APÉNDICE
Las doce conferencias por radio publicadas aquí son producto del encargo que me hizo el estudio de Basilea[4].
Si la filosofía afecta al hombre en cuanto hombre, ha de poder ser universalmente comprensible. No, sin duda, los difíciles desarrollos de la sistematización filosófica, pero sí algunas ideas fundamentales serían comunicables concisamente. He querido hacer sentir algo de la filosofía que afecta a todo el mundo. Pero lo he intentado sin renunciar a lo esencial, aun cuando esto resulta difícil de suyo.
Sólo de inicios podía tratarse aquí y de una pequeña sección de las posibilidades del pensar filosófico. Muchas grandes ideas ni siquiera inicialmente se han rozado. La meta era incitar a reflexionar por cuenta propia.
Al lector que busque hilos conductores para su reflexión filosófica, le doy en lo que sigue una orientación más amplia acerca de sus estudios.
I. SOBRE EL ESTUDIO DE LA FILOSOFÍA
En el filosofar se trata de lo incondicional, verdadero y propio que se hace presente en la vida real. Todo hombre en cuanto hombre filosofa.
Pero intelectualmente y con coherencia es imposible adueñarse de la esencia de la filosofía rápidamente. El pensar filosófico sistemático requiere un verdadero estudio. Este estudio encierra en sí tres caminos.
Primero, el tomar parte en la investigación científica. Esta tiene sus dos raíces en la ciencia natural y en la filología y se ramifica en una casi inabarcable multitud de especialidades científicas. La experiencia de las ciencias, de sus métodos y de su pensar crítico hace adquirir una actitud científica que es supuesto indispensable de la veracidad en el filosofar.
Segundo, el estudio de grandes filósofos. No se llega a la filosofía sino por el camino de su historia. Este camino es para el individuo un trepar, digámoslo así, por el tronco de grandes obras originales. Pero este trepar solamente tiene éxito cuando parte del impulso original de un interés actual, cuando parte del propio filosofar que se despierta en el estudio.
Tercero, el vivir a conciencia diariamente, la seriedad de las resoluciones decisivas y la responsabilidad de lo hecho y experimentado.
Quien omite uno de los tres caminos no llega a un claro y verdadero filosofar. Por eso es la cuestión para cada cual, principalmente para cada joven, la forma determinada en que recorrerá estos caminos; pues sólo una pequeña parte de lo asequible a lo largo de ellos logra conseguir él mismo. La cuestión se divide en éstas:
—¿Qué determinada ciencia intentaré llegar a dominar hasta el fondo como un especialista?
—¿Cuál de los grandes filósofos voy no sólo a leer, sino a estudiar a fondo?
—¿Cómo voy a vivir?
La respuesta sólo puede encontrarla cada uno por sí mismo. No puede fijarse como si fuese un contenido determinado, ni puede tener una precisión definitiva, ni venir desde fuera. Principalmente la juventud debe mantenerse en estado de posibilidad y de ensayos.
Por eso el consejo es éste: decidirse con resolución, pero no inmutable, sino examinando y corrigiendo, pero tampoco esto al azar y capricho, sino con la gravedad propia de la continuidad en lo intentado que hace del trabajo sucesivo una construcción.
2. SOBRE LECTURAS FILOSÓFICAS
Cuando leo, lo primero que quiero es entender lo que ha querido decir el autor. Mas para entender lo que se quiere decir, es necesario entender no sólo el lenguaje, sino también el asunto. La inteligencia depende del conocimiento del asunto.
De lo anterior resultan algunos hechos esenciales y fundamentales en el sentido de la filosofía.
Queremos adquirir con la inteligencia de los textos el conocimiento del asunto. Por ende tenemos que pensar en el asunto mismo y a la vez en lo que el autor ha querido decir. Cualquiera de las dos cosas sin la otra hace infructuosa la lectura.
Cuando al estudiar el texto mismo pienso en el asunto, tiene lugar en la inteligencia una transformación involuntaria. Por eso para una inteligencia justa son necesarias dos cosas: ahondamiento del asunto y retorno a la clara inteligencia del sentido mentado por el autor. Por el primer camino logro la filosofía, por el segundo la comprensión histórica.
En la lectura es requisito indispensable ante todo una actitud fundamental que partiendo de la confianza en el autor y del amor al asunto tratado por él, empieza por leer como si todo lo dicho en el texto fuese verdad. Únicamente cuando me he dejado arrastrar totalmente, interesándome a fondo, para emerger, por decirlo así, del centro del asunto, puede empezar una crítica que tenga sentido.
En qué sentido estudiamos la historia de la filosofía y nos hacemos dueños de la filosofía pasada, es tema que puede dilucidarse siguiendo el hilo conductor de los tres requisitos kantianos, pensar por sí mismo; pensar en lugar de cualquier otro; pensar de acuerdo consigo mismo. Estos requisitos representan tareas infinitas. Toda solución anticipada como si ya se la poseyera o supiera, es una ilusión; siempre estamos en camino hacia ella. La historia ayuda a andar por este camino.
El pensar por sí no se logra desde el vacío. Lo que pensamos por nosotros mismos tiene que sernos en realidad mostrado. La autoridad de la tradición despierta en nosotros los orígenes en que se creyó anteriormente, mediante el contacto con ellos en los comienzos y en las cumbres del filosofar históricamente dado. Todo estudio ulterior presupone esta confianza. Sin ella no cargaríamos con el trabajo de estudiar a Platón o a Kant.
