VII
BODAS EN BOMARZO
Ante todo era menester preparar a Bomarzo para la ceremonia nupcial y para recibir a la duquesa. Quería yo ardientemente que en los aprestos no se deslizara ni el error más mínimo. Mi modo de ser receloso exigía en ese caso, por encima de cualquier otro, la perfección. Conocía muy bien a la familia Farnese —no me refiero en especial a la rama de Julia, sino a los Farnese de las distintas subdivisiones, que formaban un árbol ambicioso y nutrido— y sabía cómo analizaban y juzgaban cuanto atañe a la pompa externa vinculada con su prestigio, y de qué manera criticaban entre sí, con airada mordacidad, las equivocaciones y los traspiés. Era fácil agraviarlos. Como, a pesar de su evidente antigüedad, se trataba de una gente cuya jerarquía se había asentado en los últimos tiempos, asimilándola sólo recientemente y con exageración invasora a la grandeza de las primeras casas de Italia, sus miembros exhibían —sin serlo ya— una puntillosa prevención de parvenus, cuando entraban en juego los intereses mundanos de la estirpe. Se fijaban en cosas que los Colonna y nosotros hubiéramos pasado por alto, pues hacía siglos que no nos incomodaban. Todavía no se sentían dueños plenamente de una posición que habían ganado a fuerza de audacia, de rapacidad y de prodigalidades oportunas, y un desacierto involuntario era capaz de ofenderlos. El peligro de las gaffes los circuía con su aro de púas. Harto sé que si hubiera sido factible que leyeran estas líneas, hubieran puesto el grito en el cielo —porque nada, absolutamente nada los hubiera erizado tanto como que se señalara su desconfiada actitud frente a la vida, tan diferente de la nuestra, ya que tenían la certidumbre de actuar automáticamente, obviamente, como cualquiera de nosotros, por razones casi reflejas que se engendran en la comunidad aristocrática de la sangre— y que hubieran proclamado a los cuatro vientos que yo desvariaba, que no comprendía la magnificencia despreocupada de su proceder, dado que ninguna disposición de un Orsini, un Colonna, un Este, un Gonzaga o un Montefeltro —en el plano de las relaciones ceremoniosas de linaje a linaje— osaría desvelarlos, pues estaban de vuelta de todo, de la frivolidad, del boato de las precedencias y de los menudos detalles rituales, y que sólo a un jorobado sin experiencia, pequeño señor de provincia, cegado por sus íntimos complejos y suspicacias (probablemente, acosados así, hasta se hubieran atrevido a hablar de mésalliance) se le podían ocurrir estos distingos extravagantes. Pero si en algo no andaba descaminado yo era en ese enfoque, y si lo hubiera olvidado o no le hubiera otorgado la trascendencia fundamental que revestía, allí estaba para recordármelo mi abuela, conocedora excepcional de fatuidades y de castas. Además, es cierto que a esa inquietud frente a las quisquillosidades sutiles, muy profundas, muy alertas y muy disimuladas, de mis nuevos parientes, se sumaban las que procedían de mi personalidad. Yo que, como miembro de un clan inatacable, estaba tan seguro de mis actitudes, cuando ellos no salían del gran marco general y convencional de la familia, vacilaba si debía obrar por iniciativa propia, y si mi individualidad tenía que destacarse del conglomerado solidario de los Orsini, porque entonces yo era yo —y no ya una hoja del inmenso árbol ilustre—, yo, un jorobado frágil y exhibido. Era necesario, pues, avanzar con pies de plomo, afirmándome en la viejísima mano protectora de mi abuela (y sin dar la impresión de que en ella me apoyaba, porque no lo hubiera tolerado mi sentido de la responsabilidad ducal, y las pruebas públicas de esa dependencia me hubieran hecho sufrir terriblemente) y sortear con destreza las trampas que armaban frente a mis proyectos, por un lado la malicia avizora de los Farnese trepadores, que poseían más ojos que Argos, y por el otro las aprensiones que brotaban de mis angustias congénitas, exacerbadas por la perspectiva de exponerme ante los espectadores intrusos y censurantes, todo lo cual, con su caudal de miserias del esnobismo y de la psicología tortuosa, estaba cubierto majestuosamente, como por uno de esos heráldicos mantos de armiño que envuelven a los escudos, bajo las correspondientes coronas seculares, por la gloria inexpugnable de los Orsini, que me amparaba y que yo, a mi vez, debía cuidar más que nadie, pues nada que sucediera dentro de ese ámbito supremo podía ser ni ridículo ni erróneo. De suerte que, en realidad, yo, desde mi exigüidad anhelosa al emprender una tarea tan simple y tan ardua, estaba obligado a reparar no sólo en los inconvenientes que surgían de la alarma perpetua de los Farnese, disfrazada de elegante señorío, sino también —aunque no lo confesaba, y mi heredada impertinencia hacía que únicamente considerara las posibles reacciones de un grupo al que conceptuaba menos importante que el mío— en las dificultades que emanaban de la situación de los Orsini semidioses, y en las que tenían su origen en mi físico desventurado y en mi cavilosa manera de ser. Pero, ya lo dije, allí estaba mi abuela, hada vetusta del castillo, para auxiliarme. Esa vez, como otras, como siempre que mi ansiedad lo requería, salió de su encierro para guiarme y para sosegar mi desazón.
Sucediéronse los meses de euforia decorativa, tan afín con mi pasión por los objetos. Iban y venían las cartas, a través de Italia, a través de Europa, a los embajadores, a los amigos, a los parientes, pidiendo, encargando esto y aquello. Y Bomarzo se engalanó espléndidamente. Yo hubiera deseado que Bomarzo fuera la casa más bella de Italia, y si no lo conseguí —ya que era imposible rivalizar con los príncipes y los opulentos cardenales beneficiados por el tesoro pontificio, a pesar de la parsimonia tacaña de Clemente VII—, logré que el castillo asumiera un aire de fiesta y de lujo, escondiendo sus paredes feudales, agresivas, y convirtiendo a la que había sido fortaleza heroica en mansión de placer. Visto que yo no lograría mejorar, porque mi caso era de aquellos en que ni el sastre ni el afeite sirven, acariciaba la aspiración de que Bomarzo, mi aliado fiel, se presentara lo más suntuosamente, lo más atrayentemente que autorizaran mis medios, para que fuera como una alegoría de su duque, y para que, protegido por la dignidad de su porte, como mis antepasados habían sido protegidos por la firmeza de sus murallas, el endeble Vicino desempeñara su embarazoso papel frente a la hermosa y a las sospechas de su tribu, con trémula y agradecida desenvoltura. Tiré la casa por la ventana, a fin de adornar a quien me suplantaría; establecí impuestos nuevos; gasté los paternos ahorros y contraje deudas.
Vinieron de Flandes los tapices a los que se añadieron, en la trabazón de las orlas inconclusas, los diseños de nuestro blasón. Mandé colocarlos en la larga galería principal, y entre ellos ubiqué los quince bustos romanos de la colección de los patriarcas de Aquileia, distribuyéndolos también en la altura de nichos fantásticos, con portaantorchas de bronce que iluminaban las estancias como si el día se hubiera refugiado en sus recintos. Del solitario palacio de Roma, donde nací, transportaron los añosos retratos de mis antecesores, más valiosos por la referencia histórica que por la calidad plástica, pues en general estaban muy mal pintados, y sus solemnes ademanes colmaron las paredes y las escalinatas con una asamblea de énfasis mudo. El papa Nicolás III, los condottieri, los prelados y los señores Orsini se congregaron así en Bomarzo para dar la bienvenida a la pequeña Julia Farnese y recibirla como a uno de los nuestros desde la lejanía triunfal y grumosa de los óleos. Ordené que colgaran mis adquisiciones recientes, mi retrato por Lorenzo Lotto, la Ariadna de Tiziano y también la pintura del maestro inspirada por un pasaje de Catulo, y mandé comprar, en los negocios de los comerciantes y en los talleres de los artistas, telas de Rafael Sanzio, de Sebastiano del Piombo, de Dossio Dossi, de Pontormo, de Jacopo Bassano, del Bronzino y de Giorgino Vasari, mi joven amigo de Florencia. Debo reconocer que junto a esas obras, los cuadrotes ancestrales subrayaron las indigencias de su factura, pero la encubrí repartiendo estratégicamente las luces, de manera que de tal guerrero se vieran la coraza y la diestra clavada en el espadón, y de tal arzobispo únicamente el ondular de la púrpura, así que a la larga, entre todos y merced a mi destreza escenográfica, crearon un solo ascendiente prestigioso, que poseía las manos de éste, las barbas de aquél, la frente de aquel otro, de aquél el enjoyado yelmo y de aquél las mangas eclesiásticas con un resultado compositivo asaz honorable que por lo demás correspondía a una verdad documental, pues su conjunto, armado como un curioso puzzle, resumía la tradición bélica, clerical y civil de los Orsini, exaltada por la proximidad maravillosa de sus magistrales vecinos que, de Rafael y Lotto a Bassano y Dossi, certificaban, con los resplandores de sus evidentes focos de atracción, los méritos de la galería ancestral semiinvisible y la promovían a las regiones indisputables del gran arte. Las panoplias, pulidas, relampaguearon en las salas, bajo banderas que aludían a pretéritas victorias, y entre ellas planté, aislada, la armadura descubierta en la Cueva de las Pinturas de Bomarzo, que se destacaba como un testimonio de la vetustez épica del lugar. A la que sería la cámara nupcial la hice adornar totalmente con pilastras y entrelazadas rosas de cerámica combinando las figuras heráldicas de los Farnese con las nuestras, y en los salones y las terrazas los tallistas multiplicaron la unión de las iniciales de Julia y de Vicino Orsini. Llegaron de Venecia encajes, espejos, camafeos y cristalerías; de Milán y de Francia llegaron credencias, sillas y taburetes de raro dibujo. Estatuas y vasos de mármol sembraron sus espectros en el jardín geométrico de mi abuela. Con la otra parte del parque, la inferior y más remota, la que invadía el áspero bosquecillo, no me atreví todavía a emprender mi revolucionaria renovación. Columbraba vagamente que ahí, entre esos árboles y esas rocas, se ocultaba algo imposible de precisar que anunciaba la indecisión brumosa de antiguos sueños y que se enlazaba tan estrechamente con mi razón de ser y de estar en el mundo como la búsqueda de la inmortalidad. No exagero si digo que en cada ocasión en que descendí solo hasta el paraje enzarzado que me hablaba con la voz hipnótica del agua y de las cigarras, sentí como si penetrara en una zona secreta, en la que se acentuaba el imperio mágico de Bomarzo, y que adiviné que lo que allí debía realizar ocurriría a su hora y era una tarea que no debía iniciarse sin estar maduro para ella, pues a medida que transcurrieran los años, enriqueciéndome subjetivamente, crecerían también las probabilidades de llevarla a cabo sin equivocarme.
Entre tanto, lo que más urgía era organizar la casa, y nada me distraería de lo que me había propuesto. Incesantemente, los vigías anunciaban el avance fatigoso de los carros por los caminos, rumbo al castillo y a la aldea. Venían cargados hasta el tope de cajas, de bultos, con escolta de hombres de armas, y mi gran placer, que compartía mi abuela más que por lo que esas cosas representaban en sí por el júbilo que para mí nacía de ellas, fincaba en asistir, en los patios o en alguno de los aposentos, a la apertura de las arcas, y en observar cómo aparecía, entre las arrancadas maderas y la paja del embalaje, el brazo arqueado de una escultura, promisorio de una diosa que se sumaría al Olimpo fantasmal de Bomarzo; o un bronce verdoso que conservaba todavía adheridos a la gracia de los flancos, parches de la tierra desplazada por los excavadores; o el retrato de Julia que, a semejanza del de la otra Julia, la inefable Julia Gonzaga, encargado por Hipólito de Médicis, le confié a Sebastiano del Piombo.
Todo ello se fue situando, con el andar de los meses, en la vastedad de las estancias que resonaban con los golpes de los martillos y la grita de los obreros, y me obligó a viajar más de una vez, especialmente a Roma. La gente de la familia, con quien tropezaba en mis itinerarios, me interrogaba sobre el alhajamiento del castillo porque ya habían empezado a cundir las informaciones de mi afán y era un asunto que interesaba por igual a grandes y a mezquinos, en una época que se caracterizó doquier por la persecución de los elementos que conciernen a la formal hermosura. Esa curiosidad sumó una vanidad flamante a las muchas que me distinguían e hinchó mi pecho de engreída y asombrada satisfacción. Si Paracelso me hizo sentir en Venecia, con sus explicaciones acerca del macrocosmo y del microcosmo, que yo era el centro del mundo, aquel fisgoneo me convenció de que a la sazón yo era, aunque efímeramente, el centro de mi complicado linaje cuyos ojos innúmeros y sorprendidos estaban fijos en la labor del esteta giboso, porque yo aportaba, al seno de los Orsini solicitados hasta entonces por otras inquietudes prácticas, que se vinculan con el poder material y con la influencia política, el matiz envidiado del refinamiento, que daba tanto lustre a las primeras casas de la península, matiz que yo incorporaba, como una pieza más y muy codiciada, al escudo legendario de la Osa que los siglos cuadriculaban de nuevos e intrincados cuarteles.
Como es lógico, con tanto ajetreo, tampoco tuve solaz para dedicarlo a los manuscritos del alquimista Dastyn, pero ellos continuaron presentes en el fondo de mi memoria, inseparables ya de lo que más intensamente me concernía, y en ese último reducto, que era como la base sobre la cual se asentaba mi personalidad, su sedimento fue elaborando, imperceptiblemente, una especie de fuerza que sustituía mi carencia de estímulos religiosos. Mi religión, por aquellos años, se nutría, como desde mi niñez, del vigor espiritual de Bomarzo, tan rico en milenarias esencias impregnadoras que ligaban a mi estirpe con el albor místico de Italia, y se alimentaba también, confusamente, del sustento que le ofrecía la noción de que quizás me sería dado comunicarme con las potencias arcanas que rigen nuestro destino y que mi voluntad lograría acaso torcer y sojuzgar, obteniendo de ellas, con el manjar supremo de la vida, la energía necesaria para enfrentar quién sabía qué misteriosas visiones, qué peregrinas respuestas a las preguntas que presentía y que no alcanzaba ni siquiera a formular con exactitud.
Ese período organizador y expectante se distinguió, en lo que atañe a mi vida íntima, por una pureza excepcional. Preocupado por el quehacer que me embargaba, no le di ocasión a mi sensualidad para desperezarse. Además la duda de si estaría a la altura de las circunstancias, al enfrentar a Bomarzo con los Farnese, obró como un antídoto contra las tentaciones. La provocación lúbrica seguía tan alerta y latente como siempre, en el ámbito del castillo y del pueblecito que lo rodeaba, pero me aislé de ella, no sé si movido por el propósito de llegar a los brazos de Julia saneado de turbios erotismos, o por el de que nada me distrajera de mi empeño de exaltador de mi querido Bomarzo. Mis primos Orso y Mateo, que se habían establecido en el caserón, no salían de su asombro, habituados como estaban a acompañarme en correrías rijosas, y fue necesario que usara el peso de mi autoridad para convencerlos de que no se trataba de un fugaz capricho. Les cayó muy mal mi rigidez incorruptible. Descontaban que, de vuelta yo a mis tierras, renacería el entretenimiento y sacudirían el tedio provinciano. Prescindieron de mí para reanudar las andanzas y aun así lo hicieron a espaldas mías, como si temieran los regaños del duque austero que implantaba su insólita asepsia en un aire que, desde los etruscos, los romanos y los primeros Orsini truculentos, afirmaba su voluptuosa contaminación. Juan Bautista, luego de rondarme un tiempo, desconcertado, optó por apartarse de mí y por incorporarse al grupo renegón de mis primos. Silvio y Porzia, cuando me presentaba súbitamente en su aposento, asumían unas actitudes púdicas grotescas. Y, mientras Silvio me mostraba sus dibujos y sus cálculos astrológicos y me explicaba las señales que designaban al verano como la época más oportuna para mi casamiento, yo gozaba interiormente con la confusión que suscitaba y descubría en ella un placer más, una forma nueva de ejercer mi dominio, que me divertía bastante. Era bueno que quienes dependían de mí no se sintieran nunca muy seguros, que no presupusieran mis reacciones. Ahora, pálido como un monje, arrastrando mi pierna, yo iba por los corredores y por las cámaras como si Bomarzo fuese un monasterio, y experimentaba una alegría aguda ante ese florecer de un aspecto desacostumbrado de mi personalidad, por lo demás ficticio. Una atmósfera de respeto distinto —fruto sobre todo de la desorientación, del no saber cómo había que actuar para no importunar al joven duque— circundó a Bomarzo. Me bañé en ella como en un agua lustral, feliz, porque nada podía procurarme tanta fruición como imponer mi individualidad y hacer que los otros ajustaran a la mía sus composturas, y de ese modo la desconocida continencia sustituyó para mí el goce ausente con otro, más sutil, más extraño, engendrado por una forma singular del despotismo y por la certidumbre de que mi sacrificio —aunque en ello no había sacrificio, sino una manifestación inesperada de las alternativas de mi carácter— respondía a altas razones de ejemplo, de autoridad y de perfecto amor.
A veces, al crepúsculo, mandaba encender las antorchas en la vastedad de las estancias, para juzgar mi obra, y caminaba largamente entre los cuadros, las estatuas y los tapices. Los bustos de los emperadores romanos que compré en Venecia —la majestad de Augusto, la dureza de Tiberio, la locura de Nerón, las bocas crueles, las narices astutas, las frentes severas, el heroísmo, la sagacidad, la obscenidad, la avaricia, la estupidez y el orgullo— y las efigies aparatosas de mis antepasados —los brazos tendidos, como si aquel guerrero fuera un cantante; las piernas danzarinas adelantadas, las expresiones de mando testarudo e ingenuo— escoltaban con inmóvil reverencia mis cavilaciones, y yo no los separaba ya, como si todos, lo mismo Galba que el papa Nicolás III, lo mismo Trajano que el cardenal Giambattista Orsini que me bañó en la fuente bautismal de Santa Maria in Traspontina, hubieran construido mi árbol genealógico y fueran el fundamento de mi personalidad.
Naturalmente, lo que más me turbaba era la proximidad del momento en que mi destino se uniría al de Julia. Lo ansiaba y lo temía, y no bien me intranquilizaba ese pensamiento lo descartaba de mi mente atribulada, sustituyéndolo con la agitación que me causaban los trabajos del castillo. A cualquier hora, para engañarme, hacía llamar a capataces y obreros. Los interrogaba, los criticaba, inventaba faenas y reemplazaba mi preocupación permanente con otras, superficiales, a las que confería desmesurado valor. Pero mi amor por Julia era una curiosa realidad. Como la había visto tan poco y apenas la conocía a través de sus cartas circunspectas, había elaborado de ella una imagen cuyos rasgos eran hijos de mi fantasía. Me paraba delante de su retrato por Sebastiano del Piombo, que reproducía admirablemente el encanto de su belleza, y le decía cuanto no me había animado a decirle: las esperanzas de mi pasión, la necesidad de que me comprendiera, de que me alentara, de que me ayudara, de que nos comprendiera a mí y a Bomarzo y reinara sobre ambos con dulce imperio, porque entonces, si ella me transmitía la seguridad que brota del entendimiento amoroso, quizás yo sería capaz de realizar lo que no había realizado aún, y de ser lo que más ambicionaba: un Orsini, un duque Orsini, digno de los míos y acaso superior a ellos.
