Sam nunca había imaginado que el viejo parque industrial pudiera tener aquel aspecto. Lo había visto a veces, a lo lejos, mientras viajaba en coche con sus padres, al entrar y salir de la ciudad. Era un complejo de edificios anchos, algunos más altos que otros, con grúas y depósitos de agua. Un dinosaurio urbano abandonado, frío y oscuro. Pero esa noche parecía un lugar distinto. Las hogueras olían a gasolina, ardían por todas partes, en cada rincón abierto. Los Wolfhounds habían encendido antorchas y las habían colocado en las vigas abiertas y en las columnas de los aparcamientos, que resplandecían como cuevas ancestrales. También había bidones llenos de papeles y madera ardiendo en las esquinas, y una gran pira central a la que los moteros arrojaban las botellas vacías. Alguien había llevado una radio y uno de ellos, un tipo enorme, de pelo negro y barba oscura con un pañuelo en la frente tocaba una guitarra acústica, pulsando las cuerdas con sus dedos llenos de anillos de oro. Cantaba canciones de Janis Joplin con una voz poderosa, llena de fuerza e inesperadamente bonita.
Al principio, Samantha había tenido miedo, pero pronto lo olvidó. Johnny le presentó a todo el mundo. Eran mucho mayores que ella, algunos más de veinte años. Todos la trataron con respeto y hasta los más rudos fueron educados. Quizá era porque estaba con Johnny, pero ninguno de ellos la miró de forma sucia o perversa, aunque sí vio en los ojos de los más jóvenes una admiración similar, ese embrujo que ya conocía. Intercambiaron saludos cordiales y fueron muy amables, aunque ella olvidó los nombres enseguida.
—No te preocupes, no mordemos a los amigos —le dijo un tal Rick, que llevaba un pañuelo atado en la frente—. A menos que nos lo pidan.
—¿En qué maldito paraíso has robado este ángel, Johnny? —preguntó el tipo de la guitarra. Tenía una sonrisa amplia y bonita—. Disculpe, señorita. Soy Jimmy, para servirla.
El hombre se limpió la mano en el pantalón antes de estrechársela.
Cuando terminaron las presentaciones, Sam, sosteniendo una lata de cerveza en las manos, se sentó sobre un viejo contenedor lleno de restos de hormigón y yeso. Las luces del fuego, las risas de los hombres —que eran graves y honestas y no sucias como había imaginado— y el estruendo de las motos la hacían sentirse como si formara parte de un extraño ritual. Habían dispuesto una rampa frente a la hoguera y se turnaban para saltarla, arrancando chispas y destellos al fuego, jaleándose unos a otros. Bebían whisky, bourbon y cerveza. Había algunas otras chicas por allí, chicas duras, rebeldes, ruidosas, que bebían mucho. Una de ellas llevaba un chaleco con un parche bordado en el que se leía: «Propiedad de nadie». Era morena, llevaba el pelo ondulado por debajo de las orejas y reía con ganas las ocurrencias de las demás mientras bebía. Sintiéndose nueva y con pocos derechos, Sam se quedó algo apartada para no interferir en la diversión de los demás mientras sus ojos se llenaban con aquella vida libre y salvaje que tanto anhelaba.
Johnny no la dejó mucho tiempo sola. Tras aventurarse con su moto en la rampa de fuego y recibir palmadas en la espalda por su valentía, regresó junto a ella y se sentó, agitado por la hazaña, con el pelo negro revuelto cayéndole sobre la frente. Los ojos azules brillaban con fuerza bajo los oscuros mechones. Samantha sonrió como un reflejo de su entusiasmo.
—¿Te gusta esto?
Ella asintió con la cabeza.
—Es como… es una locura. Me gusta mucho. ¿Así es como os divertís?
—No siempre. Hoy es una noche especial.
—Tenéis que dejar la ciudad, ¿no es cierto? —Johnny asintió con la cabeza, torciendo un poco el gesto—. ¿Lo haréis?
—Aún no lo sabemos. El Presidente tiene que convocarnos y tomaremos la decisión entre todos. Supongo que será mañana.
