Capítulo 15

Si Sadie hubiera tenido a mano unos prismáticos, habría tenido algo más que contarle a su padre, porque James me acompaña a casa para saludar a Dylan. Cuando nos ve entrar, Dylan parece contento, pero en absoluto sorprendido.

—¿Ahora vives aquí? —le pregunta a su padre sin rodeos, como lo haría cualquier chico de siete años.

James se limita a reír y todos nos sentamos para contarnos unos a otros cómo nos ha ido el día. Dylan nos informa de que ha jugado a béisbol a la hora del recreo y ha atrapado dos bolas, de que ha sacado un diez en matemáticas y de que la niña pecosa que se sienta detrás de él le ha enviado una nota con corazones.

—Ese es mi chico —dice James, orgulloso—. Un genio de las mates, un atleta y un rompecorazones.

—Bueno, la nota no era demasiado buena. Decía: «Das pena» —reconoce Dylan.

James asiente con sabiduría.

—Eso es lo que dicen las chicas cuando tienen siete años y están enamoradas, pero una cosa es lo que dicen y otra lo que realmente quieren decir.

—Y ¿qué dicen cuando son mayores? —pregunta Dylan, algo confuso.

—Pues hay veces que tampoco quieren reconocerlo —responde James, mirándome.

El niño salta de la silla y se dirige al jardín.

—Voy a jugar—dice—. ¿Queréis venir?

—Dentro de un minuto —dice su padre—. Voy a buscar algo para comer.

Dylan ya está tan acostumbrado a tener a James cerca que no le importa salir a jugar sin él, y James ya se siente tan cómodo en esta casa que va hasta la nevera como si tal cosa, escruta lo que hay dentro, coge una manzana, la lava en el fregadero y coge una servilleta.

—¿Quieres algo? —me pregunta, pegándole un mordisco.

Qué escena tan hogareña. ¿Sería así mi vida si James nunca se hubiese ido? Eramos tan felices antes de que se fuera a la Patagonia... Por lo menos, eso creía yo. Sin embargo, supongo que si no se hubiera ido a perseguir su sueño, nuestro matrimonio hubiera fracasado de todas formas. Es evidente que él no estaba listo ni para comprometerse ni para ser padre. Pero no cabe duda de que ha cambiado mucho desde entonces.

Observo a James mientras se come la manzana y me sobreviene la extraña sensación de que podríamos volver a tomarlo donde lo dejamos. No obstante, no tardo en darme cuenta de que esta casa, esta cocina y este mundo que tengo ahora no es donde James y yo lo dejamos. Ésta es la vida que hemos construido Bradford y yo. En lugar de fantasear sobre lo que podría haber sido con James, debería pensar en cómo vamos a seguir adelante Bradford y yo.

Y, según parece, Bradford ha estado pensando lo mismo que yo, porque Consuela, la asistenta, entra en el salón con un paquete de FedEx con remite de Hong Kong. James lo contempla con aire inquisitivo, pero yo lo dejo sobre la mesa y lo aparto a un lado.

—Vamos, ábrelo —dice James—. Tengo curiosidad por ver qué te ha enviado el hombre perfecto desde China.

—Y yo —admito, excitada por haber recibido un paquete de Bradford. Me pregunto por qué todo el mundo me regala cosas si ni siquiera es mi cumpleaños.

Trato de abrir la caja pero me resulta imposible cortar el precinto, así que, por segunda vez en el día, James acude al rescate con su navaja del ejército suizo y atraviesa el embalaje con facilidad.

Cuando me devuelve el paquete, meto la mano y saco una nota escrita a mano con la tosca letra de Bradford. «Vi esto y me hizo pensar en ti. Te echo de menos. Te quiere, Bradford.»

¿Qué es lo que le habrá recordado a mí? Ansiosa, vuelvo a meter la mano en la caja y cojo mi tesoro, que parece ser grande, cilindrico y frío al tacto. Hago fuerza para sacarlo del paquete y descubro que se trata de una sartén metálica y brillante con agujeros. Un wok. Qué romántico.

James piensa lo mismo que yo. Coge el regalo y no puede reprimir una mueca burlona.

—Un wok. Eres un hacha, Bradford. ¿Qué mujer podría resistirse? —dice.

—Pues yo creo que es muy considerado de su parte —opino, a la defensiva—. Bradford apoya mi carrera televisiva.

