III

No se te olvide nunca: en la provincia de Albacete, siguiendo la comarcal 3212, a una docena de kilómetros de Elche de la Sierra, entre el cruce de la carretera de Alcaraz y la bifurcación que conduce al pantano de la Fuensanta, se alza a la derecha del camino, en medio de un paisaje desértico y árido, una cruz de piedra con un zócalo tosco

Viniendo de la llanura lineal de La Mancha, tras los trigales y ejidos del monótono campo albaceteño, alberizas y canchales se suceden bajo el desolado esplendor del sol. Senderos abruptos rastrean las frecuentes paradas de colmenas y, a trechos, el forastero divisa algún rebaño de cabras con su pastorcillo, como figuras convencionales de un belén de corcho. La vegetación crece apenas —matojos de romero y tomillo, espartizales secos y desmedrados— y en agosto —a lo largo de aquellos caminos polvorientos, ignorados aún por los turistas— arde el suelo y escasea el aire, ajeno todo a la vida, piedra inerte, cielo vacío, puro calor inmóvil.

La primera y única vez que visitaste el país habías estacionado el coche junto a la cuneta y, encaramado en la cresta del cerro, observaste silencioso la cruz conmemorativa, las lomas erosionadas y desnudas, las montañas informes e incoloras. En 1936 tu padre y cuatro desconocidos —sus nombres y apellidos aparecían escritos también en la lápida— habían caído allí tronchados por las balas de un pelotón de milicianos e inútilmente trataste de reconstruir la escena con la mirada fija en el panorama último que se ofreciera a sus ojos antes del estrépito de los fusiles y el consabido tiro de gracia: un colmenar, una choza en ruina, el tronco retorcido de un árbol. Era a comienzos de agosto —el día cinco, según las actas encontradas luego— y el decorado, te decías, debía de ser aproximadamente el mismo que contemplaste entonces: el páramo aletargado por el sol, el cielo sin nubes, las colinas ocres humeando como hogazas recién salidas del horno. Alguna culebra asomaba quizá prudentemente su cabeza entre las piedras y del suelo ascendía, como una queja, el denso zumbido de las cigarras.

Te habías inclinado, recordabas, y recorriste con la mano la superficie rugosa de los esquistos con la esperanza absurda de avanzar un paso en el conocimiento de los hechos, pesquisando las huellas y señales como un aplicado aprendiz de Sherlock Holmes. Había llovido mucho desde el día de la ejecución (incluso en aquella estepa recocida y avara) y las manchas de sangre (si las hubo) y los impactos y esquirlas de los disparos (¿cómo encontrarlos, al cabo de veintidós años, en medio del pedregal baldío?) formaban parte ya de la estructura geológica del paisaje, fundidos definitivamente a la tierra e integrados en ella, horros, desde hacía casi un cuarto de siglo, de su primitiva significación y culpabilidad.

El tiempo había borrado poco a poco los vestigios del suceso (como si no hubiera sido, pensabas) y el monumento fúnebre te parecía a intervalos un espejismo (criatura súbita de tu ofuscada imaginación). Otras violencias, otras muertes habían desaparecido sin dejar rastro y la vida adocenada y somnolienta de la tribu proseguía, insaciable, su curso. Los ejecutores de tu padre se pudrían igualmente en la fosa común del cementerio del pueblo y ninguna lápida solicitaba para ellos un recuerdo ni una oración. Evocados unos y olvidados otros, fusilados del verano del 36 y de la primavera del 39 eran todos, juntamente, verdugos y víctimas, eslabones de la cadena represiva iniciada meses antes de la guerra a raíz de la matanza acaecida en Yeste en pleno gobierno del Frente Popular.

De vuelta al Mas —tras la amargura del entierro de Ayuso y el paseo sin rumbo por Montjuïc— el escenario del fusilamiento se había impuesto de modo paulatino a tu memoria, entreverado con numerosas imágenes e impresiones de la excursión a Yeste el año del rodaje de los encierros y de vuestra interpelación por la guardia civil. Los hechos se yuxtaponían en el recuerdo como estratos geológicos dislocados por un cataclismo brusco y, tumbado en el diván de la galería —la lluvia seguía cayendo fuera sobre la tierra borracha de agua— examinaste la amalgama de papeles y documentos de la carpeta —periódicos antiguos, fotografías, programas— en una última y desesperada tentativa de descubrir las coordenadas de tu extraviada identidad. Fotocopiados por Enrique en la hemeroteca barcelonesa los recortes de ABC, El Diluvio, Solidaridad Obrera, La Vanguardia referentes a los sucesos de mayo del 36 se amontonaban en heterogénea mezcla con los clisés de los encierros tomados por ti en agosto del 58. Con ayuda de unos y otros podías no obstante reconstruir las incidencias e imaginar las situaciones, zambullirte en lo pasado y emerger a lo presente, pasar de la evocación a la conjetura, barajar lo real con lo soñado. Pese a tus esfuerzos de síntesis los diversos elementos de la historia se descomponían con los colores de un rayo luminoso refractado en un prisma y, en virtud de un extraño desdoblamiento, asistías a su desfile ocioso simultáneamente como actor y como testigo, espectador, cómplice y protagonista a la vez del remoto y obsesionante drama.

Se reunían a la sombra de los plátanos de la alameda, más allá de los corros de mirones que, con unánime gesto de entendidos, aquilataban ociosamente las habilidades y proezas de los jugadores de bochas durante las muy francesas, interminables y veraniegas partidas de petanque.

Eran una docena de familias burguesas que, huyendo del terror y desorden de la zona republicana, se habían refugiado en el ámbito apacible de una pequeña estación termal del Midi a la espera del desenlace de la contienda que compatriotas de uno y otro bando ventilaban duramente entre sí en la Península. El tío César, su difunta esposa, la tía Mercedes, la madre de Álvaro les conducían por las tardes (a él, a Jorge y a las dos primas) para reunirse allí, al pie de la estatua ecuestre del mariscal Lyautey, con las familias de sus demás compañeros de juegos: el señor y la señora Duran (papas de Pablito), los padres de Luisito y Rosario Comín, Conchita Soler y su hija Cuqui, doña Engracia (mamá de Esteban) y otros caballeros y damas de nombres ya olvidados por Álvaro: ellas, vestidas con viejos trajes de verano adaptados a la moda del día; ellos, con arrugadas chaquetas de hilo blanco y sombrero a lo Maurice Chevalier. Mientras los chiquillos corrían por entre los toboganes y columpios del parque infantil, los adultos se acomodaban en la terraza florida del Café de la Poste y, ante una taza de chocolate con bizcochos o un escueto té con leche (pues los tiempos que corrían eran malos y no estaban las cosas para lujos), comentaban, morosos, las noticias y bulos procedentes del Cuartel General del Generalísimo acerca de los últimos crímenes comunistas y el avance victorioso del Ejército Nacional.

Por espacio de varias horas niños franceses y niños españoles jugaban separados unos de otros bajo la mirada condescendiente y bonachona de un bigotudo gardien de la paix. Álvaro y los suyos habían fabulado una novela de aventuras en torno a las actividades delictivas del designado Espía Rojo y la persecución y castigo del culpable, diariamente mimados en diferentes versiones, constituyeron la principal distracción del grupo durante aquel lánguido y caluroso verano de 1937. Al anochecer los mayores se recogían a sus hogares y, excitados todavía por los episodios de la captura, Álvaro y sus primos regresaban cabizbajos al vetusto y sombrío chalé de la Avenue Thermale: una casa de dos plantas con tejado de azulejos y marquesina de vidrio en forma de quepis, situada al fondo de un melancólico y húmedo jardín inglés.

Concluida la cena, la madre y las tías retiraban los cubiertos de la mesa (el presupuesto no daba para criadas) y cerraban con llave las latas de conserva y paquetes de comida que el riquísimo tío Ernesto enviaba regularmente desde Cuba. Era la hora del rosario dirigido por la voz áspera de la tía Mercedes (piedad y estrecheces donde hubiera antes esplendor y rapiña): las letanías se sucedían entrecortadas por breves y sordos Ora pro Nobis hasta el final liberador de la oración especial para el retorno del padre (desaparecido en Yeste desde hacía un año) que anunciaba el ansiado momento de santiguarse y escabullirse corriendo hacia el jardín.

La madre y los tíos iban a escuchar el boletín informativo de Radio Burgos a casa de madame Delmont e, instalado en alguna beatífica ínsula, Álvaro les oía discutir en francés sobre la toma de Badajoz y la rendición de Santander, los bombardeos aéreos de Madrid y la ayuda generosa de los italianos. «Mussolini est un homme étonnant», decía madame Delmont abanicándose. «Il porte la génie sur son visage. Ça fait longtemps que je le dis. Il va nous sauver tous de la pourriture démocratique.»

Fue ella —la tarde en que recibieron la comunicación oficial de la Cruz Roja y la madre de Álvaro se desvaneció— quien acudió a buscarle al parque infantil de la alameda y lo estrechó, sollozando, entre sus brazos. La caza del espía había entrado en su fase culminante y Álvaro contemplaba irritado el rostro bermejo y lloroso de la mujer, sin comprender el alcance de lo ocurrido. Compatriotas y extraños, mayores y chicos observaban, mudos, la escena insólita: los aspavientos teatrales de madame Delmont y la expresión de asombro del niño de siete años sobre quien inopinadamente —parecía imposible en la dulce Francia: hacía sol y los pájaros cantaban incluso— se había abatido la tragedia.

—Mon Dieu, pauvre petit. Les Rouges ont assassiné son papa.

Continuasteis en dirección a Yeste. Pasada la cruz conmemorativa el terreno se altea y el camino es escabroso. La comarcal 3212 sube, baja, se aferra a las escarpas del monte, asoma vertiginosamente sobre el llano. Los espartizales alternan con alberos mondos, orillados a trechos por algún que otro mato de encina. Enebro, lentisco, romero, tomillo medran como pueden en el infecundo páramo. Unos kilómetros después esquistos y rocas desaparecen y, de improviso, la carretera se desboca.

Conservabas varias instantáneas captadas por el objetivo de la Linhof: trigales amarillos, colinas rosadas y ocres, casucas blancas, la línea avariciosa de una acequia jalonada de árboles frutales. Tras el panorama desnudo y uniforme de la meseta la inesperada variedad de colores regala y cautiva la vista. El viajero descubre una hondonada extensa, enardecida por la perenne caricia del sol. Las reservas forestales del Estado comienzan poco más lejos y la vegetación se enriquece de modo brusco. Hay árboles, boscajes, espesuras, umbrías. En la otra vertiente del paisaje el verde escala y recubre progresivamente la montaña hasta la apoteosis cimera de los pinos.

La comarcal atraviesa perpendicularmente el valle y, al subir la pendiente, bordea las tapias de un cortijo contiguo a las propiedades familiares liquidadas por tu madre inmediatamente después de la guerra civil. Al cabo de un centenar de metros se llega a un cruce de caminos y Dolores, Antonio y tú tomasteis el de la izquierda siguiendo la carretera que conduce al pantano de la Fuensanta.

El bosque ciñe la cresta de los cerros y, a momentos, se percibe la superficie azul del embalse entre las ramas de los pinos. El forastero experimenta una sensación de extrañeza, como si lo hubieran trasplantado de repente a un lago de los Alpes. A lo largo del trayecto se alinean varios chalés construidos con arreglo a la moda de los años treinta, rodeados de jardines con rosales, adelfas, mimosas y buganvilias. Es el ex barrio residencial de los ingenieros y técnicos de la presa y, de ordinario, no se divisa un alma. Las viviendas parecen deshabitadas y cuando pasasteis junto a ellas, te vino a las mientes un documental de título y autor olvidados, que habías visto en un programa de la cinemateca parisiense, acerca de una ciudad colonial del Medio Oriente evacuada durante una epidemia de tifus. De una chimenea surgía, como un desafío a la imaginación, un leve penacho de humo. A la vera del camino hay setos de tuyas y cipreses y, en un recodo, una capilla fabricada conforme al estilo arquitectónico de los chalés. Quisisteis visitarla, pero estaba cerrada. La carretera baja todavía medio kilómetro a la sombra de los pinos y, anunciado por un rumor prolongado y hosco, aparece, de pronto, el dique de contención del embalse.

