CAPÍTULO TERCERO

Cuando el primer día de curso Piluca descubrió que don Rafael Ortega era su nuevo profesor de Matemáticas, se llevó una de las mayores sorpresas de su vida. Sabía, como todos sus familiares, que el señor de los bajos se dedicaba a la enseñanza, pero jamás se le había ocurrido la idea de verlo un día allí, en el sitial de la tarima, con su chaqueta color tabaco, su impecable cuello duro (que, según decía Antonia, él mismo lavaba y almidonaba) y su aspecto abstraído de viejo lunático.

Al correr la noticia de que eran vecinos de escalera, las otras niñas acudieron en tropel a interrogarla, pero —forzoso era reconocerlo— sus respuestas habían decepcionado. Aunque, desde el segundo matrimonio de su padre, vivían en la misma casa, Piluca ignoraba todo respecto de su vida y la mayoría de los informes que poseía eran de segunda mano. Sabía tan sólo, por medio de la criada, que no tenía nada que ver con los inquilinos y que, desde hacía siete años, vivía realquilado con ellos.

En cuanto a su vida privada, constituía un misterio, aun para sus amigos. Según afirmaba don Paco, su esposa había sido enfermera en el frente rojo y había muerto durante un bombardeo de los aviones nacionales. Otros rumores pretendían que Ortega era un ex catedrático de Instituto, cargo del que había tenido que dimitir al concluir las hostilidades. Lo único que se sabía a ciencia cierta era que vivía de dar clases particulares a media docena de alumnos y que, exceptuando su visita obligatoria al Instituto Ceferino González, nunca salía de casa.

Desde un principio, Ortega se había granjeado las simpatías de la clase: con su expresión ausente, su indumentaria absurda, daba la impresión de pertenecer a un mundo radicalmente distinto del de los demás colegas qué desfilaban por las aulas. Como profesor, Ortega ponía, indudablemente, gran paciencia en la explicación de las Matemáticas, asignatura que, junto con la Geografía, había recibido el encargo de enseñarles. En cambio, parecía desentenderse totalmente de las pequeñas cuestiones de disciplina, a las que sus compañeros otorgaban tanta importancia.

Por ejemplo, se le importaba una higa que las niñas hablasen a la hora del estudio, no se tomaba nunca el trabajo de vigilar si copiaban, ni tenía ningún reparo en concederles un descanso a media lección. Y, a pesar de ello, su clase era la única en que ninguna niña hablaba, soplaba su respuesta a la vecina o tenía prisa en abandonar el aula.

El profesor Ortega (a quien, según la generalizada opinión de los vecinos, le faltaba algún tornillo) sabía alternar las explicaciones más áridas con anécdotas escogidas de la historia de España, distintas, por no decir opuestas, a las que contaban los otros maestros la víspera de las grandes solemnidades escolares; y aunque la mayor parte de las veces la moraleja les resultaba incomprensible, todas estaban de acuerdo en reconocer que, a lo menos, jamás carecían de interés.

Ordinariamente, el profesor se hacía esperar un poco al comienzo de la clase y no entraba en el aula hasta después de concluidos los padrenuestros. A veces cargaba la culpa del retraso a cuenta del mal funcionamiento de los tranvías; otras, no tenía ningún reparo en confesar «que se le habían pegado un poco los sábanas». Su proverbial falta de puntualidad había llegado a ser, incluso, la comidilla de los restantes profesores, que aludían a ella con una piadosa mezcla de ironía y reproche. Por eso, cuando al entrar en el aula las niñas lo hallaron cómodamente instalado en el sillón de la tarima, no dudaron ni un solo momento de qué iban a presenciar algo importante.

Con asombro, descubrieron que en un ángulo de la tarima había una taza de café y que el plumero de la mesa estaba cubierto de colillas. Ortega había cerrado herméticamente las ventanas y el aire apestaba a humo. El profesor tenía cara de no haber pegado un ojo durante la noche y, a simple vista, se veía que ni se había afeitado siquiera. Mientras las niñas desfilaban ante la mesa dando los buenos días, aplastó la última colilla en el plumero y la arrojó a la cesta de mimbre situada delante del primer banco. Las chiquillas se habían quedado de pie, aguardando su señal para rezar la oración de la mañana. Él les hizo un ademán con la mano, indicando que podían tomar asiento. Luego, limpió con el pañuelo el cristal de sus gafas y, en medio de un silencio sobrecogido, anunció:

—La clase de hoy queda suspendida. En su lugar, si a ustedes les parece, podemos charlar unos minutos.

El escuadrón de niñas grises que ocupaba la triple hilera de bancos le contempló con la boca abierta. Ortega no parecía bromear en modo alguno y su seriedad les causaba un ligero espanto.

—En primer lugar —dijo después de una breve pausa—, permítanme que las felicite por la maravillosa disciplina de que dan muestra al presentarse puntualmente, en una hora tan poco grata, para escuchar mi tediosa lección. Con ello dan ustedes una prueba, a mi entender definitiva, de su sometimiento total a una disciplina que, por no emplear un adjetivo que pudiese lastimar sus virginales oídos, puedo calificar de draconiana.

»Porqué hacerlas levantar a ustedes antes de las ocho, para tener que soportar durante nueve meses una lección de Matemáticas, es algo que sobrepasa mi capacidad de absorción, bastante desarrollada, dicho sea entre paréntesis, de algún tiempo a esta parte.

»En mi escuela, aunque quizá no sepan ustedes que dirigí una, las niñas de su edad entraban en clase a las diez de la mañana y disfrutaban de un recreo de dos horas. A los pocos meses de estar allí, todas poseían la suficiente independencia espiritual para elevar sus objeciones cuando lo creían necesario y no leía nunca en sus rostros ese sometimiento servil al garrote que tantas veces, ay, leo en los suyos.

»Pero, en fin, ustedes no tienen ninguna culpa de lo que ocurre y lo más probable es que ni siquiera se sientan desgraciadas. Se limitan ustedes a obedecer lo que se les manda y todo les resulta más sencillo. Aunque lo mandado pueda ser absurdo, qué sé yo, monstruoso….

»A veces —se detuvo vacilante en la elección de las palabras— me resultan ustedes patéticas. Cómo diría yo… angustiosas. En mi época… —la sonrisa que asomaba a sus labios desapareció bajo su mano, como borrada por una esponja—. Pero no me hagan ustedes ningún caso…

»Nuestro amable señor director me recordaba anteayer precisamente que también yo debía esforzarme en llegar a punto; es decir, a las nueve, como todas ustedes… Porque es las nueve la hora fijada, me parece —añadió recorriendo la clase con una mirada inquisitiva.

—Sí, las nueve —repuso una niña del primer banco—. Pero desde hace una semana entramos media hora antes.

El rostro del profesor manifestó una sorpresa discreta; sin apartar los codos de la mesa, apoyó la barbilla en la mano.

—¿Ah, sí? —dijo—. ¿Y a qué se debe el cambio?

La niña se había puesto de pie y le hizo señal de sentarse.

—Porque ahora vamos a misa todos los días —dijo desde el banco.

—Ah, caramba. Hasta ahora había creído siempre que no era obligatorio. Anteayer estuve con el señor director en su despacho y no me dijo nada al respecto.

—No, no es obligatorio. Pero, como el mes próximo se celebrará el Congreso, el padre ha dicho que tenía necesidad de nuestro sacrificio.

—Vaya, vaya —exclamó Ortega, moviendo la cabeza—. ¿Y puede saberse de qué Congreso se trata? —Esbozó con la mano un ademán de disculpa—. Como nunca leo los periódicos, apenas me entero de lo que ocurre.

—Es el Congreso Mundial de la Fe —repuso la niña— y esta vez se celebra en España.

—Va a ser una fiesta muy sonada —aclaró una compañera—. El diario dice que han construido diez hoteles y vendrán peregrinos de todas partes.

—Cien mil. Mi padre dice que cien mil. Conoce un jesuita muy importante y le explicó…

—Veamos —interrumpió Ortega, alzando la mano—, no se precipiten. Si todas hablan al mismo tiempo no hay forma de entenderse. Estábamos en lo del Congreso Mundial. —Se volvió hacia la niña del primer banco y preguntó, enarcando las cejas—: Este Congreso decía usted que es de…

—De la Fe —repuso, incorporándose.

—Por favor, siéntese —exclamó Ortega. Luego, a media voz, repitió como para sí—: Congreso Mundial de la Fe… Congreso Mundial de la Fe… ¿Es eso?

Hubo un coro de respuestas afirmativas procedentes de distintos sectores de la clase.

—¿Y saben ustedes cuál es el objeto de este Congreso?

Varias niñas levantaron la mano a un tiempo. Ortega eligió a una del tercer banco.

—El padre dice que es para rezar —repuso con voz tímida.