Sam frunció el ceño. Al parecer el Presidente era el líder, pero no daba órdenes sino que todos decidían en conjunto. Para tratarse de una banda de delincuentes, parecían muy bien organizados. Y muy poco agresivos, aunque sí peligrosos.
—Ha sido culpa mía, ¿sabes?
Las últimas palabras de Johnny hicieron que Samantha le mirase sorprendida.
—Me asaltaron fuera de mi territorio y tuvimos una pelea. Ahora nuestros rivales nos han dado un ultimátum. Sé que me han utilizado para causar el problema, pero no puedo evitar sentirme culpable. Seguro que Garrett habría actuado de otro modo, habría sabido cómo evitar el conflicto… pero yo no. Soy demasiado impulsivo. Él siempre me lo dice. Y tiene razón.
—No te tortures. Todos cometemos errores.
Johnny sonrió a medias, mirándola de soslayo.
—¿Ah, sí? ¿Qué errores tan terribles has cometido tú?
La muchacha palideció y apartó la mirada.
Eres una zorra.
Cerró los ojos, exorcizando a aquella voz que no la dejaba ser ella misma. Johnny, que había percibido el cambio en su actitud, acercó la mano a la suya.
—Samantha, ¿estás bien?
Ella se volvió hacia él.
—Bésame.
Johnny no la hizo esperar. Sus labios viriles y cálidos atraparon los de ella. Samantha le abrió paso y él deslizó la lengua en su boca, acariciándola, adueñándose de cada húmedo y suave recoveco en un beso concienzudo y lento. La muchacha, exhalando un suspiro, se dejó llevar, abandonando el peso entre sus brazos, lánguida. Las manos de él recorrieron su rostro y su pelo mientras sus labios la conquistaban.
Nadie la había tocado nunca como lo hacía Johnny, nunca se había sentido tan real. Él la deseaba, sí, eso no era nuevo. Lo diferente, lo que le hacía distinto a todos los demás, era que no era solo su cuerpo lo que él quería. No era solo saciar su hambre lo que buscaba, Sam no era un recipiente en el que volcar su lujuria, no era un premio, un trofeo ni una presa. Él la adoraba, podía verlo en la forma en que la miraba y sentirlo en sus manos cuando la estaba tocando.
Tonterías. No te conoce. No puede adorarte si no sabe quién eres. Y si lo supiera, entonces tendría menos razones aún.
La voz oscura la hizo temblar entre los brazos del hombre. El calor que subía a sus mejillas se congeló, y Samantha se apartó, tomando aire con esfuerzo, aturdida. Ladeó el rostro, cerrando los ojos. Sentía el aliento ardiente de él en su oído, sus manos en su cintura, deslizándose bajo la camiseta para tocar la suave piel de su vientre y sus costados, descendiendo por la espalda hasta la parte baja de la cintura.
—¿Qué ocurre?
—Lo siento. Creo que soy una chica complicada.
En su voz había un tono culpable mientras hablaba, pero Johnny no parecía preocupado. Sus labios se curvaron en una sonrisa que ella sintió contra su mejilla y de su garganta brotó una suave risa, grave y aterciopelada.
—Me gusta que seas complicada. —Él la besó en el rostro—. Y misteriosa. —Otro beso—. Y un poco inalcanzable.
—Es irónico que lo digas con tus manos en mi trasero —replicó ella mirándole de reojo con falso desdén. Johnny seguía sonriendo.
—Es tu alma la que está lejos.
Sam le miró, valorando la certeza de aquella afirmación. Los ojos de Johnny eran extrañamente claros. Por más que le observaba, no hallaba en él ni un solo vestigio de falsedad. Era tan auténtico… parecía tan auténtico que le daba un poco de miedo. Esa era la angustia que anidaba en su corazón, el miedo a equivocarse. Miedo a que él fuera como los demás, a que no hubiera nadie verdaderamente noble. Miedo a que todo lo que ella se decía para protegerse —que todos los hombres eran iguales, que el amor no valía la pena— fuera real. Miedo a que no hubiera ninguna esperanza para su corazón herido.
Pero había una cosa más fuerte que el miedo, y era su deseo de creer. Acarició con los dedos la punta de sus cabellos.
