CAPÍTULO CUARTO
El mirador del parque solía estar muy concurrido de cinco a siete. La gente se reunía allí a ver la ciudad en perspectiva, envuelta en un ligero halo de bruma, como una gigantesca maqueta de cartón-piedra. A aquella hora, el sol arrancaba destellos de la punta de sus iglesias, de la deslumbradora blancura de sus bancos y de la somnolienta cúpula de sus instituciones dieciochescas que espejeaban como escarchadas de lentejuelas de colores. A su lado, los restantes edificios parecían difuminados y borrosos, horadados de pequeñas ventanas rectangulares que, con sus flores, barandillas y macetas, parodiaban la triste alegría de las lápidas del cementerio el día de Todos los Santos.
La situación del mirador era excelente y abarcaba la ciudad de cabo a rabo. Las calles, conforme explicaba el guía a un grupo de visitantes, estaban trazadas a tiralíneas, como las cuadrículas de un cuaderno de deberes. Al verlas, se adivinaba en seguida que el urbanizador tenía buen pulso y la regla no se le había corrido ni un centímetro. Todo estaba rigurosamente medido y no era posible apreciar ninguna falla. Al pie de la montaña tan sólo, el maquetista no había tenido tiempo de trazar nuevas cuadrículas y se columbraban numerosos terraplenes y solares en donde los emigrantes de Murcia y Andalucía campaban con su miseria y su hambre.
A medida que atardecía, el vaho que emanaba de la ciudad adquiría reflejos tornasolados, mientras los bloques macizos de las casas disolvían gradualmente sus aristas en una difusa niebla. Era la hora de los pájaros, que llenaban el espacio con sus gritos, enlazando con sus vuelos veletas y atalayas, indiferentes al llamear rojizo del sol, al agitado tránsito de las calles y al aullido lejano de las sirenas que anunciaban la salida de las fábricas.
Entonces el mirador quedaba casi vacío, porque el último funicular era el de las siete y en él bajaban los grupos familiares, las nodrizas y los visitantes fortuitos. En el parque quedaban sólo unas cuantas parejas y alguno que otro contemplador solitario. Jiménez descartó de entrada a las primeras y analizó uno a uno los individuos acodados en la baranda. Había tomado una cita por teléfono a las siete y cinco con el amigo del profesor Ortega y, aunque faltaban alrededor de diez minutos, creyó a primera vista identificarlo entre los presentes.
Ignoraba por completo su nombre y apellidos y vaciló un buen minuto antes de hablarle. El hombre miraba también con insistencia y, en un momento dado, le hizo una seña con la mano. Jiménez creyó que era muy joven, pero en seguida se dio cuenta de que rebasaba la cuarentena. Su rostro, sin embargo, se conservaba fresco y adolescente, a causa tal vez de sus ojos, luminosos y azules. Al muchacho se le antojó que iba vestido con cierto rebuscamiento, pero fue impresión de sólo unos instantes.
El desconocido, con gran nerviosismo, lanzaba breves y penetrantes ojeadas y, al descubrir su sonrisa, se adelantó a estrecharle la mano.
—Creo que nos estamos esperando —dijo Jiménez—. ¿No es usted…?
—Sí, sí, el mismo —le interrumpió el otro, asegurándose cautelosamente de que no les espiaba nadie—. También yo…
—No me atrevía a decirle nada a causa de la hora… Como faltan aún unos minutos…
—Oh, yo estaba aquí desde las seis… Esta tarde no tenía nada que hacer y decidí estirar las piernas un poco. En lugar de tomar el funicular, subí andando por la carretera….
—El lugar es magnífico —corroboró el muchacho, haciendo un amplio ademán con los brazos—. A esta hora resulta muy agradable.
—Da tanto gusto dejar la ciudad por unas horas… Yo vengo aquí siempre que puedo. En verano, especialmente, casi todos los días. Conozco una serie de rincones que son una delicia. Si usted quiere…
—Oh, vayamos adonde a usted le parezca. Yo sólo he estado aquí una mañana y puede decirse que no conozco nada.
—Entonces, si me lo permite, le llevaré a uno de mis nidos.
Con gran amabilidad se había colocado a su izquierda y se encaminó hacia una alameda sombreada de plátanos.
—Es un lugar recogido —dijo— donde seguramente podremos charlar a solas. Aunque tal vez —añadió, deteniéndose— desea usted ir antes al bar a beber una copita…
—Como usted prefiera… Yo ya le he dicho que no conozco nada.
—¿Tiene usted sed? —preguntó el hombre mirándole con insistencia a los ojos.
—Yo, no. Antes de tomar el funicular me he bebido un par de cañas; pero, si usted quiere…
—En este caso, lo mejor que podemos hacer es continuar adonde íbamos. Después, si le apetece, nos detendremos en el quiosco a beber un trago.
El desconocido le cogió familiarmente por el brazo y le guió a través de un dédalo de veredas. Al caminar daba muestras de realizar un gran esfuerzo y Jiménez advirtió que, de vez en cuando, suspiraba. Con mano suave le oprimía levemente por el codo, como animándole a proseguir.
—Son curiosos los presentimientos —dijo—. Cuando usted se adelantó, hacía rato que estaba contemplándolo, como si algo me dijera desde un principio que el del papelito era usted. Tanto es así que, a pesar de que había otros efebos, ni siquiera se me ocurrió la idea de que fuese alguno de ellos.
Jiménez había observado que, después de sus palabras, sobrevenía un silencio inquieto y decidió mudar la conversación, buscando la manera de evitarlo.
—En eso de los encuentros —explicó— suceden cosas muy divertidas. Recuerdo que una vez, hace años, me llamó por teléfono una muchacha desconocida, citándome en la puerta de un cine de mi barrio. Para reconocernos quedé en ponerme una flor blanca en el ojal de la chaqueta. Pues bien: cuando llegué no vi a la chica por ningún sitio y sí a media docena de papanatas como yo, con la misma flor. Por lo visto, la chica se había entretenido en tomarnos el pelo y debía desternillarse de risa contemplándonos.
—Magnífico. —El desconocido premió la anécdota con una carcajada—. Realmente magnífico. —Luego se detuvo en seco, como si su risa no hubiese existido nunca y le observó con atormentada expresión—. Pero es algo cruel e inhumano. Nunca debe engañarse a nadie. Nunca. Nunca.
—Cuando nos dimos cuenta —dijo Jiménez— por poco nos morimos de risa. La chica esperaba tal vez que nos echáramos los platos por la cabeza y, al revés, nos fuimos todos con la florecita al Palacio de los Deportes y pasamos la tarde en grande.
—Hicisteis bien —aprobó el hombre acentuando la presión en el brazo—. Los muchachos, si no son mezquinos, siempre descubren el medio de rebelarse.
—En otra ocasión —comenzó el chico— con una vecina de escalera… —pero se dio cuenta de que su compañero no le oía y se interrumpió.
