por Brian Warner

El empalagoso olor familiar del sexo y el cuero instantáneamente aborda mis sentidos mientras entro en el calabozo de Mistress Barbara.

Después de ser vendado de los ojos y escoltado hasta aquí por su esclavo personal, paso algunos momentos ajustando mi visión a la tenue

iluminación de esta sala transformada en cámara de torturas; descuidadamente me guardo los parches para ojos adhesivos en el bolsillo de mi camisa. Una vez que logro enfocar, la coexistencia carnal de este apartamento de Fort Lauderdale se hace visible.

La baja y corpulenta mujer que se llama a sí misma Mistress Barbara es, de hecho, una especialista en E&D (eso es esclavitud y disciplina para aquellos que creían que la posición del misionero aún era el estándar) y su casa de enferma reputación está más cerca de lo que se

imaginan.

“Cualquiera que sea la fantasía de alguien, yo la llevo a cabo,” asegura, señalando un cuarto lleno de dolorosos, aunque incitantes, artículos para películas y demás parafernalia pornográfica. “En sesiones comerciales uso instrumentos de tortura en la gente. Practico tortura (genital), perforación corporal y esclavitud –los ato en posiciones que son extremadamente incomodas y los dejo ahí por largos periodos de tiempo. Si

es una buena sesión y han sido buenos esclavos, les permito masturbarse después.”

En la pared opuesta a la puerta hay una fila de espejos de cuerpo completo y ambos lados de estos se encuentran sus herramientas de

trabajo. La sigo hasta la repisa de la derecha donde me señala dos cascos de jockey, equipo para montar, equipo para electroshocks usado en entrenamiento de perros, varios collares para perro, un par de espuelas y esposas metálicas diseñadas para aprisionar piernas, muñecas y

pulgares.

“Sin embargo, no siempre las aplico en piernas, muñecas y brazos,” ríe.

Continuando hacia abajo hay una montón de pinzas y grilletes que se usan para estrechar las partes mas tiernas del cuerpo. Debajo de eso

me presenta un juego de utensilios que parecen familiares como “lenguas de caracol.”

“Estas son maravillosas para tortura (genital),” sonríe, levantando las lenguas cariñosamente y cerrándolas en el aire como una langosta

metálica. “Y además, cuando alguien come caracoles, siempre piensan en mí.”

Debajo hay alrededor de treinta anillos de metal, hule y cuero que tienen de una a cuatro pulgadas de diámetro. Aparentemente, fueron

inventados por los chinos para mejorar la duración sexual. Personalmente creo que parecen aretes de pirata, ¿pero que va a saber un tipo con una vida sexual promedio como yo?

Aún más abajo, me muestra un pequeño paracaídas de cuero y cadenas. Parece un accesorio para una figura de acción; ya me lo imagino –

autentico accesorio sadomasoquista para las Ninja Tortugas Adolescentes Pervertidas. Me explica que este artefacto se utiliza para “estrechar los genitales.” No creo que puedan encontrar uno de esos en la juguetería.

Aún más extraño, hay una lente de aumento. “Esto es para que los hombres con los que trato puedan echar un buen vistazo a lo que tienen y

puedan verlo con sus ojos como lo ven mentalmente.”

Guardada en la parte inferior hay una colección de collares de picos, brasieres de cuero, máscaras, bozales y flecos para pezones y pene.

Toma estos últimos y me indica, “hago a los hombres bailar con estos puestos y todos los flecos deben balancearse en la misma dirección.” En adición a ese tesoro de juguetes también hay una cola de caballo (completa con una “clavija” para asegurarla al trasero) y un grillete real el cual dice haber comprado en una venta de cochera.

Cruzando el cuarto, en la otra pared, es donde Mistress Barbara guarda sus armas mas peligrosas, por decirlo así. Por supuesto, hay una gran cantidad de cadenas, así como un bastón inglés de madera, muchas paletas para dar azotes (mimbre, roble, goma, cuero y plástico), una vara

de medir, una regla, un removedor de pintura, un arma medieval con picos que ella llama ball breaker, algunos gatos de nueve colas y

suficientes látigos como para hacer salivar incontrolablemente a Indiana Jones. Además los cajones contienen cosas como estimuladores

electrónicos de músculos, enemas desechables, velas, guantes de hule, condones (ella usa tanto secos como lubricados), sangre falsa, yeso

de París, papel aluminio, un cautín, bolsas plásticas para basura, plumas, pieles, cepillos, talco, loción de vitamina E, vaselina, un cajón entero de vibradores (en varias formas y tamaños), más lencería que Victoria"s Secret y Frederick de Hollywood combinados, y una caja de luces de

bengala. Siendo el tipo ingenuo que soy, pregunto para que son las luces de bengala –desearía no haberlo hecho.