Un día, en Roma, no resistí al impulso de verla. Envié a Silvio a que le comunicara diplomáticamente mi deseo a su padre, y Galeazzo Farnese accedió. En su palacio, desde la altura de la loggia, semioculta entre Galeazzo y sus dos hijos, el hermoso Fabio y Fernando, a quien acababan de conceder el obispado de Soana, me asomé a las penumbras del salón donde, junto con sus hermanas Yolanda y Battistina, mi prometida estudiaba su lección de laúd. Era una escena fascinante, casi muda, pues sólo la rompían las risas breves de las jóvenes, algo que hacía pensar en el teatro y en la pintura y que escapaba a las convenciones de la vida cotidiana. Galeazzo Farnese me codeaba, aplastándome con la masa colosal de su cuerpo, y, cuando iba a retirarme, Julia, sin duda avisada de mi visita, alzó la cabeza y me sonrió. Con un mohín gracioso me mostró, en su anular, la sortija de Benvenuto Cellini. Sus pechos pequeños pujaban bajo el corpiño, y el laúd, apoyado en la falda, le marcaba el dibujo de las piernas. No me atreví a pedirle a su padre que me permitiera quebrar el pacto y descender a departir con la niña. Me asustaba esa probabilidad. De repente, ahora que la tenía tan cerca, medía todo lo que nos separaba. Regresé a Bomarzo —faltaba un mes para la boda—, alterado, mohíno.
Mi abuela me distrajo de esa desazón —que luego me desveló noches enteras— volviendo sobre su plan de que hiciera la paz con Maerbale. Mi hermano había aceptado las condiciones de la repartición trazada por el cardenal Farnese; ¿acaso no había que ver en ello una prueba de su buena voluntad? La costumbre imponía que él, mi pariente más próximo, fuera el encargado de buscar a mi prometida y de conducirla, con su cortejo familiar, a Bomarzo. Diana Orsini había iniciado ya consultas en ese sentido y Maerbale se mostraba inclinado a ceder. Por lo demás, ¿qué agravios tenía yo, concretamente, contra mi hermano?, ¿una carta, una inocente carta?; sus presuntos atentados contra mí, ¿habrían existido en verdad, cuando yo no había logrado confirmar su origen?, y por mi parte, ¿no había querido yo vengarme de él en Venecia, con ayuda de mis primos?, ¿no estábamos en iguales condiciones?; y ¿no correspondía que la magnanimidad del duque, como cuando Maerbale había hecho causa común con el administrador Martelli, perdonara las ofensas, si ofensas había habido y si todo no era una tramoya urdida por quienes aspiraban a separarnos?, ¿no afirmaría yo así la nobleza de mi jerarquía?; ¿me convenía desgarrarlo de mí para siempre, ahora que comenzaba a crecer su prestigio, y no debía, por el contrario, atraerlo, absorberlo, para que su gloria de condotiero se confundiera con la gloria de Bomarzo y constituyera un todo inseparable de la fuerza del duque, de modo que cuando él lograba un triunfo fuera como si lo lograra yo, porque era un triunfo de la rama del clan que yo regía?; y —pero éste era mi pensamiento más hondo y menos revelado— ¿acaso no me procuraría una satisfacción incomparable y un pleno desquite del giboso que había sido objeto de sus burlas, frente al segundón que se le parecía tanto pero que era dueño de cuanto a él le faltaba, la exhibida posesión de Julia Farnese? Le dije a mi abuela que estaba de acuerdo, que procediera a su arbitrio, y la anciana me besó en la mejilla. Maerbale iría, con Mateo y Orso, a buscar a Julia. También iría Segismundo. Le escribí a Roma una carta que podía interpretarse como una orden y como una expresión de deseos, porque si yo quería recordarle de ese modo a Pier Luigi Farnese que Segismundo seguía dependiendo de mí, no era oportuno que por ello me enemistara con un miembro peligroso de la familia con la cual iba a aliarme, ni debía tampoco correr el riesgo de topar con una negativa que desmedrara mi crédito de jefe orsiniano. Felizmente, Segismundo respondió en seguida proclamando su fidelidad a la casa y agradeciendo el honor que la embajada llevaba implícito.
Mi abuela y yo escribimos muchas cartas, en esos meses, invitando a parientes y amigos a presenciar la boda. Ansiaba yo que estuvieran en ella los representantes más significativos de la estirpe, las cabezas de otras grandes alcurnias de Italia y algunos artistas e intelectuales famosos, para destacar así que el duque de Bomarzo era un mantenedor de las tradiciones que había recibido con su herencia y que los otros señores compartían, y a la vez un hombre moderno, à la page, y como tal desdeñaba los prejuicios feudales y el retardo espiritual que, en un mundo en plena evolución, lleno de príncipes mecenas y humanistas, continuaban caracterizando a los arrogantes y arcaicos descendientes de la Osa. Me hubiera gustado que Ariosto fuera mi huésped y envié un correo a Ferrara para manifestárselo, pero el poeta declinaba ya y murió ese año mismo. Tampoco pude contar con Paracelso, que ejercía su profesión en Saint-Gall, ni con Lorenzo Lotto, cuya timidez se deshizo en excusas. En cambio Aretino, Benvenuto Cellini, Sansovino, Tolomei y Sebastiano del Piombo no perdieron la ocasión que se les ofrecía de brillar junto a los duques de Urbino y al cardenal de Médicis. Había que alojar durante varios días a tantos señores y sus séquitos, cuidando de que no se produjeran rozamientos por precedencias, y eso importaba tareas complicadas. Además, quise que Julia entrara en Bomarzo, como otras princesas en sus nuevas posesiones, en un carro cuyas alegorías suntuosas impresionarían al pueblo y, para construirlo según mis planes, llegaron al castillo artesanos de los Este, discípulos de esa escuela de Hércules de Roberti a la cual se debía el carro triunfal en el que la novia de Francisco Gonzaga ingresó en el palacio mantuano. El dorado vehículo aguardaría a mi prometida y a sus acompañantes en las inmediaciones de Orte, donde se improvisaron unas tiendas armadas con antiguos tapices para que el cortejo farnesiano reposara en ellas y vistiera las ropas de ceremonia.
Sí, había que pensar en mil cosas: en la ubicación adecuada de cinco cardenales, en el alimento especial de los halcones del duque de Mantua, que no se trasladaba sin ellos; en no colocar a los escuderos de los Orsini cerca de los de los Colonna; en que Leonardo Emo estuviera al alcance de Valerio Orsini, sin que eso implicara una ofensa para la gente de la familia de Oliverotto de Fermo, a la cual pertenecía su mujer; en no agraviar al quisquilloso Benvenuto, ni menos al acerado Aretino; en hallar la manera de que Hipólito de Médicis pudiera verse privadamente con Julia Gonzaga, su ilustre amor platónico, dentro de un castillo sembrado de ojos acechantes, en que funcionaran las fuentes y no fallaran los fuegos de artificio; en que Pier Luigi Farnese no bebiera demasiado ni se desmandara con los jóvenes pajes; en que los Orsini más viejos que yo y más acaudalados (principalmente los de la rama arrolladora de Bracciano) se sintieran cómodos en mis tierras, como si no hubieran abandonado las suyas, pero sin olvidar que yo era el amo allí; en distribuir sabiamente a los músicos escondidos; en que mi abuela y el cardenal Franciotto estuvieran siempre por encima de todos los demás, por grandes que éstos fuesen; en que mi suegro no pusiera inconvenientes cuando el asunto de la dote, porque no ignoraba yo cómo le había ido a mi padre con mi abuelo, al enfrentar una situación semejante; en que las cocinas recién acondicionadas respondieran al esfuerzo enorme que se les exigiría; en las ironías de la marquesa Isabel de Mantua, la mujer más cortejada de Europa; en la vanidad de su hijo Hércules; en su nuera, la duquesa Margarita, que procedía de la sangre de los Paleólogos, lo cual eran palabras mayores, pero que no debía impresionarme, porque yo descendía de Caio Flavio Orso; en mí —¡Dios mío, en mí, en Vicino Orsini!—, en los pliegues del manto que colgaría de mi pobre espalda… Mil cosas complejas, contradictorias, que se vinculaban con el servicio de Dios, pues por lo menos treinta clérigos, príncipes de la Iglesia y capellanes tendrían que rezar en Bomarzo sus misas diarias, y con la frivolidad del mundo, ya que cada uno de los invitados se juzgaba un ser excepcional y requería excepcionales miramientos, debían ser tenidas en cuenta al organizar aquel laberinto de etiqueta cortesana, enredado de formulismos, y al empeñarse porque las tribus recelosas no cayeran en las eternas discusiones brutales provocadas por los turbulentos Orsini.
Ese último mes se destaca en mi memoria con tintes de pesadilla. Entre el administrador de mis estados, Bernardino Niccoloni, que aprovechó el barullo para sacar unas cuantas tajadas gordas, y mis favoritos Silvio de Narni y Juan Bautista Martelli, fui cien veces de las cuadras, donde se aprestaba la alimentación de varias docenas de caballos, al lugar donde se levantaban, como un minúsculo campamento militar, las tiendas coronadas de alegres estandartes; y del sitio en el cual se fabricaba el carro simbólico que mostraba en alto a nuestra fiera totémica alzando el lirio heráldico de los Farnese, a las habitaciones en las que nunca daban abasto los cofres, los lechos y las colgaduras; y a los talleres en los cuales cosían mis ropajes y las libreas rojas y plateadas de mi gente, alineadas en pavorosos maniquíes; y a los patios en los que resonaba el canturreo de las criadas que lustraban las vajillas y preparaban la cera que demandaría la desusada iluminación. Apretaba el calor de comienzos de junio; la transpiración me mojaba el cuerpo entero y, deslizándose por la frente en gotas gruesas, me cegaba los ojos fatigados. De buena gana me hubiera quitado la camisa, cuando andaba de acá para allá con pajes y amanuenses, dictando providencias, pero el espanto de enseñar el odiado promontorio sin protección alguna, me privaba de ese alivio. Y cada vez que miraba hacia arriba, hacia los aposentos de mi abuela, por más que el aire quemara y que yo le hubiera repetido hasta el enojo que debía permanecer en la frescura de su cámara, al amparo de las damas que movían los pequeños abanicos cuadrados de flecos policromos, veía a mi adorada Diana Orsini en la terraza, bajo un quitasol, a mi adorada que se apoyaba en su bastón, agitaba los brazos y hacía ondear un pañuelo y me indicaba así que seguía velando por mí, blanca, remota y vigilante, como si me guiara desde la lejanía de las nubes en las que se tejen y destejen los exiguos destinos humanos.
Cuando faltaba una semana para la boda comenzaron a llegar los convidados, que venían de los extremos distantes de Italia. Los diversos Orsini hicieron su aparición con estrépito militar: el terrible Nicolás, que vivía como un rey bíblico entre sus concubinas hebreas; el tremendo abad de Farfa; los lujosos señores de Bracciano, que se desplazaban entre centellas de piedras preciosas; el duque de Mugnano, mi vecino; Julio Orsini, amigo de intelectuales; Violante, casada con un Savelli, León, cuya riqueza espantaba; Francisco y Arrigo, condottieri de sonora celebridad; Valerio, que viajó desde Venecia con su mujer y Leonardo Emo y me trajo de regalo dos copas de oro, las cuales, según los estudiosos, habían pertenecido a los emperadores de Bizancio; Carlotto Fausto, el otro jorobado, el guerrero, cuya presencia yo ansiaba como una prueba, para los Farnese, de que el duque de Bomarzo no era el único giboso del linaje, de que la giba podía ser, entre nosotros, algo tan natural e intrascendente como entre los Gonzaga, y como una prueba también de que ella no era óbice para que quien la sufría ganara gloria con las armas, a ejemplo de nuestros grandes antecesores. Las cabalgatas sucesivas serpenteaban en los caminos, rumbo al caserón. Mi abuela, mi abuelo y yo acogimos a los parientes con pródiga familiaridad. En interminables festines, nos hablamos los unos a los otros de la magnificencia de nuestra alcurnia y eso nos hizo rebosar de buen humor. Las querellas que varios de los Orsini mantenían entre sí, casi siempre con motivo de legados y reparticiones, fueron postergadas y como diluidas por los vapores del vino.
También se presentaron los Farnese, más afectados, más cortesanos. El cardenal Alejandro se aisló con mi abuelo en conciliábulos secretos que versaban sin duda acerca de la diplomacia pontificia, lo cual —aunque probablemente esos asuntos no serían muy graves, pues no creo que el astuto tío de Julia hiciera entrar a mi abuelo en la tortuosa confidencia de sus planes escondidos— atiesó de orgullo al cardenal Franciotto, al darle ocasión de brillar misteriosamente ante sus consanguíneos e insinuar entre ellos la sobrecogedora deducción de que todavía podía salir con una sorpresa en la próxima elección papal. Pier Luigi llegó con su mujer, Girolama Orsini; Angelo Farnese con la suya, Angela Orsini, hija del conde de Pitigliano, mostrando qué entrelazados estaban nuestros linajes; y llegaron los condes de Santa Fiora, y los della Rovere de Laura Farnese, y Federico Farnese, marido de Hipólita Sforza. Los bellos nombres de Italia cantaron en los aposentos, bajo la altanería de los retratos. Mis invitados se hacían reverencias y yo los espiaba, disimulándome, cuando partían de caza o se aprestaban a dirigirse a los servicios religiosos, o bajaban de dos en dos las escalinatas en medio de los osos de piedra y de las banderas colgantes, hacia la sala del festín. Nunca, ni antes ni después, vivió Bomarzo horas de tanta pompa. Pronto descendieron de sus carruajes los señores de la casa de Gonzaga, amigos famosos de mi abuela: Isabel de Este, a cuya boda había asistido mi madre en fiestas memorables que la vieron bailar con Gilbert de Montpensier y con Guidobaldo de Montefeltro; su hija Eleonora, bellísima, timorata, esposa del sobrino de ese Guidobaldo, Francisco Maria della Rovere, actual duque de Urbino; y el duque Federico de Mantua y Maria Paleóloga, su duquesa. Era un grupo que ocupaba mucho lugar, que hacía mucho ruido, porque usufructuaba en Italia el centro del esnobismo artístico y mundano, y aunque Isabel había perdido bastante del poder que atrajo hacia ella las miradas de toda Europa, pues su celoso hijo se le había escurrido entre las manos e imponía en Mantua su áspera voluntad, la gran señora seguía deslumbrando como un astro impar con el fulgor de su inteligencia. Junto a ella, Federico Gonzaga y Francisco Maria della Rovere resultaban mediocres pese a su arrogancia. Y, aunque extremaban la cortesía y los juegos de palabras y los motes agudos, no vaya a pensar el lector en ambos príncipes como en meros palaciegos ceremoniosos. Gonzaga, capitán general de la Iglesia, había asesinado a su preceptor, y della Rovere apuñaló al amante de su hermana y al cardenal Alidosi. Parecían apáticos, helados en su distinción y en su urbanidad, o parecían preocupados de lebreles, de halcones, de espadas y de trajes, pero en cualquier momento podía encenderse en sus ojos indolentes la chispa colérica. Eran traidores, libertinos, elegantes, fanfarrones. Inventaban las modas. Pier Luigi Farnese, cuando se insinuaba entre ellos, perdía estatura, a pesar de su fiereza. Julia Gonzaga, viuda desde la edad de dieciocho años del contrahecho Vespasiano Colonna, eclipsaba a los demás con su hermosura ensalzada por Ariosto. El cardenal Hipólito de Médicis no abandonaba su lado. Hablaban quedamente de temas enigmáticos que por poco no rozaban la herejía. De vez en vez, la dama levantaba los ojos hacia su adorador y el rostro se le iluminaba con una claridad transparente. Los Orsini, que no la querían, y menos que ninguno el abad de Farfa, comentaban entre ellos, atisbándola cejijuntos, que era una hembra frígida, posiblemente virgen, y que se había casado con el viejo Colonna, cojo y manco, a instancias de Isabel de Este, por su dinero. A mí me fascinó el lema que ostentaba bordado en las mangas, bajo un amaranto con reflejos de jaspe: Non moritura. Le rogué que me lo explicara, sonrió y me dijo que, a semejanza de esa flor, que reverdece al contacto del agua, siempre permanecía en ella, mojada por sus lágrimas, la imagen del Colonna muerto. Hipólito sonrió también, escéptico, y le besó una mano. Non moritura. Hubiera debido ser mi lema.
Pier Luigi y Benvenuto Cellini casi provocaron un desastre. A Benvenuto lo volví a ver con alegría. Había madurado desde nuestro primer encuentro, sin perder nada de la dinámica juventud que lo estremecía como una indefinible vibración. Integraba en ese tiempo un coro humanista, con Giovanni Gaddi, erudito en letras griegas, el sabio Ludovico di Fano, el poeta Aníbal Caro y el pintor Bastiano de Venecia, que decoró el palacio del banquero Chigi. Su inclinación a las peligrosas maravillas lo había conducido a invocar al Diablo, en el Coliseo nocturno, con ayuda de un sacerdote y de un pistoyés aficionado a la nigromancia, para recuperar a una mocita siciliana de la que estaba enamorado y a quien su madre se había llevado a Roma. Me lo contó con harto detalle. Esta vez no me besó, sino se dobló ante mí majestuosamente, pero yo le abrí los brazos, porque su recuerdo proyectaba sobre mi adolescencia una de las pocas luces que la alumbraban. Con Pier Luigi chocó en seguida, pues el hijo del cardenal Farnese quiso tratarlo con el desdén que reservaba para los inferiores y se equivocó de medio a medio. Y después sucedió el episodio de Juan Bautista Martelli. Mi paje vino a confiarme una mañana su temor: el señor y el orfebre lo perseguían. Esa noche se habían metido en su cámara simultáneamente, y si no se tajearon, habiendo desenvainado las dagas, fue porque el muchacho escapó desnudo, con la espada en la diestra, y consiguió eludirlos en el parque. Cinco años más tarde, cuando Cellini fue detenido y encarcelado en el Castel Sant’Angelo, bajo la custodia de un gobernador loco que se creía murciélago, ello se debió —el propio Benvenuto lo consigna en sus memorias— a intrigas de Pier Luigi. El artífice se refiere en su libro a que Farnese lo acusó de que, durante el saqueo de Roma en ese mismo castillo donde luego sufrió una cárcel larga, había robado pedrerías vaticanas por valor de ochenta mil ducados. Era en realidad un pretexto absurdo. La verdadera razón —que ignoro por qué no ha sido apuntada por Benvenuto en su obra prolija— brotaba del odio que nació entre los dos en Bomarzo, a causa de Juan Bautista Martelli. Tuve que conferenciar con ambos por separado, para sosegarlos, señalándoles la inconveniencia de su actitud, y desde entonces, como de común acuerdo, se limitaron a intercambiar unas miradas tremebundas y a engarfiar los dedos en los puñales, si se cruzaban en las galerías. Pero Pier Luigi había jurado vengarse y, de todas las promesas que formulaba, las que cumplía eran ésas. Lo hizo un lustro después, en tiempos en que, exaltado su padre al trono de San Pedro, el ambicioso bribón dispuso de tan extraordinario y feroz dominio. Tampoco le fue muy bien a Cellini con mi abuelo Franciotto. El cardenal no le había perdonado que, al herir en el asedio de Sant’Angelo al príncipe de Orange, el orfebre artillero desobedeciera su orden de no tirar contra los jefes enemigos en momentos en que se insinuaban las perspectivas de conciliación. Fueron ésos los únicos episodios desagradables, durante el lapso que precedió al arribo de Julia Farnese. Posteriormente, por supuesto, hubo otros.
