Capítulo 7

DESPUÉS de preparar los emparedados y de abrir los recipientes de la comida que habían comprado en el supermercado, Marcus se dirigió al dormitorio de Amira y llamó a la puerta. La joven abrió, sin su habitual sonrisa en los labios, y dijo:

—Siento haberme comportado así hace un rato. No debí...

Amira se había duchado y lavado la cabeza. Marcus lo supo porque se había secado el pelo, que caía sedoso y con volumen alrededor de su rostro. Y como siempre, su visión bastó para excitarlo.

— Me temía que hubieras hecho el equipaje.

—Debería haberlo hecho —murmuró ella.

A pesar del comentario que acababa de hacer, la idea de que Amira se marchara le parecía insoportable, de modo que optó por una estrategia distinta.

—¿Por qué no te olvidas por una vez de lo que deberías hacer y haces lo que te apetece? —preguntó.

—Tengo que ser fiel a lo que soy. Además, dijiste que no me presionarías —espetó ella.

Él prefirió cambiar de conversación.

—He preparado algo de comer. ¿Te vas a quedar entonces? Ya ha dejado de llover y pensé que podíamos llevar a Cacao a Reunion House más tarde.

—¿Aún quieres que vaya contigo?

—Por supuesto que quiero que vengas conmigo. Y estoy seguro de que te divertirás con los niños.

Amira se mordió el labio inferior y dijo:

—Me cambiaré de ropa y bajaré enseguida.

—No tienes que cambiarte. Estás muy bien así. Además, son niños y no les importará lo que lleves puesto.

Amira lo miró de los pies a la cabeza como considerando lo que acababa de decir. Ella llevaba un vestido de color crema, y él, unos vaqueros y una camiseta negra.

—Bueno, cámbiate si quieres —continuó él —y baja cuando estés preparada.

Durante la comida, Amira pensó que la tensión que había entre ellos era palpable. Él había comenzado a tratarla de forma educada pero distante; y Amira deseó que volviera a su comportamiento habitual. Sin embargo, quería ser algo más que un objeto de deseo. Quería mantener algo más que una simple relación sexual.

Un buen rato más tarde, mientras se dirigían en el coche hacia Reunion House, Amira miró a Cacao, que estaba tumbada en su regazo, y dijo:

—Voy a echarla de menos.

—Yo también. Pero se divertirá mucho con los niños y además allí tiene un enorme jardín en el que puede correr y jugar. Marilyn quiere a los animales tanto como a los niños y, hace tiempo que deseaba tener una mascota en la casa. Aunque todavía no sabemos si Cacao tiene dueño. Le dije a Flora que me llamara si averiguaba algo.

El comentario de Brent sobre Marilyn bastó para que a Amira le gustara de inmediato. Pero cuando la mujer salió a recibirlos, su impresión fue aún mejor. Era una mujer encantadora, de cuarenta y tantos años, de pelo corto negro y brillantes ojos de color avellana.

La mujer se acercó a Brent y lo abrazó.

—Cuanto tiempo ha pasado... ¿Cómo estás?

—Mucho mejor, gracias. Quiero presentarte a una buena amiga mía, lady Amira Sierra Corbin. Amira, te presento a Marilyn Johnson, directora de Reunion House.

Marilyn sonrió a la recién llegada y estrechó su mano.

—Me alegro de conocerte, Amira. Brent me dijo que quería enseñarte los alrededores —comentó antes de volverse de nuevo hacia Brent—. A los niños les encantará Cacao. Y nos alegramos tanto de que hayas venido...

Cacao ladró como si hubiera entendido el comentario de la mujer, y todos rieron cuando una joven pelirroja apareció en la entrada de la casa.

—Discúlpame, Marilyn —dijo—. Siento interrumpiros, pero quería saber si quieres que hagamos patatas asadas para cenar.

