Capítulo 8
EL fuerte sonido de los disparos despertó a Amira, que comenzó a temblar.
Entonces oyó un ruido extraño y supo que alguien estaba escalando el muro y que pretendía asesinarlas a su madre y a ella. Automáticamente, presa del pánico, Amira se arrojó al suelo para protegerse, tal y como le habían enseñado. Desorientada, intentó vislumbrar algo en la oscuridad, pero no podía ver nada ni saber si el asesino estaba cerca. Su padre ya no estaba y no podría proteger ni al Rey, ni a su madre, ni a ella misma.
Por suerte, alguien llamó a la puerta del dormitorio y devolvió a Amira a la realidad.
—Amira, ¿estás despierta?
La joven tardó unos segundos en comprender que todo había sido un sueño. Aquella no era la voz de un extraño, ni de ninguno de los miembros de la Guardia Real.
Era la voz de Brent, pero su corazón latía tan aceleradamente que no pudo hablar.
Brent llamó de nuevo a la puerta y entró al no obtener respuesta alguna.
—Amira, ¿qué ocurre? —preguntó, mientras caminaba hacia ella, preocupado.
Los ojos de Amira se llenaron de lágrimas. Se sentía profundamente aliviada al saber que se encontraba a salvo.
—Yo... No, no pasa nada.
—Pero si estás temblando...
—Se me pasará. Siempre se me pasa.
Brent no pareció creerla, porque la ayudó a incorporarse del suelo y la llevó a la cama.
—En serio, estoy bien.
—Todavía estás temblando —insistió él.
Brent se inclinó sobre ella y la besó en la frente.
Cuando era pequeña y tenía una pesadilla, su madre siempre la abrazaba para consolarla. Lo había hecho con mucha frecuencia tras la muerte de su padre, pero a partir de los diez años había aprendido a acostumbrarse a su miedo y a manejarlo.
—¿Qué estabas haciendo en el suelo?
—Lo que me enseñaron a hacer.
—¿Cómo?
—El Rey ha sufrido varios intentos de asesinato.
—¿En palacio?
—Sí. Y si escucho algo extraño de noche, o si empiezan a sonar las alarmas, se supone que debo arrojarme al suelo y encontrar un lugar donde ocultarme hasta que me sepa a salvo.
—¿Quieres decirme que alguna vez han conseguido romper los sistemas de seguridad?
—Sí —respondió, haciendo un esfuerzo por no llorar.
—¿Qué pasó, Amira? ¿Por qué estás tan asustada?
Amira se empeñaba en no pensar nunca en lo sucedido aquella noche. Pero la memoria de lo sucedido asaltaba sus sueños.
—Mi padre era comandante de la Guardia Real y formaba parte de la guardia personal del Rey. Murió al intentar evitar que un extraño asesinara al Rey.
—¿Cuántos años tenías entonces?
—Diez, pero no vivía en palacio en aquella época. Recuerdo que un soldado se presentó en nuestra casa en mitad de la noche. Oí cómo le contaba lo sucedido a mi madre. Se quedó pálida y...
Amira empezó a llorar sin poder evitarlo.
—¿Qué pasó con el hombre que asesinó a tu padre?
—Durante años pensamos que había escapado. Tras el fallecimiento de mi padre, mi Reina nombró dama de honor a mi madre y nos mudamos a palacio. Entonces comenzaron mis pesadillas. Cuando la Reina lo supo, ordenó que nuestras habitaciones se encontraran tan lejos de las del Rey como fuera posible. Mi madre solía abrazarme... Creo que tenía miedo de que el asesino regresara y nos matara a las dos.
—Has dicho que pensabais que estaba muerto. ¿Es que habéis descubierto que no lo está?
Amira miró a Brent durante unos segundos y supo que podía confiar en él.
—Aún no conozco toda la historia, aunque creo que mi madre y su nuevo esposo la conocen. En agosto, mientras yo estaba de vacaciones en las tierras altas de Escocia, alguien secuestró a Owen, uno de los gemelos reales. Fue entonces cuando mi madre y Harrison Montague, que es almirante de la Armada, se enamoraron. Y Harrison le dijo que el asesino resultó herido la noche en que murió mi padre, y que falleció más tarde.
