrar, si es que acaso existió.

Jeordie y yo también descubrimos que nos atraía la misma chica, una ardiente morena que parecía el tipo de persona que estaría trabajando

en el centro comercial. Y, de hecho, así era –en un local donde hacen perforaciones. Pero ella no notaba nuestra humanidad, sin importar que parte de nuestro cuerpo le pidiéramos perforar. Así que volví a mi usual forma desviada de atraer la atención de las chica: conducta asesina.

Todos los días por casi un mes, Jeordie y yo nos encontrábamos en un teléfono público a la vuelta de su local, donde nosotros podíamos verla pero ella no podía vernos. Al principio, las llamadas eran inofensivas. Pero rápidamente se volvieron más rudas. “Te estamos observando,” la amenazábamos al nivel de nuestro deseo disfrazado de odio. “Más vale que no salgas del trabajo esta noche, porque vamos a violarte en el

estacionamiento y después vamos a aplastarte con tu propio auto.” Se como debió haberse sentido, porque Nancy solía dejar mensajes

similares para mí.

círculo ocho: Los Fraudulentos – Hipócritas

Jeordie era miserable con Amboog-A-Lard porque era el único de la banda con presencia en el escenario y ambición de ser algo más que sólo

una versión más pesada de Metallica. Siempre le dije que quería que fuera un Spooky Kid, y el decía que le gustaba mas lo que hacía mi

banda que lo que hacía la suya. Pero yo tenía todos los músicos que necesitaba y él estaba atrapado en Amboog-A-Lard, cuyos miembros

comenzaban a ponerse en contra suya porque se parecía demasiado a nosotros. Así que tuvimos que contentarnos con proyectos alternativos

como Satan on Fire, una falsa banda de Death Metal cristiano con canciones como Mosh for Jesus. Nuestra meta era infiltrarnos en la

comunidad cristiana (fantasía que aún conservo) pero el club cristiano local nunca nos contrató.

Tal vez por el hecho de que no podía estar en Marilyn Manson and the Spooky Kids, Jeordie terminó incitando el desorden en nuestros shows

más notorios. Tocamos en un club llamado Weekends en Boca Raton, el equivalente en Florida de Beverly Hills, y el show estaba repleto de

chicas ricas de Boca, atletas conservadores y un grupo rebelde de surfistas. Cuando estábamos tocando, Jeordie subió al escenario y se bajo los pantalones, lo cual era una conducta normal para él. Aunque no le importaba el que toda su vida la gente le había dicho que parecía una chica, a veces sentía la necesidad de probar que no lo era. Lo extraño fue que no trato de prender fuego a su vello púbico, como usualmente hace cuando se baja los pantalones en público y no está teniendo sexo. Como estaba parado junto a mí y yo tenía una mano libre, comencé a

masturbarlo. Los snobs de Boca estaban sorprendidos, y desde ese día existió el rumor de que éramos amantes gay. Un rumor que nosotros

nos esforzamos por fomentar y extender.

Jeordie trajo a su hermano de diez años a otro de los shows, y, para poder meterlo al club, pretendimos que era parte de la banda y lo

metimos en la jaula de Pogo. Detrás de él, Missi estaba atada a una cruz, usando solamente una máscara y una pinta de sangre. Yo imaginé

la escena como una pintura representando la idea de que era sólo a través de tal horror y brutalidad que la humanidad puede nacer con alguna esperanza de inocencia y redención. La crucifixión cristiana no parecía diferente del sacrificio pagano, en el cual la gente pensaba que podía mejorar su propia condición derramando la sangre de alguien más, un concepto que me atraía particularmente como consecuencia de mi

deseo de matar a Nancy. Al final del show, el hermano de Jeordie estaba tan lleno de deseo de hacer su propio acto de performance que salió corriendo de la jaula y mostró su trasero desnudo al público. Ese show comenzó otro rumor que ha permanecido hasta el día de hoy, el de que tenemos niños desnudos en el escenario.

