Capítulo 2
AMIRA despertó al oír que alguien llamaba repetidamente a la puerta de su suite. Abrió los ojos y vio que eran las ocho de la mañana. Una vez más había conseguido dormir toda la noche, en un lugar extraño, sin sobresaltos; al parecer, sus pesadillas se habían quedado en Penwyck. Cabía la posibilidad de que la noticia que le había dado su madre, antes de partir, la hubiera liberado; ahora sabía que el asesino de su padre estaba muerto.
Pero volvieron a llamar a la puerta y Amira olvidó el asunto. Supuso que sería algún empleado del hotel y que tal vez quisiera arreglar la habitación, así que se levantó, se puso la bata que había dejado sobre una silla y se cerró el cinturón.
Sin embargo, no era ningún empleado. Cuando se asomó a la mirilla, descubrió que era Brent, que llevaba una bandeja.
Abrió la puerta y sonrió.
—Qué sorpresa...
Brent también sonrió al verla.
—Es una estrategia para asegurarme de que desayunas algo más que un par de galletas y un café. No quiero que te desmayes en los brazos de otro hombre.
Amira sabía que estaba bromeando, pero notó un brillo más que serio en sus ojos verdes. Y estaba a punto de invitarlo a entrar cuando recordó que solo llevaba una bata y el camisón.
—Oh, no puedo aceptarlo. Yo...
—Vamos, ni siquiera exigiré que me dejes propina —bromeó.
Brent pasó a su lado, entró en la suite y dejó la bandeja sobre una mesa.
—Pero ni siquiera estoy vestida...
—Estás perfecta. Además, no tienes tiempo de vestirte. Los huevos con panceta se enfriarían, y no me digas que engordan porque tienes una figura excelente.
Amira se ruborizó ante el comentario, y Brent rió, la tomó de la mano y la invitó a sentarse en el sofá.
—Sé que eres toda una dama y no haré nada inapropiado. Te lo prometo.
Su sonrisa era tan encantadora, y sus modales tan perfectos, que Amira no pudo resistirse. Además, se sentía sola en aquel país extraño y le divertía la compañía de aquel hombre.
Brent destapó los recipientes de la comida y acto seguido la miró con intensidad.
—No he podido dejar de pensar en ti —confesó de repente.
—Yo tampoco —dijo ella, respondiendo a su sinceridad con sinceridad.
Brent ya se acercaba a ella, dispuesto a besarla, cuando sonó el teléfono y Amira no supo si sentirse perturbada o aliviada.
—Discúlpame un momento —murmuró la joven mientras descolgaba el auricular—. ¿Dígame?
—Buenos días, Amira.
—Buenos días, Su Majestad.
Amira reconoció inmediatamente la voz de la Reina. Para ella era tan familiar como la de su madre.
—Espero no haberte llamado demasiado temprano —continuó la Reina—. He olvidado la diferencia horaria.
Amira miró entonces a Brent y notó su gesto de sorpresa. Supuso que tal vez no había creído la historia que le había contado.
—No, no es demasiado temprano. De hecho he estado varios días, a horas aún más tempranas, sentada en la sala de espera de la oficina de Marcus Cordello.
—¿Cómo va todo, querida? ¿Has conseguido reunirte con él?
—Me temo que está resultando bastante más difícil de lo que imaginábamos. Lo he intentado todo, pero sin éxito. Su secretaria me ha comentado que estará ilocalizable durante diez días, de modo que tendremos que esperar.
La Reina permaneció en silencio unos segundos antes de hablar.
—Comprendo. Bueno, sé que haces todo lo que puedes. Cole Everson está investigando para darte más detalles sobre Cordello. Y una fotografía. Puede que eso te ayude.
Cole Everson era el jefe del servicio de espionaje de Penwyck, y Amira sabía que la Reina confiaba en él.
—¿Qué piensas hacer hoy, Amira? Reunirte con Marcus Cordello es importante, pero es importante que te diviertas un poco. ¿Has visto ya la ciudad?
—No, todavía no.
—Debes de estar muy sola en Chicago. ¿Quieres que te busque un guía?
