Uno

«NI UN HOGAR SIN LUMBRE, NI UN ESPAÑOL SIN PAN.» Escrita en la pared del ferrocarril con gigantescas letras negras, la consigna parecía presidir orgullosamente la vida del barrio. Dondequiera que se mirase, al alzar los ojos, la vista tropezaba con ella. Más arriba, un avión de reacción surcaba el cielo a gran velocidad. Su trayectoria —larguísima— partía el espacio en dos, como una raya de tiza, y se disolvía lentamente en lo azul como la estela de espuma de un barco.

Deslumbrado, Antonio amorró la cabeza y cortó, por el primer callejón, hacia la playa. Era domingo y la explanada guijosa que se extendía frente a las chabolas acogía a centenares de ociosos que se esponjaban al sol, lo mismo que lagartos: corros de hombres oscuros que jugaban al tute o al julepe, en mangas de camisa y con la boina encasquetada; mujeres viejas y como encogidas, que se defendían del reverbero de la luz con toscas viseras de papel de periódico; chiquillos ágiles y medio desnudos, que correteaban por los escombros persiguiéndose, con imaginarios revólveres, hasta el borde de la cloaca.

Las barracas tenían aproximadamente la misma altura y, en gran proporción, estaban enjalbegadas. Algunas lucían un pretencioso techo de ladrillo, puerta de madera regular y tiestos de geranios y dondiegos. La mayoría estaban confeccionadas de remiendos, con ladrillos y baldosines de diferentes formas y colores y hasta, a veces, con parches de hoja de lata. Aprovechando el sol, sus habitantes charlaban, dormitaban, trabajaban y comían al aire libre. En la barraca próxima al albañal, un niño gateaba por la arena, con el pie ligado por una cuerda a la puerta de su casa.

Antonio vagabundeó por la explanada, sin rumbo fijo. El parloteo ruidoso de los receptores armaba una endemoniada algarabía. Programas distintos, retransmitidos a toda potencia, cambiaban estériles gritos, en una apasionada discusión de sordos, monótona e inacabable. El aire estaba saturado de olores: efluvios de husmo y aromas de fritura, que se mezclaban con el hedor de basuras y albañales y se diluían, en la atmósfera tibia y casi calma.

El niño se sentó en un montón de escombros, de espaldas al sol. A su lado, un viejo vestido con un abrigo mugriento se cortaba las uñas de los pies. Dos manguis revolvían las basuras con bastones. Junto a la calle, cuatro hombres habían improvisado una mesa de juego sobre una vieja barrica de vino.

—Te digo que ha tocao falla.

—Mentira.

Antonio les observó con atención. Un gitano se había incorporado del neumático que le servía de asiento y señalaba furioso al rubio de la baraja.

—El tipo me ha tomao por un jula…

—Leches.

En una de las chabolas vecinas alguien pulsó las cuerdas de una guitarra. La voz afiebrada de un locutor anunció un programa de mambos. Una niña vestida de bailadora se puso a palmear en la puerta de su casa. Y, en aquel momento, cuando la confusión de rasgueos, voces, música y gritos amenazaba llegar al paroxismo, el panorama sufrió un cambio inesperado.

—¡Queo!

Un chiquillo vestido con una camiseta azulgrana los había avistado en el paso a nivel y dio la señal de alarma. Eran tres, explicó, dos pequeños y uno encorvado y alto, y venían bordeando los relejes del camino, seguidos de una docena de muchachos.

Antonio miró a su alrededor, lleno de asombro. Una mujer descolgaba apresuradamente la ropa tendida y los hombres sentados en torno a la barrica interrumpieron la partida de cartas.

—Eh, tú… Guarda el cartulaje.

—El parné.

—Alto… La peseta es mía.

El chaval de la camiseta azulgrana corría por la calle dando el acán. La mujer de la ropa se asomó a la explanada y empezó a llamar a gritos a su chico.

Antonio se puso de pie y miró hacia la colina. Los visitantes caminaban dificultosamente entre los lavajos, asediados por un enjambre de arrapiezos. Torciendo a la derecha, hacia el centro del barrio, iniciaban, en medio de gran expectación, su antiguo itinerario de los domingos.

—Dicen que los reparten ya.

—¿El qué?

—Los trajes.

Las mujeres se asomaban a las puertas de las chozas. Algunas, más impacientes, corrieron al encuentro de la comitiva, seguidas de una nube de chiquillos. Pero los forasteros habían desembocado ya en la explanada y, como obedeciendo a una señal, los altavoces de las radios enmudecieron, la niña dejó de palmear y los hombres que jugaban y bebían hicieron desaparecer las cartas y los porrones y adoptaron un continente resignado y digno.

El cortejo se detuvo frente a la taberna y un chico cargado con una maleta de piel impuso silencio con inspirado movimiento de la mano. Durante unos segundos, los forasteros cambiaron impresiones en voz baja. En medio del astrado corro de mirones, sus sotanas relucían al sol, negras y limpias.

—¿Dónde vive Saturio? —dijo, al fin, el más alto.

La pregunta pareció romper el hielo y los rostros de los curiosos brillaron, como de esperanza.

—Por allí —respondieron varias voces al mismo tiempo.

El Padre hizo una pausa antes de continuar. Lentamente se sacó un pañuelo del bolsillo y se enjugó el sudor que le corría por la cara.

—Dentro de pocas semanas —dijo— nuestra Santa Madre Iglesia celebra con gran solemnidad la festividad de Pascua Florida. Una antigua tradición cristiana, que se remonta a la infausta época de las Persecuciones, quiere que los niños en edad de merecer la Comunión la hagan precisamente ese día.

»El próximo domingo, como en años anteriores, los catequistas empezarán un ciclo preparatorio. Los pequeños que asistan al mismo recibirán la instrucción necesaria para acercarse a Dios Nuestro Señor con la disposición espiritual que tan magno acontecimiento exige.

»Todas aquellas familias cuyos hijos no hayan recibido a Nuestro Señor en el Sagrado Altar de la Comunión son cordialmente invitadas a colaborar en esta santa empresa.

»La inscripción se hará en casa de Saturio, a partir de ahora. El padre Bueno tomará el nombre y señas de los pequeños y responderá a todas las consultas que se le hagan.»

El cura carraspeó, dando por acabado el discurso, pero la gente que le escuchaba continuó clavada en el sitio, como en espera de una segunda parte. Ojillos vivos e inquietos de ancianos, mujeres y niños examinaban con misteriosa insistencia la maleta de piel del catequista.

—¿Algo por aclarar? —preguntó, sorprendido, el Padre.

Varias personas tosieron, sin decidirse a hablar. Al fin, un niño menudo y negro se acercó al de la maleta y le tiró de la manga.

—¿Qué lleva aquí dentro, señor?

—Catecismos —repuso el joven con voz grave.

La comitiva reemprendió solemnemente la marcha, con los curas, las mujeres, los viejos y los chiquillos. Desde su puesto de observación de la explanada, Antonio les vio alejarse con lentitud hacia la chabola de Saturio.

El barrio recuperó poco a poco su fisonomía habitual. Los hombres sentados alrededor de la barrica sacaron de nuevo las cartas y los porrones y continuaron la partida, entre disputas y blasfemias. La niña vestida de danzaora volvió a palmear y alguien enchufó a toda potencia un receptor de radio.

Antonio se incorporó del montón de escombros y continuó su recorrido, con las manos hundidas en los bolsillos.

