Capítulo 13
Para cuando llegamos al Lusso, aún no ha dicho una sola palabra. Baja del coche, me abre la puerta y atravesamos el vestíbulo. Casey nos observa con cautela. Jesse me mete en el ascensor y lo miro, pero mantiene la vista al frente. Nuestras miradas ni siquiera se cruzan en las puertas de espejo del ascensor. Cuando abre la puerta del ático, Cathy sale de la cocina con una sonrisa radiante que se le cae a los pies en cuanto ve el panorama.
—¿Va todo bien? —Nos mira a los dos, luego a Jesse, esperando respuesta.
Él me da el bolso y con la cabeza señala la escalera. Le suplico con la mirada que diga algo, pero no atiende a mis ruegos. Señala otra vez la escalera.
—¿Jesse? —dice Cathy, preocupada.
—Todo bien. Ava está algo indispuesta. —Me empuja con suavidad para que suba.
—¿No vienes? —pregunto.
—Dame un minuto. Corre —añade enfatizando sus palabras con otro pequeño empujón, y lo dejo con Cathy.
Paso junto a la asistenta, que me acaricia el hombro con ternura y me sonríe.
—Me alegro de que estés en casa, Ava.
Le devuelvo la sonrisa, una sonrisilla. No sé lo que va a pasar, y me preocupa lo abatido que está mi hombre.
—Gracias.
Subo la escalera, entro en el dormitorio principal y me siento en el borde de la cama. No sé qué hacer. Me quito los zapatos y me acomodo en la cama. Los ojos se me llenan otra vez de lágrimas. Me hago un ovillo y me abrazo las rodillas mientras espero a Jesse. Sé que ahora vamos a hablar del tema, los dos sabemos lo que hay. Pero para poder conversar acerca de ello tenemos que hablar los dos, y no parece que Jesse tenga pensado abrir la boca. No puedo hacerlo sola, y no tengo ni idea de qué pasa por esa cabeza loca. El ambiente enrarecido tampoco ayuda a disipar mis dudas. Necesito que me diga que todo va a salir bien, no este silencio, ni tiempo para que se me ocurran cosas raras.
Me pongo alerta en cuanto entra en el dormitorio. Ni siquiera me mira. Se va derecho al cuarto de baño. Abre el grifo y lo oigo moverse como cuando prepara nuestro baño. Está recogiendo las cosas que nos van a hacer falta y colocándolas al borde de la bañera. ¿Vamos a bañarnos?
Me paso mil años sentada en la cama, oyendo correr el agua y las actividades silenciosas de Jesse. Entra en el dormitorio y se me acerca en silencio. Me coge de la mano y tira para que me levante de la cama. Me desnuda, me quita el anillo y el Rolex (aún no le he dado las gracias), me coge en brazos y me lleva al baño.
Me deposita en la bañera con cuidado.
—¿Está buena el agua? —pregunta con ternura arrodillándose al otro lado.
—Sí —respondo mirando cómo se quita la chaqueta del traje y los gemelos.
Se remanga la camisa. Coge la esponja y la moja en el agua de la bañera. Le pone un poco de gel y me coloca de espaldas a él. Me enjabona la espalda con pasadas firmes y delicadas.
Estoy algo confusa.
—¿No vas a bañarte conmigo? —pregunto en voz baja.
Lo quiero detrás de mí para poder sentirlo, reconfortarme con su cuerpo. Lo necesito.
—Déjame cuidar de ti —dice con un tono de voz bajo e inseguro. No me gusta.
Me vuelvo y encuentro una expresión estoica en sus ojos verdes. Me parte el corazón. Esta vez la he liado parda.
—Te necesito mucho más cerca. —Le pongo la mano húmeda en el pecho—. Por favor.
Se me queda mirando unos instantes, como si estuviera decidiendo si debe hacerlo o no. Al final suspira, deja la esponja, se pone de pie y se quita la ropa muy despacio.