Estacionaste el automóvil al final del sendero y os acodasteis en el pretil, sobre el salto de sesenta y ocho metros de altura por el que el agua, al caer, descomponía los colores del espectro a la luz del sol, como un alado y tembloroso arco iris. Vistas de cerca las aguas del pantano son de una tonalidad verde mate. El dique, los barracones, el paisaje entero pintaban absolutamente desiertos. A la derecha existe un túnel excavado en la roca y os dirigisteis a él sin hacer caso del cartel prohibitivo. En las paredes había unas inscripciones borradas que vanamente trataste de descifrar. De espaldas al salto el silencio era completo. Evadidos del espacio y del tiempo caminabais en la penumbra como unos sonámbulos. Al otro lado del túnel la luz hería violentamente los ojos.

Salisteis al raso. Al borde del embalse hay un edificio sin puertas ni ventanas y un hombre de una cincuentena de años vacaba a sus ocupaciones. La perspectiva, allí, abarca una gran extensión de pantano. Se distinguen playas, cantiles, promontorios, islotes. Lejos, el agua se tiñe poco a poco de azul y, en la orilla opuesta, los pinos crecen prietos y salvajes.

—Buenos días. ¿Es usted el guardián?

—Sí, señor.

—Andábamos por acá de visita —Antonio sacó una cajetilla de cigarrillos y ofreció una ronda—: ¿Mucho trabajo?

—Poco —repuso el hombre.

—Mis compañeros y yo buscábamos el transformador…

—Pierden ustedes el tiempo. Esto está muerto.

—¿No hay transformador?

—No, señor. Cuando las obras proyectaban instalar uno, pero llegó la guerra y abandonaron el proyecto.

—¿Para qué sirve el embalse entonces?

—Para regar. Toda el agua de la vega del Segura viene de aquí.

—Es raro que no aprovechen la fuerza como en los demás embalses —dijo Antonio—. ¿Siempre hay agua?

—Siempre. En invierno más y en verano menos pero, poca o mucha, siempre hay.

—Es raro —repitió Antonio.

—Nadie se ocupa en eso.

—En otros lados construyen pantanos —observó Dolores.

—Sí, pero éste no lo hicieron ellos. —El hombre había desviado la vista.

—¿No?

—No. Éste se construyó durante la República.

Hubo una pausa. El guardián fumaba con gesto absorto y apuntó vagamente hacia la presa.

—Ustedes son demasiado jóvenes para acordarse, pero yo sí me acuerdo —os había vuelto la espalda, con un ademán instintivo y, súbitamente, añadió—: El pantano este costó mucha sangre.

—¿Durante la guerra?

—Durante la guerra, y antes… ¿Han estado ustedes en Yeste?

—Ahora mismo vamos.

—¿Van ustedes a ver el encierro?

—No sabíamos que había encierro. Nos enteramos en Elche. Es pura casualidad.

—La gente joven se distrae como puede —dijo el hombre—. En mis tiempos éramos de otra pasta.

—¿Hizo usted la guerra? —preguntó Dolores.

—La guerra, y lo de después… Tres años en las trincheras y cuatro en un campo.

—¿Cree usted que en Yeste nos informarán?

—¿Sobre qué?

—Sobre lo del treinta y seis.

El hombre hundió las manos en los bolsillos y, con una sonrisa, oteó la presa despierta, la vegetación espesa de las montañas.

—Si les interesa hablar de toros y encierros, todo lo que ustedes quieran… Pero de lo otro, no… Unos porque no saben y otros porque tienen miedo. Nadie les dirá una palabra.

La noticia cundió hasta los más apartados rincones: había trabajo en Yeste. Avisados por familiares y amigos los hombres acudieron en masa desde Madrid, Barcelona, Francia, Marruecos. Mensajes y cartas hablaban de sueldos elevados, de empleo asegurado por espacio de muchos meses. Tras años opacos de estrechez y penuria parecía abrirse de pronto una era de progreso y de bienestar. Al iniciarse las obras de construcción de la presa habían regresado al pueblo a vuelta de dos mil emigrados.

Ingenieros y técnicos recorrían el término municipal con estadillos y planos, practicaban sondeos y excavaciones, tenían misteriosos conciliábulos con los representantes de las fuerzas vivas. En un principio los hombres que conducían la pinada por los meandros del Segura habían observado con escepticismo el grupo de ciudadanos que, equipados con teodolitos y moderno instrumental planimétrico, medían pacientemente los hocinos y angosturas del río entre los quebrados de la montaña. Aislados por la geografía en aquellos parajes remotos habían aprendido de niños a mirar con desconfianza a los enviados de la capital: curas, sacamantas, guardias civiles, recaudadores. ¿Qué se le importaba a ellos de los proyectos de los topógrafos? Armados con sus bicheros habían continuado la tarea sin tomarse la molestia de averiguar el objeto de la visita. El simple sentido común les advertía que su aparición no podía significar nada bueno. ¿Maquinaban apoderarse quizá, como otras veces, de los bosques y propiedades comunales? La caída del rey no había cambiado las cosas. El poder central seguía manifestándose exclusivamente en forma de anatemas y órdenes y, como por casualidad, el interés de unos y otros redundaba siempre en beneficio de los caciques.

A medida que avanzaban los cálculos el rumor favorable de los informados había tomado consistencia y el recelo de los indígenas cedió paso al asombro. Tras tantos siglos de olvido, la República, ¿iba a acordarse de ellos? Resultaba difícil de creer. Las autoridades, no obstante, lo afirmaban así. Se trataba, explicaban, de rebalsar las aguas del Tus y el Segura a fin de garantizar durante los tiempos de seca el riego de la huerta murciana. Una empresa de interés nacional provechosa para todos. Mientras duraran las obras el paro desaparecería de Yeste y la economía del pueblo experimentaría una gran mejora.

Hubo asambleas, reuniones, debates, mítines. Los pineros que transportaban la madera por vía fluvial, los campesinos que cultivaban las tierras ribereñas habían elevado tímidamente sus objeciones ante la Comisión gubernativa. Eran hombres montaraces y rudos —analfabetos en su mayoría— que vivían enriscados en sus casucas y chozas de la sierra como en la época en que sus antepasados de la Orden Militar de Santiago defendían las fronteras del reino contra las incursiones de los moros. Leñadores de Orcera y Siles, colmeneros de Molinicos y Riópar, carboneros de Létur y Bonanche, destiladores de romero de Jartos habían bajado en bandadas desde sus reductos y se apiñaban silenciosos frente a los miembros de la Comisión con sus alpargatas y gorras, calzones de pana y chalecos levantando la mano y carraspeando espaciosamente llegada la hora de las preguntas.

—Mi hermano y yo conducimos pinos por el río. Cuando terminen las obras, ¿podremos seguir con nuestro trabajo?

—El transporte se hará por carretera.

—¿Y nosotros?

—Ustedes trabajan en el embalse y no se preocupen por lo que venga después —el vocal de la Comisión se expresaba con voz persuasiva—: Para eso estamos nosotros. Para cuidar del porvenir de ustedes. El Ministerio de Obras Públicas tiene en cartera una serie de proyectos de reconversión y los aplicará en el momento oportuno.

—¿Y los que cultivamos la huerta? En el ayuntamiento me dijeron que la iban a anegar.

—Estableceremos nuevas zonas de regadío en los terrenos comunales. Todo el mundo será indemnizado.

—Mi pueblo está a veinticinco kilómetros y no hay coche de línea. ¿Cómo iré a dormir a mi casa?

—Para los que viven lejos hemos previsto la construcción de una serie de barracones donde podrán dormir y guisar. Los de Yeste serán transportados gratuitamente por los camiones de la empresa.

—En caso de accidente, ¿nos pagarán?

—Todos los obreros se beneficiarán de la legislación social aprobada por el Ministerio del Trabajo.

—La comida, ¿dónde la mercaremos?

—La empresa instalará para ustedes un economato y una cantina.

—¿Cuánto durarán las obras?

—Aproximadamente dieciocho meses.

Las respuestas del vocal caldeaban la atmósfera fría de la sala, disolvían las dudas y las sospechas, tranquilizaban definitivamente los ánimos. Cuando el turno de las preguntas cesó los hombres abandonaron el pueblo satisfechos. Habían acabado los tiempos de endémico paro, los jornales a mata hombre del cacique, la dura necesidad de ir a buscarse los garbanzos fuera. Atrás quedaban humillaciones, miseria, injusticias; la eterna ronda anual de unas estaciones siempre iguales.

Imagínalos mientras se alejan por veredas y trochas, subiendo los caminos abruptos de las sierras, encaramados en lo alto de sus riscos: son ellos, tus paisanos, los mismos que un día agobiador del mes de agosto apuntarán a tu padre con fusiles en el lugar en que hoy se alza la siniestra cruz conmemorativa. Contentos de vender al fin su pobre fuerza de trabajo. Ignorantes de que el telón se acaba de levantar y, para ellos como para ti, empieza la representación de un drama urdido con sangre, sudor y lágrimas: vuestro destino común de españoles irrisorio y sombrío.

Estabais sentados en la galería y el picap transmitía el lamento sereno de Kathleen Ferrier interpretando Kindertotenlieder de Mahler. Antonio había ido a la cocina a prepararse un cuba-libre. Fuera continuaba lloviendo.

—¿Te acuerdas del trayecto? —preguntó Dolores.

—No.

—Al volver de la presa pasamos junto a una playa de arena y yo me quise bañar desnuda.

—Es posible.

—Llevábamos varias horas sin hablarnos porque la noche antes no quisiste hacer el amor conmigo. Tu dichoso Jumilla me había excitado y, al acostarnos, me rechazaste con brusquedad.

—Excelente tu memoria. En efecto, así fue.

—Me dijiste: «Si tantas ganas tienes baja a la calle y búscate un hombre».

—Es lo que hiciste, ¿no?

—Estaba decidida a hacerlo. Me vestí, salí al Paseo de Albacete y comencé a timarme con todos los tipos —Dolores se había acurrucado contra ti y deslizó una mano por tus cabellos—: A los cinco minutos se había detenido la circulación.

—No exageres.

—No exagero. Los hombres me miraban como perros y me asusté. Nunca he podido acostumbrarme al subdesarrollo de los españoles.

—¿Qué hiciste?

—Volví corriendo al hotel y me bebí otra botella de Jumilla.

Reísteis los dos a la vez. La víspera —antes de ir al entierro del profesor— os habíais amado ella y tú como en los viejos tiempos y al sentir los latidos de tu propio corazón mientras recorrías con la lengua el vientre suave de Dolores, sus muslos firmes, su sexo escondido y jugoso, pensaste en el aviso agorero del tobogán de la Bastille y el episodio tragicómico del fallecimiento del presidente Félix Faure en brazos de su amante. ¿No era acaso el orgasmo una pequeña muerte?

Antonio había vuelto con su cuba-libre y se acomodó en un cojín por el suelo. Su aparición cerraba el paréntesis de vuestro intermedio personal y, acompañado por la voz sedante de la contralto, soñaste de nuevo con la vista extraviada en las fotografías en colores del embalse que habías captado tú mismo, años atrás, inclinado sobre el trípode de la Linhof.

