CAPÍTULO PRIMERO

El camión se detuvo en el arranque mismo de la carretera, allí donde la calle Mediodía iniciaba su serie escalonada de terrazas sobre la panorámica de solares cubiertos de chozas diminutas que se extendía hasta el flanco de la montaña. Al divisarlo, los niños que jugaban entre los montones de basura abandonaron sus tesoros de vidrio y hojalata y corrieron hacia él; el hombre de la pata de palo que ocupaba el tenderete de la esquina dejó de vocear los veinte iguales y hasta el gitano viejo que tocaba el organillo detuvo la tonada a la mitad y se acercó a ver qué ocurría.

El camión estaba cubierto por un toldo anaranjado y llevaba un altavoz encima de la cabina; las ruedas, el motor, los guardabarros resaltaban bonitamente pintados de amarillo, y unos rótulos de forma romboidal, punteados por docenas de bombillas, anunciaban el Chocolate en polvo El Gato. Cuando se abrió la portezuela bajaron dos hombres: uno vestido de paisano, con una máquina de fotografiar colgada al hombro, y otro, enfundado en un extraño uniforme de plástico, provisto de una montaña de prospectos. Un tercero, vestido de igual modo que el primero, permanecía sentado al volante y, a una señal del hombre del uniforme de plástico, accionó sobre el cuadro de mandos. Inmediatamente un coro de agudas vocecitas sobresaltó a la chiquillería reunida al grito de: «¡Quiero chocolate! ¡Quiero chocolate!». Hubo un momento de confusión durante el que los gritos infantiles ahogaron cualquier conato de charla. Luego, el fotógrafo desenfundó con gran cautela la máquina y su colega empezó a repartir la propaganda entre los niños.

—Cada una de esas tarjetas —explicó— concede el derecho a participar en el Gran Sorteo-Rifa. En el dorso…

Los aullidos de la chiquillería no le dejaron continuar. El que seguía en el camión había arrojado al aire un puñado de chocolatines y los niños los atraparon al vuelo, empujándose unos a otros, con gran ferocidad. Entretanto, el fotógrafo había desenrollado un cartel con el reclamo de la casa y lo exhibió triunfalmente ante la multitud.

—¡Eh, tú! —gritó el uniformado—. Diles si quieren sacarse una fotografía.

Los niños habían arrinconado al hombre junto al guardabarros, tendiéndole sus sucias, suplicantes manos:

—Deme un chocolate, señor.

—Uno para mí, señor.

El hombre del uniforme de plástico se quitó la gorra de visera y se enjugó el sudor de la frente.

—Calma —dijo—. Un poco de calma.

El ademán de sacarse la visera, más que su propia voz, obró el milagro de acallar todos los gritos. Como movidos por un resorte graduable, los ojos de los chiquillos convergieron hacia la mano que sostenía el gorro de plástico y que, por la forzada posición del brazo, parecía esbozar un resignado ademán de entrega. Anticipándose a su movimiento, algunas manos, impacientes, intentaron pillar el gorro que el hombre no soltaba. Éste pareció comprender al fin y, durante unos segundos, se entretuvo en agitarlo. Conforme esperaba, en la órbita de los ojos, las pupilas brillantes de los niños describieron un movimiento rotatorio. El hombre rompió a reír descosidamente y se volvió a poner la visera. Tenía junto a sí un chiquillo rubio y lo tomó entre los brazos con ademán benévolo.

—Está bien, está bien —concedió—. También obtendréis un gorro como el mío.

Acarició unos momentos la ensortijada cabeza del chiquillo.

Antes de depositarlo en el suelo hizo una teatral reverencia a un grupo de muchachas.

—Vamos, acérquense.

Las muchachas continuaron donde estaban, observándole con porte tímido. Aunque visiblemente halagadas por su interés, se consultaban entre sí en voz baja, como decidiendo acerca de su actitud.

En vista de ello el hombre empezó a hacerles reverencias con la gorra en la mano, en medio de la general hilaridad de los chiquillos. Al fin, las muchachas se abrieron paso, algo confusas, alisándose las blusas y las faldas.

Todas llevaban claveles en el pelo y sonrieron con expectación al acercarse.

—Por fin, por fin —voceó el hombre—. He aquí un hermoso grupo de señoritas de…

—De Murcia —dijo la más delgada—. Todas menos la pequeña. Ésta es de Granada.

—Un hermoso grupo de señoritas de Murcia y de Granada —repitió el hombre—, que quieren participar en el Concurso-Rifa del mes de mayo.

Sacó un cigarro habano de un bolsillo de la pernera y se lo llevó a los labios con estudiado ademán.

—¿Tienes dispuesta la libretita, jefe? —preguntó al que continuaba dentro.

El otro respondió con un bocinazo.

—Perfecto —dijo el hombre del traje de plástico—. Si han leído ustedes las instrucciones del dorso sabrán ya las condiciones para participar en el concurso.

Hubo un momento de silencio, roto por la pregunta de una de las muchachas:

—¿A quién ha de darse el nombre?

El hombre del traje de plástico se sacó el habano de la boca con un movimiento fingidamente indignado.

—¿A quién quiere dárselo usted? ¿Al excelentísimo señor obispo?

Recorrió el auditorio con la vista, colectando de uno a otro extremo las sonrisas aprobadoramente serviles de los niños y las muchachas, y prosiguió:

—Pues, a nosotros, guapa, a nosotros.

