Capítulo 6
Abro los ojos y me desperezo. Estiro el cuerpo con ganas por toda la cama, haciendo ruido, contenta y satisfecha. Luego sonrío y lo oigo en el baño; está abriendo el grifo de la bañera, recogiendo los productos de aseo que necesita, y después remueve el agua para formar espuma. El hombre que amaba los baños es un hombre de palabra. Vamos a meternos juntos en la bañera y seguro que no faltará nuestra típica conversación, aunque lo cierto es que no sé si esto último me apetece hoy.
Me desplazo al borde de la cama gigante, llevo mi cuerpo desnudo al baño y me apoyo en el marco de la puerta. Está sentado en una silla junto a la ventana, con los codos sobre las rodillas, contemplando los jardines de La Mansión. También está desnudo y se le marcan todos los deliciosos músculos de la espalda. Tiene el pelo húmedo del vapor que llena el baño. Podría pasarme todo el día mirándolo, pero incluso desde aquí y de espaldas, sé que los engranajes de su cabeza están trabajando a mil por hora. Y también sé a qué le está dando vueltas. Está pensando que estoy negando lo evidente, y no me cabe la menor duda de que también está rumiando cómo mantenerme en casa, pegada a él. Mañana es lunes, por tanto, tengo que ir a trabajar.
Mi hombre imposible, neurótico y controlador.
Mi ex donjuán.
Mi marido.
Necesito tocarlo.
Me acerco muy despacio por detrás. Mis ojos se deleitan más y más a cada paso que doy y siento ese familiar cosquilleo en la piel, las chispas que aparecen cuando nuestros cuerpos están cerca. Me he puesto tensa y también estoy conteniendo la respiración.
—Sé cuándo estás cerca, mi preciosa mujer —dice; ni siquiera le hace falta mirar—. Nunca vas a conseguir pillarme por sorpresa.
Mi cuerpo se relaja, los pulmones se vacían de aire cuando dejo de contener la respiración. Me pongo delante de él y me siento en su regazo, con la cara pegada a su pecho.
Me rodea con los brazos y me huele el pelo.
—¿Intentabas darme un susto?
—Pero no hay manera.
—No lo conseguirás nunca. ¿Cómo te encuentras?
Sonrío pegada a su pecho.
—Bien.
—Bien —contesta abrazándome con fuerza—. No vayas a trabajar mañana.
Me encojo en su regazo a pesar de que sabía que me lo iba a pedir y de que me siento aliviada porque no ha sacado el otro tema. Acepté casarme con él tan pronto si él aceptaba que no habría luna de miel y que tenía que relajarse con lo de ser tan sobreprotector y tan imposible. No obstante, la intuición me decía que Jesse iba a ser incapaz de cumplirlo. Lo miro y veo que me está suplicando con la mirada.
—Necesito trabajar.
Niega con la cabeza.
—No. Necesitamos estar juntos.
—Ya estamos juntos.
—Ya sabes a qué me refiero —gruñe—. El sarcasmo no te pega, nena.
No vamos a ninguna parte, así que me levanto y me acerco a la bañera.
—¿Qué haces? —me pregunta cuando estoy de espaldas a él.
No me hace falta volverme para saber que me está lanzando una mirada asesina.
—Voy a bañarme.
Me meto en la bañera y me siento, pero casi al instante me muevo un poco hacia adelante para dejarle sitio. Suelta un bufido de desaprobación y se acerca.
Se mete y se sienta detrás de mí, me atrae hacia su pecho y se lanza directo a por mi oreja. Me muerde el lóbulo y gruñe.
—Ya te lo he dicho: no te resistas.
—Pues deja de ser tan poco razonable —respondo, cortante.
Me da otro mordisco, más fuerte, en el lóbulo de la oreja.
—No hay nada poco razonable en querer mantenerte a salvo, eso también te lo he dicho antes.
—Quieres decir en mantenerme pegada a ti. —Cierro los ojos y dejo que mi cabeza se relaje contra su pecho mientras mis manos le acarician los muslos fuertes y mojados.
—No. —Sus dedos se entrelazan con los míos—. Lo que quiero es mantenerte a salvo.
—Ésa es una excusa para poder seguir siendo imposible.
—No. Es que me vuelves loco.
—Te vuelves loco tú solito. Mañana voy a ir a trabajar y vas a dejarme, sin montar una escena ni coger un berrinche. Lo prometiste. —Tengo que recordarle que hicimos un trato, aunque sé que no se le ha olvidado y que en el fondo le da igual no cumplirlo.
Siento su boca en mi oreja otra vez, y uso todas mis fuerzas para reprimir un gemido.
—Y tú has prometido obedecerme. Creo que los votos matrimoniales pesan más que las promesas hechas antes del matrimonio —replica apretándose contra mi trasero—. Creo que alguien necesita un polvo de entrar en razón.
Doy un respingo y salpico agua por todas partes. Me encantaría que me echara un polvo de entrar en razón, pero ni aun así voy a dar mi brazo a torcer.
—También prometiste dejar de echarme polvos de entrar en razón porque acordamos que su único propósito era que yo te diera siempre la razón. —Empiezo a arrepentirme de esa promesa. El polvo de entrar en razón implicaba sexo duro.
—Amar, respetar y obedecer —susurra, y mi cara se vuelve sola al oír esa voz grave, suave y ronca. Mi boca no tarda en encontrar la suya—. Es razonable, ¿no?
—No —suspiro—. Casi nada de lo que me pides es razonable.
—Pero que tú y yo estemos juntos sí que tiene sentido. —Me consume con la boca—. Dime que tiene sentido.
—Lo tiene.
—Buena chica. Ponte derecha para que pueda enjabonarte. —Se aleja de mi boca y me siento abandonada. Me empuja lejos de él—. Vamos a desayunar con tu familia y luego te llevaré a casa, ¿trato hecho?
—Trato hecho.
Me muero de ganas de irme a casa, aunque no tengo ninguna gana de ver a Kate y a Dan. Qué chica más tonta. Ni siquiera voy a intentar averiguar en qué estaba pensando porque no lo entenderé nunca, y sospecho que ni ella misma lo entiende. ¿Se acordará siquiera? Estaba como una cuba. Y Sam. Refunfuño para mis adentros. ¿Cómo voy a mirar a Sam a la cara sabiendo lo que sé?