—A veces íbamos al lago en familia. Tenemos una cuadra allí —empezó a decir a media voz. Johnny la miraba, escuchándola como si cualquier cosa que dijera fuese importante—. Solía montar a caballo sin permiso… sin silla de montar, sin riendas, agarrada a las crines, dejándome llevar. Uno de ellos, Tempestad, era peligroso. Negro, muy grande. No sé si era de competición o un semental, pero era el más viejo y salvaje de todos. Los años no le habían conseguido domar. Una tarde le abrí la puerta y lo monté. —Samantha hizo una pausa. Johnny seguía atento a ella, deslizando las yemas de los dedos distraídamente por su cuello, la otra mano en su trasero—. Era como ser secuestrada. No tenía ningún control. Él galopó y galopó, se alejó de la casa y pasó el lago. Yo no podía detenerlo, y no sé siquiera si lo intenté. No estaba asustada. Estaba emocionada. Al llegar a la linde del bosque, Tempestad se encabritó y me arrojó al suelo, luego se marchó y no volvimos a verle.
—¿Te hiciste daño?
—Me rompí un brazo. —Johnny frunció el ceño—. Me encontraron horas más tarde. Me dolía, pero mereció la pena. —Ella se acercó a él, mirando sus labios, la barba de tres días y el suave color de sus labios—. Volvería a hacerlo.
Él asintió, como si comprendiera. Sam se preguntó si lo hacía realmente. Volvió a besarle, lentamente, saboreando su boca. Esta vez, él no la avasalló. El beso se enredó poco a poco, volviéndose más profundo a medida que sus cuerpos tendían el uno hacia el otro. Ella volvió a apoyar su peso en él, que la abrazaba y la sostenía. Las manos del hombre eran ásperas y cálidas, muy sensibles, y ascendieron por su espalda, bajo la camiseta, en una caricia llena de anhelo. Luego, una de ellas se separó para acariciar su muslo. Samantha suspiró. De nuevo ese calor irresistible se abría en su estómago, igual que una flor de fuego, e irradiaba hacia todo su cuerpo. Pronto sintió que se sonrojaba y el roce casual de la mano de Johnny en su costado le erizó los pezones a causa de la anticipación.
Eres una zorra. Vas a hacerlo otra vez, ¿verdad? Vas a ser su puta, igual que fuiste la puta del doctor Sanders.
«No se parece en nada. Esto no se parece en nada. Cállate de una vez», pensó Samantha, desesperada.
Y esta vez, por primera vez en años, la voz oscura obedeció. Se marchó. Desapareció, sin más. Y fue como si una losa pesada se disolviera, como si el alma de Samantha volviera a elevarse.
El alivio que sintió la hizo gemir, y Johnny, que malinterpretó aquella reacción, rompió el sofocado beso para mirarla con sus ojos ardientes y sinceros.
—¿Estamos yendo muy rápido?
—No —respondió ella, casi sin dejarle terminar—. En absoluto.
La muchacha miró alrededor, de pronto la presencia del resto de los moteros le resultaba un problema. Ellos no estaban prestando ninguna atención a la pareja, pero aun así…
—¿Quieres ir a un lugar más privado? —preguntó entonces Johnny, como si le hubiera leído la mente.
Samantha se puso en pie y le cogió de la mano, guiándole aun sin saber hacia dónde iba. Caminaron en silencio entre las naves abandonadas, deteniéndose a ratos para besarse en los rincones, compartiendo miradas cómplices. El corazón de Samantha parecía estar lleno de luciérnagas que revoloteaban, iluminándola por dentro, cosquilleando en su estómago, dándole una extraña y agradable sensación de ingravidez. No tardaron en encontrar una puerta abierta, tras subir las escaleras de incendios de uno de los edificios de ladrillo gastado.
Lo que encontraron al otro lado hizo pensar a la muchacha en palabras tan absurdas como «destino» y «perfecto», algunas de las palabras de las que ella siempre huía, de esas que crean grandes expectativas que luego se van al infierno. Pero en ese momento era imposible no sentirlo así.
—Oh, Johnny… Dime la verdad, ¿lo habías preparado?
—Me gustaría decir que sí para ganar puntos contigo, pero la verdad es que no.
Sam sonrió a medias, mirándole de reojo. Ni en esa situación era capaz de mentir. Tal vez Johnny, aquel lugar, aquella noche… todo, fuera exactamente lo que parecía. Perfecto.