En un día más productivo, Jeordie nos presento a nuestro primer manager, John Tovar, quien también manejaba a Amboog-A-Lard. Era un

cubano robusto y sudoroso eternamente vestido de traje y corbata negra que escondía su peste con colonia barata. Parecia una cruza entre

Fidel Castro y Jabba the Hutt. Como si la naturaleza no lo hubiera limitado bastante ya, también era narcoléptico y se quedaba dormido

durante el soundcheck directamente frente al amplificador. Nosotros aprovechamos la oportunidad de realizar valiosas investigaciones

médicas y experimentamos con diferentes palabras para despertarlo, gritando en su oreja que era un trozo de mierda o que el edifico estaba

en llamas. Pero no dejaba de roncar e hinchar su monumental vientre. Solo las palabras “Malteada de vainilla” y “Lou Gramm” lo despertaban

– y entonces abría sus gruesos y venudos párpados, volteaba lentamente sus globos oculares hacia el cielo y volvía a la normalidad. Entonces usualmente me llevaba a un lado y me susurraba algún consejo bienintencionado, como, “ustedes necesitan, tú sabes, bajar un poco el tono

para que podamos tocar en los Slammy Awards. Tal vez puedan hacer un show con Amboog-A-Lard.” (Los Slammies eran los premios al rock

de Florida.)

La más cercano a satisfacer sus deseos que hicimos fue acortar nuestro nombre a Marilyn Manson, retirar nuestra caja de ritmos y hacer

audiciones para un baterista humano. La única persona que se presentó fue un tipo cojo llamado Freddy Streithorst, y nuestro guitarrista, Scott Putesky, insistió en que lo contratáramos ya que habían tocado juntos en una afeminada banda de pop llamada India Loves You. Como casi

todos en la banda, Freddy tenía muchos apodos. En el escenario, era conocido como Sara Lee Lucas. Pero lo llamábamos Freddy the Wheel.

El nombre vino de una de nuestras primeras groupies, Jessica, quien después formó Jack and Jill, una banda que yo rebauticé como Jack Off

Jill y tomé bajo mi protección brevemente. Cuando Freddy era adolescente, tuvo un accidente y, mientras estaba en el hospital, los músculos de su pierna se atrofiaron hasta el punto de que su extremidad se deformó. Como parte de su rehabilitación, aprendió a tocar la batería.

Freddy era un buen tipo y yo nunca lo traté de forma diferente a los demás. Pero siempre me sentía mal presionándolo a que tocara mejor –

era un pésimo baterista y todos lo sabían menos Scott. Sin embargo Jessica, no sentía remordimientos por burlarse de él. Decidió que Freddy tenía una rueda en vez de pierna y por lo tanto debía ser conocido como Freddy the Wheel. Ella se dio cuenta de esto, claro, después de

haber tenido sexo con él, así que no estaba en posición de burlarse de nadie porque se había inclinado ante la rueda y, de hecho, había

quedado atrapada debajo de ella.

Al final, Freddy terminó saliendo con Shana, una imitadora de Siouxie Sioux con la que yo había salido brevemente antes de conocer a Teresa.

Nuestra relación no duró mucho porque yo estaba resfriado, y ella venía a cuidarme y teníamos sexo. El día no era un buen momento para

intimar con ella porque ella era de los muchos practicantes del engaño gótico de South Florida. No fue solamente porque el maquillaje que

cubría los agujeros de sus rostro se resquebrajaba con la luz del sol, también noté un misterioso anillo blanco alrededor de su vagina. Nunca pude decidir si era una enfermedad venérea, algún tipo de mucosidad, algún hongo, pudín o una dona glaseada que alguien hubiera dejado

ahí accidentalmente después de tener relaciones. El descubrirlo fue una experiencia tan terrible y perturbadora como mi cita infantil con el moco de Lisa, y dejé de verla. Scott Putesky, un buitre en busca de vaginas, quien ya había tratado de atrapar a Teresa, terminó

enamorándose de ella, pero fracasó cuando Freddy se la robó como un pequeño Hobbit y en realidad se convirtió en el Señor del Anillo.

* * *

Como un auto usado que sigue descomponiéndose de algo nuevo cada vez que le arreglan algo, la banda comenzaba a funcionar cuando

empezamos a tener problemas con nuestro bajista, Brad. Mientras más tocaba con nosotros, más gente me decía, “Ese tipo es un maldito

drogadicto.” Yo siempre lo defendía porque era completamente ingenuo y nunca había tomado drogas mas que pastillas, marihuana, ácido y

tal vez pegamento. Para empezar Brad era inseguro y siempre trataba de impresionar a la gente. Así que cada vez que él mencionaba las

drogas yo creía que sólo trataba de ser cool.

Brad era estúpido y, a diferencia de Scott, lo sabía. Me agradaba, así que casi siempre terminaba prestándole dinero y cuidándolo.

