Exponer el punto de partida que Kant tomó para una fundamentación de la metafísica equivale a contestar la pregunta: ¿por qué la fundamentación de la metafísica se convierte para Kant en una Crítica de la razón pura? La respuesta se encuentra al discutir las tres preguntas parciales siguientes: 1) ¿Cuál es el concepto de la metafísica pre-kantiana? 2) ¿Cuál es el punto de partida para la fundamentación de esta metafísica tradicional? 3) ¿Por qué es esta fundamentación una Crítica de la razón pura?

§ 1. El concepto tradicional de la metafísica

El horizonte dentro del cual vio Kant la metafísica y en el cual debía poner su fundamentación puede caracterizarse a grandes rasgos por medio de la definición de Baumgarten: Metaphysica est scientia prima cognitionis humanae principia continens[7]. La metafísica es la ciencia que contiene los primeros principios de lo que el conocimiento humano aprehende. En el concepto de «primeros principios del conocimiento humano» hay una ambigüedad peculiar y, por el momento, necesaria. Ad metaphysicam referuntur ontologia, cosmologia, psychologia et theologia naturalis[8]. No es éste el lugar para exponer los motivos y la historia de la formación y estabilización de este concepto dogmático de la metafísica. Pero una breve indicación de lo esencial servirá para aclarar el contenido problemático de este concepto y para preparar la comprensión de la importancia básica que tiene el punto de partida kantiano de la fundamentación[9].

Se sabe que la expresión μετὰ τὰ φυσιϰὰ (al principio una mera clasificación bibliográfica que servía para designar todos aquellos tratados de Aristóteles que seguían a los que pertenecen a la Física) pasó a denominar más tarde la característica filosófica del contenido de estos tratados posteriores. Pero dicho cambio de significado no es cosa baladí, como suele creerse, sino que orientó la interpretación de estos tratados en una dirección determinada, y con ello definió como «metafísica» lo que Aristóteles trató en ellos.

Sin embargo, es dudoso que lo que se ha reunido en la Metafísica de Aristóteles, sea «metafísica». El mismo Kant quiere atribuir directamente a la expresión un significado congruente con el contenido: «Por lo que se refiere al nombre de metafísica, no debe creerse que se haya originado por mera casualidad, puesto que es tan adecuado para esta ciencia: pues si φύσιϚ significa Naturaleza y nosotros no llegamos a los conceptos de la Naturaleza sino a través de la experiencia, luego aquella ciencia que le sigue, se llama metafísica (de μετὰ: trans, y physica). Es una ciencia que, en cierto modo, está fuera del dominio de la física, más allá de ella.»[10]

El nombre que se adoptó por razones de clasificación y que dio origen a una determinada interpretación del contenido, surgió a su vez de una dificultad en la comprensión objetiva de los escritos que se habían insertado así en el corpus aristotelicum. No había en la filosofía de las escuelas siguientes a Aristóteles (lógica, física, ética) ni disciplina ni marco dentro del cual se hubiera podido insertar precisamente lo que Aristóteles concibe como πρώτη φιλοσοφία, como filosofar propiamente dicho, como filosofía primera. Μετὰ τὰ φυσιϰά es el título que encubre una perplejidad filosófica fundamental.

Esta perplejidad, por otra parte, tuvo su origen en la confusión que había acerca de la naturaleza de los problemas y conocimientos que se discuten en estos tratados. En cuanto el mismo Aristóteles emite una opinión, aparece una extraña dualidad en la determinación de la esencia de la «filosofía primera».

Ésta no es solamente un «conocimiento del ente como ente» (ὂν ἦ ὂν), sino también un conocimiento de la región suprema del ente (τιμιώτατον γένοϚ), desde la cual se determina el ente en total (ϰαϑόλου).

Pero esta doble característica de la πρώτη φιλοσοφία no implica una doble serie de ideas diametralmente opuestas e independientes la una de la otra, ni se puede atenuar o eliminar una en favor de la otra, ni mucho menos se presta este dualismo aparente para fusionarlo precipitadamente en una unidad. Es preciso, más bien, aclarar, a partir del problema central de una «filosofía primera» del ente, las razones de ese dualismo aparente y la naturaleza de la conexión que hay entre las dos definiciones. Es esto una tarea tanto más urgente cuanto que la dualidad mencionada no surge en Aristóteles, sino que domina el problema del ser desde los comienzos de la filosofía antigua.

