. . .
Johnny aceleró otra vez. Las sirenas de la policía se escuchaban cada vez más lejos, tal vez ya podría relajarse…
No, de ninguna manera. Si algo le habían enseñado las calles de Detroit era a no ser nunca confiado. Hizo un cambio de sentido y después callejeó un poco por las vías más estrechas hasta que dejó de oír otra cosa que no fuera el ruido de la lluvia sobre el suelo, sobre el metal de la moto, en los charcos, en el cuero del chaleco.
Ah, y algo más. El móvil.
Detuvo el vehículo junto a un viejo restaurante chino y calzó el freno, sin desmontar, rebuscando el teléfono bajo la chupa.
Cuando descolgó lo hizo con una mueca amarga. Seguro que era Garrett. «Ya se ha enterado. Joder, ¿cómo lo hace? Si apenas han pasado veinte minutos».
—¿Sí?
—¿Cuántas veces tengo que decirte que no vayas por tu cuenta?
Johnny suspiró. Echó una mirada alrededor, cerciorándose de que las cosas se habían enfriado. Caía la tarde y las luces urbanas empezaban a encenderse. Grupos de afroamericanos se reunían bajo las cornisas, refugiándose de la lluvia, escuchando música y haciendo sus trapicheos. Ni rastro de la policía.
—Ya… lo siento… oye, mira, no estaba planeado. Fue un encontronazo.
—¿Quién empezó? Y dime la verdad.
Garrett no necesitaba levantar la voz ni hablar de manera agresiva para imponer su autoridad. Johnny le respetaba porque era un tío duro, de los duros de verdad. De esos que no fanfarronean. Y como le respetaba, era una de las pocas personas a quienes no mentía.
—Estaba en el Pancho’s, acababa de salir y había dos de ellos en la puerta. Ninguno lo esperábamos. Nos quedamos un poco… ya sabes, eh, sin saber qué hacer. Seguí mi camino y al rato empezaron a increparme. No iba a responder, pero…
—Así que empezaste tú.
—Según se mire…
—John.
Se pasó la mano por el pelo, agobiado. Esto era peor que lo de la policía. Los asuntos con la madera se arreglaban con un soborno, o recurriendo a Emily, pero las peleas entre bandas… eso sí era un marrón. Y para colmo tenían que ser los putos Angry Souls. Sabía lo que venía a continuación: Garrett tendría que ir a hablar con Zachary y explicar lo sucedido, y Zachary usaría cualquier excusa para humillar a los Wolfhounds.
—Se me cerraron alrededor, ¿vale? Intenté alejarme, no quería problemas, pero me estaban acorralando, así que le di un puñetazo a Randall.
—Bien. Ya hablaremos cuando vuelvas. Te estoy esperando en el Kennel.
—Vale. —Suspiró—. Mira, me haré responsable, ¿de acuerdo? No tienes por qué cargar con esto.
Garrett soltó una risa seca desde el otro lado del teléfono.
—No digas chorradas, Johnny. Sabes que eso dará igual. Ellos me harán responsable a mí.
—Ya. Lo siento. De verdad que lo siento.
Al otro lado de la línea se hizo un silencio frío y después, Garrett colgó. Johnny soltó el aire de los pulmones lentamente y volvió a pasarse la mano por el pelo, oscuro y mojado de lluvia.
Menudo marrón. Un puto marrón, sí.
—Bueno, no lo voy a solucionar amargándome —se dijo rápidamente.
Cogió el paquete de tabaco y se encendió un cigarrillo. Había parado de llover. Pasó la mano por el espejo retrovisor y se miró en él, tocándose con los dedos la magulladura en el pómulo. Esbozó una sonrisa traviesa al ver el cerco morado que se le había quedado alrededor del ojo.
Nunca se había considerado un tío guapo, pero sabía que tenía algo. Y los golpes le quedaban bien, se sentía sexy. «No debería estar pensando en esto», se reprochó. «Bah, hasta que no vaya al Kennel, puedo hacer lo que quiera».
Johnny Cassidy tenía nombre de cowboy, y como a los protagonistas de esas viejas películas del Oeste, sufrir no se le daba nada bien. Había nacido en Detroit y llevaba aquella ciudad en las venas. Puede que fuera una ciudad horrible, pero también le gustaba. Era paradójico, pero qué no lo era. Se tomaba los problemas con humor e intentaba no agobiarse con nada, pero en días como aquel era casi imposible.
Se cambió la raya de lado y se apoyó en la moto, mirando el restaurante y conteniendo un suspiro. Tenía hambre. Tal vez sería buena idea entrar y pillar un teriyaki o algo así. Esos mamones le habían tirado su comida al suelo durante la pelea, y aquello no se lo perdonaba. A Johnny siempre le había parecido un delito grave desperdiciar la comida, y que otros se la tirasen era peor aún, un acto imperdonable.
Le puso la cadena a la moto y se dirigió a la puerta. Y estaba a punto de entrar cuando vio algo que le llamó la atención: un destello dorado en el rabillo del ojo.
Al volver la cabeza, su curiosidad se tornó en asombro y durante varios segundos, no pudo hacer otra cosa que mirar embobado aquella escena irreal.
Era como si un pedazo del paraíso hubiera caído por accidente en aquel rincón sórdido de la ciudad. Silbó entre dientes.
—Hoy es tu día de suerte, Johnny —se dijo a sí mismo.
Se trataba de tres chicas preciosas. Eran muy jóvenes, o eso parecía a juzgar por el uniforme escolar que vestían. Estaban allí mismo, al fondo del callejón, sentadas en un viejo banco de madera cubierto por una colcha de lino de color azafrán y llena de agujeros. La de la izquierda tenía el pelo negro y ondulado, algunas pecas en el rostro y se sentaba con las piernas un poco abiertas, dejando ver las braguitas blancas de algodón bajo la falda de tablas. Se pintaba los labios, mirándose en un espejito, mientras conversaba con las otras dos. Tenía un aspecto rebelde y en cierto modo, peligroso. Aquella cría sería toda una mujer fatal cuando hubiera crecido, estaba seguro de ello.
En el centro se acomodaba otra muchacha un poco más infantil, con el pelo castaño recogido en una coleta y la expresión entre asustada y aburrida. Era guapa, pero mucho más vulgar que sus compañeras.
Al otro lado, una joven rubia, con el pelo liso fumaba distraídamente, sentada de medio lado, como una dama en un diván, con el cuerpo ligeramente apoyado en su compañera. Esta llevaba la melena igual de larga que la chica morena, pero la suya era ligera, vaporosa, en lugar de sensual y salvaje.
