Capítulo 19

—¿Te has quedado con el vestido de anoche? —pregunta Skylar, mientras estamos sentados en nuestra soleada cocina tomando un desayuno informal y familiar. Por lo que dice, no se perdió ni un segundo de la ceremonia de entrega de los Emmys. Según ella, Kate parecía una princesa y yo, una reina. Eso me suena como si yo pudiera ser la madre de Kate, pero sé que Skylar lo dice como un cumplido.

—Pues no, tuve que devolverlo, a pesar de la mancha de vino que me hice en una de las fiestas a las que asistimos después de la gala.

—¡Esas fiestas tienen que ser increíbles! —exclama Skylar, con los ojos abiertos como platos.

—No hay duda de que nos divertimos —dice Bradford, dedicándome una sonrisa.

Él estuvo sentado entre el público asistente y luego se reunió con Kirk, Kate y conmigo para la fiesta. La verdad es que si Kate estaba de luto por su separación de Owen, camufló sus emociones bastante bien, a juzgar por los bailes que se marcó con Kirk y por la cantidad de veces que dejó que la entrevistaran para la televisión. En un momento dado, le pregunté cómo se encontraba, y me contestó que se sentía aliviada. Es natural. Hacía ya tiempo que Kate veía venir el final de su relación con Owen, y el numerito de Vanessa Vixen no fue más que la gota que colmó el vaso.

—Sí, nos lo pasamos muy bien —repite Bradford—. Pero Sara no me dejó irme a la cama hasta bien entrada la noche. No volvimos a casa hasta las dos de la madrugada.

—Pero qué tipo más loco y salvaje que estás hecho —se burla Skylar.

—¡Cuéntale a mamá cuan loco estás! —exclama Dylan, pegando botes en la silla—. ¡Cuéntale lo que vamos a hacer hoy!

—Todavía no —le advierte Skylar.

No sé de qué están hablando, pero no me preocupa. Desde mi viaje a Hong Kong, me siento como en una nube, y cada día me levanto excitada y con ganas de hacer cuantas más cosas, mejor. A pesar de que anoche volvimos tarde a casa, hoy me he levantado temprano, he bajado las escaleras canturreando, he preparado el desayuno: zumo de naranja, bollos y tortillas para todos. Supongo que estoy tan loca y soy tan salvaje como Bradford. Hoy, además de las claras de los huevos, he usado también las yemas.

Dylan salta de la silla y va corriendo a susurrarle algo a Bradford. Skylar, que jamás ha demostrado interés por llegar temprano a ningún sitio, no deja de mirar su reloj de pulsera.

—¿Has quedado con alguna amiga? —le pregunto.

—No, qué va, voy a quedarme en casa —dice, haciendo un esfuerzo por no sonreír—. Hoy no hay nada interesante para hacer.

¿Acaso me he perdido algo? Aquí hay más gato encerrado.

Al cabo de unos minutos, Berni y Aidan llaman a la puerta y entran en casa, cada uno cargando con un bebé. ¡Oh, sorpresa! Uno de los mellizos va vestido de rosa y el otro de azul.

—No me digáis que habéis decidido dejar de vestirlos igual —digo, besando a los crios en la cabeza—. ¿Acaso esto no va contra vuestro plan de igualdad entre sexos?

—Sólo los vestimos así para ocasiones especiales —explica Aidan, sonriendo.

—No seas bocazas —lo regaña Skylar bajando la voz—. Papá todavía no le ha contado nada.

—¿Contarme el qué? —pregunto, volviéndome hacia mi prometido.

Bradford vacila un instante, y luego se acerca a mí.

—Que vamos a casarnos —dice, sujetándome los hombros.

—Eso ya lo sé —digo, dándole un sorbo a mi taza de café.

—¡Sí, pero lo que no te ha dicho es que vais a casaros hoy! —exclama Dylan, incapaz de guardar el secreto ni un solo segundo más.

—Buen trabajo, Dylan —dice Skylar, poniendo los ojos en blanco.

Todos están sonriendo y yo trato de entender de qué diablos están hablando. ¿Cómo vamos a casarnos hoy si no tenemos ni pastel ni vestido de novia? Además, hoy pensaba pasarme el día ordenando las especias alfabéticamente.

—Es que ya no puedo esperar más —reconoce Bradford, estrechándome entre sus brazos—. Ya sé la pereza que te daba organizar la boda, así que yo lo he hecho por ti.

