IV
JULIA FARNESE
Iban y venían las hormigas, por todos los rumbos, entre los hormigueros italianos. Procedían en filas ondulantes. Cuando sus caravanas se cruzaban, se detenían a saludarse y a parlamentar, y luego seguían andando con sus cargamentos multicolores. Para Dios —y ahora para mí también que reveo aquel afán desde una distancia que nivela orgullos— los estandartes parecían briznas, y los armados señores eran como insectos que brillaban al sol invernal. Subían y bajaban por las colinas; entraban en los desfiladeros; cruzaban bosques; vadeaban ríos, hormigueando. ¿Era aquello una hojita verde, o era un palio? Y aquello otro, ¿era una ciudad con muchas torres, o una piedra caída entre la hierba? Iban y venían, acarreando cosas resplandecientes, pero se notaba que lo hacían sin gozo, obedeciendo a órdenes, a costumbres, a vanidades. Uno de esos hormigueros se llamaba Bolonia y había en él una hormiga especial llamada el Emperador. Sus infinitos súbditos acudían a rendirle homenaje, y sus cortejos se atravesaban constantemente, con briznas, con pendones. Llegaban de los extremos de Europa, rezumando rencor, desconfianza y avidez. Los hombres-hormigas, coruscantes, que relampagueaban en las carreteras de Italia, no le perdonaban al jefe extranjero que se aprestaban a coronar, el saqueo que habían sufrido en Roma, o la destrucción que continuaba sufriendo Florencia, y, si se contaban entre los enriquecidos por el pillaje, consideraban que sus servicios valían mucho más que las ventajas que habían logrado y que se afirmaban en las robadas joyas que lucían. Se paraban a beber en las tabernas, en las ciudades surgidas en las rutas, y los bodegoneros abrían tamaños ojos ante sus collares y ante las cruces preciosas que titilaban en sus sombreros emplumados. El papa, en cambio, el que ceñiría la corona a la Sacra Cesárea Majestad, debía bajar los párpados para no ver aquellos despojos de la Iglesia de Cristo que afluían sin cesar a Bolonia, exhibidos insolentemente. Y los enemigos más acérrimos del Vaticano, vasallos también de ese mismo emperador que tenía tantos bienes como problemas, tampoco estaban satisfechos, porque el príncipe se erguía delante de ellos como el verdugo de las extrañas ideas religiosas que alimentaban y que empezaban a roer al mundo nuevo. Tan inseguro resultaba todo, tan frágil, que ni el papa ni el emperador se habían atrevido a realizar las ceremonias en la vieja Roma, cubierta de recientes cicatrices, muchas de las cuales sangraban todavía, y que Clemente VII de Médicis, para dirigirse a Bolonia, había dado un rodeo evitando a su Florencia natal donde se execraba su nombre asociado a los de los sitiadores.
También la evité yo, con mi séquito. Era éste bastante nutrido. El cardenal ocupaba el coche de mi abuela que constituía uno de nuestros mayores lujos, a pesar de que carecía de muelles, pues en Florencia, por ejemplo, sólo en 1534 —o sea cuatro años más tarde— aparecieron los primeros carruajes, introducidos por las damas de la casa de Cibo. Sobre su techo crujiente, acomodóse parte del equipaje. El resto llevábase en un carro y en mulas. Nosotros —Maerbale, Messer Pandolfo, mis jóvenes parientes Mateo, Segismundo y Orso Orsini (la flor de los amigos de Girolamo que, mal que les pesara, tuvieron que acompañarme); los pajes encabezados por Silvio y los hombres de armas, formando un total de treinta personas— fuimos a caballo. En Bomarzo había dejado, en lugar de Manucio Martelli, de cuya suerte nada se conocía, a un nuevo administrador, Messer Bernardino Niccoloni, probablemente ansioso de medrar desfigurando números.
Durante el viaje, quizás lo más digno de ser tenido en cuenta fueron los esfuerzos de mis primos por ganarse mi buena voluntad. Yo era, a los dieciocho años, el jefe de la familia, y su destino de allegados pobres dependía de mi decisión. Me divertí observando los diplomáticos prodigios con que los tres trataron de aventar el odio que yo había acumulado contra ellos, en la época en que rodeaban y adulaban a Girolamo y conquistaban su simpatía a mis expensas pues sabían que el camino más cómodo para complacer a mi hermano mayor era vejarme. Ese cambio de táctica y de baterías, impuesto por la modificación de posiciones y por mi inesperado y veloz acceso al dominio, resultaba harto difícil de lograr, por no decir imposible, y ni siquiera su maravillosa astucia italiana, rica en heredadas sutilezas hipócritas —única herencia que poseían— lograba imponerse en seguida sobre lo delicado de la situación, porque los acontecimientos estaban demasiado próximos y habían sido demasiado intensos para que pudiéramos disimularlos. Después de la muerte de Girolamo, a quien habían servido como lacayos desde la niñez, obedeciendo los consejos de sus padres y sus propias inclinaciones lúbricas que condecían con el carácter y los gustos del presunto sucesor —cuyo cadáver habían llevado a la tumba como si con él enterraran el oro prometido de sus esperanzas— se me habían acercado tímidamente. Los gallos de ayer eran hoy dulces palomas. Imagino sus conversaciones, sus intrigas, en sus casas destartaladas del valle, ornadas con el repetido escudo de Orsini, que regía la sombra roqueña de Bomarzo. Imagino sus cálculos, su angustia. ¿Qué podían aguardar? ¿Cómo debían proceder para seducirme, para que el duque olvidara, mientras suplían las injurias con la abyección? Mateo, Segismundo, Orso… los tres algo mayores que yo; los tres, primos entre sí y primos segundos míos; los tres morenos, magros, lacios, nerviosos, inseparables, compensando con la elegancia de los ademanes la modestia de la ropa que se ennoblecía con algún regalo —broche, tahalí o pluma— de Girolamo; los tres hambrientos de rapiña y de prestigio; valientes cuando la guerra lo exigía y cobardes cuando lo había exigido la tortura del jorobado. Cabalgaban junto a mí y, aun sin mirarlos, yo sentía que sus ojos lobunos ardían en la oscuridad, como encendidos carbones cuya combustión se unía a la de las hachas humeantes. Cuando nos deteníamos, se deslizaban de los corceles y bregaban el honor de tenerme el estribo. Eran especuladores, soportarían mucho por ambición, mas también eran temibles: secretos, intrincados y peligrosos como el corredor oculto de Bomarzo. Conversaban poco, ignorando qué cuadraba decir, y vigilaban las palabras sueltas, perezosas, que yo les arrojaba como huesos. Si advertían que les cerraba todas las puertas, se conjurarían con Maerbale y me dejarían tendido a puñaladas. Al mismo tiempo que ellos jugaban su juego escabroso, yo debía jugar el mío, darles a entender que me habían ofendido y que la cólera del señor entraña riesgos imprevisibles, pero insinuarles también que mi magnanimidad grandiosa implicaba el enigma de ventajas futuras que había que merecer. Más atrás, Maerbale me espiaba, como Beppo. En aquella época los muchachos maduraban vertiginosamente. Se vivía rápido, porque en cualquier momento, a causa de un relámpago acerado, se podía cesar de vivir. Todo ello me distraía de otros pensamientos, como la inquietud que me provocaba mi próxima presentación ante Carlos Quinto, y me hacía paladear a pequeños sorbos el vino de una triste victoria. Mientras anduviéramos en grupo, flanqueados por mi escolta, nada tenía que temer. En medio de los tres lobos acechantes, yo debía parecer un osezno, con mi lucco, mi forrado tabardo florentino al que había mandado añadir, sobre la espalda, para esconder mi giba, un ancho cuello de pieles. Me había convertido, miméticamente, de tanto andar entre osos de piedra, de madera, de terciopelo y de oro, en un osezno. Los animales sagrados de los editus Ursae protegían así al duque de Bomarzo, comunicándole una ficción de fortaleza. Sólo me quitaba aquella ropa cuando, fatigado de cabalgar y de que me dolieran las coyunturas, compartía el coche con mi abuelo. Me echaba entonces el ropón sobre las rodillas y leía El Cortesano de Baltasar de Castiglione, manual de las buenas costumbres del Renacimiento. Hubiera querido ser intachable como si, al hacer mi reverencia ante el papa y el emperador, todos los Orsini, desde el hipotético general Caio Flavio Orso, me estuvieran juzgando.
Nos paramos de noche en Forlì, en una posada. Dispuse que se descargaran los equipajes y le entregué a cada uno de mis primos un traje nuevo, rojo, plata, oro, y verde, nuestros colores. Los recibieron con algazara de entusiasmo, pues eso los redimía de la penuria de presentarse en la corte como unos desamparados, y les sugerí la probabilidad del perdón. Comimos juntos, con el cardenal, Messer Pandolfo y Maerbale, en el ajetreo del hostal lleno de gente que acudía a las fiestas de Bolonia. Desde una mesa de prelados jóvenes, nos sonreían las meretrices. Silvio pasó las fuentes. Mis primos hablaban con cautela del emperador; de los beneficios de la Paz de las Damas, firmada entre su tía Margarita de Borgoña, y Luisa de Saboya, madre de Francisco I; hablaban de la devolución de Milán a los Sforza, como gobernadores imperiales; hablaban de los sucesos de Florencia; de los proyectos de César sobre Hungría; de los luteranos; del corsario Barbarroja. Tanteaban el terreno y me atisbaban de hito en hito, detrás de las manos enrejadas, rompiendo el pan, pasándose los jarros, poniéndose de pie para escanciarme, con una mezcla de homenaje y de familiaridad. Como no penetraban el curso de mis ideas políticas, mientras conocían muy bien, en cambio, cuáles habían sido las de Girolamo, pronto a cualquier concesión provechosa, no se aventuraban a opinar, desenredando el ovillo inventado por el papa y el emperador. Reían y dejaban de reír repentinamente. Yo pronunciaba frases escasas, a menudo sin sentido, y los miraba en el fondo de los ojos. Adivinaba que se estrujaban los sesos por comprenderme, por captar el oráculo, la voz señera del castillo, del oso con joroba. Aunque los detestase, era imposible no admirar la hermosura de los tres, acentuada por la tensión que les alargaba hacia mí las facciones, que les quemaba los ojos negros, que les hundía las uñas en la mesa.
Al terminar la comida, me sentí mal. Terribles vómitos me sacudieron. Mi abuelo quiso confesarme, tal vez para salir de varias curiosidades antiguas, pues en sus espaciados instantes de lucidez, como si anhelara ganar el tiempo perdido en el reblandecimiento, se volvía exageradamente agudo. Pensé que me habían envenenado, pero todos habíamos probado la misma carne de cabrito dorado con azafrán, la misma torta de harina. Por mi dolencia, que me dejó macilento, estremecido de náuseas, debimos permanecer siete días en Forlì. Dormía con Silvio de Narni, las espadas desnudas al alcance de las manos y dos hombres fieles estirados delante de la puerta. Atribuí el mal a las emociones acumuladas durante el último año. Silvio me curó, con mejunjes de hierbas que olían a menta. No sé si echó en la poción algo diabólico. A causa de ese accidente, perdimos la primera parte de las ceremonias, aquella en la cual Carlos Quinto ciñó la corona de hierro de rey de los longobardos, que unos magistrados trajeron desde Monza. Llegamos a Bolonia el 21 de febrero de 1530, junto con el duque de Saboya, vicario del imperio, el nuevo duque de Milán, el de Baviera y el obispo de Trento, embajador del rey de Hungría. Dentro del coche zangoloteado, la cabeza me pesaba como si la corona de hierro me oprimiera la frente. Mi abuelo me hacía respirar perfumes.
En Bolonia no cabía un alma más. Fuera del duque de Ferrara, que no acudió por diferencias con Clemente VII, y del de Mantua, que no se presentó por pleitos con el de Monferrato, habíanse reunido alrededor del palacio que albergaba desde hacía meses al Sumo Pontífice y a su Majestad, todos los grandes señores italianos. A mí no vino nadie a recibirme, pues los demás estaban pendientes de Carlos de Saboya, casado con la hermana de la emperatriz, y porque nadie me conocía aún, fuera de los Médicis. Sin embargo, calculo que el coche de mi abuela llamó la atención. Los lansquenetes alemanes, vestidos de blanco y turquesa, las picas al hombro, apartándose a nuestro paso, lo señalaban con el dedo. Me acordé de Abul, de su impresión de triunfo cuando cruzaba las multitudes sobre la grupa de Annone, y me acerqué varias veces a la portezuela, a charlar con el cardenal de cualquier cosa (había montado a caballo al entrar en la ciudad), indicando así que el carruaje nos pertenecía. Sucediera lo que sucediese, yo conservaba bastantes rasgos de niño y ciertas formas de mi vanidad continuaban siendo muy infantiles.
Como había tenido la prudencia de reservar alojamiento por medio de los familiares de mi abuelo, nos acomodamos en casa de un médico, mi hermano, mis primos y yo, tolerablemente. Franciotto Orsini se incorporó al Sacro Colegio. En esas ocasiones, pasmaba su eficacia. Los soldados dormitaron en las plazuelas, en torno de los vivaques. Peleaban y había que tranquilizarlos, para que no desgarraran sus indumentos costosos. Mataron a uno, hijo de una aldeana de Bomarzo, de la madre de Beppo, pero legítimo. Hacía frío y me dolía la cabeza.
Por la mañana, fui a saludar a los Médicis, acompañado por Maerbale, Mateo, Segismundo y Orso. La sociedad evolucionaba, adecuando sus conveniencias, como siempre, al alza y la baja de los valores que dependían de la influencia mudable de los poderosos, y por ello era posible algo tan desproporcionado y tan contrario a las jerarquías como el hecho de que no fueran los Médicis quienes visitaban a los Orsini, sino los Orsini quienes visitaban a los Médicis, y para colmo a unos Médicis bastardos.
Bullía tal muchedumbre por las calles que resultaba difícil avanzar. Así como, por una ficción motivada por las pompas y ritos imperiales, la iglesia de San Petronio hacía las veces de basílica de San Pedro, y sus altares habían sido rebautizados con las advocaciones de los que se veneraban en el templo mayor de la cristiandad, para que los actos de la coronación se desarrollaran como si se hubieran efectuado en Roma; Bolonia, la antigua ciudad universitaria, se había convertido temporalmente en capital del orbe. Sus intrincadas callejas parecían prontas a reventar en la llanura, tal era el gentío que las henchía, dialogando en lenguas y dialectos extraños. Pululaban sobre todo los españoles, llegados de Barcelona en las quince galeras, naos, urcas y carracas de Andrea Doria, y los alemanes recién enriquecidos en los saqueos. El lujo de las libreas distinguía a los criados y pajes de los hidalgos de España. Delante de nuestros caballos, Silvio de Narni gritaba, orgullosamente.
—¡Paso al duque de Bomarzo!, ¡paso a los príncipes Orsini!
Pero la multitud estaba demasiado habituada ya a las presencias y a los nombres ilustres, en esa inmensa cocina gloriosa donde se mezclaban las especias aristocráticas que luego alimentarían al Gotha con siglos de sangre, para que los Orsini impresionáramos a la plebe. Y, por otra parte, no éramos los únicos Orsini llegados a Bolonia. Los tablados entorpecían las plazas, adornados con guirnaldas, con emblemas. Sobre las puertas y ventanas pendían divisas ingeniosas, pinturas e imágenes de las victorias del emperador, de sus reinos y de las tierras descubiertas por su orden allende el mar. A los blasones conocidos, a las águilas, castillos, leones y lises que circundaba el collar del Toisón, sumábanse nuevas figuras de emplumados salvajes relucientes de pedrerías. Detrás del mundo viejo, rigurosamente clasificado con etiquetas de metales y colores de un orden estricto, por la sabiduría heráldica, acechaba otro mundo, misterioso y atroz, que brotaba de las selvas de América surcadas por enormes ríos a cuyas márgenes se elevaban los templos consagrados a los dioses crueles, y ese mundo de suntuosa barbarie era obligado artificialmente, monstruosamente, a participar de la fiesta cortesana que convocaba a los frágiles patricios europeos con los cuales nada tenía que ver y a los que tal vez era capaz de destruir con sus zarpas de oro. Entre el palacio que albergaba a Clemente VII y a Carlos Quinto y la Iglesia de San Petronio, donde se realizaría la coronación, habían tendido un alto pasadizo abierto, por el cual los dignatarios irían, a la vista del pueblo y como actores que circulan en un proscenio, hasta el altar mayor. Y allí también se multiplicaban los ramos de laurel y de hiedra, en torno de los escudos papales e imperiales.
