Cinco
La vida de la mujer del imaginero conocía una primavera inesperada. El dinero entregado a los padres del niño había surtido efecto inmediato. Antonio se presentó en el piso al cabo de dos días y, desde entonces, venía a hacerle compañía la mayor parte de la jornada.
Al principio, el niño le había planteado varias preguntas acerca de su trabajo; ni los recados que ella le enviaba a hacer de vez en cuando, ni las rarísimas llamadas telefónicas, casi siempre equivocadas, justificaban el sueldo, los regalos, los trajes. Pero Antonio parecía haberse acostumbrado en seguida a la ociosidad y, tumbado en el sofá de la sala, mataba el tiempo, devorando novelas de aventuras.
Replegado cada uno sobre sí mismo, permanecían en silencio durante largas horas. La mujer deseaba hacerle hablar de su familia, de su vida en el Refugio, de sus amigos; pero, pese a sus esfuerzos, no conseguía romper el hielo. Cuando intentaba comenzar, en su garganta se formaba como un nudo, y algo más fuerte que ella le impedía pronunciar palabra.
A menudo, se sorprendía hablándole con sequedad. Antonio levantaba rara vez la vista para mirarla y se contentaba con responder con monosílabos. «Sí, señora», «No, señora», decía. Cuando ella le daba dinero para helados o novelas se esforzaba en sonreír; de ordinario, se limitaba a murmurar las gracias.
El primer día, al llegar, había mirado la foto de Jorge clavada en la pared del comedor. Sin embargo, la extraordinaria semejanza de la mirada del niño con la suya no pareció llamarle la atención. La mujer le explicó que era su hijo y que había muerto. Pero, como Antonio no hizo ninguna pregunta, interrumpió la conversación, desanimada.
—No sé cómo hacerle comprender que quiero ser su amiga —dijo a Estela, cuando vino a verla.
—Ten paciencia, mujer… El chico debe de sentirse desplazado, y desconfía…
—Lo he intentado todo… todo…
—Espera unas semanas, y verás. El que adoptó Nieves la quiere ahora como un hijo.
Desde entonces, empleaba una nueva táctica. El niño se mantenía siempre a la defensiva, como si recelara algo malo de ella y, de acuerdo con Estela, decidió dejarle la iniciativa, para ganar poco a poco su confianza.
—No quieras imponerte de golpe… Lo mejor es seguirle la corriente…
Una mañana, Antonio subió con ella al desván. Conforme había prometido a la familia, el niño debía ir a la escuela en octubre y, para preparar el terreno, le enseñó los antiguos libros de estudio de Jorge.
Acuclillado en el suelo, Antonio los observó sin gran interés. En cambio, contempló con los ojos brillantes el gran mapamundi en colores.
—¿Y esto? ¿De quién es?
Ella le dijo que podía quedárselo, si le gustaba, y, a partir de aquel momento, Antonio pasaba horas enteras acodado delante del mapa.
—¿Qué miras? —le preguntó una vez.
El niño volvió la cabeza lentamente, como si despertara de un sueño:
—América.
—¿Te gustaría ir allí?
Antonio esperó unos segundos antes de contestar e hizo un ademán con los hombros:
—Estoy mejor en España.
La respuesta era, evidentemente, un embuste y no se atrevió a preguntarle más. (En lugar de acercarlos, la proximidad parecía haber levantado entre ellos una nueva barrera. El diálogo no llegaba a prender jamás. Como dos emisoras de radio, transmitían distintos programas.)
—¿Y él? —le preguntó Estela, el domingo siguiente—. ¿Qué dice, él?
—¿El capón?
—Sí… Tu marido.
—Nada —rió—, absolutamente nada…
Encerrado en su dormitorio, como un Buda, había renunciado, al fin, a hablarle. Cada mañana, se levantaba temprano para ir a la tienda y no regresaba al piso hasta después de medianoche.
—Ahora que tengo al niño conmigo no pienso jamás en él. Es como si, de repente, se hubiera vuelto un extraño…
—¿Y el niño? ¿Qué dice de él, el niño?
—Se lo he explicado todo… La forma como tuve mi hijo, y lo demás… Quiero que el día de mañana lo desprecie también. Aunque, de momento, no pueda comprender nada…
El día de la Virgen del Carmen (lo recordaba bien, Estela se había ido a Madrid, la víspera) la mujer descubrió que Antonio le robaba. Por la mañana había dejado un billete de cien pesetas dentro del bolso y, cuando a la tarde quiso pagar la nota del colmado, descubrió que había desaparecido.