Habían llegado a una plazoleta desde la que se divisaba el puerto, con la escollera, los diques y las torres del transbordador gigante. Pasándole una mano por encima del hombro, el desconocido apuntó a las viviendas ruinosas asentadas junto a los muelles.
—En una de aquellas casas —dijo con voz temblorosa— vivía hace unos años un muchacho como usted. A menudo venía a pasear aquí conmigo, hasta que sus familiares se enteraron. Y recuerdo que al llegar a esta plazoleta me decía: «Fíjate en los hombres; son lo mismo que hormigas; pero no saben lo que quieren y chocan sin encontrarse».
Jiménez creyó adivinar en la historia la sombra de un reproche y, antes de que continuara, se apresuró a tranquilizarle.
—En mi caso todo es completamente distinto. Yo no tengo aquí familia y si la tuviera, puede usted estar seguro de que estaría de acuerdo conmigo.
El desconocido le miró con súbita ternura y le deslizo una mano acariciadora por la espalda.
—Gracias —dijo—. Muchas gracias.
—Comprendo muy bien que tome usted precauciones —continuó—, pero conmigo no son necesarias. También yo veo las cosas del mismo modo que usted y desearía que pudiera aconsejarme. Estoy… algo desorientado y quisiera que usted…
El pudor del hombre en manifestar su pensamiento le confundía. Tal vez abrigaba dudas acerca de su honradez y vacilaba en hablarle sin eufemismos. A momentos parecía que su indecisión y temor obedeciesen a causas distintas. Por otra parte, su carácter no respondía ni poco ni mucho a la imagen trazada por Ortega. El hombre no era en modo alguno enérgico y decidido, sino más bien tímido y vacilante. Pero esta timidez despertaba su simpatía y le devolvía, por contraste, toda su audacia.
—Creo que en Madrid he perdido el tiempo de un modo estúpido. El ambiente en que me movía era muy malo y tropezaba con grandes obstáculos…
—Lo comprendo —bisbiseó el desconocido—, lo comprendo. Para un chico de sus años descubrirse es siempre terrible. Todo se confabula en torno de uno y no queda otro recurso que ocultarse…
—Ocultos o no —manifestó Jiménez con energía— creo que debemos mantener nuestro criterio. Qué importa que los otros nos nieguen. Nosotros tenemos nuestra visión y no debemos abandonarla.
—Sí —murmuró el hombre, pensativo—. Todo eso es cierto… Debemos luchar para sobreponernos… Pero es tan difícil… Yo, durante años…
La evocación debía serle penosa, pues la interrumpió en seguida. Jiménez callaba confundido y le observó con sospecha. El desconocido se había parado frente a él y le miraba de hito en hito. Aunque oscurecía rápidamente, el muchacho tuvo ocasión de comprobar que su rostro sólo era juvenil en apariencia y que, visto de cerca, la piel presentaba arrugas menudas, como un esmalte resquebrajado.
De nuevo se internaban en el laberinto, ahora cogidos de la mano (cuando Jiménez se dio cuenta era demasiado tarde para evitarlo), mientras alrededor los bulliciosos pájaros enmudecían y, como obedeciendo a una consigna, el silencio y la noche se espesaban.
El muchacho experimentaba decidido malestar. La familiaridad del desconocido le sorprendía y caminaba a su lado avergonzado e inquieto. Un hálito de perfume les acompañaba a lo largo del sendero y no les abandonó siquiera cuando desembocaron en un claro.
—Hacía mucho tiempo que deseaba ver a alguien como usted —dijo para romper el silencio—. Hay mucha gente como nosotros, emboscada, que no se atreve a manifestarse… El año pasado, en Madrid, inicié contactos con un grupo de universitarios. Había entre ellos algún tipo de positivo interés… Pero todo quedó en agua de borrajas.
—Sí, lo sé —corroboró el desconocido, acechándole con ojos suaves y aterciopelados—. Resulta tan difícil encontrar la media naranja…
—Por eso cuando el profesor me dijo que…
—Estamos solos —dijo el hombre—. Ya nadie puede vemos.
—Yo pensé que… Si formásemos una célula secreta….
Desde hacía unos momentos se sentía incapaz de dominar el movimiento de la lengua y hablaba como buscando detener con sus palabras una catástrofe oscura e inmediata.
—Querido, querido mío —dijo el hombre, estrechándole entre sus brazos.
Los segundos que siguieron fueron como el producto de una endemoniada pesadilla. El desconocido le miraba a los ojos, con una expresión a la vez suplicante y terrible y, con dedos casi incorporales, comenzó a acariciarle los rizos de detrás de las orejas. El muchacho sentía sobre su rostro el choque de su aliento acaramelado y experimentó una aguda sensación de frío. No, no, no, no es posible, a mí no puede ocurrirme una cosa así; socorro, socorro, guardias…
—¡Guardias!
Durante unos instantes creyó que todo se hundía y giró sobre sí mismo, como una peonza. Los párpados le quemaban y tuvo que frotárselos durante un buen momento. Cuando logró ver al fin, el hombre se retorcía de dolor, como si hubiese recibido un latigazo y se apoyaba en el tronco de un árbol, ocultando el rostro. Lleno de pánico, Jiménez dio media vuelta y corrió por una vereda desconocida hasta una escalera cuyos escalones bajó de cuatro en cuatro, llorando de rabia, y restregándose furiosamente el lugar de la cara en donde el desconocido había puesto los labios.
—¿Va usted a hacer pronto ese viaje? —preguntó la empleada.
—No lo sé aún —repuso Pira—. Probablemente dentro de unos días.
—Espero que le agrade a usted. Muchas personas que utilizan nuestros servicios y tienen la gentileza de venir a comunicárnoslo…
—Oh… Yo no pienso volver. Como mi padre vive allí…
—¡Ah! En este caso, comprendo muy bien su impaciencia.
—La verdad; empiezo a tener ganas de abrazarlo.
—Si quiere usted mirar los folletos siéntese al fondo de la sala.
—Se lo agradezco mucho… Ya los miré al llegar.
—En este caso…
—Le repito mis gracias.
La niña salió por la puerta muy tiesa, consciente de ser observada. Una vez en la calle, aunque no tenía prisa, caminó rápido, fingiendo dirigirse a la parada de taxis. Al doblar el chaflán aminoró la velocidad de sus pisadas y se detuvo a hojear los folletos a la sombra de los árboles.
«Los lagos», «Venecia», «Nápoles». Su mirada se fijó en el que decía: «Roma, presente y pasado». Leyendo el índice de capítulos halló uno titulado: «Visita al Vaticano». Febrilmente consultó la página señalada. En cada ángulo había fotos de las iglesias principales; en el centro, una multitud de peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro saludaban con pañuelos la aparición, en una ventana lejanísima, de una diminuta figura. Pira sintió que los ojos se le arrasaban de lágrimas: era el Padre Santo, el remoto y soñado Papa.