—¿En qué piensas? —me pregunta Jesse devolviéndome a la realidad.
—En Kate —respondo—. Estoy pensando en Kate y en Sam.
—Ya te he dicho…
—Jesse, no me digas que no es asunto mío —lo corto sin titubear—. Kate es mi mejor amiga. Es como estar viendo a un tren descarrilar a cámara lenta. Tengo que impedirlo.
—No, lo que necesitas es ocuparte de tus asuntos, Ava —me riñe sin piedad—. Ya está.
Deja la esponja en el borde de la bañera y se levanta, sale y coge una toalla.
—Lávate el pelo. —Se seca y se enrolla la toalla alrededor de la cintura—. Quizá podrías mostrar la misma preocupación por un pequeño detalle de nuestra relación del que tenemos que hablar.
Me taladra con una mirada de expectación y me olvido de Sam y de Kate en el acto, aunque no me entusiasma su nueva pasión por hablar. Me sumerjo en la bañera de agua jabonosa. No estoy lista, y me doy cuenta de que su nueva pasión por hablar sólo emerge cuando es él quien elige el tema de conversación.
No lo estoy viendo, pero sé que ha puesto los ojos en blanco. Como si quiere pasarse así todo el día. Por ahora, voy a llevar el asunto a mi manera. ¿Que cómo voy a hacerlo? Pienso enterrar la cabeza mucho más hondo que el avestruz, ni más ni menos.
Entramos en el restaurante de La Mansión cogidos de la mano y nos reciben aplausos y vítores, pero lo primero que noto, además de la algarabía, es que Kate está hecha un asco y que, desde la otra punta de la sala, Dan mira fijamente a Jesse.
Mi marido o bien no se da cuenta o bien decide ignorarlos, porque me coge en brazos y camina hacia una de las mesas, me deposita en una silla enfrente de mamá y papá y se sienta a mi lado.
—¡Cariño! —El chillido emocionado de mi madre me taladra los oídos—. Ayer fue un día maravilloso, a pesar de cierto hombre imposible. —Mira a Jesse.
—Buenos días, Elizabeth —dice él al tiempo que le dirige una sonrisa deslumbrante a mi madre, que pone los ojos en blanco, aunque yo sé que está conteniendo una sonrisa afectuosa—. ¿Qué tal, Joseph?
Mi padre saluda con la cabeza mientras corta una salchicha.
—Perfectamente. ¿Lo pasasteis bien ayer?
—De maravilla, gracias. ¿Os están tratando bien? —Jesse mira en derredor para comprobar que el personal del restaurante está atendiendo a los invitados que quedan.
—Demasiado bien —se ríe mi padre—. Nos iremos después de desayunar, por lo que quiero aprovechar la ocasión para agradecerte tu hospitalidad. Fue un día realmente especial.
Sonrío ante la elegancia de mi padre. Sus buenos modales nunca fallan. Me alegro de que se lo hayan pasado bien.
—¿Dan va a volver con vosotros? —pregunto intentando que suene natural.
—No, ¿no te lo ha dicho? —dice mi padre.
Jesse unta mantequilla en una tostada, coge mi mano y deposita en ella la tostada con una inclinación de la cabeza. Es su forma de decirme que coma.
—¿El qué? —pregunto antes de hincar el diente en la corteza.
—Se va a quedar una temporada en Londres —explica ella. Luego empieza a quitarles la grasa a las lonchas de beicon de mi padre y yo me atraganto.
—¿Qué?
—Que va a quedarse en Londres, cariño.
Sabía que no lo había oído mal. Miro al lugar en el que Dan está sentado con la tía Angela, aunque es evidente que no está escuchando ni una palabra de la cháchara de mi tía. No, sólo tiene ojos para Kate.
—¿Por qué? Pensaba que tenía que expandir la escuela de surf y que tenía mucho trabajo por hacer.
Son malas noticias. Dejo la tostada en el plato y Jesse la recoge y me la vuelve a poner en la mano.
—Dice que no hay prisa, y yo no voy a protestar. —Mi madre acepta el café que le sirve Pete, y luego él me ofrece una taza a mí.
—Sin chocolate y sin azúcar —confirma.
Lo miro y le sonrío con afecto.
—Gracias, Pete.
Vuelvo a dejar la tostada en el plato y Jesse la coge de nuevo.
—Come. —Me la coloca en la mano que tengo libre.
—¡No quiero la puta tostada! —le espeto con brusquedad, y en nuestra mesa todo el mundo deja de cortar, comer y hablar.
—¡Ava, esa boca! —contraataca Jesse.
Mi madre y mi padre nos miran alucinados desde el otro lado de la mesa. Yo también estoy alucinada, pero no veo la necesidad de que me obligue a comer, y desde luego no veo por qué Dan tiene que quedarse y complicar una situación que ya es complicada de por sí. ¿A qué está jugando? No soy tan ingenua como para creer que se queda porque Jesse no le cae bien o porque está preocupado por mí.
Ignoro la mirada incrédula de mi marido y las caras de sorpresa de mis padres y me levanto de la mesa.
—¿Adónde vas?
Jesse se levanta detrás de mí.
—Ava, siéntate —dice en tono de advertencia pese a que mis padres están delante.
Ya debería saber que le importa un pepino dónde y con quién estemos. Se cabreará conmigo o me hará suya donde quiera y cuando quiera. Mis padres no son un obstáculo.
—Siéntate y desayuna, Jesse.
Intento alejarme, pero su mano es más rápida y me coge de la muñeca.
—¿Perdona? —Se echa a reír.
Lo miro a los ojos.
—He dicho que te sientes y que termines de desayunar.
—Sí, eso he oído. —Tira de mí para que me siente y me coloca la tostada en la mano, luego se me acerca y me pega la boca al oído—. Ava, no es el momento ni el lugar para que te pongas chula, y muestra un poco de respeto cuando tus padres estén delante.
Su mano se posa en mi rodilla y me acaricia el interior del muslo desnudo.
—Me gusta tu vestido —susurra.
