XII
LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA
La filosofía es tan antigua como la religión y más antigua que todas las iglesias. Gracias a la altura y la pureza dé sus aislados representantes humanos, y gracias a la veracidad de su espíritu, ha estado a la altura del mundo de las iglesias, que afirma como lo distinto de ellas, si no siempre, las más de las veces. Pero frente a ese mundo está en la impotencia por falta de una forma sociológica propia. La filosofía vive bajo la protección accidental de las potencias del mundo, incluso las eclesiásticas. Ha menester de situaciones sociológicas felices para presentarse objetivamente en funciones. Su verdadera realidad está abierta a todo hombre en todo tiempo, en alguna forma está presente en todos los lugares donde viven hombres.
Las iglesias son para todos, la filosofía para algunos. Las iglesias son organizaciones visibles del poder de las masas humanas en el mundo. La filosofía es la expresión de un reino de los espíritus que están unidos unos con otros a través de todos los pueblos y épocas, sin instancia en el mundo que excluya o acoja.
Mientras las iglesias están vinculadas a lo eterno, su poder exterior está lleno a la vez de la intimidad del alma. Cuanto más ponen lo eterno al servicio de su poder en el mundo, tanto más siniestramente se manifiesta este poder, que se vuelve malo como cualquier otro poder.
Mientras la filosofía toca a la verdad eterna, da alas sin violencia, aporta al alma un orden sacado de su más profundo origen. Pero cuanto más pone su verdad al servicio de los poderes temporales, tanto más tienta a engañarse a sí misma con los intereses vitales y la anarquía del alma. Cuanto más, por último, no quiere ser sino ciencia, tanto más vacía se vuelve, como un juguete que ni es ciencia, ni es filosofía.
La filosofía independiente no le cae en suerte de suyo a ningún hombre. Nadie nace en su seno. Tiene que adquirirse siempre de nuevo. Sólo se hace dueño de ella quien la ve desde su propio origen. La primera mirada, aún fugacísima, que se le hecha, puede ya inflamar al individuo. Al inflamarse por obra de la filosofía sigue el estudio de ella.
Este estudio es triple: práctico, todos los días, en el obrar interior; objetivo, en la experiencia de los contenidos, mediante el estudio de las ciencias, de las categorías, de los métodos y de los sistemas; histórico, apropiándose la tradición filosófica. Lo que en la iglesia es la autoridad, eso es para el filosofante la realidad que le habla desde la historia de la filosofía.
Si nos volvemos hacia la historia de la filosofía en interés del propio y presente filosofar, no podemos tomar con bastante amplitud el horizonte.
La multiplicidad de las manifestaciones de la filosofía es extraordinaria. Los Upanichadas se pensaron en las aldeas y bosques de la India, en una soledad apartada del mundo, o en la íntima convivencia de maestros y discípulos; Kautilya pensó siendo un ministro que fundó un reino; Confucio, siendo un maestro que quería educar a su pueblo enseñándole la verdadera realidad política; Platón, siendo un aristócrata a quien le parecía imposible la actividad política a que estaba destinado por su nacimiento en su comunidad, a causa de la corrupción moral de ésta; Bruno, Descartes, Spinoza, siendo hombres independientes que querían desnudar la verdad para ellos en un pensar solitario; Anselmo, siendo el cofundador de una realidad aristocrático-eclesiástica; Tomás, siendo un miembro de la iglesia; Nicolás de Cusa, el cardenal, en medio de la unidad de su vida eclesiástica y filosófica; Maquiavelo, siendo un avisado estadista; Kant, Hegel, Schelling, que eran profesores, en conexión con su actividad docente.
Tenemos que librarnos de la idea de que el filosofar sea en sí y esencialmente una incumbencia de profesores. Es una cosa del hombre tal cual es, en todas las condiciones y circunstancias, del esclavo lo mismo que del señor. Únicamente comprendemos las manifestaciones históricas de la verdad dentro del mundo en que brotaron y del destino de los hombres que las concibieron. Si estas manifestaciones son lejanas y extrañas a las nuestras, justamente por ello nos resultan ilustrativas. Tenemos que escrutar el pensamiento filosófico y al pensador en la viva realidad de ambos. La verdad no se cierne flotando suelta en el aire de la abstracción, sustentándose a sí misma.