De pronto, sin levantar la vista del prospecto, adivinó que alguien la miraba. Al volver ligeramente la cabeza descubrió a la inquilina del piso de arriba, resollando, como después de un gran esfuerzo.
—¿No eres tú la niña del principal? —dijo, mientras hacía señas a un taxi.
—Sí.
—Pues vente conmigo —resopló—. Te llevaré a casa.
—Gracias —murmuró Pira, obedeciendo.
—Hacia la Vía Meridiana —ordenó la mujer. Luego, dirigiéndose a ella, prosiguió—: Yo soy capaz de renunciar hasta a la comida. Pero esto sí: a casa, siempre en taxi.
—¿Ah, sí? —La niña ocultó los prospectos bajo el brazo.
—Sí. Siempre. Sobre todo cuando vuelvo del velódromo. —La analizó con su mirada astuta por encima de las gafas—: ¿Te gusta el ciclismo en pista?
—Sí.
—A mí me entusiasma. Hoy corrían Ruiz y dos suizos. Yo apostaba por Ruiz. Pero le han derrotado a última hora.
—Yo vi una carrera en el cine.
—¿En el cine? —exclamó la mujer—. Eso se ha de ver de verdad: la emoción de la gente, los gritos…
La niña no dijo nada. En vista de ello la señora de arriba detuvo su descripción entusiasta. Durante unos momentos miró por la ventanilla, distraída. De súbito, la contempló por encima de las gafas.
—¿Qué guardas bajo el brazo con tanto cuidado?
—Nada —aseguró Pira—. Unos folletos.
—¿Unos folletos?
—Sí, sobre Italia.
La mujer guardó silencio. Por el rictus de sus labios la niña dedujo que la juzgaba de modo desfavorable.
Habían llegado junto a la calle Mediodía y la vecina hizo parar el taxi.
—¿Subes, pequeña? —preguntó después de pagar al chófer.
Aunque se acercaba la hora de comer, Pira no sentía deseos de acompañarla.
—Usted me perdonará —dijo—. Debo hacer compras por el barrio.
Don Francisco dejó sobre la alfombra las chinelas de punto y apoyó la cabeza en el cojín de terciopelo. Con la persiana corrida, la sala ofrecía un aspecto íntimo, singularmente propicio al desenvolvimiento de sus sueños. Éstos formaban como el telón de fondo de unas siestas que prolongaba tanto como podía y que constituían, sin duda, el momento más agradable de la jornada.
Su argumento era, con pocas variaciones, siempre el mismo: don Paco se veía, retrospectivamente, joven, en compañía de una muchacha de ojos claros, muy parecida a la que un día, en una taberna de Murcia, para satisfacer un capricho del marido, le había dado un beso en la mejilla. La cosa no pasó de ahí; de una amigable caricia puntuada por la sonrisa de los espectadores que, como él, escoltaron a la desconocida hasta la calle cuando, del brazo de su acompañante, salió de la taberna y subió a un lujoso vehículo matriculado en el extranjero.
Pero, en el sueño, las cosas sucedían de modo muy distinto. En lugar de retirarse, la muchacha permanecía a su lado sonriéndole y, con bruscos ademanes, manifestaba un súbito horror hacia el marido. Estaba sola en el mundo, totalmente desamparada y se refugiaba en sus brazos, implorándole ayuda. Él se dejaba convencer y la llevaba a su casa. Aquí empezaba la parte más interesante del sueño que don Francisco revivía día tras día, revistiéndolo con nuevos pormenores. La desconocida le suplicaba con lágrimas en los ojos que no se separase nunca de ella, y don Francisco, el joven y apuesto don Francisco, no tenía más remedio que aceptar. Ella, entonces, le besaba, titilante de agradecimiento y se ofrecía a sus caricias como una colegiala enamorada.
Aquella tarde, por desgracia, la claridad del sueño se vio empañada por varias interferencias molestas. En el momento en que la muchacha desabrochaba su batín, doña Cecilia asomó la cabeza por la puerta del lavabo y observó la escena con ojos vidriosos. Don Paco se removió en su sillón y deslizó una mano por su frente como un borrador sobre la pizarra, pero la cabeza de su mujer continuó allí, obstinada, decidida a no perderse ni una coma de cuanto ocurriese…
Afortunadamente él no le hacía ningún caso y su idilio con la bella seguía su curso cuando doña Cecilia, no contenta con espiarlo a una distancia prudente, trasladó su puesto de observación a la cabecera de la cama. Ante la dualidad de sugestiones, don Francisco permaneció unos segundos indeciso: el espacio de tiempo suficiente para que las dos mujeres se confabularan contra él y lo persiguieran a lo largo de la casa, armadas de cuchillos y puñales.
Don Francisco se despertó sobresaltado y se frotó los ojos con la manga de la chaqueta. La habitación estaba llena del zumbido de las moscas, del pesado calor de la siesta. Tenía la lengua reseca y se sirvió un vaso de agua. Después, se dejó caer en el sillón y entornó perezosamente los párpados. Entonces percibió unas voces en el cuarto de su mujer y, a pesar suyo, se vio obligado a escucharlas:
—En la ladera de la montaña construyen otras dos.
—¡Qué plaga, Dios mío, qué plaga!
—Al paso que van los encontraremos hasta en la sopa.
—Si las autoridades procedieran con un poco de energía…
—Las autoridades no se enteran nunca de nada.
—Si mi salud fuera mejor, iría a quejarme yo misma… Tía Florita era amiga de un cuñado del alcalde y tal vez…
—Bah. Te echarían de patitas en la calle… Esa gente tiene enchufes en todos los sitios.
—Dios mío… Cuando pienso que me instalé aquí porque creí que enfrente nos iban a construir un parque…
—Pues acertaste —murmuró sarcásticamente Arturo—. Como en todas las cosas, tuviste una visión clara…
—Si lo hubiera sabido… —se lamentó doña Cecilia.
—Nuestra suerte no habría cambiado.
—Arturo —gimió ella—. Arturo.
—Ya, las lagrimitas.
—Te juro que lo hice por tu bien… La guerra me había trastornado y no sabía lo que me hacía.
—Conozco la canción. Y ya te he dicho mil veces que me aburre.
—Sé que me juzgas mal… Que me consideras egoísta… Pero sólo pensaba en tu porvenir.
—Ya ves el resultado.
—Me equivoqué. Tu padrastro ha resultado ser un vago sin oficio ni beneficio. Pero puedo asegurarte que antes de casarnos…
—Te lo advertimos y no quisiste oírnos.
—Estaba ciega; tú enfermedad, la guerra…
—Sabías que no tenía un real… Sabías que era un charnego…
—Si María Costa pudiera ver todo esto —suspiró doña Cecilia.