Las obras comenzaron en el tiempo previsto. Mientras una primera brigada de trabajadores procedía a la apertura de la zanja lateral del desagüe, los barreneros agujerearon la masa rocosa del lecho y en el intervalo de unas pocas semanas la volaron con dinamita. El fragor bárbaro de las explosiones había hecho vibrar las quebradas angostas multiplicado teatralmente por un eco iracundo. Los pinos arraigados al borde del tajo se estremecieron y un movimiento de pánico desbarató la fauna silvestre del monte. Jabalíes, zorros, ardillas y liebres huyeron a emboscarse a zonas más remotas. Gavilanes y urracas anidaron en las umbrías al otro lado de la sierra. En los meandros del río y azudas de riego del valle centenares de truchas plateadas flotaban exangües, víctimas del brutal cataclismo.

Despejado el terreno, un ejército de peones, ayudantes, técnicos, habían rellenado los huecos abiertos por los barrenos con pesados bloques de hormigón armado. Los hombres iban y venían atareados por los andamios y el imperio de las máquinas —orquestación coral de ruidos ásperos y desabridos— eclipsó definitivamente el zureo de las palomas, el canto agudo de las abubillas, el claro y fresco rumor del agua. Camiones, grúas, perforadoras, pistoletes zumbaban sordamente de la mañana a la anochecida. La altura del dique de contención alcanzó una cota de veinte, treinta, cuarenta metros. Los trabajadores contemplaban su propia obra asombrados.

Transcurrieron los duros meses de invierno y, con la primavera, el paisaje pareció rejuvenecer. Una savia lozana y pujante inyectaba nueva vida a los pinos del bosque y aves vistosas e ingrávidas se cernieron cautelosamente sobre el pantano y continuaron su perezoso vuelo hacia los picos. El sol brillaba como un ascua de oro. Encima del verdor desnudo del monte el cielo permanecía transparente y azul.

La luz convocaba a los obreros de madrugada. Los equipos trabajaban sin descanso bajo la mirada censoria de los capataces. El nivel de las aguas rebalsadas subía y, juntamente, la altura vertiginosa del dique. La comida y jornales de los hombres fueron objeto de laboriosas discusiones con los representantes de la Comisión y estallaron huelgas y manifestaciones de protesta encabezadas por socialistas y comunistas. Hubo, asimismo, numerosos accidentes (vale muy poco la vida de un español pobre): el cuerpo de la víctima, vestido con sus ropas de trabajo (las de calle servían para la familia) era expuesto durante veinticuatro horas en la capilla de la empresa, antes de ser trasladado (gratis) al cementerio del pueblo. Viuda e hijos recibían en estos casos una pequeña indemnización.

Cuando terminaron las obras el agua había anegado ya el puente de la carretera (Obras Públicas había construido otro cincuenta metros más arriba), las huertas ribereñas del Tus y el Segura, las viviendas y los aljibes del valle, las ruinas del viejo molino de aceite. Al acto inaugural asistieron el ministro y los diputados provinciales (entre éstos el propio cacique). Se pronunciaron discursos, hubo brindis y vivas a la República, los trabajadores comieron a cuenta de la empresa y los empleados de la cantina distribuyeron vino y aguardiente sin tasa. Según testimonios fidedignos las personalidades fueron despedidas con aplausos.

De acuerdo con las promesas del vocal los propietarios de la vega habían sido resarcidos por el Gobierno y, confiadamente, pineros, campesinos, carboneros, leñadores se recogieron a esperar a sus casas.

Corría el año de gracia de mil novecientos treinta y cuatro.

Veinticuatro años después —en pleno Cuarto de Siglo de Paz y Prosperidad— habías contemplado la superficie inmóvil del embalse, las frondosas pinedas de la sierra, las columnas de humo de los hornos de destilación de romero, los calveros y claros de monte que señalan la existencia lejana de algún solitario rancho de carbón. La carretera se adapta a las ondulaciones caprichosas del terreno y, conforme os acercabais a Yeste, una emoción anticipada y confusa se había adueñado de ti.

El sol deshumanizaba el paisaje inerte y el canto elemental de las cigarras cubría a trechos el ruido monótono del motor. Nubecillas vedijosas bogaban sobre las hazas ocres del valle del Tus. Había habitaciones campesinas con los muros en ruina y numerosas paradas de colmenas se alineaban decrépitas en medio de la solana. A la entrada del pueblo os demorasteis unos minutos en el cementerio comunal. Epitafios odiosos y vengativos recordaban al visitante las ejecuciones del verano del 36. El panteón en donde reposaran los restos de tu padre antes de su traslado al cementerio barcelonés del Suroeste se erguía entre la hierba salvaje, a la sombra de un ciprés espigado y airoso. Al identificarlo agradeciste a tu madre la sobriedad de la inscripción. Ninguna lápida evocaba en cambio a las víctimas del tiroteo del 29 de mayo, cuya lista —publicada en la primera plana de Solidaridad Obrera del 3 de junio de 1936— tienes fotocopiada ante ti:

Jesús Marín González

Justo Marín Rodríguez, secretario de la Juventud Socialista

Andrés Martínez Muñoz, de cuarenta años, gestor de Yeste

Nicolás García Blázquez

José Antonio García

Jacinto García Bueno, de veinticinco años, secretario de la Casa del Pueblo

Antonio Muñoz

Manuel Barba Rodríguez

José Antonio Ruiz

Miguel Galera Fousladi, de Boche

Fernando Martínez, de La Graya

Antonio el Gilo

Jesús el Calceta, de Yeste

Balbino, de La Graya

El Polilla, de Yeste

Juan el Bochocho, de sesenta años

Otros dos cadáveres no reconocidos.

Los fusilados de la primavera del 39 —definitivamente extirpado del país el cáncer rojo— se habían esfumado también sin dejar huella. Muertos no, inexistentes. Negados por Dios y por los hombres. Concebidos —diríase— en un sueño falaz, desdibujado, remoto.

La espera se alargó durante dieciocho meses. Los hombres habían consumido poco a poco sus pobres ahorros y, mientras el Gobierno estudiaba (eso decía) un ambicioso plan de obras hidráulicas y el traslado de los menesterosos a Hellín, pineros, campesinos, carboneros, leñadores se vieron obligados a entramparse de nuevo. Los técnicos hablaban de desmontar, terraplenar y abancar las pendientes, de construir acequias de riego aprovechando los desniveles del Tus. El transporte de pinos por carretera resultaba ruinoso. A intervalos regulares la prensa gubernamental prometía soluciones inmediatas. Cuando llegó la crisis económica el nuevo ministro dio carpetazo a los proyectos. Una tras otra las Comisiones regresaron a Madrid. A primeros de 1936 había en Yeste más de dos mil familias sin trabajo.

Debidamente indemnizado por sus tierras anegadas (la suma concedida, se rumoreaba, era muy superior al valor real) el cacique no permanecía por ello inactivo. Un buen día, hojeando el boletín informativo de la provincia, el pueblo se enteró con estupor de que el municipio le había vendido, por acuerdo unánime del pleno, la casi totalidad de los bosques comunales. Los hombres que carboneaban en las pedanías cercanas fueron conminados por la fuerza pública a partir inmediatamente. Hubo protestas acalladas en seguida por envío de refuerzos de la guardia civil. Al anunciarse la convocatoria de las elecciones de febrero el cacique hizo saber por medio de sus agentes y portavoces que, en razón de los intereses supremos de la patria, volvía a presentar por segunda vez su candidatura de diputado. En el pueblo la situación social era explosiva.

La campaña electoral fue violenta y, a pesar de las presiones y amenazas, el Frente Popular obtuvo mayoría en el municipio. Cuando se divulgó la noticia de su triunfo en las principales ciudades de España los hombres se reunieron en masa frente a los balcones del ayuntamiento y ovacionaron a los vencedores. (Uno de tus primeros recuerdos infantiles —¿No era una creación posterior de tu imaginación sobre la base de una anécdota repetida a menudo en familia?—: has ido a misa con los tuyos a la capilla del convento de las Josefinas y, al salir, os dirigís a pie a la mesa electoral del barrio. En la puerta un hombre tiende unas papeletas a tu padre. La tía Mercedes se santigua y dice muy alto: «¿Por ustedes? Jamás!». La historia era sin duda cierta, pero no podías garantizar tu calidad de testigo.)

Aunque el nuevo ayuntamiento había nombrado una Comisión gestora con el encargo de activar los planes de regadío y reducir el problema del paro, la gente de la capital tomaba las cosas con calma: había que tener un poco de paciencia, exhortaba, el Frente Popular debía enfrentarse con cuestiones mucho más urgentes, todo se arreglaría a su debido tiempo. Día tras día los peones bajaban del monte a hacer plaza y regresaban a sus casas con las manos vacías. Ninguna tienda quería fiarles. El hambre amenazaba a centenares de familias.

Sucedieron tres meses de espera y buenas palabras. Pero los braceros no podían esperar más. El hambre no sabía ni tenía por qué saber de paciencias. Si el Frente Popular no resolvía su situación la resolverían ellos (así eran entonces tus paisanos).

A mediados de mayo pineros, campesinos, carboneros, leñadores entraron en los montes del cacique y empezaron a talar árboles.

Había cesado de llover. Te incorporaste, cogiste la botella de Fefiñanes y llenaste tu vaso hasta el borde. Dolores examinaba con atención los papeles de la carpeta y te mostró una hoja impresa que milagrosamente había escapado indemne al registro y requisa de vuestros enseres por el concienzudo sargento de la guardia civil. Era el dibujo de un toro someramente perfilado con tinta negra y te acomodaste a leer en el brazo del sofá.

Día 20

A las 5 de la tarde,

Gran Cabalgata Juvenil de Apertura de Feria,

Con asistencia de la Banda de Música y la Comparsa de Gigantes y Cabezudos

Día 21

A las 7 de la mañana,

Floreada Diana por la Banda de Música

A las 5 de la tarde,

Festejos populares en el Real de la Feria

A las 8,

Concierto, por la Banda de Música en el Kiosco de la plaza

A las 11,

Verbenas

Día 22

A las 7 de la mañana,

La Banda de Música recorrerá las principales calles de la población interpretando Alegres Dianas

A las 10,

Solemne Función Religiosa y Procesión, en honor del Santísimo Cristo de la Consolación

A las 5 de la tarde,

Concursos populares, con importantes premios

A las 8,

Concierto, en el Parque

A las 9.30,

Quema de un Gran Castillo de Fuegos Artificiales, a cargo de la firma «Pirotécnica Zaragozana»

A las 11,

Verbenas Populares

Día 23

A las 6 de la mañana,

Gran Diana

A las 7,

Procesión, en honor a la Santísima Virgen de los Dolores,

Santo Rosario, a continuación, Santa Misa

A las 11,

Típico Encierro, con ganado del acreditado ganadero don Samuel Flores

A las 5 de la tarde,

Grandiosa Novillada, cuyos pormenores se anunciarán en programas especiales

A las 11,

Sensacional Verbena con Gran Fin de Fiesta

—¿Qué día llegamos? —preguntó Antonio.

—El veintidós. Era la víspera del encierro, ¿te acuerdas?

—Lo que no olvidaré nunca es el regreso a la fonda, con los guardias —dijo Dolores—. La gente nos miraba como si fuéramos marcianos.

—Lo divertido vino después —dijiste tú.

—Cuando me echaron mano en Barcelona salió a relucir de nuevo el documental —dijo Antonio.

—Si se proponían hacerme famoso lo consiguieron.

—¿Qué se habrá hecho de los carretes?

—Los tienen archivados en Madrid.

—No bebas más —dijo Dolores.

—Volvamos a Yeste —respondiste tú.

