Mucho se había hablado acerca del Zorro de ítaca, como era conocido. Su reino consistía en cuatro islitas rocosas y estériles de la costa oeste, un pobre y parco dominio en cuanto a reinos se refería. Residía en un sencillo palacio, era granjero porque sus nobles no podían contribuir con suficientes impuestos para financiarlo; sin embargo, su nombre había hecho famosas a ítaca, Leuco, Zacinto y Cefalonia.
Cuando llegó a Amidas y lo vi por vez primera no tendría más de veinticinco años; e incluso quizá aún fuera más joven, si la sabiduría tuviera la facultad de envejecer el rostro humano.
Siguieron hablando, olvidando tal vez que yo me encontraba a la izquierda de mi padre y que podía oírlos con disimulo. Puesto que tenía a Menelao a mi otro lado, ninguna conversación me distraía.
–¿Acaso te propones pedir a Helena, mi astuto amigo?
–Me descubres, Tíndaro -repuso Ulises con aire travieso.
–Cierto. Pero ¿por qué? No hubiera imaginado que andaras tras una gran belleza aunque disfrutara de una dote considerable.
Ulises hizo una mueca.
–Es por causa de mi curiosidad… ¡Recuerda mi curiosidad! ¿Crees que podría perderme un espectáculo como éste?
Agamenón sonrió, pero mi padre rió sonoramente.
–¡Es cierto que es un espectáculo! ¿Qué debo hacer, Ulises? ¡Míralos! Más de un centenar de reyes y príncipes andando a la greña, preguntándose quién será el afortunado… y decididos a cuestionar la elección por muy lógica o política que sea.
En esta ocasión intervino Agamenón:
–Se ha convertido en una especie de competición. ¿Quién es el más favorecido por el supremo monarca de Micenas y su suegro Tíndaro de Lacedemonia? ¡Saben que Tíndaro seguirá mi consejo! Lo único que surgirá de esta situación es una enemistad duradera.
–¡Por supuesto! Fijaos en Filoctetes, cómo estira orgulloso su cuello y resopla. Y no hablemos de Diomedes, Idomeneo, Menesteo, Eurípilo y todos los demás.
–¿Qué debemos hacer? – preguntó Agamenón.
–¿Es una solicitud formal de consejo, señor?
–Así es.
Me puse en tensión, pues comenzaba a comprender el insignificante papel que interpretaba en todo aquello. De pronto sentí deseos de llorar. ¿Acaso iba yo a escoger? ¡No! Lo harían ellos: Agamenón y mi padre. Aunque ahora comprendía que mi destino se hallaba en las manos de Ulises. ¿Y acaso a él le importaba? En aquel momento me guiñó un ojo y el corazón me dio un vuelco. No, no le importaba. No se veía el menor asomo de deseo en sus hermosos ojos grises. No había venido a pedir mi mano, sino porque sabía que se requeriría su consejo. Sólo se había presentado para realzar su propia reputación.
–Como siempre, estaré encantado de serviros de ayuda -repuso tranquilamente dirigiendo su mirada a mi padre-. Sin embargo, Tíndaro, antes de que podamos discutir el problema de casar a Helena de un modo político y seguro, tengo que solicitarte un pequeño favor.
Agamenón pareció ofendido. Pese a mi desconcierto me pregunté qué sutil negociación se llevaba a cabo.
–¿Quieres a Helena para ti? – inquirió mi padre secamente.
Ulises estalló en una carcajada tan estentórea que provocó un silencio instantáneo en el salón.
–¡No, no! No me atrevería a aspirar a ella cuando mi fortuna es insignificante y mi reino, mísero. ¡Pobre Helena! Me siento trastornado al imaginar tanta belleza encerrada en una roca del mar Jónico. No, no deseo a Helena como esposa. Quiero a otra.
–¡Ah! – exclamó Agamenón, aliviado-. ¿De quién se trata?
Ulises prefirió responderle a mi padre.
–De Penélope, Tíndaro, la hija de tu hermano Icario.
–Eso no será difícil -repuso mi padre, sorprendido.
–A Icario no le agrado y recibirá mejores ofertas por la mano de Penélope.
–Hablaré de ello con mi padre.
–Considéralo hecho -dijo Agamenón.
Fue un duro golpe para mí, pues no podía comprender qué veía en Penélope. Yo la conocía bien, ya que era prima hermana mía. No era mal parecida y era una gran heredera por añadidura, pero terriblemente aburrida. En una ocasión me había descubierto permitiendo que un noble de nuestra casa me besara los senos -¡desde luego que no iba a consentirle nada más!– y me despachó un sermón en el sentido de que los deseos de la carne eran denigrantes y poco elevados. Declaró con su voz fría y moderada que haría mejor si centraba mi atención en habilidades realmente femeninas como ¡tejer! La miré como si estuviera loca. ¡Había dicho «tejer»!
Ulises comenzó a hablar. Aparté mis pensamientos sobre mi prima Penélope y lo escuché atentamente.
–Tengo una idea bastante clara acerca de cómo piensas conceder a tu hija y comprendo tus razones, Tíndaro. Sin embargo, es irrelevante a quién escojas. Lo importante es que protejas los intereses de Agamenón y los tuyos, así como tus relaciones con el desdichado centenar de rechazados cuando hayas anunciado tu elección. Yo puedo lograrlo siempre que hagas exactamente lo que te diga.
–Lo haremos -repuso Agamenón.
–Entonces, el primer paso consiste en devolver todos los regalos que los pretendientes han ofrecido, acompañados de corteses agradecimientos por la intención. Nadie debe calificarte de avaricioso, Tíndaro.
Mi padre pareció contrariado.
–¿Es realmente necesario?
–No sólo necesario… ¡Es imprescindible!
–Los regalos serán devueltos -dijo Agamenón.
–Bien.
Ulises se inclinó en su asiento y los dos reyes lo imitaron.
–Anunciarás tu elección de noche, en la sala del trono. Deseo que el recinto se halle oscuro y con ambientación sacra, a lo que contribuirá la noche. Que todos los sacerdotes se hallen presentes y quemen abundante incienso. Mi propósito es abrumar el ánimo de los pretendientes y eso puede conseguirse mediante un ritual. No puedes permitirte que el nombre de tu elegido sea saludado por guerreros enfurecidos.
–Como gustes -suspiró mi padre, a quien desagradaban las minucias.
–Eso es simplemente el principio, Tíndaro. Cuando tomes la palabra deberás informar a los pretendientes de cuánto adoras a esa preciosa joya que es tu hija y cuánto has rogado a los dioses para que te guiasen en tu elección que, según añadirás, ha sido aprobada en el Olimpo: los presagios son propicios y los oráculos, claros. Pero el todopoderoso Zeus ha exigido una condición. A saber, que antes de que cualquiera, menos tú, conozca el nombre del afortunado vencedor, todos jurarán apoyar tu decisión. Algo más que eso. Todos deben jurar asimismo que prestarán al marido de Helena absoluta ayuda y colaboración y que el bienestar de su esposo les será tan querido como los dioses. Y también que, si fuera necesario, todos ellos irían a la guerra para defender sus derechos.
Agamenón permanecía en silencio, con la mirada en el vacío, mordiéndose los labios y encendido visiblemente por algún fuego interior. Mi padre parecía simplemente sorprendido. Ulises se recostó en su asiento y volvió a morder el ave, sin duda complacido consigo mismo. De pronto Agamenón se volvió y lo asió por los hombros, blancos los nudillos por su fuerte presión y con aire siniestro. Pero Ulises le devolvió sin miedo la mirada.
–¡Por la madre Kubaba, Ulises, eres un genio! – exclamó.
A continuación se volvió hacia mi padre y añadió:
–¿Comprendes lo que esto significa, Tíndaro? Aquel que se case con Helena tendrá asegurada la permanente e irrevocable alianza con casi todas las naciones griegas. ¡Su futuro es seguro; su posición, mil veces elevada!
Mi padre, aunque visiblemente aliviado, parecía incrédulo.
–¿Qué juramento podría imponerles? – preguntó-. ¿Qué compromiso será tan terrible para comprometerlos a algo que puedan deplorar?
–Sólo uno -dijo Agamenón lentamente-. El juramento del Caballo Descuartizado: por Zeus tonante, por Poseidón, dios de los temblores terrestres, por las hijas de Coré, por el Río y por la Muerte.
Sus palabras cayeron como gotas de sangre de la cabeza de Medusa. Mi padre se cubrió el rostro con las manos con un estremecimiento.
Ulises, al parecer inmutable, cambió bruscamente de tema.
–¿Qué sucederá en el Helesponto? – le preguntó a Agamenón muy animado.
El soberano supremo frunció el entrecejo.
–No lo sé. ¿Qué apena al rey Príamo de Troya? ¿Por qué se muestra ciego ante las ventajas del comercio griego en el Ponto Euxino?
–Creo que a Príamo le conviene impedir tal comercio -repuso Ulises tomando un dulce de miel-. De todos modos se enriquece con los impuestos que allí percibe. Y asimismo ha establecido tratados con sus colegas, los reyes de Asia Menor, y sin duda obtiene una participación en los exorbitantes precios que nosotros, los griegos, debemos pagar por el estaño y el bronce, puesto que nos vemos obligados a comprarlo en Asia Menor. La exclusión de los griegos del Ponto Euxino significa más dinero para Troya, no menos.
–¡Telamón nos hizo una mala jugada cuando raptó a Hesíone! – exclamó mi padre, irritado.
Agamenón negó con la cabeza.
–Estaba en su derecho a hacerlo. Lo único que Heracles pedía era el pago que se le adeudaba por un gran servicio prestado. Al negárselo el viejo roñoso de Laomedonte, cualquier idiota hubiera podido predecir el resultado.
–Heracles hace más de veinte años que ha muerto -intervino Ulises aclarando su vino con agua-. Teseo también ha muerto. Sólo Telamón vive aún y nunca consentirá en separarse de Hesíone, aunque ella estuviera dispuesta a irse. Raptos y violaciones son historias añejas -prosiguió con suavidad, al parecer como si nunca se hubiera enterado de lo sucedido entre Teseo y Helena-, y no tienen gran cosa que ver con la política. Grecia está en auge y Asia Menor lo sabe. Por consiguiente, ¿qué mejor política pueden adoptar Troya y el resto de Asia Menor que negarle a Grecia lo que necesita, cobre y estaño para convertirlos en bronce?
–Cierto -convino Agamenón mientras se acariciaba la barba-. ¿Qué resultará, pues, del embargo comercial de Troya?
–La guerra -repuso Ulises tranquilamente-. Antes o después estallará la guerra. Cuando nos apriete demasiado la necesidad, cuando nuestros comerciantes clamen justicia ante todos los soberanos entre Cnosos y Yolco, cuando ya no podamos reunir estaño suficiente para mezclar con el cobre y fabricar espadas, escudos y cabezas de flechas… entonces habrá guerra.
Su conversación se volvió más aburrida, pues ya no trataban de mí. Además, estaba sinceramente cansada de Menelao. El vino comenzaba a afectar a los reunidos, pocos eran los rostros que se volvían hacia mí en señal de adoración. Me escabullí de la mesa y me marché sigilosamente por la puerta que estaba tras la silla de mi padre. Mientras recorría el pasillo que seguía paralelo al comedor, lamenté no llevar una prenda más silenciosa que aquella falda tintineante. La escalera que conducía al sector femenino se hallaba en el extremo opuesto, en el lugar donde el pasillo se bifurcaba hacia otras salas oficiales. Llegué hasta ella y la subí corriendo sin que nadie acudiera en mi busca. Sólo tenía que pasar ante los aposentos de mi madre. Incliné la cabeza y tiré de la cortina.
Unas manos me asieron por los brazos y me detuvieron, y alguien me cubrió la boca para impedir que gritara. ¡Se trataba de Diomedes! Lo miré sobresaltada entre los fuertes latidos de mi corazón. Hasta aquel momento no había tenido la oportunidad de encontrarme a solas con él ni había cambiado otras palabras que simples saludos.
Su piel brillaba a la luz de la lámpara que le arrancaba reflejos ambarinos y en su garganta latía con intensidad una vena tensa como un cable. Mi mirada se fundió en sus ojos negros y cálidos mientras apartaba la mano de mi boca. ¡Qué hermoso era! ¡Cuánto apreciaba yo la belleza! Y más que nada cuando la descubría en un hombre.
–Reúnete conmigo en el jardín -susurró.
Negué violentamente con la cabeza.
–¡Debes de estar loco! ¡Déjame y no mencionaré que te he encontrado ante los aposentos de mi madre! ¡Deja que me marche!
Rió en silencio mostrando su blanca dentadura. – No me moveré de aquí hasta que me prometas reunirte conmigo en el jardín. Todavía permanecerán largo rato en el comedor, nadie nos echará de menos a ninguno de los dos. ¡Te deseo, muchacha! No me importan sus decisiones ni demoras, te deseo y me propongo tenerte.
Me llevé la mano a la cabeza, aún embotada por el calor reinante en el comedor. Luego, de manera instintiva, asentí. Diomedes me dejó partir al punto y corrí a mis habitaciones. Allí me aguardaba Neste para desnudarme. – ¡Acuéstate, vieja! ¡Me desnudaré sola! La mujer, ya acostumbrada a mis modales, se marchó muy gustosamente y me quedé tirando de mis encajes con dedos temblorosos, quitándome con precipitación el corpino y la blusa y liberándome de la falda. Me despojé de campanillas, pulseras y anillos y me cubrí con la túnica de baño. Luego salí al pasillo y bajé por la escalera posterior que conducía al exterior. Había dicho que estaría en el jardín, acudí sonriente hacia las hileras de coles y raíces comestibles. ¿A quién se le ocurriría buscarnos entre las verduras?
Estaba desnudo bajo un laurel. También yo me liberé de mi túnica a cierta distancia para que pudiera verme bañada por la luz de la luna. Se me acercó al instante, extendió mis ropas en el suelo a modo de lecho y me estrechó bajo su cuerpo sobre la madre tierra de la que todas las mujeres cobramos las fuerzas que pierden los hombres, así lo quieren los dioses.
–Con la lengua y los dedos, Diomedes -susurré-. Deseo llegar al tálamo nupcial con el himen intacto. Sofocó sus risas entre mis senos.
–¿Te enseñó Teseo cómo mantenerte virgen? – me preguntó.
–No necesitaba que nadie me lo enseñase -repuse. Le acaricié brazos y hombros con un suspiro-. No soy muy madura pero sé que me juego la cabeza si pierdo mi virginidad con alguien que no sea mi marido.
Cuando se marchó pensé que se iba satisfecho, aunque no tanto como había imaginado. Porque me amaba sinceramente y cumplió mis condiciones, al igual que hizo Teseo. No me importaba mucho lo que sintiera Diomedes, yo sí estaba satisfecha.
Lo cual hubiera sido evidente al día siguiente cuando me encontraba sentada junto al trono de mi padre si alguien hubiera querido advertirlo. Diomedes se hallaba junto a Filoctetes y Ulises entre la masa de pretendientes, en la oscuridad y demasiado lejos de mí para que yo pudiera distinguirlo. La sala, decorada con frescos de guerreros danzantes y columnas pintadas en tonos escarlata, se hallaba casi a oscuras entre sombras vacilantes. Aparecieron los sacerdotes, se levantaron densas y empalagosas nubes de incienso y sin alboroto ni confusión el ambiente se imbuyó de la solemne y cargante santidad de un templo.