Aquel era el destello que le había atraído al principio. Aquella muchacha, que parecía un hada, era dorada y hermosa. Tenía la nariz respingona, la barbilla redonda, los labios carnosos y las cejas altas. Las pestañas oscuras enmarcaban un par de ojos claros, tal vez verdes o azules, no podía saberlo a causa de la distancia.
¿Qué demonios hacían tres colegialas pijas en un maldito callejón del West Side? Y sobre todo, ¿quién era esa preciosa chica y de qué reino mágico había salido?
Eran como una aparición, tan bonitas, allí en medio de la porquería… de hecho, resultaba un poco inquietante. Y lo fue aún más cuando ella le miró.
Al principio, a Johnny le había parecido lánguida, inocente y etérea. Pero cuando aquellos ojos se fijaron en los suyos, de pronto sintió que estaba equivocado. No había nada etéreo en ella. La muchacha tenía una mirada amarga, oscura… antigua. ¿Cómo podía una chica tan joven tener unos ojos así, tan viejos? Miró sus labios pintados de carmín, el humo del cigarrillo que brotaba entre ellos y después volvió a sus ojos, que no se apartaban de él. La vio cambiar de postura, cruzar las piernas y levantar las cejas, como desafiándole.
Y antes de darse cuenta de lo que hacía, caminaba hacia ella, con una mano en el bolsillo y la prudencia olvidada en alguna parte.
. . .
La brisa agitaba la tela que les servía de techo, se colaba bajo sus faldas y les enfriaba los muslos. Estaba oscureciendo y pronto tendrían que irse. Apuraban aquellos últimos minutos de libertad haciendo planes de futuro. Escaparían de casa y se irían a Las Vegas, y…
—Mi amiga Sharon está trabajando allí de camarera, en un local. Desnudándose no, solo de camarera, ya sabes. Cuando lleguemos, nos quedaremos en su apartamento un par de días hasta que encontremos trabajo —explicaba Amy.
—Tendremos que mentir sobre nuestra edad —dijo Skyler.
—¿Qué más da? Ya solo nos quedan unos meses. Menos a Samantha. Tú cumples en noviembre, ¿no, Sam?
Ella asintió distraídamente, dando una profunda calada.
—No importa, no nos pillarán. —«Al menos, no a mí». Las tres amigas habían decidido marcharse, pero Sam no se creía que Skyler fuera a ser capaz de hacerlo. De hecho ni siquiera contaba con ello. En la intimidad, cuando se imaginaba lejos siempre lo hacía sola. Ni siquiera pensaba en Amy.
—¿Cómo estás tan segura?
—Porque no parecemos niñas… y porque no querrán hacerlo. Les diremos que tenemos dieciocho y aunque sepan que no es cierto, fingirán creérselo. ¿No sabes que a los tíos les gustan jóvenes?
El rostro de Skyler se descompuso, pero Amy no se inmutó. Ella también sabía unas cuantas cosas sobre la vida.
—¿Y qué más da eso para ser camarera? —murmuró Skyler, cada vez más apocada.
Sam iba a responderle algo brusco y amargo cuando vio al hombre acercándose a ellas.
Al principio se alarmó. Nadie las molestaba allí, los asiáticos no se atrevían a romper las distancias y nadie más se metía en aquellos callejones. Le dio un rápido vistazo: vestía jeans desgastados y algo rotos, botas de puntera de acero, una chupa de cuero cerrada y un chaleco encima, negro, de tela vaquera, con algunos parches cosidos. El pelo revuelto le caía sobre la frente y los ojos y al parecer no se había afeitado en unos días. A través de los mechones oscuros descubrió una mirada azul, tan clara y transparente que no parecía acorde con aquel aspecto duro y rebelde.
Esa fue la única razón de que su miedo se transformara en curiosidad. Y por eso no se movió del sitio ni hizo caso a sus amigas, que se removían inquietas y parecían dispuestas a salir corriendo antes de que el hombre llegara, deteniéndose frente a ellas.
—No quiero ser grosero, pero ¿qué estáis haciendo aquí?
Amy se adelantó con una respuesta brusca.
—¿Y a ti qué te importa? ¿Es que eres el dueño de la calle?
El hombre no desvió la vista, la tenía fija en ella. Samantha se pasó la lengua por los labios, disimulando el estremecimiento misterioso que la sacudía por dentro.
—No, de esta no —replicó el desconocido con chulería—. Pero este barrio no es muy seguro.
—No es tu problema.
Se hizo un silencio incómodo. Sam se recogió el pelo detrás de la oreja, sin apartar la mirada. Él imitó su gesto, apartándose los mechones oscuros de la frente con los dedos, pero pronto volvieron a caerle delante del rostro. Los ojos claros del joven le hacían sentir una absurda confianza, como si pudiera abandonarse a él sin temer ninguna consecuencia. Se sentía incapaz de alejarse de ellos, no quería. Eran lo más puro que había visto en mucho tiempo.
«Ojalá fueran solo sus ojos», pensó Samantha con un cosquilleo en el estómago.
Era guapo. Expresivo. Una combinación imposible de picardía y amabilidad. No podía imaginarle siendo una mala persona. Sí, deseaba hablarle, confiar en él… ser su amiga, formar parte de su vida, como si eso pudiera salvarla de algo. Pero no. No eran más que bobadas. A pesar de su juventud, Sam ya sabía que todo el mundo podía ser malvado, incluso los niños. Solo había que darles el poder suficiente.
El silencio se prolongaba demasiado, así que decidió hablarle.
—¿Tienes nombre?
Él sonrió de forma traviesa y alargó la mano hacia ella, tras limpiársela en el pantalón, como si temiera mancharla o algo así.
—John. Pero todos me llaman Johnny.
La estrechó con firmeza.
—Yo soy Samantha.
Durante unos segundos, él retuvo su mano y ella le dejó hacer. Después tiró con suavidad de los dedos, liberándose sin que él se opusiera. Un nuevo cosquilleo se agitó en su estómago y en la punta de sus dedos.
. . .
Su voz era dulce y grave.
Samantha.
Dedos suaves y labios pintados, ojos azules, sin miedo. La otra muchacha, la del pelo negro, seguía diciendo algo, pero Johnny ya no le prestaba atención.
Garrett le esperaba en el Kennel. Iba a ser una noche muy larga. Larga y jodida, llena de explicaciones y de malas caras. La perspectiva no era muy esperanzadora… pero allí estaba Samantha, que parecía un regalo en medio de aquella ciudad de mierda, un punto de luz dorada entre la oscuridad.
—¿Puedo invitarte a comer algo, Samantha?
Ella se llevó el cigarrillo a la boca y aspiró, soltando el humo hacia un lado y girando la cara.
—No, Johnny. No puedes —respondió con dulzura.
—¿Por qué?
—Porque no te conozco de nada. Y tengo que volver a casa antes de que se haga tarde.