Había animación a la entrada del pueblo: reatas de muías, carros, motocicletas, caballos. La multitud ocupaba la calzada de la carretera y el automóvil se abría paso con lentitud, objeto del pasmo y curiosidad de los mirones. A lo largo del trayecto reinaba una insólita actividad. Los mozos ponían talanqueras en la boca de las calles, los vecinos adornaban los balcones con banderas y colgaduras. De vez en cuando se oía el redoble vivo y rápido de un tambor. Antes de llegar a la plaza el alguacil os había obligado a volver atrás y estacionasteis en una costanilla, a pocos metros de la fonda.

El sol caía a mazo sobre las viviendas rústicas de la calle mayor. Los pantalones de Dolores provocaban la mirada descarada de los hombres, la reprobación muda y envidiosa del mujerío. La gente os tomaba por extranjeros y algunos observaban tu cámara de 16 mm con recelo y hostilidad. Filmaste unos planos con los preparativos del encierro, una vieja montada en un asno, la esquina de un edificio con el cartel: «Calle de Norberto Puche Fernández, caído gloriosamente en Rusia». Los chiquillos os seguían pegados como sombras y preguntaban con voz aguda si trabajabais para el Nodo.

Quisiste visitar el castillo donde encapillaron a tu padre, pero estaba cerrado. El guarda se había ido con las llaves y nadie supo dar la razón de su paradero. Durante un rato vagabundeasteis por callejas y angostillos buscando en vano los cimientos de la casa solariega que tu madre heredara de un tío abuelo en los tiempos lejanos y para ti misteriosos de su admirable belleza y su juventud (casa en la que probablemente fuera detenido tu padre en el 36, al pillarle allí el alzamiento de los militares y la movilización popular en defensa de la República). Vendida por motivos sentimentales unos meses después de la victoria de Franco había cambiado al parecer varias veces de dueño antes de ser demolida, al fin, por su último adquisidor (un negociante enriquecido gracias al estraperlo). Tu madre conservaba sobre la cómoda una instantánea de ella apareada con la postal fechada el doce de julio que le enviara su marido desde Yeste. («El viaje fue bueno y llegué sin novedad. La situación es más tranquila. Mañana veo a los representantes de la Gestora. Espero regresar el domingo. Abrazos», o algo por el estilo); pero fotografía y postal se habían extraviado a su muerte y tus registros e indagaciones posteriores habían sido infructuosos. Mutilada, descabal, tu historia reciente se perdía ya en las arenas movedizas de la conjetura.

Fuisteis a hacer boca a la fonda. Tratantes de ganado, regatones, viajantes de comercio, campesinos de las pedanías lindantes comían, bebían, fumaban, discutían en una habitación exigua y ruidosa, aromatizada por una cocina violenta y agreste: hogazas de pan, costillas asadas, potaje de garbanzos, espeso vino tinto. En la barra del bar un hombre de una treintena de años no os quitaba la vista de encima.

—¿Son ustedes de Madrid?

—No, de Barcelona.

—¿Cronistas taurinos?

—Aficionados solamente.

Lo invitasteis a vuestra mesa y hablasteis de toros. Explicó que era chófer de autobús, que andaba de vacaciones en el pueblo, que tenía la familia en Cataluña.

—¿Es usted de Yeste?

—Como quien dice —sonrió—: De una aldea que la llaman La Graya.

El corazón te dio un vuelco. Aunque procurabas disimularlo llevaste no obstante la conversación al tema del pantano, a lo sucedido en la pedanía dos meses antes de la guerra civil.

—¿No fue allí donde hubo un levantamiento?

—Sí, señor. Mejor dicho, en el camino entre Yeste y La Graya, a unos dos kilómetros de acá. Si les interesa conocer el sitio les acompaño.

—De acuerdo —dijiste tú.

Volvisteis con él al coche y atravesasteis el pueblo, herido a aquella hora por el bochorno canicular de la siesta. Las casas enjalbegadas reverberaban, había ristras de pimientos y panojas de maíz en la mayoría de los balcones. Al salir a despoblado los pinos cubren bruscamente el teso del cerro. La carretera atalaya la cara azul del pantano de la Fuensanta, la depresión verdosa del valle del Segura, los campos del llano tendidos como retales de diferentes colores. Poco a poco el pueblo se achica, acurrucado bajo la mole del castillo y el forastero contempla atónito los lienzos oscuros de las murallas con sus torres, matacanes, saeteras

—toda la geometría inexorable concebida antaño como un esplendoroso desafío, losa de piedra ahora, perdurable e inerte, sobre el destino de sus resignados habitantes.

—Es allá, en aquel recodo.

Frenaste al borde de la cuneta y te apeaste con la cámara de 16 mm. La luz avasallaba el paisaje vacío, las cigarras zumbaban en los olivos mareadas del sol. Desde el pueblo —según supiste luego— un guardia civil —ojo avizor del orden de los tuyos— os vigilaba con prismáticos.

La finca se denominaba La Umbría y pertenecía a la pedanía de La Graya. Propiedad comunal de tiempos inmemoriales había pasado poco a poco a manos del cacique en la época en que sus testaferros disponían a su antojo del ayuntamiento de Yeste y, desde entonces, los hombres que habitualmente carboneaban en ella se veían condenados sin remedio al paro o la emigración. Las obras del embalse habían aliviado su situación de modo momentáneo. Inaugurado el pantano se abrió un período de espera alimentada en parte por la derrota del cacique en la consulta electoral de febrero y las renovadas promesas de ayuda de los dirigentes del Frente Popular. Los miembros de la Gestora se esforzaban, sin éxito, en vencer la resistencia de las autoridades de la provincia. Puestos en el disparadero, agotada ya su paciencia, los habitantes de La Graya entraron en los bosques de La Umbría y comenzaron la tala de árboles.

La decisión se tomó por unanimidad. Hombres, mujeres, viejos, chiquillos se habían reunido frente a la habitación de los guardas forestales armados con hoces, bastones, hachas, cayados, bicheros.

—Vamos a carbonear en La Umbría.

—Sabéis muy bien que don Edmundo os lo tiene prohibido —el jefe de los guardas permanecía en el tranco de la puerta con la escopeta terciada a la espalda.

—Don Edmundo no tiene color en la cara. Esos bosques son comunales. En adelante haremos carbón con los pinos y sembraremos en los claros.

—¿Se lo habéis dicho a don Edmundo?

—Te lo decimos a ti.

—Si no lleváis autorización…

—Nos autorizamos nosotros mismos. Por eso hemos venido a hablarte. Aquí vamos todos claros. Queremos saber con quién estás tú.

El guardia forestal había examinado el rostro resuelto y audaz de sus paisanos. Algunos esgrimían sus armas, amenazadores.

—Si os ponéis así…

—Nosotros no reclamamos más que lo nuestro.

—Cuando don Edmundo se entere…

—Deja a don Edmundo en paz. Esos montes han sido siempre de la pedanía. Si te dice algo dile que se entienda con nosotros.

—Yo me lavo las manos.

—Nosotros no tenemos nada contra ti ni contra tus compañeros. Si el viejo se pone farruco iremos a ver al alcalde.

—Os vais a buscar un lío. Don Edmundo tiene mejores padrinos que vosotros.

—Tú no te apures. Esto es asunto nuestro.

—Haced lo que queráis. Yo he cumplido con mi deber poniéndoos sobre aviso.

El mismo día los habitantes de La Graya subieron al cerro y empezaron a clarear el monte para establecer sus hornos. El eco de los hachazos sonaba en el valle alegre como una música. Meses y meses de paro forzado habían acumulado una energía que se desfogaba airosamente acompañada de voces y tonadas, balada ancestral y primitiva de hombres acostumbrados desde siglos a una existencia áspera y libre, de un individualismo salvaje e indómito. Caían los pinos, zumbaban las sierras, se activaban los picos y las palas en torno a los tocones recién cortados. Mujeres y niños de la pedanía participaban con entusiasmo en la faena: limpiaban la maleza del bosque, podaban las ramas, levantaban y armaban conos de leña que, sometidos a fuego lento, debían convertirse en carbón. En las calvas del monte azadones y escardas rozaban el suelo con brío, arados rústicos removían la superficie de la tierra, manos voladeras y ágiles arrojaban puñados de simiente en los surcos. Era una auténtica carrera contra reloj. Los perros iban de un lado a otro con la lengua fuera y observaban, esbeltos, el trabajo armonioso de la comunidad.

Durante dos semanas el sol cobijó propicio la unidad recobrada del hombre y el paisaje, la tarea abnegada de los serranos, la hermosa y sabia disciplina de los útiles en manos de los leñadores. Sus rayos se colaban raudos por entre el follaje de los árboles, se posaban sobre las opulentas seras de carbón, herían las piedras musgosas de la orilla del río, centelleaban fugaces en el filo de un hacha. El humo de los hornos se elevaba hacia el cielo, tranquilo y sutil. La paz del trabajo útil y a todos provechoso parecía haberse instalado para siempre en el valle cuando al atardecer del 28 de mayo, sin conocimiento previo del alcalde de Yeste, diez parejas de la Benemérita con un brigada y un sargento apuntaron por la revuelta del camino y ocuparon militarmente la pedanía de La Graya.

Olivares, campos de maíz y cebada, una atarjea de desagüe, ninguna lápida conmemorativa.

—Yo era muy chico cuando hubo el tiroteo —dijo el chófer de autobús—. Pero si quieren saber lo que ocurrió conozco a uno que estuvo allí. Le dicen el Arturo.

—¿Vive en Yeste?

—Sí, señor. Trabajaba con los de la Gestora. Después de la guerra fue condenado a muerte y lo indultaron. Cuando salió, no parecía el mismo hombre. Ahora se dedica a componer carros.

Volvisteis al pueblo tras una somera visita a las pedanías del valle del Segura: La Graya, La Donar, los Paules. El sol estaba a punto de tramontar y la multitud invadía de nuevo la calle. El chófer os guió por una cuesta empinada al domicilio del aperador. Una mujer aguardaba inmóvil en el vano de la puerta. Con voz suave explicó que su marido acababa de salir de casa.

—Lo encontrarán tal vez en la feria —dijo—. Si quieren dejar un mandado…

—No vale la pena —dijo el chófer—. Los señores tenían interés en hablar con él.

—Pregunten en el bar del Morillo. A esta hora suele parar allí.

Escudriñasteis el pueblo de un extremo a otro. Pastores de Arroyo Frío y Peñarrubia, colmeneros de Raspilla y Llano de la Torre, gañanes de Tus y Moropeche, labriegos de Rala y El Arguellite discurrían por la feria en escuadrones compactos y sudorosos, se detenían a armar jarana a la entrada de las tabernas, asediaban los puestos de churros y patatas fritas, consumían a cucharetazos inmensos lebrillos de lechanís. Las jóvenes caminaban de bracete risueñas y alegres, fingían huir de los requiebros de los hombres, ondeaban el cuerpo con su virginidad recoleta y preciosa tenazmente defendida como un sagrario. Os detuvisteis a beber en una tasca. Dolores tentó la suerte en la rueda de la fortuna, Antonio probó su puntería y obtuvo como premio una bolsa de caramelos. Estabais en la España de las Taifas, petrificada e inmóvil en el moroso transcurrir de los siglos (el turismo masivo no había llegado aún, ni el Plan de Desarrollo de vuestros esclarecidos tecnócratas) y, mientras bebes (ahora) un sorbo helado de Fefiñanes, intentas delimitar y ceñir la imagen abigarrada y en exceso prolija del pueblo en fiesta (ocupado por sus propios habitantes y centenares de forasteros de la comarca) con la visión cruel y lúcida de tu doble experiencia de español y de emigrado, con treinta y dos años a cuestas de escamoteada (no vivida) historia civil.

La oscuridad recata la pobreza pintoresca del lugar y las luces de la feria alumbran débilmente un paisaje lívido y desconsolado…

Bebiste un nuevo sorbo de Fefiñanes.