Del coro de chiquillos se elevó una risotada. Consciente de la atención que despertaba, el hombre encendió el puro con lentitud y alargó la cerilla al niño de los rizos para que la soplase.

—Pues no tienen remilgos las chicas esas —dijo.

Luego, volviéndose hacia la más joven, preguntó:

—¿Cómo se llama usted?

—Julita Parra.

El hombre del traje de plástico ladeó cómicamente su gorra de visera.

—Apunta, nene —ordenó a su camarada.

Hubo una explosión de risas, punteada por un regocijado bocinazo.

Mientras las chicas comunicaban al chófer su nombre y domicilio, el más bajo del trío les tendió los soportes del cartel y preparó el dispositivo de la máquina.

—Vamos, sonrían. Parecen ustedes recién salidas de unos funerales.

Las muchachas se agruparon bajo el cartel, felices y excitadas.

—¿Pa dónde son las fotografías? —preguntó la andaluza.

Pa los diarios —repuso, con su misma voz, el del traje de plástico. Luego añadió, con su voz normal, al centenar de curiosos que le observaban—: Todo el que lo desee saldrá en los periódicos.

Como corroborando la veracidad de sus palabras el fotógrafo disparó el flash.

—Perfecto —dijo—. De campeonato.

Estaban retratadas ya, pero las muchachas no parecían dispuestas a alejarse. Con una sonrisa de adoración servil contemplaron a los dos hombres, como a la espera de una nueva iniciativa afortunada.

—¿Podemos avisá a las familias? —soltó la granadina al fin.

—Sí, guapa —repuso el hombre del traje de plástico.

El grupo se disolvió en unos segundos, pero ya otras mujeres se habían apoderado del cartel.

—¿Podemos salir nosotras también?

La autora de la pregunta era una mujer gruesa, con el cabello recogido en rodetes encima de las orejas y un traje de flores embaldosado de remiendos qué le caía ancho de cintura. Mientras ofrecía el brazo a sus compañeras llamó a voces a uno de los chiquillos.

—Anda, arrímate.

El niño vestía un mono azul manchado y llevaba el cabello rapado al cero. La mujer le limpió los mocos con el extremo de la falda y lo atrajo hacia ella con un ademán lleno de orgullo.

Bajo el flamante estandarte azul cielo las mujeres y el niño ofrecían un aspecto aún más astrado.

—Sonríe a ese señor, rey —dijo la mujer.

El fotógrafo disparó el flash. Luego señaló al chófer del vehículo.

—¿Cómo se llama usted?

—Jesusa.

—¿Jesusa, qué?

—González —se corrigió—. Jesusa González.

—¿Y usted?

—Trinidad Sánchez.

Las otras deletrearon sus nombres y apellidos. Todas vivían en las barracas de la ladera y ponían gran empeño en señalársela:

—Aquella pequeñica, no, la del lado.

La Jesusa se encaró con el hombre del traje de plástico.

—¿Es cierto que saldremos en los papeles?

Casi al mismo tiempo sus compañeras asediaban al fotógrafo:

—¿Pa cuándo es la rifa esa?

El agudo coro de voces infantiles impidió oír las respuestas. El altavoz hacía llegar a los más apartados rincones el grito de «¡Quiero chocolate! ¡Quiero chocolate!», con lo que todo el mundo, incluidos los grupos de curiosos que, por haber llegado tarde, no habían asistido a la escena del comienzo, pudo enterarse de qué se trataba.

Durante media hora la gente continuó atropellándose alrededor del camión, posando orgullosamente ante el objetivo del fotógrafo, leyendo los prospectos distribuidos por los chiquillos e informándose junto al hombre del uniforme de plástico. Luego, la animación disminuyó de modo perceptible. El altavoz continuaba voceando, pero ya nadie hacía caso de los cantos infantiles. El hombre del traje de plástico acababa de dar la última chupada a su cigarro y se sentó en el estribo del camión con evidentes señales de fatiga.

La chiquillería había desertado del lugar momentos antes, al agotarse la provisión de chocolatines, y corría de nuevo entre los escombros de los solares, lanzando gritos. El gitano del organillo volvía a darle al manubrio, y un niño hacía sonar las monedas en un platillo metálico.

El hombre del traje de plástico subió a la cabina del camión. El sol se había ocultado hacía unos instantes y en el lejano horizonte de las chabolas se barruntaba ya el crepúsculo. Cansado de perorar sin ser oído, el fotógrafo enfundó cuidadosamente su máquina. Al poco, el reloj de la parroquia dio las seis.

Con un suspiro, el chófer arrojó el cigarrillo y puso el motor en marcha.

Entonces el hombre reparó en la chiquilla apoyada en el poste de teléfonos y le hizo una seña con la mano. La niña tenía alrededor de unos diez años e iba vestida de modo extravagante: su falda, muy corta, estaba adornada de un juego de volantes que, a la más mínima oscilación del cuerpo, cobraban la configuración de un miriñaque; su blusa, sin mangas, era de seda rameada; la cinta del pelo, de terciopelo verde; sus zapatos, de cuero blanco, esbozaban un asomo de tacón. En cuanto al rostro, el hombre del traje de plástico no hubiera sabido cómo describirlo: era pálido, muy pálido, como de porcelana blanca, con una naricilla ligeramente respingona y ojos oscuros y vivísimos. El cabello, muy rubio, estaba peinado en una sola trenza. En torno a la frente, unos mechones rebeldes formaban una aureola dorada que, incendiada por el sol de la tarde, simulaba una especie de nimbo.