El hecho se repitió el día siguiente, y al otro, y al otro. Con una mezcla de placer y amargura, reponía cada vez el billete. (Oculta tras el armario del pasillo, espiaba al niño mientras lo robaba. El corazón le latía con fuerza, y un miedo incomprensible le obligaba a retener el aliento, como si fuese ella la culpable.)
Antonio parecía tener conciencia clara del juego y, tácitamente, aceptaba su complicidad. (El robo, conocido y admitido por los dos, creaba, en cierto modo, una especie de lazo.)
A medida que el verano avanzaba, el deseo la hostigaba con mayor violencia. Por la noche, mientras, enervada por el calor, daba vueltas y más vueltas en el lecho sin conseguir pegar un ojo, el rostro de Antonio, delicado y cruel, próximo, y, a la vez, remoto, emergía entre las sombras, junto a ella, y flotaba, grave y sutil, como una máscara.
La mujer tendía los brazos e intentaba atraparlo. Una ansiedad jamás sentida le obligaba a removerse entre las sábanas. El niño se mostraba siempre sonriente, con la expresión soñadora de cuando miraba el mapamundi. Sus manos le acariciaban el cuerpo con suavidad y sus labios se aproximaban y se posaban sobre los suyos.
Una noche creyó oír su voz en la calle y abandonó la cama, desnuda. Tenía el cuerpo tenso, como de goma, y sus venas vibraban, igual que cañerías. Acurrucada en el descansillo de la escalera, repitió, en vano, su nombre. Oía fuera las voces de los borrachos y se estremeció, llena de angustia.
A tientas, regresó a su dormitorio. El espejo estaba junto al balcón y había luz. Durante largo rato contempló, fascinada, su propia imagen. Su cabello se alborotaba, desgreñado, y la noche acentuaba atrozmente sus arrugas. Cubriéndose la cara con las manos, rompió a llorar.
En la calle, los borrachos seguían peleando.
Metralla cogió el billete de veinte duros y le dio una palmada en la espalda.
—Esto está mejor, barbi —dijo.
Sin responder a su sonrisa, Antonio se sentó en el petate. Como siempre que venía del piso de la mujer, se sentía triste y deprimido. Hacía más de un mes que había ido a verla por primera vez y no sabía aún cuánto tiempo tendría que soportarla.
—Ten paciencia, leche —le decía su amigo.
Pero Metralla no estaba encerrado con ella ocho horas al día, sintiendo sus ojos de loca sobre los suyos, siempre al acecho. Metralla se limitaba a embolsillar cada noche el dinero, sin aguantar su silencio hostil, ni su voz, ni su risa. Desde que Antonio le robaba el dinero del bolso, le observaba con una expresión especial. Astuta y rencorosa como era, esperaba sin duda una buena ocasión para denunciarle…
—Te digo que el día menos pensado enviará la gripa al Refugio —insistía—. Y, entonces, adiós viaje…
—Si se hubiera dao cuenta de que la alivias, te habría largao ya.
—Se esconde en el pasillo para guipar… Te juro que la he oído.
—Si te ve y te deja, es que se le da igual.
Imposible hacerle salir de sus trece. Antonio había probado todos los medios y Metralla se mantenía inconmovible. En tanto esperaban la ocasión de najarse, repetía, había que aguantar mecha… El dinero que apañaba era necesario para el viaje… Si Antonio se rajaba, no tenía más que decirlo.
—No; no me rajo —se defendió, irritado—. Pero la conozco mejor que tú y sé lo que se trae entre manos. Si la vieras como yo todos los días…
—Tú continúa como ahora, y aguarda.
—¿Aguardo? ¿Qué?
—A que tengamos reuníos los cuartos.
—Ayer vi el cajón donde metía los billetes —repuso Antonio—. Si el tipo te dice la fecha de salida, los alivio el mismo día del embarque.
Tras breve discusión, acabaron por ponerse de acuerdo. Metralla dijo que a primeros de agosto atracaba un gran transatlántico en el que era posible colarse. Si Antonio se comprometía a apañar con todo, lo más prudente era interrumpir el hurto, esperando el momento de su llegada.
—¿Cuánto crees que tiene la vieja?
—No sé… Mucho.
—¿Estás seguro de que te atreverás a cogerlo?
—Seguro.
