Vidas peculiares

 

 

Un todo. Un nada. En ocasiones una vida se explica con facilidad. Desde mi ventana observaba ese fenómeno a menudo. Era una puerta a otros mundos, como ya anotó alguien famoso en alguna novela barata que leí hace tiempo.

A veces cogía una lata de cerveza y me apoyaba en el marco de mi ventana como testigo ejemplar. Me sentía aislado de ellos. No se diferenciaban de una mala película de fin de semana.

Tenía donde elegir entre mis vecinos. Esa tarde me centré en el “sujeto número cuarto derecha”. Hombre adulto de estatura baja. Enorme calva que trataba de disimular de forma ridícula con un mechón de su propio pelo que había dejado crecer en exceso para tal cometido. Unos cuarenta o cuarenta y cinco años de edad y forma de vestir tan patética que había pasado de moda hacía unos veinte años. Si se esperaba una década más volvería a estar en la cresta de la ola. Nadie se había adelantado a decírselo, pero su vida era muy triste.

“Cuarto derecha” se levantaba cada día de la semana a las siete en punto. Se afeitaba. Se duchaba. Desayunaba siempre un café con leche con demasiada dosis de cafeína en un vano intento de mantenerse despierto el resto de la mañana. Se ponía una de sus horribles camisas a cuadros que metía por dentro de sus pantalones de pinza desgastados. El resto de la indumentaria consistía en unos calcetines de ejecutivo que daban la sensación de falsa altanería y unos zapatos negros de piel con la suela a punto de mostrar su primer agujero. A las siete y cuarenta y cinco salía de casa y cogía el metro hacía su puesto de trabajo acompañándose de la lectura de algún periódico gratuito. Tras media hora de empujones y agobios llegaba a su mundo particular: una tienda de trajes de segunda mano, de la cual él mismo se abastecía. Allí echaba un mínimo de diez horas diarias de su vida. A menudo más para contrarrestar que estaba sólo en el mundo y en casa no tenía nada que hacer. Se liaba sus propios cigarrillos. Iba más con él. Se permitía pequeños descansos en el trabajo siempre bajo el consentimiento de su jefe que le había tomado cariño con el transcurso de los años. Y en todo momento se comportaba como el empleado más eficiente; claro que también era el único empleado. Siempre recto. Siempre manteniendo una actitud firme, pero a su vez complaciente. Ya no había días en el calendario que arrancar. Todo formaba parte de un bucle tan sólo interrumpido por las tardes de los sábados y los domingos. Y nadie hacía nada.

Lo peor eran los fines de semana. Hacía cualquier cosa con tal de no sentirse la última mota de polvo de una alfombra olvidada durante años en un desván. Los días que no tenía que trabajar alargaba la hora de despertarse. No porque quisiera descansar más, sino para que el tiempo pasase más rápido. Un intento más de crear un espacio artificial.

Mismo proceso: afeitado, ducha, vestirse aunque no fuera a ninguna parte y desayuno en la cocina.

Proceso especial de fin de semana: ponía la radio a todo volumen sin importarle lo más mínimo los demás vecinos del bloque; no soy el más indicado para criticar eso, pero lo anoto. Tanto el sábado como el domingo ponía un mínimo de cuatro lavadoras con ropa que no había ensuciado. La clasificaba por colores. Oscura, blanca… tristes y más tristes. El domingo era especial: siempre hacía limpieza general en toda la casa. No lo entiendo muy bien porque casi nunca estaba en ella y, por lo tanto, no tenía tiempo de llenarla de mierda, pero asumo que era otro método de matar su tiempo. El final del día lo dedicaba a cocinar la comida para el día siguiente. Tres o cuatro tuppers bien alineados esperando a que la comida se enfriase para meterlos en la nevera. Cada día la misma comida. Dejad pasar los segundos.

Una vez le vi en su dormitorio. Con su jodida “música para todos”. Le hubiera disparado más de una vez si hubiera podido. Le vi bailando. O lo que él creía que se asemejaba a bailar. Haciendo el ridículo según las normas de unos pocos seguidas por muchos. Alguno lo traduciría como una nueva vía de interpretación artística intentando ver más allá del resto de los mortales. Se limitaba a dar vueltas sobre si mismo mientras pataleaba. Vacío. Acompañado de la soledad de su habitación. Así era siempre. Reflejo de muchos. Opinad vosotros mismos. Yo ya le había prejuzgado y me sentía bien conmigo mismo al tener a ese sujeto etiquetado y listo para su ejecución.

 

Diario de un suicida en potencia
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