FLORES DE SANTIDAD

Cuatro negras lavanderas vienen por la calle de la Ronda. Las cuatro son mujeres opulentas. Caminan cadenciosamente, con algo de bestias de carga y algo también de navíos. Una atmósfera de sensualidad las envuelve. Llevan los brazos en alto, como asas, y sobre su cabeza se balancea un atado de trapería que abulta casi tanto como ellas.

Delante va el calor, arreando bichos.

Ríen las cuatro y gritan, enseñándose los dientes. Se han bañado en el Río de la Plata, a pesar del anatema de los predicadores, y traen la cara y los brazos relucientes.

Una de ellas ha visto a Galaz, acurrucado en un umbral sombrío, con un libro abierto sobre las rodillas. Su larga nariz se mueve, siguiendo la lectura. La esclava se pone el dedo en los labios, por acallar la jarana y muestra el mozo a sus compañeras. Les brillan los ojos de alegría. Todas a un tiempo, se golpean las caderas con las palas de batir ropa.

—¡Mira a dostá nostramo!

—¡Pegado como garrapata al libro!

—¿No se quiele namorar?

El paje las observa, impasible. Ellas prosiguen el alboroto y luego escapan, intimidadas por esos ojos graves y ausentes.

Galaz da vuelta a una hoja: “...David diciendo una vez que tenía deseo de beber agua de la cisterna de Bethleem, estando aquella tierra ocupada de enemigos Philisteos y él, con su Ejército, en contrario dellos: tres valientes Capitanes, cuyos nombres, según Nicolaode Lyra, eran Iesbaan, Eleazar y Semma, haciéndose espaldas unos a otros, rompieron por medio de los enemigos y llegaron a pesar de todos a la cisterna y recogida el agua se la truxeron a David...”.

Iesbaan... Eleazar... y Semma.

Hace ya seis meses que vive en la casa de la Plazuela de San Francisco. Su tía le mandó llamar. La buena señora temió por su alma y, por consejo del arcediano de la Catedral, rogó al capitán Sánchez Garzón que convenciera a su sobrino. No fue fácil lograrlo. Por fin, súplicas y amonestaciones consiguieron dominarle.

A su llegada, las damas y los chicuelos huían de él como del diablo. Su mansedumbre les desconcertó. Esperaban al matador de Alanís, un bandidazo rebelde y aquél no era más que un mozuelo enfermizo, incapaz de dañar a una mosca. Como se resistía a hablar y rehuía el comercio de las gentes y andaba cabizbajo, con el libro inseparable, la historia de su extravío mental satisfizo una vez más la curiosidad de Buenos Aires.

Una mañana, al pasar frente al Cabildo, un muchacho le tiró un pedrusco. El no contestó. Desde entonces, la guerra quedó declarada. Los galopines habían perdido el terror mezclado de respeto que sintieron en los primeros días. Le persiguieron. Le escoltaron en todas sus caminatas.

—¡Don Bobo de Bracamonte! —le gritaban, con voz cavernosa—. ¡Cómo haces del grave, Don Bobo de Bracamonte!

Hasta los esclavos le injuriaron. El callaba y les miraba con los ojos velados de tristeza.

En su casa, doña Uzenda le dejaba hacer a su guisa. Al principio, trató de reconvenirle. Había preparado una solemne alocución, con citas campanudas de don Mendo de la Cueva y del guardián de San Francisco. Presto advirtió que sus palabras se estrellaban, impotentes, contra el muro frío de aquellos ojos calmos. Luego, como viera que Galaz leía y releía el Flos Sanctorum, de Villegas, respiró aliviada. De aquel libro nacería la luz de salvación.

Sólo el enano parecía gozar de su amistad. Íbalo a buscar, de tarde. Salían a vagar juntos. El pregonero espantaba los importunos, como si fueran mosquitos. Les arrojaba guijarros. Les escupía. Les insultaba. Alguno recibió, en la pierna, un puntapié furioso, pues sus fuerzas no alcanzaban más arriba. Llegaban así a las barrancas del río. El paje se echaba en la hierba y el enano se estaba tieso que tieso, sentado en unas raíces. La pesada quietud se quebraba para señalar una vela, que se henchía en lontananza, o para que Rivero contara un chisme del Fuerte. Galaz le escuchaba distraído, mordiscando una hoja, hasta que el relato, iniciado con brío resuelto, disminuía y se apagaba y moría en un murmurio, como esas cataratas fragorosas que, poco a poco y a medida que corren, se extinguen levemente, trocadas en arroyuelos de perezoso andar.