Amira miró a Brent y se sintió culpable por estar medio desnuda y con un desconocido en la suite. Pero de repente lamentó tener una misión que cumplir, y sobre todo, haber recibido una educación tan estricta.
En cuanto a Marcus, la observó con atención. No había podido dormir en toda la noche, pensando en ella. Se sentía muy atraído por aquella joven, pero era algo más que una simple atracción física. Amira lo fascinaba.
Poco después de levantarse y de cancelar todas sus citas del día, había llamado a un amigo, experto en búsqueda de información, para que investigara a la mujer. Pero la conversación telefónica que estaba escuchando en aquel mismo instante lo convenció de que realmente mantenía contacto con una reina. No podía ser un montaje, porque Amira no sabía que tenía intención de pasar por su suite.
No necesitaba un informe para saber que era quien decía ser. Además, lo estaba buscando. Y la situación resultaba tan problemática que pensó en la posibilidad de marcharse, olvidarse del desayuno y no volver a verla.
Su existencia había sufrido bastantes sobresaltos y no quería sufrir uno más. Todo había comenzado con el divorcio de sus padres, cuando Shane y él solo eran unos niños. El golpe para Marcus resultó devastador, pero su vida empeoró cuando su padre se volvió a casar por segunda vez, porque su madrastra insistió en llevarlo a un internado para librarse de él.
Mucho tiempo después, cuando pensaba que tenía todo lo que podía desear, cuando había conseguido más dinero del que habría soñado nunca, perdió a su prometida por culpa de la diabetes. Rhonda no le había dicho que estaba enferma y él nunca lo había sospechado. Tras su muerte, Marcus se había concentrado en el trabajo y había eliminado cualquier tipo de contacto social en su vida.
Pero Amira había destrozado su pequeño mundo en una sola noche. Había derruido todos sus muros y ahora deseaba pasar más tiempo con ella.
Volvió a mirarla de nuevo y notó que estaba preocupada. Segundos después, cuando colgó el teléfono, preguntó:
—¿Va todo bien?
—Sí, la Reina siempre ha sido muy comprensiva. Es como una segunda madre para mí. Incluso me ha ofrecido un guía para enseñarme Chicago.
—¿Y qué has dicho?
—Que no lo necesito.
—¿No necesitas el guía de la Reina, o no necesitas ningún guía? Lo pregunto porque estaría encantado de enseñarte la ciudad hoy mismo.
Amira lo miró con incertidumbre.
—¿No tienes trabajo?
—Hace tiempo que no me tomo un día libre, y no se me ocurre mejor forma de pasarlo que enseñarte Chicago. ¿Te apetece?
La joven sonrió.
—Bueno, la Reina insistió en que me divirtiera...
—Entonces, ¿quién soy yo para desobedecer una orden real?
Amira río y todas sus dudas desaparecieron de inmediato.
—Tengo que ducharme y vestirme. ¿Quieres que nos encontremos en alguna parte?
Brent quería facilitarle las cosas para evitar que se sintiera incómoda, así que respondió:
—Tengo que hacer un par de cosas, pero cuando terminemos el desayuno podríamos salir y por la noche podríamos ir al cine o a bailar.
—Prefiero ir a bailar.
—Entonces, iremos a bailar. ¿Te parece bien que nos veamos dentro de media hora en el vestíbulo del hotel? ¿Tendrás tiempo suficiente?
—Sí —respondió ella en un murmullo.
Cuando terminaron de desayunar, Marcus supo que debía marcharse para no caer en la tentación de besarla. Era tan excitante y tan atractiva que no podía apartar la mirada de su cuerpo.
El hombre se levantó del sofá y se inclinó sobre ella con intención de darle un beso de despedida. Debía ser un beso rápido, leve, pero se excitó de todas formas. Por suerte, la perspectiva de pasar todo un día con Amira le sirvió para refrenar el deseo.
—En media hora —le recordó, con voz ronca. Marcus se marchó entonces, y cuando abandonó la suite se sentía más vivo que nunca.
El día de octubre no pudo ser más perfecto. El cielo estaba despejado y el sol brillaba. Un día perfecto para divertirse.