El contacto con la historia de la filosofía lo obtenemos allí donde, al estudiar a fondo una obra junto con el mundo en que surgió, nos acercamos a una y otro lo más posible.
Pero partiendo de ahí buscamos aspectos que nos pongan delante de los ojos la totalidad histórica del filosofar, en una articulación problemática sin duda, pero que sirve de hilo conductor para orientarse en tan amplios espacios.
La totalidad de la historia de la filosofía, que abarca dos milenios y medio, es como un solo gran momento del volverse el hombre consciente de sí mismo. Este momento es a la vez una discusión infinita. Revela las fuerzas que chocan entre sí, las cuestiones que parecen insolubles, las altas obras y las caídas, una profunda verdad y un remolino de errores.
En el saber histórico-filosófico buscamos el esquema de un marco en que tienen lugar histórico las ideas filosóficas. Sola una historia universal de la filosofía enseña cómo llega la filosofía a manifestarse históricamente en los más diversos estados sociales y políticos y situaciones personales.
Desarrollos del pensamiento independientes en sí tienen lugar en China, la India y Occidente. A pesar de algún enlace ocasional, es la separación de estos tres mundos, hasta el tiempo del nacimiento de Cristo, tan tajante que cada uno de ellos tiene que comprenderse esencialmente por él solo. Más tarde es la influencia más fuerte la del budismo oriundo de la India en China, comparable a la del cristianismo de Occidente.
En los tres mundos presenta el desarrollo una curva análoga. Después de una prehistoria difícilmente iluminable por la historia, surgen las ideas fundamentales en todas partes durante el tiempo axial (800 y 200 antes de Jesucristo). Entonces sigue una disolución y la consolidación de las grandes religiones de salvación, siguen renovaciones siempre reiteradas, siguen grandes síntesis sistemáticas (escolásticas) y especialmente especulaciones lógicas de un sublimado sentido metafísico llevadas hasta los últimos extremos.
Esta articulación típica y sincrónica del triple desarrollo histórico tiene en Occidente un carácter específico, primero por obra de un movimiento mucho más fuerte que se renueva en crisis y desenvolvimientos del espíritu, segundo por la variedad de lenguas y pueblos que dan expresión a sus ideas, tercero por el desarrollo sui generis de la ciencia.
La filosofía occidental se articula históricamente en cuatro sectores sucesivos.
Primero, la filosofía griega. Recorrió el camino que va del mito al logos, creó los conceptos fundamentales de Occidente, las categorías y las posiciones fundamentales posibles en la esfera del pensar la totalidad del ser, del mundo y del hombre. Para nosotros sigue siendo el reino de los tipos de línea sencilla apropiándonos los cuales tenemos que lograr la claridad.
Segundo, la filosofía cristiano-medieval. Recorrió el camino que va desde la religión bíblica hasta la comprensión intelectual de ésta, o de la revelación a la teología. En ella no sólo brotó la escolástica que conserva y educa. Con sus pensadores creadores salió a la luz un mundo que es originariamente religioso y filosófico a una, ante todo en Pablo, Agustín y Lutero. A nosotros toca mantener vivo para nosotros el misterio del cristianismo en este vasto reino del pensamiento.
Tercero, la filosofía europea moderna. Surgió en unión con la ciencia natural moderna y la nueva independencia personal del hombre frente a toda autoridad. Kepler y Galileo por un lado, Bruno y Spinoza por otro, representan los nuevos caminos. A nosotros toca percatarnos allí del sentido de la verdadera ciencia —que se falseó ya desde un principio— y del sentido de la libertad personal del alma.