Aunque le trasvió a la primera ojeada, sentado en un banquillo, frente a Giner, permaneció unos segundos inmóvil, sin decidirse a entrar. La taberna del Maño estaba como achicada a la luz del sol. Como el barrio del que era ilustración y reflejo, parecía un rompecabezas compuesto de infinidad de piezas. Baldosas y mosaicos de diferentes formas y colores, ladrillos y adoquines arrancados de distintas aceras, testimoniaban una existencia difícil, llena de sobresaltos. Una azarosa sucesión de hurtos y cambalaches había amueblado el interior de banquillos, taburetes y mesas. Sobre media docena de toneles, el Maño había improvisado una barra. El techo tenía remiendos de alquitranado y, cuando llovía, se infestaba de goteras.

Cinco Duros apartó de un manotazo las cadenillas de la puerta y se dirigió a la mesa donde había visto a su amigo. Recién concluido su turno en el garaje, Giner jugaba su partida diaria, vestido todavía de azul mahón. Cien Gramos parecía haber pasado la noche en vela y cabeceaba delante de una botella de manzanilla. Sentados en el rincón más apacible de la tasca, hacían entrechocar calmosamente las fichas del dominó.

Cinco Duros estrechó la mano a Giner y se sentó junto a la ventana. Tras minucioso debate había decidido al fin su línea de conducta. Cien Gramos se removió nerviosamente en el asiento y le observó con sus ojillos inyectados en sangre.

—Buenos días —dijo.

Cinco Duros no contestó. Decidido a ignorar la existencia de su amigo, fingía no verle siquiera, como absorto en la contemplación de un objeto situado a su espalda.

Cien Gramos jugueteaba con la botella de manzanilla, deseoso de atraer su atención. Sin hacerle caso, Cinco Duros se levantó y pidió al Maño el botijo del agua.

Al regresar, sonrió despectivamente y se frotó las manos, como de buen humor. Giner le observaba lleno de inquietud. Pálido, ojeroso, Cien Gramos comenzó a revolver las fichas del dominó, sin atreverse a mirarlo.

—Estábamos hablando de Emilio cuando llegaste tú —dijo Giner, rompiendo el silencio.

—Esta mañana he recibido carta suya.

—¿Qué dice? —Sin dejar de mirar a Cien Gramos, Cinco Duros bebió un sorbo del botijo.

—Espera. —Giner empezó a tantear los bolsillos, buscándola—. Creo que la llevo encima.

La encontró, al fin, entre los papeles del chaleco y, antes de empezar, le alargó una fotografía. En ella, un Emilio desconocido, radiante, tomaba el sol, sentado en la balaustrada de un jardín.

—¿Es él? —exclamó, atónito, Cinco Duros.

—El mismo que viste y calza —repuso Giner con una sonrisa.

Olvidando momentáneamente a Cien Gramos, Cinco Duros examinó la foto, asombrado.

—No es posible…

—Esto no es nada… Espera a oír lo que dice.

Giner se aseguró de que nadie le escuchaba y comenzó a leer en voz baja:

—… Desde hace más de seis meses trabajo en una empresa de construcción… Casi la mitad de los obreros somos españoles… El sindicato nos defiende bien… La semana pasada hicimos tres días de huelga…

Cinco Duros no le prestaba ninguna atención. Fascinado por el Emilio de la foto, lo analizaba aún, recelando alguna trampa.

—Me acuerdo como si fuera ayer del día que se marchó —dijo tragando saliva—. Vestío de prestao como tos nosotros… Sin un puto real en el bolsillo…

Giner seguía leyendo la carta con el rostro iluminado.

—El tipo era un don nadie como yo… —le interrumpió de nuevo Cinco Duros—. Lo conozco desde que era así de chiquito…

—Emilio se ha hecho rico gracias a mí —manifestó Cien Gramos, de pronto, con voz tranquila.

Abandonando la foto sobre la mesa, Cinco Duros le miró, lleno de sobresalto.

—¿A ti?

—Sí —su amigo afirmó con la cabeza—. Siempre se lo había dicho. Tú, que eres soltero y no tienes familia, deberías largarte. En Francia podrás vivir como un señor mientras que aquí serás toa tu vía un don nadie. —Cogió la botella por el gollete y se llenó el vaso de manzanilla—. Así mismo, con estas palabras.

—Tos nos acordamos perfectamente —aseguró Cinco Duros.

—Emilio, le decía, te hablo como hablaría a mi hermano. Un hombre joven y emprendedor, como tú, debe tentar la suerte. En Francia tienen una República… Seguro que te darán trabajo…

—Y él te escuchó.

—Sí. Me escuchó. La última vez que hablamos, lo juro por mi madre, estaba en esta misma mesa y me dijo: Cien Gramos, me has convencido… Aquí no podré hacerme nunca una vía… Me largo…

—Supongo que se marchó aquel mismo día… —La voz de Cinco Duros estuvo a punto de estrangularse de rabia.

—Sí —confirmó Cien Gramos triunfal—. Me pidió que le acompañara a la estación y se compró el billete pa París.

—Creí que se lo habías pagao tú…

Cien Gramos fingió pasar por alto el retintín de sus palabras.

—Fui yo quien le decidió a partir —repitió—. Si no llega a ser por mí, todavía andaría por ahí, muriéndose de hambre.

Cinco Duros bebió nuevamente del botijo. Conocía muy bien la propensión a fantasear de su amigo, y sabía la forma de remediarla.

—Si tan seguro estabas de que iba a hacerse rico —le espetó—, me gustaría saber por qué no le acompañaste.

—Porque yo no era libre como él —repuso Cien Gramos, digno—. Yo tengo mujer e hijo.

—Ah, ya… —Cinco Duros cambió la entonación de la voz—: La familia te retuvo.

—Sí, señó.

—Tu mujer y el chico…

—Sí, señó.

Cinco Duros emitió una risa seca, que resonó como el zurrido de un neumático.

—Ésa sí que es buena… En mi vía había oío na igual, palabra…

—No veo qué tiene eso de gracioso —dijo Cien Gramos, ofendido.

La risa de Cinco Duros desapareció con la misma rapidez con que había comenzado.

—Ah ¿no? —Mediante un ligero esfuerzo, consiguió dar a su voz la entonación de sus mejores escenas—: Como si nadie supiera que tu hijo se pasea por ahí en cueros y que tu mujer se parte los riñones trabajando…

—Lo que hagan mi mujer y mi hijo es asunto mío.

—… muertos de hambre, los pobrecillos, mientras su padre se bebe el sueldo en la tasca…

—También tú te bebes el tuyo —repuso Cien Gramos—. También tú obligas a trabajar a tu mujer y abandonas en la calle a tus chicos…

—Mi caso es completamente distinto… En casa, soy yo el amo… Si quiero gastarme el dinero, me lo gasto.

—También yo soy el amo de la mía y pateo mis cuartos como me da la real gana.

—Si pateases tus cuartos, como tú dices, nadie te diría na —repuso Cinco Duros—. Lo malo es que arramblas también con los que no son tuyos.

Cien Gramos acusó inmediatamente el golpe.

—¿Qué quies dar a entender? —dijo.

Giner guardó la carta en el sobre con aire de fastidio.

—Yo creo… —comenzó.

Pero ninguno de los dos le hizo caso.

—Cuando estoy sin blanca, no arrimo el culo a los demás pa que me inviten —dijo Cinco Duros.

—Yo no arrimó el culo ni me hago pagar por nadie —replicó su camarada—. Fuiste tú quien me hizo beber. Yo no quería.

—Sí, hazte el mártir encima… Aún resultará que pipiaste obligao…

—Yo estaba en un rincón, sin decir na, y tú llegaste con la botella y te plantaste enfrente mío…

—Anda, calla… Si has metió la pata una vez, al menos, canda el pico…

—To el bar estaba vacío —dijo Cien Gramos a Giner, a punto de estallar en sollozos— y vino precisamente a mi mesa, a achucharme…

—A achucharte o no, lo único que sé es que, cuando me desperté, el señor se había bebío mi paga y mi menda andaba tirao por el muelle, limpio como un plato.