El filosofar propio trepa, digámoslo así, por las figuras históricas. Entendiendo los textos de ellas llegamos a ser nosotros mismos filósofos. Pero este hacernos dueños de ellas no es, al seguirlas con confianza, pura obediencia. Sino que al caminar de su mano las ponemos a prueba en nuestro propio ser. «Obediencia» quiere decir aquí confiarse a la dirección, empezar por tener por verdadero; no debemos empezar por no tener por verdadero; no debemos empezar ni avanzar haciendo reflexiones críticas en todo momento, ni paralizando con ellas la verdadera marcha propia sometida a la dirección. Obediencia quiere decir además el respeto que no se permite una crítica barata, sino sólo una que partiendo del trabajo propio y total, se acerca paso a paso al asunto y como resultado se alza hasta su nivel. La obediencia encuentra sus límites en no reconocer como verdadero sino lo que logró convertirse en convicción propia en el pensar por sí. Ningún filósofo, ni siquiera el mayor, está en posesión de la verdad. Amicus Plato, magis amica veritas.
Sólo se llega a la verdad en el pensar por sí cuando se hace el esfuerzo incesante de femar en lugar de cualquier otro. Es necesario llegar a saber lo que es posible al hombre. Cuando se intenta seriamente pensar lo que ha pensado el otro, se amplían las posibilidades de la propia verdad, incluso cuando se rehúsa asentir al pensamiento ajeno. Sólo se llega a conocer éste cuando se tiene el denuedo de sumirse totalmente en él. Lo lejano y extraño, lo extremo y la excepción, incluso lo extravagante, atraen para no dejar de dar con la verdad por omisión de algo original, por ceguera o por pasar de largo con la vista. Por eso quien filosofa no se vuelve solamente hacia el filósofo elegido en primer lugar, aquél al que como suyo estudia íntegra e incesantemente, sino también a la historia universal de la filosofía, para saber directamente qué pasó y se pensó.
El volverse hacia la historia trae consigo la dispersión en lo múltiple e inconexo. El requisito de pensar de acuerdo consigo mismo en todo momento pone en guardia contra la tentación de entregarse, ante el espectáculo de lo pintoresco, a la avidez de novedades y al goce de la contemplación por demasiado tiempo. Lo que se recoge históricamente debe resultar un estímulo; debe o bien llamarnos la atención y despertarnos o bien hacernos poner en cuestión. No debe pasar por delante indiferentemente. Aquello que no ha entrado en relación y trueque recíproco realmente en la historia, debemos confrontarlo entre sí nosotros mismos. Lo más extraño entre sí debe cobrar una referencia mutua.
Todo entra en conexión al quedar recogido en el yo singular del que entiende. Llegar a estar de acuerdo consigo mismo quiere decir verificar el propio pensar reduciendo a unidad lo separado, lo opuesto y lo que no estaba en contacto. La historia universal, dominada con sentido, se convierte en una unidad, aun cuando siempre abierta. La idea de la unidad de la historia de la filosofía, que fracasa constantemente en la realidad, es lo que impulsa hacia adelante en el hacernos dueños de ella.
3. EXPOSICIONES DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA
Las exposiciones tienen fines muy diversos.
Colecciones de toda la tradición, simples indicaciones de los textos existentes, de los datos biográficos de los filósofos, de las realidades sociológicas, de las cadenas de hechos relativos a la difusión y conocimiento de los autores, a la discusión, a los desarrollos o evoluciones demostrables o en pasos determinables. Además, la reproducción, a título de información, de los contenidos de las obras, la reconstrucción de los motivos, sistematizaciones y métodos operantes en ellas.
Luego, caracterización del espíritu o de los principios de filósofos sueltos y edades enteras. Finalmente, pintura de la imagen histórica total o hasta llegar a la historia universal de la filosofía en su totalidad.
La exposición de la historia de la filosofía ha menester tanto de la comprensión filológica como del propio cofilosofar. La interpretación histórica más verdadera es necesariamente a la vez un filosofar propio.
Hegel es el filósofo que desarrolló por primera vez filosóficamente, a conciencia y en toda su amplitud, la historia de la filosofía. Su Historia de la Filosofía es, debido a este espíritu, el más grandioso producto de la disciplina hasta hoy. Pero es también un proceder que en virtud de los propios principios hegelianos, acabó simultáneamente con toda comprensión profunda; Todas las filosofías del pasado brillan un momento a la luz de Hegel como bajo un proyector maravillosamente luminoso; pero de repente hay que reconocer que el pensamiento de Hegel arranca, por decirlo así, el corazón a todas esas filosofías y sepulta el resto como un cadáver en el gigantesco cementerio de la historia. Hegel despacha prestamente todo lo pasado, porque cree abarcarlo con su mirada. Su comprensión e interpretación de las filosofías no es un desprevenido abrirse a ellas, sino una operación aniquiladora, no un permanente preguntar, sino un subyugador conquistar, no un convivir, sino un dominar.
Es de aconsejar el leer siempre paralelamente varias exposiciones de la historia, para guardarse por —anticipado de sucumbir a una interpretación como presuntamente comprensible de suyo. Si se lee solamente una exposición, se impone involuntariamente su esquema.
Es de aconsejar, además, no leer ninguna exposición sin hacer al menos lecturas comprobatorias de los textos originales correspondientes a lo expuesto.
Finalmente, utilícense Historias de la Filosofía como obras de consulta para orientarse bibliográficamente. Ante todo el Überweg. Como obras de consulta son utilizables los diccionarios.
GRANDES DICCIONARIOS
Ludwig Noack, Historisch-biographisches Handwörterbuch der Philosophie. Leipzig 1879.
Rudolf Eisler, Handwörterbuch der Philosophie, Berlín 1913.
Philosophenlexikon por Werner Ziegenfuss, Berlín 1949.
André Lalande, Vocabulaire technique et critique de la philosophie, París 1928.
PEQUEÑOS DICCIONARIOS
Kirchner, Wörterbuch der Philosophischen Grundbegriffe, refundido por Michaelis, Leipzig 1907 (la refundición de Johannes Hoffmeister, Leipzig 1944, está hecha bajo la influencia del nacionalsocialismo, pero no es inutilizable).
Heinrich Schmidt, Philosophisches Wörterbuch, 9.ª edición 1934. Leipzig. Kröners Taschenausgabe.
Walter Brugger, S. J., Philosophisches Wörterbuch, Freiburg 1947.