Para no perder de vista este problema de la definición de la esencia de la «metafísica», puede decirse anticipadamente que metafísica es el conocimiento fundamental del ente como tal y en su totalidad. Pero esa «definición» sólo tiene valor al señalar el problema, es decir, al señalar las preguntas: ¿en qué consiste la esencia del conocimiento del ser del ente?, ¿hasta qué grado se ha de desenvolver necesariamente hasta un conocimiento del ente en total? ¿Y por qué éste se convierte a su vez en un conocimiento del conocimiento del ser? Es por esto por lo que la palabra «metaphysica» manifiesta la perplejidad fundamental de la filosofía.

La metafísica occidental postaristotélica no debe su forma a un pretendido sistema aristotélico cuya tradición se hubiera recogido y continuado, sino al hecho de no haberse comprendido que Aristóteles y Platón dejaron los problemas centrales en un estado problemático y abierto. Son dos los motivos que han determinado la formación del concepto dogmático de la metafísica, y que han impedido, cada vez en mayor grado, que la problemática original pudiera recogerse de nuevo.

El primer motivo concierne a la estructura del contenido de la metafísica y se deriva de la interpretación cristiana del mundo, basada en la fe, según la cual todo ente no-divino es algo creado: el Universo. El hombre a su vez ocupa entre las creaturas una posición privilegiada, ya que lo único que tiene importancia radical es la salvación de su alma y su existencia eterna. De esa manera la totalidad de los entes, conforme a la conciencia cristiana del mundo y de la existencia, se subdivide en Dios, Naturaleza y hombre, regiones a las que se asignan luego la teología, cuyo objeto es el summum ens, la cosmología y la psicología, que juntas forman la disciplina llamada metaphysica specialis. En cambio, la metaphysica generalis (ontología) tiene por objeto al ente «en general» (ens commune).

El segundo motivo esencial en la formación del concepto dogmático de la metafísica se refiere al modo y al método de su conocimiento. Teniendo por objeto al ente y al sumo ente, «algo por lo que todo el mundo tiene interés» (Kant), la metafísica es una ciencia de dignidad máxima, la «reina de las ciencias». En consecuencia, también su modo de conocer debe ser el más riguroso y concluyente. Esto exige que se ajuste a un ideal de conocimiento que le corresponda. Se considera como tal el conocimiento «matemático». Este conocimiento constituye la ciencia racional y a priori en el más alto grado, por ser independiente de todas las experiencias contingentes, es decir, es la «ciencia racional pura».

El conocimiento del ente en general (metaphysica generalis) y el que se refiere a sus partes principales (metaphysica specialis) se convierten, pues, en una «ciencia de la razón pura».

Ahora bien, Kant se mantiene fiel a la intención de esta metafísica y la proyecta aún más hacia la metaphysica specialis, que él denomina «metafísica propiamente dicha», que encierra «el fin último de toda metafísica»[11]. Pero en vista de que todos los intentos de esta ciencia se «frustran» continuamente, dadas la incoherencia e ineficacia de los mismos, cualquier ensayo de ampliar el conocimiento racional ha de relegarse a segundo plano, hasta aclarar el problema de la posibilidad interna de esta ciencia. Surge así la tarea de fundamentar la metafísica, en el sentido de determinar su esencia. ¿Cómo inicia Kant la delimitación de la esencia de la metafísica?

§ 2. El punto de partida de la fundamentación de la metafísica tradicional

En la metafísica, como conocimiento puro y racional del ente «en general» y de la totalidad de sus regiones principales, se efectúa un «traspasar» de lo que la experiencia puede ofrecer de parcial y particular. Traspasando lo sensible, este conocimiento trata de aprehender al ente suprasensible. Pero «su método, hasta aquí, ha sido un mero tanteo y, lo que es peor, un tanteo entre meros conceptos»[12]. La metafísica carece de una prueba rigurosa de su pretendido conocimiento. ¿Qué es lo que da a la metafísica la posibilidad interna de ser, en realidad, lo que pretende ser?

Una fundamentación de la metafísica, en el sentido de una delimitación de su posibilidad interna, debe dirigirse, en primer lugar, hacia el fin último de la metafísica, es decir, hacia una determinación de la esencia de la metaphysica specialis; pues ésta es por excelencia un conocimiento del ente suprasensible. El problema de la posibilidad interna de tal conocimiento se ve restringido a la pregunta más general acerca de la posibilidad interna de que el ente como tal se haga patente. Así pues, la fundamentación se concibe ahora como aclaración de la esencia de un modo de conducirse en relación al ente, en el cual éste se manifieste en sí mismo, de tal manera que todo enunciado acerca del ente sea demostrable por ello.