—Él me lió a beber… Iba con una tranca de las grandes y sin darme yo cuenta…

—Un aprovechón, eso es lo que eres… Un falso hermano.

Cien Gramos inclinó, vencido, la cabeza. Dos lágrimas, brillantes como dos gotas de lluvia, resbalaron por sus mejillas demacradas.

—Yo no soy un falso hermano ni me aprovecho de nadie —dijo—. Soy pobre, pero tengo mis principios…

Cinco Duros le observaba, lleno de satisfacción.

—Un manguis, querrás decir… Un descuidero. —Se volvió hacia Giner, tomándolo por testigo—. Cuando el señor apaña veinte duros en algún lao, en lugar de corresponder como cualquier hijo de madre, va y se los bebe él sólito.

—No es cierto… Te estuve buscando durante toa la noche… Sin encontrarte…

—Sin encontrarme… —Cinco Duros rió de modo sarcástico—. Como si no supiese que cada vez que el señor gana un chavo se esconde pa no tener que invitarme.

—Pregúntaselo al Cartagena, si no me crees… Dile si no pasé más de diez veces por el bar…

—No necesito hablar con nadie pa saber cuando mientes.

Cien Gramos comenzó a registrarse los bolsillos con mímica de borracho. Al fin, localizó el portamonedas y se lo alargó con mano temblorosa.

—Ten… Quédate con él… Te lo regalo…

—Ah, eso sí que no… —exclamó Cinco Duros—. ¿Dinero que no sé de donde viene…? ¡Nunca!

Con ademán patético, su compañero le mostró la mano izquierda, con las falanges del índice y el mayor seccionadas.

—Es un dinero honrao —proclamó entre hipo e hipo—. Me lo han dao en la Mutua… Por mis dedos… —y se los tanteó, como para asegurarse de que no le habían crecido.

—Y ¿a eso le llamas dinero honrao? —preguntó él—. Vergüenza debería darte, óyeme bien, de explotar a la Mutua por semejante tontería.

Cien Gramos rompió a llorar descosidamente.

—Antes eran largos como los otros… Bien hechos… Con uña y to…

—Con uña y to… Pa qué carajo te sirven las uñas quisiera yo saber… Eso pa señoritos que no trabajan y lucen… Pero, dos muertos de hambre como tú y yo… Tan desgraciaos somos con, como sin, mira lo que te digo…

Cinco Duros paseó una mirada a su alrededor, recabando la aprobación del auditorio. El botijo seguía encima de la mesa y bebió de nuevo un trago:

—Sin cabeza andaríamos por el mundo, y penaríamos lo mismo.

Cien Gramos no contestó. Con la cabeza gacha, contemplaba los muñones de sus dedos, lloroso y arrepentido.

Los hombres que bebían en la barra reanudaron su conversación poco a poco. Al cabo de un rato Giner se despidió y salió afuera. Y en la mesa quedaron los dos, uno cara al otro, frente a la tentadora botella de manzanilla.

Transcurrió un minuto, otro y otro; en silencio, sin que ninguno de los dos dijese nada. Tímidamente, sus miradas se cruzaron. Cinco Duros observaba, con la garganta reseca, la botella de manzanilla. Y una chispa de alegría iluminó los ojillos de su camarada.

—Pues beber, si quieres —murmuró con voz suave.

Cinco Duros no dijo que no. Cien Gramos le miraba con una expresión vecina al amor y, al coger la botella que le ofrecía, comprendió que él también lo había perdonado.

—Acábatela, chachi —le decía—. Ayer cobré la paga y hoy es fiesta… Si quieres, volvemos a emborracharnos.

Más allá de la taberna del Maño, la franja de tierra que albergaba a la población del barrio se reducía progresivamente, atenazada entre el muro de obra que bordeaba la línea férrea y la playa guijosa donde se vertían las cloacas.

Después de una breve visita a la chabola de Saturio, Antonio alcanzó las ruinas del antiguo depósito. Los aficionados habían habilitado tiempo atrás un campo de juego donde los niños disputaban cada semana un encuentro de fútbol. Sin decidirse aún a volver al piso, el muchacho vagó al azar entre los grupos de espectadores. De pronto, movido por un presentimiento, se volvió. La mujer del imaginero había atravesado el barrio también y, como obsesionada, le seguía, de nuevo, a prudente distancia.

Una vez, hacía lo menos dos meses, Antonio había tropezado con ella a la salida de la escuela. La mujer pareció no oír siquiera sus disculpas y le contempló con expresión extraña. De mediana edad, tenía el rostro enjuto y los cabellos grises. Sus ojos, grandes y oscuros, daban la impresión de querer traspasarlo todo con la mirada.

Desde entonces, Antonio la encontraba cada vez que salía a la calle. Adondequiera que fuese, la mujer caminaba tras él, como una sombra. El día antes, le había seguido hasta el final de la escollera y, por un momento, creyó que iba a pararle. Pero la mujer se detuvo a una veintena de metros y le dejó partir sin pronunciar palabra.

Antonio la miró lleno de rencor. El arbitro había pitado penalty contra el equipo local y, aprovechando el tumulto, se esfumó por una de las callejas laterales. Después del campo, las chabolas comenzaban a espaciarse y el paisaje sufría una metamorfosis. Rodeadas de pretenciosos huertecillos defendidos con espinos, alambradas y bardales, las últimas barracas se extendían a lo largo de la playa como viviendas de juguete escaqueadas en un tablero de color.

La configuración del terreno favorecía la huida. Durante unos minutos, zigzagueó por las callejas, en dirección al mar. A aquella hora estaban medio desiertas, y al llegar al límite de la arena, se detuvo. El corazón le latía rápido después de la carrera y en su frente había brotado el sudor. Aunque se volvió a mirar, sabía que la mujer había perdido su pista. Algo más tranquilo, caminó una veintena de metros por la arena. Suspendido en el cenit, el sol pegaba cada vez con mayor fuerza, y se sentó a la sombra, aconchado a un recipiente de latón.

Enfrente de él, un muchacho moreno, con pinta de gitano, leía un tebeo, acuclillado delante de su barraca. El chico iba vestido con cierto esmero, con unos pantalones azul marino y un jersey de punto blanco, y al alzar los ojos, al cambiar de página, su cuerpo se enderezó como el de un animal olfateando algún peligro. Una banda de chicos de quince a dieciséis años acababa de aparecer por un extremo de la playa y se dirigía hacia el campo de fútbol con aire insolente y provocador. A pesar de que les separaba una cincuentena de metros, el muchacho permaneció clavado en su sitio. Los del grupo tampoco mostraban demasiada prisa en acortar la distancia: sorteando las basuras arrojadas allí por los volquetes, avanzaban paso a paso entre los guijarros, violentamente coloreados por el sol.

Al frente de ellos, un gañán rubio, tocado con un gorro negro, caminaba con las manos hundidas en los bolsillos y una colilla apagada entre los labios. Lleno de asombro, Antonio contempló sus patillas, cortadas en forma de hacha, y su frente, marcada por una sinuosa cicatriz. Vestido pobremente, como sus compañeros, llevaba una camiseta pequeña, que algún día debía de haber sido azul, y un pantalón de pescador, descolorido y remendado.

Al llegar a una docena de pasos se volvió e hizo seña a los demás de que esperaran. Sin manifestar ninguna inquietud, el chico moreno continuó leyendo el tebeo. El cabecilla le observó un buen trecho con los brazos en jarras y carraspeó varias veces para llamar su atención.

—Caramba —dijo—. ¿Habéis visto quién hay aquí? —Contoneando ligeramente el cuerpo, salvó la distancia que les separaba—: Se diría que es nuestro viejo amigo Jarque, muchachos…

—Al menos se parecen como un huevo a otro huevo —corroboró un chiquillo con la cabeza esquilada—. ¿Verdá, chicos?