Se mete en la bañera detrás de mí y me envuelve por completo. Me siento mucho mejor acunada de este modo, pero no le veo la cara. Me vuelvo y me siento en su regazo. Hago que suba las rodillas para poder reclinarme en ellas y verlo bien. Le cojo la mano y entrelazo los dedos con los suyos, y ambos observamos en silencio el movimiento de nuestros dedos y el brillo de los anillos, que reflejan el agua. Ya no es un silencio incómodo.
—¿Por qué me has mentido, Ava? —susurra sin apartar la vista de nuestros dedos.
Dejo de moverlos durante un segundo de duda. Es una pregunta que me esperaba y que necesita respuesta.
—Tenía miedo. Sigo teniéndolo.
Es la verdad, toda la verdad, y necesita oírla. Tiene que saber que toda esta situación me tiene aterrorizada.
—De mí —afirma—. Tienes miedo de mí.
No dice nada más, y no hace falta que lo diga. Sé lo que quiere decir, y él, también.
—Me da miedo cómo te vas a portar.
—¿Qué me vuelva aún más loco? —confirma mirando nuestros dedos entrelazados.
—Ni siquiera era seguro que estuviera en estado y ya me tratabas como a un objeto valioso.
Respira hondo y se lleva nuestras manos al pecho, al corazón, pero sigue sin mirarme.
—También crees que querré al niño más que a ti.
Sus palabras me dejan petrificada. Son las que he intentado apartar de mi mente cada vez que aparecían en mi cabeza. Es verdad, me preocupa que quiera más al niño que a mí. Es muy egoísta, lo sé, pero me da un miedo mortal. Es una idea que siempre ha estado ahí, y ahora admito que es así. No hace mucho que disfruto de su amor, y tengo la suerte de que me ame. ¿Quién no querría que lo amasen con tanta fuerza, tan apasionadamente? No estoy lista para compartirlo con nada ni con nadie, ni siquiera con una parte de nosotros.
—¿Lo harás?
No estoy segura. Lo único que sé es que está desesperado por tener un bebé, aunque todavía no tengo ni idea de por qué.
Levanta la vista muy despacio y en sus ojos hay una tristeza que no había visto nunca. Tal vez esté decepcionado. No estoy segura.
—¿Lo notas? —Me pone la palma de la mano en su pecho y la sujeta con fuerza—. Está hecho para amarte, Ava. Durante demasiado tiempo ha sido una pieza inútil, no deseada. Ahora trabaja horas extras. Se llena de felicidad cuando te miro. Se parte de dolor cuando discutimos y late desbocado cuando te hago el amor. Puede que mi forma de querer sea abrumadora, pero no cambiará nunca. Te querré con la misma intensidad hasta que me muera, nena. Tengamos niños o no.
Me ha dejado más tonta que nunca. No podría quererlo más.
—No quiero vivir nunca sin tu forma de querer abrumadora.
Me acaricia la nuca y me acerca a su frente.
—No tendrás que hacerlo. Nunca dejaré de quererte con todas mis fuerzas y te querré cada día más, porque cada día que pasamos juntos es un día más de recuerdos. Son recuerdos que atesoraré, no pesadillas que quiera olvidar. Mi mente se está llenando de bellas imágenes nuestras que están ocupando el lugar de una historia que aún me persigue. Están borrando mi pasado, Ava. Las necesito. Te necesito.
—Soy tuya —digo con un hilo de voz mientras apoyo las manos en sus hombros.
—No vuelvas a dejarme nunca —replica, y me besa con ternura—. Duele demasiado.
Me siento en su regazo y lo acerco más a mí. Lo abrazo con todas mis fuerzas y le acerco la boca al oído.
—Estoy locamente enamorada de ti —susurro—. También es un amor abrumador. Eso no cambiará nunca. Jamás. —Le beso la oreja—. Y punto.
Se vuelve y su boca atrapa mis labios.
—Estupendo. Mi corazón está contento.