Pero ¿qué es lo que pertenece a la posibilidad de una conducta tal en relación al ente? ¿Hay un «indicio» sobre lo que hace posible esta conducta? En efecto, lo hay, en el método de los científicos.

Los físicos «percibieron una luz nueva. Comprendieron que la razón no conoce más que lo que ella misma produce según su bosquejo; que debe adelantarse con principios de sus juicios, según leyes constantes, y obligar a la naturaleza a contestar a sus preguntas, no empero dejarse conducir como con andadores»[13]. El «plan preconcebido» de una naturaleza en general supone primeramente la constitución del ser del ente, a la cual debe poder referirse toda investigación. Este plan ontológico previo relativo al ente está inscrito en los conceptos y principios fundamentales de las diversas ciencias naturales. Por lo tanto, lo que posibilita la conducta hacia el ente (conocimiento óntico) es la comprensión previa de la constitución del ser, es decir, el conocimiento ontológico.

Las ciencias matemáticas de la naturaleza dan, pues, un indicio acerca de esta conexión fundamental de condiciones que hay entre la experiencia óntica y el conocimiento ontológico. Pero con esto se agota su función en la fundamentación de la metafísica. Esta referencia a la conexión de las condiciones no es todavía la solución del problema sino que solamente señala la dirección en la que hay que buscarlo, comprendiéndolo siempre en su generalidad fundamental. Si solamente aquí puede encontrarse, es decir, si la idea de una metaphysica specialis ha de desarrollarse con arreglo al concepto del conocimiento positivo (científico), es precisamente lo que queda por solucionar.

La proyección de la posibilidad interna de la metaphysica specialis se convierte, mediante la pregunta acerca de la posibilidad del conocimiento óntico, en una pregunta que investiga la posibilidad de lo que facilita el conocimiento óntico. Éste es, precisamente, el problema de la esencia de la comprensión previa del ser, a saber: del conocimiento ontológico en el sentido más amplio. El problema de la posibilidad interna de la ontología implica la pregunta acerca de la posibilidad de la metaphysica generalis. El intento de fundamentar la metaphysica specialis se concentra en la pregunta sobre la esencia de la metaphysica generalis.

Al comenzar así la fundamentación de la metafísica, Kant entra inmediatamente en discusión con Aristóteles y Platón.

La ontología se considera por primera vez como un problema. De esa suerte el edificio de la metafísica tradicional sufrió la primera y más profunda sacudida. Desaparece la vaguedad y el tono de natural convicción con los que la metaphysica generalis trataba, hasta entonces, de la «generalidad» del ens commune. El problema de la fundamentación exige, por primera vez, claridad acerca del modo de la generalización y, por ello, acerca del carácter del traspasar que el conocimiento de la constitución del ser implica. El saber si Kant mismo logra aclarar perfectamente el problema es una cuestión de orden secundario. Basta con que haya reconocido su necesidad y, sobre todo, con que la haya expuesto. Pero, a la vez, se pone de manifiesto que la ontología no se refiere, en primera instancia, a la fundamentación de las ciencias positivas. Su necesidad y su papel se fundan en un «interés más alto», que la razón humana lleva en sí misma. Pero como la metaphysica generalis presta a la metaphysica specialis el «armazón[14]» necesario, así también, en la fundamentación de aquélla, se transforma la determinación de la esencia de ésta.

La fundamentación de la metafísica en total quiere decir: revelación de la posibilidad interna de la ontología. He aquí el verdadero sentido, por ser metafísico (puesto que tiene a la metafísica por único tema), de lo que se ha llamado la «revolución copernicana» de Kant, título que lleva constantemente a interpretaciones equívocas. «Hasta ahora se admitía que todo nuestro conocimiento tenía que regirse por los objetos; pero todos los ensayos, para decidir a priori algo sobre éstos, mediante conceptos, por donde sería extendido nuestro conocimiento, aniquilábanse en esa suposición. Ensáyese, pues, una vez, si no adelantaremos más en los problemas de la metafísica, admitiendo que los objetos tienen que regirse por nuestro conocimiento, lo cual concuerda ya mejor con la deseada posibilidad de un conocimiento a priori de dichos objetos, que establezca algo sobre ellos antes de que nos sean dados»[15].