Les sonrío con dulzura a mis padres, que han vuelto a sus respectivos desayunos. Los tiene bien puestos. ¿Qué yo les muestre un poco de respeto? Aprieto los dientes cuando roza la costura de mis bragas y me sopla al oído. Estaba perdiendo la batalla, así que me satura a caricias para recuperar el poder. Maldito sea. Aprieto los muslos y cojo mi taza de café con manos temblorosas mientras él sigue derritiéndome con su aliento ardiente en el oído y mis padres continúan desayunando tan tranquilos. Ya han pasado un tiempo con nosotros y se han acostumbrado a que Jesse necesite estar tocándome constantemente.
Se aparta y me dedica una mirada de capullo satisfecho. Sí, esta vez ha ganado, pero sólo porque tiene toda la razón del mundo. No es ni el momento ni el lugar, sobre todo porque mis padres están delante. Sé que a él tampoco le habrá gustado la noticia que acaba de darnos mi madre. Mi marido y mi hermano no se llevan bien, y más me vale ir acostumbrándome porque sé que ninguno de los dos va a ofrecerle al otro una rama de olivo.
—Jesse tiene razón, Ava —interviene mi padre, lo que me deja de piedra—. No deberías usar ese lenguaje.
—Sí. —Mi madre está de acuerdo—. No es propio de una dama.
No me hace falta mirar a mi marido para saber que todavía está más pagado de sí mismo ahora que cuenta con el apoyo de mis padres.
—Gracias, Joseph —dice, me da un golpecito con la rodilla por debajo de la mesa y yo se lo devuelvo.
—¿Para cuándo la luna de miel? —pregunta mi madre, sonriéndonos desde el otro lado de la mesa.
—Para cuando diga mi mujer —contesta Jesse mirando mi tostada—. ¿Cuándo crees que podremos irnos, señorita?
Me lleno la boca con otra esquina y me encojo de hombros.
—Cuando tenga tiempo. Tengo muchas cosas pendientes en el trabajo, mi marido ya lo sabe. —Lo miro, acusadora, y él me sonríe—. ¿De qué te ríes?
—De ti.
—¿Qué tengo de gracioso?
—Todo. Tu belleza, tu forma de ser, tu necesidad de volverme loco. —Me coloca bien el diamante—. Y el hecho de que seas mía.
Con el rabillo del ojo veo a mi madre que contempla embobada cómo mi hombre imposible necesita ahogarme con su adoración.
—Ay, Joseph —suspira—, ¿te acuerdas de cómo era estar así de enamorados?
—Pues no —contesta mi padre con una carcajada—. Vamos, es hora de irse.
Se limpia la boca con una servilleta y se levanta de la mesa.
—Iré al baño y a recoger las maletas.
Mi madre no le contesta. Está demasiado ocupada sonriéndonos con afecto. Mi padre sale del restaurante y yo miro a Kate. Está horrible, mucho más pálida que de costumbre. Hasta sus rizos rojos parecen haber perdido su brillo de siempre. Está picoteando como una gallina unos cereales mientras Sam charla animadamente, como si no se hubiera dado cuenta de que ella está en otra parte. Sé que tiene una buena resaca, pero salta a la vista que el dolor de cabeza y el estómago revuelto son sólo parte de lo que la tiene sumida en la miseria. Sam no puede ser tan tonto. Dejo de mirarlos y busco a Dan en el otro extremo de la sala. Sigue sin quitarle ojo a Kate.
—¿Tú también te has dado cuenta? —me pregunta Jesse en voz baja al ver hacia adónde estoy mirando.
—Sí, pero me han advertido que me meta en mis asuntos —respondo sin apartar la vista de mi hermano.
—Cierto, pero no te dije que no pudieras darle un toque a Dan para que la deje en paz.
Me vuelvo hacia Jesse, que no se da cuenta de la cara de sorpresa que se me ha quedado y se pone de pie cuando mi madre se levanta para abandonar la mesa.
—Volveré en seguida para despedirme.
Se alisa la falda y sale del restaurante después de darle a Kate una palmadita en la espalda. Ella le sonríe un poco, luego me mira un instante y rápidamente mira a otra parte. Dejo escapar un suspiro y me pregunto qué voy a decirle a mi casi siempre feroz amiga. Parece estar pasándolo fatal, pero no puedo evitar estar enfadada con ella.
Rápidamente me acuerdo de lo que Jesse ha dicho antes de que mi madre nos dejara.
—¿Quieres que le diga a mi hermano que se esfume? —inquiero.
Me mira con cierto recelo mientras vuelve a sentarse.
—Creo que necesita que alguien le dé un toque. No quiero hacerlo yo y que por ello te enfades conmigo, así que deberías ser tú la que hablara con él.
Ya he intentado hablar con él y sé que hace oídos sordos, pero no voy a contárselo a Jesse porque entonces decidirá intervenir.
—Hablaré con él. —Dejo la tostada en el plato—. Y no tengo hambre, así que no empieces.
—Tienes que comer, nena. —Intenta coger de nuevo la tostada y le doy un manotazo.
—No tengo hambre. —Mi voz no podría sonar más autoritaria—. Ya podemos irnos a casa.
Después de despedir a mis padres, pasar de mi hermano y decirle a Kate que la llamaré mañana por la mañana, me sientan en el DBS y me llevan de vuelta al Lusso, mi hogar, el lugar en el que Jesse y yo viviremos como marido y mujer.
Abro la puerta del coche, salgo y dejo escapar un grito de sorpresa cuando me cogen en brazos.
—¡Que tengo piernas! —me río pasándole los brazos por el cuello.
—Y yo tengo brazos. Estos brazos se crearon para abrazarte. —Me besa en los labios y cierra la puerta del coche de un puntapié antes de echar a andar hacia el vestíbulo del edificio—. Voy a meterte en la cama y no voy a dejar que te levantes hasta mañana por la mañana.
—Trato hecho —accedo. Espero que tenga en mente un poco de sexo duro, porque no me apetece nada el rollo tierno.
Me olvido un instante de Jesse y dirijo toda la atención al mostrador del conserje cuando éste se detiene y nos mira con unos ojos como platos.
¿Eh?