Johnny siguió el movimiento de sus dedos cuando ella volvió a apartarse el pelo detrás de la oreja. Sus gestos y su forma de hablar le fascinaban. ¿Cómo podía parecer tan adulta? ¿Cómo podía tener tanto glamour? No era más que una colegiala, ¿qué era lo que le daba ese aire de estrella de Hollywood venida a menos? Quizá el excesivo carmín o la amargura al fondo de sus ojos.
Sentía ganas de tocarla, de besarla, de protegerla, de derribar sus muros y hacer que se sintiera a salvo. Samantha era hermosa y fascinante, sí, pero también estaba herida. Por desgracia, Johnny había visto a bastante gente herida como para saberlo.
—Entonces déjame llevarte. Tengo la moto aparcada ahí detrás.
—No, gracias.
—¿No te fías de mí?
Ella dibujó una media sonrisa.
—¿Debería hacerlo? Tú mismo lo dijiste, este barrio no es seguro. Y no pareces un hombre respetable.
Había algo ambiguo en su tono de voz y en la forma en que le miraba. «No habla del todo en serio», se dijo. Cruzó los brazos y echó una mirada hacia el otro lado del callejón, donde un grupo de orientales fumaban junto a la puerta de la trastienda.
—Por eso precisamente deberías confiar en mí. No parezco respetable, es cierto. Pero eso es bueno. Los hombres que parecen respetables, rara vez lo son.
Ella dejó transcurrir unos segundos en silencio y después, como si esas palabras la hubieran convencido, se puso en pie y recogió su cartera, que se colgó del hombro.
—¡Sam, pero qué haces!
—Samantha, no vayas.
Ignorando a sus amigas, la chica echó a andar hacia la calle, pasando por su lado como una reina.
—Grosse Pointe —dijo ella simplemente.
Johnny alzó las cejas. Grosse Pointe era el barrio rico de Detroit, donde las familias más adineradas tenían sus mansiones y villas. Fue tras ella y le cogió la cartera para llevarla él. Samantha le dejó hacer, dedicándole una mirada enigmática.
—¿Eres la hija del presidente o algo así?
—No. Soy de la familia Hudson.
Se acercó a la moto y desató la cadena, mirando al cielo. Las nubes grises seguían ahí arriba, ahora iluminadas de ámbar por la luz de las farolas, pero por suerte ya no llovía. Montó y arrancó, haciendo un gesto a la chica para que subiera tras él. Ella lo hizo, enseñando las braguitas blancas al levantar la pierna para sentarse a horcajadas sobre el vehículo.
—¿Los Hudson de Chrysler, los dueños de la empresa de coches, los grandes almacenes, y todo eso?
—Sí.
Los brazos de ella le rodearon la cintura. Sintió el calor de su cuerpo contra la espalda y el perfume a lilas que desprendía su pelo. «Joder. Samantha Hudson. Voy a meterme en problemas—se dijo—. En más problemas».
. . .
No hables con desconocidos. No te relaciones con extraños. No vayas al West Side. No fumes. No bebas. No te pongas carmín.
¿Es que quieres que piensen que eres una puta? ¿Es que quieres ser una puta?
Las luces de la ciudad pasaban a toda velocidad. La moto vibraba entre sus piernas, como un animal salvaje. Bajo sus dedos, el cuero y el denim estaban calientes, suave el primero, áspero el segundo. Entre sus brazos sentía la fuerza del cuerpo de aquel hombre guapo que decía llamarse Johnny, a quien no conocía de nada, pero que tenía al igual que ella la sabiduría oscura de la vida. «Los hombres que parecen respetables, pocas veces lo son», había dicho. No sabía cuánta razón tenía.
Mantén tu valor. Debes tener un valor.
No seas una chica barata. No seas una chica fácil. ¿Es que eres una puta?
Atravesaban las calles en silencio. Johnny no siempre respetaba los semáforos, y a veces tomaba desvíos inesperados que mostraban a Sam lugares de la ciudad que jamás había imaginado: viejos barrios industriales ya abandonados, edificios de oficinas de los años sesenta mezclados con bloques de apartamentos y la vía del tren, suspendida metros por encima de la calzada. A lo lejos, las luces del casino de Greektown iluminaban la noche de azul.
Samantha nunca había montado en moto, y la experiencia le estaba resultando muy excitante. Su corazón latía a toda velocidad y sus mejillas se habían sonrojado de emoción. Se sentía extrañamente segura allí, a lomos de la Harley, dejándose llevar por un desconocido. De pronto, el mundo cambiaba. El viento le daba en el rostro y la hacía llorar, pero era una sensación liberadora, agradable. La velocidad le aceleraba el corazón, y la vibración del motor la excitaba. Apoyó la mejilla en la espalda del hombre y le abrazó con fuerza, mirando la ciudad transcurrir ante sus ojos empañados de lágrimas.
«Ojalá este momento no acabara nunca», se decía.
Pero pronto los altos edificios dieron paso a casas bajas, los jardines se hicieron más amplios y el rugido del motor se volvió atronador, ahora que el ruido del tráfico de la ciudad no lo amortiguaba.
Johnny aminoró la velocidad, y Sam suspiró.
—Grosse Pointe —anunció él—. ¿Dónde te dejo?
Giró la cabeza por encima del hombro. Ella miró su pelo negro, pensativa.
—¿Tienes prisa? —le dijo suavemente—. Puedes parar ahí, junto al parque.
Johnny parecía dudar, pero finalmente hizo lo que ella decía. Ambos desmontaron. El parque tenía el césped crecido y había algunos árboles agitando sus hojas en la brisa. La última línea de sol rojo prendía las nubes, vistiéndolas de fuego. Sam cogió la cartera y la tiró sobre el césped. Se acercó a uno de los columpios y se sentó en el neumático, balanceándose suavemente con un pie mientras miraba al hombre. Él mantenía la atención en el entorno, apoyado en la moto, como si el lugar le resultara peligroso. Sacó un cigarrillo del paquete, extrayéndolo con los labios y se lo encendió con un fósforo, arrojándolo al suelo después.
¿Cuántos años tendría? Parecía mucho mayor que ella, pero aún debía ser joven. ¿Veintiséis? ¿Veintisiete? No llegaba a los treinta, eso seguro.
—¿Me das uno? —le pidió ella.
Tras un momento de vacilación, Johnny se acercó y le ofreció el cigarro. Sam se inclinó hacia delante y entreabrió la boca. Comprendiendo el gesto, el hombre le colocó el filtro entre los labios y después le dio fuego. Ambos se miraban fijamente; la brisa desordenaba el cabello oscuro de él y movía dulcemente la larga melena rubia de ella.
—Se te ha corrido el rímel.