“En los cumpleaños y el 4 de Julio pongo una de estas en la punta de su pene y la enciendo,” confiesa sin ningún rastro de sarcasmo. “La

mayoría de estas cosas son utilería pero la mayoría de los hombres aman vestirse como mujeres. Vienen aquí para ser femeninos.”

Cuidadosamente, me siento sobre la manta que cubre su cama tamaño matrimonial. Bajo esta, donde la mayoría de la gente normal guardaría,

digamos, un juego de Monopolio o incluso sus muñecos de KISS, noto una jaula.

Aunque Mistress Barbara sólo ha practicado el sadomasoquismo comercialmente (no comercialmente en el sentido que conocemos; esta

práctica es bastante ilegal) por tres años, lo ha estado haciendo en privado por 45 de sus 57 años. Su iniciación en el mundo del

sadomasoquismo llegó a la madura e incierta edad de 12 años.

“Vivía en California y había un hombre de 21 años que venía a mi casa todo el tiempo,” recuerda, encendiendo un cigarro. “Un día me estaba

molestando con su látigo y me hizo enojar. Así que, tomé el látigo y lo hice quitarse la ropa y manejar de regreso a la ciudad desnudo.”

Desde ese día, ha estado abusando de los hombres para placer de ellos. Sin embargo, ella en realidad nunca perdió su virginidad hasta que

tenía 16. Desde entonces siguió ejerciendo su negocio en privado, mudándose a Florida en 1980. Finalmente se dio cuenta de que si se

anunciaba, podía hacer lo mismo a extraños por más dinero. Ahora, por 200 dólares la sesión (que puede durar desde 12 minutos hasta 13

horas), se gana aproximadamente 25,000 dólares al año, libres de impuestos.

Sus clientes, que tienen entre 19 y 74 años, la localizan a través de un anuncio personal que dice: “Mujer madura, sincera, dominante tiene cuartos para esclavos disponibles para estadías largas y cortas.” Generalmente, sus clientes son hombres de negocios con familia, dice. “Creo que mientras más alto nivel tenga el ejecutivo, está más presionado y necesita más hacer estas cosas,” dice. “Veo caras que reconozco de

posters de campaña. Creo que no es inusual que haya tenido bomberos, oficiales de policía, abogados, jueces, pilotos de avión y jugadores de foot ball.” Riendo, añade, “Recibo la mayoría de mis llamadas después de los fines de semana de tres días en los que estos hombres están en casa con sus esposas y no están acostumbrados a pasar tanto tiempo con sus familias. Así que recibo llamadas desesperadas de que han

sido malos chicos y que necesitan ser castigados.”

No sólo da servicio a sus clientes sexualmente depravados, sus esclavos personales le dan todo lo que poseen. Actualmente, el sirviente de la indecente casa de esta mujer es un delgado caballero de mediana edad llamado Stan. A pesar de que es dos pies mas alto que Mistress

Barbara, su conducta tiránica lo hace inclinarse ante ella como un gatito lastimado. Mientras mi fotógrafo, Marc Serota, prepara algo de

iluminación adicional, ella le ordena a Stan desvestirse para la foto; el esclavo sale corriendo de la habitación obedientemente. Volteando hacia mí, explica, “No puedes ser una buena dominatriz sin entender la sumisión. El juego que jugamos es –yo finjo que tengo el control y que los estoy forzando a hacer todas estas cosas. Pero en realidad eso es lo que quieren recibir.

“Ellos no toman decisiones. Ni siquiera la ropa que van a usar ni cuando hablar. Yo controlo sus vidas totalmente. Yo soy todo para ellos.

Estas son personas que no han podido manejar sus vidas. Han hecho un desastre de sus vidas y nunca han estado satisfechos con ninguna

mujer. Así que yo solamente tomo el control, ellos ni siquiera tiene que pensar.”