—¡Paso al duque de Bomarzo!, ¡paso a los príncipes Orsini! —se desgañitaba Silvio de Narni, mientras mi gente golpeaba a los bobalicones con las picas, y si algunos se apartaban voluntariamente no era tanto por evitar los porrazos como por el asombro de ver, en un corcel blanquísimo, a un duque con joroba. Yo devolvía aquellas miradas que de sorprendidas se mudaban en burlonas, con mi expresión más impasible, como si flotara sobre nubes, pero si alguien me hubiera deslizado entonces una mano encima del corazón hubiera advertido que latía con espantada locura. De repente, frené mi caballo. Había creído divisar, junto a un pórtico, a Abul. Juraría que había visto su cara fina que engulló la muchedumbre. Busqué en el mar de cabezas, y seguimos adelante. De buena gana hubiera soltado las riendas, en las que temblaba como un insecto la sortija de Benvenuto Cellini, y me hubiera zambullido en esa corriente oscura para hallar a mi paje negro, mas no podía ser; me debía al papel que iba representando en medio de mis parientes hermosos. Me consolé, diciéndome que imaginaba visiones, hijas de mi debilidad.
Descabalgamos frente al palacio donde se alojaba Alejandro de Médicis. El presunto hijo del papa había desplazado a Hipólito en el orden de las jerarquías, y correspondía visitarlo primero. Era a la sazón duque de Pina y pronto, después de la traición de Baglioni y la derrota de Ferrucci cuando la desangrada Señoría ordenara deponer las armas, sería protector y duque hereditario de Florencia y casaría con Margarita de Austria, hija natural de Carlos Quinto. En esa familia, como en la de Morny durante el siglo XIX, todo sucedía naturalmente. Entre tanto, su primo el cardenal Hipólito se roía las uñas, componía versos, cazaba faisanes e ideaba venganzas sin consistencia.
No sé cómo nos hicieron pasar, porque en ese instante mismo se desarrollaba en el palacio una escena absurda, cuya intimidad no admitía testigos extraños. En un aposento vasto, rodeados por los bustos indiferentes de filósofos y poetas de la antigüedad, discutían Alejandro e Hipólito. A unos pasos, echado en el suelo, Lorenzino de Médicis se entretenía con un estilete, clavándolo de tanto en tanto en el piso como si ensayara, sin saberlo, el gran acto teatral de su vida. Rodón, el perro favorito de Hipólito, reconquistado después de la fuga de Florencia, retozaba alrededor de los señores. Más allá, algunos africanos del séquito del cardenal, asomados a las ventanas, comentaban las andanzas del público callejero, para nosotros invisible, con ademanes de micos, y reían estrepitosamente.
Alejandro giró hacia los esclavos y exclamó, furioso:
—¡A callar, imbéciles!
Los tres años que habían transcurrido y en que habíamos dejado de vernos, habían contribuido a modelar a los jóvenes de la vial Larga. Alejandro el Moro, vestido de verde, había ganado corpulencia al hacerse hombre. Me miró, y la inquina esencial que nos separaba desde que éramos muchachos se restableció, intacta, como si no hubiera pasado un día. El cardenal de veinte años se irguió en el oleaje de la púrpura y me abrió los brazos, feliz de encontrar un pretexto para poner fin a la querella que chisporroteaba en el aire.
Maerbale y los tres Orsini, cohibidos, permanecieron en el umbral de la puerta. Yo avancé y, aunque hubiera debido saludar primero a Alejandro, aproveché la circunstancia de que estuvieran juntos y del grado eclesiástico de su primo, para inclinarme ante éste y hasta, extremando la insidia y para desquitarme del desdén evidente del duque, llamé a Hipólito —fingiendo que mi turbación me hacía equivocarme— alteza serenísima, su título del tiempo en que había sido amo de Florencia. El cardenal me alzó y esquivó mis palabras con un gesto irónico:
—La alteza serenísima ha muerto, Vicino. Ahora soy un padre de la Iglesia.
Nadie lo hubiera tomado por tal. Parecía un militar, un cazador disfrazado con ropas clericales. Me estrechó y sentí el poder de sus músculos endurecidos por las justas gimnásticas. Sus ojos, sus ojeras, delataban el desenfreno pero, a diferencia de los de Alejandro, se encendían de generosidad. Atraje a mis parientes, sin saludar al duque todavía, y se los presenté. Luego repetí ante Alejandro la ceremonia. Me respondió fríamente. Lorenzino, iluminado de alegría, vino a abrazarme, y los africanos, volviéndose y descubriendo al príncipe giboso a quien su señor quería, cayeron de hinojos y tocaron con las frentes el suelo. Hasta Rodón acudió, ladrando, resoplando, a ponerme las patas en los hombros y lamerme las manos. A pesar de la actitud del Moro, que descontaba, me colmó de júbilo la recepción, sobre todo porque ella demostraba a los de Bomarzo la intensidad familiar de los lazos que me vinculaban con los sobrinos del pontífice. En ese momento, curiosamente, sentí con plenitud que yo era el duque de Bomarzo; lo sentí más aún que cuando mis vasallos me habían rendido pleitesía en el castillo, después de la muerte de mi padre, porque fue como si Hipólito me hubiera ungido y como si mi esnobismo recibiera, de una gente que siendo ilegítima era tan principal y tan buscada y lisonjeada, la definitiva consagración. Que el lector no refunfuñe y trate de comprenderme: yo era así, frívolo, superficial —siendo, por otro lado, profundo y complejo—; tenía ansias de reconocimientos que me afirmaran en la posición mundana que me correspondía, aunque contaba también con una inmunidad congénita que se afianzaba en mi sangre y en derechos que suponía divinos. Era, simultáneamente, muy seguro y muy inseguro. De ahí procedía mi desequilibrio, como he ido reiterando en estas memorias. Y me encantaba que Maerbale, que sin duda se consideraba con más títulos que yo a la histórica sucesión paterna, y Mateo, Segismundo y Orso —los Orsini iracundos por defraudados—, que me habían hostigado con tanta saña en la época del esplendor de Girolamo, cuando me juzgaban una mera sabandija ridícula, tuvieran la prueba rotunda de que yo poseía algo que no había conseguido ninguno de mis dos hermanos aparentemente superiores: una situación, una autoridad y un valimiento entre los omnipotentes que suscitaban más envidia y frente a los cuales, mal pese a su bastardía y a nuestros antecedentes ilustres, inmemoriales como las piedras de Roma, y a la altivez de nuestra abuela Diana y de nuestro abuelo el cardenal Franciotto, no pasábamos de ser unos pequeños y codiciosos caciques provincianos… aunque nos doliese confesar, en nuestro fuero íntimo, ese menoscabo dentro de las categorías elegantes que por nada del mundo hubiéramos reconocido de palabra, pues nos hubiéramos dejado arrancar la lengua antes de resignarnos y aceptar lo obvio.
Ya anticipé que nuestra entrada había interrumpido una disputa. Alejandro, vibrante, los ojos como brasas, todo él comparable con un raro pajarraco verde de cara negra, que se balanceaba enfurecido, pretendió detener a Hipólito, quien inició unas explicaciones que subrayaban lo grotesco de su pretensión. Pero era tarde.
—El duque está irritado, porque en la ceremonia del 24, la de la coronación imperial, no le tocará el mismo papel que tuvo a su cargo hace dos días, cuando Su Majestad recibió la corona longobarda.
—Es lo que me corresponde —tronó Alejandro.
—En aquel acto —añadió Hipólito—, el marqués de Astorga llevó el cetro; el marqués de Villena, el estoque; Alejandro, el globo del mundo; y el marqués de Monferrato, la corona de Lombardía. Iban delante de Su Majestad, como cuatro antorchas. En cambio se ha fijado que en la ceremonia de pasado mañana, Monferrato llevará el cetro, el duque de Urbino, la espada; el duque de Baviera, el orbe; y el de Saboya, la corona imperial. A Alejandro lo han dejado afuera.
—¡Me las pagarán! —rugió el duque—. ¡Hablaré hoy con Su Beatitud! El papa no me niega nada. ¡Ya verán esos insolentes!
—El papa no podrá modificarlo —arguyó su primo, impertérrito—, porque el emperador ha establecido esas distinciones. El duque de Baviera representa a los electores de Alemania.
—¡A los puercos!, ¡todos son herejes!
—No lo es el duque de Baviera.
Se oyó la vocecita inocente de Lorenzino que, tendido en el suelo, sacudía la cabezota del perrazo:
—¿Y eso qué importa? Mi tía Clarice decía que soy el jefe de los Médicis, y a mí me mandan siempre dentro del montón de los pobres príncipes.
Rió, no se supo si como un niño divertido o como un hombre colérico. Los bastardos guardaron silencio unos segundos y lo observaron con curiosidad. Ese niño no era como su primo Cosme, el astuto. Nunca se podían predecir sus reacciones. A mí me rozó también su punzada: tendría que desfilar con los «pobres príncipes» y, aun ahí, mi sitio no sería de los mejores.
Alejandro, desentendiéndose de la interrupción, tornó a encararse con Hipólito:
—Claro, a Su Señoría no le interesa porque goza de un lugar asignado en medio de los cardenales y probablemente ayudará a sostener la capa imperial en San Petronio.
—Alguna ventaja debe recaer en quien ha abandonado las glorias de la tierra por otras más altas. Aunque preferiría irme al Mugello a cazar, si fuese posible.
Hipólito sonreía, y los Orsini escuchaban boquiabiertos.
—¡Le arrancaré el mundo al duque de Baviera!
—El mundo —suspiró el cardenal, santiguándose— no es de Su Excelencia ni es del bávaro. Tampoco es de Carlos Quinto. Es de Dios.
Se enderezó más todavía, con el garbo de sus veinte años atléticos, y conteniendo la réplica de su primo, que sería agraviante, acaso una blasfemia, dibujó una cruz en el aire:
—Los bendigo, in nomine Pater, Filius et Spiritus Sanctus. Repórtate, Alejandro de Médicis.
Me puso una mano en el hombro y terminó:
—Vamos, Pier Francesco.
Nos inclinamos y salimos, precedidos por la algarabía de los africanos. Uno de ellos sujetaba a Rodón con una traílla de plata.
—¿Por qué dijiste eso, Lorenzino? —preguntó el prelado.
—Por burla, por risa.
—Quizás ignores —agregó Hipólito dirigiéndose a mí— que Clarice Strozzi ha muerto.
Me entristeció la noticia. La nieta del Magnífico había entregado su alma hacía dos años y no me lo había comunicado nadie. Recordé su frente pura, la gracia de su óvalo, su firmeza, su arrogancia, cómo le obedecíamos sin discutir.
—Aquí no hacemos más que acalorarnos por tonterías. ¡Si supieras, Vicino! Esta coronación ha sido un infierno… que Dios me perdone.
De repente, los bustos de los filósofos que rodeaban a Alejandro me parecieron de barro; el duque me pareció un mulato rencoroso; las telas en las cuales habían sido pintados los trofeos que decoraban las calles me parecieron míseras, el alto pasadizo y los doseles, unos tinglados de feria; los soldados esparcidos en las plazas, unas tropas ocupantes, que estaban ahí para acallar las protestas del pueblo: en general, esos personajes y esos actos impresionan mucho más a través de las descripciones fervorosas de los cronistas, encargados de dorar telones, que vistos como los vi yo. El 24, día de San Mateo, cumpleaños del emperador augusto, y quinto aniversario de la fecha en que los capitanes de Carlos detuvieron al rey de Francia, en Pavía, llevó el globo del mundo el duque de Baviera, y Alejandro mordió el freno.
Cuando nos separamos de Hipólito, apretados por la multitud que se encrespaba alrededor de su silla de manos, comenté a mis acompañantes, lánguidamente:
—En Florencia peleaban por cualquier cosa. Pero son ambos muy discretos. El disimulo les viene de la sangre Médicis. Si hablaron delante de ustedes de asuntos tan íntimos fue porque yo estaba ahí, que soy como de la familia.
Y de ese modo, para brillar ante mi hermano y los Orsini rústicos, no vacilé en emparentar con los bastardos.
Dejamos los caballos a los pajes y regresamos a pie, pues era más cómodo. En un remolino de gente creí ver a Juan Bautista Martelli, como antes creí haber visto a Abul. Se lo indiqué a Maerbale, pero desapareció. Juan Bautista era rubio y delicado, tipo que se reiteraba entre los muchachos de su edad que servían en las casas pudientes, de modo que, como en el caso anterior, atribuí el hallazgo a una coincidencia de semejanzas. El populacho de Bolonia escamoteaba los espectros de mi pasado. En otro remolino, mientras procurábamos asegurar nuestra marcha con los codos, topamos con Pier Luigi Farnese, el hijo del futuro papa, el que había conducido los restos de mi padre desde Florencia hasta Bomarzo.
—¡La plebe anda levantada, señores! —nos gritó—. ¡Duro con ella y adelante!
Su enérgico perfil sobresalía sobre las caras temerosas. Algunas pústulas emparchadas denotaban, en sus mejillas, las huellas del mal terrible que inspiró a Fracastoro el poema Syphilidis, publicado en Venecia ese mismo año y que sostiene que la presencia de ese mal se debe a la conjunción de los tres planetas superiores, Saturno, Júpiter y Marte, la cual es muy rara. Lo que en cambio no era nada raro es el morbo en cuestión, que los italianos achacaban a los franceses, y los franceses a los italianos, y que muchos proclamaban traído de América por los españoles, de suerte que los pueblos de Europa se descargaban los unos en los otros de su responsabilidad. Tantos estragos ejercía, que su destrucción prometía sobrepasar las de las enfermedades epidémicas conocidas desde hacía siglos: la peste, la tisis, la sarna, la erisipela, el ántrax, la lepra, el tracoma.
Pier Luigi tomó cariñosamente el brazo de Segismundo Orsini, asombrado de tal privilegio:
—No nos separaremos, amigos. Juntos, nos protegeremos mejor.
Seguimos así, apartando comparsas, y advertí que Farnese hablaba al oído del menor de los Orsini. Imaginé lo que le iría soplando, porque nadie ignoraba sus inclinaciones.
Por la tarde, de acuerdo con lo combinado por nuestro abuelo, concurrí con Maerbale a testimoniar mis respetos al papa y al emperador. De camino, mi hermano me señaló un grupo de damas, arracimado en un ventanal, desde el cual arrojaba flores a los paseantes.
—¡Aquélla! —exclamó sin retenerse—, ¡qué hermosa es!
Acompañé su mirada y divisé, en el centro de las doncellas, una que con su belleza las eclipsaba. Vestía de color ocre, con mangas anchísimas, agobiantes. Una gruesa red, también ocre, que le descendía sobre el cuello, aprisionaba su pelo castaño, undoso. Marcábansele, bajo el collar de corales, los pechos pequeños y firmes. Sus anchos ojos claros se posaron sobre nosotros un segundo, y luego los alejó. No le importábamos.
—Jamás he visto a nadie así —prosiguió Maerbale—. Quisiera conocerla.