Sam se pasó los dedos bajo los ojos para retirar los restos de lágrimas.
—Ha sido por el viento.
—¿Sabes?, me recuerdas a Ava Gardner.
La muchacha no esperaba semejante afirmación. Sonrió a medias, dando una calada y soltando el humo por la nariz.
—¿Por qué? ¿Crees que me parezco?
—No. Tú eres mucho más guapa. —Johnny le devolvió la sonrisa con un gesto pícaro que volvió a hacer que Sam se estremeciera. Aún sentía los muslos adormecidos por el temblor de la Harley, aún notaba el calor en el vientre y el tacto duro de la espalda de él contra su pecho. Había sido como estar en otro mundo. Aún lo era. Solo existían ellos dos, el resto se había desdibujado peligrosamente.
—No hace falta que me digas piropos baratos. No es necesario.
Él se hizo el ofendido.
—No es un piropo barato. Te he comparado con Ava Gardner, al menos valora mi esfuerzo.
Samantha sonrió a medias.
—Me gustabas más cuando no parecías respetable pero decías la verdad —replicó.
Dio otra calada y sacudió la ceniza en el césped.
—Sigo diciendo la verdad. Tienes esa mirada, como ella… la de alguien que ha vivido mucho y guarda muchos secretos.
Samantha levantó la ceja, tratando de parecer indiferente. Pero no se sentía así. Johnny se había acercado y sus dedos rozaban una de las cadenas del columpio. La miraba con descaro, con franca admiración, sin sentirse cohibido por sus propias emociones. Parecía estar hechizado por ella y le daba igual que se le notara.
Aquello causaba estragos en Samantha. La hacía sentirse poderosa. Dueña de algo. De sí misma, para empezar.
—Pues tú das la impresión de no tener ninguno.
—Y eso es una terrible desventaja. —De nuevo, él le regaló su sonrisa pícara. Sam no pudo evitar sonreír también—. Porque yo quiero preguntarte muchas cosas, pero tal vez tú no quieras saber nada de mí.
—En una cosa tienes razón. Yo no quiero hacerte preguntas —replicó ella, desviando la mirada seductoramente. Estaba flirteando. Lo estaban haciendo, los dos, desde el principio, desde que él se acercó a ella, ignorando todo lo demás—. Pero eso no significa que no quiera saber nada de ti.
Volvió a mirarle. Los ojos de él brillaban con un fuego turbio. Enseguida fue consciente, por instinto, de lo que se trataba.
«Me desea».
Normalmente, miradas como aquella la repugnaban. Pero en ese momento no era repulsión lo que sentía. No, en absoluto.
—¿Qué hacías en ese callejón?
«Ser libre. Planear una huida. Robarle al tiempo. Fingir que estoy viva», pensó.
—Esperarte —dijo en cambio.
Johnny se echó a reír.
—¿Quién miente ahora? —Sus ojos brillaban de diversión.
—¿Te molesta que te mienta?
Otra calada. Humo entre los dos. Ceniza en el suelo. El aire acariciando sus cabellos. La cartera en el césped, la falda demasiado alta, los muslos a la vista, los calcetines blancos, el pelo suelto, carmín en los labios…
—Me da exactamente igual —dijo Johnny.
Sam parpadeó afectadamente, tirando el cigarro al suelo. Lo pisó con los zapatos negros; era el calzado reglamentario del Santa Brígida.
Johnny había cerrado los dedos en la cadena metálica, impidiendo que el columpio se volviera a mover. La miraba desde arriba. Eso debería hacer que se sintiera vulnerable, insegura… pero no era así. Alzó el rostro y se inclinó hacia delante, sin miedo.
—Nunca me han besado —dijo a media voz.
Eres una puta, y además, una mentirosa.
Hizo callar a la voz, concentrándose en el latido de su corazón, aún acelerado. Se sentía valiente y estimulada.
—¿Eso es verdad? —preguntó él.
En los labios de Johnny seguía aquella media sonrisa perpetua, juguetona. Acercó una mano a su pelo y le rozó los cabellos sutilmente. Ella ladeó el rostro, buscando el contacto de sus dedos. Quería que él la tocara. Quería volver a subir a la moto, abrazarle, ser libre, tener aquella bestia de metal entre las piernas.
—Pensaba que te daba igual que te mintiera.
—Y así es.
Te mereces todo lo que te pase, por puta. Puta. Puta. Ramera. Zorra.
—Entonces… ¿por qué no me besas?
—Porque me lo estoy pensando.
Sam se echó a reír, pillada por sorpresa. Primero ese comentario sobre Ava Gardner y ahora esto. ¿Quién era aquel tipo? Era raro. Diferente. Tal vez… tal vez fuera lo bastante diferente.
—Nunca había conocido a un hombre que se lo tuviera que pensar.
—Entonces nunca has conocido a un hombre de verdad.
—Creía que los hombres eran impulsivos y tomaban lo que se les ofrecía sin dudarlo —adujo ella, desafiante.
Johnny se encogió de hombros.
—Eso puede hacerlo cualquiera. Cualquiera puede dejarse llevar. Pero un buen amigo mío dice que un hombre inteligente piensa antes de actuar y tiene control sobre sus instintos. Es un tipo listo, así que intento hacerle caso.
—Así que… ¿tú no te dejas llevar?
—Mucho. Y muy a menudo. Intento hacerle caso, como dije… pero no siempre me sale bien.
La última línea de sol desapareció. El cielo parecía un lienzo sangrante, las nubes rojizas se mezclaban con los gruesos nubarrones de la lluvia y el firmamento se teñía de purpura en el oeste, mientras el añil oscuro vestía el horizonte al este. En las mansiones de Grosse Pointe empezaban a encenderse las luces.
—Al final soy yo quien te está haciendo preguntas a ti… —suspiró Samantha—. De acuerdo… Esperaré mientras te lo piensas.
De pronto, los dedos de él rozaron su mejilla. El calor de las yemas, ásperas y duras hizo que algo temblara en su pecho: Deseo. Por primera vez, deseó a un hombre.
Le miró. Los ojos de él seguían siendo apasionados, pero había algo más. Ella supo que no le haría daño. Lo sabía, aunque no sabía por qué. Una parte de sí le gritaba que no creyera, que no se fiara. Pero sería tan bonito… tan bonito… aunque fuera mentira…
No te fíes de los desconocidos. Mira lo que has hecho… ahora estás perdida.
Te mereces todo lo que te pase, por puta.
Samantha suspiró y cerró los ojos, ignorando deliberadamente aquella voz insistente en su cabeza, como llevaba haciendo tanto tiempo. Sintió la cercanía del rostro de Johnny, y después la ardiente presión de sus labios. La boca de él se llevó el carmín y el sabor del tabaco. Ella le abrió paso, dejando que su lengua le tocara con hambre y dulzura. Le rodeó el cuello con el brazo y se rindió a la firmeza de sus manos, que la sostenían, pegándola a su cuerpo.
