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LA INDEPENDENCIA DEL HOMBRE QUE FILOSOFA
La independencia del hombre la rechaza todo totalitarismo, ya pretenda ser, como fe religiosa, la única verdad para todos, ya no deje, como Estado y por fundir todo lo humano en la estructura del aparato del poder, nada de propio al individuo, cuando hasta lo que se haga en el tiempo libre ha de responder a la línea. La independencia parece tácitamente perdida en la sumersión de toda existencia por lo típico, los hábitos, las cosas comprensibles de suyo por las que no se pregunta.
Pero filosofar quiere decir luchar por la propia independencia en todas las circunstancias. ¿Qué es la independencia interior?
Está vivo desde fines de la antigüedad un cuadro del filósofo como el hombre independiente. Este cuadro presenta varios rasgos fundamentales. El filósofo es independiente, primero, porque no tiene necesidades; porque es libre frente al mundo de los bienes y frente al dominio de los impulsos, viviendo ascéticamente; segundo porque no siente temor, pues ha comprendido la falsedad de las pinturas con que espantan las religiones; tercero, porque no toma participación en la vida del Estado ni en la política, viviendo pacífico en la oscuridad, y sin vínculos, como ciudadano del mundo. En todo caso cree este filósofo haber alcanzado un punto absolutamente independiente, una posición situada fuera de todas las cosas, y con ello la invulnerabilidad y la imperturbabilidad.
Este filósofo se volvió objeto de admiración, pero también objeto de desconfianza. Su realidad testimonia realmente en múltiples formas una insólita independencia lograda con la pobreza, la soltería, la falta de profesión, la vida apolítica; atestigua una dicha que no depende de nada de lo que viene de fuera, cumpliéndose en la conciencia de ser un peregrino e indiferente a los golpes del destino. Pero algunas de estas figuras también atestiguan un poderoso sentimiento de sí mismo, un afán de hacer efecto y con ello el orgullo y la vanidad, cierta frialdad en lo humano y una odiosa hostilidad contra otros filósofos. De todos ellos es propia una actitud dogmática en cuanto a la doctrina. La independencia dista tanto de ser pura, que se presenta como una dependencia no vista y a veces ridícula.
Con todo, hay históricamente aquí una fuente de posible independencia al lado de la religión bíblica. El trato con estos filósofos anima a la propia voluntad de independencia, quizá justamente porque se ve que el hombre no puede mantenerse en un punto aislado de desvinculación absoluta. Esta libertad presuntamente absoluta pronto se transmuta en otra dependencia: en lo externo, respecto del mundo, cuya admiración se solicita; en lo interno, respecto de las pasiones no puestas en claro. Por el camino de los filósofos de fines de la antigüedad no se va lejos. A pesar de sus apariencias, en parte grandiosas, han engendrado en la lucha por la libertad figuras rígidas y máscaras sin fondo.
Como vemos, la independencia se convierte en su contrario cuando se tiene por absoluta. En qué sentido podemos pugnar por la independencia, no es nada fácil de responder.
La independencia es casi invenciblemente ambigua. Veamos ejemplos.
La filosofía, principalmente como metafísica, esboza sus juegos de pensamiento, por decirlo así, sus figuras de éste a quienes el sujeto que las piensa resulta superior por ser posibilidad infinita. Pero entonces se plantea esta cuestión ¿es el hombre señor de sus pensamientos porque carece de Dios y puede llevar a cabo su juego creador sin referencia a un fundamento, por sus propias fuerzas, según reglas del juego establecidas en cada caso por él mismo, embelesado ante la forma de éste, o al revés, porque, referido a Dios, resulta superior a su lenguaje, en el que tiene que envolver, como en vestimentas y figuras, lo que, por ser el ser absoluto, siempre se manifiesta en ellas inadecuadamente, y por eso ha menester de cambiar infinitas veces? Aquí está la independencia del que filosofa en que no deje caer sus ideas como dogmas, sometiéndose por lo mismo a ellas, sino en llegar a ser señor de sus pensamientos. Pero ser señor de sus pensamientos es algo que resulta ambiguo —desvinculación en la arbitrariedad o vinculación en la trascendencia.
Otro ejemplo. Para conseguir nuestra independencia buscamos el punto de Arquímedes fuera del mundo. Es un verdadero buscar, pero la cuestión es ésta: ¿es el punto de Arquímedes un estar fuera que hace del hombre totalmente independiente una especie de Dios, o es el hombre el punto exterior allí donde se encuentra propiamente con Dios y hace la experiencia de su única y perfecta independencia, que es lo único que le hace a su vez independiente en el mundo?
A causa de esta ambigüedad puede tan fácilmente la independencia, en lugar de resultar el camino que conduce al verdadero ser uno mismo con plenitud histórica, presentarse más bien como un poder ser siempre de otra manera que no obliga a nada. Entonces se pierde el ser uno mismo en los simples papeles que se representa según los casos. Esta independencia aparente tiene, como todo lo engañoso, infinidad de formas, por ejemplo, la siguiente.