Míralos: son hijos de los héroes de Guadalajara y Belchite, Brúñete y Gandesa. Circulan despechugados, en cuadrillas y bandas, con cayadas y pitos, botas de vino y sonajas, tirando por la calle de en medio y molestando a los transeúntes con más erres y ruido que carro por pedregal, animados todos (diríase) por un ideal exigente e imperioso (¿libertad?, ¿dignidad?, ¿o simple exhibición ab absurdo de veinte y pico años no de paz, sino de letargo; no de orden, sino de sueño, torpor en lugar de vida…? Detente, no desbarres), un verdadero ejército popular (diríase) equidistante de la moderna grey fanática de los Beatles y los milicianos revolucionarios del 36.

Los maletas matan el tiempo en el quiosco de bebidas ante un botijo de agua serrana. El público rodea admirativo el grupo de adolescentes voluntariosos y anónimos que se juegan diariamente el tipo por un puñado de reales. Hombres hechos y derechos, canosos padres de familia les prodigan consejos expertos, les soban cariñosamente la espalda, les ofrecen una modesta ronda de picadura. Oyéndoles hablar se les tomaría a todos por émulos de Arruza o Manolete (a la hora de la verdad algunos lucharon tal vez con Líster o Durruti). Los maletas les escuchan en silencio, con ojos insomnes, atontados todavía por el calor y la fatiga. La mayoría de ellos viaja a pie, duerme al raso, sigue como puede el duro trote de los encierros (Lietor, Aina, Elche, Peñascosa, Ferez, Létur, Molinicos, Bogarra, Paterna, Socovos…).

—¿Te acuerdas de Arturo? —dijo Dolores.

Le habíais encontrado al fin en un bar de la plaza en el momento de la iluminación del castillo de fuegos artificiales, aturdidos por el fragor de las explosiones, bañado el pueblo por una pródiga lluvia de chispas.

—Estos señores querían conocerle —dijo el chófer.

El hombre te observaba con expresión atenta. Era delgado y alto, de nariz fina y ojos negros muy vivos en medio de su rostro cansado.

—Pues sí, viví todo eso —había mucha gente alrededor de vosotros y alteró perceptiblemente la voz—: Si quieren, otro día…

—Nos vamos mañana —dijiste tú.

—Pasen a verme después de la novillada. En mi casa estaremos más tranquilos. Mi mujer les servirá una taza de café.

No lo volvisteis a ver. Cuando el día siguiente fuisteis a la cita el Arturo no estaba. De vuelta a la fonda os aguardaba el sargento de la guardia civil.

Te serviste otro vaso de Fefiñanes.

—No bebas más —suplicó Dolores.

Al caer la tarde ocho parejas de guardias habían irrumpido en los ranchos de La Umbría con el fusil al hombro. En la pineda imperaba un denso silencio acentuado aún por el contrapunteo de las botas sobre los pedruscos del atajo. Prevenidos por las familias la mayor parte de los hombres habían buscado refugio en el monte. La columna de los civiles avanzaba con precaución, como si temiera una emboscada. Los tricornios despuntaban, brillantes, en medio de la espesura. Cuando asomaron al claro los guardias se desplegaron estratégicamente en guerrilla y, receloso, el cabo examinó los muñones amarillentos de los pinos, el llano limpio y arado, el fumeteo de los hornos de carbón, los conos y haces de leña listos para el transporte. Seis leñadores permanecían en sus puestos indiferentes y como ajenos a su presencia brusca. —¿Quién manda ahí?

Hubo una pausa. Los hombres proseguían la tarea sin inmutarse. El cabo adelantó unos pasos y se plantó frente al más robusto.

—He preguntado quién manda ahí.

—Ya lo he oído.

—¿Qué esperas a contestar?

—Acá no manda nadie.

—¿Nadie?

—No, señor.

—Igual da. Tú me respondes por los demás.

—Lo mismo es uno que otro —repuso el hombre—. Todos somos parejos.

—¿Quién os ha dado permiso para hacer carbón?

—Los bosques son de la pedanía.

—Eso lo vamos a ver —el cabo paseaba la mirada por los hornos, las fajinas de leña, la tierra recién sembrada—: ¿Habéis hablado con el dueño?

—Hemos avisado a los de la Gestora.

—La Gestora no corta ni pincha. Te pregunto si tienes autorización de don Edmundo.

—No, señor.

—Bien, pues ya os estáis largando ahora mismo aprisa y corriendo.

—Ya le he dicho que el monte es de la pedanía. Si no trae orden escrita del alcalde…

—Tú canda el pico y obedece.

—Enséñeme antes la orden.

—¿La orden? —el movimiento del brazo fue rápido. El hombre encajó el golpe sin pestañear—. Toma la la orden.

—Ni mis compañeros ni yo nos movemos.

—Si no salís por las buenas, saldréis a la fuerza.

Una hora después, en la pedanía, los testigos habían referido la escena. La lluvia de injurias, puntapiés, culatazos. El ensañamiento con los hombres caídos. La extinción violenta de los hornos. El pisoteo rabioso de los sembrados.

Los seis detenidos habían atravesado las calles de la aldea, con las manos ligadas, hasta el edificio de la casa-cuartel. Los civiles se quitaron sus capas y tricornios y se sentaron a comer a la luz de los candiles. Los vecinos merodeaban por los alrededores al amparo de la curiosidad. Las mujeres iban a preguntar por sus maridos, discutían a gritos con los guardias. La excitación había aumentado al propalarse el rumor de que maltrataban a los presos. Varios grupos se presentaron en la puerta del cuartelillo y altercaron acaloradamente con los centinelas. Los guardias de dentro salieron con sus mosquetones y el gentío retrocedió. Por orden del brigada los civiles se retiraron al interior de la casa-cuartel. Según testimonio posterior de los guardias, un cabecilla incitaba a la multitud al linchamiento.

Los vecinos de La Graya enviaron emisarios al alcalde de Yeste, al presidente y miembros de la Gestora, a los habitantes de las pedanías cercanas. Todos habían pasado la noche al sereno iluminados por el albedo de la luna, al acecho de los movimientos y voces de los civiles atrincherados en la casa-cuartel. Por caminos y trochas serranos, orientándose por las estrellas, pineros, campesinos, carboneros, leñadores convergían puntualmente en su auxilio. La región entera velaba de pie.

El canto desabrido del gallo se había anticipado unos minutos a la aurora. Casi en seguida empezó a pintar el día.

Violeta, amarillo, rojo, como los colores de la República, amanecía el viernes veintinueve de mayo.

La representación del drama estaba a punto de comenzar. Grabados en la memoria tenías el decorado áspero de la sierra de Yeste, los veintidós civiles destacados en la pedanía de La Graya, los carboneros presos acusados de la tala de árboles, la muchedumbre silenciosa de paisanos reunidos allí para manifestar su solidaridad con los detenidos y, como un trujamán que mueve los hilos de la trama, tú, Álvaro Mendiola, residente habitual en el extranjero, casado, treinta y dos años, sin profesión conocida —pues no es oficio ni profesión, sino tormento y castigo vivir, ver, anotar, retratar cuanto sucede en tu patria—, evocabas, fascinado, aquel pasado remoto e irrevocable que se desenvolvía de nuevo ante ti, pensando una y mil veces: si fuera posible volver atrás, si las cosas hubieran ocurrido de modo distinto, si milagrosamente pudiera modificarse el desenlace… Soñabas despierto en una España real, en unos compatriotas elevados a la dignidad de personas, en una existencia humana impuesta frente a los voraces enemigos de la vida… Orador te sentías y, borracho, les arengabas de lo alto de un tablado harapiento con la elocuencia miserable del charlatán y el tribuno: «Desde siempre esperáis vuestra oportunidad. Saltad sobre la ocasión. No la desaprovechéis. La muerte no importa. Unos instantes —unos breves instantes— de libertad valen —lo sabemos ahora— toda una eternidad de siglos».

Cuando la columna sale del cuartelillo son las ocho de la mañana. Los leñadores caminan maniatados entre sí y, envueltos en sus capas y tocados con sus tricornios, los guardias llevan calados los mosquetones. Los vecinos se demoran un momento a la expectativa y mientras la cuerda de presos sigue la carretera forestal al margen del río en dirección a la cárcel de Yeste, la escoltan a prudente distancia. Los hombres van armados con hachas, bastones, bicheros. El terreno es solitario y escarpado y corre el rumor de que, para dar un escarmiento, los civiles se proponen aplicar a los detenidos la ley de fugas.

Las dos comitivas avanzan separadamente, a una cincuentena de metros una de otra. El silencio es absoluto. El sol corona ya la cresta de la sierra y las perdices vuelan amedrentadas. En los recodos del camino aparecen grupos de campesinos. Sin decir palabra observan la cuerda de presos y se incorporan a la columna de los paisanos. Son diez, veinte, cuarenta, cien. De las pedanías contiguas asoman por atajos y sendas con útiles de trabajo en el cinto. Las mujeres acuden también, reconcentradas y hostiles. Un zagal apunta con una honda al guardia que va en cabeza: la piedra le roza, marrando el blanco, y el muchacho se eclipsa inmediatamente en la espesura.

En un claro del bosque cuatro miembros de la Gestora se adelantan a parlamentar con los guardias. Son las nueve de la mañana y la cuerda de presos está todavía a cuatro kilómetros de Yeste. Los vecinos se aproximan a oír la discusión y, al verse cercados, los civiles levantan el seguro de los fusiles. Los insultos llueven sobre ellos. Los de la Gestora se interponen, exhortan a los paisanos a mantener la calma. Bajo su tricornio azabache el sargento transpira abundantemente.

—Si avanzan un paso más, disparo —dice.

—Obedecedle —ordenan los de la Gestora.

Los vecinos retroceden pero no se dispersan. Nuevos grupos se descuelgan a trancos por la ladera, se detienen a la orilla de la carretera y engruesan el torrente de los paisanos. Los de la Gestora solicitan la libertad provisional de los detenidos. El sargento no cede. Con un pañuelo de cuadros enjuga el sudor que le resbala por la cara. Los vecinos amagan con sus armas rústicas. Falta aún una buena hora de recorrido y, a simple ojo, los asediadores son más de cuatrocientos.

La comitiva imanta poco a poco los colmeneros de Boche, los leñadores de Jartos, los carboneros de Rala. La cuerda de presos abandona el camino maderero del Segura, serpentea con lentitud montaña arriba por un agreste sendero de carro. A cada paso surgen más hombres, como brotados directamente del suelo. El sol empieza a pegar duro, guardianes y presos jadean. Los de la Gestora han enviado un enlace al pueblo y anuncian que su presidente y el alcalde van a entrevistarse con el teniente de los civiles. Los paisanos se muestran escépticos y, animados por la continua afluencia de refuerzos, se arriman otra vez a los guardias.

Son las diez de la mañana cuando apiñadas al pie del castillo, como rebaño asustado en torno al pastor, se divisan las primeras casas de Yeste. El monte clarea a intervalos y, bajo la carretera, la pineda descabeza en un olivar sembrado de cebada. En la revuelta, armados igualmente con sus útiles, trescientos vecinos acechan la llegada de la comitiva. El sargento observa en silencio la legión cada vez más densa de los que siguen y la masa compacta de los que aguardan. Mecánicamente desabrocha el barbuquejo del tricornio y se enjuga el sudor con la mano. Las voces, los gritos hieren de todas partes. Los paisanos de Yeste le cortan el camino con sus cuerpos.

—¡Despejen!

Ninguno obedece. Un millar de hombres rodea la columna de los civiles. El sol enciende el rostro airado de los campesinos, arranca destellos del cerrojo, alza y boca de los fusiles, reluce juguetón y travieso en el charol de los veintitantos tricornios.

—¡Despejen!