—¿Me lo juras?
—Te doy mi palabra.
Desde entonces, el niño pasaba horas enteras soñando delante del calendario. El tiempo transcurrido con la mujer en el piso o de palique, con los guirlocheros, dejó de parecerle largo e inútil y se convirtió en un simple paréntesis de espera, que debía cerrarse, definitivamente, a la llegada del barco.
Tendido en la playa, junto a su amigo, se entretenía en divagar y en hacer planes. La idea de no haber empezado a vivir aún de verdad confería a su viaje una emoción suplementaria. «Las tres semanas que faltan —decía— me gustaría pasarlas dormido. No quiero ver, oír, ni aprender nada… Cuantos menos recuerdos lleve, más fácil será olvidarlos.»
Con una libreta y una punta de lápiz, había hecho el cómputo de las horas, minutos y segundos que le quedaban de vida en España:
«Quinientas cuatro horas. Treinta mil doscientos cuarenta minutos. Un millón ochocientos catorce mil cuatrocientos segundos…». Metralla le invitó varias veces al cine, pero no quiso aceptar. «Como las películas me gustan —argüía—, prefiero no verlas. Si voy, sé que me distraeré. Y yo sólo quiero pensar en el viaje…»
Los días eran largos y calurosos y, a la salida del piso, se detenía a reflexionar en la playa. El Refugio había perdido para él su antiguo atractivo. La disciplina de la pandilla se había relajado poco a poco y, desde el comienzo del verano, cada uno tiraba por su lado.
Un día, el Gitano se fue a vivir con su amiga al barrio Chino. Alberto se pasó la noche entera buscándole y al día siguiente desapareció sin decir a dónde iba. Gonzalo y Cristóbal no dirigían la palabra a Drácula. El Neorrealista cayó enfermo y estuvo una semana delirando. Metralla había renunciado a ejercer su autoridad y, después de cada golpe, menudeaban las disputas y las riñas.
Su vida estaba hipotecada hasta la fecha del embarque y Antonio evitaba en lo posible la compañía de sus amigos. Como un autómata, iba del piso al Refugio y del Refugio al piso, ajeno íntimamente a cuanto pasaba.
La mujer del imaginero le hablaba sin parar de su hijo y la escuchaba absorto, sin poner atención en lo que decía. A fuerza de esperar, su cerebro estaba como hueco y apenas lograba distinguir las palabras. Tumbado sobre la arena, al atardecer, hacía un último cálculo del tiempo y, de vuelta al Refugio, arrancaba una nueva hoja del calendario.
A medida que se acercaba la fecha, Metralla se mostraba agitado y febril y, sin prevenirle, salía a vagabundear por el barrio. Antonio acechaba su regreso con ansiedad. La noche se le hacía larga sin él. Había soñado una vez que le ocurría un accidente y temblaba por la realización de su viaje.
Un día, sin poder contenerse, le siguió, a prudente distancia. Metralla se había alejado de la playa al llegar a la altura de los merenderos y recorrió las callejuelas de la Barceloneta con las manos hundidas en los bolsillos. Pero, antes de descubrir el lugar adonde iba, volvió la cabeza atrás, como guiado por un presentimiento, y descubrió la silueta de la mujer, aconchada a la pared de una casa.
Desalentado, el niño se dirigió de nuevo al Refugio. Había encontrado en el suelo un pedazo de yeso y escribió en el bordillo de la acera:
La luna brillaba, redonda como una moneda, y cortó hacia el fortín, por el camino de la playa.
El escamoteo se llevó a cabo con facilidad inesperada. El niño lo había realizado mentalmente docenas de veces y, atónito, descubrió que el corazón no le latía. El sobre contenía un fajo de billetes de mil y lo palpó antes de metérselo en el bolsillo. Después, cerró cuidadosamente el cajón del bargueño y devolvió la llave al interior de la bombonera de plata.
El reloj de la cómoda marcaba las seis y diez. Metralla le esperaba en el muelle a la media y abandonó la habitación sin apresurarse. La mujer dormitaba en el sofá de la sala y se escurrió hasta el recibidor, de puntillas.
—Antonio…
Su enemiga pronunciaba su nombre en el sueño y la escuchó, reteniendo el aliento. Con alegría cruel, trató de imaginar su reacción en el momento de despertarse. Aquella mañana, Antonio le había escrito una carta de despedida y, al salir, la echó en el buzón que había en la esquina. «Me voy para siempre de España —decía—. No hintente buscarme. El dinero que le he quitado del sovre, se lo debolveré por giro postal en cuanto me aya hecho rico.»
