Capítulo 6
CUANDO Amira se levantó a la mañana siguiente, Brent ya estaba en la mesa de la cocina, tomando un café y con la perrita a sus pies.
—Es café instantáneo. Me temo que si queremos desayunar decentemente, tendremos que salir de compras.
—¿Y a dónde podemos ir?
—A tres kilómetros de aquí hay un supermercado. Tiene de todo y es muy interesante. Además, aunque quieras volver a Chicago, tendrás que comer algo antes.
—Está bien, iré a ver tu supermercado —bromeó.
—Estás muy guapa esta mañana —dijo él, mirándola detenidamente.
Amira llevaba un pantalón vaquero, ajustado, y un jersey de cachemir de color azul, con zapatos negros de cordones. Iba muy a la moda, según la dependienta de la tienda donde había comprado la ropa, pero no estaba acostumbrada a llevar prendas de ese estilo y se sentía algo insegura con ellas.
—Me siento extraña —admitió.
—¿Qué sueles llevar cuando vas a clase?
—Ropa corriente, pero nada tan ajustado como esto. Me mirarían demasiado.
—¿Es que hay hombres en tu clase?
—Por supuesto.
—Entonces, no solo te mirarían. También les provocarías una fuerte subida de temperatura —bromeó.
Amira se ruborizó sin poder evitarlo.
—¿Nos llevamos a Cacao? —preguntó ella.
—Será mejor que la dejemos aquí. Puede que no la dejen entrar en el supermercado. Pero estará bien. Iré a buscar el coche... Cuando salgas, limítate a cerrar la puerta principal.
Brent desapareció y Amira se reunió con él en el vado poco tiempo después.
En pocos minutos se encontraron en el supermercado al que se había referido él, que se encontraba junto a una gasolinera. Brent tomó una cesta y preguntó:
—¿Qué te gustaría desayunar?
—¿Podríamos tomar crepes de arándanos?
—Si tienen arándanos, sí... Tendremos que echar un vistazo.
—No estoy muy acostumbrada a ir de compras —comentó la joven.
—Yo tampoco, así que hacemos una buena pareja. Parece que los dos vivimos lejos del mundo real.
—Sí, pero este viaje a Estados Unidos ha cambiado mi perspectiva de las cosas.
—¿En qué sentido?
—Ahora comprendo que la vida en palacio ha estado limitando mi libertad. He estado demasiado protegida, y hay tantas cosas que no he visto, ni hecho... Este viaje, incluso la búsqueda de Marcus Cordello, está siendo toda una aventura para mí.
El gesto de Brent se tornó súbitamente sombrío, y ella preguntó:
—¿Qué sucede?
—Nada. Es que tengo hambre, eso es todo. Compraremos algo de comer y volveremos a casa.
Cuando regresaron a la casa, Brent se encargó de llevar las provisiones al interior y no dejó que ella lo ayudara. Los comentarios de Amira sobre su vida le habían recordado a Rhonda y la vida que había llevado con ella. Rhonda era una mujer alegre, llena de vida, y habían mantenido una relación muy conveniente para los dos, pero algo superficial.
Sin embargo, se arrepentía de no haberse entregado con más pasión. De haberlo hecho, Rhonda le habría contado que estaba enferma. No le habría ocultado que necesitaba insulina dos veces al día y él la habría cuidado con más atención. Por alguna razón, Amira estaba provocando que recordara muchas cosas de su pasado.
Poco después de entrar en la casa, prepararon café y la joven se puso a hacer los crepes. Entonces, Brent declaró de improviso:
—Ayer me preguntaste si había mantenido alguna relación seria.
—Sí, es cierto...
—A los veintiún años estuve comprometido. Se llamaba Rhonda.
—¿Y qué ocurrió? —preguntó, mirándolo.
Brent se cruzó de brazos.
—Conocí a Rhonda en una fiesta. Ella estudiaba en la misma facultad que yo, así que teníamos muchas cosas en común. Era una mujer divertida, con mucho carácter, que nunca huía de nada. Llevábamos una vida muy intensa. Yo trabajaba por el día y estudiaba por la noche. Y ella, que se encontraba en el último año de carrera, estaba decidida a convertirse en banquera.
—Parece que os llevabais muy bien...
