RETORNO A TIERRA
Roberto Darley redujo el paso de energía a los tubos de combustión. Estaba pasando a poca distancia de la Luna, aunque manteniéndose fuera del área atractiva. Dentro de unos minutos entraría en la zona de atracción de la Tierra y no necesitaría de sus motores. Entonces usaría los de reacción para un aterrizaje suave en el gran aeródromo de Nueva York.
A su izquierda se extendía la blanca y quebrada superficie lunar, con sus cráteres y sus enormes edificios donde se alojaban los obreros, ingenieros y soldados que explotaban las riquezas minerales lunares y defendían aquella avanzadilla del mundo terreno.
Darley estaba impaciente por llegar a su destino. Traía importantes noticias y, no pudiendo esperar más, conectó su radiorradar, único medio de comunicación antes de entrar en la atmósfera terrestre, y comenzó a lanzar llamadas de aviso:
—Roberto Darley llama a I. G. Roberto Darley llama a I. G. Roberto Darley llama a I. G. Cambio.
Aguardó unos instantes, mientras su mirada recorría el fantástico paisaje lunar. No obteniendo respuesta, volvió a utilizar el pulsador, llamando:
—Roberto Darley llama a I. C. Atención, I. G. Llama Roberto Darley. Roberto Darley llamando a I. G. Cambio.
Para la llamada usaba el antiguo alfabeto Morse, mejorado. Puntos y rayas. Luego, cuando entrase en la zona atmosférica terrestre, podría usar el radiotelecomunicador.
Insistió una vez más en su llamada a la estación de Industrias Galácticas y, por fin, llegó hasta él la respuesta: Clarísima, perfecta, como si en vez de estar compuesta de latidos de radar, estuviera hecha de palabras:
—Aquí, Estación Emisora de I. G. Captado su llamada, Darley. Diga dónde está. Cambio.
—Acercándome a Tierra. Altura Luna. Aterrizaré dentro de treinta minutos. Me dirijo aeropuerto Nuyork. He descubierto todo el misterio. Indique si debo usar otro aeródromo. Envíen protección. Cambio.
—Contesta Bermúdez. Hable. Darley. Es importantísimo.
Roberto Darley sonrió astutamente. ¡Ya lo creo que era importante! Él lo sabía mejor que nadie; pero no iba a ser tan tonto como para descubrir todo el secreto a Bermúdez. Este era un buen jefe, un excelente amigo; pero no había llegado a jefe de la sección de Investigaciones del I. C. sólo por su valor. Su astucia había tenido mucho que ver con aquel ascenso. Y si ahora Bermúdez se podía presentar personalmente ante el Consejo Directivo de Industrias Galácticas para revelar, por fin, la clave del misterio que los había tenido en vilo durante tanto tiempo, el agradecimiento de los consejeros privados no tendría límite. Sobre quien primero recaerían los beneficios sería sobre quien diese la buena nueva. Sobre Bermúdez, el astuto español. Luego quedaría algo para el norteamericano que había realizado el trabajo difícil, jugándose la piel en la expedición que ya había visto tantos fracasos anteriores. No. Sería Bob Darley, quien se presentase ante el consejo en Pleno y explicara el misterio de los sabotajes. Y sería Bob Darley quien recogiese el agradecimiento de los Consejeros Privados. Esta vez la astucia de Bermúdez no serviría de nada. Él también era astuto. No se dejaría engañar por su jefe inmediato. Seguro que éste le enviaría a aterrizar en cualquier aeropuerto bien alejado del punto donde se estuviese reuniendo el Consejo de Administración de Industrias Galácticas. Así Bermúdez tendría tiempo de dar todas las explicaciones, cosechar los laureles e ir, luego, a recibir a Darley para entregarle un diploma o una medalla, mientras él embolsaba unos millones de escudos.
—Me es imposible hablar ahora -contestó por medio del pulsador-. Pueden tener intervenida mi onda. Incluso esta llamada ha sido muy peligrosa y no debiera haberla hecho. Sigo hacia Nuyork. Corto.
Nuyork era el diminutivo radiotelegráfico de Nueva York. En esta ciudad tenía su sede central Industrias Galácticas, y hacia allí se dirigía Darley, dispuesto a no hacer caso de ninguna orden en contra que pudiese enviarle Bermúdez. Para ello, cortó la recepción y conectó el radiovisor, centrando su onda en el punto donde aparecía la estación radiovisora del enorme aeropuerto interplanetario.
De momento la blanca pantalla quedó llena de nubes. Era la barrera atmosférica, que apenas atravesaba la potente emisora neoyorkina. Unos minutos más tarde aparecieron unas destellantes líneas verticales y paralelas que de pronto reventaron en una visión clarísima del enorme campo de aterrizaje.
Bob Darley respiró con más comodidad. Ya estaba de nuevo en casa. Y había dejado atrás lo peor y más peligroso. A partir de este momento, su trabajo terminaba. Sólo necesitaba colocar su “caza” en una de las órbitas automáticas que emitía la estación de Nueva York. En cuanto se hubiera “enganchado” a ella, todo el trabajo del aterrizaje quedaría a cargo de la central, y se realizaría automáticamente, sin error posible. Dio energía a los motores de reacción y notó el suave choque de la entrada en la capa atmosférica.
—Aeropuerto Nuyork llama a Roberto Darley, de I. G. Conteste.
Era una armoniosa voz femenina que Darley conocía muy bien. Ya estaba en la Tierra. Ya oía voces humanas. Ya no tenía que hablar por medio de puntos y rayas...
—Bob Darley contesta. Aterrizaré dentro de veinte minutos. Todo en orden. Muchas nubes. Visibilidad defectuosa. Confío en ustedes para el aterrizaje.
La voz de la radiolocutora expresó extrañeza:
—Servicios de observación no anuncia nubes en su trayecto. Darley: Desvíese...
A ciento doce mil metros de altura brilló un fogonazo y el “caza” en que regresaba Roberto Darley se convirtió en una bola de fuego, rojo, amarillo y blanco.
Una pareja de novios que estaban sentados a orillas del Atlántico, en Estoril, vieron en el nocturno firmamento una estrella fugaz que caía, dejando una estela plateada. Simultáneamente, formularon un deseo:
—¿Qué has pedido? -preguntó él.
—¿Y tú? -inquirió, cautamente, ella, que tenía los ojos oscuros y grandes.
—Que podamos casarnos antes de un año.
—Yo también lo he pedido -musitó ella-. ¿Crees que podrá ser?
—Dicen que si se formula un deseo cuando cae una estrella, el deseo siempre se realiza.
—¿Sería realmente una estrella?
—Un aerolito, un pedazo de materia llegado de otro mundo, que se ha inflamado al penetrar en la atmósfera. Pero es más bonito pensar que era una estrella. Una superstición antigua, que la moderna ciencia rechaza; pero a veces creo que los antiguos estaban más acertados que nosotros al cerrar los ojos a los hechos reales y convertirlos en poesía.
—Me gusta oírte hablar así -murmuró la joven-. Vivimos en un mundo demasiado material. Seguramente era una estrella. Mañana no quiero leer el boletín meteorológico. No me gustaría encontrar una prosaica explicación de la estrella que nos ha hecho soñar.