—Se ha ocupado de todo —me asegura Berni.

—Menos del vestido —apunta Skylar—. Lo compré en Century 21, esa tienda de saldos que hay cerca de la oficina de papá.

Es evidente que sabe lo que hace. Sus trapitos los compra en el Bergdorf's de la Quinta Avenida, y mi vestido de novia, en una tienda de rebajas.

—¡Yo soy el que lleva el anillo! —anuncia Dylan, orgulloso—. Bradford me ha dicho que lo guarde bien y que no se me ocurra perderlo —añade, mostrando cierta preocupación al respecto.

Bradford se acerca a él y le revuelve el pelo.

—Y no lo perderás, Dyl. Tengo mis esperanzas puestas en ti.

No doy crédito. Conque ya tengo vestido, padrino de boda y novio. A pesar de todo, no soy ninguna idiota. He ojeado más de una vez la revista Novias, así que sé perfectamente que no puedes casarte sin un pastel de tres pisos, sin cuatro damas de honor, sin un ramo de flores exóticas a las que tenga anafilaxia un máximo del cinco por ciento de la población, sin una banda que ponga música al evento y que acabe tocando «Sunrise Sunset», a pesar de haberle rogado que no lo haga, y sin un carro tirado por caballos que te lleve al lugar de la ceremonia. Aunque debería comprobar la legislación local, porque muchos ayuntamientos requieren que los caballos lleven pañales.

—Es un detalle por tu parte, cariño —le digo a Bradford—, pero me temo que hoy va a ser imposible.

—En absoluto, podemos hacer lo que nos venga en gana —replica él, acariciándome la mejilla—. Sara, no sabes las ganas que tengo de casarme contigo.

—Y yo también me muero de ganas —digo por fin con total sinceridad. Ya no temo que las sombras del pasado de ambos eclipsen el brillante futuro que Bradford y yo tenemos por delante. Me encantaría poder casarme hoy mismo, salvo por el pequeño detalle de las bolsas que me han aparecido debajo de los ojos por haberme acostado tan tarde anoche.

—Entonces, hagámoslo de una vez —insiste él, besándome—. Esta misma tarde, aquí, en casa.

—¿Aquí? —pregunto, contemplando la pila de sartenes y platos sucios que se amontonan en el fregadero.

—Pues claro —dice Bradford—. Estamos en casa; ¿qué mejor lugar para celebrar que vamos a pasar el resto de nuestras vidas juntos?

El Hotel Plaza me parece una posibilidad a tener en cuenta. Sin embargo, estoy realmente excitada. Hoy va a ser un día maravilloso. Voy a casarme y lo único que debo hacer es estar presente.

—Será algo sencillo, ¿verdad? —pregunto.

—Muy sencillo —me asegura el—. Esto es algo que nos concierne exclusivamente a ti y a mí, una celebración del amor que sentimos el uno por el otro. Nada más.

Sin embargo, unos minutos más tarde, dos camiones aparcan enfrente de casa y me doy cuenta de que toda la familia ha estado ocupadísima preparando la boda en secreto. Skylar sale corriendo hacia la puerta.

—Por aquí —dice, haciendo pasar a dos fornidos peones que se ponen a colocar mesas, sillas y media docena de planchas de madera pintadas de blanco. Ya sé que esta boda es una celebración de nuestro amor, pero puede que Bradford mida nuestra pasión con una vara un poco más larga que la mía.

—Os habéis olvidado de las cintas de terciopelo —dice Skylar, frunciendo el ceño.

—Están en el camión —responde uno de los peones.

Menos mal. Seguro que las necesitaremos para contener a las masas. Espero que el guardia de seguridad también esté en el camión.

Antes de volver a por las cintas, el conductor del segundo camión entra en el salón cargado de cajas llenas de flores. En un minuto, el aroma penetrante de los lirios se apodera de la casa.

—Qué mal huelen —dice Skylar, frunciendo la nariz—. ¿No podéis llevároslas y traer otras?

—Las encargó usted misma, señorita —dice el florista.

—Vale, pues pongámoslas en la entrada —ordena Skylar, hablando más como un ejecutivo que como una niña. No cabe duda de que organizar una boda envejece a una mujer.

El peón traslada los floreros y Skylar abre otras cajas.

—Tengo una sorpresa para ti —me dice—, así que voy a pedirte que te vayas a tu habitación.