—Pues no me sorprendería que lo viese —observó Arturo—. Con el Congreso… En fin, no tendría nada de extraño.
—¿Qué quieres dar a entender?
—Dentro de quinces días llegará la peregrinación americana. Tal vez María…
—¿Tú crees?
—Yo no creo ni afirmo nada —repuso Arturo—. Pero no tendría nada de particular que, aprovechando la rebaja…
—No, no puede ser; me habría avisado…
—Tú misma dices que se presenta en los sitios, sin advertirlo.
—Pues no la recibiré —afirmó doña Cecilia—. Diré que me he ausentado unos días. Una temporada en el campo, en mis fincas…
—No se lo creerá —repuso Arturo—. Cuando venga querrá meter las narices en el piso y no parará hasta encontrarte.
Don Paco percibió un gemido ahogado como si, incapaz de soportar los sarcasmos de su hijo, doña Cecilia hubiese apelado al supremo recurso de las lágrimas. En seguida oyó la voz de María tratando de consolarla y entornó de nuevo los ojos sin decidirse todavía a incorporarse.
Desde hacía una semana doña Cecilia guardaba cama y su salud empeoraba de día en día. Don Francisco sabía eso de oídas, pues tenía vedado el acceso a su cuarto. Mediante un acuerdo tácito, doña Cecilia y él habían dividido el piso en dos partes y cada uno de ellos respetaba escrupulosamente los límites.
Durante unos momentos pareció que todo se calmaba, pero en seguida oyó el ruido de unos pasos y descubrió la sombra de sus hijastros recortada en la vidriera del vestíbulo: la de Arturo, con sus muletas, y la de María, con una bata de sarga. Antes de hablar, la muchacha asomó la cabeza por la puerta para asegurarse de que dormía y la ajustó cuidadosamente, sin cerrarla del todo.
—¿Puede saberse qué diablo le has dicho? —escuchó don Francisco, aguzando el oído.
—Nada. Estábamos hablando de tonterías y, de pronto, le dio por llorar…
—Tonterías, tonterías… Conozco muy bien tu afición a mortificarla.
—Es ella quien me busca las pulgas.
—Sí. Y tú echas aceite a la hoguera.
—Yo no hago más que contestarle.
—Pues te callas… Sabes de sobra que excitarse la perjudica. Parece que te complazcas en hacerle daño.
—No lo puedo evitar. Me ataca a los nervios.
—Debería darte vergüenza. A sus años…
—Todo el día la tengo metida encima. No me deja en paz ni un momento.
—Sí, pero cuando se calla eres tú quien va a darle cuerda… Además, ya sabes que su tumor es incurable y que no puede vivir mucho. Su vida ha sido horrible; hay que tener piedad de ella.
—También es horrible la mía y no me quejo… También yo soy digno de piedad y no la pido. ¿O crees que es agradable estar encerrado aquí todo el día con las malditas muletas, teniendo que soportar, para colmo, los ronquidos de ese cerdo?
—Calla, Arturo. Te prohíbo que hables de este modo.
—Yo hablo como me da la real gana.
—¿No ves que puede oírte?
—Que me oiga.
Don Francisco percibió un leve roce en la manija de la puerta y fingió hallarse sumido en el mejor de los sueños.
—Míralo, el cochino…
—Calla.
—No le ha bastado venir él… Ha necesitado llenar la casa de murcianos.
—Te digo que calles.
La puerta se cerró de nuevo con precaución y don Francisco arriesgó una mirada fugitiva: no, ya no estaban. La vía del vestíbulo quedaba libre.
Durante un buen minuto continuó todavía en el sillón sin decidirse a partir. Las ofensivas palabras de Arturo, unidas al fracaso de su amor ensoñado, le habían llenado de mal humor y desgana.
Conocía muy bien la antipatía de Arturo y prefería ignorarla. «Rencores de inválido» —decía a sus amigos. Por otra parte, su pretensión de que vivía a costa de doña Cecilia era, desgraciadamente, falsa. Don Francisco percibía un pequeño retiro de ferroviario que entregaba casi íntegro a María, deduciendo una parte muy exigua para sus gastos de tranvía y tabaco.
Asegurándose de que no le veían, atravesó a hurtadillas el vestíbulo y se detuvo en la galería, abierta sobre el jardín trasero de la casa. Desde allí escuchó los gritos de los vecinos de arriba («¿Tú, un hombre como él? No me hagas reír. Estoy segura de que…»), y se llevó las manos a los oídos de modo mecánico.
—Qué tarde, Dios mío, qué tarde…
Experimentaba una inmensa necesidad de consuelo y miró en derredor buscando a sus hijos. Con gran sorpresa no los descubrió por ningún sitio. Algo confuso, se apoyó en la barandilla de hierro de la escalera.
Era la hora aproximada de regar el huerto, y don Francisco lo contempló con arrobo. Ah, cuando las cosas no iban como él quería y todo se confabulaba en torno de él, las plantas de su jardín, sus plantas, eran las únicas que no le defraudaban. Ávidamente corrió hacia ellas, dispuesto a prodigarles sus mimos y atenciones, pero se detuvo en el soto, aterrorizado.
En el lugar donde, unas horas antes, crecían las tomateras, había un enorme hoyo, rodeado de un círculo de tierra, en el que reposaban aún dos picos y una pala. En el centro, a dos palmos escasos de profundidad, descubrió una tubería de plomo seccionada y un cesto que los ladrones habían abandonado en su huida.
Don Francisco se volvió a mirar, atontado. Los dos niños se habían tendido sobre las tejas del gallinero y se descolgaron por las ramas del almendro con la agilidad de dos macacos. Sin hacer caso de sus voces, desaparecieron por la escalera de la galería lanzando chillidos.
Por fortuna el sillón de paja estaba en el sitio de costumbre. Don Francisco se dejó caer en él, de espaldas a su maltrecho huerto y, sin poder contenerse ya, rompió a llorar como un niño.
Entre los vecinos del último piso las disputas matrimoniales estaban a la orden del día; por ello, cuando doña Francisca se apostó en el balcón, hostigando con sus gritos al marido, no les hizo caso y continuó dando vueltas al manubrio; sólo después —al bajar don Enrique las escaleras con una bicicleta oxidada y acodarse su mujer en la baranda con los prismáticos— el gitano comprendió que, por una vez, la cosa iba en serio. Sin preocuparse de su eventual clientela, interrumpió la tonada a la mitad.
Don Enrique —en mangas de camisa— infló los neumáticos de la bicicleta y pedaleó en dirección al burladero.
Al llegar allí dio media vuelta, iniciando un circuito entre el chaflán y la farola, de forma que su mujer pudiera verle desde arriba.