—Sí, pero hubo algo muy importante de su vida que no me dijo, y aún no sé si fue por culpa suya o mía. Tenía diabetes y debía cuidarse mucho. Yo no lo sabía, y cuando empezó a perder peso pensé que solo estaba cuidando su línea. Desconocía que a veces se saltaba las comidas y que en ocasiones no tomaba la insulina. Cuando lo averigüe, era demasiado tarde.
—¿Enfermó?
Brent se metió las manos en los bolsillos.
—Un día se desmayó en clase y entró en coma. Estuve dos días en el hospital, con sus padres, sentado en el borde de su cama. Pero sus riñones fallaron y murió.
—Oh, Brent...
—Me siento responsable, Amira. Debí preocuparme más, debí preguntarle por su pérdida de peso, pero no me di cuenta.
—¿Has pensado en la posibilidad de que tal vez no quisiera que lo supieras?
—¿Por qué no?
—Por la misma razón por la que tú no admites que te encuentras en malas condiciones. ¿Por qué te has empeñado en meter la comida en la casa tú solo? ¿Por qué no has permitido que te ayudara?
—No pretendía que pensaras que...
—¿Que no eres suficientemente fuerte? ¿Es que crees que te apreciaría menos por eso?
—No lo había pensado...
—Es muy probable que quisiera mantenerlo en secreto por el simple afán de parecerte lo suficientemente buena, de ser lo que tú deseabas que fuera.
—Entonces, fue culpa mía.
—No, no fue culpa tuya. Es un comportamiento muy habitual en la gente. Como las mujeres que no se atreven a quitarse el maquillaje o a estar mal vestidas si no están con alguien de absoluta confianza.
—Pero estuvimos saliendo durante un año y pensamos en casarnos. Debió confiar en mí.
—¿Tú confiabas en ella?
Brent consideró la pregunta. Por entonces, él estaba completamente concentrado en su trabajo y hablaban mucho sobre sus negocios, pero él no le daba demasiados detalles. Y en cuanto a los aspectos más personales, ni siquiera le había dicho que a su hermano y a él los habían separado de pequeños.
—Supongo que confiaba tan poco en ella como ella en mí. No sé por qué, pero nunca le dije lo de la separación de mis padres.
—Tal vez, porque ambos queríais ser lo que la otra persona deseaba.
—No quiero hablar de esto —dijo él de repente—. Es demasiado duro para soportarlo antes de desayunar...
Brent se alejó, se apoyó en el alféizar de una ventana que daba al jardín y miró el columpio en el que jugaba de pequeño.
Amira se acercó y permaneció de pie a su lado, tan cerca que estaba rozando su brazo.
—¿Qué ves ahí afuera?
—Me veo jugando con mi hermano, en el árbol. Veo a mi madre diciéndonos que nos bajáramos de la rama para no caernos. Y veo a mi padre colocando una escalera para que descendiéramos sin peligro —respondió—. ¿Ves aquella zona llena de arbustos?
—Sí.
—Todos los veranos, en el mes de junio, Shane y yo recogíamos fresas. Y cuando mi padre volvía de la ciudad, los fines de semana, hacíamos helado y nos lo comíamos en el porche con las fresas que habíamos recogido. Tal vez sea una tontería, pero pienso en ello muy a menudo.
—Eso es porque entonces eras feliz.
Brent se apartó de la ventana.
—Hace mucho que no soy feliz. He estado muy ocupado, pero no he sido feliz.
—¿Y no has mantenido ninguna relación con otra persona desde la muerte de Rhonda?
—No. Cuando murió, pensé que las relaciones personales eran demasiado dolorosas.
Amira lo observó durante unos segundos.
—El amor puede ser muy doloroso, pero cuando oigo hablar a mi madre sobre mi padre, sé que merece la pena. Y me alegra mucho que haya conocido a un hombre como Harrison, porque podrán complementarse y ser felices.
Brent negó con la cabeza.
—Yo solo veo dolor cuando observo a dos personas juntas. Mi familia se rompió porque mi madre descubrió que mi padre se estaba acostando con otra persona, y después nos separaron a mi hermano y a mí. En cuanto a Rhonda, nos queríamos. Pero al parecer no fue suficiente.
Brent se detuvo un momento antes de continuar.