Aretino se portó con una cordura irreprochable. Acababa de publicar en Venecia, sus Diálogos entre Nanna y Antonia, compuestos, según decía, para su mono Capriccio, y nos entretuvo leyéndolos con tal gracia que arrancó el aplauso de Isabel de Este. Hasta hizo las paces con el duque de Mantua, de quien lo separaban antiguas diferencias por asuntos —es obvio subrayarlo— de dinero. Su risa estupenda estallaba en las cámaras, entre el vocerío de los Gonzaga, los Farnese y los Orsini. En un rincón, Sansovino y Tolomei observaban los movimientos gazmoñamente, como artistas que no se atrevían a terciar con los grandes de Italia. Mi abuela, sentada en su sillón de alto respaldo, hasta el cual la transportaban en una silla de manos desde su aposento, era el eje en el que convergían tan variadas evoluciones. Sus gatos blancos se frotaban contra sus piernas rígidas, maullando, o trepaban, insolentes, a su falda, a la de Isabel, a la de Eleonora de Urbino, a las de las señoras de mi estirpe que formaban un círculo de agitados ventalles alrededor. La obsesión principal de Isabel consistía en oscurecer a su hija, cuya belleza era capaz de relegarla a segundo plano, a pesar de que ésta no hubiera osado nunca rivalizar con la malicia y el encanto de una madre que los empleaba casi profesionalmente, y de que la pobre Eleonora, contagiada por la lujuria de su marido de enfermedades inconfesables, hubiera preferido que la dejaran en una penumbra reposada y triste. Y yo, multiplicándome, dejaba las salas donde se curvaban los danzarines y donde el duque de Urbino jugaba al ajedrez con el duque de Mantua, bajo los ojos críticos del cardenal Hércules Gonzaga, para subir a mi habitación y probarme una vez más el manto que revestiría en la ceremonia, el cual, con sus rellenos, constituía un prodigio escultórico y arquitectónico. Fascinado y espantado, contaba los días y me distraía anotando la gloria y la miseria de mis invitados, quienes no eran, esencialmente, ni mejores ni peores que los miembros de otras sociedades deslumbrantes, pero que, por ser representativos del Renacimiento, acentuaban con los toques propios de sus personalidades superlativas los rasgos del mérito y del vicio. En aquella época todo se hacía a lo grande. No había medias tintas, concesiones, ni disimulos. Si se disimulaba maquiavélicamente, esa actitud tenía un carácter pasajero, preparativo, como de envión antes de dar el salto. Cada uno creía que por el mero hecho de existir y de disfrutar una posición heredada o adquirida podía obrar a su antojo, según su conveniencia arrolladora, exhibiéndose tal cual era, pues le sobraban empuje e impunidad para afirmarlo, y eso, que descartaba el actual sosiego igualitario de las convenciones surgidas del derecho individual, y que confiere a ese período una originalidad de colores violentos, contribuye al atractivo alarmante de sus personajes rectores, que solían ser una cruza de lobo y de lebrel, y —si bien podía resultar bastante incómodo y basta riesgoso, porque la probabilidad de una muerte súbita planeaba sobre todos nosotros constantemente— era también apasionante y nos mantenía alertas y tensos, viviendo, devorando la vida con desesperada fruición. Así los miraba yo, lúcido, y así me miraba entre ellos. El Orsini duque de Mugnano era muy capaz de asesinarme o de asesinar al cardenal de Médicis porque, en una discusión cualquiera, habíamos arrojado una leve sombra, sin quererlo, sobre el brillo agresivo de su personalidad. Entre tanto, rodeados por las mitológicas pinturas, en el temblor de la hoguera de antorchas, mis huéspedes danzaban la gallarda y la alemana, y las señoras, al son de la música, giraban lentamente, gravemente, con un pañizuelo o un guante en la diestra. Los Orsini de Bracciano bailaban a las mil maravillas, en medio de los relámpagos de sus piedras preciosas, y un ciego, desde el balcón en el cual los instrumentos, como si lo tejieran con los arcos de las violas, desenroscaban el trémulo tapiz de las cadencias, nos cantaba historias de amor que evocaban el mundo mágico de Ariosto.
Hasta que llegó el día en que debí calzar las espuelas de oro que Alejandro de Médicis, duque de Florencia, me había ceñido cuando Carlos Quinto me armó caballero. Revestí la coraza de plata —que era en verdad sólo un peto con la figura de una osa nielada, venciendo a dragones y grifos, pues la parte del espaldar era de cuero y, ajustada a mi joroba, desaparecía bajo la amplia capa verde— y monté en un alazán brioso cuya gualdrapa reproducía la de mi antecesor Francisco Orsini de Monterotondo, en el fresco medieval de Siena. Para honrarme, el gran Valerio Orsini me seguía, exponiendo sobre un cojín escarlata mi casco ornado heráldicamente de rosas y sierpes de oro. Lo exigían la tradición bélica de los nuestros y el prestigio de Bomarzo, tan diferentes de mis propias inclinaciones. Leonardo Emo y Juan Bautista Martelli, delicados como dibujos de Botticelli, llevaban de la brida nuestras cabalgaduras, y más de uno habrá sonreído al observar cómo se asociaban los donceles a una ceremonia que hubiera debido poner fin a su voluptuoso reinado. De ese modo fui a aguardar a Julia, en las tiendas alzadas cerca de Orte. Empinábase en el cortejo un bosquecillo de alabardas y de partesanas, coronadas por hierros de fantástica geometría. Al movernos, dijérase que la brisa jugaba con su metálica arboleda, sacudía ramas y frutos. Mis abuelos, los cardenales, los duques, las damas y el resto de los convidados, esperarían en el castillo. Campesinos y pastores nos saludaban doquier, a la vera de los caminos, en los recodos, en los altozanos, agitando guirnaldas.
Ha corrido desde esa mañana tanto tiempo… y sin embargo respiro ahora como entonces el perfume de los rosales del jardín que atravesamos, oigo el monólogo de los surtidores, y si fuera pintor recuperaría el exacto colorido de las rocas que surgían a nuestro paso, como monstruos quietos, y que me preocuparon desmesuradamente después. Fue un mes de junio con noches estrelladas y tibias, y tardes en que el calor narcotizaba a los pájaros y en que sólo las mariposas parecían vivir en la vibración solar de las siestas inmóviles. Las mariposas nos escoltaron hasta el campamento, sucediéndose, relevándose, amarillas, rojas, blancas, azules, aleteando entre los lanzones, posándose sobre los yelmos, tiritando un segundo sobre las orejas enhiestas de los caballos. Juan Bautista cazó una al vuelo, volvió la cabeza y me la mostró. Messer Pandolfo, que veneraba las solemnidades rituales y que, viejo, achacoso, por nada hubiera dejado su sitio a la vera del alumno ducal, lo fulminó con los ojos hinchados de orzuelos. El muchacho abrió la mano en la que quedó un áureo polvillo y la dejó escapar hacia la nube alada que nos rodeaba como un tembloroso arco iris.
Cuando sus damas recogieron los paños de la tienda en la que mi prometida había reposado durante varias horas, y Julia, vestida ya para las ceremonias de Bomarzo, surgió en el encuadramiento de los alzados tapices como dentro de una hornacina, creí desfallecer de emoción, porque su gracia sobrepujaba cuanto me atreví a esperar. Era menuda y sin embargo su porte la hacía parecer alta; muy delgada, muy fina, como un trabajo de orfebre, tan delicada que la ampulosidad de la moda no conseguía disfrazar la sensación de levedad que de ella trascendía y que, con los anchos ojos violetas, de un tono casi igual a los de Adriana dalla Roza, constituía el rasgo saliente de su hechizo. Había trenzado en las ondas de su cabello castaño, ciñendo su cabeza pequeña y perfecta, sobre el largo cuello flexible, a la Ghirlandaio, las perlas de los Farnese-Monaldeschi, que descendían también sobre su seno blanquísimo, delineado con el dibujo de las sartas y el balanceado cairel de las vueltas ovaladas, la exquisitez de esos pechos breves que poblaban mis sueños —a veces solos, como los que las santas mártires presentan en bandejas, a modo de frutas—, las perlas que luego se esparcían por las mangas y las faldas, poniendo en aquellas sinuosidades bermejas un pálido titilar, de suerte que se diría que no eran unos añadidos espléndidos, sino algo propio, suyo, que difundía una luz fría y misteriosa. A su lado, su padre, sus hermanos, sus hermanas, su tía Beatriz Baglioni, irradiaban también de satisfacción, de orgullo. Le besé la punta de los dedos, la ayudé a subir a la carroza, y el cortejo partió hacia Bomarzo.
Pienso ahora que el áureo coche, tirado por seis blancos, en cuya armazón posterior la osa mantenía el sacudido lirio de los Farnese como si fuera a escapársele de las zarpas —para cuya ejecución me había inspirado en la medalla que muestra a la osa de los Orsini abrazando a la columna de los Colonna—, y el séquito de carruajes y cabalgaduras que lo seguía, tenía algo de circense, pero en aquella época ni se me hubiera ocurrido el símil irrespetuoso. Valerio continuaba llevando mi yelmo, y Maerbale, sin pestañear, lo mismo que cuando sucedí en el ducado a mi padre, llevaba erguido mi estoque, el simbólico falo. Yo, entre los demás Orsini —Orso, Mateo, Segismundo, que había extremado la abertura audaz de la camisa y sobre cuya bronceada piel llameaban los diamantes de Pier Luigi; el abad de Farfa, el jorobado Carlotto, el opulento León, los condottieri, el duque de Mugnano, los de Bracciano, que para la oportunidad habían multiplicado el lujo y parecían unos faisanes o unos espejeantes crustáceos— y entre los Farnese —el inmenso Galeazzo Falstaff espectacular; el morado obispo de Soana; Fabio y su elegancia dúctil; Pier Luigi, taciturno, ocultando con las plumas las úlceras del rostro aguileño; su hijo Horacio, un adolescente saltarín; y las señoras cuyas cabezas se agitaban en un coche, en el que se escuchaba el cotorreo de Yolanda y de Battistina y en el que iba también una hermana de Julia a quien no había conocido hasta ese momento, Lucrecia, que era bonita y medio idiota, con el estigma de la vieja sangre corrupta—, y entre los demás, los pajes, los palafreneros, los alabarderos, los portaestandartes, los carros de equipajes y presentes, me empinaba cuanto podía, haciendo ondular los pliegues de la capa esmeralda. De tanto en tanto me acercaba a Julia para indicarle algún detalle del que sería su señorío, y ella volvía hacia mí sus claros ojos impávidos. La noticia de que los Gonzaga aguardaban en el castillo con Hipólito de Médicis había colmado la vanidad de mis parientes nuevos. No cesaban de preguntar. Querían saber, por ejemplo, cuánta gente había llevado consigo el duque de Mantua y qué me había obsequiado el Santo Padre (eran dos esmaltes rodeados de perlas, San Pedro y San Francisco, mis patronos). Así, con mucha palabrería, crujir de arneses, ruido de armas, relinchos y rezongos de los carromatos, y, sobre todo, con muchas bromas cuarteleras al novio, a su timidez y a la obligada tarea que le aguardaba, bromas que estallaban, obscenas —pues si en aquella época triunfaba el espíritu de Ariosto también triunfaba el de Aretino—, sin miramientos para el candor de Julia, y que me hacían apretar los dientes y sonreír sin ganas, avanzó en el crepúsculo, por los campos, encendidas las antorchas, la nupcial apoteosis. El cuadro estaba tan pictóricamente compuesto en su histriónica perfección, que parecía que con nosotros arrastrábamos a las nubes, como velos flotantes, porque nada de cuanto lo integraba debía separarse de su cuidado equilibrio. Vista desde los miradores de Bomarzo, la procesión sería como un animal zigzagueante, como una tarasca o un ofidio de escamas metálicas policromas, como la sierpe del escudo de los Orsini, que se deslizaba, reptando, brillante, hacia la masa fosforescente de la fortaleza. Las trompetas anunciaban nuestra marcha, para acentuar la impresión de farándula viajera, convocando a los aldeanos, y, desde Bomarzo, campanas respondían y clarines. Todo acontecía tal cual lo había planeado yo, fuera, claro está, de las pullas imbéciles, sin embargo imprescindibles y, de no mediar la angustia que me oprimía el pecho hubiera podido considerarme feliz, ya que el aire mismo vibraba de júbilo. Unos campesinos, precedidos por el intendente de mis tierras, nos detuvieron a la entrada del parque y entregaron a Julia una guirnalda de amarantos, la flor de Non moritura. Messer Pandolfo aprovecho para declamar una arenga cuyos latines abrevié. Tenía ansias de llegar. ¡Cómo me hubiera deleitado que me viesen los muertos que tanta influencia habían ejercido sobre mi vida atormentada, mi padre, mi hermano Girolamo, Adriana dalla Roza, Beppo, Clarice Strozzi, y esos otros, ausentes de la boda, Abul, Ignacio de Zúñiga, Nencia, Pantasilea, Pierio Valeriano, Alejandro y Lorenzino de Médicis, que habían colmado también mi existencia con sus afectos y odios, porque aquel cortejo, aquella aparatosa pantomima desarrollada en el suelo de Bomarzo, que procedía hacia el castillo como si hollara el secreto de las tumbas etruscas, y todo él estuviera sustentado por una base de milenaria civilización y de ritos y conjuros subterráneos, era, en cierto modo, la justificación de Pier Francesco Orsini y la prueba de su primera victoria!
En la entrada del castillo aguardaba una multitud que se apretujaba a lo largo de la calle, frente a las casucas del villorrio. Había gente asomada a las ventanas y apiñada en las terrazas. Mi abuela estaba de pie, en el centro del gran portal, vestida de alba seda. Se apoyaba, como en dos muletas, en los hombros de sus dos bufones enanos: el pelirrojo y el tartamudo, ese que tenía tan mal carácter y clavaba los ojuelos sin pestañas con desenfado, en lo que fincaba lo principal de su gracia. A mí, ni el pelirrojo ni él me hacían gracia alguna. Los cardenales Orsini, Farnese, Médicis, Gonzaga y el recién venido Colonna —el Pompeyo Colonna enemigo que nos acosó con su perfidia farsante, pues impidió el papado de mi abuelo, y que por suerte murió ese año—, la enmarcaban de bendiciones y de revueltas olas púrpuras. El resto se esforzaba alrededor por hacerse notar y se confundió en reiterados, estrechos y probablemente hipócritas abrazos con los Farnese, no bien descabalgamos y ascendimos majestuosamente la escalinata.
Esa noche se sirvió un banquete monumental. Ya se conocen las costumbres: los comensales despedazaban las aves como si lucharan con ellas, se chupaban los dedos untados de grasa de venado y arrojaban los huesos debajo de la mesa, mas cada utensilio, cada vaso de oro, cada jofaina de cristal y amatistas, hubiera podido ser incluido por Pablo Veronés en sus grandes óleos espectaculares. Dancé después con Julia, esforzándome por hacerlo con gracia, pero cada vez que mis miradas recelosas se posaban en algún otro de los bailarines de mi edad, en Maerbale, en Segismundo, en Fabio, en el señor de Bracciano, en mi primo el conde de la Corbara, en el espléndido duque de Urbino, que abría una mano, como un tulipán, sobre el macizo collar de Venecia, un desaliento atroz me llamaba a la realidad, y nada, ni siquiera la dulce expresión de Julia, ni la cercanía del giboso Carlotto Fausto, ni la certidumbre de que el padre y el abuelo y el bisabuelo de esos olímpicos Gonzaga habían sido más jorobados que yo, ni el recuerdo de que el marido de la divina Julia Colonna había sido un carcamal, patituerto y manco, lograba serenarme.
Mi novia estuvo gentilísima. Elogió el arreglo del castillo, admiró el retrato de Lorenzo Lotto, besó el anillo de mi abuelo y los labios de Diana, lanzó un grito de alegría cuando le entregué las joyas de mi madre. Pero cuando nos retiramos no dormí ni un momento. Anduve hasta tarde, con Silvio, por el bosquecillo tenebroso en el que las rocas extrañas emergían como quimeras familiares y en el que los osos invisibles y defensores moraban sin duda. Silvio quiso quebrar mi mutismo pero no le respondí. Me limité a suspirar hondamente. Ahora, que me enfrentaba por fin con el coronamiento del esfuerzo largo y que ya no podía distraerme ubicando estatuas y ordenando decoraciones, porque cada cosa ocupaba su sitio dentro del ajedrez de bustos y de figuras míticas, el miedo que se agazapaba en mi interior me invadía, me ahogaba y me impelía a seguir andando, como un autómata, por los senderos lunares. Tenía miedo de Julia. Mi virilidad afirmada tantas veces, de poco me servía en aquella ocasión. Me sentía despojado de ella, como si el pavor que crecía en mi pecho y que dominaba hasta los menores resquicios de mi ser no dejara lugar para los pujos de mi hombría cuando los necesitaba más. Y sin embargo, Julia era suave y de ella parecía emanar una bondad transparente. Ninguna sombra agresiva oscurecía su claro imperio. Acaso un observador exigente hubiera podido tacharla de cierta indiferencia, de cierta lejanía obsequiosa, pero ello podía atribuirse también a justificados pudores.
—Yo velaré por Su Excelencia —me dijo Silvio—; con Messer Benvenuto Cellini haré la invocación conveniente.
Mi fatuidad se rebeló:
—No la hagas. Te lo prohíbo. Éste es un asunto mío, mío solo. Vete y déjame en paz.
La boda se realizó de mañana. Ofició mi abuelo, secundado por los cardenales Farnese y Médicis. Los otros dos príncipes, Gonzaga y Colonna, y el obispo de Soana, con los acólitos, subían y bajaban también las gradas del altar, incensaban la reliquia de San Anselmo, distribuían bendiciones. El San Sebastián y el cuadro en el cual mi padre había mandado pintar a Girolamo y a Maerbale, excluyéndome (expliqué, cuando sobre él me interrogaran, que se trataba de Maerbale y de mí, sin que mi hermano me desmintiera), flanquearon el ritual con su desnudez y sus ropajes, como sensuales alegorías. Deslicé en el anular izquierdo de Julia un zafiro, y ella me devolvió el anillo de Benvenuto, procurándome, al apretarlo yo en mi puño, una felicidad intensa, pues fue como si su contacto me vivificara nuevamente, pero aquella dicha duró poco. El manto ducal me sofocaba en el calor del verano y pensé, con horror, que me iba a desvanecer, que las mitras y las casullas multicolores se iban a borrar en el aire turbio y que los latines cantados por los cardenales ancianos y por los cardenales jóvenes, entre mutuas reverencias, se transformarían en un vago murmullo, de suerte que lo único que permanecía intacto en la niebla dentro de la cual desaparecerían los concurrentes a la ceremonia, quienes se diluirían también como si fueran espectros, sería la impasible apostura de Julia Farnese, iluminada, cristalina, titilante, glacial.
Mis feudatarios rindieron homenaje por la tarde a la duquesa, quien les distribuyó monedas de plata y desempeñó su papel con la holgura de lo habitual, como si hubieran corrido muchos años desde que era la señora de Bomarzo. Aretino le leyó dos sonetos, mesándose las barbas, y Benvenuto Cellini le entregó una hebilla con las imágenes enlazadas de Venus y Adonis. Al anochecer retumbaron los fuegos de artificio. Una osa gigantesca ascendió sobre las fuentes y arrojó a los cielos pirotécnicas flores de lis. Bailamos hasta muy tarde. La marquesa Isabel de Mantua, que era nieta de Ferrante de Aragón, rey de Nápoles, y acarreaba en la sangre el caudal de numerosas generaciones de afabilidad cortesana y de repetir fórmulas que facilitaban el trato en sociedad, me dijo en una pausa de la música que yo bailaba muy bien, que poseía un donaire espontáneo. Y aunque yo sabía demasiado que no era cierto, pues la mentira era obvia, hubiera deseado que ese baile no terminara nunca, que bailáramos y bailáramos, de noche, de tarde y de mañana, sin detenernos, como animados muñecos o como si fuésemos unos príncipes embrujados, inclinándonos e incorporándonos al galano compás, avanzando un pie, tendiendo la diestra, haciéndonos reverencias cadenciosas como los cardenales en la capilla, a fin de que todo, desde que habían llegado a Bomarzo los Farnese, resultara un ballet irreprochable, mientras los días se encendían y se apagaban en los balcones, y los astros que aseguraban mi infinita presencia, movidos por el mismo ritmo de violines, continuaban diseñando su eterna danza pausada en la altura.