James inspecciona la caja por dentro.

—Puede que haya adjuntado algún accesorio extra.

Vuelvo a coger el paquete, pero está vacío. No importa. Estoy encantada con que Bradford se haya acordado de mí y se haya tomado la molestia de enviarme esto. Aunque, ya que se decidió a comprarme algo, tengo entendido que en Hong Kong venden unas cosas de jade preciosas.

James se levanta de la silla, tira el corazón de la manzana al cubo de la basura y contempla el precioso libro que me ha regalado.

—Creo que saldré para que puedas pensar en Bradford y en vegetales salteados —dice—. Voy a jugar con Dylan afuera.

Coge un guante de béisbol y, cuando se ha ido, preparo una ensalada para la cena. No me molesto en poner rabanitos porque sólo le gustan a Bradford. Cuando estoy cortando los pepinos, James vuelve corriendo. Jadea y cierra la puerta de mosquitera de golpe.

—No encuentro a Dylan por ninguna parte —dice, secándose el sudor de la frente—. No está ni en el jardín ni en la piscina. ¿Adonde puede haber ido?

—¿Solo? A ninguna parte —digo, alarmada. Miramos rápidamente por la casa, pero es evidente que Dylan no ha entrado aquí. Corro a preguntar a los vecinos de las casas contiguas, pero no lo han visto. Luego llamo a Berni con la esperanza de que mi hijo haya ido a ver a los bebés.

—¿Que Dylan ha desaparecido? —pregunta Berni, inquieta.

—¡No digas eso! —exclamo, con voz temblorosa—. Dylan nunca sale de casa sin mí. Estaba en el jardín, correteando, y cuando James ha ido a jugar con él, ya no estaba —balbuceo, nerviosa.

—¿James está contigo? —pregunta Berni. Antes de que pueda responder, añade—: Pásamelo; seguro que está más sereno que tú.

Sin pensármelo, le paso el telefono inalámbrico a James, que pone a Berni al tanto de la situación.

—Sara y yo vamos a salir a buscarlo —le dice él. Luego hace una pausa para que hable Berni y prosigue—. Si te parece bien, claro. Y dile al vigilante de la puerta que inspeccione cualquier coche que quiera salir. —Luego se hace otro silencio y James añade—: Como quieras. No creo que sea necesario, pero adelante.

Berni va a hacer algo, pero no puedo ni pensar en ello.

—¡Dios mío! ¿Qué hacemos?—le pregunto a James, dándome cuenta de que me tiembla la mano—. Puede que Dylan este herido; puede que se haya perdido; puede que esté muerto.

—Y puede que esté jugando con un perrito en el otro extremo de la calle —dice James—. Cálmate.

—¿Que me calme? —digo, casi a gritos—. ¿Estás loco? ¿Mi hijo ha desaparecido y quieres que me calme? —Casi puedo sentir la adrenalina corriéndome por las venas. Podría coger el coche y salir a buscar a Dylan, pero James se me adelanta. Coge mis llaves de la mesa, y luego me da un abrazo para tranquilizarme.

—No te preocupes. Ésta es una zona segura. Vayamos a dar una vuelta a ver si lo encontramos.

James me acompaña hasta el Volvo y, sin siquiera consultármelo, se pone al volante. Recorremos las tranquilas calles de Hadley Farms. Vemos a montones de crios jugando en sus jardines o yendo en bicicleta por la acera, pero no encontramos ni rastro de Dylan. De repente, siento celos de todas las madres que pueden levantar la vista y ver a sus hijos jugando alegremente. Varios vecinos se han reunido frente a la casa de Berni y ella les está dando instrucciones. ¿Un grupo de búsqueda? En lugar de aliviarme porque mis vecinos hayan decidido ayudarme, su evidente preocupación no hace sino ponerme peor. A estas alturas, tengo tanta adrenalina acumulada que hasta podría conducir un camión.

James avanza a poca velocidad y no deja de mirar a izquierda y derecha, esperando divisar la camisa azul de Dylan.

—No hay muchos sitios a los que pueda haber ido —apunta, con la nariz pegada al parabrisas. Veo sus venas del cuello hinchadas, y me doy cuenta de que no está tan sereno como finge.