Mi padre pronunció las palabras que Ulises había preparado y se instaló en la sala una atmósfera tan opresiva como un ser vivo. Luego llegó el caballo destinado al sacrificio, un perfecto semental blanco con ojos sonrosados y sin una mota de negro en él, cuyos cascos se deslizaban por las gastadas baldosas y que agitaba la cabeza tirando del dorado ronzal. Agamenón asió la gran hacha doble y la descargó hábilmente. El caballo se desplomó, al parecer muy lentamente, sus crines y su cola flotaron como briznas de hierba en una corriente de agua y su sangre manó en abundancia.
Mientras mi padre informaba a los reunidos del juramento que les exigía, observé con asco y horror cómo los sacerdotes dividían al encantador animal en cuatro partes. Nunca olvidaré aquella escena: los pretendientes se adelantaron uno tras otro y apoyaron los pies en los cuatro pedazos inertes de carne aún caliente mientras pronunciaban el terrible juramento de adhesión y lealtad a mi futuro esposo con voces apagadas y apáticas porque su virilidad y su poder no lograban superar aquel espantoso momento. Estaban pálidos, sudorosos, cerúleos y encogidos a la fluctuante luz de las antorchas; un ligero viento soplaba ululando como una sombra perdida.
Por fin todo concluyó. La humeante carcasa del caballo yació ignorada y los pretendientes, de nuevo en sus puestos, contemplaron al rey Tíndaro de Lacedemonia como si estuvieran drogados.
–Concedo mi hija a Menelao -dijo mi padre.
Sólo se distinguió un gran suspiro, nada más. Nadie protestó airado; ni siquiera Diomedes mostró su irritación. Lo busqué con la mirada cuando ya los sirvientes encendían las lámparas y nos despedimos sobre medio centenar de cabezas sabiendo que habíamos sido vencidos. Creo que al mirarlo corrían las lágrimas por mis mejillas, pero nadie reparó en ellas. Entregué mi entumecida mano al húmedo apretón de Menelao.
CAPITULO CINCO
NARRADO POR PARÍS
Regresé a Troya a pie y solo, con el arco y la aljaba a los hombros. Había pasado siete lunas entre los bosques y claros del monte Ida aunque no había logrado obtener ningún trofeo para poder exhibirlo. Por mucho que me gustase la caza nunca he soportado ver desplomarse a un animal bajo el impacto de una flecha; he preferido verlo tan sano y tan libre como yo mismo. Mis mejores momentos de caza se centraban en presas más deseables que jabalíes o venados. Para mí la diversión cinegética consistía en perseguir a los habitantes humanos de los bosques de Ida, las muchachas salvajes y las pastoras. En que una joven se desplomara derrotada, sin otras flechas en su cuerpo que las disparadas por Eros, sin regueros de sangre ni gemidos de agonía, emitiendo sólo un suspiro de dulce contento al tomarla en mis brazos aún jadeante por el éxtasis de la persecución y dispuesta a jadear por otra clase de éxtasis.
Pasaba todas las primaveras y los veranos en Ida, pues la vida cortesana me aburría terriblemente. ¡Cómo odiaba aquellas vigas de cedro engrasadas y pulidas hasta alcanzar un magnífico tono castaño, aquellos vestíbulos de piedra pintada coronados por columnas! Verse encerrado tras enormes murallas era sentirse asfixiado, como un prisionero. Lo único que deseaba era atravesar franjas de prados y de árboles y yacer agotado, hundido el rostro entre el perfume de las hojas caídas. Pero cada otoño debía regresar a Troya para pasar allí el invierno con mi padre. Ése era mi deber, por simbólico que fuera. Al fin y al cabo yo era su cuarto hijo entre otros muchos. Nadie me tomaba en serio y yo así lo prefería.
Entré en la sala del trono cuando concluía la asamblea de una jornada borrascosa y desapacible, aún vestido con ropas de campo, sin hacer caso de las compasivas sonrisas ni de las muecas de desaprobación que me dedicaban. El crepúsculo ya se fundía con la oscuridad de la noche; la reunión había sido muy larga.
Mi padre, el rey, se hallaba instalado en su trono de oro y marfil en un estrado de mármol purpúreo situado en el otro extremo del salón, con los largos cabellos blancos complicadamente rizados y la enorme barba blanca trenzada con tenues hilos de oro y de plata. El monarca, insólitamente orgulloso de su provecta edad, se sentía más complacido que nunca cuando se encontraba como un dios antiguo sobre un alto pedestal y dominaba con la mirada todo cuanto poseía.
Si el salón hubiera sido menos imponente, el espectáculo que mi padre ofrecía no hubiera sido tan impresionante, pero la sala, según decían, era más grande incluso que el antiguo salón del trono del palacio de Cnosos en Creta, bastante espacioso para dar cabida a trescientas personas sin que se viera atestado, su elevado techo se levantaba entre las vigas de cedro pintadas de azul y salpicadas de constelaciones doradas. En la sala había columnas macizas que se adelgazaban hasta alcanzar cierta esbeltez en sus bases, de color azul oscuro o morado, con capiteles redondos y alisados y plintos dorados. Las paredes eran de mármol purpúreo, sin relieves hasta la altura de la cabeza de un hombre; por encima, aparecían frescos que representaban escenas de leones, leopardos, osos, lobos y hombres de cacería, en blanco y negro y colores amarillo, carmesí, castaño y rosado sobre un fondo azul pálido. Detrás del trono había un retablo de negro ébano egipcio incrustado con dibujos en oro, y los peldaños que conducían al estrado estaban bordeados también de oro.
Me desprendí del arco y la aljaba, que tendí a un sirviente, y me abrí camino entre los corrillos de cortesanos hasta llegar al estrado. Al verme, el rey se inclinó para acariciar suavemente mi inclinada cabeza con la esmeralda que remataba el puño de su cetro de marfil, una señal para que me levantase y me acercase a él. Así lo hice y besé su marchita mejilla. – Es agradable volver a verte, hijo mío -dijo. – Me gustaría poder alegrarme de mi regreso, padre. Me empujó obligándome a sentarme a sus pies.
–Siempre confío en que llegue la ocasión en que te quedes, París -suspiró-. Si así lo hicieras, podría sacar algún partido de ti.
Le acaricié la barba porque sabía cuánto le agradaba.
–No deseo ninguna obligación principesca, señor.
–¡Pero eres un príncipe! – Suspiró de nuevo y movió la cabeza admonitorio-. Aunque me consta que eres muy joven. Aún hay tiempo.
–No, señor, no hay tiempo. Me consideras un muchacho pero soy un hombre. Ya tengo treinta y tres años.
Pensé que no me escuchaba porque alzó la cabeza, desvió su atención de mí e hizo señas con su bastón a alguien que se encontraba detrás de la multitud; se trataba de Héctor.
–París insiste en que tiene treinta y tres años, hijo mío -dijo cuando mi hermano llegó al pie de los tres peldaños.
Aun así era tan alto que podía mirar a mi padre frente a frente.
Héctor me observó pensativo con sus negros ojos.
–Supongo que debe de ser así, París. Yo nací diez años después de ti y hace ya seis meses que cumplí los veintitrés -comentó sonriente-. Aunque, desde luego, no representas la edad que tienes.
Me reí a mi vez.
–Gracias, hermanito. Tú sí que representas mi edad, y ello se debe a que eres el heredero. Estar comprometido con el Estado, el Ejército y la Corona envejece a un hombre. ¡Dame cada día la eterna juventud de la irresponsabilidad!
–Lo que a un hombre conviene no es necesariamente lo mejor para otro -fue su tranquila respuesta-. Puesto que tengo mucha menos afición a las mujeres, ¿qué importa si parezco mayor de lo que soy? Mientras tú disfrutas con tus aventurillas en el harén, yo lo hago dirigiendo el Ejército en sus maniobras. Y aunque mi rostro se arrugue prematuramente, mi cuerpo estará ágil y en forma cuando tú luzcas un barrigón.
Hice una mueca de contrariedad. ¡Nadie como Héctor para acertar en el punto más vulnerable! En un abrir y cerrar de ojos podía detectar la menor debilidad humana y atacarla como un león, sin importarle utilizar sus garras. Ser el heredero lo había hecho madurar. Había desaparecido de él la exuberante e irritante juventud del año anterior y sus innegables facultades se concretaban fácilmente en útiles trabajos. Aunque era lo suficientemente corpulento para asumirlos. Yo no me tenía por un enclenque, pero Héctor me sobrepasaba en altura y abultaba el doble. Vestía con suma sencillez, y por consiguiente con cierta convincente dignidad, un faldellín y camisa de cuero, y llevaba trenzados los largos cabellos, recogidos en una pulcra coleta. Todos los hijos de Príamo y Hécuba éramos famosos por nuestra belleza, pero él tenía algo más: una autoridad innata.
De repente me puse en pie y me aparté de nuestro padre, pues el viejo Antenor indicaba malhumorado que deseaba hablar con el rey antes de ser despedido. Héctor y yo nos alejamos del estrado sin ser reclamados.
–Tengo una sorpresa para ti -me dijo mi hermano con aire complacido.
Y nos internamos por los, al parecer, interminables pasillos que comunicaban los extremos y los palacios más pequeños que comprendían la Ciudadela.
El palacio del heredero estaba exactamente a la diestra del de nuestro padre, por lo que el camino no fue excesivamente largo. Cuando entramos en la gran sala de recepción me detuve y miré en torno asombrado.
–¿Dónde está, Héctor?
Lo que fue una especie de almacén atestado de lanzas, escudos, armaduras y espadas se había convertido en una sala. Tampoco hedía a caballos, aunque Héctor los adoraba. No recordaba haber visto bastante las paredes para saber cómo estaban decoradas, pero aquella tarde mostraban radiantes árboles curvilíneos en jade y azul, flores liláceas y caballos blanquinegros que retozaban. El suelo estaba tan limpio que sus baldosas blancas y negras de mármol resplandecían. Los trípodes y los adornos habían sido pulidos y de puertas y ventanas pendían cortinas bellamente bordadas de color púrpura con los aros dorados.
–¿Dónde está? – volví a preguntarle.
–Ahora viene -gruñó sonrojado.
La mujer apareció al desvanecerse el eco de sus palabras. La examiné y tuve que alabar el buen gusto de mi hermano: era una gran belleza. Tan morena como él, alta y robusta. Y por igual torpe con las dotes sociales. Me lanzó una mirada y desvió los ojos rápidamente.
–Ésta es Andrómaca, mi esposa -dijo Héctor.
La besé en la mejilla.
–¡Te doy mi aprobación, hermanito! Pero sin duda no es de estas tierras.
–No. Es hija del rey Eetión de Cilicia. Estuve allí durante la primavera por orden de nuestro padre y la traje conmigo. No estaba previsto, pero… sucedió -concluyó con un suspiro.
–¿Quién es, Héctor? – preguntó ella por fin tímidamente.
Me sobresaltó la fuerte palmada que mi hermano se propinó en el muslo, presa de irritación.
–¡Oh!, ¿cuándo aprenderé? Es París.
Por un momento apareció en los ojos de la joven una expresión que no me agradó. ¡Vaya, la muchacha podía ser un elemento a tener en cuenta una vez disipada la incomodidad y establecida la familiaridad!
–Mi Andrómaca es muy valiente -dijo Héctor, orgulloso, rodeándole la cintura con el brazo-. Abandonó su hogar y su familia para acompañarme a Troya.
–Desde luego -repuse cortésmente.
Y tras estas palabras me despedí de ellos.
No tardé en acostumbrarme a la existencia monótona de la Ciudadela. Mientras el aguanieve repiqueteaba contra las persianas de carey, la lluvia caía torrencial desde lo alto de las murallas o la nieve alfombraba los patios, yo resoplaba y merodeaba entre las mujeres en busca de alguna nueva e interesante, alguna una milésima tan deseable como la más humilde pastora de Ida. Aquélla era una tarea aburrida que no implicaba esfuerzo ni ejercicio saludable. Héctor tenía razón: si no encontraba un modo mejor de mantenerme esbelto que escabulléndome arriba y abajo por pasillos prohibidos, no tardaría en convertirme en un tipo barrigón.
Un día, cuatro meses después de mi retorno, Heleno acudió a mis aposentos y se instaló cómodamente en un mullido asiento junto a la ventana. La jornada era alegre, bastante cálida para variar, y desde mis aposentos se disfrutaba de una excelente perspectiva de toda la ciudad hasta el puerto de Sigeo y la isla de Ténedos.
–Me gustaría tener la influencia que tú ejerces en nuestro padre -dijo Heleno.
–Aún eres muy joven, aunque seas un vastago imperial. La visión llega más tarde en la vida.
Heleno era aún imberbe, hermoso y de cabellos y ojos muy negros, al igual que todos los hijos de Hécuba y, por consiguiente, herederos imperiales. Era gemelo y ocupaba una curiosa posición, se decían cosas muy extrañas de él y de su gemela Casandra. Tenía diecisiete años y su excesiva juventud había impedido que se estableciera una auténtica intimidad entre nosotros. Por añadidura, Casandra y él eran clarividentes. Estaban rodeados de un aura que hacía sentirse incómodos a los demás, incluso a sus hermanos. Aquella característica no era tan señalada en Heleno como en Casandra, aunque desde luego podía alegrarse de ello porque nuestra hermana estaba loca.
Al nacer los habían consagrado al servicio de Apolo y jamás habían demostrado resentirse de tan arbitraria disposición de su destino. Según las leyes establecidas por el rey Dárdano, el oráculo de Troya debía ser confiado a un hijo y a una hija de sus reyes, a ser preferible gemelos, lo que los había hecho ser elegidos de manera automática. Por el momento aún disfrutaban de cierta libertad, pero cuando cumplieran los veinte años serían formalmente confiados al cuidado del trío que dirigía el culto de Apolo en Troya: Calcante, Laoconte y Teano, esposa de Antenor.
Heleno lucía las largas y flotantes túnicas de los religiosos. Con su expresión soñadora unida a tanta belleza era tan llamativo que atraía mi atención al verlo sentado contemplando la ciudad desde mi ventana. Me prefería a cualquiera de sus restantes hermanos, ya fueran de Hécuba, de otra esposa o de alguna concubina, porque yo no era aficionado a la guerra ni a matar. Aunque por su naturaleza severa y ascética no podía perdonar mis amoríos, mi conversación era mucho más de su agrado por su carácter más pacífico que marcial.
–He venido a traerte un mensaje -me dijo sin volverse.
Suspiré.
–¿Qué he hecho ahora?
–Nada que merezca ser censurado. Simplemente acudo a invitarte a una reunión que se celebrará esta noche después de la cena.
–No puedo. Tengo un compromiso anterior.
–Será mejor que lo canceles. El mensaje procede de nuestro padre.
–¡Qué fastidio! ¿Por qué yo?