Yo también lo quería. Sentí clavado, un instante, el aguijón de los celos. Se me ocurrió que con sólo observarla y desearla, Maerbale me estaba despojando de algo que me pertenecía porque, por el mero hecho de ser yo el duque de Bomarzo, ninguno de mi casa debía ambicionar nada sin consultarme. Los celos han sido siempre uno de mis grandes motores. Pero al mismo tiempo me gustó que, en momentos en que nos dirigíamos a enfrentar lo que relumbraba pirotécnicamente como una de las principales emociones de nuestra vida, Maerbale se distrajera de su preocupación suntuosa con pormenores sensuales, pues eso probaba que, a pesar de todo, los Orsini seguíamos siendo lo que siempre habíamos sido, gente temperamental, de fácil enamoramiento, y aquel rasgo íntimo pasaba antes que las exigencias que nos imponían las circunstancias, por solemnes y codiciadas que éstas fuesen. Los demás irían a ver al papa y al emperador, como si fueran a recibir el Santísimo. Nosotros no; nosotros lo hacíamos familiarmente, sin otorgar a ese episodio más trascendencia que la de un trámite burocrático derivado de nuestra posición, mientras que nada —ni siquiera la idea alarmante de que poco después nos hallaríamos ante los dueños omnímodos de almas y haciendas, elegidos por Dios para esa tarea incomparable— podía desviarnos de lo que esencialmente y desde hacía varias centurias había constituido nuestra máxima y gozosa inquietud. Y entonces redoblaron mis celos porque al ser Maerbale quien me daba el aristocrático ejemplo de su desinterés cortesano y de su fidelidad a una actitud que evidenciábamos, cotidianamente, me demostraba que él era más Orsini que yo, más digno de serlo, y ello, por emulación exasperada, excitó mi curiosidad hacia la niña que provocaba tales reacciones de independencia.
Interrogué a los vecinos, pero desconocían quién era la joven de los ojos claros. Envié a Silvio a averiguarlo, y regresó sin noticias.
En el palacio nos introdujeron en una cámara densa de gentileshombres que aguardaban la ocasión de saludar a los jefes de la cristiandad. El cardenal Orsini, sostenido por un paje, vino a rescatarnos de aquella masa dorada, anónima pese al lujo de los trajes y los nombres. Las cruces de las órdenes españolas —Santiago, Calatrava, Alcántara, Montesa— se repetían sobre las capas, alrededor. Nos llevaron a otro aposento, donde debimos esperar largamente.
—Al papa se le besa el pie —volvió a aleccionarnos el cardenal—, y al emperador, la mano.
La recomendación carecía de utilidad: durante una semana habíamos ensayado la liturgia de las genuflexiones, y había aprendido yo lo que correspondía que el duque de Bomarzo, en un breve discurso, transmitiera a las sacras personas. De nada me sirvió esto último. Se me trabó la lengua o experimenté, de repente, un gran cansancio, en tanto valoraba la superfluidad de mis preparativos y de cuanto sucedía, pues se me antojó que aquellas escenas no pertenecían a la realidad y que, como las que León Bautista Alberti había inventado el siglo anterior, con cámaras en las cuales aparecían el sol, la luna y misteriosos paisajes, eran vanas ilusiones ópticas.
Ambas entrevistas fueron muy rápidas. Formamos en la hilera que, conducida por el dédalo de muchas habitaciones desnudas, desfilaba delante de Su Santidad y de Su Majestad Cesárea. El papa corroboró que era más político que el Habsburgo o que necesitaba más apoyo. Me levantó y tuvo un recuerdo para mi padre.
—Encomendamos en nuestras oraciones a Gian Corrado Orsini. Ha sido un caballero católico de singular valía, lo mismo que vuestro abuelo, el cardenal.
Mientras eludía sus espléndidos ojos, recordé fugazmente los desmanes paternos, las muchachas violadas en Bomarzo, la vejación de los magistrados, los impuestos y la horca.
—El cardenal Hipólito me ha hablado de ti con elogio, duque.
Mascullé una frase de agradecimiento, furioso conmigo mismo, con mi poquedad.
El emperador no dijo una palabra. Me sorprendió la palidez de sus treinta años, el color plateado que Pablo Giovio cita; el frío de sus ojos azules; el mentón heredado, célebre, que como la nariz borbónica y la hemofilia de la casa de Hesse, constituye para las monarquías un certificado de autenticidad regia. En mi caso, la giba era única; sólo la compartía con Carlotto Fausto. Si todos los Orsini la tuviesen, me hubiera incomodado no poseerla. Por un dolor de cabeza, al partir de Barcelona, el emperador se había cortado el cabello, que hasta entonces se usaba largo en España, y fue como si con esa decisión la Edad Media terminase. Los señores hispanos lo imitaron, pues no en vano apunta Shakespeare que los grandes no siguen las modas, sino las originan. A la sazón se comentó que algunos de ellos habían llorado al separarse de sus luengos bucles, pero me cuesta creerlo. Probablemente serían los vasallos de Flandes y Alemania, países tan fieles después a esa costumbre, por hábito de ciega obediencia, que hasta hoy van en primer término, en materia de rapes militares de raíz. Besamos la diestra imperial, y luego ésta ascendió hacia el Toisón de Oro, despidiéndonos con una mímica parca. Otros príncipes nos pisaban los talones, para repetir el juego ritual.
—Es un fatuo —le confié a Maerbale al salir—, o un tímido.
Tal vez el amo del mundo participara de ambas flaquezas. Volví a acercarme a él al día siguiente, cuando me armó caballero.
Esa noche —procedíamos en Bolonia, precursoramente, como unos turistas que aspiran a aprovechar cada minuto de su tiempo y que, luego de recorrer la galería de retratos históricos, no quieren perderse ni el dancing comentado ni el barrio de mala fama— Maerbale fue con Silvio a una casa de rameras. Me propusieron que los acompañara, pero no accedí. Me irritaba que hubieran combinado la aventura sin prevenirme; me irritaba también la amistad, la complicidad que implicaba esa resolución. Si mi hermano ganaba el afecto de Silvio de Narni, me despojaba de lo único que poseía auténticamente, por mis solos méritos, pues lo demás —los honores, el castillo, las vastas heredades— era fruto del azar cronológico… aunque no, también era fruto de un episodio sucedido en el Tíber, de los manoteos de un muchacho que se ahogaba, del silencio de mi abuela; nada mío, si bien se mira, fue fruto azaroso; todo lo conquisté con penurias. Pero Silvio constituía algo especial dentro de mi vida. Quería para mí, para mí solo, a ese personaje flaco, desdentado y temible. Pensé prohibirles que fuesen, pero advertí que eso disminuiría mi autoridad, en lugar de afirmarla, y probablemente robustecería su alianza. El peor de los enemigos es el aguafiestas; y si el aguafiestas es jorobado y las va de mandón, resulta insoportable. Me mordí los labios y, consolándome sin conseguirlo, me dije que al permanecer en nuestra residencia marcaba la distancia que separaba al príncipe del segundón y del paje, pues no debía el duque de Bomarzo andar entre prostitutas; eso quedaba para los de menor responsabilidad y cuantía. Me metí en la cama, abrí el poema de Fracastoro y, sin ni siquiera confesármelo a mí mismo, aguardé su regreso. Los celos, los celos más ruines que son aquellos a los cuales no tiene acceso el amor sino otros sentimientos, más tristes y oscuros, me roían. No logré enfrascarme en la lectura del poema latino, tan inesperadamente dedicado al que sería cardenal Bembo. La historia larga y enrevesada del pastor Sifilo, atacado por la enfermedad venérea porque había ultrajado a Diana, y del trasplante del morbo de América a Europa, llevado por los marineros profanadores, me dejaba impasible. Para mí, la sífilis no eran los discursos de unas ninfas ni las profecías de un pájaro herido, ni las torpezas alambicadas de un pastor, sino las horrendas bubas que había visto en las caras de los soldados españoles e italianos y que las mujeres de nuestro pueblo transmitían con ahínco mortal.
Silvio volvió muy tarde, cuando ya mis nervios no daban más y me aprontaba a salir en su busca, repitiéndome, para no mirar cara a cara las razones de mi zozobra, que podía haberles acontecido algo peligroso. Lo recibí duramente pero mi reacción violenta cedió al observar que venía vendado y que una mancha de sangre enrojecía el lienzo que le tapaba la mejilla. Me narró su singular aventura.
En casa de las hembras se habían encontrado con Porzia, la hija de Messer Manucio Martelli, mi antiguo administrador. Ella y su hermano Juan Bautista —nuestras víctimas del sepulcro de Piamiano— habían huido de la custodia de su padre, poco antes de llegar a Florencia, donde Messer Manucio se proponía revelar el delito a Gian Corrado Orsini y reclamar su venganza. Los mellizos vagaron de pueblo en pueblo, ocultándose en las granjas, viviendo de la caridad de los paisanos. Por fin no les quedó más remedio que usar el cuerpo de Porzia, para mantenerse, y de ese modo se adiestraron en el negocio carnal a una edad en que debían estar estudiando gramática. Alcanzaron así a Bolonia, engolosinados por el anuncio del gran concurso de gente que allí habría con motivo de las fiestas de la coronación, lo cual facilitaría su pobre comercio. La belleza y la juventud de la muchacha llamaron la atención de una mala pécora embaidora que rondaba los mercados, dedicada a organizar entrevistas rítmicas entre personas inquietas, de sexos opuestos, y por ese motivo la niña había terminado en casa de las meretrices, convirtiéndose pronto en su atracción principal. A Maerbale, que como se recordará no había participado en la violación del sepulcro subterráneo, Porzia lo había fascinado con su encanto ingenuo que no había perdido a pesar de ejercer una profesión en la que la ingenuidad suele decolorarse y desaparecer en breve. Estaban, pues, entregados a manejos agradables, cuando Juan Bautista, presumiblemente escaso de fondos, apareció por la mancebía. En poco tiempo, las dificultades de la vida lo habían endurecido. Nadie hubiera reconocido en él al mocito cuya traza delicada se confundía con la de su gemela, y de quien habíamos usado y abusado con tan desenvuelta fruición. Era ahora un hombre de pies a cabeza, y quizás un hombre de cuidado. Traía un espadón sonoro y dos compañeros mayores, de tajo en la cara y blasfemia a flor de boca, y no bien vio a Maerbale y a Silvio, olvidando que el primero había sido el aliado de su padre después de la tropelía, desnudó el acero, cosa que sus edecanes imitaron, y arremetió contra los huéspedes, a quienes ya no les quedaba nada por desnudar. En los relámpagos de las hojas blandidas, Juan Bautista saltaba como una gacela y brillaba como un dios. Mi hermano y mi paje se defendieron débilmente, con unos taburetes, ayudados por otro muchacho que, para su desgracia, compartía sus juegos eróticos. Porzia y las demás meretrices chillaron como si las asesinaran; surgió la ronda; Maerbale se dio a conocer, lo mismo que su socio circunstancial, que resultó ser un Farnese; y los tres bravucones —además de las inocentes enamoradas— salieron rumbo a la cárcel por atacar a señores de tanto fuste. Entonces Farnese, Fabio Farnese, muy enterado de los lazos que a Orsinis y Farneses unían, propuso a Maerbale correrse hasta el palacio donde se alojaba, para pasar allí el trago áspero, compensándolo con otro de buen vino. En el palacio encendieron luces, alborotóse la servidumbre, y presentáronse azoradas las hermanas del muchacho: Julia, Yolanda y Battistina, bajo el mando de su padre, el magnífico Galeazzo Farnese. ¡Cuál no sería el asombro de Maerbale cuando comprobó que Julia era la misma doncella angelical cuya hermosura lo había hechizado, desde el florido balcón, cuando regresamos de la visita regia! Relataron un lance confuso, con lansquenetes ebrios de Antonio de Leiva —riñas así sucedían con cualquier pretexto—, y fueron inmediatamente lavados, vendados y agasajados, lo mismo que Silvio de Narni. Se sirvió vino, se hizo música; todo terminó en fiesta. A Galeazzo Farnese le gustaba reír y seguramente intuyó la verdadera causa del desorden, pero eso no hizo más que intensificar su entusiasmo de hombre ya retirado de las lides rijosas, que vive de anécdotas, de reflejos. Con vanidad bonachona explicó a Maerbale que era primo hermano de Pier Luigi Farnese, como hijo de Bartolomé, señor de Montalto y hermano de Julia la Bella, la mujer de Orsino Orsini, aquel de la memorable desventura matrimonial. Claro que eso último no se mencionó. Mientras los caballeros conversaban, las niñas circulaban alrededor, con jarros de vino tibio, con dulces. La sorpresa agrandaba sus ojos claros, violetas (pensé en los ojos de Adriana dalla Roza). Julia tañó el laúd; cantó Battistina; bailó Yolanda. Hablaron después de artistas; mostraron un camafeo que les había tallado Benvenuto Cellini; aludieron a las visitas de Tiziano, el pintor a quien había encargado su retrato Carlos Quinto. Y Maerbale quedó en volver.
Aquellas noticias, comunicadas a borbotones por el paje, me enconaron sobremanera. A la traición que significaba la partida de Maerbale con Silvio, sumábase esta otra, de habérseme adelantado en el conocimiento de la joven del balcón. Ni por un instante me detuve a medir el enorme daño que le había causado a Porzia, y el abismo en el cual la había precipitado. Me preocupaban otros acontecimientos: la independencia de Maerbale, su influjo sobre Silvio, la nueva amistad de los Farnese. ¡Tan luego Farnese! ¡Farnese! ¡La familia en cuyo seno, por recomendación de mi abuela y por mi propia intuición, me convenía buscar a la que sería la duquesa de Bomarzo! Arrojé las cobijas, me planté delante de Silvio y, cuando creí que iba a apostrofarlo espléndidamente, mostrándole, pese a su posición de gestor demoníaco, quién era el amo, y enseñándole los riesgos de oponerse a los caprichos de mi autoridad, me encontré con que no era capaz de dominarme, con que la larga espera rencorosa y las emociones del relato habían agotado mis reservas de energía, y con que, en lugar de la escena de despecho señorial que proyecté, le ofrecía otra, opuesta, de histeria balbuciente, más propia de una mujer cegada por los celos insanos que de un príncipe ofendido. Las lágrimas, los sollozos me impedían hablar. Silvio me miraba, entre estupefacto y sonriente. Luego se relajaron sus músculos, dio un paso hacia mí, torció su espinazo punzante y me besó la diestra. Había comprendido exactamente qué me pasaba.
—Tiene razón, Vuestra Excelencia —me dijo—. Tienes razón —añadió tuteándome—, y perdóname. Ven ahora a dormir. Mañana aclararemos estos asuntos.
Le obedecí como un niño, me arropó y me acarició la frente.
—Ya te oí, cuando comentabas a Julia Farnese con Maerbale. Si la quieres, será tuya.
—Debo casarme, Silvio, y eso me asusta. Me asusta todo. Debo casarme, por Bomarzo.
—Te casarás, duque.
Sopló el candil y nos dormimos. Al día siguiente, muy temprano, me desperté poseído por una dinámica fiebre y por la inquietud de retomar, con ayuda de Silvio, las riendas perdidas. Había que proceder y pronto. Envié mi paje —a quien desde entonces, precisamente, comencé a llamar «el secretario», para indignación de Messer Pandolfo, que soñaba con esa jerarquía— a casa de Pier Luigi Farnese, a pedirle que me llevara esa tarde a presentar mis saludos a su primo Galeazzo. Pier Luigi olfateó sin duda lo que yo perseguía, calculó que ello convenía al adelanto de los suyos, y accedió, siempre que con nosotros fuera Segismundo Orsini. Así lo dispuso, y Segismundo acudió a mi convocatoria. No sé a quién asombró más esa preferencia, si a él o a mí, porque para mí los tres Orsini indigentes de la zona de Bomarzo, los turbulentos favoritos de Girolamo, eran tan iguales entre sí que a menudo los confundía y que, si a veces equivocaba sus nombres a propósito, para humillarlos, a veces también los embarullaba sin pretenderlo. Tal vez Segismundo, el menor del terceto, fuera también el más hermoso, con su cara de halcón, sus negros ojos fijos, su esbelta delgadez y aquella ansiedad que de él emergía constantemente, como un estremecimiento o una tensión casi invisibles.