Sin embargo, ya hay una sorpresa esperándome en la puerta.

—Hoooolaaaaa —exclama una voz inconfundible que, por suerte, hacía tiempo que no escuchaba—. Soy yoooooo, Mimi.

Mimi entra en casa vestida con un ajustado vestido de cóctel de Hérve Léger y una chaquetita de piel peluda y blanca. Justo lo que suele ponerse una mujer normal un domingo por la mañana. Sobre todo cuando vuelve de su cita del sábado por la noche.

—Me he enterado de lo de vuestra boda —dice Mimi, que viene hacia mí y me da un abrazo. Se me mete un pelo de su chaqueta en la boca y, cuando lo escupo, ella piensa que le estoy dando un beso, y, para mi asombro, me lo devuelve.

—Sara, Sara... —dice, cogiéndome de la mano—. No sé por qué Bradford te querrá tanto, pero qué le vamos a hacer. Si me dice una sola vez más lo maravillosa que eres, voy a vomitar.

—Gracias —respondo, porque eso es lo más bonito que ella me ha dicho jamás.

—Skylar ha estado muy ocupada planeando la boda con su padre. ¿No es increíble? —comenta Mimi, mirando a su hija, que se ha puesto a enroscar varias guirnaldas blancas en los pasamanos de las escaleras—. Como vamos a ser familia, he decidido venir a ayudar.

Miro a Mimi con desconfianza. ¿Ha venido a echarle droga al ponche con la intención de arruinar la ceremonia, o es que sus motivos son sinceros? A decir verdad, es posible que lo sean. Lo cierto es que de alguna manera extraña y retorcida sí vamos a ser familia. Además, ahora confío lo bastante en Bradford y en mí misma como para que no tenga que preocuparme que Mimi esté aquí.

—Es un detalle por tu parte —le agradezco.

Mimi se pone a ayudar a Skylar, pero no tarda en aburrirse y volver junto a mí.

—¿Sabes? No me importa cederte a Bradford —dice con fingida condescendencia—. He puesto en práctica todos los trucos que conozco para tratar de recuperarlo, pero todo ha sido en vano. —Entonces, baja la voz y me lleva a un rincón para asegurarse de que Skylar no pueda oírnos—. Además, he conocido a alguien —confiesa—. Se trata de mi profesor de Bikram yoga. Conoce algunas poses que no imaginaba que fueran posibles.

Teniendo en cuenta lo bien que se le dan las poses a ella, eso es un verdadero cumplido por su parte; pero aunque Mimi consiga sostenerse sobre su cabeza con las piernas enroscadas detrás de las orejas, ¿cuánto tiempo le durará este novio? ¿Qué pasará cuando lo dejen? Cuando la aventura con aquel director ejecutivo llegó a su fin, Mimi volvió a acordarse de Bradford, así que ¿qué ocurrirá cuando dé por finiquitada su relación con el profesor de yoga?

—Me alegro por ti. Espero que os vaya todo bien —digo—. Pero, en caso contrario, quiero que te quede bien claro que no voy a volver a permitir que trates de engatusar a tu ex marido, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —contesta Mimi, ajustándose su chaqueta blanca—. «No mires atrás», ése es mi lema en esta vida.

Evidentemente, se trata de un lema nuevo, y estoy segura de que todavía no lo ha bordado en su almohada, pero me gusta.

—Venga, Sara —repite Skylar, desde la escalera—. Se supone que tienes que quedarte en tu habitación.

—Yujuuu —exclama alguien desde la puerta, antes de que pueda siquiera subir un solo escalón—. Soy yo, Priscilla. Me han dicho que estás organizando una fiesta y he venido a echarte una mano.

Priscilla entra en casa seguida literalmente por una tropa formada por una docena de niñas vestidas con uniformes de boy scout. Las únicas fiestas de Priscilla a las que he asistido tenían que ver con juguetes eróticos y con llaves de coches, así que no sé si quiero que me eche una mano con la boda. Por lo menos su regalo será algo más interesante que una tostadora.

—Estamos recorriendo la zona en busca de buenas acciones que podamos llevar a cabo —me explica, sorteando las cajas y los paneles de madera que hay desperdigados por el suelo—. Parece que necesitas ayuda.