«Ella estaba en el balcón muerta de risa, contestando de buen humor a los vecinos que le preguntaban qué pasaba: “Le he dicho que era incapaz de hacer lo que el viejo de Valencia y al pobrecillo se le ha metido en la cabeza la idea de emularlo.” Y en seguida comprendimos que se refería al tipo que pedaleó durante cuarenta horas para cumplir una promesa hecha a la Virgen que esta mañana venía fotografiado en el periódico.»
—Él sí que es un hombre —había dicho doña Francisca, agitando el diario ante sus barbas.
—Una cosa así está al alcance de cualquiera —repuso el marido.
—Sí; pero tú no serías capaz de hacerla.
—Bastaría con que lo intentara para…
—Anda. Si te parece fácil, hazlo.
—Si te empeñas…
—Vamos, qué estás esperando…
La historia había corrido de boca en boca provocando la hilaridad de los vecinos. Doña Francisca, en su palco, parecía enteramente feliz. Sin apartar la vista del marido, cambiaba impresiones con sus amigas, hacía cábalas, emitía comentarios. Como era todavía media tarde y el sol apretaba fuerte, envió la muchacha a la dulcería y se hizo traer unos sorbetes.
Decidido a mostrar que no se amilanaba, don Enrique continuaba dando vueltas al circuito. La gente de la taberna se asomaba a verle y aplaudía rabiosamente cuando pasaba.
Hasta que una vez, al dar la vuelta a la farola, la bicicleta había patinado y don Enrique rodó por la calzada de modo aparatoso. Se levantó con el pantalón desgarrado, decidido a continuar la prueba, pero se había dislocado el pie y no pudo cabalgar al sillín. Coreado por los hurras de los vecinos, regresó al piso, vencido por el cansancio y por la pena, mientras doña Francisca, desde el balcón, le fustigaba con sus irónicos comentarios.
El incidente había ocurrido alrededor de las cinco. Ahora el balcón de doña Francisca estaba vacío y en la calle Mediodía no se veía un alma. Pipo agradeció sus informes al gitano y continuó rompiendo las suelas hasta el cuartel.
En la puerta había un grupo de guardias y descubrió con alegría al cabo González.
Hacía más de seis meses que se habían hecho amigos y, a veces, el niño acudía a la salida de las clases.
A González le entretenían mucho los chiquillos y la conversación de Pipo le agradaba. Era un hombre despierto, bondadoso, con cejas disparadas hacia arriba y ojos oscuros y amigables. También él contaba historias de policías y bandidos y aceptaba gustoso las novelas de aventuras del niño.
González debía entrar de servicio al cabo de poco y apenas pudo concederle unos minutos. Pipo se alejó a contrapelo: de buena gana se hubiera quedado allí toda la tarde. Cuando el Gorila salía con Juanita se aburría de modo terrible y no sabía adónde ir ni en qué ocuparse.
Con las manos hundidas en los bolsillos regresó hacia la calle Mediodía.
A medio camino se detuvo y observó la acera opuesta.
Desde que conocía al Gorila, el trato con sus viejos amigos le era insoportable. Su charla monótona le cansaba y siempre que podía les daba esquinazo. Resultaba inútil intentar explicarles sus sueños. A cada paso, con sus mentalidades pedestres, se complacían en recordarle sus fantasías y mentiras, rompiendo de golpe la atmósfera mágica que trabajosamente había creado su amigo.
En cambio, en la Bodega Alicantina se sentía como un pez en el agua. Allí, su imaginación hallaba un ancho campo donde explayarse. Para los compañeros del Gorila era un perfecto desconocido y podía inventarse el destino que más le gustaba. A ninguno se le ocurría decir como a los otros: «Eso que dices es falso», o «Si has vivido siempre aquí no sé por qué quieres hacerme creer que has estado en el Congo». Y todos le creían a pie juntillas, porque en sueños había recorrido toda África, y los sueños, según acababa de descubrir con delicia, se vendían allí por realidades.
No estaba, como en el colegio, etiquetado con una ficha de cartulina, con su nombre, domicilio y antecedentes.
Sus dos vidas, la real y la fingida, confundían totalmente sus líneas en una nueva dimensión, como soñada.
Y Pipo se entregaba, igual que un titiritero, al placer de suscitar nuevas imágenes: siendo muy niño aún, había huido de Filipinas, cuando el desembarco de los japoneses; de Francia, ante el avance de los alemanes; su padre era técnico de aviación y trabajaba al servicio de los aliados; a su lado, Pipo había dado dos veces la vuelta al mundo, combatido con los indios salvajes del Brasil, participado en safaris en Kenia.
Sus historias variaban de un día a otro, pero a nadie le importaba si se contradecían. A veces, Pipo contaba el argumento de alguna novela de aventuras, atribuyendo para sí la mejor parte del relato. Su antigua afición a la geografía contribuía a realzar la variedad de sus viajes y, oyéndose a sí mismo, tenía la impresión de estar recorriendo los continentes sobre una alfombra mágica.
Por eso, cuando vio aparecer en el chaflán un grupo de amigos, se pegó junto al quiosco de periódicos y aguardó a que se alejasen. Cautelosamente, se encaminó hacia la calle Mediodía, seguido del niño sordomudo que daba cabriolas y hacía castañetas con las manos. Su casa, a lo lejos, le atraía y repugnaba a la vez.
Desde hacía una semana aprovechaba la hora de la comida para colarse en el cuarto de su abuela y sustraerle el dinero del bolso. Durante el resto del día la abuela cerraba cuidadosamente con llave, pero a aquella hora no le era posible hacerlo debido a que Antonia quería establecer una corriente de aire con la ventana de la cocina.
—Con esta manía que le ha entrado de cerrar todas las puertas —rezongaba—, acabará usted por asfixiarnos.
Hasta que la abuela había comprendido al fin el motivo de sus frecuentes ausencias en medio de las comidas y se presentó a la mesa con su abrigo, en cuyos bolsillos ocultaba últimamente el bolso. Al verla, Pipo comprendió que sus planes se derrumbaban, pero no quiso darse por vencido. Fingiendo interés en su salud, acudió a toda clase de argumentos para hacerle comprender la conveniencia de mudarse y, aunque la abuela se resistió en un principio, acabó por someterse con los ojos llenos de lágrimas.
—Lo hacía por tu bien, hijito —sollozaba—. Pero si lo prefieres así no quiero que te enfades.
Y a la hora de los postres —mientras ella guardaba los mendrugos que, según Antonia, mordisqueaba a escondidas—, Pipo fue a su habitación y se apropió del billete de veinte duros que había sobre la cama.
El niño no se sentía con fuerzas para verla y prefirió continuar su callejeo por el barrio; en él todo le resultaba igualmente vulgar y repetido, pero allí, a lo menos, no tenía necesidad de justificarse. Aburrido, se unió al pequeño grupo de curiosos a quienes el gitano seguía explicando la extraordinaria aventura ocurrida a los vecinos del piso alto.