Trato de no pensar en las horribles historias sobre niños desaparecidos que se oyen cada dos por tres. Dylan conoce a la perfección todas las medidas de seguridad que debe tomar en la calle. Las hemos repasado juntos un montón de veces. De repente, James detiene el vehículo y descansa sobre el respaldo.

—Todo el mundo se ha puesto a buscarlo —dice, mirando hacia delante—, así que detengámonos un momento y pensemos. Seamos racionales. ¿Adonde iría un chiquillo de su edad?

Me he quedado completamente en blanco. Ya hemos mirado en el campo de fútbol y en el parque de juegos, y el camión de los helados se fue hace más de una hora.

—¿Hay algún bosque aquí cerca? —pregunta James.

—Sí, de camino a casa, algo más abajo —contesto, señalando en esa dirección—. Pero Dylan nunca va ahí. Bradford quiso llevarlo una vez y él dijo que no, que le daba miedo.

James da marcha atrás.

—De todas formas, vayamos a echar un vistazo. Los niños y los bosques siempre van de la mano. Yo pase media infancia en uno.

—Tú no eres él —digo. Pero inmediatamente me percato de que al menos una mitad de mi hijo sí lo es.

Aparcamos al final de la calle y nos adentramos en el bosque, la única zona de Hadley Farms que todavía no ha sido edificada ni pavimentada. De repente, nos vemos rodeados por viejos robles y frondosos pinos, y un lecho de ramas y hojas secas cruje bajo nuestros pies. Tropiezo con la raíz de un árbol, pero James me coge de la mano y evita que me caiga al suelo.

—No creo que ande por aquí —opino, a punto de ponerme a llorar desconsoladamente, furiosa de que James haya decidido apartarse de la calle principal. ¿Por qué demonios hemos venido a un lugar en el que los únicos seres vivos parecen ser las ardillas que corretean por encima de nosotros y los pájaros que cantan en las copas de los árboles?

No obstante, parece que James percibe algo y se adentra unos metros más en la espesura.

—¡Dylan! —exclama, mirando hacia su izquierda.

El nombre de mi querido hijo parece perderse en el aire. Sin embargo, a los pocos instantes, oigo su voz.

—¡He encontrado una rana! —anuncia, entusiasmado.

Me vuelvo y diviso a mi pequeño, sonriente y encaramado a una roca al borde de un estanque, a unos cuantos metros de nosotros. Dylan nos hace señas con el brazo.

Suelto la mano de James y corro al encuentro de mi niño. Cuando me reúno con él, lo abrazo con tanta fuerza que casi consigo que ambos nos caigamos al agua. Tengo ganas de decirle que le quiero, pero también de matarlo. Quiero que sepa que estábamos aterrorizados y que no quiero que vuelva a hacer esto nunca más.

No obstante, me resulta imposible.

—Mi bebé, mi bebé, ¿estás bien? —es lo único que atino a decir.

—Ya no soy un bebé —replica él, apartándose de mí—. Soy un explorador.

Asombrosamente, a pesar del miedo que me ha hecho pasar, comprendo que mi niño está creciendo y que necesita ponerse a prueba a sí mismo. Ya está listo para vivir sus propias experiencias.

Parece que James también comprende las ansias de independencia de nuestro hijo. ¿Cómo no iba a hacerlo? Al cabo de un instante ya se ha agachado junto a él y se ha puesto a mirar el agua.

—Enséñame la rana —dice.

Dylan se pone de pie, chapoteando dentro de sus zapatillas, empapadas, y señala un punto en el estanque.

—Es esa de ahí, la de las manchas. A lo mejor es una rana venenosa, como las que tú has visto —dice, ilusionado con la posibilidad.

—No es venenosa—dice James, afectuosamente—, pero es un sapo muy bonito.

—También he visto un saltamontes y una serpiente. Una de esas culebras de agua de las que me dijiste que no debo tener miedo —dice Dylan, más orgulloso de sí mismo de lo que lo he visto jamás—. Soy un aventurero, igual que tú, papá.

—Las aventuras son geniales —le dice James, mirándolo fijamente a los ojos—. De hecho, pueden ser lo mejor del mundo, pero tu madre y yo estábamos muy preocupados por ti, porque no sabíamos dónde estabas.

—Lo siento —se disculpa Dylan.

—La próxima vez, avisa cuando vayas a salir de casa —le pide James, asegurándose de que al chico le queda claro.