Al descubrir la señal, la niña marchó al encuentro del hombre con paso decidido:

—¿Me llamaba usted?

Enmarcada en los prismáticos de Arturo, Pira se dirigió, contoneándose, hacia el hombre del traje de plástico.

Durante unos segundos se detuvo al borde del arroyo, cediendo el paso a una veloz motocicleta (paréntesis de inactividad obligada empleado en deslizar una mano flaca sobre los rebeldes mechones de su pelo). En seguida, continuó su marcha decidida hacia el lugar en que la aguardaba el hombre. Hubo un apretón de manos acompañado, por parte de Pira, de una reverencia silenciosa.

—¿Qué hace ahora? —preguntó, detrás de él, doña Cecilia.

Arturo volvió a aplicar los ojos a los prismáticos que, por un momento, había dejado resbalar sobre la manta que cubría sus piernas. Su madre ocupaba el sillón de orejas que María había arrastrado hasta el jambaje del balcón. Como de costumbre, no se atrevía a asomarse.

—A causa del viento —suspiraba.

Al igual que otros días, Arturo desempeñaba el papel de vigía, encargado de hacerle un minucioso resumen de los sucesos que jalonaban la vida del barrio. Aunque su posición era notoriamente inferior a la de los inquilinos del piso alto, gozaba, no obstante, como todas las de la calle Mediodía, de una panorámica envidiable: en primer lugar, la calle escalonada de terrazas y la desvencijada taberna de la esquina en donde el gitano tocaba el organillo; luego, los solares cubiertos de escombros y chabolas; y el puerto, en fin, con las torres del transbordador gigante cosidas por el hilo del vuelo de los pájaros.

Las miradas de Arturo se dirigían con preferencia a las barracas cuyo crecimiento espiaba día tras día con la misma atención que don Paco ponía en la observación de las hormigas que atacaban los capullos de sus flores: hacía unos años apenas llegaban a diez, pero, ahora, casi daba pereza contarlas. Aprovechando la pendiente de la montaña se apoyaban unas en otras, azules, blancas, rosas, amarillas. Sus techos, de latón y de pizarra, tenían chimeneas herrumbrosas que, a todas horas, echaban humo, ensuciaban; sus puertas, cubiertas de sacos y tela metálica, llevaban un número escrito sobre el dintel. A veces, el redondo objetivo de los gemelos de Arturo seleccionaba un muro hecho de adoquines, robados de alguna calle; otras, un suelo de baldosas de desigual tamaño, arrancadas de distintas aceras. Como era natural, el Ayuntamiento se desquitaba de esas pérdidas inventando contribuciones extrañas con lo que, a la postre, eran ellos quienes pagaban el pato.

—Están edificando otras seis —decía a menudo Arturo—. Si siguen así, acabarán por ocupar toda la ciudad.

Conclusión de probada eficacia que hacía asomar siempre las lágrimas a los ojos fáciles de su madre.

Ahora, Arturo apuntaba con los gemelos al camión detenido en la esquina y no experimentaba ningún deseo de transmitir sus observaciones a doña Cecilia.

—¿Qué hace? —volvió a preguntarle ésta, llena de impaciencia.

Atrapada en la argolla de los prismáticos, suavemente bañada por la luz del atardecer, Pira era como una figurilla antigua grabada en esmalte.

—Habla —repuso lacónicamente Arturo.

El hombre había sacado un cigarro del bolsillo, no, una estilográfica, que entregó a Pira, junto con una hoja de papel.

—¿Y ahora? —suplicó doña Cecilia.

—Escribe.

—¿Qué escribe?

—No sé. No veo nada.

La niña devolvió la pluma al hombre del traje de plástico.

Hubo un breve diálogo silencioso.

—¿Y ahora?

—Están hablando.

Doña Cecilia inició un ademán nervioso, como si pretendiera incorporarse.

—Dios mío —exclamó—, me gustaría saber qué le dice.

Arturo dejó los gemelos sobre la manta; el hombre del traje de plástico había entregado a Pira un folleto; después, se habían dado la mano.

Desde el balcón, se percibió el ruido del camión al ponerse en marcha.

—¿Qué ocurre? —murmuro con inquietud doña Cecilia.

Arturo suspiró.

—Se han ido.

—¿Los del camión?

Su hijo afirmó con un movimiento de cabeza.

—¿Y la niña?

Arturo no contestó.

—¿Y la niña?

Hubo un momento de silencio; Arturo se arropó las piernas entre los pliegues de la manta y colgó los gemelos de la alcayata.

Doña Cecilia ahogó un gemido.

—Arturo contéstame.

—¿No te he dicho que se han ido?

Su madre ensayó una voz dulce.

—Sí, pero te preguntaba por la niña.

Arturo no pudo dominar su irritación.

—¿Qué diablos quieres que haga?

Volvió a coger los gemelos, con los que apuntó a la ventura, al arranque de la carretera y los volvió a bajar en seguida:

—Exhibirse, ir disfrazada, hacer el ganso.