Cuarto, la filosofía del idealismo alemán. Desde Lessing y Kant hasta Hegel y Schelling va una línea de pensadores que en profundidad contemplativa quizá superan cuanto hasta entonces se había pensado en Occidente. Sin el fondo de una gran realidad política y social, en una oscura vida privada, llenos de la totalidad de la historia y del cosmos, ricos en el arte especulativo del pensamiento y en visiones de las cosas humanas, erigieron, mundiales sin verdadero mundo, sus grandes obras. A nosotros toca sacar de ellos la posible hondura y anchura que se habría perdido sin ellos.
Hasta el siglo XVII y aún después estuvo todo el pensamiento de Occidente bajo la directiva de la antigüedad, de la Biblia y de Agustín. Esto cesa lentamente desde el siglo XVIII. Se cree poder apoyarse sin historia en la propia y sola razón. Mientras desaparecía como fuerza operante el pensamiento tradicional, aumentó un erudito saber histórico de la historia de la filosofía, pero restringido a los círculos más estrechos. Es hoy posible llegar a conocer todo el pensar tradicional, y tenerlo a la propia disposición en ediciones y obras de consulta, más fácilmente que en ninguna época anterior.
Desde el siglo XX se intensificó el olvido de aquellas bases milenarias, en favor de un disperso saber y poder técnico, de una superstición científica, de ilusorias metas del más acá, de una pasiva ausencia de pensamiento.
Ya desde la mitad del siglo XIX emerge la conciencia del final y la cuestión de cómo seguirá siendo posible la filosofía. La continuidad de la filosofía moderna en los países occidentales, la filosofía profesoral de Alemania, que cultivaba históricamente la gran herencia, no bastaban para hacerse ilusiones acerca del final de una forma milenaria de manifestación de la filosofía.
Los filósofos que hacen época son Kierkegaard y Nietzsche, figuras de un tipo como no las había antes, en evidente relación con la crisis de esta época; a gran distancia espiritual de ellos también Marx, que los superó a todos en influencia sobre las masas.
En último extremo es posible un pensar que todo lo ponga en cuestión para llegar al más profundo origen, que todo lo sacuda para dejar limpia la mirada que se dirige a la «existencia», lo incondicional, la presencia, en un mundo radicalmente transformado por la edad de la técnica.
Semejantes sinopsis se bosquejan dirigiendo la mirada a la totalidad de la historia de la filosofía. Son superficiales. Se quisiera rastrear relaciones más profundas en el conjunto. Se plantean, por ejemplo, las siguientes cuestiones.
Primera, la cuestión de la unidad de la historia de la filosofía. Esta unidad no es un hecho, sino una idea. Buscamos esta unidad, pero sólo alcanzarnos unidades particulares.
Vemos, pongo por caso, el despliegue de distintos problemas (por ejemplo, del problema de la relación del alma y el cuerpo), pero los hechos históricos sólo parcialmente coinciden en el tiempo con una construcción intelectualmente consecuente. Se presentan series de sistemas como, por ejemplo, la construcción de la filosofía alemana, luego de toda la filosofía, desembocando en Hegel, tal como la veía éste. Pero semejante construcción es violenta, no advirtiendo lo que en el filosofar anterior es mortal para el pensamiento hegeliano, y por lo mismo es para éste como si no existiera, o sea, dejando fuera lo que era justamente lo esencial para los otros pensadores. No hay construcción de la historia de la filosofía como serie de posiciones consecuente y con sentido que coincida con los hechos históricos.
Todo marco constructivo de un esbozo de unidad salta en pedazos por fuerza de la genialidad del filósofo individual. En medio de la real vinculación a conjuntos bien comprobados subsiste lo incomparable de todo lo grande, que siempre esta ahí como un milagro frente al desarrollo comprensible.
La idea de la unidad de la historia de la filosofía quisiera acertar con aquella filosofía eterna que, como vida coherente consigo misma, se crea históricamente sus órganos e instrumentos, sus vestiduras y atuendos, pero no se agota en ellos.
Segunda, la cuestión del comienzo y de la significación de éste. Comienzo es el pensar que empieza en cierto momento del tiempo. Origen es la verdad que está en la base en todo tiempo.