—¿Qué hace falta para que una relación funcione? No lo sé. La mayor parte del tiempo, pienso que hombres y mujeres somos barcos que pasan en la noche. Ayer me preguntabas si te había traído aquí para seducirte y tu comentario me molestó porque era acertado. Pero te prometo que, si le quedas, seremos amigos antes que ninguna otra cosa. No quiero que te arrepientas de nada cuando regreses a Penwyck.
—Me quedaré, Brent.
Brent la miró y deseó besarla de nuevo, pero no quería arriesgarse a perder el control.
—¿Qué te parece si salimos a dar un paseo después del desayuno? Quiero enseñarte las cosas que me gustan de este lugar.
Amira se puso de puntillas, entonces, y lo besó en la mejilla. Fue un gesto rápido y sencillo, pero a Brent le emocionó.
—¿Por qué has hecho eso?
—Por tu sinceridad. Por nuestra amistad.
Brent se maldijo de nuevo por haberla mentido. No sabía lo que iba a pasar cuando supiera que él era Marcus Cordello.
Pero de momento, eso no importaba. Por ahora, y durante una semana, sería Brent Carpenter.
Y ya pensaría en lo demás más tarde.
Cuando salieron al exterior, Amira solo tuvo ojos para Brent. No prestó demasiada atención al cielo azul ni a la humedad del ambiente. Su mundo estaba completamente lleno con el hombre que caminaba a su lado.
Ahora podía comprender por qué se había concentrado en su trabajo y no había querido mantener otra relación con nadie. Se sentía responsable de la muerte de su prometida, aunque no lo fuera en absoluto, y ahora estaba huyendo de las responsabilidades. Amira sabía por tanto que debía tomarse aquella semana como lo que era, un interludio, unas vacaciones con un hombre al que comenzaba a apreciar sinceramente. Debía asumir que no conseguiría nada más de él, pero no estaba segura de poder hacerlo.
—Vamos por aquí —dijo Brent entonces, tomándola del brazo.
—¿A dónde vamos?
—Lo verás dentro de unos minutos.
Tomaron un camino que se adentraba en un bosque de abedules y que acababa en un claro de pinos, con una vieja caseta que parecía estar pensada para guardar herramientas. Pero cuando la observó con más detenimiento, comprendió que era otra cosa bien distinta.
—Teníais un escondite...
—Sí, un escondite para dos. La construimos mi hermano y yo. Encontramos los planos en una revista y pasamos todo un verano construyéndola cuando solo teníamos once años.
—¿Puedo entrar? —preguntó mientras avanzaba hacia la puerta.
—Deja que entre yo primero para asegurarme de que estarás a salvo.
Cuando Brent abrió la puerta, descubrió que solo tenía unas cuantas telarañas y hojas secas.
—Eres demasiado alto para la caseta —bromeó ella.
Brent se detuvo y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. Ella rió y se acomodó a su lado.
—Tú y tu hermano hicisteis un gran trabajo.
—Bueno, necesitó unas cuantas reparaciones, pero salió bastante bien —dijo él, muy consciente de la cercanía de Amira—. Pasé mucho tiempo aquí. Aunque mi hermano estaba lejos, lo sentía cerca en este lugar.
—¿Vivías aquí todo el año?
—Antes del divorcio, sí. Después del divorcio, mi padre compró una casa en la ciudad y solo veníamos aquí los fines de semana. Pero cuando volvió a casarse, solo venía muy de vez en cuando.
—¿Por qué?
—Porque siempre estaba en algún internado o en algún curso. Mi madrastra se las arreglaba para mantenerme lejos.
—Eso es terrible —comentó ella, indignada con la actitud de la mujer—. ¿Tu padre no se dio cuenta de lo que te estaba haciendo?
Brent se encogió de hombros.
—Quería llevarse bien con ella, pero se divorciaron poco después de que yo terminara la carrera. Creo que mi padre nunca dejó de amar a mi madre. Si ella hubiera sido capaz de perdonarle su error, sospecho que seguirían juntos.
—Pero cuando la confianza se rompe, volver a levantarla es muy difícil.
—Sí, es cierto. Sin embargo, una historia siempre tiene más de un punto de vista. La gente hace las cosas que hace por alguna razón y la realidad es con frecuencia más compleja de lo que parece a simple vista.