 —Sí, gracias, Joanie. Hay alguien a quien quiero presentarte. Este es nuestro benefactor, el señor... Brent Carpenter —mintió, siguiendo las instrucciones de su jefe—. Es quien hace posible la existencia de Reunion House.

Joanie caminó hacia Brent y lo saludó.

—¿Qué tal está? Empecé a trabajar aquí hace un par de semanas, pero estoy segura de que me va a encantar.

—Joanie es profesora, pero todavía no ha encontrado trabajo como tal y pensó que Reunion House podría ser una buena experiencia.

Cuando Joanie se acercó a Brent, Amira la miró con desagrado. Tal vez no estuviera muy acostumbrada a los hombres, pero había crecido con tres princesas y conocía bien los trucos de las mujeres. Resultaba más que evidente que Brent le había gustado, y que haría todo lo que estuviera en su mano para conocerlo mejor.

—Pero entrad —dijo Joanie, sonriendo a Brent—. Os presentaré a los niños. Casi todos ellos son encantadores, aunque uno está resultando especialmente beligerante.

—Creo que podríamos dejar a Brent que llegue a sus propias conclusiones sobre los niños, Joanie —intervino Marilyn.

—Sí, tienes razón. Ahora están en la cocina, comiendo. Es un buen momento para conocerlos.

La vieja mansión era espaciosa y acogedora, y Amira pensó que los niños debían de sentirse muy bien en aquel lugar. Cruzaron el salón y se dirigieron a la cocina, desde la que llegaban voces y risas. Segundos después, oyeron que algo caía y se rompía en el suelo.

—Parece que están dando problemas —dijo Marilyn, frunciendo el ceño.

Cuando entraron en la cocina, vieron a tres niños y cuatro niñas enzarzados en una pelea de comida. Uno de los chicos, vestido con camiseta, pantalones anchos y una gorra de béisbol, estaba subido a una de las sillas, arrojando pedazos de tarta a las chicas. Amira sonrió y pensó que era una escena que nunca vería en palacio. Aquellos niños estaban llenos de vida.

Sin embargo, los adultos no podían permitir semejante caos y lo interrumpieron de inmediato. Bastó que Marilyn entrara y los mirara de forma reprobatoria para que todos dejaran de pelear y se hiciera el silencio.

—No se cómo lo hace, pero me gustaría tener un efecto similar en la gente —dijo Brent en voz baja a Amira.

—Jared, bájate de esa silla ahora mismo —dijo la directora.

—Solo estábamos divirtiéndonos un poco —protestó el niño.

A diferencia de los otros niños, el chico que estaba subido en la silla desobedeció la orden de Marilyn.

—Jared, si te bajas de ahí, te presentaré a nuestros invitados. Y después, tendréis que limpiar la cocina.

Todos los pequeños protestaron.

—¿De verdad tenemos que limpiarla?

—Sí.

Jared notó entonces la presencia de Cacao. Miró a Brent y preguntó:

—¿Es tuyo?

—No exactamente. Mi amiga y yo la encontramos hace poco. Puede que su dueño la reclame, pero mientras tanto he pensado que se divertiría aquí. ¿Creéis que podéis encargaron de ella?

Los niños respondieron afirmativamente y acto seguido Brent les pidió que se presentaran a la perrita, uno a uno. Naturalmente, todos lo hicieron. Primero Paul, luego Shara, y más tarde Jimmy, Glenda, Amy, Mark y el propio Jared. Amira se acercó a Jared y dijo:

—Cacao es muy simpática. No te hará nada si la tratas con cariño.

Jared miró a Amira con inseguridad, como si no la creyera.

—Los demás la han acariciado y no ha pasado nada —continuó Amira—. Tú también puedes hacerlo.

—Pero ellos son ellos y yo soy yo. Puede que no le guste mi olor.

—Solo hay una forma de averiguarlo —intervino Brent.

Entre la comida de la mesa había un platito con tacos de queso, así que Amira tomó uno y se lo dio a Jared.

