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Al llegar al vestíbulo pasó junto a la garita acristalada de la portería sin ver a su ocupante y salió a la calle. No buscó nada, no miró al otro lado del cruce, bajó la cabeza y se concentró en el suelo que pisaban sus pies. Enfiló por la calle Valencia en dirección al centro, dejando la de Gerona a su espalda, y no se detuvo hasta alcanzar el escaparate de la panadería. Fingió examinar los distintos tipos de pan exhibidos en él, pero en realidad lo que hizo fue atisbar arriba y abajo en el reflejo del cristal. No vio nada sospechoso, ningún hombre o mujer pendiente de sus movimientos, tampoco un coche parado con alguien dentro.
¿Era un paranoico?
¿Le había encargado realmente Benigno Sáez aquella estrambótica misión para luego dejarlo solo a su aire, a la espera de resultados?
Tenía sentido.
Un hombre con poder conoce los límites de los que no lo tienen.
Dejó el escaparate, caminó dos docenas de pasos más y entró en el bar de Ramón. Patro y él tomaban a veces una cervecita, como cualquier pareja. En verano se sentaban en una mesa y charlaban, sobre todo al salir del cine, antes de llegar a casa. Porque sí, le gustaba el cine, y las películas americanas de detectives, como Humphrey Bogart, o las de gángsteres, como James Cagney. Era la única evasión permitida. Durante tres o cuatro horas, en aquellas sesiones dobles, sus cabezas dejaban de pensar y se hacían la ilusión de que el mundo era un lugar agradable. Un lugar en el que los Bogart ganaban siempre la partida a los Cagney, aunque por el camino arriesgaran la vida y luego tuvieran que lamer sus heridas. Un lugar en el que Fred Astaire y Ginger Rogers bailaban y bailaban con la ensoñación de los milagros. Un lugar en el que Rita Hayworth o Veronica Lake reinaban y convertían las fantasías en lo efímero de una realidad que costaba apenas unas pesetas.
¿Cuántas veces se había sentado sin darse cuenta al lado de los Benigno Sáez de turno?
¿O los Benigno Sáez de turno veían las películas en sus casas, con los proyectores particulares, sin mezclarse con los sudores del pueblo?
Se sentó a una mesa, huyendo de la barra, y examinó las notas dejadas por el hombre que acababa de alterar significativamente su presente de la misma forma que, un día, había alterado el de Patro.
No quería imaginarla.
Ni con él ni con nadie.
De no haber sido por aquel caso, a su regreso a Barcelona en julio de 1947, y de no habérsela encontrado en El Parador del Hidalgo, sus vidas habrían sido muy distintas.
Y ella habría seguido ejerciendo.
—¿Qué va a ser, maestro?
Ramón le llamaba «maestro». Decía que tenía aspecto de profesor de matemáticas jubilado. Incluso le había propuesto que le diera clases particulares a su hijo, que no lograba entender lo del dos más dos. Le llamaba «maestro» y no había forma de hacerle entender que se equivocaba.
Se olvidó de sus pensamientos.
Demasiado daño.
—¿Me das un pedacito de tortilla de patatas y un poco de pan para acompañar? Aún no he desayunado.
—Pues ya va siendo hora. Qué bien viven los jubilados. ¿Y de beber?
—Un café. Cargado.
—Al momento.
Ramón se marchó tras la barra. No había ya muchos parroquianos, por la hora. Media mañana era uno de esos momentos intermedios. Los últimos desayunos tardíos antes de las primeras comidas tempranas. Se decía que en el resto de los países las personas desayunaban antes, comían antes y cenaban antes. Pero España era España. Siempre diferente. Para lo bueno y para lo malo.
Había habido una guerra.
Perdida.
Y los vencedores actuaban de acuerdo a su conquista.
Ya nadie hablaba del pasado.
En las películas, Bogart y los demás tenían una hora y media para solucionarlo todo.
En la vida real una existencia no bastaba.