—Creo que podemos apañarnos nosotros solos —le digo, figurándome que ella y las niñas deben de tener mejores cosas que hacer. ¿Acaso no pueden dedicarse a vender galletas, como todos los boy scouts?

—Ya estamos hartas de caminar —suelta una de las crías.

—Bueno, pues nos quedaremos aquí un rato —dice Priscilla, echando un vistazo a su alrededor y, obviamente, haciendo una lista mental de todas las cosas que hay que hacer.

—¿Son buenas con el martillo? —pregunta Skylar, señalando las planchas de madera—. Estamos montando un dosel para que Sara y mi padre se casen debajo de el.

—Claro, no hay problema —asegura Priscilla, que debe de creer que si una de las niñas se aplasta un dedo con el martillo, siempre se puede recurrir al botiquín de primeros auxilios.

Bradford vuelve a entrar en el salón y escudriña el panorama con una sonrisa dibujada en el rostro, sonrisa que desaparece de un plumazo en cuanto ve a Mimi.

—Creía que habíamos llegado a un acuerdo —dice él.

—Ya lo sé, ya lo sé —dice ella, agitando el dedo como si fuera un metrónomo—. Soy consciente de que os vais a casar y de que debo ser amable, así que no tienes de qué preocuparte.

Bradford se vuelve hacia mí, esperando mi aprobación.

—Está bien —digo—. Mimi ha sido amable conmigo, y puede que un poco más tarde nos enseñe algunas posturas de yoga.

Mimi parece encantada. Lo único que quiere es que la aprecien como es. Y lo cierto es que si me la tomo con más optimismo, me resulta más agradable. Dylan entra en el salón cargado con el Bebé B, el que va vestido de azul, tambaleándose ligeramente.

—Berni dice que ya está vestido —le comenta el crío a Bradford—, pero el no lleva una americana azul. ¿Por que tengo entonces que ponerme yo una?

—Pues porque tú ya no eres un bebé —contesto, suponiendo que Bradford ya le ha dado unas pautas para la vestimenta—. Además, piensa en lo guapo que vas a estar.

—Pero es que no quiero ponerme la americana —dice Dylan.

—Pues no te la pongas —dice Bradford, acercándose a él y pasándole el brazo por detrás del hombro—. Éste es un día especial para toda la familia, así que puedes vestirte como te dé la gana.

—¡Genial! —exclama mi hijo, entusiasmado, junto al oído del Bebé B. Durante un instante, temo que el pequeñín se ponga a llorar, pero ni siquiera se mueve. Bien por Berni y su ruidosa aspiradora.

En el otro extremo del salón, las niñas de Priscilla se entretienen observando a los peones que montan el dosel. ¿Así es como ayudan a la comunidad? Skylar ya ha acabado de colocar las flores y se ha puesto a desenrollar una gran bobina de tela blanca para formar un pasillo en mitad del salón.

—Sara, por favor, ¿podrías subir a tu habitación? —insiste una vez más—. A este paso vas a verlo todo, y quiero que sea una sorpresa —dice, apartándose un mechón de cabello de su sudorosa frente. Nunca la había visto trabajar tanto. Las hormonas adolescentes son realmente asombrosas cuando se les da el uso correcto.

Por fin subo al dormitorio y trato de recobrar el aliento. Hoy es el día de mi boda. Tengo que hacer algo con las bolsas que se me han formado debajo de los párpados. Vuelvo a bajar las escaleras en busca de dos bolsitas de te, las pongo en agua caliente y, de vuelta en mi cuarto, me acuesto cinco minutos con ellas sobre los ojos. Hace años que vengo oyendo hablar de este método. Si finalmente no funciona como tratamiento de belleza, siempre podré tomarme una buena infusión.

—¿Sara? —dice alguien de repente.

Oigo que llaman a la puerta y me pongo de pie. Al parecer las bolsitas de té se me han pegado a los ojos. Tardo unos segundos en despegármelas y, cuando me miro en el espejo, me doy cuenta de que, efectivamente, la hinchazón ha bajado. Lástima que el té me haya manchado toda la piel alrededor de los ojos. Suspiro. Al menos, ya no necesitaré sombra de ojos. No voy a dejar que nada me estropee el día.

Me doy la vuelta y me encuentro cara a cara con la última persona en el mundo que esperaba ver hoy. Me he mostrado impertérrita ante las visitas de Mimi y las secuaces de Priscilla. Ni siquiera he puesto ninguna objeción a la capillita que han construido en mitad del salón.