Erwin Metzke, Handlexikon der Philosophie, Heidelberg 1948.
Dagobert D. Runes, The Dictionary of Philosophy, 4.ª edición, Nueva York 1942.
Doy a continuación, para los historiadores lo mismo que para los textos, sólo listas de nombres. Acerca de las ediciones, traducciones, comentarios, títulos y contenidos de las distintas obras que hay que utilizar los instrumentos bibliográficos: además de los diccionarios, ante todo las obras históricas del Überweg y Vorländer.
LISTA DE EXPOSICIONES DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA
I. FILOSOFÍA OCCIDENTAL
Überweg: indispensable obra de consulta de valor permanente.
Vörlander: información para el principiante.
J. E. Erdmann: junto con una construcción hegeliana de las líneas fundamentales, análisis realmente excelentes en detalle.
Windelband: elegantes sinopsis sin profundidad en el estilo de fines del siglo XIX.
Zeller: filosofía griega, riquísimo en material, claro y comprensivo, no filosófico.
Gilson: moderno historiador de altura de la filosofía medieval.
II. INDIA Y CHINA
INDIA
Deussen: obra voluminosa con muchas traducciones de textos índicos, abrió el camino aunque presa de la filosofía schopenhaueriana.
Strauss: breve, sinóptica, informativa.
CHINA
Forke: obra voluminosa. Informativa. Da noticias de muchos dominios desconocidos hasta aquí en Occidente.
Hackmann: exposición fríamente objetiva y más bien superficial.
Wilhelm: poseído de entusiasmo.
Zenker: obra más breve, ingeniosa y avisada.
4. TEXTOS
Todos los textos existentes de la filosofía occidental, sus ediciones, comentarios y traducciones, se encuentran indicados en el Überweg; una selección más breve pero útil en el Vorländer. Para el estudio personal hay que hacerse una biblioteca limitada de los textos realmente esenciales. Una lista de semejante biblioteca experimentará variaciones personales. Un núcleo es, sin embargo, casi universalmente válido. También en él es distinta la acentuación, de suerte que el acento principal, absoluta y universalmente válido no cae en ninguna parte. Es bueno elegir ante todo un filósofo capital. Es ciertamente deseable que sea uno de los mayores filósofos. Sin embargo es posible encontrar el camino partiendo de un filósofo de segundo o tercer orden con el que por casualidad se tropezó primero e hizo una impresión profunda. Todo filósofo, estudiado a fondo, conduce paso a paso a la filosofía entera y a la historia entera de la filosofía. Una lista de los textos capitales se reduce para la antigüedad a lo conservado, en especial a las pocas obras completas conservadas. Para los siglos modernos es tal la masa de textos que aquí es la dificultad la contraria, la selección de lo poco indispensable.
LISTAS DE NOMBRES I
FILOSOFÍA OCCIDENTAL
FILOSOFÍA ANTIGUA
Fragmentos de los presocráticos (600-400 a. C.).
Platón (428-348 a. C.).
Aristóteles (384-322 a. C.).
Fragmentos de los estoicos antiguos (300-200 a. C.). Y: Séneca (muerto en el 65 d. C), Epicteto (aproximadamente del 50-138), Marco Aurelio (reinó del 161-180) — Fragmentos de Epicuro (342-271 a. C.) y Lucrecio (96-55 a. C) — Escépticos. Y Sexto Empírico (circa 150) — Cicerón (106-43 a. C.), Plutarco (aproximadamente del 45-125).
FILOSOFÍA CRISTIANA
Patrística: Agustín (354-430).
Edad Media: Juan Escoto Erígena (siglo IX); Anselmo (1033-1109); Abelardo (1079-1142); Tomás (1225-1274); Juan Duns Escoto (muerto en 1308); Maestro Eckhart (1260-1327); Ockham (aproximadamente del 1300-1350); Nicolás Cusano (1401-1464); Lutero (1483-1546); Calvino (1509-1564).
FILOSOFÍA MODERNA
Del siglo XVI: Maquiavelo; Moro; Paracelso; Montaigne; Bruno; Böhme; Bacon.
Del siglo XVII: Descartes; Hobbes; Spinoza; Leibniz; Pascal.
Del siglo XVIII:
Ilustración inglesa: Locke; Hume.
Moralistas franceses e ingleses:
Del siglo XVII: La Rochefoucauld; La Bruyère.
Del siglo XVIII: Shaftesbury; Vauvenargues; Chamfort.
La filosofía alemana: Kant; Fichte; Schelling; Hegel.
Del siglo XIX:
Filosofía alemana de profesores en el siglo XIX, por ejemplo, Fichte hijo; Lotze.
Los filósofos originales: Kierkegaard; Nietzsche.
Ciencias modernas como lugar de la filosofía:
Filosofía del Estado y de la economía: Tocqueville; Lorenzo von Stein; Marx.
Filosofía de la historia: Ranke; Burckhardt; Max Weber.
Filosofía natural: K. E. von Baer; Darwin.
Filosofía psicológica: Fechner; Freud.
Como primera caracterización arriesgo una serie de observaciones totalmente insuficientes. En ningún momento pienso con ellas clasificar o juzgar decisivamente a ningún filósofo, aunque las frases suenen inevitablemente así. Ruego que se entiendan mis frases como cuestiones. Sólo se proponen llamar la atención. Quien aún no sepa bastante quizá deba anotar por dónde podría empezar de acuerdo con sus propias inclinaciones.
SOBRE LA FILOSOFÍA ANTIGUA
Los presocráticos tienen el encanto único que reside en los comienzos. Son extraordinariamente difíciles de comprender tales cuales fueron realmente. Hay que intentar prescindir de toda «formación filosófica», que nos vela, con los modos de pensar y hablar corrientes, ésa su pristinidad. En los presocráticos se abre paso el pensamiento partiendo de la intuición de una experiencia original del ser. En ellos presenciamos cómo se produjo por primera vez la iluminación intelectual. Una unidad de estilo nunca vuelta a ver domina la obra de cada uno de estos grandes pensadores como exclusiva de él. Como sólo se nos han transmitido fragmentos, sucumbe casi, cada intérprete rápidamente a la tentación de interpretarlos a su manera. Todo está aquí aún lleno de enigmas.