El niño bordeó la verja del muelle y se encaminó al lugar de la cita. Sentado en un rollo de cuerdas, contó el dinero del sobre.
El sol coloreaba el humo de los barcos de jalde brumoso y las gaviotas rasaban la boya, con revoloteo de abanicos. Miró a Colón y las torres del transbordador. En el muelle de enfrente, había atracado un gran transatlántico. ¿Sería, quizás, el suyo? Durante unos segundos, fantaseó con los ojos cerrados. De repente, sintió el roce de una mano y se volvió. Era su amigo.
—¿Te encuentras mal?
Antonio negó con la cabeza. Metralla llevaba el gorro echado hacia atrás y vestía su camisa y pantalón de marino. Su cara estaba recién afeitada y el pelo le olía a colonia. Sin decir nada, el niño le tendió el sobre. Metralla contó los billetes, fascinado, y, al concluir, lo miró con ternura.
—¿Son diez mil?
—Sí.
—Caray… En la vía los había visto juntos… Su amigo se humedecía los labios con la lengua y acariciaba el fajo, como absorto.
—¿Y la mujer?
—Dormía.
—¿Estás seguro de que no te ha guipado?
—Seguro.
—Sospecharse, sí se lo sospechará.
—No importa. Cuando avise a la gripa, estaremos ya en alta mar.
—Sí, claro.
Un barco hizo sonar su quejumbrosa sirena y las gaviotas de la boya volaron asustadas.
—Dentro de unos minutos tengo una cita con el gachó. Cuando haya arreglao el asunto con él —dijo Metralla, señalándole el transatlántico—, nos encontraremos allí, a las nueve.
—¿En qué sitio?
—Junto a la grúa.
—¿No puedo ir contigo, ahora? —preguntó el niño.
—No. Debo verle a solas.
—¿Dónde?
—En un bar de las Ramblas.
Traicionando su impaciencia, se había puesto de pie y Antonio le imitó, lleno de angustia.
—¿Te marchas ya?
—Sí. Voy a llegar tarde.
—Entonces a las nueve, en el muelle, junto a la grúa.
—Eso mismo.
Sentía un irrazonable deseo de gritar: déjame ir contigo, no quiero pasar las dos horas solo; pero un miedo muy hondo se lo impedía y las palabras morían en la garganta.
—Adiós, chacho —dijo Metralla, cogiéndole el mentón con la mano.
—Adiós, hasta ahora —murmuró el niño.
Sentado de nuevo entre las cuerdas, lo miró mientras se alejaba. Metralla caminaba seguro de sí mismo y se volvió varias veces, sonriéndole. La inminencia del embarque no parecía afectarle, como a él, y le señalaba con el brazo hacia la Estación Marítima. Luego, hizo un salto mortal de volatinero y desapareció tras la verja, riéndose a carcajadas.
Sin saber por qué, la pirueta había reavivado su inquietud y Antonio se incorporó de un salto. La verja que rodeaba al muelle tenía varias salidas y se asomó al Paseo Nacional. Pero, aunque dio la vuelta completa a la manzana, no vio a Metralla por ningún sitio: ejecutada su suerte de saltimbanqui, se había esfumado sin dejar rastro.
El niño bebió una cerveza en un bar y regresó otra vez a los muelles. La mujer del imaginero podía haber avisado ya a la policía y, cerca del barrio, corría el riesgo de ser descubierto. Diez mil pesetas era un cifra importante… Los periódicos de la noche iban a hablar del robo, sin duda, y su fotografía, como la de Sabater, saldría en la primera plana de El Caso.
Cautelosamente, espió la silueta del aduanero, inmóvil junto a la garita. A aquella hora, el comisario debía de haber cursado orden de detenerle y Antonio se supuso, por un instante, perseguido de los civiles. Había visto en el cine muchas escenas parecidas y se preguntó qué hubiera hecho Sabater en tal caso. Llevaba encima la foto del bandido y la examinó, para darse fuerzas. «El atracador caerá en nuestras manos —leyó, estremeciéndose—; pero sabemos que no se le podrá detener con vida. Es como una fiera acorralada. Morirá matando.»