Yo también abro mucho los ojos. Detrás del mostrador hay un tipo con la oreja pegada al auricular del teléfono, y no es Clive. Estoy casi segura de que no es él. Me muerdo los labios y sonrío para mis adentros. Esto va a poner a Jesse en modo posesivo al estilo rinoceronte. Permanezco en silencio mientras valoro la situación, aunque tampoco es que haga falta valorarla mucho. Mi marido está de pie en mitad del vestíbulo, el nuevo conserje sigue hablando por teléfono y los dos se miran fijamente. Luego el hombre me mira, y casi me echo a reír cuando oigo gruñir a Jesse. Por Dios, va a aplastar a ese pobre chico hasta dejarlo hecho puré. Me abrazo con fuerza a sus hombros y espero a que tome la iniciativa y siga andando, pero parece como si hubiera echado raíces.
—¿Dónde está Clive? —le pregunta al nuevo sin tener en cuenta que está hablando por teléfono. Me revuelvo para intentar que me suelte, pero él se limita a mirarme un instante y a sujetarme con más fuerza—. No te muevas, señorita.
—Te comportas como un troglodita.
—Cállate, Ava. —Sus fulminantes ojos verdes vuelven a acribillar al pobre chico, que ya ha colgado el teléfono—. Clive —insiste Jesse, cortante.
El nuevo conserje sale de detrás del mostrador y no puedo evitar mirarlo de arriba abajo. Es muy mono. Tiene el pelo rubio pajizo bien cortado, los ojos castaños rebosantes de alegría, y es alto y esbelto. No está tan bueno como Jesse, pero sigue siendo un hombre joven, lo que para mi marido equivale a ser una amenaza.
—Voy a trabajar con Clive, señor. En realidad, tendría que haberme incorporado hace algún tiempo. —Suena asustado, y hace bien—. Por razones personales he tenido que retrasarlo.
Se acerca y le ofrece la mano.
—Me llamo Casey, señor. Espero poder ayudarlo en todo lo que… necesite ayuda. —Está hecho un manojo de nervios.
Me revuelvo otra vez. Me siento como una idiota en brazos de mi señor posesivo mientras el nuevo conserje se presenta. Parece un chico dulce y sincero, pero Jesse no me suelta.
—Señor Ward —replica él, cortante, ignorando la mano que le ofrece el chico.
—Encantada de conocerte, Casey —digo entonces ofreciéndole la mano, pero Jesse da un paso atrás.
¡Por todos los santos! Lo miro y veo que sigue mirando fijamente al joven. Esto es ridículo. No me es fácil pero me suelto, doy un paso adelante y vuelvo a ofrecerle la mano al nuevo conserje.
—Bienvenido al Lusso, Casey —sonrío y él me estrecha tímidamente la mano. El pobre no va a volver si no intervengo.
Clive ha estado trabajando sin parar desde que los vecinos se mudaron. Ya no tiene quince años, necesita un relevo.
—Gracias, Ava. Encantado de conocerla —sonríe, y he de decir que tiene una sonrisa bonita, pero me percato de la mirada de recelo que lanza por encima de mi hombro—. ¿Vive en el ático?
—Sí.
—Han llamado de mantenimiento para avisar de que ha llegado la puerta nueva de Italia.
—Fantástico. Muchas gracias.
—Que la coloquen cuanto antes —gruñe Jesse.
—Ya lo han hecho, señor —sonríe Casey con orgullo cogiendo unas llaves de su mesa y sosteniéndolas en el aire.
Jesse se las arrebata de las manos de un tirón antes de arrojarle las llaves del coche de mala manera.
—Súbenos las maletas.
Tira de mí hacia el ascensor ante mi asombro y también el de Casey. Ya sabía yo que esto iba a pasar. Me empuja contra la pared de espejos y me cubre con su cuerpo, el muy controlador.
—Te desea —ruge.
—Tú crees que todo el mundo me desea.
—Porque es verdad. Pero eres mía. —Me besa con fuerza y toma mi boca sin tregua, levantándome del suelo con la presión de su cuerpo.
Estoy en éxtasis. Éste no es el Jesse tierno. Éste es el Jesse dominante, fiero y poderoso, y estoy preparándome para todos los polvos que me he perdido. Le echo los brazos al cuello y me abalanzo sobre él con igual intensidad, o puede que más.
—Soy tuya —gimo entre los ataques de su lengua.
—No necesitas recordármelo.
Su mano sube por mi muslo y me cubre el sexo. Un chorro caliente fluye de mí y en lo más hondo siento una punzada de placer. Qué falta me hacía. Introduce los dedos en mis bragas de encaje.
—Estás mojada —ronronea en mi boca—. Sólo conmigo, ¿entendido?
—Entendido.
Mis músculos se cierran con fuerza cuando me penetra con el dedo.
—Más —suplico sin pudor. Necesito más.
Separa nuestras bocas y saca el dedo para meterme dos.
—¿Así? —Se mete bien adentro y con fuerza—. ¿Así, Ava?
Echo la cabeza hacia atrás, contra el espejo, con la boca abierta y los ojos cerrados.
—Sí, así.
—¿O prefieres que te empale con la polla? —Su voz es carnal, y me sorprende; se ha pasado varias semanas haciéndose el remilgado con mi cuerpo.
Si éste es el efecto que Casey va a producir en mi señor, espero que dure toda la vida. Me está reclamando y recordándome a quién pertenezco. No es que necesite un recordatorio, pero siempre voy a aceptarlos con gusto. Dejo caer la cabeza y encuentro sus ojos verdes, luego alargo el brazo y le desabrocho la bragueta. Meto la mano en su bóxer y cojo su polla caliente y palpitante.
—No has contestado a mi pregunta —dice entre jadeos.
—La quiero toda. —Aprieto la base y, sin aflojar la mano, subo hasta el glande—. Te quiero dentro de mí.
Dibuja un último círculo con los dedos antes de sacarlos y levantarme del suelo. Le rodeo la cintura con las piernas y mis manos buscan su nuca.
—Sabía que eras una chica sensata.
Las puertas del ascensor se abren entonces y me saca en brazos al vestíbulo del ático, abre la puerta en un abrir y cerrar de ojos y me sube por la escalera hacia el dormitorio principal.
—Te tengo tantas ganas que me haces perder la cabeza, Ava.
Me deja en el borde de la cama, me quita el vestido, se arranca la camiseta de un tirón, se saca las Converse de una patada y se baja los vaqueros junto con los calzoncillos hasta los pies. Es verdad que me tiene muchas ganas, cosa que aún me hace desearlo más. Va a follarme.