No hubiera querido abundar en detalles sobre la intimidad de mi noche de bodas, pues no es cosa propia de un gentilhombre, ni siquiera de una persona de gusto, pero se trata de algo importante para puntualizar aspectos de mi psicología y de las confusiones que me afligieron y, teniendo en cuenta la sinceridad de estas memorias, en las que me describo tal cual he sido y busco explicaciones de mi vida y de mi carácter, sería inconsecuente eludir un tema de tanta importancia.
Por lo pronto debo consignar el inquietante asunto del demonio. Fue Julia quien lo descubrió.
Yo había destinado para nuestra cámara nupcial una habitación del primer piso, más bien pequeña, a la cual mandé revestir de cerámicas verdes y amarillas. Con el objeto de ejecutar este trabajo, vinieron obreros especiales de Roma, quienes trajeron con ellos los mosaicos que había encargado en esa ciudad. Cuando la obra estuvo terminada, la examiné y le di mi aprobación. Era, dentro del castillo, algo distinto, y quise que fuera así, algo que se destacaba de la pompa y la austeridad que las decoraciones renacientes de mi padre y mías y la medieval pesadez habían impreso al resto de la fortaleza. Deseaba que la habitación que compartiría con Julia tuviera un aire recoleto y grácil, y lo conseguí. Las lises farnesianas y mis propias siglas VIC. ORS., distribuidas en el adorno de las pilastras y de los jarrones con entrelazadas rosas blancas, proclamaban discretamente que ése era nuestro refugio más personal, aquel en el cual la flora heráldica de ambas familias perdía su simbolismo guerrero, afirmado tantas veces en los escudos de combate, para recuperar su sencilla y natural hermosura. No advertí entonces nada anómalo en la composición, y en verdad el ámbito era de proporciones tan reducidas, con su ventana y sus dos puertas, que hubiera sido difícil que un desorden cualquiera del dibujo, por mínimo que fuese, escapara a mis ojos avizores. Partieron los artesanos, ubicáronse en la estancia el lecho de verdes colgaduras y los escasos muebles, y ya no volví a entrar allí sino muy de tarde en tarde, movido por la superstición de que mi presencia en esa cámara no le convenía a mi futura felicidad. Por el mismo motivo no se la mostré a Julia, reservándola, como una sorpresa, para la noche de bodas.
Ascendimos, pues, las angostas escaleras, escoltados por damas y pajes cuyas palmatorias proyectaban sombras danzantes en el camino. En una sala vecina cambié mis ropas por una delgada vestidura, inspirada en las líneas amplias del lucco florentino. Luego despedí a mis ayudantes. Silvio y Juan Bautista fueron los últimos en irse, y me besaron ambos. Maerbale, que asistía a la ceremonia con una luz en la diestra, me abrazó también. Me acuerdo de que en ese supremo instante todavía me empeñé por indagar en su rostro, en pos de un indicio de sus sentimientos, pero hallé la misma máscara cortesana, el mismo respeto impenetrable del cual no se separaba jamas. Lo oí alejarse de puntillas, y salí a la terraza que comunicaba con el aposento en el que sus damas desvestían a Julia.
Era una noche singularmente clara, que confería al paisaje una rara palidez, como si todo él estuviera sembrado de colosales osamentas. Me incliné en el parapeto y avisté, a la derecha, la parda ondulación de los tejados de Bomarzo, que nos circuían como un oleaje turbio que se había inmovilizado al tocar los muros del castillo. Todo el panorama montuoso daba la misma impresión de mar revuelto y estático, de un mar que, al helarse, había tomado la apariencia de esqueletos ciclópeos. Delante, a la distancia, erguíase la roca de Mugnano, y más allá, como una rota hoja de espada, relampagueaba el Tíber. Abrióse la puerta y adiviné que Julia estaba detrás de mí. Giré hacia ella y la vi, de pie contra el nido de sombras. Con su cabello suelto y el largo ropaje blanco, era una aparición lunar. Brillaban como aguamarinas, bajo las pestañas negras, sus ojos transparentes. Le tomé una mano y la conduje hasta el resguardo que formaba un severo balcón. El corazón me latía terriblemente y temblaba tanto que Julia, al percatarse de ello, sonrió y deslizó su brazo debajo del mío. Para ocultar mi turbación —yo tartamudeaba y me azaraba como un imbécil, cuando ella hubiera debido ser la atolondrada—, le indiqué la silueta de Mugnano, en la que parpadeaban algunas luces, y le dije que el duque, mi primo, estaría agasajando allí a los parientes que había llevado consigo al partir. Le mostré también, en la penumbra de los baluartes, el abandonado carro nupcial sobre el cual había entrado triunfalmente en mis dominios y en el que la osa seguía alzando, como un atributo viril, el lirio enhiesto, alegórico. Después, para ganar tiempo, frívolamente, me puse a comentar los incidentes de las fiestas, exagerando la bufonería, hasta que me di cuenta de que hablaba solo y callé. La atraje y la besé en las mejillas, en la frente, en los anchos ojos, en la boca. De su piel emanaba un suave perfume. Al actuar así, no cedía yo al arrebato espontáneo, anheloso; procedía como si cumpliera un rito, y el comprobarlo me angustió más. En aquel mismo sitio había tenido lugar la invocación diabólica de Silvio de Narni que antecedió a la muerte de mi padre, y eso, que no podía extirpar de mi memoria, contribuía a mi desazón. La campiña entera parecía acechar en torno, aguardando. No se oía ni un rumor, ni el canto de un grillo, ni el son de una esquila, ni el chistido de una lechuza, ni el secreteo del follaje, y el resto del caserón, en el cual sin embargo se alojaban todavía tantos convidados, guardaba silencio. Se diría que la casa respiraba quedamente, como un enorme animal. La imagen de Silvio y de su conjuro volvió a acosarme, nítida, como si el nigromante estuviera dibujando en el suelo la geométrica figura y el monograma sacro, y me arrepentí de haber rechazado, en esta oportunidad, el auxilio de su arcana sabiduría.
No era posible prolongar la espera. Regresamos al aposento y desprendí, con dedos torpes, transpirando, las leves vestiduras de mi mujer. En el medio de la habitación que iluminaba la cera de las lámparas, surgió ante mí, desnuda, y creí desfallecer, porque su esbeltez adolescente era más bella de cuanto había imaginado. Su blancura se tornaba, en los ángulos sedosos sobre los cuales se desplazaba la luz, casi celeste.
—Nunca pensé —me dijo— que Vuestra Excelencia hubiera invitado al Diablo a esta reunión.
Yo estaba de hinojos y levanté mi mirada hacia la suya, sin comprender. Julia sonreía y me señalaba algo en el muro. Había allí, junto a la puerta, entre la taracea de mosaicos, un dibujo que yo no había notado antes —y eso es lo imposible, lo fantástico, porque, como he expresado ya, la habitación era pequeña y yo la había examinado cuando los artesanos pusieron fin a su labor—, una cerámica del mismo tamaño que las otras que representaba una cabeza demoníaca, bicorne, con la boca abierta. Me puse de pie de un salto y palpé la imagen con los dedos titubeantes. No se trataba de una visión. Sentí bajo mis yemas los contornos del rostro faunesco, la nariz aguda, los ojos, el belfo colgante, las puntas de la cornamenta retorcida. Julia se echó a reír y tornó a cubrirse.
—¿Eres amigo del Diablo? —me preguntó.
Tanto como aquella presencia insólita, me sorprendía su actitud.
—Ignoro cómo está aquí —murmuré—. Es materia de hechicería.
—¿Crees en ella?
No le contesté. Buscaba, sobre las mesas, algo, un instrumento punzante, para destruir la efigie. Mi espada y mi daga habían quedado en la vecina habitación.
—La haré añicos. O no; mejor llamaré a Silvio para que la conjure. Y mañana sabré quién la ha puesto ahí.
Ella tornó a reír.
—Déjala. No llames. Déjala estar.
—Pero no entiendo cómo ni quién la ha colocado en ese muro.
Julia arrojó su veste sobre el respaldo de una silla y sus pliegues ocultaron la cerámica perversa. Ahora estaba desnuda de nuevo, estirada entre las colgaduras.
—Olvídala, Pier Francesco. Aquí tienes a tus santos protectores.
Y esa vez me mostró, a ambos lados del lecho, los esmaltes de San Pedro y San Francisco, rodeados de perlas, que me había enviado el Santo Padre. Me aproximé con aprensiva cobardía.
—Olvídala. Prométeme que no la quitarás. Es un juego, un adorno. Olvídala.
Se lo prometí. Quizás cometí un error esencial al prometerlo. A la mañana siguiente ordenaría que la rociaran con agua bendita, pero no la quitaría del revestimiento. Sigue en ese lugar, junto a la puerta, después de cuatro centurias y media. Quien vaya a Bomarzo, la podrá ver.
El alarmante hallazgo aguzó mi nerviosidad. También la acentuó la compostura de mi amada. ¿Dónde había dejado su recato, su timidez? Pero ¿acaso ese recato y esa timidez existían? ¿Acaso eran algo más que un disimulo? ¿La conocía yo, por ventura? ¡Ay!, si ella hubiera obrado en otra forma, si hubiera evidenciado cualquier indicio de una zozobra como la que me estremecía, en vez de esa desenvoltura inesperada, pienso que el episodio de la iniciación de nuestras relaciones hubiera tenido un cariz muy diferente, opuesto, porque entonces las circunstancias hubieran sido iguales para ambos y hubiéramos avanzado simultáneamente hacia el fuego de la pasión. Pero su desplante ahondaba mi soledad y mi desamparo. Me sentí solo, inerme, frente a ella que estaba sostenida, en cambio, por una fuerza incógnita, fruto quizás de la experiencia. Pero ¿no me asistía a mí mi experiencia de hombre?, ¿qué me pasaba?, ¿por qué venía a sumarse ahora, al ridículo ineludible de mi físico, este otro ridículo con el cual no conté y que me colocaba en una posición tan falsa y tan insegura, trastrocando grotescamente los papeles sin que nada concreto lo justificara? Me fui despojando del lucco, como si toda la escena fuese una pesadilla intensificada por el horror culminante de tener que exhibirme desnudo delante de Julia. Eso —y lo subrayo como he subrayado cada sensibilidad mía en esta pública confesión— es lo más tremendo del caso: que lo que por el momento me angustiaba primordialmente era lo que concernía a mi vanidad estética, al pavor de exponer mi tara, y no a la duda surgida de la actitud de Julia y que implicaba una posible traición. Primero se planteaba mi problema inmediato y obvio; el de Julia, desconocido, se postergaba. La herida en el corazón de la vanidad motivada por mi pobreza física podía más que la herida causada por una infidelidad que, de ser cierta, hubiera debido desesperarme incomparablemente más. Pero no quise pensar en eso, o no pude. La joroba crecía sobre mi espalda, sobre mis hombros, sobre mi frente, cegándome. Tenía que exhibirme por fin, y mientras ella se reclinaba sobre los almohadones con la indiferencia de una meretriz (o con la serenidad de una mujer de temple que encara la esencia del matrimonio, no como un azaroso sacrificio, sino como un paso tranquilo hacia la comunidad de la existencia, pues cabía también esa interpretación), a mí me castañeteaban los dientes.
¡Qué desgraciado, qué desvalido me sentí entonces!, ¿cómo me atreví a suponer que las cosas sucederían de modo diverso? ¿Bastaban, para afianzarme, mis aventuras con rameras y con aldeanas, mis andanzas con Juan Bautista, en las que las reacciones habían sido súbitas y eficaces? ¿Qué me pasaba, qué me pasaba, Dios mío? Los meses de monacal continencia, esperando ese instante, preparándome para él, esos meses en el curso de los cuales había creído limpiar a mi cuerpo y a mi alma de impurezas, de nada servían. Como cuando fracasé en mi intento inicial junto a Pantasilea, recurrí a las imaginativas sustituciones, evoqué a Nencia, a Abul, a Juan Bautista, a la propia Pantasilea y hasta el recuerdo del espinazo rítmico de mi paje Beppo y de la abierta entrega de la hija del posadero de Arezzo, el día en que tuve la revelación del acto lascivo, para que me socorrieran en el trance y me insuflaran el vigor del cual carecía. La cámara se pobló de invisibles figuras ardientes y fue en vano que se retorcieran alrededor como llamas. Acaricié ese cuerpo fino y deseable, lo besé sin descanso, gimiendo, llorando, pero Julia Farnese salió de mis brazos, esa noche, como había llegado a ellos.
—Perdóname —balbuceaba, y al hablar de la suerte hacía, sin quererlo, lo más contraproducente, pues refrendaba mi impotencia—, perdóname, Julia, perdona al jorobado, al que no es digno de ti…
Ella me acariciaba también evitando que sus manos rozaran mi espalda, quizás con asco, quizás con cierta indulgencia, con cierta indiferencia, porque procedía como yo de una vieja casta y, en los linajes muy gastados por el tiempo, muy usados por los artificios decadentes, lo inhabitual, lo que entre otros puede resultar motivo de una ruptura inmediata, es asunto que se considera como entre cómplices, herederos de similares desconciertos, pues en esa atmósfera todo se torna más complejo y más extraño. Era el medio en el cual Julia Gonzaga había acompañado con su virginidad, hasta su muerte, a su marido Vespasiano Colonna; el medio en el cual Guidobaldo de Montefeltro y su mujer habían sobrellevado, sin ser santos, sus nupcias blancas. Pero tal vez yo pensaba así ante el horror de un escándalo que pondría de manifiesto una tara más del duque de Bomarzo. ¿Qué sabía yo de lo que andaba por la cabeza de Julia, en momentos en que me afanaba inútilmente, apretando los dientes, sacudiéndola, torturándola, torturándome, buscando de suplir con mi boca lo que no lograba de otro modo?; ¿qué sabía yo, desarmado, echado sobre aquel cuerpo hermoso y frío? Le hablé groseramente de las victorias que había obtenido en ese campo. Di nombres que para ella nada significaban, a fin de acreditar mi poder. Me porté como un rústico, después de portarme como un deleznable incapaz. Y sólo entonces se me ocurrió enrostrarle lo que llamé descaro. Sólo entonces —y no porque me perturbara esencialmente el atrevimiento de su actitud, sino porque lo utilicé como un pretexto para disculpar la mía— atiné a acusarla de prácticas y conocimientos previos en la materia que nos reunía sobre el lecho tumultuoso. La cólera la inflamó, bajo el insulto. La niña gentil, la mujer provocante, se convirtió en una diosa agraviada. Ejercía igual dominio sobre el registro majestuoso y sobre el registro sensual y cuando se le antojaba exteriorizaba hasta qué punto era la sobrina del cardenal Alejandro Farnese. Debo decir que se defendió muy bien, que infundió tal verosimilitud a sus palabras, aludiendo a su inocencia y a su solo deseo de hacerme feliz, brindándome cuanto poseía, que me obligó a excusarme, a apelotonarme, a postrarme a sus pies, pues de repente temí haber empeorado mi situación con un error gravísimo y haberlo perdido todo con un desacierto más. Eso colmó mi humillación. Para reconquistar por lo menos su amistad y obtener una prórroga de su confianza, recurrí a las adulaciones serviles, como si yo no fuera el duque y el gran señor que pretendía y que la había recibido en su castillo con tan noble pompa, entre los próceres de Italia, sino un villano vulgar, un esclavo, hasta que cedió su tensión y reanudamos nuestras frustradas caricias. Por fin, rendido, cubierto de sudor, caí en letargo.
Soñé que descendía con Julia hasta el bosque de las rocas, el futuro Sacro Bosque. Íbamos ambos apartando ramajes, entre los olmos, las encinas, los tamarindos, los sauces, en medio de cuya trabazón se revelaban los peñascos fantasmales con priápica insolencia. Había allí una numerosa compañía de hombres y mujeres desnudos, semejantes a los seres infernales que pueblan las tumbas etruscas. Nos incorporábamos a sus danzas, a sus manejos eróticos, a sus violentos abrazos, en el vertiginoso aquelarre, y nos desplomábamos, fundidos el uno con el otro, en el centro de esos apilados cuerpos de recios colores, pintados con los ocres del óxido de hierro, con los negros del carbón vegetal, con los azules del lapislázuli, que giraban alrededor de un demonio de cerámica. Yo estiraba las manos, braceando como un nadador presto a hundirse, y tropezaba con un duro pecho femenino, con una pierna, con un sexo de hombre. Era como si nadara en un río espeso de cuerpos policromos, confundidos, entrelazados, en el cual era imposible separar los miembros y las cabezas, porque entre todos componían un solo monstruo inmenso que se desplazaba como un lento río caliente, bogando a la sombra de los árboles luctuosos y de las rocas lascivas. Julia era mía, por fin. Tan agudo fue el espasmo que desperté gritando. Ella continuaba dormida, abandonada. Vi, con amargura, que si no había podido poseer a la mujer viva, en cambio había poseído a su imagen.
Como después de mi descalabro en Florencia, cuando mi abuelo Franciotto me precipitó en brazos de la hembra pública, para avisparme, la inquietud que para mí privó sobre las demás, sobre mi propio revés, al salir de la cámara donde Julia seguía durmiendo, fue evitar que mi vergonzoso infortunio se conociese. Presentí que Julia no diría nada por ahora, que en cualquier caso postergaría la desagradable revelación. Y no me equivoqué. Horas más tarde, al descender al jardín recién bañada, recién acicalada por sus damas, mi esposa no dejó traslucir nada de lo acontecido. Juntos asistimos a la misa que ofició el obispo de Soana; juntos vimos cómo, respondiendo a mi solicitud y sin que se enterasen los demás, el cardenal de Médicis rociaba con agua bendita la cabeza diabólica de nuestro aposento, y oímos cómo, sonriendo irónicamente, mientras sacudía el hisopo, pronunciaba purificadores latines.
Muchos de los invitados habían partido ya, a Mugnano, a Bracciano, a Anguillara, a Bagnaia, a las posesiones vecinas, pero el castillo seguía lleno de gente a quien había que agasajar y entretener. Hubo, por la tarde, un simulacro de torneo, y después los enanos de mi abuela representaron una pantomima realzada con algunos versos del Aretino. De todos los presentes, mi abuela fue la única que sondeó en mi comportamiento indicios de que la experiencia nocturna no me había sido favorable. Lo captó a pesar de que me esmeré para que ningún signo lo permitiera conjeturar, extremando las pruebas de entusiasmo amoroso junto a mi mujer. Por otra parte, Julia contribuía al engaño, respondiendo a esos arrebatos con los testimonios oficiales de su recatado cariño. ¿La amaba yo? Cuanto concierne al amor es tan complejo, tan arduo de entender… ¿Amé a Adriana dalla Roza?, ¿amé a Abul?, ¿amé a Julia? Lo cierto es que, como en otras ocasiones, quería que ella me amase, y ahora, luego del fracaso, todavía más; quería conquistarla, quería enseñorearme de sus sentimientos, ya que a su cuerpo no había podido dominarlo, y eso era extremadamente difícil, después de la triste aventura que acabo de describir y teniendo en cuenta la repulsión que debía emanar de mi físico y lo embotado que me sentía espiritualmente, aun en medio del juego de la cortesía aristocrática. Lo importante, por lo pronto, era ganar tiempo, y que los huéspedes no percibieran la debilidad básica de nuestra relación. Y a eso lo conseguí. Conseguí embaucarlos. Pero no embauqué a mi abuela. Desde su ancianidad y su idolatría, como desde una atalaya inexpugnable, mi abuela miraba hacia mí y me veía con exacta nitidez. Imposible ocultarle nada. Estaba yo sentado entre ella y Julia, en la semioscuridad del salón donde los enanos, el rojo y el tartamudo, hacían cabriolas y declamaban los alegres disparates de Pietro Aretino, cuando sentí que Diana Orsini me palmeaba dos veces la rodilla, afectuosamente, como se hace cuando se desea tranquilizar a una persona, y luego, a hurtadillas de los demás, me tomó una mano y se la llevó a los labios. Sí, ella sabía; sabía todo, y eso me angustió y me serenó a un tiempo, e hizo que las lágrimas se agolparan en mis ojos cansados. Pero el resto nada advirtió. Al contrario. No bien me aparté con los gentileshombres, abundaron las pullas sobre mi extraordinaria suerte, pullas que Galeazzo Farnese, con su vehemencia, fue el primero en estimular. Y lo curioso que debo anotar aquí es que tanto ese día como la semana que lo siguió y durante la cual permaneció en Bomarzo buen golpe de invitados de ambas familias, se difundió en el castillo, como consecuencia de nuestra presunta felicidad y del erótico ardor que desde la cámara de las cerámicas se propagaba, ganando las escalinatas y las habitaciones, una apasionada atmósfera sensual. La sensualidad andaba por los aposentos como un incendio creciente, al que alimentaba y activaba la paradoja de un fuego que no existía, pero su presencia se extendía doquier.