—Ofréceselo con la mano abierta —dijo—. Le gusta mucho la comida. Pero no le deis demasiada o se pondrá enferma.

—¿Se pondrá enferma?

—Sí, claro.

Jared hizo lo que había sugerido y la perrita se acercó, se comió el trozo de queso y lamió la mano del niño.

—Vaya, le gusto...

—Creo que le gusta el queso, no tú —dijo Paul.

Todos rieron, y mientras los chicos jugaban con su nueva mascota, Joanie se acercó a Brent y dijo:

—Nos aseguraremos de que cuiden bien de Cacao. ¿Quieres ver las habitaciones que Marilyn y yo acabamos de empapelar? Han quedado muy bien.

—Me gustaría enseñárselo todo a Amira y dar una vuelta después por los jardines. Está estudiando diseño de jardines y he pensado que podría darnos algunas ideas.

—Excelente —dijo Marilyn.

—Ah, hace unos días hice el encargo de los instrumentos del gimnasio. Habrá que pensar dónde los vamos a poner.

—¿Tendremos pesas? —preguntó Jared, mientras limpiaba la mesa con papel de cocina.

—Tendréis pesas y espalderas y hasta una cuerda para trepar.

Mientras Joanie enseñaba la mansión a los recién llegados, se mantuvo muy cerca de Brent. La actitud de la joven comenzaba a molestar a Amira.

Brent escuchaba con atención a la atractiva pelirroja, que le dio todo tipo de explicaciones sobre los cambios que habían realizado con el mobiliario y sobre la nueva decoración. Pero Brent parecía más interesado en los niños que en los muebles.

—Tengo entendido que Paul y Sarah son hermanos, al igual que Glenda y Amy y que Jimmy y Mark. Pero, ¿Jared está solo?

—Se supone que su hermana llega esta noche —respondió Joanie—. Y me alegro mucho, porque ha estado dando bastantes problemas.

—¿Qué ha hecho?

—Se mete con los otros niños o los revoluciona. Ya has visto lo que ha pasado en la cocina.

—Todos estaban participando. No ha sido cosa de él —dijo Amira.

—Pero puedes estar segura de que Jared lo empezó —dijo Joanie.

—Puede que esté nervioso ante la perspectiva de ver a su hermana —alegó Amira.

—¿Estás acostumbrada a tratar con niños? —preguntó la pelirroja.

—No —confesó ella.

—Yo sí lo estoy, y créeme, Jared es de la clase de niños que disfrutan creando problemas.

Amira comenzaba a estar realmente molesta con Joanie, de modo que respiró profundamente para tranquilizarse.

—Es posible, pero supongo que cada niño merece una atención individual, acorde a su personalidad. Si Jared actúa de ese modo, habrá alguna razón que explique su comportamiento.

—Tal vez, pero no es muy comunicativo y a veces se queda muy callado.

Joanie puso entonces una mano sobre un brazo de Brent y añadió:

—Deja que te enseñe las salas de juego. Creo que te gustarán.

—Estoy seguro de ello —dijo Brent con una sonrisa.

Amira no supo si la actitud de Brent era simple cortesía ante la joven pelirroja o si se sentía atraído por ella, pero pensó que no podría resistirse mucho tiempo a sus encantos y se estremeció.

La idea de que Brent pudiera acostarse con otra mujer le resultaba profundamente repulsiva. Pero peor aún fue el descubrimiento de que solo podía existir una razón para que le molestara tanto: estaba celosa, y lo estaba porque se había enamorado de Brent Carpenter. Sin embargo, ella misma se había alejado de él porque solo estaba dispuesta a mantener una relación seria.

Durante el resto de la visita a la casa, Joanie charló animadamente con Brent. Amira intervenía poco, y se sintió excluida.

Cuando bajaron a las salas de juego, Amira aprovechó la ocasión para echar un vistazo en la cocina. Los niños habían salido al jardín con Marilyn, pero Jared se había quedado en la casa.

Al verlo, comentó, sin saber que decir:

—Me alegra que haya salido el sol...