Cuando Amira apareció en el vestíbulo del hotel, con un vestido verde, Brent arqueó una ceja y se preguntó si aquella era su forma de vestirse de forma desenfadada. Obviamente, lo era. Aquella mujer parecía estar acostumbrada a vestir de forma elegante en cualquier circunstancia.
La tomó del brazo y dijo:
—Uno de estos días, me gustaría verte con vaqueros.
Condujeron hasta el Wrigley Field, el viejo estadio cubierto de hiedra. A Amira le gustó mucho, y acto seguido visitaron el acuario Shedd, la Sociedad Histórica de Chicago y el zoológico de Lincoln Park.
De algún modo, Marcus se las arregló para no besarla en toda la mañana. Nunca había sentido un deseo tan intenso, ni siquiera con Rhonda. El amor que había sentido por ella no evitaba que deseara volver al trabajo o dedicarse a cualquiera de sus intereses profesionales. Pero con Amira todo era distinto.
Decidieron saltarse la comida, tras el frugal desayuno, y se limitaron a comprar unos helados. Brent descubrió que a Amira le gustaban de chocolate, y cuando comenzó a lamer el cucurucho, pensó que se volvería loco.
Por la tarde, pasearon por la avenida Michigan y terminaron en la Tribune Tower, la sede del periódico Chicago Tribune. Para entonces volvieron a sentir hambre y él la llevó a un pequeño café donde sabía que no se encontraría con nadie conocido. La luz del establecimiento era tenue y el ambiente resultaba muy íntimo.
Casi eran las diez cuando el chófer de Brent los llevó a un club que el ejecutivo había visitado varias veces. Estaba tan lleno que no pudieron encontrar mesa, así que se dirigieron directamente a la pista de baile. Pero la música estaba muy alta y no se entendían, así que él se inclinó sobre ella y le murmuró al oído:
—Esto no es exactamente lo que había pensado. Quiero hablar contigo, no tener que gritarte. ¿Te gustaría conocer mi casa? Tengo varios empleados, de modo que te servirán de carabina.
Amira permaneció en silencio durante unos segundos, pero al final sonrió y dijo:
—Me encantaría.
Cuando llegaron a la casa, el portero del edificio les abrió la puerta. Al ver a Marcus, estuvo a punto de pronunciar su nombre, pero el ejecutivo lo interrumpió a tiempo.
—Buenas noches, señor...
—Buenas noches, Charlie. ¿Qué tal está tu nieto?
—Ya tiene tres días, y debo decir que es el bebé más guapo de la tierra.
Marcus rió y llevó a Amira a un ascensor privado que llevaba directamente a su casa.
En cuanto entraron, la joven comentó:
—Vives como si pertenecieras a la realeza...
—¿Cómo? —preguntó, extrañado.
—Comes en salones privados, tienes chófer y hasta tienes un ascensor para ti solo. Definitivamente, pareces de la realeza.
—Supongo que algunas personas podrían verlo de ese modo, pero por suerte no tengo ningún hermano gemelo que ande detrás de mi dinero, de modo que puedo gastármelo en lo que me gusta.
Marcus hizo el comentario pensando en la historia que le había contado Amira, y que todavía no podía creer.
—¿Tienes hermanos? —preguntó ella.
—Sí, un hermano. Y no podríamos ser más diferentes. Es constructor.
El ascensor se detuvo en el último piso y Marcus se alegró porque no quería seguir hablando de su familia. Cabía la posibilidad de que Amira tuviera más datos de Marcus Cordello de lo que imaginaba, y no quería traicionarse.
Cuando entraron en la casa, el hombre la llevó hacia el salón. Las paredes estaban llenas de cuadros y la decoración resultaba sumamente elegante, pero Amira la encontró algo fría.
—Observo que no pasas mucho tiempo aquí...
—No. En realidad solo la utilizo para dormir. Mi despacho es bastante más personal. Pero ven conmigo, hay algo que quiero enseñarte...
Marcus la llevó hacia la terraza y antes de abrir las puertas de cristal, puso un poco de música. En cuanto Amira tuvo ocasión de contemplar las vistas de la ciudad, dijo:
—Ahora comprendo que vivas aquí.
—Sí, la vista es preciosa... Pero debimos ir al cine en lugar de ir a bailar.
—De haberlo hecho, tal vez no habríamos terminado en tu casa... —murmuró ella.