También solía departir con el arcediano. Galaz iba a verle al Palacio Episcopal. Cruzaba los patios familiares, olientes a iglesia y a frutas y veía las casullas de lujo, las que se usaban en ocasiones contadas, puestas al sol, por temor de la polilla. Algunas mariposas volaban alrededor. Encontraba a don Pedro Montero de Espinosa dando de comer a los gallináceos. Un lienzo amarillo, anudado en la tonsura, le hacía semejar, graciosamente, a una gitana vieja. El clérigo le saludaba de lejos, sacudiendo la falda llena de granos. Luego le invitaba a pasear con él por el corredor de arquería, que tenía pujos de claustro conventual. Comentaban el dulzor y la aspereza de la santidad. Se detenían, a veces, para hojear el Flos, en busca de un ejemplo. En la galería sombrosa, sus zapatos claveteados sonaban rítmicamente.

Galaz hablaba poco y escuchaba mucho. Un suave consuelo le invadía cuando oía contar la vida de Ignacio de Loyola, recién canonizado. Aquel militar que halló el camino de perfección en el Flos Sanctorum le cautivaba como un arcángel pensativo.

En otras oportunidades, el arcediano encomiaba a los varones claros que supieron triunfar de la tentación de la carne. Pintaba a San Benito, revolcándose entre espinas; al seráfico San Francisco, aplacando sus ardores con la nieve y a San Martiniano, el solitario, que por combatir los zarpazos de la fiera impúdica encendió lumbre y se arrojó sobre las llamas.

El paje no sentía ya la uñarada voluptuosa. La ausencia de Violante y las máscaras torvas que alzaba su recuerdo, le servían de escudo.

Poco a poco, se fue cauterizando la llaga pecaminosa que le roía. A medida que el eclesiástico le alentaba para que tuviera más y más confianza, imaginaba que le arrancaban de los miembros unos andrajos pestíferos, manchados de podre, hasta alcanzar a la desnuda pureza.

Sosiego jamás experimentado le arropaba ahora. En la calle, sonreía a los truhanes que, en achaque de entretenimiento, le decían:

—¿Qué haces, bobo? ¿Qué haces, bobo?

Hasta que algún caballero, molestado por el agravio que sufría el hijo de don Juan de Bracamonte, les apostrofaba, blandiendo la vara de ceremonia, sin miramientos para las orejas doncellas que allí cerca pudieran disimularse.

De noche, en la tertulia del obispo, los familiares felicitaban al arcediano por su victoria.

Las lluvias y el frío del mes de junio de 1640 obligaron a Galaz a permanecer en su casa. El enano acudía a visitarle.

Una noche, Rivera le dijo, entre veras y burlas:

—Vuesarcé corre peligro de creerse santo o en vías de bienaventuranza. Yo tengo oído a Su Ilustrísima que es riesgo notable, pues los que rehuyen celosamente la ocasión de pecado e hacen dura penitencia, caen en aquella treta delgada que les armó el Demonio. El Demonio es sagaz.

El mancebo no respondió. El enano estaba sentado en la cuja, bajo el escudo carcomido. Con la diestra, cogía el trocito de coral que pendía de una cadenilla, sobre el pecho, y que llevaba para preservarse contra el aojo. Su actitud recordaba, bufonescamente, la de los retratos aparatosos que muestran a los príncipes con la mano puesta en el Toisón.

El pregonero insistió, balanceando las piernas corvas como cimitarras:

—Su merced anda con el mirar en tierra. Parece un frailico. No pierde misa, ni procesión, ni rosario. La trampa se abre ante sus ojos e no la ve. También ha dicho el obispo que los que se empeñan en la humildad y della se admiran y regocijan y por ella se tienen en mucho secretamente, cometen pecado de mayor alcance, por su deleite escondido, que los vanidosos de título o de hacienda.

Galaz saltó de su silla, agraviado por tanto desenfado:

—¡Vos sois el Demonio y el armador de tretas! ¡Salí, pigmeo, salí presto o he de haceros sentir lo que vale la olvidada discreción!

Diego Rivero se encasquetó el sombrero y abandonó la estancia. Marchaba con recelosa dignidad, espiando por encima del hombro.

Una vez más, el paje titubeó. Todos los caminos le estaban vedados. A poco que los recorría, un sino pérfido embarullaba el rumbo y le empujaba, tumultuosamente, hacia su perdición. ¿Qué habría de cierto en las palabras del bufón? Trató de averiguar, en su fuero interno, el efecto que le había causado. Fue inútil, pues tropezaba doquier con pasiones alzadas y sentimientos confusos. ¿Acaso aquella cólera airada, que no había logrado amordazar, no era señal evidente de la razón que al otro movía?