—Tienes razón. Además, si dos personas se aman lo suficiente, pueden solucionar cualquier problema —comentó Amira.
Cacao apoyó entonces la cabeza en una de las piernas de Brent y cerró los ojos.
—Parece que la hemos aburrido —dijo ella.
—Mejor que mejor. Así tendremos unos minutos de intimidad —declaró él con voz suave y profunda.
Entonces, Brent la atrajo hacia sí y la besó. Fue un beso diferente para Amira, mucho más profundo que los anteriores, tal vez porque el hombre que deseaba había compartido parte de su vida con ella.
Pero el hechizo no duró demasiado, porque enseguida empezaron a oír pequeños golpes en el techo. Había empezado a llover.
—Vaya, será mejor que regresemos rápidamente a la casa o nos pondremos perdidos...
Brent y Amira salieron corriendo. La lluvia se transformó en aguacero antes de que consiguieran alcanzar el porche, y hasta Cacao estaba empapada.
—Tengo tan mal aspecto como la perra —dijo Amira—. Estoy mojando todo el suelo.
—Ve a secarte. Yo encenderé el fuego, mientras tanto, y me cambiaré en la cocina. Tengo unos pantalones secos sobre la lavadora.
Amira se había quitado la ropa y se había envuelto en una toalla cuando Brent apareció en el piso superior. La miró, casi devorándola con los ojos, y dijo:
—Ya he encendido el fuego. Iré a buscarte algo de ropa.
—Pero tendría que arreglarme antes...
—No tienes que arreglarte nada. Estás perfecta así. Siéntate en el salón y tápate con la manta si quieres. ¿Qué te traigo?
—He dejado un jersey y unos vaqueros sobre la cama...
—Está bien, vuelvo enseguida.
Brent no tardó en regresar con la ropa, y Amira notó que clavaba la vista en sus senos, apenas cubiertos por la toalla y la manta. Le dio las prendas y añadió:
—Voy a la cocina. Cuando te hayas vestido, dímelo.
Amira pensó que podía dejar que las cosas siguieran como hasta entonces, que podía vestirse y actuar como si no sintiera ningún deseo por él. Pero se dijo que era una actitud muy hipócrita por su parte. En realidad, deseaba encontrarse entre sus brazos. Quería dejarse llevar.
Dejó la ropa a un lado y preguntó:
—¿Vas a besarme?
—Amira, no sabes lo que estás pidiéndome. No puedo encender y apagar el deseo que siento por ti como si fuera un simple interruptor.
—Entonces, no lo apagues.
Brent se sentó a su lado y la tomó entre sus brazos.
—Eres tan dulce... —murmuró él—. Estoy deseando desnudarte.
El hombre se inclinó sobre ella con intención de cumplir su deseo, pero en aquel preciso instante sonó el teléfono.
—No pienso contestar —dijo él.
—Pero podría ser para mí...
—Miraré el número desde el que llaman. Si lo reconozco, no contestaré la llamada. Pero si no lo reconozco, podrás contestar.
Brent se acercó al teléfono para comprobar el número en la pequeña pantalla del aparato.
—Creo que es para ti. Tiene un prefijo internacional que no conozco.
Amira se cerró mejor la toalla, alrededor del cuerpo, y se levantó para descolgar el auricular.
—¿Dígame?
—Hola, cariño.
—¡Mamá! Me alegra oír tu voz de nuevo. ¿Sigues en Grecia?
—Hemos pasado los tres últimos días en un yate que Harrison alquiló y ahora estamos en Santorini. Es un sitio precioso, con vides, cafés y playas de arena negra. Nuestra suite tiene unas maravillosas vistas al mar Egeo. Me gustaría que pudieras disfrutar de todo esto.
—Tal vez lo haga, algún día —murmuró.
—¿Qué tal estás? Cuando llamé a palacio, la señora Ferth me dio este número de teléfono.
—Ahora no estoy en Chicago, y todavía no he conseguido localizar al señor Cordello. Está de vacaciones, así que decidí viajar un poco antes de que regrese.
—Una idea maravillosa, pero estando sola... ¿Estarás a salvo?
—Por supuesto. Estoy en una casa muy bonita. Ahora está lloviendo y estaba sentada frente al fuego.
—¿Y no te sientes sola?