Eventualmente, encontré a alguien más que lo cuidara, una rica abogada llamada Janine. Yo había dormido con ella unas cuantas veces y,

aún cuando ella me compraba todo lo que yo quería, decidí que Brad la necesitaba más que yo.

En dos meses, ya estaban viviendo juntos. Pero cada que pasaba a visitarlo por la tarde mientras Janine estaba trabajando, él parecía

nervioso, como si no me quisiera ahí. Una tarde estaba actuando más extraño de lo usual, tratando de sacarme del departamento.

Naturalmente, yo no quería irme porque tenía curiosidad por lo que estaba escondiendo. Después de que pasé quince minutos viéndolo jugar

incómodamente con sus trencitas verdes y moradas, dos chicas negras emergieron riendo del armario envueltas en una nube de humo y

cargando pequeños tubos de vidrio. Mientras platicaban, me di cuenta de que los tubos eran pipas para fumar crack, que las chicas eran

prostitutas y que Brad era un drogadicto. He aquí otra persona que yo creía conocer y que después supe que tenía una vida secreta.

Una vez que conocí el hecho de que era adicto a la heroína, las señales fueron obvias. Se veía terrible, pasaba por violentos cambios de

animo, era increíblemente paranoico, bebía demasiado, faltaba a los shows, perdía peso cada día, llegaba tarde a los ensayos, nunca tenía

energía, y siempre pedía dinero prestado. El y su novia anterior, Trish, pensaban que eran Sid y Nancy, pero nunca pensé que su tributo

llegara tan lejos. Ahora cada vez que lo veía, lo único que sentía era odio y asco. Mi mensaje completo y todo por lo que intentaba ser como persona iban en dirección totalmente opuesta a Brad. Yo quería ser fuerte e independiente, pensar por mí mismo y ayudar a otras personas a

pensar por sí mismas. No podía (y aún no puedo) tolerar a un debilucho que vive de una cuchara y una aguja.

Una noche Janine me llamó y me despertó. “¡Brad está muerto!” gritaba. “Debí haberlo detenido.¡Está muerto! Finalmente lo logró. ¡Está

muerto! ¿Qué hago? ¡Ayúdame!”

Corrí a su casa, pero ya era demasiado tarde. Una ambulancia ya estaba saliendo. Janine estaba hablando por teléfono con sus abogados

porque cuando alguien tiene una sobredosis y los paramédicos encuentran jeringas hipodérmicas y otra parafernalia de drogas, están

obligados a llamar a la policía. Me quedé con Janine esa noche hasta que supimos que Brad había sido resucitado y arrestado

inmediatamente después. Hablamos por horas sobre ello. Me sentía mal por Brad porque él era un tipo creativo y bueno por naturaleza y me

encantaba escribir canciones con él. Pero también era un adicto. Una parte de mí deseaba que en realidad hubiera muerto por la sobredosis,

por su propia paz mental. Para ese entonces su vida era la heroína. Tocar el bajo sólo era una forma de matar el tiempo entre cada inyección.

Cuando volvía ver a Brad, me senté con él y, por primera vez, me di cuenta de lo importante que era realmente esta banda para mí y que

toleraría que nadie la arruinara. Ya no era un juego. “Escucha,” le dije. “Esta fue tu última oportunidad. O te limpias o estás fuera de la banda.”

Brad rompió en lágrimas, disculpándose en sollozos por su conducta y prometiendo no volver a inyectarse droga nunca más. Como yo no

había tenido ninguna experiencia previa con drogadictos, le creí. Le creí la segunda y tercera veces también. Había tocado el único punto débil que aún quedaba en mi negro y frío corazón: compasión, una palabra que en el duro año por venir sería extirpada de mi vocabulario.

Meses después fuimos a Orlando a dar un importante show para varias compañías disqueras interesadas en contratarnos. La noche anterior

había recibido una llamada de Janine, quien estaba asustada por que Brad se había inyectado heroína otra vez y había chupado el pene de

otro tipo esa noche. Confronté Brad, él negaba haber usado drogas pero no dejaba de hablar de cómo había hecho realidad su fantasía de

chupar el pene de otro tipo, un tipo promiscuo que lavaba el cabello en el salón en que Brad se teñía el cabello (lo cual era irónico ya que las trenzas de Brad siempre estaban sucias y apestosas).

En el escenario, Brad parecía fuera de sí, pero yo tenía cosas más importantes en la cabeza que sus brazos marcados. Después del show,

desapareció, pero de nuevo yo tenía cosas más importantes en que pensar porque íbamos a quedarnos con unas lindas chicas. Normalmente

me habría importado, pero estaba harto de ser su niñera.