Sin embargo, esto me coge totalmente desprevenida, porque quien se encuentra ahora mismo en mi dormitorio no es otro que James.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunto a mi ex. Y sé que es mi ex, porque lo primero que hice en cuanto volví de Hong Kong fue hacerme cargo de los trámites del divorcio.

—Tenía ganas de verte —responde él. Aunque me pregunto si esperaba encontrarme con esta pinta.

Trato de relajarme.

—No puedes verme antes de la boda —digo.

—Bueno, creo que eso únicamente es aplicable al novio, y sólo cuando ya te has puesto el vestido de novia.

—Entonces estoy de suerte, porque ni siquiera lo he visto yo.

—Genial. Entonces lo veremos todos al mismo tiempo.

—¿Vas a quedarte? —pregunto, temiendo que el hecho de que él esté aquí le fastidie el día a Bradford.

—Bradford me ha invitado a la boda —me informa James, sonriente. Esto cambia las cosas—. Cree que será bueno para Dylan ver que todos nos comportamos como buenos amigos.

—¿Que te ha invitado? —pregunto. Es evidente que Bradford no sólo ha pensado en la comida o la decoración, sino que ha tenido en cuenta los sentimientos de todo el mundo. Entonces una sensación de bienestar me recorre el cuerpo de la cabeza a los pies. Si hubiera tenido alguna duda acerca de casarme con él, que no es el caso, esto la habría disipado de golpe.

—Sí. Me llamó la semana pasada y estuvimos hablando un buen rato. Sara, estoy convencido de que, esta vez, has dado con el hombre adecuado.

—Puede que tú también fueras el hombre adecuado —digo, sonriendo—, pero es evidente que llegaste en el momento equivocado.

James se mete la mano en el bolsillo y saca un pedazo de papel en el que, inmediatamente, reconozco la torcida caligrafía de Dylan.

—¿Qué es eso? —pregunto.

—Algo que quería mostrarte antes de la ceremonia. Dylan me lo dio la semana pasada.

Cojo el pedazo de papel con recelo. Últimamente, Dylan parece sentirse en el séptimo cielo, y no deja de repetir aquel comentario que le hizo James sobre lo especial que es y la suerte que tiene de que haya tanta gente que lo quiere, pero quién sabe lo que le pasa por la cabeza a un niño de siete años.

—Vamos, léelo—me anima James, mientras desdoblo el papelito que evidentemente él ha abierto y cerrado ya decenas de veces.

 

Querido papá (leo en voz alta, mientras la vocecita de mi niño resuena en mi cabeza).

Mamá va a casarse y eso me pone muy contento. Mamá dize que puedo llamar a Bradford como yo quiera. Quería preguntarte si te parece bien que también lo llame papá. Él me quiere tanto como tú, y yo también lo quiero mucho, así que lo estoy ayudando a montar la voda.

Te quiere, tu hijo,

Dylan

 

Es la primera vez que Dylan firma algo de su puño y letra, y al leerlo se me llenan los ojos de lágrimas.

—¿Estás bien? —me pregunta James, bosquejando una sonrisa.

—Dylan ha escrito «boda» con uve —digo, demasiado emocionada como para decir nada más.

James se echa a reír.

—Es un buen chico y, por si no te has dado cuenta, también ha escrito «dice» con zeta.

Cojo un pañuelo de papel y me enjugo las lágrimas. Supongo que todo el mundo llora en las bodas, aunque de alegría. Además, éstas no son lágrimas malas, en absoluto, porque cuando acabo de secarme los ojos me doy cuenta de que las manchas del té prácticamente han desaparecido.

James me estrecha entre sus brazos, me desea buena suerte y deja la carta de Dylan como regalo de bodas. Priscilla jamás sería capaz de superar esto, por muy buen vibrador que me comprase.

Me lavo la cara y me maquillo. Teniendo en cuenta lo sentimental que me estoy poniendo, será mejor que el rímel sea a prueba de agua, por si acaso.

—¿Ya estás lista para vestirte? —pregunta Skylar, irrumpiendo en el dormitorio sin avisar y cargando sin duda con el vestido, protegido por una funda.

—No veo la hora de saber qué es lo que me has comprado —le digo—. Seguro que es perfecto.

Maldita sea, voy a ponerme a llorar de nuevo.