La gente moría sin arreglar nada.
Dejando atrás una sensación de vacío e impotencia…
Incluso él, que había sido policía tantos años, sabía que en dos horas nunca se solucionaban los crímenes que en la pantalla eran tan sencillos.
Depositó los papeles encima de la mesa. Había preferido hacerlo allí y no en casa, aunque Patro se marchaba para ayudar a la señora Ana en su mercería. Los papeles olían a Benigno Sáez. Eran igual que retratos de su obsesión. No había mucho, nombres y direcciones. Nada más. Leonor Miralles, Manel Molins, Ricard Capdevànol, Bernat Juncosa, Pere Collado… Leonor Miralles, la novia de Pau Cabestany Sáez, había muerto de tuberculosis en el 38. De los dos amigos, Molins y Capdevànol, sólo quedaba el primero. En cuanto a Juncosa y Collado…
—Maldita sea… —Exhaló un suspiro de derrota.
Bernat Juncosa había matado y enterrado a Pau en solitario.
Sin testigos.
Al pie del Tibidabo.
Era mucho más que buscar una aguja en un pajar.
—Tortillita, pan y café, maestro —le interrumpió la presencia de Ramón.
Le hizo sitio, para que no manchara los papeles. El del bar le puso en la mesa los dos platitos y la taza con el café. No lo dejó solo. Se apoyó en la mesa y le lanzó una de sus conspicuas miradas.
—Bueno, ¿qué le dije?
Miquel se enfrentó a sus ojos chispeantes y felices.
—¿Qué me dijo?
—¡El Barça! ¡Le dije que pasaría por encima del Alcoyano! ¡Menuda tunda les dieron! ¡Y cómo jugó César! ¿No ha leído El Mundo Deportivo de hoy?
—¿No te he dicho que acabo de salir de casa?
—¿Y la radio? ¿No oye la radio?
—Ayer no.
—No oye la radio, no va al campo… —Puso cara de no creérselo—. ¡Pues cuatro! ¡Les metieron cuatro! El Alcoyano salió a destruir pero sólo aguantaron una hora. Somos líderes en solitario, con dos puntos sobre el Valencia. El Español tampoco lo hizo mal, porque ganó en Sevilla. Lástima el Sabadell, que va último sin un solo punto a estas alturas de campeonato. Ya le dije que este año revalidábamos título, que el Barça es muy superior a los demás. Hoy hace justo medio año de la liga pasada.
El 11 de abril Ramón había convertido el bar en una sucursal de Les Corts. Se había vuelto loco. El Barça ganaba por tres a cero al Bilbao y conquistaba el campeonato con tres puntos por encima del Valencia y cuatro por encima del Atlético de Madrid. El Español había quedado séptimo. El Sabadell y el Real Madrid escaparon por los pelos del descenso a Segunda División, que fue para la Real Sociedad y el Sporting de Gijón.
Cine y fútbol.
Algo era algo.
—Luego le paso El Mundo Deportivo. —Se apartó de su lado radiante.
Se enfrentó a la tortilla de patatas. La hacía de primera. El pan lo había untado con tomate. Dos rebanadas. Antes de ingerir el primer bocado el estómago ya le mandó un aviso con sello de urgencia. Luego sorbió un poco de café, para terminar de despejarse.
Repasó lo poco que sabía de aquel 18 de julio de 1936 vivido por el joven Pau Cabestany Sáez.
Había salido de casa para ver a su novia, Leonor, pero ella y sus padres ya no se encontraban en Barcelona, sino de camino al Masnou para tomarse unos días de descanso, posiblemente ajenos todavía al estallido del conflicto o, quizá, debido a él. Luego Pau se reunió con dos amigos, Manel y Ricard, retornó a su casa y volvió a salir para no regresar ya nunca más. Las preguntas, de entrada, eran múltiples. ¿Pudo ir a fin de cuentas a buscar a su novia al Masnou? ¿Cómo? ¿En coche, en tren? Si lo hizo, reapareció muy rápido en Barcelona. Si no fue así, ¿adónde fue? ¿Por qué acabó con Bernat Juncosa a los pies del Tibidabo? ¿Y por qué se conocían él y su futuro asesino, el hijo de una familia burguesa y adinerada y un joven anarquista capaz de matarle?
