XI
LA VIDA FILOSÓFICA
Si nuestra vida no ha de perderse en la disipación, tiene que entrar en algún orden. Tiene que estar sustentada a diario por algo circunvalante, que cobrar coherencia en la estructura integrada por el trabajo, la riqueza de contenidos y los altos momentos, tiene que ahondarse en la reiteración. Entonces resulta la vida, incluso en medio de los trabajos de una actividad siempre igual, empapada de un temple que se sabe referido a un sentido. Entonces estamos como albergados en una conciencia del mundo y de nosotros mismos, tenemos nuestros cimientos en la historia a que pertenecemos y en la propia vida mediante el recuerdo y la lealtad.
Semejante orden puede venirle al individuo del mundo en que ha nacido, de la iglesia, que informa y anima los grandes pasos desde el nacimiento hasta la muerte y los pequeños de la vida diaria. El individuo adquiere entonces mediante la propia espontaneidad lo que es para él a diario visible y presente en su mundo circundante. Distinto es en un mundo en descomposición en que cada vez se cree menos en lo tradicional, y en un mundo que sólo existe como orden externo, que carece de simbolismo y trascendencia, que deja el alma vacía, que no satisface al hombre, sino que allí donde lo deja libre lo entrega a sí mismo, a sus apetitos y tedios, a la angustia y la indiferencia. Entonces está el individuo reducido a sí mismo. En la vida filosófica trata de edificarse por sus propias fuerzas lo que ya no le aporta el mundo, circundante.
La voluntad de vida filosófica mana de la oscuridad en que se encuentra el individuo, del sentirse perdido cuando sin amor se petrifica, por decirlo así, en el vacío, mana del olvido de sí mismo que hay en el ser devorado por los impulsos, cuando el individuo de repente despierta, se estremece y te pregunta: ¿qué soy?, ¿qué estoy dejando de hacer?, ¿qué debo hacer?
Ese olvido de sí mismo resulta fomentado por el mundo técnico. Este mundo reglamentado por el reloj, dividido en trabajos absorbentes o que corren vacíos y que cada vez llenan menos al hombre en cuanto hombre, llega al extremo de que el hombre se siente parte de una máquina, que es llevada o traída alternativamente de aquí para allá, y que cuando queda en libertad no es nada ni sabe qué hacer de sí misma. Y cuando empieza justamente a volver en sí, el coloso de este mundo le hundirá de nuevo en la omnidevoradora maquinaria del trabajo vacío y de un vacuo goce del tiempo libre.
Pero la inclinación a olvidarse de sí mismo reside ya en el hombre en cuanto tal. Es menester tirar de sí mismo para no perderse en el mundo, en los hábitos, en las trivialidades sin sentido, en los carriles fijos.
Filosofar es resolverse a hacer que despierte el origen, retroceder hasta el fondo de sí mismo y ayudarse a sí mismo con una acción interior en la medida de las propias fuerzas.
Cierto que en la vida lo primero que es tangible es obedecer a los deberes materiales, al requerimiento del día. Pero no darse por satisfecho con ello, antes bien sentir que el mero trabajar, que el absorberse en los fines, es ya el camino del olvido de sí mismo, y con ello de la omisión y la culpa, tal es la voluntad de vida filosófica. Y en seguida el tomar en serio la experiencia de la convivencia con los demás hombres, de la dicha y de la enfermedad, del éxito y del fracaso, de la oscuridad y de la confusión. No olvidar, sino apropiarse íntimamente; no desviarse, sino trabajar hasta la perfección íntimamente; no dar por despachado, sino iluminar hasta el fondo: tal es la vida filosófica.
Sigue esta vida dos caminos: en la soledad, la meditación en todos los modos de la reflexión —y en compañía de los demás hombres, la comunicación en todos los modos del comprenderse mutuamente en el obrar, hablar y callar unos con otros.
Indispensables nos son a nosotros los hombres algunos momentos diarios de profunda reflexión. Con ello nos cercioramos de que no desaparece del todo la presencia del origen en la inevitable disipación del día.
Lo que las religiones llevan a cabo en el culto y la oración, tiene su paralelo filosófico en el expreso sumirse y profundizar en sí hasta llegar al ser mismo. Esto no puede tener lugar sino en momentos y tiempos en que no estamos ocupados en el mundo con los fines del mundo, y en que sin embargo no vivimos vacíos, sino que justamente tocamos a lo esencial, sea al empezar el día, al caer el día, o en momentos intermedios.
La reflexión filosófica no tiene, a diferencia del culto, un objeto sagrado, ni un lugar consagrado, ni una forma fija. El orden que para ella nos imponemos no se convierte en regla, se queda en posibilidad dentro de un libre movimiento. Esta reflexión es, a diferencia de la comunidad que practica el culto, una reflexión solitaria.