. . .
Ni aunque hubiera querido prepararlo habría podido hacerlo tan bien. Aún sentía el sabor de los labios de Samantha en los suyos. El olor del aire —gasolina, neumáticos, madera quemada, pólvora y alcohol— se mezclaba con el perfume de Samantha, azucarado y floral, y se había pegado a él como un sudario. Ella olía a lilas. Sus labios sabían a caramelo. Sus ojos eran amargos y dulces a la vez, igual que su voz, y aquel halo místico que la envolvía no parecía disiparse ni siquiera aquella noche, en la que la joven parecía más carnal y real que nunca.
La había conocido hacía solo unas pocas horas, pero Johnny ya estaba dispuesto a todo por ella. Ni siquiera sabía por qué, y no perdía el tiempo pensándolo. Tal vez era un flechazo, quizá en unos días ni siquiera recordara su nombre… pero en ese momento, esa noche, Samantha era su mundo. El brillo dorado que parecía rodearla le volvía ciego a todo lo demás. «Y el mañana no existe», se recordó. Al día siguiente tal vez estuviera muy lejos. Así que solo tenían esa noche. Aquel instante era todo el tiempo que existía en el mundo. Y los astros parecían haberse confabulado.
—Espera, deja que lo arregle un poco —dijo, soltando la mano de la chica.
Aquel lugar debía haber sido propiedad de algún fotógrafo, o quizá de un diseñador de moda, o algo parecido. Cuando comenzó la crisis, las empresas de producción que ocupaban el polígono industrial de Detroit abandonaron la ciudad. Los precios de los edificios se devaluaron y algunos pequeños emprendedores de distintos sectores alquilaron las naves o las compraron, aprovechando la caída del titán. El antiguo dueño de aquella planta la había abandonado sin desmontar el estudio, aún quedaban muebles y objetos de decoración por todas partes. La sala tenía el suelo de tablas y las paredes forradas de paneles de madera con tela. En el centro de la sala había un diván de color azul eléctrico, tras el cual un arco de forja con rosas metálicas se mantenía en pie. De este colgaba un visillo translúcido, seguramente los restos de una cortina. Alrededor había luces festivas de colores, similares a las de navidad. Johnny las enchufó y comprobó que se iluminaban en color dorado. En una gran mesa con cajones, encontró velas y encendió varias, diseminándolas por el espacio abierto. Samantha observaba desde la puerta. Parecía pensativa. Johnny era incapaz de adivinar en qué tenía ocupada su mente.
—Mucho mejor, ¿no crees? —La miró—. ¿Te gusta?
Ella asintió con la cabeza, mirándole con ojos enigmáticos. Aquellos ojos le atraían como la luz a las polillas. Sin poder evitarlo ni querer hacerlo, se aproximó a la muchacha, rodeándola con los brazos.
—Si no quieres quedarte… —empezó.
—Cállate.
Sam se puso de puntillas y le cerró los labios con un beso intenso y cálido. Él la abrazó. La chica parecía mucho más confiada, como si se hubiera deshecho de las cadenas que la habían contenido hasta ese momento. No, no le costaba imaginarla cabalgando a lomos de un corcel salvaje. En realidad no le costaba imaginarla haciendo cualquier cosa… Tenía la sensación de que Samantha era de ese tipo de mujeres que se arrojan al vacío sin pensar en las consecuencias, capaces de todo. Y eso la volvía irresistiblemente atractiva a sus ojos.
La besó profundamente, reconociendo su sabor, las formas de su tierna boca. Los labios de ella eran deliciosos, sobre todo ahora que no había carmín en ellos, y los gestos con los que respondía a sus besos parecían exigirle cada vez más. Cerró las manos en su trasero, pegándola a su cuerpo. La intimidad de aquel refugio les amparaba. Ella le quitó la camiseta, arrojándola al suelo. Él le quitó la cazadora y la acarició bajo la ropa, tocándole los costados y el vientre mientras se besaban cada vez más apasionadamente. Fue Samantha quien le agarró de las muñecas y subió las manos de él a sus pechos. Johnny le sacó la camiseta y la miró, haciendo bajar la vista de su rostro, de sus labios entreabiertos y su expresión placentera a sus senos ahora libres. Tuvo que contenerse para no desnudarla del todo y tomarla de inmediato. Los pechos de Samantha le hacían la boca agua; eran blancos, tersos, redondos y llenos, y sus pezones, pequeños y rosados, se habían erizado bajo sus manos. Ella tenía el rostro demudado por el éxtasis, el ceño levemente fruncido, y se mordía el labio.