Como obedeciendo a una consigna la banda formó círculo a su alrededor. En cuclillas en el suelo, Jarque no movía un solo músculo.

—El parecío es extraordinario, joder —dictaminó el jefe—. Los ojos… El pelo… La nariz… La frente… To igualito…

—A lo mejó es él —aventuró el gitano, sin poder contener la risa.

—No. No pué ser —fingió escandalizarse el jefe—. Un amigo sincero, como Jarque, nos habría dao la bienvenía.

—De tos mos —insistió el gitano—, no perderíamos na preguntándolo.

En vista de que el jefe no disponía otra cosa, se arrodilló en el suelo e hizo una reverencia profunda:

—¿Tendría la bondá de decirme cómo se llama, Su Señoría…?

Hubo una pausa durante la cual todos aguardaron en silencio la reacción del muchacho acuclillado.

—Su Señoría es sorda —dijo, al ver que no respondía, el de la cabeza esquilada.

—Su Señoría es sorda, ciega y muda —afirmó el cabecilla.

Le contemplaba aún con los brazos en jarras y, de pronto, se desabotonó la bragueta. Lentamente, con el sexo al aire, se dirigió a la casa de Jarque y, a la vista de todos, comenzó a orinar contra el muro.

Antonio hizo visera con la mano para ver mejor. Aunque, por un momento, los puños de Jarque se crisparon, obedientes a una consigna interior, sus ojos no se apartaron del tebeo.

Los chicos de la banda seguían la escena, llenos de avidez. Como aves de presa olfateando sangre, sus rostros se habían transfigurado al olor de la pelea:

—Méate encima de él, Metralla.

—Riégale el traje.

—Jíñale, pa que crezca.

Acompañado por la mirada admirativa de todos, el jefe marchó al encuentro de Jarque, con las manos hundidas en los bolsillos y la bragueta abierta. Conscientes de la importancia del momento, sus compañeros dejaron de gritar. Tan solo Jarque fingía recorrer aún las páginas del tebeo, pero el temblor de las manos le vendía.

—¿Su Señoría quiere sacudirme las gotas y metérmela dentro? —preguntó Metralla con una sonrisa.

Jarque no contestó. Chorreante de sudor, su rostro brillaba al sol como un vidrio recién lavado.

—Si Su Señoría no quiere —continuó Metralla—, Su Señoría no los tiene en su sitio y es, además, cabrón, hijoputa y marica.

De un manotazo le arrancó el tebeo de las manos, lo partió en dos y lo arrojó al suelo. Jarque se puso de pie con el rostro congestionado.

—Deja de provocarme —exclamó— o, por mi madre… —y la voz se le ahogó en la garganta.

Metralla se volvió hacia sus compañeros:

—¿Habéis visto, muchachos…? Ahora me amenaza…

—Estoy solo y sin armas —dijo Jarque—. Si tan flamenco eres, di que se afufen.

—Nadie te tocará, si yo no quiero —repuso Metralla.

Sacando una mano del bolsillo le alargó una navaja doblada. Al verla, sus amigos aplaudieron:

—Endíñale un buen tajo.

—Píntale un jabeque.

—Chínale la cara.

Jarque miraba a su alrededor, acorralado. En la explanada desierta, la atmósfera era casi calina. El sol arrancaba guiños de la hojalata y vidrio de los escombros. Un soplo de brisa segó, apenas nacido, el grito lejano de los espectadores del fútbol.

—¿Qué esperas?

El cabecilla le tendía la navaja con aire burlón. Por toda respuesta, Jarque le golpeó con el puño. El directo alcanzó a su enemigo en el pecho y le obligó a retroceder unos pasos.

—Ah, conque éstas tenemos…

Metralla guardó la navaja en el bolsillo y arrojó el gorro al suelo:

—Como tú prefieras… Si no te gusta la churi, a las manos.

Seguidos por el resto de la pandilla, se dirigieron a la playa. Con el corazón palpitante, Antonio se levantó también. El grupo se detuvo en la zona arenosa próxima a la orilla y se paró, así mismo, detrás de ellos, a prudente distancia.

Elegido el lugar, los contendientes se observaron con atención antes de pasar al ataque. Rodeados por un anillo de espectadores, parecían acechar una señal para empezar, encendidos por el calor del sol, y como rijosos.

De improviso, rompiendo el hechizo que les mantenía inmóviles, cambiaron una rápida sucesión de golpes, en medio del clamor de los chicos de la pandilla, que excitaban, a gritos, el ardor de su camarada.

Durante cierto tiempo, el combate se mantuvo equilibrado. Jarque brincaba de un lado a otro con gran agilidad. Metralla hacía escarceos sin emplearse a fondo. Finalmente, el cabecilla logró asirle por el hombro y, estrechamente abrazados, ambos rodaron por el suelo.

A partir de entonces, la lucha se decidió a favor de Metralla. Tras un forcejeo rápido en el que, sucesivamente, cada uno pareció llevar las de perder, cabalgó a horcajadas el cuerpo de su enemigo. Jarque intentó inútilmente zafarse con violentas sacudidas. Metralla lo tenía bien sujeto entre las piernas y le dejó hacer para agotarlo mejor. Después, atenazándolo con las rodillas de forma que no pudiera moverse, se aplicó a golpearle con encarnizamiento maligno.

Antonio seguía la trayectoria de su brazo con una mezcla de fascinación y de horror. Metralla había asido a su rival por el cuello y le hacía chocar la cabeza contra los guijarros. Su rostro convulso, salpicado de moretones, no parecía inspirarle ninguna piedad. Los esfuerzos de Jarque para librarse se tornaban cada vez más débiles y espaciados. En un momento dado, Metralla cogió una piedra y se la aplastó varias veces contra la cara.

Antonio cerró los ojos y los volvió a abrir. Jarque tenía la ceja partida y la boca ensangrentada. Montado sobre su abdomen, Metralla lo contemplaba con el rostro chorreante de sudor. Los chicos de la banda pedían más, más, a gritos. Para complacerles, arrastró el cuerpo inerte a la orilla y zampuzó la cabeza en el agua.

Al punto, la histeria de sus compañeros alcanzó el paroxismo. Como movidos por un resorte, se inclinaron sobre el cuerpo del caído y comenzaron a molerlo a golpes y patadas.

—Así… Hasta que la diñe…

—Macho, Metralla…

Cuando el corazón de Antonio parecía a punto de estallar, alguien divisó en el horizonte los tricornios de una pareja de civiles.

—Cuidao… La gripa…

Abandonando entre los guijarros el cuerpo de la víctima, la banda corrió hacia la zona de los fortines, entre cuyos atajos resultaba fácil la huida. Metralla les siguió detrás, sacudiéndose la arena del pantalón.

Tras unos segundos de duda, Antonio se levantó también. El jefe había olvidado el gorro en la arena y atravesó la explanada, a recogerlo, bajo el impacto del sol. Reteniendo el aliento, se lanzó en pos de los fugitivos, a través de una maraña de senderos bordeados de espinas y alambradas. Por primera vez en su vida no se sentía dueño de sí y caminaba sin saber a dónde le llevaban sus pasos.

Oprimiendo el gorro entre los dedos, dejó atrás los últimos huertecillos y barracas. Casi sin darse cuenta se encontró bajo el puente del ferrocarril. Los fugitivos se habían detenido allí a tomar aliento y, al llegar él, le contemplaron con manifiesta desconfianza.

—¿Qué coño quieres? —preguntó un muchacho rubio, plantándosele delante, con los brazos cruzados.