Skylar, ansiosa, abre la cremallera de la funda y saca lo que debe de ser su idea del traje de novia perfecto.

—¿Qué te parece? —me pregunta—. Es un Dolce & Gabbana.

La falda del vestido está formada por varias capas de seda con delicados apliques florales y escogidos detalles de encaje.

—¿En serio voy a llevar puesto esto? —pregunto—. Es el vestido más hermoso que he tenido nunca.

—Me alegro de que te guste —dice Skylar, satisfecha consigo misma y contenta de mi favorable reacción—. Y lo mejor es que estaba de oferta.

Skylar sabe mi talla, aunque espero no haber engordado desde la última vez que fuimos de compras.

Sin embargo, en cuanto me pongo el vestido me doy cuenta de que me sienta como un guante. Me miro en el espejo desde todos los ángulos posibles, deleitándome con la belleza de la prenda, hasta que me doy cuenta de que le falta algo.

—La parte de arriba —digo, examinando la funda vacía donde venía la falda—. Falta la parte de arriba.

—La falda venía con un corsé a juego —dice Skylar—, pero combinaba demasiado, y eso ya no se lleva, así que se me ocurrió algo mucho mejor.

Skylar saca una pequeña bolsa de una tienda de ropa juvenil llamada Razzle-Dazzle; no me parece el lugar más adecuado para comprar un traje de novia.

—Vas a estar fa-bu-lo-sa —dice, ansiosa por verme con todo el conjunto puesto—. Venga, pruébatelo.

Skylar me entrega una cosita tan diminuta que no consigo imaginarme qué parte de mi torso se supone que debe cubrir. Sostengo la prenda delante de mí sujetándola por los tirantes, tan finos como un par de espaguetis: se trata de una camiseta, y está claro que es para mí, porque en la parte delantera puede leerse la palabra NOVIA.

—Me encanta esta tienda —me cuenta Skylar, radiante—. Puedes pedir que te impriman la inscripción que desees, y supuse que ésta sería la más apropiada.

No puedo discutir la idoneidad de la palabra, pero el estilo casi infantil de la prenda ya es otro cantar. Con todo, es evidente que Skylar se ha esforzado tanto en escoger mi atuendo que no puedo decepcionarla.

Me pongo la camiseta y me miro en el espejo. La verdad es que se me marca todo, pero por lo menos no se me ve el ombligo. A pesar de que me queda más ajustada que cualquier otra cosa que haya usado en la vida, enderezo la espalda y sonrío. A lo mejor la cuestión no es qué aspecto tengo, sino cómo me siento. Y, ahora mismo, me siento segura y arropada por la gente que más quiero en este mundo.

—¡Es maravilloso! —digo.

—¡Es fantástico! ¡Es increíble! ¡Es perfecto! ¡Es una auténtica pasada! —exclama ella, tratando de encontrar el calificativo más adecuado—. Yo también voy a vestirme. Le diré a Kate que suba en cinco minutos para que venga a buscarte. Sara, no sabes cómo te... —Skylar titubea, algo avergonzada de sus propias emociones—. No sabes cómo me gusta que esté pasando todo esto.

—Y a mí —coincido, dándole un beso.

Cuando Skylar se va, me pongo a dar vueltas por el dormitorio, mirándome en todos y cada uno de los espejos que encuentro y, por primera vez en la vida, no encuentro nada de mí que quisiera cambiar. ¿Acaso he tenido siempre estos hombros tan bonitos? Probablemente, aunque nunca se me ocurrió que podía llevarlos al descubierto.

Mientras me estoy mirando en uno de los espejos, Kate entra en el dormitorio con una bolsa llena de maquillaje y Dios sabe qué más. Sin embargo, en cuanto se fija en mí, deja la bolsa sobre la cama.

—Es imposible estar más guapa —dice, maravillada—. Si todo el mundo fuese tan feliz como tú, me quedaría sin trabajo.

Y tiene razón, pero no puedo evitar pensar en que rompió con su novio multimillonario hace menos de veinticuatro horas.

—Pues tú tampoco estás nada mal teniendo en cuenta lo que pasó ayer —digo.

—Es que yo también me siento feliz —reconoce—. No te lo esperabas, ¿verdad? A partir de ahora pienso mirar al futuro. No sé exactamente cómo será, pero estoy lista para afrontar lo que me depare el destino.

—Ocurra lo que ocurra en adelante, estoy segura de que va a ser para bien.