—Dios, Samantha. Eres preciosa.
—No hables, por favor —susurró ella como si temiera que se rompiera un hechizo.
Johnny obedeció, ocupando su boca en lamer aquellos tiernos frutos mientras los masajeaba con una mano y con la otra ceñía a la joven por la cintura. Ella gimió y se arqueó, ofreciéndose. Levantó la mirada para verla mientras deslizaba la lengua sobre la curva de uno de sus pechos hasta llegar al pezón; después succionó y jugueteó con él entre los dientes. El gemido abandonado de ella le animó a seguir. Quería decirle lo deliciosa que le parecía, quería confesarle que quería devorarla entera, pero ella le había pedido silencio. Sujetándola del trasero, la levantó del suelo. Ella le rodeó el cuello con los brazos y la cintura con las piernas, dejándose llevar. Johnny caminó hasta el diván y la tumbó allí, sacándole las botas y acariciándole las piernas mientras besaba sus pechos. Cuando descendió por su vientre, ella hundió las manos en su cabello y tiró suavemente, gimiendo otra vez. Y volvió a gemir cuando Johnny lamió su ombligo, desabrochándole los shorts para quitárselos. Ella llevaba unas braguitas blancas de algodón con un pequeño lazo rosa en la cinturilla. Se las sacó, rozando el suave vello púbico con la nariz. Ahí abajo también olía bien, el perfume delicioso de su sexo estaba salpicado de notas almizcladas y dulces. Cerró los ojos, tomándola de las caderas y levantándolas para aspirar su aroma hasta clavárselo en el alma.
—Dios, Johnny…
—Voy a hacerlo —advirtió él en un susurro ahogado por el deseo.
—Sí… sí…
El hombre sacó la lengua y acarició con ella el delicioso nódulo, que estaba ya húmedo, erguido y palpitante. Samantha emitió otro gemido, alzando los brazos sobre su cabeza y arqueándose por completo. Dios, era tan dulce… su sabor la enloquecía. Lamió de nuevo el clítoris, aplastando la lengua contra aquel cálido botón, rodeándolo después en un movimiento circular, y luego dio otra pincelada, de arriba a abajo, de abajo a arriba. Ella gemía, jadeando a media voz. Pero Johnny necesitaba más. Quería oírla gritar, quería sentirla rendida y suplicante entre sus manos. Abrió los labios y tomó aquel jugoso fruto entre ellos, succionando suavemente antes de volver a castigarlo con su lengua, mientras los labios se movían contra la piel sensible de ella, presionando, acariciando. La besó en aquel lugar secreto, abriendo bien la boca para abarcarla entera, lamiéndola profundamente una y otra vez, separando cada pliegue con su lengua y degustando el sabor de cada rincón. Embriagado, se dejó llevar sin prisas, animado por cada uno de los gestos de ella, que temblaba y gemía. El tiempo se convirtió en una ilusión, solo existía el cuerpo de Samantha, su carne tibia y su voz, sus reacciones que la hacían abrirse a él como una cálida primavera.
—Oh, Johnny… Dios mío, Johnny… —sollozó la joven—. Necesito…
Dispuesto a no hacerla esperar, Johnny apartó el rostro de su sexo, relamiéndose. Ella tenía las piernas sobre sus hombros, se estrechaba los senos, mordiéndose el labio, arqueada y con los ojos cerrados. Las luces doradas lamían la piel de la muchacha, tiñéndola con un resplandor áureo y arrancando destellos a su pelo revuelto. Todo el pudor parecía haberse convertido en cenizas. Johnny se abrió los pantalones y liberó su erección, buscando en el bolsillo trasero hasta encontrar la cartera, de la que extrajo un preservativo. Luego la arrojó al suelo. Varias monedas rodaron a sus pies, pero no hizo caso. Samantha se había erguido sobre las rodillas y le miraba, exigente, con aquellos ojos misteriosos, mientras se tocaba entre las piernas con una mano y con la otra seguía apretándose un pecho.