Como policía, su instinto le decía que, en primer lugar, a donde debía ir era a casa de la madre de Pau, la recién fallecida hermana de Benigno Sáez, motor tardío de aquella búsqueda. Pero si le seguían eso no sería muy inteligente. No era lo esperado. El hombre del parche en el ojo le había dado un tanto a regañadientes la dirección de su hermana aduciendo que «el piso estaba vacío». Él no le había dicho que una casa vacía también hablaba, y más su entorno.
Por lo tanto, le quedaba seguir el protocolo.
Investigar, escarbar, esperar…
¿Qué haría Benigno Sáez cuando le confirmara su más que presumible fracaso?
Un viejo fascista desesperado, con problemas sexuales, le pedía «ayuda» a un republicano derrotado.
El mundo al revés.
Terminó la tortilla. Apuró hasta la última miga del pan. Sorbió el café que, al desparramarse por su cuerpo, activó todas sus neuronas. Se sintió mejor, capaz de echarse a Barcelona por montera.
De vuelta a lo que mejor sabía hacer.
Investigar, buscar, atar cabos, reunir indicios, calibrar sobre ellos.
El viejo inspector Mascarell.
Iba a levantarse cuando Ramón le llevó El Mundo Deportivo.
—Oiga, ¿puedo hacerle una pregunta?
—Claro.
—¿Sabe que desde fines del año pasado ya se puede hablar por conferencia con México?
—Sí.
—¿Cómo encontraría usted a alguien que posiblemente esté allí?
Ramón le hablaba de usted. Él en cambio le tuteaba. Una extraña circunstancia.
Tanto como su pregunta.
—Habrá algún tipo de servicio de información, digo yo.
—Es lo que pensaba, pero… —Hizo un gesto ambiguo.
—¿A quién tienes en México?
—Ni siquiera sé si está allí. Un primo mío, el único que tengo, se marchó al acabar la guerra. Sé que estuvo en un campo de refugiados, en Francia, como tantos, y sé que muchos salieron de allí en distintos barcos para irse al exilio mexicano.
—Otros muchos acabaron en los batallones de trabajo, y murieron en las trincheras francesas de la Segunda Guerra o, según se dice y cada vez con más pruebas, en los campos de exterminio de los nazis.
—Ya, pero si mi primo consiguió escapar…
Miquel Mascarell pensó en su propio hermano.
Su despedida, aquel día, en la escalera de su casa, en la calle Córcega.
Pronto haría diez años.
—Intentaré averiguar algo de eso —le prometió a Ramón.
—Pues gracias, en serio.
Le entregó un billete de veinticinco pesetas.
—Caray, ¿ha cobrado la jubilación? —Lo recogió el dueño del bar cambiando su expresión seria por otra de renacido buen humor.
—He de irme. —Se encogió de hombros—. Pero un día hemos de ir al fútbol juntos.
—¡Venga, va!, ¿cuándo?
—La semana de los tres jueves.
—No, en serio. Usted antes era forofo. Me lo dijo hace unos meses, cuando empezó a venir por aquí.
—Demasiada pasión. —Se encogió nuevamente de hombros.
—Hombre, maestro, es que para eso está el fútbol, ¿no? ¿Adónde iríamos a gritar si no? Desde luego en casa mi mujer no me deja.
—Ramón, que tengo prisa.
—¡Vaya por Dios!
Le acompañó a la barra y recogió el cambio. Cuando pisó la calle volvió a mirar distraídamente arriba y abajo, a la caza de cualquier signo sospechoso, un paseante ocioso o un coche dispuesto a seguirle.
Nada.
—De acuerdo. —Suspiró—. En marcha.