Capítulo 14

Me alegro de que Kate haya conseguido por fin a su hombre. No obstante, en la escala de amantes exigentes, Owen está resultando ser un diez. Ahora que viven juntos, ella no sólo tiene que encontrar tiempo para sus citas de los martes y sus revolcones rápidos, sino que, aun estando hasta arriba de trabajo en su consulta, debe acompañar a Owen a comprar sus corbatas Hermes, asistir con él a aburridas cenas de negocios y volar en su jet a donde sea que se le ocurra a su novio.

—Odio tener que quejarme de que ya estoy harta de ir a las Bahamas —dice Kate—, pero lo único que hacemos allí es dar vueltas por el complejo hotelero de lujo que Owen está tratando de comprar.

—¿Un complejo hotelero de lujo? —repito—. ¿Ni cenas fabulosas ni sexo maravilloso?

—Bueno, eso también —reconoce ella—. Lo que pasa es que ya me parece aburrido; a lo mejor es que me estoy haciendo vieja. Supongo que ya has visto la arruga que me ha aparecido a causa del cansancio.

—¿La arruga? A la gente suelen aparecerles varias a la vez. De hecho, a las camisas también.

—Vale, pero es que me siento un tanto estresada. Estar con él todo el tiempo no ha resultado ser como yo esperaba.

—¿Porqué no?

Kate vacila unos segundos antes de contestar.

—¿Cómo te lo explico? Owen está acostumbrado a poseer cosas, y ahora que estamos viviendo juntos, a veces actúa como si yo fuese otra más de sus posesiones, como si fuese uno de sus edificios. Se supone que debo ser perfecta o, de lo contrario, exige una reconstrucción inmediata.

—¿Reconstrucciones? ¿Sobre ti? —pregunto, asombrada. Puede que, después de todo, esa arruga sea un poco más profunda de lo que ella quiere reconocer.

—Escucha esto —me pide Kate—. La otra noche, Owen me preguntó si alguna vez había considerado hacerme un implante en las nalgas. Dice que tengo un trasero fantástico, pero que él los prefiere un poco más redondos.

Está claro que se trata de un hombre que presta atención a los detalles. Que se preocupe más por el acabado de sus edificios y que deje el culo de mi amiga en paz.

Kate suspira.

—De todas formas, sigue siendo un chico estupendo. No debería quejarme de él.

—Y tanto; para eso me has llamado.

—Yo amo a Owen, ya lo sabes —dice, dando marcha atrás, por si me he formado una impresión equivocada. Ahora que están juntos, ella se permite la licencia de quejarse de él, pero, al mismo tiempo, quiere asegurarse de que yo no lo haga.

De acuerdo, no lo haré.

—Ya sé lo mucho que lo quieres —digo.

—Bueno, pues este fin de semana Owen se ha ido a ver una propiedad que quiere adquirir cerca del Gran Cañón. O puede que quiera comprar el Gran Cañón entero, no lo sé; no le presté mucha atención cuando me lo dijo —dice, riéndose entre dientes—. Ya que estoy sola, he planeado hacerme algunos tratamientos de belleza. Pienso darle unas cuantas sorpresas cuando vuelva.

—No irás a hacerte ese implante —digo, preocupada.

—Qué va, ya tengo bastante cosas que hacerme en la cara.

—Menos mal.

La verdad es que no me imagino qué podría hacer Kate para mejorar el aspecto de su rostro. Sin embargo, quien me iba a decir que el hecho de que no se haga un implante en las nalgas iba a convertirse en la buena noticia del día.

En cuanto colgamos, salgo para la ciudad. He quedado con Kirk. Se supone que hoy aparecerá nuestro anuncio en los autobuses por primera vez, y hemos decidido asistir al estreno. Como el autobús no se paseará por una alfombra roja frente al teatro Kodak, hemos decidido ver los primeros carteles desde una cafetería de la avenida Lexington. Cuando llego allí, él ya me está esperando en una mesa junto a una ventana. Se ha puesto unas gafas de sol y me entrega otras a mí.

—Ahora que tu foto va a estar en todas partes, tienes que ir de incógnito —dice, dándome un beso en la mejilla—. No querrás ser acosada por una multitud de fans enardecidos.

