Tres
Había dado comienzo la Semana del Suburbio. Los periódicos de la mañana traían la noticia en primera plana, encabezada con enormes titulares. Gran acontecimiento social, decían.
Distraídamente, su mirada se posó en el texto subrayado de uno de los oradores, obispo de Siluli: «Se habla mucho del derroche de los ricos —leyó—, pero dudamos seriamente que este derroche iguale siquiera al dispendio en tabaco y alcohol —excluimos el vino corriente— a que se entregan las llamadas clases menos favorecidas».
Sentado frente a ella, Costa seguía dando buena cuenta del desayuno. Si su aritmética no fallaba, aquélla era su séptima tostada. Con el diario en la mano, se entretuvo en contemplarlo a hurtadillas. Durante los últimos meses, su marido no había parado de engordar. Sus manos eran cada vez más blancas y fofas, el vientre se le curvaba como el buche de un ave y la carne empezaba a colgarle en las mejillas.
Sus gestos y ademanes, por si fuera poco, tenían la virtud de exasperarla. Al comer, su lengua chascaba de modo desagradable. Cuando removía el yogurt, el ruido de la cuchara le ponía los nervios de punta.
«Un día no podré aguantarme más y le cortaré el cuello también», se dijo.
Los domingos por la tarde, Costa iba a la plaza de Cataluña a dar de comer a las palomas. Con su chaqueta de pana y su gorra de cuadros, subía la Vía Layetana a pie, para hacer economías. Un día, ella le había espiado desde lejos. Su marido se ponía granos de mijo en los labios. Envuelto en un remolino de aves, se abandonaba, con los ojos cerrados, a sus arrullos, zureos y mimos.
De vuelta a casa, ella abrió la jaula del canario y le cortó el cuello con las tijeras. Nunca pudo explicarse por qué. El pajarillo no la irritaba de modo particular. El corazón había empezado a latirle con fuerza y, cuando se dio cuenta, todo estaba hecho.
En lo futuro, debía vigilarse un poco más. Muchas veces, mientras su marido dormía, se había sorprendido mirándole fijamente el cuello. La carne era allí bulbosa, blanda. Bastaría apoyar ligeramente un cuchillo para que la hoja se hundiera sin resistencia. La semana anterior, aprovechando su visita, había hecho partícipe de su obsesión a Estela.
—En lo más profundo de mí misma, sólo experimento por él repulsión y desprecio… Cuatro años he vivido a su lado, pasando por su mujer, sin serlo verdaderamente. El señor no había encontrado la manera de…
—No pienses más en el asunto. Deja de darle vueltas.
—Se lo tuvo que explicar el médico. Yo había ido a verle creyendo ser estéril…
—Olvídalo de una vez, mujer.
—Una cosa así no puede olvidarse —había dicho ella.
Haciendo un esfuerzo sobre sí misma, se puso de pie. Delante del marido, sus nervios corrían continuamente riesgo de alterarse. Sin dar explicaciones —no se las daba nunca— abrió la puerta del piso y salió a la calle.
Subido en lo alto de una escalera, un hombre instalaba una cadena de altavoces en los postes del alumbrado. En el local del Frente de Juventudes, un cartel gigantesco anunciaba la Semana del Suburbio. Debajo, una patulea de arrapiezos gritaba y se empujaba.
La mujer del imaginero se internó en las callejuelas del barrio en el que acampaban los murcianos. Su itinerario era el mismo todos los días y lo repetía con una obstinación casi maníaca. Cualquier variación —por mínima que fuese— le parecía de mal augurio. Evitando con cuidado los lavajos del camino, torció a la derecha, en dirección a la explanada.
La última semana había vagado de un lado a otro, al borde del delirio. El chiquillo se había esfumado de repente; por la noche no regresaba a casa de sus padres. Una vez, sentada en el suelo, lo aguardó horas y horas, sin dormir. Hecha un ovillo, soñó que vivía con él, hasta que, al alba, el frío la había despertado.
A la mañana siguiente, lo descubrió cerca de la cloaca, en compañía de un mozo rubio y una chiquilla pintarrajeada. Cautelosamente, los había seguido a distancia, procurando que no la vieran. El trío se detuvo ante un fortín. Varios muchachos tomaban el sol en la arena y, mientras la gitanilla hacía la cocina, Antonio y el otro se tumbaron a dormir sobre una manta.
Desde entonces, la mujer merodeaba por allí, con la esperanza de encontrarle. El niño se había dado cuenta de su asedio y a menudo volvía la cabeza para mirarla. En diversas ocasiones, ella se había fijado un plazo para hablar. Pero, cada vez que tropezaba con sus ojos, una angustia irrazonable le amordazaba la garganta.
Tomando el camino paralelo a la vía del tren, atravesó los campos cubiertos de escombros. Al segundo día de acecho, había establecido su puesto de observación detrás de unos zarzales. Tendida en el suelo, contempló largo tiempo el fortín. Su improvisada chimenea de lata humeaba. Un chiquillo con gafas salió a vaciar un cubo de basura. Pero en seguida entró otra vez en el blocao y ya no volvió a asomarse nadie.
La mujer emprendió el retorno con la garganta reseca. Los ojos le escocían de tanto mirar y tenía la lengua como de trapo. Una idea nueva le rondaba la cabeza. Sin darse cuenta respiraba más aprisa y aceleró, de repente, el ritmo de sus pasos.
La esposa del panadero había perdido su niño también. El que tenía no era hijo suyo y la gente decía que si era comprado. Febrilmente, trató de recordar las historias que había oído contar a sus vecinas. Muchas familias pobres, cargadas de hijos, se desprendían de alguno a cambio de unas pesetas. De tapadillo, el hecho se repetía todos los días y hacía correr mucha tinta en los diarios.
Cuando llegó a la Barceloneta, las sirenas de las fábricas aullaban. Su marido despachaba aún en la tienda y, en lugar de subir al piso, entró a verle y, secamente, le anunció su decisión de retirar sus ahorros del Banco.
Habían instalado un altavoz enfrente de la chabola y, desde hacía una hora, hablaba, hablaba sin descanso. Arrebujada entre las mantas, Coral intentó taparse los oídos con algodón. Pero la voz sonaba cada vez más fuerte, como si alguien chillara dentro de la casa…
Por fin, cansada de dar vueltas en el catre, se incorporó. Oía removerse a la abuela en el cuartucho de al lado y, ahogando un bostezo, abrió la ventana de par en par.
—Coral, ¿eres tú?
La niña le contestó con un gruñido. La abuela ya no elevaba la voz como antes y, para escucharla, había que aguzar el oído. Coral la encontraba cada día un poco más chocha y encorvada. Las manos se le habían puesto rígidas, como pezuñas y, al coger el dinero, estrujaban los billetes con avaricia.
—¿Cuánto te han dao?
Como de costumbre, comenzó a lamentarse a media voz de Metralla, de la tacañería de los hombres, de lo cara que estaba la vida…
—¿Quieres callarte de una vez? —le gritó—. Estoy harta de oírte repetir el mismo disco…
La abuela se retiró balbuceando. Bajo la estufa, tenía un escondrijo en que amontonaba el dinero. Poco a poco, se había habituado a depender de ella y desaparecía días enteros, para dejarle el campo libre.