Doña Cecilia fingió no reparar en el tono colérico de su hijo:

—¿Y Piluca?

Arturo hizo una mueca de desdén:

—Piluca está con los charnegos.

Se volvió hacia su madre, con los gemelos en la mano, observándola de modo maligno.

—Mira. Contémplala. Jugando entre las basuras, con los de las barracas…

Doña Cecilia tuvo un acceso de llanto.

—Qué vergüenza, Dios mío, qué vergüenza.

Arturo colgó los gemelos, sin mostrar ninguna piedad por sus lágrimas.

—Lo que nos faltaba; que nos traigan su miseria hasta el piso —tuvo una risa sarcástica—. Como si no nos bastara con la que tenemos.

—Por favor, te lo suplico, no me hables así. Ya sabes que si de mí dependiera…

—Si de ti dependiera —repitió Arturo, parodiando cruelmente su voz.

—Te juro que soñé para ti lo mejor —sollozó doña Cecilia—. Hubiese querido darte una carrera, una educación. También lo de las piernas habría podido curarse con un tratamiento adecuado.

—Conozco el disco. Pero preferiste casarte con un holgazán que te llenó de arrapiezos.

—Sí, lo sé, tienes toda la razón. No sabía lo que me hacía. Estaba como loca, te lo juro. La pérdida de la casa, tu enfermedad, me habían trastornado. Luego, la guerra, los bombardeos…

—… los sufrimientos del período rojo —apostilló burlonamente Arturo.

—… acabaron con mi salud y mi resistencia. Todo se me había escurrido entre las manos: el marido, las esperanzas, el dinero… Estaba como ciega, me caía y pretendí agarrarme a algo…

—A un hombre sin oficio ni beneficio.

—Lo sé, lo sé, tienes mil veces razón. Todo me ha salido al revés de lo que había imaginado. María y tú veíais las cosas claras. Pero entonces…

—Por favor —dijo Arturo—. Me cansas.

Su madre pasó la observación por alto:

—Si las cosas hubieran ido de otro modo, ni tú ni yo nos veríamos reducidos a la situación en que nos encontramos. Toda mi vida había ahorrado dinero para darte una cultura, mundo, viajes. La guerra, la maldita guerra…

—Palabras —suspiró Arturo—. Palabras y más palabras.

Doña Cecilia se enjugó con el pañuelo las lágrimas que le corrían por las mejillas.

—Si María Costa levantara la cabeza… —dijo.

Arturo emitió una risa seca que resonó en la habitación como un crujir de cañas.

—Me gustaría saber qué podría hacer por ti María Costa en estos momentos.

—¿Que qué podría hacer? —exclamó su madre—. Puedes estar bien seguro de que si conociese nuestra situación tomaría sin vacilar el primer barco.

Contempló la fotografía amarillenta que reposaba en la cómoda y añadió:

—María y yo nos queríamos como dos hermanas. Si supiera cuán apurados estamos no permitiría ni un segundo más que continuásemos en este agujero.

—Pues escríbele. Vamos, ¿qué esperas?

Cuando doña Cecilia se disponía a contestar, los gritos de los niños que jugaban en el pasillo adquirieron un volumen alarmante. Casi en seguida la puerta se abrió de par en par y apareció Tonio llorando:

—Rosita me ha pegado —sollozó.

—Mentiroso. Mentiroso —gritó Rosita—. Ha sido él. Quería que hiciésemos pipí juntos.

—No es verdad. Ella quería que jugásemos a médicos y enfermeras con Ricardo, y yo no le he dejado.

Rosita se abalanzó sobre su hermano y ambos rodaron por el suelo:

—Confiesa.

—Confiesa tú primero.

Arturo se volvió hacia su madre.

—¿Lo ves? —murmuró—. No les basta correr todo el día como gitanos. Para sacudirse las pulgas necesitan venir aquí.

Doña Cecilia pareció reaccionar al fin. Incorporándose penosamente del asiento, hizo ademán de golpearles con su bastón.

—¿Quién os ha dado permiso para entrar?

Los niños se levantaron sin aflojar su abrazo y retrocedieron, remoloneando, hacia la puerta.

—Fuera de ahí. Largo.

Temiendo que los gritos llamasen la atención de su hermanastra, los niños se escabulleron. Antes de abandonar la habitación, Tonio se volvió hacia doña Cecilia y le hizo una reverencia burlona.

—Lo que te faltaba —observó rencorosamente Arturo—. Encima se ríen de ti.

—Oh, ya sé que tu vida es una vía crucis, que soy para ti una carga y que todo ha salido al revés de lo que yo había imaginado, pero te juro que obré sin malicia. Tu enfermedad, la guerra, me habían trastornado… Cuando le conocí…

La conversación discurría aproximadamente en los mismos términos que de costumbre y ambos la interrumpieron de repente, de puro cansancio. Doña Cecilia guardó el pañuelo en el bolsillo del batín y Arturo descolgó los prismáticos de la alcayata. Acodado en la herrumbrosa baranda de hierro, apuntó a los solares que se extendían hasta la montaña vecina. Detrás de él, doña Cecilia seguía, a la expectativa, el movimiento de sus manos. Al cabo no pudo contenerse más y dijo:

—¿Qué ves?

Arturo emitió un resignado suspiro.

—Murcianos —repuso—. Murcianos.