El orgullo no le daba descanso. Usaba los más raros ardides para acosarle. Le perseguía con sus artificios; le señalaba la cumbre enhiesta y, cuando se creía próximo a alcanzarla, advertía que la imagen soberbia se derrumbaba y se deshacía en una neblina turbia. Donde ansiaba descubrir la gloria humana o divina, estaba esperándole la vanagloria con su oropel de comedia.

En la Catedral llamaron a oración. El mozo se puso de rodillas y comenzó a rezar. Gruesas lágrimas le corrían por la cara.

Al día siguiente, el capitán Pedro Sánchez Garzón se presentó con noticias de bulto. La ciudad andaba revolucionada. Según explicó entre mate y mate, el gobernador don Mendo de la Cueva y Benavídez había dispuesto salir en persona a pacificar a los calchaquíes que causaban estragos en la jurisdicción de Santa Fe. Cien españoles y trescientos indios le acompañarían. Acaso más tarde se le reunieran seiscientos guaraníes adiestrados por padres de la Compañía de Jesús. Muchos hidalgos querían ser de la partida. La vieja sangre castellana, remozada por el picor del peligro, hervía en las venas. La vida apacible de la aldea no pudo apagar aquel escondido fuego de la raza que, llegada la ocasión, crepitaba con bravura. La gente corría por las calles, discutiendo y comentando. Se frotaban las armas, se remendaban los tahalíes, se reunía bastimento.

Era la voz atávica de la conquista, gozosa y viril. La voz robusta, que como los genios pintados en las cartas de marear, henchía los velámenes.

—Las canas no me han de vedar el esgrimir la espada —proseguía el anciano—. Nervio no me falta ni coraje. Tendió el brazo derecho a Galaz, para que tanteara la dureza de los músculos. Parecía trenzado con raíces.

El mancebo no disimuló su admiración. Aquel viejo de mirar encendido, cabello revuelto y manos nerviosas, era un ejemplo vibrante. Galaz le comparó, inconscientemente, a una brasa que el viento más leve transformaría en hoguera tumultuosa. Su imaginación desbocada le arrastraba ya, roto el freno y desdeñados los estribos. Tenía la cabeza llena de nombres magníficos. Los repetía como si levantara pendones.

Doña Uzenda se tapaba los oídos e invocaba a San Roque, su patrono. Sánchez Garzón sería la perdición de su sobrino. ¿A qué venía, con tanto ruido de lanzas? Galaz no daba un maravedí por esas fantasías marciales. ¿El capitán no había advertido el cambio que en dos años se operó? Galaz sería obispo del Río de la Plata, o cura de la Catedral o arcediano, que es función delicadísima y hace las veces de ojos del prelado. Ella le cosería ornamentos. Le bordaría una casulla primorosa, con hilos de oro y de plata, una casulla como no la tuvo jamás el arzobispo de la Ciudad de Los Reyes...

El paje se pasó un lienzo por los labios. Puso su mano en el guante del soñador:

—Yo tengo de ir con su merced, señor capitán, a castigar a los infieles calchaquíes.

El arcediano le escuchó sin interrumpirle. De cuando en cuando, con unas pinzas, removía los carboncillos del brasero. Sobre un arca, dormitaba un gato con las orejas peladas por la sarna. Pedro Montero de Espinosa lo cuidaba tiernamente.

Galaz se acaloró. Hablaba con una voz ronca, desconocida para el clérigo.

—¿Y quién le asegura a su merced —preguntó el arcediano— que el Diablo mora entre los indios de Calchaquí? ¿Quién le asegura que no acomete esta empresa por dar salida a su ansia levantisca de dominio; por andar entre soldados, matando? Buenos Aires no ofrece grandes ocasiones a la gente moza. Las ofrece a quienes han pasado ya las llamas de la juventud e aprecian la valía del reposo. Alguna vez, salgo a caminar, más allá de las chácaras. Aquella estupenda soledad robustece el ánimo y enfrena los apetitos. Ni una colina, ni un árbol, detienen el vuelo del pensar. Tan augusta quietud, tan santo silencio, ponen orden en las pasiones locas. Allí, que no entre los cadáveres y los arcabuces, hallará su merced la calma que, sin confesárselo, persigue.

Galaz quiso hacerle callar. Don Pedro alzó la mano, una mano espiritada, que parecía un ex voto de marfil.