Johnny tenía las mejillas ásperas y olía a gasolina, barniz y cuero. El calor de su piel la reconfortaba, sus brazos la hacían sentirse segura.
No te fíes. No es él, eres tú. Es tu anhelo. Estás cayendo como una tonta.
—Ya me lo he pensado —dijo él cuando separaron al fin sus labios.
Su voz la hizo estremecerse de nuevo. Estaban muy cerca, podía notar su aliento sobre la boca. Los ojos azules del hombre resplandecían, prendidos con un fuego interior. Sus dedos estaban en su rostro, sobre las mejillas calientes. Con el otro brazo le ceñía la cintura.
Dile adiós.
—Johnny… —De pronto se sentía mareada—. ¿Cuántos años tienes?
—¿No soy yo quien debería preocuparse por tu edad, más bien? Estoy seguro de que podría ir a la cárcel por esto.
La sonrisa traviesa. La mirada pícara. Ella le besó otra vez, en esta ocasión tomando la iniciativa. Al fin, deseo. Al fin, un hombre de verdad. Al fin, alguien lo bastante diferente a los demás como para poder soñar.
—Otra vez estoy haciéndote preguntas… —susurró ella, hundiendo los dedos en su pelo.
Se levantó del columpio y se puso de puntillas, mordiéndole los labios, dejándose llevar por un instinto que conocía bien, aunque nunca antes se hubiera rendido a él por voluntad propia. El desconocido la abrazó, rodeando su cintura bajo la chaqueta del uniforme. El calor le mordía las entrañas, y cuando él metió las manos bajo su falda y la agarró del trasero, sintió la humedad ardiente fundirse entre sus piernas. Solo entonces le apartó de sí. Lo hizo sin brusquedad, cerrando el beso y desviando el rostro antes de ponerle las manos en el pecho.
Johnny no necesitó mucho más. Pronto entendió las señales y cedió a su demanda, separándose.
—Tengo que irme a casa —dijo con un susurro.
Se arregló la ropa, sofocada. Todo iba demasiado rápido. No es que eso la asustara, pero no era un buen momento. Tenía que volver a casa, o las cosas se complicarían mucho. La cabeza le daba vueltas. Fue a coger la cartera, que había abandonado sobre el césped, pero de pronto ya no estaba allí. Fue Johnny quien se la colgó en el hombro.
Ella le miró a los ojos. No parecía molesto. No, en realidad… seguía fascinado.
—¿Volveré a verte?
—Sí. —«No, Sam. La excursión. La escapada. Es dentro de dos días»—. Sí. Pero tiene que ser mañana.
—Mañana. —Johnny se pasó la mano por el pelo. Su semblante se tornó oscuro—. Haré lo que pueda.
—¿Ocurre algo?
—Tengo algo importante esta noche. Espero que vaya bien.
Ella asintió con la cabeza, atando cabos. La moto, el chaleco. En el parche que llevaba cosido en la espalda ponía «Wolfhounds MC, Michigan».
Johnny pertenecía a una banda, claro. Aquello debería importarle, pero le daba exactamente igual. «Es porque estoy loca», se recordó.
Se lamió los labios, imponiendo una distancia forzada.
—Te esperaré mañana en el mismo sitio. No importa si no vienes. Esperaré de todos modos.
—Samantha…
—No digas nada.
Le miró una última vez y volvió a besarle, esta vez muy despacio.
Johnny el Desconocido. Johnny, el que le había mostrado la ciudad como nunca antes la había visto… Johnny, el que se cruzó en su camino. Johnny, el primer hombre a quien había deseado. Aquello era un adiós. Y si existía el mañana, entonces tal vez se convirtiera en «hasta luego». Pero por el momento, mejor así. Separó los labios y le acarició el rostro. Él parecía confuso, seguía mirándola como si estuviera embrujado.
Sam quería darle las gracias por hacerla sentirse así, pero a veces el silencio simplemente era demasiado duro y no se podía romper. Retiró los dedos de su mejilla áspera, se dio la vuelta y caminó a buen paso hacia su casa.
. . .
Durante varios minutos, Johnny se quedó inmóvil en el parque. Las farolas se encendieron y los perros empezaron a ladrar a lo lejos. Aún tenía el sabor de los labios de Samantha en los suyos. Los tocó con los dedos y se miró las yemas, manchadas de carmín.
¿Qué demonios había pasado?
Se dirigió hacia la moto a toda prisa y puso rumbo al Kennel. Cuando volvió a irrumpir en la ciudad, aún estaba confuso. En su mente solo veía los hipnóticos ojos de Samantha, en sus oídos solo podía oír su voz. Todo su cuerpo estaba tenso.
Esperaré de todos modos, había dicho ella.
Aquella chica… ¿qué había ocurrido? Era como si le hubiera lanzado un hechizo o algo así. Ella tenía magia, estaba claro, al menos algún tipo de magia capaz de volver locos a los hombres. O volverle loco a él. La forma en que le miraba, su modo de hablar…
¿Había sido un flechazo? ¿Era eso? No estaba seguro. De lo que sí estaba convencido era de que jamás había conocido a una chica así, tan extraña y tan preciosa al mismo tiempo.
El móvil empezó a sonar, sacándole de su ensoñación. No necesitaba mirarlo para saber que se trataba de Garrett. Querría saber dónde diablos estaba. Aceleró un poco más. Pasara lo que pasase esa noche, tenía que asegurarse de salir bien parado de ese lío. Tenía una cita, y no quería dejar a Samantha esperando, con el maldito uniforme, los labios pintados de rojo, aquella mirada antigua de quien ya lo ha visto todo y el cigarro entre los dedos.
. . .
La chica entró a la casa y guardó las llaves. Trató de ser sigilosa al subir las escaleras, pero justo cuando alcanzaba el piso superior, se dio de bruces con ella. Su madre estaba envuelta en una bata de raso, fumando distraídamente.
La mujer la miro con asco.
—Tienes el carmín corrido —le dijo con voz pastosa.
Sam sintió que se le congelaba la sangre en las venas.
—Tú también —espetó.
Ella, en vez de enfadarse, se echó a reír.
—Vaya dos, ¿eh? El señor Hudson no va a estar nada contento cuando se entere… no, no… nada contento…
Su madre olía a whisky. Su boca, la bata, hasta sus palabras, toda ella apestaba a alcohol. Dio un traspiés y tuvo que sujetarse a la barandilla de la escalera para no caerse. Samantha sintió ganas de pegarle. La despreciaba. La despreciaba con toda su alma. Ella era su madre, ¡su madre! Se suponía que tenía que cuidarla. Protegerla. Pero Lana McDonald nunca había sabido cuidar a nadie. Las plantas se le morían, olvidaba alimentar a sus perros y rara vez sabía en qué día estaba. En vez de protegerla, tenía celos de ella. Como si el hecho de que el señor Hudson no la quisiera fuera culpa suya.