Inopinadamente la multitud se aprieta, retrocede, abre paso a una pareja de guardias que vienen destacados desde el pueblo. El sargento conferencia con ellos y los miembros de la Gestora se acercan a discutir. Según les dicen, su presidente se ha comprometido a conducir en persona a los acusados ante el juez de paz a cambio de su liberación inmediata y el teniente ha dado orden de soltarlos. Un gran clamor acoge la noticia del triunfo. El sargento obedece y, al tiempo que los civiles desatan a los presos, los parientes y amigos de éstos se precipitan a abrazarlos, paisanos y guardias se mezclan y hay un intercambio de injurias que pronto degenera en riña. Los miembros de la Gestora tratan en vano de intervenir. Los civiles se ven desbordados por el gentío y, de improviso, se despojan de sus capas y se echan el fusil a la cara.

Al sonar la descarga son las diez y media de la mañana. Una cigüeña se mece voluptuosamente en el aire y, alarmada por la violencia del tiroteo, sesga el cielo veloz y se refugia en la espadaña de la iglesia de Yeste.

El campanario da las once con lentitud. La muchedumbre aguarda pacientemente. Balcones, zaguanes, ventanas, salidizos están de bote en bote. En talanqueras y tablados no cabe un alma. Encima de los tejados, encaramados en los faroles, aupados en los lugares más inverosímiles, cuelgan racimos de mozos y hombres maduros que se mantienen en imposible equilibrio, igual que funámbulos. Hace meses y meses que esperan la hora, la necesaria reparación de sus jornales de hambre, el desquite anhelado y feroz contra la brutalidad del destino. El sol cae sobre ellos a plomo y lo soportan sin inmutarse. Algunos se cubren el cráneo con un pañuelo, las mujeres se protegen con descoloridos paraguas. Los más impacientes pasean por la plazuela armados con sus bastones y varas de fresno, prestos, diríase, a cualquier eventualidad. Una misma comunión ante el peligro los une a todos y únicamente te excluye a ti, el extranjero que los observa y filma.

En la boca de los callejones median burladeros toscos, camiones, talanqueras, empalizadas. Los gañanes tienden el hilo de la traca entre los balcones y postes de alumbrado y algunos encienden cohetes y luces de Bengala que rehilan vertiginosamente antes de estallar. En el centro los torerillos aguardan la ocasión de lucirse con sus improvisadas muletas, sus capotes sucios y ajironados. Hacinadas tras las ruedas de los carros o bajo la batea de los camiones las mujeres chillan. Emisarios venidos del campo anuncian la llegada inminente de los mayorales. Hay falsas alarmas, gritos, empujones, atropellos. La atmósfera se caldea, el gentío se arremolina, la temperatura se pone al rojo.

Cuando los bichos surgen por la calleja los peatones huyen escapados. El novillo es pequeño y negro y corre escoltado por media docena de mansos que agitan ruidosamente sus esquilas. Los boyeros vienen detrás y, mientras dos maletas citan al alimón, golpean a los bueyes rezagados en los corvejones. El novillo parece asombrado por el espectáculo, husmea el suelo con el hocico, no se decide a embestir, consulta a los cabestros con la mirada. Un hombre pasa rápido delante de él y le propina un estacazo en el lomo. El animal muge, da media vuelta, pretende cornearlo. El público aplaude. Los maletas azuzan al novillo, adelantan pasito a pasito con gran empaque pero el movimiento brusco de los bueyes les pone en desbandada. Los mozos los relevan con sus blusas y mandiles mugrientos. Al punto que los bichos avanzan abren un boquete en el respetable. Resuena un grito, el concurso se resquebraja y dispersa. Cada quien escapa como puede colándose en los portales repletos, trepando por las rejas de las ventanas, gateando hacia los balcones y las cornisas, huyendo del toro hasta descularse. Inesperadamente novillo y cabestros vuelven grupas y tiran cuesta arriba precedidos por el redoble de los cencerros, el correcorre de los mozos, el bárbaro aullido —híbrida mezcla de terror y éxtasis— de la enfervorizada multitud. Los peatones se embocan en los zaguanes, se aferran a los racimos humanos de las ventanas, se aplastan inmóviles contra el suelo. Los gañanes esgrimen sus bieldos, bastones, estacas y, apenas pasan los bichos, se precipitan detrás y los fustigan salvajemente en el lomo, la grupa, los corvejones, los ijares. En unos segundos la calle se despuebla. Un buey campanea a un incauto, lo pisotea sin empitonarlo, prosigue su loca carrera en medio del tañido de las esquilas, desaparece con los otros de tu campo visual.

Rescata esta imagen del olvido: la asamblea acecha la bocacalle en silencio y dos hombres apuntan por un zaguán con una bandera roja. Su color destaca intenso en el polvo ocre, resalta sobre el blanco enlucido de las paredes. La flama del sol parece enardecerlo aún mientras ondea y vibra en el aire como por efecto de un espejismo. Es el grito de la antigua y amordazada libertad, del viejo tiempo en que la esperanza de los tuyos se cifraba en un símbolo elemental y hermoso. Tú asistías, alucinado, a su despliegue insólito al cabo de tantos años sidos y no vividos, vacíos y probados de su sustancia con la misma emoción con que en la cinemateca presenciaste los documentales de Ivens y Karmen sobre la guerra civil: la defensa de Madrid, la lucha en el Jarama, los acordes conmovedores de La Santa Espina. Los dos hombres caminaban con la bandera entre los aplausos de la multitud y la sangre te zumbaba en las sienes. Cegado por el sol denso y obsceno, borracho y delirante, habías saludado la milagrosa irrupción del símbolo con lágrimas en los ojos, perdido todo dominio sobre ti mismo, murmurando, con qué amor dios mío, qué dulzura: pueblo, oh pueblo mío recobrado…

No, no era una bandera roja sino una capa de brega. Te habías servido otro vaso de Fefiñanes y lo apuraste de un sorbo.

Desde el tablado en que filmas el encierro contemplas el regreso del novillo con los cabestros y los mayorales. Los dos hombres sueltan la capa de brega y huyen de estampía. La boyada está de nuevo en la plazuela. El espectáculo se repite y, para animarlo, el maestro de ceremonias prende fuego a la traca. Cuando los petardos estallan, las explosiones se suceden como el tableteo de una ametralladora, el aire se llena de humo, los niños se llevan las manos a la cabeza, las mujeres gritan histéricamente. Los bichos corren desorientados y, con agilidad pasmosa, un mozo enmaroma un cabo de la traca entre los cuernos del novillo. Al encenderla, el animal se asusta, gira sobre sí mismo como una peonza, embiste, intenta deshacerse del hilo con quiebros y derrotes que provocan el gozo y arrobo de la muchedumbre. Algunos petardos estallan en la espalda del héroe, le chamuscan la camisa, la sangre empapa los jirones de la tela. El mozo desdeña la solicitud de los que le auxilian y se planta otra vez frente al toro enarbolando una estaca. Las detonaciones continúan de modo ininterrumpido.

Cuando el carrete de la película termina, un promiscuo olor a pólvora, sudor y sangre flota acrimoniosamente sobre la plaza.

Compuesta de la doble y contradictoria versión de los protagonistas del suceso he aquí la síntesis informativa divulgada posteriormente en los periódicos imparciales.

«Al sonar las primeras detonaciones hay un movimiento de pánico. Los paisanos tratan de arrebatar los fusiles a los guardias y los acometen con sus hoces y sus cuchillos. En tanto que el grueso de la multitud se desbanda, los hombres más audaces forcejean con los civiles y emprenden con ellos un violento cuerpo a cuerpo. Un campesino logra apoderarse del mosquetón de uno de los números y dispara sobre él. El guardia Pedro Domínguez Requena se lleva las manos a las cartucheras y las retira empapadas de sangre. Al caer, un paisano le hunde en el cuello un gancho de conducir pinos. El delegado del Ayuntamiento de Yeste, Andrés Martínez Muñoz, primer teniente de alcalde y presidente de la oficina de colocación, implora inútilmente una tregua. El brigada le hace fuego a bocajarro diciendo: “¡Toma, por ser de la Gestora!”. Desde tierra suplica vida salva en nombre de sus hijos y el brigada le remata con tres balazos. “De éste no os ocupéis —grita—, que no sana.” Otros dos hombres yacen en el suelo de bruces, uno de ellos con la cabeza destrozada. Para disparar más libremente algunos números emplean sus pistolas. Un grupo de tres consigue zafarse de los vecinos y escala el monte mientras el cuerpo a cuerpo prosigue en la carretera. Los heridos se arrastran como pueden y su sangre escurre sobre el polvo. Un paisano se dirige hacia un guardia blandiendo un hacha. Otro número le descerraja un tiro a quemarropa y el paisano cae fulminado. Los tres civiles se han apostado tras una peña y enfilan la carretera con el fuego de sus fusiles. Los vecinos que aún permanecen en ella huyen cuesta abajo por los campos de cebada, en dirección al olivar. Un destacamento de la Benemérita acude del pueblo en auxilio de los suyos. Los civiles quedan dueños del terreno y, descuidando a heridos y moribundos, se lanzan a perseguir a los fugitivos. Decenas de hombres corren por el declive, enteramente al descubierto. Las detonaciones se suceden como el crepitar de una traca. Tres paisanos se refugian en una atarjea por la que apenas cabe el cuerpo de un hombre y los guardias bajan hasta la boca, matan a dos y hieren gravemente al tercero. En otra alcantarilla descubren a un campesino herido de dos balazos. A voces, el hombre suplica que le rematen. Uno de los civiles le dispara dos veces, en el brazo y en la pierna. “¡Toma, toma! —grita—. Así durarás más tiempo.”»

Cuando los periodistas llegan al lugar unas horas después del tiroteo se divisan todavía cuajarones de sangre en la boca de la atarjea. En la otra alcantarilla hay un reguero negruzco de varios metros de longitud. Entre los zarzales una boina nueva, un pañuelo y varios trozos de paño manchados de rojo revelan los esfuerzos de las víctimas por restañar la hemorragia. Olvidados en medio del campo yacen cuatro cadáveres. Una mujer llora arrodillada junto a uno de los cuerpos. El hombre herido en el brazo y en la pierna agoniza aún, perdiendo sangre y escupiendo baba. El sol brilla implacablemente y hormigas y moscas se disputan el inesperado festín bajo la presencia agorera de los buitres que, en círculos tenaces y concéntricos, planean sin prisa sobre los olivares.

Gorras, boinas, calzones de pana, blusas, mandiles, pañuelos anudados al cuello, chalecos sucios, alpargatas: mozos, adultos, viejos, chiquillos se amontonan en las trancas horizontales de las talanqueras al acecho del portal en donde está enchiquerado el novillo. Es un público elemental y hosco sin turistas lectores de Hemingway, señoritos con sombrero cordobés y cigarro habano, bellezas de barrera con peineta y mantón, anglosajonas frígidas en busca de emociones rudas y agrestes. Para aliñar el tiempo los mozos aguzan espaciosamente sus varas. Otros empinan el brazo para poder beber a caño el vino espeso de la provincia. El chorro entra por la boca abierta con geométrica exactitud y, a veces, el bebedor hace arabescos y filigranas que provocan la admiración de la asamblea. Las botas pasan de mano en mano y, en el ruedo, los vendedores de cerveza y gaseosa pregonan su mercancía. Los maletillas aguardan la aparición del bicho ejecutando pases de salón con las muletas y adoptando los desplantes y viriles de las figuras consagradas.