—Oh, no. Esto es maravilloso. Hago lo que quiero cuando quiero.
—A veces me preocupas, cariño. Yo no me había dado cuenta de lo sola que estaba hasta que conocí a Harrison. Pero ahora sé que ya no estaré sola nunca más. Lo amo apasionadamente, más cada día que pasa. Ya no puedo imaginar mi vida sin él.
—Me alegra que encontraras a Harrison, madre, y me alegra que ya no estés sola.
—No pretendía insinuar que me sentía sola cuando vivíamos juntas, cariño. Espero que lo comprendas.
—Lo comprendo perfectamente. El lazo que se crea entre un hombre y una mujer es muy distinto a los demás.
—Hablas como si tuvieras experiencia al respecto... ¿Es que he estado tan ocupada con los asuntos de palacio que no me he dado cuenta de algo importante, hija?
—No, en absoluto. Era un simple comentario. Además, te he oído hablar muchas veces sobre papá y ahora veo lo mucho que quieres a Harrison. Me gustaría vivir algo así algún día. Y tal vez, tener hijos —declaró la joven.
—Debes tener cuidado, Amira. Aunque nunca dije nada, sé que te veías con Sean en los jardines de palacio.
—¿Lo sabías y no dijiste nada?
—Entonces solo tenías diecisiete años y pensé que lo vuestro no duraría demasiado. Además, en Penwyck siempre hay alguien dispuesto a cuidarte o a echarte una mano. Pero ahora estás sola en Estados Unidos... Ten cuidado. Siempre hay gente que quiere aprovecharse de los demás.
Amira comenzaba a sentirse bastante incómoda. Estaba allí, charlando con su madre, sin más ropa que una toalla alrededor del cuerpo y sometida a la mirada de Brent. Tenía que cambiar de conversación como fuera, así que preguntó:
—¿Cuándo regresas a Penwyck?
—Probablemente mañana. Harrison tiene que volver a trabajar. Hemos decidido comprar una casa en el campo, pero mantendremos su piso en la ciudad porque está muy cerca de palacio.
—Creo que cuando regrese, yo también buscaré una casa.
—Bueno, si es lo que quieres hacer... Me encantará acompañarte a buscar piso.
—Eso sería maravilloso. Tu gusto con las casas y con los muebles es casi tan bueno como el mío —bromeó.
Gwen Montague rió.
—Bueno, cuídate mucho, hija. Espero verte la semana que viene, y a ser posible, con Marcus Cordello.
—Haré lo que pueda. Pero, cambiando de tema, ¿sabes si ha mejorado la salud del Rey?
—No, me temo que sigue igual. No podemos hacer nada, salvo intentar averiguar quién es el verdadero heredero del trono. En fin, te veré pronto...
Cuando Amira colgó el teléfono, sus ojos estaban llenos de lágrimas. Echaba de menos a su madre. Echaba de menos a todo el mundo en palacio. Pero sobre todo, se sentía como si aquel viaje estuviera cambiando su vida, y no sabía si eso era bueno o malo.
—Por lo que he podido oír, era tu madre — dijo Brent.
—Sí, se está divirtiendo mucho, pero estaba preocupada por mí. Bueno, voy a vestirme.
—Amira, no estábamos haciendo nada malo —dijo él, comprendiendo su inseguridad—. No eres una niña. Tienes derecho a tomar tus propias decisiones y no deberías permitir que tu madre te haga sentir culpable.
—No intenta hacer que me sienta culpable. Ella no tiene nada que ver con esto. Es que, mientras hablábamos por teléfono, he recordado que siempre quise hacer el amor por primera vez en circunstancias algo más estables que estas.
—Yo solo puedo ofrecerte esta semana, Amira.
—Lo sé. Precisamente por eso voy a subir a vestirme.
Amira se alejó con tanta dignidad como pudo, sintiendo la mirada de Brent en su cuerpo, y subió las escaleras haciendo un esfuerzo para no ponerse a llorar antes de llegar a su dormitorio.
Deseaba pasar mucho más que una simple semana con Brent, pero sabía que era un sueño imposible.
Cuando llegó a lo más alto de las escaleras, se detuvo y miró hacia abajo. Brent estaba mirando el fuego y la joven se preguntó qué estaría pensando de ella.