Es posible un mirar todas las cosas en actitud estética, lo mismo si estas cosas son hombres que animales o piedras, y quizá con cierta fuerza de visión, como si se repitiese una percepción mítica; pero es el mirar las cosas de un «muerto con los ojos abiertos», por decirlo así, pues sin tomar una decisión en aquello en que se funda la vida, se está presto a arriesgarse incluso en cada peligro de la vida, pero no a anclar en lo incondicional. Permaneciendo insensible a las contradicciones y a los absurdos, en un ilimitado afán de percibir, se lleva una vida que intenta, en medio de las violencias de la época, salir avante alcanzada lo menos posible por la violencia, en la independencia de la propia voluntad y experiencia, vida que en medio de todo lo que la alcanza violentamente se conserva íntimamente no alcanzada, encontrando la cumbre de la vida en la formulación de lo visto o haciendo del lenguaje el ser.
Esta independencia no obligada por nada aparta con gusto los ojos de sí misma. La satisfacción de ver se convierte en arrebato por el ser. El ser parece desembozarse en este pensar mítico que es una especie de poesía especulativa. Pero el ser no se desemboza para la entrega al mero ver. No basta la visión solitaria por seria que sea, la comunicación exenta de verdadera compenetración en elocuentes giros y patéticas imágenes —en el lenguaje dictatorial del saber y del enseñar.
Así pueden hacerse, en la ilusión de poseer el ser mismo, esfuerzos por lograr que el hombre se olvide de sí mismo. En las ficciones del ser se apaga el hombre, pero en estas ficciones hay además siempre el conato de lo contrario, pudiendo el secreto descontento tener consecuencias para la recuperación de la verdadera seriedad, que sólo es real en el presente de la «existencia» y se emancipa de la ruinosa actitud que se expresa en la frase: ver qué es y hacer lo que se pueda.
La independencia no obligada por nada se muestra, además, en el pensamiento caprichoso. El irresponsable juego de los contrarios permite adoptar según sea menester todas las posiciones. Se está versado en todos los métodos, sin practicar puramente ninguno. Se es incientífico en el fondo, pero se hacen los gestos del científico. Quien habla así es, con su constante transformación, un Proteo inapresable que no dice realmente nada y parece prometer cosas extraordinarias. Un misterioso indicar, un musitar, un dejar vislumbrar el secreto, lo hacen atrayente. Pero una verdadera discusión no es posible, sino sólo un decir esto y aquello con la encantadora variedad de lo interesante. Lo único que se puede hacer es entrar en una común delicuescencia de patetismo ilusorio y sin meta.
La independencia no obligada por nada puede presentarse bajo la forma de un no importarle a uno nada del mundo, que sería insoportable.
La muerte es indiferente. Ha de llegar. ¿Por qué conmoverse?
Se vive del placer de la fuerza vital y en el dolor del fracaso de ésta. Un sí natural permite sentir y vivir cada cosa tal cual es justamente. No se polemiza, no merece la pena. Un cálido amor es posible, pero se dedica a la época, a lo caduco, a lo pura y simplemente inconstante. No hay nada incondicional.
Se vive sin prevenciones, no se quiere hacer ni ser nada especial. Se hace lo que se pide o lo que parece conveniente. El patetismo es ridículo. Se está pronto a prestar ayuda dentro de la comunidad de la vida diaria.
No hay horizonte, ni lejanía, ni pasado, ni futuro que acojan esta vida que ya no espera nada, que solamente vive aquí y ahora.
Las muchas formas de independencia engañosa en que podemos caer las hace la independencia misma sospechosas. Lo cierto es que para lograr una verdadera independencia es menester no sólo aclarar estas ambigüedades, sino también la conciencia de los límites de toda independencia.
La independencia absoluta es imposible. En el pensamiento dependemos de la intuición, que tiene que sernos dada; en la vida dependemos de otros, ayudando a los cuales y siendo ayudados por ellos es únicamente posible nuestra vida. Bajo el punto de vista del ser uno mismo, cada uno de nosotros depende de otro igual, en la comunicación con el cual y solamente en ella llegamos a ser ambos nosotros mismos. No hay libertad aislada. Allí donde hay libertad, lucha con la falta de libertad, con la completa superación de ésta, por desaparición de todas las resistencias, quedaría abolida la libertad misma.
De aquí que sólo seamos independientes en tanto en cuanto estamos entretejidos en el mundo. La independencia no puede realizarse abandonando el mundo. Ser independiente en el mundo significa, antes bien, una relación peculiar con el mundo: estar en él y a la vez no estar en él, estar en él estando a la vez fuera de él. Esto es algo común a las siguientes sentencias de grandes pensadores, con toda la diferencia de sentido que hay entre ellas.
Aristipo dice, refiriéndose a todas las experiencias, goces, estados de dicha y desdicha: poseo, pero no soy poseído; Pablo pide de la necesaria participación en la vida terrena: poseer como si no se poseyese; en la Bhagavadgita se dice: hacer la obra, pero no afanarse por sus frutos; de Laotsé es este apotegma: obrar no obrando.