Bastaba recorrer los primeros salones suntuosos del palacio que usufructuaba esta rama de la familia, durante su corta permanencia en Bolonia, hasta llegar a aquel en el cual se habían reunido los moradores con el fin de agasajar a sus visitantes, para apreciar la privanza de la cual gozaban los Farnese en la corte pontificia, gracias a la influencia del decano del Sacro Colegio, el cardenal Alejandro Farnese, ante Clemente VII. En momentos en que la mayoría de los huéspedes de la atestada Bolonia se aglomeraba fastidiosamente en el hacinamiento de casas incómodas y promiscuas, estos Farnese, que ni siquiera pertenecían a la línea principal, vivían allí con holgura, como si estuvieran en el feudo de Canino. Por esos salones, en los que los escuderos alternaban con los lacayos, y en los que, encima de lebreles bostezantes, impúdicamente despatarrados en sus sueños, los tapices especialmente traídos cubrían los muros húmedos con desnudeces alegóricas que dominaban los lirios azules sobre oro de la estirpe, fui, balanceando mi giba, entre Pier Luigi y Segismundo. Me había puesto un justillo color naranja y el tabardo con enorme cuello de armiño caía sobre mi joroba. Me repetía que no había motivo para estar nervioso y empero lo estaba. Descalzándome los guantes y volviendo a calzarlos; deteniéndome a elogiar tal o cual paño con escenas de la guerra de Troya; parándome para rozar el lomo de algún perro que, de tan aburrido e indolente, ni siquiera me gruñía, contentándose con clavarme los ojos vítreos de bestia embalsamada; y fingiendo no ver —aunque lo veía muy bien y eso, que no hubiera debido inmutarme por obvio, me sacaba de quicio— que Pier Luigi había rodeado audazmente la cintura de mi primo Orsini, llegué al aposento donde Galeazzo obsequiaba a varias personas, más de las que había esperado encontrar allí.
En el centro de la habitación, inmenso, pesado, comunicativo, triunfal, agitando la cabezota que enmarcaba un par de orejas de Buda, Galeazzo departía con dos cardenales; su tío Alejandro y mi amigo Hipólito de Médicis, un sexagenario y un doncel veinteañero. Galeazzo derramaba jovialidad. Era uno de esos individuos tremendamente vitales que convidan, con su sola presencia, a gozar del mundo. Parecía flamenco. Su extrema euforia hacía que la gente lo buscara, hasta por razones higiénicas, pues, en ese tiempo anterior a las vitaminas, obraba como un estimulante. También obraba su gran fortuna. Hablaba con verbosidad opulenta, y los dos prelados seguían su discurso: Alejandro, encubriendo una semisonrisa, replegado gatunamente sobre sí mismo, respondía de tarde en tarde con monosílabos; Hipólito, moviéndose impaciente, tamborileaba con los dedos en los brazos de su sillón. Ambos vestían similares púrpuras, pero cualquiera los hubiese tomado por un príncipe de la Iglesia y su joven acólito.
Pier Luigi nos condujo ante ellos e hizo las presentaciones. Besé las dos manos tendidas, rugosa la una, la otra lisa, cuidada. Hipólito me atrajo y me abrazó, según su costumbre. Advertí la mirada sagaz con la cual, bajo la capota de los párpados, el futuro papa envolvía a su hijo mayor. Alejandro no ignoraba nada de su vástago Pier Luigi. De inmediato captó lo que junto a él significaba Segismundo, y alzó una ceja laxa y desdeñosa de hombre tenazmente mujeriego, cuyo apartamiento de las escaramuzas sensuales, para honra de su investidura, no le privaba de experimentar solidaridades y repugnancias retrospectivas. Casado desde hacía más de un decenio con Girolama Orsini, Pier Luigi era padre de cinco retoños, el último de los cuales nació ese año de 1530, pues sus devaneos por otros rumbos no le impedían cumplir un deber conyugal impuesto sobre todo por su gran respeto a los Orsini. Una larga línea de reyes brotaría de su sangre impura. Su bastardía —tuvo por madre a una aristócrata que terminó uniéndose en matrimonio con un barón romano— había sido legitimada por Julio II. Me tocó andar por la vida entre ilegítimos. En verdad es injusto que algunos de mis contemporáneos famosos de entonces —como Leonardo y Paracelso— sufrieran a causa de su condición de hijos naturales, cuando tantos hubo (y estas memorias abundan en ejemplos de ellos) a quienes su calidad de frutos del amor sin contrato pareció servirles de aliciente en la carrera de los honores. Lo que pasa es que hasta para ser bastardo hay que tener suerte, y una cosa es serlo del papa y otra de un notario de Vinci.
Galeazzo Farnese me acogió fastuosamente. Aprisionado entre sus brazos, como entre los de uno de mis soberbios osos protectores, espié, mientras el anfitrión barbotaba recuerdos de su heroica amistad con los condottieri Orsini y en especial con mi padre, el grupo que formaban detrás Maerbale y las tres Farnese. Maerbale no había perdido el tiempo. Me irritó entonces más que nunca, porque la belleza de Julia era tal que resplandecía. De la diestra de Galeazzo, quien me guió en una extraña figura de baile trazada por un gigante y un pequeño giboso, me acerqué a saludarlas.
—El señor duque de Bomarzo —anunció el titán, y los muros ancestrales crecieron en mitad del aposento, empujando las paredes ornadas de estatuas solemnes, e infundiéndome ánimos con su pétrea tutela.
Pero ¿qué podía yo esperar del socorro de Bomarzo, ante la gracia de Maerbale, que por otra parte compartía el bomarziano auxilio? Mi hermano era muy semejante a mí; poseía mis mismos ojos oscuros, mis pómulos, mi boca, mis dedos ahusados; lo que no poseía era el bulto que me asomaba sobre el hombro, ni la pierna más corta. Fingí no verlo —cosa imposible— y no retribuí su saludo, mientras las niñas, una a una, obedientemente, rozaban con los míos sus labios nuevos. Pronto se sumó a nosotros Segismundo, huyendo de Pier Luigi. Pienso que sólo entonces mi primo captó las intenciones del capitán, pues ni siquiera se le había ocurrido que él podía provocar tales sentimientos en un individuo barbudo y llagado, que se señalaba por su inflexibilidad rigurosa al frente de los destacamentos militares.
Nuestra entrada había interrumpido la conversación, que se reanudó a poco. Se charlaba, como en la entera Bolonia, de los actos del día siguiente. El asunto de las precedencias cocinaba las ambiciones, y si el duque Alejandro de Médicis había querido obligar a su padre a que influyera para que se le asignara la misma categoría arbitraria que se le había otorgado en la coronación de hierro, Pier Luigi insistió ante el suyo —a quien incumbiría ungir con el óleo santo el hombro derecho del emperador— para que se modificara el ceremonial y se le concediera un puesto de más relieve.
—¿Qué ventajas acarrea entonces —interrogó, mientras su progenitor lo fulminaba con los ojos— ser hijo de un cardenal?
—Muchas ventajas —le respondió el prelado—. Por lo pronto, la de estar aquí diciendo sandeces.
Creí que iba a continuar la discusión, pero Alejandro cruzó los dedos y se encerró en su hábito, como un rojo caparazón de molusco. Más tarde supe que le temía a Pier Luigi, capaz de atrocidades. Se me ocurrió que ya que estos dos hijos espurios de jerarcas eclesiásticos se afirmaban en tales circunstancias para ganar encumbramientos decorativos, símbolos de sus posiciones en el mundo, también podía valerme yo de mi condición de nieto de un cardenal para alcanzarlo, pero sentí de repente una gran fatiga y un gran despego, y me desentendí del asunto. De cualquier manera, el protocolo había sido examinado y debatido durante meses y era inútil pretender cambiarlo.
Sacándose de encima al porfiado —quien lo hacía tal vez para brillar ante Segismundo— el cardenal Farnese contó que Carlos Quinto había conocido el día anterior a una hija, habida en Flandes de una dama de Perusa y a quien guardaban las religiosas del monasterio de San Lorenzo de Collazón, cerca de esa ciudad. Llamábase Doña Tadea y andaba por los ocho años. Abundó en detalles, como si el hecho de que el emperador tuviera una hija de contrabando bastara para justificar a los suyos y al propio hijo del papa. El tema era espinoso y, luego de haberlo iniciado con vehemencia retórica, el cardenal lo dejó caer.
—Parece que una cuestión que levanta ciertas inquietudes —añadió— es el puente de andamios por el cual desfilarán el papa, el emperador y sus cortejos, hasta San Petronio. Lo han probado veinte veces, pero hay quienes dudan todavía de su estabilidad. El peso será muy grande, y el emperador, a quien llegó el comentario, ha enviado a sus ingenieros a examinarlo y ha dicho que estamos en las manos de Dios. Espero —concluyó, persignándose— que Dios tendrá en cuenta a este viejo siervo suyo, si se aflojan las maderas…
Yo, entre tanto hablaba, no quitaba los ojos de Julia, pero ésta rehuía los míos, embargada en un coloquio con Maerbale. La conversación volvió a virar, y Alejandro e Hipólito, coleccionistas ambos, se interesaron por mis colecciones incipientes. Habían oído mentar a la armadura etrusca de Bomarzo y querían saber qué era con exactitud. Luego Hipólito me pidió la sortija de Benvenuto, para mostrarla a Galeazzo, y trajeron el camafeo de Cellini. Estábamos examinándolo —y yo ardía en deseos de apartarme del grupo central y de acercarme al de los jóvenes, en medio del cual restallaban las carcajadas brutales de Pier Luigi—, cuando entró un hombre de más de cincuenta años, de noble perfil y barba blanca, disimulada la calvicie bajo un casquete de seda negra. Se inclinó profundamente, y cuando me saludó me llamó, exagerando el título, Señoría Ilustrísima. Era Messer Tiziano Vecellio, de Pieve di Cadoro.
Los cardenales le preguntaron por el retrato de Su Majestad, que pintaba por sugestión de Hipólito, quien lo había recomendado al César. Aspiraban a conocer cómo lo representaba, cosa que se había ocultado hasta entonces, y el artista, arrastrando el dejo veneciano, sonrió, sin osar negarse a tan eminentes interlocutores, y describió la figura hidalga, el tabardo de martas rubias, el raso amarillo, el joyel de diamantes del birrete, los guantes de ámbar, el pormenor curioso del espantamoscas, la mano que acaricia a Sampere, el mastín. Especificaba como si pintase, deteniéndose en el juego de los matices, de los claroscuros, modelando el aire con los dedos, y en verdad se sabía que pintaba no sólo con el pincel sino frotando con las yemas exquisitas, alternando el relieve de los toques macizos con tenues delicadezas transparentes que su mano lograba como un hechicero.
—Yo quisiera retratarlo a caballo, revestido de su armadura, un río y árboles y nubes al fondo. Algún día lo haré.
El corro se rompió, distraído, y me detuve a platicar con el maestro. Recordamos a Ariosto, mi adorado, a quien Tiziano había tratado en la corte de Alfonso de Este, duque de Ferrara, después de la muerte de Lucrecia Borgia y del matrimonio del duque con la plebeya Laura Dianti. El poeta había confiado al pintor el destino que reservaba a muchos de sus personajes, mientras componía el Orlando, y más tarde, cuando admiré las obras del cadorino, deduje que, aunque él no lo confesara, celoso como era de cuanto se refería a la originalidad de su creación, Tiziano se inspiró más de una vez en los héroes ariostescos para organizar su mundo espiritual y voluptuoso. Pero en ese momento y al par que lo escuchaba con una reverencia que no excluía el dejo señorial que mi abuela me había enseñado que debía emplear en mis relaciones con la gente de paleta y de pluma, mi nerviosidad no me permitía gozar con estética plenitud de lo que me iba narrando, pues mis ojos, traicionándome, huían hacia la ventana donde se habían apartado Maerbale y Julia. De otra Julia Farnese, con increíble falta de tacto, me entretuvo después el cardenal Alejandro, quien aludió a nuestro parentesco a través de su hermana, Julia la Bella, casada con Orsino Orsini, magnífico cabrón de nuestra familia. Lo oí sobre ascuas elogiar su hermosura y su ingenuidad. Demasiado enterado estaba yo de lo que el cardenal debía a esa hermana, en su carrera codiciosa hacia las llaves de San Pedro, pero entre nosotros, los de Bomarzo, ubicados en la posición opuesta y dueños de una susceptibilidad aguzada por las burlonas alusiones, no se la nombraba nunca. Me pareció que se estaba mofando de mí y le clavé los ojos, para hallar, en respuesta, un manso mirar prelaticio de anciano que evocaba las glorias de los suyos y que no me engañó.
Logré alejarme por fin y, aprovechando que Julia había quedado entre Pier Luigi y Segismundo, me aproximé a iniciar, ruboroso, timorato, una corte tan torpe y absurda —movida, más que por el directo interés, por la rivalidad de mi hermano— que inmediatamente vi pasar por su rostro sin afeites las sombras de la ironía, la sorpresa y el desaire. Volvió Maerbale, con un refresco para la doncella, y mi animosidad burbujeó frente a su gracia. Por malevolencia, sin pararme a reflexionar, hice algo loco: empujé su brazo y el líquido se volcó sobre la falda celeste de la niña. Antes de que reaccionaran, porque evidentemente la culpa era mía sola, giré hacia Maerbale y lo apostrofé por su descuido. Se me encendieron las mejillas, y Julia retrocedió, asustada.
—¡Quién no sabe andar entre damas y no conoce más trato que el de las meretrices —grité—, entre damas no debe andar!
Me arrepentí inmediatamente de mi imbecilidad y mi grosería, pero ya era tarde para volver sobre lo avanzado. Galeazzo Farnese acudió, palaciego, conciliador, meciendo la hinchazón colosal del vientre, estiradas las zarpas que cubrían los zafiros y los rubíes exorbitantes.
—¡No es nada! —repetía—. ¡No es nada, señor duque!
Julia esbozó una reverencia y se retiró. Maerbale se refugió en la tapizada penumbra, confundiéndose con ella. No la abandonó hasta que partimos, y yo, miserable de mí, extraviado, perdidos los estribos, únicamente conseguí aumentar la impresión de barbarie palurda que había causado mi exabrupto, pues me dediqué a enumerar delante de Galeazzo las propiedades que constituían mi patrimonio, sin ton ni son, con pretextos infantiles, esperando disparatadamente ganar su voluntad con ello, como si Galeazzo, Alejandro e Hipólito hubieran sido tres traficantes orientales y no tres grandes señores pontificios, de suerte que —y me di muy bien cuenta de ello, pues todo el tiempo, mientras lo hacía, sufría y me odiaba—, más que el heredero de una tradición ilustre, antigua como Roma, más que el miembro de una familia de emperatrices y conquistadores, de papas y héroes, parecía un advenedizo vulgar, que explayaba su fortuna ante los príncipes, asombrado de lo que poseía, esperando deslumbrar a quienes sonreían interiormente, pues no necesitaban —no les importaba— deslumbrarme a su vez, cosa que hubieran podido hacer si lo hubieran querido, ya que sus posiciones y fortunas superaban en mucho a las mías, mal pese a los Orsini y a su magnificencia inmemorial. Han transcurrido cuatro siglos y no he olvidado ni una minucia de aquella primera entrevista con los Farnese de Galeazzo. Todavía hoy, cuando la recuerdo, me sube a la cara una ola quemante. La memoria de nuestras ridiculeces, de nuestros grotescos desbarros, puede más que la de nuestros éxitos.