Con esto, Kant quiere decir lo siguiente: no «todo conocimiento» es óntico y, donde lo hay, se hizo factible gracias a un conocimiento ontológico. El «antiguo» concepto de la verdad, según el cual el conocimiento ha de «adaptarse» (adæquatio) al ente, no sufre sacudida alguna por la revolución copernicana, sino que al contrario ésta lo presupone y hasta lo fundamenta por primera vez. El conocimiento óntico no puede adaptarse al ente («los objetos») sino cuando el ente se ha manifestado ya como ente, es decir, cuando se conoce la constitución de su ser. Los objetos, es decir, la determinabilidad óntica de los objetos, tienen que ajustarse a este último conocimiento. La patentibilidad del ente (verdad óntica) gira alrededor de la revelación de la constitución del ser del ente (verdad ontológica); pero el conocimiento óntico por sí solo no puede nunca conformarse «según» los objetos, ya que sin el conocimiento ontológico carece de posible dirección, de un hacia qué.

Con esto ha quedado claro que la fundamentación de la metafísica tradicional tiene como punto de partida la cuestión acerca de la posibilidad interna de la ontología como tal. Pero ¿por qué se convierte esta fundamentación en una Crítica de la razón pura?

§ 3. La fundamentación de la metafísica como Crítica de la razón pura

Kant reduce el problema de la posibilidad de la ontología a la pregunta: «¿Cómo son posibles los juicios sintéticos a priori?». La interpretación del problema así formulado explica el porqué la fundamentación de la metafísica se realiza en forma de Crítica de la razón pura. La pregunta acerca de la posibilidad del conocimiento ontológico exige una caracterización previa del mismo. Siguiendo la tradición, Kant, en esta fórmula, concibe el conocer como juzgar. ¿Qué clase de conocimiento se encuentra en el comprender ontológico? Se conoce, en él, al ente. Pero lo que así se conoce —cualquiera que fuera el modo de percibirlo y determinarlo— pertenece al ente. Este «qué-es» conocido referente al ente es aportado a priori por el conocimiento ontológico, antes de toda experiencia óntica, aunque debe servir precisamente a ésta. Kant llama «sintético» al conocimiento que aporta el «qué-es» del ente, es decir, que revela al ente mismo. De esta suerte, la pregunta acerca de la posibilidad del conocimiento ontológico se convierte en el problema de la esencia de los juicios sintéticos a priori.

La instancia que puede legitimar estos juicios preñados de contenido quiditativo sobre el ser del ente no puede encontrarse en la experiencia misma; pues la experiencia del ente se guía siempre a su vez por una comprensión ontológica del ente que se hará accesible mediante la experiencia según un «dirigir la vista» determinado. Conocimiento ontológico equivale, por ende, a juzgar según bases no empíricas (principios).

Kant llama «razón pura» a esta nuestra facultad de conocer a partir de los principios a priori[16]. «Razón pura es la facultad que encierra los principios del conocimiento a priori»[17]. En tanto que estos principios encerrados en la razón representen la posibilidad de un conocimiento a priori, la revelación de la posibilidad del conocimiento ontológico debe conducir, por tanto, a una explicitación de la esencia de la razón pura. La delimitación de la esencia de la razón pura representa al mismo tiempo un criterio para determinar lo que es su no-esencia, así como también la limitación y restricción (crítica) de sus posibilidades esenciales. La fundamentación de la metafísica como revelación de la esencia de la ontología es una Crítica de la razón pura.

El conocimiento ontológico, es decir, la «síntesis» a priori, es aquello para lo cual «propiamente está hecha toda la crítica»[18]. Urge por eso una definición más exacta de esta síntesis, tan pronto como se fije el problema que debe guiar esa fundamentación de la metafísica. Kant hace uso frecuente de esta expresión, dándole significados diversos[19]; es más, estos significados van entremezclándose, especialmente al formularse el problema de la fundamentación de la metafísica. La pregunta tiende a la posibilidad de los juicios sintéticos a priori. Ahora bien, todo juicio como tal representa ya un «yo enlazo», a saber, el sujeto con el predicado. En cuanto juicios, los juicios «analíticos» son también sintéticos, aunque la razón de la concordancia del enlace sujeto-predicado resida simplemente en la representación del sujeto. Así, los juicios sintéticos son «sintéticos» en un doble sentido: primero, en cuanto son simplemente juicios; segundo, en cuanto que la legitimidad del «enlace» de las representaciones (síntesis) viene a ser un aporte (síntesis) del ente mismo, acerca del que se ha emitido un juicio.