—¿Y por qué no te lo habían dicho antes?
—No lo sé. Son cosas de los secretos de Estado. Cuando supe que el asesino había muerto, pensé que mis pesadillas desaparecerían. Pero a pesar de que Owen fue liberado sin sufrir daño alguno, sigo sufriéndolas.
—Eso es porque vives en palacio y ese lugar te recuerda constantemente lo sucedido.
—Ahora que mi madre se ha casado, buscaré una casa para mí sola.
—Cuanto antes te marches, mejor.
Amira negó con la cabeza.
—El palacio ha sido mi hogar. La familia real ha sido mi familia. Cuando nombraron dama de honor a mi madre, me nombraron lady a mí y crecí con las princesas. Pero, por supuesto, los títulos los obtuvimos porque mi padre dio la vida por el rey Morgan. Y son cosas que no se pueden dejar así como así.
—Y yo que pensaba que eras una privilegiada sin ningún tipo de preocupación...
Brent la abrazó, pero en aquel momento el fuerte viento que estaba soplando golpeó las ventanas y Amira se estremeció.
—Solo es una contraventana. Está estropeada y cuando sopla el viento hace mucho ruido. Pero para llegar a ella tengo que abrir necesariamente la ventana de este dormitorio.
—¿Hay tormenta?
—Sí. Empezó hacia las once. Pero el viento se ha levantado hace poco.
Amira había apoyado la cara en el pecho de Brent. Adoraba el aroma de su piel, la fortaleza de sus músculos, la profundidad de su voz. Lo adoraba todo en él.
—No quiero verte nunca asustada —dijo él en un murmullo.
—Entonces, tal vez deberías abrazarme toda la noche.
La mujer comprendió que no habría mejor remedio para su mal que hacer el amor con él. Brent la besó en la frente y ella se estremeció y gimió.
—Oh, Brent —dijo, casi como un ruego.
Con suma delicadeza, Brent le mordió en un lóbulo y lamió después su oreja, dulcemente. Ella se apretó contra su pecho y lo acarició, y, cuando Brent gimió de placer, Amira comprendió el poder de seducción que poseía. Un poder del que nunca había sido consciente.
No pasó mucho tiempo antes de que acabaran en la cama, besándose, acariciándose, mordiéndose.
Pero el teléfono comenzó a sonar y Amira se quedó quieta.
—Será mejor que se hayan equivocado —gruñó él—. Ahora vuelvo.
Amira oyó que Brent estaba hablando con alguien, pero no pudo entender la conversación y no supo lo que pasaba hasta que él regresó poco después.
—Era Marilyn. Parece que tiene problemas con Jared.
—¿Qué tipo de problemas?
—Su hermana no ha llegado. Al parecer, a su madrastra se le ha estropeado el coche y no podrán llegar hasta mañana por la noche. Marilyn cree que podría tranquilizarlo un poco si hablo con él. Así que tendré que marcharme.
—¿Puedo ir contigo?
—¿Tienes miedo de quedarte sola?
—No, ya estoy acostumbrada a las pesadillas. Además, ya estoy bien. Gracias por cuidar de mí...
—Era lo mínimo que podía hacer —dijo él, con ironía.
—Necesitaba que me abrazaran, en serio. Nadie me había abrazado desde hacía mucho tiempo. Pero ahora estoy mejor, y si puedo ayudar a Jared de algún modo, me gustaría hacerlo.
Brent tomó a Amira de la mano y la abrazó con fuerza. Acto seguido, la besó. Fue un beso dulce, pero la expresión de sus ojos denotaba una pasión muy intensa, y la joven supo que de no haber sonado el teléfono habrían terminado haciendo el amor.
En lugar de eso, en cambio, tendrían que marcharse para animar a un niño que se sentía solo.
—¿Está en el piso de arriba? —preguntó Brent cuando llegaron a Reunion House.