Pues la verdad es que sí. Para eso es para lo que he venido. Que una sola persona me reconociera sería tan excitante como que no tuviese limitaciones de fechas en mi programa de puntos de vuelo. Y, según parece, ambas cosas son igual de improbables, porque hasta ahora han pasado decenas de autobuses, pero ninguno con nuestra foto. Mientras vamos tomándonos un capuchino detrás de otro, vemos pasar autobuses que anuncian las desventajas del consumo de drogas, las ventajas de la Viagra y seis estrenos de Navidad sobre el fin del mundo, próximamente en los mejores cines.

—Tantos autobuses y ninguno lleva el anuncio de Placeres al atardecer —digo, desconsolada, jugueteando con mi cucharilla—. ¿No estás decepcionado?

—¿Cómo iba a sentirme decepcionado si estoy disfrutando de un atardecer delicioso junto a mi preciosa compañera de trabajo? —dice Kirk, balanceándose en su silla metálica.

—Eres un caso —digo en tono afectuoso, sacudiendo la cabeza—. No puedes abandonar tu encanto ni por un segundo.

Kirk se echa a reír.

—Ser encantador es parte de mi trabajo, pero contigo no supone ningún esfuerzo.

Le arrojo la cucharilla de plástico, y le mancho la barbilla con un poco de la espuma del capuchino. Kirk se la limpia con humor y me la pega en la punta de la nariz.

—Soy un caso, pero aun así me adoras —dice.

—Pues sí, y serías mi mejor amigo si no tuviese otros dos; bueno, otras dos —digo, sonriendo con picardía—. Aunque ellas, al menos, me tienen al tanto de sus vidas amorosas. ¿Qué pasa con la tuya?

—No demasiado —contesta Kirk, que parece reticente a hablar del tema. Es posible que utilice una cantidad inusual de productos capilares, pero sigue siendo el típico hombre.

—¿Qué hay de tu partenaire en la serie, Vanessa Vixen? —pregunto—. Todas las revistas del corazón sacaron a la luz el tórrido romance que tuviste con ella —digo, alcanzando un nuevo nivel de bajeza al reconocer que leo ese tipo de prensa. Claro que se lo estoy diciendo a alguien que siempre sale en ella.

Kirk se ríe.

—Nuestra relación no fue más que un truco publicitario. Sirvió para que muchísima gente viese ese capítulo en el que el doctor Lance Lovett se enamora del personaje de Vanessa, después de encontrársela deambulando desnuda por la calle.

Conque eso es lo que tiene que hacer una mujer hoy en día para conseguir a un hombre. No me extraña que todo el mundo diga que es duro ser una chica soltera en Nueva York. Kirk mira por la ventana, quizás esperando divisar a su próximo amor.

—Así que, ¿no sueles salir con otras actrices? —pregunto.

—Nunca —dice. Luego se vuelve otra vez hacia mí y, viendo mi cara de extrañeza, añade—: Bueno, vale, a veces. Siempre hay alguna actriz guapa disponible para ir a cenar o al cine. El sexo nunca ha sido un problema para mí. Lo que es difícil es construir una relación que tenga algún sentido.

Ya me había olvidado de que Kirk está licenciado en Filosofía.

—Y, según tú, ¿qué es lo que le da sentido a una relación? —pregunto.

—Pues que sea honesta, sincera. Tú me has hecho recordar lo que supone estar con alguien que tenga los pies en la tierra, que sea genuino y real.

—Y, ¿qué es lo que te parece atractivo de eso? —pregunto, sin darle tiempo a que añada a su descripción lo de «mortalmente aburrida».

—Pues que es algo distinto a lo que suelo encontrarme —dice—. Para empezar, casi tuve que arrastrarte para que te hicieras esos reflejos, y no conozco a nadie en este negocio que no los tenga. Además, casi te desmayaste cuando supiste que esa mujer se estaba tiñendo el vello púbico. —Kirk sacude la cabeza—. No he conocido a muchas mujeres con unos valores tan nobles.

¿Valores nobles? Que no me guste teñirme el pelo de rubio platino no significa que, de buenas a primeras, esté al mismo nivel que Nelson Mandela.

Me acabo mi tercera taza de capuchino y mi segunda magdalena de limón.

—Ésta es otra de las cosas que me gustan de ti —comenta Kirk, observando las pocas migajas que he dejado en el plato—. Te lo comes absolutamente todo y ni siquiera eres bulímica. Las únicas mujeres que conozco que comen lo que tú, siempre lo devuelven.