Y aunque Antonio había preparado un discurso, no supo qué responder. Objeto de la hostilidad del grupo, se sintió, de golpe, sin fuerzas para decir una palabra.

—Estaba en la playa cuando llegamos —acusó uno.

—Yo le he visto correr detrás de nosotros.

—Es un levosa. Ha venío hasta aquí pa espiarnos.

Sus rostros brillaban, llenos de odio. El muchacho rubio escupió en el suelo y le agarró brutalmente por la solapa:

—Vamos, desembucha o…

La vibración del tren que, en aquel momento, pasaba por encima de ellos, le impidió rematar la frase.

Cuando se restableció el silencio, Metralla se interpuso entre los dos.

—Aguarda un minuto —dijo cogiendo el gorro.

Durante unos instantes, que parecieron a Antonio interminables, lo examinó con la misma atención que un gitano pondría en la adquisición de un caballo. Luego, con mano dura, le levantó el mentón y le obligó a mirarle a la cara.

—No tengas miedo, barbi —dijo.

En medio del asombro de todos, le pasó amigablemente el brazo sobre los hombros y, como si este contacto le hubiera hecho comprender todo lo que quería decirle, añadió:

—Estás entre compañeros, aquí… Si quieres, pues ser nuestro camarada.

Al dejar la taberna del Maño volvió a sacar la carta del bolsillo y releyó a media voz algunos párrafos. Desde hacía seis años, Emilio era como un hijo para él. Giner lo había conocido a poco de cumplir la condena, en el momento en que el muchacho vino a Cataluña, huyendo del paro. Su infancia, como la del propio Giner, había transcurrido en un pueblucho perdido de Andalucía. Su padre ganaba el pan de la familia en el fondo de una mina y un día murió en un accidente de trabajo. Veinte años mayor que Emilio, Giner se esforzó en desempeñar junto a él sus funciones. Durante la República había contribuido activamente a la formación de los sindicatos y temía que su experiencia, adquirida a costa de tantos esfuerzos, pudiera malgastarse. Pacientemente, se aplicó a despertar su conciencia política. «Nos lo han robado todo, hasta las palabras —le había dicho un día—. Somos más pobres que los esclavos.»

A veces, dejando a un lado las reivindicaciones y las críticas, se entretenía en desgranar sus recuerdos de la guerra y cautiverio. El trabajo forzado, el hambre, el miedo, las palizas. Con el tiempo, Emilio había llegado a serle indispensable. A la salida del garaje, Giner iba a buscarle a la taberna del Maño y le contaba sus cuitas entre chato y chato de manzanilla.

Cuando el muchacho se fue, Giner se sintió muy solo. Su mujer y sus hijos se comportaban con él como extraños. Sin atender a ninguna clase de razones, se complacían en atacar, por sistema, cuanto daba un sentido a su vida. Por otra parte, Emilio parecía haberse olvidado de él. El cartero pasaba siempre de largo delante de la puerta de su casa. Todo se perdía con el tiempo, la juventud y las ilusiones, la mujer, los hijos y los amigos. Emilio no escapaba a aquella ley. Giner había renunciado ya a la esperanza.

La carta, depositada a su nombre en el garaje por un desconocido, le había colmado de alegría.

«Me excusarás que no te haya escrito antes —le decía Emilio—, pero hasta ahora no he encontrado a ninguna persona de confianza a quien entregársela…»

Uno tras otro, Giner la leyó a todos sus compañeros de trabajo. Lleno de orgullo, les mostraba la fotografía de su amigo, sentado en la balaustrada del jardín, y sonreía ante el estupor, la admiración y la envidia que se expresaba en sus ojos. «En Francia, el obrero no vive aislado, como aquí. En Francia tiene el sindicato.»

Al acabar el turno de la noche, el garaje entero se sabía la carta de memoria. Demasiado excitado para dormir, Giner salió a dar una vuelta por el barrio.

Era domingo, y continuamente tropezaba con sus amigos. «¿Sabéis la noticia?», les decía. Y, sin darles tiempo de responder, les alargaba la fotografía de Emilio y les leía fragmentos de la carta con voz temblorosa.

Entró en la taberna del Maño y volvió a salir. Con la foto en la mano, caminó en dirección al puerto, sin rumbo fijo. A aquella hora, la Barceloneta estaba como invadida de público y numerosas familias del Ensanche tomaban el sol en los merenderos. Excitado todavía por el mensaje, abordó a varios conocidos. Pero el juego acabó por aburrirle y se detuvo en la plazuela, fatigado.

Apenas iniciado el mes de abril, el verano se barruntaba ya. Los tenderetes de churros, cacahuetes y refrescos estaban de bote en bote. El tiovivo, anclado en la plazuela desde tiempos inmemoriales, revivía después de un letargo de meses y giraba, cargado de niños, con sus caballos de ojos redondos, sus barcas que bajaban y subían y sus cisnes ingenuos y despintados.

Giner se enjugó con el pañuelo la frente empapada de sudor. Costa vivía a pocos pasos de allí, en una calleja estrecha, perpetuamente entoldada de ropa blanca.

Cuando llegó, su amigo no había bajado aún la barra de la tienda. De pie detrás del mostrador, enseñaba la mercancía a una anciana.

—Espérame un segundo —le dijo.

Giner se sentó al lado de la vitrina. Cada vez que se sentía fatigado o triste, la presencia de Costa, gordo como un Buda, entre sus Niños Jesuses, Vírgenes y Santos, obraba sobre sus nervios, como un bálsamo.

Mientras atendía a la cliente, se entretuvo en observarlo, inmerso en la penumbra fresca de la imaginería. Costa tenía un rostro sonrosado, como de bebé, y unas manos rechonchas y atildadas. El negocio, heredado de una tía abuela suya, marchaba bien y, al decir de la gente, le permitía un buen ingreso en el Banco.

La mujer había elegido al fin un Niño Jesús pequeño y gordo, con una deslumbradora mata de tirabuzones rubios y una coronita de santidad chapada en oro. Costa le arrancó la etiqueta del precio del cuello y lo envolvió en una funda de celofán, como un dulce.

—Son cuarenta y ocho con cincuenta —dijo.

La anciana pagó y desapareció con el paquete. Sin apresurarse, Costa fue al encuentro de Giner, frotándose las manos.

—Precisamente estaba pensando en ti. —Tras el grueso cristal de las gafas, sus ojos eran como canicas azules—. Mi suegra acaba de mandarme una botella de cordial. Si quieres, podemos beber una copa juntos.

Pese a su repugnancia por el dulce, Giner no dijo que no. Cuando estaba solo y necesitaba exponer sus ideas a alguien, el imaginero era, a menudo, la única persona dispuesta a escucharle.

—He invitado también a Evaristo —explicó Costa mientras bajaba la barra.

Con sumo cuidado depositó la bata, doblada, en el anaquel superior de la alacena y, antes de cerrar la puerta con llave, sacó un paquetito del bolsillo.

—¿Quieres un caramelo de café con leche?

Giner rehusó con sonrisa amable. El imaginero había levantado la aldaba de la trastienda y, a través de un pasillo oscuro, le guió hasta la portería. Fuera, la ropa tendida entre los balcones goteaba. Costa vivía en la casa de la esquina y se encaminaron allí sin apresurarse.

Evaristo les aguardaba, sentado en un rellano de la escalera. Pese al calor, llevaba su sombrero hongo raído y su abrigo cargado de medallas.

—Les he dado brillo más de tres horas —dijo, enseñándoselas con orgullo, después de darles la mano.

Había dejado el macuto con los botes de colillas en el suelo y, al ascender el último tramo, lo cargó sobre la espalda.