—Sí —respondió Joanie frunciendo el ceño—, y ha conseguido despertar a todo el mundo. Aunque no sé por qué ha pensado Marilyn que podrás tranquilizarlo cuando ninguna de nosotras lo ha logrado.
—Bueno, vamos a ver...
A Amira no le gustaba la actitud de Joanie hacia Jared. Era como si lo hubiera condenado moralmente y no estuviera dispuesta a hacer nada para ayudarlo. Pero había notado que era muy competente con el resto de los niños, así que supuso que sería algún problema de conflicto de personalidades.
—Están en la sala de juegos del piso superior —informó Joanie.
Brent subió a toda prisa, y cuando Amira llegó a la sala de juegos, vio que Marilyn les estaba leyendo una historia a los niños. Era un pasaje de La isla del tesoro.
Jared estaba sentado en una silla, sin prestar atención alguna a lo que sucedía a su alrededor.
Brent se acercó al chico y le puso una mano en el hombro, momento en el que Marilyn dijo:
—Bueno, es hora de que os vayáis a la cama.
La directora de la institución sacó al resto de los niños, pero Jared siguió en la silla.
—Creo que deberíamos hablar —dijo Brent.
—No quiero hablar de nada —dijo el niño.
—Yo diría que sí. Estás triste porque Lena no ha llegado hoy y se lo estás haciendo pagar a todos los demás. ¿Crees que es una buena forma de afrontar el problema?
—¿Y qué puedo hacer?
—Puedes empezar por decirme lo que estás pensando.
Jared miró a Amira, y la joven tuvo la impresión de que el niño no quería que se marchara. Así que se sentó en el suelo, junto a la silla, y se cruzó de piernas.
—A veces, hablar ayuda —comentó Amira.
—Hablar no servirá de nada. No servirá para traerme a Lena.
—Pero vendrá mañana, Jared —dijo Brent.
—!No, no vendrá! Sé que no vendrá.
—Vamos, el coche de su madrastra se ha estropeado. Eso es todo. Estarán aquí mañana, a la hora de cenar.
—Cuando papá nos abandonó, nos dijeron que no nos separarían. Pero nos mintieron. ¿Por qué debería creerte?
—El señor Carpenter no te mentiría —dijo Amira.
—¿Queréis que crea que va a venir y que me aferre a ello como a los sueños de los que hablabais antes?
—Sí, exacto —respondió la joven.
—¿Realmente pensáis que va a venir?
—Por supuesto.
—Pero hasta mañana queda mucho tiempo...
—Bueno, creo que te sentirás mejor si ocupas tu tiempo en algo —comentó Brent—. ¿Qué te parece si salimos a pescar en barca? ¿Has pescado alguna vez?
—No.
—¿Y te gustaría?
—¿Vendrías tu también? —preguntó el chico mirando a Amira.
—¿Quieres que vaya?
—Sí —respondió algo ruborizado.
—Entonces, iré. Llevaremos comida y podremos comer en el bote.
—¡Genial! —exclamó el niño sonriendo.
—Pero si quieres que salgamos mañana a pescar, tendrás que dormir un poco esta noche —dijo Brent.
—Y si te cuesta quedarte dormido, cuenta los peces que vamos a pescar —sugirió Amira.
Jared sonrió de nuevo.
—Lo intentaré. Antes no podía dejar de pensar en Lena, en dónde está, en cómo se encuentra...
—Sé que ser paciente puede ser muy duro, pero debes intentarlo.
Cuando Amira se levantó, vio que Joanie se encontraba en el umbral de la sala y se preguntó si habría oído la conversación.
Poco después de que acostaran al niño, Joanie se acercó a Brent, parpadeó de forma coqueta y dijo:
—Has sido muy bueno con él. Sí no lo hubieras tranquilizado, ninguno habríamos podido dormir.
Brent se limitó a sonreír a la profesora, pero fue una sonrisa tan cálida que Amira volvió a sentir celos.
—A veces un poco de comprensión hace milagros. Y Amira me ha ayudado mucho. No estoy seguro de que hubiera aceptado venir a pescar si ella no hubiera dicho que vendrá con nosotros.