Maerbale y yo no cambiamos palabra mientras regresábamos a nuestro alojamiento. Al que más se le oyó la voz fue a Segismundo. No salía de su sorpresa, ante el rápido interés que había suscitado en un individuo tan encumbrado como Pier Luigi. Para no decepcionarlo, callé lo que sabía acerca de esos intereses súbitos del militar, dirigidos a menudo a gente de la más baja estofa. Segismundo se había hecho su composición de lugar, diciéndose —y repitiéndonos— que si había provocado tales reacciones ello se debía a que Pier Luigi había reconocido en él al Orsini, al gran señor, pese a su condición disminuida, pero esa argumentación no valía de nada, fuera de salvaguardar su hombría, pues Orsini éramos todos. Además, de tanto en tanto y ya que las auténticas razones de la atracción resultaban tan claras que no se podían disfrazar, acalorábase nuestro primo ante las pretensiones de Farnese, que evidentemente perseguían fines muy concretos relacionados con el sexto mandamiento de la Ley de Dios. Observé que Orso y Mateo, que habían ido a esperarnos a la puerta del palacio, en lugar de burlarse de él por la situación creada, tan opuesta a sus principios varoniles de secuaces de Girolamo en numerosas orgías con hembras del pueblo, trataban el asunto con naturalidad, y que hasta Mateo llegaba a argüirle que no fuera tonto y no desbaratara por prejuicios una intimidad que acaso facilitase su progreso en el mundo. Ellos eran así, inescrupulosos. También lo era yo. También lo era, ya que de esto hablamos, el Renacimiento. Y observé que esa complicidad confesada en torno de algo turbio y productivo contribuía a romper el hielo que los separaba de mí (pues conocían, por Maerbale, mi intervención en el asunto de Juan Bautista y Porzia), y que mi actitud reprochable en casa de Galeazzo Farnese, cuando increpé a mi hermano, en vez de debilitar mi posición con su torpeza, ablandaba la de Maerbale, arbitrariamente insultado por mí en público. Estaban habituados desde la niñez a formar en las filas del más fuerte, y entendían, según su corto criterio, que con mi violencia caprichosa yo había demostrado que, si lo quería, podía proceder, aun ante los grandes, con el inmotivado despotismo propio de los duques de Bomarzo. Maerbale captó esas mudanzas sutiles, y sospecho que él, igualmente, tuvo la sensación, por vez primera, de que yo era capaz de imponer mi antojo, y eso lo sumió en recelosa inquietud. Desunido de sus aliados circunstancialmente, se limitó a callar y a proclamar su cólera con miradas que no osaban ser demasiado despreciativas puesto que nos incluían a los cuatro restantes.
Llegamos a la casa donde nos hospedábamos; gané mi habitación y en ella hallé a Silvio de Narni, a quien puse al tanto de lo sucedido. El expaje y actual secretario estaba entregado a una curiosa tarea. Había fabricado dos muñecas de estopa, burdamente vestidas con retazos.
—Ésta —me comunicó— es Julia Farnese; y ésta es Porzia. Julia te pertenecerá y Porzia será mía, no sólo porque me gusta sino porque me ofendió su mellizo.
Temí que sus manejos provocaran algún daño a la hija de Galeazzo y así se lo dije, pero me tranquilizó al punto.
—Nada malo pasará; pasarán cosas buenas. Ya verás, señor duque.
—Quiero casarme con ella.
—No lo dudes. Amón, Saracil, Sathiel y Jana, los demonios cuyo imperio se encuentra cerca de la Luna y que vagan por la carretera de Roma, son mis amigos.
Continuó aderezando las efigies, y luego humedeció una de ellas con su saliva; se pinchó el brazo y dejó caer unas gotas de sangre en la cara de la muñeca que correspondía a Porzia. Después me deslizó la mano por la boca y sentí asco de esa piel ácida. Mojó la figurilla que representaba a Julia, con mi saliva y con mi sangre, que obtuvo punzándome un dedo con una aguja.
—He aquí la sangre de sapo —agregó, alzando un frasco oscuro—. La sangre de sapo es infalible. La receta proviene de un hechicero francés, de Carcasona.
Destapó el pomo y volcó su contenido sobre las muñecas. Un hedor repugnante se fue iniciando en la habitación en penumbra.
—Ahora sacrificaremos una mariposa, sólo una mariposa. La idea parece singular, pero da resultados óptimos. Y es poética.
Abrió una cajita y sacó una mariposa negra y blanca, que aleteó desesperadamente.
—Ha sido difícil conseguirla. En Forlì, cuando enfermaste, trabé relación con un muchacho que las colecciona. Había hallado ésta en pleno invierno, y se la compré, pensando que podría servirme. La pagué cara.
—Aquí tienes un ducado.
La atravesó con la misma aguja y la acercó al candil sujetándola por el minúsculo estoque. En seguida ardió; chisporroteó su cuerpo; transformáronse sus alas en unas llamas breves.
—Amón —invocó Silvio de Narni—, en ti confío. Te liberé de mi redoma; libéranos tú a nosotros. No queda más —terminó dirigiéndose a mí— que colocar cada muñeca en la puerta de la casa que corresponde.
Envolvió los trapos en su capa y salió. Yo aguardé su regreso. Imágenes de mi vida flotaron durante una hora en la atmósfera que, aunque empujé los postigos y dejé entrar por la ventana el aire frío de febrero, no se purificó de sus miasmas insinuantes. Las mujeres que me habían preocupado dibujaron en los muros su ronda discorde: mi abuela Diana diosa sin edad, Parca que tejía la tela de mi existencia, para quien, tratándose de mí, nada debía ser imposible; Clarice Strozzi, azote de usurpadores como una romana de los grandes siglos, sostén de un ideal dinástico de inteligencia y de vigor, muerta antes de haber realizado su altivo sueño; Adriana dalla Roza, lírico frenesí, alerta generosa de la infancia, a quien tal vez amé con un amor pleno y que fue, de cualquier modo, lo más próximo al amor por una mujer que había conocido; Pantasilea, dorada alegoría de mi humillación en el cortejo de pecado que se compra; Nencia, pasión litúrgica de los Orsini, que me robó en una capilla (digo bien: me robó) una virtud que yo no poseía ya; las vagas aldeanas de Bomarzo, sobre cuyos cuerpos dóciles pretendí imitar las acrobacias dictatoriales de mi padre y de Girolamo, proclamando así mis derechos a un dominio que se fundaba en costumbres orgullosamente concupiscentes, las cuales requerían el testimonio de esos cuerpos vejados para afianzar la permanencia imperiosa de una viejísima tradición; Porzia Martelli, bifurcación del torrente pasional o exaltación aceptada de otras turbaciones de más trastornador escalofrío, a causa de ese Juan Bautista tan inseparable de ella, tan enraizado en su carne gemela que ambos formaban una sola y bicéfala seducción; y por fin Julia Farnese, ansia de legitimidad, de orden, al amparo de la intacta hermosura, y también fiebre devoradora de los celos que exigen la propiedad no compartida. La ronda femenina de mis dieciocho años giraba en la estancia donde había ardido una mariposa blanquinegra, paradójico homenaje al Macho Cabrío, y yo, en medio de las impalpables beldades, aguardaba al paje desdentado que gobernaba con ademanes mágicos la posibilidad de prolongar esos giros en una guirnalda de pechos y caderas que se internaría, vibrando, en las cavernas sin luz del Tiempo. Me sentía insignificante y agotado, mientras las fuerzas herméticas trabajaban alrededor, como si no estuviese en la habitación normal de una casa burguesa, sino en un taller donde maquinarias inexplicables y silenciosas trabajaban para mí —o contra mí— con obstinada presión.
Cuando volvió, Silvio me informó que no había tropezado con inconvenientes.
—Delante del palacio del rey Enzo de Cerdeña, Amón se me manifestó, en una columna de fuego, y me confió que Maerbale debía cuidarse del día de mañana.
—Dile tú a Maerbale que se cuide.
—Se lo diré.
Supuse que no le diría nada y que, por otra parte, exageraba su relación con los demonios para aumentar ante mí su prestigio. Esa familiaridad de los agentes maléficos con un pequeño paje de Narni resultaba inarmónica. Creía yo todavía que los demonios, siendo príncipes, deben entenderse con los príncipes directamente, tan metido tenía en el ánimo el concepto de las jerarquías.
Ya no pude dormir, pues al amanecer se ubicó en la plaza principal lo mejor de las infanterías española y alemana, con harto ruido. Comenzaban los preparativos de la coronación imperial. Mandé buscar a Segismundo Orsini, y lo envié ante Galeazzo Farnese, con mi sortija de Benvenuto. Era lo que más apreciaba, y como el padre de Julia la había alabado, resolví regalársela. Había meditado largamente, antes de resignarme a desprenderme de mi talismán, del aro de acero y oro que significaba para mí algo tan importante como lo que su topacio había sido, en Florencia, para Adriana dalla Roza. Mi yerro del día anterior era de los que imponen una reparación trascendente. A poco retornó con el anillo y palabras afectuosísimas de Galeazzo. Ningún argumento —expresaba su mensaje— hubiera justificado que aceptara mi obsequio, pues había comprendido cuánto valoraba yo la joya. En cambio me sugería que, luego de las ceremonias en San Petronio, acaso al otro día, no dejara de visitarlos. Julia había preguntado por mí. Estaba de pie, muy temprano, alistándose para los festejos.
—¿Qué cuentas, Segismundo?
—Repito lo que me dijo: que Julia Farnese ha preguntado por ti.
Un segundo, se asomó a mi recuerdo la forma basta de la muñeca de Silvio. Confundí a Julia y al pelele de estopa en una sola imagen. La niña se convirtió en un títere con los ojos pintados de violeta y una falda celeste sobre la cual se extendía la mancha del refresco que le ofreciera Maerbale. De repente la figurilla ardió, como ilustrando el refrán de España: «El hombre es fuego, la mujer estopa; viene el Diablo y sopla». Quizás ese fuego procedía de la mariposa quemada o de la columna candente de Amón, si esa columna y Amón existían en verdad. Interrumpió estas reflexiones peligrosas la llegada de un lacayo de Pier Luigi Farnese. Traía, para Segismundo, en nombre de su amo, un gracioso birrete de terciopelo color avellana, con una transparente pluma azul, fija por un broche de perlas barrocas. Se lo probó ante un espejo, encantado a pesar de mis ironías.
—¿Crees que debo conservarlo?
—Creo que sí. Los regalos afluyen esta mañana, y si Galeazzo no debió guardar el mío, tú, en cambio, debes guardar el de Pier Luigi.
Salió corriendo, bailando, a mostrarlo a sus primos. Ya no parecía como cuando entramos en Bolonia, un pequeño halcón altanero, todo contenida violencia, sino un pájaro lujoso de jaula cortesana, con un leve airón azul. Hasta los modales del muchacho, bruscos y agresivos, empezaban a aflojarse y a cambiarse por otros, afelpados, rebuscados, fruto de la sutil metamorfosis que se iba operando en él como consecuencia de la constante vigilancia de sí mismo que ejercía, ahora que tenía una nueva e inesperada conciencia de su valor, y que lo impelía a exhibirse bajo un aspecto que consideraba, por refinado, más atrayente, pero que en realidad lo era mucho menos que la personalidad que hasta entonces le conocíamos, casi hosca de tan varonil. Verifiqué de esa manera qué endeble había sido la psicológica armadura que había ceñido en la época de su amistad con Girolamo y hasta unas horas atrás, y cómo es posible que los hombres muy jóvenes, por razón de una influencia que les abre inéditas perspectivas, se modifiquen rápidamente, adaptándose a situaciones que ignoraban o detestaban, y cuyas semillas estaban presentes, listas para germinar, aunque ellos mismos no lo supieran, en lo más secreto de su modo de ser.
Deslicé la sortija en el meñique y fui a vestirme para la ceremonia. Silvio, gravemente, sin comentar la reacción de Julia, que le referí, me acomodó las pieles en la espalda y me ayudó a poner el manto rojo y el bonete ducal con la media corona. Hubiera querido que mi padre me viese así, majestuoso como un monarca antiguo, pero claro que eso no pasaba de ser una fantasía, pues en tal caso quien hubiese llevado el manto sobre los hombros y la corona sobre la cabeza hubiera sido él. Y, como otras veces, la cara de Gian Corrado Orsini se me apareció, la fracción de un instante, brumosa, y luego se esfumó sin que yo consiguiera redimirla de su misterioso olvido.
Aquel 24 de febrero de 1530 debió haber sido uno de los grandes días de la historia de Bolonia, y aunque lo fue del punto de vista de la crónica oficial, no lo fue plenamente para quienes lo vivimos y sobre todo para quienes no nos dejamos embaucar con oropeles. Faltaba, ya lo he dicho, un ingrediente que no se suple: el calor popular. Y luego, tal vez por dificultades que en Roma se hubieran salvado, se advertía, debajo de la hinchazón de la pompa, cierta ordinariez municipal de los materiales, cierta precariedad de bambalina que se desarmará durante la noche, concluido el espectáculo, arrancando papeles y rompiendo cartones. Pero se echó mano de cuanto se obtuvo, para que la coronación de la Majestad Cesárea pudiera contarse, a los infinitos súbditos lejanos, en forma satisfactoria y hasta deslumbrante, con muchos nombres sonoros, mucha ropa buena y ceremonias prolijas cuyo ritual arcaísmo proclamaba, a la faz del orbe, la continuidad hereditaria del derecho divino que regía la sucesión.
Cuando salí con mis acompañantes me dirigí, de acuerdo con lo que se preestableciera, al palacio papal e imperial. Convergía allí, simultáneamente, una multitud de prelados, príncipes y caballeros de todas las naciones, ricamente vestidos. La fantasía del indumento inventaba locuras, si bien daba muestras de encauzar el furor anárquico de la centuria anterior. Calzas y calzones, gregüescos imponentes, mangas acuchilladas y acolchadas, esclavinas, agujetas, cintillos, capuchones, bufandas de marta cebellina, cinturones, jactanciosas bragaduras, corazas extravagantes, sombreros fabulosos y un follaje de plumachos revueltos, transformaban a los hombres en animales quiméricos, en gorgonas y grifos y en esos monstruos que los cartógrafos creaban para decorar los desiertos de África y de Asia. Si en los pasados días había sido arduo avanzar entre el gentío, la dificultad se multiplicó hasta lo imposible la mañana de San Mateo en que el emperador cumplía treinta años. El color deliraba en la anchura de la plaza, con los soldados de Borgoña, de terciopelo azul, amarillo y blanco; los servidores cardenalicios, de morado y negro; las sobrecubiertas y sayos de brocado, con bordados escudos; los rasos, los damascos, el oro y la plata, los penachos, las gualdrapas, los estandartes en los que tremolaba el águila de Carlos y la roja cruz de la Liga; las ballestas, las lanzas emperifolladas de flores, los pífanos, los tambores y sus cintas; los emblemas que pendían de las ventanas que atascaban los curiosos. Aturdía el estrépito. No callaban ni las trompetas ni los atabales, en aquel Juicio Final que hubiera transportado al Bosco, hirviente de alabarderos, de arcabuceros, de piqueros, de arqueros, de Ballesteros, de camareros, de caballerizos, de estudiantes, de monjes y de pueblo también, que se apiñaba donde conseguía un hueco libre o donde no lo conseguía, y sobre el cual llovían golpes a los que replicaba con palabras soeces. Por suerte no hacía calor. En un ángulo de la plaza asaban un buey entero, relleno de cabritos, de puercos, de conejos y de aves; y la gula medieval, la gula más antigua todavía, del tiempo de los Césares insaciables, contribuía a la diversión con su bestial prestigio, encarnada en el inmenso vacuno que rotaba en el fulgor de las brasas, y cerca de cuya mole repleta manaban sin cesar, por las bocas de dos leones abiertas en una pared, sendas fuentes de vino blanco, mientras que otra, de tinto, saltaba del pecho de un águila de piedra, y desde las alturas del palacio arrojaban sobre la ávida muchedumbre tortas, frutas, panes, confituras y nueces, que caían, en el apuro, mezcladas con piezas de las vajillas. Sí, se hizo lo posible porque la algarabía fuera extrema, sin exagerar el gasto. A la par que avanzábamos, con riesgo de que yo perdiera mi corona la mañana en que Carlos Quinto ceñía la suya, vimos, en la misma plaza, al verdadero héroe de la fiesta, el gigantesco Antonio de Leiva, que venía de dar guerra a los venecianos y vivía pidiendo más guerra, a pesar de la gota que le tullía los miembros y le ligaba con paños el dolor de las manos y los pies. Sus soldados lo habían conducido en hombros y allá arriba, encaramado, torcido por el sufrimiento, el gran capitán contemplaba, sobre un fondo de banderas, el choque de los cortejos multicolores que luchaban por alcanzar los muros del palacio. Nosotros formábamos uno de esos mil séquitos distintos. Con el mío llegué por fin a la meta, torcida la media corona y las pieles casi arrancadas, transpirando no obstante la temperatura. Nos separamos en la puerta, pues mi hermano y mis primos debían precederme en los lugares que nos habían asignado en San Petronio.