—Te lo prometo —contesta él, sacudiéndose el barro de los vaqueros—. Pero no sabes lo divertido que ha sido.

—Las cosas divertidas dejan de serlo cuando hacen daño a otras personas —dice James, mirándome a mí, no al chico—. Pero puede que no lo entiendas hasta que hayas crecido —añade, diciéndolo lentamente, para que pueda oírlo bien.

James nos coge a ambos de la mano y nos saca de allí. Una vez hemos salido del bosque, me indica que llame a Berni para decirle que hemos encontrado a Dylan y que está sano y salvo.

—Puede que no haya llamado a la guardia nacional —bromea.

—No me explico cómo es posible que todavía no haya helicópteros sobrevolando la zona —me rio yo, mirando el cielo azul. Ahora que tenemos a Dylan de nuevo con nosotros, nos sentimos más relajados. El pánico se ha desvanecido con tanta rapidez que ya casi ni me acuerdo de que hace cinco minutos tenía ganas de que hasta el ejército al completo acudiera en nuestra ayuda.

Cuando volvemos a casa, los vecinos que Berni ha convocado nos esperan para saludarnos.

Berni nos abraza a Dylan y a mí y luego le da un beso a James en la mejilla.

—¡Nuestro héroe! —exclama, cogida del brazo de mi ex marido—. Buen trabajo.

La gente se arremolina a nuestro alrededor para escuchar atentamente mi relato acerca de cómo a James se le ha ocurrido buscar a Dylan en el bosque. James sonríe con modestia, pero a Berni no se le escapa que mi ex marido podría encarnar a la perfección a alguno de esos temerarios personajes de película.

—Ojalá te hubiera descubierto cuando todavía era representante —suspira, besándolo de nuevo.

Priscilla, que también quiere captar la atención de los vecinos, se acerca a Dylan vestida con una falda ajustada de color rosa y unos zapatos de tacón alto. Un atuendo ideal para salir en búsqueda de un niño perdido.

—¿Dónde estabas, ricura? —le pregunta, solícita, abrazándolo, aunque sin llegar a tocarlo.

—Siguiendo a mi corazón, pero no sabía que mi corazón estaba en casa —suelta Dylan solemnemente.

Se hace un silencio, tras el que algunas personas se echan a reír. No parece una respuesta propia de un chaval de siete años. Ni siquiera parece la respuesta de alguien de treinta y tantos. Sin embargo, no tardo en darme cuenta de dónde ha sacado Dylan semejante frase. Por el rabillo del ojo, veo que James se ruboriza y desvía la mirada hacia otra parte. Así que eso es lo que le ha dicho a su hijo para justificarle su ausencia durante todos estos años. No cabe duda de que mi ex marido tiene el don de la palabra. Al menos dio con una excusa muy poética.

 

A pesar de que Dylan vuelve a estar en casa, su pequeña aventura me ha afectado tanto que me paso la noche acudiendo a su cuarto cada dos horas. Puede que Dylan ya esté listo para poner a prueba su valor, pero no pienso alejarme más de dos pasos de él durante el resto de mi vida. Además, por primera vez, ha dejado a su osito Bunny en el suelo. Recojo el peluche y lo contemplo durante un minuto, para luego dejarlo entre los brazos de mi hijo.

Kate se entera de lo sucedido al cabo de dos días. Se alegra de saber que Dylan está bien, pero me recuerda que, tarde o temprano, voy a tener que asumir que los hijos crecen y que la vida sigue.

—Pues yo seguiré portándome igual —le informo.

—Ya veo —dice ella.

—Por cierto, ¿cómo va la tuya? —pregunto.

—De mal en peor —responde Kate—. Onassis se está portando fatal.

—¿Onassis? ¿Así es como llamas a Owen ahora?

—No delante de él —bromea ella—. No, Onassis es el perro de Owen. Es increíble que algo tan pequeño pueda causar tantos problemas. Se mea por toda la casa y está destrozando todos los muebles. Parece que no se adapta bien a su nueva situación. Supongo que, cuando tus dueños se divorcian, ser perro nunca es fácil.

—¿Qué piensas hacer?

—Vamos a llevarlo a un terapeuta —dice Kate.