Los síntomas iniciales de ese estallido se notaron después de la representación de los bufones y tuvieron los tintes de una burla de Boccaccio. Nos enteramos por hablillas de los pajes de que la mujer del enano pelirrojo —la misma del pleito de los gatos—, al verlo actuar en el improvisado proscenio, ataviado como el dios Mercurio, sintió renacer en sus venas una codicia impúdica que, dada la edad de ambos y su largo comercio, hubiéramos supuesto reducida a cenizas permanentes. En la intimidad requirió sus galanteos, que el viejo naturalmente negó, y entonces se desató la furia de la dueña. Bastantes años atrás, Messer Pandolfo había sido su amante, en tiempos en que le enseñaba a escribir, y la hembra acudió a buscar junto a él lo que su marido no podía darle, encontrando, por iguales motivos, un rechazo igual. Su decepción y su ira espumaron en tal forma que, medio loca como ya era, terminó por perder la razón. Silvio de Narni le había mostrado alguna vez los horóscopos que componía, y a la mujer no se le ocurrió nada mejor, aprovechando los palotes que debía a la paciencia de Pandolfo, que ponerse a inventar unos horóscopos tremendos, densos de predicciones nefastas, dedicados a los distintos huéspedes, y que distribuyó sigilosamente en sus habitaciones, como si se propusiera vengarse del mundo. Según esos papeles, el duque de Mantua moriría devorado por las hormigas, e Isabel de Este daría a luz, a los ochenta y dos años, un hijo con tres cabezas. Mucho rieron los damnificados, los días siguientes, del absurdo episodio, que se comentó en toda Italia, pero quien menos rió fui yo, el duque, no porque me molestara que esas cosas sucedieran en mi castillo y porque los insultos y procacidades de la senil pitonisa pudieran incomodar a alguno de mis comensales, sino porque la constante referencia a la ineptitud voluptuosa del enano y del preceptor hería, sin que los demás se percataran, los nervios más susceptibles de mi sensibilidad despierta.
Pasaron los días, suntuosos, con fiestas, con cacerías, con bailes. Inútilmente procuré reanudar mis mezquinos intentos junto a Julia Farnese. Hasta llegué a pensar en un maleficio, en una ligadura. La cabeza del Diablo había sido exorcizada, y sin embargo… Cuando pretendí nuevamente destruirla, Julia me intimidó, arguyéndome que podía traerme mala suerte. Mi suerte no había sido muy buena que digamos, pero conservé el mosaico. Me parecía que si evidenciaba un sobresalto excesivo, frente al calmo desdén de Julia ante esas alarmas, corría el riesgo de mostrarme aún más pusilánime. A las anteriores trabas sutiles que obstaculizaban mi cumplimiento de funciones obvias, sumábase ahora una sorda rabia que me cegaba, que me abrumaba. Julia no había modificado su actitud. Era casi como si, de antemano, hubiera previsto que las cosas iban a suceder de este modo, y la sospecha de que abrigaba ese pensamiento denigrante agravaba mi exacerbación. Mi mujer seguía siendo, en la soledad nocturna de nuestra cámara, la misma estatua hermosa y sin velos, la misma obsequiosa, sonriente frialdad. Las ojeras azularon mi rostro demacrado del cual tanto me enorgullecía, y los huéspedes las atribuyeron, con obscena insistencia, a mis reiterados triunfos amorosos. Yo me desesperaba. Pasaba de la ira a la languidez, mientras tenía que representar frente a los invitados el papel de la robusta felicidad. Y era tal mi excitación, tal el frenesí sexual que suscitaba mi ronda de lobo en torno de la posesión inalcanzable, que volví con fruición, en busca de un alivio saturado de remordimientos que al fin de cuentas redoblaba mis ansias, al vicio de mi adolescencia. Pero pronto comprendí que esa artimaña, ese ersatz, ese fugaz acoplamiento con fantasmas, no bastaba para desahogarme, y cuando todos se habían retirado comencé a salir de noche, acompañado por Juan Bautista, en pos de una campesina que me sirviera de rápido consuelo. El paje no formuló ni una pregunta. Todavía hoy ignoro hasta dónde penetró la verdad de la situación. Tampoco me sugirió que el consuelo podía emanar de él, como antaño, pero sólo otra mujer, suplantando a Julia, era capaz de procurarme el desquite, al patentizar mi hombría. Y las mujeres de la aldea a quienes recurrí, habrán llegado a la conclusión de que, además de Julia Farnese, mi rijosidad pedía otras amantes, otros cuerpos firmes y dóciles, prontos a acoger su urgencia. Empezó a concretarse entonces la leyenda de mi fabuloso vigor, que subsiste hasta la actualidad y que, mezclando mi figura con la de mi padre y otorgando a uno solo las hazañas de ambos, rodea a mi nombre de pujante prestigio. Julia fingía dormir, estoy seguro, cuando yo dejaba su lecho. Quizás mi partida significaba para ella un descanso. Y si yo era, a su lado, un mero pelele, junto a mis demás compañeras demostré insistentemente, cotidianamente —azuzado, lo cual no deja de ser extraño, por mi nulidad marital y por el enardecimiento que me causaba el prohibido esplendor del cuerpo de mi mujer—, que era, por lo menos en lo que atañe a la amatoria gimnasia, un Orsini digno de la tradición centenariamente viril de la estirpe.
Entre tanto, en Bomarzo, como he dicho ya, aquellos forcejeos y la certidumbre de mis victorias habían originado una atmósfera de concupiscencia que prolongaba dentro del castillo el clima sensual que emanaba, como un vaho abrasador, de la tierra etrusca, y cuyos misteriosos efluvios había discernido yo desde los primeros alertas de mi niñez. Renació, esquivándome, la persecución de Juan Bautista por Pier Luigi Farnese y Benvenuto Cellini, indignando a mi primo el bello Segismundo, y aunque carezco de pruebas al respecto, calculo que mi paje terminó sucumbiendo ante el tenaz orfebre. Violante Orsini, casada con el ilustre Savelli, se entregó, según contaron después, al duque de Urbino y a un alabardero. Hipólito de Médicis hizo cuanto pudo por abatir las virginales defensas de su adorada beldad. De Aretino no hablemos. El cardenal Hércules Gonzaga fue sorprendido en la galería de los bustos, exactamente entre el busto de Caracalla y el de Claudio, en momentos en que acariciaba los pechos de Lucrecia Farnese, la hermana retardada de Julia, como si tuviera en sus manos a una escultura más, tal era la impavidez ausente de la pobre de espíritu, y aunque el asunto trascendió, el padre y los hermanos de la niña prefirieron, probablemente, echarle tierra, porque no convenía incurrir en la hostilidad del clan de Mantua por una tonta. Tampoco sé hasta qué punto fue verdadero el episodio: la indecencia irresponsable del hijo de Isabel de Este, de la cual ha quedado honda huella en sus cartas, podría confirmarlo. Su madre había obtenido para él la púrpura en momentos en que Clemente VII, acosado en el Castel por las tropas de Carlos Quinto, puso en venta cinco capelos al mejor postor. El cardenal Hércules tuvo por lo menos dos hijos naturales, pero cuando le tocó presidir el Concilio de Trento, ya cincuentón, sus allegados describieron la porfía con que el pecador arrepentido castigaba su carne. Faltaba aún bastante para el Concilio, para la sincera y suprema aproximación a Dios del Don Juan impenitente…
Me pareció que Maerbale observaba excesivamente a Julia. Lo espié sin resultado. De cualquier manera, en seguida emprendió viaje a Venecia, con Valerio Orsini, Leonardo Emo y la mayestática nieta de Oliverotto de Fermo, una señora de poliédricas aristas, cuyo bozo era inseparable de una lengua reconocidamente mordaz. Mi hermoso cuñado Fabio hizo buenas migas con Segismundo. Luego que este último corroboró el desapego de Pier Luigi, a quien tuvo que devolver el collar de diamantes que ponía reflejos exóticos sobre su piel bronceada, mi primo endulzó su desamparo con ayuda del menor de los Farnese y de algunos soldados bien dispuestos de la fortaleza. La mujer del bufón pelirrojo, la loca, continuó alborotando, hasta que no hubo más remedio que encerrarla. Al amanecer, sus gritos salvajes me estremecían, como los de un ave agorera, en el lecho que compartía con Julia. Entonces la duquesa se levantaba, rozaba con un dedo los esmaltes papales, me tocaba la frente y se hundía en la pesadez del sueño. Yo no dormía casi. Terminé enviando a la poseída a mi palacio romano.
El propio Silvio de Narni, tan espiritualizado, tan obsesionado por los experimentos astrológicos, sucumbió bajo el fuego que invadía la casa, y una mañana descendió de su torre para pedirme que lo autorizara a desposarse con Porzia. Así lo hice, a pesar de las protestas de Juan Bautista quien, olvidando o descartando el oficio que su hermana había desempeñado en Bolonia, para gloria de muchos hombres nerviosos, y movido por la vanidad de la dudosa jerarquía que le otorgaban a él sus vínculos con el duque de Bomarzo y con Pier Luigi Farnese, tachó de mésalliance la unión con el mago. Juan Bautista aspiraba, con cierta razón si se consideran los atributos físicos de su melliza, a un matrimonio más encumbrado, quizás a un amante de la nobleza principal. Mientras Silvio, escudriñador del cielo, trasuntaba ansias cada vez más contradictoriamente burguesas y el afán de un hogar estable, Juan Bautista principiaba a descubrir las uñas de una inesperada ambición.
Y los gatos de mi abuela, tan decorosos, tan exclusivistas, tan orsinianos, se incorporaron al concierto, como contagiados del desenfreno general. De noche se los oía maullar en los tejados, apareados estridentemente con el ejército vagabundo de la aldea, y la gata blanca recibía a su harén masculino en la carroza alegórica de Julia.
Sí, fueron aquéllos para Bomarzo, en el pegajoso calor veraniego que se imponía entre nubes de moscas, días muy sacudidos. El aparato mundano continuó en pie, como si nada extraordinario aconteciera, porque nos reuníamos en colaciones gárrulas, gozando de los sitios pintorescos, o, de tarde, inventábamos difíciles juegos de ingenio en los que triunfaba la picardía de Isabel de Este y la desfachatez de Aretino, o bailábamos, haciéndonos reverencias con las faldas y jubones, como si fuéramos unos pájaros saltarines que oscilaban y canturreaban en la fronda de los tapices áureos, pero, no bien caían las sombras y la luna despertaba antiguos monstruos, el contenido frenesí se apoderaba nuevamente del castillo. Aquellos príncipes y artistas alterados —Gonzaga, della Rovere, Farnese, Cellini— eran capaces de disponer, con un relámpago de aceros, de la vida de sus congéneres. El obispo de Soana, que harto lo sabía, rezaba sin cesar para que se apaciguara su efervescencia.
No sólo nosotros, los señores, nos percatamos del vaivén erótico que nos arrastraba en su delirante torbellino, sino también el vulgo, que nos contemplaba de lejos, como si asistiera a un espectáculo inverosímil al cual seguramente envidiaba. En el villorrio, cada uno se las arregló como pudo para participar de la contagiosa embriaguez que difundieron la soldadesca y las servidumbres y, cumplido el plazo que fija esa ordenada evolución, me tocó apadrinar en Bomarzo numerosos bautizos que complicaron la modesta economía del vasallaje y me obligaron a multiplicar las gratificaciones. La fábula de las orgías y los escándalos de Bomarzo comenzó a cundir y llegó a Roma, soplada, inflamada, henchida, hasta que los últimos huéspedes partieron. Cuando Aretino se despidió de mí, me costó defender de su avidez las copas bizantinas que me había obsequiado Valerio. Entonces tornó a afirmar su imperio una paz ficticia. Hubo paz para todos menos para mí. Mi nonagenaria abuela, espantada de los comentarios de sus damas, cuchicheados en el aletear de los ventalles —y habrá que atribuir su puritano repudio a la alta vejez, pues había convivido con los Borgia—, volvió a bajar al jardín, abandonando su alcoba, su celda, como si quisiera retomar, después de la borrasca, en sus nudosas manos, las riendas perdidas. Me cruzaba con su silla, que conducían dos lacayos, en los senderos que bordeaban las rosas, y ella me miraba de hito en hito. Julia oteaba la campiña, hacia donde había desaparecido, dentro de una nube de polvo, el séquito de sus parientes. Y yo entrecerraba los párpados, robado de mi secreto por la sapientísima Diana Orsini, y simulaba estar absorbido por pensamientos graves, como corresponde a los duques.
Un médico, un psicoanalista actual, gente de experiencia, de libros, de teorías, podría explicar probablemente con facilidad (o con dificultad) qué era lo que me pasaba, qué exactas, delicadas, mínimas y tremendas ruedecillas habían entrado en juego y habían puesto en marcha el mecanismo de mi inhibición frente a Julia. En cambio algún lector poco sutil dirá su escepticismo ante el hecho de que, simultáneamente, yo reiterara los testimonios de mi eficacia viril en colaboración con distintas vasallas de Bomarzo y la nulidad de mis empeños amatorios con referencia a mi legítima esposa. No me adentraré demasiado en el análisis del problema y me limitaré a repetir que las cosas sucedieron de ese modo. Sólo subrayaré para el lector escéptico la circunstancia de que mis triunfos se lograran sobre gente de categoría subalterna, unida a mí y a los míos por siglos de obediencia, y que era como una proyección humana de esa tierra leal de Bomarzo que nos servía desde la penumbra medieval, esa tierra incapaz de traicionarme. Julia Farnese, gran dama, hija de una casa célebre, ubicada delante de mí en condiciones de igualdad, introdujo en las permutas voluptuosas un elemento nuevo. Por primera vez encaraba yo, en un nivel en el cual sentía siempre, en el fondo, la inferioridad de mi situación —como cada oportunidad en que mi cuerpo se ponía en evidencia—, una responsabilidad de esa índole con alguien que era no sólo mi asociada contractual en tales zarandeos, sino también mi par, mi equivalente jerárquico, mal pese al orgullo de los Orsini, y, por consiguiente, un posible juez íntimo e irónico. Y la inhibición que resultó de este planteo fue más fuerte que mi voluntad, que mi urgencia por afirmarme entonces más que nunca.
Todo esto es triste, pequeño, desagradable, hasta repugnante. Si Julia procedió como si no le otorgara importancia, como si estuviera en una altura dulce y secreta a la cual no llegaba el jadeante rumor de esas inútiles tentativas, a mí, en cambio, me desquició, puesto que era el culpable de situación tan mísera. Como en otras ocasiones, traté de desembarazarme de la culpa, descargándola sobre un inocente, convenciéndome de que si las cosas se producían así era a causa de la frialdad y de la indiferencia de mi compañera, lo cual, si era verdad en parte lo era en una parte muy minúscula. Me dediqué, pues, a vejarla, como si me vengase de un agravio que no existía en realidad y, puesto que mis engaños con modestas campesinas de Bomarzo, que Julia no podía ignorar, la dejaban insensible, eché mano del recurso más aparatoso y ofensivo que me facilitaban Juan Bautista y Segismundo. Ya no me separé de ellos, a las horas del día en que familiares y criados atestiguaban continuamente en el castillo y en el parque, la singularidad de nuestros contactos. El calor apretaba todavía y lo aproveché para que ambos muchachos anduvieran semidesnudos, suprimida la camisa y subrayado el cuerpo por el ceñimiento procaz de las calzas y, con ellos así vestidos —o desvestidos—, se me solía ver entre sus torsos brillantes, apoyado en las balaustradas o riendo a la sombra de los jarrones de terracota del jardín que decoraban rosas y laureles. Pero ni siquiera ese exhibicionismo logró conmoverla. Si me cruzaba con ella junto a algunos de los macizos recortados o en las terrazas que entoldaban los tapices viejos, cuando iba en tan escandalosa compañía, Julia Farnese se limitaba a sonreírme, desde la distancia de su desapego aristocrático, con lo cual enardecía mi cólera humillada. Mi abuela me espiaba en tanto, apoyada en el alféizar de su ventanal, entre sus gatos inmóviles, y yo, perdido, desesperado, extremaba la pantomima insolente como si ubicara a Diana Orsini en el clan de imaginarios enemigos que exacerbaban mis ansias de desquite.
Corrió el tiempo de ese modo, mezquinamente, y en momentos en que me inquietaba en pos de un pretexto que me permitiera alejarme de Bomarzo y del suplicio que significaba compartir en silencio el lecho de mi mujer —y de alejarme sin que ello despertara sospechas peligrosas—, me lo dio el anuncio, que trajo un fraile, de que mi abuelo Franciotto agonizaba en su palacio romano. Partí para allá en seguida, exagerando las manifestaciones de mi alarma. Me acompañaron Juan Bautista Martelli y los tres primos Orsini —Orso, Mateo y Segismundo—, quienes esperaban sin duda que el cardenal los recordara en su testamento. Si fue así, concluyeron los tres defraudados.
Una mezcla de alivio y de zozobra me embargó al apartarme del castillo. Las tribulaciones maritales quedaban para después. Quizás, a mi regreso, todo se equilibraría. Lo único que me intranquilizaba ahora era el fin del anciano. Aunque mi abuelo me había demostrado rotunda y permanentemente su desamor, me sobrecogió un sentimiento nuevo hacia él, mientras galopaba camino de Roma, algo que se parecía a la ansiedad de que, antes de morir, el cardenal me certificase que me quería, porque eso era lo que necesitaba mi angustia, saber que me querían, que me apoyaban con el calor de la ternura, y, cuando entré en las calles abigarradas de mi ciudad natal, advertí con sorpresa, en momentos en que mi comitiva contorneaba el Foro que había presenciado mis ingenuas búsquedas de arqueólogo infantil —el Foro en el cual pastaban unos búfalos endebles y una piara de cerdos ronzaba entre las ruinas—, que se me llenaban los ojos de lágrimas; y estaba yo tan endurecido por el egoísmo, por la desconfianza, por el encono y por la adversidad, que el llanto insólito me hizo un enorme bien, al enseñarme que en algún escondido rincón de mi alma manaba todavía la tibia fuente conmovedora.
Mi abuelo se apagaba como un cirio suntuoso, en su gran lecho rojo del palacio de San Giacomo degl’Incurabili, donde cien servidores proclamaban con ceremoniosa pereza el esplendor de su jerarquía y el desorden de sus finanzas. Un mundo de prelados, de parientes y de señores agregados al servicio pontificial, me rodeó no bien ascendí la escalinata y atravesé los salones en los que se amontonaban las obras de arte que me corresponderían en herencia. Me abrazaron, me besaron, me palmearon. Inquirieron por la salud de mi abuela, por la felicidad de Julia. Tal vez unos pocos sentían un auténtico pesar ante la muerte del príncipe que, cuando organizaba las cacerías de su primo León X, había contribuido a divertirlos y que, en la época anterior a su exaltación a la púrpura, siendo condotiero de la Iglesia y de la Serenísima, al lado del terrible Malatesta Baglioni que vendió a Florencia después, había compartido sus riesgos en asedios y en combates, pero la mayoría estaba probablemente barajando el cálculo de las ventajas que sucederían a la eliminación de quien, por su carácter de tenaz candidato a la tiara, interceptaba muchas ambiciones.