La suave música llegó entonces a sus oídos, y él preguntó:
—¿Quieres bailar?
En lugar de contestar a la pregunta, ella se limitó a dar un paso hacia él. Marcus la tomó entre sus brazos. Llevaba todo el día esperando aquel momento, queriendo sentir su contacto y su aroma.
Bailaron juntos como si se conocieran desde hacía muchos años. Parecían encajar perfectamente, y los minutos fueron pasando rápidamente, sin que fueran conscientes del tiempo transcurrido.
Por fin, ella levantó la mirada y dijo:
—Ha sido un día precioso. Siempre lo recordaré.
Amira hablaba como si no fuera a verlo nunca más, y en cierta forma, Marcus se alegró. Hacer el amor y despedirse al día siguiente, por la mañana, evitaría cualquier tipo de problemas. Pero por otra parte, Amira había iluminado su vida y deseaba seguir saliendo con ella.
—Me dijiste que te gusta salir a correr por las mañanas. ¿Te gustaría que corriéramos juntos mañana, en el parque Lincoln?
—¿No tienes que ir a trabajar?
—Tenía intención de tomarme otro día libre. Además, el domingo me voy de vacaciones; así que me limitaré a adelantarlas. ¿Te parece bien a las ocho?
—Perfecto.
Marcus no pudo soportarlo por más tiempo. Llevaba demasiado tiempo refrenando sus impulsos y cedió a la tentación de besarla.
La besó apasionadamente, bajo las luces de la ciudad, incapaz de dominar el deseo. Era la primera vez que le ocurría algo similar. Siempre controlaba las situaciones y se sintió inseguro, pero intentó tranquilizarse pensando que aquello no era nada serio. Tenían vidas muy distintas y en poco tiempo se separarían para siempre.
Sin embargo, la deseaba tanto que optó por enfriar la situación a toda costa. De modo que se apartó de ella y dijo:
—Será mejor que te presente a mi ama de llaves.
Flora era justo lo que necesitaban. Una carabina. Además, quería demostrarle a Amira que no le había mentido al decir que tenía empleados en la casa.
No quería mentirle. Pero ya lo había hecho. No le había dicho su verdadero nombre.
—Buena idea —dijo ella—. Y después, será mejor que me marche.
Marcus notó que el deseo que sentía era recíproco, pero era consciente de su ingenuidad y no quiso aprovecharse de ella, así que la tomó de la mano, la llevó a la cocina y sustituyó una posible noche de sexo apasionado por un café y unas pastas.
Amira estaba fascinada con la belleza de Chicago, pero aún lo estaba más con el hombre que corría a su lado, con camiseta y pantalones negros. Sus piernas eran musculosas y morenas, como el resto de su cuerpo. Y tuvo la impresión de que corría más despacio de lo normal en él para que pudiera seguir su ritmo.
Brent la miraba con bastante frecuencia, pero la joven no sabía si lo hacía por el efecto de la ajustada indumentaria deportiva que llevaba o porque realmente le gustaba su cuerpo. Pero en cualquier caso, estaba encantada con él.
No podía olvidar sus besos. El primero la había excitado y asustado al tiempo, pero el segundo había sido mucho peor. Lo deseó tanto que olvidó todo lo que le habían enseñado y sintió que aquel hombre podía derrumbar todo su mundo. Sin embargo, ahora, bajo la luz del sol, no tenía ningún miedo.
—¿Has oído eso? —preguntó Brent de repente.
Amira se detuvo y oyó un sonido que procedía de unos arbustos.
—Parece un animal...
—Sí, parece un perro. Ven, vamos a echar un vistazo.
Brent y Amira se acercaron al arbusto. Él se inclinó, tranquilizó al animal y lo sacó. Era una perra preciosa, de color marrón chocolate, pero estaba sucia, como si llevara varios días en aquel lugar.
—¿Está bien?
—Yo diría que no tiene nada que no pueda arreglar un buen baño. Y no lleva ni collar ni identificación...
—¿Qué podemos hacer con ella?
—No podemos dejarla aquí. Necesita comer algo. Además, si sale del parque es posible que la atropelle un coche.
—Pero si pertenece a alguien...