Había tanta gente adentro del palacio como afuera, sólo que la de adentro era de mejor calidad. Nobles y eclesiásticos subían y bajaban escaleras, se cruzaban en el cortile apresuradísimos, sin saludarse, restableciendo apenas el orden de sus ropas, añorando agujas, peines y baños, inquiriendo a troche y moche qué había que hacer, a dónde había que ir, apartándose porque creían que quien descendía las gradas era el propio emperador, cuando en realidad de trataba del marqués de Aguilar, o del comendador de Calatrava, o del duque de Nassau, centelleantes, o de Galeazzo Farnese, que bamboleaba la triunfal barriga, junto a su hijo Fabio, o de Pier Luigi, que me guiñó un ojo, o del duque de Baviera, que berreaba en alemán y en un latín denso de dudas. A la postre, el papa salió vestido de pontifical, seguido por cincuenta y tres obispos y arzobispos y los cardenales y magistrados de Roma y de Bolonia, en el llamear de báculos y mitras. Iniciaron la marcha hacia el templo, por el alto pasadizo famoso. Clemente VII iba en su silla gestatoria, balanceándose como si fuera en una barca sobre un mar de cabezas, de plumajes y de hojas de hiedra entrelazadas con los escudos en el maderamen. Mi abuelo se apoyó en el pasamanos, agobiado por la capa pluvial. Lo sostuvo el cardenal de Médicis. Bendecían a diestra y siniestra, como si cortaran con los guantes rojos el aire que rutilaba de pedrerías. Crujieron los andamios. Hacían crac, crac, crac, y el Sacro Colegio continuaba su desfile entre ese coro imprevisto. Mi abuelo se sonó la nariz; brilló el lino en sus manos. Abajo, el hormiguero aplaudía débilmente y algunos, que la soldadesca no lograba individualizar, hacían ruidos groseros o gritaban cosas chuscas.
Luego que el papa se detuvo en el altar mayor, los cardenales de Ancona y de Sancti-Quatro regresaron a buscar al monarca, y el emperador surgió, antecedido por los portadores de insignias. Llevaba el globo del mundo el duque de Baviera. Detrás iba Alejandro de Médicis, aparentando una displicente calma, pero, aun siendo tan negro, se le adivinaban los rubores. Pasó Carlos de Habsburgo, en la frente la corona de hierro, ataviado con el traje que Tiziano pintaba. El marqués de Cenete, con la pinza de dos dedos, le levantaba la orla del manto. Metiéronse en el puente —crac, crac, crac, crac— y el hormiguero aplaudía sin entusiasmo. La palidez del emperador era tal que se sentía como si Europa palideciera, y como si sobre la América distante, sus cordilleras, sus florestas, sus llanuras se extendiera una larga palidez, una cenicienta llovizna que los dioses de oro atisbaban asombrados. Algunos señores —entre ellos Galeazzo Farnese, que resoplaba como un jabalí— echaron a correr a través de la plaza, sin ninguna dignidad, para ocupar sus sitios en la iglesia. Yo, flanqueado por cuatro esbirros de mi séquito, fui entre esos acelerados príncipes, recogiendo mi falda como una mujer o como un fraile, y apretando con la otra la corona de mi bonete. Despejamos el camino a empellones. Voceábamos:
—¡Soy Galeazzo Farnese! ¡Soy el duque de Bomarzo! ¡Soy Pier Francesco Orsini! —y esta última indicación surtía algún efecto.
De esa suerte alcancé, boqueando, el punto, debajo mismo del pasadizo, que me habían reservado Maerbale y los demás, y desde el cual se veía muy poco de lo que acontecía en el altar mayor, que obstruía una columna. Carlos ya había jurado defender a la Iglesia Católica, ante el cardenal Salviati. Ahora lo estaban desnudando del ropaje imperial para ponerle la capa y el roquete de canónigo de Santa María de las Tres Torres de Roma, como era costumbre entre los pasados emperadores. Eso acontecía en una capilla especial, a la derecha. Luego el soberano entró en el templo, donde lo recibieron mi abuelo y otro cardenal muy anciano. Su capa debía pesar como si estuviera forrada de plomo, a semejanza de las de los hipócritas que Dante describe, y se suponía que mi abuelo y su acompañante, ambos caducos y temblorosos, estaban allí para ayudarlo a soportar la carga tremenda, aunque yo no sé quién secundaba a quién, en tanto los tres caminaban por el puente, sofocados, pues lo más probable es que el joven, aun siendo emperador, añadiera en ese momento, a la fatiga de su agotadora envoltura, la que le ocasionaba el ir arrastrando a los dos viejos prendidos de la enorme prenda de brocado que centelleaba. Desfilaron, lentísimos, sobre nuestras cabezas, crac, crac, crac, crac, a modo de tres caracoles colosales. En el remoto escenario de cirios e incienso, columbré al papa, orando de rodillas. De vez en vez se quitaba y se colocaba los anteojos, para leer los textos, y entonces, al brillo del altar y de quienes oficiaban, se sumaba un breve relámpago, algo así como el aleteo de un insecto luminoso alrededor del pontífice. Estalló un trueno, y el pasadizo cedió, derrumbándose una parte sobre nosotros.
A mí me salvó la columna que tanto me fastidiaba… y la promesa de mi horóscopo. Entre ayes, precipitáronse varios guardias en el vacío, empujando trozos de vigas. Mateo, Orso y Segismundo salieron ilesos, por milagro. Murió un caballero flamenco y hubo magullados y heridos. A Maerbale lo golpearon fragmentos de cornisa, que lo derribaron bañado en sangre. El demonio Amón había recomendado que se cuidase, con conocimiento de causa. Mientras mis primos lo socorrían y Segismundo limpiaba con la manga el arrugado birrete, regalo de Pier Luigi, vi, arriba, en una nube de polvo, como si flotaran ya en la atmósfera de la inmortalidad celeste, al emperador y a los dos cardenales. Carlos Quinto, impasible, torció la cara grave para apreciar el descalabro. Su larga quijada se movía como si rezase. Tanteó el hombro de mi abuelo, serenándolo, se acomodó la dalmática, y reanudaron la procesión. Me dijo Mateo que a Maerbale se le había quebrado una pierna, y ordené que entre él y Messer Pandolfo lo condujeran a la casa del médico donde vivíamos. Sería complicado hallar al físico en el tumulto, pero nada mejor correspondía hacer. Salieron refunfuñando, sobre todo Pandolfo, que proyectaba describir la ceremonia en hexámetros latinos.
Transportaron a las víctimas, desembarazaron y barrieron el estropicio, lo que me valió ganar unos metros en la nave, y renació la calma. Un vecino auguró que aquel desastre, que pudo ser mucho más serio, significaba que ningún otro emperador sería coronado, pues el Habsburgo, luego de haber pasado, cortaba el paso a los que quedaban atrás. Continuaron desarrollándose los ritos: la imposición de nuevo manípulo y vestiduras de diácono; el unto del hombro por el cardenal Farnese; el beso de Clemente y de Carlos; la presentación de las insignias… El embajador de Venecia trajo el aguamanil, y los sacerdotes cantaron la epístola en latín y en griego.
Varias personas se habían corrido adelante, escondiéndome totalmente la visión del espectáculo, pues, siendo pequeño, por más que me estirara sólo distinguía un negro telón de cabezas. Eso echó leña al irritado fuego que yo venía alimentando desde que comprobé la modesta posición que me habían concedido en el cortejo. ¿Con quién creían esos hijos de mala madre que estaban alternando? ¿Bastaba mi joroba —porque a ella, como siempre, atribuí esencialmente el agravio— para que se olvidasen los servicios prestados por mi familia, durante siglos, a la causa de la Iglesia? ¿Sería por mi tradición güelfa? ¿La distribución de lugares habría estado a cargo de los secretarios gibelinos del emperador? Sin embargo yo había divisado a señores pertenecientes al círculo más estrictamente papal, amigos de mi padre, en las primeras filas. ¿Y entonces? ¿Y los papas Orsini: Esteban, Celestino, Pablo, Nicolás?, ¿y los santos?, ¿y los mártires?, ¿y las emperatrices?, ¿y la reina de Nápoles?, ¿y los treinta cardenales Orsini que culminaban en mi propio abuelo, al cual incumbía un papel tan principal en las ceremonias que su nieto no conseguía ver? ¿Acaso no era yo el duque de Bomarzo?, ¿acaso no era yo, con joroba o sin joroba, el duque de Bomarzo?
Declaré, en voz suficientemente alta para que en torno se oyese (pues el ofendido resquemor no anulaba mis recortes de prudencia, y no me convenía romper lanzas, abiertamente, con el monarca que horas después me armaría caballero, y de quien dependía en parte mi destino), que me inquietaba la fractura de mi hermano, y abandoné la iglesia de San Petronio, la cual, por llevar el nombre de un dandy escritor romano —además del de un venerable obispo boloñés—, resultaba singularmente cara a mi espíritu de poeta aristocrático sahumado de esnobismos retóricos. Salí por la nave principal, erguido, despacio, como si acabaran de coronarme, escoltado por Orso y Segismundo. Todavía faltaba bastante para concluir los protocolos. No se llega a emperador sencillamente. En ese momento, el papa entregaba a Carlos Quinto el desenvainado estoque, salmodiando en latín: «Recibe el cuchillo, don santo de Dios, con el cual venzas y quebrantes a los enemigos del Dios de Israel». ¡El Dios de Israel! Siempre andaban los judíos de por medio, en estas fórmulas. Apreté el anillo de Benvenuto Cellini, y abrí la otra mano fina sobre la cadena de oro que me cruzaba el pecho. Yo era un romano, como Petronio.
La multitud aguardaba en la plaza el regreso del emperador. Se sabía que, según el hábito, arrojarían monedas recién acuñadas, y los pobres se calentaban al sol que decoraba los palacios y que, como un incomparable miniaturista, puntualizaba la exquisita gradación de matices que se extendían desde las sobrias tonalidades de los muros recortadas en anchos planos, hasta los ínfimos pormenores perdidos en el laberinto policromo de las armas y los trajes. Algunos hambrientos merodeaban alrededor del buey que giraba imponentemente, perforado por un asador grande como la lanza de Briareo, y otros habían comenzado a comer lo que les echaban por las ventanas, o adquirían vituallas a los vendedores ambulantes que circulaban pregonando su mercancía de pasteles, quesos y jamones. Un bufón remedaba, en un soportal, los ritos que se realizaban en San Petronio, con una diadema de lata. Reían los estudiantes, hasta que los soldados disolvieron el grupo. Trajéronme mi caballo, y empecé a atravesar la plaza paulatinamente. Orso tiraba de su brida. Algunos vagabundos, al ver mi media corona, acudieron a mendigar, enseñándome las pústulas del poema de Gerolamo Fracastoro. Había resuelto apostarme en un rincón propicio, para presenciar con comodidad el desfile sin que sus integrantes me notaran, cuando, en la vocinglería pedigüeña, distinguí un ladrido breve que me pareció reconocer, aunque no logré ubicarlo; un ladrido agudo, entrecortado, voluntarioso, de animalejo habituado a los mimos. Busqué con los ojos, desde la altura enjaezada, mirando entre las patas y las piernas, y Orso recogió y levantó con ambas manos, mostrándomelo, al emisor de esos gruñidos impertinentes. De inmediato supe qué era aquel bulto blanco, enrulado y rabioso: era el perrito maltés de Pantasilea. Una rosa cayó a mis pies, como cuando huía de Florencia, y se me antojó que, por un prodigio, la máquina del tiempo había andado hacia atrás y tornaba a proyectar gastadas imágenes, porque, gracias a la mágica virtud de esa flor y ese can, escapados de una figura transcurrida, la muchedumbre tumultuosa que se encrespaba a diestra y a siniestra, en toda la amplitud de la plaza, en vez de esperar la salida de Carlos Quinto de San Petronio, acechaba la de los Médicis, desterrados de su palacio florentino.
Alcé los ojos y, lo mismo que hacía cuatro años, vi, en una terraza cubierta por cuyo parapeto andaban dos pavos reales, a Pantasilea. Me llamaba, con graciosos mohínes; me rogaba que le devolviera su favorito maltés. Tomé en brazos al gozquecillo, dije a mis primos que se llevaran el caballo y no se ocuparan de mí, pues nos encontraríamos en nuestro albergue, y entré en la casa de la meretriz. A la ira nueva que me causaba el haber sido postergado en el orden de las jerarquías de la coronación, sumábase desde ese instante otra, antigua, que me acicateaba en el recuerdo, y que me subrayaba, en lugar de los aspectos felices de nuestro contacto fugaz —la belleza de la carne desnuda de la cortesana y sus juegos e industrias para obtener sin fruto que el niño respondiera a sus instigaciones profesionales—, las desgraciadas reminiscencias de ese encuentro, que se destacaban, vívidas, en mi ánimo ultrajado y vengativo; sus risas, sus burlas, la macabra broma de la alacena colmada de despojos humanos, de esqueletos de sapos, de horrendos líquidos, de la utilería amatoria que le habían procurado las hechiceras. Ella lo había olvidado sin duda, o no le daba importancia. Habían transcurrido desde entonces cuatro años, y los infinitos hombres que se turnaron sobre su cuerpo, en ese período, se encargaron seguramente de borrar aquella memoria fútil, con otras muchas. Además, cuando eso sucedió, yo era un muchachito sin experiencia, en tanto que en 1530 era el duque de Bomarzo, una distinta persona, una distinta entidad, responsable, ilustre, pudiente (mal pese a los secretarios de Carlos Quinto), digna de cualquier halago. Pronto corroboré la disparidad de las situaciones.
Avanzó hacia mí, en la vasta sala vacía, y me tendió los brazos, lo cual me dio a entender que conocía las muertes de mi padre y de mi hermano y mi accesión al título. Parecía aun más hermosa, pues semana a semana aprendía nuevos afeites. El cabello rojo, descubriéndole la frente, pendía a ambos lados de la cara con finos tirabuzones ceñidos por claras turquesas que enmarcaban su ovalada blancura y sus ojos verdes, espejeantes como ciertos insectos. Movía —manejaba— su cuerpo armonioso con más gravedad, con más lentitud que antes, o por lo menos tuve esa impresión, como si en el andar de cuatro años se hubiera percatado de las ventajas que, para realzar sus méritos físicos, derivaban de un ritmo lánguido. Quizás fuera ésa la cadencia que utilizaba con relación a los opulentos señores y ya la empleara en su época florentina, pero en nuestra primera entrevista no me juzgó digno de tan noble despliegue, mientras que ahora —ahora que yo tenía dieciocho años y era duque— me dedicó lo mejor de su repertorio pantomímico. Me besó, y la dulce presión de sus labios gruesos avivó en mi recuerdo sensaciones dolorosas. Tomó al perrito y lo besó con igual entusiasmo; luego dio unas palmadas, y una mujer, a su orden, trajo vino y confituras. Me sugirió que me despojara de la corona y el manto, y así lo hice, casi pidiendo disculpas, pues, solamente preocupado por el reverdecer hiriente de mi encono, no había reparado en lo grotesco de mi apostura, de mi traza de giboso disfrazado de rey de naipes, la cual contrastaba, por mi rigidez de muñeco, con el desembarazo sinuoso de la meretriz, tan maravillosamente vital en su artificio. Nos sentamos en un ancho mueble oriental de cojines, de esos que tanto le gustaban, y me escanció vino de un jarro.
—Tenemos tiempo —me dijo—. Vuestra Excelencia podrá apreciar el espectáculo desde mi ventana. ¿Cómo no está en San Petronio?
Le mentí que había abandonado el templo porque me incomodaba la excesiva aglomeración. No le hubiera confesado la verdad aunque me torturasen: que había salido de allí agraviado por la injusta modestia de mi sitio. Le pregunté desde cuándo se hallaba en Bolonia, y me respondió que hacía un mes. Venía de Florencia directamente. Se nubló la luz de sus ojos verdes, al narrarme las peripecias de su partida de la ciudad asediada.