El niño la miró un momento y acto seguido miró hacia la ventana.

—Sí, bueno, yo solo puedo pensar en que voy a ver a mi hermana.

—¿Cuánto tiempo hace que no la ves?

Jared se encogió de hombros.

—Un año. Mi padre nos abandonó. Alguien llamó a la policía y nos separaron. Desde entonces no nos hemos vuelto a ver. Pero va a venir esta noche.

—Estoy segura de que tu hermana también tendrá muchas ganas de verte. ¿Cómo se llama?

—Leva. ¿Tú tienes hermanos?

—No, aunque me habría gustado. Pero tengo amigos, y eso ayuda bastante.

—No es lo mismo.

—No, supongo que no. Sin embargo, para mí tiene que serlo porque no tengo otro remedio.

El niño la miró y sonrió.

—Me gustaría que fueras tú quien trabajara aquí, en lugar de Joanie.

—A mí también me gustaría, pero solo estoy de visita. No vivo aquí.

—¿Dónde vives?

—En una isla llamada Penwyck, cerca de Gales. ¿Has oído hablar de ella?

—Sí, en el colegio. Está cerca de Inglaterra, ¿verdad?

—Exactamente.

—Eso está muy lejos, pero puede que algún día visite un sitio como ese. Me gustaría ir a Australia y ver los cocodrilos.

—Soñar es muy bueno. Si te aferras a tus sueños y no los abandonas, tal vez se hagan realidad.

—Para conseguirlo hay que hacer algo más que aferrarse a ellos —dijo de repente una voz masculina.

Amira estaba tan concentrada en el niño que no había notado la presencia de Brent.

—Hay que luchar para que se hagan realidad —continuó él.

—¿Cómo? ¿Ahorrando dinero? —preguntó Jared.

—Esa es una forma. Y aprender todo lo que se pueda sobre el sitio que se quiera conocer, otra. Tal vez puedas aprender algo en el colegio que te ayude a conseguirlo.

—¿Como por ejemplo?

—Australia tiene ovejas, caballos y minas. Si aprendes algún trabajo relacionado con esas cosas, puede que te contraten allí.

—¿De verdad?

—Claro. Veré si puedo conseguirte algunos libros sobre Australia y te los enviaré. De hecho, me conectaré a Internet cuando vuelva y es posible que los tengas en un par de semanas.

—Entonces, Lena también podría leerlos.

—Bueno, es hora de la sesión de grupo de los niños —intervino Joanie, que también había entrado en la cocina—. Si queréis quedaros...

—No, quiero dar un paseo con Amira. Pero yo volveré más tarde. El porche necesita una buena mano de pintura y hay que limpiar unas cuantas cosas. Estaré por aquí toda la semana.

—¿Tú también volverás? —preguntó Jared a Amira—. Así podría presentarte a Lena...

Amira decidió quedarse en aquel momento.

—Sí, me quedaré. Y me encantará conocer a tu hermana.

Media hora más tarde, de vuelta en Shady Glenn, él preguntó:

—¿Qué te parece si paso otra vez por el supermercado y compro algo para cenar?

—Me parece muy bien. Y hasta podría preparar un postre si compras manzanas.

—¿Sabes cocinar?

—Por supuesto. No soy un florero, Brent. Puede que lleve una vida de privilegios, pero sé cuidar de mí misma.

—¿Por qué dices eso?

—Porque a veces me miras como si fuera extraterrestre.

—Extraterrestre, no. Pero vives en un palacio y eso no es precisamente habitual.

—Solo es un edificio.

—Un edificio con un trono real —bromeó.

—Si, un trono real y un Rey y una Reina —espetó ella, irritada—. ¿Contento?

Amira se dio la vuelta y se alejó sin saber muy bien hacia dónde ir. Pero él la siguió, la agarró por un hombro y la obligó a mirarlo.

—¿Qué ocurre, Amira?

La joven se mordió el labio inferior.