Sonrío tímidamente mientras enfatiza su felicidad con un beso y nos sumerge en la bañera hasta que estoy tumbada sobre su pecho. Nos besamos durante mucho, mucho tiempo. Es un beso dulce y tierno pero es lo que ambos necesitamos en este momento: puro amor, sin excusas, a lo grande. Es fuerte. Nos deja tontos a los dos.
Se aparta y me coge la cara con las manos.
—Quiero bañarte.
—Pero estoy a gusto así.
Sólo quiero quedarme aquí tumbada en su pecho hasta que se enfríe el agua y tengamos que salir de la enorme bañera.
—Podemos estar a gusto en la cama, donde podrás quedarte dormida en mis brazos, que es donde tienes que estar.
Frunzo el ceño.
—Pero si no es ni media tar… —Dejo de hablar—. ¡No he vuelto a la oficina!
Me levanto e intento salir de la bañera para llamar a Patrick, pero él me sujeta con fuerza y vuelve a acurrucarme en su pecho.
—Ya me he ocupado de eso. No le des más vueltas, señorita.
—¿Cuándo?
—Cuando te he traído a casa. —Me da la vuelta en su regazo y saca la esponja del agua.
—¿Qué le has dicho?
—Que estabas enferma.
—Acabará por despedirme.
Suspiro y me inclino hacia adelante. Dejo caer la cabeza entre las rodillas y Jesse me enjabona con la esponja, a su ritmo. El silencio es cómodo y mi mente está en paz. Cierro los ojos y absorbo el amor que fluye hacia mi interior desde su contacto, que se transmite a mi piel a través de la esponja. Es así de poderoso. Atraviesa cualquier obstáculo que se interponga entre nosotros, a través de cualquier persona, ya sea alguien como Coral, como Sarah… O como Mikael. Nada ni nadie podrá separarnos… Excepto nosotros.
Después de haberme cuidado un buen rato, me envuelve en una toalla y me sienta en el lavabo doble.
—Quédate aquí —me ordena con cariño. Me da un beso casto en los labios y se marcha con el ceño fruncido.
—¿Adónde vas?
—Tú espera.
Lo oigo rebuscar. No tarda en volver con una bolsa de papel en la mano y las cejas enarcadas.
—¿Qué es eso? —digo tapándome con la toalla.
Respira hondo, abre la bolsa y me la enseña. Lo miro con curiosidad y luego me inclino hacia adelante para ver qué contiene. En cuanto comprendo lo que es doy un respingo.
—¿No me crees? —espeto. Me ofende, es obvio.
Pone los ojos en blanco, mete la mano en la bolsa y saca una prueba de embarazo.
—Claro que te creo.
—Entonces ¿por qué tienes una bolsa llena de…? —La cojo, la pongo boca abajo y la vacío en el lavabo que tengo al lado. Empiezo a contar—. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho. ¿Por qué tienes ocho pruebas de embarazo?
Miro a mi marido, que está como una regadera, y señalo las ocho cajas.
Se encoge de hombros, avergonzado, y aparta una.
—Cada caja contiene dos.
—¿Hay dieciséis? —exclamo.
Abre una.
—A veces fallan. Las compré por si acaso.
Saca una de las pruebas, se la lleva a la boca, rompe el envoltorio de plástico con los dientes y me la da.
—Tienes que hacer pis aquí, mira.
Tira de la capucha y señala la única parte del stick que no es de plástico.
—Ya me la hice en el médico, Jesse. Sé cómo funcionan. ¿Por qué no me crees?
El labio inferior desaparece entre sus dientes y empieza a recibir un sinfín de mordiscos.
—Te creo, pero tengo que verlo con mis propios ojos.
Estoy un poco ofendida, aunque no tengo derecho a estarlo. Le he hecho creer cosas y lo he vuelto un poco más loco de lo que ya estaba. Quiere confirmación oficial, y no lo culpo.
—¿Desde cuándo las tienes?
Me hace un mohín y se encoge de hombros con cara de culpabilidad. Agacha la cabeza. No hace falta que me lo diga. Alargo la mano y levanta la mirada. Le brillan los ojos.
—Dame.