—Para rezar… —repitió Ortega como un eco.

—Para rezar por Dios —aclaró la niña—. El último día nos darán fiesta a todas y por la noche iremos al desfile.

—El director ha encargado ya para nosotras un traje blanco.

—¿Un traje blanco?

—Ayer nos explicó que cada profesor acompañará a las niñas de su curso y, luego, desfilaremos cantando delante de las autoridades.

El profesor movió la cabeza, como si se negara a dar crédito a lo que oía.

—Vaya, vaya; de modo que también nosotros participaremos en el desfile.

—Sí, señor.

—Cantando himnos…

—Sí, señor.

—Caramba, caramba…

Las niñas le contemplaron fijamente con sus pequeños rostros ávidos; todas pretendían ser agraciadas con sus preguntas y se removían en los asientos deseosas de contestarlas.

—Entonces se interrumpirá el curso durante varios días…

—Sí, señor.

—Muchos, quizá…

—Dicen que una semana.

—El colegio de mi hermano —exclamó Piluca— lo cierran durante diez días.

—El padre dice que en las aulas alojarán a la peregrinación irlandesa.

—Oh, qué tonta —exclamó otra niña—, lo que ha dicho es que deberíamos buscarles alojamiento en nuestras casas.

—Esto ya lo sé; pero también explicó que en el instituto…

Media docena de niñas rompieron a hablar al mismo tiempo. Ortega las hizo callar con un enérgico movimiento del brazo.

—Calma —dijo—. Un poco de calma. Todo se aclarará a su debido tiempo.

Obedientes al magnetismo de su voz, las niñas guardaron silencio. Todavía esperaban una oportunidad de lucir su sabiduría y manifestaron un desencanto ruidoso cuando Ortega sacó de su cartera el cuaderno de álgebra.

—En fin —dijo—. Cualquier otro día volveremos a hablar de ello. Por hoy, basta. Ahora bórrenme estos monigotes y divídanme la pizarra en dos partes iguales.

Con gran sorpresa de él, las niñas, en lugar de obedecer, volvieron a levantar la mano:

—El padre ha dicho que no los borremos todavía. Ayer interrumpió la lección a la mitad y no tuvimos tiempo de copiarlos.

Durante unos momentos, Ortega examinó los triángulos, conos, cilindros y haces que cubrían el centro de la pizarra, y acabó por confesar su ignorancia.

—¿Puede saberse qué interés tiene el padre en que copien ustedes estos dibujitos?

Las niñas volvieron a levantar la mano de nuevo, excitadas y felices; aquella mañana el profesor se comportaba lo mismo que un chiquillo y se sentían orgullosas de poderle mostrar cuán formadas estaban.

—Es un método de enseñanza del catecismo que nos está dictando para los niños pobres. Así, por ejemplo, el triángulo amarillo es Nuestra Señora y la raya granate significa la Unión Hipostática.

Pero se detuvieron en seguida al darse cuenta de que Ortega ni las escuchaba siquiera: derrumbado sobre la mesa de la tarima, más pálido y ojeroso que nunca, les hizo una imperceptible señal con la mano.

—Está bien, está bien —dijo—. Ustedes han ganado.

Y haciendo caso omiso del reglamento, sacó la petaca de la chaqueta y lió cuidadosamente un cigarrillo.

—No, no creo que la conozca usted. Cuando se publicaba, usted era muy niño todavía y, desde hace mucho tiempo, está totalmente agotada. Este número lo encontré, por casualidad, en una librería de lance.

El muchacho estaba sentado enfrente, leyendo el párrafo que acababa de enseñarle y Ortega aprovechó la oportunidad para contemplarle atentamente por encima de las gafas: flaco, nervioso, con el pelo cortado en cepillo, constituía la estampa viva del padre durante sus años de estudiante; ambos tenían la misma voz, iguales gestos, idéntica expresión entre exasperada e indecisa. Como su amigo, se interrumpía frecuentemente al hablar, dejando sus frases inconclusas, y corregía este defecto redondeándolas con un ademán de sus manos afiligranadas y amarillas.

Sumamente tímido, Jiménez le había advertido por carta que debería arrancarle las palabras con sacacorchos: «sus amistades madrileñas no han sido, lo que se dice, muy brillantes y, desde su entrada en la universidad, parece más bien inhibirse. Nadie mejor que tú, querido Rafael, para indicarle el camino a seguir, darle la orientación que necesita e impedir que zozobre en el general naufragio…» Semejante muestra de confianza en sus dotes educativas, después de su largo silencio, le había conmovido de modo profundo.

Conocía a Jiménez desde hacía muchos años, por haber estudiado juntos la carrera de Ciencias, y lo consideraba el mejor de sus amigos. Durante mucho tiempo, después de incorporados los dos a sus destinos respectivos, habían mantenido una relación epistolar, no interrumpida siquiera en los años de guerra; pero desde mil novecientos treinta y nueve Jiménez vivía fuera de España y su correspondencia había disminuido.

Por otra parte, como Ortega pudo advertir poco a poco, sus cartas expresaban una creciente desesperanza en los valores que en su juventud habían dado sentido a su vida. Cuatro años antes recibió una carta fechada en Méjico, notificándole la decisión de enviar a su hijo a España: «Desearía mucho poder acompañarle —decía—, pero confieso que no me atrevo. Ha corrido tanta agua bajo los puentes, que me aterra la idea de verme convertido en un fantasma». Y, desde entonces, no había vuelto a resollar.

Por esta razón, la nueva carta, seguida de la visita del muchacho, le habían colmado de alegría: «Me gustaría que ejercieses junto a él ese papel de orientador y amigo que a mí me ha sido negado… Tal vez tú conozcas a algún joven de nuestras ideas: preséntaselo. Desearía que intimasen, que se hiciesen verdaderamente amigos. A su edad los camaradas son muy importantes y sería muy triste que cayera en un grupo de hijos de familia…»

¡Pobre y viejo Jiménez! Conocía de sobra su natural reserva, su pudor en exponer sus sentimientos al desnudo, para ignorar el esfuerzo que le había costado la frase: «Creo que todo cuanto le enseñé durante los años que estuvo conmigo, le parece erróneo, cuando no falseado». Pues bien, a gran señor, gran honor; no tendría por qué arrepentirse.

La misma noche le había escrito una carta larguísima, agradeciéndole la confianza: «Tu chico va a ser para mí igual que un hijo; mejor aún, un hermano». También él había empeñado su palabra de amigo y estaba dispuesto a cumplirla costara lo que costase.

El muchacho estaba sentado en el sillón de su cuarto y Ortega creyó, por un momento, que el tiempo retrocedía treinta años; cuántas veces, en una habitación parecida, habían leído la revista juntos, su padre y él. Pero allí estaba el espejo de encima de la cómoda para recordarle las arrugas de la frente y el pelo cada vez más blanco.

No, aquél era el hijo de su amigo y él tenía cincuenta y cinco años; pero, con cierta sorpresa, comprobó que el cambio apenas le afectaba. Lo importante era que, junto al muchacho, su vida volvía a tener sentido. Después de un paréntesis de tres lustros intuía, de pronto, el advenimiento de una edad feliz, como amigo, como educador y como padre, y tuvo que hacer un esfuerzo para no caer de rodillas y besarle las manos llorando.

Los ojos se le habían llenado de lágrimas y los restregó furtivamente con el pico del pañuelo. Decididamente se estaba volviendo viejo. Luego oyó el ruido de las páginas entre los dedos del chico, y el timbre familiar de su voz, tan próximo y, a la vez, tan lejano:

—¿Quién es el autor de la cita?

Antes de responder, Ortega cambió ligeramente la orientación de la silla y le señaló la ampliación fotográfica de encima de la mesa.

—Francisco Giner de los Ríos —dijo, recuperándose—, fundó el pasado siglo en España la Institución Libre de Enseñanza en la que su padre y yo tuvimos el gran honor de formamos. Este hombre, con un grupo de amigos…

El muchacho le escuchaba en silencio, sin atreverse a alzar la vista. Aunque Ortega había preparado su discurso la noche última, encerrado en el aula del Instituto Ceferino González, no pudo evitar, a pesar de ello, un cierto desorden expositivo, alguna imprecisión en los conceptos…

Un leve temblor, que le aquejaba cuando sufría alguna emoción fuerte, impedía que sus palabras sonaran claramente. Molesto consigo mismo, se detuvo a la mitad de la exposición y comenzó a revolver entre los cajones de su escritorio; guardaba allí, desde hacía varios meses, una botella de coñac y, con gran asombro, descubrió que había desaparecido.

Desconcertado, miró alrededor buscando algo que ofrecerle y sólo encontró una bolsa de peladillas. Para ganar tiempo, limpió el cristal de sus gafas y murmuró con gesto de excusa:

—Me hubiera gustado darle un poco de coñac, pero no sé dónde diablo lo he metido. Si usted quiere, puedo enviar a la muchacha al colmado.