¿Cuál es el posible contenido de semejante reflexión?
Primero, la autorreflexión. Me represento lo que durante el día he hecho, pensado, sentido. Examino lo que era falso, aquello en que fui insincero conmigo mismo, aquello que quise evitar, aquello en que no fui franco con los demás. Veo aquello en que estoy de acuerdo conmigo y con lo que pudiera realzarme. Tengo conciencia del control que ejerzo sobre mí mismo y cómo lo mantengo a lo largo del día. Me juzgo a mí mismo —en lo que se refiere a mi conducta individual, no en lo que se refiere al todo inaccesible para mí que soy yo mismo—, encuentro principios por los que quiero dirigirme, me repito quizá palabras que quiero decirme en la ira, en la desesperación, en el tedio y en otras ocasiones en que me pierdo a mí mismo como conjuros que me hagan recordar (por ejemplo, tener moderación, pensar en los otros, esperar, Dios existe). Aprendo de la tradición que va desde los pitagóricos, pasando por los estoicos y los cristianos, hasta Kierkegaard y Nietzsche, con su requerir a la autorreflexión y a hacer la experiencia de que es inacabable y el engaño siempre posible.
Segundo, la reflexión trascendente. Siguiendo el hilo conductor de la ideación filosófica, me cercioro del verdadero ser, de la Divinidad. Leo las cifras del ser con ayuda de la poesía y del arte. Me las hago comprensibles mediante la representación filosófica. Trato de cerciorarme de lo intemporal o de lo eterno en el tiempo, trato de tocar al origen de mi libertad y a través de ésta al ser mismo, trato de descender a las profundidades, por decirlo así, de una ciencia coincidente con el acto de creación.
Tercero, reflexionamos sobre lo que hay que hacer en el presente. El recuerdo de la propia vida en comunidad es el fondo sobre el cual se ilumina la tarea presente hasta el detalle de las minucias de este día, cuando en la indispensable intensidad del pensar enderezado a un fin pierdo el sentido circunvalante.
Lo qué en la reflexión gano para mí solo, es —aun si fuese todo— como si no lo ganase.
Lo que no se realiza en la comunicación, aún no existe; lo que no se funda últimamente en ella, carece de fundamento o razón suficiente. La verdad empieza a dividirse.
Por eso requiere la filosofía buscar constantemente la comunicación, osarla sin miramientos, renunciar a mi obstinada autoafirmación que se impone una y otra vez bajo distintos disfraces, vivir en la esperanza de que de la entrega sacaré incontables beneficios para mí mismo.
Por eso tengo que ponerme constantemente en duda a mí mismo, no debo estar seguro, ni aferrarme a un presunto punto fijo en mí que me parece con toda seguridad evidente y juzgo verdadero. Semejante certeza de sí mismo es la forma más tentadora de la autoafirmación falta de veracidad.
Si llevo a cabo la reflexión en la triple forma —de la autorreflexión, de la reflexión trascendente, de la representación de la tarea— y me abro a una irrestricta comunicación, se me hace incalculablemente presente lo que no puedo lograr nunca por la fuerza: la claridad de mi amor, el requerimiento oculto y siempre inseguro de la Divinidad, la patencia del ser —y con ello quizá la quietud en medio de la permanente inquietud de nuestra vida, la confianza en el principio fundamental de las cosas a pesar de los espantosos infortunios, lo inconmovible de la resolución en medio de la fluctuación de las pasiones, la estabilidad de la lealtad en medio de los momentos de tentación propios de este mundo.
Si en la reflexión me interiorizo de lo circunvalante de que vivo y puedo vivir mejor, irradia la reflexión como el básico temple que me sustenta a lo largo del día en medio de las infinitas actividades e incluso del encontrarme arrastrado y sumido en el aparato técnico. Pues tal es el sentido de los momentos en que por decirlo así retorno a mi morada íntima; el lograr una actitud básica que sigue aún presente por detrás de todos los sentimientos y movimientos del día, sujetándome y no dejándome caer del todo en un abismo sin fondo, a pesar de los muchos deslices, confusiones y emociones. Pues gracias a ella hay en el seno de lo presente a la vez el recuerdo y el futuro, algo que mantiene compacto y tiene duración.
Entonces es el filosofar a una aprender a vivir y saber morir. A causa de la inseguridad del existir en el tiempo es la vida constantemente un ensayar.