A través del balcón entreabierto era posible oír algún fragmento de la conversación del piso bajo.

—¿Quiénes son? —preguntó, confidencialmente, la visita.

Durante unos segundos, la observó por encima de las gafas.

Cómodamente instalada en el sillón, la mujer del delegado tenía el rostro bermejo, como si el vino se le hubiera subido a la cabeza.

—Los antiguos propietarios de la casa —repuso Enrique—. La mujer, que tenía dos hijos de más de veinte años, se volvió a casar después de la guerra con un ferroviario viudo.

Conforme solía hacer en esos casos, se volvió a mirarla con expresión dubitativa:

—¿Cuántos hijos tiene don Paco? ¿Cuatro o cinco?

—Setenta y dos más diecisiete —murmuró sin apartar la vista de los libros.

—Oh, no la moleste usted —se apresuró a decir la visita—. Cuando se tiene la cabeza ocupada… También yo he llevado durante años la contabilidad de una industria y sé lo que es tener el cerebro lleno de números…

Sin duda aguardaba una sonrisa por el cumplido, pero no se dignó siquiera mirarla.

—Creo que cuatro o cinco —dijo Enrique—; no estoy seguro. Además, desde hace algún tiempo, hay una niña nueva. Según parece, una sobrina del marido, que ha venido a vivir con ellos.

—En la escalera he topado con una —dijo la visita—. No he podido verla muy bien, pero me ha dado la impresión que iba disfrazada.

—Entonces es la sobrina. Siempre anda vestida así. La sirvienta de los bajos me dijo el otro día que le faltaba algún tornillo.

—Hablando de chiflados… Mi Melchor recibió hace algunos días la visita de un vecino de ustedes… Un tal Rafael Ortega.

—¿El profesor Ortega? —exclamó Enrique—. ¿Qué quería? ¿Presentarse candidato en las próximas elecciones municipales?

—Algo por el estilo —dijo la visita—. Figúrese usted que el buen hombre pretendía que mi Melchor apoyase una instancia que había dirigido al alcalde, pidiéndole autorización para instalar por su cuenta una escuela gratuita para los niños de las barracas.

El marido rió amablemente, coreado en seguida por la mujer del delegado. Ella interrumpió por un momento la comprobación de las sumas y abandonó el bolígrafo encima de la mesa. Siempre había sospechado que estaban hechos uno para otro y, en aquel instante, la idea se le impuso con evidencia: la quebradiza silueta de Enrique recortada en el voluminoso cuerpo de ella, algo grotesco, ridículo, como para exhibirlo en un circo.

Por si fuera poco, la muy torpe, hablaba alto de forma que el marido pudiera oírla sin esfuerzo. Con cuatro de visitas como aquélla, Enrique acabaría convenciéndose de que su oído era perfecto y que la sordera, como tantas otras cosas, era invención de ella. Pues bien, si se imaginaba esto, andaba bien apañado. Ella no tenía un pelo de tonta y si pretendía gallear, le respondería con susurros durante el resto de la semana.

—En fin —decía la visita—; que mi marido no pudo sacárselo de encima sino con la promesa de que hablaría personalmente con el alcalde.

—Ortega ha sido siempre un poco especial —comentó Enrique—. Hace algunos años, Francisca y yo le buscamos una plaza en el colegio de los Maristas. Al cabo de quince días, por culpa de sus extravagancias, estaba otra vez en la calle.

—Usted comprenderá que si se hubiera tratado de otra cosa, mi marido habría hecho todo lo posible… Mire usted, al celador de la Junta Diocesana le consiguió, hace unos días, el apoyo financiero del alcalde… Pero instalar una escuela por su cuenta…

—Es una lástima que un hombre de su valía no sepa abrirse camino. No tiene el menor sentido de la realidad. En el barrio se susurra —añadió bajando la voz— que es medio comunista.

—Jesús, María y José —exclamó la visita—. No quiero ni imaginar lo que hubiera ocurrido si mi Melchor llega a averiguarlo. Con lo que llegó a sufrir durante los rojos: seis semanas encerrado en un sótano, a pan y agua, el pobrecillo con lo que le gusta comer…

—No me hable, doña Carmen, no me hable. De sólo pensar en lo que pasamos en esos años se me pone la carne de gallina.

—Catorce kilos perdió el pobre. Cuando salió, casi no le reconocía —lanzó un suspiro—. Verdaderamente hay gente que no tiene entrañas.

Ella hizo una leve mueca con los labios, sin apartar la vista de las facturas amontonadas en la mesita.

—¿Decías algo? —preguntó solícitamente Enrique.

—Seiscientos doce más ochenta y cinco; seiscientos doce más ochenta y cinco…

La visita intervino con su voz de contralto:

—No, nada. Está repasando sumas.

El marido tuvo una sonrisa de disculpa.

—Como soy algo duro de oído… A veces me figuro que habla.

La visita lanzó un nuevo suspiro, como recordando que la vida era un valle de lágrimas.

Hubo una breve pausa que Enrique aprovechó para servir otro oporto.

—Yo creo —dijo la visita al fin— que Melchor tiene razón cuando dice que el Ayuntamiento debería tomar medidas más enérgicas para combatir la plaga.

Con un dedo enjoyado, señaló los solares cubiertos de barracas que se extendían hasta llegar a la ladera del monte.