—Me parece que debería empezar a presentarte a otra clase de mujeres —digo, pensando que, si Kate no dura con Owen, Kirk podría ser una buena opción. Al fin y al cabo, ella dijo que le parecía guapo en cuanto lo conoció en los estudios del Canal de Cocina. Y, además, Kate tiene un metabolismo impresionante.

—Te tomo la palabra —responde Kirk—. Ahora te toca a ti. ¿Bradford sigue en Hong Kong?

—Sí—contesto, deseando que mi turno no hubiera empezado.

—Pero ¿todavía estáis juntos?

Vacilo un instante.

—La versión oficial es que está de viaje de negocios y que luego nos casaremos —digo, mostrándole el anillo—. Aunque supongo que descubriré si Bradford aún me quiere cuando vuelva de su viaje.

—La cuestión es si tú todavía lo quieres —apunta Kirk.

—Pues claro que sí —respondo yo sin pensármelo.

—Piensa en ello —dice él, acercándose a mí y apoyando los codos sobre la mesa, listo para una charla profunda—. Tú misma me lo has contado. Estás preocupada por su ex mujer, él trabaja cada día hasta tarde, y ahora se ha ido a Hong Kong. Yo diría que no es una situación ideal.

Me gustaría poder decirle a Kirk que nada de eso importa, que amo a Bradford. Antes de marcharse, estaba convencida de que todos nuestros estúpidos problemas me estaban haciendo infeliz. Sin embargo, ahora pienso que tal vez era yo la que me estaba haciendo infeliz a mí misma.

—La verdad es que sin él me siento sola —reconozco.

—Sentirse solo no es motivo suficiente para estar con alguien —dice Kirk—. Si alguna noche te sientes sola, ven a verme.

Suelto un gruñido.

—¿Por qué no dejas de ligar conmigo?

—Imposible —responde, guiñándome el ojo—. La fabulosa química que hay entre nosotros dos es lo que atrae a nuestros televidentes cada semana. Eso, y los esperpenticos postres que se te ocurren.

Me echo a reír.

—¿Qué podría hacer para conseguir que Bradford volviera?

Kirk se frota el mentón. Todavía no sé cómo consigue mantener siempre esa barba de dos días.

—Permíteme que te hable en serio un minuto —dice—. Si quieres que Bradford vuelva, todo lo que tienes que hacer es ir por él. Tú puedes conseguir cualquier cosa que te propongas, Sara. Mi consejo es que pienses bien en qué es lo que quieres.

Recojo una miga del plato, me la llevo a la boca, y miro por la ventana. Creo que sé lo que quiero, pero, por el momento, me conformaría con ver un autobús que lleve pegada mi foto en él.

 

Kate me llama el domingo por la mañana y me pide que vaya a verla urgentemente porque ella no puede salir de casa. El fin de semana que había pensado dedicar a embellecerse el rostro aprovechando la ausencia de Owen no está saliendo como ella esperaba y está al borde de la histeria.

—Lo tengo todo rojo e hinchado. No me vas a reconocer. Tengo la cara como si acabara de salir de un lavacoches montada en un descapotable.

Me preparo para lo peor, pero, cuando llego a su casa, me da la impresión de que todo lo que Kate necesita es peinarse un poco.

—Ya sé que la belleza es algo muy subjetivo, pero a mí me parece que estás tan guapa como siempre —digo, entrando en la oscura cocina de Kate con el postre de fresas que le he preparado para animarla. Desde que he comenzado el programa, se me está yendo la mano con la creatividad. Después de impregnar las fresas importadas en miel, las he rebozado en confites de colores, aunque esto último tal vez estaba de más.

—Estoy horrible—dice Kate, cogiendo la bandeja con mí última obra maestra y haciendo una mueca—. Y esto tiene tan mala pinta como yo. ¿Qué son? ¿Las sobras de algún Dunkin' Donuts?

Reconozco que el comentario me duele ligeramente, pero es obvio que Kate está desquiciada. Está llevando el pensamiento crítico a nuevos extremos.

—¿Que te ha pasado? —pregunto, corriendo una de las cortinas para dejar entrar algo de luz y poder verla mejor.

—¡No hagas eso! —grita Kate, apartándome de la ventana.

¿Por qué querrá estar a oscuras? Me dijo por teléfono que la inyección que se había puesto le había sentado mal, pero no me imaginaba que se hubiera chutado sangre de vampiro.