—Suban, suban, yo ya les sigo —dijo, golpeándose las piernas—. Son viejas y han bregado mucho, pero todavía andan…

El comedor del imaginero era una habitación pintada claro. El mobiliario se reducía a una mesa, un aparador y cuatro sillas. Colgada en la pared, como presidiendo la reunión, había la gigantesca foto de un niño con traje de marino.

Costa desapareció por la puerta de la cocina y regresó con el cordial y los vasos. Al ver la botella, Evaristo se restregó las manos de contento. El imaginero sirvió, lleno de satisfacción. El cordial despedía intenso perfume y comenzó a beberlo a sorbitos. Procurando ocultar su disgusto, Giner vació el suyo de un trago.

—¿Alguna novedad, abuelo? —preguntó con una sonrisa.

Antes de responder, el viejo se quitó su raído sombrero de espantapájaros.

—Ninguna. Es decir —se corrigió—, ninguna de importancia.

Con sus dedos gordezuelos, Costa acariciaba a la monjita dibujada en la etiqueta de la botella.

—Los del Juzgado se presentaron anteayer en su casa —explicó después de un ligero carraspeo.

—¿Los del Juzgado? ¿Por qué? Las cejas de Giner se le dispararon hacia arriba.

—El propietario quiere sacarme de la caseta —repuso, apaciblemente, Evaristo.

—¿Quién es? ¿Cómo se llama?

—No lo recuerdo. —El viejo se pasó una mano por la frente—. Creo que tiene un negocio de verduras…

—Conozco a un abogado en el Palacio de Justicia —dijo Giner—. Durante cuatro años llevó mi asunto y acabamos muy amigos. Si usted quiere, podemos ir a verle.

El viejo hacía girar nerviosamente el sombrero entre las manos.

—No vale la pena de que se moleste… Las leyes no pueden permitir que echen al viejo Evaristo a la calle.

—Yo le digo que no debe confiarse demasiado —explicó el imaginero—. Siendo, como es, un pedazo de pan, cree que todo el mundo es igual y, el día menos pensado, se puede llevar algún disgusto.

—Costa tiene razón, abuelo. En los tiempos que corren, la gente no se anda con gaitas.

—Evaristo paga su alquiler todos los meses —afirmó el viejo—. Evaristo no es ningún mendigo.

—Aunque pagara el doble… Con la labia que tiene esta clase de tipos, sabe Dios qué tinglados habrá armado…

El viejo movió la cabeza con obstinación. Bajo su estropajosa cabellera, tenía el rostro resquebrajado por una minuciosa red de arrugas, y los ojos, tiernos y azules como los de un niño, brillaban, próximos al llanto.

—Evaristo es un veterano de cinco guerras —dijo—. A los dieciséis años estaba en Filipinas, voluntario… Luego en el Rif, en Melilla, en Ifni… siempre detrás de la bandera, marcando el paso… Pregunten en África por Evaristo… El mejor del Tercio les dirán… Incapaz de hacer daño a nadie…

Giner se disponía a intervenir, pero el imaginero le hizo señal de que callase.

—Evaristo tiene toda la razón —dijo guiñándole un ojo—. A un héroe de la guerra como él, no puede ocurrirle nada. De todos modos —añadió—, aunque fuese a título de curiosidad, creo que valdría la pena consultar a este abogado.

Satisfecho, como si le hubiesen sacado un gran peso de encima, el viejo se despojó del abrigo y les mostró las medallas.

—Evaristo era el cocinero del Regimiento en Alhucemas… Dos mil perolas de garbanzos todos los días… Al acabar, le dieron la laureada…

—Es muy bonita —aseguró Costa, fingiendo examinarla con atención.

—Las cruces de arriba —continuó el viejo— las gané en Marruecos… Las de abajo, se las dieron a Evaristo al licenciarse.

—Me gustan porque están muy bien conservadas.

—Hoy las he frotado con un limpiametales nuevo… Cuando da el sol, parecen de oro.

Un portazo ruidoso interrumpió la conversación a la mitad. La mujer del imaginero acababa de entrar en el piso y atravesó el comedor sin saludarles.

Durante cerca de un minuto ninguno de los tres dijo palabra. Giner observaba, abstraído, la fotografía del niño vestido de marino. Costa vigilaba, de reojo, la puerta por donde había desaparecido su mujer. De pie, en mitad de la habitación, Evaristo acariciaba sus medallas. Acordándose de repente del motivo que le había llevado allí, Giner se tanteó los bolsillos.

—¿Sabéis ya la noticia? —preguntó.

Y, contento de romper el embarazoso silencio, cogió la carta de Emilio y empezó a leerla en voz alta.

A través de la polvorienta ventana, el niño le observó mientras bebía.

—¿Es él? —preguntó, desde abajo, su hermano.

Ramón aplastó la nariz contra el vidrio.

—No sé —mintió—. No estoy seguro.

Acodado en un extremo de la barra junto a Cien Gramos, su padre seguía apurando la manzanilla.

—Déjame ver. Déjame ver —suplicó lastimeramente Paco.

—Un segundo aún. Sólo un segundo.

Cinco Duros retiró al fin la botella de los labios y la mostró orgullosamente a su amigo.

—Nani —exclamó, admirado, el niño—. La ha dejao vacía.

—Déjame ver… Déjame ver.

Ramón saltó a tierra de un brinco e hizo a su vez escalera con las manos.

—Anda. Date prisa.

Paco se cubrió la frente con el brazo, defendiéndose del reverbero del sol.

—Caray —dijo.

Ramón le sostuvo durante cerca de un minuto. Al cabo, aflojando bruscamente las manos, le obligó a saltar al suelo.

—Está girao. Bien girao —dijo su hermano, hundiendo las manos en los bolsillos—. ¿Dónde habrá apañao los cuartos?

Ramón no le contestó. Mentalmente, había decidido sacar a la situación el mayor partido posible.

—Espérame aquí —ordenó.

—¿Adónde vas?

—Quiero hablar con él un segundo. De un manotazo, apartó las cadenillas de la puerta y se dirigió al lugar en que su padre bebía con Cien Gramos.

—Hola, papá —dijo con una sonrisa.

Abandonando la botella sobre la barra, Cinco Duros se volvió, sorprendido.

—¿Qué haces aquí?

—Na —repuso Ramón con voz suave—. Pasaba por delante y he entrao.

Su padre le observaba con los ojillos inyectados en sangre.

—Pues ya pues largarte por donde has venío.

En lugar de obedecerle, Ramón se cruzó de brazos.

—Es la hora de comer. Mamá te espera.

—Dile que no me espere.

—Le diré donde estás —repuso, tranquilo, el niño.

El rostro de Cinco Duros enrojeció más de lo que estaba.

—Granuja… —farfulló—. Chivato…

—Adiós. Me voy —dijo Ramón.

—¡Eh!… Aguarda un minuto.

Agarrando al chiquillo por el brazo, le obligó a girar sobre sus talones.

—¿Qué coño quieres? —logró articular mediante un visible esfuerzo.

—Dos pesetas.

—¿Dos pesetas?

Cinco Duros adoptó una expresión trágica. Dejando resbalar la mano que aferraba al niño, movió la cabeza de un lado a otro, como herido en lo más profundo de sí mismo.

—¿Has visto? —dijo señalándolo a la reprobación de su camarada—. Explotao por mi propio hijo…

Cien Gramos se restregó los ojos con un pañuelo.

—Déjale… No sabe lo que se hace…

—Mi hijo… —sollozó Cinco Duros—. Mi propio hijo…

Con pulso tembloroso, depositó dos monedas en la mano que el niño le tendía.

—Anda… Vete… No quiero ni verte…

Ramón las guardó en el bolsillo, pero permaneció clavado en el sitio.

—¿Qué estás esperando? —exclamó, fuera de sí, su padre.