—Oh, seguro que lo habrías convencido —dijo Joanie—. Puedes ser extremadamente persuasivo.
—En fin, será mejor que nos marchemos si queremos levantarnos pronto mañana —dijo entonces Brent mirando a Amira—. Todavía tengo que arreglar la contraventana de tu habitación.
El rostro de Joanie se iluminó y Amira pensó que se había alegrado al saber que no compartía dormitorio con Brent. Al parecer, pensaba que el ejecutivo estaba libre—.
Tras charlar un rato con Marilyn, regresaron a Shady Glenn. Durante el trayecto permanecieron en silencio, perdidos cada uno en sus propios pensamientos, y cuando llegaron, ella se dirigió directamente a su dormitorio a sabiendas de que él la seguiría para arreglar la contraventana.
Diez minutos más tarde, Brent abrió la ventana con una linterna y un destornillador en la mano.
—Ten cuidado —murmuró ella.
Brent se encaramó en el alféizar y volvió a entrar minutos más tarde, con la misión cumplida.
—Te preocupas demasiado, Amira. No corría ningún riesgo de caer.
—Nunca se sabe.
Él se acercó entonces y preguntó:
—¿Estás segura de que podrás dormir?
—Por supuesto. Seguro que me dormiré más rápidamente que Jared.
—Creo que le gustas...
—No seas ridículo.
—No soy ridículo. Eres preciosa y encantadora. No ha podido evitarlo.
—Y Joanie siente algo por ti —dijo ella, antes de darse cuenta de lo que estaba diciendo.
—¿Algo?
—Sabes a lo que me refiero.
—No, no lo sé.
—Bah, hombres...
—Sí, soy un hombre si no recuerdo mal. Pero, ¿qué te hace pensar que Joanie siente algo por mí?
—Conozco a las mujeres. Lo sé por cómo te mira, por cómo parpadea cuando está contigo, por su forma de permanecer a tu lado.
Brent sonrió de oreja a oreja.
—¿Y eso te molesta?
—No.
La negativa de Amira fue tan contundente que resultó obvio que escondía una afirmación.
Brent se acercó un poco más y la tomó de los hombros.
—Joanie no me gusta, Amira. Te deseo a ti. Y deseo besarte ahora mismo, más que nada en el mundo. Pero sé que si lo hago acabaremos acostándonos y no estoy seguro de que eso sea lo que tú deseas.
—Eres un hombre honorable, Brent Carpenter —acertó a decir ella, agradecida.
—No tanto como crees. Ojalá pudiera...
Brent no terminó la frase.
—¿Ojalá pudieras...?
—Nada. Solo me gustaría que las cosas fueran distintas, pero no lo son. En fin, si tienes otra pesadilla, llámame.
—Estaré bien.
Amira sabía que no lo llamaría. No podía hacerlo. Si lo invitaba a entrar en su dormitorio, acabarían haciendo el amor. Y no estaba preparada.
—Buenas noches, Amira.
—Buenas noches.
Cuando se marchó, la joven se sentó en la cama y pensó que aquella noche solo soñaría con él.
A la mañana siguiente, cuando se levantaron para ir a recoger a Jared, el cielo estaba cubierto. Amira tuvo la impresión de que su relación con Brent no estaba menos nublada. De cuando en cuando lo sorprendía mirándola con algo parecido a una expresión de tristeza en los ojos; pero enseguida recobraba el control y su gesto habitual.
Jared estaba esperándolos, lleno de energía y entusiasmado, cuando llegaron. En el muelle se veía amarrada una lancha.
Brent fue el primero en subir a la lancha llevando la cesta con la comida. Cuando Amira quiso subir, él le tendió una mano que ella aceptó. Siempre se sentía a salvo cuando estaba con él, y era algo que le extrañaba: no se había sentido a salvo desde la muerte de su padre. Ni siquiera en palacio, a pesar de la vida tan protegida que llevaba.
Mientras la ayudaba a subir a bordo, Amira pensó que iba a besarla. Pero Jared, que ya se encontraba en la embarcación, examinándolo todo con gran curiosidad, los interrumpió.