—Un espectáculo así es indigno de una ciudad como la nuestra… Cuando pienso en la impresión que se llevarán los millares de peregrinos que este verano asistan al Congreso…

—Pues dicen que la comitiva del Nuncio pasará justamente por la Vía Meridiana.

—Oficialmente nada se sabe aún. Melchor forma parte, naturalmente, de la Junta y me lo dijo ayer noche cuando volvió a casa —suspiró—. Desde hace unas semanas el pobrecillo está todo el día en danza.

—También nosotros andamos muy cargados de trabajo —dijo Enrique—. A causa de las cruces fluorescentes. Solamente la parroquia, nos ha encargado más de dos mil… Sin contar las demandas de los particulares.

—Caramba, chica. No me extraña que estés tan ocupada con tus números. Dos mil cruces… Está pronto dicho… Pues no te vas a dar poco pisto este verano.

El «nosotros» de Enrique le zumbaba todavía en los oídos. Estaba ordenando la pila de albaranes y fingió no reparar en la sonrisa de la mujer.

—No sale —dijo a media voz.

—¿Qué?

—Dice que no sale —aclaró la visita.

—¿Que no sale, qué?

Doña Francisca no se dignó contestar. Por encima de las gafas contempló a la mujer repantigada en el sillón verde oscuro: no, no tenía trazas de irse; tal vez esperaba quedarse allí toda la tarde.

—Trescientas sesenta y cuatro más doscientos quince —dijo con voz dura.

Como esperaba, el efecto fue inmediato.

—¡Huy! Qué tarde —exclamó la mujer consultando el reloj—. Creía que aún no eran las cinco.

Enrique no dejó perder la última ocasión que se le presentaba.

—Oh, no se marche usted aún. Mi mujer y yo estamos encantados.

—No, no quiero estorbarles más. Ustedes tienen su trabajo y yo tengo el mío.

Se estrecharon la mano. Luego, mientras el marido la escoltaba hasta la parada de taxis, se entretuvo, una vez más, en verificar la exactitud de las sumas. No cabía duda. Enrique había hecho mal las cuentas: las quinientas pesetas no aparecían por ningún lado.

Cuidadosamente sujetó los recibos y albaranes con una cinta y los introdujo en la carpeta forrada de rojo. Aguardó, inmóvil, a que el marido regresara a la salita y ajustó cuidadosamente la puerta a su espalda.

—Desnúdate —ordenó con voz firme.

—¿Cómo?

—Que te desnudes.

Hubo un breve silencio durante el que Enrique la contemplaba como atontado.

—¿Puede saberse qué…?

—Desnúdate y calla.

—Acaso…

—Sin acasos.

Enrique comenzó a ponerse pálido.

—Francisca, te juro que…

—Te prohíbo que jures.

Sus ojos adquirían una expresión indefinible.

—Entonces, sal al menos —ensayó.

—No. Delante mío.

—Me niego. No quiero. No…

—Basta de comedia. Si no lo haces por las buenas, lo harás por las mafias.

La sangre había huido del rostro de Enrique.

—Por lo que más quieras, Francisca. Te juro que no te he quitado nada. El único billete que toqué era uno de quinientas, con el que pagué al electricista.

Era verdad; lo había olvidado. Pero, tal como estaban las cosas, no podía volverse atrás sin merma de su prestigio.

—Yo no he dicho que me hayas robado nada —dijo con voz seca—. Lo único que quiero es que te pongas en cueros.

—Pues no lo haré. No, no y no.

—Entonces me obligarás a que lo haga yo misma.

Ante la firme decisión de su voz, su resistencia se había desvanecido. Su rostro pareció llenarse de arrugas. Iba a llorar, lloraba ya.

—Por favor, Francisca, te lo suplico: evítame esa humillación. Ya sabes que siempre te he obedecido y que me desvivo por agradarte…

Hasta que los sollozos ahogaron sus últimas palabras.

—No te lo perdonaré… No te lo perdonaré nunca, nunca…

Pero empezaba ya a desabrocharse la camisa con dedos temblorosos.

Ella contempló con satisfacción el pecho flaco donde se transparentaban las costillas, sus brazos magros surcados de venas, su cuello frágil…

Enrique parecía un niño: un niño escuálido y envejecido que desabrochaba el cinturón, se despojaba de los pantalones, de los calzoncillos, de los zapatos… Luego, permaneció delante de ella, desnudo y sollozante, con el pecho hundido y la cabeza gacha, mientras ella fingía registrar una a una las prendas.

Para doña Francisca —lo decían sus ojos astutos detrás del cristal de los lentes— aquella había sido una gran jornada.

Aprovechando la pendiente del terreno, los inquilinos del entresuelo disfrutaban de un jardincillo situado en la parte trasera de la casa. Durante muchos años aquel jardín había permanecido en un estado semisalvaje. A partir del segundo matrimonio de doña Cecilia, la tarea de su revalorización y cultivo se convirtió en el principal entretenimiento, si no en la razón de ser, de don Paco.

Aunque por aquellas fechas Piluca era todavía muy chica, el aspecto exótico del jardín se había grabado en su memoria con obstinada fijeza: unas enredaderas, con flores como de espuma, trepaban por la baranda hasta la agrietada marquesina de vidrio; junto al pozo, una parra se encaramaba por el alambre hasta la garrucha. El resto del huerto estaba cubierto de zarzales y maleza, entre cuya espesura los ratones campaban a sus anchas.