De las malas inteligencias y falseamientos del pensamiento necesitamos retornar en todo momento al origen. En lugar de buscar éste siguiendo el hilo conductor de los significativos textos tradicionales por el camino del propio filosofar original, surge la confusión consistente en pensar que es en el comienzo del tiempo donde debe hallarse el origen: así, en los primeros filósofos presocráticos, en el cristianismo primitivo, en el budismo primitivo. El camino del origen, camino necesario en todo tiempo, toma falsamente la forma del camino de descubrimiento de los comienzos.
Los comienzos aún asequibles para nosotros son sin duda de un gran encanto. Pero un comienzo absoluto es realmente indescubrible. Lo que es comienzo para nuestra tradición es un comienzo relativo, habiendo sido siempre ya un resultado de antecedentes.
Es, por ende, un principio de la ciencia histórica el que nos atengamos a aquello que está realmente ahí en los auténticos textos tradicionales. La intuición histórica es lo único que garantiza el engolfarse en lo conservado. Es vano esfuerzo el de completar lo perdido, reconstruir lo anterior y rellenar los huecos.
Tercera, la cuestión de la evolución y el progreso en filosofía. En la historia de la filosofía pueden observarse series de figuras, por ejemplo, el camino que va de Sócrates a Platón y Aristóteles, el camino desde Kant hasta Hegel, desde Locke hasta Hume. Pero semejantes series son falsas tan pronto como se cree que el posterior en cada caso ha conservado y superado la verdad del anterior. Lo nuevo en cada caso tampoco se comprende por lo antecedente dentro de semejantes series coherentes de generaciones. Lo esencial en lo antecedente queda con frecuencia abandonado, quizá ni siquiera resulta ya comprendido.
Hay mundos de trueque espiritual que se mantienen por un momento y dentro de los cuales dice su palabra el pensador individual, así la filosofía griega, la escolástica, el «movimiento filosófico alemán» desde el año 1760 hasta el 1840. Son épocas de viva comunicación en el pensar original. Hay también otras épocas en que la filosofía perdura como un fenómeno cultural y otras en que parece haber casi desaparecido.
Engañoso es el aspecto de una evolución total de la filosofía como un proceso progresivo. La historia de la filosofía se asemeja a la historia del arte en lo insustituible y único de sus más altas obras. Se asemeja a la historia de la ciencia en que son crecientes categorías y métodos los instrumentos que necesita emplear conscientemente. Se parece a la historia de la religión en ser una serie de creencias originales que en ella se enuncian intelectualmente.
También la historia de la filosofía tiene sus épocas creadoras. Pero la filosofía es en todo tiempo un rasgo esencial del hombre. Discrepando en esto de otros sectores de la historia del espíritu, puede en presuntos tiempos de decadencia aparecer repentinamente un filósofo de primer orden. Plotino en el siglo III y Escoto Eríugena en el IX son figuras aisladas y cumbres únicas. Se hallan con el material de sus ideas dentro de la cadena de la tradición, son quizá dependientes en todas sus ideas particulares y sin embargo aportan en conjunto una nueva y grande determinación fundamental del pensamiento.
Por eso en filosofía no está permitido decir nunca, refiriéndose a su esencia, que ha llegado a su término. En cada catástrofe subsiste quizá la filosofía, siempre como pensar efectivo de algunos individuos, incalculablemente en obras solitarias procedentes de tiempos por lo demás infecundos espiritualmente. La filosofía existe, como la religión, en todo tiempo.
El punto de vista de la evolución es para la historia de la filosofía tan sólo un punto de vista inesencial también porque toda gran filosofía vive acabada en sí, íntegra, independiente, sin referencia a una verdad históricamente más amplia. La ciencia sigue un camino en el que cada paso resulta superado por otro posterior. La filosofía tiene, por su mismo sentido, que realizarse cada vez íntegramente en un solo hombre. Por eso es un contrasentido subordinar a los filósofos como pasos de un camino, como etapas previas.