Aparentemente, hombres como Stan viven con ella y le cumplen todos sus deseos ya sean sexuales o de cualquier otra clase. A cambio de

sus cuidados, él le da una cantidad semanal de dinero que ella usa para pagar sus cuentas. Ella se convierte en una especie de madre. Lo que ellos no saben es que ella guarda la mayoría de su dinero y se los devuelve cuando deciden irse; le gusta darles un nuevo comienzo.

Stan finalmente regresa, estoy un poco más que sorprendido por su apariencia. Además del hecho de que está totalmente desnudo, su cuerpo

ha sido afeitado totalmente y está usando cuatro o cinco (no me acerco tanto como para obtener la cuenta exacta) de esos atractivos anillos de metal que describí algunos párrafos atrás; suenan mientras camina en la habitación. Dócilmente se monta en la silla quiropráctica de cuero

negro de Mistress Barbara, donde ella procede a crucificarlo sobre la pared. Después de ser asegurado del cuello, muñecas y tobillos, ella

tranquilamente le aplica pinzas quirúrgicas en los pezones.

“¿Duele?,” pregunta ella modestamente.

“Bueno....” comienza, pero antes de que pueda terminar ella toma sus denigrados genitales y los aprieta con facilidad.

“Ponte un poco mas incómodo,” ordena y su molido juguete humano responde rápidamente, estirando su pierna hacia un lado en un ángulo

extraño.

Mientras unas erupciones rojas se forman alrededor de los pechos mutilados de Stan, le pregunto como se siente. Lenta y cuidadosamente

murmura, “Calmado.... siento algo pero es difícil asociar alguna emoción con ello.”

“Stan no es una persona elocuente y nunca explica bien las cosas,” interrumpe su ama. “Siempre he tratado a los hombres de esta forma.

Siempre he creído que los hombres deberían ser guardados en jaulas y establos como perros o caballos y sacados de ahí solo cuando quieres

jugar con ellos. Es muy conveniente.”

La cámara comienza a flashear y Stan se retuerce para el paparazzo mientras Mistress Barbara abre la puerta. Es Bob, su esclavo de medio

tiempo. Carga una gran caja que según dice ella está llena de videos de travestis del mercado negro. Bob es un abuelo retirado que sirve a

Mistress Barbara con el permiso de su esposa.

“Mi esposa acepta esto pero a ella no le gusta,” explica Bob mientras juguetea con el cambio en su bolsillo. “Ella sabe que es una gran fantasía mía y yo la disfruto. Mientras ella sepa donde estoy y que las personas aquí son prudentes y discretas, está bien. Nunca le mentiría ni le sería infiel a mi esposa. No salgo con otras mujeres, y no hay realmente mucha acción aquí.”

Ya sea con Bob, Stan o cualquiera de los otros, Mistress Barbara lleva una vida hedonista. Pasa su tiempo libre navegando, volando o

buceando. Come cuando y donde ella quiere y nunca tiene que preocuparse por su satisfacción sexual; los ha entrenado para eso. “A Stan no

le permito tener una erección a menos que yo lo diga. Ha aprendido a funcionar cuando yo lo ordene.”

Ella representa todo lo que significa ser una mujer contradiciendo al mismo tiempo lo que creemos es una conducta normal. Además de eso,

nunca ha sido arrestada y gana una enorme cantidad de dinero.

Decido que es tiempo de regresar a la América sin sexo antes del matrimonio, así que me coloco de nuevo mis parches para ojos y la sigo

hacia la húmeda luz vespertina. Mientras caminamos a tientas, en busca del auto, ella concluye diciéndome al oído, “Ellos creen que soy

maravillosa. Algunos otros creen que soy la estúpida más grande. ¿Así que por que no estar donde te quieren?”

* * *

Pronto conocí a una mujer que me torturaría en formas mucho más sutiles y dolorosas que cualquier cosa que Mistress Barbara pudiera

inventar con sus infernales instrumentos de sadismo. Su nombre era Rachelle. Yo tenía 19 y ella 22 cuando nos conocimos en Reunion Room,

un club local en el que, aunque yo era menor de edad, me dejaban entrar por que era reportero. Ella era tan hermosa que era doloroso el

mirarla porque sabía que nunca podría tenerla. Ella era modelo, de cabello rojo con un corte a la Bettie Page, un cuerpo gentilmente curveado y un rostro perfectamente situado sobre bien definidos pómulos.