Procurando no llamar la atención, se deslizó hasta la pila de cajas adosada a la pared del cobertizo. Al abrigo de cualquier mirada indiscreta, pasó revista, por última vez, a su equipaje: el diccionario inglés y la pila, la navaja albaceteña, el mapa de América y las vainas de bala.
(El sol se había quitado al fin tras Montjuich y la luz se disolvía lentamente en el aire. Las últimas golondrinas volvían de la escollera, abarrotadas de público, y los cadetes del buque escuela vecino arriaron, solemnemente, la bandera del mástil.)
Durante largo rato, permaneció inclinado sobre el mapa de América. El libro de Geografía de la mujer contenía una detallada reseña de los países que iban a visitar y se había aprendido de memoria sus límites, extensión, población, ciudades y accidentes naturales. Cuando le fue imposible leer, consultó el reloj luminoso de la torre y se puso de pie. Las agujas señalaban las nueve menos diez. Si no se daba prisa, iba a llegar a la cita tarde.
Oprimiendo la navaja entre los dedos, recorrió los muelles desiertos, bajo el haz amarillo de los focos. Frente a Colón había americanos y policías y dio un rodeo, para evitar una emboscada. El correo de Mallorca partía, rezumante de luces, y torció a la izquierda, en dirección al transatlántico.
Desde la grúa, observó que faltaba un minuto para las nueve. Metralla no había llegado aún y se sentó a esperar en un bolardo. El corazón le latía con fuerza, después de la carrera, y acechó el ir y venir de la gente, con la respiración entrecortada.
—Se ruega a los señores pasajeros que no hayan pasado aún por la Aduana, se sirvan hacerlo con la mayor brevedad posible a fin de…
El altavoz repitió la advertencia en francés y en inglés. Los tripulantes subían y bajaban por la pasarela y las grúas descargaban el equipaje en el barco…
Sin poder dominar su impaciencia, se puso de pie. Durante unos minutos (lo importante era no pensar) contempló el reflejo de la ciudad sobre las aguas. Después, una lancha rápida pasó y el reflejo se deshizo en mil pedazos.
—¡Metralla!
El grito le había brotado a pesar suyo, ahogado en seguida por el zurrido de una sirena. Pero el muchacho de la gorra continuó, indiferente, su camino y Antonio escrutó el muelle desierto con los ojos llenos de lágrimas.
La Estación Marítima estaba cercada por una verja de hierro. Desesperando ya de su amigo, intentó, febrilmente, escalarla. Un policía rondaba, con el fusil al hombro, y, al verle, le amenazó desde lejos.
—Largo, chaval…
Asustado, el niño volvió a ocupar su puesto bajo la grúa. El altavoz transmitía nuevas consignas y los pasajeros se despedían y agitaban pañuelos en el puente del barco.
Con el cerebro en blanco, aguardó aún. El reloj de la torre marcaba las diez y diez, el buque levaba el ancla para partir y en el muelle no se veía un alma. Después, un hombre pasó a su lado, preguntando por el Club Marítimo, y el acento alegre y pausado de su voz le sacó de sus casillas. A gritos, le respondió que no lo sabía ni se le importaba y, perdido el dominio de sus nervios, corrió hacia la Barceloneta llorando. (Como en una pesadilla leyó LE HAVRE, STOCKHOLM, LONDON, PANAMÁ, BUENOS AIRES… Las naves, reunidas por un instante en el muelle se iban a dispersar como semillas al viento y, sobre la redonda superficie del planeta, recorrerían océanos y mares…)
La ciudad le digirió, como un enorme estómago, y, durante varias horas, erró por sus calles, sin rumbo. Lo había apostado todo a una sola carta y, al perder, se sentía yermo, vacío… Sin ninguna sorpresa, se encontró cara a cara con la mujer y le señaló el puerto, con un ademán.
—Se ha ido.
—Sí.
—No volveré nunca a verle…
—Nunca.
Luego, se despertó, desnudo, en su habitación, llorando y delirando en voz alta. La mujer estaba tendida junto a él, como una amante, y Antonio le hablaba del robo, del viaje y de la traición de Metralla… A veces, la fatiga le vencía y se sentía como caer en un pozo. Y, al despertar, la mujer seguía a su lado, al acecho, acariciándole el cabello, la frente, las mejillas, las manos… Su cara flotaba sobre la de él, como una máscara, y, al mirar los ojos, brillantes y desorbitados por la alegría, Antonio comprendió, con una mezcla de tristeza y alivio, que su niñez había muerto y que, en adelante, jamás podría escaparse.