—En ese caso tendrá un chip identificativo. La llevaremos a un veterinario para que lo compruebe. ¿Te parece bien? Si nos la llevamos, no podremos seguir corriendo...
—Eso no tiene ninguna importancia ahora.
La sonrisa de Brent estuvo a punto de derretirla.
—Parece que los dos somos amantes de los animales.
—Sí, lo somos.
—Entonces, la llevaremos a mi casa.
—¿Vas a quedártela?
—Solo por ahora. Sé de un lugar donde estará perfectamente. Pero de momento, la llevaremos al veterinario, la limpiaremos un poco y le daremos de comer.
Una hora más tarde salieron de una clínica veterinaria. La perrita no tenía ningún chip y por lo demás se encontraba en perfecto estado, así que se dirigieron a la casa de Brent.
Estaban bañándola, cuando Amira preguntó:
—¿Tuviste perros de pequeño?
Brent tardó unos segundos en contestar. Y cuando lo hizo, Amira tuvo la sensación de que, por alguna razón, aquel asunto le dolía.
—No.
—No te gusta hablar de tu vida, ¿verdad?
—Bueno, normalmente nadie quiere escucharme...
—Yo escucharé todo lo que quieras contarme.
Brent la miró y supo que era sincera, pero decidió cambiar de conversación.
—Tenemos que ponerle un nombre a la perra. ¿Alguna idea?
—No sé. Podríamos ponerle algún nombre relativo a su color, o algo así...
—¿Qué te parece Cacao?
—¿Cacao? Sí, me parece perfecto...
—Debo darte las gracias por haber sido tan comprensiva esta mañana. Imagino que el día no ha salido como esperabas.
—Oh, vamos, ha sido divertido. Y, además, no imagino mejor final que salvar a una perrita.
Brent y Amira estaban tan cerca el uno del otro que no podían obviar la atracción que había entre ellos. La situación resultaba tan intensa que Amira casi no podía respirar, pero, por suerte, el animal ladró entonces y rompió el hechizo. Minutos más tarde, sacaron a la perra del agua y la secaron.
—¿Qué te parece si vemos qué ha preparado Flora para comer?
—Como quieras. Pero, ¿vas a dejar suelta a Cacao?
—Claro, está limpia y no puede ensuciar nada.
—Has dicho que puedes encontrarle un lugar donde estará bien. ¿A qué lugar te referías?
—A Reunion House.
—¿Reunion House?
—Sí. Cuando mis padres se divorciaron, yo me quedé con mi padre y mi hermano se fue a vivir con mi madre a otra zona del país. Fue terrible. No solo habíamos perdido a nuestros padres, sino que además nos separaron.
—Lo siento mucho...
Él se encogió de hombros.
—Nos las arreglamos para poder vernos un mes al año, en verano, en la casa donde habíamos crecido. Se encuentra a la orilla de un lago, a una hora y media de Chicago. Hace dos años compré la propiedad contigua, le cambié el nombre y lo llamé Reunion House. Es un albergue para niños que han sido separados tras los divorcios de sus padres. Nosotros nos limitamos a darles un sitio donde puedan pasar unos días juntos.
—Se nota que es un proyecto que te importa mucho...
—Sí, desde luego. La sonrisa de cualquiera de esos niños merece cualquier esfuerzo. Precisamente me marchó allí, la semana que viene, a pasar las vacaciones.
El comentario de Brent recordó a Amira que no les quedaba mucho tiempo para estar juntos, y se entristeció. Él volvería a su vida y ella seguiría tras los pasos de Marcus Cordello.
Cuando salieron del cuarto de baño, él preguntó:
—¿Quieres que saquemos a la perra a la calle después de comer?
—Creo que sería mejor que me marchara.
—¿Estás segura?
Brent se detuvo entonces y la miró con sus grandes ojos verdes. Después, la tomó de la mano, la besó con suavidad y lamió su índice de forma inmensamente sensual.
Amira gimió por el placer y se rindió de inmediato. Estaba decidida a pasar todo el tiempo que pudiera con aquel hombre, sin pensar en las consecuencias.
—Está bien —dijo—. Comeremos y después iremos a dar un paseo con Cacao.