Pero en el problema de los juicios sintéticos a priori, se trata aún de otra modalidad de síntesis. Ésta debe aportar algo sobre el ente, algo que la experiencia no ha podido extraer de él. Este aportar la determinación del ser del ente es un modo de referirse previamente al ente; una pura «referencia a…» (síntesis), que forma el «hacia» y el horizonte dentro del cual el ente en sí mismo se hace perceptible a través de la síntesis empírica. Debe aclararse la posibilidad de esta síntesis a priori. Kant llama trascendental a toda investigación que concierna a la esencia de esta síntesis. «Llamo trascendental a todo conocimiento que en general se ocupa, no tanto de los objetos, como de nuestro modo de conocerlos, en cuanto éste debe ser posible a priori»[20]. El conocimiento trascendental no investiga al ente mismo, sino la posibilidad de la comprensión previa del ser, lo que quiere decir, al mismo tiempo, la constitución ontológica del ser del ente. Ésta se refiere al traspasar de la razón pura (trascendencia) hacia el ente, de tal modo que por primera vez la experiencia puede ajustarse al ente como a un objeto posible.

Elevar la posibilidad de la ontología a la categoría de un problema equivale a preguntar por la posibilidad, es decir, por la esencia de esta trascendencia de la comprensión del ser; equivale a un filosofar trascendental. Por eso Kant usa el nombre de «filosofía trascendental» en lugar de metaphysica generalis (ontología), al caracterizar la problemática de la ontología tradicional[21], y habla, por lo tanto, de la «filosofía trascendental de los antiguos[22]» al mencionar esta ontología tradicional. Pero la Crítica de la razón pura no representa un «sistema» de filosofía trascendental, sino que es más bien un «tratado del método»[23]. Esto a su vez no significa una doctrina de la técnica del procedimiento que puede ser empleado, sino que equivale a elaborar una determinación completa de «los contornos generales» y de la «estructuración interna total» de la ontología. En esta fundamentación de la metafísica como un proyecto de la posibilidad interna de la ontología, se traza el «croquis entero de un sistema de metafísica»[24].

Quienes interpretan la Crítica de la razón pura como una «teoría de la experiencia» y más aún como una teoría de las ciencias positivas, desconocen por completo la intención de esta obra. La Crítica de la razón pura no tiene nada que ver con la «teoría del conocimiento». Si la dejásemos pasar por una teoría del conocimiento, habría que decir que la Crítica de la razón pura no es, de ningún modo, una teoría del conocimiento óntico (experiencia), sino del conocimiento ontológico. Pero ni esta interpretación, que a su vez está ya bastante alejada de la interpretación de la Estética y de la Analítica trascendentales comúnmente aceptada, acierta con lo esencial, a saber, el hecho de que la ontología, como metaphysica generalis —es decir, como pieza fundamental de la metafísica entera— se ha fundamentado y por primera vez se ha elevado, precisamente aquí, a su propia esfera. Al plantear el problema de la trascendencia no se remplaza la metafísica por una «teoría del conocimiento», sino que se interroga acerca de la posibilidad interna de la ontología.

Si la verdad de un conocimiento pertenece a su esencia, el problema trascendental de la posibilidad interna del conocimiento sintético a priori equivale a preguntar por la esencia de la verdad de la trascendencia ontológica. Hay que determinar la esencia de la «verdad trascendental», «que precede a toda verdad empírica y la hace posible»[25]. «Pues ningún conocimiento puede contradecirla sin que al mismo tiempo pierda todo su contenido, es decir, toda referencia a algún objeto, y por ende toda verdad.»[26] La verdad óntica se orienta necesariamente hacia la verdad ontológica. Ésta es, en un nuevo sentido, la interpretación legítima del sentido de la «revolución copernicana». Con esta revolución empuja Kant hacia el centro el problema de la ontología. Nada se puede presuponer en el problema de la posibilidad de la verdad ontológica originaria y menos aún el «hecho» de la verdad de las ciencias positivas. La fundamentación no tiene otra tarea que perseguir la síntesis a priori en sí misma, hasta los gérmenes contenidos en ella, que le permiten desarrollarse (la posibilitan en su esencia) tal cual es.

Comprendiendo de manera clara la originalidad que implica una fundamentación de la metafísica, Kant dijo de la Crítica de la razón pura: «Este trabajo es difícil y exige un lector decidido a adentrarse poco a poco en un sistema, en el cual no hay nada dado como base, excepto la razón misma, sistema que, por lo tanto, trata de desenvolver el conocimiento desde sus gérmenes originarios, sin apoyarse en hecho alguno.»[27]

Así, surge la tarea de mostrar cómo se ha de realizar este desarrollo de la posibilidad de la ontología desde sus gérmenes.