—Yo también lo creo —dice Kate, esbozando una sonrisa—. Por cierto, tu amigo Kirk es genial. No sabes lo divertido y lo comprensivo que es. Algo que Don Tú Ya Sabes Quien nunca fue.

Me alegro muchísimo de que hayamos llegado tan rápido al punto en que ni siquiera nos dignemos a pronunciar el nombre de Owen en voz alta. Y, por lo que respecta a Kirk y a Kate, la verdad es que me gusta la idea de verlos juntos algún día.

De repente, noto que alguien se ha puesto a tocar el órgano. No sabía que contásemos con uno.

—¿Qué ocurre ahí abajo? —pregunto—. Pensaba que sólo estaríamos nosotros.

—Y sólo estamos nosotros, los que te queremos —me asegura Kate.

—De acuerdo —digo, dándole un beso. Luego, tratando de que no se me quiebre la voz, añado—: Eres la mejor amiga que he tenido jamás. Gracias por haber estado conmigo en todos y cada uno de los pasos que he dado en la vida.

—Pues ahora tienes que dar otro —dice ella, cogiéndome del brazo—. ¿Estás lista?

—Por fin —respondo, emocionada.

Salgo del dormitorio y me pregunto cómo es posible que, de repente, Kate sea tanto más alta que yo. A continuación me miro los pies. Probablemente tenga algo que ver con que me he olvidado de ponerme los zapatos.

—Eh... Kate —digo, parándome en seco—. No puedo bajar así.

—Venga, cariño —dice ella—, no te preocupes. Estás genial.

—Es que tengo frío en los pies —digo, bajando la vista.

Kate se echa a reír.

—Bueno, es que Skylar sólo tiene catorce años. No puede estar en todo. Vamos a coger cualquier cosa de tu armario.

Pienso en ello un momento, pero se me ocurre una idea mejor. Hoy es día de ser yo misma y de sentirme a gusto. Además, ¿quién puede estar cómoda enfundada en unos Jimmy Choo de raso?

—Da igual, creo que me quedaré así —digo.

—La novia descalza —bromea Kate—. No se por qué, pero eres realmente tú.

Mientras bajamos la escalera, al sonido del órgano se le añade el de un violonchelo, y luego el de un violín, y juraría que eso es una trompa.

—¿Es que habéis contratado a toda una orquesta? —pregunto.

—No, es que Aidan ha traído el Teclado Mágico para Bebés. No lo toca nada mal, así que sólo le hemos dicho que no toque ninguna canción de Raffi.

Cuando llegamos a la puerta del salón, Kate me da un último abrazo.

—Ahora, lo único que tienes que hacer es avanzar por el pasillo cuando se abra la puerta —me dice—. Yo estaré sentada dentro.

Kate me deja sola y espero, nerviosa, a que llegue el momento. Aidan toca You Are My Sunshine y Mary Had a Little Lamb. Esta última suena bastante bien tocada por un violonchelo, aunque supongo que no es más que un tema de calentamiento para que la gente vaya ocupando su sitio en el salón. Efectivamente, al cabo de unos instantes Aidan deja de tocar y se hace un silencio. Entonces, se abre la puerta del salón y alguien pone en marcha el reproductor de música, donde suena mi canción de entrada. Se me vuelven a llenar los ojos de lágrimas al escuchar a Louis Armstrong cantando What a Wonderful World.

La verdad es que Bradford no podría haber elegido mejor, y yo no podría haber elegido a nadie mejor que él.

Comienzo a avanzar por el pasillo.

—Estás preciosa —susurra Berni cuando paso a su lado. Por lo visto, el Bebé A está de acuerdo, porque balbucea algo desde los brazos de su madre. Junto a ellos se encuentra Aidan, que sostiene al Bebé B, y a continuación está Erica, la madre de Berni, cogiéndole la mano a un apuesto señor que me imagino que será Doug, su nuevo novio.

Vuelvo la cabeza al otro lado del pasillo y veo a Dylan, que se ha puesto su americana azul y que sostiene una cajita con tanto cuidado que se diría que contiene el anillo mágico de El señor de los anillos. Y no va muy desencaminado, porque, para Bradford y para mí, nuestras alianzas son el símbolo de algo realmente mágico.