A las tres de la mañana, llegó a la casa con tres strippers a las que ninguno de nosotros conocía. Aún estaba usando la misma ropa que en el show –una playera morada sin mangas con estrellas plateadas, pantalones cortos de mujer sobre medias rojas y botas militares- y estaba más

que ebrio. Sus ojos se movían de lado a lado tan rápidamente que eran un borrón y jugueteaba maniáticamente con el arete de su labio

mientras balbuceaba incoherentemente sobre algo que parecía importante para él. Mirándolas de cerca, las strippers tenían las piernas,

brazos y cuello lastimados y descoloridos, como si se les estuvieran acabando las venas en que inyectarse. Sus dientes estaban rotos y

chuecos como velas derretidas en un pastel. Al tiempo que se tambaleaban salvajemente por la habitación, ofreciendo a todos heroína,

valiums y cualquier cosa que estuviera recolectando pelusa en sus bolsillos, Brad parecía colapsarse, se retorcía en el sofá y estaba tan

desorientado que no recordaba su propio nombre. El sudor corría por su rostro y goteaba sobre su ropa. Por un segundo, pareció recobrar sus sentidos. Me miró a los ojos, después cayó al piso, inconsciente. Su rostro estaba verde pálido a causa del tinte que le había escurrido a la frente junto con el sudor y sus uñas sin pintura ahora estaban azules y moradas.

Las strippers, probablemente acostumbradas a estas situaciones, huyeron de la casa. Al principio, intentaba despertar a Brad, ayudando a

todos a darle la vuelta, darle bofetadas y vaciando baldes de agua fría sobre él. Pero lo que en realidad quería hacer era patearle las costillas.

Yo estaba abrumado por mi odio hacia él y por el cliché en que se había convertido su vida. Alguna vez había amado a Brad como a un

hermano menor, lo cual me hacía más fácil el odiarlo. No sólo el amor y el odio son emociones estrechamente relacionadas, sino que es más

fácil odiar a alguien que alguna vez te importó que a alguien que no.

Nos alejamos de su cuerpo inerte y hablamos, no sobre como podíamos ayudarlo, sino de como podíamos lastimarlo. Yo sugerí voltearlo y

dejarlo ahogarse en su propio vómito. Si los investigadores no se daban cuenta de que había sido movido, la muerte de Brad habría sido a

tribuida a su propia estupidez. Nos sentamos a debatir sobre si seríamos arrestados y con cargos por asesinato. Aunque aún sentía un poco

de compasión, pensé en su muerte como un suicidio con ayuda, me sentía como si él ya hubiera cometido suicidio, porque el Brad que conocí

en el Kitchen Club cuando concebí la banda por primera vez años atrás estaba muerto, era un extraño para ambos.

Pero no quería que él arriesgara a la banda con su muerte como lo había hecho en vida. Al final, fue el sólo el miedo de ser atrapados lo que evitó que lo matáramos. Era una forma de pensar monstruosa, pero no pude evitarlo. Me estaba convirtiendo en el monstruo frío y carente de

sentimientos que siempre había querido ser, y no estaba tan seguro de que me gustara. Pero era demasiado tarde. La metamorfosis ya había

avanzado demasiado.

Al día siguiente llamé al estudio en que Jeordie estaba trabajando en el primer álbum independiente de Amboog-A-Lard. Era un gran progreso

para Jeordie, porque estaba tocando la guitarra y el bajo y produciendo al mismo tiempo. Pero también sabía que quería unirse a Marilyn

Manson tanto que se había hecho amigo de Brad y lo llevaba a beber y a tomar drogas después de que le había advertido que se limpiara.

Siempre me pregunté si este había sido un acto deliberado de sabotaje de parte de Jeordie. Si así fue, fue muy astuto.

“¿Quieres estar en nuestra banda?,” le pregunté.

“Bueno, estoy a la mitad de este disco,” suspiró Jeordie.

“Siempre has pertenecido a nuestra banda.”

“Si, ya sé.”

“Y tu banda te odia y quiere darte una paliza.”

“Te llamaré en un momento,” dijo, y supe que ya lo tenía.

círculo ocho: Los Fraudulentos – Ladrones

Brad era tan bueno como si estuviera muerto, Nancy era tan buena como si estuviera muerta y mi moral era tan buena como si estuviera

muerta. Marilyn Manson por fin estaba convirtiéndose en la banda que yo quería.