Me tumba en la cama, me quita las bragas y se libra del sujetador a la misma velocidad. Trabaja de prisa pero no lo bastante: la impaciencia y el tenerlo desnudo tan cerca me pueden. Necesito tocarlo. Me siento y deslizo las manos por su culo de piedra. Lo atraigo hacia mí para colocarlo entre mis piernas abiertas. Su abdomen está a la altura de mis ojos y lo acaricio con la lengua. Le beso con ternura la cicatriz, que ya no me hace torcer el gesto. Es una imperfección gigante, una tara en su maravilloso cuerpo, pero para mí aún lo hace más perfecto. Mi perfecto adonis imperfecto. Mi dios. Mi marido.
Noto sus dedos enredados en mi pelo y mis ojos recorren sus abdominales cincelados, ascienden por su pecho y llegan a sus ojos verdes rebosantes de… amor. No es deseo ni lujuria, sino amor.
No va a follarme, va a hacerme el amor con ternura. Lo hace muy bien, pero necesito de mi amante fiero desesperadamente, necesito que deje de tratarme como si fuera a romperme. Mis manos vuelven a su torso hasta que mis palmas están casi en su cuello perfecto. Le beso el estómago antes de empezar a subir, y me pongo de pie hasta que llego a su nuca y tiro de él para que su boca descienda sobre la mía. Trepo por su cuerpo y le rodeo la cintura con las piernas. Me pasa un brazo por debajo del culo para sujetarme y accede a mi demanda de contacto boca con boca.
Bocas fundidas.
Bocas que se deleitan la una con la otra.
Bocas que se consumen de ardiente deseo.
No me tumba en la cama, sino que me lleva al cuarto de baño y se sienta a horcajadas sobre el diván, conmigo encima. Me mira.
—Tenemos que hacer las paces —dice; luego tira de mí hacia abajo y nuestras bocas colisionan—. Nadie podrá impedir que te haga mía, Ava —añade mientras nuestros labios y nuestras lenguas libran una batalla campal.
—Genial.
Le tiro del pelo intentando despertar su lado salvaje, ese que me gusta tanto como el tierno. Sabe lo que quiero y lo que necesito, el muy cabrón lo sabe perfectamente, y me lo va a dar.
—Mi chica lo quiere duro.
Se aparta y esta vez soy yo la que gruñe. Me mira, jadeante y sudoroso. Quiere dármelo, se lo veo en la cara y en los ojos verdes. Están que echan humo, oscuros de la desesperación. Soy yo la que lo pone así.
Tira de mí con cuidado y se pone firme, listo para penetrarme, pero me tenso y se lo impido. Le tendré muchas ganas, pero debo seguir siendo sensata, igual que lo he sido estas últimas semanas. No lleva condón y, a juzgar por el tirón que me ha dado, sabe exactamente por qué me estoy conteniendo.
—Jesse. —Estoy sin aliento por lo mucho que me cuesta contener el deseo.
—Ava, voy a hacerte mía y no vas a impedírmelo con peticiones estúpidas.
Tira de mí y se apodera de mi boca con decisión. No me resisto, la verdad es que no quiero resistirme. Éste podría ser el polvo salvaje que tanto llevo esperando.
Mantiene nuestras bocas unidas, se endereza y me penetra a la primera. Mis piernas se enroscan instintivamente en su cintura y entrelazo los tobillos para estar más cerca de él.
—Dios —jadea contra mi boca—. Es perfecto.
Sí que lo es. Todo es perfecto cuando no hay barreras entre nosotros, sólo piel con piel, yo sobre él. Jadeo con la boca contra su hombro y le clavo las uñas en los bíceps.
—Muévete —le ordeno—. Por favor, muévete.
—Cuando sea el momento. Ahora deja que te disfrute.
Me coge las manos y se las lleva a la nuca, donde mis dedos se enredan en su pelo y tiran de él por instinto. Luego, sus grandes manos descienden por ambos lados de mi cuerpo, después por mi pecho, y se detienen en mi cintura. Me sujeta para que me esté quieta. Lo único que se oye son nuestras respiraciones agitadas, cargadas de anhelo y de deseo.
Me coge con fuerza y me levanta con un gemido profundo antes de dejarme descender sobre él. Cierro los ojos en la felicidad más absoluta y jadeo. Tengo que retirar las manos de su pelo para poder apoyarme en su pecho, firme y cálido. Me sorprende lo duros que tiene los pectorales, la perfección de sus músculos, que me gritan que los acaricie, que me suplican que sienta su belleza. Mis manos insaciables se pasean por todo su cuerpo y se detienen en sus pectorales cuando me levanta, me deja caer y me mueve las caderas en círculos, lenta y meticulosamente.
—No intentes decirme que no te gusta —gime—. No intentes decirme que no estamos como deberíamos estar. —Sigue haciendo virguerías dentro de mí, incansable—. Ni lo intentes.
—No te corras dentro.
Es posible que su potencia me atonte, pero una pequeña parte de mí todavía es consciente de lo que hace.
—No me digas lo que tengo que hacer con tu cuerpo, Ava. Bésame.
Lo carnal de sus palabras y cómo me reclama como suya me ciegan y mi cuerpo se niega a rechazarlo. Él manda y lo sabe. Mi boca cae sobre la suya y mi cuerpo se aferra al de él, invitándolo a que me haga lo que quiera. Echa la cabeza hacia atrás para mantener nuestras bocas unidas, vuelve a levantarme y a dejarme caer sobre él. Gimo en su boca, un mensaje de sumisión ronco y sensual. No puedo pensar. Su energía me confunde y el ritmo preciso de sus caderas me catapulta a un delirio de lujuria.
Gimo cuando me levanta despacio y sin dificultad una y otra vez. La presión de su polla contra la parte más profunda de mi ser es la mismísima encarnación del placer.
—No sabes cuánto me gusta —gimo—. Fóllame, Jesse —suplico; necesito que no sea tan gentil.
—Esa boca, Ava —me regaña—. Vamos a hacerlo así, justo así.
Cierra los ojos y se tensa. Está siendo demasiado tierno. Necesito que me sorprenda, que me deje atónita. Necesito que me lo haga como un animal. Lleva semanas así, y sé por qué.