—¿Vas a decírselo? —preguntó fríamente.
—Yo no diré nada si no lo haces tú —replicó su madre.
—De acuerdo. —Con suerte, ni siquiera se acordaría—. Me voy a mi habitación. ¿Dónde está él?
—No está. Volverá tarde. Reunión de negocios.
Lana se dirigió tambaleante al dormitorio, donde tenía su televisión, sus píldoras, su whisky y su tabaco. Sam la miró sin sentir compasión alguna.
—Tenemos una excursión mañana. Necesito que me firmes la autorización.
—Espera a que vuelva el señor Hudson… él lo hará.
—No, hazlo tú. —Lana se dejó caer en la cama—. Mamá, por favor —insistió Samantha, pero ella se llenó el vaso de licor, ignorándola—. ¡Mamá!
—Maldita sea, dámela.
Sam extrajo el papel de su chaqueta y se lo entregó junto a un bolígrafo. La mujer trazó un galimatías ininteligible. De pronto, a Samantha todo aquello le pareció ridículo. Al fin y al cabo, a ella no le importaba lo más mínimo adónde iba, dónde estaba… Ni siquiera se había dado cuenta de que llegaba muy tarde. Miró el triste garabato que debía presentar como la firma de su madre. No, a las monjas tampoco les importaría.
Podría desaparecer esa misma noche y a todo el mundo le daría igual.
«A todo el mundo menos al señor Hudson», pensó con un estremecimiento.
—¿Quién es?
—¿Eh? —La pregunta de su madre la sacó de sus pensamientos.
—Tu novio. El que te ha destrozado el carmín. ¿Quién es? No hay chicos en esa escuela a la que vas.
—No es asunto tuyo.
—¿Es otra vez un amigo de tu padre? Qué vergüenza…
Sam se dio la vuelta y salió a toda prisa de la habitación.
—¡Al menos la próxima vez arréglate la boca antes de entrar a casa! A saber cuánta gente te habrá visto así. ¿Es que quieres que piensen que eres una puta?
Samantha cerró la puerta de un golpe, pero las palabras entraron de todos modos. Cerró los ojos y apoyó las manos en la madera, respirando controladamente.
—Te tengo dicho que no te pongas carmín. ¿Para eso te metí en el colegio de monjas? Se suponía que ibas a ser una señorita, no una putilla barata. ¿Es que no has tenido bastante ya? No aprendes, niña. Acabarás mal, Samantha, acuérdate de mis palabras.
—¡Cállate!
Se tapó los oídos y se dejó caer hasta el suelo.
—¡Acabarás mal! Y te lo mereces, ¿sabes? Te lo mereces. Por puta.
En su mente, las palabras de su madre volvían a hacer eco, tomaban la forma de una voz propia que repetía una y otra vez las mismas diatribas. Eres una zorra. Ponte bien la falda. ¿Es que quieres que piensen que eres una puta? En sus oídos, en su cabeza, por todas partes, aquellos juicios la golpeaban como cinceles, intentando esculpirla, deformándola poco a poco.
Cerró los ojos con fuerza y pensó en Las Vegas. En Las Vegas, las voces se detendrían. En Las Vegas nadie la volvería a juzgar.
. . .
El Kennel era una cervecería ubicada en la vieja ciudad industrial, entre un antiguo taller y el edificio que había pertenecido a una fábrica de recambios. Delante de la puerta había seis motos, pero en las noches más animadas llegaba a tener hasta cuarenta o cincuenta Harleys aparcadas allí afuera. El dueño, Patrick, al que llamaban Paddy o Big Pat, era un irlandés pelado de barba pelirroja y ojos punzantes que guardaba un rifle debajo de la barra y era capaz de dejar inconsciente a cualquiera de un puñetazo.
Johnny aparcó y entró en el local. Había unos cuantos conocidos ya por allí, ocupando las mesas y el billar. Al final de la barra, Big Pat hablaba con Garrett.
Los dos volvieron el rostro al verle llegar. La mirada de su jefe le hizo saber que, tal como había previsto, iba a ser una noche muy larga.
Se acercó y pidió una cerveza.
—No hay cerveza para ti hasta que no arregles tus problemas —le soltó Paddy sin medias tintas.
Johnny suspiró y se pasó la mano por el pelo, como hacía siempre que estaba nervioso.
—Vale, maldita sea.
Garrett no dijo nada. Simplemente le hizo un gesto con la mano y le guió a la trastienda. Allí, entre cajas de cerveza y botellas de licor había una mesa de oficina, un par de sillas viejas y un montón de archivadores. Las paredes permanecían desnudas, con solo un cartel de Led Zeppelin ya descolorido que debía llevar allí desde el principio de los tiempos.
—Siéntate.
Johnny obedeció mientras su jefe cerraba la puerta y tomaba asiento a su vez. Cruzó los dedos y le miró unos segundos en silencio, pensativo.
A Johnny no le incomodaba su mirada, pero sí se sentía un poco mal por haberle decepcionado. Y sabía que lo había hecho. Los Wolfhounds de Michigan eran un motorclub bastante atípico, tanto que su propia supervivencia resultaba un misterio para todos. Incluso para ellos mismos. Compuesto por miembros de bandas disueltas o absorbidas por otros motorclubs, renegados entre los renegados, todos parecían tener cuentas pendientes con alguien, especialmente con gente de Angry Souls. El código de conducta de los Wolfhounds era extenso y complicado, lleno de matices morales y éticos. Por ejemplo, no se permitía robar a empresarios o comerciantes que tuvieran una renta inferior a cierta cifra, ni el tráfico de drogas —aunque sí la reventa a otros motorclubs—, ni tampoco el uso de la violencia no justificada. Y por justificada solo se entendían los casos en los que a Garrett le parecía bien.
Él era el fundador de los Wolfhounds, el ideólogo de su particular filosofía, el corazón y la cabeza del grupo… y además, un buen amigo. Johnny le conocía desde hacía una década, prácticamente desde que Garrett llegó a Detroit. Por entonces Johnny tenía 17 años y le seguía a todas partes: quería trabajar en su taller, después formar parte de su banda y luego, en cuanto fue mayor de edad, salir con él a beber. Garrett siempre se había mostrado reacio, hasta que años después, cuando John cumplió los 22, le permitió entrar a prueba. Solo hacía dos años que Johnny ejercía como miembro oficial de los Wolfhounds y en aquel lapso de tiempo no había tenido problemas. Cumplía con sus obligaciones. Se lo tomaba en serio. Bien, era un poco alocado y a veces se confiaba en exceso, pero había sabido ganarse el respeto de los demás, que habían terminado por apreciar incluso su carácter frívolo y absurdamente alegre. Era valiente en las peleas, alguien en quien podían confiar. Nunca hasta entonces había fallado.