—¿Estás sensible a la luz? —pregunto.

—Sensible a que me vean —contesta ella—. Tengo la mejilla izquierda tan hinchada que podría hacer acopio de nueces para el invierno, como las ardillas.

Si miro atentamente, puedo notar una levísima inflamación en ese costado de su cara, pero la respuesta de Kate es más exagerada que cualquier inflamación que pueda tener en su rostro.

—¿Quién te ha hecho esto? —pregunto, aunque no estoy segura de qué es lo que le han hecho.

—La idiota de la jefa de enfermeras —responde Kate, indignada—. ¿Es que no ha aprendido nada de todo lo que le he enseñado? He aplicado cientos de inyecciones de Hylaform y nunca ha pasado nada malo. Es una sustancia natural, por el amor de Dios. Hace que te desaparezcan las arrugas. Se inyecta como un gel, y la sustancia fluye hacia la piel y rellena las marcas de expresión. No sé cuánto me habrá metido ésa, pero ahora tengo tanto líquido acumulado que podría sobrevivir en el desierto de Gobi durante seis meses.

—En primer lugar, ¿porqué te inyectaste eso?

—Por esa arruga de la que te hablé —contesta Kate—. Tenía que tomar medidas urgentes. Deja pasar una sola arruga y pronto tendrás dos.

—¿Y eso es motivo para envenenarte? —pregunto—. Además, yo tenía entendido que para eliminar las arrugas se usaba Botox.

Kate pone los ojos en blanco, como burlándose de mi ignorancia.

—Me habría inyectado Botox si hubiera tenido arrugas en la frente, porque el Botox paraliza el músculo, pero nunca se utiliza para rellenar arrugas. Para eso solía usarse colágeno, pero ahora existe el ácido hialurónico, como el Hylaform o el Restylane, que dura mucho más. Y hay otros doce que están en desarrollo. —Suspira y añade—: Quizá debería haber esperado a que salieran al mercado.

—¿Serán mejores? —pregunto.

—Quién sabe —responde Kate—. Hay gente que está pagando fortunas para tratarse con Juvederm, por dos motivos. Uno, que es francés, y otro que en este país todavía no ha sido aprobado, lo cual lo hace mucho más atractivo.

Si está de moda y es francés, seguro que está bien. ¿Acaso alguien ha dicho alguna vez nada malo sobre el queso brie, el Beaujolais o el Gauloises? No, un momento. Creo que Gauloises es una marca de cigarrillos. Con todo, preferiría que el Ministerio de Sanidad dedicara más fondos a curar simples resfriados que a homologar tratamientos de belleza. No obstante, puede que sea la única ciudadana de Estados Unidos que piense así. Parece que a la mayoría de las mujeres les preocupa más una arruga que una nariz roja.

—¿Qué otros tratamientos te has aplicado este fin de semana antes de la gran tragedia?

—Los habituales en estos casos: exfoliación con sal marina, máscara de té verde y un tratamiento para los pies llamado Pudabhynga.

—Pues, con ese nombre, yo no sabría decir si se trata de una técnica para masajear los pies, de una nueva marca de zapatillas o de un país que todavía no ha sido reconocido por las Naciones Unidas —opino. Kate se echa a reír—. Además, ¿sabrías deletrear Pudabhynga? Seguro que no. Y si hay algo que he aprendido en esta vida, es que nunca debes aplicarte un tratamiento cuyo nombre no puedas deletrear.

Kate vuelve a reírse.

—Vale, vale, ya está bien —dice—. Ya te has divertido a mi costa.

—¿Podría convencerte de que te vistieras? —pregunto, aunque no estoy muy segura de por qué me molesto. Su camisón de seda de Eres es tan elegante que hasta serviría para acudir a un baile.

—De acuerdo, pero no pienso salir de casa —contesta Kate, que, evidentemente, ya se siente un poco mejor. Subimos al dormitorio y ella desaparece dentro de su vestidor. Decido echar un vistazo a los libros que hay apilados en su mesita de noche. Se trata, más que nada, de lectura ligera: dos gruesos libros de texto de dermatología, varios ejemplares del Diario de medicina de Nueva Inglaterra, y una edición ilustrada de lujo de El arte del éxtasis sexual. Supongo que se está tomando muy en serio lo de tener a Owen contento.