—¿Por qué me tratas con tanta ternura? —digo acariciándole el cuello con la nariz entre mordiscos y lametones.
—Sexo somnoliento —gime.
—No quiero sexo somnoliento.
No va a producir el efecto deseado. Sí, me correré, gemiré de placer y me estremeceré en sus brazos, pero necesito gritar de gusto. Necesito un buen mete y saca, no que me haga cosquillas.
—Fóllame, Jesse.
Coge aire cuando me la meto hasta el fondo.
—¡Jesús, Ava! ¡Esa boca!
—¡Sí! —Me levanto y vuelvo a dejarme caer con fuerza.
—¡Ava! —Me sujeta en lo alto—. ¡Así, no!
Lo noto palpitar en mi interior. Su pecho sube y baja contra mi cuerpo. Estoy jadeando en su cuello y me agarro con fuerza de su pelo.
—Deja de tratarme como si fuera de cristal.
—Para mí eres de cristal, nena. Eres muy delicada.
—Pero no voy a romperme, ni hace dos semanas, ni ahora. —Intento volver a levantarme, lo necesito, pero me tiene bien sujeta. Es otra de las razones por las que le ruego a Dios no estar embarazada. No puedo soportarlo. Saco la cara de su cuello y lo miro a los ojos—. Necesito que me folles a lo bestia.
Niega con la cabeza.
—Sexo somnoliento.
—¿Por qué? —pregunto. ¿Va a reconocer lo que ya sé?
—Porque no quiero hacerte daño —susurra.
Intento controlar el genio. ¿No quiere hacerme daño a mí o no quiere hacérselo al bebé que tal vez ni siquiera existe?
—No me harás daño —replico.
Se relaja un poco y aprovecho para subir y dejarme caer con un grito de satisfacción. Él también grita. Sé que quiere empalarme viva, poseerme como un animal, dominarme y llevarme al éxtasis, pero no lo va a hacer y eso me desquicia.
—¡Joder! —exclama—. ¡No, Ava!
—Hazlo. —Le cojo la cara y le devoro la boca. Si persevero, es mío—. Hazme tuya —ordeno arrastrando los labios por su mejilla.
Los atrapa cuando vuelven a pasar por su boca y me mete la lengua, con premura y furia. Casi lo tengo.
Nuevamente me levanto y me dejo caer y le arranco un fuerte gemido.
—Te gusta, ¿verdad? Dime que te gusta.
—Por Dios, Ava, para.
Arriba y abajo que voy, con más fuerza.
—Mmm… Sabes a gloria. —Lo estoy volviendo loco, y sé que lo desea porque podría detenerme con facilidad—. Te necesito.
Lo sabía: esas palabras son su perdición. Suelta un grito de frustración y me releva, me coge con firmeza de la cintura y me sube y me baja sin piedad.
—¡¿Así?! —grita, casi enfadado, y sé que es porque no puede resistirse a mí.
—¡Sí! —grito a mi vez.
De repente está de pie. Yo sigo con las piernas rodeando su cintura. Cruza el baño y me empotra contra la pared.
—¿Lo quieres duro, nena?
—¡Fóllame! —chillo enloquecida, apretando las piernas y tirándole del pelo rubio ceniza.
—Mierda, Ava. ¡No seas tan malhablada!
Se retira y me baja, una y otra vez. Mis gritos de satisfacción resuenan en el aire.
—¿Mejor? —ruge clavándomela muy adentro sin miramientos—. Tú lo has querido, Ava. ¿Mejor así?
Está muy cabreado.
Estoy contra la pared, absorbiendo su violento ataque, y quiero que lo sea aún más. He tenido dos semanas del Jesse tierno. He tenido más que suficiente del Jesse tierno, pero no puedo hablar. Asiento con cada embestida, mi forma de decirle que lo quiero aún más bestia. Lo quiero mucho más salvaje.
—¡Responde a la puta pregunta!
—¡Más fuerte! —grito tirándole del pelo.
—¡Joder!
Me embiste repetidamente con sus caderas, le flaquean las fuerzas, no logra mantener el ritmo, pero yo estoy disfrutando de cada punzante estocada. Esto me va a compensar por las dos semanas de ternura y delicadeza.
La base del estómago me arde y mi clímax es como una tromba rápida que me pilla por sorpresa, sin darme tiempo para prepararme. Exploto, cierro los ojos, echo la cabeza atrás con un grito de desesperación.
—¡Aún no he terminado, Ava! —grita recolocando las manos bajo mi culo y empujando como un ariete.
Yo tampoco. El orgasmo me ha dejado mareada pero hay otro en camino y, gracias a su potencia incansable, no va a tardar en llegar. Encuentro sus labios y le meto la lengua hasta la garganta. Aprieto las piernas contra sus caderas hasta que me duelen y mis gritos y los suyos chocan entre nuestras bocas.
—¡Sí! —Echo la cabeza atrás—. ¡Ay, Dios!
—¡Abre los ojos! —me ordena, severo.
Obedezco de inmediato y cierro los puños entre su pelo cuando se para en seco, sudando y respirando agitadamente. El fuego en mi sexo retrocede de inmediato, pero entonces ruge y vuelve a la carga. Me preparo para otra tanda. Me embiste, muy fuerte. Mi espalda choca contra la pared, grito sorprendida pero él no me da tiempo para pensar. Sale y vuelve a entrar con una gloriosa y feroz estocada. Ha perdido el poco control que le quedaba. Esto va a ser duro de verdad. Me agarro con más fuerza a su pelo e intento flexionar las piernas para darle el acceso a mí que su cuerpo me pide.
—¿Te parece lo bastante fuerte, Ava? —dice volviendo a clavármela.
—¡Sí! —grito. Ni en sueños querría que parara.
No tiene piedad. Entra y sale de mí, cada vez con más fuerza. Me estoy quedando en blanco, tengo el cuerpo flácido y estoy en la cúspide del placer. Pero entonces noto que mi espalda se aleja de la pared y que me llevan a la cama. Prácticamente me tira sobre el colchón. Me pone a cuatro patas, se coloca de pie detrás de mí y me coge de las caderas. Vuelve a penetrarme con una embestida brutal y un grito frenético. Con cada embestida tira de mí para que mi culo choque contra sus fuertes caderas. Hundo la cara en las sábanas, las agarro con fuerza y empiezo a sudar. Estoy empapada.