El niño señaló la cabeza chamorra de su hermano que, en aquel momento, emergía entre las cadenillas de la puerta.

—Él te ha visto también —dijo.

—¿Cómo?

—Si no le das dos pesetas, irá con el cuento a madre.

Cinco Duros comenzó a blasfemar. Levantando los brazos al cielo, afirmó que, en el mundo, no había respeto, ni moral, ni principios. Al fin, cansado de perorar en el vacío, le arrojó un duro a la cara.

Ramón se inclinó a recogerlo y salió a la calle. Su hermano le aguardaba en la acera, en medio de un remolino de moscas, con la admiración y la envidia pintada en los ojos.

—¡Caray! ¿Cuánto te ha dao?

El chiquillo no contestó. Encasquetándose la gorra hasta las cejas, se dirigió a casa a escape. A aquella hora, el aire estaba lleno de olor de frituras y numerosas familias comían delante de las barracas. El hambre le daba punzadas en el estómago. Su hermano corría, jadeando, tras él e intentaba, inútilmente, atraparle.

—¡Eh!, espera…

Una ruidosa cola de mujeres cortaba la calle en dos frente a la choza de Saturio. Después de breve forcejeo, el niño logró abrirse camino. Su casa quedaba a pocos metros de allí y, al llegar junto a la puerta, se detuvo.

Con los pies descalzos, Paco brincaba entre los guijarros, subiéndose los calzones. A medida que acortaba la distancia, aminoró el paso. Su rostro, lleno de precoces arrugas, estaba congestionado por el esfuerzo. Plantándose en medio del arroyo le tendió una mano, abierta como una estrella de mar.

—Suelta dos rubias.

—Una.

—Dos.

—Una, y gracias.

Tras vacilar unos segundos, la mano se cerró en torno a la moneda.

—¿De acuerdo? —preguntó Ramón.

—De acuerdo.

Empujándose para pasar primero, entraron en la barraca. Antonio leía, como de costumbre, una novela de aventuras y no levantó siquiera la vista cuando se detuvieron a su lado. Arrodillada en la estera, su madre fregaba el suelo de la cocina. La eterna sopa de pan hervía ya en el puchero. Sobre el estante de madera había una bandeja con patatas.

—¿Quién quiere ayudarme a servir? —preguntó la mujer, enjugándose el sudor con la manga.

Nadie se tomó el trabajo de responder. Antonio cambió la página del libro. Paco se sentó en cuclillas en el suelo. Ahogando un bostezo, Ramón fue al minúsculo dormitorio que compartía con todos sus hermanos.

La semana anterior, Paco había empapelado las paredes con fotografías de futbolistas. Tumbándose boca arriba en el catre, Ramón se entretuvo en contemplarlas. El estómago le dolía de tanta hambre. Para distraerla, volvió a masticar el chicle que se había pegado a la oreja.

—Sabroso…

—Rico…

—Exquisito…

—CALDO DE POLLO AVIS.

En el único rincón libre de la pieza, envueltos en sus baberos rotos, Javier y Pili absorbían la cháchara de la radio. Entre frase y frase, los locutores emitían suspiros de delicia. Los pequeños habían aproximado las orejas al altavoz. Sus rostros estaban inmóviles, como encantados.

—Estómagos débiles…

—Nervios decaídos…

—CONTEX, estimula el apetito.

Ramón empezó a dar vueltas en la cama. Su boca se había inundado de saliva y el chicle se le antojó, de pronto, repugnante.

—Salchichas…

—Jamones…

—Embutidos…

—Exijan LA ASTURIANA.

Incorporándose del catre, desenchufó el receptor. Al punto, los pequeños parecieron despertar de su modorra y rompieron a llorar a moco tendido.

—Tenemos hambre…

—Queremos la comida…

—Tenemos hambre…

—Ya va, ya va… —suspiró su madre desde la cocina.

En medio del ensordecedor griterío de los niños llevó el puchero a la mesa.

—¿Alguno de vosotros sabe dónde está vuestro padre? —preguntó cuando se sentaron.

Ramón y Paco cambiaron una mirada.

—No. Ni idea.

La mujer lanzó un resignado suspiro.

—Había preparao la compota pa él… En fin, si no viene, tampoco tenemos por qué esperarle…

A media tarde, el barrio entero había desfilado por la casa y el Padre Bueno dio por acabada la inscripción. Durante todo el tiempo, Saturio había permanecido tras él, con los brazos orgullosamente cruzados sobre el pecho, consciente de la importancia adquirida a ojos de sus vecinos. Al terminar, su mujer sirvió el café y los dulces al cura y los catequistas. Y, acompañado de sus hijos, Saturio les escoltó hasta el otro extremo del barrio.

Como otros domingos, vestía su antigua ropa de estreno y rehizo el camino, corriendo, a paso gimnástico. Mariano y Carlitos lucían sus pescadoras nuevas y le imitaron llenos de satisfacción. Cada día, a la salida del trabajo, Saturio les llevaba a la explanada y, metódicamente, les obligaba a repetir sus ejercicios. Su hermano boxeaba los sábados en el Price y él mismo había sido campeón, diez años antes. Ladeando la cabeza, para hacerse oír, comenzó a marcar el paso.

—Uno, dos… Uno, dos…

Con el torso abombado, la cabeza alta, los niños marchaban, obedientes al ritmo. El sol acababa de quitarse tras el perfil de las montañas y levante soplaba, fresco y apacible. Saturio atravesó el campo de fútbol vacío. Junto a las ruinas del antiguo depósito, ejecutó una nueva serie de flexiones. Pacientemente, aguardó a que las aprendieran los niños y, cumplido el deber, emprendió el regreso hacia casa.

—Manolo ha enviao recao de que va a venir —anunció Fuensanta cuando llegaron.

Al oírla, Mariano y Carlitos brincaron de alegría. La noche anterior su tío había noqueado al subcampeón de Asturias y su foto venía en la primera plana de El Mundo Deportivo.

—Dice que ha de llevar varias cajas al barrio y pasará por aquí, mientras las reparten.

Saturio recortó la fotografía y la pegó en el álbum. Su mujer coleccionaba en él los recuerdos de su carrera pugilística. La segunda mitad estaba consagrada a su hermano, y docenas de fotos de uno y otro cubrían sus páginas marchitas.

—Espero que se acuerde de nosotros —observó Fuensanta, señalando la hilera de botellas de CocaCola vacías—. Esta mañana me he bebió la última.

Saturio desplegó, sin decir nada, el periódico y repasó una vez más la crónica del combate.

«Acorralándole desde el principio entre las cuerdas, Manolo Navarro infligió a su rival duro castigo.» El ruido de un bocinazo interrumpió su lectura a la mitad. Excitados, los niños salieron a la calle.

—Es él. Conozco el pito —dijo Saturio, asomándose a la ventana.

El camión del reparto se había parado al borde de la playa y Manolo saltó del pescante, cargado con un cajón de botellas. Mariano y Carlitos se aferraron, gritando, a sus piernas, e intentaron, frenéticamente, abrazarle.

—Tío… Tío… Tío…

Manolo condescendió a darles un beso y les llevó a la chabola, a rastras. En las barracas vecinas, la gente se asomaba a mirar. Doblando de nuevo el periódico, Saturio salió a recibirlo a la puerta.

Manolo vestía el uniforme de los repartidores de CocaCola y, al entrar en la casa, dejó el cajón en el suelo. Con ademán brusco, se quitó la gorra de plato. Sus cejas estaban cubiertas por dos finas tiras de esparadrapo y una pequeña cicatriz le señalaba el lóbulo de la oreja.

—Salud, grande —dijo sonriendo de modo campechano.

Fuensanta le hizo sentar en un taburete y le sirvió una taza de café. La niña lloraba en la cesta y Manolo la tomó entre los brazos. Mariano y Carlitos observaban el uniforme, admirados.