Aquel panorama sugestivo se había modificado por completo en el curso de unos días. Su padre comenzó por cortar las voraces enredaderas que cubrían la fachada y que, aún muertas, se obstinaban en mantenerse abrazadas a los ladrillos que les servían de sustento; en seguida, procedió a la limpieza del jardín y lo rozó de hierbajos. El pozo de piedra estaba cegado, pero don Paco ingenió un extraño dispositivo que permitía aprovechar por completo las aguas residuales del piso de doña Francisca.

Poco después, hizo la primera siembra.

Durante la época difícil de la posguerra se entretuvo en aplicar al huerto las disposiciones oficiales sobre Agricultura reseñadas en la Prensa; así, el primer año había sembrado sólo soja, cuya semilla, afirmaba, era riquísima en calorías; luego le tocó el turno a los boniatos, pese a que doña Cecilia se negaba en redondo a probarlos, asegurando que en sus antiguas fincas no los comían ni los cerdos; para evitar gastos de farmacia y de estanco, había intentado también el cultivo de tabaco y algodón.

Pese a las afirmaciones de los técnicos, la prueba no dio ningún resultado. A partir de entonces, desengañado, se dedicó al cultivo de especies más vulgares y de rendimiento más seguro: patatas, habichuelas, berenjenas, tomates, que sembraba cuidadosamente, conforme a un plan, y cuyo crecimiento espiaba durante todo el día, sentado en su sillón.

Las atenciones exigidas por el huerto, explicaba a menudo, eran de índole diversa: a veces se trataba de regar una planta mustia, otras de encañar algún zarcillo o podar una rama. Su padre ponía gran esmero en la ejecución de estas industrias, y algunas tardes, cuando volvía de la escuela, le mostraba el cadáver de un parásito.

—Lo descubrí en la tomatera, mientras regaba —decía—. Ayer maté otros dos.

En un principio, había querido convertir en huerto todo el jardín, pero María le hizo observar que los chiquillos necesitaban un poco de espacio para sus juegos. Desde entonces, estaba dividido en dos partes: la del fondo, definitivamente convertida en huerto, y la delantera, con el pozo, el gallinero y el almendro, reservada a los esparcimientos infantiles.

Encima del gallinero había un sobrado lleno de telarañas que, desde la aparición de Pira, constituía su refugio favorito. Para subir a él era preciso trepar por las ramas del almendro que lo cubría, le daba sombra y lo resguardaba.

La tarde de su llegada, Pira lo había observado con gran atención y, durante la cena, le reveló su proyecto de convertirlo en un estudio.

—Algo apartado —dijo—, adonde no lleguen los gritos de los chicos.

El sobrado estaba desnudo y sucio, y la niña lo transformó en pocos minutos. Su maletín cubierto de etiquetas contenía un cargamento precioso: mascarillas hechas con cilindros de papel; caretas chillonas con sonrisas alocadas; muñecas de celuloide y trapo, descabezadas, cojas y mancas; espejos rotos en forma de estrellas; lápices de labios, frascos vacíos, pulverizadores de perfume y bolitas de ágata. Sin decir una palabra, los fue distribuyendo por la estancia hasta que quedó toda vestida.

La puertecilla de madera repintada la adornó con una aleluya de mosaico. Mi casa es mi mundo, rezaba la inscripción. Luego, bajó al pie del árbol y contempló la obra hecha.

—No está mal —dijo—. Creo que aquí podremos vivir aisladas.

Aunque sus primitos la miraban con la boca abierta, ella no les hizo ningún caso. Se limitó a observar el almendro, florido en aquella época del año, y dictaminó:

—Al árbol lo llamaremos Parsifal.

Luego volvió a encaramarse al sobrado y se extendió sobre una manta playera.

—Voy a descabezar un sueñecillo —dijo—. Esta noche apenas he podido dormir y me siento algo cansada.

Piluca no salía de su asombro. Algún tiempo atrás, don Paco les había explicado que como la madre de Pira atravesaba una situación difícil, él había consentido en guardarla consigo durante unos meses. El padre estaba en el extranjero desde después de la guerra y hacía más de diez años que no daba señales de vida.

—La pobrecilla ha pasado mucha miseria y debéis quererla como si fuese una hermana.

El recuerdo de aquellas palabras le había producido un extraño desasosiego. Cuando Pira se despertó le dijo:

—Me gustaría que te quedases con nosotros para siempre.

Con gran sorpresa de ella, su prima no pareció muy halagada.

—¿Aquí? —dijo—. ¡Vaya ocurrencia!

Sin dignarse siquiera mirarla, deslizó una mano delgada sobre los mechones de cabello que eludían la rígida disciplina de la trenza.

—En mi vida he oído algo tan absurdo.

Piluca sintió que la sangre fluía a sus mejillas, pero se esforzó en disimularlo.

—¿Quieres volver con tu madre?

—¿Con mi madre? —exclamó Pira—. Ni soñarlo.

—Entonces —la voz le salió de la garganta como un hilo—, ¿dónde te propones ir?

Pira tuvo un ademán desenvuelto.

—Pues a Italia, querida, a Italia.

Con una mirada distraída recorrió los cilindros de papel verde clavados en las paredes.