Y nunca hasta entonces había tenido que enfrentarse a una conversación como la que sabía que le esperaba.
Garrett suspiró y desenlazó los dedos, abriendo las palmas de las manos sobre la mesa.
—He llamado a Zachary. He preferido adelantarme y tomar la iniciativa. Vendrá dentro de un rato.
—¿Dentro de un rato? Maldita sea, ni siquiera vamos a tener tiempo de… no sé, prendernos fuego y bailar en el tejado.
Garrett no le rió la broma.
—Tendrías mucho más tiempo para inmolarte si no hubieras tardado tanto en llegar.
Johnny no replicó. Se lamió los labios inconscientemente, recordando la mirada amarga y misteriosa de Samantha. «¿Cuántos años tienes, Johnny?». Maldita sea. Si ella supiera…
—¿Cómo está la cosa? —preguntó, intentando sacarse a la chica de la cabeza.
—¿Alguna vez has entrado en la cueva de un oso?
—Joder, no.
—Pues así está la cosa.
Johnny se pasó la mano por el pelo otra vez y se removió incómodo en el asiento. Garrett le miraba. Esperaba explicaciones, y eso le ponía más nervioso aún.
—Mierda… no ha sido más que un encontronazo, ¿de verdad es para tanto? No es que nos hayamos matado a tiros en una calle —dijo exasperado—. Solo nos hemos dado unos puñetazos y luego nos largamos cada uno por su cuenta.
El líder de los Wolfhounds era un hombre absurdamente guapo y con un carisma extraño, sereno y sutil. Entre los moteros era típico llevar la cabeza afeitada o el pelo muy largo y la barba larga sin arreglar. Garrett en cambio se la recortaba cada semana y llevaba el pelo por los hombros, con una sien rapada. Era un hombre atractivo, hasta Johnny podía darse cuenta de eso. Lo único que rompía el conjunto eran sus ojos, color ámbar, fríos como los de un reptil, fijos en él. Johnny había visto a Garrett reír cuando había que reír, sonreír, ser amable o ponerse serio, pero hiciera lo que hiciese, la expresión de aquellos ojos siempre conservaba esa nota genuina, tan fría y afilada.
—Zachary está buscando cualquier excusa para romper la tregua, ya lo sabes. Alega que hubo provocación y graves daños. Además… y en esto tiene razón… invadimos su territorio.
Johnny frunció el ceño.
—No me jodas, Garrett. ¿Qué territorio? Detroit es nuestro, no suyo.
—Detroit no es de nadie. En todo caso, nosotros somos de Detroit, que actualmente es una ciudad en disputa.
Garrett siempre era así: calmado, sereno. John no podía entenderlo. A veces pensaba que se mostraba demasiado prudente, y su terminología filosófica, aunque sonaba bien, no le parecía nada práctica en un momento como ese.
—¡Está en disputa porque tú lo permites! —dijo poniéndose en pie.
—¿Quieres que provoque una guerra que no podemos ganar? Siéntate, anda.
—No quiero sentarme, maldita sea. Sabes lo que están haciendo, tú mismo lo acabas de admitir… ¡Buscan excusas! Y tú simplemente les dejas. No lo entiendo, tío. ¿Por qué les das esa ventaja?
—¿Te parece que es una ventaja?
—¡Claro que me lo parece! ¿Acaso no tenemos que responder ahora ante ellos?
—¿Preferirías que fueran ellos quienes tuvieran que responder ante nosotros?
—¡Desde luego que sí!
—¿Y sabes en qué nos convertiría eso?
—En los dueños de Detroit, maldita sea.
—No. —Garrett sonrió a medias—. Nos convertiría en escoria como los Angry Souls. Grábate bien esto, Johnny: nadie es dueño de Detroit. Nadie. Y no es a eso a lo que aspiramos. Reclamar un territorio no significa poseerlo. La posesión te encadena. Estamos afincados en Detroit porque nos viene bien como centro de operaciones, pero los Wolfhounds, igual que los demás, solo pertenecemos a la carretera. Así que déjate de historias y piensa con frialdad —añadió tocándose la sien con el dedo. «Otra vez está diciéndome que piense». Lo hacía a menudo. «Piensa antes de actuar, piensa antes de hablar»… Para Garrett todo era cuestión de pensar. Y sí, pensaba mucho, pero actuar, actuaba poco—. Hubo una pelea, provocada por ellos y en la que estuviste involucrado. Ellos van a venir aquí a resolver el asunto, y lo resolveremos como lo que es: un accidente aislado. Si puedo evitar una guerra, lo haré. Y si no, al menos tendremos la conciencia limpia sabiendo que nosotros no empezamos y que nuestro bando es el más justo.
—Hablas como si te diera miedo.
—El necesario. Quien no teme a la guerra es idiota.
—Yo no la temo. ¿Soy idiota?
—Sí. No has vivido ninguna y crees que lo único que puedes perder es tu vida.
—¿Y acaso no es así?
—No. En las guerras entre bandas muere gente. Mucha. Y no solo los que están en el campo de batalla. —Garrett escupía las palabras con precisión de cirujano, mostrándole la realidad sin tapujos—. Después vienen las represalias, empieza a correr la sangre en las familias. Sangran las mujeres, los hijos, los hermanos, los amigos, los padres… Se convierte en una carnicería. Dime, ¿quién gana con eso? Tú sabes la respuesta y yo sé la respuesta.
—Ya… vale. —Johnny volvió a sentarse. Estaba nervioso, todo aquello empezaba a agobiarle. Tenía la sensación de que sus enemigos les cercaban y aunque al principio no estaba seguro de que las decisiones de Garrett fueran las más acertadas, sus últimas palabras le habían enfriado y le habían asustado—. Entonces lo resolveremos por las buenas.
—Todo lo bien que se pueda, sí.
—¿Y qué crees que va a pasar?
—Bueno… creo que Zachary me pedirá que te castigue. —Johnny tragó saliva—. Seguramente exigirá un castigo desproporcionado.
—¿Cómo de desproporcionado?
—Que te corte una mano, que te marque… algo así.
—Joder…
—Luego negociaremos, y al final cada uno pagará una parte.
Johnny suspiró y dejó caer el peso en el respaldo de la silla.
—Parece que en cualquier caso, esto acabará siendo doloroso para mí.
—Sí.
Tomó aire, haciéndose a la idea.