—¿Para qué le diré yo estas cosas, señor de Bracamonte, si sé harto bien que ya tiene escogido el camino? Vaya con Dios y eche por la otra acera, si ansí le place.

Puso el gato sobre el enfaldo y empezó a mecerlo. Se le enturbiaron los ojos.

—Su merced, señor arcediano —respondió el paje— habla como hombre en quien la mucha edad ha aplacado el arresto viril. Agora advierto que anduve errado, si pensé purgar mis culpas por la vía conventual. Unos nacen para alabar al Señor con los labios e los otros para serville con la espada. Yo soy de aquestos, loado sea Dios. No me sofoque con sus teologías, que jamás he de creerle: el Diablo mora entre salvajes, es cosa resabida. Donde los hechiceros de las tribus beben sus brebajes malditos e invocan al “Gualicho” y al “Añanga”, el Demonio ronda alegremente porque se sabe seguro. El blanco no irá a buscalle al corazón de la selva. El Diablo no lo ignora, e ansí goza de su poderío sobre aquellos miserables. ¡Pero yo tengo de ir, señor arcediano, yo tengo de ir al bosque que hiede a azufre y que resuena con músicas lascivas! En su centro mesmo, acaso en un calvero desnudo, El Dorado levanta las torres famosas. Hombres de casta española lo pueblan e millares de indios que viven mezclados en afrentosa paganía. Las cúpulas de los palacios son de oro; las calzadas de esmeralda. El rey se unta las carnes con polvo dorado, como hemos leído en las crónicas de algunos danzarines lujuriosos del tiempo del César Nerón. ¿Es posible que no tomemos cuenta estrecha de tales cosas? ¿Es posible que Su Majestad Católica tolere el arraigo de un imperio de Luzbel dentro del imperio que ganó a golpes de lanza, con la cruz en alto?

Era el mismo Galaz de antes, el esperanzado Galaz de los sueños: don Galaz de Buenos Aires. Los ojos le bullían. Había vencido el peligroso encanto de Violante, pero el frenesí de la aventura espléndida, sobreponiéndose a todo, le arrebataba de nuevo.

El eclesiástico comprendió que la mansa oveja se embravecía y amanezaba derribar el redil que su pastor levantara pacientemente.

—¿Y cómo averiguó su merced —insistió— que El Dorado se encuentra en la región de Santa Fe? Hace una centuria que lo buscan, del Orinoco a las tierras de los Patagones y, al fin, al fin, escapa siempre, como un espejismo de imposible alcance, señuelo de la codicia.

Galaz resolvió cortar el coloquio. Había que obrar y pronto, no agostarse en discusiones. Se puso de pie. El gato maulló débilmente.

—Yo sólo sé que tengo que hallarle, pues en hallándole me será dado purgar la grave culpa mía. Acuérdese deste cuitado en sus preces.

Besó la mano descarnada y salió. Unos tonsurados, que aguardaban a la puerta de la audiencia, se hicieron de lado para dejarle pasar, tan resuelto marchaba.

De vuelta a la casona, se encerró en su aposento. Hasta el alba no reposó. Limpiaba una espada de ancha taza, que la herrumbre enrojecía con vetas casi fosforescentes. Según la tradición de su linaje, había pertenecido a don Bartolomé de Bracamonte, el conquistador que vino con Mendoza y murió en el combate de Corpus Christi.

El arma tenía grabado en la hoja el lema: Pro Fide et Patria. Cuando le pareció bien reluciente, Galaz trazó con ella un terrible mandoble. Imaginó que retaba al destino, a su destino de burla y de tragedia, empecinado destructor de ideales. La espada, con la cual un su trasabuelo se había batido lealmente para dejar fundada la ciudad, saldría de nuevo de su vaina para honra de Buenos Aires.

El metal tenía una tersa desnudez de mujer; brillo y frescura de piel mojada. Galaz pasó los dedos por la hoja, en larga caricia. Aquél sería su solo amor; aquella su voluptuosidad sola.

Una profunda asociación de recuerdos puso ante sus ojos, como racimo perfumado, la faz anhelosa de Violante, con los labios entreabiertos bajo la higuera familiar. Su mano se crispó, trémula. Luego, asiendo reciamente la empuñadura, blandió el arma en todas las direcciones. Sus molinetes cortaban el aire. Como un enorme hisopo, la espada purificaba al aposento, de esos monstruos de ojeras de fiebre y respirar silbante que engendra el claror lechoso del alba.