—Bueno. Me marcho…
Tendida en la cama, la observó partir. De repente, sin saber por qué, volvió a verla, dos años atrás, más tiesa y más joven, inclinada sobre ella, dando chillidos…
Coral era entonces una criatura flaca y espigada. La abuela le había regalado un traje de relumbrón y se exhibía con él por el barrio, con el pelo adornado de flores. Cada vez que sonaba una música, los pies se le ponían a bailar, como tirados por un hilo. Disfrazada, corría detrás de los gitanos, los organillos, los guitarristas. Sus ojos brillaban en los espejos, negros como tizones, y al reír, su boca se abría como una raja de melón.
Un día, al entrar en la choza, se encontró con un hombre a quien no conocía. Llorando, la abuela le explicó que era su padre. El bato era un gitano de unos cuarenta años, alto y bien plantado, con el pelo lleno de caracoles y las patillas cortadas a media mandíbula. Había venido a Barcelona a vender unos mulos y, durante un tiempo, se instaló a vivir en su casa.
La niña se habituó a su presencia en seguida. A lo largo del día, el bato permanecía en la cama, fumando, bebiendo o, lo más a menudo, sin hacer absolutamente nada. Al llegar la noche se afeitaba y salía, y no regresaba a la chabola hasta muy tarde.
A veces, Coral le oía tropezar con los muebles y estirarse vestido, entre las mantas. Dormían juntos, los dos en el mismo lecho, y la niña no se atrevía a respirar, de miedo de desvelarle…
Una noche —el recuerdo era tan confuso que, a menudo, creía haberlo soñado—, su padre le había tentado el cuerpo al volver.
«Estate quieta», le sopló junto al oído. Ella le obedeció, amodorrada, sin darse bien cuenta de qué ocurría.
Al día siguiente, mientras arreglaba la habitación, la abuela se había puesto a gritar como un energúmeno. «Bandido. Hacerle esto a tu hija. Mira las sábanas. Chulo. Mal nacido…» Coral huyó de la barraca, asustada. Durante muchas horas vagabundeó por el barrio sin atreverse a regresar. En el cielo se amontonaban madejas de nubes, el mar se tornaba lívido y blanco, y pájaros como guadañas rasaban la arena, enloquecidos.
Cuando se decidió —lo recordaba bien— era noche cerrada. El bato había desalojado con todos sus trastos y, a gritos, la vieja le explicó que estaba perdida para siempre; que su propio padre la había deshonrado…
—Bastante se lo agradece ahora —murmuró la chiquilla entre dientes.
Aprovechando un silencio del altavoz, arrastró el baúl mundo de debajo de la cama. A espaldas de la abuela, Coral ocultaba allí su colección de muñecas. Durante muchos años había suspirado inútilmente por su posesión. (La única que tenía, la había encontrado entre los escombros, revolviendo con un palo. Era una pepona de trapo, mugrienta y calva, con las facciones descoloridas y la ropa de la falda deshecha. Pacientemente, se había aplicado a restaurarla. Con una caja de colores y un pincel, le pintó de rosa la cara, las piernas y los brazos. En las mejillas le puso dos rosetones de carmín. Después le dibujó una sonrisa y le cubrió el cráneo con un turbante.)
Desde hacía unos meses, para vengarse, Coral se compraba una nueva todas las semanas. Arrodillándose en el suelo, de espaldas a la luz, empezó a amontonar las cajas encima del catre. Envueltas en chales de gasa y tafetán, las muñecas abrían y cerraban los ojos de porcelana, graciosamente vestidas de tules. Sus sombreros estaban diseñados con sumo cuidado, de forma que realzaran la delicada finura de las trenzas sedosas y rubias. La pareja de danzarines atrajo especialmente su atención: ella iba vestida de raso, con una diadema de oropel y una deslumbradora falda de tiras; él llevaba un sombrero cordobés, un bastoncito de junco y un trajecillo de cuadros. Coral los había comprado un día en un gran almacén y, desde entonces, no se cansaba de mirarlos.
En combinación todavía, se sentó en cuclillas en el suelo, con la vista fija en la colección de muñecas, celosamente guardadas en sus cajas. No sabía cuánto tiempo había permanecido así. Cuando se dio cuenta, la puerta de la calle estaba abierta de par en par y una sombra gigante interceptaba la luz a sus espaldas.
—Hola, chiquita —dijo la voz del cabo.
La niña se volvió, llena de temor: por espacio de unos segundos creyó que el hombre había venido allí a quitarle sus muñecas. La sonrisa astuta, que tan bien conocía, y el brillo familiar de sus ojos, la tranquilizaron. Acariciándose el pelo con una mano, sonrió también, con coquetería.
—Me había asustao usté —dijo.
El cabo había cerrado la puerta tras él. Con un suspiro apoyó el mosquetón en tierra. Su mano, cuadrada, vellosa, comenzó a desabrochar el barbuquejo del tricornio.
—¿Yo? ¿Por qué iba a asustar yo a mi gatita?
El capote entreabierto dejaba ver su bien planchada guerrera, las cartucheras, la chapa, el cinto y los correajes. Bajo el bigote, los labios temblaban, tirantes y húmedos.
—No sé… Creía que era usté un ladrón —Coral rió, enseñándole los dientes—. Alguno que venía a hacerme daño…
El hombre la acechaba con ojos taimados; su pecho se movía como un fuelle. Apresuradamente, la niña volvió a meter las cajas en el baúl.
—Aunque no lo parezca, soy muy asustadiza, ¿sabe?
Con ademán de abandono, Coral se tendió sobre la manta, arqueando el cuerpo, para que los pechos le abultaran.
—Muy asustadiza —repitió bajando la voz—. Tanto, que no pue usté imaginárselo…
El cabo se desató la hebilla del cinturón. Luego, como si le hubiera adivinado el pensamiento, se volvió y ajustó cuidadosamente la ventana.
—Ten, pupila. Si ves que malician algo, te najas.
El primer día, Metralla le acompañó al lugar en que debía distribuir las cartas. Era un barrio elegante, enclavado en la ladera de la montaña, surcado por calles amplias, silenciosas y tranquilas. Una destartalada línea de tranvía le ponía en comunicación con el centro de la ciudad. Los vehículos rodaban casi vacíos y se paraban a petición de los usuarios. El cobrador parecía conocer a todo el mundo de vista y Antonio observó que les miraba con manifiesta desconfianza.
El niño iba vestido como un señorito, con su traje y zapatos nuevos y la camisa bien planchada y limpia. Antes de marcharse, el Profesor le había dado una insignia de esmalte, que representaba a un Niño Jesús gordo, como un anuncio de leche condensada. «Al llamar pregunta siempre por la señora —le recordó—. A las mujeres se las camela mucho más fácil.»
Metralla le dejó frente a una verja de hierro, desbordada por tilos, mimosas y acacias. «Yo me tengo que ir. A las cinco vendré aquí, a buscarte.» Antonio le vio alejarse calle abajo, con las manos metidas en los bolsillos y, cuando dobló la esquina, le hizo adiós con el brazo.