Deja de morderse el labio y sonríe. Y qué sonrisa. Creo que incluso supera la que reserva sólo para mí. Aparto de mi mente la punzada de celos que noto en el vientre. Soy una tonta.
Salto del lavabo.
—Necesito intimidad.
Me mira sin entender nada.
—Me quedo contigo.
—¡No voy a mear delante de ti! —replico negando con la cabeza—. De ninguna manera, Ward.
Se sienta en el suelo frente a mí, la toalla se entreabre y lo enseña… Todo.
—Deshazte de mí si puedes —dice, luchando por no sonreír como un capullo.
—Me voy a otro cuarto de baño —respondo altanera pasando junto a él.
Se agarra a mi tobillo y de repente estoy intentando arrastrar un peso muerto.
—¡Jesse!
Tiro de mi pierna pero es inútil. Está tumbado boca abajo y me coge del tobillo con las dos manos.
Me mira con unos ojos adorables y me pone morritos.
—Hazlo por mí, nena. Por favor. —Me dedica una caída de ojos. Increíble.
Intento no echarme a reír, pero cuando me mira así es imposible.
—¿Al menos te darás la vuelta?
—No. —Salta y se quita la toalla. Su perfección física me noquea como un martillazo—. ¿Te sientes mejor ahora?
Se lleva las manos a la cintura y bajo la vista a su maravilla de acero.
Suspiro de felicidad.
—No, sólo me sirve de distracción —murmuro sin dejar de deleitarme con su belleza, de arriba abajo y de abajo arriba. Es espectacular de pies a cabeza. Me como con la vista cada centímetro de su cuerpo perfecto, maravilloso, mareante. Llego a la cara. Tiene los ojos vidriosos y yo también—. No juegas limpio con ese cuerpazo.
—Pues claro, es uno de mis mejores atributos.
Me quita la toalla.
—Este otro es el único que le hace sombra. —Le da un buen repaso visual a mi cuerpo desnudo—. Perfecto.
—No dirás lo mismo cuando esté gorda e hinchada —gruño, y de repente me doy cuenta de que voy a estar gorda e hinchada—. Y si dices que habrá más Ava para amar, me divorcio.
Le arrebato la toalla y me la enrollo alrededor del cuerpo.
—No digas nunca la palabra «divorcio» —me amenaza cogiéndome de la mano y llevándome al váter—. Si te hace sentir mejor, yo también comeré por dos.
Se está partiendo de la risa.
—Prométeme que no me dejarás cuando ya no pueda chuparte la polla porque la barriga estará de por medio.
Echa la cabeza atrás de una carcajada.
—Te lo prometo, nena. —Me da la vuelta y me coloca frente al inodoro—. Ahora vamos a hacer pis.
Me levanto la toalla y me siento en el váter mientras él se acuclilla delante de mí.
—¿Quieres volver a meter la mano en el váter? —Sonrío al ver cómo le tiembla el labio cuando recuerda cómo me senté en su brazo en el hospital—. Podría marcarte de forma oficial.
Hace lo que puede pero fracasa, se cae de culo y se echa a reír como un loco. Eso sí que me hace sentir mejor. Mientras el histérico de mi marido se revuelca de risa por los suelos, sujeto el stick entre los muslos y aflojo la vejiga.
—Ava, cariño, no sabes cuánto te quiero.
Se levanta del suelo y se arrodilla de nuevo con las palmas apoyadas en mis rodillas. Me besa en la boca… mientras hago pis en un stick.
—Ahí tienes. —Le doy el test, lo coge y me pasa otro—. ¿Qué?
Frunzo el ceño al verlo.
—Te lo he dicho: a veces fallan. Vamos.
Miro al cielo, desesperada, pero cojo el puñetero stick y repito la operación. En cuanto he terminado, me pasa un tercero.
—¡Venga ya!
—Uno más —dice quitándole la capucha.
—Hay que ver… —Lo cojo de mala gana y me lo meto entre las piernas—. ¡El último!