–No lo sé. Se trata de un grupo muy reducido. Sólo algunos hijos imperiales, Antenor y Calcante.
–Extraño conjunto. ¿De qué se trata?
–Ve y te enterarás.
–¡Oh, así lo haré! ¿Has sido invitado?
Heleno no respondió. Tenía el rostro contraído y en los ojos, su peculiar expresión de mística interior. Como ya había sido testigo de aquel trance visionario, reconocí al punto de qué se trataba y contemplé fascinado a mi hermano. De pronto se estremeció y recobró su aspecto normal.
–¿Qué has visto? – le pregunté.
–No he podido ver nada -dijo lentamente mientras se enjugaba el sudor de la frente-. Parecía una estructura, percibí una estructura… El comienzo de un retorcimiento y un cambio que conducirán a un fin inevitable.
–¡Has tenido que ver algo, Heleno!
–Llamaradas… Griegos con armadura… Una mujer tan hermosa que debía de ser Afrodita… Naves, cientos y cientos de naves… Tú, nuestro padre, Héctor…
–¿Yo? ¡Pero yo no soy importante!
–¡Créeme, París, sí lo eres! – dijo con voz cansada. Se levantó bruscamente-. Voy en busca de Casandra. Con frecuencia vemos las mismas cosas aunque no estemos juntos.
Pero yo, que también percibía algo de aquella sombría y enmarañada presencia, negué con la cabeza.
–No. Casandra lo destrozará -dije.
Heleno no se equivocaba al decir que el grupo sería muy reducido. Fui el último en llegar y ocupé un puesto en el extremo del banco donde se sentaban mis hermanos Troilo e Ilio… ¿por qué ellos? Troilo tenía ocho años e Ilio sólo siete. Eran los dos últimos hijos de mi madre, ambos llamados así por el hombre sombra que había ocupado el trono tras el rey Dárdano. Héctor también estaba presente, así como nuestro hermano mayor Deífobo. Por derecho, le correspondía a éste haber sido designado heredero, pero todos cuantos lo conocían, comprendido nuestro padre, sabían que al cabo de un año de reinado lo destruiría todo. Codicioso, desconsiderado, apasionado, egoísta, inmoderado… tales eran los calificativos que se le aplicaban. ¡Y cuánto nos odiaba! En especial a Héctor, que había usurpado su derecho, o por lo menos él así lo creía.
La presencia de tío Antenor era lógica, pues en su calidad de canciller asistía a toda clase de reuniones que se celebrasen, ¿pero por qué Calcante, un personaje tan incómodo?
Tío Antenor me lanzó una mirada furibunda, y no porque llegase el último. Dos años atrás, en verano y en la montaña de Ida, yo había disparado una flecha a una diana sujeta a un árbol al mismo tiempo que soplaba una insólita ráfaga de aire que desvió el proyectil y lo clavó en la espalda del hijo más joven que tío Antenor había tenido con su concubina preferida: el pobre muchacho se había ocultado para espiar a una pastora que se bañaba desnuda en un manantial. Estaba muerto y yo era culpable de homicidio involuntario. No se trataba de un asesinato en el sentido exacto de la palabra, pero sí de un crimen que tendría que ser expiado. Y el único medio para ello consistía en que yo emprendiera un viaje al extranjero en busca de un rey dispuesto a realizar la ceremonia de purificación. Tío Antenor no había podido exigir venganza, pero no me había perdonado. Lo cual me recordaba que aún no había emprendido aquel viaje al extranjero en busca del rey en cuestión. Los monarcas eran los únicos sacerdotes calificados para realizar los ritos de purificación de un homicidio accidental.
Mi padre dio unos golpecitos en el suelo con su cetro de marfil, cuyo redondo puño despedía verdes reflejos porque contenía una enorme y perfecta esmeralda.
–Os he convocado a esta reunión porque debemos tratar de una cuestión que me corroe desde hace muchos años -dijo con su voz firme y varonil-. Me lo ha traído a la memoria comprender que mi hijo París nació el mismo día que ello sucedió, hace treinta y tres años, una jornada de muerte y privación. Mi padre Laomedonte fue asesinado, así como mis cuatro hermanos, y mi hermana Hesíone fue secuestrada y violada. Sólo el nacimiento de París impidió que aquél fuese el día más aciago de mi existencia.
–¿Por qué nos has reunido a nosotros, padre? – inquirió Héctor con suavidad.
Últimamente yo había advertido que él asumía la responsabilidad de devolver la atención de nuestro padre al tema que se debatía cuando dejaba errar su mente; comenzaba a mostrar cierta tendencia a hacerlo así.
–¡Ah! ¿No os lo había dicho? Tú, Héctor, por ser el heredero; Deífobo porque es mi primogénito imperial; Heleno porque tendrá a su cargo el oráculo de Troya; Calcante porque se ocupa del mismo hasta que mi hijo tenga la edad adecuada; Troilo e Ilio porque según Calcante existen ciertas profecías sobre ellos; Antenor porque se encontraba allí aquel día, y Paris porque nació en la misma fecha.
–¿Y por qué estamos aquí? – preguntó Héctor.
–Me propongo enviar una embajada formal a Telamón de Salamina en cuanto los mares sean propicios -repuso nuestro padre con lógica adecuada, según me pareció, aunque Héctor frunció el entrecejo como si la respuesta le preocupara-. Esa embajada exigirá a Telamón que devuelva a mi hermana a Troya.
Reinó un profundo silencio. Antenor acudió a apoyarse entre mi banco y el siguiente y luego regresó al trono, junto a mi padre. El pobre se doblaba casi por la cintura a causa de una dolorosa enfermedad de las articulaciones que le afectaba desde tiempo inmemorial y a cuyos estragos todos atribuían su famoso mal carácter.
–Ésta es una necia aventura, señor -anunció tajante-. ¿Para qué gastar el oro de Troya en esto? Te consta, al igual que a mí, que en sus treinta y tres años de exilio Hesíone nunca se ha lamentado de su destino. En cuanto a su hijo Teucro, acaso sea un bastardo, pero disfruta de una posición muy elevada en la corte de Salamina y es amigo y mentor de Ayax, el heredero de la corona. ¿Por qué preocuparte si vas a obtener una negativa por respuesta?
El rey se levantó furioso.
–¿Me acusas de necedad, Antenor? ¡Es una novedad para mí que Hesíone esté satisfecha en su exilio! ¡No, Telamón le impide pedirnos auxilio!
Antenor agitó el retorcido puño.
–¡Tengo la palabra, señor, e insisto en hacer uso de mi derecho! ¿Por qué sigues pensando que hemos sido agraviados durante todos estos años? ¡Fue Heracles el ofendido y en tu fuero interior eres consciente de ello! También deseo recordarte que si Heracles no hubiese matado al león, Hesíone habría muerto.
Mi padre temblaba de pies a cabeza. Aunque fueran cuñados, existía escaso afecto entre ambos. Antenor seguía siendo espiritualmente dárdano; tenía al enemigo en su casa. – Si fuésemos jóvenes tendría algún sentido nuestro continuo enfrentamiento y lo zanjaríamos de una vez con escudos y espadas -masculló el soberano-. Pero tú estás lisiado y yo soy demasiado viejo. Repito: enviaré una embajada a Salamina lo antes posible. ¿Comprendido?
–Eres el rey, señor, tú tomas las decisiones -resopló Antenor-. En cuanto a duelos… acaso te consideres demasiado viejo, pero ¿cómo te atreves a suponerme demasiado tullido para hacerte trizas? ¡Nada me sería más grato!
Y salió de la sala acompañado del eco de sus palabras. Mi padre volvió a sentarse murmurando palabras ininteligibles.
Me levanté y de modo instintivo pronuncié unas palabras sorprendentes.
–Me ofrezco para llevar tu embajada, señor. De todos modos tengo que salir al extranjero para conseguir purificarme por la muerte del hijo de tío Antenor.
–¡Te saludo, Paris! – me aplaudió Héctor entre risas. – ¿Por qué no yo, señor? – refunfuñó Deífobo-. ¡Debería ser yo, que soy el mayor!
Heleno saltó a la palestra en pro de Deífobo, y yo no daba crédito a mis oídos porque me constaba cuánto odiaba Heleno al primogénito.
–¡Envía a Deífobo, padre, por favor! Si Paris va, tengo el presentimiento de que Troya verterá lágrimas de sangre.
Fuera como fuese, el rey Príamo ya se había decidido y me confió la tarea.
Cuando los demás se hubieron marchado, me quedé con él.
–Estoy encantado, Paris -dijo acariciándome los cabellos.
–Y yo me siento recompensado, padre.
De pronto me eché a reír.
–Si no puedo traer a tía Hesíone, quizá traiga a alguna princesa griega en su lugar.
Las risas lo agitaron convulsivamente: mi bromita le había hecho gracia.
–En Grecia abundan las princesas, hijo mío. Reconozco que los griegos merecerían que les pagásemos con la misma moneda.
Le besé la mano. Su implacable odio a Grecia y a todo lo griego era proverbial en Troya; yo lo había hecho feliz. ¿Qué importaba que se tratase de un cumplido huero, mientras le hiciera gracia?
Puesto que parecía que aquel suave invierno no tardaría en concluir, pocos días después fui a Sigeo para tratar de la dirección de la flota con los capitanes y comerciantes que la formarían. Deseaba disponer de veinte naves de gran calado con abundante tripulación y bodegas vacías. Como el Estado asumía los costes, sabía que podría contar con una multitud de aspirantes entusiastas. Aunque no comprendía qué diablos me había impulsado a ofrecerme en su momento, me sentía entusiasmado ante la perspectiva de emprender aquella aventura. En breve vería lugares lejanos, lugares que un troyano jamás imaginaría visitar. Países griegos.
Cuando la conferencia hubo concluido, salí de la casa del señor del puerto para respirar el despejado, frío y salobre aire marino y observar las actividades de aquella playa tan concurrida, con los barcos fondeados sobre los guijarros durante el invierno. Embarcaciones que en aquellos momentos bullían con equipos de hombres que inspeccionaban sus curvados costados y se aseguraban de que eran navegables. Un enorme navio de color escarlata maniobraba cerca de la playa, los ojos de la proa trataban de sobrecogerme, el mascarón que coronaba su curvada popa representaba sin duda a mi diosa especial, Afrodita. ¿Qué carpintero de ribera la habría visto en sueños para concretarla de modo tan maravilloso?
Al fin el propietario de la embarcación halló suficiente espacio para acomodar sus pesados costados en los guijarros y echaron las escaleras de cuerda, en cuyo momento advertí que el barco ostentaba un estandarte real en la proa que lucía incrustaciones de color escarlata y estaba ribeteado de oro macizo; ¡en él viajaba un rey extranjero! Me adelanté lentamente retorciendo mi capa en elegantes pliegues.
El personaje real descendió con cuidado. Era griego, algo evidente por su vestimenta y la instintiva superioridad que hasta el más inferior de ellos poseía cuando se encontraba en el resto del mundo. Pero a medida que aquel monarca se aproximaba perdí mi temor inicial. ¡Se trataba de un hombre de aspecto muy corriente! No era especialmente alto ni agraciado y, por añadidura, era pelirrojo. Sí, definitivamente era griego. La mitad de ellos parecían ser pelirrojos. Su faldellín de cuero estaba teñido de púrpura y repujado en oro y el ribete era también de oro, al igual que el ancho cinturón con gemas incrustadas; el blusón era cárdeno y estaba recortado, mostrando un pecho enjuto; en el cuello lucía un gran collar de oro y joyas. Era un hombre muy rico.
Al verme varió su rumbo.
–Bien venido a las playas de Troya, real señor -lo saludé formalmente-. Soy París, hijo del rey Príamo.
El hombre enlazó sus dedos en el brazo que le tendía.
–Gracias, alteza. Yo soy Menelao, rey de Lacedemonia y hermano de Agamenón, monarca supremo de Micenas.
Abrí los ojos sorprendido.
–¿Quieres ir a la ciudad en mi carro, rey Menelao? – le ofrecí.
Mi padre presidía su audiencia de los asuntos diarios. Susurré unas palabras al heraldo, que se cuadró y abrió la doble puerta.
–¡El rey Menelao de Lacedemonia! – exclamó.
Entramos juntos ante una multitud que parecía haberse petrificado. Héctor estaba al fondo, con la mano extendida y la boca abierta sin proferir palabra, Antenor se había vuelto a medias a mirarnos y mi padre, que se sentaba muy erguido en su trono, apretó su cetro con tanta fuerza que éste se agitó. Si mi compañero llegó a advertir que los griegos no eran bien recibidos, no dio muestras de ello, aunque cuando más tarde llegué a conocerlo mejor decidí que probablemente no había reparado en tal cosa. El hombre paseó su mirada por la sala y su decoración, al parecer poco impresionado, lo que me hizo preguntarme cómo serían los palacios griegos.
Mi padre se apeó del estrado y le tendió la mano.
–Nos sentimos muy honrados, rey Menelao -dijo.
Y le señaló un gran sofá cubierto de cojines al que lo condujo llevándolo del brazo.
–¿Quieres sentarte, por favor? París, acompáñanos, pero primero indícale a Héctor que nos acompañe y encárgate de que nos sirvan refrescos.
La corte, inmóvil, nos lanzaba miradas especulativas, pero la conversación que sostenían en el diván apenas resultaba audible a escasa distancia.
Una vez finalizados los saludos, mi padre tomó la palabra.
–¿Qué te trae a Troya, rey Menelao?
–Un asunto de importancia vital para mi pueblo de Lacedemonia, rey Príamo. Me consta que lo que busco no se halla en tierras troyanas, pero me ha parecido el lugar más apropiado donde iniciar mis pesquisas.
–Pregunta.
Menelao se inclinó hacia él ladeándose para contemplar el rostro inexpresivo de mi padre.
–Mi reino está azotado por una plaga, señor. Como mis propios sacerdotes no han podido adivinar la causa que la provoca, recurrí a la pitonisa de Delfos, quien me dijo que debo acudir personalmente a recoger los huesos de los hijos de Prometeo y conducirlos a Amidas, mi capital, donde deben ser enterrados de nuevo para que cese la epidemia.
¡Vaya! Su misión no tenía nada que ver con tía Hesíone, la escasez de cobre y estaño ni los embargos comerciales del Helesponto. Su propósito era mucho más mundano, muy corriente. Enfrentarse a la plaga exigía medidas extraordinarias, y siempre había algún rey vagando por mares y playas en busca de algún objeto que, según los oráculos, debía ser restituido a la patria. A veces me preguntaba si el verdadero propósito que se ocultaba tras tales oráculos no consistía en enviar a los reyes a cualquier otro lugar hasta que el desgaste natural condujese a la plaga a su inevitable final. Era un modo de proteger al rey de cualquier peligro, pues si permanecía en su patria era muy probable que falleciese de la misma epidemia o que fuese sacrificado de manera ritual.