—Oh, no se moleste. Entre horas no suelo tomar nada.

Ortega estuvo a punto de decir: «Hace usted bien. El alcohol resulta perjudicial a la larga», pero se contuvo; realmente no hubiese sido diplomático. El chico podía muy bien sentirse ofendido. Al fin y al cabo era un prejuicio suyo. Se estaba tomando demasiado en serio su papel de padrastro.

Para inyectar nueva vida a la charla le expuso, sucintamente, su proyecto de crear una escuela gratuita para la chiquillería de las barracas.

—Enfrente de casa, en la ladera de la montaña, viven alrededor de trescientos niños hacinados en las chabolas. Si usted ha subido por la calle Mediodía…

—Sí, ya me he dado cuenta —repuso el muchacho, levantando la cabeza para devolverle la mirada—. Es algo que realmente encoge el ánimo.

—Como la escuela municipal del distrito no acoge ni a una cuarta parte y los señoritos de la catequesis sólo se acuerdan de ellos los domingos, la semana pasada se me ocurrió la idea de ir a ver al delegado…

Aunque la visita había tenido lugar hacía exactamente ocho días, Ortega la recordaba con todos sus pormenores: la casa de pisos recién construida, la escalera de mármol alfombrada de rojo, la sala de espera con aire acondicionado. A los pocos minutos había aparecido una mujer gruesa, de mediana edad, vestida con traje de calle, con el rostro almidonado a fuerza de pintura y el pelo teñido de negro. «¿Deseaba usted ver a mi marido? —exclamó con voz aguda; y, sin darle tiempo a decir ni pío, comenzó a recitarle la letanía de sus desgracias—. Difícil. Difícil. Difícil —repetía sin dejar de contemplarle con una mirada neutra y glauca. Su Melchor estaba ocupado, ocupadísimo y no recibía a nadie fuera de su despacho; con el trabajo que había en el Ayuntamiento durante aquellas semanas el pobrecillo no disponía de un minuto y hasta ella misma estaba todo el día en danza: que si visitas, cócteles, recepciones, besamanos…

—No sé por qué se me ocurrió la idea de entregarle la carta de presentación del director del Instituto en donde doy clases por la mañana.

La mujer la había leído atentamente de cabo a rabo, y se apresuró a acribillarle a preguntas: «¿Se trataba, quizá, de algo relacionado con la modificación del horario de enseñanza? ¿O bien se refería al programa de las próximas fiestas? ¿Ni una cosa ni otra? Ah, entonces ya lo sabía: el homenaje al cura párroco. ¿No? ¿Tampoco? Entonces, entonces… Hasta que él había acudido en su ayuda. ¿Un permiso para instalar una escuela? ¿Para los niños pobres? ¿Chiquillos de las barracas? Ah, ah, ah…, su sonrisa se había congelado poco a poco, hasta quedar fijada, como una mueca postiza, sobre la ensangrentada pintura de sus labios… De modo que para los niños de las barracas. Vaya, vaya… Su sorpresa había cedido en seguida y sonreía de nuevo, de modo diplomático… Claro. Los pobrecillos. Andaban tan necesitados… Bien pensado, la suya era una excelente idea; pero tal vez Melchor no era el hombre más indicado para apoyarla. Quizás en la parroquia, el padre Francisco…

—Sí, conozco la historia —dijo el muchacho mientras encendía el cigarrillo que Ortega acababa de alargarle.

—Luego, sin venir a cuento, la buena mujer empezó a hablarme de ceremonias, paradas, ropajes y desfiles. «Mi Melchor —decía— me ha contado que traerán una custodia de dos metros de oro y pedrería, con una esmeralda más grande que una mandarina.» Hasta que no pude más, inventé una excusa y salí a la calle.

—De modo que no hubo nada que hacer —dijo el chico.

—No, nada. Al cabo de tres días recibí una carta del caballero de marras en la que, tras darme las gracias muy amablemente, decía que mi proyecto era imposible, porque el Ayuntamiento desconocía oficialmente la existencia de las chabolas.

Tenía la carta al alcance de la mano y leyó un fragmento en voz alta:

«Por otra parte, dado el carácter provisional de la barriada a que usted se refiere, cualquier iniciativa de ese tipo sería prematura en tanto que…»

El chico le escuchaba cabizbajo. Ortega creyó adivinar en sus ojos una leve sombra de fastidio. La idea de aburrirle con sus proyectos le llenó de miedo y decidió desviar la conversación hacia otros cauces.

—Su padre me ha dicho que aquí no tiene ningún compañero. Ya sé que en la Universidad no le será difícil hallarlos. No obstante, creo que el trato con algún conocido mío, un poco más joven que yo, claro, podría serle útil…

Sin separar la vista de los legajos apilados encima del escritorio, el muchacho aprobó con un movimiento de cabeza.

—Entonces, si usted me lo permite, me tomaré la libertad de dar su dirección a un antiguo discípulo que, al acabar la guerra tenía, aproximadamente, sus años. Es un chico muy preparado, con el que podrá hablar a sus anchas.

—Con mucho gusto.

Aguardó a que Ortega tomase el bolígrafo del plumero y dictó:

—Calle del Progreso, cuarenta y dos, principal.

—¿Es una casa particular?

—Una residencia.

—¿Hay teléfono?

—Sí, pero no sé el número. Seguramente lo encontrará en la guía.

—No tiene ninguna importancia.

En aquel momento, a través de la puerta mal ajustada, se percibió la voz agria de Antonia, regañando con la abuela:

—… al paso que va perderá la cabeza un día y ni siquiera se dará cuenta.

El chico miró la esfera del reloj y se agitó nerviosamente en la silla.

—Tal vez tiene usted prisa y le estoy robando el tiempo —dijo Ortega con voz apenada.

—No, en modo alguno. Todo lo que usted dice me interesa mucho; pero son cerca de las seis y tengo que hacer unos encargos.

—En este caso no quiero retenerle ni un minuto. Lo importante era que entráramos en contacto los dos. Puesto que se queda usted aquí no nos faltarán ocasiones de vemos.

—Eso espero yo también —dijo el muchacho.

Ortega deseaba manifestarle la inmensa alegría de su encuentro y su esperanza en reanudarlo. Algo más fuerte que él se lo impedía, haciéndole pronunciar, a pesar suyo, frases vacías y huecas:

—En fin. Me alegro mucho de haberle conocido. Esta misma noche, antes de acostarme, mandaré una postal a su padre.

Durante unos segundos permaneció de pie, indeciso, como si deseara añadir algo. Se limitó a decir:

—Espero que, cuando haya visto a mi amigo, me dirá qué impresión le ha causado.

A lo que el chico había respondido:

—Desde luego.

Pero ya estaban los dos en el recibidor, después de haber cruzado el pasillo, y Ortega no tuvo otro remedio que hacer lo que tanta ira le daba: descorrer el pestillo de la puerta y contemplar, medio desvanecido, cómo su silueta amiga se perdía, indiferente, por la calle.

Desde el extremo del pasillo, Pipo espiaba su despedida. Al cerrar la puerta, el profesor había apoyado el antebrazo en la hoja, y, por un momento, el niño tuvo la impresión de que lloraba; pero Ortega pareció recuperarse en seguida y, con las manos en los bolsillos, regresó lentamente a su cuarto.

Pipo volvió también al suyo e intentó repasar la gramática. Antonia continuaba regañando a la abuela en la cocina y se tapó cobardemente los oídos para no oír. No sabía cómo, la criada acababa de descubrir las frecuentes desapariciones de dinero y echaba las culpas a la mala cabeza de la abuela «que la hacía olvidarse de todo». Y la abuela había empezado a recorrer la casa de un extremo a otro, hurgando en los escondrijos más absurdos y recitando en voz alta la oración de san Antonio:

Si buscas milagros mira:

Muerte y horror, desterrados;

Miseria y demonio, huidos;

Leprosos y enfermos, sanos…

Al cabo de unos segundos penetró en la habitación con su aspecto de loca, las guedejas del pelo deshechas y los ojos brillantes de lágrimas. Como siempre que estaba aturdida, se había puesto el sombrero. Al verle le dirigió una sombra de sonrisa y le miró extraviado.

—¡Lo que hemos hecho, hijo mío, lo que hemos hecho!

Y dejando a Pipo sumido en una mar de cábalas, abandonó la habitación mientras la criada, desde la cocina, continuaba disparándole sus flechas envenenadas:

—Rece, rece. Que san Antonio va a hacerle mucho caso —y cambiando la voz, con mayor ironía—: ¿O acaso cree usted que no está harto de oírla lloriquear todas las tardes?