—Mi padre vive allí, en un castillo, y quiero reunirme con él. No conozco todavía su dirección, pero sé que trabaja en la Curia de Roma. Cualquier empleado podrá darme sus señas.

En pocas palabras la puso en antecedentes de los hechos: durante los últimos días de la guerra, dijo, su casa había sido destruida por los aviones nacionales, pero, tanto ella como su madre, resultaron milagrosamente indemnes; su padre, oficial del ejército republicano, había huido al extranjero, creyéndola muerta; desde entonces nada sabía de él, sino que se había hecho riquísimo y que, diariamente, lloraba delante de su retrato. En cuanto ella consiguiera algún dinero, añadió, se embarcaría para Italia. Una vez allí, se presentaría ante la Curia, y su padre, al reconocerla, la llevaría con él al castillo y no volverían a separarse.

—Apenas estemos instalados —concluyó—, te mandaré a buscar a ti también y vivirás con nosotros, si tú quieres.

Habían transcurrido varias semanas desde entonces y, aquella tarde, Pira había decidido salir sola sin hacer caso de sus súplicas. La tenía muy vista, había dicho, y deseaba olvidarla un rato, no sabía siquiera adónde iba a ir; seguramente a contar los frailes por si se había perdido alguno; no, no iba a encontrarse con nadie; por otra parte, si debía visitar algún amigo, no estaba obligada a contárselo; era lo bastante mayorcita para saber lo que se hacía y no tenía por qué rendir cuentas a nadie.

Piluca la vio partir con los ojos llorosos y corrió a ocultarse en el refugio. Durante largo rato permaneció allí, sin hacer nada, repasando mentalmente la interminable lista de agravios de su prima. A través de la puerta podía ver a su padre leyendo el periódico en su sillón: de vez en cuando, se levantaba, como si tuviera las piernas entumecidas y realizaba una cuidadosa inspección del huerto; sus incursiones, aunque breves, le proporcionaban siempre algún botín: gusanos, orugas, hojas secas, que arrojaba al cubo de la basura; en seguida se sentaba de nuevo y reanudaba la lectura del periódico. Sus hermanos mimaban en el pasillo algún filme de bandidos.

Arturo y la madrastra discutían, como de costumbre, en el cuarto de delante.

En contra de lo que se temía, Pira no se hizo esperar mucho. Poco después de las cinco apareció en lo alto de la escalera y, por lo alegre de su risa, Piluca comprendió que había olvidado su disputa.

Pira agitaba con la mano un sobre amarillo y no quiso contestar cuando don Paco le preguntó qué era. Ágilmente, trepó por las ramas del almendro y se coló en el interior del sobrado.

—Apuesto cualquier cosa a que no sabes qué hay ahí dentro —dijo, pasándole el sobre por las narices.

Piluca lo contempló a contraluz durante unos segundos.

—No lo sé —dijo—. No tengo la menor idea.

Pira volvió a agitarlo delante de ella.

—Adivínalo —dijo.

—¿Una carta?

No, no era una carta.

—¿Alguna noticia?

Tampoco era una noticia.

—No lo sé. Me rindo.

Pira consintió, al fin, en dárselo.

—Espera. Voy a sacarlo del sobre.

Sus dedos nerviosos acertaron a desdoblar un folleto lleno de ilustraciones, que le tendió con un ademán triunfante.

—Ten. Léelo en voz alta.

Gran sorteo de chocolates El Gato: Renault cuatro plazas salido de la fábrica —deletreó Piluca—. ¿Es esto?

—No. Un poco más abajo.

Espléndido circuito por Italia.

—Esto.

Piluca empezó a leer de corrido, como si estuviera en clase.

—El afortunado poseedor del número premiado en el Concurso realizará también un espléndido circuito por Italia, en hoteles y restaurantes de primera, del diez al veinticinco de julio del presente año.

Luego seguía una breve reseña de las principales etapas de ese Viaje monstruo organizado por la gran firma mundial Chocolates El Gato: Florencia (cuna del Renacimiento, con su magnífico Palacio Pitti); Venecia (la ciudad de los mil canales); Capri (la isla del placer); Roma (recorrido turístico en autocar, con visita especial al Santo Padre).

El folleto contenía, además, abundantes fotografías de los lugares recorridos durante el viaje y concluía con el poema ensalzatorio de las grandes virtudes nutritivas de la Marca registrada El Gato.

Piluca lo leyó de cabo a rabo y lo devolvió finalmente a su prima.

—Has tenido una suerte magnífica —dijo—. ¿Cómo te la has arreglado para…?

La niña le interrumpió con un ademán.

—Muy sencillo —dijo—. El encargado de la casa me ha regalado un boleto, y luego me ha extendido un recibo firmado de su puño y letra.

De su monedero colorado sacó un papelito doblado en cuatro.

—Boleto mil trescientos quince. El número lo he elegido yo misma. Anoche soñé precisamente en él y supe que sería premiado.

Por fin el viaje a Italia, el encuentro con el padre, la vida común en el castillo. Piluca sintió en el pecho una punzada de alegría.

—¿Cuántos días faltan para el sorteo?

—Treinta y ocho. Casi cinco semanas.

—Entonces…

—Entonces —dijo Pira, volviendo a guardar el boleto—, entonces, empezamos a vivir de verdad, y todo esto se convertirá en un mal sueño.