En este ensayar se trata de osar un ahondamiento de la vida, de exponerse incluso a los mayores extremos sin velárselos a uno mismo, hacer que impere sin restricciones la honradez en el ver, el preguntar y el responder. Y luego seguir su camino sin conocer el todo; sin haber puesto la mano en lo que realmente existe; sin encontrar por medio de falsas argumentaciones o de engañosas experiencias el resquicio, por decirlo así, que permite ver desde el mundo objetiva y directamente en el fondo de la trascendencia; sin oír la palabra de Dios que debiera alcanzarnos directa e inequívoca, sino más bien las cifras del lenguaje siempre equívoco de las cosas, y viviendo empero con la certeza de la trascendencia.
Partiendo de aquí y únicamente partiendo de aquí, resulta en medio de esta problemática existencia la vida buena, el mundo bello y la existencia misma satisfactoria.
Si filosofar es aprender a morir, este saber morir es justamente la condición de la vida recta. Aprender a vivir y saber morir es uno y lo mismo.
La reflexión enseña el poder del pensamiento.
Pensar es comenzar a ser hombre. Conociendo con justeza los objetos, hago la experiencia del poder de lo racional, como en las operaciones del cálculo, en el saber empírico de la naturaleza, en la planificación técnica. La fuerza imperiosa de la lógica en los raciocinios, la comprensión de las secuencias causales, la tangibilidad de la experiencia, son tanto mayores cuanto más puro se vuelve el método.
Pero el filosofar empieza en los límites de este saber del intelecto. La impotencia de lo racional en aquello que verdaderamente nos importa, en la fijación de metas y de últimos fines, en el conocimiento del Sumo Bien, en el conocimiento de Dios y de la libertad humana, despierta un pensar que con los medios del intelecto es más que intelecto. Por eso impulsa el filosofar hasta los límites del conocimiento intelectual para encenderse.
Quien cree penetrarlo todo con la vista ya no filosofa. Quien toma el modesto saber científico por un conocimiento del ser mismo y en su totalidad sucumbe a una superstición científica. Quien ya no se asombra, tampoco pregunta ya. Quien ya no conoce ningún misterio, tampoco busca ya. El filosofar conoce, en el básico y modesto detenerse en los límites de las posibilidades científicas, la plena franquía para lo que se muestra en los límites del saber como algo no susceptible de ser sabido.
En estos límites cesa sin duda el conocer, pero no el pensar. Con mi saber puedo obrar externamente en aplicaciones técnicas, pero en el no saber es posible un obrar interno con el que me transformo. Aquí se muestra un nuevo y más profundo poder del pensamiento, que ya no se dirige desenfrenado a un objeto, sino que es en la intimidad de mi esencia el acto en que el pensar y el ser se vuelven la misma cosa. Este pensar del obrar interno es, medido con el poder externo de lo técnico, como si no fuese nada, ni cabe lograrlo por la aplicación de un saber, ni llevarlo a cabo según designio y plan, pero es la verdadera iluminación y esencialización a una.
El intelecto (la ratio) es el gran amplificador que fija los objetos, despliega el contenido de los entes y que hace incluso de cuanto no es apresable por el intelecto algo poderoso y claro como él mismo. La claridad del intelecto hace posible la claridad de los límites, se convierte en el despertador de los verdaderos impulsos, que son pensar y hacer a la vez, obrar interno y externo a una.
Se requiere del filósofo que viva de acuerdo con su doctrina. Esta frase expresa mal lo que se quiere decir con ella. Pues el filósofo no tiene una doctrina en el sentido de preceptos bajo los cuales pudieran subsumirse los distintos casos de la existencia real, como las cosas bajo los géneros empíricamente conocidos, los hechos bajo las normas jurídicas. Las ideas filosóficas no son susceptibles de aplicación, antes son las realidades de las que cabe decir que en el pensar de estas ideas vive el hombre mismo, o bien que la vida está penetrada por la idea. De aquí la imposibilidad de separar el ser hombre y el filosofar (a diferencia de la posibilidad de separar al hombre de su conocimiento científico) y la necesidad no sólo de repensar por propia cuenta una idea filosófica, sino de interiorizarse a la vez que de esta idea del ser mismo del filósofo que la pensó.
La vida filosófica amenaza constantemente con perderse en falseamientos en justificación de los cuales pueden usarse las tesis filosóficas mismas. Las ambiciones de la voluntad de vivir se disfrazan bajo fórmulas de iluminación de la «existencia».
La quietud se convierte en pasividad, la confianza en engañosa fe en la armonía de todas las cosas, el saber morir en huir del mundo, la razón en una indiferencia que todo lo deja ir. Lo mejor se falsea en lo peor.