Pipo cerró el libro. La idea de que la abuela pudiera estar al corriente de sus hurtos le asustaba. Desde un principio sabía que la sisa no podría prolongarse mucho tiempo, pero nunca, hasta entonces, había adoptado una decisión para el momento en que esto sucediese. No obstante, reflexionando bien, la certidumbre era preferible a la ignorancia. Y, como por otra parte, la abuela no se había atrevido a acusarle directamente del robo, su silencio equivalía, en cierto modo, a una tácita aceptación del hecho consumado.

Examinado el asunto a todas luces, la puerta cerrada de la víspera tenía su explicación: sabiendo que Pipo le quitaba dinero pero, demasiado débil para reprochárselo, la abuela había tomado sus precauciones. Su cambio de táctica exigía una modificación de la suya y, ahora, Pipo jugaba con ventaja. Si, por un lado los obstáculos se hacían más difíciles, por otro, la responsabilidad frente a Antonia corría a cargo de su abuela. Y esto, a fin de cuentas, era lo que importaba.

Irritado consigo mismo, abrió la ventana de par en par y se sentó en la baranda con las piernas colgando hacia fuera. La calle Mediodía estaba desierta como de costumbre y en el tramo de enfrente no había un alma. Al cabo de poco, de la pendiente triangular que separaba las terrazas de su calle de la carretera, Pipo vio aparecer a la niña del piso de arriba, acompañada de una criatura de apariencia extraordinaria.

Aunque sabía por Antonia que a la prima de fuera «le faltaba un tornillo», su contemplación le produjo vivísimo asombro. La niña llevaba el pelo recogido en una trenza y, encima de la frente, mechones rebeldes formaban una coronita leonada. Durante unos segundos observó la explanada de barracas, haciendo visera con los dedos. Luego, al divisarle, le había señalado a la atención de Piluca y marchó decididamente a su encuentro, con una sonrisa impersonal a flor de labios.

—¿Tendría usted la bondad de avisar a su abuela un segundo?

Pipo fingía arañar con un lápiz en el revoque de la jamba y lo guardó cuidadosamente en el bolsillo antes de responder:

—¿Para qué desea verla usted?

Piluca se había acercado también a la ventana y el niño hizo como si no la viese. Durante los cinco años que la niña vivía en el piso, nunca habían cruzado una palabra y, de mutuo acuerdo, preferían ignorarse. En cambio, el aspecto de la prima le había hecho concebir el deseo de intimar con ella.

Su respuesta fue como una jarra de agua fría para sus esperanzas.

—Puede decirle que no pienso retenerla mucho tiempo. Lo que me interesa es visitar el sótano que tienen ustedes.

—Pues no la podrá ver —dijo Pipo—. Mi abuela se ha ido de compras y Antonia no quiere que baje nadie. —Se llevó la mano al bolsillo y añadió—: Además, yo tengo la única llave.

Hubo un punto de silencio durante el que la niña le contempló con sus ojos como margaritas: avergonzado, Pipo hundió las manos en los bolsillos y analizó con fijeza sus zapatos.

—¿Es cierto que durante los años de la guerra la cueva servía de refugio? —preguntó la niña con voz más suave.

Pipo la estudió largo tiempo antes de responder. La recién venida se colocaba delante de Piluca con gran coquetería, sirviéndose de ella como de un telón de fondo ante el que su belleza salía beneficiada.

—Sí —dijo—. Cada vez que tocaban las sirenas la gente se metía dentro y, aunque un día cayeron en la casa más de quince bombas, los de dentro ni se enteraron siquiera. Pero ahora vuelve a estar cerrada, y sólo entran en ella mis amigos y mis primos.

—Puesto que usted tiene la llave —repuso la niña— puede usted considerarnos sus amigas.

El acento con que dijo estas palabras, más que las palabras mismas, le causó intensa satisfacción.

—¿Vive usted con los señores de arriba? —preguntó mientras afilaba el lápiz con su navaja.

La niña alisó con la mano los rebeldes mechones de la frente.

—Momentáneamente, sí —repuso—. Pero no soy charnega como los otros. Yo he nacido en Madrid, frente al Retiro, y ahora voy a Italia, a reunirme con mi padre.

Distraídamente observaba las macetas del antepecho y se puso de puntillas para arrancar un retoño de hierba lechera.

—Mira, querida —dijo, volviéndose hacia su prima—, aquí hay otra mata.

Con sus manos diminutas segó el tallo más grueso y aplicó el líquido que brotaba a sus pómulos.

—Va muy bien para el cutis —explicó. Piluca cortó otra rama y se embadurnó laboriosamente la cara.

—¿Y usted? —interrogó a la niña—: ¿Es usted de Murcia?

Pipo denegó con la cabeza.

—Yo nací aquí, en esta casa. Mi padre es del Norte.

La niña hizo un ademán con los hombros:

—Yo estoy aguardando el verano para reunirme con el mío. Durante la guerra era capitán y salió de España, dándome por muerta. Pero yo me he enterado de dónde vive y me presentaré en su casa sin avisarle.

—Pira ha preparado ya el equipaje —dijo su prima— y en agosto se embarcará para Italia. Entonces me llamará a mí también y viviremos siempre juntas.

—Mi padre se ha hecho millonario en América y vive encerrado en un castillo. Cuando escapó de España llevaba una foto mía y la besa todas las noches antes de acostarse.

Pipo se acordó al fin de la escena: un año antes, en un cine de barrio había visto una película cuyo argumento coincidía en muchos puntos con lo que la niña relataba: la casa bombardeada, el padre fugitivo, el castillo… Y la protagonista infantil se parecía mucho a Pira, inclusive en su forma de hablar y de vestirse. Maliciosamente preguntó:

—En el castillo de su padre, ¿no hay un lago?

La niña sonrió con desenvoltura.

—… y escaleras, salones, armaduras y cascadas. Los lacayos visten casaca y yo doy órdenes todo el día.

—Su madre —explicó Piluca— vivía con ella en el pueblo y se lo contó antes de marcharse.

—Yo lo sabía desde siempre. Lo que me dijo acabó de confirmármelo.

—Su padre la reconocerá por una cicatriz que tiene en la cadera.

—Yo también tengo su foto para poder reconocerle a él.

—El ambiente en que se ve obligada a vivir no corresponde a una persona de su clase. Como soy la única en comprenderlo, cuando llegue a Italia, tendré mi recompensa.

—Los charnegos son groseros y vulgares —afirmó la niña—. En mi pueblo, no podía asomarme fuera. Todo el mundo me señalaba con el dedo.

—A Pira le gusta vestirse con trajes de colores y pasear con los sombreros de su madre. Era la niña más elegante y las otras estaban muertas de envidia.

—Un horror. La gente se volvía en la calle para mirarme, como si tuviera monos en la cara. Y, todo, porque llevaba zapatos de tacón.

—Su madre la regañaba continuamente, pero ella no le hacía ningún caso.

—Quería vestirme de negro como las demás y mandarme a un colegio ordinario.

—Como las alumnas de las madres.

—¡Qué atraso! —suspiró—. Afortunadamente no volveré a poner los pies en aquel agujero.

Permanecía erguida, balanceándose sobre uno y otro pie y Pipo le hizo señal de aguardar. Prudentemente se aseguró de que ni la abuela ni Antonia espiaban, y descorrió el cerrojo de la puerta. Las niñas estaban ya en la portería y les impuso silencio con la mano.

—Antonia no quiere que baje nadie. Si nos descubriera —inventó— me dejaría a pan y agua toda la semana.

—¿A pan y agua?

—No sería la primera vez que lo hace.

Pira pareció medir con la mirada la magnitud del sacrificio.

—Gracias —dijo—. Muchas gracias. Cuando llegue a Italia y me reúna con papá en el castillo le mandaré una tarjeta.

—¿Y yo? —preguntó Piluca—. ¿Podré escribir también cuando esté fuera?

—Desde luego, querida. Desde luego.

Pipo las hizo pasar al recibidor y ordenó de nuevo silencio. Temía que Antonia, al descubrir la presencia de las niñas, se ofreciera espontáneamente a acompañarlas, dando al traste con sus proyectos.

—Chist. No hagáis ruido.

Cogidos de la mano, siguieron el pasillo hasta llegar junto a la puerta de la cueva. Una vez allí, Pipo metió la llave en la cerradura y empujó a las chiquillas por la trampa.

—Pasad, rápido.

De puntillas —los tacones de Pira hacían «clap, clap»— bajaron hasta el rellano en el que Antonia guardaba la confitura, la salsa de tomate, los sacos de patatas y el vino. La verdadera cueva estaba más abajo y se llegaba a ella por una escalera sucia.