—Esto es maravilloso —dijo.
Amira se sentó y observó a hombre y niño mientras preparaban las cañas de pescar. Entonces sonó el teléfono móvil de Brent y el ejecutivo dijo:
—¿Me sostienes la caña mientras hablo por teléfono?
Amira lo hizo y escuchó fragmentos de la conversación de Brent.
—¿Hay que firmar los papeles hoy mismo? Comprendo... Estaré en casa a las cinco, como muy tarde... ¿Le has dicho a Quentin que se dé prisa? Ah, magnífico, pero dile que no se olvide.
Segundos más tarde, Brent cortó la comunicación y se guardó el móvil.
—Uno de mis empleados me va a traer unos documentos que tengo que firmar —declaró.
—Ya veo que nunca estás totalmente de vacaciones...
—No.
—¿Tienes muchos empleados?
—Bastantes, pero son profesionales perfectamente capaces de encargarse de todo —respondió antes de cambiar de conversación—. Bueno, vamos a ver si pescamos un poco...
La mañana pasó agradablemente. Amira observó a Jared y a Brent mientras pescaban. Jared estaba fascinado con todo, desde la lancha a las distintas clases de peces que había en el lago.
Al cabo de un rato, Amira se estremeció. Se había levantado el viento y sentía frío, pero Brent lo notó, se quitó la chaqueta y se la puso por encima de los hombros.
—Ponte esto o te enfriarás.
—Estoy bien. Además, mi jersey es más grueso que el tuyo...
Brent hizo caso omiso del comentario.
—Si tienes demasiado frío, podemos volver...
—Oh, no. Además, puedo sentarme en la parte delantera, que está más a resguardo. No pienso destrozar un día tan maravilloso.
Brent la miró con intensidad y tomó las manos de la joven entre las suyas, para calentarlas, antes de regresar con el niño.
Amira comenzó a hacerse todo tipo de preguntas. Se preguntó qué haría si le pedía que dejara Penwyck, si sería capaz de abandonar su país. Enseguida se dijo que no podía cambiar de vida por un hombre al que acababa de conocer, pero no podía negar que lo deseaba.
Casi eran las cuatro cuando regresaron al muelle y atracaron. Brent tomó la cesta de la comida, prácticamente vacía, y ayudó a Amira y a Jared a desembarcar. Apenas habían dado unos cuantos pasos hacia la casa cuando una niña salió de la mansión y corrió hacia ellos. Tenía alrededor de ocho años y cabello largo y castaño recogido en dos coletas.
Jared corrió hacia ella y la abrazó. Era su hermana.
—Ahora ya sé por qué destinas tanto tiempo y esfuerzo a Reunion House —comentó la joven al contemplar la escena.
—Recuerdo el día en que mi hermano y yo nos encontramos por primera vez después de haber estado separados durante nueve meses. Fue algo sencillamente maravilloso.
Brent lo dijo con evidente emoción, y Amira se alegró mucho de que se abriera a ella de aquel modo. Resultaba evidente que era un hombre capaz de amar de forma apasionada. Pero la pregunta era si estaría dispuesto a amarla a ella.
Brent debió sentir la cercanía emocional que los unía en aquel instante, porque pasó un brazo por encima de los hombros de Amira y juntos caminaron hacia la casa.
Una vez allí, conocieron a la hermana de Jared, y tras pasar un rato con los niños regresaron a Shady Glenn. Poco antes de llegar, vieron que había un coche aparcado en el vado.
—Quentin ha llegado temprano —dijo Brent.
Salieron del vehículo y caminaron hacia la casa. Un hombre de mediana altura, de cabello castaño, los estaba esperando sentado en una de las tumbonas de la terraza.
Amira sonrió al verlo y pensó que su cara le resultaba muy familiar. Se preguntó si lo habría visto en alguna parte o si le recordaba a alguien.
—Quentin Franklin, te presento a Amira Corbin.
Amira estrechó su mano y lo miró. Ahora estaba segura de haberlo visto antes, pero no recordaba dónde.