Como es natural, el rey Menelao debía ser acomodado. ¿Quién sabía si el año próximo el oráculo enviaría al rey Príamo a pedirle ayuda a él? La realeza, pese a sus diferencias o nacionalidades, se apoyaba mutuamente en determinadas situaciones. Así que mientras el rey Menelao residió en nuestra ciudad, mi padre envió exploradores para localizar los huesos de los hijos de Prometeo, que hallaron finalmente en Dardania. El rey dárdano Anquises protestó amargamente, pero fue inútil. Le gustara o no, las mencionadas reliquias le serían arrebatadas.
Me fue confiada la tarea de cuidar de Menelao hasta que pudiera viajar oficialmente a Lirneso y reclamar los huesos. Lo que me indujo a hacerle un ofrecimiento cortés que era habitual: la elección por su parte de cualquier mujer que le agradase, siempre que no perteneciese a la familia real.
El hombre se echó a reír y negó rotundamente con la cabeza.
–No necesito más mujeres que Helena, mi esposa.
–¿De verdad? – repuse aguzando el oído.
–Estoy casado con la mujer más hermosa del mundo -dijo con aire solemne, resplandeciente el rostro y muy halagado.
Aunque sin perder mi aire cortés, no pude evitar mostrarle mi incredulidad. – ¿Es cierto eso? – Sí, París. Helena no tiene igual.
–¿Es más hermosa que la mujer de mi hermano Héctor? – La princesa Andrómaca es una pálida Selene comparada con el esplendor de Helio -respondió. – Habíame más de ella. Suspiró y agitó los brazos en el aire.
–¿Cómo puede describirse a Afrodita? ¿Cómo describir la perfección visual con simples palabras? Ven a mi barco y contempla el mascarón de proa, París; es Helena.
Cerré los ojos y traté de recordar. Pero sólo logré visualizar unos ojos verdes como los de un gato egipcio.
¡Tenía que conocer a semejante belleza! Y no porque no diera crédito a sus palabras, pues el mascarón de proa tenía que ser superior al modelo que lo había inspirado. Ninguna estatua de Afrodita por mí conocida podía rivalizar con aquel rostro (aunque, a decir verdad, los escultores eran unos majaderos que insistían en dotar a las estatuas de sonrisas necias, rasgos duros y cuerpos aún más envarados).
–Señor -dije impulsivamente-, en breve tendré que marchar a Salamina al frente de una embajada para visitar al rey Telamón e interesarme por el bienestar de mi tía Hesíone.
Pero mientras me halle en Grecia debo asimismo purificarme por un crimen involuntario que cometí. ¿Está Salamina muy lejos de Lacedemonia?
–Es una isla situada frente a las playas del Ática y Lacedemonia se encuentra en el interior de la isla de Pélops, pero no hay mucha distancia entre ellas, es un viaje viable.
–¿Te encargarías de purificarme, Menelao?
Sonrió radiante.
–¡Desde luego, desde luego! Es lo mínimo que puedo hacer para compensarte por tus amabilidades, París. Ven a Lacedemonia este verano y realizaré los ritos necesarios. – Parecía muy ufano-. Dudaste cuando te hablé de la belleza de Helena… ¡Sí, sí, así fue! Te traicionó la mirada. Pues bien, cuando vengas a Amidas lo comprobarás por ti mismo, después de lo cual espero tus disculpas.
Sellamos el pacto con un trago de vino y a continuación nos entregamos a planear el viaje a Lirneso para desenterrar los huesos de los hijos de Prometeo bajo las indignadas miradas del rey Anquises y de su hijo Eneas. ¡De modo que Helena era tan hermosa como Afrodita! Me preguntaba cómo asimilarían Anquises y Eneas tal comparación cuando Menelao la proclamase, como sin duda haría. Porque de todos era conocido que, en su juventud, el propio Anquises había sido tan hermoso que Afrodita se dignó hacer el amor con él. Luego se marchó y dio a luz a Eneas. ¡Vaya, vaya! ¡Cómo vuelven a obsesionarnos las locuras de la propia juventud!
CAPITULO SEIS
NARRADO POR HELENA
Cuando los huesos de los hijos de Prometeo llegaron a las tierras de Amidas rodeados de preciosos artefactos y protegidos los sonrientes cráneos por máscaras de oro, la plaga comenzó a decrecer. ¡Cuan maravilloso poder salir una vez más por la ciudad, unirse a las batidas de caza por las montañas, presenciar los deportes en el pabellón que estaba tras el palacio! También era magnífico ver las sonrisas en los rostros de la gente, oír sus bendiciones y pasear entre ellas. El rey había acabado con la plaga y todo había vuelto a la normalidad.
Salvo para mí, pues Menelao vivía con una sombra. A medida que transcurrían los años me volví más callada, más grave, siempre digna y sumisa. Le di a mi esposo dos hijas y un hijo, y él dormía en mi lecho cada noche, ya que jamás le negué el acceso a mis aposentos cuando acudía a ellos. Y me amaba. Ante sus ojos yo no podía hacer nada malo. Ésa era la razón por la que seguí siendo una esposa dócil y digna, pues no podía resistir que me tratara como a una diosa. Y también existía otra razón: quería conservar la cabeza sobre los hombros.
¡Si hubiera sido capaz de mantenerme fría y ausente cuando él vino a mí tras nuestra boda! Pero me fue imposible. Helena era una criatura carnal, no estaba a prueba del contacto de hombre alguno, aunque fuera tan torpe y aburrido como mi marido. Cualquiera era mejor que ninguno.
Llegó el verano, el más caluroso que nadie recordaba. Las lluvias cesaron, los riachuelos se secaron y los sacerdotes murmuraban siniestramente ante los altares. Habíamos sobrevivido a la plaga, pero ¿le sucedería la hambruna en la lista de nuestras agonías humanas? En dos ocasiones distinguí los gruñidos de Poseidón, que agitaba y movía las entrañas de la tierra como si también él se sintiera inquieto. Comenzaron las murmuraciones acerca de presagios y los sacerdotes alzaron más sus voces cuando el trigo cayó sin espigas en la tierra agostada y la cebada, más resistente, amenazó con seguir su ejemplo.
Pero cuando la canícula alcanzó el límite de un bochorno insoportable, el ceñudo Tonante tomó la palabra. En una jornada tórrida e irrespirable envió a sus mensajeros, las nubes tormentosas, que agrupó en unos momentos en un cielo de calidades metálicas. Por la tarde el sol desapareció, la penumbra se hizo más densa y Zeus estalló al fin. Descargó rayos y relámpagos hasta la tierra rugiendo con todas sus fuerzas y con tal ferocidad que ensordeció nuestros oídos y la Madre se estremeció y encogió al efecto de cada descarga que caía como una columna de puro fuego de su terrible mano.
Me hallaba en un sofá de la salita que solía utilizar junto a las zonas públicas, estremecida de terror y sudorosa, murmurando oraciones y tapándome los oídos mientras restallaban los truenos y surgían y desaparecían deslumbrantes luces blancas. ¿Dónde se encontraría Menelao?
De pronto distinguí su voz a lo lejos hablando con insólita animación con alguien que se expresaba con una extraña entonación griega, sin duda un extranjero. Me precipité hacia la puerta y corrí a mis aposentos, pues no deseaba disgustar a mi esposo; como todas las damas de palacio, había aprovechado el calor para vestirme con una túnica de transparente lino egipcio.
Poco antes de cenar, Menelao acudió a verme tomar el baño. Nunca intentaba tocarme; era su oportunidad para no hacer nada más que mirar.
–Tenemos una visita, querida -dijo tras aclararse la garganta-. ¿Te vestirás de ceremonia esta noche?
–¿Tan importante es? – le pregunté sorprendida.
–Mucho. Se trata de mi amigo París de Troya. – ¡Ah, sí, ya lo recuerdo! – Debes lucir tu mejor aspecto, Helena. Cuando estuve en Troya alardeé ante él de tu belleza y se mostró escéptico. Me di la vuelta sonriente derramando el agua. – Me esforzaré todo lo posible, esposo. Te lo prometo. Y cuando entré en el comedor, antes de que la corte reunida tomara la última comida del día con los reyes, estaba segura de haberlo conseguido. Menelao ya se encontraba allí, junto a la gran mesa, hablando con un hombre que estaba de espaldas a mí y que, aun así, ya me pareció muy interesante. Era mucho más alto que mi esposo, lucía una cabellera negra y rizada que le caía hasta media espalda e iba desnudo hasta la cintura, al estilo cretense. Un gran collar de gemas engastadas en oro rodeaba sus hombros y en los poderosos brazos lucía brazaletes también de oro y de cristal. Observé su faldellín morado y sus piernas bien moldeadas y sentí un estremecimiento no experimentado desde hacía muchos años. Pensé con ironía que de espaldas tenía buen aspecto pero que probablemente tendría el rostro caballuno.
Agité mis campanillas para que sonaran y ambos se volvieron hacia mí. En cuanto miré al visitante me enamoré de él. Fue así de sencillo, de fácil. Me enamoré. Si yo era la mujer perfecta, él, sin duda, era el hombre perfecto. Lo miré con absoluta estupefacción sin hallarle defecto alguno. Era perfecto y me había enamorado de él.
–Querida -dijo Menelao acercándose a mí-, te presento al príncipe París, a quien debemos tratar con toda amabilidad y cortesía y que fue un excelente anfitrión para mí en Troya. Y miró a su vez a París enarcando las cejas. – ¿Qué hay, amigo mío? ¿Aún dudas de mí? – No -respondió París-. No -repitió. Menelao sonrió, ya satisfecho.
¡Aquella cena fue una pesadilla! El vino corría libremente, aunque por ser mujer yo no pudiera probarlo. ¿Pero qué dios travieso impulsó a Menelao a abusar de él cuando solía ser tan comedido? París estaba sentado entre nosotros, lo que significaba que yo no podía acercarme a mi esposo para apartarle la copa con disimulo. Y aquel príncipe troyano tampoco se comportaba de modo circunspecto. Desde luego que yo había visto brillar la atracción en sus negros ojos en el instante en que se fijaron en mí, pero muchos hombres reaccionaban de modo similar y luego actuaban con timidez. Mas no era aquél el caso de París. Durante toda la comida me dirigió escandalosos cumplidos y desvergonzadas e intencionadas miradas, al parecer indiferente al hecho de que nos encontrábamos a la mesa de honor y éramos observados por un centenar de hombres y mujeres de la corte.
Entre una tumultuosa sensación de confusión y temor traté de dar la impresión a los posibles observadores (más de la mitad de los cuales eran espías de Agamenón) de que no sucedía nada anormal. Para simular sensación de cortesía y naturalidad le pregunté a París cómo era la vida en Troya, si todas la naciones de Asia Menor hablaban algo parecido al griego, cuan lejos de su país se encontraban lugares como Asiría y Babilonia y si todos aquellos países hablaban también nuestro idioma.
Me respondió con soltura y autoridad (no era ningún necio con las mujeres) mientras paseaba su perversa mirada de mis labios a mis cabellos, de las puntas de mis dedos a mis senos.
Mientras discurría el interminable banquete, Menelao se expresaba cada vez más confusamente, sin parecer advertir nada más allá del rebosante contenido de su copa. Y París era cada vez más audaz. Se aproximaba tanto a mí que podía sentir su aliento en mi hombro, aspirar su dulzura. Me retiré hasta encontrarme en el extremo del banco.
–Los dioses son crueles al entregar tanta belleza al cuidado de un solo hombre -susurró.
–¡Dios mío, cuida lo que dices! ¡Te suplico que seas discreto!
Por toda respuesta me obsequió con una sonrisa que me paró el corazón y junté las rodillas al sentir un repentino calor.
–Te he visto esta tarde -prosiguió como si yo no hubiera dicho nada-, cuando te escabullías de nosotros con tu túnica transparente.
Me sonrojé intensamente y rogué que ninguno de los presentes lo hubiera advertido.
El hombre apoyó en mi brazo su mano, cuyo contacto insoportable me sobresaltó; una sensación similar a la experimentada cuando el Tonante hacía sonar su voz recorrió mi cuerpo.
–¡Por favor, señor! ¡Mi marido puede oírte!
Retiró la mano, que colocó sobre la mesa al tiempo que se reía tan bruscamente que volcó una copa con el codo y el rojo vino se extendió formando un charco en la pálida madera. Hice señas a un criado para que lo limpiase mientras él ya se inclinaba hacia mí.
–¡Te amo, Helena! – dijo.
¿Lo habrían oído los criados? ¿Por qué sus rostros eran siempre tan impasibles cuando servían a sus superiores? Observé a Menelao, que permanecía con la mirada fija en un punto indefinido. Estaba muy borracho.
Demasiado borracho para acudir a visitarme aquella noche. Sus hombres lo trasladaron a sus aposentos y yo me retiré sola a mis habitaciones. Pasé largo rato sentada junto a la ventana del salón pensando qué debía hacer. ¿Cómo podría superar los interminables días que aquel hombre tan peligroso estaría con nosotros? Tras una simple comida en su compañía me sentía perdida. El hombre me acechaba con audacia y consideraba a mi marido demasiado necio para descubrirlo. Pero en aquella ocasión había contribuido el vino y me constaba que al día siguiente Menelao estaría sobrio. E incluso el más bobo de los hombres tiene un instinto vigilante, amén de lo cual alguno de los nobles de la casa se sentiría obligado a decirle algo. Estaban pagados por Agamenón para vigilarlo todo. Si alguno de ellos llegaba a decidir que yo no le era fiel, mi cuñado lo sabría inmediatamente. Y por muy príncipe troyano que fuese, París perdería la cabeza al igual que yo. ¡Al igual que yo!
Me debatía entre el miedo y el deseo. ¡Oh, cuánto lo amaba! ¿Pero qué amor era aquel que había surgido tan de repente, sin previo aviso? Podía resistirme al simple deseo, pues así lo había aprendido en el curso de mi matrimonio. Sin embargo, el amor era irresistible. Ansiaba estar con París por todas las razones, deseaba pasar la vida con él. Anhelaba conocer sus pensamientos, saber cómo vivía, cómo sentía, cuál era su aspecto mientras dormía.
La flecha me había atravesado, la misma flecha que había inducido a Fedra al suicidio, a Dánae a meterse en un cofre que su padre arrojó al mar, a Orfeo a desafiar al reino de Hades en busca de Eurídice. Mi vida ya no me pertenecía a mí sino a París. ¡Moriría por él! Sin embargo… ¡Qué dicha poder vivir para él!
Menelao entró en mi habitación poco después de que me desplomé pesadamente en mi lecho mientras los gallos cantaban estridentes y el borde oriental del cielo palidecía entre la bruma. Se negó a besarme con aire avergonzado.
–Me hiede el aliento a vino, querida, te molestaría. ¡Qué extraño que haya bebido tanto! ¡No tenía ninguna necesidad!
Lo ayudé a sentarse a mi lado.
–¿Cómo te sientes hoy aparte de tu aliento?
–Algo mal -repuso sonriente.
Pero mudó de expresión y frunció el entrecejo.
–Tengo un problema, Helena.
Sentía la boca seca, me humedecí los labios. ¡Algún noble de la casa se lo había dicho! ¡Palabras! ¡Tenía que encontrar palabras!
–¿Un problema? – murmuré.