La despensa olía a húmedo y recibía la luz de una claraboya. El claror caía desde lo alto como una cellisca de motas de polvo. El sol se adivinaba por el color de la llovizna que a veces parecía una racha de oro. Los niños se colaron bajo de la rociada, envueltos en una nebulosa de polvo diminuto. Pipo se detuvo en la boca de la cueva y oprimió fuertemente la mano de Pira.

—¿Y la luz? —dijo Piluca, señalando el interruptor herrumbroso—. ¿Por qué no la enciende?

El niño tampoco sabía por qué y vaciló unos segundos antes de responder.

—Está estropeada —dijo al fin—. Pero da igual. Conozco la gruta de memoria y me las arreglo perfectamente sin linterna.

Pira bajó la voz para preguntar:

—¿Y no tiene miedo, ahí dentro, de tropezar con alguien, de pronto?

—No —explicó él—. Algunas noches, cuando me desvelo, bajo aquí y me paseo por la gruta con las luces apagadas.

Por el silencio de las niñas midió el efecto causado por sus palabras e, inconscientemente, acentuó la presión de los dedos.

—Hace unos años —dijo—, cuando ustedes no vivían aún arriba, entró un ladrón en la cueva y yo lo descubrí. Era un hombre de más de dos metros y llevaba un cuchillo pero, como yo apagué las luces, no me pudo encontrar. Entonces cerré la puerta con llave y fui a avisar a la policía. Cuando llegaron los guardias lo encontraron loco de rabia, echando sangre por la boca.

—¿Sangre? —exclamó Pira—. ¿Por qué?

El niño se interrumpió dramáticamente.

—De rabia, se había cortado la lengua.

—¡Qué horror! ¿Y usted no tuvo miedo?

—Un poco.

—Yo creo que me hubiera muerto del susto… ¿Y tú, Piluca?

—Con lo miedosa que soy… De sólo pensarlo, se me eriza la piel.

Pipo bajó el tramo de la escalera, gustando de su poder. Abajo la oscuridad era completa. Pira le oprimía la mano con todas sus fuerzas y su contacto tibio le llenaba de turbación. Rabiosamente deseó estar a solas con ella. Pero Piluca continuaba al otro lado y no parecía dispuesta a dejarles.

—A veces también vienen fantasmas —continuó; pero sintió que Pira se estremecía y se apresuró a añadir—: Cuando es de noche.

—¿Ha visto usted alguno? —murmuró ella, rozándole la oreja en los labios.

—Dos o tres veces.

—¿Qué forma tienen?

—Son grandes como las personas, pero de distinto color. Sus ojos son verde oscuros y brillan por la noche, como los de los gatos.

Habían llegado al fondo de la gruta y, al iniciarse el retroceso, sus cuerpos se rozaron.

—¿Sabe una cosa? —afirmó ella—. Estoy muerta de miedo.

Desde hacía unos momentos temblaba como una hoja y el niño la abrazó por el talle sin encontrar resistencia.

—Tranquilízate —dijo tuteándola—. Yo estoy aquí y no puede ocurrir nada.

—Salgamos. Todo esto es oscuro y no puedo ver.

—Sí, sí —coreó la prima—. Salgamos.

Pipo las llevó hacia la salida dando un rodeo. La debilidad de que daban muestras le devolvía poco a poco todo su aplomo. Guiándolas a través de la gruta se sentía fuerte, poderoso. Y, antes de llegar a la escalera, se detuvo, con fingido sobresalto.

—Chist —ordenó.

Hubo una breve pausa durante la que la niña se acurrucó contra él, aterida y temblorosa.

—¿Qué ocurre?

—Me ha parecido oír algo.

—Vámonos —sollozó—, tengo miedo.

Casi al mismo tiempo Piluca, lanzó un chillido que debió oírse en toda la casa.

—¿Qué pasa? —exclamó Pipo.

—No sé. Alguien me ha tocado.

—Imposible. Estamos los tres solos.

—Una mano helada.

Piluca corrió escaleras arriba y tropezó con una ristra de ajos. Una cacerola de cobre cayó al suelo y rodó estrepitosamente.

—Pronto —susurró Pipo—. Larguémonos.

La puerta de la gruta estaba abierta y atravesó velozmente el pasillo. Desde la portería había oído la voz de Antonia, preguntando qué pasaba y siguió corriendo del brazo de Pira hasta la calle.

—Es usted una idiota —dijo a Piluca—: ¿No le dije que se estuviera quieta? Ahora Antonia se ha enterado de todo y, por su culpa, me castigarán.

—La culpa es de usted y sólo de usted —repuso ella—. Eso le enseñará a no meter a nadie en sitios tan oscuros.

—Estaban conmigo y no podía ocurrirles nada.

—Pues yo le digo que allí había alguien.

—Y yo digo que no.

—Pues debe ser usted un ciego.

—Y usted una visionaria.

Las mejillas le ardían y la cabeza le pesaba; con gusto la hubiera molido a golpes.

—Por favor —dijo Pira, sentándose al borde de la pendiente—. Os lo suplico, no gritéis tanto.

Los dos niños se volvieron hacia ella en demanda de ayuda. Pira hizo un gesto displicente con los labios.

—¡Uf! —murmuró—. La dichosa gruta estaba llena de telarañas.

Sirviéndose del peine alisó los mechones del pelo que le caían por la frente y los sujetó con un lazo azul celeste que sacó del bolsillo. Piluca la espiaba con avidez y se apresuró a repetir todos sus movimientos.

Sentado en un escalón, Pipo la observó con desagrado; su constante interposición entre él y Pira le encolerizaba, y esperó a que concluyera para hacerle una mueca con los labios.

—Ande. Imítela en todo. Parece usted una mona del parque.

—Pira es un ser profundamente original que no me importa tomar como modelo —repuso Piluca—. Si usted fuese un poco más sensible se esforzaría en hacer lo mismo.

Se dirigía a su prima con el deliberado propósito de indisponerlos.

La niña fingió no hacerle caso.

—Me gusta el fuego —dijo, señalando las hogueras encendidas por los barrenderos municipales—. Cuando esté en el castillo, encenderé las chimeneas.

—Supongo que disfrutaréis mucho los dos juntos —dijo Piluca—. Allí, a solas, sin nadie que os estorbe…

—Por favor —le interrumpió Pira—. ¿Puede saberse a quién te refieres?

Por la expresión de triunfo de Piluca, Pipo comprendió que la niña había caído en la trampa:

—Pues quién ha de ser… Tú y el chico.

—¿Y quién te ha dicho que llevaré al chiquillo conmigo?

Su desdén al pronunciar «chiquillo» era tan manifiesto, que Pipo se sintió enrojecer hasta las orejas.

—Nadie —repuso Piluca—; como os veía a los dos tan entusiasmados supuse que te lo llevabas de viaje.

—Ni soñarlo —afirmó Pira—. En casa no entrará ningún hombre. Salvo mi padre, desde luego. Mi padre y los criados.

Observó a Pipo despectivamente y el niño sintió que las sienes le punzaban.

—Tampoco yo les he pedido que me lleven —replico—. Y aunque me lo suplicasen de rodillas, pueden estar bien seguras de que no querría acompañarlas.

—Pira va a tener otros partidos, mejores y más brillantes que el suyo. De modo que deje de importunarla, y aprenda a saludarla desde lejos.

Pipo las examinó a las dos con rabia. De forma que querían guerra. Pues guerra tendrían.

—¿Importunarla? —dijo—. Ni lo deseo. Hace rato que me he dado cuenta que son ustedes un par de embusteras y no creo una sílaba de lo que han dicho sobre sus padres, castillos y criados.

Al oírle, el rostro de Pira pareció volverse aún más rígido: sus pupilas giraron como muertas en la fisura de sus ojos entornados e, irguiéndose bruscamente, recogió el borde de la falda con la punta de los dedos.

—Es usted mal educado y grosero.

—Y usted mentirosa e ignorante.

Piluca se dirigió al encuentro del niño dispuesta a hacerle pagar cara la ofensa. Su prima la detuvo con un movimiento del brazo.

—Sería inútil —dijo—. Con gentes así, no vale la pena reñir.

Por toda respuesta, Pipo les sacó despectivamente la lengua. Pero ya las niñas le habían dado la espalda: muy dignas, sujetándose la falda con las manos e imprimiendo a sus caderas un leve balanceo, entraron en la casa en el momento en que Antonia salía de compras.

Al reconocerla, Pira señaló con el dedo a Pipo y susurró algo a su oído. Luego desapareció por la portería, sin dignarse de dirigirle una mirada.

Cuando Antonia bajó a donde estaba Pipo, el niño quiso saber qué le había dicho. La mujer se llevó el índice a la sien, en un movimiento rotatorio.

—Está loca —dijo—. Como una regadera.