¿A un terapeuta? Supongo que una vez le compras ropa de marca a tu mascota, no tardas mucho en tumbarlo en el diván de un psicólogo.

—Podéis hacer terapia familiar —propongo—. O terapia de grupo. Tú, Owen, el perro y la gimnasta rusa que él quería para el trío.

—Olvídate de eso —contesta Kate de inmediato—. Owen ha dicho que, si no estoy conforme, lo dejamos correr.

Por ahora. Cada vez que él comete un error, ella parece que esté deseando pasárselo por alto. Tengo la impresión de que episodios como el de la universitaria de Florida o el de la políglota Svetlana seguirán repitiéndose.

Por lo menos, ambos han sido sinceros el uno con el otro en lo que respecta al asunto del Onassis. Según parece, a ellos no les basta con poner una puerta para perros en la entrada de su casa.

—Owen insiste en que lo llevemos a un terapeuta jungiano —me cuenta Kate—. Dice que uno conductista se limitaría a modificar el comportamiento del animal, pero sin llegar a profundizar en su psicología.

—¿Por qué no os limitáis a ponerle Prozac en la comida? —pregunto.

—Ni en broma. Engaña a tu perro una vez y nunca más volverá a confiar en ti —alega Kate, con socarronería.

—Pues dile la verdad y hazle saber que tiene un problema —sugiero.

Kate revoca mi idea, arguyendo que Onassis merece recibir ayuda profesional. Además, tiene otra idea rondándole por la cabeza. Ahora pretende llevarlo a un balneario de día para perros.

—¿Está ocupado el perro de Bradford esta tarde? —me pregunta, expectante—. Me parece que a Onassis le vendría bien hacer amigos.

—Tendré que consultar la agenda de Pal —le digo a Kate, que, mientras considera la posibilidad de que el perro de Bradford tenga una vida social muy agitada, da por sentado que yo voy a estar disponible.

Y lo cierto es que lo estoy. Así que, dos horas más tarde, me encuentro junto al educadísimo labrador negro de Bradford en el cruce de la calle Dieciséis con la Novena Avenida, y veo que Kate y el perrito neurótico de su compañero se acercan raudos hacia mí. La frenética bola de pelo blanca tira con fuerza de su correa Louis Vuitton en tantas direcciones que Kate no puede mantener sus tacones de aguja clavados en el mismo lugar. Por supuesto, Owen tiene un cockapoo, ese cruce de cocker spaniel y de poodle que tan en boga está ahora. ¿Qué pensará hacer cuando se ponga de moda otra raza? ¿Cambiar a Don Rico por el chucho del momento?

Entramos en el vestíbulo de color rosa pálido del balneario canino, que tiene un nombre que parece francés, Le Bestio. Nos informan del menú del día y me pongo a estudiarlo. Kate, en cambio, ya está inscribiendo a Onassis para que le den un masaje y un baño de aceite tibio.

—Puede que debieras considerar hacerle una liposucción a Pal. He oído que en este sitio son expertos en ello —comenta Kate, pasándole la mano por el lomo, que, para mí, no tiene nada de malo. Se supone que los de su raza llevan el pelo ligeramente largo, ¿no?

—Vale, puede que necesite un corte de pelo, pero nadie en mi familia va a practicarse una lipo antes que yo —sentencio.

Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que Kate y yo somos las únicas personas que hay por aquí. Por lo visto, todos los demás dueños han dejado a sus mascotas y se han ido a trabajar, seguramente para ganarse el montón de dinero que necesitan para mantener el estilo de vida de sus perros. Recorremos el vestíbulo para hacer tiempo. De las paredes, cuelgan fotos de Lassie, de Rin Tin Tin, de Toto y de Beethoven, el san bernardo de la película, no el compositor.

—Mira, Onassis —dice Kate, agachándose y señalando los retratos—. Puede que, algún día, tú también estés en esa pared.

Sin embargo, en lugar de tratar de emular la elegancia de esos canes, el loquísimo cockapoo se sube a una mesita próxima y se hace pis en una orquídea.

—No, no, no —dice Kate, cogiéndolo de la correa—. Vas a conseguir que nos echen de aquí. —Luego se vuelve y me dice—: Será mejor que lo llevemos a la piscina.

Espero que los perros se duchen antes de meterse en el agua.