–Sí, me ha despertado un mensajero procedente de Creta. Mi abuelo Catreo acaba de morir e Idomeneo retrasa el funeral hasta que Agamenón o yo podamos ir. Como es natural, espera verme a mí. Mi hermano no puede abandonar Micenas.
Me incorporé en el lecho boquiabierta. – ¡No puedes irte, Menelao!
Mi impetuosidad le sorprendió, pero la consideró como un cumplido.
–No me queda otra alternativa, Helena. Tengo que marchar a Creta.
–¿Estarás mucho tiempo ausente?
–Por lo menos medio año… ¡Ojalá supieras más geografía! Los vientos del otoño me enviarán allí, pero tendré que aguardar a que me devuelvan los del verano.
–¡Oh! – suspiré-. ¿Cuándo debes marcharte?
Me acarició el brazo.
–Hoy, queridísima. Primero tendré que pasar por Micenas para ver a Agamenón y, puesto que zarparé desde Lerna o Nauplia, no podré retornar aquí antes de partir. ¡Es una lástima! – dijo encantado al verme tan consternada.
–¡Pero no puedes irte! ¡Tienes un invitado!
–París lo comprenderá. Realizaré los ritos de purificación esta misma mañana antes de partir para Micenas, pero también me aseguraré de que se sienta en libertad de permanecer aquí cuanto guste.
–¡Llévatelo a Micenas contigo! – le propuse en un acceso de inspiración.
–¡Vamos, Helena! ¿Con tanto apresuramiento? Claro que él debería ir a Micenas, pero a su comodidad -repuso mi necio marido, deseoso de complacer a su invitado pero ciego ante el peligro que su presencia representaba.
–¡No puedes abandonarme aquí con Paris! – exclamé.
Menelao parpadeó sorprendido.
–¿Por qué no? Estás bien protegida, Helena.
–Quizá Agamenón no lo crea así.
Lo así por el antebrazo y él se inclinó a besarme la mano y a acariciarme los cabellos.
–Tranquilízate, Helena. Tu inquietud es conmovedora, pero innecesaria. Confío en ti al igual que Agamenón.
¿Cómo explicarle que yo no confiaba en mí misma?
Aquella tarde, al pie de la escalera de palacio, despedí a mi marido. A Paris no se le veía por ninguna parte.
Una vez carros y carretas desaparecieron a lo lejos, me retiré a mis habitaciones e hice que me sirvieran allí las comidas. Si Paris no me veía, quizá se cansara del juego que había iniciado y decidiera marcharse a Micenas o a Troya. Y tampoco los nobles de la casa tendrían la oportunidad de vernos juntos.
Pero cuando cayó la noche no pude conciliar el sueño. Paseaba arriba y abajo por mi habitación y acudía a la ventana. Amidas estaba sumida en profunda oscuridad, no se veía brillar lámpara alguna y las montañas eran masas anónimas que se recortaban contra un cielo tachonado de estrellas. La luna llena, inmensa y plateada, vertía su delicada luz en el valle de Lacedemonia. Asomé la cabeza por la ventana para absorber tanta belleza, entre profundos suspiros de placer y con el propósito de impregnarme de aquella sensación de paz. Y presa de aquel hechizo percibí su presencia a mis espaldas, cuando también él observaba la belleza de los cielos por encima de mi hombro. Aunque no pronuncié palabra ni me volví, él fue muy consciente del momento en que yo advertí su presencia. Me cogió los codos con las manos y me atrajo suavemente hacia sí.
–Helena de Amidas, eres tan hermosa como Afrodita.
Me sentí desfallecer y negué lentamente bajo su mejilla.
–No tientes a esa diosa, Paris, que no admite rivales.
–A ella le gustas, ¿no lo comprendes? Afrodita te ha entregado a mí. Yo le pertenezco, soy su preferido.
–¿Por eso se dice que nunca has engendrado un hijo?
–Sí.
Movía las manos en mi cintura formando círculos con lentitud, sin apresurarse, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo para hacerme el amor. Me besó en el cuello.
–¿Nunca has deseado salir durante la noche, internarte en lo más profundo del bosque, Helena? ¿Nunca has ansiado poseer la agilidad del ciervo? ¿Jamás has anhelado correr con tanta libertad como el viento y caer agotada bajo el cuerpo de un hombre único?
Como respuesta, mis músculos se pusieron en tensión; aun así respondí con la boca reseca:
–No, nunca se me han ocurrido cosas así.
–A mí sí cuando pienso en ti. Veo tu larga y rubia cabellera flotando al viento y tus largas piernas mientras tratas de huir de mi persecución. Deberíamos habernos encontrado así y no en este palacio vacío y sin vida.
Mientras hablaba separaba mis ropas y posaba en mis senos las palmas de sus manos ligeras como plumas.
–Tú has hecho desaparecer esa imagen.
Y aquél fue el instante decisivo. Me arrojé en sus brazos y lo olvidé todo salvo que él era mi pareja natural. Y que lo amaba, lo amaba con todo mi corazón.
Como su fiel esclava yacía inerte entre sus brazos como la muñeca de trapo de mi hijita, y deseaba que no despuntara el alba.
–Ven a Troya conmigo -dijo de repente.
Me erguí para mirarlo al rostro y en sus maravillosos ojos negros descubrí el mismo amor que yo sentía.
–Es una locura -respondí.
–No, es de sentido común.
Me acariciaba el vientre con una mano y, con la otra, jugaba con mis cabellos.
–No perteneces a un patán insensible como Menelao, sino a mí.
–He nacido en esta tierra, en esta misma habitación. Soy la reina. Y aquí están mis hijos -repuse enjugándome las lágrimas.
–¡Tú perteneces a Afrodita como yo, Helena! En una ocasión le formulé un solemne juramento, entregárselo todo… La escogí sobre Hera y Palas Atenea a cambio de que me concediera lo que le pidiese. Y lo único que le pedí fuiste tú. – ¡No puedo marcharme! – No puedes quedarte. Y tampoco yo. – ¡Oh, te amo! ¿Cómo podré vivir sin ti? – No tienes por qué vivir si mí, Helena. – ¡Pides lo imposible! – repuse sollozando cada vez más. – ¡Absurdo! ¿Qué te resulta tan difícil? ¿Dejar a tus hijos? Aquello me hizo meditar.
–En realidad, no -repuse con sinceridad-. No. ¡El caso es que son tan vulgares! Son iguales que Menelao, incluso tienen sus mismos cabellos. ¡Y son pecosos!
–Entonces, si no se trata de tus hijos, será por Menelao. ¿Era eso? No. El pobre, oprimido y tiranizado Menelao estaba dirigido por una férrea mano desde Micenas. ¿Qué le debía yo después de todo? Nunca había deseado ser su esposa. Como tampoco le debía nada a su cejijunto hermano, aquel tipo severo que nos utilizaba como piezas de un juego monumental. A Agamenón no le importaban en absoluto mis deseos, mis necesidades ni mis sentimientos.
–Iré a Troya contigo -le dije-. No hay nada que me retenga aquí. Nada.
CAPITULO SIETE
NARRADO POR HÉCTOR
Por fin el capitán del puerto de Sigeo me avisó de que la flota de París había regresado de Salamina y al acudir a la asamblea diaria envié a un paje para que le transmitiera discretamente la noticia a mi padre. Se trataba de la audiencia habitual, aburrida y tranquila, en la que se debatían asuntos de propiedades, esclavos y tierras entre otros; se recibía a una embajada de Babilonia y se atendían quejas sobre derechos de pastoreo de nuestros parientes nobles en Dardania, expuestas como siempre por tío Antenor.
La embajada babilónica había sido atendida y despedida y el rey se disponía a emitir su decisión sobre algún asunto trivial cuando sonaron las trompas y París entró pavoneándose en la sala del trono. Se me escapó una sonrisa ante su aspecto, pues había vuelto convertido en un verdadero cretense. Todo en él era perfecto, desde el faldellín morado con franjas de oro que vestía hasta sus joyas y sus rizos. Tenía un aspecto inmejorable y se veía muy complacido consigo mismo. ¿Qué travesuras habría cometido para parecer un chacal que se anticipa al león para la caza? Nuestro padre, como de costumbre, lo contemplaba complacido. ¿Cómo era posible que a un hombre tan prudente que ocupaba un trono le cegase de tal modo el simple encanto y la belleza?
París cruzó todo el trecho que lo separaba del estrado y se disponía a subir el peldaño superior cuando me acerqué a él. El impenitente y quisquilloso Antenor también se aproximó para no perderse detalle. Me instalé descaradamente junto al trono.
–¿Traes buenas noticias, hijo mío? – inquirió el rey. – Acerca de tía Hesíone no -repuso París negando con la cabeza de modo que agitó sus rizos-. El rey Telamón fue muy amable pero expresó con gran claridad que no pensaba renunciar a ella.
El rey resopló peligrosamente. ¿Hasta dónde alcanzaba aquel antiguo odio? ¿Por qué, al cabo de tantos años, nuestro padre seguía mostrándose implacable contra Grecia? El silbido de su aliento contenido silenció a toda la sala.
–¿Cómo se atreve? ¿Cómo osa insultarme Telamón? ¿Viste a tu tía, tuviste la oportunidad de hablar con ella? – No, padre.
–Entonces, ¡al diablo con todos ellos! Echó atrás la cabeza, miró hacia el techo y cerró los ojos. – ¡Oh poderoso Apolo, dios de la luz, que riges el Sol, la Luna y las estrellas, concédeme la oportunidad de abatir el orgullo griego!
Me incliné sobre el trono.
–¡Tranquilízate, señor! ¿Acaso esperabas otra respuesta? Volvió la cabeza hacia mí y abrió los ojos. – No, creo que no. Gracias, Héctor. Como siempre, me has devuelto a la cruda realidad. ¿Pero por qué han de tenerlo todo los griegos? ¿Quieres decírmelo? ¿Por qué se atrevieron a secuestrar a una princesa troyana?
París apoyó la mano en la rodilla del rey y le dio unos suaves golpecitos. El monarca suavizó su expresión al mirarlo.
–He castigado adecuadamente la arrogancia griega, padre -dijo París con ojos brillantes.
Me disponía a alejarme pero aquellas palabras me impulsaron a detenerme.
–¿Cómo, hijo mío?
–¡Ojo por ojo, señor! ¡Ojo por ojo! Los griegos robaron a tu hermana, pues yo te he traído un galardón de Grecia muy superior a cualquier muchachita quinceañera.
Se levantó bruscamente, tan satisfecho de sí mismo que no podía seguir a los pies de Príamo un instante más.
–¡Señor -exclamó con voz resonante entre las vigas del techo-, conmigo ha venido Helena, reina de Lacedemonia, esposa de Menelao, cuñada de Agamenón y hermana de Clitemnestra, esposa a su vez de Agamenón!
Me quedé atónito, incapaz de pronunciar palabra. Aquello era una tragedia porque le daba ocasión a tío Antenor para entrometerse al punto. El hombre se adelantó bruscamente y las hinchadas articulaciones de sus manos me recordaron enormes y deformes garras.
–¡Necio, ignorante, entrometido! – rugió-. ¡Conquistador de rostro afeminado! ¿Por qué no hiciste algo más sonado, raptar a la propia Clitemnestra? Los griegos soportan dócilmente nuestros embargos comerciales y su propia escasez de estaño y de cobre, pero ¿acaso esperas que asuman también esto sumisamente? ¡Eres un insensato! ¡Le has dado a Agamenón la oportunidad que esperaba desde hace años! ¡Nos has sumergido en una conflagración que será la ruina de Troya! ¡Insensato, idiota engreído! ¿Por qué no te desenmascaró tu padre? ¿Por qué no detuvo tu carrera libertina antes de que comenzara? ¡Cuando hayamos cosechado las consecuencias de este acto, todos los troyanos pronunciarán tu nombre con desprecio!
Aplaudí mentalmente las palabras del anciano, que expresaban con exactitud mis sentimientos. Sin embargo, por otra parte, también lo maldije. ¿Qué hubiese decidido mi padre si él hubiera contenido su lengua? Cuando Antenor encontraba defectos, el rey se inclinaba al perdón. Fuesen cuales fuesen sus pensamientos privados, Antenor lo había impulsado a favor de París.
Mi hermano se había quedado atónito.
–¡Lo hice por ti, padre! – gimió.
–¡Oh, sí, desde luego! – intervino Antenor con sarcástica risita-. ¿Y has olvidado el más famoso de nuestros oráculos? «Cuidado con la mujer traída como botín de Troya.» ¿No se explica por sí mismo?
–¡No, no lo he olvidado! – exclamó mi hermano-. ¡Helena no es ningún botín! ¡Ha venido conmigo voluntariamente! No ha sido víctima de un rapto sino que viene por su voluntad porque desea casarse conmigo. Y en prueba de ello ha traído consigo un gran tesoro: oro y joyas suficientes para comprar un reino. ¡Una dote, padre, una magnífica dote! – Se rió-. ¡He insultado mucho más a los griegos que si les hubiese raptado a una reina!… ¡Los he hecho cornudos!
Antenor parecía agotado. Agitó lentamente sus blancos cabellos y se escabulló entre las hileras de cortesanos. París me miraba apremiante, con aire de súplica.
–¡Ayúdame, Héctor! – ¿Cómo voy a hacerlo? – mascullé.
Se volvió, cayó de rodillas y se abrazó a las piernas del rey. – ¿Qué mal puede causar esto, padre? – dijo con aire zalamero-. ¿Cuándo ha significado la guerra la huida voluntaria de una mujer? ¡Helena ha venido por su propia voluntad! ¡No es una criatura inexperta, ya tiene veinte años! Lleva seis casada y tiene hijos. ¿Y puedes imaginar lo terrible que debe de haber sido su vida para abandonar un reino y a sus hijos? ¡La amo, padre! ¡Y ella me corresponde!
Se le quebró patéticamente la voz y las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
El rey acarició cariñoso sus cabellos y le dio unas palmaditas en la cabeza. – La veré -dijo.
–¡No, aguarda! – intervino Antenor, que de nuevo se había adelantado-. Señor, antes de que veas a esa mujer insisto en que me escuches. ¡Devuélvela a su hogar, Príamo, devuélvela! Que regrese con Menelao sin verla siquiera, con sinceras disculpas y todos los tesoros que ha traído consigo, y recomendando que le corten el cuello. ¡No merece otra cosa! ¡Amor! ¿Qué clase de amor le permite dejar a sus hijos? ¿No significa eso nada? ¡Trae un gran tesoro a Troya, pero no a sus hijos!
Aunque mi padre no lo miró, debía de suponer lo que pensábamos los demás porque no intentó interrumpir su diatriba. De modo que Antenor prosiguió.