La tarde anterior, mientras bebía un porrón de tinto en la bodega, el Gorila había sido protagonista de una aventura extraordinaria: doña Rosa, que desde hacía algún tiempo parecía mostrar un vivo interés por su musculatura, le había llevado al interior de la vivienda con el pretexto de que le ayudara a clavar unos marcos.

Aunque el marido estaba fuera, el Gorila no atribuyó al hecho ningún significado especial. Doña Rosa era mujer respetada por la clientela y gozaba en el barrio de una reputación intachable. A menudo, cuando necesitaba arreglar un plomo fundido, o descargar vino de las tinajas, los parroquianos le auxiliaban benévolamente. Unas semanas antes, estando presente el marido, el Gorila había desatascado una tubería y creyó de buena fe que, una vez más, se trataba de prestarle un servicio.

Por eso, cuando en el momento en que se disponía a clavar el primer marco, doña Rosa le acarició el vello del pecho, llamándole: «Mi gran animal tostado», su asombro no tuvo límites. Tanto que ni siquiera se dio cuenta de que doña Rosa le besaba de forma poco honesta ni de que él la empujaba hacia la cama, hasta que todo estuvo hecho. Entonces la contempló de reojo, lleno de vergüenza, procurando cubrirse el cuerpo con las sábanas.

—Yo no sabía qué hacer, te lo juro. Doña Rosa estaba a mi lado, tal como había venido al mundo, y yo tenía que frotarme los ojos para convencerme de que no soñaba. Todo era tan confuso que ni siquiera me atrevía a moverme y miraba el suelo más tonto y escurrido que un bacalao.

—¿Y ella? —preguntó Norte—. ¿Qué hacía ella?

—Oh —dijo el Gorila encogiéndose de hombros—. Hablaba, hablaba sin parar. Decía que yo era un hombre, y no el marido de ella, y que deberíamos volver a vernos, y tacatí y tacatá, dale que dale, como un disco rayado.

—¿Y cómo acabó?

—¿Acabar? Pues de ningún modo. No quería soltarme. Decía que era feliz conmigo. Pero yo sólo podía pensar: Estoy en la cama con doña Rosa. Y cada vez sentía más vergüenza.

—¿Vergüenza? ¿Y por qué tenías que sentir vergüenza? Desde el momento que ella lo quería…

—Sí, ya lo sé; pero doña Rosa es una gran señora. Y no sé qué decirte: me asustaba estar allí, en su cama…

—Hala, calla. No digas más tonterías. Cualquier otro estaría dando saltos de contento y a ti no se te ocurre otra cosa que poner cara de mártir.

—Sí, lo reconozco, es estúpido, pero tenía ganas de irme.

—Irte, irte… Como si no te gustasen las faldas…

—Todo era tan nuevo, tan inesperado…

—Mejor que mejor, un motivo más para quedarte allí con ella.

—Oh, la cosa no es tan fácil como parece… En primer lugar no me atrevía a tutearla…

—Vaya con el valiente… Y luego dices que yo soy un calzonazos.

—No podía. Se me formaba un nudo en la garganta.

—Total: que te largaste por las buenas y la dejaste allí.

—Sí —admitió humildemente el Gorila—, pero me parece que no se enfadó conmigo.

—Encima querrás hacerme creer que se quedó muy satisfecha.

—No, no digo eso. Se volvió a poner la ropa y me acompañó hasta la bodega.

—¿Te pidió que volvieses al menos?

El Gorila se cruzó de brazos con ademán de impotencia.

—No lo sé; mientras salíamos me decía un montón de cosas, pero yo ni la escuchaba…

Norte fue a buscar el hornillo a proa y encendió cuidadosamente el fuego. El sol estaba a punto de ocultarse tras los tinglados y sus rayos caían como llovizna rubia sobre las barcas escoradas del varadero. El reloj de la torre se había parado a las cinco y cinco y alguien trepaba por la escalerilla, a darle cuerda.

—¿Volverás a verla esta noche? —preguntó al cabo de un rato.

—No sé. No lo he pensado aún.

—No. Tú quieres que sea ella quien venga a buscarte a bordo… Y luego te lamentarás toda la vida, como te lamentabas la otra noche de no haber hecho caso de la cojita del bar.

El Gorila no contestó. Sentado en la escotilla seguía con la vista la evolución de las gaviotas sobre la boya, absorto en una de sus ensoñaciones habituales. En los dos años de vida en común, Norte había aprendido a respetarlas, convencido de que, dijera lo que dijese, no lograría arrancarle una sílaba. Dando un suspiro, empezó a preparar la cena.

Casi al mismo tiempo el Gorila bajó a la cámara de popa, y regresó con una pila de tebeos. Norte conocía su argumento de memoria por haberlos leído, para matar el tiempo, cuando su amigo se iba fuera. Protagonizados por hércules matasietes que caían en terribles emboscadas, se salían de ellas, luchaban con feroces enemigos y salvaban bellas muchachas, concluían dejando al héroe en una situación dificilísima de la que, inevitablemente, se zafaba; pero el Gorila no parecía darse cuenta del truco y los compraba semanalmente en el quiosco, con el interés apasionado de un chiquillo.

—Ay, caray —decía, al finalizar los relatos—. Lo que es de ésa me parece que no se libra.

Y cuando, pese a los leones, los tigres o los caimanes, el héroe salía del pozo con la bella entre sus brazos, la hazaña le llenaba de entusiasmo.

Con una expresión sumamente atenta se entretuvo en hojear los tebeos. Después apuró de un trago el vino que había en el porrón y, sin abandonar su aspecto ensoñador, saltó por la roda a tierra.

—Eh, tú —exclamó Norte, sorprendido, dejando de aventar el fuego—. ¿Puede saberse adónde vas?

A lo que su amigo respondió, mientras se alejaba con las manos hundidas en los bolsillos:

—A rezar. Que es la Cuaresma.

Aquella tarde Pipo encontró a doña Rosa más amable que nunca. Al verle, la mujer dejó de atender a la clientela y le estampó un sonoro beso maternal en la mejilla.

—Tengo una carta para ti, tesoro —dijo acariciándole el pelo, con sus firmes y bien cuidadas manos—. Un mensaje que vamos a descifrar los dos juntos.

El último taburete del mostrador estaba vacío y lo limpió con el trapo para que se sentase. El niño la obedeció —algo inquieto por la inexplicable ausencia de su amigo— y contempló su abultada popa mientras hurgaba entre los cajones en la barra. Al fin, doña Rosa dio con el papelito y lo exhibió triunfalmente. El mensaje estaba garabateado con lápiz y resultaba difícil de entender. La mujer guardaba unas gafas de concha en el bolsillo del delantal y se las puso, apartándose el pelo con los dedos.

Su hermano es a la mar —leyó—. Espere. Beba una cerveza con doña Rosa. Firmado: el Cama.

—¿El Cama? —dijo Pipo—. ¿Quién es el Cama?

Doña Rosa apuntó con el índice a un grupo de pescadores sentados en la primera mesa. Uno de ellos, vestido con un mono azul y un pasamontañas negro, acababa de escupir en el antebrazo de un viejo y le aplicaba un concienzudo masaje con sus manos callosas y sucias. El viejo iba trajeado como un mendigo, con una gorra de plato remendada y una camisa rota y contraía las mandíbulas de modo convulsivo, dejando asomar la punta de la lengua entre sus labios. El masajista no parecía preocuparse mucho de su dolor y friccionaba su muñeca con energía. El viejo intentaba zafarse y gemía lastimeramente, como un animal. Los otros seguían el forcejeo con atención y aventuraban frases cargadas de ironía.

—Pues no te vendrían mal los dientes, abuelo.

—Eso te enseñará a beber la paga solo y dejar a tus compañeros plantados.

—Apriétale fuerte, Antorcha. Hasta que eche los hígados.

—Sí, hasta que los escupa.

—¿Quién es? —preguntó Pipo.

Doña Rosa dejó de fregar el mármol y se acodó frente a él, sonriente.

—¿Quién quieres que sea? —suspiró—. El de los harapos.

Los ojos del mendigo emitían fugaces destellos de ira. Desde hacía unos momentos luchaba furiosamente por desasirse, con el rostro congestionado por el esfuerzo.

—¿Qué tiene? —preguntó Pipo, rebajando de un sorbo el nivel de la cerveza que el dependiente le acababa de servir.

—Nada; un esguince. Como llevaba una juma de las suyas debió creerse que era un gorrión y, en la taberna de ahí enfrente, se tiró escaleras abajo.

—¿Se ha roto el hueso?

—Lo que es esta vez, podrá contarlo. Veremos lo que ocurrirá la próxima.

—¿La próxima qué?