Cojo unos cuantos caramelos de menta para perros del recipiente que hay sobre otra mesita y se los doy a Pal. Tal vez conozca una perrita y quiera causarle buena impresión. No obstante, paso del perfume canino: no creo que los laboratorios de productos para mascotas usen precisamente Chanel Número Cinco.

Una vez en la piscina, de dimensiones olímpicas, un equipo de apuestos instructores de natación que parecen sacados de Los vigilantes de la playa se hace cargo de Pal y de Onassis.

—Primero les haremos una prueba para ver si pueden nadar hasta la parte más profunda —nos explica uno de ellos, sujetando a Onassis, que tiene el borde del ajustado bañador rojo Speedo del instructor cogido entre los dientes—. Luego les asignaremos la clase que más les convenga.

Kate y yo nos sentamos en las gradas, y observo orgullosa a Pal, que demuestra tener gran presteza dentro del agua. Sin embargo, me avergüenzo cuando le asignan el grupo de los principiantes, porque Bradford y yo nunca nos hemos preocupado de enseñarle a nadar de espaldas.

Cuando da comienzo la clase, Kate se pasa los primeros instantes preocupada por Onassis, al que le han colocado un par de flotadores en las patas delanteras. A juzgar por la manera en que se mueve, yo diría que no tiene ningún problema. Finalmente, Kate decide que el chucho está en buenas manos y que puede permitirse preocuparse un poco por mí.

—¿Ya has usado el wok? —pregunta, mirándose las uñas, que, no se cómo, siguen impecables después de los tirones de correa de Onassis.

—No seas mala —digo—. Es muy fácil regalar diamantes, pero hace falta usar la imaginación para dar con algo tan original como eso.

—Sobre todo teniendo en cuenta lo difícil que debe de ser encontrar uno en Hong Kong. No creo que Bradford tardase más de cinco minutos en dar con uno —me espolea Kate. Luego, percatándose de mi expresión de tristeza, me da un golpecito en la rodilla—. Ahora hablando en serio: creo que ha sido un detalle muy dulce y personal de su parte.

—¿De veras lo crees?

—Por supuesto —contesta Kate, toqueteándose la pulsera de diamantes que luce en la muñeca. No voy a preguntarle de dónde la ha sacado, porque ya me lo imagino—. Bradford siempre me ha caído bien. Es listo, te adora y, por lo visto, funciona muy bien en la cama.

—¿Cómo lo sabes? —pregunto.

—Porque me lo has contado cientos de veces —dice Kate, buscando algo en su bolso—. Mira, aquí tienes un pequeño regalito para que lo uses cuando él vuelva a casa.

Kate me da un pintalabios que pone «Veneno para labios».

—¿Veneno? —pregunto—. Qué interesante. ¿Para matar a besos?

Kate se ríe.

—Sirve para darle volumen a los labios. Aumenta el grosor en casi dos milímetros durante veintiocho días.

—No suelo utilizar nada que me haga aumentar de volumen —digo.

—Pero esto es especial. Póntelo y te sentirás como si te hubieran picado mil abejas.

—Y ¿puede saberse cuánto ha tardado la ciencia en desarrollarlo? —pregunto, manteniendo el artefacto tan lejos como puedo de mí.

—Probablemente, décadas —responde ella—. Hace que la sangre se desplace a la superficie de los labios para que los sientas cálidos y tensos. Lo mejor de todo es que cuando te lo aplicas te duelen, lo que indica que funciona.

Normalmente, sé que un pintalabios funciona cuando miro el resultado en el espejo. Además, ¿qué sentido tiene gastarse quince dólares en algo que va a producirte dolor? Vamos, que no es más que otro de esos métodos agresivos que suelen utilizar muchas mujeres en pos de su belleza. Sin embargo, parece que este artículo tiene una cualidad secreta.

—A Owen le vuelve loco —me confiesa Kate—. Le encanta que le bese después de aplicármelo. Los labios me arden. Tienes que probarlo con Bradford cuando vuelva.

—La verdad es que no tengo ni idea de lo que va a pasar con él cuando haya vuelto —digo.

Kate me acaricia el brazo con ternura.

—Tienes que dejar de preocuparte —me recomienda.

—Eso estoy tratando de hacer —digo—. Y ¿sabes una cosa? Últimamente me siento mejor. Ya no estoy tan asustada por lo que pueda pasar. Bradford se ha ido a Hong Kong y he sobrevivido. Puede que el regreso de James haya tenido algo que ver. Es como si, de repente, hubiera descubierto que existen otras opciones en la vida.