Sin apartar los ojos de él, Saturio se acomodó al otro lado de la mesa.

—¿Qué tal te fue?

Su hermano hacía reír a la niña pasándole el pulgar por los labios y aguardó un buen minuto antes de responder.

—Ya lo habrás leío: fácil.

Echando el taburete atrás, hasta quedar esparrancado, lió parsimoniosamente un pitillo y arrimó el mechero.

—El gachó estaba muy flamenco al principio. Sólo empezar y, zas, me china la ceja. Un tajo pequeño, na… Pero, con eso de haberme sorprendió una vez, el tío se encampanó. Y, ya sabes lo que pasa: en cuanto uno se encarama, está perdío. Yo ya le había pescao el truco y, cuando quiso repetirlo al segundo asalto, le metí un cate que le dejó atontolinao.

—He leído en el Mundo que el sábado peleas con García.

—Ayer noche, después de tumbar al tío, grogui, Esteve me prometió el combate de fondo.

—Ve con cuidado… García es un duro.

—Ya lo conozco. El mes pasao le vi noquear a González.

—Si ganas, debes ir por el título.

—Esteve dice que si sigo con la racha, me lo llevo antes de acabar el año.

Fuensanta fue a buscar el cajón de CocaCola y dio botellas a su marido y a los niños.

—Deberías entrenarte más —dijo Saturio, arrancando el tapón con los dientes.

—Ya me entreno. El gerente fue a verme el otro día al Price y, desde entonces, tengo las tardes libres.

—Cuando gané el título me pasaba el día entero en el gimnasio.

—Si quies que te diga la verdá, no me quejo. La empresa se porta bien conmigo. Tanto el gerente como los otros me dejan hacer lo que quiero… El gachó dice que les sirvo de propaganda. Ayer, sin ir más lejos, me regalaron un albornoz de seda con COCACOLA escrito en letras grandes, a la espalda.

Fuensanta cogió a la pequeña en brazos y la volvió a meter en la cesta. En cuclillas en el suelo, Mariano y Carlitos escuchaban a su tío, fascinados.

—¿Y Mercedes? —preguntó Saturio, después de una pausa.

—Se ha ío al cine con su madre.

—Adela me dijo que os ibais a casar pronto.

—No sé. —Manolo fumaba con aire abstraído—. Depende de la tela. Si Esteve afloja, y tenemos perras, a lo mejor nos altanamos en verano.

—Yo creo que las cosas me van a ir mejor al fin —explicó Saturio—. Esta mañana han estado aquí los Padres del Colegio San Marcos. Como preparan la Primera Comunión de los chavales, les dije que podían hacer la inscripción en casa.

—Mamá les ha dado pastas y café —dijo Carlitos.

—Ya sabes que siempre he considerado mi situación como algo provisional… En la cosa del trabajo, me defiendo; pero, chico, lo difícil es encontrar piso. En todos lados te piden dos mil duros de traspaso —Saturio acabó de beber la CocaCola—. Pues bien. El otro domingo hablé con el Padre Bueno y me prometió ocuparse del asunto.

—El Padre Bueno tie muy buen arrimo —intervino Fuensanta—. A Manuela, la hija del Vicente, le encontró hace poco un piso de buten…

—Más que nada, me interesa cambiar por los chicos… En este barrio hay gente de todas clases y, qué quieres, me da grima que anden por ahí sueltos. En cambio, en los bloques de viviendas protegidas, los Padres tienen varias escuelas.

—Yo creía que en el barrio había una —dijo Manolo.

—Sí. Pero es una escuela gratuita y, francamente, no me gusta que Mariano y Carlitos pongan los pies en ella. Dios sabe el trabajo que me doy para distinguirles de los demás chicos del barrio. No quisiera que resultaran unos vagos e ignorantes. Cueste lo que cueste, me esfuerzo en que sean unos señores.

—El mes pasao compramos dos pescadoras y un traje a ca uno —dijo Fuensanta.

—Como medida de precaución les he prohibido hablar y mezclarse con los otros… En la calle sólo pueden recibir malos ejemplos. Y yo quiero que tengan la instrucción y las letras que ni tú ni yo hemos podido pagarnos… Que el día de mañana se abran camino en la vida. Que lleguen a ser hombres de provecho…

—Carlitos va el domingo de excursión con el Frente de Juventudes.

—Me han regalado una camisa azul y una boina —explicó el niño.

—Anda. Ve a buscarlas, y enséñaselas —incitó Fuensanta.

—El día de San José hablé con el delegado —prosiguió Saturio, cuando el niño hubo salido—. Durante el verano les llevan al Pirineo, de excursión. Quince días en la montaña, a hacer salud. Y como Carlitos tiene la edad reglamentaria, hice que se apuntara.

—El año que viene iré yo también —anunció Mariano.

—Aquí, en el barrio, no tienen ningún lugar de expansión y, a esta edad, es tan necesario… Todos los días, cuando salgo del almacén, me los llevo a hacer deporte a la playa.

Carlitos se presentó vestido con la camisa y la boina. Al verle, Manolo rompió a reír. El niño le tiró de la manga.

—Tío… Mírame hacer la flexión…

Abombando el pecho, tal como le enseñaba su padre, Carlitos ejecutó varias series.

—Bravo. Magnífico —dijo Manolo, dándole palmadas en la espalda.

—Mírame hacer la instrucción —prosiguió el niño—. Fir-més… Izquierda. Ar… Media vuelta. Ar…

—Estupendo. Magnífico.

—Oblicuo derecha. Ar… Oblicuo izquierda…

—¿Qué te parece? —preguntó Saturio.

—De miedo, chico… Está hecho un verdadero Tarzán.

—Yo hago la barra mejor que él —afirmó Mariano, celoso.

—Mentira.

El pequeño se plantó, firme, delante de su tío. Su hermano lo apartó de un codazo.

—Papá… Mira a Carlitos…

—Aún no he acabado…

—Me toca a mí.

—Anda. Deja a tu hermano, ahora.

—Es un copión… No hace más que imitarme.

—Déjale probar la barra.

—No la sabe hacer.

—Apártate y calla.

Carlitos obedeció al fin. Con expresión triunfante, Mariano apoyó las manitas en el brazo musculoso de Saturio y encogió las piernezuelas regordetas hasta quedar suspendido. Lentamente, centímetro a centímetro, comenzó a remontarse en el aire.

—Bravo. Muy bien —aplaudió, satisfecho, su tío.

Con la vista perdida en algún lugar del techo, el niño permaneció unos segundos inmóvil, rubio y rosado, como un angelote.

—No sabe tener las piernas quietas —acusó Carlitos.

—Nadie te ha pedido que hables.

—Es un copión.

—Te he dicho que la cierres.

El compañero de Manolo había llevado la CocaCola a la taberna del Maño y, de regreso al camión, hacía sonar impacientemente el claxon.

—Ya va, ya va —gritó Manolo, incorporándose.

Precedidos por Fuensanta y los niños, salieron a la explanada. Un grupo de chiquillos capitaneados por Ramón y Hombre-Gato habían trepado al estribo del camión y saltaron prudentemente a tierra cuando ellos se acercaron.

—Denos una CocaCola, señor…

Saturio les apartó con ademán autoritario.

—Fuera de ahí… Largo.

Los rapaces obedecieron haciendo muecas. Manolo besó y abrazó a sus sobrinos. Su compañero puso el motor en marcha.

—Adiós. Vuelve otro día —dijo Saturio.

El camión se alejó, en medio de una nube de polvo. La familia permaneció clavada en el sitio hasta perderlo de vista. Luego, acompañada por la burlona risa de los niños, regresó lentamente a casa.