Las obras de Platón, Aristóteles y Plotino son las únicas de la filosofía griega que se han conservado relativamente completas. Estos tres filósofos ocupan el primer lugar en todo estudio de la filosofía antigua.
Platón enseña las eternas experiencias filosóficas fundamentales. En el movimiento de su pensar está recogida toda la riqueza de la filosofía griega anterior. Se alza, en medio de las conmociones de su edad, en el límite de los tiempos. Con su espíritu abierto de la manera más independiente divisa lo inteligible. Logra comunicar con la mayor claridad los movimientos de su pensar, pero de tal suerte que el misterio del filosofar se vuelve lenguaje, mientras que sigue constantemente presente como misterio. Todos sus materiales están perfectamente fundidos. Llevar a cabo el trascender es lo único esencial. Platón ha ascendido hasta la cumbre más allá de la cual no parece que pueda llegar el pensamiento humano. De él han partido los más profundos impulsos del filosofar hasta hoy. Se le ha comprendido mal en todo tiempo, pues no enseña ninguna doctrina que pueda aprenderse y tiene que conquistársele siempre de nuevo. En el estudio de Platón, lo mismo que en el de Kant, no se aprende una cosa fija, sino que se llega al propio filosofar. El pensador posterior se revela en la forma en que comprende a Platón.
En Aristóteles se aprenden las categorías que dominan desde él el pensamiento entero de Occidente. Aristóteles ha determinado el lenguaje (la terminología) del filosofar, sea que se piense con él o contra él o superando todo este plano del filosofar.
Plotino utiliza la tradición entera de la filosofía antigua como medio para formular una maravillosa metafísica que, de un temple original, marcha desde entonces a través de los tiempos como la verdadera metafísica. La quietud mística se ha vuelto comunicable en la música de una especulación que sigue siendo insuperable y resuena en alguna forma siempre que desde entonces se ha pensado metafísicamente. Los estoicos, epicúreos y escépticos más los platónicos y aristotélicos (los prosélitos de la Academia nueva y los peripatéticos) crean una filosofía general de las capas cultas de los últimos tiempos de la antigüedad, para las que también escribieron Cicerón y Plutarco. Con toda su oposición de posiciones racionales, y a pesar de una constante polémica mutua, hay aquí un mundo común. Participar universalmente en él es lo que hizo al ecléctico, pero lo que también hizo la actitud fundamental específicamente limitada de estos siglos de la antigüedad, la dignidad personal, la continuidad de lo esencialmente sólo repetido, la peculiar rotundidad e infecundidad, pero también la comprensibilidad general. Aquí está la base de la filosofía para todo el mundo corriente hasta hoy. La última figura interesante es Boecio, cuya Consolatio Philosophiae pertenece por su tono, belleza y autenticidad a los libros fundamentales del hombre que filosofa.
Capas de comunidad filosófica por su formación, conceptos, lenguaje y actitud son en tiempos posteriores los clérigos de la Edad Media, los humanistas desde el Renacimiento, ya más débilmente la atmósfera especulativamente idealista de la filosofía alemana en el mundo culto entre el 1770 y 1850 desde Riga hasta Zurich, desde Holanda hasta Viena. Ocuparse con estas capas es interesante bajo el punto de vista de la historia de la cultura y de la sociología. Es importante comprender la distancia que hay desde las grandes creaciones filosóficas hasta esta forma crecientemente divulgada del pensar. En especial es importante el humanismo, porque su origen propio no es una gran filosofía, sino una actitud del espíritu que se apropia la tradición, comprende sin prejuicios y practica una libertad humana sin la cual sería imposible nuestra vida occidental. El humanismo (sólo consciente de sí desde el Renacimiento y que aún hoy compensa conocer en Pico, Erasmo, Marsilio Ficinio) recorre todos los tiempos desde la consciente paideia griega y desde que los romanos lo realizaron por primera vez bajo la influencia griega en tiempo de los Escipiones. En nuestros días se ha debilitado. Sería una fatalidad de incalculables consecuencias espirituales y humanas que desapareciese.
SOBRE LA FILOSOFÍA CRISTIANA
Entre los Padres de la Iglesia se alza con sobresaliente grandeza Agustín. Con el estudio de su obra se conquista el filosofar cristiano entero. Aquí se encuentran las numerosas e inolvidables fórmulas en que se hace palabra la intimidad que falta aún en la filosofía antigua con este alto grado de reflexión y pasión. La obra, inmensamente rica, está llena de repeticiones, a veces de una hinchazón retórica; en conjunto, quizá sin belleza; en detalle, de la perfecta concisión y fuerza de verdades profundas. Se consigue conocer a sus adversarios por sus citas y referencias en la polémica con ellos. Agustín es con sus obras la fuente de donde mana hasta hoy todo pensar que indaga el alma en sus profundidades.
Escoto Erígena concibe un edificio del ser integrado por Dios, la naturaleza y el hombre, en categorías neoplatónicas, pero con libertad dialéctica en el desarrollo. Da un nuevo tono de franquía, consciente de sí, para el mundo. Docto, conocedor de la lengua griega, traductor de Dionisio Areopagita, esboza con un material de conceptos tradicionales su grandioso sistema que por la actitud hace efecto de original. Erígena avizora la naturaleza divina y resulta el neofundador de una mística especulativa cuya repercusión llega hasta el presente. Se alza solitario en una época alejada de la filosofía. Su obra es el producto cultural de la apropiación rememorativa de una alta tradición partiendo de una forma de vida religiosa y filosófica.