Kate me mira con preocupación.

—¿Acaso James es una opción? —pregunta.

—James ha vuelto y, en parte, el dolor que sentía al respecto ha desaparecido —digo, poco a poco—. Y me he dado cuenta de que el futuro puede ser aquello que una se proponga. ¿Quién me iba a decir que, a los cuarenta y un años, iba a iniciar una nueva etapa en mi vida como presentadora de un programa de televisión?

—¿No teníamos treinta y ocho? —bromea Kate.

—Puede que tú necesites tener treinta y ocho, pero yo estoy muy contenta con mi edad. Ahora se me ha abierto un verdadero abanico de posibilidades. ¿Sabes una cosa? Volverse mayor, más sabia y más segura de una misma no es tan malo.

—Me ha gustado cómo lo has dicho —admite Kate, asintiendo.

—La verdad es que me siento bastante mejor—reconozco. Sin pensármelo dos veces, me aplico un poco de Veneno para labios y, en unos segundos, la boca me escuece, me pongo a llorar y me siento como si tuviese la cara envuelta en llamas.

—¡Madre mía! ¡Cómo duele esto! —exclamo, soltando un aullido y buscando desesperadamente un pañuelo de papel. Cuanto mayor se vuelve una, mayor variedad de productos de belleza tiene a su disposición, pero hay que tener cuidado con lo que se usa. Es evidente que este producto no es lo que yo busco. La próxima vez tiraré de mi viejo brillo de labios de Clinique.

 

Bien pasada la medianoche, el renovado y consentido Pal entra en el dormitorio y apoya la pata en el borde del colchón. Normalmente, cuando quiere algo, suelta un ladrido, pero al parecer hoy ha preferido recurrir a modales más propios de Lassie. Puede que finalmente el día en el balneario para perros no le haya venido tan mal.

—¿Qué pasa, Pal? —pregunto.

Genial, ahora les hablo a los perros. Pal se acurruca en el suelo, junto a la cama, y me mira con sus ojazos castaños: ni hablar, no me importa lo educado que se haya vuelto, no pienso dejar que pase la noche aquí; una regla que, por cierto, he tratado de cumplir con todos los machos que han pasado por mi vida.

—Vamos, Pal —digo, llevándolo hasta la cocina y metiéndolo en su cama. Aunque puede que, después de todo, Pal tuviese un verdadero motivo para venir a buscarme, porque huelo a quemado. Veo un cazo lleno de leche calentándose en uno de los fogones, y apago el gas rápidamente. Luego miro a mi alrededor y me doy cuenta de que Skylar está acurrucada junto a la ventana, en la mesa. Lleva una manta encima de los hombros y tiene una expresión triste en los ojos.

—¿Qué te pasa?

—No podía dormir—contesta ella—. Iba a prepararme un poco de chocolate caliente, pero no sé cómo hacerlo.

—Ya te lo preparo yo —digo, sacando un cazo limpio del armario y yendo a la nevera por un poco de leche de soja, la única clase de leche que Skylar es capaz de beber.

—No te molestes —dice—. Ya no tengo ganas. De hecho, ya no tengo ganas de nada. La vida es un asco.

Lo primero que se me ocurre es sentarme a su lado, pero decido quedarme junto al horno y darle un poco de espacio.

—¿Hay algo en particular que te dé más asco? —pregunto, dándole la espalda mientras echo la leche en el cazo.

—La escuela, los chicos, mis amigas... —dice ella, nombrando todos los temas mayores. Entonces, como tiene catorce años y todo le parece el fin del mundo, añade—: He engordado casi dos kilos, me ha venido la regla durante la clase de gimnasia, el examen de mates de hoy ha sido un desastre y la geometría es lo peor del mundo. Ah, y me he manchado mi falda de Dolce & Gabbana de ketchup y no podré volver a ponérmela nunca más.

Agrego una cucharada de azúcar al cacao en polvo, espolvoreo un poco de vainilla, mi ingrediente secreto, sirvo la mezcla en dos tazas y le paso una a Skylar.

—Pues sí, parece que has tenido un día nefasto —coincido.