Era la primera vez que operaba solo y vaciló largo rato antes de llamar. La casa —grande como un convento, con las paredes embozadas de hiedra— le asustaba. A través de la verja contempló los cristales verdes del mirador, las azuladas baldosas del tejado. La cadenilla se bamboleaba suavemente al lado de la puerta, y al tirarla, cerró los ojos, como si se fuera a producir una catástrofe.
Cuando los abrió, no había ocurrido absolutamente nada. Como milagrosamente sustraída a las leyes del tiempo, la mansión dormitaba a la sombra del parque. Los sauces llorones se mecían, despeinados por el viento, y una mujer uniformada avanzaba por el sendero de cascajo.
—¿Tendría usted la bondad de avisar a la señora?
La dueña resultó gran devota de la Virgen. La casa estaba llena de altarcitos, hornacinas e imágenes. «Yo prefiero a la Pilarica —le dijo— porque es más española. Pero, de las otras, la que me gusta más es la de Fátima.»
El niño la escuchó con expresión inocente. La dama iba envuelta en un chal de flecos y se interesó en la obra y fines de la Cruzada. Al fin, contenta de sus explicaciones, le dio un billete de cien pesetas y ordenó a la sirvienta que le acompañara hasta la calle.
Animado por el éxito, Antonio repitió la visita a las demás casas de la manzana. Según pudo darse cuenta en seguida, sus dueños las habían construido obedeciendo a un mismo esquema: rodeadas de verjas puntiagudas o de muros erizados de cristales, parecía que la vida se hubiera detenido a sus puertas, que el calendario hubiera dejado de correr, olvidado.
Lleno de asombro, descubrió que sus habitantes manifestaban un insospechado entusiasmo ante la idea de la Cruzada. Agazapadas en sus sombríos y oscuros palacetes, con sus perros guardianes, sus grutas de Lurdes y sus cofres, las viejas familias querían ver su nombre impreso en las páginas del Libro de oro.
Antonio era acogido con los brazos abiertos. Con gran aplomo, explicaba a sus interlocutoras las razones de aquel grandioso homenaje nacional al papa. Y al salir a la calle, su bolsillo ocultaba un nuevo billete de veinticinco, cincuenta, cien pesetas.
El Profesor y Metralla le iban a buscar a la parada del tranvía. Su amigo conocía al patrón de un bar de camioneros y, reunidos en la trastienda, astillaban la ganancia. Por primera vez en su vida, Antonio se encontró dueño de una respetable suma de dinero. Sin saber qué hacer de él, compró un bolígrafo, un encendedor y un cartón de tabaco, y se los regaló a su camarada.
Sin trabajar ganaba en un solo día lo que su padre obtenía en una semana, partiéndose el espinazo. Al irse a vivir al Refugio, su madre le había despedido con lágrimas en los ojos. Pero Antonio sabía que una boca menos aliviaba la situación de sus hermanos y cuando volvió a verla, al cabo de unos días, le dio el dinero que llevaba encima con una mezcla de desprecio y lástima.
—La honraez no renta en este país —le había dicho el Profesor—. Aquí, el que no bribonea, se muerde los puños de hambre.
No. Él no quería acabar como su padre, abrumado de hijos y de deudas, arrastrando miserablemente su fracaso por las bodegas y las tascas. Si el mundo era una gigantesca empresa de explotación no sería él quien iría a sacar las castañas del fuego a un puñado de vividores y mangantes.
Una tarde, al bajar del tranvía, Metralla le invitó al cine del barrio. Proyectaban una película del Oeste y en la sala no cabía un alma. Sentados en dos taburetes de madera, asistieron, reteniendo el aliento, al asedio del fuerte, por una tribu de apaches.
El público chillaba ronco de emoción. Obreros, marinos, estibadores y rapaces comentaban las incidencias de la acción en voz alta, golpeaban en los brazos de sus asientos, pataleaban a cada victoria del enemigo y arrojaban al pasillo cortezas de naranja y de plátano.
Ladeando la cabeza, Antonio se entretuvo en observar a su camarada. Bajo el gorro, el rostro de Metralla estaba tenso, como el de un animal dispuesto a la embestida. La luz de la pantalla lo teñía como un relámpago de magnesio y acentuaba, como de propósito, la dureza y crueldad de sus rasgos.
Presa de una inquietud que no podía explicarse, el niño trató de interesarse de nuevo en el desarrollo de la película. Después de diversas secuencias, durante las que los sitiados parecían llevar las de perder, la historia concluía a gusto de los espectadores: los indios eran exterminados por un ejército de refresco mientras, a los acordes de una música militar, los héroes izaban en un mástil la victoriosa bandera estrellada.
Metralla abandonó la sala con aire soñador. Media docena de niños corrían por la calle esgrimiendo pistolas imaginarias y se desplegaron en guerrilla delante de ellos, aullando como indios.
En el puerto había oscurecido ya. El reloj de la torre brillaba, redondo como un ojo de buey y las luces se reflejaban, trémulas, sobre el limpio charol de las aguas.
Sin decir palabra, se sentaron al borde del malecón. Frente a la escollera, las grúas acechaban, como amenazadores insectos negros. Afogonados por la luz del soplete, varios obreros carenaban el casco de una nave.
Sus miradas convergieron en la dársena donde fondeaba la escuadra americana. Se celebraba una gran recepción y los barcos tenían las luces encendidas. La cubierta del buque insignia estaba empavesada con gallardetes y banderas, y el traque ruidoso de un cohete fue seguido por una alegre gavilla de bengalas.
—El día menos pensao, dejaré to esto y me largaré —dijo Metralla a media voz, como encandilado aún por el parpadeo de las luces.
Arrancado bruscamente a sus reflexiones, el niño le miró, aterido de miedo.
—¿Te largarás? ¿Adónde?
—No sé… Lejos de aquí… A Texas. O al Brasil… Donde se ganen cuartos. —Metralla chupó el cigarrillo como con rabia—. Estoy harto de andar por ahí, sin dar golpe… En América hay dinero y tías de buten. —Con ademán brusco señaló los barcos—. Cada vez que filo uno de ésos, me entran ganas de colarme…
—No se puede —dijo Antonio—. Están muy vigilados.
—Ya lo sé… Pero conozco a un tío que por cuatro mil te mete en la bodega.
—¿Y si te descubren? —El corazón de Antonio latía con fuerza, como si su amigo fuera efectivamente a partir.
—No te descubren. El tipo está conchabao con los del barco.
—Cuatro mil es mucho dinero —dijo el niño.
Mecánicamente, había hundido la mano hasta la fusca de los bolsillos: después de haber comprado los regalos a su amigo, su fortuna se reducía a unos reales.
—Sí. Pero podríamos ahorrarlos. —Por primera vez desde que había empezado a hablar, Metralla posó los ojos en él—. Entre dos siempre es más fácil. Lo que no pone uno, lo pone el otro.
—Pero, entonces… —La voz se estranguló en la garganta del niño. Lleno de pánico, analizó la posibilidad de que los sentidos pudieran jugarle una mala pasada—. Si son ocho mil…
—Aunque sean diez. —Metralla arrojó el cigarrillo al agua—. Lo importante es que podamos hacer el viaje juntos, ¿sí o no?
Incapaz de decir palabra, Antonio se limitó a afirmar con un movimiento de cabeza.