El pensar metódico de la Edad Media es original por primera vez en Anselmo. Bajo las ásperas formas del pensar lógico y jurídico hay directas y seductoras revelaciones intelectuales de lo metafísico. Lejano y extraño a nosotros en lo que toca a la presunta fuerza de convicción del curso de las ideas y a las tesis dogmáticas especiales, es actual y digno de fe en la revelación de los contenidos, en tanto tomamos éstos en su universalidad humana, como los de Parménides, no en su veste histórica, la del dogma cristiano.
Abelardo enseña la energía de la reflexión, los caminos de lo lógicamente posible, el método de las antítesis dialécticas como camino para discutir los problemas. Oponiendo lo contradictorio y preguntando sin cejar, resulta el fundador del método escolástico, que alcanza su cumbre en Tomás, pero trae también consigo el peligro de la disolución de la sustancia cristiana, hasta entonces ingenuamente fundamental.
Tomás edifica el grandioso sistema descollantemente válido, que hace casi autoridad, en el mundo católico hasta hoy, y en el cual el reino de la naturaleza y el reino de la gracia, lo concebible racionalmente y lo inconcebible pero que debe creerse, lo profano y lo sagrado, las posiciones heréticas refutadas y el punto de verdad que hay en ellas, resultan integrados en una unidad y desplegados en una forma que se han comparado, no sin razón, a las grandes catedrales de la Edad Media. Tomás ha reunido cuanto ha producido el pensar medieval. Vistos desde él, han llevado a cabo todos ellos un trabajo previo, por lo que se refiere a la aportación ordenadora de todo el material y al método de apropiación de Aristóteles, incluso el último anterior, Alberto Magno. A éste solamente lo supera Tomás quizá en claridad, mesura y concisión del pensamiento. Afectiva e intuitivamente debe hacerse conocimiento con esta perfecta realidad filosófica de la Edad Media mediante la Divina Comedia de Dante.
Duns Scoto y Ockham son, casi en el momento en que parece acabado el perfecto edificio del pensar medieval, el derrumbamiento. Duns Scoto, todavía en una forma que pasa por ortodoxa, estimula con profundas dificultades que descubre en la voluntad y en la individualidad singular de aquí y ahora. Ockham lleva la actitud fundamental del conocimiento hasta una catástrofe que resulta el fundamento del conocimiento moderno; éste a la vez se modera y ensancha extraordinariamente el alcance de sus dominios. Políticamente destruye las pretensiones de la Iglesia como publicista al servicio de Luis de Baviera. También él es, como todos los pensadores medievales de los que hemos conservado las obras, un fiel cristiano (los incrédulos, escépticos y nihilistas sólo son conocidos las más de las veces por refutaciones y citas). No hay hasta hoy ninguna edición moderna de las obras de Ockham. No están traducidas al alemán. Quizá el único gran hueco en la elaboración de la historia de la filosofía hasta aquí.
Nicolás Cusano es el primer filósofo de la Edad Media con el que nos encontramos en una atmósfera que nos parece la propia. Sin duda es aún pura Edad Media en su fe, pues aquí está aún intacta la unidad de la fe de la Iglesia, la confianza en la unidad universal de la Iglesia católica, en trance de acabar abarcando todos los pueblos, de cualquier religión que sean. Pero su filosofar ya no esboza el sistema uno, como Tomás, ni se sirve ya del método escolástico, que se apropia por vía lógica lo tradicional en sus antítesis contradictorias, sino que se vuelve derechamente hacia las cosas, sean estas metafísicas (trascendentes) o empíricas (inmanentes). Sigue, pues, en cada caso caminos metódicos especiales procedentes de su propia intuición, ante la cual se alza un maravilloso ser de Dios, que se descubre de un modo nuevo en estas especulaciones. En este ser de la Divinidad ve todas las realidades del mundo, pero de tal manera que en él la especulación abre el camino a las intuiciones empíricas y los conocimientos empíricos lo mismo que los matemáticos sirven de medios a la intuición de la Divinidad. Hay en él un pensar que todo lo abarca, que a la vez se acerca amorosamente a todo lo real y lo rebasa. No se esquiva el mundo, sino que este destella a la luz de la trascendencia. Aquí está pensada una metafísica que ha permanecido hasta hoy irremplazable. Pasearse por ella cuenta entre las horas felices del que filosofa.
Lutero es otra cosa. Estudiarlo es indispensable. Es sin duda el pensador teológico que desprecia la filosofía, que habla de la ramera de la razón, pero que concibe las ideas existenciales básicas sin las cuales apenas sería posible el filosofar actual. La mescolanza de fe grave y apasionada y de prudencia presta a la adaptación, de profundidad y de ánimo rencoroso, de luminoso y seguro acierto y de bronco escandalizar, hace del estudio, a la vez que un deber, también un tormento. La atmósfera que emana de este hombre es extraña y filosóficamente perniciosa.
Calvino tiene una forma disciplinada, metódica, la grandiosidad de las últimas consecuencias, la lógica férrea, el mantenimiento de los principios sin condiciones. Pero en su intolerancia sin amor, lo mismo en la actividad teórica que en la práctica, es el triste contrapolo del filosofar. Es bueno haberle mirado a la cara, para reconocer este espíritu siempre que se presente en el mundo velado y fragmentario. Calvino es la cumbre de esa encarnación de la intolerancia cristiana contra la cual no hay nada más que la intolerancia.
SOBRE LA FILOSOFÍA MODERNA
La filosofía moderna es, en comparación de la antigua y medieval, una filosofía carente de una totalidad que la abarque, antes bien dispersa en los intentos más heterogéneos y faltos de relación entre sí; llena sin duda de grandiosos edificios sistemáticos, pero sin que se haya impuesto un sistema dominante de hecho. Es extraordinariamente rica; está llena de lo concreto y se muestra libre en la abstracción especulativa de denodadas empresas mentales; permanece en constante referencia a la ciencia moderna; se encuentra diferenciada nacionalmente en cuanto escrita en lengua italiana, alemana, francesa e inglesa, además de las obras en lengua latina que siguen aún los hábitos de la Edad Media, casi exclusivamente latina.