—Se supone que no deberías decirme eso —opina ella, cogiendo la taza y soplando para que se enfríe—. Eres una mujer adulta. Se supone que deberías decirme que todo irá bien.

—Y estoy segura de que así será —digo—, pero nunca parece que vaya a ser así cuando tienes el ánimo por los suelos.

—¿Y tú qué sabes? Tu vida es perfecta.

—Mi vida no está mal, y la verdad es que la tuya tampoco. Hay cosas que me gustan y otras que no.

—Ahora hablas como si fueras un estúpido adulto más —dice Skylar—. No tienes ni idea de lo que supone tener catorce años. Y no me digas que una vez tuviste mi edad, porque ahora todo es distinto. No tiene absolutamente nada que ver con la época en la que tú ibas al instituto, hace como un millón de años.

—Un millón y medio —digo.

—Lo que sea. Además, en esa época, si alguien daba una fiesta seguro que tenía que invitar a toda la clase, ¿no?

Me vienen a la mente todas esas noches que me quedaba en casa viendo reposiciones de episodios de Vacaciones en el mar, mientras mis compañeros de clase estaban de fiesta, pero prefiero no mencionarlo, porque no es eso lo que realmente le interesa a Skylar.

—¿Quién no te ha invitado a su fiesta? —pregunto.

—Una chica de la clase. Da una fiesta el sábado por la noche en la ciudad, con un pinchadiscos y todo. Le pregunté por qué no podía ir y me dejó con la palabra en la boca. Soy la única de toda la escuela que no va a ir.

Me tomaré esto último como una exageración, pero Skylar no necesita que le reproche nada, no cuando se siente como si el universo entero le estuviese dando la espalda.

—Puede que esté celosa de ti por lo guapa que eres —aventuro—. Es posible que prefiera no tener que competir contigo.

—Qué va, lo que pasa es que me odia. Todo el mundo me odia.

Podría organizar un referéndum ahora mismo para que Skylar se diese cuenta de que eso no es cierto, pero no serviría de nada, así que propongo algo mejor.

—De todas formas, no podrías ir a esa fiesta —digo, tomando un sorbo de mi chocolate—. Tienes algo más importante que hacer el sábado por la noche.

—Sí, claro —dice ella, sarcástica—. Si pretendes que me quede cuidando a Dylan, vas lista. Me da igual lo que me pagues.

—En realidad, quiero que me acompañes a California a ver a Tobey Maguire. Ya sabes, ese chico tan mono que trabaja en Spider-Man.

—No te burles de mí—gruñe Skylar.

—No lo hago. Necesito tu ayuda, en serio. No sé nada sobre él, y hace un rato me he enterado de que Kirk y yo tenemos que ir a Los Angeles para grabar un programa en su cocina. Va a enseñarnos a preparar su receta de helado recubierto de crema caliente. Aunque puede que debiera cancelarlo, porque seguro que mis helados son mejores que los suyos.

—¡Ni se te ocurra! —grita Skylar—. ¡Tobey Maguire está como un tren! ¿Acaso te has vuelto loca?

Esbozo una sonrisa, y entonces Skylar se da cuenta de que lo de suspender la grabación del programa iba en broma, y lo de que ella viniese conmigo, en serio. Skylar se pone de pie y se echa a mis brazos.

—¿De veras puedo ir contigo? —pregunta, incrédula—. Tengo un vestido amarillo de Versace que es lo más.

Supongo que, al fin y al cabo, la mancha de ketckup en la falda de Dolce & Gabbana no era el fin del mundo.

—Me encantaría tenerte conmigo; sería lo mejor del viaje —digo, acariciándole el cabello.

—¡No me lo puedo creer! —exclama Skylar—. La patética fiesta de Delia y su estúpido pinchadiscos no serán nada en comparación con esto. El lunes por la mañana voy a poder contarles la mejor historia. El lunes, y el resto del año.

—Puedes ser mi ayudante oficial durante todo el viaje —digo—. Incluso pondremos tu nombre en los créditos.

—Sara, eres la mejor —dice ella, dándome un abrazo—. Eres increíble. Ojalá mi padre todavía quiera casarse contigo.

La verdad es que estoy absolutamente emocionada. Es la primera vez que me dice que quiere que Bradford y yo nos casemos. Pero lo mejor de todo, con diferencia, es que una chica de catorce años piensa que soy increíble.