Pipo volvió a abrir los ojos; el otro continuaba siempre allí. Su rostro reflejaba sucesivamente odio, tristeza, adulación, alegría; esbozaba amables sonrisas que se transformaban en muecas; hacía girar las pupilas como el niño sordomudo; sacaba la lengua.
Decepcionado, interrumpió bruscamente su mímica.
Siempre era él. Por mucho que se esforzaba no conseguía evadirse. Inútil cambiar de nombre, rodearse de gente desconocida, mixtificar el pasado, enmarañar las pistas; su cuerpo continuaba siendo el mismo y nunca lograría abandonarlo.
Sería maravilloso, por ejemplo, despertarse convertido en cualquier otro, intercambiando la personalidad, como una prenda de vestir, en el común guardarropa del sueño. O bien inyectarse una droga que permitiera alterar a voluntad el físico, el sexo y la edad. Sólo de ese modo la gente dejaría de ser prisionera. Lo restante era un triste espejismo, patalear en el vacío lo mismo que muñecos.
Cuando el reloj sonó las cinco, descolgó la chaqueta del perchero y salió a la calle. El Gorila le había invitado a cenar con Juanita y el niño, y Pipo dejó una nota explicando que iba a casa de un condiscípulo a preparar los exámenes. En el cruce de la Vía Meridiana detuvo un taxi y dio la dirección de la Bodega Alicantina. Cuando llegó, doña Rosa le hizo un gran saludo y señaló la mesa en donde su amigo le esperaba. El Gorila tenía los brazos cruzados en actitud meditativa y, por su aspecto, dedujo que había ocurrido algo. Norte estaba enfrente de él, de espaldas a Pipo y, siguiendo la dirección de sus ojos, se volvió para ver quién era.
—Hola, Norte —dijo Pipo—. Hola, papá.
Su amigo contestó con un gruñido como si, hallándose sumido en una reflexión profunda, no desease que le interrumpieran. Durante unos segundos movió la cabeza como para hablar, pero se contentó con esbozar una sonrisa triste.
Con los brazos cruzados sobre el pecho y las vedijas de humo del cigarrillo ofrecía una viva estampa de dignidad ofendida.
—¿Puede saberse qué ocurre? —dijo Pipo.
—Nada —repuso el Gorila, sin abandonar su triste y patética sonrisa—. Absolutamente nada.
—Tu hermano ha tenido un disgusto con la Juanita —le sopló Norte al oído.
—Sí, la culpa ha sido del Gorila —dijo su amigo—. Eso le enseñará a no meterse en camisa de once varas.
—Pero ¿qué ha pasado? —volvió a preguntar el niño—. ¿No teníamos que ir con ella, esta tarde?
—Pregúntaselo a éste —dijo el Gorila, señalando a Norte—. Lo que es yo —añadió, mostrando una mano vendada—, no quiero ni acordarme.
—Anoche salieron juntos Juanita y él —explicó Norte— y se pelearon porque, cuando bajaban del tranvía, ella dejó caer al niño.
—La culpa la tuve yo —dijo el Gorila con amargura—. Si por la tarde, en vez de comprarle unos zapatos de señorita como pedía, le hubiese largado un guantazo, no habría ocurrido nada de lo que ha ocurrido. Pero uno es un pobre bragazas y se deja engatusar por esas putas. Eso me enseñará en adelante a no hacerles caso…
—Juanita no estaba acostumbrada a caminar con tacones y, al bajar del tranvía, tropezó.
—Se lo dije: «Déjamelo llevar a mí». Y ella: «No». Y yo: «Que sí, mujer, que sí». Y ella, tozuda: «Que no». Hasta que, ¡zas!, baja del tranvía, y al suelo.
—¿Y el niño? —preguntó Pipo—. ¿Se hizo daño?
—Nada —repuso Norte—. Un pequeño arañazo en la cara.
—Otra cualquiera, en su lugar, habría cerrado el pico. Pues bien, todavía quería tener razón. Que si esto, que si aquello, que si yo era un bruto, que si era un mal educado… Si no llega a ser porque iba con el niño, la hubiera sacudido en plena calle.
—Me gustaría saber qué hubieses ganado —dijo Norte—. Ahora estarías arrepentido y te darías de cabeza en las paredes.
—Hablando de otra cosa —interrumpió Pipo—. ¿Qué diablos tienes en la mano?
—Tu hermano es un loco y, después de pegar a la Juanita, se clavó una navaja.
—Loco o cuerdo, no lo sé. Pero el Gorila, para que lo sepas, nunca había pegado a una mujer. Será borracho, putero y todo lo que te dé la gana, pero jamás ha faltado a nadie… Por eso, cuando me di cuenta, se me subió la sangre a la cabeza…
—Luego dice que los demás no sabemos dominarnos —dijo Norte—. Y ya ves de qué forma se domina él. Si en vez de clavarse la navaja en la mano, se la lleva al cuello, me gustaría saber qué hubiera sucedido.
—Sí, lo sé —reconoció el Gorila—. Toda la culpa es mía. Pero yo estaba todavía furioso por lo del niño y ella continuaba aún, dale que dale. «¿Lo ves?», le dije yo, «todo eso te pasa por querer darte aires de reina, cuando caminas todavía a cuatro patas.» «Yo caminó como a mí me da la gana» —dijo ella—. «Eso lo vamos a ver —le dije yo—. Ni tú ni yo hemos nacido para lucir ni tenemos por qué ir adornados.» Ella empezó a gritar que yo no tenía maneras, figúrate: maneras, como si ella hubiese tenido una buena crianza, hasta que me hizo perder los estribos. «¿Ves tus zapatos? —le dije—, pues mira lo que hago con ellos» —y con un enérgico movimiento de las manos repitió el ademán destructivo—. «Toma, para que aprendas. ¡Puta!»; ¡la que se armó! Juanita dejó de acunar al niño y me arañó como una fiera. Que si cabrón, que si cornudo, hasta que tampoco pude más y la emprendí con ella a mamporros. Entonces, al ver que no se movía, me asusté y me hice el tajo este.
Pipo le observaba con los ojos húmedos, sin atreverse a decir una palabra. La mímica de su amigo le impresionaba de modo extraño. El Gorila se había recostado contra la pared, y hablaba con voz muy triste, como complaciéndose en la evocación de la escena.
—… Ella se puso a llorar al ver la sangre. Nada más entrar en la habitación, se había quitado el vestido y empezó a hacerme cariños, pero yo comprendí lo que quería y le dije: «Quita. Yo sé la manera de curarme». Y, sin hacerle ningún caso, la dejé allí plantada con el niño y seguidamente bajé a la calle a que me desinfectaran la herida.
—Yo, si fuera tú —observó Norte—, iría a verla esta misma tarde y le daría una explicación. Estoy seguro de que ha reflexionado y aceptará también su parte de culpa.