Vacío del todo la vejiga para que así sea físicamente imposible que pueda mear en más test de embarazo.
—Toma.
Corto un trozo de papel higiénico y me limpio mientras él lleva las tres pruebas al lavabo y las ordena en fila.
A pesar de mi pequeño enfado, no puedo evitar sonreír al verlo ahí de pie, desnudo y agachado, con la cara pegada a los sticks.
—¿Estás cómodo? —pregunto cogiendo sitio a su lado y copiando su postura. Yo también me pego al lavabo.
—Creo que éstos no funcionan. Deberíamos hacer más —dice. Hace ademán de moverse pero se lo impido.
—Sólo han pasado treinta segundos —me río—. Ven, lávate las manos.
Sujeto sus manos bajo el grifo sin que aparte la vista de las pruebas. Ni se entera de lo que hago.
—Ha pasado más tiempo —se burla—. Mucho más.
—No. Deja de ser tan neurótico. —Vuelvo a colocarme a su lado, mirando fijamente los sticks.
Con el rabillo del ojo veo que me mira mal. Sonrío. Arquea una ceja a la defensiva.
—No soy un neurótico.
—Claro que no —me mofo.
—¿Te estás burlando de mí, señorita?
—Por supuesto que no, mi señor.
Se hace el silencio y nos quedamos quietos, preparándonos, esperando la confirmación de lo que ya sé. Y entonces unas letras tenues aparecen en el primer test y contengo la respiración. No sé por qué. Quizá sea porque estoy imitando a mi hombre imposible, que se ha quedado lívido. El tiempo se detiene mientras las letras van tomando forma. Se me acelera el pulso y miro el siguiente stick, en el que están apareciendo las mismas letras. El corazón se me va a salir del pecho. Giramos la cabeza a la izquierda para ver cómo las mismas letras aparecen en la tercera y última prueba de embarazo. Ahora me doy cuenta de que estaba conteniendo la respiración y suelto por la boca el aire que acumulaba en los pulmones. Jesse está temblando a mi lado. Lo miro. La emoción me desborda. Él también se vuelve para mirarme. Seguimos agachados delante del lavabo, con las manos en las rodillas, impasibles.
—Hola, papá —digo con voz temblorosa mientras él estudia mi expresión.
—Que me aspen —susurra por respuesta—. No puedo respirar.
Se desploma en el suelo, mirando al techo. ¿A qué viene tanta sorpresa? Si es lo que él quería.
Enderezo la espalda y relajo los hombros. Estoy tensa como un palo.
—¿Te encuentras bien? —le pregunto.
No me esperaba que reaccionara así. Le tiemblan los labios y me mira con sus ojazos verdes. Se pone en pie de un salto y me coge en brazos. Doy un grito de sorpresa.
—Pero ¿qué te pasa?
Entra en el dormitorio y me deposita, con demasiada delicadeza, en la cama. Me arranca la toalla y se coloca entre mis piernas, con la cabeza sobre mi vientre. Me mira con la mayor expresión de felicidad que he visto nunca. Los ojos le brillan como soles. Tiene el pelo mojado y no hay ni rastro de la arruga de la frente ni del labio mordido. ¿Cómo he podido tener dudas sobre mi embarazo cuando Jesse está así de relajado? Es como si le hubiera dado la vida. Eso es lo que he hecho, creo. O él me la ha dado a mí. No importa: mi marido es un hombre feliz, y ahora que he tomado una decisión veo las cosas claras. Muy, muy claras. Le sobra amor para dar y vender. Este hombre arrebatador, este ex donjuán, será un padre magnífico, aunque un tanto sobreprotector. No sólo le he dado la vida, le he dado una vida mejor, una vida que vale la pena vivir. Al entregarme a él le he dado también una vida nueva, la combinación de una parte de él y una parte de mí. Y al verlo tan eufórico no me queda ni un atisbo de duda. Puedo tener un bebé con este hombre.
—Te quiero —dice en voz baja—. Muchísimo.
Sonrío.
—Lo sé.