—¡Jesse! —grito, delirante, presa de una deliciosa desesperación.
—Tú lo has querido, Ava. Ahora no te quejes.
Me penetra de nuevo, aún con más fuerza. Está liberando toda la pasión animal que ha estado reprimiendo durante demasiado tiempo. Ha perdido el control, y una pequeña parte de mí se pregunta si lo está haciendo a propósito, si está intentando asustarme para que vuelva a desear el sexo somnoliento. Si ése es su plan, es un fracaso total. Mi cuerpo necesita esto. Yo necesito esto.
Obligo a mi mente a volver al presente y a centrarse en recibir su potencia con los brazos abiertos. La quiero toda para mí. La violenta acumulación de presión en mi vientre se abre paso hacia mi sexo, lista para la explosión. Estoy segura de que me va a volar la tapa de los sesos.
—¡Más fuerte! —grito agarrándome a las sábanas.
—¡Ava! —Sus dedos se me clavan en las caderas, pero la crudeza de sus manos no me molesta lo más mínimo. Estoy demasiado ocupada concentrándome en el orgasmo desgarrador que se avecina.
Vuelve a pillarme por sorpresa y el placer es tan tremendo que me pone en órbita. Grito, y él grita también. Luego me desplomo sobre la cama, Jesse cae sobre mí y quedo cubierta por su cuerpo duro y musculoso. Respira con dificultad contra mi oído y nuestros cuerpos bañados en sudor están sonrojados y suben y bajan al unísono. Me siento repleta. Estoy exhausta pero me siento muchísimo mejor. Por fin volvemos a ser nosotros mismos.
Gruñe y mueve las caderas en círculos, todavía muy dentro de mí. El fuego de su orgasmo me reanima y me devuelve a la realidad. Lo echaba de menos.
—Gracias —jadeo cerrando los ojos. Los latidos acelerados de su corazón me golpean la espalda y me reconfortan. Ni siquiera consigo reunir las fuerzas suficientes para preocuparme por el hecho de que se haya corrido dentro. Tampoco es que importe.
No dice nada. Lo único que se oye en el enorme dormitorio es nuestra respiración alterada. Es fuerte, dificultosa y satisfecha. Pero entonces se aparta de mí y la ausencia de su calor cubriendo mi cuerpo hace que me vuelva para ver qué hace. Se está alejando, con las manos en la cabeza, y su espalda desnuda desaparece en el cuarto de baño. Todavía estoy intentando bajar mis pulsaciones y respirar a un ritmo normal, pero en vez de sentirme satisfecha y feliz, me siento intranquila y culpable. Le he hecho perder el control. Lo he presionado, lo he tentado y le he hecho perder su autocontrol, y ahora, a pesar de haberme salido con la mía, me siento culpable. Ha estado intentando controlar sus exigencias sobre mi cuerpo, aunque el porqué es lo que debería preocuparme. No el hecho de que lo haya estado haciendo, sino por qué. Yo lo sé, y no debería sentirme culpable, pero no va así la cosa. He aceptado el hecho de que nunca lo entenderé del todo. He aceptado su forma de actuar y que es un hombre imposible. Todo forma parte del hombre al que amo profundamente, del hombre al que me une una conexión tan poderosa que nos vuelve locos a los dos. Compartimos una intensidad que nos incapacita.
Aparece en el umbral del baño, todavía desnudo, todavía empapado y todavía intentando controlar la respiración. Lo miro. Me mira.
Me incorporo y me llevo las rodillas al pecho. Me siento menuda y rara. No debería ser así entre nosotros.
—Te he estado robando las píldoras —me suelta; su mandíbula se tensa y los músculos palpitan.
Lo dice sin remordimiento ni sentimiento de culpa, lo que hace que abra unos ojos como platos y que enderece la espalda como un resorte. Su rostro está impasible y, aunque ya lo sabía, no deja de sorprenderme. Oír cómo lo confiesa en voz alta no hace más que acelerarme el corazón aún más.
—He dicho que te he estado robando las píldoras —repite; parece enfadado.
No puedo ignorar este asunto por más tiempo. Sus palabras me acaban de sacar la cabeza del suelo y ahora me siento descubierta y furiosa. Noto cómo la rabia latente entra en ebullición en mi interior, intentando que la libere. Es como una olla a presión que lleva semanas al fuego pero con la que no sabía qué hacer. Ahora lo sé. Sabía que había estado escondiéndome las píldoras. Su comportamiento me lo confirmaba, aunque no estaba enfadada porque decidí ignorarlo como una imbécil, como si el problema fuera a desaparecer. Mañana tendría que bajarme la regla y estoy segura de que no lo hará. Este hombre, el loco de mi marido, acaba de confesarme sin ninguna vergüenza que me ha estado robando las píldoras anticonceptivas, y ahora mi negación se ha convertido en ira sanguinaria.
—¡Ava, por el amor de Dios! —Se lleva las manos a la cabeza, frustrado—. ¡Te he estado robando las putas píldoras!
Salto de la cama.
Exploto.
Ni siquiera intento hablar con Jesse porque no hay nada de que hablar en esta situación. Camino con decisión hacia él. Me observa atentamente, receloso, y cuando lo tengo delante le cruzo la cara de un bofetón. La mano me duele al instante pero estoy demasiado cabreada para sentir el dolor. Se le ha quedado la cara vuelta de lado, mira al suelo, y lo único que puedo oír es el sonido de nuestra respiración, sólo que ahora ya no es profunda y satisfecha, sino que estoy jadeando a pleno pulmón. Levanta la cabeza y, antes de darme cuenta, mi mano está asestando otro golpe, sólo que esta vez me agarra la muñeca a escasos centímetros de su cara. La libero de un tirón y empiezo a pegarle puñetazos en el pecho con las dos manos, frenética de la ira. Y él se deja. Se limita a quedarse quieto y a aceptar la paliza enajenada que le propino en el torso. Mis puños lo golpean con insistencia mientras le grito y le chillo. Soy patética, mis puños débiles contra sus músculos de acero, y cuando creo que me voy a desmayar del esfuerzo, doy un paso atrás y pierdo el control sobre mis lágrimas y sobre mi cuerpo.