—¿Verla? ¿Por qué? —dijo el Gorila—. Si tuviese ganas de joder encontraría más de diez en mi barrio. Y sin necesidad de alejarme mucho —añadió mirando insistentemente hacia la barra.
—Yo no te hablo de eso —repuso Norte—. Al fin y al cabo ella es tu mujer y no tienes por qué tratarla así.
—Mira mi mujer —dijo el Gorila señalando el porrón—. Lo demás son cuentos chinos.
—Si quieres —aventuró Pipo—, podemos cenar los tres en los quioscos. Ayer fui a ver a mi madrina y me dio dinero.
—Sí, anda —le animó Norte—, ve con tu hermano. Apuesto cualquier cosa a que en seguida hacéis las paces. Además, si cenáis fuera, podréis ver los fuegos de artificio.
—¿Los fuegos de artificio? —dijo Pipo.
—A las once llega la primera expedición extranjera del Congreso y el diario dice que van a celebrarlo con un castillo de fuegos de artificio.
—¿Oyes, papá? —dijo el niño—. ¿Qué te parece si fuéramos a verlo los tres juntos?
El Gorila no dio su brazo a torcer.
—Ve tú —repuso— e invítala a cenar a Casa Tano. La otra noche se encariñó contigo y estoy segura de que aceptará. Yo tengo que madrugar y quiero dormir en la barca.
—Entonces ven un rato tan sólo. También debo acostarme temprano y nos marcharemos los dos juntos.
—¡Uf!, no sabes cómo es Juanita. Cuando salgo con ella no me suelta.
—Podemos inventar una mentira —propuso Pipo—. Dile que entras de guardia en los tinglados.
—No se lo creería —repuso el Gorila—. No, ve tú con ella y pasead los dos juntos.
—Pero yo quiero ver los fuegos contigo —dijo lastimeramente el niño.
Los ojos de su amigo destellaron como si fuesen de cristal.
—¿Qué importa la distancia? —repuso—. Esté donde esté, cuando los enciendan, me asomaré a mirarlos pensando que tú los miras y será como si los viésemos los dos.
Pipo levantó los ojos, temeroso, pensando que su amigo bromeaba y los volvió a bajar en seguida, avergonzado de sí mismo.
—Sí —continuó el Gorila, inspirado—. ¿Qué importa? —Acariciaba el cuello del porrón e hizo ademán de levantarlo—. Yo pensaré en ti y tú pensarás en mí, aunque estés en tu barrio y yo en mi barca.
—Los dos hermanitos —dijo burlonamente Norte, señalándolos a doña Rosa—. No pueden vivir separados ni un segundo.
—Es verdad —dijo el Gorila—. Tú que estás todo el día conmigo di si no lo echo de menos.
—Nadie dice lo contrario —gruñó su amigo.
—Su hermano tiene razón —completó doña Rosa—. Cuando usted viene, parece que se le quitan diez años de encima.
Aunque continuaron durante unos minutos, Pipo no les escuchaba. Las palabras de su amigo resonaban todavía en sus oídos y las repetía para sí, a media voz. El Gorila vivía en un mundo propio, hecho por él, a su tamaño. También él vivía en un mundo parecido y, de pronto, uno y otro habían entrado en contacto. Saberse recordado era como fundir el hielo que le separaba del resto de las cosas; algo contra lo que no prevalecían el espacio ni el tiempo.
Acompañaría a Juanita y al niño, pero estaría con su camarada.
Cuando el Gorila le pregunto si se decidía, no se hizo rogar un instante. Lo que minutos atrás le hubiese venido cuesta arriba, le pareció, de pronto, fácil y agradable.
Se despidió de todo el mundo y no pareció inquietarse siquiera cuando, en la puerta, tropezó con el individuo que les había seguido días antes y que, al verle, demostró reconocerle también, saludándole con la mano, ceremoniosamente.
Juanita se llevó una gran alegría y le invitó a pasar a su habitación. El resto de la familia, explicó, estaba en la cocina, y allí podrían hablar a sus anchas. El cuarto era pequeñísimo y olía a sucio. Pipo observó que carecía de ventilación y recibía la luz de una claraboya. El enlucido de las paredes estaba resquebrajado y, el techo, plagado de goteras. El moblaje consistía en una cama, un armario y una silla. Cuando entraron, el niño dormía echado sobre la colcha y Juanita lo despertó para enseñárselo.
—¿Vienes de parte del Gorila? —preguntó.
Temiendo provocar alguna escena, Pipo denegó con la cabeza.
—No —dijo—. Precisamente esta tarde había quedado en ir al muelle, pero tenía que realizar una diligencia aquí cerca y he preferido verla a usted.
Juanita premió su atención con una sonrisa.
—Si quieres que te diga la verdad —explicó—, empiezo a cansarme de él. Ayer noche tuvimos los dos una pelea y no quiero volver a verle el pelo durante toda la semana.
—¿Una pelea? ¿Por qué?
—El Gorila no es malo por naturaleza, pero no tiene modales ni palabra. Ayer, por ejemplo, acababa de cobrar la semana y no quiso darme ni cinco. Que si nabos, que si coles, que si tenía muchos gastos, que si debía comprarse unos remos… Y no es que yo pretenda que no beba cuando quiera o se vaya con una zorra cuando le dé la gana pero, qué coño, tiene un hijo y debe alimentarlo.
—¿No quiso darle nada?
—Nada, ni un real. Por eso te he dicho antes que no quiero ni verle. Si ha encontrado por ahí alguna puta, allá se las componga como pueda, pero que, a lo menos, no quiera venir conmigo cuando no le queda un céntimo. Hasta aquí podíamos llegar. —Se detuvo unos segundos y añadió—: Cuando lo veas, se lo puedes decir de mi parte.
—Pierda cuidado.
—Con gentes educadas como tú, siempre hay manera de entenderse. Él es más informal que un gitano; en mi vida he visto un hombre que diga tantas mentiras. A veces creo que está medio chiflado —vaciló—. En fin, no quiero darte la lata. Has venido a charlar un rato conmigo y te lo agradezco de verdad.
—Como ayer fue el cumpleaños de mi abuela —dijo Pipo—, tengo veinte duros y me gustaría invitarla.
—¿Invitarme? —exclamó Juanita.
—Sí. Podríamos cenar por ahí.
—Pero… —murmuró, sin resolverse a dar crédito a lo que oía—, pero… No quiero que después de lo que te dije el otro día te sientas obligado a…
—No es una obligación —aseguró Pipo—. Es un placer.
—Verdaderamente… —tartamudeó Juanita—. Verdaderamente no sé cómo…
—Oh, no tiene ninguna importancia.
Estaba seguro de que, cenando, volvería a ensañarse con el Gorila y salió de la habitación mientras ella se mudaba de traje. El recibidor tenía una única silla desde la que era posible ver un fragmento de la cocina. Pipo distinguió a dos mujeres sentadas y a un joven recostado en un sillón.