Aunque puede que eso sea más difícil de lo que yo pensaba. Voy hasta la otra mesita de noche y compruebo que las lecturas de él consisten en la carta de una inmobiliaria... y en una pila de fotografías de bellas señoritas con sus datos personales impresos detrás. Quizás Owen esté haciendo un casting. Aunque no sé para que.

—¿Owen está produciendo una obra de teatro? —le pregunto a Kate cuando sale del vestidor con una blusa y unos téjanos de Se-ven for All Mankind de cintura tan baja que yo jamás podría ponérmelos.

Kate vacila un instante.

—¿Que haces? —espeta cuando ve que he cogido las fotos—. ¡Deja eso donde estaba!

En lugar de hacerle caso, doy vuelta a la imagen de una atractiva morena de cabello largo y me pongo a leer su currículo.

«Svetlana. Belleza de metro ochenta, doctorada, habla cinco idiomas, fue gimnasta profesional, muy flexible. Disponible para encuentros interesantes. Prefiere los tríos.»

Kate me arrebata la foto de las manos y el resto de fotografías caen sobre la alfombra. Kate se agacha y las recoge.

—¡Mira lo que has hecho! —exclama, más exaltada de lo que estaba a causa de la hinchazón en su pómulo.

—¡Pero si no he hecho nada! —replico—. ¿Qué tenéis en mente Owen y tú?

Kate se pone de pie, furiosa, y sitúa su rostro a un centímetro del mío.

—¡Un trío! —responde—. ¿Tienes algo en contra?

Trato de asimilar lo que me acaba de decir y pienso en ello unos segundos.

—Un trío —repito lentamente.

—Te parece algo asqueroso, ¿no? —dice Kate en tono acusador.

—Yo no he dicho eso —contesto, midiendo mis palabras—. Tal vez seas tú la que lo piensa.

—Gracias, señorita Freud —suelta Kate, dándose la vuelta para salir de la habitación.

Voy tras ella y la sujeto por el brazo.

—Oye, Kate, espera. Si Owen y tú tenéis ganas de hacer un trío, es cosa vuestra. ¿Por qué te pones así conmigo?

Kate me aparta la mano del brazo y me mira a los ojos.

—Porque eres una cotilla.

—Vale, mea culpa —me disculpo, hablando en latín, que es lo que suelo hacer cuando me siento acorralada.

—Disculpa aceptada —dice ella, un poco más calmada—. Cambiemos de tema.

—Vale —digo—. ¿Qué chica habéis escogido para vuestro trío?

—¿Me quieres dejar en paz de una vez? —suelta Kate, cubriéndose la cara con las manos. No estoy segura de si lo hace porque se filtra el sol por la ventana, o porque está llorando.

Le tiemblan los hombros, así que me acerco a ella y la abrazo. Kate se quita las manos de la cara y descubro que tiene los ojos llenos de lágrimas y bastante más hinchados que su pómulo.

—Cariño —digo, preguntándome cómo podría consolarla—. ¿Qué es lo que te pasa?

—Que quiero conservar a Owen, pero no quiero hacer un trío —responde, sollozando.

—¿Acaso es ésa la única manera de conservarlo?

—No lo sé —admite ella—. Owen planteó el asunto la otra noche, cuando trajo a casa esas fotos. Lo hizo con tanta naturalidad que no me vi capaz de decirle que no. Y luego se sintió decepcionado conmigo porque no me alegré inmediatamente con su propuesta.

—¿Él ya ha hecho esto antes? —pregunto, pensando inmediatamente en lo ingenua que estoy siendo.

—Supongo —contesta Kate, secándose las lágrimas con la manga de la blusa—. Owen dice que le gusta variar un poco de vez en cuando; ya sabes, hacer tríos, echar una canita al aire... Cuando Tess y él estaban casados, tenían algo así como un entendimiento, pero yo no estoy segura de poder hacer lo mismo.

—Si tanto le gusta la variedad, ¿por qué ha decidido venirse a vivir contigo? —pregunto.

—¡Porque me ama más que a nadie en el mundo! —exclama Kate—. Pero que hayas encontrado a tu solomillo no quiere decir que algún día no tengas ganas de volver a comerte una hamburguesa con queso.

Supongo que ésas son palabras textuales de Owen, pero esto no tiene nada que ver con solomillos o hamburguesas, sino con que él le está comiendo el coco.