Mientras hablábamos, Rachelle explicó que acababa de terminar con su novio, quien aún vivía con ella pero trataba de encontrar una casa

propia. Una vez que me dí cuenta de que había sido rechazada, un poco de confianza comenzó a fluir dentro de mí. Ella se iría a París durante todo el verano en un mes, lo cual me dio tiempo suficiente para perseguirla y milagrosamente atraparla. Las cartas que intercambiamos a

través del Atlántico eran tan ardientes como inspiradoras. Yo estaba perdidamente enamorado. Cuando regresó, nuestra relación se reanudó

aún más apasionadamente que antes. En mi desesperada necesidad de su afecto (o sólo de tener sexo) una noche, marqué su número

telefónico. Mi teléfono sonó minutos después. Y yo contesté.

“¿Porqué estás marcando este número?,” preguntó la voz hostil de un hombre.

“Es el número de mi novia,” le dije beligerantemente.

“También es el número de mi prometida,” contestó, y en ese momento sentí mi corazón congelarse y hacerse pedazos, cada pedazo cayendo

dolorosamente a través de mis tripas.

“¿Sabías,” tartamudeé, “que ha estado durmiendo conmigo?”

Él no se enojó ni amenazó con matarme. Estaba en shock, igual que yo. Anduve por meses con el corazón roto, y justo cuando estaba

comenzando a recuperarme, ella llamó.

“No sé como decirte esto,” dijo, “pero creo que estoy embarazada.”

“¿Por qué me lo estás diciendo?,” pregunté tan fríamente como pude.

“No sé si es tuyo o de él.”

“Bueno, creo que tendremos que asumir que es de él,” contesté, colgando el teléfono antes de que pudiera decir algo más.

Dos años más tarde la encontré en un restaurante local. Se veía igual –bellísima- pero el modelaje no le había funcionado. Se había vuelto

oficial de policía, y se veía como la fantasía de todo hombre con su uniforme azul, gorra y macana.

“Deberías conocer a mi hijo,” dijo. “Es idéntico a ti.”

Mi rostro palideció y mi boca se abrió mientras trataba de exclamar, “¡¿Qué?!” me imaginé los pagos de la pensión alimenticia, fines de

semana haciendo de niñera y un marido planeando una venganza brutal.

Después de saborear mi sorpresa, sacó su cuchillo de mi pecho tan rápida y cruelmente como lo había enterrado. “Pero sé que no es tuyo. Le

hice un examen de sangre.”

Como resultado de haber descubierto que Rachelle me había traicionado y se había comprometido con alguien más, me prometí a mí mismo

que trataría de cerrarme emocionalmente al mundo y no confiar en nadie. No quería ser dominado por mis sentimientos de nuevo; tenía que

dejar de ser víctima de mis propias debilidades e inseguridades acerca de otras personas, especialmente mujeres. Rachelle me dejó con una

cicatriz mas profunda que cualquiera que yo me haya hecho desde entonces. Era en parte por la rabia y la venganza que quería hacerme

famoso y hacerla arrepentirse por haberme botado. Otra razón fue mi frustración con el periodismo musical. El problema no era las revistas o la forma en que escribía, sino los mismos músicos. Cada entrevista que hacía, me desilusionaba más. Sentía que yo debía responder las

preguntas en vez de hacerlas. Quería estar del otro lado de la pluma.

Entrevisté a Debbie Harry, Malcolm McLaren y a los Red Hot Chilli Peppers. Escribí biografías promocionales para Yngwie Malmsteen y otros

pendejos del Heavy Metal. Incluso publiqué un artículo sobre Trent Reznor de Nine Inch Nails sin tener la menor idea de que estábamos a

punto de comenzar una relación que, como una larga estadía en el calabozo de Mistress Barbara, estaría repleta de impredecibles cumbres de

placer y dolor.

La primera vez que vi a Trent, se encontraba silencioso en una esquina durante una prueba de sonido mientras su manager con peinado de

trencitas, Sean Beavan, revoloteaba protectoramente a su alrededor. Una vez que empezamos a hablar, se rompió el hielo y se volvió

amigable. Pero yo sólo era otro periodista. Hablar conmigo era una forma tan buena como cualquier otra de matar el tiempo antes de un show

en una ciudad donde no conocía a nadie.

La siguiente vez que Trent Reznor vino a la ciudad, yo fui su acto de apertura.