—¡¿Por qué?! —le grito.
No intenta tocarme ni acercarse a mí. Se queda de pie en el umbral de la puerta, todavía impasible. Ni siquiera ha aparecido la arruga, pero sé que debe de estar preocupado y que debe de estar costándole mucho no sujetar a la fuerza a la loca de su mujer.
—Estabas haciendo como si nada, Ava. Necesito que lo aceptes. —Su tono de voz es dulce y firme—. Necesitaba incitar algún tipo de reacción en ti.
—No me refiero a por qué me lo has contado. ¡Eso ya lo sé! ¡Me refiero a por qué coño lo hiciste!
Aquí llega la arruga de la frente. Y el labio mordido. No sé por qué lo piensa tanto. No hay atenuantes: su plan es de locos. Él está chiflado y yo también por haber estado haciendo como si nada durante todo este tiempo.
—Me vuelves loco. —Niega con la cabeza—. Me haces hacer locuras, Ava.
—¡Ah, así que resulta que es culpa mía!… —grito—. Mis píldoras empezaron a desaparecer al poco de conocerte.
—Lo sé. —Mira al suelo.
¡De eso, nada! Va a mirarme a la cara, no a huir así como así. Me acerco a su pecho hecha una furia y le agarro la mandíbula para obligarlo a levantar la cabeza.
—No vas a huir de tus razones para hacerme esto. Tú solo has decidido qué rumbo iba a tomar mi vida. ¡No quiero un puto bebé! ¡Es mi cuerpo! ¡No tienes derecho a decidir por mí! —Se me desgarra la voz entre los gritos—. ¡Dime por qué coño me has hecho esto!
—Porque quería tenerte conmigo para siempre —susurra.
Le suelto la mandíbula y doy un paso atrás.
—¿Querías atraparme?
—Sí —responde, agachando de nuevo la cabeza.
—Porque sabías que saldría pitando en cuanto descubriera a qué te dedicabas y lo de tu problema con la bebida.
—Sí. —Se niega a mirarme.
—Pero cuando descubrí lo de La Mansión y el problema con el alcohol volví y, aun así, seguiste robándome las píldoras.
Este hombre no tiene ni pies ni cabeza.
—No sabías nada de mi pasado.
—Ahora lo sé.
—Lo sé.
—¡Deja de decir que lo sabes! —chillo agitando los brazos delante de él. Estoy perdiendo el control otra vez.
Levanta un poco la vista pero no me mira. Mira a la habitación, a todas partes menos a mí. Está avergonzado.
—¿Qué quieres que diga? —pregunta en voz baja.
No lo sé, así que me meto en el vestidor. Llevo casada un día con este hombre y voy a dejarlo, no sé qué otra cosa hacer. Cojo unos vaqueros viejos y me los pongo de un tirón.
—¿Qué estás haciendo? —Está aterrorizado, como imaginaba. Jamás lidiará con lo que ha hecho, y yo tampoco si me quedo. Esto me ha caído como una bomba—. Ava, ¿qué diablos estás haciendo? —Me arranca la bolsa de la mano—. No vas a dejarme. —Suena a súplica y a orden.
—Necesito espacio. —Cojo la bolsa y empiezo a llenarla de ropa.
—¿Espacio para qué? —Me coge del brazo pero me libero de un tirón—. Ava, por favor.
—¿Por favor, qué? —Estoy metiendo la ropa en mi bolsa como una loca, pero me temo que volveré a mirar a Jesse si no me centro en esta tarea, y ahora mismo no soporto mirarlo. Sé lo que voy a ver.
Miedo.
—Ava, por favor, no te vayas.
—Me voy.
Me vuelvo, paso junto a él y lo dejo atrás, camino del baño a por mis cosas de aseo. No intenta detenerme y sé por qué, por lo mismo que ha sido tan delicado conmigo durante semanas: cree que le hará daño a su bebé.
Me pisa los talones pero yo sigo recogiendo mis cosas, luchando contra la increíble necesidad de pagarlo con él, pero al mismo tiempo lucho contra la necesidad de consolarlo. Estoy hecha un lío.
—Ava, por favor, vamos a hablarlo.
Me vuelvo, incrédula.
—¿Hablarlo?
Asiente con mansedumbre.
—Por favor.
—No hay nada de que hablar. Has hecho la cosa más sucia que se puede hacer. Nada de lo que digas me hará entenderlo. No tienes derecho a tomar decisiones como ésa. No tienes derecho a controlarme hasta ese punto. ¡Es mi vida!
—Pero tú sabías que te las estaba quitando.
—¡Cierto! Pero desde que te conocí me has hecho pasar por tantas mierdas que ni siquiera pude pensar en lo jodido que era lo que estabas haciendo. Esto es muy jodido, Jesse, y no hay nada que lo justifique. Que quisieras tenerme siempre a tu lado no es razón suficiente. ¡No puedes tomar esa decisión tú solo!
Intento tranquilizarme pero es una batalla perdida.
—Además, ¡¿qué hay de mí?! —le grito a la cara—. ¡¿Qué hay de lo que yo quiero?!
—Pero yo te amo.
Estoy agarrando la bolsa con tanta fuerza que se me duermen los dedos. Estoy perdiendo el juicio. Lo dejo atrás y bajo la escalera lo más rápidamente que puedo.
—No te vayas, Ava. Haré lo que sea. —Sus pasos pesados se acercan, pero está desnudo y, aunque sé que no tiene vergüenza, también sé que no saldría desnudo a la calle.
Cuando llego a la puerta, me vuelvo para mirarlo.
—¿Harás lo que sea?
—Sí, ya lo sabes.
Está tan asustado que estoy a punto de abrazarlo. Incluso ahora, cuando acaba de confesar que me ha estado robando las píldoras, me cuesta no caer en sus brazos. Pero si le dejo pasar ésta, estaré sentando las bases para toda una vida de manipulación. No puedo hacer eso. Necesitamos pasar un tiempo separados. Esto es demasiado intenso y tal vez debería haberlo pensado antes de casarme con él, pero ahora es demasiado tarde. Es posible que haya cometido el mayor error de mi vida.
—Entonces vas a darme espacio —espeto.
Y me voy.