Me besa el vientre con ternura y luego lo acaricia.
—Y a ti también —le susurra a mi vientre plano. Dibuja círculos con la nariz alrededor de mi ombligo, luego se levanta y se tumba encima de mí. Me aparta el pelo de la cara y me mira, amoroso—. Intentaré portarme mejor contigo. Intentaré no agobiarte y no volverte loca.
—Me gusta que me agobies. Lo que tienes que controlar son tus locuras.
—Dame detalles.
—¿Quieres saber qué me vuelve loca exactamente?
—Eso es. No puedo intentar controlarlo si no sé qué es lo que te molesta. —Me da un beso casto en los labios y me contengo para no echarme a reír. ¿No lo sabe? Vamos a pasarnos aquí lo que queda de año pero, por ahora, voy a centrarme en lo que peor me sienta.
—Me tratas con demasiada gentileza. Cuando pensaste que estaba embarazada, dejaste de ser una fiera en la cama y no me gustó. Quiero que vuelva mi Jesse dominante.
Se aparta y levanta una ceja.
—¿Qué te he hecho yo?
—Eres adictivo y últimamente tengo el mono. —Es una respuesta sincera. Tengo que decirlo porque, si tengo que pasarme otros ocho meses a dieta de Jesse dulce, me volveré loca.
La arruga aparece en la frente.
—Últimamente te he follado a lo bestia.
Suspiro y lo cojo de las mejillas.
—No vas a hacer daño a la cosita, ¿sabes?
—¿La cosita? —Se parte de risa—. Vamos a dejar una cosa clara, señorita. No vamos a llamar «cosita» a mi bebé.
—Ahora mismo no llega a ser un bebé.
—¿Y qué es?
—Pues algo parecido a un cacahuete.
Le brillan los ojos de felicidad y una sonrisa picarona ilumina su rostro divino.
—¡Ni se te ocurra, Ward! —me río.
—¿Por qué no? —me acaricia la mejilla con la nariz—. ¡Es perfecto!
—¡No voy a llamar «cacahuete» a nuestro bebé y punto!
Pego un salto cuando ataca mi punto débil y me hunde el dedo en la parte alta de las caderas. Es un placer y una tortura. Una tortura por razones obvias, y un placer porque esto es lo normal entre nosotros. Somos así.
—¡Para! —chillo.
Y lo hace.
—¡Mierda! —exclama.
—¡¿Qué estás haciendo?! —le grito de mal humor.
Agacha la cabeza, mira mi vientre y luego a mí. Su rostro avergonzado me dice que sabe exactamente lo que acaba de hacer.
—¿Lo ves? —Le lanzo una mirada crítica—. ¡A eso me refería! Si no vuelves a tratarme con normalidad, me iré a vivir con mis padres lo que me queda de embarazo.
No exagero. Lo haré.
—Lo digo en serio, Ward. Quiero a mi salvaje, a mi fiera, quiero las cuentas atrás y los distintos tipos de polvo. ¡Lo quiero todo de vuelta y lo quiero ya!
Mira a su mujer como si estuviera loca de atar. Creo que lo está.
—¿Ya estás más tranquila? —Me lo pregunta muy en serio.
—Eso depende. ¿Te ha entrado algo de lo que he dicho en esa cocorota?
Le tiro del pelo.
—¡Ay! —Se ríe y luego deja escapar un suspiro.
Se tumba de espaldas y me sienta encima de él. Me apoya la espalda en sus rodillas y me observa atentamente. Lo dejo hacer. Me siento y espero que le dé forma a lo que quiere decir. Respira hondo.
—¿Te acuerdas de cuando te encontré en el bar y te enseñé a bailar?
Sonrío y me relajo recostada en sus muslos.
—Aquélla fue la noche en la que me di cuenta de que me había enamorado de ti —confieso.
—Lo sé. Me lo dijiste. Estabas borracha, pero lo dijiste.
—Debió de ser el baile.
—Lo sé. —Se encoge de hombros—. Se me da muy bien.