«¿De dónde ha salido esta mujer?», se preguntaba, colocándose el condón a toda prisa. Ella le estaba mirando ahí abajo, contemplando su sexo erguido y pujante con deseo. Aquello solo hizo que se excitara más.
Estaba listo. Se subió al diván. Ella abrió las piernas y el se arrodilló entre ellas, tentando su entrada y empujando suavemente, con cuidado. No quería hacerle daño. Pero Sam se removió, impaciente, con los brazos alrededor de su cuello y sus ojos enigmáticos fijos en los de él, empañados y turbios de deseo.
—No soy virgen. No hace falta que seas tan amable.
Johnny frunció un poco el ceño ante la amargura que teñía la voz de Sam, pero entendía el mensaje. Balanceó las caderas y embistió hasta el fondo. Ella se tensó y gritó de placer, rompiendo después en apresurados jadeos. Johnny sintió un brusco mareo al hundirse por completo en su interior. Ella estaba ardiendo, muy húmeda y excitada. Su sexo latía contra el de ella y el de ella se contraía enloquecedoramente. «No aguantaremos mucho», supo.
—Sí… sí…
Samantha respiraba de forma acelerada y superficial. Cuando consiguió controlar sus impulsos, Johnny la miró; no quería perderse nada. Las expresiones de su rostro, sus labios enrojecidos, sus mejillas sonrojadas, el brillo lujurioso de sus ojos claros… Empezó a moverse en su interior con estocadas largas y plenas, lentas al principio, provocándola, y aumentando el ritmo de manera progresiva. Ella se abría y se cerraba a su paso, apresándole, rodeándole de calor húmedo, rompiendo poco a poco los hilos con los que había conseguido coser su autocontrol.
—Oh, joder… eres increíble, nena…
—No hables…
—Perdona.
Se obligó a mantenerse callado, inclinando la cabeza para lamer su cuello y sus pechos mientras se arqueaba, entrando y saliendo de su cuerpo. Era un sueño. Era un maldito sueño. Tenía que serlo.
. . .
Agarrada a su espalda, Samantha se sentía libre. Todo su cuerpo ardía, como si se hubiera fundido en lava, pero era un fuego mágico, agradable. Sus sentidos despertaban, y cada poro de su piel se abría igual que una flor, vibrando ante las atenciones de su amante. Su mente estaba en llamas, vacía de cualquier pensamiento y amargura.
Se sentía libre. Libre por primera vez en años.
—Johnny…
Dijo su nombre, enredando los dedos en su pelo. Él era fuerte y flexible, entraba en ella con decisión, tocando los puntos adecuados para hacerla gemir. El placer se había convertido en un torbellino eléctrico que la arrastraba y crecía, empujándola poco a poco hasta el borde del abismo. Su boca devoraba los sensibles pechos, haciendo que Samantha temblara de excitación. Su sexo, grande y duro, latía dentro de ella. El hombre embestía entre sus piernas, y ella se sentía hermosa, adorada, sentía cómo recuperaba su identidad, su valor y todo lo que le habían robado con un acto muy parecido a aquél, pero totalmente diferente.
—Johnny… no puedo…
Se arqueó en un espasmo, sintiendo cómo crecía la marea en su interior. Igual que una ola, se alzó y se alzó, y al fin cayó sobre ella, haciéndola estallar en cada célula, enviando descargas de placer enloquecedor por todo su cuerpo mientras su sexo palpitaba y se contraía furiosamente. Gimió más fuerte, arañando la espalda del hombre.
Vio un destello del bosque verde oscuro, el fugaz resplandor del lago. Le pareció escuchar el relincho de Tempestad. Lo que sentía entre sus piernas no era el fuerte cuerpo del corcel, pero por un instante, le recordó a aquella cabalgada salvaje y demencial. Valió la pena entonces. También ahora.
Aquello fue lo último que pudo pensar antes de que su mente se deshiciera, arrasado todo su ser por un orgasmo como nunca antes había sentido.