Caracterizamos siguiendo el esquema de los siglos.
El siglo XVI es rico en creaciones directamente cautivadoras, heterogéneas entre sí e insólitamente personales. Son fuentes que siguen emanando hasta hoy.
Políticamente son Maquiavelo y Moro creadores de la moderna falta de prevenciones en la indagación de las circunstancias reales. Sus escritos siguen siendo aún hoy, bajo su veste histórica, tan intuitivos e interesantes como entonces.
Paracelso y Böhme introducen en el mundo, igualmente rico en profundidad y superstición, en clarividencia y confusión acrítica, de lo que hoy se llama teosofía, antroposofía, cosmosofía. Poderosamente intuitivos y pictóricos de imágenes, conducen a un laberinto encantado. Hay que poner de relieve la estructura racional, que brilla en parte bajo la extravagancia racionalista, en parte, y especialmente en Böhme, bajo la profundidad dialéctica.
Montaigne es el hombre que ha llegado a ser absolutamente independiente y que no tiene el afán de realizar nada en el mundo. Su actitud y sus meditaciones, su honradez y su prudencia, su falta escéptica de prevenciones y su buen sentido práctico, se encuentran expresados en una forma moderna. La lectura encadena inmediatamente; bajo el punto de vista filosófico es, para esta forma de vida, una perfecta expresión, pero a la vez como una parálisis. Sin grandes vuelos, es esta autosuficiencia una tentación.
Bruno es, por el contrario, el filósofo de luchas infinitas que se consume en la insatisfacción. Sabe de los límites y cree en lo más alto. Su diálogo sobre los «eroici furori» es un libro básico de la filosofía del entusiasmo.
Bacon pasa por ser fundador del empirismo moderno y de las ciencias. Ambas cosas sin razón. Pues la verdadera ciencia moderna —la ciencia matemática de la naturaleza—, no la comprendió Bacon, que vive en los comienzos de su edad, ni ella hubiera llegado a producirse nunca por los caminos que él traza. Pero Bacon se entregó, en un entusiasmo por lo nuevo muy peculiar del Renacimiento, a las ideas del saber como poder, de las inmensas posibilidades técnicas, del abandono de las ilusiones en favor de la comprensión intelectual de la realidad.
El siglo XVII trae la filosofía de la construcción racional. Surgen grandes sistemas en un limpio desarrollo lógico. Es como si se llegase al aire puro, pero en cambio desaparece tácitamente la plenitud intuitiva, el mundo de eficaces imágenes. La ciencia moderna está ahí. Se vuelve modelo.
Descartes es el fundador de este nuevo mundo filosófico, y junto con él Hobbes. Descartes ha resultado, fatal por su errónea concepción de la ciencia y la filosofía. Por las consecuencias que tuvo y por el error fundamental que radica en la cosa misma, hay que estudiarlo aún hoy, para conocer el camino que debe evitarse. Hobbes esboza sin duda un sistema del ser, pero su grandeza está en la construcción política, cuya consecuencia grandiosa traza líneas de la existencia que con tal claridad se tornan conscientes por primera vez aquí para siempre.
Spinoza es el metafísico que con conceptos tradicionales y cartesianos da expresión a una fe filosófica, pero es original en el temple metafísico, que en su época fue exclusivo de él y que le ha dado una grey filosófica que él es el único de su siglo en tener y que llega hasta hoy.
Pascal es el adversario del absolutismo de la ciencia y del sistema. Su pensar domina ambas cosas, tiene la misma nitidez, pero mayor veracidad y profundidad.
Leibniz, universal como Aristóteles, más rico que todos los filósofos de su siglo en contenidos e invenciones, siempre creando, siempre ingenioso, carece sin embargo en su metafísica del gran rasgo de una concepción fundamental profundamente humana.
El siglo XVIII presenta por primera vez una ancha corriente de literatura filosófica para el gran público. Es el siglo de la Ilustración.
La Ilustración inglesa tiene en Locke su primera figura representativa. Locke dio al mundo inglés que brotó de la revolución de 1688 la base espiritual, también en el pensamiento político. Hume es el eminente analítico cuya sensatez, a pesar de toda su prolijidad, no nos resulta hoy vulgar. Su escepticismo es la dureza y la honradez de un espíritu que osa, al llegar al límite donde empieza lo inconcebible, mira de hito en hito a éste, sin hablar de él.
En Francia y también en Inglaterra hubo los escritos aforísticos y ensayísticos de los conocedores del mundo y del hombre que se llaman «moralistas». El conocerlos educa por medio de la psicología en la actitud filosófica. En el siglo XVII y en el gran mundo de la corte escriben La Rochefoucauld y La Bruyère, en el siglo XVIII, Vauvenargues y Chamfort. Shaftesbury es el filósofo de la disciplina estética de la vida.
La gran filosofía alemana tiene, con la energía sistemática y el espíritu abierto para lo más profundo y para lo más lejano, perfección lógica y plenitud de contenido en una medida tal, que es hasta hoy indispensable base y educación de todo pensar filosófico serio. Kant, Fichte, Hegel, Schelling.
Kant: el paso decisivo para nosotros de la conciencia del ser, la exactitud en la efectuación mental del trascender, la iluminación del ser en sus dimensiones fundamentales, el ethos de la insuficiencia de nuestro ser, el ideal del ancho espacio y de la humanidad; en común con Lessing, la claridad de la razón misma. Un hombre aquilino.
Fichte: la especulación llevada hasta el fanatismo, el intento violento de lo imposible; constructor genial, moralista patético. Mana de él un fatal ejemplo de extremismo e intolerancia.
Hegel: dominio pleno y elaboración total de las formas dialécticas del pensamiento, interiorización de los contenidos de toda índole en el pensamiento, la rememoración más amplia de la historia occidental.