—Mirándolo bien, no es tanto como parece a primera vista… Si la gente apoquina como ahora pa eso del Libro, cuando lleguen las Navidades…
La explosión de un castillo de fuegos en el puente del buque insignia le cortó a la mitad. Millares de chiribitas surcaron el cielo como estrellas fugaces y, completando la frase de su amigo, Antonio formuló su deseo en voz alta.
—… nos largaremos.
—Sí —dijo Metralla—. Nos largaremos… En toa la panetera vía volveremos a poner los pies en España.
El día de la Ascensión, el termómetro subió a más de treinta grados. Los frágiles techos de las barracas recibían de lleno el impacto del sol y sus moradores abrían ventanas y puertas tratando, inútilmente, de provocar una corriente de aire.
—Para mí, la culpa la tienen los americanos —opinó Saturio—. El dueño del almacén me dijo el otro día que llevaban una bomba atómica escondida en uno de los barcos.
La madre de Hombre-Gato hizo un movimiento con los labios, como indicando que todo era posible. Aquella mañana había obligado al niño a acompañarla a la iglesia y, al salir, se detuvo a charlar en el atrio con un pequeño grupo de vecinos.
Hombre-Gato se escabulló al primer descuido y regresó a cambiarse a la chabola. Era cerca del mediodía y los altavoces transmitían nuevos discursos. Sin darse prisa, bordeó el barrio por el lado de la explanada. Una escuadrilla de aviones de reacción hacía piruetas sobre el mar y varios rapaces disparaban contra ella con una, escopeta de aire comprimido.
El niño se quitó la camisa y las sandalias. Vestido con los antiguos pantalones de su padre —llenos de remiendos de diferentes colores, con una pernera más larga que otra— salió a merodear por la playa, desnudo de cintura para arriba.
Un sombrero de paja de ala ancha le defendía de los rayos del sol. Aupándose los calzones —Hombre-Gato los sujetaba con una cuerda, a la altura de las costillas— caminó sobre los guijarros ardientes, procurando no cortarse con los cristales.
Tocados con gorros y tricornios de papel de periódico, los ociosos se aconchaban a la sombra de las chabolas. Un vendedor ambulante recorría la calle gritando gaseosa y cerveza fresca y docenas de mujeres hacían cola en la fuente, con cántaros, bombonas y garrafas.
En la esquina del paso a nivel, un barrendero había abierto una boca de riego. El chorro potente de la manguera barría el polvo acumulado en la calzada y un refrescante olor, como de lluvia, impregnaba agradablemente el aire.
Un grupo de niños y niñas corrió a remojarse dando chillidos. Desnudos, con mono, o en traje de baño, bailaban abrazados unos a otros, con los pelos escurridos, lacios y chorreantes.
Dejando el sombrero en tierra, Hombre-Gato se unió a ellos. El agua se estrellaba, fresquísima, contra su cuerpo y, al alcanzarle de lleno, le obligaba a volverse de espaldas. Con la boca abierta, los ojos entornados, giró alegremente sobre sí mismo, hasta que se le puso la carne de gallina y los dientes empezaron a castañetearle.
Tiritando de frío, se tendió sobre la arena, de cara al sol. Aquella mañana se había desayunado solamente con un mendrugo de pan y un hambre terrible le mordió, de repente, el estómago. Días antes su padre había prometido darle unas perras y decidió ir a la tasca del Maño a recordárselo.
Cien Gramos echaba una partida de cartas, sentado en la mesa del rincón. Tres horas antes había salido de casa a remojarse el gaznate y, a juzgar por la expresión achispada de su rostro, comenzaba a estar bebido.
Otras veces, Hombre-Gato había ido a la taberna a sablearle, haciéndose recibir con insultos. En contra de lo que se temía, su padre enarcó las cejas al verle y le examinó de pies a cabeza con manifiesto buen humor.
—¿Pue saberse dónde has sacao esta pinta? —dijo.
—Al ir por la calle, un guardia me regó con la manguera —mintió Hombre-Gato.
—Un guardia, un guardia… Valiente punto filipino estás hecho tú. —Volviéndose hacia sus compañeros de juego lo señaló con una mano—. Fijaos cómo anda… Cualquiera diría que no ha recibió el Bautismo…
—Si en lugar de soplar como soplas te cuidases un poco de él —observó el Maño, guiñando un ojo—, quizás iría mejor vestido.
—Si va vestío así, es porque le da la real gana —dijo Cien Gramos—. En casa tie lo menos dos trajes y no se los pone nunca.
—No nos digas que se los has comprado tú, porque no nos lo creeremos.
—No; no se los he comprao yo. —Cien Gramos empinó el codo y vació de un trago el porrón—. Se los han regalao.
—¿Regalado? ¿Quién?
—Los Padres. La semana que viene hace la Comunión.
—¿Ah, sí? —dijo, irónicamente, el Maño.
Hombre Gato afirmó con la cabeza y aprovechó la ocasión para decir:
—Papá. Dame un duro…
—El domingo próximo, no; el otro —continuó su padre sin dar señales de haber oído.
—Si le has enseñado tú —dijo el Maño— el chico debe ir, lo que se dice, preparado.
—Pues sí que va. Sin universidades ni títulos, tie más cabeza que tos nosotros juntos.
Aprovechando el inesperado elogio que llovía sobre él, Hombre-Gato volvió a pedirle cuartos.
—Yo no digo que le falte caletre —le cortó el Maño—. Pero, si todo lo que sabe lo ha aprendido de ti, me parece que, en vez de darle la Comunión, lo que le van a dar es longaniza.
—Yo sé leer y escribir —manifestó, ofendido, Cien Gramos—. Aquí donde me ves, tirao y to como estoy, también he seguío estudios.
—Pues no lo parece, hijo —dijo el Maño—. Para lo que te aprovechan…
—El primero de clase era, pa que te enteres… Me sabía los reyes godos de memoria.
—Anda… Cuéntanos una de bandidos —dijo un manguis, acodado en la barra.
—Tos. Del primero al último. Que me mate Dios si os engaño.
—No jures, que te pues llevar un disgusto.
—La vía ha sido muy dura conmigo.
—¿La vía? —intervino Cinco Duros—. El trago.
—Si no llega a ser por el accidente…
—Eso, suéltanos bribias ahora. —Cinco Duros emitió una risa seca—. Como si no supiéramos tos las que agarras cuando cobras del Seguro… Hasta los brazos te cortarías, si supieras que te pagaban…
—A ti nadie te ha pedío que hables —dijo Cien Gramos—. De mo que achanta el mirlo.
—Yo me callo cuándo me da la real gana —repuso su camarada.
Cien Gramos hizo ademán de alzar el porrón, pero volvió a dejarlo sobre la mesa al comprobar que estaba vacío.
—El chaval ha ío tres semanas a la Doctrina… Sucio y en cueros, como va, podría dar lecciones a muchos.
Sus ojos turbios, de borracho, se posaron en Hombre-Gato con orgullo. El niño se echó el sombrero hacia atrás, sin quitar la vista del bolsillo donde guardaba la cartera. El agua se le escurría aún por los calzones y formaba en el suelo un pequeño charco.
—Anda, diles lo que sabes —le azuzó.