–¡Príamo, temo al supremo monarca de Micenas, y tú también deberías temerlo! Sin duda, el año pasado debiste oír al mismísimo Menelao explayarse acerca de cómo Agamenón ha fundido a toda Grecia y la ha convertido en obediente vasallo de Micenas. ¿Y si decide declararnos la guerra? Aunque lo venciéramos, nos arruinaría. La riqueza de Troya ha aumentado desde tiempo inmemorial por una razón: siempre hemos evitado entrar en conflictos. Las guerras arruinan a las naciones, Príamo… ¡Te lo he oído decir a ti mismo! El oráculo declara que la mujer que venga de Grecia será nuestra ruina. ¡Y sin embargo deseas verla! ¡Respeta a nuestros dioses! ¡Atente a la prudencia de sus oráculos! ¿Qué son los oráculos salvo la oportunidad concedida por la divinidad para que los mortales vean la evolución futura del telar del tiempo? Has asumido el trabajo de tu padre, Laomedonte, y te has portado peor; mientras que él simplemente restringía el número de griegos autorizados a navegar por el Ponto Euxino, tú se lo has impedido totalmente. Los griegos carecen de estaño. Sí, pueden conseguir cobre de occidente, ¡a un costo inmenso! Pero no obtienen estaño. ¡Lo que no niega el hecho de que sean ricos y poderosos!
París alzó los ojos al rey con el rostro lleno de lágrimas.
–¡Ya te lo he dicho, padre! ¡Helena no es un trofeo! ¡Ha venido por propia voluntad! Por consiguiente no puede ser la mujer a que se refieren los oráculos. ¡Es imposible!
En esa ocasión conseguí adelantarme a Antenor y para hacerlo bajé del estrado.
–Dices que viene por voluntad propia, París. ¿Pero qué crees que pensarán en Grecia? ¿Imaginas que Agamenón le dirá a los reyes a él sometidos que su hermano es el más ridículo de los hombres, que es un cornudo? ¡Jamás hará tal cosa el orgulloso Agamenón! No, Agamenón anunciará que ha sido raptada. Antenor está en lo cierto, padre: nos hallamos a punto de entrar en guerra. Y tampoco podemos considerar la lucha con Grecia como algo que nos afecte a nosotros solos. ¡Contamos con aliados, padre! Formamos parte de la federación de estados de Asia Menor. Tenemos tratados comerciales y de amistad con todas las naciones costeras existentes entre Dardania y Cilicia, así como en el interior hasta la misma Asiría y, al norte, en Escitia. Los países costeros son ricos y poco poblados, carecen de hombres para defenderse de los invasores griegos. Nos ayudan en nuestro bloqueo y se han enriquecido vendiéndole estaño y cobre a Grecia. En el caso de que se produjera una conflagración, ¿crees que Agamenón se limitaría a enfrentarse a Troya? ¡No! ¡Habría guerra por doquier!
Mi padre me miró con fijeza y yo le devolví la mirada sin temor.
Apenas hacía unos momentos había dicho: «Siempre atraes mi atención hacia la fría realidad», pero pensé, desesperado, que en aquellos instantes se había cegado a ella. Todo cuanto habíamos conseguido Antenor y yo era indisponerlo hacia nosotros.
–Ya he oído bastante -repuso con frialdad-. Haz pasar a la reina Helena, heraldo.
Aguardamos, inmóviles y silenciosos, como si estuviéramos en una tumba. Le lancé una mirada fulminante a mi hermano París preguntándome cómo habíamos permitido que se convirtiera en semejante necio. Estaba de espaldas al estrado, aunque seguía acariciando la rodilla de nuestro padre, y miraba las puertas fijamente esbozando una sonrisa de autosuficiencia. Era evidente que esperaba darnos una sorpresa y recordé que Menelao nos había dicho que era una mujer muy hermosa. Pero siempre había mantenido mis reservas cuando los hombres califican de hermosas a reinas o princesas, pues en su mayoría heredan tal epíteto junto con sus títulos.
Las puertas se abrieron y ella se detuvo un instante en el umbral; luego inició su marcha hacia el trono. Su falda tintineaba delicadamente a su paso convirtiéndola en una melodía viva. Advertí que yo mismo contenía el aliento, que tenía que esforzarme por regularizar mi respiración. Era realmente la mujer más hermosa que había visto en mi vida. El propio Antenor se había quedado boquiabierto.
La mujer avanzó con gracia y dignidad, erguidos los hombros y la cabeza de modo arrogante, sin timidez ni insolencia. Era alta y tenía el cuerpo más perfecto que Afrodita había concedido a mujer alguna. Cintura estrecha, caderas graciosamente redondeadas y largas piernas que asomaban por su falda. Todo en ella era encantador. ¡Y sus senos! Desnudos, según la impúdica moda griega, altos y plenos, no ostentaban artificio alguno salvo que los pezones estaban pintados de oro. Transcurrieron unos instantes hasta que alcanzamos a observar su cuello de cisne y el rostro que lo coronaba. ¡Todo en ella era superior! Cuando la recuerdo aquel día pienso en que era sencillamente… hermosa. Con su abundante melena de un dorado pálido, sus oscuras cejas y pestañas y los ojos del color de la hierba en primavera subrayados con kohl que les daba forma almendrada al estilo cretense y egipcio.
¿Pero sería todo ello realidad o un hechizo? Nunca lo sabré. Helena es la mayor obra de arte que los dioses han creado en la madre Tierra.
Para mi padre ella fue el Destino. Puesto que por su edad aún no había olvidado los placeres vividos en brazos de las mujeres, al verla se enamoró de ella. O la deseó. Pero por ser demasiado viejo para robársela a su hijo, decidió considerar un cumplido que un vastago suyo hubiera podido arrebatársela a su marido, a sus hijos y a su patria. Y henchido de orgullo dirigió una mirada de admiración a París.
Sin duda constituían una pareja sorprendente: él, tan moreno como Ganímedes; ella, rubia como la silvestre Artemisa. Con un simple paseo, Helena había logrado dominar por completo a los silenciosos presentes, ninguno de los cuales podría ya censurar a París por su locura.
Cuando el rey despidió a la asamblea acudí a su lado, subí intencionadamente al estrado por un extremo y me acerqué al trono con lentitud, tres peldaños por encima de los amantes y a mucha más altura del trono de oro y marfil de mi padre. No solía hacer ostentación de mi preeminencia pero Helena me había sacado de quicio, y deseaba que supiera exactamente dónde nos encontrábamos París y yo. La mujer me observó alzando hacia mí sus extraños ojos verdes.
–Éste es Héctor, mi heredero, querida -dijo mi padre.
Ella inclinó la cabeza con grave majestuosidad.
–Es un gran placer, Héctor -dijo. Y con exagerado asombro y coquetería añadió-: ¡Dios mió, qué grande eres!
Lo había dicho como provocación, aunque no para despertar mi deseo. Evidentemente le gustaban los tipos bellos y afeminados como París, no los hercúleos guerreros como yo. Mejor para mí, pensé, no estaba muy seguro de poder resistirme.
–El más grande de Troya, señora -dije secamente.
Helena se echó a reír.
–No lo dudo -repuso.
–¿Me disculpas, señor? – le dije a mi padre.
–¿Verdad que mis hijos son magníficos, reina Helena? – dijo mi padre riendo entre dientes-. ¡Éste es el orgullo de mi corazón… un gran hombre! Y algún día será un gran rey.
Ella me miró pensativa sin decir palabra, pero tras su brillante mirada comprendí claramente que se preguntaba si no sería posible deponerme y colocar a París en mi lugar. La dejé en tal incógnita. Con el tiempo se enteraría de que París no deseaba asumir ninguna responsabilidad.
Me encontraba ya casi en la puerta cuando el rey me llamó.
–¡Aguarda, aguarda! ¡Avisa a Calcante para que acuda a mi presencia, Héctor!
Una orden desconcertante. ¿Por qué deseaba el rey ver a aquel tipo repulsivo sin avisar al mismo tiempo a Laoconte y Téano? Había muchos dioses en nuestra ciudad, pero nuestra principal deidad era Apolo. Su culto era característicamente troyano, lo que hacía de sus sacerdotes especiales, Calcante, Laoconte y Téano, los más poderosos prelados de Troya.
Encontré a Calcante paseando tranquilamente por el patio, a la sombra del altar dedicado a Zeus. No le pregunté qué hacía allí, pues no era persona propicia para ser interrogada. Por unos momentos lo observé con sigilo, tratando de adivinar su auténtica naturaleza. Vestía una larga y flotante túnica de color negro bordada con extraños símbolos y signos en plata, y el enfermizo color de su cráneo completamente calvo brillaba grisáceo con la postrera luz del día. En una ocasión, cuando era niño y estaba dispuesto a hacer toda clase de travesuras, descubrí un nido de serpientes blancas en el mundo subterráneo de la cripta de palacio. Pero tras encontrarme con aquellas criaturas ciegas y tenues de Coré jamás me aventuré a entrar en la cripta. Calcante despertaba exactamente los mismos sentimientos en mí.
Se decía que había viajado a lo largo y ancho del mundo, desde las latitudes boreales al río oceánico que circunvala todas las tierras conocidas, hasta las tierras más remotas de Babilonia y muy al sur de Etiopía. Su forma de vestir procedía de Ur y Sumer y, en Egipto, había presenciado los rituales transmitidos por aquellos ilustres sacerdotes desde los comienzos de los dioses y los hombres. Otras cosas se susurraban de él: que podía conservar un cadáver de tal modo que pareciera tan natural un siglo después como cuando fue sepultado; que había participado en los espantosos rituales del negro Set, e incluso que había besado el falo de Osiris y por ello había obtenido la suprema clarividencia. Aquel individuo no me gustaría nunca.
Salí de las columnas y llegué al patio. Sabía quién se acercaba aunque no había mirado ni una sola vez en mi dirección.
–¿Me buscas, príncipe Héctor?
–Sí, sagrado sacerdote. El rey desea que acudas a la sala del trono.
–Para interrogar a la mujer venida de Grecia. Iré ahora mismo.
Le precedí, como me correspondía por derecho, porque había oído hablar de sacerdotes que deseaban ser verdaderas potencias tras los tronos y no quería que Calcante llegase a abrigar tales esperanzas.
El hombre besó la mano de mi padre y aguardó respetuoso bajo la mirada incómoda y asqueada de Helena.
–Mi hijo París ha traído a su prometida a nuestra patria. Deseo que los cases mañana, Calcante.
–Como ordenes, señor.
A continuación el rey despidió a París y a Helena.
–Ahora ve a mostrarle a Helena su nuevo hogar -le dijo a mi necio hermano.
Se marcharon cogidos de la mano. Yo desvié la mirada. Calcante permanecía inmóvil y silencioso.
–¿Sabes quién es ella, sacerdote? – inquirió mi padre.
–Sí, señor, la mujer tomada como botín en Grecia. La estaba esperando.
¿Sería cierto? ¿O eran sus espías tan eficaces como siempre? – Tengo una misión para ti, Calcante. – Dime, señor.
–Necesito el consejo de la pitonisa de Delfos. Ve allí tras celebrar la boda y entérate de lo que significa Helena para nosotros.
–Sí, señor. ¿Debo obedecer a la pitonisa?
–Desde luego, es la mensajera de Apolo.
Me pregunté qué se proponían con todo aquello, a quién estarían engañando yendo a Grecia en busca de respuestas. Parecía que siempre había que recurrir a Grecia. ¿Era el oráculo de Delfos servidor del Apolo troyano o del griego? ¿Eran incluso el mismo dios?
Cuando se hubo marchado el sacerdote por fin me quedé a solas con mi padre.
–Has hecho una cosa terrible, señor -dije.
–No, Héctor, he hecho lo único posible -repuso con un ademán de impotencia-. ¿No comprendes que no podía devolverla? El mal ya estaba hecho, Héctor. Lo estuvo desde el momento en que Helena dejó el palacio de Amidas.
–Entonces no la devuelvas entera, padre, sino sólo su cabeza.
–Es demasiado tarde -repuso ya divagando-. Demasiado tarde… Demasiado tarde…
CAPITULO OCHO
NARRADO POR AGAMENÓN
Mi esposa se hallaba junto al ventanal bañada por la luz del sol, que arrancaba destellos cobrizos a sus cabellos tan encendidos y brillantes como ella misma. Aunque no tan bella como Helena, sus encantos eran más interesantes para mí; su atractivo sexual, más intenso. Clitemnestra era una fuente viva de poder, no un simple adorno.
Aquella vista la atraía intensamente, tal vez porque demostraba la elevada posición que ocupaba Micenas sobre las restantes ciudadelas. Micenas, que dominaba desde la montaña del León hasta el valle de Argos con sus verdes cosechas, y se remontaba después a las sierras que nos rodeaban, pobladas por densos pinares sobre olivares.
Se produjo una conmoción en el exterior y distinguí las voces de mis guardianes manifestando que los soberanos no deseaban ser molestados. Fruncí el entrecejo y me levanté, pero aún no había avanzado un paso cuando la puerta se abrió bruscamente y Menelao irrumpió en la sala. Vino directamente hacia mí, apoyó la cabeza en mis piernas y prorrumpió en sollozos. Miré a Clitemnestra, que lo observaba también sorprendida.
–¿Qué sucede? – le pregunté obligándolo a levantarse e instalarse en una silla.
Pero él no podía contener su llanto. Tenía los cabellos sucios y enmarañados, vestía con descuido y llevaba barba de tres días. Clitemnestra sirvió un vaso de vino sin aguar y me lo entregó. Cuando él hubo bebido se tranquilizó un poco y dejó de llorar con tanta desesperación.
–¿Qué sucede, Menelao? – ¡Helena se ha ido!
–¿Ha muerto? – exclamó Clitemnestra apartándose de la ventana.
–No, se ha marchado. ¡Se ha fugado, Agamenón! ¡Me ha abandonado!
Se incorporó en su asiento y trató de serenarse.
–Cuéntamelo poco a poco, Menelao -le dije.
–Hace tres días que regresé de Creta y ella no estaba… ¡Se ha marchado, hermano! ¡Se ha ido a Troya con París!
Lo miramos boquiabiertos.
–¿Que se ha ido a Troya con París? – repetí cuando me fue posible articular palabra.
–¡Sí, sí! Se llevó las arcas del tesoro y huyó.
–No lo creo -repuse.
–¡Oh, sí! ¡Esa necia y lujuriosa ramera! – siseó Clitemnestra-. ¿Qué más podía esperarse cuando ya se había escapado con Teseo? ¡Puta, ramera, inmoral!
–¡Conten tu lengua, mujer!
Me obedeció, aunque a regañadientes.
–¿Cuándo sucedió eso, Menelao? ¡No habrá pasado hace cinco meses!…
–Casi seis… Al día siguiente de mi marcha a Creta. – ¡Eso es imposible! Reconozco que no he estado en Amiclas en tu ausencia, pero tengo buenos amigos allí que me habrían informado al punto.
–Les echó mal de ojo, Agamenón. Acudió al oráculo de madre Kubaba y le indujo a anunciar que yo había usurpado su derecho al trono de Lacedemonia. Luego impulsó a madre Kubaba a lanzar una maldición contra mis nobles y nadie se atrevió a decirlo.
Traté de dominar mi ira.
–De modo que en Lacedemonia aún se someten a la Madre y a la Antigua Religión, ¿no es eso? ¡No tardaré en solucionarlo! Ya hace más de cinco meses… -Me encogí de hombros-. Bien, ahora no vamos a hacerla regresar. – ¿Que no la haremos regresar?
Menelao se levantó bruscamente y se enfrentó conmigo. – ¿No la haremos regresar? ¡Eres el soberano supremo, Agamenón! ¡Debes obligarla a volver!