Schelling: incansable cavilación sobre las cosas últimas, revelación de misteriosos arcanos, fracaso en la sistematización, apertura de nuevas vías.
El siglo XIX es tránsito, disolución y conciencia de la disolución, riqueza de material, amplitud científica. La fuerza de la filosofía se hace cada vez más débil en los filósofos docentes, convirtiéndose en sistemas pálidos y arbitrarios sin validez y en Historia de la Filosofía, que por primera vez hace accesible el material histórico en todo su volumen. La fuerza de la filosofía misma vive en excepciones que apenas cuentan para los contemporáneos y en la ciencia.
La filosofía de profesores alemanes es instructiva, diligente, celosa, universal, y sin embargo ya no vive de hecho de la energía del ser del hombre, sino del mundo universitario de la cultura burguesa con su valor educativo, su seriedad y buena voluntad y sus límites. Se estudiará a manifestaciones relativamente más importantes, como Fichte hijo, Lotze y otros, más por instruirse que por la sustancia.
Los filósofos originales de la época son Kierkegaard y Nietzsche. Los dos carecen de sistema, los dos son excepciones y víctimas. Tienen conciencia de la catástrofe, dicen verdades nunca oídas y no enseñan ningún camino. Ellos son la prueba documental de que la época se caracteriza por la más inexorable autocrítica que se haya llevado a cabo jamás en la historia de la humanidad.
Kierkegaard: formas de la actividad interna, la gravedad del pensar en vista de la decisión personal, el volverse fluido todo, en especial el pensamiento hegeliano petrificado. Cristianismo violento.
Nietzsche: reflexión sin fin, golpearlo y discutirlo todo, cavar sin encontrar fondo, de no ser en nuevos absurdos. Anticristianismo violento.
Las ciencias modernas no resultan soportes de una actitud filosófica en el ancho campo de su cultivo, sino en personalidades aisladas pero numerosas. He aquí algunos nombres sólo a título de ejemplo.
Filosofía del Estado y de la sociedad: Tocqueville capta la marcha del mundo moderno hacia la democracia mediante el conocimiento sociológico del antiguo régimen, de la Revolución francesa, de los Estados Unidos de América. Su preocupación por la libertad, su sentido de la dignidad del hombre y de la autoridad, le hacen preguntar de un modo realista por lo inevitable y lo posible. Es un hombre y un investigador de primer orden. Lorenzo von Stein ilumina, sobre la base de los hechos y las ideas políticas de los franceses desde 1789, la serie de los acontecimientos hasta pleno cuarto decenio del siglo dentro de la polaridad de Estado y sociedad. Su mirada se dirige a la cuestión del destino de Europa. Marx utilizó estos conocimientos, los desplegó en construcciones económicas, les imbuyó el odio contra todo lo existente y los llenó de metas milenaristas. Para los desdichados y desesperados proletarios de todos los países se encendió una luz de esperanza que los une en un poder capaz de derrocar la situación económica, sociológica y política a fin de crear un mundo de justicia y de libertar para todos.
Filosofía de la historia: Ranke desarrolla los métodos histórico-críticos al servicio de una visión de la historia universal que, respirando la atmósfera de Hegel y Goethe, es, a pesar de una aparente repulsa de la filosofía, una verdadera filosofía. Jacobo Burckhardt se siente, por decirlo así, el sacerdote de la cultura histórica, muestra lo que tiene de grandioso y dichoso la rememoración histórica, de malo y de bueno la actitud fundamentalmente pesimista de pertenecer al final de un mundo al que en definitiva solamente en semejante rememoración le es dispensada la magnificencia. Max Weber afloja todas las cadenas del pensamiento, investiga con todos los medios lo real de la historia, pone en claro las conexiones de un modo tal que la mayor parte de la historiografía anterior parece pálida e insuficiente debido a la imprecisión de las categorías con que concibe su objeto. Weber desarrolla teórica y prácticamente la tensión entre valorar y conocer, crea justamente mediante el modesto examen del conocimiento real, renunciando a lo vago y a lo total, un espacio libre para todas las posibilidades.
Filosofía de la naturaleza: K. E. von Baer proporciona por los caminos de la investigación y del descubrimiento una grandiosa visión del mundo de la vida en sus caracteres fundamentales. Darwin, su contrapolo, busca en esta visión determinados nexos causales cuyas consecuencias aniquilan la visión de la vida propiamente tal.
Filosofía psicológica: Fechner funda una investigación metódica y experimental de la relación entre lo físico y lo psíquico en la percepción sensible (psicofísica), pero como miembro de una construcción llevada a cabo por medio de conceptos, pero que en realidad es un sueño, de la animación de toda vida y de todas las cosas. Freud cultiva la psicología del desenmascaramiento en forma que ejerce gran influencia, pero que vuelve naturalistas y triviales las ideas expuestas en forma más alta por Kierkegaard y por Nietzsche. Una visión del mundo bajo la forma de la amistad por el hombre, pero en realidad animada por el odio y de efectos devastadores, era propia de una época cuyas mendacidades se destruyen aquí sin misericordia, pero también como si este mundo fuese el mundo en general.
LISTA DE NOMBRES II
CHINA E INDIA
FILOSOFÍA CHINA
Laotsé (siglo VI a. C.); Confucio (siglo VI a. C.); Me Ti (segunda mitad del siglo V a. C.); Chuang-tsé (siglo IV a. C.).
FILOSOFÍA ÍNDICA
Upanichadas (aproximadamente, 1000-400 a. C.); Canon Pali del Budismo; Textos del Mahabharata (último siglo antes de J. C.).
Bhagavadgita, etc.; Arthashastra de Kantilya; Sankara (siglo IX d. C.).