—¿Qué quies que les diga?
—Lo que prefieras tú. Latín… Catecismo…
—¿Me darás el duro? —preguntó el niño, esperanzado.
—Un duro y, si es preciso, más. Pa que aprendan a reírse de tu padre…
—Dios es Uno y Trino —dijo Hombre-Gato de un tirón, comiéndose las palabras.
—En latín, en latín…
—Gloriam eterna… Cristum… Anima.
—¿Lo veis? ¿No os le había dicho?
—Dame el duro.
—Aún. Otra frase, hala.
—Santus. Santus. Santus —recordó el niño.
—¿Lo veis? ¿Lo veis? —Su padre sonreía, exultante—. Lo mismo que un cura.
Cinco Duros bebió un sorbo de agua del botijo y se volvió, despectivamente, hacia el Maño.
—A otro cualquiera, en su lugar, se le hubiera caío la cara de vergüenza. Pero al filete ese, no… Pa él no llueve nunca.
—Cuando alguien tie que decirme algo, me gusta que me lo diga a la cara —exclamó Cien Gramos.
—Lo que faltaba… Encima me pedirá que se lo explique.
—Pues claro que me lo has de explicar.
—Vergüenza debería darte, vergüenza, exhibir así a tu propio hijo…
—¿Vergüenza? ¿Por qué?
Cinco Duros no le contestó. Como un actor subido en un tablado, parecía declamar ante un público:
—Miradle… Obligao a mendigar pa comer porque su padre se bebe por ahí los cuartos…
(Convertido en el centro de la atención, Hombre-Gato bajó los ojos, con fingida modestia. Astutamente, adoptó una expresión triste, de ser martirizado.)
—… Una inteligencia de primer orden, perdía, porque nadie se ocupa de ella… Ven, majo, ven… Yo voy a darte el duro.
—El duro se lo doy yo —cortó, irritado, su padre—. Tus cuartos te los pues guardar pa tus hijos, que buena falta les hacen.
—Eso, humíllale encima… Dáselo como una limosna.
—Se lo doy de la forma que quiero.
—A contrapelo, sí… De mala gana.
—¿A contrapelo, dices? —Los ojos de Cien Gramos chispearon—. Ten —dijo, sacando un billete de la cartera—. Cógelo, te lo regalo…
Hombre-Gato lo miró, sin atreverse a tocarlo. El billete era de cincuenta pesetas.
—Anda. ¿Qué estás esperando…?
El niño no se hizo rogar más. Su mano se cerró en torno al billete como la concha de una perla.
—¿Me lo das?
—Sí, señor.
—Si quies puedo aún decir más cosas en latín.
El Maño rompió a reír.
—Vete en seguida, chaval… No sea que luego se arrepienta…
Convencido de la razón del consejo, el niño se aupó los calzones húmedos y se dirigió hacia la salida con paso vacilante.
Desde la acera, donde paró al vendedor de churros, escuchó, con la boca llena, la violenta requisitoria de Cinco Duros y las respuestas llorosas e ininteligibles de su padre.
Pepe debía ir a casa del perista. El día antes, Drácula había robado diez metros de tubería en un cobertizo abandonado de Les Corts y como el Profesor no disponía, de momento, de más cartas de la Cruzada, Antonio se decidió a acompañarle.
—Alberto se pondrá furioso cuando lo sepa —bromeó el Gitano en el tranvía—. Ca vez que salgo con otro, se achara.
El perista regenteaba una ferretería en Pueblo Seco y les adelantó trescientas pesetas por el plomo. Pepe se las guardó, refunfuñando, en la cartera y, de regreso, le invitó a beber a una tasca.
—Cerca de ahí vive una lumi que trabaja pa mí —le explicó—. Me la camelo desde el verano pasao… Es vieja, pero aún tiene donde agarrarse.
—¿Trabaja? —preguntó Antonio—, ¿de qué manera?
—¿De qué manera quies que trabaje una mujer? —El Gitano se acarició la crencha recién peinada—. De instantánea, chaval. De instantánea.
Antonio movió la cabeza con aire de comprender. Palabras como respeto, querido, chulo, sonaban en sus oídos de forma extraña. En el barrio, cerca de su casa, vivía un hombre con pinta de moro y la gente decía a media voz que se hacía entretener por las mujeres. Intrigado, el niño decidió interrogar a Metralla.
—Ella me ha comprao la chupa nueva —continuó Pepe, mostrándole la chaqueta—. Y los alares. No hay mes que no me largue algo… Mira. Allí viene.
La mujer se llamaba Paloma y estaba algo entrada en carnes. Antonio bebió una jarra de cerveza con ella y, pretextando una cita, los dejó a los dos en la tasca.
Desde el Paralelo, regresó en tranvía hasta el barrio. Hacía calor y los merenderos estaban llenos de gente. Evitando las calles frecuentadas por la mujer del imaginero, el niño cortó por la explanada. Cuando llegó al Refugio, sus compañeros formaban corro junto a la puerta y el Neorrealista leía en voz alta el último número de El Caso:
El nombre de Francisco Martín Sabater, alias el Quico, flota en toda Cataluña. Es como un sonido trágico que corre de boca en boca, llevando por doquier un miedo pánico. Cada uno de los delitos cometidos por el criminal constituye un siniestro alarde de precisión, de destreza. Como decía una relevante personalidad de la Policía barcelonesa, Sabater ha nacido para el crimen, como otros nacen para tocar el piano o el violín.
Inspector con quien se encuentra, inspector al que dispara, a varios metros de distancia, sin que jamás puedan mediar palabras. Lo único cierto es que el bandolero tiene impuesta en Cataluña una auténtica Ley del Silencio.
La pluma casi se resiste a relatar las fechorías cometidas por este hombre, de cuya condición humana hay que dudar. Asesino nato, que mata por el placer de la sangre, muchas veces sin otra finalidad que saciar sus instintos bestiales, Sabater tiene gran habilidad para alterar sus facciones. Unas veces aparece con bigote y otras, sin él. Unas con el pelo rizado; otras completamente liso…
Mientras el Neorrealista leía la minuciosa reseña del atraco, Antonio espió la reacción de sus compañeros. Metralla, Gonzalo, Cristóbal, escuchaban en religioso silencio. Sólo Drácula parecía no prestar atención y bostezaba ruidosamente entre las mantas.
—Caray —exclamó Gonzalo, cuando el Neorrealista acabó—. ¡Vaya tío!
—Apuesto algo a que se les vuelve a escapar —dijo Cristóbal.
—Lo que es seguro, es que no le pescan vivo…
Antonio examinó el reportaje fotográfico con emoción. Por números anteriores tenía noticia de las actividades delictivas de Sabater pero, hasta entonces, no había visto ningún retrato del hombre que, según profetizaba el cronista, «estaba condenado a morir matando». La foto, aunque borrosa, le agradó y decidió, mentalmente, conservarla.
—Un tío así es un hombre de verdá —dijo Metralla.
—Un fulano que lo conoció durante la guerra —explicó Cristóbal— dice que se afufó del cuartel con un camión.
—Durante la guerra había muchos como él.
—Durante la guerra, pue ser; pero, lo que es ahora, es el único que no tie jindama.