—Era imposible escapar. Ensayé cuanto medio se me ocurrió, hasta que, con harto riesgo y empleando a una de mis servidoras, que lo conocía, conseguí entrar en conversación con un capitán del príncipe de Orange. ¡Ay, señor duque! ¡Su Excelencia no imagina los momentos malísimos que pasé! ¡Aquellas zozobras para engañar a los centinelas, aquellas rápidas palabras, aquellos manoteos en la penumbra de las murallas! Por fin arreglé con él, que a cambio precisamente del collar soberbio que me había obsequiado Su Excelencia y que, luego lo supe, era regalo del cardenal, su abuelo, facilitaría mi fuga. Lo que entorpecía la operación es que por nada del mundo me hubiera resignado a dejar mis pavos reales: aunque fuese una pareja quería llevar conmigo. El capitán rió, pensando que se trataba de un capricho de mujer loca, y acabó por acceder. Así que una noche, muy tarde, me tizné las mejillas; me puse una ropa de aldeana; hice un bulto con mis joyas, que deslicé bajo mi falda; metí los pavones dentro de dos grandes cestas de mimbre que había mandado aprestar, atándoles los picos para que no alborotaran; metí allí también la figura de cristal dibujada por Messer Leonardo da Vinci y, acomodándome en un borrico como pude, con una canasta a cada lado, emprendí, más muerta que viva, la peor aventura de mi existencia.
Mientras peroraba, yo veía, suspendido de la techumbre, el célebre poliedro que rotaba delicadamente, recogiendo en sus facetas irisadas el temblor de las luces. Era el poliedro de la Divina Proporción de Fra Luca Paccioli, el que resumía en la exactitud de sus relaciones la musicalidad áurea, como un símbolo del gobernado equilibrio del Renacimiento, y esa presencia, que debía haberme tranquilizado con su mensaje cadencioso, acentuó la amarga animosidad que me carcomía, pues contribuyó a remover en mi mente remotas imágenes odiadas, de fracaso y desprecio, cuya angustia me había acompañado en el tiempo cada vez que las evoqué.
—El capitán —prosiguió Pantasilea, sin captar mis reacciones— aspiraba a algo más que el collar de zafiros de Su Excelencia, para permitir mi fuga. Era un bruto. Debí entregarme no sólo a él sino a tres de sus soldados, antes de que me franqueara el paso a través de los campamentos enemigos. A todo accedí, como comprenderá Su Excelencia. Horas después, maltrecha, asqueada, habiendo salvado mis alhajas no sé cómo, dada su ubicación, estaba fuera de riesgo. Desde entonces, mi única ambición consistía en llegar a Bolonia donde coronarían al emperador.
Pensé, al oírla, en Porzia Martelli. Ella también había soñado con llegar a la ciudad que convocaba a las mujeres de placer de Italia, alrededor de los señores más ricos del orbe, y que yo había entrevisto, en las ventanas alegres.
—Cuando me detenían en los nevados caminos —iba diciéndome la meretriz— y pretendían robarme los pavos reales, pues me había embadurnado tanto las manos, el rostro y el pelo que ya nadie aspiraba a servirse de mí, contenía a los vagabundos previniéndoles que habían sido comprados por la señora marquesa de Mantua, y que si me los quitaban ella se daría maña para hallar a los malhechores, pues un pavo real no es cosa que se esconde fácilmente. No imaginaban que, debajo de mi saya, ocultaba alhajas mucho más valiosas… y no crea Su Señoría que aludo a mi encanto personal. Así salvé a los pavones y a lo que me pertenecía y así aparecí por Bolonia, una tarde. Alquilé este palacio; tomé una criada, pues las circunstancias no permitían más por el momento; me instalé, avisé al cardenal de Médicis y a otros amigos, y luego —se echó a reír, con su admirable risa cantarina—, luego que la noticia corrió por la ciudad y me reconocieron, la gente de pro afluyó como en Florencia… Soy una mujer práctica. Lo único que deploro es el collar del señor duque. El señor duque ha crecido muy bien. ¡Y qué intensa y perfecta cara tiene!
Mis labios cortaron su última frase. La derribé ahí, encima de los almohadones; le desgarré el vestido, que no obstante el rigor de la estación seguía siendo vaporoso y delataba la gracia suave y estudiada de su cuerpo; le arañé los pechos pintados; la poseí gloriosamente, tapándole la boca para que no gritara, enredando mis piernas en las suyas, para inmovilizar sus rodillazos, redimiéndome, limpiándome de antiguas timideces y frustraciones. Sobre mí cabalgaba mi giba, que se redimía también. El perrito ladraba en torno, como en la pasada ocasión. Teniéndola tan cerca, advertí la cicatriz que debía a Benvenuto Cellini, enrojecida por los esfuerzos, y la delicada red de arrugas que le descendía a los lados de la boca, que se estiraba hacia las sienes, que le señalaba con levísimo pincel la lisura de la frente blanca.
—Eres vieja, Pantasilea —murmuré.
Quedamos abrazados, confundidos, jadeantes.
—¿Por qué has hecho esto, Orsini? —tartamudeó—. Yo hubiera cedido de buen grado.
—Eres vieja, Pantasilea; te sobran arrugas.
Se soltó una mano y me abofeteó:
—¡Vil, jorobado, puerco!
El aire retembló como si hubiera estallado la ciudad. Disparaban los cañones y los arcabuces; sonaban las trompetas, los instrumentos dementes; las campanas se echaron a volar en honor del hijo del Hermoso y de la Loca, heredero del mundo. El papa y el emperador caminaban hacia el portal de San Petronio.
—¡Ya vienen! —y los ojos de Pantasilea brillaron de entusiasmo—. ¡Vamos a la ventana!
—¡Imperio, Imperio! ¡España, España! —bramaban los legionarios de Antonio de Leiva.
Todavía la retuve con mi peso:
—¿Te acuerdas de cuando me pusiste delante de tu armario repleto de podredumbre, en Florencia?
—¡No es cierto! ¡Nunca tuve tal armario!, ¡no es verdad!
Volví a taparle la boca y la arrastré por los pasillos. Me mordía los dedos. En sus estertores sollozaba:
—¡Jorobado!, ¡sapo!
Sus ojos relampagueaban, verdes, verdes, verdes, y pensé que eran dos insectos malignos y saldrían volando por las galerías tétricas. Aún no estaba saciado, aún aspiraba a vengarme, con una idea tan pueril, tan propia de un adolescente, que si la consigno en estas páginas, con vergüenza, es porque me he prometido a mí mismo ser fiel a mis memorias, hasta en lo más estúpido. Hallé por fin lo que buscaba, una habitación interior, sin aberturas. Ella había ansiado asistir al desfile imperial; acaso exhibirse ante sus amigos, desde su ventana, entre sus pavos reales; acaso llamar a algunos de los principales para mostrarse entre ellos, como correspondía a una meretriz de tanto fuste. Pues bien, no lo haría: ni la verían a Pantasilea, ni Pantasilea vería nada. De su servidora no había rastros; habría escapado, o estaría a la puerta. Di un empellón a la cortesana, la encerré, y regresé al aposento de recibo. En el estruendo, los golpes y exclamaciones de Pantasilea se perdían. Me subí a un escaño, arranqué el cristal mágico y lo hice trizas contra el piso. Los mármoles del suelo reverberaron, como si hubiera volcado sobre ellos una lluvia de diamantes. Luego, semioculto por las colgaduras, me asomé a la ventana. Gemía el maltés a mi lado, fijándome los negros ojitos, enseñándome los dientes.
El esplendor del triunfo culminaba en la explanada. El papa en un caballo turco, y el emperador en uno blanco, aderezado riquísimamente, el uno con la tiara y el otro con la corona, avanzaban bajo un palio que sostenía la flor de los gentileshombres. Encabezaban la marcha los familiares de los cardenales y los príncipes también a caballo; los de los Médicis y los de Carlos Quinto, con telas de oro de sus colores y divisas; los cuarenta regidores de Bolonia y los doctores de los colegios; el gonfaloniero de la Justicia; los estandartes del papa, del emperador, de Roma: los trompeteros, los atabaleros, las cuatro hacaneas blancas de Su Beatitud; el colegio de los abogados consistoriales de Roma; los clérigos, los acólitos, los cubicularios; después el Santísimo Sacramento, en una engualdrapada yegua de cuyo cuello colgaba una campanilla y que precedía un subdiácono en una mula, con una linterna de cristal, doce caballeros con hachas de cera encendidas rodeaban al cuerpo de Nuestro Señor; seguían mis pares, los príncipes, duques, condes, marqueses, barones, capitanes, del inconmensurable imperio, entre pajes y lacayos de apretada hermosura, y ellos —los príncipes— hermosos también, aun los feos, aun los ancianos y seniles, con tanta cadena de oro, tanto estribo de oro, tanta brida de perlas, tanto ojo de águila, tanto pelo encrespado, tanta elegancia marcial de Italia, de España, de Alemania, de Francia, de Flandes, de Hungría; y los ballesteros de maza, y los reyes de armas de Carlos Quinto, de Francisco I, de Enrique VIII, de Carlos III de Saboya, que lo tenía por su pretensión al reino de Jerusalén; y los que sembraban puñados flamígeros de monedas tintinantes, que arrebataba la turba; y los cardenales, de dos en dos, con muchos palafreneros; mi abuelo, erguido como en sus años de guerra, haciéndome feliz, haciéndome llorar de orgullo; y los cuatro príncipes portadores de las insignias supremas; y el palio, flotando sobre el papa y el emperador, este último siempre palidísimo, como si su corona fuese de espinas; y los embajadores, los prelados que no eran cardenales, y por fin cuatro compañías de hombres de armas. La gloria efímera y espléndida del mundo atravesaba a Bolonia, como si en ella hubiera desbordado un río de metal fulgente que cabrilleaba al sol. Divisé a Tiziano dibujando en un cuaderno, volteando velozmente las páginas; a Galeazzo, que imponía por la sola majestad de su carne inmensa y dura; a mis primos, que de repente me parecieron bellos como unos ídolos de bronce; a la pluma azul de Segismundo flotando en la brisa, pero él iba más adelante, junto a Pier Luigi Farnese. Comenzaron a despedazar al buey, y las bocas se mojaron, anhelosas, empujándose, en los manantiales de vino. Uno de los pavones abrió la cola y me escondió parte de la plaza. Si me hubiera atrevido, lo hubiera lanzado sobre la muchedumbre. De cualquier modo, desdeñé la superstición y, sin retenerme, exclamé:
—¡Imperio! ¡Imperio!
Me sonrojé de mi tontería. Debía haber vivado al papa, como güelfo que era. Sonreí, me puse el bonete, contemplándome un rato ante el espejo, y descendí la escalinata.
En el cortile de Pantasilea se había refugiado, entre otra gente, un húngaro que conducía un oso atado a una cadena. Me acerqué demasiado y la bestia gruñó. Encendido de euforia por el espectáculo estético que acababa de presenciar y por el cobarde desquite que acababa de obtener, estiré una mano, toqué la pelambre áspera, aunque el hombre me previno que me cuidase, y la mantuve allí unos segundos, acariciando el lomo caliente. El oso se alzó en dos patas, saludándome, y los que miraban aplaudieron. Tal vez el animal estuviera bien domesticado; tal vez no fuera más que un pobre oso, manso como una oveja; o tal vez haya reconocido a su hermano, al editus Ursae, al osezno Orsini ante quien los osos levantaban, a lo largo de los palacios y los parques, la rosa del escudo familiar.
El consejo de mi abuela, la fractura de Maerbale, las pruebas de cordialidad de Galeazzo Farnese y el desagravio que yo suponía haber obtenido del desdén de Pantasilea, que vindicaba otras humillaciones, me incitaron a dar un paso que no hubiera osado en distintas circunstancias, al cual me impulsó también el alborozo saludable que experimentaba como fruto del teatral desfile —pues nada me conmovía tanto como la suntuosa belleza—, y que no conseguía empañar la arbitrariedad evidenciada por los organizadores del protocolo frente a un miembro conspicuo de una de las dos estirpes —Orsini y Colonna— a las que pertenecían los asistentes al solio pontificio. No bien mi abuelo regresó de Santo Domingo, donde el emperador había armado varios caballeros, fui a felicitarlo por su actuación en la ceremonia, y a sugerirle que solicitara a Galeazzo Farnese la mano de su hija Julia para el duque de Bomarzo. El cardenal, rejuvenecido por el acicate de la pompa, me escuchó en silencio, se rascó la cabeza, me miró de hito en hito y respondió:
—Así lo haré, si lo deseas. Eres ahora, por tu condición, libre de elegir. Pero antes consultaré con Su Beatitud y con el cardenal Farnese. Por mi parte, apruebo tus propósitos. Ojalá se cumplan, ya que das muestras de reflexión y madurez. La niña es agraciada y rica y de una familia afirmada y ascendente. Quizás su tío abuelo sea el próximo papa… o quizás lo sea yo, porque eso pertenece a los designios más secretos y altos de la Divina Providencia. De cualquier modo, la alianza conviene, y que tengas por papa a tu abuelo o al tío de tu mujer, ello redundará en mayor gloria para Bomarzo. Me voy ahora mismo a ver al Santo Padre.
Esa tarde, un paje me trajo noticias suyas: Franciotto Orsini había obrado con una velocidad que confirmaba que bajo el efecto del entusiasmo, dominaba a sus reumatismos mentales. Tanto el papa como el cardenal decano habían dado su aprobación, y Galeazzo, si no contestó definitivamente, había insinuado esperanzas que eran casi promesas.
El júbilo me dejó medio anonadado. Me sentía muy hombre, tomando decisiones graves. Escribí a mi abuela, anunciándole los trámites que se ajustaban a la sabiduría de sus avisos, y opté por mandarle la carta en su coche, con Maerbale, Messer Pandolfo, Orso, Mateo y una escolta integrada por la mitad de mis hombres de armas. A Segismundo lo conservaba junto a mí, pues barruntaba que podía serme útil, por su influencia sobre Pier Luigi, primo del padre de mi dama. Maerbale y los Orsini iniciaron una protesta y se estrellaron contra mi inflexibilidad. Había aprendido a lanzar órdenes irrevocables y yo mismo me asombraba de ello. Por lo demás, la entablillada pierna de mi hermano requería reposo y atención en nuestra casa. El argumento, que me vino de perilla, no admitía discusión, por rotundo. Me desembarazaba así de unos acompañantes que no necesitaba y de un posible rival peligroso. Amontonaron los equipajes y partieron, tragando rebeldía. Messer Pandolfo me dijo que puesto que, según refiere Virgilio imitando a Homero y a Hesíodo en esas descripciones de fragua heroica, Vulcano, el Ignipotente, a requerimiento de Venus forjó para Eneas un escudo en el cual grabó la entera historia de Italia y de los triunfos romanos, sería interesante que yo le insinuara al emperador —cuya buena voluntad hacia mí exageraba lisonjeramente— que hiciera cincelar un escudo en el cual figuraría la totalidad del desfile de su coronación, pues no cabía imaginar nada más espléndido. Lo escuché, pensando en otras cosas. Seguía hablándome, a través del ventanuco del carruaje, cuando indiqué al cochero que fustigara los caballos. Arrancaron en una nube de polvo y de resabios de la Eneida.
Por Silvio de Narni me enteré de que las muñecas preparadas según las experiencias del hechicero de Carcasona empezaban a operar benéficamente. Reconozco que, con tantas idas y venidas, había olvidado las figurillas untadas con nuestras salivas y sangres. Porzia había citado a Silvio para esa noche, asegurándole que había logrado calmar a su hermano. Si un flaco, desmolado, de pelo pajizo, alcanzaba tan pronto su fácil victoria, ¿por qué no la obtendría también el duque de Bomarzo? Acaso mi muñeca reposara sobre el corazón de Julia y le transmitiera un propicio desasosiego.