—Vale.
Garrett se encendió un cigarro y le ofreció otro. Lo cogió. La llama del Zippo, amarilla e intensa, le trajo un recuerdo del cabello de Samantha. ¿Por qué no podía dejar de pensar en ella, ni siquiera en aquel momento? Aspiró una calada y se tomó unos segundos para poner en orden las ideas.
Garrett parecía sumido en sus propias reflexiones, con aquellos ojos reptilianos perdidos en el vacío mientras su mente inquieta trabajaba. ¿En qué estaría pensando el líder de los Wolfhounds? No era fácil de adivinar. «¿Sería capaz de cortarme una mano?», se preguntó Johnny.
A pesar del tiempo que hacía que conocía a Garrett, tenía la impresión de no conocerle en absoluto.
—¿Crees que Big Pat querrá darme ahora esa cerveza?
—Dile de mi parte que lo haga. —Johnny asintió y se puso en pie, pero un gesto de su jefe le hizo detenerse un instante—. Hoy me has cuestionado mucho, John. Lo he dejado pasar porque estás nervioso y sé que tienes miedo, pero ten claro que es una excepción. No tengo por qué darte explicaciones. Espero que desafiarme no se convierta en costumbre.
A Johnny se le bajó el estómago a los pies.
—No pretendía desafiarte, Garrett. Solo te he dicho lo que pensaba.
Garrett esbozó una sonrisa sarcástica.
—Siempre es mejor saberlo, en realidad.
Sin entender del todo el significado de sus palabras, Johnny salió y se dirigió a la barra en busca de esa cerveza que tanto necesitaba. Iba a ser una noche de mierda.
. . .
Samantha ya estaba en la cama cuando el señor Hudson regresó. Invariablemente, cada noche, el sonido de sus pasos en el hall le hacía abrir los ojos y mirar fijamente a través de la ventana. Las cortinas se agitaban, la luna llena hacía que las sombras se vieran azules y que las hojas del manzano parecieran algas de color aguamarina.
El silencio estaba lleno de sonidos: los zapatos en la escalera. La puerta del dormitorio de sus padres abriéndose. La charla a media voz. La voz pastosa de su madre, ahogada en alcohol, el tono sosegado y comprensivo del padre. Al cabo de un rato, pasos sofocados en la alfombra y un rayo de luz cuando la puerta se abre.
Samantha cerró los ojos con fuerza. Su padre tenía el pelo blanco, muy corto, rapado al dos, y los ojos celestes que su hija había heredado. Caucásico, noble, como un cónsul romano. Se sentó en la cama y le pasó la mano por el pelo. Sam reprimió las lágrimas y aguantó un suspiro.
—Tu madre ha bebido otra vez… cree que no me doy cuenta.
Ella no dijo nada.
—Sé que no soy el mejor padre del mundo, pero si no es mucho pedir, me gustaría que me saludaras, por lo menos.
—Buenas noches —susurró ella fríamente, a regañadientes.
El suspiro agotado del señor Hudson, al contrario que el alcoholismo de su madre, sí le provocaba compasión.
—Buenas noches, Sammy.
Su padre se levantó, dispuesto a salir de la habitación. Entonces Samantha se giró en la oscuridad, buscándole con avidez.
—Papá…
—¿Sí?
—¿Recuerdas hace seis años, cuando estuvimos en la casa del lago con tu amigo, el doctor Sanders, y su familia?
—Sí, claro. —El señor Hudson volvió sobre sus pasos y se sentó de nuevo. Ambos se miraron. Los dedos de él le acariciaban el pelo. Ella le cogió la mano, apretándola—. ¿Qué ocurre, Sam?
«Díselo, Samantha. ¡Díselo!».
Sí, díselo. Que sepa de una vez la clase de zorra que tiene por hija. Cuéntale lo que pasó… y lo mucho que te gustó.
«No me gustó».
Eres una puta.
—Samantha, ¿qué quieres decirme?
Ella sonrió en la oscuridad, empujando las lágrimas al fondo de sus ojos, duros, ancianos, blindados.
—A veces echo de menos ir de vacaciones en familia.
El semblante del señor Hudson, que se había tensado de forma imperceptible, volvió a relajarse. La abrazó. Su perfume le traía recuerdos de tiempos mejores, cuando su madre aún sonreía… recuerdos del columpio del jardín, de cumpleaños felices y velas en la tarta, de canciones compartidas.
—Mi niña… bueno, ya no tan niña…
—Sí. Para ti sí, papá. Para ti quiero ser siempre una niña —murmuró temblorosa.
El señor Hudson la abrazó y la consoló lo mejor que supo, que no era gran cosa. Pero para Samantha, aquello significaba el mundo. Un mundo que estaba dispuesta a dejar atrás. No podía seguir viviendo así, en aquella inocencia ficticia, en aquella pantomima. No podía seguir viviendo cerca de su madre, ni tampoco cerca del doctor Sanders, porque les odiaba. Y no podía seguir viviendo cerca de su padre, porque le quería demasiado, y además, se avergonzaba tanto, tanto…
No solo estaba loca, también estaba dañada. Deformada de la peor manera. Y nunca se lo diría. Nunca se enfrentaría al rechazo de su padre, a su juicio, a su desprecio o a su compasión. Fueran cuales fueran las consecuencias de contarle lo que había ocurrido con el doctor Sanders, Sam no quería vivirlas.
Cuando su padre le dio el beso de buenas noches y la arropó, marchándose y cerrando la puerta, ella se quedó en la cama, mirando a través de la ventana con una mezcla de desasosiego y resignación.
Las Vegas. Allí sería libre al fin. Libre de las apariencias, del doctor Sanders, del colegio de monjas. Libre de su madre. Libre de sí misma. Cerró los ojos y pensó en Johnny. Uniendo las manos, rezó por él, porque todo le saliera bien y al día siguiente apareciera, con su pelo negro y sus ojos traviesos, para besarla otra vez y ayudarla a ser libre colando sus manos debajo de su falda. Recordó aquel momento de calor intenso, el deseo que al fin había despertado en ella por algo genuino y real…
Y el deseo volvió, humedeciendo su ropa interior.
Con un suspiro lento, Samantha separó las manos y deslizó los dedos bajo sus braguitas. Siguió rezando mientras se tocaba, imaginando que era él quien recorría su sexo con las yemas ásperas, soñando que la cubría con su cuerpo, fibroso y manchado de aceite de motor. Fantaseando con su boca, con su calor, con su voz… El nódulo palpitante bajo sus dedos se había endurecido, notaba la vibración y el calor en su interior, y lo buscó con la otra mano, penetrándose, arqueada bajo las sábanas.
—Johnny…
Su cálido susurro se perdió en la noche sin nadie que pudiera oírlo.