Skylar está a su lado, guapísima, engalanada con un vestido largo y volátil, y una camiseta a juego con la mía, con la diferencia de que, en la suya, puede leerse la palabra HIJA. Cuando paso junto a ella, me mira y me muestra la inscripción. Se me hace un nudo en la garganta. Suerte que me he puesto rímel a prueba de agua.

La tropa de Priscilla ha decidido quedarse, y las niñas se dedican a esparcir pétalos de rosa por el pasillo. No es mala idea, ya que detecto varios tableros de tres en raya dibujados sobre la superficie blanca, sin duda obra de ellas. Más adelante se encuentra James, flanqueado por Priscilla y por Mimi. Pobre hombre, ni siquiera su huida a la Patagonia merece semejante castigo.

Miro al final del pasillo y veo el altar, decorado con tules y guirnaldas de flores. Bradford, más guapo que nunca, se encuentra de pie frente a él, mirándome fijamente y sonriendo. Nuestras miradas se juntan durante unos segundos y, cuando vuelvo a bajar la vista, Bradford sigue mi mirada y se da cuenta que los dedos de los pies me asoman por debajo del vestido. Sonríe, y viene a buscarme. Tras ofrecerme su brazo, me lleva al altar, donde el oficiante, un hombre vestido con una túnica blanca, se prepara para llevar a cabo la ceremonia.

—¿Kirk? —digo, alzando la voz.

Miro a Bradford como buscándole una explicación a esto. Ya sé que Kirk hace de cirujano en su serie, pero ¿cómo se las habrá apañado para oficiar nuestra boda?

—No te preocupes —murmura Kate—. Kirk puede hacer de lo que quiera; es muy listo. No deja de tomar clases y asistir a cursos.

Ya se que no tengo por qué preocuparme, pero, por si acaso, Bradford señala la licencia oficial que Kirk ha conseguido a través de Internet y que han colgado junto al altar.

Kirk da inicio a la ceremonia y, al cabo de unos instantes, llama a Skylar, que se une a nosotros y recita unos versos que ha escrito ella misma, y que tratan sobre este gran país llamado América. No entiendo qué tiene que ver con la boda, pero no tardo en atar cabos. Se trata de un poema que compuso hace un mes para la escuela, y más de un poema al año sería demasiado pedirle a un adolescente. Por otra parte, le pusieron un sobresaliente.

Cuando le llega el turno a Dylan, mi pequeño se acerca a nosotros visiblemente nervioso, y nos entrega los anillos. Kirk nos insta a repetir los votos y Bradford y yo deslizamos las alianzas en el dedo anular del otro y damos el «sí quiero».

—¿Ya está? —pregunta Dylan, cuando nos ve besarnos.

—En absoluto —dice Kirk, sonriente—. Puede que la ceremonia haya concluido, pero ahora es cuando empieza lo verdaderamente importante.

—Por los nuevos comienzos —propone Kate, descorchando una botella de champán. Luego se acerca a Bradford y a mí y nos da un beso a cada uno, y uno de propina al oficiante.

A continuación, nos dirigimos al comedor, donde hay más comida de la que se conseguiría tras grabar todos los programas de una semana en el Canal de Cocina. Aunque puede que proceda precisamente de allí, porque Ken Chablis está de pie detrás de la mesa, con una expresión de orgullo en el rostro.

—Le propuse al equipo del Canal de Cocina que inventaran nuevas sorpresas de chocolate para vuestra boda —dice, encantado.

Y es evidente que lo han logrado, porque en la mesa puedo ver pollo con salsa de chocolate, patatas rellenas de chocolate y bocadillos de pan y chocolate. En cuanto a los postres, parece que Ken y los demás se han sacado de la manga más dulces repugnantes a base de chocolate de los que pudiera haber imaginado.

—¡Qué pasada! —dice Dylan—. Esto de casarse es fantástico.

Yo también lo creo. Skylar le está llenando el plato de comida. No me importa que hoy mi hijo acabe perdiendo el sentido de tanto comer chocolate, porque, de hecho, todos estamos ya en una nube. Miro a mi alrededor y veo a Berni y a Kate, a mis nuevos amigos y a los antiguos. Bradford se acerca y me estrecha entre sus brazos. Todo el mundo se ha puesto a hablar, pero no puedo oír nada de lo que dicen, porque estoy demasiado ocupada pensando en la suerte que tengo. Louis Armstrong tenía razón: el mundo es algo maravilloso.

*