Tal como resulta accesible con los medios disponibles hasta aquí de traducciones e interpretaciones, es la filosofía china e índica entera, comparada con la occidental, de un volumen incomparablemente menor y de un desarrollo igualmente menor en cuanto a ramificaciones y formas plenarias. La occidental sigue siendo para nosotros el objeto principal. Cierto que se ha insistido demasiado en que de la filosofía asiática sólo comprenderíamos aquello que ya sabríamos sin ella por la filosofía propia. Pero es exacto que la mayoría de las interpretaciones se sirven tanto de las categorías occidentales, que el error resulta sensible incluso para quien no entiende las lenguas asiáticas.
El paralelismo de las tres evoluciones —China, India, Occidente— es sin duda históricamente exacto, pero arroja para nosotros una imagen torcida en tanto en cuanto por obra suya parece haber equilibrio entre las tres. Este no es para nosotros el caso. Las visiones insustituibles que nos proporciona el pensamiento asiático no pueden engañar en cuanto a que la íntegra plenitud o los contenidos que a todos nos animan realmente nos vienen aún del pensamiento occidental. Sólo aquí hay claridad de las distinciones, la precisión de las cuestiones, la referencia a las ciencias, la lucha de las discusiones que llega al detalle, el largo aliento en los movimientos de las ideas, tal como todo ello no es indispensable.
LISTA DE NOMBRES III
FILOSOFÍA ESCONDIDA EN LA RELIGIÓN, LA POESÍA Y EL ARTE
Religión: la Biblia; los textos reunidos en las antología de historia de la religión.
Poesía: Homero; Esquilo, Sófocles, Eurípides; Dante; Shakespeare; Goethe; Dostoievski.
Arte: Leonardo; Miguel Ángel; Rembrandt.
Para hacerse dueño de los contenidos de la filosofía en su historia es menester algo más que la lectura de los filósofos en sentido estricto. Aparte de una visión clara del desarrollo de las ciencias, es indispensable dejarse apresar por los altos valores de la religión, de la poesía, del arte. No se debe leer siempre cosas distintas y de todas las clases, sino detenerse en lo grande y profundizarlo una y otra vez incesantemente.
5. LAS GRANDES OBRAS
Unas pocas obras filosóficas son por el sentido del pensamiento que encierran tan infinitas como las grandes obras de arte. En ellas está pensado más de lo que sabía el propio autor. Sin duda que en todo pensamiento profundo hay un depósito de consecuencias que no abarca en seguida con su mirada el pensador. Pero en las grandes filosofías es la totalidad misma la que alberga en sí lo infinito. Es lo que hay de asombrosamente concordante en medio de todo lo contradictorio, de tal suerte que las mismas contradicciones resultan expresión de la verdad. Es un entretejimiento de ideas que en la claridad de los primeros términos dejan trasparentar un abismo sin fondo. Son maravillas lo que se ve cuanto más pacientemente se interpreta. Así son, por ejemplo, las obras de Platón, las obras de Kant, la Fenomenología del Espíritu de Hegel —pero con diferencias. En Platón, con la más clara conciencia la forma bien ponderada, la perfección, el más claro saber del método, el empleo del arte para comunicar la verdad filosófica sin pérdida del rigor ni plenitud del pensamiento. En Kant la máxima honradez, lo digno de confianza en cada frase, la más bella claridad. En Hegel lo indigno de confianza en el permitirse pasar de largo, pero en cambio la riqueza de los contenidos, la fuerza creadora que muestra la profundidad en los contenidos sin realizarla en el propio filosofar. Este se halla más bien transido de violencia y falacia, tiene la tendencia a la escolástica de los esquemas dogmáticos y a la contemplación estética.
Los filósofos son de índole y rango extraordinariamente distintos. Es un destino de la vida filosófica el que en la juventud me entregue al estudio de uno de los grandes filósofos y a cuál.
Puede decirse que en cualquiera de las grandes obras está todo. En cualquiera de los grandes se entra uno por el reino entero de la filosofía. Penetrando a fondo en la alta obra de una vida, conquisto el centro desde el cual se ilumina y en el cual se refleja todo lo demás. Al estudio de esta obra se incorpora todo lo demás. En relación con él se adquiere una orientación sobre la historia entera de la filosofía, se aprende en ella siquiera lo indispensable, surgen impresiones de las citas de los textos originales, se presiente lo demás que hay ahí. A consecuencia de la ilimitada profundidad de un pasaje se practica la autocrítica sobre la medida del saber que sólo gradualmente se va adquiriendo de las otras creaciones filosóficas.
Al joven le resultaría bien venido un consejo acerca de qué filósofo elegir. Pero esta elección tiene que hacerla cada uno por sí mismo. Sólo cabe hacer indicaciones y llamar la atención. La elección es una decisión esencial. Tiene lugar quizá después de variados intentos y tanteos. Puede experimentar su ampliación en el curso de los años. A pesar de todo hay consejos que dar. Un viejo consejo es el de estudiar a Platón y a Kant, con lo cual se habrá alcanzado todo lo esencial. Estoy de acuerdo con este consejo.
No es ninguna elección dejarse arrebatar por lecturas de las que encadenan, como por ejemplo las de Schopenhauer o Nietzsche. Elección significa un estudio hecho con todos los medios disponibles. Por tanto significa un ahondar en la historia entera de la filosofía partiendo de una de sus grandes manifestaciones. Una obra que no lleva por este camino es una elección desventajosa, bien que al fin y al cabo toda obra filosófica tiene que resultar fecunda de algún modo si se la estudia de veras.
La elección de algún gran filósofo para estudiar sus obras no significa, pues, el limitarse a él. Al contrario, al estudiar un grande hay que fijar la vista a la vez y lo más pronto posible en lo más opuesto a él. La prevención es la consecuencia del limitarse a un filósofo, aunque sea el más libre de prevenciones. No sólo no tiene en el filosofar cabida ninguna divinización de un hombre, ningún hacer de uno el único, ningún maestro exclusivo. Antes bien, el sentido del filosofar está en abrirse a la verdad en su totalidad, no como la nivelada y abstracta verdad en general, sino como la multiplicidad de la verdad en sus altas realizaciones.