Desgraciadamente para ellos su apostura resiste poco: cuando el toril se abre el novillo sale flechado y su estampa de maestros parece fundir de súbito bajo el ardor despiadado del sol. El bicho embiste, desgarra una capa de brega de un derrote, cornea con rabia las tablas del burladero, encaja asombrado los varazos y golpes que le propinan desde el palenque. En cuanto se aproxima a ellos, los hombres se estrujan y aúpan unos a otros fundidos en una masa tentacular y polícroma. Los de las trancas inferiores se aferran a los de arriba como pueden y por donde pueden y los racimos humanos cuelgan sobre los pitones del bicho como los condenados sobre las llamas del infierno en las ilustraciones de La divina comedia de Gustavo Doré. Al otro lado de las talanqueras las mujeres se hacinan de pie, en cuclillas, sentadas en el suelo, con el rostro mudado de placer, insultando al toro, azuzando a los hombres con sus chillidos.

El objetivo de la cámara capta, moroso, las incidencias y ritos de la muerte del animal: los pases fallidos de los maletas, los bastonazos de los boyeros, el arrobo dichoso del público. Apenas se vuelve el novillo, los mozos corren a varearlo, los espectadores le lanzan piedras, un gañán le tira furiosamente del rabo. Los golpes llueven sobre él sin perdonar sitio alguno: los cuernos, el testuz, el morrillo, el lomo, el vientre, los corvejones. La costumbre impide matarle de una estocada: hay que prolongar el juego hasta el límite, apurar su agonía hasta la hez. El mayoral intenta apresarle las astas con una soga pero el bicho desconfía, retrocede, acula la grupa a la puerta del toril. Varias veces el hombre le echa el lazo sin éxito. El toro babea y arroja sangre por la boca. Envalentonándose, los maletas lo citan con sus capas de brega. Como el animal no se mueve el público lo bombardea con toda clase de proyectiles. Un individuo asoma por un portillo situado tras él y le infiere un tajo profundo en la base del rabo con una cuchilla de carnicero. La sangre mana a borbotones y el bicho muge de dolor. El concurso recompensa con aplausos la audacia e ingeniosidad del artista. El mayoral prueba de nuevo con el lazo pero la soga resbala sobre los pitones. Las tentativas se repiten y los hombres encaramados en las rejas vecinas golpean al animal con sus fustas para obligarle a desalojar. El toro humilla el testuz, rastrea la tierra con el hocico, camina unos pasos, clava las pezuñas en el suelo, dobla las patas, se arrodilla, se sienta, se incorpora, vuelve a caer, vomita más sangre.

Su impotencia aviva el regocijo de la multitud. Disminuido, el bicho asiste a su propio derrumbe como a una pesadilla violenta y abrumadora. Cuando el mayoral le aprisiona por fin los cuernos, un aullido ronco saluda la hazaña. Al punto los gañanes castigan al toro con ahínco, halan de la cuerda para ligarle al farol, un hombre canoso pasa junto a él y le hunde un punzón en la grupa. Mientras docenas de manos sostienen el cabo de la cuerda, el gentío baja del palenque. Unos mozos se agarran al rabo del bicho y tiran con tanta fuerza de él que, medio desprendido ya por el corte de la cuchilla, lo arrancan de cuajo. El novillo parece insensible al nuevo desastre y observa el espeso caldo humano con ojos sanguinolentos…

Misericordioso, el carrete de la película se detiene aquí.

¿Dónde estás?, ¿qué estrato de la memoria te importuna? La violencia engendra nueva violencia, las imágenes brutales se cruzan… Estos sucesos ocurren a kilómetro y medio de Yeste y entre las once y las doce de la mañana. No obstante hay testimonio de personas heridas en el pueblo y por la tarde. Una mujer a la que dan voz de alto, la obligan a echar el cuerpo a tierra y, hallándose en esta posición, abren fuego contra ella… Se tambalea, se arrodilla, vuelve a caer en medio de los insultos, los golpes, los bastonazos… Un obrero regresa de su trabajo a las diez de la noche cuando el pueblo presenta un aspecto completamente normal y, sin que medie aviso alguno, es herido asimismo por una descarga… Un tupido bosque de piernas le rodea y le propina rabiosos puntapiés… Nicolás García Blázquez, que por orden del alcalde se traslada con una camioneta a recoger los cuerpos de las víctimas, es obligado a apearse a causa de su camisa roja y muere de los disparos que le hacen… Cuando el matarife lo acaba con la cuchilla, los mozos se precipitan encima del cadáver, lo palpan, lo manosean como si fuera una reliquia y exhiben triunfalmente sus pañuelos manchados de sangre… El hombre que yace en el olivar, herido en el brazo y en la pierna, ¿agoniza aún?

—Por favor, su documentación.

Dolores se ha ido a dormir y la botella de Fefiñanes está vacía. El viento silva evasivo entre las ramas de los eucaliptos. Te incorporas y vuelves a poner el Kindertotenlieder en el tocadiscos.

A las cinco de la tarde Gran Cabalgata Juvenil de apertura de Feria con asistencia de sus documentos la Banda de Música y la Comparsa de Gigantes y residen ustedes en el extranjero con qué autorización Cabezudos cuándo entraron la última vez en España Día 21 a las siete de la mañana Floreada Diana por desde qué año vive en París la Banda de Música a qué han venido ustedes al pueblo a las cinco de la tarde Festejos Populares en el Real de la Feria esta cámara de cine es suya pueden decirnos por qué desde su llegada se han puesto en contacto con a las ocho concierto por la Banda de Música en el Kiosco de la plaza sólo los encierros qué fueron a hacer ayer por la carretera de La Graya se detuvieron ustedes en el lugar donde a las 11 Verbenas personas de toda confianza les oyeron hablar con el Arturo de la República y de la guerra no saben ustedes qué clase de elemento es no me harán creer que un tipo fichado en toda la comarca por su desafección a día 22 a las siete de la mañana la Banda de Música recorrerá las principales calles de la población interpretando Alegres Dianas hemos seguido sus pasos uno por uno desde que entraron en el pueblo y sabemos perfectamente con quién se han relacionado a las diez solemne Función Religiosa y Procesión ahora mismo de dónde vienen ustedes pueden explicarme qué interés tienen en frecuentar a un individuo que lleva sobre su conciencia en honor del Santísimo Cristo de la Consolación traen ustedes algún permiso para hacer cine nosotros no sabemos qué han fotografiado ni con qué intención han fotografiado hasta que la Autoridad superior decida sobre el caso nos vemos en la obligación de Santísimo Cristo de la Consolación guardar la cámara y las películas con nosotros de la Consolación ustedes pueden continuar el viaje si quieren a condición de presentarse Con-so-la-ción siempre que la Autoridad lo estime oportuno.

Cuando Antonio se recoge a su vez decides salir al jardín. Ha escampado y las estrellas se sustraen del caos de la noche y centellean en la oscuridad igual que rescoldos. El viento las aviva y parece acendrar su brillo. Los eucaliptos orean sus hojas leves y la frescura del aire te despeja.

Durante varios minutos permaneces acodado en la baranda del mirador. Cielo y mar se confunden allí en el horizonte marino. Las últimas luces de la aldea se han extinguido una tras otra. Un silencio intacto ampara el dormido paisaje. Única conciencia del ámbito velas, evocas, imaginas, deliras tú.

Los faros del automóvil barren el adoquinado de la carretera e iluminan de un brochazo a los hombres de la FAI que cierran el paso con sus revólveres y fusiles.

—¡Alto! ¡Manos arriba!

El viejo Ford frena de modo brusco a pocos metros del puesto de control. Las linternas enfocan el rostro aturdido del chófer. A su lado otro hombre de edad madura parpadea también.

—¿Por qué no han parado antes?

—No les habíamos visto —balbucea el chófer.

—Hala, afuera los dos… Los carnés.

El conductor baja la mano derecha y la lleva al bolsillo del pantalón. Sin que medie palabra el jefe de la patrulla le golpea con la culata del revólver. Sorprendido el hombre gime y se tambalea.

—Tú quieto, ¿me oyes?

El jefe recoge las dos carteras, saca los documentos, los muestra a un mozo vestido con un mandil.

—¿Qué dice aquí?

—Lucas Mendiola Orbaneja…

—¿Profesión?

—Agente de Cambio y Bolsa.

El mozo deletrea como un escolar. Uno de sus compañeros examina entre tanto el interior del vehículo y forcejea con la manija del portamaletas trasero.

—Eh, mirad —dice—. Hay algo que se mueve.

Los del control se acercan a ver. Brazos arriba los dos hombres tiemblan como azogados.

—¿Qué cono llevas ahí?

—Ranas.

—Toma, burgués cabrón.

El disparo le alcanza en medio del pecho. El tío Lucas se derrumba como un monigote, con una expresión de infinito e irrevocable asombro.

Su compañero cae de rodillas junto a él. Los músculos de sus mejillas titilan de pánico.

—No me maten, por Dios. Les juro que es verdad.

Uno de la patrulla arroja el saco a tierra y lo desata de un tirón. A la luz burlona de las linternas docenas y docenas de ranas emergen de pronto y con torpe e irrisoria agilidad brincan sobre el cuerpo aún caliente del tío, por la carretera manchada de sangre.

Cuántas veces, en vida de tu madre, reunido el cónclave familiar a la sombra de los eucaliptos, habías oído contar el final lamentable del tío Lucas, víctima de su insaciable glotonería y sus extravagantes pruritos de gastrónomo, el mismo día, nada menos —oh maravillosa intuición histórica de tu estirpe— del asalto popular contra la jefatura de Policía y el accidentado levantamiento y captura del general Goded. Milagrosamente salvo gracias a la entereza y valor de un puñado de hombres decididos a impedir la sovietización de España frente a la conjura internacional de la masonería y el judaísmo, escuchabas, estremecido de horror, las historias de asesinatos e incendios, torturas y chekas, mientras Pepín Soler, testigo obeso y cincuentón del crimen, mimaba una vez más la escena de la muerte del tío y, sin perder el punto de la calceta destinada a los negritos de las misiones, la tía Mercedes evocaba con voz compungida el episodio fulgurante de la desaparición de tu primo Sergio. (Vestido de punta en blanco, con sombrero flexible y corbata de seda, le había dado la ventolera de exhibir públicamente su estampa de dandi en los tiempos en que la bandera roja y negra de la FAI ondeaba en los balcones, circulaba en la carrocería de los taxis, coloreaba la fachada de los inmuebles y hombres y mozos vengativos, surgidos nadie sabía de dónde, lucían con arrogancia sus pañuelos rojos, sus cartucheras rudas, sus variopintos trajes de miliciano. Los camiones se encaminaban al frente atestados de voluntarios y el conductor de uno de ellos —lo imaginabas con barba y bigote, como los noticiarios que viste en París— había frenado junto a él.

—Eh, tú, muñeco.

—¿Yo?

—Sí, tú… Dime, ¿adónde vas tan bien vestido?

—De paseo.

—Ah, ¿te gusta tomar el aire?

—Sí, señor.

—Pues anda, súbete ahora mismo en la caja que te llevamos con nosotros.

El primo Sergio había obedecido bajo la amenaza del revólver y partió al frente con los del camión. Nunca más se supo de él. Su madre, prima carnal de Agustín, Eulogio, Mercedes y César, removió en vano cielo y tierra para averiguar su paradero. Con toda probabilidad murió en las trincheras, víctima del bombardeo artillero de los nacionales. Tenía solamente diecisiete años.)

¿Qué había sido de tu padre?

Concluida la guerra e instalado tú en Barcelona, la familia había llevado a cabo las pesquisas necesarias a la identificación del cadáver y, en presencia de tu madre y los tíos, sus restos mortales fueron discretamente exhumados del cementerio de Yeste. Los componentes de la patrulla que le diera el paseo se habían eclipsado, muertos unos, exiliados otros y la historia ya antigua de sus últimos días permanecía envuelta en un lienzo de bruma del que nadie, sin duda, conseguiría rescatarla.