—Claro que es el único. —La mano de Metralla describió un movimiento rápido, como una hoz—. To los que había como él, los liquidaron.
Antonio se removió en la yacija con desazón. Cada vez que oía hablar de la Revolución y de la Guerra, se sentía como estafado. Haciéndole nacer en una época carente de heroísmo, el destino le había jugado una mala pasada. La gente de antes luchaba con el fusil en la mano y ventilaba sus contiendas a tiros. Al cabo de veinte años, la prensa hablaba con horror de violencias, muertes, robos y asesinatos. Y la monotonía y mediocridad de la vida presente le inspiraban aún mayor desprecio y lástima.
—Ojalá hubiera vivido entonces —murmuró—. Ahora todo es aburrido. Nunca pasa nada.
—Sí hubiese nació antes —dijo Metralla—, habría sío pistolero, como mi padre.
—Mi bato fue sirlero también —dijo Cristóbal—. Trabajaba con los de la FAI.
—Cuando empezó la guerra, el mío formó una patrulla y se cargó, tirando a corto, a más de cien ricachos.
—¿Lo conociste? —preguntó Antonio con la lengua reseca, comparándole mentalmente con Cinco Duros.
—No; apenas lo recuerdo… Cuando le dieron garrote tenía yo cuatro años.
—Yo no he llegao a conocer al mío —explicó Cristóbal—. Al entrar los nacionales lo mataron delante de mi madre y parece que, del susto, nací antes de hora.
—Será por esto que tiene tanto canguelo —rió Drácula, enseñando los dientes.
—Caray. Entonces también debería tenerlo yo —intervino Gonzalo—. Mi madre me sacó durante un bombardeo.
—Con lo que apesta él —remató Cristóbal—, la suya debió parirle en una cloaca.
La frase provocó la risa de todos y Antonio se volvió hacia Metralla, imantado. (Lo que los guirlocheros contaban sobre sus padres, le llenaba de envidia y admiración. Condenados al garrote como Sabater, habían sido hombres auténticos. En lugar de hundirse en la resignación como Cinco Duros, no habían vacilado, frente al peligro, en empapar sus manos de sangre.)
—¿Qué clase de tipo era, tu padre?
—No sé —Metralla se acarició el mentón con aire dubitativo—. Mi madre me ha hablao muy poco de él. To lo que sé, me ha llegao de oídas.
—¿No te acuerdas siquiera de cómo era? (Antonio pensaba que si su padre hubiera matado, aunque fuese una sola vez, no se habría olvidado de él nunca.)
—Durante el juicio, mi familia me llevó un día a verle a la beri… Creo que iba vestío con un mono azul… Lo que sí recuerdo es que se cabreó con mi madre porque lloraba.
—¿Cuántas penas de muerte le dieron? —preguntó el Neorrealista, quitándose los lentes.
—Yo qué sé… No creo que ni al Sabater le cuelguen tantas.
Absorto en sus ensueños, el niño dejó de escuchar. Armado con un fusil-último-modelo, se imaginó a sí mismo disparando desde una trinchera, en compañía de Metralla. Tal vez en el país en que desembarcaran habría revoluciones y guerras civiles. Las noticias de América que leía en la prensa hablaban de alzamientos, motines y golpes de Estado. Con mayor intensidad que nunca, deseó alejarse de aquella paz encharcada.
El Neorrealista había sacado la sartén para hacer la comida y Cristóbal, Gonzalo y Drácula salieron afuera, a ayudarle. Durante unos segundos, Antonio contempló la foto de Sabater. Y acordándose de repente de lo que había dicho el Gitano, se encaró con su camarada:
—¿Qué quiere decir, vivir del trabajo de una mujer?
Bruscamente sustraído a sus reflexiones, Metralla anarcó las cejas y se frotó los labios con el dorso de la mano. Como si la pregunta del niño fuese cómica, se echó a reír y, con movimiento rapidísimo, tumbó a Antonio sobre el petate.
—Eso no te interesa, barbi —dijo empuñándole con suavidad la barbilla—. Anda, dame candela. Quiero fumar un cigarro.
Había acabado la Semana del Suburbio. Los altavoces transmitieron el discurso de un hombre de voz aflautada que aconsejó la devoción al Sagrado Corazón y el rezo del Rosario en familia para atajar los progresos del bolchevismo. Luego, una extraña procesión de niños y mujeres desfiló a lo largo de la explanada al son de las cornetas y tambores de los chicos del Frente de Juventudes. Los hijos de Saturio llevaban en andas una pequeña imagen de Nuestra Señora de Fátima, que fue proclamada solemnemente Patrona y Protectora del barrio.
—El tío se ha puesto las botas —dijo el Maño, señalando a Saturio—. Me han dicho que acaban de concederle un piso.
La comitiva, engrosada por varias docenas de curiosos, discurrió a paso lento delante de la tasca. Atardecía, y el sol coloreaba vivamente el rojo de las boinas y el azul oscuro de las camisas de los niños. Una tolvanera finísima envolvía al sacerdote y los acólitos con un halo dorado y enronquecía las gargantas infantiles mientras salmodiaban:
Virgo Potens
Ora pro nobis…
Virgo Clemens
Ora pro nobis…
Poco a poco, los clientes entraron de nuevo en la taberna. Giner se demoró, apoyado en una jamba de la puerta, hasta que los tambores y cornetas se extinguieron y los últimos chiquillos rojiazules se perdieron en la distancia. El hijo mayor de Cinco Duros cruzaba la calle con un montón de tebeos y, sin decidirse a entrar ni a salir, Giner se entretuvo en contemplarlo.
El chico iba bien trajeado, con camisa de hilo, zapatos y calcetines. Bañado por el sol, su rostro le recordó, de pronto, a alguien. Mientras encendía un cigarrillo se esforzó en pensar en quién. Sin haberlo resuelto, hizo ademán de caminar, pero permaneció donde estaba, como clavado.
El comedor del piso de Costa; los tabiques desnudos; la fotografía del niño con traje de marino… Uno y otro se parecían como dos gotas de agua. Era absurdo no haberlo advertido antes.
Liberado, como si se hubiera sacado un peso de encima, se dirigió hacia su casa silbando. Un viento fresco había alejado de la playa a los últimos bañistas. Con motivo de la fiesta, las barracas estaban adornadas con banderas y colgaduras y, acabados los rezos y discursos, los altavoces transmitían marchas militares.
Desde fuera, oyó tocar la guitarra a sus hijos. La puerta de la calle estaba abierta y fue a la habitación a cambiarse. Conforme imaginaba, su mujer había ido al acto de Consagración del barrio a la Virgen de Fátima.
Al contraer matrimonio, Trinidad era indiferente como él; pero, desde su salida del campo, parecía presa de una inquietud religiosa que aumentaba de día en día.
A medida que su carácter se tornaba agrio e intolerante, había adquirido nuevas devociones que inculcaba celosamente a sus hijos, como buscando la manera de aislarle. Desde su cuarto, cuando, fatigado por el trabajo de la jornada, trataba de recapitular las razones de su fracaso, les oía jesusear a los tres en la cocina.