–¿Se llevó a los niños? – preguntó Clitemnestra.
–No -repuso él-. Sólo las arcas del tesoro.
–Lo que te demuestra cuáles son sus prioridades -gruñó mi mujer-. ¡Olvídala! ¡Estarás mejor sin ella, Menelao!
El hombre se arrodilló y de nuevo prorrumpió en sollozos.
–¡Deseo que regrese! ¡La quiero a mi lado, Agamenón! ¡Dame un ejército! ¡Dame un ejército y zarparé hacia Troya!
–¡Serénate, hermano! ¡Tranquilízate!
–¡Dame un ejército! – masculló.
–Menelao, éste es un asunto personal -repuse con un suspiro-. No puedo darte un ejército con el fin de llevar a una prostituta ante la justicia. Reconozco que los griegos tenemos excelentes razones para odiar a Troya y a los troyanos, pero ningún rey subdito mío consideraría suficiente razón ir a la guerra por la huida voluntaria de Helena.
–Lo único que pido es un ejército formado por tus tropas y las mías, Agamenón.
–Troya acabaría con ellos en un abrir y cerrar de ojos. Dicen que el ejército de Príamo cuenta con cincuenta mil soldados -traté de hacerlo razonar.
Clitemnestra me dio un codazo.
–¿Has olvidado el juramento, esposo? – inquirió-. Convoca un ejército basándote en el juramento del Caballo Descuartizado al que se comprometieron un centenar de reyes y príncipes.
Me disponía a responderle que las mujeres eran unas necias pero me contuve al instante. Fui hacia el salón del trono, que estaba próximo, me instalé en la silla del León y, apoyándome en sus brazos en forma de garras, me abstraje en mis pensamientos.
El día anterior había recibido a una delegación de monarcas de toda Grecia, quienes se lamentaban de que el continuo cierre del Helesponto los había conducido a una situación por la que ya no podían permitirse comprar cobre y estaño a los estados de Asia Menor. Nuestras reservas de metal, en especial de estaño, se habían quedado reducidas a la nada; las rejas de los arados se fabricaban con madera y los cuchillos, con hueso. Si las naciones griegas tenían que sobrevivir, no podía permitirse que prosiguiera la política troyana de intencionada exclusión del Ponto Euxino. Las tribus bárbaras se concentraban al norte y a occidente, dispuestas a precipitarse en tropel y a exterminarnos, tal como en otros tiempos habían acabado con los griegos primigenios. ¿Y dónde íbamos a encontrar el bronce necesario para enfrentarnos a ellos?
Los había escuchado y les había prometido encontrar una solución. Me constaba que no existía otra salida que la guerra, pero a sabiendas también de que la mayoría de monarcas que formaban aquella delegación eludirían las medidas más extremas. En aquellos momentos contaba con medios para ello. Clitemnestra me había mostrado cuáles eran. Yo estaba en la flor de la vida y había vivido experiencias bélicas en las que había demostrado mi valía. ¡Podía dirigir la invasión de Troya! Helena me serviría de pretexto. El astuto Ulises así lo había previsto hacía siete años cuando le aconsejó al difunto Tíndaro que exigiera un juramento a los pretendientes de la princesa.
Si deseaba que mi nombre se perpetuase tras mi muerte tenía que realizar grandes hazañas. ¿Y qué mayor proeza que invadir y conquistar Troya? El juramento me facilitaría unos cien mil soldados, suficientes para realizar aquella misión en diez días. Y, cuando Troya se hallara en ruinas, ¿qué me impediría dirigir mi atención a los estados costeros de Asia Menor, reducirlos a satélites de un imperio griego? Pensé en el bronce, el oro, la plata, el electrón, las joyas y las tierras que podían conseguirse. Que me pertenecerían si invocaba el juramento del Caballo Descuartizado. Sí, de mí dependía conquistar un imperio para mi pueblo.
Mi esposa y mi hermano me observaban desde la sala. Me erguí en el trono y los miré con severidad.
–Helena ha sido raptada -dije.
Menelao negó tristemente con la cabeza.
–¡Ojalá fuera así, Agamenón, pero no es cierto! ¡No precisó coacción alguna!
Contuve un fuerte impulso de sacudirle como cuando éramos niños. ¡Por la Madre, cuan necio era! ¿Cómo pudo nuestro padre Atreo engendrar a semejante bobo?
–¡No me importa lo que sucedió realmente! – repliqué-. Dirás que fue raptada, Menelao. La menor alusión a que su huida fue voluntaria lo echaría todo a perder. ¿No puedes comprenderlo? Si me obedeces y sigues mis instrucciones sin discutir, me encargaré de reunir un ejército apelando al juramento.
Superado su abatimiento, Menelao ardía de entusiasmo. – ¡Así será, Agamenón, así será!
Observé a Clitemnestra, que sonrió con amargura; ambos teníamos hermanos necios y ambos así lo comprendíamos.
Un sirviente merodeaba a cierta distancia, suficiente para no captar nuestra conversación. Di una palmada para atraerlo. – ¡Que Calcante acuda a mi presencia! – le ordené. El sacerdote apareció al cabo de unos momentos y se postró ante mí. Observé su cabeza inclinada preguntándome una vez más qué lo habría traído realmente a Micenas. Era un troyano de la más alta nobleza que hasta hacía poco había sido gran sacerdote de Apolo en Troya. Acudió a Delfos en peregrinaje y la pitonisa le ordenó que sirviera a Apolo en Micenas. También se le había ordenado que no regresara a Troya, que no volviese a servir al Apolo troyano. Cuando se presentó ante mí encargué que comprobaran la veracidad de sus palabras y la pitonisa las confirmó claramente. Calcante debía ser mi sacerdote en el futuro porque el dios de la luz así lo deseaba. Ciertamente no me había dado ningún motivo como sospechoso de traición. Estaba dotado de clarividencia y recientemente me había comunicado que mi hermano acudiría a verme muy preocupado.
Su aspecto era desagradable porque se trataba de uno de esos seres singulares, un auténtico albino. Era calvo y de cutis blanco como el vientre de un pez marino. Tenía los ojos de un tono rosado oscuro y bisojos en un gran rostro que mostraba una permanente expresión de estupidez. Algo totalmente engañoso, pues Calcante no era en modo alguno un necio.
Cuando se erguía traté de penetrar en su mente pero no logré discernir nada en aquellos ojos turbios y de aspecto cegato.
–¿Cuándo dejaste exactamente de servir al rey Príamo, Calcante?
–Hace cinco meses, señor.
–¿Había regresado el príncipe París de Salamina?
–No, señor.
–Puedes irte.
Se irguió orgulloso, ofendido al verse despedido tan secamente; sin duda estaba acostumbrado a un trato más deferente en Troya. Pero allí adoraban a Apolo como dios todopoderoso, mientras que en Micenas era Zeus quien detentaba tal rango. ¡Cómo debía indignarlo a él, un troyano, verse obligado por Apolo a servir a quien no podía entregar su corazón!
Volví a dar una palmada.
–¡Que venga el heraldo principal!
Menelao suspiró para recordarme que seguía de pie delante de mí aunque ni por un instante había olvidado que Clitemnestra también aguardaba expectante.
–Anímate, hermano, la haremos regresar. El juramento del Caballo Descuartizado es inquebrantable. La primavera del año próximo tendrás tu ejército.
En aquel momento se presentó el heraldo.
–Enviarás mensajes a todos los reyes y príncipes de Grecia y de Creta que le pronunciaron el juramento del Caballo Descuartizado al rey Tíndaro hace siete años. El administrador general conserva los nombres en su mente. Tus mensajeros deberán repetir lo que voy a dictarte, que es lo siguiente: «Monarca… Príncipe… Señor…, lo que sea. Yo, tu soberano Agamenón, rey de reyes, te ordeno que acudas al punto a Micenas para tratar del juramento que hiciste al concertarse el compromiso de la reina Helena con el rey Menelao.» ¿Lo has comprendido?
El heraldo, orgulloso de su proverbial memoria, asintió.
–Sí, señor.
–Entonces, ¡adelante con ello!
Clitemnestra y yo nos liberamos de Menelao diciéndole que necesitaba un baño. Marchó satisfecho, ya que su hermano mayor, Agamenón, dominaba perfectamente la situación, por lo que podía relajarse.
–Gran soberano de Grecia es un título importante, pero soberano supremo del imperio griego lo es mucho más -dijo Clitemnestra.
–Eso creo, mujer -repuse sonriente.
–Me agrada la idea de que lo herede Orestes -murmuró pensativa.
Y aquello fue cuanto dijo. En el fondo de su indómito corazón mi reina era un caudillo, una mujer a quien indignaba tener que inclinarse ante la voluntad de alguien más fuerte que ella. Yo era muy consciente de sus ambiciones, de cuánto ansiaba ocupar mi lugar, restablecer la Antigua Religión, que utilizaba a los reyes tan sólo como símbolo viviente de su fertilidad y los enviaba al Hacha cuando la tierra gemía a causa del infortunio; el culto de la madre Kubaba nunca se alejaba de la superficie de la isla de Pélops. Nuestro hijo Orestes era muy joven y había llegado cuando yo ya desesperaba de tener un varón. Sus hermanas Electra y Crisótemis se hallaban ya en la pubertad cuando nació. La llegada del varón fue un golpe para Clitemnestra, que había confiado gobernar a través de Electra, aunque últimamente había transferido su afecto a Crisótemis. Electra adoraba a su padre más que a su madre. Sin embargo, mi esposa siempre contaba con recursos. Puesto que Orestes, un bebé saludable, parecía seguro sucesor mío, su madre confiaba en que yo moriría antes de que él fuese mayor de edad. Entonces ella gobernaría a través de él o de nuestra hija menor, Ifigenia.
Algunos conjurados llegaron a Micenas antes de que Menelao regresara de Pilos con el rey Néstor. Había mucha distancia de Micenas a Pilos y otros reinos estaban mucho más próximos. Palamedes, hijo de Nauplio, llegó rápidamente y me alegré al verlo. Sólo Ulises y Néstor lo superaban en sabiduría.
Hablaba con Palamedes en la sala del trono cuando se produjo un revuelo entre el grupito de reyes menores que se encontraba en el salón. Palamedes sofocó la risa.
–¡Por Heracles, qué coloso! Debe de ser Áyax, hijo de Telamón. ¿A qué habrá venido? Era un niño cuando se tomó el juramento y su padre no lo pronunció.
El joven se acercaba pausadamente hacia nosotros. Era el hombre más corpulento de toda Grecia: sobrepasaba la cabeza y los hombros a cuantos se encontraban en la sala. Como pertenecía a los jóvenes que observaban un régimen estrictamente atlético, desdeñaba el blusón usual en todas las épocas del año y, fuese cual fuese el tiempo que hiciera, iba descalzo y sin camisa. Yo no podía apartar los ojos de su potente pecho, cuyos abultados músculos no mostraban ni una gota de grasa. Cada vez que plantaba un enorme pie en las losas de mármol los muros parecían temblar.
–Dicen que su primo Aquiles es casi igual de corpulento -dijo Palamedes.
–Eso no tiene que preocuparnos -gruñí-. Los señores del norte nunca vienen a rendir homenaje a Micenas, Creen que Tesalia es bastante fuerte para ser independiente.
–Bien venido, hijo de Telamón -le dije-. ¿Qué te trae por aquí?
El joven me observó plácidamente con sus ojos grises de aire infantil.
–Vengo a ofrecer los servicios de Salamina en lugar de mi padre, que está enfermo, señor. Dijo que sería una buena experiencia para mí.
Me sentí muy complacido. Era una lástima que Peleo, el otro eácida, fuese tan arrogante. Telamón sabía cuáles eran sus deberes con su gran soberano, mientras que yo buscaba en vano a Peleo, Aquiles y los mirmidones.
–Te lo agradezco, hijo de Telamón.
Áyax marchó sonriente a reunirse con algunos amigos que le hacían señas animadamente. De pronto se detuvo y se volvió hacia mí.
–Lo había olvidado, señor. Mi hermano Teucro me acompaña. Él sí prestó juramento.
Palamedes se reía subrepticiamente.
–¿Vamos a abrir una escuela infantil, señor?
–Sí, lástima que Áyax sea tan palurdo. Pero las tropas de Salamina no son nada despreciables.
Al anochecer, durante la cena, tenía a Palamedes, Áyax, Teucro, el otro Áyax, procedente de Locres y al que solían llamar el Pequeño, a Menesteo gran rey de Ática, a Diomedes de Argos, a Eurípilo de Ormenión y otros muchos. Con gran sorpresa por mi parte se habían presentado algunos no comprometidos con el juramento. Les comuniqué que me proponía invadir la península troyana, tomar la ciudad de Troya y liberar el Helesponto. En consideración a mi hermano ausente, acaso me demoré en exceso sobre la perfidia de París, pero ninguno se dejó engañar por ello; conocían las verdaderas razones de aquella guerra.
–A todos nos claman los comerciantes para que abramos de nuevo el Helesponto. Tenemos que obtener más cobre y estaño. Los bárbaros caníbales del norte y de occidente ponen sus miras en nuestras tierras. Algunos reinamos sobre estados que se han poblado en exceso, con todas las implicaciones que ello supone: pobreza, problemas, disturbios y conspiraciones.
Los miré gravemente.
–Que nadie se sienta engañado, no emprendo la guerra simplemente por recuperar a Helena. Esta expedición contra Troya y los estados costeros de Asia Menor tiene más posibilidades que el mero hecho de acumular riquezas y facilitarnos cantidades ilimitadas de bronce barato. Esta expedición nos da la oportunidad de colonizar a nuestro excedente de ciudadanos en territorios ricos y poco populosos situados a escasa distancia. El mundo que rodea el Egeo ya se expresa en una u otra forma de griego, pero pensad en ese mismo mundo como absolutamente griego. Imaginadlo como el Imperio griego.
¡Ah, cuánto los entusiasmaron aquellas palabras! Hasta el último hombre se tragó con avidez el anzuelo; al final, ni siquiera me fue necesario invocar el juramento, y me alegré por ello. La avaricia era más tiránica que el temor. Por supuesto que Atenas siempre había estado completamente de acuerdo conmigo; nunca había dudado de que Menesteo me respaldaría. De modo que cuando él llegó, vino asimismo Idomeneo de Creta, el tercer gran soberano. Pero Peleo, el cuarto, no se presentó. Tuve que conformarme con algunos monarcas subditos de él.
Varios días después Menelao regresó con Néstor. Hice comparecer inmediatamente al anciano a mi presencia. Nos sentamos en mi gabinete privado con Palamedes, aunque despedí a Menelao, pues la prudencia exigía que siguiera creyendo que Helena era la única razón de aquella guerra. Por fortuna aún no se había pensado en las inevitables consecuencias de su liberación, lo que era muy conveniente. En cuanto se encontrara de nuevo en nuestro poder, Helena tendría que despedirse de su cabeza.
No imaginaba cuántos años tendría el rey de Pilos. Cuando yo era un muchacho él ya era un anciano de cabellos blancos. De sabiduría legendaria, a la sazón captaba las situaciones con igual agudeza que en aquellos tiempos; no se advertían huellas de senilidad en sus ojos azules vivos y brillantes ni temblores en sus dedos cuajados de anillos.