Luego descubrió a un segundo joven, enfundado en un elegante traje gris y con una escarapela del Congreso que lucía en la solapa.
—¿Cómo va mi buen amigo? —preguntaba en el momento en que Pipo se incorporó a espiarlos.
—Mal —repuso sombríamente el otro.
—¿Mal? —exclamó el de la escarapela. Se volvió hacia las mujeres con cara de sorpresa.
—El doctor dijo que debíamos darle unas inyecciones para evitar la gangrena, pero los del seguro no quieren pagarlas… Dicen que, como fue a la salida de la fábrica…
—A ver, entendámonos. —El optimismo del elegante parecía haber disminuido un tanto—. Quien dice mal, dice que la cosa no mejora como es debido.
—Empeora —le interrumpió secamente el enfermo.
—Ah, eso sí que no —exclamó el de la escarapela—. Usted se deja vencer por el desaliento y esto es inadmisible en un joven. Hay que luchar —ordenó agitando el dedo índice de modo benévolo y paternal—. O, como dice nuestro Fundador: «Donde hay esperanza no se cobija el miedo».
—Su fundador no perdió nunca una pierna por falta de guita.
—Lo sé, lo sé; todo esto es muy penoso. Pero ahí está la cualidad fundamental del hombre, que lo distingue de las otras criaturas: en que puede dominarse, en que es capaz de convertir el dolor en una fuente de purificación y energía. —Se dirigía a las mujeres y agitó el dedo, amenazante—: Ustedes, que están todo el día con él, deberían levantarle el ánimo.
—Oh, ya lo intentamos —suspiró la más vieja—; pero no nos hace caso.
—¿Se da usted cuenta? —exclamó el de la escarapela—. Aunque no fuese más que para dar una alegría a su madre, debería sobreponerse.
—Si le tuvieran que cortar el pie un día de ésos, me parece que tampoco pondría usted cara de Pascuas…
—Evidentemente, evidentemente. Pero, en estos momentos, tan grandiosos para nuestra ciudad, en que se aproxima la fecha del Congreso, todos debemos aportar nuestro granito de arena, ya sean oraciones, ofrendas, sacrificios… Los diarios relatan cada día historias excepcionales, absolutamente conmovedoras. Si han comprado esta mañana uno cualquiera…
—¿Comprar? —le endilgó el enfermo—. No tenemos dinero.
—Ah, ah —el joven vaciló unos segundos—. Pues es una lástima que no lleve el recorte encima. Narraba la historia de una mujer vieja y enferma que ha venido a pie desde Salamanca…
—Por favor —le interrumpió la mujer joven señalando al chico—. Creo que le estamos cansando.
—¿Cansando? —El de la escarapela la miró como si no lo comprendiera y acabó dirigiéndose hacia la madre—: En fin, puesto que tienen ustedes qué hacer y yo también, les resumiré el motivo de mi visita: como ustedes sabrán, tengo el honor de pertenecer a la Junta organizadora de las fiestas y, de acuerdo con los deseos de nuestro párroco, quisiera que cada familia respondiera, conforme a sus posibilidades, al honor dispensado a nuestra ciudad de ser escogida, entre todas las otras del orbe, como sede de este Congreso, manifestando su alegría y satisfacción por todos los medios que tenga a su alcance; es decir, no sólo con adornos y colgaduras, sino con la asistencia personal a…
Juanita había terminado de vestirse y se presentó en el recibidor con el niño. Pipo no tuvo otro remedio que seguirla. Antes de salir, apuntó hacia el joven que hablaba.
—¿Quién es? —dijo.
—No lo sé…; supongo que viene de parte de los curas.
Juanita lo guió de la mano hasta la portería y, en el umbral, contempló asombrada la calle.
—¿Has visto? —dijo, señalando el escudo azul de neón, con una cruz amarilla en el centro, que refulgía en uno de los balcones—. Parece que empieza el zafarrancho.
Introdujo la llave en la cerradura procurando no hacer ruido. La abuela tenía el sueño ligero y le angustiaba la idea de despertarla. En la portería se había quitado las sandalias y se detuvo en el recibidor al ver el cuarto de Ortega iluminado. Un rectángulo de luz seccionaba en dos la entrada de la cueva y la mesita que servía de soporte al espejo. Imposible pasar por allí sin ser visto. Con las sandalias en la mano, Pipo avanzó por el pasillo y se detuvo ante el cuadrado luminoso sin atreverse a cruzar.
El profesor estaba inclinado sobre la mesa, mascullando por lo bajo algo ininteligible. Encima del cartapacio y en torno al cenicero había gran número de colillas y la atmósfera de la habitación era tan densa que parecía una neblina. La luz de la lámpara inventaba infinidad de arrugas en su rostro envejecido. Desde el pasillo cobraba la apariencia de una máscara.
—No ha ido —percibió Pipo—. Mi amigo no lo vio por ningún lado.
La sorpresa le hizo adelantarse más de lo debido y Ortega le contempló lo mismo que a un fantasma. Estaba solo, más triste y desamparado que nunca y, al cambiar el brazo de posición, dibujó el ademán de abrazarlo, como si necesitase tocarlo para convencerse de que el mundo existía, que aquello era real, que no estaba soñando.
—No fue a la cita… —murmuró—. Ha mudado de pensión sin avisarme…
Le tendía las manos pero un rumor de voces que venían de fuera hizo comprender al niño que acababa de encenderse el castillo de fuegos. Impulsivamente, dio media vuelta, sin hacer caso de la terrible necesidad que el profesor tenía de su presencia. Se coló en su habitación de puntillas y abrió la ventana de par en par. Sabía que a aquella hora el Gorila estaba pensando en él. Era la hora de la cita, su primera cita a distancia.
El transbordador del puerto se había convertido en el centro de un diluvio luminoso. Los cohetes vestían el cielo con su fulgurante red de hilos de oro, las bengalas entretejían una enloquecida gavilla de trayectorias, y, desde lo alto, alguien parecía arrojar un enjambre de simientes que chorreaban sobre el fondo negro de las nubes, como lágrimas de luz, mientras las ruedas y platillos eclipsaban las estrellas, envueltos en una estela rutilante —blancos, azules, verdes, rojos—, aprisa, cada vez más aprisa, entrechocando unos con otros.
No sabía cuánto tiempo había durado aquello: si largo rato o sólo unos instantes. Cuando las últimas chispas se reabsorbieron en lo oscuro y el puerto recuperó su perdida calma, el niño experimentó un ramalazo de frío y se dio cuenta de que pisaba descalzo. Entonces, sólo entonces, se acordó de la angustia del profesor y corrió, avergonzado, hacia su habitación. Ortega había cerrado la puerta del pasillo y Pipo permaneció clavado donde estaba. A través del agujero de la cerradura le vio de nuevo, sentado en su escritorio, tratando de ocultar, inútilmente, su rostro envejecido entre las manos.