Sin documentos, sin pruebas, sin testigos, podías decorar a tus anchas los fastos de la detención en la demolida casa materna, el careo probable con las víctimas de los sucesos del veintinueve de mayo, la espera asolada de la muerte tras los muros desnudos del castillo. Encapillado con los demás propietarios y los ex testaferros del cacique, ¿se había rebelado por fin? Su rostro severo y triste, marcado desde niño por los estigmas de una rígida educación puritana, parecía encubrir a veces un tormento secreto, una duda tenaz y soterrada que en aquellos instantes aflorara quizás y se impusiera como una evidencia brusca, barriendo de una oleada creencias y dogmas, leyes y principios, todo aquel trabajoso y precario castillo de arena edificado por otros y habitado resignadamente por él. Las fotografías lo mostraban de ordinario ensimismado y taciturno, como hostigado en la entraña por un presentimiento agorero. ¿Había pensado en ti, el niño frágil, abandonado para siempre en manos de las mujeres?, ¿en la esposa abnegada con la que compartiera diez años inútiles de paz y de mentira?, ¿en el dios de los suyos remoto y mudo, ausente y problemático? Muerto, nulo y absurdo como todos los de su bando (¿quién había ganado a quién?, ¿a cuáles honraba aquella victoria cruel e infanticida?), imaginabas, con precisión lenta y horrible, el ruido seco de las pisadas en los corredores del castillo, el último café bebido a sorbos cautelosos, la breve y arisca sentencia del Comité local (justos pagando por pecadores); su salida entre dos campesinos armados, los insultos vengadores del pueblo, la subida a empujones y golpes en la batea del camión…

El paisaje de la sierra de Yeste es hermoso en agosto. La comarcal 3212 serpentea por en medio de los bosques madereros, domina el agua azul del pantano de la Fuensanta, baja, bordea la orilla, vuelve a escalar, deja atrás los pinos, atraviesa el llano. Los canchales empiezan poco después y poco a poco la vegetación desaparece. Los alberos suceden a los espartizales. El sol llamea blanco e incoloro. Toda vida se extingue.

La cruz conmemorativa se alza en un recodo áspero y, al apearse del camión, tu padre contempla el mismo panorama que contemplabas tú: en primer término, un colmenar, una choza en ruina, el tronco retorcido de un árbol; más lejos, el páramo aletargado por el sol, el cielo sin nubes, las colinas humeando como hogazas recién sacadas del horno. Alguna culebra asoma quizá prudentemente su cabeza entre las piedras. Del suelo asciende, como una queja, el hondo zumbido de las cigarras. El pelotón está frente a él y un condenado se orina de miedo cuando el jefe de la patrulla levanta el brazo y los campesinos apuntan con sus fusiles…

¿Cómo explicarlo? A menudo en las fases de depresión y zozobra (tan frecuentes en ti), la muerte de aquel desconocido (tu padre) y la imposibilidad material de vuestro encuentro (fuera del vínculo azaroso y gratuito de su paternidad) te roen por dentro como la imagen de una ocasión perdida, el pasar de una cosa no hecha, el espectro de una aleve e incurable nostalgia. Piensas que en otro país, en otra época, la historia común de los dos hubiera sido distinta y, poco o mucho, os hubierais llegado a comprender. Ahora vuestra comunión se reduce a este segundo estricto e irreemplazable. Con la negra boca de los fusiles delante de ti tratas en vano de apresar el tiempo.

Bruscamente sonó la descarga.

Por espacio de tres años un vendaval de locura había soplado sobre la piel de toro —así llaman algunos al solar yermo y baldío, ámbito de vuestro conglomerado actual de reinos de Taifa— completando la obra destructora emprendida siglo a siglo, con tesón y paciencia, por tus antepasados ilustres. Poseídos de oscuros e inconfesables instintos, íncubos y súcubos a la vez de sus aborrecidos apetitos y sueños, habían procedido con orden y minuciosidad a la poda cruel e inexorable de sí mismos, a la expulsión y exterminio de los demonios interiores, sin detenerse ante motivo o consideración de índole alguna, arruinando, por turno, en aras del imposible exorcismo, el comercio, la industria, la ciencia, las artes. Aplastado, barrido, conjurado mil veces, el fantasma renacía siempre con etiquetas aleatorias y, con él, el empeño tenaz de suprimirlo, de bajar un peldaño más en la escala de la barbarie, felices, los tuyos, de afirmar frente al mundo su torva concepción de la patria como duro y resistente cantil contra el que infructuosamente se estrella y muere el agitado mar de todas las historias.

Siendo niño habías asistido sin comprender al espectáculo de la lucha demente y fratricida, aterrado primero por los crímenes y atrocidades de los unos, indignado más tarde por aquellos (cuidadosamente blanqueados) que realizaran otros, antes de caer cabalmente en la cuenta de que todos (los de los vencidos, como los de los vencedores, los excusados como los injustificables) obedecían a las leyes de un mismo ciclo clínico en el que, al frenesí y desatino de la crisis, suceden largos períodos de calma, embrutecimiento y modorra.

A cubierto de la ruidosa ola turística que, como maná del cielo, caía sobre el dormido y perezoso país en este abrasado verano de 1963 (la radio había anunciado, exultante, la entrada de cien mil vehículos por la frontera del Perthus durante el último fin de semana: franceses, suizos, belgas, holandeses, alemanes, ingleses, escandinavos que venían a ver corridas de toros; beber manzanilla; tenderse al sol como saurios; comer pizza y hot-dogs en flamantes cafeterías bautizadas con nombres carpetovetónicos y castizos tales como Westminster, Orly, Saint-Trop, Whisky Club, l’Imprévu, Oíd England y otros; iniciar por fin al pueblo español en el ejercicio indispensable de los valores industriales y crematísticos, convirtiéndolo de golpe, por obra del radicalismo proverbial vuestro, en un fértil y lozano semillero de trepadores y chorizos) pensabas (desleída ya tu borrachera) en Ayuso y tu padre, en los muertos inútiles del 36 y del 39, en la amarga generación de los tuyos, condenada a envejecer sin juventud ni responsabilidades. Acodado en la baranda del mirador podías percibir el eco lejano de la caravana de automóviles que, como un río, circulaba día y noche por la carretera de la costa, absorberte otra vez en la quietud y el silencio del jardín familiar, desempolvar de tu memoria algún recuerdo tardío, meditar aún mientras estabas a tiempo.

Sabías que, a tu muerte, lo pasado se aniquilaría contigo. Dependía de ti, únicamente de ti, salvarlo del desastre.

En la pequeña estación termal del Midi la primavera era fría y los chiquillos que jugaban en el parque infantil, más allá de la alameda de plátanos, vestían aún como en invierno, arropados con abrigos, bufandas y guantes. Desde hacía dos años Álvaro y sus amigos vagaban libremente por la calle en guerra continua con la banda de niños franceses que, a la salida de las clases, venía a hostilizarlos con piedras y tiragomas. Una débil tentativa de escolaridad realizada por la madre de Álvaro había topado, para alivio de éste, con la desaprobación rotunda de madame Delmont: «A l’école laïque? Vous êtes folle. Un athée, un mauvais patriote, voilà ce qu’ils feront de lui. Si vous ne pouvez pas lui payer le Collège du Saint-Esprit autant qu’il n’apprenne rien… Ah, si Mussolini était là». Y el tío César y la tía Mercedes habían abundado en sus argumentos con saludables reflexiones acerca de los peligros del bilingüismo y el final ya inminente de la guerra civil salvadora.

Durante los últimos meses Álvaro había asistido a las reuniones de la colonia española que, inevitablemente, acompañaban la divulgación de toda noticia importante: la ruptura del frente del Ebro, la liberación de Barcelona, la desbandada del ejército republicano (quince años después, en la cinemateca de la rue d’Ulm, Álvaro había visto con emoción las dolorosas imágenes de la derrota, de la caravana de centenares de miles de personas, hombres, mujeres, niños, ancianos que, a pie, con sus miserables enseres a cuestas, huían hacia la frontera del Perthus, éxodo masivo numéricamente comparable sólo al actual, en sentido inverso, de los turistas de todas las edades y países que, en automóvil, con remolques y carromatos, parecían huir escapados de alguna silenciosa y tranquila hecatombe ante las mismas peñas, los mismos árboles, el mismo paisaje que fueran escenario del gran cataclismo de febrero del 39).

Poco a poco los componentes de la colonia habían regresado a España al quedar franco el paso por Irán y el señor y la señora Duran, los padres de Luisito y Rosario Comín y otros cuyos nombres no recordaba Álvaro, aguardaban el epílogo de la tragedia en San Sebastián, Burgos o Salamanca. De allí habían enviado a los Mendiola boinas carlistas, gorros de Falange y hasta una camisa azul con el yugo y las flechas bordados en rojo que el tío César había acaparado para él y usaba a menudo en público, en la misa de los domingos o la terraza florida del café de la Poste. Siguiendo los consejos del tío las mujeres hacían media para los soldados y enviaban regularmente sus jerséis, pasamontañas y calcetines a unos españoles (o italianos) agradecidos que contestaban con bonitas tarjetas postales y cartas románticas, destinadas a avivar probablemente el entusiasmo y beatitud de las madrinas (la tía Mercedes había conservado la fotografía de su protegido, el ingeniero Sandro Rossi, sobre la mesita de su dormitorio hasta la fecha aciaga de la proclama de Badoglio y la cobarde y traidora rendición de Italia a los Aliados).

El día del último comunicado del Cuartel General de Burgos, Álvaro y sus primos corrían por el jardín de doña Engracia mientras los adultos descorchaban botellas de espumoso en el salón y, después de un brindis, escuchaban con atención religiosa un disco en el que había sido grabada la voz del Caudillo. Contagiados de la excitación de los mayores, los niños jugaban por enésima vez a la captura del Espía Rojo, empinaban cometas, perseguían al gato a pedradas y, agotado el repertorio habitual de sus distracciones, habían inventado un concurso de tiro de pipí apuntando en fila el seto de tuyas a una distancia reglamentaria de cuatro metros. Alguien (Jorge?) llevaba las de ganar cuando, prevenida sin duda por una de las primas, Conchita Soler irrumpió dando gritos en el jardín (en Madrid, a la misma hora, una multitud en delirio acogía al ejército vencedor).

—¡Niños! ¿Qué hacéis ahí, enseñando vuestras vergüenzas, ahora que han ganado los nuestros?

Volviste la espalda al mar. La oscuridad paliaba la disposición familiar de los árboles en el jardín —la alada frondosidad de los eucaliptos, el temblor grácil de los cipreses— cobijando el paisaje entero bajo su sombra ancha y difusa. Provisionalmente abolida en apariencia, la vida latía no obstante menguada y sorda. El viento soplaba impregnado de aromas vegetales. De vez en cuando una ráfaga desprendía de las ramas ya ahítas un efímero collar de gotas de lluvia. Aguzando el oído podías percibir el lejano croar de las ranas, el resorte disparado y mecánico de los grillos, toda la misteriosa red de complicidades y cabalas del sutil universo nocturno. Solitaria en medio del caos, la lámpara de la galería velaba, propicia, el sueño de la comunidad.

Regresaste a casa, guardaste los papeles en la carpeta, apagaste la luz. El viejo reloj de pared dio la hora mientras orientabas tus pasos por la penumbra. Tenías sed, abriste otra botella de vino, la mediaste de un trago. Querías olvidar el transcurso del día, la realidad, los recuerdos, las ensoñaciones. Aproximarte a la cama de Dolores, oír su respiración, palpar su cuerpo, deslizar los labios sobre su vientre, bajar al sexo, demorarte en él, buscar un refugio, perderte en su hondura, reintegrar tu prehistoria materna y fetal.

Ojalá, te decías, no hubieras salido nunca.