El fin tardó en llegar. Durante una semana permanecí junto a mi abuelo. Una anhelosa lucidez lo iluminó en ese período. Yo, para distraerlo, le referí pormenores relativos a los huéspedes de Bomarzo que habían asistido a mi casamiento. Le expliqué que el problema de la dote de Julia se había arreglado con felicidad, gracias a la munificencia de Galeazzo, y eso le arrancó un suspiro, porque él no había concluido nunca de cumplir con la de mi madre. Le describí los celos que Sebastiano del Piombo seguía alimentando contra Rafael de Urbino, tantos años después de su muerte. Le conté lo que el duque Federico de Mantua me había narrado acerca de su tío Ludovico Gonzaga, el coleccionista de objetos raros, el que siempre andaba a la pesca de comedias antiguas para hacerlas representar ante su corte de Gazzuolo, y le dije que yo también, algún día, quisiera convertir a Bomarzo en un pequeño centro del ingenio italiano. Pero él, con una voz lejana, transformada, moviendo apenas sus manos transparentes, aludió al eco de las orgías del castillo que había alcanzado hasta Roma. Me sorprendió que hablara así, tan luego él que había sido famoso por su frivolidad y por su mundana indulgencia, porque las presuntas orgías a la postre no habían sido tales, y, si bien para serenarlo le declaré que nada extraordinario había acontecido en mis tierras —lo cual, desde el punto de vista del criterio general de entonces, era cierto—, pensé, al notar su melancolía, que la proximidad de su tránsito y de la definitiva rendición de cuentas lo tornaba postrimeramente puntilloso. Sorteando los escollos que ese tema era capaz de suscitar lo cambié y volví sobre el asunto de las cartas del alquimista Dastyn al cardenal Napoleón Orsini, ilusionándome con la idea de que la perspicacia que debía a una consunción que había devorado su cuerpo y sólo dejaba viva, trémula, quemante, la llama de la conciencia, pudiera auxiliarlo a recordar lo que antes escapara a su memoria indecisa, pero mi abuelo repitió que nada sabía de esos documentos.
—La inmortalidad, Vicino, pobre Vicino —susurró con un hilo de voz—, es la sucesión en el tiempo. Somos eslabones de una cadena inmensa. Cuando tengas un hijo, serás inmortal.
—Julia aguarda un hijo —le respondí impetuosamente, y el orgullo que me causó esa mentira me hizo ver algo que no había notado aún: cuánto deseaba asegurarle a Bomarzo un heredero, porque lo otro, la promesa de que yo sería su dueño infinitamente, se diluía, por monstruoso, con su espléndida tentación, en la niebla de una inseguridad que cubría la penuria de todas mis inseguridades. Lo dije sin meditar en las consecuencias de mis palabras, convenciéndome de que las había pronunciado piadosamente, luego que se me escaparon, para procurarle una paz utópica al anciano moribundo que no verificaría el embuste; pero lo dije también para aliviarme artificialmente de la sofocación con que la incertidumbre me ahogaba.
Franciotto Orsini me atrajo y olí de cerca el olor de la muerte. Me besó y me eché a llorar. Jamás me besaba, ni siquiera de niño, cuando sus tres nietos acudíamos a recibirlo en el patio de Bomarzo, tironeándole los pliegues púrpuras.
—Te bendigo, duque —añadió—, y bendigo al que te sucederá y a los que lo sucederán a él. Los Orsini no mueren. No morirán hasta que el Señor lo decida. Yo moriré, tú morirás a tu turno, pero no morirán los Orsini. Y eso es lo que importa. La inmortalidad es… es… la voluntad de Dios…
Levanté los ojos hacia el tapiz cuyos hilos multicolores dibujaban nuestras armas. Acaso el cardenal estuviera en lo cierto y el secreto no se escondiera en la fórmula mágica de un sabio sino en el diseño hermético de la rosa, la sierpe y los osos. Pero en seguida rechacé la idea. La obsesión que desde la adolescencia me mantenía tenso como un arco que apuntaba hacia el futuro eterno, y que me alimentaba con su maravilla, se rebelaba contra esa solución lógica, familiar, común a la mayoría de los hombres.
Mis primos solían entrar en la cámara, mientras hablábamos, y mantenerse a distancia respetuosa. Se los adivinaba más que se los descubría, en la penumbra donde refulgían los grandes relicarios. Espiaban inútilmente un gesto del cardenal, algo que indicara que se había acordado de ellos. Nos miraban, hermosos, bronceados, como aves de presa.
Cuando Maerbale llegó de Venecia, Franciotto Orsini se desbarrancaba ya, delirante, hacia la noche definitiva. En los jirones de sus balbuceos alentaba todavía su rencor contra los Colonna, que había dominado tal vez en la superficie de las horas clarividentes que lo congraciaron con el Hacedor, pero que su subconsciencia liberaba ahora y arrojaba hacia afuera, como venenos escondidos y tenaces. Él, que había sido casado con una Colonna —con esa abuela Colonna a la cual creo haber mencionado al comienzo de estas memorias y que he descartado a propósito al escribirlas, como si con ello lograse suprimirla de la lucha de mi sangre—, juraba que todas sus desgracias emanaban de la saña de la estirpe enemiga. De repente el desvarío cambiaba de rumbo y, llamada por su voz exhausta, una visión dinámica colmaba el aposento. Bastaba que murmurase los nombres de los perros elásticos del primer papa Médicis, que yo conocía tan bien —Lacone, Nebrofare, Icnobate, Argo— para que el estrépito de las cacerías remotas resonara sobre el murmullo de los rosarios que los monjes rezaban sin parar, y para que la cámara se estremeciese como si un viento febril sacudiera los cortinajes escarlatas. Los ojos de mi abuelo ardían, enormes, en la profundidad de las almohadas que mojaba el sudor, y la escena piadosa que tenía por centro a un anciano que había recibido la extremaunción y que pronto se encararía con el supremo juez, adquiría extraños toques paganos, una macabra alegría, por el fuego vital que chisporroteaba en el lecho y que creaba la ficción de una luz que encendía, entre las colgaduras, las negras siluetas del duque jorobado, del condotiero Maerbale, de los otros nietos indistintos, Francisco, Arrigo, León, y de los parientes despechados que no se resignaban a su desventura financiera, Orso, Mateo, Segismundo. Yo, entre tanto, cavilaba sobre mi destino. Pensaba en Julia, a quien ansiaba y temía rever y que, con el alejamiento sosegador, se desperfilaba, hasta que su imagen se confundía con otras imágenes vagas, la de Adriana, la de Abul… La suponía dando agua a las rosas del jardín de Bomarzo, conversando con los campesinos; la soñaba abrazándome en nuestra habitación nupcial, entregándose por fin, como si se deshelara, acogiéndome en su intimidad excluyente. Y mis ojos iban, disimulados, hacia la estática figura de Maerbale, como si recelase que mi hermano pudiera avizorar lo que pasaba por mi interior.
Una tarde, el papa Clemente VII anunció su visita. Lo aguardamos de hinojos a la puerta del palacio. Vino con él el cardenal Alejandro Farnese quien, mientras subíamos a la cámara de mi abuelo, algo comentó, chanceándose, acerca del próximo heredero que su sobrina otorgaría a los Orsini. Su Santidad, al escucharlo, se detuvo sonriendo y me rozó la frente con el guante. Me mordí los labios y besé aquel guante de fragancia intensa. Luego seguí, con un candelabro en la diestra, a los mantos pesados cuyas colas remontaban la escalinata, ondulando peldaño a peldaño, como boas, lentamente.
Franciotto Orsini no reconoció a su huésped ilustre. No vio los anchos ojos tristes del papa, fijos sobre él. Murió esa noche y, al entregar su alma, se incorporó un segundo, dilatáronsele las visionarias pupilas y agitó los brazos en brusco aleteo.
—¡El halcón! —gritó—, ¡el halcón…!
La muerte del cardenal me suministró un pretexto más que suficiente para no retornar a Bomarzo en mucho tiempo. Las complicaciones que derivaban de una sucesión plagada de deudas, que tal vez contribuiría a aligerar el arca del pontífice, si se lograba obtener, con intervención del cardenal Farnese, su imprescindible ayuda —nada fácil de alcanzar, cuando se recuerda la parsimonia del Santo Padre—, exigían mi permanencia en los alrededores del Vaticano. Me tocó, en la distribución de los bienes, el palacio de San Giacomo degl’Incurabili, con cuanto encerraba de precioso, mientras que el castillo de Celleno, en la diócesis de Montefiascone, y el feudo ancestral de Monterotondo, pasaron a la otra rama. En realidad yo había sido el menos beneficiado de los legatarios, pero no quise pleitear y, puesto que las hipotecas devoraban al edificio como taladros ocultos en su estructura, me dediqué a salvar de los acreedores los muebles, cuadros y objetos que contenía. Eso me mantuvo muy ocupado al principio. Maerbale había regresado a Venecia, donde lo reclamaba Valerio Orsini, y, con la colaboración de Juan Bautista, de Silvio de Narni, a quien ordené que fuera a Roma, y de mis primos, cuyas protestas acallé con algunos regalos, dirigí el embalaje completo. Los lienzos alegóricos, las santas pinturas, los jarros de metales finos, los tapices, los mármoles, los vasos de ágata, partieron en sucesivas caravanas hacia Bomarzo. Estuve en el castillo en dos ocasiones, para aguardar la llegada de los carros, y vi a Julia fugazmente. Ni siquiera compartí su aposento, el del demonio de cerámica. En cuanto pude, volví a Roma. Bomarzo no representaba ya para mí el refugio maravilloso que me atraía desde mi infancia y que me confería, dentro de sus límites, la ilusión de la tranquilidad. Aunque seguía preocupándome por su adorno, y en ese sentido el aporte de mi abuelo fue espléndido, sentía ahora la necesidad de huir de allí porque Bomarzo y Julia comenzaban a ser inseparables.
La duquesa, entre tanto, había ganado el cariño, la devoción de mi gente, la cual murmuraba con razón (me lo dijo Silvio) acerca del incomprensible abandono en que yo dejaba a mi joven esposa. Julia poseía el don innato de captar voluntades, de imponer con su sola presencia, como si, a medida que maduraba —y lo hacía velozmente— brotaran en ella los rasgos típicos de los Farnese, que sabían mandar sin dar órdenes. Quizás porque en nosotros, los Orsini, la costumbre del mando era mucho más antigua, tan antigua en realidad como los orígenes fabulosos de nuestro linaje, y tenía un fundamento guerrero, disciplinario, los Orsini mandábamos resueltamente, bruscamente, seguros de ser obedecidos como jefes, mientras que los Farnese, que habían llegado al poder harto más tarde, gracias a diversas combinaciones políticas, y que todavía no habían alcanzado la omnipotencia que les infundió el pontificado de Pablo III, seguían conservando en sus vínculos con el pueblo un compromiso, fruto de su reciente promoción a la órbita dominante, que, inconscientemente, incidía sobre sus actitudes y los hacía parecer blandos, compasivos y hasta liberales. Esto, que se aplica a la tribu Farnese en general, no quita que algunos de ellos —como el feroz Pier Luigi— extremaran las notas del tiránico rigor, pero aun cuando procedían así lo hacían por imitarnos, y nadie ignora que la caricatura exagera las expresiones del modelo. Julia obraba con sutil equilibrio, como hija de su padre bonachón y de su madre señorial, y era lógico que la adorasen tan pronto. Me pregunto qué hubiera ocurrido si alguien hubiera osado contrariar sus deseos. Naturalmente hubiera estallado y su ira hubiera sido peor que la de mi abuela, porque, por la misma circunstancia de ser más nuevos y, en consecuencia, más vacilantes, los Farnese no podían tolerar que se los desobedeciese y que, cuestionando privilegios últimos, se retrotrajeran las cosas a la época no muy lejana en que no era indispensable obedecerlos. Pero eso no sucedió. Nadie la desobedeció en Bomarzo. Al contrario. Detrás de ella, de su gracia, de su aire de pedir y de no ordenar jamás, estábamos los Orsini, como un fondo inflexible, amurallado, de gigantescas armaduras. Podía darse el lujo de ser, simultáneamente, una Farnese y una Orsini, de ser a un tiempo impotente y frágil, y eso le confería, entre mis vasallos, un encanto ambiguo y original. Yo hubiera debido odiarla, aunque más no fuera por su rápida conquista de los míos, de lo más mío, y sin embargo no la odié. Experimentaba, frente a ella, la desazón de la culpa, y por una vez no funcionó el viejo mecanismo de los débiles que me permitía descargar sobre los otros el peso de mis pecados. De modo que, luego de explicarles a ella, a mi abuela y a mi intendente las graves razones que me obligaban a quedar en Roma —y que esperé que difundieran entre mis vasallos, pues, a pesar de la distancia que mediaba entre ellos y yo, me remordía la inquietud de perder el afecto que suponía haber despertado en las aldeas de mi propiedad… pese al despotismo del homagio mulierum—, escapé al palacio de San Giacomo degl’Incurabili y me enclaustré en sus salas vacías.
Dejé correr las semanas. Mis primos y mis pajes acudían de tanto en tanto al reducto, con noticias que poblaban de fantasmas mi agitada soledad.
En Florencia, el detestable duque Alejandro daba rienda floja a su libidinoso frenesí. La mesura de los primeros días había sido suplantada por un enardecimiento que cebaba sus caprichos sin distinción de clases. Las damas de las familias nobles y las monjas conocieron sus galanteos imperiosos, su ciega violencia. La ciudad que durante el asedio había acumulado pruebas tan altas de su honor, se rebajaba ahora al nivel de su jefe, del bastardo. Noche a noche se prolongaban las fiestas, a las que el duque concurría enmascarado —a veces lo hacía vestido de mujer, de religiosa—, con esos muchachos de la aristocracia a quienes yo había tratado de niños, los Strozzi, Francesco de Pazzi, Giuliano Salviati, Pandolfo Pucci y la violación y las riñas a cuchilladas quedaban impunes. En breve se les reunió Lorenzino de Médicis, mi querido Lorenzaccio, el que tan gentil fue conmigo cuando la muerte de Adriana dalla Roza, y que resultó el peor de la banda. Pero antes de partir de Roma, el pequeño favorito del papa Clemente indignó a la opinión descabezando, con insolente demencia, varias estatuas del arco de Constantino. Felipe Strozzi, viudo de mi admirada Clarice de Médicis, que pertenecía a una generación mayor que la de los revoltosos —entre los cuales se hallaban varios de sus hijos—, en lugar de ofrecerles el ejemplo de dignidad al cual lo obligaba su posición descollante en la República, rivalizaba con ellos en extravagancia.
Como premio de sus desmanes, el duque Alejandro recibió por esposa a Margarita de Austria, hija natural de Carlos Quinto, con lo cual aumentó el prestigio de la casa del pontífice. La gloria de las alianzas mediceas creció más todavía cuando el rey Francisco I concretó la boda de Catalina de Médicis con su segundogénito, el duque de Orleáns. Hube de integrar la comitiva que escoltó al papa, en las naves de Andrea Doria, hasta Marsella, donde se bendijeron los esponsales, pero a último momento inventé un pretexto y no salí de Roma, porque detestaba la idea de que Julia me acompañase, como exigía el protocolo, y de que sus astutos parientes barruntasen algo de lo que entre nosotros sucedía. A su regreso, el cardenal Hipólito, a quien Francisco I le regaló un cachorro de león que había sido del corsario Barbarroja, me contó el lujo de las ceremonias y la liberalidad del Padre Santo —que cuando se trataba de los intereses de su familia aflojaba los cordones de su bolsa con calculada eficacia—, y me dijo también que en el viaje que tuvieron que realizar para embarcarse en Pisa, efectuaron un largo rodeo, evitando a Florencia, como cuando la coronación de Carlos Quinto en Bolonia, pues desde la época del asedio en que la ciudad había penado tanto por su cruel obstinación, Clemente VII eludía la cólera y quizás la venganza de sus compatriotas florentinos. Mientras me hablaba así, sin añadir comentarios, el cardenal me miraba fijamente. Harto enterado estaba yo de sus sentimientos, del despecho con que se había visto relegado en favor de Alejandro, cuando Florencia recayó en poder de los Médicis. Lo que no pude discutir con él, porque a pesar del encono que lo separaba del papa y del duque seguía siendo un miembro principal de esa estirpe y como tal se enardecía su susceptibilidad cuando se intentaba cuestionar el vertiginoso adelanto de los Médicis, fue la irritación de toda Europa ante la desproporción de un matrimonio que unía a los reyes de Francia con los descendientes de los banqueros del Arno. El casamiento de Alejandro con Margarita de Austria se toleraba porque, al fin y al cabo, ambos contrayentes eran ilegítimos —el uno acaso hijo del pontífice; la otra, segura hija del César— y su acción se proyectaría sobre un reducido estado de Italia, pero este enlace que podía conducir a una Médicis (como sucedió) al trono de los reyes cristianísimos, era algo que desquiciaba los justos cálculos de probabilidades de los esnobs; que enfurecía a los soberanos raquíticos y avariciosos, suspirantes por una corona para esas princesas cuya alcurnia las obligaba a morirse de tedio en abadías heladas; y que inquietaba a los observadores del avance de una casa nueva, encendida de ambición.
Recluido en el palacio de San Giacomo, me entregue febrilmente a la lectura. Los clásicos latinos —y sobre todo ese Lucrecio que tanto amaba y el dulce Catulo— sumaron las imágenes del pasado esplendor a las que surgían de las narraciones de mis visitantes. Messer Pandolfo, la pluma de ganso en la mano, lagrimeantes los rojos ojuelos, cooperaba con sus limitadas luces a iluminar mi camino. ¡Cómo me hubiera gustado tener junto a mí a Pierio Valeriano o a Messer Palingenio, su amigo, el que conversaba con los demonios en la vial Flaminia! Pero, por más que me esforzaba por abstraerme, las ansias esenciales que me carcomían —la de mi cuerpo deforme; la de mis anormales relaciones con Julia; la de mi incapacidad para demostrar que era digno de una herencia genealógica agobiante; la de mi afán consecuente por afirmar mi personalidad con algún triunfo hazañoso que me exaltara frente a mis pares; la del misterio que reverberaba en mi futuro con relámpagos de prodigio— me apartaban de los textos y me sumían en cavilaciones angustiadas. Terciaba el lucco sobre el hombro, como una toga de la edad de oro, y andaba, hablando en alta voz, por las galerías. Así me sorprendieron mis pajes y mis primos, algunas tardes.
En verdad, en aquel lapso, mi razón vaciló y no sé cómo no la perdí por completo. Posiblemente me salvó el recuerdo de Paracelso y de los manuscritos nigrománticos. Salí de mi voluntaria cárcel y me consagré a recorrer uno a uno, en pos de las esquivas cartas de Dastyn, los palacios y los dominios de mis parientes, inquiriendo sin descanso por los documentos perdidos. Primero visité las casas de Roma y luego ambulé por la campiña, de Nápoles a la Toscana, y los señores Orsini que me acogían con asombrada cortesía y me invitaban a participar de enormes festines, o me interrogaban a su turno sobre la calidad, no siempre buena, de las obras de arte que habían comprado, creían discernir en mi maniático desasosiego un síntoma más de la singularidad de mi carácter, ofuscado por el estudio de la prosapia orsiniana —materia en la que todos otorgaban a mi abuela un conocimiento supremo— y por el antojo de las antigüedades que me entusiasmaba desde la niñez. La fama de esa rareza cundió de estado en estado y de duque en duque, conducida por mensajeros que iban de una corte a la otra, portadores de la abultada correspondencia intrigante que constituía el único alivio de un aislamiento que en muchos parajes seguía siendo casi feudal. Pero de las cartas del alquimista, no obstante que examiné infinitos pergaminos borrosos de humedad, nada encontré, sino confusas referencias de labios de los ancianos, algunas de las cuales ni siquiera coincidían con la estricta información de Paracelso.