—Borrachera, rey mío, borrachera… Durante treinta días vive de lo que le regalan sus amigos y duerme en el muelle. Luego, cobra el seguro del accidente del ojo y se lo bebe por ahí en una noche… La verdad, yo hace mucho tiempo lo hubiera sacado de aquí, pero como tu hermano se ha encaprichado con él…

—Realmente es una suerte que no tenga dientes —dijo Pipo señalando la punta de la lengua—. Si los tuviera…

—También se los rompió por ahí, yendo borracho… Ahora, como está tan arrugado, el barbero de la esquina, para afeitarle, le mete una nuez en la boca. Mira, aquí llega tu hermano.

El Gorila había entrado por la puerta lateral de la bodega y se detuvo ante el grupo de curiosos que rodeaban al Cama.

—¿Puede saberse por qué me sacas la lengua, cabrón? —exclamó arrojando al suelo la colilla de su cigarro—. ¿Te parece ésa la forma de recibir a los amigos?

El Gorila se acercó a saludar a la patrona y acarició la desmelenada cabeza del niño.

—¿Cómo está usted, doña Rosa? ¿Y tú, Pipo?

Doña Rosa les contemplaba a los dos, arrobada.

—Si no fuera porque es usted tan feo —afirmó señalando al Gorila— diría que, más que hermanos, son ustedes padre e hijo.

—Pues no anda usted descaminada —dijo cruzándose de brazos—. Pero creo que está confundiendo los papeles.

Poseído del espíritu del juego, el niño echó la cabeza atrás, abombó el pecho, fingió acariciarse la barba. Al mismo tiempo el Gorila apartó un mechón de pelo y señaló un lugar del cráneo a la curiosidad de la patrona.

—¿Ve usted este chichón? —dijo, cuando la mujer lo hubo palpado—. Me lo hizo él, con una silla.

—¡Vaya, vaya! —exclamó doña Rosa—. Y yo que lo tomaba por un ángel.

—¿Un ángel? —le interrumpió el Gorila—. Si es el mismo diablo…

Doña Rosa no parecía tener mucha prisa en dejar de tentar su cabeza.

—Y usted, con lo fuerte que es, ¿no le da vergüenza dejar que lo golpeen?

—¿Fuerte yo? —exclamó el Gorila, hinchando el pecho, hasta que la pescadora azul estuvo a pique de romperse—. Pero si no doy miedo ni a las moscas.

—Además —añadió Pipo, feliz—, le tengo dominado.

—Ya lo ve usted. Cuando estamos a solas, quien manda es él.

También él parecía encantado por la representación y, al beber, chascó ruidosamente la lengua. Consciente del interés de la mujer, exhibía su hercúlea silueta dando vueltas en torno del niño, como un gigantesco oso de feria recién escapado de la jaula.

—Con todo y ser tan pequeño, cuando hago una trastada, me castiga.

—Si no fuese por mí —dijo Pipo—, a estas horas andaría por ahí, hecho un gitano.

—Tirado como una colilla, sí señor.

—O en la cárcel.

—Pero él me defiende y no deja que nadie me falte…

—Obligo a la gente a que le respete.

—Y al que no obedece, palo.

Doña Rosa reía y susurró algo en la oreja de su amigo. El Gorila se había acodado en la barra entre ella y Pipo y, mientras bebía la cerveza, el niño se entretuvo en espiarlos. Como había tenido ocasión de ver en otros momentos, su amigo ejercía una extraña influencia sobre quienes le rodeaban. Su llegada obraba el milagro de modificar todos los rostros, haciendo aparecer en ellos, a su antojo, el interés, la atracción, la sonrisa. El Gorila tenía clara conciencia de ello y se exhibía como un actor de teatro: su cara adquiría una expresión brutal e inocente, las venas del cuello abultaban como sogas y sus pesadas piernas esbozaban un leve balanceo.

Cuando el Gorila le propuso cenar con él y Juanita, acogió la invitación como la cosa más natural del mundo. Aunque hasta entonces no había cenado nunca fuera, el obstáculo le pareció fácil: telefonearía a la tienda de la esquina y diría que se quedaba estudiando en casa de un amigo.

Desde el locutorio telefónico, observó a los pescadores mientras comían la cena de las tarteras: Antorcha, el masajista, y el viejo Cama; los buzos con los que el Gorila había pulseado y un grupo de viejos que jugaban a cartas. Al salir, dejó que doña Rosa le besara la mejilla y saludó con la mano. El Gorila lo acompañaba, como siempre, hacia la parada del tranvía, pero esta vez no iban a separarse. La idea de pasar la noche a su lado le llenaba de emoción e, impacientemente, comenzó a tirarle del brazo para darle prisa.

De pronto reparó en un hombre flaco, vestido con un traje gris raído, que en la bodega había espiado su conversación con la patrona. El hombre parecía seguirles a lo lejos y, al encontrar sus ojos, se detuvo en medio de la calzada.

—¿Quién es? —dijo Pipo, señalándole discretamente cuando llegaron a la esquina.

El Gorila volvió un momento la cabeza.

—No lo sé —dijo. Y al captar la mirada del niño, añadió—: ¿Por qué me lo preguntas?

Pero Pipo tampoco sabía por qué y se hizo el tonto.

—Por nada —dijo.

Juanita aflojó los tirantes de la blusa y ofreció su magro pecho al pequeño. El bar estaba por fortuna medio vacío y un biombo la protegía de las miradas indiscretas. El mozo acababa de retirar los restos de su ración de camarones y le sirvió otra de aceitunas y gambas a la plancha. Aquella noche los gastos corrían a cuenta de su amigo y había decidido comer a su antojo.

El Gorila la había citado a las nueve en punto y estaba allí desde las ocho menos cuarto. Aunque el puesto de verduras cerraba a las siete, no tuvo humor de acercarse por su casa. La atmósfera familiar la deprimía. Desde el accidente de Manuel, la madre se pasaba el día llorando y no desaprovechaba una ocasión para cubrir de improperios al Gorila. Como siempre olvidaba que, llegada la hora de pagar el alquiler, su amigo era el único que ponía los cuartos evitando que el propietario las arrojara a la calle. Pero su memoria era muy corta y en seguida volvía a las andadas.

Juanita estaba cansada de sus gritos, lamentos, imprecaciones. La verdad era que el Gorila tampoco se portaba de modo decente y a veces sentía deseos de plantarlo; pero, después de cada pelea, se arrepentía y corría a buscarlo por los muelles con el niño. Las reconciliaciones solían ser muy dulces y le dejaban en los labios un sabor agradable. El Gorila la llevaba a cenar fuera y le hacía algún regalillo. Luego la acompañaba a un hotel y pasaban la noche juntos.

El Gorila, de ordinario tan bruto, sabía mostrarse en ocasiones particularmente delicado. Le gustaba besarla y acariciarla lo mismo que un niño, contemplándola, con su rostro de oso, con una expresión entre asombrada e ingenua. Su mayor debilidad seguía siendo el hijo. Durante horas y horas no se cansaba de acunarlo, mecerlo, tomarlo entre los brazos y revolcarse con él, mientras el niño reía excitadísimo y agitaba las manos furiosamente. En medio de la cama le improvisaba un moisés y no consentía en apartarlo ni cuando hacía el amor con ella.

Estas noches eran excepcionales y su efecto se desvanecía en seguida. Fuera de la cama, el Gorila volvía a ser el mismo de siempre: un bruto, un informal y un zafio, incapaz de la menor comprensión hacia ella o hacia su hijo.

Durante semanas enteras permanecía sin dar señales de vida, malgastando el dinero de la paga en juergas y prostitutas. Un día lo había descubierto con una especie de percha con cara de florero y delante de todo el mundo la arañó como un gato rabioso. El Gorila las observaba divertido mientras peleaban, pero su alegría no duró mucho tiempo. Una vez vencida la rival, Juanita la emprendió a golpes con él, hasta que el Gorila logró arrastrarla a un meublé y la lucha concluyó sobre la cama, entre caricias y abrazos.

El dinero debía arrancárselo del bolsillo el mismo día del cobro, pues, manirroto como era, el Gorila era capaz de patearlo en una noche con mujeres o invitando a beber a sus amigos. Para ello había tenido que conchabarse con el dueño del Venadito, quien le notificó el calendario de la paga. El día fijado, Juanita iba a esperarlo al muelle y no lo dejaba tranquilo hasta que le entregaba el dinero.

Con el tiempo Juanita había aprendido la manera de tratarlo. Sin embargo, en muchas ocasiones su habilidad demostraba ser inútil. El pasado de su amigo, por ejemplo, constituía un verdadero misterio y sus esfuerzos por aclararlo se habían estrellado contra un muro. Si sabía que estaba casado y que la mujer vivía con un hermano de él, ignoraba todo referente a su familia y a veces sospechaba que su nombre era un invento.