La voluntad de comunicación se engaña cubriéndose de velos contradictorios. Se quiere ser respetado, y sin embargo se mantiene en pie la pretensión de estar absolutamente cierto de sí mismo en una plena iluminación de sí mismo. Se ansia la exculpación invocando los nervios y, sin embargo, se pretende la consideración de hombre libre. Se practica la cautela, el silencio y la oculta defensa, a la vez que se habla de estar pronto a una comunicación sin miramientos. Se piensa en sí mismo, mientras que se cree hablar de las cosas.
La vida filosófica, que quiere descubrir y superar estos falseamientos, se sabe en la inseguridad, la cual anda por lo mismo constantemente buscando con los ojos una crítica, pidiendo el adversario y anhelando que la pongan en cuestión, queriendo oír cómo lo hagan, no para someterse, sino para encontrarse empujada hacia adelante gracias a la propia autoiluminación. Esta vida halla la verdad y una corroboración no buscada en la abnegada armonía con otra, cuando hay en la comunicación toda franqueza y desinterés.
El filosofar tiene que dejar en la inseguridad incluso la posibilidad de una plena comunicación, aun cuando vive de la fe en la comunicación y osa practicar ésta. Se puede creer en ella, pero no saberla. Se la ha perdido cuando se cree poseerla.
Pues hay espantosos límites, que sin embargo nunca han sido reconocidos como definitivos por el filosofar: el dejar caer en el olvido, el admitir y el reconocer lo no iluminado. Ah, hablamos tanto allí donde es tan fácil dar en lo que importa, sin duda no con una fórmula universal, pero sí con algún símbolo de la situación concreta.
Cuando se producen los falseamientos y los enredos y las confusiones, el hombre moderno acude al psiquiatra. De hecho hay enfermedades corporales y neurosis que están en relación con nuestra constitución psíquica. Percibirlas, conocerlas es propio de una conducta realista. No hay que prescindir de la instancia humana del médico allí donde éste sabe y puede hacer realmente algo sobre la base de la experiencia crítica. Pero hoy ha crecido en el suelo de la psicoterapia algo que ya no pertenece al dominio de la ciencia médica, sino que es filosófico y que por tanto ha menester del examen ético y metafísico, como todo esfuerzo filosófico.
La meta de la vida filosófica no es formulable como un estado que fuese asequible y luego perfeccionado. Nuestros estados sólo son la manifestación del constante esforzarse de nuestra «existencia» o del fracaso de ésta. Nuestra esencia es ir de camino. Quisiéramos atravesar el tiempo. Esto solamente es posible en ciertas polaridades.
Sólo «existiendo» íntegramente en este tiempo de nuestra historicidad tenemos alguna experiencia de un eterno presente. Sólo en cuanto cada uno de nosotros es un hombre determinado bajo cierta forma llegamos a estar absolutamente ciertos del ser del hombre.
Sólo cuando hacemos la experiencia de la propia época como de la realidad que nos circunvala podemos adueñarnos de esta época en la unidad de la historia y en esta de la eternidad.
Al remontarnos tocamos, por detrás de nuestros estados, al origen que se aclara, pero que está siempre en peligro de oscurecerse.
Este remontarse de la vida filosófica es siempre el de este hombre. Éste tiene que practicar como individuo la comunicación en que no cabe achacar nada a los demás.
Remontarnos sólo lo conseguimos en los actos de elección de nuestra vida históricamente concretos, no eligiendo una de las llamadas concepciones del mundo comunicadas en proposiciones.
Caractericemos mediante una imagen, para concluir, la situación filosófica de nuestro tiempo.
Desde que el filósofo ha buscado su orientación en el seguro suelo de la tierra firme —en la experiencia realista, en las ciencias especiales, en la teoría de las categorías y la metodología— y en los límites de esta tierra ha recorrido por tranquilas rutas el mundo de las ideas, acaba por aletear sobre la costa del océano como una mariposa, aventurándose sobre el agua, acechando un navío con el que poder emprender el viaje de descubrimiento y exploración de aquella cosa única que como trascendencia le está presente en la «existencia». Acecha el navío —el método del pensar filosófico y de la vida filosófica—, el navío que ve, pero que no ha alcanzado definitivamente, por lo cual se agita haciendo quizá los más vertiginosos y extraños movimientos.
Nosotros somos semejantes lepidópteros y estamos perdidos cuando dejamos de buscar la orientación de la tierra firme. Pero no nos contentamos con permanecer en ella. Por eso es nuestro aletear tan inseguro y quizá tan ridículo para aquellos que están bien sentados en la tierra firme y satisfechos, y sólo somos comprensibles para aquellos de quienes se ha apoderado la inquietud. Para éstos se convierte el mundo en punto de partida de ese vuelo del que todo depende, que cada cual tiene que iniciar por sí y osar en comunidad, y que en cuanto tal nunca puede volverse objeto de una doctrina propiamente dicha.