Pronto tuve que abandonar mi vagabunda tarea de investigador. El pirata Khair-Eddin Barbarroja, aquel a quien el Turco nombró comandante en jefe de sus fuerzas navales, desembarcó sorpresivamente en Sperlonga y de allí, por la Via Appia, llegó hasta Fondi, castillo de los Colonna donde vivía ocupada de análisis teológicos la hermosísima Julia Gonzaga que asistió a mi boda en Bomarzo, viuda de ese contrahecho Vespasiano Colonna que inspiró a la bella la divisa del amaranto y la inscripción Non moritura. El extraño lance tuvo para mí derivaciones trascendentales.
Este cuento de piratería y de amor hubiera excitado la imaginación del Ariosto y le hubiera inspirado numerosas estrofas memorables, si no mediara la circunstancia fundamental de que, cuando se produjo, hacía un año que Ariosto dormía eternamente. Pero, aunque él no haya podido narrarlo y cantarlo, todo el episodio tenía un aire ariostesco, tan entremezclados están en él la realidad y la fantasía poética. Acaso para compensar la insistencia con que a la sazón la realidad quitaba color a la fantasía (porque el mundo se volvía cada vez más moderno) y acaso porque el materialismo de los móviles de muchos comerciantes disfrazados de príncipes y de guerreros destruía las líricas quimeras que habíamos heredado de nuestros antecesores medievales, dejándonos de ellas sólo las cáscaras vacías, de repente se suscitaba un hecho así, hermoso y solitario, que exaltaba a nuestra época y la proyectaba en el tiempo hacia los áureos siglos de la auténtica caballería cuya nostalgia iluminó a Ariosto. Y lo mismo que el Orlando es un adiós nostálgico a la edad en que la realidad y la fantasía eran inseparables porque formaban una esencia única, sucesos minúsculos y maravillosos como el que motiva estas reflexiones, al desarrollarse repentinamente y encender de mágica claridad reverberante la atmósfera cotidiana del mercado prosaico del mundo, simbolizaban también, con sus últimos brotes esporádicos, la despedida desconcertada de una época en la que lo real y lo fantástico empezaban a clasificarse en distintos ficheros para siempre, a una época en que la generosa ilusión hizo flamear los estandartes poéticos.
Barbarroja era griego, hijo de un alfarero de Mitilene. Con su hermano Horuc, armó una flota de doce galeras y desde muchacho se entregó al corso. El rey de Argel, que valoraba el denuedo de ambos y el refinamiento técnico con que ejecutaban las torturas más atroces, los tomó a su servicio. Horuc fue el primero de estos Barbarrojas. Dejó a su hermano Khair-Eddin a cargo de las naves piratescas, y fondeó en Argel, al viento de las barbazas a las cuales debía su apelativo. En seguida traicionó al monarca aliado, a quien asesinó. Luego fue vencido y muerto a su vez por el gobernador español de Orán. Khair-Eddin se acordó entonces de que sus barbas no eran menos bermejas e imponentes que las de su hermano y, con el título de rey de Túnez, asumió el apodo que hacía temblar a los almirantes. Solimán comprendió las ventajas que podía obtener de su pericia y, más hábil que el mandatario argelino que pagó con la vida su ingenuidad, lo mantuvo lejos y lo nombró jefe de sus escuadras. El desembarco de Khair-Eddin en Sperlonga es algo cuya razón los historiadores discuten todavía. Hasta se ha dicho que lo que se propuso fue raptar a la mujer más hermosa de Italia para que el sultán añadiera a su serrallo esa perla de incomparable fulgor. Y se ha dicho también —lo ha expresado Jerónimo Borgia en pobres versos latinos— que cuando, al año siguiente, Carlos Quinto reconquistó a Túnez, lo hizo para vengar hidalgamente a Julia Gonzaga del atropello de Barbarroja. Claro que con eso se exagera la caballería… Lo indiscutible es que, chasqueando a sus enemigos, el rey pirata se presentó en la península, camino de Roma, con dos mil secuaces. Pillaron aldeas; secuestraron a las jóvenes esposas y a las muchachas. Así llegaron a la fortaleza de Fondi —sobre la Via Appia, a igual distancia de Nápoles y de Roma—, por ásperos atajos que las zarzas entorpecían. El horror de las noticias estremeció a las cortes italianas. Los señores y las señoras de la casa de Gonzaga y de la casa de Colonna, que reflejaban su gloria en la virtud de Julia, como en un espejo resplandeciente, se enteraron de que, mientras los invasores derribaban las puertas del castillo, la castellana, semidesnuda, había conseguido huir a caballo hacia los montes. Barbarroja la persiguió, llameando en la noche el fuego de sus barras candentes y de sus alfanjes, pero Julia eludió la cacería. Creyó el musulmán que la dama se había refugiado en un convento de benedictinas, cerca de las torres de Fondi, y entró en él, galopando por los claustros, violando y degollando monjas.
Entre tanto, en la ciudad santa, los cardenales temerosos repetían alrededor del papa los informes tremendos. Uno de ellos, Pirro Gonzaga, era hermano de Julia. Hipólito de Médicis no se retuvo. Por fin se le ofrecía la ocasión de probarle a Julia que su amor consistía en algo más que en un juego cortesano de palabras melódicas. El que había firmado con el seudónimo de El Caballero Errante la traducción de la Eneida que dedicó a su bienamada, correría a rescatarla, como un caballero de los grandes siglos. Tenía veinticinco años y la sangre le ardía en las venas. Rugía como el cachorro de león que había pertenecido a ese mismo Barbarroja y que le había regalado el rey de Francia. Ya antes, cuando sospechó que su primo Alejandro sería elegido duque de Florencia, había desmontado súbitamente en la ciudad, dejando estupefactos a los notables, y había tratado de imponer su candidatura, sin más fuerza que la de su intrepidez moza, contra la voluntad del pontífice. Y después, en Hungría, en momentos en que las tropas mercenarias se sublevaron por la falta de paga y porque las obligaban a comer pan negro, y resolvieron regresar a Italia, el cardenal, ofendido pues no le habían otorgado el grado de general de los ejércitos, que creía merecer, se despojó de la púrpura, revistió una coraza y se colocó delante de todos, como si fuera el jefe. Esto hizo sospechar al emperador que, de vuelta en la península, si el papa le procuraba el dinero necesario Hipólito sería muy capaz de acaudillar a las tropas amotinadas y de provocar algún desorden, de modo que mandó que lo arrestasen, pese a su jerarquía eclesiástica, y lo tuvo cinco días encarcelado, hasta que Carlos Quinto recapacitó y, recuperada la libertad, el cardenal se apartó hacia Venecia, donde lo alojó la meretriz Zafetta y yo lo vi en el Gran Canal la noche del incendio del palacio Cornaro. Ahora se le brindaba de nuevo la oportunidad de mostrar su temple. Él estaba forjado para la guerra y para el amor, no para la meditación religiosa. Mientras fue mi huésped en Bomarzo, no se apartó de Julia. Caminaban lentamente por el jardín, entre los laureles, hablando del corazón y del alma. Habían pasado el tiempo en devaneos, en artificios retóricos, destilando la rebuscada alquimia de los conceptos, él, estremecido de pasión, ella, helada de literatura, pero a la postre la demencia de un bárbaro, avanzando violentamente sobre puertas arrancadas y trizados cristales, despertaba de su sueño musical al joven príncipe. Su ídolo había sido vejado por el terrible Barbarroja. La virgen viuda de Vespasiano Colonna había huido como una gacela de las zarpas del tigre hambriento. ¿Cómo no acudir en seguida, reventando los palafrenes, cuando quema la sangre, cuando se escuchan en la decorativa quietud del palacio romano los gritos de la hermosa que escapa por bosques tétricos como una ninfa pintada por Sebastiano del Piombo a la que acosan los sátiros que disimulan los cuernos bajo turbantes y aceradas medias lunas? ¿Cómo no volar, como un paladín del Ariosto, como un Caballero Errante del Ariosto, con los amigos, con los adictos, con los escuderos, con aquella banda fabulosa de servidores africanos que lo seguía doquier, a salvar a la Dama del Amaranto? Partió, en una tempestad de espadas, de armaduras, de testas renegridas, de pieles de leopardo, y en su séquito multicolor, cuyas capas crujían y luchaban con el viento como velámenes, iba Maerbale, a quien, de paso por Roma hacia el sur, a donde lo enviaba Valerio Orsini, sorprendió la noticia del ataque de Fondi.
¡Ay, yo debí partir también! ¡También yo debí integrar la hueste libertadora! Pero ¿cómo iba a ir yo con ellos, si la giba me pesaba como si fuera de hierro y si antes de tomar una decisión acariciaba largamente su pro y su contra, revolviendo entre mis dedos las probabilidades lo mismo que una piedra de muchas facetas distintas? Me quedé, tascando el freno, con Lucrecio, con Catulo, con Messer Pandolfo, con los viejos angustiados que comentaban el peligro que se cernía sobre nuestra pobre patria.
Las consecuencias de aquella expedición fueron, para mí y para Julia Farnese —no me equivoco: Julia Farnese, digo bien, y no Julia Gonzaga—, infinitamente más graves que cuanto imaginé cuando la cabalgata se arrancó hacia el feudo de los Colonna. ¡Siempre los Colonna, los execrables Colonna! Más tarde, los historiadores han pretendido que la empresa de Hipólito no tuvo lugar y hasta que el episodio entero de las violencias de Barbarroja en Fondi fue inventado por poetas febriles y eglógicos, por Filonico Alicarnasseo, por Muzio Giustinopolitano, por Marino, pero demasiado sé yo que la anécdota ariostesca fue tan real como ese castillo de Fondi al que conocí, en la época en que viajaba buscando las cartas de Dastyn a Napoleón Orsini, y en el cual se detenían cuantos príncipes y hombres de armas o de letras iban de Roma a Nápoles, para ver a la que se conceptuaba la mujer más hermosa de Italia, entre sus cedros, sus mirtos y sus naranjos. Todo sucedió así, exactamente. El cardenal Hipólito halló a Julia Gonzaga en una espesura, camino de los montes Ausonios, donde se ocultaba como la Genoveva de Brabante de las oleografías. Los turcos desaparecieron, llevando a las grupas de sus caballos las doncellas desvanecidas, los cofres con tesoros. Hipólito de Médicis liberó a Julia y le devolvió su castillo, pero ni con eso logró despertar el amor de la inaccesible. Julia Gonzaga era una escultura, era un retrato de Sebastiano del Piombo, era una medalla de Alfonso Lombardi. Nada, ningún arrojo, ningún sacrificio podía entibiar su hielo. Y el cardenal se consoló cantando a la cabellera de Tulia de Aragón, la cortesana, como la cantaba Felipe Strozzi. Pero mi hermano tuvo más suerte que él… o más desgracia. En Fondi, cuando, pasado el riesgo, la señora retuvo a sus campeones con improvisadas fiestas y coloquios, Maerbale se enamoró de Cecilia Colonna. Y ese enamoramiento influyó como todo lo que de Maerbale procedía, sobre mi destino. Pero nada lo influyó tanto.
Supe de la pasión de mi hermano por una carta de mi abuela. Maerbale le comunicaba su propósito de casarse con Cecilia y, por fórmula, puesto que fuese cual fuese nuestra decisión hubiera hecho lo que se le antojaba, solicitaba nuestra autorización para los esponsales. Hubiera debido escribirme directamente, pero prefirió ese rodeo. Me evitaba; me evitaba siempre.
Diana Orsini me señalaba que Cecilia era huérfana de Sciarra Colonna, hijo natural, éste, del gran Fabrizio, y como tal medio hermano de la eximia Victoria Colonna la poetisa, la marquesa de Pescara. Para cualquiera que no fuésemos nosotros, la alianza se presentaba con brillo tentador. Mi abuela, que presentía mis reparos, se me adelantó recordándome la Pax Romana que había sido firmada entre los Colonna y Orsini, cuando nací; aludiendo a mi otra abuela, mi abuela Colonna; e insinuando las ventajas que, para alcanzar alguna vez un acuerdo auténtico entre ambas facciones dinásticas, derivarían de esa unión, que se agregaría a otras similares y no constituía ninguna extravagancia por cierto, ya que, dada nuestra señera posición, difícilmente podíamos hallar esposa los Orsini fuera de la sombra del enorme árbol que cobijaba con su ramaje a la enemiga estirpe. Pero yo estallé, ciego y sordo. La verdad es que mucho más que los motivos genealógicos, que con todo tenía en cuenta, me atormentaba la idea de que Maerbale se casase tan pronto y con ello escapara definitivamente de mi dominio. También me desesperó —y ésa fue la causa principal de mi angustia— la inquietud de que, mientras mi matrimonio permanecería sin sucesión, Maerbale tuviera en breve un hijo, un presunto heredero de Bomarzo. Sobre su capacidad para engendrarlo, abundaban las pruebas. Todavía adolescente había sido padre de ese Fulvio Orsini a quien se negó a reconocer y que se educaba, solitario, oscuro, devorando libros con precoz empeño, en nuestro palacio de Roma.
Por descontado que mi respuesta a Diana Orsini no dejó traslucir mis desazones ocultas. Declaré que si Maerbale quería casarse con la hija de Sciarra Colonna, que lo hiciese, pero que no aguardaran mi presencia en los desposorios. Y en seguida desenrollé el largo capítulo de los cargos que acumulábamos contra esa rama particular de la casa y que mi abuela conocía mejor que yo. El padre de Cecilia había luchado contra nosotros, junto a su pariente el cardenal Pompeyo, durante el saqueo de San Pedro y el Vaticano que obligó al papa a excomulgar a cuantos ostentasen el odiado nombre de los antiguos jefes gibelinos. Luego había auxiliado al condestable de Borbón en el asalto de Roma. Cuando murió el marido de Julia, Vespasiano Colonna, Clemente VII pensó que había llegado la ocasión de que una parte de sus feudos saliera de manos de la familia a la cual detestaba tanto como nosotros. Entonces el futuro suegro de Maerbale levantó banderas y se fue a defender a los suyos y quiso apoderarse del castillo de Paliano, famoso bastión de los Colonna. El papa le replicó enviando a uno de los nuestros, el cruel Napoleón Orsini, abad de Farfa, despiadado como un verdugo —el que vivía encerrado en una torre con su barragana y sus hijos naturales—, quien lo derroto y lo puso en fuga y mató a Rodomonte Gonzaga (¡qué nombre para el Ariosto!), hermano de Julia y marido de su hijastra. Los Orsini y los Colonna estábamos entrelazados por los hierros de nuestras lanzas rivales y bañados por sangre que no distinguíamos a cuál de las dos estirpes pertenecía. Había de por medio demasiadas muertes. Era posible que yo invitara a mis bodas, entre la multitud de los concurrentes, a personalidades tan hostiles, tan opuestas entre sí como el abad de Farfa y la viuda de Vespasiano Colonna; era posible que estuvieran presentes en ellas el cardenal Pompeyo Colonna y el cardenal Franciotto Orsini —y en verdad había tantos motivos de odio entre las grandes familias italianas que si unos rehusaban concurrir a un casamiento porque los otros iban, hubiera sido imposible contar en las ceremonias con un número más o menos lucido de gente, porque cada uno podía aducir crímenes e injurias que justificarían su ausencia, y en muchos casos no se hubiera conseguido más público que los contrayentes y el sacerdote—, pero de ahí a que mi hermano casara con la hija de Sciarra Colonna mediaba una distancia seria. No lo entendió así Diana Orsini. Quizá la alta ancianidad la ablandase o la tornara más dúctil y más indulgente, al mostrarle lo vano, lo efímero de los enconos. Según ella, los Colonna aprobaban unánimemente la unión. Yo, para no quedar a la zaga, para que no se firmaran los contratos sin que yo los autorizase, tuve que aprobarla también. Maerbale, el rebelde, se unió por santos lazos a Cecilia Colonna, en el castillo de Fondi, y yo me atrincheré en mis trece y no presidí a los testigos del ritual, como hubiera debido. En cambio mandé a Orso, Mateo y Segismundo a que me representaran. Eran los mismos que presuntamente atentaron contra la vida del novio, en Venecia, cuando sospeché de las equívocas intenciones de Maerbale contra mi mujer, y eso confería a la embajada cierta ironía secreta muy de mi gusto. Los tres primos habían olvidado quizás aquel delito que no llegó a consumarse. Demostraban, en lo que respecta a asuntos de esa índole, una cómoda despreocupación. Los vestí como a tres próceres y los rodeé de criados, para que cumplieran su misión con la pompa que convenía al duque de Bomarzo. Partieron, henchidos de vanidad. Recuerdo el traje de raso amarillo de Segismundo, con el cuello y los puños de martas. Y aunque mi memoria era sólida y nunca se habían aclarado las inopinadas tentativas de homicidio de las cuales yo había sido objeto, a mi turno, y que probablemente fueron planeadas por Maerbale, pensé que acaso, si era cierto que Maerbale estaba tan enamorado de Cecilia, aquel matrimonio desvanecería sus ambiguas pretensiones frente a mi duquesa, siempre que hubieran existido alguna vez, y en consecuencia me ingenié para hallarle un lado ventajoso a una boda que me exasperaba. Que el lector actual no se asombre. En aquel tiempo las cosas sucedían así. Eran complicadas, enzarzadas y violentas. Vivíamos al día. Resultaba engorroso establecer estrictamente, en un momento determinado, con quién y contra quién se estaba. Y los acontecimientos más arbitrarios y más terribles se producían con una naturalidad feroz.
Tampoco regresé entonces a Bomarzo, aunque me reclamaba mi intendente. Insistí en el pretexto de la repartición de los bienes de mi abuelo y de mis investigaciones, para prolongar la estada en Roma.
El agitado ambiente de la capital de Cristo se tornaba cada vez más inquieto. El papa había excomulgado a Enrique VIII de Inglaterra, y Francisco I había firmado una capitulación con Solimán. En Florencia —tan estrechamente unida a Roma por el lazo de los Médicis, a pesar de su odio contra el pontífice— las disensiones políticas se agravaban al mismo tiempo que las tropelías del duque. Más allá de la puerta de Faenza, en un terreno que para ello había sido desbastado, se construía la fortaleza que serviría para convertir a la ciudad en una cárcel. Se colocó la primera piedra en una ceremonia a la cual asistió el duque Alejandro, quien sería, simultáneamente, el amo de esos calabozos y su prisionero principal, porque desde allí gobernaban las tropas pendencieras de Carlos Quinto. También asistió un astrólogo, el maestro Juliano da Prato, quien compuso el horóscopo que las circunstancias exigían. Como era amigo de Silvio de Narni, di permiso a mi secretario, tan interesado por cuanto concierne a las ocultas ciencias, para concurrir a la solemnidad que los florentinos presenciaron con muda rabia, y a su vuelta me refirió que Alejandro dirigía personalmente las obras y las apresuraba sin ahorrar recursos, porque Felipe Strozzi —con cuyo dinero, paradójicamente, se realizó parte del trabajo— había roto su amistad con el duque, a raíz del atropello del cual fue objeto su hija Luisa y del asesinato de un Salviati por la facción strozziana, y, acompañado por sus temibles hijos, por el prior de Capua, por Piero, se había establecido en Venecia. De allí llegaron noticias, a la capital toscana, de que Strozzi e Hipólito de Médicis conspiraban contra el duque, con los exiliados cuyo número crecía constantemente.