—Puede que cuando llegues a ser tan rica y poderosa como él pienses que puedes hacer lo que te dé la gana, pero yo creo que eso es algo nefasto. Si te ama, no debería tratarte de esta manera —digo, aunque no pretendo darle un sermón—. Bueno, y ¿qué piensas hacer?

—Aún no lo he decidido —contesta Kate, que, finalmente, parece haberse dado cuenta de que ella no ha sido el primer romance de su chico, y que, probablemente, no será el último. Entonces me mira con ojos de cordero degollado y me pregunta—: ¿Qué harías tú en mi lugar?

Puede que yo no tenga muy claro qué hacer con mi propia relación, pero, en su caso, no tengo dudas.

—Yo lo dejaría inmediatamente —digo con firmeza—. Puede que Owen quiera solomillo, pero no se lo merece. Es más, ni siquiera le dejaría comer pastel.

 

El lunes por la mañana, mientras me dirijo a toda prisa a la escuela, recibo una llamada de James.

—¡No me lo puedo creer! —dice, prácticamente gritando—. ¡Te estoy viendo por la ventana de casa!

—¿Qué dices? Si estoy de camino al colegio Spence —digo, caminando por el Upper East Side, consciente de que el nuevo apartamento de James se encuentra, como mínimo, a treinta manzanas de aquí.

—Pues yo te estoy mirando directamente a los ojos —insiste—. Un autobús se ha detenido justo enfrente de mi edificio, y lleva tu hermoso rostro pegado en él.

En lugar de alegrarme, maldigo al Canal de Cocina por haber decidido empezar la campaña de publicidad en la línea de la Primera Avenida en lugar de en la de la calle Lexington sin habernos avisado. De haberlo sabido, Kirk y yo podríamos haber ido a algún sitio donde preparasen mejores capuchinos.

—Qué pasada —dice James, antes de colgar—. Estoy realmente orgulloso de ti.

Una vez en la escuela, me preparo el material para dar la clase de quinto curso. Hoy les enseñaré a dibujar al estilo de Mondrian. Teniendo en cuenta todo lo que está pasando en mi vida actualmente, la sencillez de Mondrian es lo único que me veo capaz de manejar.

Sin embargo, las chicas entran en el aula con otra cosa en mente.

—¡No nos había dicho que era usted una estrella de la tele! —dice Sadie, una de mis alumnas, dando saltos y chillando como sólo puede hacerlo una chiquilla de once años.

—Ayer vi su programa —comenta otra, poniéndose frente a mi escritorio—. El chico que presenta con usted está buenísimo.

—¿Es su novio? —pregunta una tercera.

—No, la señorita Turner va a casarse con uno de los socios de mi padre —puntualiza Sadie—, pero él la ha dejado y se ha ido a Hong Kong.

—Pues si la ha dejado, ella puede salir con ese presentador tan guapo —dice otra.

—Seguro que se lo puede ligar —me asegura una de las niñas—. Ahora es rubia y famosa, y a los chicos les gusta eso.

—¡A nosotras también! —dice Sadie. No sabía que fuera la hija del socio de Bradford, y espero que no le comente a su padre que su encantadora profesora de Arte tiene pensado enrollarse con un galán de telenovelas—. Ahora que es usted famosa, es nuestra profesora favorita.

Vaya, vaya. Parece que mis alumnas están más interesadas en mi clase de lo que yo pensaba, aunque no estoy segura de que estén aprendiendo la lección adecuada. Decidí dedicarme a la enseñanza porque me pareció una profesión noble. Sin embargo, en lo que se refiere a conseguir el respeto de los chicos, el hecho de salir en televisión supera cualquier otro método. La verdad es que no se gana demasiado dinero ni reconocimiento por influenciar mentes jóvenes, y es evidente que por ser profesor no te dan una buena mesa en el Four Seasons. Sin embargo, basta con preparar un soufflé de Snickers en un canal de cable y el mundo cae rendido ante ti.

Trato de animar a la clase para que realice sus dibujos empleando el amarillo, el rojo y el azul de Mondrian, pero resulta obvio que no hay nada que hacer.

—¿Es divertido ser famosa? —pregunta una de las chicas.

La verdad es que me cuesta pensar en mí misma como en una persona famosa, y quiero que mis alumnas entiendan que lo que realmente importa es tratar de cambiar el mundo, tal como intentó hacerlo James en la Patagonia, o como lo está intentando Berni ahora mismo.