Niego con la cabeza. Es más chulo que un ocho.
—Eres muy arrogante —replico, aunque eso ha llegado a gustarme. La confianza que tiene en sí mismo me pone mucho, sobre todo ahora que es mío. Y tiene todo el derecho del mundo a serlo.
—Parece que soy más listo que mi preciosa mujer —dice cogiéndome de los tobillos.
—¡Serás arrogante!
—No, sólo digo la verdad. Verás, yo me había dado cuenta de que me estaba enamorando de ti mucho antes de aquello.
Hago un mohín.
—¿Y eso te hace ser más listo que yo?
—En efecto. Mientras tú huías de mí, yo me pasaba el día frustrado. Pensaba que estabas mal de la cabeza —sonríe tímidamente— porque no te sometías a mí.
—A diferencia de las demás…
Imagino que el rechazo debía de resultarle muy frustrante a un hombre que siempre hacía lo que quería sin que nadie le pusiera ninguna pega. Asiente y yo suspiro.
—Era sólo porque sabía que ibas a hacerme daño. Aunque no te conocía, era obvio que… —hago una pausa— tenías experiencia.
Iba a decir que era un mujeriego, pero no es la palabra exacta. Las mujeres caen rendidas a sus pies, se le ofrecen, se lo ponen fácil. No le hacía falta perseguirlas. Hasta que me conoció a mí.
Asciende por mis espinillas con la punta de los dedos y sigue el trayecto con la mirada.
—Cuando te dejé durante cuatro días…
—No sigas —lo interrumpo—. Por favor, no hablemos de eso.
—Deja que te explique una cosa importante —dice tirando de mis brazos para tenerme más cerca—. Estaba muy aturdido por lo que sentía. Me hizo falta estar lejos de ti para comprender exactamente lo que era. No lograba entender por qué me comportaba como un energúmeno. Llegué a pensar que me estaba volviendo loco, Ava.
No me están gustando estos recuerdos. No sé adónde quiere ir a parar, pero ya sé que me dejó porque sabía que tenía problemas, porque no quería hacerme daño. No necesito volver a oírlo.
Se muerde un poco el labio inferior. Delante de mis narices, literalmente. Luego continúa.
—Me pasé el tercer y el cuarto día reviviendo cada momento que había pasado contigo. Los recordaba una y otra vez hasta que se convirtió en una tortura. Entonces fui a buscarte y tú saliste corriendo otra vez.
Claro que salí corriendo. No me falló la intuición. Aunque no estaba segura de por qué, sabía que tenía que salir corriendo.
—Ava, la noche en la que me dijiste que me querías, todo cobró sentido y a la vez todo parecía borroso. Quería que me amaras pero sabía que no me conocías de verdad. Sabía que había cosas que te harían huir de mí de nuevo. Pero también sabía que te pertenecía y me daba un miedo mortal pensar que, cuando empezaras a atar cabos, te marcharías. No podía arriesgarme, no después de que me había costado tantos años encontrarte. —Cierra los ojos y respira hondo para encontrar el valor necesario—. Esa noche te robé las píldoras anticonceptivas.
No me sorprende mucho. Ya ha confesado que me las robó y por qué. Para él, que vive en un mundo de locos, lo que hizo tenía sentido. Lo que me preocupa es que para mí, también.
Me besa con ternura.
—Me pasé la noche sentado, observando cómo dormías, y lo único en lo que podía pensar era en todas y cada una de las razones por las que no ibas a quererme. Sabía que robarte las pastillas estaba mal, pero lo veía como una garantía. Estaba muy desesperado.
Me relajo con la cara hundida en su cuello y me dedica la sonrisa que se reserva sólo para mí.
—Quiero el mundo entero contigo, nena, y lo quiero para anteayer.
En el fondo, creo que eso también lo sabía.
—Gracias por el reloj.
Sonríe y me pasa el dedo por el labio inferior.
—De nada.
Lo beso y me pierdo en él. Es un beso lento, suave, exquisito. Es justo como tiene que ser.