En setiembre de 1534 murió Clemente VII. Era un hombre lento y astuto. Sabía disimular como pocos. Adoraba la música —y en esa materia se destacaba como un experto— y aprovechaba la armonía de los instrumentos, que oía con los ojos entrecerrados, juntas las manos como si orase, para madurar sus planes despaciosos. Un monje ligur, a su retorno de Francia de donde el papa vino muy enfermo, luego de haber coronado uno de sus anhelos más codiciosos al casar a Catalina con el que sería Enrique II, le predijo que fallecería ese año, y como Clemente creía —no se equivocó— en su clarividencia vaticinadora, el propio papa se ocupó, con los escrúpulos que consagraba a todo lo relativo a la liturgia, de hacer preparar los ornamentos especiales con los cuales se reviste al pontífice durante el velatorio. Su tránsito fue recibido con alegría por romanos y florentinos. El duque Alejandro debió inundar las calles de Florencia con sus soldados, para sosegarla. El júbilo se multiplicó en Roma, un mes más tarde, cuando el cónclave proclamó la elección de Alejandro Farnese, que asumió el título de Pablo III. Hacía más de un siglo que no teníamos un papa romano, desde Martín V Colonna, y el entusiasmo patriota desbordó, incontenible. Los Colonna se encargaron de recordar, por supuesto, el antecedente del pontífice de su linaje, pero aquélla fue la hora de los Farnese. Lo curioso es que el campeón del victorioso sucesor de Pedro, en los arduos días de la votación, el que convenció al Sacro Colegio de que debía designarlo, fue Hipólito de Médicis, y que no bien Farnese ciñó la tiara, tanto el nuevo pontífice como los cardenales por él creados se convirtieron en los implacables enemigos de Hipólito. Veían en él, que se había llevado tan mal con Clemente VII y que había sido desheredado por su tío del ducado de Florencia, la sombra del papa muerto. Y esa sombra, por pálida que fuese, los incomodaba.
Julia Farnese acudió desde Bomarzo a besar el pie del pariente que irradiaba tanta gloria sobre su alcurnia. También lo hizo, a pesar de su vejez y de sus achaques y de que se lo prohibí, mi abuela. No cabía en sí de satisfacción. Le brillaban los ojos clarísimos; le temblaban las manos delicadas, moteadas de manchas amarillas. Pensaba que, con un deudo tan próximo en el Vaticano, se iniciaría para Bomarzo y su gente una época de esplendor. Yo recibí la noticia sin mucho arrebato. Me ufanaba, como príncipe güelfo, la idea de esa alianza con el jefe de la Cristiandad, que compensaba, en cierto modo, lo que mi abuelo Franciotto no había conseguido alcanzar nunca, pero me irritaban también las ínfulas que los Farnese comenzaron a exhibir de inmediato. El peor, naturalmente, fue Pier Luigi. Hijo del papa, calculó tal vez que le tocaría representar, por la influencia que ejercía sobre un padre anciano que lo amaba y lo temía, el papel de un segundo César Borgia. Pronto se advirtió que Pablo III no le negaría nada. Lo absolvió por su intervención en el saqueo de Roma; le encargó la reforma de las milicias de la Iglesia y le otorgó feudos muy ricos, entre otros el de Montalto, antigua propiedad farnesiana que en realidad hubiera debido corresponder a mi suegro. Luego concedió la investidura cardenalicia a quien lo continuaría en el nombre, Alejandro Farnese, hijo de Pier Luigi, que andaba apenas por los catorce años, y a Guido de Santa Flora, de dieciséis, hijo de Constanza Farnese. En el consistorio siguiente, los capelos púrpuras se distribuyeron a derecha y a izquierda: du Bellay, Schönberg, Ghinucci, Simonetta, Caracciolo, Fisher, Contarini… Para nosotros no hubo ni un recuerdo, ni una promesa. Me lo hicieron notar, con gélidas sonrisas, mis primos de Bracciano y de Mugnano y el abad de Farfa, como si yo fuera el responsable. Les respondí que se calmaran, que ya hablaría yo con el Santo Padre en el momento oportuno, pero Hipólito, que se desengañó muy rápido, me dijo encogiéndose de hombros que había que resignarse pues todo sería para los rapaces Farnese. Y así fue. A poco, Alejandro, el cardenal niño, era designado gobernador de Spoleto. Como otros pastores universales, Pablo III soñaba, a los sesenta y ocho años, con afirmar el poderío material de su casa, calculando tal vez que la distribución de la península entre las grandes prosapias católicas, vinculadas por la sangre con los jefes de la Iglesia, contribuiría al afianzamiento de esa necesaria unidad italiana que sería el único muro contra el cual se estrellarían las ambiciones del emperador y de los soberanos extranjeros. Si pensaba así, pensaba bien. Lástima que para ello hubiera que echar mano de individuos tan ruines como Pier Luigi, quienes, al contrario, debilitaban el prestigio de la Santa Sede y, por su avaricia, obraban al revés, traicionando esas altas esperanzas y vendiéndose a los que acechaban allende los Alpes.
El cardenal de Médicis, ofendido y desilusionado, se refugió en sus quimeras y en sus intrigas. Iba a Venecia, a conferenciar con Felipe Strozzi, y a Fondi, a tañer el laúd junto a Julia Gonzaga. Le pedí que me escribiera desde Venecia, discretamente, alguna información sobre las perspectivas paternas de Maerbale, y me comunicó que todavía no había indicios. Respiré hondo. Mi abuela y mi mujer regresaron a Bomarzo. Las acompañé hasta Civitta Castellana, donde me despedí con amplias reverencias. Mi relación con Julia Farnese estaba ahora impregnada de cortesía, de amable prevención. Me pareció elegante dicha actitud, que contrastaba con las de otros príncipes, groseros, desagradables con sus esposas. Creía yo compensar así la ausencia de testimonios más tangibles de mi consideración, con lo cual me equivocaba. En esas oportunidades Julia me miraba con una altivez y una frialdad que sabía graduar sutilmente, de tal modo que sus gestos podían interpretarse como reconvenciones silenciosas, pero también podían tenerse por la expresión de una raza aristocrática que rehuía las libertades en público. Yo evitaba sus ojos, pero su manera de actuar me hacía hervir la sangre, porque a través de nuestros respectivos juegos, ella, la Farnese, resultaba la gran señora distante, y yo, el Orsini, el histrión que extremaba las lisonjas. Pero, por más que reiteradamente me proponía proceder de distinta manera, cuando nos enfrentábamos volvía a doblarme. Entonces, para disimular mi derrota, yo intensificaba las obsequiosas bufonerías que desconcertaban a todos y que más de uno habrá interpretado, lo cual acentuaba mi escondida cólera, como una sumisión del duque de Bomarzo frente a la autoridad creciente de los Farnese. Sólo mi abuela no se sorprendía de tales juegos, porque desde el principio había penetrado hasta la raíz de mi incapacidad morbosa, y se limitaba a menear la cabeza con una sonrisa triste en la que asomaban su invariable indulgencia y su leal ternura.
En parte para defender mi personalidad decaída por el menosprecio velado que fluía de Julia, y en parte también para dar curso a mi propensión sensual, me había enredado yo por ese tiempo en conversaciones sentimentales y otras recreaciones más concretas con mi prima Violante Orsini y con mi cuñado Fabio Farnese, muy dispuestos ambos a cualquier aproximación halagadora. Como aquello no trascendía del círculo doméstico inmediato, le pareció a mi criterio de entonces perfectamente aceptable. Mi prima me allanaba la testificación de una virilidad inmune, y mi hermano político me proveía una victoria sobre el clan en cuyo seno había conocido, junto a la pasiva reserva de Julia, el fracaso humillador que derivaba de la fijación de un traumatismo psicológico imposible de superar. Violante, que había dado escándalo en Bomarzo, después de mi boda, por las locuras que cometió en favor del duque de Urbino y de un alabardero de mi guardia que era aun más hermoso que el duque, divertía la pesadumbre del palacio que yo había heredado del cardenal Franciotto, con sus risas y extravagancias. Llevó a él un oso manso, que la duquesa de Camerino le había regalado a Hipólito de Médicis y que éste le obsequió a su vez y, revistiéndolo tanto ella como yo con la jerarquía de patriarca virtual de nuestra alcurnia, ofrecimos fiestas en honor de ese antepasado común al que coronamos con las rosas ancestrales y delante del cual bailó Fabio Farnese, en el papel de Orfeo, con una lira dorada en la mano, para regocijo de un grupo de huéspedes turbulentos que incluía —pues si no lo hubiésemos invitado lo mismo hubiera acudido— a Pier Luigi.
Esas aberraciones decorativas me distraían de mi amargura. Mi casamiento había naufragado y ya no me quedaban esperanzas de hollar las cartas de Dastyn en las cuales cifraba tercamente tantas ilusiones, como si ellas encerrasen la justificación de mi vida inútil. De tanto en tanto salía de Roma, para intentar alguna nueva búsqueda vana, o cumplir con las obligaciones imprescindibles que me imponía mi posición.
El triunfo de Carlos Quinto en Túnez, de donde escapó Barbarroja, lo rodeó de una gloria personal envidiable. Ello se vio, por ejemplo, en la acentuación del tono adulatorio de Aretino. Las armas imperiales disfrutaron de grandes días: Andrea Doria y Álvaro de Bazán brillaron como estrellas, y la fama de su compañero el conde de Orgaz hubiera sido inmarcesible de no mediar la paradoja de que, cincuenta años más tarde, al pintar El Greco a un antepasado suyo que ni siquiera era conde aún, oscuro, caritativo y (parecería) objeto de cierto milagro en la ceremonia de su entierro, el esplendor de esa pintura, ubicada en una capilla de la distante Toledo, apagó para siempre en la memoria el recuerdo de este otro y valiente conde de Orgaz. De donde se observa que un pintor puede contribuir a un milagro y puede derrotar en el tiempo a un fiero batallador. En consecuencia pienso ahora que tal vez me haya convenido que mi nombre se desvinculara del retrato de Lorenzo Lotto que se admira en la Academia de Venecia.
Hipólito de Médicis, siempre ansioso de prestigios que le permitieran refulgir ante Julia Gonzaga, quiso aprovechar la coyuntura de participar en una campaña digna del Caballero Errante, y de vengar a la Dama del Amaranto. Partió, pues, plumas al viento, como un héroe del romanticismo. Según se dijo después su salud decaía, ya que en el verano había enfermado de malaria, contraída en los pantanos vecinos de la propiedad de la bella, y eso se complicó con los gajes del morbo de Fracastoro que debía presumiblemente a Zafetta, la meretriz. Pero esta versión poco honrosa se originó en el círculo de sus enemigos, los cortesanos del duque de Florencia. Lo acompañaron en el viaje algunos de los expatriados florentinos más ilustres, como Piero Strozzi, Bernardo Salviati y hasta el poeta Francisco Molza, grande amigo de Julia, que fue mi amigo también y que, hostil al grupo de Alejandro, había compuesto un discurso contra Lorenzaccio cuando éste mutiló las estatuas del arco de Constantino. En Itri, feudo suyo, el cardenal se agravó súbitamente y no pudo abandonar el lecho, en el convento de los franciscanos a donde lo trasladaron. Su senescal, Juan Andrea del Borgo de San Sepolcro, le sirvió un caldo, y en seguida se aceleró el fin. Bernardino Salviati, prior de Roma, declaró que el príncipe, revolviéndose entre lágrimas y espasmos, juraba que le habían dado veneno.
—Me envenenó Juan Andrea —llegó a tartamudear Hipólito.
Llamaron a Julia, que acudió al galope desde su castillo cercano. En los claustros, los gritos de los africanos afligidos no alcanzaban a cubrir los del senescal a quien los señores sometían a tortura. Hasta metieron a un escribano en la cámara, para que apuntara sus declaraciones. Juan Andrea del Borgo de San Sepolcro se contradijo muchas veces, de acuerdo con la intensidad mayor o menor de los apremios que lo devolvían a su celda ensangrentado y convulso. Aseguró que era inocente, y luego aseguró, cuando retorcieron un poco más el cordaje, que en aquel caldo había puesto la ponzoña que traía de Florencia. Cuatro días después se extinguió la vida breve del cardenal, de quien Julia no se había separado en su agonía. Yo llegué horas más tarde, avisado por la propia dama, quien conocía el afecto sincero que le consagraba casi desde la niñez. Me encontré allí con un espectáculo patético. Hipólito de Médicis yacía, lívido, revestido con el ropaje púrpura. A su lado, Julia Gonzaga rezaba quedamente y alrededor gesticulaban los caballeros exiliados que veían desmoronarse con su joven jefe sus sueños de regreso victorioso a la patria. Y aun en esos momentos, aun mientras se sucedían las oraciones por el miembro del Colegio Sacro que había entregado a Dios su alma atribulada, no cesaban los clamores del senescal estirado en el potro del suplicio.
Volvimos a Roma lentamente. Quizás a Julia le remordiera la conciencia y se conmoviera a la postre su orgullo. El muchacho hermoso, encendido de altas ambiciones, había muerto sin obtener de ella más que palabras frívolas. En cuanto a mí, notaba con horror cómo crecía la nómina de mis muertos y cómo se despoblaba mi contorno. Evocaba a Florencia, tornaba a vivir el instante de mi arribo al palacio de Cosme el Viejo y a descubrir, en el cortile, a Hipólito de Médicis, presto a salir de cacería. Había sido bueno, generoso conmigo. Acaso me había comprendido y había penetrado hasta las hondas raíces de mi mal. Con él, que reposaba eternamente ahora, rígido como una policromada figura tumbal, perdía un aliado sincero, yo que tanto los necesitaba. Lloré en silencio frecuentemente, mientras conducíamos sus restos a la iglesia de la cual era titular, San Lorenzo in Damaso. Terminaba el estío y el aire temblaba, dulce, transparente, en la costa del Tirreno. De camino, nos detuvimos en una posada, y los servidores, por orden de Bernardino Salviati, martirizaron nuevamente al senescal. Cuando cesaban sus quejas, oía yo la charla de los criados. Atribuían el fallecimiento al duque Alejandro, de quien Juan Andrea sería sólo una hechura y afirmaban que el veneno había sido facilitado por un capitán Pignatta, un cobardón. Alguno apagó la voz, recordando por ventura mi proximidad y mi parentesco con el pontífice, y acusó del crimen a Pablo III, que envidiaba a Hipólito y lo juzgaba rico en demasía y probablemente quería quitarse el lazo de las obligaciones que derivaban de la deuda de la tiara y hasta beneficiar a Pier Luigi con el peculio del prelado. El tono de Piero Strozzi, ronco, violento, quebrado como un graznido, se entreveró en la conversación. Él no tenía miedo de que lo oyeran.
—Estos Farnese —bramó— son fruto de la conjura de los Borgia y los Orsini. Antes del pontificado de Alejandro Borgia, no movían un dedo. Nadie ignora que el papa actual recibió el capelo el mismo día que César Borgia, porque su hermana Julia era la concubina de Alejandro VI. Ella era casada con un Orsini, un tuerto cornudo, infame señor de Bassanello, hijo de una prima de los Borgia. Así se cierra el círculo de las influencias que promovieron a Alejandro Farnese hacia el trono vaticano. A Julia Farnese la llamaban «la novia de Cristo». Vivía en el gran palacio de los Orsini, en Monte Giordano, con su suegra complaciente que desdeñaba los intereses de su vástago en favor de los de su primo, el papa. Allí nació la hija de Borgia que le cargaron en la cuenta al infeliz Orsini.
—Ningún indicio hay todavía —terció el prior Salviati, cautamente— de que Su Santidad sea culpable de este asesinato.
—Será Su Santidad Pablo III o será Su Magnificencia Alejandro de Médicis —respondió, mordaz, Piero Strozzi—. Lo indudable es que el homicida pagará su culpa.
Detrás del tabique, yo los escuchaba, trémulo. Hubiera debido aparecer en medio de los murmuradores, a defender por lo menos a los Orsini. Desde mi infancia, ese Orso Orsini befado, a quien apodaban «el Monóculo» y que encerró su oprobio en Bassanello, cerca de Civitta Castellana, había desencadenado airadas discusiones en Bomarzo. No le perdonaban los míos su condescendencia con los Borgia, particularmente en la época en que los Orsini sufrieron la persecución de esa estirpe, porque el papa ansiaba entregar nuestras posesiones a su hijo mayor, el duque de Gandía, el que fue ultimado por su hermano César. Fueron aquellos tiempos muy duros para nosotros, y si no hubiéramos derrotado a los papales en la vecindad de Soriano, donde Gandía fue herido y Guidobaldo de Montefeltro, su comandante, cayó prisionero, quién sabe qué suerte hubiera corrido nuestra casa. Mi padre y mi abuelo, que intervinieron épicamente en esos combates y se portaron en Soriano como leones, no pronunciaban el nombre de Orso sin escupir a un lado con altivo desdén. Hubiérame correspondido, pues, poner en claro las cosas ante los maldicientes y mostrar cuál era la fibra de los Orsini auténticos, pero opté por callar hasta que, a poco, renacieron los gemidos del mayordomo de Hipólito y la bulla de quienes contemplaban sus contorsiones. Junto a mí, Fabio Farnese, que me había acompañado, tan herido o más que yo por las diatribas, estiraba su delgado cuerpo de felino y callaba también, apretándome la diestra.
En Roma, el asunto no se dilucidó. El senescal declaraba que había macerado el veneno entre dos piedras a las que había arrojado en un pozo, y luego se desdecía del testimonio prestado bajo juramento. Los inquisidores terminaron por absolverlo, arguyendo que su confesión, producto de torturas, no era válida. Juan Andrea volvió a Florencia, donde se insinuó, siniestro, en la corte del duque, pero concluyó refugiándose en su pueblo, y allí, en Borgo de San Sepolcro, meses más tarde, la gente acabó con él e hizo justicia.
Julia Gonzaga, desde entonces, buscó alivio más y más en la religión. Como le interesaba sobremanera cuanto se vinculaba con la sutileza teológica, trabó una amistad íntima con el español Juan Valdés, inquieto por los resortes de la conciencia individual y de la justificación por la fe y no por las obras. Su heterodoxia le valió el encono de otros pontífices, y uno de ellos, Pío V, muerta ya la hermosa, formuló contra ella un anatema rotundo y expresó que si no hubiera muerto la mandaría quemar viva. Posiblemente fuese una de esas frases iracundas que se sueltan al aire, como flechas, cuando impera la pasión, porque ni los Colonna —aunque la propia Victoria Colonna no anduvo a la sazón muy tranquila— ni los Gonzaga lo hubiesen tolerado. En cuanto a mí, el fin del cardenal Hipólito, a los veintiséis años, fue algo tan desolador, tan desconcertante y tan imposible, como si hubiera perecido un semidiós. Hipólito de Médicis no respiraba ya, y el bosque pánico enmudecía. Las ninfas y los faunos se ocultaban entre las rocas cinceladas por Benvenuto Cellini, mientras desfilaban los traidores astutos, cubiertos de sangre, que destrozaban a la raza de Eros. Lo quise desde el primer momento, porque desde el primer momento me quiso, no obstante mi joroba y mi pobre fragilidad. Y también lo quise porque, con su brava franqueza, su resplandeciente desapego y su seguridad conquistadora de hombres y mujeres que apuntaba, soberbia, en sus mínimos ademanes, en la gracia con que movía un brazo, recogía el manto, golpeaba las espuelas, levantaba el laúd, besaba una boca o afianzaba la mano en el estoque —con ser un bastardo, un desheredado y un sacerdote sacrílego, a causa de la arbitraria suerte que le impuso una existencia reñida con su ardiente vocación de rey y de amante—, Hipólito era la alegoría jubilosa de lo que yo no sería nunca.