—Bueno, sí, es divertido —contesto con amabilidad—. Me encanta trabajar con Kirk, me encantó posar para la sesión de fotos, me encanta que mis amigos me llamen para decirme que me han visto en la tele o en un cartel publicitario, y también me encanta ser rubia. —Creo que he dejado claro lo que más valoro, ¿no? Las chicas se ríen, aunque, si digo algo más, sabrán que estaba mintiendo. No soy la única celebridad en este colegio—. Sin embargo, también me encanta el arte —les cuento—. Y de lo que realmente quiero hablaros hoy es de arte moderno, de Mondrian y del minimalismo.

Asombrosamente, las chicas están de lo más dispuestas. Nos embarcamos en una animada discusión sobre arte que trata sobre arte, lo cual es algo bastante elevado para gente de once años. No obstante, si son lo bastante maduras como para hablar de enrollarse con alguien, seguro que están listas para filosofar sobre pintura.

Las chicas sacan una lámina de papel y sus pinturas guache y se ponen a crear sus interpretaciones de Mondrian. Las observo mientras trabajan y me siento bien. Puedo firmar algunos autógrafos, pero también soy capaz de enseñar algo. Lo mejor de los dos mundos.

Al finalizar mi jornada, cuando me dispongo a bajar los escalones de la entrada principal, alguien se dirige a mí desde el vestíbulo.

—Eres mucho más guapa en persona que en los anuncios —dice un hombre. Hago un paso en falso y casi me caigo.

—James, ¿qué haces aquí? —pregunto, totalmente sorprendida.

—Sólo quería traerte un regalito para celebrar el éxito de tu programa —dice, sonriendo—. No sabes cuánto me alegro por ti.

Me acerco a él y varias de mis alumnas se agrupan a nuestro alrededor, mientras James me entrega un paquete envuelto con papel marrón y atado con cuerda de embalaje.

—¿Qué es? —pregunto, pensando en cómo podría ahuyentar al público que nos rodea.

—¡Menuda pregunta! —exclama una de las niñas—. ¡Ábralo de una vez!

Tiene razón. ¿Qué sentido tiene preguntar en que consiste un regalo cuando solamente hay que tirar de una cuerda para descubrirlo? Por lo menos, en la mayoría de los casos. Me dispongo a desenvolver el paquete, pero la cuerda se me resiste. Las chicas no dejan de fisgonear. Lo cierto es que me gustaría acabar con esto de una vez, pero soy consciente de que aquí nadie se irá a su casa hasta saber qué esconde el envoltorio.

—¿Puedes ayudarme? —le pregunto a James.

—Claro —responde él, sacando una navaja suiza con tantos artilugios que probablemente debe de servir para cualquier cosa, desde cortarse las uñas hasta abrirse paso a través de un bosque. Además, conociendo a James, seguramente la ha usado para ambas cosas. Con su gracia habitual, corta la cuerda y vuelve a darme el paquete.

Con cuidado, retiro el envoltorio de papel y extraigo lo que parece ser un libro de gran tamaño escrito sobre gruesas láminas de pergamino. Ojeo rápidamente las páginas y, a pesar de que juraría que se trata de recetas, la verdad es que no entiendo ni una sola palabra.

—Es el libro de cocina más famoso que se ha escrito jamás en kawésqar —me informa James, orgulloso. Tardo unos segundos en recordar que ésa era la lengua patagónica que mi ex marido se había empeñado en salvar.

El libro no tiene ninguna utilidad para mí, pero, igual que el colgante de cuentas de barro que me hizo Dylan para el día de la madre, me doy cuenta del valor que tiene para James y de que, aun así, quiere que sea yo quien lo conserve.

—Gracias —digo, genuinamente emocionada, poniéndome de puntillas para darle un beso. Se suponía que no tenía que ser más que un piquito, pero James me sostiene un instante y lo hace durar más de la cuenta.

—Ooh —murmuran mis alumnas.

—Qué guapo —oigo que susurra una de ellas.

Sostengo el libro con el mismo cuidado que si se tratase de los Diez Mandamientos y me despido de las chicas. James me sigue a la calle, y ellas se ponen a soltar risitas. Todas, menos una.

—Se supone que está prometida —comenta Sadie, la hija del socio de Bradford, con petulancia—. Y le acaba de dar un beso al tío ése. Se lo voy a contar a papá.