Su piedad era agresiva, ácida como sus palabras y miradas. Los días de ayuno se negaba en redondo a hacer la comida y los domingos y primeros viernes hacía ruido exprofeso al levantarse. Llevada por su afán vengativo había convertido el dormitorio en una especie de capilla y Giner se sentía en él como un intruso, acechado por docenas de reliquias, imágenes y santos.
Pero lo que por encima de todo alimentaba su amargura era el hecho de que, a los dieciocho y dieciséis años, sus hijos no hicieron ningún esfuerzo por comprender. Con los ojos cerrados, aceptaban como moneda de ley cuanto su madre les decía. Giner había inventado, en vano, crear una corriente de comprensión. Alfonso y Manuel parecían interesarse tan solo por el canto, los toros y el fútbol. Como habitantes de un mundo distinto, despreciaban (ignoraban) las normas que habían dado sentido a su vida.
Mientras se lavaba la cara, les oyó ensayar una tonada cartagenera. Alfonso tenía la voz bien timbrada e imitaba felizmente al Niño de Almadén:
Los picaros tartaneros
un lunes por la mañana,
los picaros tartaneros
les robaron las manzanas
a los pobres arrieros
que venían de Totana.
Con la toalla entre las manos, se asomó al comedor a verles. Después del incidente de la radio, Trinidad los había azuzado contra él y Giner decidió aprovechar la ocasión para explicarse. Inmóvil bajo el dintel de la puerta, aguardó a que terminaran la copla y, con voz menos firme de lo que hubiera querido, ordenó:
—Sentaos… Tengo que hablaros.
Sus hijos le obedecieron con cara de fastidio. Apoyado en el brazo del sillón, Alfonso se arregló distraídamente las uñas. Manuel encendió un cigarrillo sin prisa y comenzó a tensar las cuerdas de la guitarra.
—Vuestra madre ha ido a la procesión, me parece… (Los ojos de Manuel expresaban un aburrimiento infinito.) Yo hubiera deseado hablaros delante de ella; pero, como esto no es posible, y sabe Dios que no es por mi culpa, quiero que vosotros, al menos, sepáis lo que ha pasado.
—Lo sabemos ya, padre —dijo Manuel con voz átona.
—¿Lo sabéis? ¿Qué sabéis? —Giner deslizó la lengua sobre los labios. Su garganta estaba reseca, como fibrosa…
—Mamá nos lo contó hace unos días. Lo de la carta, y, también, lo de la radio.
—Vuestra madre os habrá dado tal vez una versión inexacta… (Pese a sus esfuerzos, la voz le salía cada vez más temblorosa.)
—Mamá no miente nunca —le cortó Alfonso.
—Yo no digo que mienta —protestó Giner—. Simplemente creo que se confunde… Después de todo lo ocurrido, tiene miedo y, a decir verdad, no le faltan motivos. (Alfonso hizo una mueca, como diciendo: «Entonces, ¿a qué toda esta plática?».) Yo sólo quisiera —continuó— que, por un momento, aceptarais poneros en mi lugar… Que os esforzarais en comprender por qué me metí en política aquellos años…
—La política no nos interesa —dijo Manuel. (Su rostro era macizo y hermético, como el de una estatua.)
—A veces, oyéndoos hablar —dijo sin hacer caso de la interrupción— me da la impresión que me consideráis un irresponsable… Qué se yo… Un ser nefasto que empujó la familia a la ruina. Y en cierto modo, admito que un extraño pueda juzgarme así… Pero vosotros sois mis hijos. Vosotros tenéis la obligación de escucharme…
—Mamá nos ha prohibido oírte hablar de política —le recordó Manuel. (Y, traicionando su impaciencia, su mano pulsó una cuerda de la guitarra.)
—No se trata de política —se defendió Giner—. Se trata de que sepáis quién es vuestro padre.
—Mamá nos lo ha explicado miles de veces.
—¡Oh!, ya me lo figuro —Giner rió con amargura—. Para ella soy un pobre iluso que fue por lana y salió trasquilado… Pero éste es tan solo un lado de la verdad… Durante la República…
—La República fue una porquería —dijo Alfonso—. Por culpa de ella, mamá tuvo que mendigar de puerta en puerta, mientras estabas tú en la cárcel…
—Lo sé, lo sé… Visto a distancia parece una locura… Pero, en aquel momento, nadie podía prever qué giro tomarían las cosas… Cuando me afilié al sindicato…
—Mira, padre. Lo mejor es que cortemos. Ni Manuel ni yo queremos oír hablar de este asunto.
—Si mamá se entera, se va a llevar un disgusto. Ya sabes cómo se pone cada vez que nos hablas.
—Vuestra madre no puede impedir que me explique —dijo Giner.
Pero sus hijos no le escuchaban ya y, como dando por acabado el diálogo, Manuel empezó a rasgar la guitarra.
—Anda. Arranca por peteneras.
—No. Repite el tango flamenco.
—Espera. Voy a aflojar las cuerdas…
Giner abrió la boca para decir: «no he acabado aún»; pero comprendió que cualquier tentativa de hacerse oír estaba condenada al fracaso.
Alfonso se había vuelto de espalda (como si no existiera) y arrancó a cantar, como por soleares:
Los van a prender mañana
los van a prender mañana
toítos los ojos negros
los van a prender mañana…
Herido en lo más profundo abandonó la habitación tambaleándose. El corazón le latía como si fuera a darle un síncope y, para calmarse, se aplicó a liar un pitillo. De repente, alguien golpeó la puerta con el puño y acudió a abrir, con un vaga sensación de catástrofe.
En la calle le aguardaba un hombre bien trajeado y, al reconocerle, estuvo a punto de dar un grito. La vida podía ser generosa a veces.
Era Emilio.
Antonio fue a cambiar los tebeos a la librería de lance. Desde la conversación en el muelle se esforzaba en gastar lo menos posible. La idea de embarcarse de polizón le hostigaba día y noche, como una pesadilla y, durante horas enteras, permanecía con la mirada fija en el calendario, calculando mentalmente la fecha del embarque.
La primera quincena de junio había seguido distribuyendo tarjetas de la Cruzada Cordimariana hasta que, a raíz de una nota de la junta, reproducida por toda la prensa, denunciando la «explotación ilegal de unos desaprensivos», Metralla y el Profesor acordaron interrumpir el negocio y astillaron la ganancia como dos buenos amigos.
A Antonio le correspondieron mil doscientas pesetas, que entregó, exultante, a Metralla. De mutuo acuerdo, habían decidido, en lo futuro, hacer bolsa común. Su amigo tenía apartadas más de dos mil pesetas que, unidas a las suyas, formaban poco más o menos la mitad de la cantidad necesaria.
—Con un poco de suerte —se dijo— podremos embarcarnos este otoño.
En la librería había comprado un mugriento mapa de América y, mientras recorría la explanada, se entretuvo en estudiarlo. En Venezuela y Texas era fácil abrirse camino. Al parecer, el petróleo brotaba allí como el agua y la gente ganaba sumas fabulosas. Metralla había hablado también de Nueva York. Pero Nueva York estaba más explotado.
De repente, descubrió que alguien le llamaba y se volvió a mirar, presa de miedo. Vestido con su traje de Comunión, Ramón corría tras él, jadeando.
—Papá quie hablarte.
—¿A mí?, ¿de qué?
—No sé… Dice que vayas a casa.