Lo que señalan estas imperecederas sentencias filosóficas ha menester de interpretación, y en ésta nunca se llega al término. Basta aquí, para nosotros, que se trata de sabios que recomiendan la independencia interior. Nuestra independencia respecto del mundo es indisoluble de alguna forma de dependencia del mundo.
Un segundo límite de la independencia es que por sí sola se vuelve nada.
La independencia se ha formulado negativamente como libertad de temor, como indiferencia para el infortunio y la fortuna, como imperturbabilidad del pensamiento puramente contemplativo, como impasibilidad ante los sentimientos e impulsos. Pero lo que aquí se hacía independiente es un simple punto de un yo en general.
El contenido de la independencia no viene de ella misma. No es la fuerza de una disposición, la vitalidad, la raza, no es la voluntad dé poder, no es el crearse a sí mismo.
El filosofar brota de una independencia en el mundo que es idéntica a la vinculación absoluta por su trascendencia. Una presunta independencia sin vinculación pronto se vuelve un pensar vacuo, es decir, un pensar formal, sin estar presente el contenido, sin participar en la idea, sin tener los cimientos en la «existencia». Esta independencia se convierte en la arbitrariedad ante todo del negar. No les cuesta nada ponerlo todo en cuestión, sin contar con potencia alguna que limite y dirija la cuestión.
Contra esto se alza la tesis radical de Nietzsche: únicamente si no hay Dios se hace libre el hombre. Pues si hay Dios, no crece el hombre, porque por decirlo así desemboca constantemente en Dios como un agua no represada que no adquiere fuerza. Pero contra Nietzsche habría que decir, usando la misma imagen, justamente lo contrario: únicamente cuando mira a Dios se eleva el hombre, en lugar de desembocar irreprimiblemente en la inanidad del mero correr de la vida.
Un tercer límite de nuestra posible independencia es la constitución fundamental de nuestro ser de hombres. En cuanto hombres estamos sujetos a errores básicos a los que no podemos arrancarnos. Con el primer despertar de nuestra conciencia ya caemos en ilusiones.
La Biblia interpreta esto míticamente con la caída en el pecado. En la filosofía de Hegel se ilustra de un modo grandioso la autoenajenación del hombre. Kierkegaard muestra contundentemente lo que hay de demoníaco en nosotros: el encerrarnos desesperadamente en nosotros mismos. En la sociología se habla toscamente de las ideologías y en la psicología de los complejos que nos dominan.
¿Podemos hacernos dueños de las compulsiones y olvidos, de los encubrimientos y simulaciones, de las perversiones, para llegar verdaderamente a nuestra independencia? Pablo ha mostrado que no podemos ser verdaderamente buenos. Pues sin saber no es posible un buen obrar, pero si sé de mi obrar como bueno, ya he incurrido en orgullo, en seguridad. Kant ha mostrado cómo, cuando obramos bien, este obrar hace condición suya del motivo oculto de no dañar demasiado a nuestra dicha, con lo que se vuelve impuro. Este mal radical no podemos superarlo.
Nuestra independencia misma ha menester de ayuda. Sólo podemos esforzarnos y tenemos que esperar que, de un modo invisible para el mundo, venga inconcebiblemente a ayudarnos en nuestro interior lo que nos arranque a la perversión. Nuestra posible independencia es siempre dependencia respecto de la trascendencia.
¿Cómo describir la independencia del filosofar hoy posible?:
—No inscribirse en ninguna escuela filosófica, no tener ninguna verdad enunciable en cuanto tal por la sola y única exclusivamente, hacerse señor de los propios pensamientos.
—No amontonar riquezas filosóficas, sino ahondar el filosofar como movimiento.
—Pugnar por la verdad y la humanidad en una comunicación sin condiciones.
—Hacerse capaz de aprender a apropiarse todo lo pasado, de oír a los contemporáneos y de llegar a estar en franquía para todas las posibilidades.
—Y en cada caso y en cuanto soy este individuo sumirme en la propia historicidad, en esta procedencia, en esto que he hecho, tomando sobre mí lo que fui, llegué a ser y se me deparará.
—No cesar de progresar, a través de la propia historicidad, en el sentido de la humanidad en su intensidad y con ello del cosmopolitismo.
Apenas creemos en un filósofo que no se deje atacar, no creemos en la tranquilidad del estoico, ni siquiera apetecemos la imperturbabilidad, pues es nuestro mismo humano ser lo que nos sume en la pasión y el temor, lo que nos hace experimentar, en medio de las lágrimas y del júbilo, lo que existe. Por ende, sólo llegamos a ser nosotros mismos en el remontarnos por encima de la sujeción a las pasiones, no con la extirpación de éstas. Por eso tenemos que atrevernos a ser hombres y a hacer lo que podemos, para avanzar hasta una independencia con contenido. Entonces padeceremos sin quejarnos, dudaremos sin hundirnos, nos conmoveremos sin derrumbarnos totalmente, cuando se haga dueño de nosotros lo que brotará de nosotros como independencia interior.
Pero filosofar es la escuela de esta independencia, no la posesión de la independencia.