El Gorila le hablaba a menudo de sí mismo, pero sus historias malcasaban unas con otras y eran como piezas de un puzzle que nunca se ajustaban. Un mismo hecho, referido en días distintos, adquiría ligeras variantes que alteraban su significado. En cualquier anécdota, por prolija que fuese, parecía existir un vacío que era como el origen y la fuente de su extremada claridad. Este punto oscuro que, al igual que un sol, gravitaba perpetuamente sobre la panorámica del relato, constituía un centro secreto en torno al cual el narrador tejía el esquema cambiante de sus mentiras.

La gran cicatriz del muslo ocasionada, según le había dicho un día, por una granada explosiva durante los últimos meses de la guerra, se debía, otra vez, a las heridas sufridas en una tentativa de suicidio, por no haber podido pagar a tiempo el último plazo de una motora. El número de sus hermanos aumentaba de tres a cinco y su lugar de nacimiento oscilaba entre Extremadura y Canarias. Imposible indagar en los papeles: no los tenía. Al parecer, los perdió en un naufragio en Río Benito, aunque Juanita sospechaba que el tal naufragio no había ocurrido nunca.

Inútil también mostrarle sus contradicciones y mentiras: el Gorila siempre se escapaba. Sus aclaraciones resultaban aún más confusas y Juanita se quedaba, a fin de cuentas, tan enterada como antes. El Gorila tenía la cabeza llena de mentiras y a su lado era imposible distinguir lo vivo de lo pintado. Con el tiempo había aprendido a conceder a sus palabras un crédito relativo, dispuesta siempre a ponerlas en tela de juicio mientras no se probara su autenticidad.

El Gorila hacía continuamente teatro y, a diferencia de los actores, acababa creyéndose los papeles. Las pantomimas que ensayaba ante auditorios desconocidos concluían por afectarle. Al hablar, parecía ocultar el vacío bajo un alocado torrente de palabras, pero el vacío, el punto oscuro, permanecía inmutable, como un defecto de la pantalla receptora en la agitada sucesión de las imágenes.

Cuando, a las nueve, se presentó en el bar, del brazo de un niño rubio, no experimentó ninguna sorpresa. Más de una vez el Gorila había venido a la cita acompañado de gitanos cantores, rapazuelos contorsionistas, sordomudos devoradores de espinas de pescado y perros abandonados cubiertos de miseria, como si necesitase de ellos para ensayar sus nuevos números. Juanita conocía de memoria sus pantomimas y empezaba ya a estar harta.

Aquel niño, sin embargo, difería de sus acompañantes habituales y, casi a pesar de ella, Juanita lo examinó con simpatía. Era pálido, nervioso y espigado, con luminosos ojos azules y pelo rubio muy lucido. Parecía, además, bien educado y —observó— vestía muy limpio.

—¿Puede saberse quién es? —exclamó mientras el hombre hacía mimos a su hijo.

—¡Pues quién quieres que sea! —repuso el Gorila, cogiendo la criatura entre los brazos—. Mi primo. El hijo de tía Pepita.

—Eso se lo contarás a tu abuela —dijo ella—: Es el hombre más embustero que he encontrado en mi vida. Si tuviera que hacerle caso, sería pariente hasta de Franco.

—Bo-bo-bo-bo —hizo el Gorila, aplastando sus bigotes sobre el crío—. ¿Quién es tu papá? ¿Quién es el papá de Pablito?

Juanita se lo quitó bruscamente de los brazos.

—Si serás bruto… Ya te he dicho mil veces que mientras no te saques la navaja de ahí no quiero que lo toques.

Visiblemente contrariado, el Gorila la guardó en el bolsillo del pantalón.

—¿Ya empezamos? —dijo.

—Yo no empiezo ni digo nada —repuso Juanita—. Pero si quieres tenerlo en brazos cuida primero de no herirlo. —Se volvió hacia el niño y añadió—: Se lo digo cada vez que viene y encima se queja si me cabreo.

—Mira —dijo el Gorila—. No empieces como los otros días porque me largo y te dejo ahí. He traído al niño conmigo y no quiero que le estropees la noche.

El mozo se había acercado a ver qué querían. El Gorila pidió triple ración de almejas.

—Pipo ha tenido la atención de invitarnos y encima le vas a enseñar los dientes.

—Yo no enseño los dientes a nadie —repuso Juanita—. Sólo quiero que vayas con cuidado cuando acaricias al niño.

Se lo entregó al padre para que lo acunase y acercó la silla al banco donde se sentaba el chiquillo forastero.

—Le ruego que no se sienta usted incómodo —dijo—. Estoy acostumbrada a recibir visitas como la suya y mucho más extrañas. Como está medio loco —añadió señalando al Gorila—, necesita andar siempre en danza. Todos los pobres del puerto son amigos suyos: los cojos, los mancos, los mudos… Con tal que tengan algo raro, a él, ya le gustan. Los que duermen en el muelle de las ventas…

—Los conozco —interrumpió Pipo, sin separar la vista de sus manos—. También son amigos míos.

Juanita dejó de abrocharse la blusa y le contempló de reojo. Pipo se expresaba con voz pausada, que vibraba en el aire, con un tintineo de vidrio. No, realmente tampoco era un niño ordinario, aunque su anomalía no se manifestara en lo físico. Había en su aspecto algo que la atraía e impedía al mismo tiempo la tentación de tutearlo. A su lado, el Gorila le pareció más basto y grosero que nunca.

—Usted, que es tan listo y fino —le dijo al oído—, a ver si logra civilizarlo. Yo lo he intentado durante dos años, y ya ve lo que he conseguido.

—Le estoy civilizando ya —repuso el niño—. Desde que me conoce ha aprendido montones de cosas, pero le da vergüenza decirlas.

Hablaba con voz muy fuerte, como si en lugar de contestarle se dirigiese exclusivamente al Gorila. Éste estaba demasiado absorto con el crío y ni siquiera se volvió a mirarlo.

—¿Lo ve? —dijo Juanita—. En realidad es una criatura. Cuando se porta mal, lo hace sin malicia. Pero, hijo mío, a veces una ya no puede más…

—Algunos días también se porta mal conmigo —afirmó el niño, con la misma voz de antes—, y, entonces, le castigo.

—¿Le castiga? —murmuró Juanita sin comprender.

—Sí; hasta que me obedece.

El Gorila tampoco le hacía caso y Pipo interrumpió su pantomima. Juanita no podía quitarle la vista de encima y experimentaba un poco de celos al sentirse postergada.

—Si quiere que le diga la verdad —confesó, asegurándose de que el Gorila no la oía—, siempre me ha gustado conocer a gente como usted, de su cultura… Verdaderamente, con él, no se puede ir a ningún lado…

En aquel momento, el Gorila dejó de acunar al crío y le preguntó en un susurro si aquella noche podrían dormir los dos juntos. Irritada, Juanita hizo como si no lo oyera y se volvió ostensiblemente hacia Pipo.

—¿Cuántos años tiene usted?

—Doce. Casi trece.

—Si yo tuviese ocho menos dejaríamos al bruto ese con el crío y nos iríamos los dos por ahí, de parranda.

El niño no la escuchaba como si, en su devota admiración, sólo tuviera ojos para mirar a su amigo. Sin desanimarse todavía, prosiguió:

—¿Ha salido usted alguna vez de paseo, con amigas?

—No —repuso el niño.

—Claro, es usted demasiado pequeño. De aquí dos o tres años…

—Un día fui a la feria con mi prima.

—La feria —dijo ella para sí misma—. La Casa Encantada, los coches, el tiro al blanco…

—El Gorila es campeón de tiro —dijo el niño señalando a su camarada.

—En mi pueblo —continuó Juanita, pasando por alto la observación—, las atracciones están al lado de la playa y permanecen abiertas todo el verano.

Sabía que el Gorila la miraba con cólera y bostezó. Aquella noche no tenía ningún deseo de acompañarlo. De buena gana habría salido con el niño. Pero Pipo parecía deseoso de continuar con el Gorila y Juanita no se atrevió a decir nada por temor de contrariarle.

—Te estoy hablando —dijo el Gorila con voz ronca, cesando de acunar a la criatura.

—¿Ah, sí? —dijo Juanita sin inmutarse.

—Mira. —El rostro del hombre expresaba una irritación creciente—: Si no quieres venir conmigo, al menos deja de provocarme.

—Yo no te provoco ni digo nada —repuso Juanita.

—Entonces, hazme el favor de contestar.

—Te he contestado ya.

—Pues dilo más claro; que yo te entienda.

—Que no puedo.

—Di mejor que no quieres.

—Lo que a ti te parezca.

—Bien —dijo el Gorila incorporándose—. En este caso… —los músculos del cuello se tensaron como los de un animal dispuesto a la embestida—. En este caso…

Juanita leyó en sus ojos la decisión de partir con el niño e inclinó sumisamente la cabeza.

—No, quédate —dijo en un susurro—; procuraré arreglarlo.