Pocas veces me he sentido tan alegre como entonces. Le regalé un joyel de Girolamo a Segismundo, y a Silvio una escarcela con cuatro monedas de oro. Luego, auxiliado por mi primo y mi secretario, me apresté para la ceremonia en la que Carlos Quinto me armaría caballero y que tendría lugar después de la comida. En verdad, no me ajusté al rito. Hubiera debido pasar la noche anterior orando en una iglesia, confesar y comulgar. Nada de eso hice. Me di por confesado y absuelto, considerando como tales a la breve conversación retrospectiva que mantuve en Forlì con el cardenal Orsini, cuando me creyeron envenenado y el padre de mi madre trazó sobre mi frente la señal de la cruz y murmuró las palabras del perdón divino; y a la extremaunción que en aquel momento recibí, sin percatarme casi, tan mal me sentía, la juzgué suficiente para cumplir con las exigencias de la regla. La declaración sacramental de los pecados acumulados desde entonces, quedaría para otro instante. Conceptuaba yo que me sobraban títulos para que se realizara el aparato de armarme caballero. Era caballero y en lo referente a esas cosas me entendía directamente con Dios. Quien lleva en la sangre a cuatro papas y a dieciocho santos y beatos, no puede ser tratado como un cualquiera. Si me sometía al juego ceremonial era para cumplir con la costumbre, como todos mis antepasados, porque mi falta de prejuicios no se avenía a luchar contra ciertas prácticas esenciales de mi mundo, y porque el hecho de que la consagración procediera de Carlos Quinto —coyuntura bastante excepcional y prestigiosa— redundaría en mi mayor crédito, no tanto entre mis pares como entre la gente de Bomarzo y entre aquellos cuyo esnobismo se fija complacidamente en esos detalles. Por lo demás, mi propio esnobismo estaba de por medio: me gustaba que Carlos Quinto armara caballero al duque de Bomarzo; me parecía que eso encajaba perfectamente dentro de lo equitativo y contribuía a borrar la mala impresión de mi postergamiento jerárquico en el acto de la coronación imperial. Frente a ese gusto pugnaba un disgusto: el que me imponía una exhibición más —e importante— de mi joroba, delante del monarca y de su corte, y el que me imponía la idea de que Carlos Quinto tocara mi deformación, como señalándola, con su estoque pues lo ordenaba un formulismo varias veces centenario. Mi abuelo tendría a su cargo las funciones de padrino, en la ceremonia. Según los requisitos del ritual, hubiera debido velar junto a mí, a lo largo de la noche, en la iglesia de Santo Domingo —la noche que pasé ansioso, leyendo la Syphilidis y espiando el regreso de Maerbale y de Silvio de la casa de las meretrices donde hallaron a Porzia—, pero lo persuadí de que, por su mucha edad y salud escasa, no le convenía hacerlo, pues era más provechoso que reservara sus débiles energías para el trabajo ímprobo que le asignaban en San Petronio, y le aseguré que mis primos podían suplantarlo. El cardenal había vacilado y concluyó por acceder. Tampoco él otorgaba excesiva trascendencia a las etiquetas de la caballería. Como militar que había sido, opinaba que los caballeros se hacen en la guerra y no entre genuflexiones, y dudaba mucho de que yo entrelazase el laurel guerrero a la espada virgen que me iban a ceñir.
Al caer la tarde, pues, con Segismundo y seis hombres portadores de antorchas, me dirigí al palacio. Silvio me había pedido permiso para no concurrir al acto que coincidía con su cita con Porzia, y aunque hubiera preferido que me viese actuar ante el emperador, no modifiqué sus planes para que no dedujera que yo confería desproporcionado valor a la ceremonia.
Había, como siempre, mucha gente en la residencia del emperador. Otros señores, como yo, serían armados por mano del monarca, y entre ellos aguardé, en una cámara vecina de aquella en la cual Carlos Quinto concluía de comer, desde la cual avistábamos al César que, sentado a la mesa solo, exhibía su gula portentosa, mientras los grandes señores se afanaban alrededor, sirviéndolo. A un lado, departían algunos próceres, entre quienes se hallaban mi abuelo, el obispo de Malta, canciller de Alemania, el cardenal de Ancona y Alejandro de Médicis que se entrometía invariablemente donde estuviera el soberano. Mi presencia suscitó cierta curiosidad. Varios de mis vecinos habían tratado a mi padre o a Girolamo y me conocían de mentas, y se me acercaron amablemente a charlar. Les respondí lo mejor que pude, y pensé que mi vida futura entrañaba la posibilidad de desenvolverse normalmente, entre Julia y mis pares, lo cual daba un desmentido categórico a mi progenitor a su plan de desheredarme en favor de Maerbale, por carecer yo de «las condiciones morales y físicas que exige la sucesión» —sus palabras se habían burilado en mi memoria—, pero a poco creí discernir en los jóvenes patricios una reserva, una befa velada, una sarcástica complicidad, que probablemente no existían, ya que estaban demasiado inquietos por la gravedad del papel que tendrían que representar en seguida, y el estado de gracia que les imponía su presumible comunión debía alejarlos de tales muestras de inclemencia orgullosa; y me replegué en mí mismo, suspirando.
El emperador se lavó los dedos y se levantó, trasladándose a una silla que especialmente le habían apercibido. Entonces vino a prevenirnos un mayordomo y comenzó nuestra prueba. Éramos nueve. Entramos en una sala contigua, donde nos revistieron unas camisas más o menos similares y unas pequeñas cotas de malla. La mía había sido tejida ex profeso y, aunque la había ensayado antes, advertí que me tironeaba en la espalda, torciéndose a un lado. Pusiéronme encima el manto ducal que ya había usado en San Petronio. Así ataviados —y yo rojo de vergüenza, si bien aparentaba una calma que estaba lejos de gozar—, fuimos introducidos en el aposento del emperador, que trascendía a carne asada. La cota me pesaba y entorpecía mis movimientos. Tiré de ella, histérico, y un señor de mirada triste acudió a ayudarme y a atármela con un cordel de su capa. Le pregunté su nombre.
—Don Pedro de Mendoza, de la casa del Infantado.
Algunos años después supe que había fundado una ciudad, Buenos Aires, por los extremos australes de América, y que había muerto en el mar. Tenía, en la cara y en los dedos, las mismas pústulas que afeaban a Pier Luigi Farnese, y había andado en el saqueo de Roma, pero se le distinguía la calidad en los desmanes.
Mi abuelo se aproximó, tomó mi diestra, cumpliendo su función de padrino, y juntos avanzamos. Sería el primero y eso me caldeó vanidosamente. Lo había obtenido el cardenal Orsini. Hice una reverencia, me arrodillé delante del emperador y esperé. El corazón me latía, golpeando, golpeando, y me zumbaban las sienes. Tan cerca estaba del amo del mundo que, mezclado con los restos del tufo a comida y a habitación encerrada donde ardían dos braseros, percibí, más allá también del aroma de incienso que todavía lo sahumaba, su olor a hombre joven, el olor a transpiración que emanaba de su cuerpo fatigado por la larga liturgia y sofocado por los ropajes macizos. Me acometieron, de repente, unos locos deseos de que me abrazara (yo experimentaba a menudo deseos así, disparatados), pero seguí de hinojos, los párpados bajos, las manos juntas.
El duque de Urbino presentó el estoque y, al levantarlo su majestad, se desprendió el pomo de la empuñadura, cayendo al suelo y desengarzándose varias perlas. Decididamente, los Orsini no teníamos suerte. Las consecuencias de la desorganización en las solemnidades coronarias se reflejaban sobre nosotros. Cuando se derrumbó el pasadizo en San Petronio, uno de los heridos fue Maerbale, y a mí —tan luego a mí, que ansiaba que el acto transcurriera pronto y que estaba inmóvil en el suelo, trabado por la desesperada timidez— me tocaba que se rompiera el arma imperial. Infirieron algunos —siempre se deducían pronósticos de los acontecimientos anormales, y más en Italia— que eso significaba que el emperador, obligado a ausencias, no podría gobernar bien su ejército, por falta de una cabeza principal; y otros sacaron en conclusión que el emperador jugaría su espada en Levante, de donde procedían las perlas, y que sus soldados usufructuarían las riquezas de los turcos.
Ajustaron la empuñadura, y yo continuaba de rodillas, hasta que me atreví a alzar los párpados y vi, perplejos, irresolutos, sobre mí, los ojos miopes de Carlos Quinto. También él sufría en ese instante, a causa de lo ridículo de la situación; también él era tímido, flaqueza que presentí bajo la coraza de su autoridad; y esa coincidencia, que durante unos segundos lo tornó patéticamente humano, provocó entre ambos, con ser tan grande la lejanía que nos separaba, una comunicación huidiza y profunda, que duró lo que el intercambio de nuestras miradas nerviosas. En torno permanecían mi abuelo y otros caballeros y prelados, con mis guantes, con las espuelas de oro. Para ganar tiempo, el cardenal bendijo esos símbolos. Por fin el emperador volvió a esgrimir el estoque, con mucho cuidado, y me rozó con él el hombro. El contacto fugaz del acero me estremeció, como si me estuviera quemando la giba detestada, y como si aquel cauterio aplicado por la mano regia pudiera librarme quirúrgicamente de mi congénito horror. Me conmovió una pena física y extraña, tan singular que no sabría si, al pronunciar las palabras definitivas, en nombre de Dios y de los santos héroes, el Habsburgo lo hizo en un castellano teutónico o en un latín reprobable. El resto ocurrió como si todos estuviéramos hipnotizados. Alejandro de Médicis, tal vez por orden del papa y con innegable fastidio, me ciñó las espuelas; mi abuelo me ciñó la espada; besé la punta de los dedos cesáreos; toqué con los labios su rodilla y oí al cardenal Orsini que me recomendaba por lo bajo:
—No te enredes en la espada, Vicino. Aquí está Segismundo. Vete a casa y acuéstate a descansar.
La caballería… los torneos… Durindana, la espada de Orlando, que había pertenecido al troyano Héctor, y de la cual dijo la Muerte que, blandida por el paladín, podía más que cien hoces suyas… el choque de las armaduras frente a las murallas de las ciudades… el adversario enfocado detrás de las rejas del yelmo… las banderas, flotantes en el bélico fragor… la Cruzada, el Santo Sepulcro… ¡qué lejos estaba todo eso del duque jorobado, que sin embargo se creía un caballero cabal, pues había aprendido desde niño —desde antes, desde los orígenes de su estirpe— que debemos desdeñar adquirir por medio del sudor, según proclama Tácito, aquello que es susceptible de adquirirse por medio de la sangre!; ¡qué lejos estaba todo eso no sólo de mí sino también del mundo en el cual vivía, donde el rey de Francia se hacía armar caballero por Bayardo y pactaba con los infieles!
Salí, hipnotizado. A la puerta, una masa de carne se arrojó sobre mí y me estrechó contra su volumen espeso, cortándome la débil respiración.
—Julia accede a tu pedido, caballero —me declaró Galeazzo Farnese—, con tanta alegría como yo. La he consultado porque soy un hombre moderno. Lo único que te ruego es que me la dejes un año más, antes de llevártela. No cuenta más que quince años; soy viudo. No me la quites tan pronto, duque. Tampoco la visites ahora; ya la verás la vida entera. Si la vieses, quizás te arrepentirías y no cumplirías con mi condición, pues es muy hermosa. Te manda esta sortija y te pide la tuya a cambio.
Hipnotizado, hipnotizado, me despojé del anillo de Benvenuto Cellini y deslicé en su lugar el que Farnese acababa de darme.
Su hijo Fabio se adelantó. La ropa le ajustaba de tal manera, según la moda de entonces, que parecía desnudo, y su elegante cuerpo de adolescente se erguía, como si sus mangas hinchadas, redondas, aerostáticas, lo único suelto y opulento de su traje multicolor, fueran capaces de suspenderlo en el aire.
—También te envía este regalo —añadió el joven—. Es un regalo de niña; un regalo ingenuo; recíbelo como tal y perdónala. Asegura que te traerá suerte.
Colocó en mi mano tendida la muñeca de Silvio de Narni, a la cual Julia le había agregado una rosa. La rosa de los Orsini se abría ante mí, fresca, sobre un instrumento de brujería. Tomé lo que me ofrecía, aún absorto; los abracé a ambos y salí a la noche en la que los astros copiaban el ritual de la coronación, alrededor de la luna, con millares de cirios y de espadas titilantes. Las torres de Bolonia se empinaban como espadas enhiestas. Esa noche había espadas doquier. Y había gente beoda, que andaba a los tumbos o dormitaba boquiabierta en los umbrales. Algunos cantaban los versos feroces del Aretino, contra el papa, el emperador, el rey de Francia, los tres bastardos Médicis, y los guardias se los llevaban a empellones, acallando sus gritos con golpes de ballesta en las caras. Se rompieron muchos dientes ese 24 de febrero.
En nuestro alojamiento encontré a Pier Luigi y a Silvio. El primero me solicitó que autorizara a Segismundo para que quedase a su servicio por un tiempo y, al comprender por la expresión del muchacho que ése era su deseo, otorgué el permiso con una inclinación de cabeza. El secretario me suplicó que le permitiera traer a Porzia con nosotros, y no sólo a ella sino a su hermano Juan Bautista. Lo consentí —aquel día hubiera suscrito cualquier contrato— y hubo gran algazara. Los mellizos, que preveían mi decisión ocultos en una habitación próxima, vinieron a besarme las manos. Corrió el vino y, como cuando entretenían con sus pantomimas a mi abuela, los Martelli bailaron al compás de una viola. Nadie se explicaría que ese doncel tan parecido a su hermana fuese el mismo que había atacado a mi paje para vengar nuestras extravagancias. Mientras danzaban, fui a desprenderme de la cota torturadora, del manto y de las espuelas. Me ayudó Silvio, a quien le mostré el muñeco que me había entregado Fabio Farnese.
—Es justo que este aliado recoja el precio de su trabajo y celebre el éxito como nosotros, Excelencia; ha cumplido su misión —exclamó el secretario, y enrojeció la cara de estopa con un chorro de vino.
—Parece sangre.
—Es vino, Excelencia.
Me eché a reír. Con la cota férrea me había despojado del aturdimiento que me embargaba.
—Te dictaré una carta que llevarán en seguida a casa de Galeazzo Farnese.
Y le dicté una inflamada carta de amor para Julia; la carta de un poeta señorial que ha leído El Cortesano.
En el salón seguía el festejo. Cuando nos reunimos con los bailarines, Silvio brindó:
—A la inmortalidad de Su Excelencia.
Recordé la frase amarga de mi padre: Los monstruos no mueren, y me sobresalté. Bebí un jarro de vino, sin detenerme. Juan Bautista se me acercó, entornando los ojos y alisándose el pelo. Sin duda quería aludir a nuestra aventura del sepulcro de Piamiano. Me incomodó que el supuesto espadachín pasase así, porque le convenía, de la guapeza agresiva a la condescendencia ahembrada. ¿Su ambición calculaba que, para ganar cuanto el favoritismo implica, debía emplear ese método? ¿Dónde relegaba su virilidad, sus mandobles, la lucha que había espantado a las meretrices en un loco cacareo de gallinas? Lo aparté bruscamente. Hacía muy poco que Carlos Quinto me había armado caballero, que Alejandro de Médicis se había doblado a mis pies y que me habían comunicado la aceptación de Julia; no estaba yo para diversiones equívocas propias de muchachos sensuales.
—Sírveme más vino.
Por la mañana, todavía no despejados los vapores de la ebriedad, partí con Silvio, Porzia, Juan Bautista y una escolta de cuatro pajes y seis soldados, hacia Recanati. Mi abuelo regresaría a Roma, en una de las sillas de manos del papa. Pusieron la muñeca en un arca, junto a mi media corona y a El Cortesano de Baltasar de Castiglione. La sortija de Julia, un aro de rubíes, me estorbaba en el dedo. Extrañaba la otra, la de Benvenuto, mi talismán. Si hubiera estado en mi cabal juicio, cuando me la requirió Farnese, no me hubiera separado de ella.
Los caminos, como a la venida, rebosaban de gente. El imperio, detenido unas horas, se ponía nuevamente en marcha. Yo iba en pos del rostro de Gian Corrado Orsini. ¡Tanto lo odiaba; lo envidiaba, lo admiraba, lo amaba, en el fondo, tanto!