Conforme solía, trataba de despertar su curiosidad para hacerse pagar los informes. Decidido a no morder el anzuelo, Antonio giró sobre los talones.
—Sé dónde vives —dijo Ramón, sonriendo ladinamente.
El muchacho hizo un movimiento con los hombros, indicando que se le daba igual.
—También sé con quién vives.
—Pues si lo sabes, procura que no se te escape.
—Metralla se najó del Reformatorio —continuó su hermano—. Si le denuncian, irá a parar a la trena.
—Y tú —repuso, amenazador, Antonio— irás a parar al depósito de cadáveres.
Ramón rió enseñando los dientes. El traje regalado por los Padres le caía ancho y, por contraste, le hacía parecer aún más flaco y pequeño.
—Papá lo sabe to —murmuró.
—¿Qué?
—Pues eso… Que vives con los guirlocheros.
—¿Se lo has soplado tú?
—Te juro que no.
—Entonces, ¿quién?
—Habla con él. Ya te lo explicará.
Cinco Duros le aguardaba en la puerta de la barraca.
—Pasa, hijo mío… —le invitó.
Paco, Pilarín y Javier habían abandonado su cuchitril para verle. Lleno de asombro, Antonio descubrió que en el comedor había una enorme bandeja de pasteles y una botella de vino de Málaga.
—Siéntate —dijo Cinco Duros—. ¿Quies un Bisonte?
El muchacho aceptó con inquietud. Tanta amabilidad por parte de su familia le alarmaba.
—Ramón me ha dicho que querías hablar conmigo.
—Sí. —Su padre se había sentado también—. Pero antes, bebe una copa de Málaga.
De sorpresa en sorpresa, Antonio reparó en los pequeños que llevaban baberos nuevos. Pilarín estaba hinchada, como después de un gran ahito y Javier miraba, sin golosina, la fuente llena de dulces.
—¿Te gusta? —dijo Cinco Duros.
—Es muy bueno.
—Si quies más, ponte.
—No. Tengo bastante, gracias…
Permanecieron los dos en silencio, contemplándose. Al fin, su padre sacó un botellín de anís del bolsillo y se atizó un largo trago, como para darse fuerzas.
—Antonio —dijo con voz solemne—, tengo que darte una buena noticia.
El niño se retrepó contra la pared. Mecánicamente, alisó las arrugas del pantalón.
—¿Conoces a un señor que tiene una tienda de imágenes en la calle San Miguel?
Privado bruscamente del habla, se contentó con afirmar con la cabeza.
—Su mujer ha venío aquí esta mañana… Una señora flaca, no sé sí la ties vista…
Cinco Duros le miraba de hito en hito, acechando su reacción.
—Pues bien… La señora esa necesita una ayuda en casa… Un chico de tu edá, pa hacer recaos, atender al teléfono…
—Pero yo ya tengo trabajo… —protestó, apresuradamente, Antonio.
—Lo que te propone no es ningún trabajo. Al contrario, apenas te ocupará tiempo… Un oficio ideal pa no dar golpe y ganar los cuartos que quieras…
—No necesito ganar más cuartos —dijo el niño. Una angustia extraña parecía atarle la lengua—. Con los que tengo, me basta y me sobra.
—Mira, chico —repuso su padre—, te interesa aceptar… La señora quie encargarse de tu educación… Dice que te va a pagar una escuela…
—¿Y tú le has dicho que sí? —preguntó Antonio, sintiendo que sus ojos se inundaban de lágrimas.
—Pues claro. —Su padre enarcó las cejas con asombro—. Una oportunidá como ésta, con dinero, estudios y to… En la vía volverá a presentarse…
Antonio crispó las manos de rabia. Desde el principio había tenido el convencimiento de que la mujer intentaba perjudicarle. Cada vez que cruzaba su mirada, sus pupilas brillaban como con odio. La obstinación que ponía en seguirle no se explicaba de otra manera.
—¡Joder! —exclamó Cinco Duros—. A ti, no hay Dios que te entienda. To el mundo alegre por ti, y tú, poniendo cara de mártir.
—Estoy bien como estoy —dijo el niño—. No tengo ganas de cambiar.
—¿No ties ganas de cambiar, dices? —Cinco Duros amusgaba la vista con gesto de no comprender—. No me dirás que prefieres andar por ahí, briboneando…
—Yo ando de la manera que quiero.
—A veces, parece que seas lila. —Su padre cogió el botellín de anís y lo vació de un trago—. Por una vez que alguien se interesa por ti…
—Yo no he pedido a nadie que lo haga.
—La señora tie mucha influencia —dijo su padre—. Si quiere, pue hacer mucho daño.
Antonio no contestó. Objeto de la atención de todos, se sentía furioso, como un animal cogido en una trampa.
—Mañana vendrá aquí a saber tu respuesta —dejó caer aún Cinco Duros.
—Pues dile que me espere sentada en un pino… En la vida pondré los pies en su casa.
Sin hacer caso de los dramáticos lamentos de Cinco Duros, salió a la calle. Anochecía, y los vecinos retiraban las banderas y colgaduras de las ventanas de las chabolas. Durante unos minutos, vagabundeó al azar, molesto e irritado consigo mismo. Cuando se dio cuenta, Ramón corría de nuevo, jadeando, a su espalda.
—Si me das un duro, te cuento lo que ha pasao.
Antonio se detuvo y le miró. Una vez más, su hermano tenía la sartén por el mango.
—Hala; desembucha.
Ramón hizo una mueca al responder.
—Págame antes.
Antonio aceptó: en manos de Ramón, el duro se volatilizó como por arte de magia.
—La mujer vino esta mañana y preguntó por papá.
—¿Estabas tú?
—Yo fui quien le abrió la puerta.
—¿Y qué dijo?
—Pues eso… Que necesitaba un chico en la casa, pa el teléfono.
—¿Y qué dijo?
—Casi na… Habló muy poco. Y al salir, le dio el dinero.
—¿Dinero?
—Sí —Ramón afirmó con la cabeza—, ¿no viste la comía que hay en casa?
—¿Le dio mucho?
—Mucho.
—¿Cuánto?
—Lo menos tres mil pesetas.
No pudo sonsacarle más y le dejó partir. Al llegar al Refugio, explicó lo ocurrido a Metralla.
—¿Qué diablos debe querer?
Su amigo reflexionó unos segundos, preocupado.
—No sé… En tu lugar, yo iría a su casa.
—La tía no hace más que seguirme. Me mira, y no dice ni pío.
—Hablando con ella, lo aclararás.
—A veces pienso que debe estar loca…
—Si tie tela, siempre podrás apañar algo.
—Estoy seguro de que me tiene tirria.
—En este caso, razón de más. Sabiendo donde paras, a lo mejor es capaz de denunciarte.
—¿Tú crees?
—Si tan chalá está…
—Tienes razón… Cada vez que la veo, me entra mucho miedo.
—Piensa en el viaje.
—Ya pienso.
—Si se va de la lengua, el día menos pensao tenemos la gripa en casa.
—Está bien. Iré.
—¿Cuándo?
—Cuando tú quieras.
—¿Mañana? —dijo Metralla.
—Bueno —murmuró Antonio—. Mañana.