Cuarta, la cuestión del orden jerárquico. El filosofar, así en el pensador individual como en las intuiciones típicas de una edad, tiene conciencia de estar sometido a un orden jerárquico. La historia de la filosofía no es un campo nivelado de innumerables e iguales obras y pensadores. Hay complejos significativos que sólo alcanzan pocos. Ante todo hay puntos cimeros, soles en el ejército de las estrellas. Pero no hay nada de esto de tal modo que se dé un orden jerárquico único, definitivo y válido para todos. Hay una poderosa distancia entre lo que en una época piensan todos y el contenido de las obras filosóficas creadas en la misma época. Lo que encuentra comprensible de suyo el intelecto de todos puede llamarse filosofía exactamente lo mismo que lo que hay de interpretable hasta el infinito en las obras de los grandes filósofos. La quietud de la visión limitada y contenta con el mundo que ve, el impulso a ensancharlo todo, el detenerse dubitativo en el límite —todo esto se llama filosofía.
Llamamos a la historia de la filosofía algo paralelo a la autoridad de la tradición religiosa. En el filosofar no tenemos sin duda libros canónicos como los que poseen las religiones, ni una autoridad a la que haya que seguirse simplemente, ni validez definitiva de una verdad que esté ahí. Pero la totalidad de la tradición histórica del filosofar, este depósito de inagotable verdad, enseña los caminos al filosofar actual. La tradición es la hondura, divisada con una expectativa que no cesa jamás, de la verdad ya pensada; es el fondo insondable de las pocas grandes obras; es la realidad de los grandes pensadores aceptada con veneración.
La esencia de esta autoridad es que no cabe obedecerla inequívocamente. La tarea es llegar a través de ella, pero en un cerciorarse propio, hasta sí mismo; es volver a encontrar en su origen el propio origen.
Solamente filosofando actualmente con toda seriedad puede lograrse entrar en contacto con la filosofía eterna en sus manifestaciones históricas. Éstas son el medio de vinculación en la hondura de un presente común.
La investigación histórica tiene lugar, por lo mismo, en distintos grados de lejanía y cercanía. El que filosofa a conciencia sabe con qué se las ha en cada caso cuando estudia los textos. Los primeros términos tienen que resultar claros y segura posesión de un saber comprensivo. Pero el sentido y la cumbre de la penetración histórica son los momentos de unanimidad en el origen. Entonces se ilumina todo lo que da y aquello que únicamente da a todas las investigaciones de primer término su sentido y a la vez su unidad. Sin este centro del origen filosófico no pasa de ser la historia entera de la filosofía la narración de una cadena de errores y curiosidades.
Así es como la historia se convierte, una vez que ha despertado, en el espejo de lo propio: en la imagen veo lo que pienso yo mismo.
La historia de la filosofía —espacio en que respiro pensando— presenta ejemplos a la busca propia, ejemplos de inimitable perfección. Pone en cuestión con aquello mismo que en ella se intentó, logró y fracasó. Anima con el espectáculo del ser de algunos hombres incondicionalmente entregados a seguir su camino.
Hacer de una filosofía pasada la nuestra es tan imposible como producir por segunda vez una antigua obra de arte. Sólo se puede engañosamente copiarla. No tenemos, como los lectores piadosos de la Biblia, un texto en que poseamos la verdad absoluta. Por eso amamos los viejos textos como amamos las viejas obras de arte, hundiéndonos en la verdad de los unos como en la verdad de las otras, acudiendo a ellos; pero siempre queda una lejanía, algo inasequible y algo inagotable, con lo que sin embargo constantemente vivimos, y por último algo en que nos encontramos con el manantial del filosofar actual.
Pues el sentido del filosofar es la actualidad. No tenemos más que una realidad, aquí y ahora. Lo que por esquivez omitimos, nunca retorna, pero si nos dilapidamos, también perdemos el ser. Todo día es precioso: un instante puede serlo todo.
Pecamos contra nuestra misión cuando nos perdemos en el pasado o en el futuro. Sólo a través de la realidad actual es accesible lo intemporal, sólo adueñándonos del tiempo llegamos allá donde se ha extinguido todo tiempo.