—Nunca me había importado pertenecer a una familia real hasta que llegué aquí. Te comportas como si fuera algo ridículo, pero para mí y para mi país es algo muy importante.

Brent le apartó un mechón de cabello de la cara.

—No pretendo ridiculizarte. Sencillamente, tu vida es muy distinta de la mía. Siento haberte tomado el pelo. No quería molestarte.

Amira comprendió que su enfado no se debía en modo alguno a sus comentarios, sino a la relación que se había establecido entre Joanie y el hombre que deseaba.

—No, discúlpame tú a mí. Me he excedido.

Brent la miró con intensidad, como intentando adivinar sus pensamientos.

—¿Por qué has decidido quedarte conmigo? ¿Para pasar más tiempo con los niños y conocer a la hermana de Jared?

Amira no se había quedado por eso, y decidió ser sincera.

—Habrían sido dos buenas razones para quedarse, pero me he quedado por ti —dijo.

De repente, Brent la miró con seriedad.

—Me alegro mucho de que hayas decidido quedarte conmigo. Lo sabes. Y sabes que te deseo. Pero no te empeñes en cosas imposibles. Somos de mundos muy diferentes y nos separa todo un océano. Eso no va a cambiar.

Amira quiso decirle que podía cambiar, que deseaba que cambiara, pero también sabía que Brent no quería ni oír hablar de una relación seria. Si se le ocurría mencionar algo así, le diría que se marchara de su casa.

—Yo siempre he creído que las cosas se pueden cambiar —se limitó a decir, al final.

En aquel instante, el sonido del teléfono interrumpió su conversación. Brent se acercó al aparato para comprobar el número.

—No es nadie que conozca, así que debe de ser para ti. Mientras hablas, iré al supermercado. Ah, y no te preocupes, no me olvidaré de las manzanas...

Brent salió de la casa justo cuando Amira levantaba el auricular del teléfono.

—¿Dígame?

—Soy Cole Everson.

—Hola, señor Everson. ¿Ha conseguido más información?

—No mucho, pero quería llamarla de todos modos para comprobar que el número de teléfono que nos dio es el correcto. Hemos averiguado que el hermano del señor Cordello se llama Shane, y que está viviendo en California. Pero no intentamos ponernos en contacto con él —explicó el hombre—. Si llegara a saberse algo en Penwyck, podría ser catastrófico. Preferimos que se ponga en contacto primero con el señor Cordello y que intente convencerlo para que nos ayude a hablar con su hermano.

—Siento mucho no haberlo localizado todavía...

—No es culpa suya. Es evidente que evita cualquier tipo de aparición pública y que ni siquiera permite que lo mencionen en los periódicos.

—¿No ha conseguido ninguna fotografía?

—Todavía no, y aunque hemos vigilado hasta su apartado de correos, no hemos obtenido ninguna información sobre su paradero ni sobre la dirección de su residencia. Pero espero tener pronto la fotografía. En cuanto la consiga, se la enviaré.

Amira había notado que en la casa de Brent había un fax, así que dijo:

—En el lugar donde me alojo hay fax. Podría enviármela aquí si la consigue pronto.

—Excelente idea. La resolución de la fotografía no será buena, pero al menos podrá hacerse una idea sobre su aspecto.

—Espere un momento...

Amira entró en el despacho de Brent, apuntó el número del fax, y volvió al teléfono para dárselo a Everson.

—Muy bien —dijo el hombre—. Entonces, se la enviaré en cuanto la tenga.

Cuando dejaron de hablar, Amira se preguntó cómo sería Marcus Cordello. Tal vez alto y atractivo, como un príncipe.

Pero supuso que en uno o dos días saldría de dudas.

Sin embargo, su preocupación en aquel instante era otra bien distinta: si las cosas seguían así, en un par de días se habría enamorado completamente de Brent Carpenter y ya no le importaría nada relacionado con Penwyck.

Solo le importaría el amor de Brent.