–¿A qué viene todo esto, Agamenón? – inquirió-. Tu hermano se vuelve cada vez más tonto, no mejora. Sólo ha sabido explicarme una historia descabellada acerca de que Helena ha sido raptada… ¡Aja! ¡Primera noticia de que esa joven ha de verse obligada para hacer algo semejante! ¡Y no me digas que te dejas engañar por consentir los caprichos de tu hermano! – resopló-. ¿Guerrear por una mujer? ¿Es eso cierto, Agamenón?
–Lucharemos por el estaño, el cobre, la expansión comercial, el libre paso por el Helesponto y el establecimiento de colonias griegas por toda la costa egea del Asia Menor, señor. La fuga de Helena con las arcas del tesoro de mi hermano será el pretexto perfecto, eso es todo.
–¡Hum! – Frunció los labios-. Me alegra oírte decir eso. ¿Cuántos hombres confías reunir?
–Los indicios presentes apuntan a unos ochenta mil soldados, con suficientes auxiliares no combatientes que totalizan más de cien mil. La primavera próxima botaremos mil naves.
–Una campaña enorme. Confío en que la planees bien.
–Naturalmente -repuse muy ufano-. Sin embargo, será una empresa breve… con tantísimos hombres invadiremos Troya en pocos días.
Me miró sorprendido.
–¿Lo crees así? ¿Estás seguro, Agamenón? ¿Has estado alguna vez en Troya?
–No.
–Debes de haber oído comentarios sobre los muros de la ciudad.
–¡Sí, claro, desde luego que sí! Sin embargo, señor, no existen muros en el mundo capaces de mantener a cien mil hombres a raya.
–Tal vez… Pero te aconsejo que aguardes hasta que tus navios anclen en Troya, cuando podrás juzgar mejor la situación. Me han dicho que aquella ciudad no es como Atenas, con una ciudadela amurallada y un simple muro que llega hasta el mar. Troya está completamente rodeada por bastiones. Creo que podrás resultar vencedor en tu campaña, pero también pienso que será muy prolongada.
–Preciso es reconocer que diferimos, señor -repuse con firmeza.
–Sea como fuere, aunque ni yo ni mis hijos pronunciamos el juramento, puedes contar con nosotros -repuso con un suspiro-. Si no destruimos el poder de Troya y de los estados de Asia Menor, nosotros, y Grecia, desapareceremos, Agamenón.
Examinó sus anillos e inquirió:
–¿Dónde está Ulises? – He enviado un mensajero a ítaca.
–¡Uf! – Chasqueó la lengua-. Ulises no se prestará a esto. – ¡Es su deber! ¡También él prestó juramento! – ¿Y qué significan los juramentos precisamente para Ulises? No se trata de que ninguno de nosotros podamos acusarlo de sacrilegio… ¡pero fue él quien ideó el proyecto! Probablemente lo hizo de mala gana y a regañadientes. En el fondo es un hombre pacífico y tengo la impresión de que se ha instalado en una especie de rutina de dicha doméstica. Según tengo entendido, ha perdido por completo su antiguo entusiasmo por la intriga. Los matrimonios felices suelen causar esos efectos en algunos hombres. No, Agamenón, no querrá ir. Pero debes contar con él. – Lo comprendo, señor.
–Entonces, ve tú mismo a buscarlo -dijo Néstor-. Y llévate a Palamedes contigo. – Rió entre dientes-. Un ladrón cazará a otro ladrón.
–¿Debo llevarme también a Menelao? Le brillaron los ojos.
–Sin duda. Eso evitará que oiga demasiadas historias sobre asuntos económicos y muy pocas sobre sexo.
Viajamos por tierra hasta un pueblecito de la costa occidental de la isla de Pélops, donde embarcamos para cruzar el ventoso estrecho que la separa de ítaca. Cuando varamos, observé la isla con gravedad: era pequeña, rocosa y algo yerma, un reino poco adecuado para la mente más privilegiada del mundo. Tomé el camino de herradura que conducía a la única ciudad lanzando maldiciones porque Ulises no había previsto al menos dotar de algún medio de transporte a la única playa en condiciones de la isla. Sin embargo, al llegar a la ciudad encontramos algunos asnos pulgosos. Seguí mi camino hasta el palacio, muy aliviado ante la ausencia de mis cortesanos que, por consiguiente, no verían a su supremo soberano a lomos de un pollino.
Aunque pequeño, el palacio me pareció sorprendente. Su aspecto era lujoso, con altas columnas y excelentes pinturas que sugerían un interior suntuoso. Me constaba que la esposa de Ulises había sido dotada con extensas tierras, cofres de oro y joyas equivalentes a un rescate real y cuánto había protestado ícaro, su padre, al entregarla a un hombre incapaz de ganar una carrera pedestre sin valerse de engaños.
Suponía que Ulises nos aguardaría en el pórtico para saludarnos, pues ya debía de haber noticias de nuestra llegada desde la ciudad. Pero cuando nos apeamos aliviados de nuestras indignas cabalgaduras encontramos el lugar desierto y silencioso. Ni siquiera apareció un criado. Me introduje en la mansión decorada, ¡vive Zeus!, con magníficos frescos, sintiéndome más asombrado que ofendido al descubrir que el palacio estaba totalmente desierto. Ni siquiera distinguimos los aullidos de Argos, el maldito perro que acompañaba a Ulises a todas partes.
Una doble puerta de magnífico bronce nos indicó dónde se encontraba la sala del trono. Menelao la abrió y permanecimos atónitos en el umbral admirando la calidad artística, el perfecto equilibrio de los colores y la presencia de una mujer que sollozaba en cuclillas ante el estrado donde se hallaba el trono. Se cubría la cabeza con su manto, pero cuando la levantó distinguimos inmediatamente de quién se trataba porque llevaba el rostro tatuado con una telaraña azulada y una araña roja en la mejilla izquierda: era la insignia de una mujer dedicada a Palas Atenea en su versión de Maestra Tejedora, labor a la que se entregaba Penélope.
La mujer se levantó bruscamente y se arrodilló en seguida a besar el borde de mi faldón.
–¡No te esperábamos, señor! ¡Lamento saludarte con tal recibimiento… oh señor!
Y a continuación prorrumpió en llanto.
Yo miraba con sensación de ridículo a aquella histérica abrazada a mis piernas. Entonces capté la mirada de Palamedes y no pude contener una sonrisa. ¿Cómo esperar algo corriente cuando se trataba de Ulises y de los suyos?
Palamedes se inclinó sobre ella para susurrarme al oído:
–¿Me permites que trate de indagar por ahí, señor?
Asentí y a continuación la ayudé a levantarse.
–¡Vamos, prima, tranquilízate! ¿Qué sucede?
–¡El rey, señor! ¡El rey se ha vuelto loco! ¡Loco de remate! ¡Ni siquiera me reconoce! En estos momentos se encuentra en el huerto sagrado farfullando como un poseso.
Palamedes llegó a tiempo de oír sus últimas palabras.
–Tenemos que verlo, Penélope -dije. – Sí, señor -repuso entre hipos. Y abrió la marcha.
Salimos por la parte posterior de palacio a una zona que dominaba las tierras de labranza extendidas en todas direcciones. El centro de ítaca era más fértil que sus extremos. Cuando nos disponíamos a descender los peldaños apareció de improviso una anciana que sostenía a un bebé.. – El príncipe llora, señora; se retrasa su hora de comer. Penélope lo cogió al instante y lo estrechó contra su pecho. – ¿Es el hijo de Ulises? – le pregunté. – Sí, se llama Telémaco.
Acaricié su gordezuela mejilla con un dedo y seguí adelante, el destino de su padre no se hallaba en su mejor momento. Atravesamos un olivar tan antiguo que sus torturados troncos eran más gruesos que toros y nos encontramos en una zona vallada que contenía más tierra desnuda que árboles frutales. En aquel momento vimos a Ulises. Menelao murmuró unas palabras confusas, pero yo había enmudecido y estaba boquiabierto. El hombre surcaba la tierra con la yunta más extraña que jamás se había visto uncida a un arado: un buey y una mula. Ambos empujaban y arrastraban en direcciones opuestas y el arado tiraba y avanzaba lateralmente formando surcos tan retorcidos como Sísifo. Ulises llevaba una gorra de fieltro de campesino sobre sus cabellos pelirrojos y echaba algo con cierto descuido sobre su hombro izquierdo. – ¿Qué hace? – inquirió Menelao. – Siembra sal -repuso Penélope con frialdad. Ulises araba y sembraba sal farfullando para sí palabras ininteligibles con risa demencial. Aunque debía habernos visto, no demostraba reconocernos; sus ojos brillaban con el inconfundible resplandor de la locura. El hombre que necesitábamos más que a nadie no se encontraba a nuestro alcance. No pude seguir resistiendo aquella visión. – Vamos, dejémoslo -dije.
El arado se encontraba entonces cerca de nosotros, la yunta cada vez más irritada, más difícil de dominar. Palamedes entró en acción sin previo aviso mientras Menelao y yo seguíamos paralizados. Arrebató a la criatura de los brazos de Penélope y la dejó casi bajo los cascos del buey. Penélope trató de recoger al pequeño con un grito desgarrador, pero Palamedes la contuvo. De pronto la yunta se detuvo. Ulises corrió ante el buey y recogió a su hijo del suelo.
–¿Qué sucede? – preguntó Menelao-. ¿Es que en realidad está cuerdo?
–Todo lo cuerdo que puede estar un hombre -repuso sonriente Palamedes.
–¿Fingía locura? – insistí.
–Desde luego, señor. ¿Cómo si no hubiera podido evitar cumplir con el juramento?
–Pero ¿cómo lo has sabido? – le preguntó Menelao, sorprendido.
–Encontré a un sirviente hablador junto a la sala del trono y me dijo que Ulises recibió ayer un oráculo doméstico. Al parecer, le vaticina que si marcha a Troya deberá permanecer alejado de ítaca durante veinte años -me comunicó Palamedes, que disfrutaba con su pequeño triunfo.
Ulises le entregó el niño a Penélope, que en aquellos momentos lloraba sinceramente. Todos sabíamos que Ulises era un gran actor, pero Penélope también sabía actuar. Eran una pareja perfecta. Ulises la rodeó con su brazo y fijó sus ojos grises en Palamedes con una expresión desagradable. Palamedes había despertado el odio de quien podía aguardar toda una vida la oportunidad perfecta para vengarse.
–He sido descubierto -confesó Ulises, en absoluto pesaroso-. Supongo que necesitas mis servicios, ¿es así, señor?
–Así es. ¿Por qué te mostrabas tan reacio, Ulises?
–La guerra contra Troya será larga y cruenta, señor. No deseo intervenir en ella.
¡Alguien más insistía en que sería una larga campaña! ¿Cómo podría Troya resistir el ataque de cien mil hombres, por muy altas que fueran sus murallas?
Regresé a Micenas acompañado de Ulises tras ponerle plenamente al corriente de los hechos. Era inútil tratar de decirle que Helena había sido raptada. Como de costumbre, resultó un caudal de consejos y de información. Ni siquiera se volvió una vez para ver desaparecer ítaca en el horizonte; ni siquiera por un momento advertí que echara de menos a su esposa, ni ella a él. Ambos, Ulises y Penélope, la del rostro entramado, sabían dominarse y atesorar sus secretos.
Cuando llegamos al palacio del León descubrí que había llegado mi primo Idomeneo de Creta, deseoso de unirse a cualquier expedición que se formase contra Troya, a cambio de una recompensa desde luego. Me pidió compartir el mando y se lo concedí de buen grado. Aunque detentara tal cargo tendría que inclinarse ante mí. Había estado muy enamorado de Helena y tomó muy a mal su traición; también a él tuve que confesarle la verdad.
La lista estaba casi completa, los administrativos se entregaron a sus respectivas tareas y a memorizar, y todos los carpinteros de ribera de Grecia se dedicaron por entero a su trabajo. Por fortuna, los griegos construían las mejores naves y poseían extensos bosques de pinos y abetos altos y rectos que derribar, la brea que necesitábamos de su resina, suficientes esclavos que entregaban sus cabellos para mezclarlos con ella y el ganado preciso para la piel de las velas. No precisaríamos encargar embarcaciones en otros lugares y denunciar así nuestros planes. El resultado era incluso mejor de lo que yo había previsto: me habían prometido mil doscientas naves y más de cien mil hombres.
En cuanto la flota estuvo en construcción convoqué al consejo interior a una sesión. Néstor, Idomeneo, Palamedes y Ulises se reunieron conmigo y lo revisamos todo concienzudamente. Después de lo cual le encargué a Calcante que efectuase un augurio.
–Buena idea -aprobó Néstor, a quien le agradaba someterse a los dioses.
–¿Qué dice Apolo, sacerdote? – le pregunté a Calcante-. ¿Será victoriosa nuestra expedición?
–Únicamente si contáis con Aquiles, séptimo hijo del rey Peleo -repuso sin vacilar.
–¡Oh, Aquiles, Aquiles! – mascullé-. ¡No dejo de oír ese nombre por doquier!
–Es un hombre importante, Agamenón -repuso Ulises con un encogimiento de hombros.
–¡Bah! ¡Ni siquiera tiene veinte años!
–Aun así -intervino Palamedes-. Creo que deberíamos saber más cosas de él.
Se volvió hacia Calcante y le ordenó:
–Cuando te vayas dile a Áyax, hijo de Telamón, que se reúna con nosotros.
A Calcante no le gustaba recibir órdenes de los griegos, pero el bisojo albino obedeció. ¿Sería consciente de que yo lo hacía vigilar noche y día por prudencia?
Áyax apareció poco después de que Calcante se hubiera marchado.
–Habíame de Aquiles -le dije.
Aquella simple petición desencadenó una sarta de calificativos superlativos que me resultaron difíciles de resistir. El caso es que no nos dijo nada que desconociéramos. Agradecí al hijo de Telamón sus palabras y lo despedí. ¡Vaya palurdo!
–¿Y bien? – les pregunté entonces a mis compañeros.
–Sin duda no importa lo que pensemos, Agamenón -repuso Ulises-. El sacerdote dice que debemos contar con Aquiles.
–Que no acudirá en respuesta a una invitación -dijo Néstor.
–¡No era necesario que me lo dijeras! – repliqué.
–Conten tu genio, señor -dijo el anciano-. Peleo no es joven ni pronunció el juramento. Nada lo obliga a ayudarnos ni ha ofrecido su colaboración. ¡Sin embargo, piensa, Agamenón, piensa! ¿Qué podríamos hacer si nuestro ejército contara con los mirmidones?
Tras acentuar aquella mágica palabra se produjo un prolongado silencio que él mismo interrumpió.
–Yo mismo preferiría tener un mirmidón a mi espalda que medio centenar de otros soldados -dijo.
–Entonces, sugiero que tú, Ulises, vayas con Néstor y Áyax a Yolco y le pidas al rey Peleo los servicios de Aquiles y de los mirmidones -dije, decidido a que alguien más compartiera mis sufrimientos.